Leche derramada

Chico Buarque

Fragmento

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No sé por qué no alivias mi dolor. Cada día levantas la persiana con brusquedad y me arrojas el sol a la cara. No sé qué gracia les ves a mis muecas, siento una punzada cada vez que respiro. A veces inspiro con ganas y me lleno los pulmones de un aire insoportable para tener unos segundos de consuelo expeliendo el dolor. Aunque puede que mi vida ya fuera un poco así, mucho antes de la enfermedad y la vejez, un dolorcillo tonto que me fastidia todo el rato, y de pronto un zarpazo atroz. Cuando perdí a mi mujer fue atroz. Y cualquier cosa que recuerde ahora me dolerá, la memoria es una vasta herida. Pero ni así me das las medicinas, qué crueldad la tuya. No creo ni que seas enfermera, nunca he visto tu cara por aquí. Claro, eres mi hija, estabas a contraluz, dame un beso. Justamente iba a llamarte para que vinieras a hacerme compañía, leerme la prensa, novelas rusas. Dejan ese televisor encendido día y noche, la gente aquí no es nada sociable. No me quejo de nada, hacerlo sería una ingratitud hacia vosotros, tu hijo y tú. Pero si el chico tiene tanto dinero, no sé por qué demonios no me ingresa en un sanatorio tradicional, de religiosas. Yo mismo podría costearme el viaje y el tratamiento en el extranjero si tu marido no me hubiese llevado a la ruina. Podría establecerme en el extranjero, pasar el resto de mis días en París. Si me diera la gana, podría morirme en la misma cama del Ritz en la que dormí siendo niño. Porque en las vacaciones de verano tu abuelo, mi padre, siempre me llevaba a Europa en vapor. Más tarde, cada vez que veía uno de aquellos grandes barcos en el horizonte, rumbo a Argentina, llamaba a tu madre y señalaba: ¡ahí va el Arlanza!, ¡el Cap Polonio!, ¡el Lutétia!, y se me llenaba la boca al contarle cómo era un transatlántico por dentro. Tu madre nunca había visto uno de aquellos barcos de cerca, después de casada apenas salía de Copacabana. Y cuando le anuncié que pronto iríamos al puerto para recibir al ingeniero francés, se hizo de rogar. Que si eras una recién nacida y no podía dejarte, que si esto, que si lo otro, pero en cuanto pudo se fue en tranvía a la ciudad y se cortó el pelo a lo garçon. Llegado el día, se vistió como consideró que merecía la ocasión, con un vestido de satén naranja y un turbante de fieltro más anaranjado aún. Yo ya le había sugerido que reservara todo aquel lujo para el mes siguiente, cuando la despedida del francés, pues subiríamos a bordo para la recepción oficial. Pero ella estaba tan ansiosa que acabó de arreglarse antes que yo y se quedó plantada en la puerta, esperándome. Con aquellos tacones, parecía que se aupara sobre los dedos de los pies, y estaba demasiado sonrosada o se le había ido la mano con el colorete. Cuando vi a tu madre en semejante estado le dije: tú no vienes conmigo. Por qué no, preguntó ella con un hilo de voz, pero no le di explicaciones, cogí el sombrero y me fui. Ni me detuve a pensar de dónde procedía aquella ira repentina, sólo sentí que la ira ciega que me producía su entusiasmo era anaranjada. Y voy a dejarme de tanta palabrería porque el dolor no hace más que empeorar.

