A merced de una corriente salvaje

Henry Roth

Fragmento

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Introducción

Joshua Ferris

A merced de una corriente salvaje es el segundo esfuerzo de Henry Roth, su continuación, después de sesenta años de silencio casi absoluto, de su clásica novela inicial Llámalo sueño. Roth comenzó a escribir su muy autobiográfica A merced en 1979 y la estuvo revisando hasta su muerte en 1995; si hubiera vivido más, probablemente habría seguido escribiendo sobre su vida hasta que las dos —la escrita y la vivida— se hubieran alcanzado mutuamente. El primer volumen, Una estrella brilla sobre Mount Morris Park, se publicó en 1994; el segundo, Un trampolín de piedra sobre el Hudson, un año más tarde. Los dos últimos volúmenes aparecieron póstumamente.

A merced cuenta la historia de Ira Stigman. Como Roth, Ira proviene de inmigrantes judíos de la Galicia austrohúngara. Como Roth, vivió de niño en el Lower East Side de Manhattan y lamentó que su familia se trasladara a Harlem. Como Roth, Ira huye de la miseria y la deriva, y del infortunio y la desesperanza, y del trabajo sin sentido, y de las innumerables calles y callejones sin salida que les esperan incluso a los inmigrantes más trabajadores en aquel «reino dorado», y se convierte en escritor. Lo logra porque es fuerte y astuto, y tiene, por naturaleza, talento literario. El momento culminante de la novela es la salida de Ira de Greenwich Village: atrás deja a su querida madre y a su tiránico padre, y a su hermana, con quien tenía una relación incestuosa, a cambio del abrazo y cuidado de una profesora de la universidad de Nueva York llamada Edith Welles, homóloga imaginaria de Eda Lou Walton, amante de Roth en la vida real.

A merced es una especie de epopeya literaria un poco extraña: una autobiografía que es también una novela histórica. La acción de A merced —situada principalmente entre 1914 y 1927, pero entrelazada con mensajes de los ochenta y los noventa y con reflexiones intermitentes de los años intermedios— abarca la casi totalidad del siglo XX, desde el estallido de la Primera Guerra Mundial hasta la aparición del ordenador. Pero la novela de Roth no es producto de una investigación meticulosa; reconstruyó su mundo perdido simplemente de memoria. Abriéndose camino por su séptima y su octava década —vivió hasta los ochenta y nueve— llenó su bildungsroman de los detalles finamente veteados que cabe esperar de un relato de primera mano.

Roth tenía una memoria fotográfica brillante. Pero no era didáctico; también tenía instinto de novelista. Saber dónde comienzan y terminan la realidad y la ficción en A merced de una corriente salvaje no siempre es fácilmente discernible. El perfil básico de la vida de Ira Stigman que se describe en el libro —su desarrollo durante la adolescencia y su joven edad adulta— reflejan de cerca los de Henry Roth. Pero si A merced está despojada en gran parte del artificio joyceano del libro anterior de Roth y claramente trata de narrar su vida tal y como fue vivida, Roth también sacrifica la verdad autobiográfica en favor de la más acuciantemente emocional según se le ha revelado décadas después. La detallada exactitud de su reconstrucción de Harlem deja pocas dudas, o su generosa evocación de la vida inmigrante en Nueva York en los primeros decenios del pasado siglo, pero aparecen los adornos que sirven a la finalidad artística por la que tanto luchó Roth.

Y sí que lo luchó. Tras escribir Llámalo sueño, Roth vaciló. En la época de la publicación del libro, 1934, estaba profundamente comprometido —como lo estaba mucha gente de la izquierda americana en los años treinta— con el ideal comunista. Se hallaba internamente dividido por la necesidad de reconciliar su talento «burgués» para detallar la rica vida interior del individuo con los mandatos proletarios del arte socialista. Lo afectó desagradablemente la recepción de su primer libro por las publicaciones de tendencia izquierdista, y estaba decidido a escribir algo de lo que el Partido pudiera enorgullecerse. Contó con un anticipo de Maxwell Perkins, que admiraba Llámalo sueño, para hacer exactamente eso, pero fracasó. Después, como todo buen comunista, trabajó en diversos oficios duros de pelar. Formó una familia. Malgastó el tiempo y se le perdió la pista. Hizo falta una profunda desilusión con el comunismo soviético y un largo ajuste de cuentas personal para que Roth volviera a escribir seriamente, para finalmente concluir, tras tantas y tan largas molestias, que durante todo este tiempo solo había tenido una preocupación: él mismo.

Una edición ómnibus de A merced de una corriente salvaje es un acontecimiento emocionante, una posibilidad de presentar el libro a una nueva generación de lectores. Pero incluso los antiguos lectores necesitan echarle una nueva ojeada, ahora que el amplio alcance de la obra de Roth ha quedado plenamente contenido entre dos cubiertas.

A merced de una corriente salvaje se publicó originalmente como cuatro libros distintos. El primero, Una estrella brilla sobre Mount Morris Park, fue artísticamente el de menor éxito de los cuatro. Es probable que Roth tuviera dificultades para encontrar el equilibrio exacto, la envoltura exacta, las tácticas retórica e imaginaria exactas para empezar su monumental empresa. Había mucho que hacer en aquella salva inicial: presentar a Ira, a sus padres y a su familia extensa; presentar también a un Ira actual que vive con su mujer, M., en Albuquerque y que conversa con su ordenador, Ecclesias, sobre los desafíos de componer un libro idéntico a A merced; establecer una dialéctica entre esos dos Iras —tipográfica, retórica, circunstancial y filosóficamente distintos, y separados en el tiempo por casi setenta años— que den forma e informen a los tres volúmenes siguientes; recrear un mundo pasado de inmigrantes que hablaban yidis, instalado en un Harlem desaparecido junto con toda su vibración repiqueteante y amenazadora; situar ese mundo en el contexto más amplio de la Primera Guerra Mundial; y transmitir al lector el drama personal de Ira: su soledad aplastante, su falta de rumbo, su sensibilidad y sus incipientes dotes como escritor. Henry Roth tenía setenta y tres años cuando empezó el libro y había estado más o menos bloqueado durante los cuarenta años anteriores. Competía contra el tiempo y su salud disminuía. Escribir de nuevo, de hecho redimir su vida escribiéndola, debe de haber sido un alivio extraordinario casi indistinguible de la sensación de pánico.

Cuando comienza la epopeya, encontramos a Ira como un muchacho de ocho años. Acaba de trasladarse desde el Lower East Side, donde su vida pasaba con una borrosidad inconsciente porque estaba rodeado de compañeros judíos y porque era muy joven. Los Stigman se trasladan al norte, al 108 de la calle 119 Este —unas manzanas más al norte del enclave judío en Harlem—, porque allí se podían conseguir pisos baratos sin agua caliente y el padre de Ira era un hombre perversamente austero. La nueva vivienda tiene también una ventana que da a la calle, lo que es especialmente importante porque la madre de Ira tiene tendencias depresivas y disfruta de la luz y de las vistas. Pero para Ira la mudanza es nada menos que una expulsión del Edén. La hostilidad del Harlem goyish saca al chico de sus ilusiones: son los «irlandeses» quienes gobiernan la calle y el desprecio, incluso en ese trozo del crisol americano, se reserva especialmente a los judíos.

