El corazón del hombre (Trilogía del muchacho 3)

Jón Kalman Stefánsson

Fragmento

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La trilogía Entre cielo y tierra,

La tristeza de los ángeles y El corazón del hombre

está dedicada a las hermanas

Bergljót K. Þráinsdóttir (1938-1969)

y Jóhanna Þráinsdóttir (1940-2005),

así como a María Karen Sigurðardóttir.

Éstas son las historias
que debemos contar

La muerte no es luz ni tinieblas, simplemente es otra cosa que la vida. A veces, sentados a la cabecera de un moribundo, asistimos al espectáculo del alma que se aleja poco a poco; cada existencia constituye un universo en sí misma, y es doloroso verla desaparecer, ver que todo se reduce a nada en el espacio de un instante. Sin duda, los días son diferentes para cada persona; algunos están hechos de cosas banales, otros de aventuras, pero cada conciencia da forma a un mundo que parte de la tierra y se eleva hasta el cielo; entonces, ¿cómo es posible que una cosa tan grande desaparezca con tanta facilidad para convertirse en nada, sin dejar tras de sí al menos un rastro de espuma, siquiera un eco? En cualquier caso, hace ya mucho tiempo que nadie se une a nuestra cohorte, somos sombras exangües, menos que sombras, y es malo estar muerto y no tener, sin embargo, la tranquilidad de haber perecido verdaderamente; ningún ser humano es capaz de salir indemne de eso. Antaño, algunos de nosotros probaron diversos procedimientos con el fin de escapar, se arrojaron bajo las ruedas de coches lanzados a toda velocidad, se entregaron a las fauces babeantes de perros rabiosos, pero sus gritos eran mudos y los mordiscos de los dogos los atravesaron como atraviesan el aire. ¿Cómo es posible ser menos que nada y conservar el recuerdo de todo, ser un difunto y no haber percibido la vida con tanta intensidad como la percibimos justo ahora? En este momento podéis encontrarnos en el cementerio, acurrucados detrás de la iglesia que aquí se alza desde hace un centenar de años, aunque el edificio haya cambiado. Nuestra iglesia, la misma en la que el reverendo Þorvaldur se esforzó, la verdad es que sin mucho éxito, en obtener el perdón por sus debilidades y en vencerlas, pues la fuerza de cada ser humano se mide así, por sus debilidades, por la forma en que se enfrenta a ellas. Ya hace mucho que desapareció la iglesia de madera cubierta con chapa ondulada, para ser reemplazada por otra de piedra, un material traído de las montañas; en estos lugares, las iglesias deben ser modeladas sobre las cimas o contra el cielo. Las únicas horas en las que recuperamos un semblante reposado son las que pasamos entre las tumbas. Aquí uno tiene la sensación de oír el murmullo de los difuntos en las oquedades de la tierra, el eco lejano de alegres conversaciones. Hasta ese punto nos ciega la desesperanza, a veces. Esos momentos de reposo, sin embargo, no abundan, aunque se han ido alargando poco a poco, y las fracciones de segundo se han ido convirtiendo en segundos.

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