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Esa que ha venido a verme, nadie se lo cree, es mi hija. Se ha quedado así, maltrecha y desquiciada, por culpa de su hijo. O nieto, ahora mismo no recuerdo si el chico era mi nieto o tataranieto o qué. Al paso que se estrecha el tiempo futuro, las personas más recientes se amontonan en un rincón de mi cabeza. En cambio, para el pasado tengo un salón cada vez más espacioso en el que caben con holgura mis padres, abuelos, primos distantes y colegas de la facultad a los que ya había olvidado, con sus respectivos salones repletos de parientes y contraparientes y tipos que se han colado con sus amantes, más las reminiscencias de toda esta gente, hasta los tiempos de Napoleón. Fíjate, ahora mismo te miro, a ti que llevas toda la noche aquí conmigo, tan cariñosa, y no tengo valor para preguntarte una vez más cómo te llamas. Sin embargo, recuerdo cada pelo de la barba de mi abuelo, al que solamente conocí por un retrato al óleo. Y por el librito que debe de andar por ahí, en la cómoda, o arriba, en la mesilla de noche de mi madre, pregúntaselo a la doncella. Es un libro pequeño con una secuencia de fotografías prácticamente idénticas que, si se hojean deprisa, crean ilusión de movimiento, como en el cine. Retratan a mi abuelo caminando en Londres, y de niño me gustaba hojear las fotos de atrás hacia delante para hacer que el viejo anduviera marcha atrás. Es con esta gente tan anticuada con quienes sueño cuando me pones a dormir. Si por mí fuera, soñaría contigo en todos los colores, pero mis sueños son como el cine mudo, y los actores llevan mucho tiempo muertos. Hace poco fui a buscar a mis padres al parque infantil, porque en el sueño eran mis hijos. Fui a llamarlos con la buena nueva de que iban a circuncidar a mi abuelo recién nacido, que se había hecho judío sin más ni más. Desde Botafogo, el sueño pasaba a la hacienda al pie de la montaña, donde encontramos a mi abuelo con barba y patillas blancas, enfundado en un frac, caminando frente al Parlamento inglés. Se movía a paso vivo y rígido, como si tuviera piernas mecánicas, diez metros hacia delante, diez metros hacia atrás, igual que en el librito. Mi abuelo fue todo un personaje en los tiempos del Imperio, gran masón y abolicionista radical, pretendía enviar a todos los negros brasileños de vuelta a África, pero la cosa no salió bien. Sus propios esclavos, una vez manumitidos, eligieron permanecer en sus propiedades. Poseía cacaotales en Bahía, cafetales en São Paulo, hizo fortuna, murió en el exilio y está enterrado en el cementerio familiar de la hacienda al pie de la montaña, con su capilla bendecida por el cardenal arzobispo de Río de Janeiro. Su ex esclavo más allegado, Balbino, un hombre fiel como un perro, se quedó sentado para siempre sobre su tumba. Si llamas un taxi, puedo enseñarte la hacienda, la capilla y el mausoleo.