Al tiempo que cae en la cuenta de la inevitabilidad de ser «un judío piojoso», como dirían los irlandeses, y dado su deseo de asimilación, rechaza a su familia extensa, que es demasiado judía. Llegaron al comenzar la guerra, huyendo no solo de las hostilidades internacionales sino de los pogromos que convirtieron la vida cotidiana de los judíos europeos en una pesadilla absoluta. Ira espera encontrar en esas nuevas llegadas la clase de gente que dejó en el Lower East Side: protectores, mentores y amigos. Sus familiares, confía, serán «espléndidos, dotados de una reserva de anécdotas seductoras, con un conocimiento insólito de costumbres y lugares que les encantaría comunicar a su alelado y pequeño pariente. En pocas palabras, estarían de algún modo encantadora, mágica y generosamente preamericanizados». En lugar de ello:

Palurdos de gestos torpes, toscos y desmañados […], metidos en toda clase de conversaciones imposibles de comprender para él, que hablaban un yidis demasiado «espeso» sin ningún inglés que le sirviera de levadura […]: asuntos insulsos, incoloros, asuntos de palurdo.

Esa doble decepción —el traslado a Harlem, la llegada de esos palurdos— aparece rápidamente al comienzo de A merced y determina el conflicto central del resto de volúmenes: Ira ya no está seguro de quién es o de con quién debería identificarse. Como dice muchos años después en conversación con Ecclesias, el traslado a Harlem fue «el comienzo del desgaste de su identidad».

Más allá de esos movimientos iniciales, en ese primer volumen no ocurre mucho más. Mi temor es que algunos lectores anteriores hubieran renunciado prematuramente al proyecto de Roth. Sus grandes ambiciones, su alcance y su vida florecieron lentamente, por entregas.

Con A merced presentada ahora en su totalidad, los desaciertos de Una estrella brilla sobre Mount Morris Park son fáciles de perdonar. El preámbulo que en su momento representó una novela ligera sirve ahora maravillosamente de prólogo a una novela épica. Dónde y a quién pertenece Ira es el tema principal del libro. La búsqueda de sí mismo de Ira es lo que hace de A merced algo más que un documento sociológico, algo más que un panorama de la experiencia inmigrante, algo más que un retrato del artista adolescente y algo más que el diario de un anciano que mira hacia el pasado. A merced es todas esas cosas. Pero sobre todo es una novela intrínsecamente americana sobre un individuo sin raíces forzado a reinventarse utilizando la misma materia prima y contra todo pronóstico.

Buena parte del interés inicial de A merced venía de dos focos de curiosidad, uno de naturaleza artística y otro lasciva. Henry Roth, el genio precoz que reconvirtió la miseria de los barrios de inmigrantes en una delicada obra maestra de elevado modernismo, ¿qué podría ofrecer después de sesenta años de sequía? ¿Y se acostó realmente con su hermana?

El incesto es algo que palpita de manera oscura en el corazón del libro —«vapores terrestres ahogados en lujuria», como dijo San Agustín, frase apropiada para un personaje agustiniano—, pero el hecho es que su simple presencia dentro de una novela autobiográfica amenaza con ensombrecer el retrato psicológico del individuo desfigurado y moldeado por ella. Ahora que el murmullo de los rumores sobre la verdadera relación de Henry Roth con su hermana ha perdido el valor de su impacto inicial, haríamos bien en atenernos a los datos que siguen siendo datos y preguntarnos: ¿cómo afectó la desviación sexual de Ira a su búsqueda de sí mismo en la novela de Henry Roth?

Para empezar, Roth sugiere que la desviación podría no haber ocurrido si Ira hubiera encontrado sentido a la devoción religiosa del abuelo galiciano que vino con él desde Austria-Hungría. El «desgaste» de su identidad habría sido detenido por los «límites del judaísmo ortodoxo […], [su] apuntalamiento, soporte o restricción». Pero cuando tenía diez años y empezó el incesto, era demasiado tarde: Ira estaba ya asimilado, naturalizado y no podía sentirse bien con los métodos del viejo mundo. ¿Qué tenían que ver aquellos palurdos y «su alboroto, su extrañeza, su yiddishkeit» con Ira y con su vida? Todo un experto en la calle americana y liberado de costumbres religiosas, no pertenecía ya al clan. Se había «entregado a una nueva resolución, a un nuevo “juramento de fidelidad”, un nuevo pacto que no podía nombrar, un pacto americano». La de Ira es una exploración americana precisamente porque América misma se ha interpuesto entre él y la herencia de una tradición estabilizadora y represora.

Pero aunque se convierte en un americano secular, América no deja que Ira Stigman repudie su judaísmo. Los irlandeses se lo recuerdan cuando va por la calle y sus maestros se lo recuerdan cuando va al colegio y sus jefes y compañeros de trabajo se lo recuerdan cuando hace algún trabajo puntual: a pesar de todas las promesas de libertad del país, es ante todo y sobre todo —y en ningún lado tanto como en su propia conciencia de sí mismo— un judío. Esa carga ontológica lo sigue a todas partes como una sombra odiosa y conspira para excluirlo de todo bien. «Así que todo lo que era hermoso era cristiano, ¿no? Todo lo que era sin tacha y puro y audaz y galante y caballeresco era goyish. A veces no sabía qué sentir: tristeza; lo excluían». El judaísmo se convierte en una identidad irritante. Deja escrita en piedra la identidad de Ira Stigman y le niega «todo lo que era hermoso» sin ofrecerle un consuelo que resulte acogedor, un estilo de vida o una conciencia de sí mismo.

Pero la alienación de Ira no es simplemente cuestión de su judaísmo; él se cree de alma corrupta por la relación sexual que inicia con su hermana menor, Minnie. La revelación del incesto es un momento sorprendente del libro; el hecho de que Ira tenga siquiera una hermana se oculta tímidamente hasta que no puede ocultarse más y estalla en la página con la fuerza de una confesión lacrimosa. Todo lo que creemos saber de Ira tiene que ser recontextualizado a la luz de esa revelación abrupta y todo lo que viene después queda negramente ensombrecido. Roth no nos deja olvidarlo: durante largos trechos se produce un recordatorio cada pocas páginas, pasajes llenos de confusión, autoflagelación, lamentos deprimentes. Roth presenta el incesto —y su carga, casi más importante en su mente— como un círculo vicioso: profundamente esclavo de sus placeres, Ira los busca ávidamente; cuando han acabado, lo acomete la culpa; esa culpa lo mantiene alienado del resto del mundo; y, en su alienación, busca el placer infernal del incesto. Pero no sin consecuencias: ese «cáncer en el alma» le obstaculiza todas sus amistades y posibles relaciones amorosas futuras. Lo arruina, impidiéndole para siempre ser un futuro americano libre de culpa, enfermedad y odio hacia sí mismo.

Roth sugiere que la fuente del acto incestuoso puede estar en las «tristes huellas de su judaísmo»; la relación resulta solo natural para alguien cuyo judaísmo está vinculado a la miseria innata a un barrio pobre. Es una conclusión lamentable muy propia de su época. La causa es mucho más sencilla, y Roth la dramatiza una y otra vez en el libro; esto es, el hecho de que Ira es tanto una presa como un depredador. Cuando todavía era un chico muy joven, Ira es atraído en Fort Tyron Park por un extraño muy amenazador, llamado «señor Joe». El señor Joe se ve obligado a cesar en su intento de quitarle los pantalones a Ira en el parque cuando una pareja joven sale inesperadamente de un matorral cercano. Hace que Ira mire mientras él «se hace una paja» detrás de un árbol, asqueando tanto a su impresionable víctima que la masturbación le resulta en lo sucesivo imposible como opción de alivio. Hasta el incesto es preferible. El señor Lennard, profesor de español de Ira en secundaria, resulta ser peor que el señor Joe. Cuando Ira se ve obligado a pedirle a aquel hombre terrible permiso para salir pronto del colegio, el señor Lennard se quita los quevedos y «ech[a] el aliento en una lente, antes de utilizar delicadamente su pañuelo», la pausa amenazante de un pederasta que actúa con impunidad. Pronto está importunando a Ira en su pupitre, insistiéndole al chico en que «¡se te ponga dura!» y garantizándole a Ira una profunda confusión en cuestiones sexuales antes de entrar en la adolescencia.

¿Cómo se podría juzgar la desviación sexual de ese inocente abusado que solo ha conocido el incesto y la depredación? Porque además de ser objeto de abusos, Ira ha presenciado de primera mano el intento de su tío Louis de seducir a su madre, ha escuchado el relato de ella acerca de su propia relación incestuosa con su hermano Moe y ha compartido de mala gana una cama con su madre cuando su padre se va de viaje a San Luis. Roth demuestra repetidas veces cómo, para el joven Ira, sexo es igual a perversión y violencia. Véase esta escena de pasada: «Unos días más tarde, Ira vio cómo la gran bestia [su patrón, el señor Yeager] acechaba a una de las empleadas que buscaba un producto en los pasillos del sótano, la agarró y la obligó a retroceder mientras la besaba. Sus súplicas, «¡Por favor, señor Yeager! ¡Suélteme, señor Yeager!», no fueron escuchadas». En A merced no hay sexo sin amenaza.

Roth no pide perdón para Ira —de hecho, exageró el incesto para hacer a su álter ego más monstruoso, más afín a la imagen distorsionada de sí mismo—, pero no puede evitar dramatizar las circunstancias cerradas y alienantes que podían llevar fácilmente a un muchacho joven a atacar a su hermana, y a los hermanos y hermanas a buscar refugio uno en otro. El título del libro, tomado de un pasaje de Shakespeare, imagina la merced por delitos anteriores. Roth no solo confiesa esos delitos —que son los suyos—, sino que los recrea a conciencia, quizá en un intento final de conseguir esa merced.

A pesar de su condición de judío y de la vergüenza sepultada de su vida hogareña, Ira se las arregla para hacer amigos y la devoradora alegría de la amistad le da alguna idea de lo que podría ser… o de lo que, en cualquier caso, anhela ser. Roth nos presenta a Farley Hewins, hijo de un enterrador irlandés que capta todo lo que es «sin tacha y puro» en América. Farley no se parece en nada a uno de esos palurdos. Es «un muchacho rubio, bien plantado, algo más maduro que el resto, bien parecido, de ojos azules, mandíbula redonda, voz ligera y paso alegre». Es posible que Roth estuviera describiendo a un Douglas Fairbanks joven. Los domingos, los dos chicos van haciendo autostop a los suburbios donde viven las tías y los tíos de Farley, y allí, entre aquellos americanos de postín, Ira consigue saborear indirectamente lo que realmente está buscando: «En la firmeza, la tranquilidad de la seguridad sin afectación de Farley, su serenidad jovial, y en la afectuosa consideración con que él era acogido y tratado por sus parientes, todos americanos, parte integrante de América en sus acogedoras y ordenadas cocinas suburbanas en las que se colaba la brisa que venía del verde exterior por la puerta de tela metálica, Ira podía imaginarse casi que su aceptación estaba solo a un paso».

Farley es solo uno más de una serie de amigos a través de los cuales Ira va pasando mientras intenta acercarse demasiado directamente a una América idealizada que abre sus puertas solo a sus hijos e hijas cristianos y que más lo merecen. Después de Farley nos encontramos con Billy Green, el más intrépido y que se parece a Huck Finn. «“Juvenil” era la palabra que mejor lo describía, juvenil en el buen sentido de la palabra, en el sentido americano: independiente, deportista, le gustaba el aire libre, la aventura, y sin embargo era sumamente cuerdo». Billy Green no es simplemente la antítesis de todo lo que habita en ese mundo de Ira hecho de herméticos bloques de pisos, ni es solo un antídoto para sus patologías incestuosas; es la apoteosis de América.

Billy Green deja paso a Larry Gordon, un joven vulgar y rico con aspiraciones artísticas; Ira se imagina que aquel joven atractivo no debe de ser judío. Es demasiado seguro de sí mismo, está demasiado asimilado, es demasiado «normal» como para ser judío. Ira, que quiere impresionar a Larry en su primer encuentro, causa un alboroto en la clase de Elocución. Se le pide que explique su conducta después de clase y sus palabras revelan desnuda, devastadoramente, la pobre imagen que tiene de sí mismo y lo mucho que anhela la aprobación de sus iguales no judíos. «Me parecía que había encontrado un amigo —explica al ofendido profesor—. Era rico y no era judío, y yo le gustaba».

Pero resulta que Larry sí que es judío, lo que complica de forma interesante el tipo de chicos de los que Ira se hace amigo: este es uno de los suyos. Entre los dos surge una amistad expansiva. Larry introduce a Ira en la poesía moderna, mientras que Ira, algo más reacio y confundido por esta exigencia, introduce a Larry en las expresiones en yidis y las costumbres de aquellos palurdos. Ira es todo lo que el adinerado Larry encuentra exótico. En la compañía de ese muchacho mucho más sofisticado, Ira, que ha despreciado a los palurdos vinculados a él por parentesco, se convierte en la encarnación del palurdo.