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Antes de enseñarle a nadie lo que te dicto, haz el favor de someter el texto a un gramático, para que no se me imputen tus faltas de ortografía. Y no olvides que mi apellido es Assumpção, y no Assunção, como suele escribirse, y como puede incluso que conste ahí, en la historia clínica. Assunção, en la forma más popular, fue el apellido que adoptó aquel esclavo, Balbino, como si pidiera permiso para entrar en la familia de puntillas. Lo curioso del caso es que su hijo, también Balbino, fue mozo de cuadra de mi padre. Y el hijo de éste, Balbino Assunção Neto, un negro más bien rollizo, fue mi amigo de infancia. Fue él quien me enseñó a remontar cometas, a hacer trampas para cazar pájaros. Me fascinaban sus malabarismos con una naranja en los pies cuando ni siquiera se hablaba de fútbol. Pero cuando empecé a ir a la escuela mis visitas a la hacienda se fueron espaciando cada vez más, él creció sin estudios y perdimos afinidades. Sólo nos reencontrábamos en las vacaciones de julio, y entonces de vez en cuando le pedía un favor cualquiera, más por satisfacerlo a él, que era de carácter solícito, que a mí. A veces también lo llamaba para que se quedara por allí cerca, disponible, ya que la quietud de la hacienda me aburría. En aquel entonces la gente era veloz y el tiempo se arrastraba. De ahí la eterna impaciencia, y me encanta ver tus ojos de muchacha rondando la enfermería: yo, el reloj, el televisor, el móvil, yo, la cama del tetrapléjico, el suero, la sonda, el viejo con Alzheimer, el móvil, el televisor, yo, el reloj de nuevo, y no ha pasado ni un minuto. También me fascina cuando olvidas tus ojos sobre los míos para pensar en el galán del culebrón, en los mensajes del móvil, en la regla atrasada. Me miras tal como miraba yo en la hacienda un sapo, estático horas y horas, con los ojos clavados en aquel viejo batracio para poder dar rienda suelta a mis pensamientos. Durante una temporada, para que te hagas una idea, se me metió entre ceja y ceja que tenía que encular a Balbino. Tendría entonces diecisiete años, quizá dieciocho, y lo cierto es que ya conocía mujer, francesas incluso. No tenía, por tanto, ninguna necesidad de hacerlo, pero de pronto decidí que quería encular a Balbino. Le pedía que subiera a cogerme un mango, pero tenía que ser un mango específico, el de arriba del todo, que ni maduro estaba aún. Balbino me obedecía sin dudarlo, y lo cierto es que sus zancadas de rama en rama me iban excitando. Cuando alcanzaba el mango señalado, le gritaba una contraorden: no es ése, es el que está más hacia la punta. Le fui cogiendo gusto a aquello, y no pasaba un día sin que mandara a Balbino trepar por los mangos unas cuantas veces. Sospecho que él también se movía allá arriba con malicia, y luego tenía un modo medio femenino de agacharse con las rodillas juntas para recoger los mangos que yo tiraba al suelo. Para mí estaba claro que Balbino quería que se la metiera. Únicamente me faltaba la osadía para el abordaje decisivo, y llegué incluso a ensayar unas charlas de tradición señorial, derecho de pernada, ponderaciones muy por encima del entendimiento de Balbino, que hubiese cedido sin tanta monserga. Pero, afortunadamente, por entonces conocí a Matilde y borré aquella tontería de mi cabeza. Sin embargo, estoy seguro de que la convivencia con Balbino me convirtió en un adulto sin prejuicios de color. En eso no he salido a mi padre, que sólo apreciaba a las rubias y las pelirrojas, a ser posible con pecas. Ni a mi madre, que al verme cortejando a Matilde me preguntó de buenas a primeras si aquella muchachita no olía un poco. Sólo porque Matilde era de piel canela, la más morenita de la congregación mariana que había cantado en la misa por mi padre. Yo ya la había visto de reojo unas cuantas veces, a la salida de la misa de las once, allí mismo, en la iglesia de la Candelária. En realidad nunca había podido observarla bien porque no paraba quieta, hablaba, giraba sobre sí misma y se perdía entre las amigas, haciendo ondear su negra melena rizada. Salía de la iglesia como quien sale del cine Pathé, donde por entonces proyectaban seriales americanos. Pero aquel día, en el momento que el órgano tocaba la introducción al ofertorio, mis ojos se toparon con ella sin querer, los aparté, volví a mirarla y entonces ya no pude soltarla. Porque así, en suspenso y con el pelo recogido, era más intensamente ella, en su balanceo contenido, en su agitación interior, en sus gestos y risas por dentro, para siempre, ay. Entonces, no sé cómo, en plena iglesia me dieron unas ganas terribles de conocer su calor. Imaginé que abrazarla por sorpresa, para que se agitara y debatiera contra mi pecho, sería como cobijar entre las manos al pajarito que había capturado en la niñez. Estaba absorto en estas fantasías profanas cuando mi madre me cogió del brazo para la comunión. Vacilé, me demoré un poco, no me sentía digno del sacramento, pero rechazarlo a la vista de todos habría sido un desacato. No sin cierto temor al infierno, fui a arrodillarme al pie del altar y cerré los ojos para recibir la hostia consagrada. Cuando los abrí de nuevo, Matilde se volvía hacia mí y sonreía, sentada en el órgano que ya no era un órgano sino el piano de cola de mi madre. El pelo mojado le caía sobre la espalda desnuda, pero creo que ya he entrado en el sueño.

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Otra vez lo mismo, me arrancan de la cama, me pasan a la camilla, a nadie le importan mis molestias. Acabo de despertarme, no me han cepillado los dientes, tengo la cara demacrada y la barba sin afeitar, y con este aspecto lamentable me hacen desfilar bajo la fría luz del pasillo, que es un auténtico purgatorio lleno d

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