Esta serie de amistades ha representado para Ira la vía de escape de la opresión del gueto de inmigrantes y de vivir, aunque solo de manera temporal e indirecta, la vida saludable y desprovista de incestos como derecho de nacimiento que tienen otros americanos. Pero Ira va a encontrar su verdadera personalidad de una forma algo más duradera, porque va a dejar atrás Harlem definitivamente. No será fácil. Es pobre. Se le niegan algunos derechos simplemente por ser judío. Desdeña la empresa capitalista que tantos familiares y compañeros judíos consideran la esencia del sueño americano. Ello aumenta su sensación de aislamiento: al país le importan solo «las cosas que menos significaban para él, que le importaban un comino». La huida de la pobreza material habría sido, tanto para Ira como para Roth, indistinguible del suicidio.

Lo que a él le llega de manera más convincente es el mundo de los libros. Los libros «te llevaban a su mundo […]. Estabas más en su mundo que en el mundo judío […], tal vez algún día encontraría la forma de salir de su propio mundo de suburbio judío para entrar en el mundo de ellos». Rescatan al chico de ese entorno sórdido y odioso y, más tarde, presentan la posibilidad de una huida más estable cuando se le ocurre que él mismo podría ser capaz de escribir un libro.

Esa conciencia va despertando lentamente en el curso de su amistad con Larry y luego con Edith Welles. De formas manifiestas e inadvertidas, mediante su apetito por lo exótico y su propio esfuerzo artístico, Larry y Edith le revelan a Ira un hecho profético: su fuente de vergüenza —su baja ralea, las privaciones y depravaciones de una infancia inmigrante— son, para el artista en ciernes, una riqueza abusiva. El Ulises de James Joyce, del que Edith da a Ira uno de los primeros ejemplares cuando están en la parte alta Nueva York después de que Larry se haya burlado del libro, le enseña cómo dar buen uso a dicha riqueza. Para escapar de los lazos de la vida inmigrante judía, Ira tendrá que volver a ella, ahondar en ella profundamente y transformarla en arte. Para huir de ella hace falta abrazarla.

Desde el principio del libro percibimos el potencial artístico de Ira, cuando divisa una estrella brillando sobre Mt Morris Park. cciones, hay que comprender a He palurdosñadoscon iante dinr el mundo del ra su merced - transgresiones, lo que hace iepredador. Él no puede tener más de nueve o diez años cuando, por primera vez, piensa como un escritor. Vale la pena citar extensamente esa revelación:

Y pasa por debajo de la colina de Mt Morris Park en el crepúsculo otoñal, con el lucero de la tarde al oeste, en el cielo límpido sobre el campanario de madera. Y era tan hermoso: un éxtasis contemplarlo. Le planteaba un problema que nunca había soñado que nadie pudiera plantearse. ¿Cómo decirlo? Antes de que el pálido crepúsculo azul dejara tus ojos tenías que decirlo, utilizar palabras que lo dijeran: azul, añil, azul, añil. Palabras que concordaran, que concordaran con aquella estrella que flotaba sobre la colina y la torre; ¿qué palabras concordaban? Estrella solitaria que flota sobre la colina. No parpadeando, no, estrellita, parpadea, parpadea… esas palabras eran de otro. Tenías que concordarlas tú mismo: podrías decir flotando en la marea azul… quizá. Como ese azulete con que Mamá lavaba las camisas blancas. No, no podías decir eso… Qué clara es. Una estrella brilla sobre la colina de Mt Morris Park. Y va cayendo la oscuridad, y va cayendo el frío…

Como sucedió antes con Farley y Billy Green, Larry Gordon es finalmente descartado y reemplazado. Ira, como Roth, es un hombre sagaz, como debe ser la gente de cierta grandeza si espera escapar a las desfavorables circunstancias de su nacimiento y lograr finalmente algún mérito que perdure, y para ello tiene que escoger a Edith por delante de Larry. Edith supone un avance natural: no es judía y es una intelectual, una consejera y, con el tiempo, se convertirá en su mecenas y amante. Como cree que es inofensivo, confía en él. Ella lo arrastra a su complicada (y progresiva) vida personal y él no la juzga por lo que le revela. Los dos encuentran una amistad en la que poder confiar, de forma que cuando Ira tiene que confesar sus propias transgresiones, lo que hace tras grandes coacciones, como un personaje de Dostoievski, Edith no lo juzga. Lo perdona —muestra su merced— para que él pueda perdonarse a sí mismo. Edith restablece los ideales románticos que Ira encuentra en los libros y que él cree vedados para siempre debido a su incesto. Con este restablecimiento viene el permiso para soñar, vivir y escribir.

A merced de una corriente salvaje es una epopeya sobre el outsider, una crónica sobre la supervivencia a uno mismo y el autodescubrimiento y sobre la autorrealización. Es también una obra maestra de la «ficción inmigrante». Es lo que se hubiera llamado, hace algunos decenios, una gran novela judío-estadounidense, escrita por un pionero de la ficción judío-estadounidense. Pero aunque en la época de Llámalo sueño sí tuviera sentido ese uso, llamar a algo gran novela judío-estadounidense, con Malamud y Bellow en nuestro haber nacional, y con otro Roth distinto que está retirado pero aún es trascendente y con una nueva generación de judíos americanos escribiendo ficciones de distinto tipo, a lo que eso lleva es a aislar en el gueto. Nadie llama a Philip Roth un gran escritor judío-estadounidense, ni a Junot Díaz un gran novelista latinoamericano.

Yo diría que para comprender plenamente al Roth de las cartas americanas, el más joven y más celebrado, para comprender claramente las complejas relaciones turbulentas y a menudo afectuosas entre padre e hijo que Philip Roth construye una y otra vez en sus ficciones, hay que comprender a Henry Roth y a esa generación de judíos americanos. Hay que comprender a los personajes de Henry Roth en A merced de una corriente salvaje, especialmente al padre de Ira Stigman, completamente intimidado por el mundo del goyim, y al propio Ira, cuya incomodidad y obediencia, su veneración del goyim americano es lo que Philip Roth pone en la diana en libros como Adiós, Colón y El mal de Portnoy. Y hay que comprender la compleja interacción entre Chaim Stigman y su hijo. El compromiso de Ira con el mundo de los no judíos, con Edith Welles y los bohemios de Greenwich Village, demuestra un extraordinario progreso social desde el punto de vista de su padre, que, cuando no se inclina servilmente ante los protestantes de uno u otro tipo, los evita de manera manifiesta. Pero la integración de Ira en una América más amplia se caracteriza por los sentimientos de inferioridad y sumisión del outsider, cosa que las encarnaciones autobiográficas de Philip Roth simplemente no toleran. Por eso, entre un Roth y otro Roth, podemos evaluar el cambio de dinámica de los judíos en América y, más ampliamente, de la sociedad americana, como la transformación de un país que rechaza inmigrantes, y especialmente a los judíos, a otro que los acoge y celebra. La progresión entre un Roth y otro Roth es la misma que nos permite, con A merced de una corriente salvaje, eliminar el calificativo «judía» de la fórmula «gran novela americana».

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UNA ESTRELLA BRILLA SOBRE MOUNT MORRIS PARK

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A Larry Fox

«Esta es mi mano,

amigo fiel».

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Me he aventurado,

Como revoltosos pilluelos que flotan sobre vejigas,

Todos estos veranos, sobre un mar de gloria,

Más allá de donde hago pie. Mi orgullo hinchado

Me reventó al fin debajo, y ahora me ha dejado,

Cansado y envejecido para el servicio, a merced

De una corriente salvaje que me ha de cubrir para siempre.

Enrique VIII, III, II

No me atrevo a mostrarme quisquilloso con el sin par Will, pero me pregunto cómo puede describir primero a sus pilluelos consentidos sobre vejigas, flotando en un mar de gloria, y arrastrados luego por una corriente salvaje…, lo que sugiere un torrente y no un mar, a no ser, desde luego, que se trate de una corriente oceánica, como la del golfo, pero esta tiene poco de salvaje. Marea, la otra palabra posible, hubiera sido quizá más exacta, pero ni mucho menos tan feliz.

También me gustaría observar que, aunque su utilización de la expresión «a merced» es irónica, la mía no lo es. Es literal. Esa corriente salvaje me otorgó realmente su merced.

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Primera parte

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I

Pleno verano. Los tres incidentes quedarían siempre asociados en su memoria, más duraderos, más destacados que cualquier otra cosa de aquel verano de 1914, su primer verano en Harlem. Qué extraño también que la llegada de los parientes de Mamá, el traslado a Harlem y el ominoso verano de 1914 coincidieran, como si todo su ser y sus costumbres quedaran socavados por la fuerza de la historia disfrazada por el simple hecho de la llegada de nuevos parientes. Mil veces pensaría en vano: si hubiera ocurrido unos años más tarde. Todo lo demás podría ser lo mismo, la guerra, los nuevos parientes: si hubiera podido tener, hubiera podido vivir algunos años más en el Lower East Side, digamos, hasta su bar mitzvá. Bueno…

Era en agosto (Ecclesias, si m’aiutate[1]); la pareja de vendedores de periódicos irrumpió en la calle 115 gritando titulares en yidis, disonantes y confusos. Cada vendedor cargaba un acordeón portentoso de periódicos yidis colgado de sus hombros por una correa. «Wuxtra! Wuxtra!», gritaban los dos. «Malkhumah!», seguido por una confusión de yidis. Ira, a sus ocho años, acababa de entrar en el cuarto delantero, en donde sus abuelos se sentaban junto a las ventanas, a la sombra de los toldos, disfrutando de un soplo de aire fresco. Como la de ellos, su atención fue reclamada por los gritos de abajo, y miró a la calle buscando la causa. Bajo la ventana, el sol centelleaba en la tórrida acera y brillaba sobre el macadán negro. Y la calle, tan letárgica y silenciosa hasta hacía un minuto, se veía perturbada ahora por aquellos dos hombres congestionados que rugían un ronco galimatías del que solo era comprensible una palabra… repetida y repetida: «Malkhumah! Malkhumah!». ¡Guerra! De las puertas de las casas y de las tiendas cercanas salía un pequeño grupo de compradores, algunos apresurándose tras la voceante pareja; otros, esperándolos. Los compradores fruncían el ceño al ver los titulares, se los enseñaban mutuamente, hablaban, gesticulaban, gritaban a la gente que se asomaba a las ventanas.

—Grita guerra —dijo Zaida.

—¡Ay de mí! —dijo Baba.

—¿Qué es esa moneda que pagan por el periódico? —preguntó Zaida.

—Creo que un níquel, Zaida —respondió Ira—. Cinco centavos.

—¿Como esta?

—Sí.

—Corre, chico. Cómprame uno. —Dio un níquel a Ira que, con la moneda en la mano, bajó corriendo los dos tramos de escalera, hasta la calle abrasada, y persiguió a los vendedores, que seguían vociferando su mercancía. Ofreció el níquel; un periódico fue rápidamente extraído a cambio. Y, con aquel grito febril persiguiéndolo aún, Ira corrió a casa, subió las escaleras con ansioso apresuramiento y entró jadeante en el cuarto delantero.

—Guerra, efectivamente —dijo Zaida, después de echar una ojeada a los amenazadores titulares en yidis—. Se están matando otra vez.

—¿Quiénes? —preguntó Baba.

—Austria y Serbia.

—Oy, gewald! —gimió Baba—. Mi pobre Genya, con su hijo, otra vez en medio de ese peligro. Que el Señor la proteja. ¡El Señor se apiade de ellos!

—¡Locos! ¡Destruid! ¡Destruid! Ninguna otra cosa os bastará —dijo Zaida furioso—. Qué suerte tuvimos al escapar a tiempo de ese osario. Alabado sea su santo nombre.

De esa forma llegó a Harlem la Gran Guerra: vociferantes vendedores de periódicos pregonando papel caliente en la calle abrasada; el chico desconfiado ofreciendo un níquel al heraldo sudoroso y congestionado del desastre…

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II

Era julio de aquel año, todavía un mes antes de que estallara la guerra. Los parientes más cercanos de Mamá debían llegar a América dentro de unos días. Venidos de la pequeña aldea de Veljish, en Austria-Hungría, de donde habían salido, fijarían pronto su residencia en Harlem. Su piso, un piso grande de seis habitaciones, solo en la segunda planta y con calefacción, electricidad y agua caliente y corriente —y hasta toldos a rayas sobre las dos ventanas de la sala— estaba en mitad de la manzana… en plena calle 115, entre Park y Madison Avenues. En yinglés era lo que se llamaba un shaineh b’tveen, lo que —literalmente— significa un hermoso intermedio. No solo se trataba de una manzana totalmente judía y agradable, sino también muy bien situada para las compras: al este mismo estaba el distrito judío de los carritos ambulantes, que se cobijaban bajo el ancho paso elevado de acero del New York Central Railway, sobre Park Avenue. Allí, los inmigrantes podían regatear en yidis a gusto con los vendedores ambulantes. El piso tenía además la ventaja de estar al otro lado de la calle, frente al de tanta Mamie y su familia (indudablemente, esa era otra razón de que Moe y Saul, los dos tíos americanizados de Ira, lo hubieran elegido). Mamie podía hablar con Baba o Zaida, o con alguno de sus hermanos o hermanas inmigrantes —y ellos con ella— de ventana a ventana, sin necesidad de salir de casa.

Entretanto, Mamá, previendo la alegría que le daría estar cerca de su familia, y Papá, previendo las ventajas que le traería convertirse en lechero por cuenta propia (lo que sería posible al estar más cerca de la central lechera, en las estaciones de mercancías de la 125 Oeste), abandonaron su ventoso nido de águila del East Side, en la cuarta planta de la esquina de la avenida D con la calle novena y, en compañía de Ira, su hijo de ocho años, se mudaron a Harlem, unidos en la esperanza. En su deseo de estar cerca de sus parientes, manteniéndose dentro de los limitados recursos de su marido, Mamá se había resignado a vivir en tres habitaciones «de la parte trasera», las más baratas que había podido encontrar en el «Harlem judío», tres pequeñas habitaciones sofocantes en la calle 114, al este mismo de Park Avenue. La familia Stigman se trasladó a aquel pisito, estrecho y sin ventilación, en cuanto la escuela acabó y comenzaron las vacaciones de verano.

Llegaron los inmigrantes; el padre y la madre de Mamá: Zaida, barbudo, judío ortodoxo, un patriarca ya a los cincuenta y tantos años, descontento e irascible; Baba, su paciente y encogida mujer. (En otro tiempo ella quiso mucho a su esposo, decía Mamá, pero el egoísmo devorador de él había secado todo el afecto de ella). Le había dado una descendencia de once hijos. Los dos últimos, mellizos, habrían tenido la edad de Ira, le dijo Mamá, si hubieran vivido, pero murieron en la infancia. De los nueve restantes, cinco eran hijas y cuatro hijos. Todos habían emigrado ahora a América, salvo Genya, la segunda, hermana menor de Mamá. Genya, la más atractiva de toda la prole de Zaida, según Mamá, se había casado con un hombre que se ganaba muy bien la vida como experto tasador de maderas. Los dos decidieron quedarse en Austria-Hungría con sus dos hijos pequeños.

Oh, qué cosas pasan, Ecclesias, qué cosas nos pasan, a mí, a nosotros, a mi querida mujer y a mí, este 14 de enero de 1985; a nuestros herederos, a nuestro país, a Israel, qué cosas pasan. El escritor Clarence Garner, mi buen amigo, solía arremeter contra las novelas de generaciones familiares (él pensaba en Thomas Mann). «Odio esas novelas de generaciones, ¿tú no? ¡No las aguanto!», exclamaba. Creo que estoy de acuerdo con él, pero esto es diferente, Ecclesias; todavía tengo que descubrirme a mí mismo…

Nueve hijos supervivientes, cinco hijas y cuatro hijos, y todos, salvo Genya, en América. (Genya y su hija desaparecieron luego en un campo de exterminio nazi. A marido e hijo, por su común competencia, se les permitió vivir… y ver cómo acarreaban a las dos mujeres en un camión y oír gritar a la niña: «¡Papá, soy demasiado joven para morir!»). Todos, salvo Genya, estaban en América. Primero vino Mamá, traída por Papá que, lo mismo que otros maridos inmigrantes que estaban ya en la nueva tierra, escatimó y ahorró, y, en su caso, se privó de todo llegando al colapso alimentario, hasta haber acumulado lo bastante para comprar un pasaje de entrepuente para su mujer y su hijo pequeño. «Vimos leviatanes, grandes criaturas marinas que seguían al barco», Mamá trataba en vano de despertar los recuerdos de Ira. «¿No te acuerdas? Y tú llorabas pidiendo leche, que teníamos que pagar aparte: leche, la única palabra que sabías decir en polaco».

Después de venir Mamá a América, siguió Mamie, la tercera hija de Baba y segunda hermana más joven de Mamá, la fogosa y decidida tanta Mamie. Una vez allí, se alojó con el hermano de Zaida, el tío abuelo Nathan, próspero comerciante en diamantes, de escrúpulos un tanto deficitarios. La pobre chica quedó prácticamente contratada como sirvienta en su propia casa… hasta que encontró trabajo en la industria del vestido y ganó lo suficiente para alquilar una habitación en Manhattan. Casi al mismo tiempo conoció a su futuro marido, Jonas, inmigrante aculturado como ella, una especie de gnomo que trabajaba en el edificio adyacente, haciendo abrigos «por encargo». Él le hizo la corte al principio a la hora del almuerzo y luego después del trabajo, cuando la acompañaba a su habitación, y finalmente, para mostrar la seriedad de sus intenciones, la llevaba al teatro yidis de la Segunda Avenida los sábados por la noche, para oír al famoso trágico yidis Tomashevsky. Se casaron y establecieron su casa, no en el East Side, donde vivían ya Mamá y Papá, sino en un pisito del Harlem judío, en el mismo b’tveen en que Baba y Zaida y sus hijos solteros vivirían luego.

El siguiente por orden de nacimiento, y el siguiente en emigrar a los Estados Unidos, fue Moe, el cuarto descendiente de Baba y su primer hijo varón. A diferencia de su hermana Mamie antes que él, Moe se alojó con la familia de Ira, que vivía ahora en la calle Novena, muy alto sobre las vías del tranvía de caballos de la Avenida D. Moe evitó los oficios de la aguja, prefiriendo trabajar en la industria pesada; se presentó en las acerías, en una planta de acumuladores, pero fue rechazado por judío. Encontró trabajo en un café, en donde trabajaba demasiadas horas como ayudante de camarero, lo que en aquellos años se consideraba aprendizaje necesario para llegar a ser camarero. De estatura superior a la media en aquella época, aunque no alto, Moe era fuerte y de complexión robusta (había trabajado en campamentos de leñadores en las selvas de los Cárpatos). De ojos azules, rubio, con aspecto de ser cualquier cosa menos el «típico» judío de la Europa oriental, Moe era un patán de campo franco e inocente. Dotado de la amabilidad de Mamá, de su generosidad, su indulgencia y su risa fácil, Moe sentía sincero afecto por su primer sobrino, el primer nieto de Ben Zion Farb, el patriarca. Moe, o Morris, nombre que prefería, volvía del café sembrado del serrín en que trabajaba, y llegaba a casa fatigado las noches de verano, hasta el alto edificio de la esquina de la Avenida D, y, con su sobrino de la mano, se dirigía a la confitería que había al pie de la casa. Allí compraba cinco, o seis, o más tabletas de un centavo de chocolate Hershey y, concediendo una de ellas a su estrepitoso sobrino, iba quitando los envoltorios de las otras y se iba metiendo en la boca aquellas exquisiteces, una tras otra, hasta que, por un momento, aparecía rodeado de radios de chocolate, como si fueran los rayos mal colocados de la Estatua de la Libertad.

Moe era el segundo de los parientes más próximos de Mamá que hizo la travesía. (¡Totalmente rústico! En Hamburgo, en donde aquel joven simplón tuvo que pasar la noche en una pensión antes de embarcar la mañana siguiente, apagó de un soplo la luz de gas antes de irse a la cama y, si no hubiera sido por la oportuna llegada de un compañero de habitación, el viaje de Moe a América hubiera terminado entonces y allí).

Luego venía Saul, el sinuoso, subrepticio e histérico Saul, que se convirtió también en mozo de café como su hermano, pero, a diferencia de él, en cuanto alcanzó la categoría de camarero desdeñó trabajar en restaurantes judíos. Los mejores hoteles, los comedores más selectos —en donde trabajaban los «esclavos blancos», como llamaba Papá a los camareros alemanes cuando también él se convirtió en camarero— eran los únicos lugares en donde Saul se dignaba servir.

El sol se reflejó en el parabrisas de un coche que pasaba. La luz estalló en un espectro llamativo, haciendo pedazos la oscuridad de los ojos entornados de Ira, concentrados en la pantalla del ordenador. Ira meditaba en el sentido de las escuadras de la muerte sirias controladas por la OLP, que, según la radio, se estaban introduciendo en otros países con el fin de asesinar a los secuaces de Arafat. Y la mente, con sus involuntarios signos taquigráficos, señalaba: Arafat mostrándose cariñoso con Hussein, y Hussein con el Iraq, y Siria con el Irán. ¿Significaba eso que Arafat se estaba ablandando, resignándose a pactar con Israel? Dudoso. Muy dudoso.

Saul corría detrás de todo lo americano: «Especialmente de las shiksas fáciles», murmuraba Mamá a su desconcertado hijo pequeño. «Eso no está bien». Entre las escasas imágenes de su tío, incubadas a lo largo de los años desde la infancia, dos se conservaron intactas: el vengativo aplastamiento por Saul, con un ejemplar enrollado del Journal American, de una pareja de moscas de caballo copuladoras, sobre las soleadas rocas de granito de Mt Morris Park. Por alguna casualidad, Ira había acompañado al parque a Saul, y a Max, el tío más joven y recién llegado… Y otra vez, una tarde, mientras Ira estaba delante, oyendo, en respuesta a la propuesta de Papá de que él y Saul pusieran cada uno unos cientos de dólares y, como socios, los invirtieran en una cafetería, Saul se jactó, levantando su rostro atrevido aunque semítico, hacia la luz de la farola:

—Me he gastado más de eso en una puta para una sola noche.

—Sha! —exclamó Papá, escandalizado… haciendo signos de que había jóvenes oídos que escuchaban.

Aquellos cuatro hermanos y hermanas, Mamá y Mamie, Moe y Saul, estaban ya en el Nuevo Mundo. En algún momento de la primavera de 1914, Zaida vendió su pequeño gesheft de Veljish, su pequeño almacén, y utilizó lo obtenido para pagar el precio del pasaje de segunda clase. El pasaje de segunda era mucho más caro que el de tercera, y los gastos del transporte de seis pasajeros adultos casi acabaron con los recursos de Zaida. Pero como solo así podía garantizar para ella y su familia una alimentación kosher durante la travesía, los seis viajaron en segunda clase. Llegaron a América a lo grande, pero casi sin un céntimo. Zaida confiaba en que sus dos hijos de América se harían cargo de él —y de Baba— hasta que su inmigrante prole pudiera ayudarlos a soportar la carga, lo que ellos hicieron incondicionalmente.

Dos padres y sus cuatro hijos que llegan al Nuevo Mundo: dos hijos, dos hijas, los cuatro solteros.

De golpe, el número de descendientes de Zaida y Baba en América se duplicó; de golpe, Ira adquirió no solo dos abuelos, sino también cuatro tíos y tías nuevos. Seis parientes cercanos de repente. Al principio fue un poco desconcertante.

Ella era la mayor de los cuatro nuevos hermanos. Silenciosa, fea, siempre en segundo plano, estaba extraordinariamente dotada para la costura. (Años más tarde, Ira se preguntaría hasta dónde hubieran podido llegar aquellos, como millones de otros inmigrantes, en el Nuevo Mundo, si hubieran tenido la menor orientación, la menor asistencia). De mano de Ella eran los deliciosos dechados judíos de las paredes del nuevo piso, su única decoración salvo los calendarios de las cajas de ahorro. De Ella eran los tradicionales leones de Judá rampantes sobre Tablas de la Ley bordadas en el terciopelo zafiro de la bolsa en que Zaida guardaba sus filacterias y su manto de plegarias; de Ella, los encantadores dibujos de hilo de oro sobre la bolsa de terciopelo escarlata para los matzah que embellecían la mesa durante el Passover.

La siguiente en edad, y muy distinta de su hermana mayor, en temperamento y en muchos otros aspectos, era Sadie. Era muy fea; era extravagante; era irreflexivamente impulsiva y testaruda. También era analfabeta. Quizá por su vista sumamente defectuosa, que en la aldea donde vivía la familia nadie había corregido por falta de oculista, Sadie era la única analfabeta de la progenie de nueve niños supervivientes de Zaida y Baba. Tan miope era que en dos ocasiones metió la cabeza por los cristales de ventanas cerradas del piso de Harlem. Llevada por Mamá para que le hicieran gafas, cuando pidieron a Sadie que leyera las letras del cuadro, comenzó a canturrear un alfabeto patético: «Ah, beh, tseh, deh…». Mamá comentó secamente: «El oculista sabía lo que se hacía». Más tarde, cuando ella estaba prometida para casarse con Max S., un camarero al que se le había ocultado su analfabetismo, Sadie, provista ahora de gafas, se dedicó al serio intento de aprender a leer un poco de inglés bajo la juvenil tutela de su sobrino. Fue un esfuerzo vano. Caprichosa, espasmódica, parecía incapaz de concentrarse en la letra impresa… y, al cabo de algún tiempo, el adolescente Ira fue incapaz de concentrarse en enseñarle. Aquellas crispaciones, aquellos revoloteos de impotencia lo excitaban —de lo que ella se dio cuenta— y las sesiones se interrumpieron.

Después de corregir su visión, también Sadie demostró unas aptitudes manuales excepcionales. Poco después de ser iniciada en el funcionamiento de un taller americano (y en la forma de llegar hasta allí y volver a casa), se volvió sumamente experta en la fabricación de adornos de plumas para sombreros de señora, ganando más con su trabajo a destajo de lo que ganaba Ella con sus elegantes bordados. Su excelente remuneración, después de las aportaciones para alojamiento y manutención al fondo familiar común, le dejaba un buen excedente; una parte de él, desde luego, la depositaba en la caja de ahorros, y otra se la gastaba en ropa y productos de belleza. Eran esos productos de belleza los que ponían fuera de sí a su hermano mayor Saul. No solo americanizado desde hacía tiempo, sino también familiarizado con la elegancia contenida de los afables clientes a los que servía en los comedores de hotel de gran categoría —y de las prostitutas de gran categoría por las que suspiraba—, se oponía violentamente a los fuertes perfumes, las espesas capas de polvos y el lápiz de labios chillón con que su hermana se engalanaba el rostro. Era un exaltado, y su hermana, con su testarudez, estaba a su altura: se producían entre ellos riñas feroces, en las que se intercambiaban palabras como «puta» y «chulo de putas», hasta que llegaban a tal vorágine de acritud, especialmente los domingos, cuando todo el mundo estaba aún en la cama, que los otros hermanos y hermanas se veían arrastrados, animándolos o protestando. El piso se convertía en una babel, una tumultuosa babel de polaco, yidis, eslavo y mal inglés, una babel que solo Zaida sabía calmar. Y la calmaba metiéndose en ella con bastón y yarmulka, y azotando a adversarios y partidarios, a diestro y siniestro, sin distinción. Ira presenció dos o tres de aquellas espantosas peleas: siendo un pequeño shnorer sin dinero como era, la mañana del domingo era para él el mejor momento de visitar la casa de Zaida y Baba, y de reunir algunas monedas, las pequeñas propinas de la parentela. Una vez entró en la casa en el preciso momento en que su tío Saul saltaba de la cama y, precipitándose hacia la de Sadie, la abofeteaba; ella se lo devolvió en especie. Instantáneamente, el piso se convirtió en una casa de locos. La pobre, paciente y arrugada Baba se retiró a la cocina murmurando, desgraciada, para sí; y Zaida, lanzando furiosas imprecaciones, restableció el orden de la forma acostumbrada: con bastón y yarmulka.

De manera que allí estaba Ella, allí estaba Sadie, ¡y qué odio se tenían ella y Papá! Die blindeh la apodaba él: la ciega… porque ella le plantaba cara y se negaba a dejarse intimidar por su cólera, como hacía con tanta frecuencia Mamá en aquellos primeros años. Sin acobardarse lo más mínimo, Sadie contestaba a su cuñado: «Meshuggener hint! ¡Perro rabioso!». (Y demasiado a menudo, ay, Ira estaba secretamente de acuerdo con ella). «¿Por qué no aprendí a leer?», confiaba amargamente a su joven profesor, durante aquellas sesiones infructuosas y luego ambiguas, cuando se estaba haciendo demasiado evidente que su inconstante y nerviosa alumna no podía dominar su inquietud, ni Ira sus propias esperanzas carnales. «No aprendí a leer porque me mandaron para que fuera una criadita en casa de tus padres en Tysmenitz, en donde vivían con el padre de tu padre… de “su” generosidad. Cuando hubiera debido recibir alguna educación, allí estaba yo, cuidando de ti, un bebé». Sus ojos castaños, detrás de los espesos cristales, echaban una mirada furiosa a su sobrino; cuya propia mirada oscilaba entre la distracción de la gruesa nariz de ella, enyesada y empolvada, y de sus mejillas llameantemente coloreadas, y la distracción de sus propios deseos culpables. «¿Y sabes qué me hacía tu padre, cuando tu madre estaba embarazada de ti, cuando tu madre estaba de parto y yo me ocupaba del trabajo de la casa? Se tiraba pedos delante de mi cara».

—¿De veras? —Ira irradiaba comprensión. Los cordeles eran de un solo hilo; las cuerdas eran trenzadas: ambivalencia de lo auténtico; ¿y si los mellizos de Baba hubieran vivido, el chico y la chica, una chica de su edad a quien enseñar inglés? Quizá…

Estaban Ella y Sadie. La primera se casó con Meyer D., propietario de la entonces próspera carnicería kosher del otro lado de la calle, en donde solía comprar Baba, y de forma más habitual aún cuando se dio cuenta de que Meyer era un buen partido. Él era un hombre rechoncho, taciturno, bastante mayor, y su única diversión era al parecer una partida de pináculo en un café de la calle 116. De manera que primero se casó Ella y luego Sadie. Sadie se casó con el alto y delgado Max S…., que descubrió demasiado tarde, tan bien disimulado estaba, que su novia era analfabeta (Ut azoi un ut azoi —decía la cantinela yidis—, nahrt m’n uhp a khoosin: «De una forma o de otra, al novio siempre lo engañan»). Max S. no dio importancia al descubrimiento. Había encontrado lo que buscaba: una mujer judía compatible, fiel y diligente.

Los dos nuevos tíos de Ira eran los miembros más jóvenes de la familia de sus abuelos. De los dos, Max F. era mayor que su hermano Harry… y bastante más atractivo, extravagante y divertido. De estatura media (para aquellos tiempos), Max era compacto y bien proporcionado; los ojos azules, la nariz respingona, eslava como la de Baba… y también como la de Mamie. Tenía el cabello de color castaño, e incomparablemente espeso y ondulado. Además de ser ingenioso, inventivo y un manitas, Max se creía un héroe. (Fue una de las primeras palabras inglesas que aprendió; su forma de utilizarla desconcertaba al principio a Ira, que asociaba la palabra con un guerrero de gran audacia. Solo más tarde comprendió lo que Max quería decir, «ein heldt», que en yidis no significaba necesariamente una persona de mucho valor, sino fornida, e incluso simplemente sana y robusta). Max podía demostrar que era un héroe… y además un héroe ingenioso: con un artilugio de ganchos unidos por cuerdas a un peine pesado, hundía los dientes del peine en sus espesos rizos y, asegurando los ganchos bajo una pesada mesa de despacho, la levantaba en parte del suelo. ¿Podía el propio Sansón jactarse de una cabellera más heroica?

Una hora después de haberse instalado los recién llegados en el piso —aquel sería el primer, primerísimo, recuerdo que tendría Ira de su tío Max— el joven inmigrante invitó a su sobrino a que lo llevara al mercado de los vendedores ambulantes bajo el paso elevado del ferrocarril en Park Avenue. Una vez allí, le pidió que preguntase el precio de dos zanahorias pequeñas. Costaban un centavo. Max sacó la moneda de cobre e Ira hizo la compra. Con cuánta limpieza, con cuánta habilidad limpió Max las zanahorias con su navaja… ofreciendo luego a su sobrino la más pequeña:

—¡Pero si está cruda! —Se echó atrás Ira—. Nadie come zanahorias crudas, tío.

—Ess, ess —le instó Max en yidis—. Pruébala. Está dulce. —Y, para sorpresa de Ira, así era: dulce y crujiente. El recuerdo, la desvaída combinación del Max vagamente sonriente, el género de los carritos de los vendedores, la navaja pelando la zanahoria, el calor del verano y el contraste entre la sombra de debajo del enorme dosel de acero del puente del ferrocarril y la luz brillante del sol sobre la acera se condensaría para Ira en la primera deducción de la que se dio cuenta que “era” una deducción: de aquella combinación veraniega podía deducir el tipo de vida que habían vivido Mamá y su familia, Zaida, Baba y los demás en aquella pequeña aldea aletargada de Galitzia llamada Veljish. La zanahoria húmeda, anaranjada y pelada en el centro del recuerdo confirmaba todo lo que Mamá le había dicho: sobre la escasez de las raciones, sobre la despensa bajo siete llaves, sobre el absolutismo de Zaida, su precedencia a la hora de ser servido, y de lo más escogido… hasta la saciedad. En cuanto a su progenie: «Un niño que recibe buen pan y mantequilla no puede pedir más». Esa era la máxima de Zaida.

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III

Y entonces seguiría uno de esos episodios, el primero de muchos de los que Ira se avergonzaba, que parecía indicar el comienzo del desgaste de su identidad, un episodio que Ira relacionaba siempre con su traslado del East Side a Harlem.

Sacude la cabeza con reproche, amigo; haz que las puntas de tus dedos formen una jaula y medita: por primera vez en tu carrera en la escuela pública llevaste a casa unas notas con tres ces: insuficiente en conducta, en interés y en aprovechamiento; eran unas notas tan vergonzosas que trataste de engatusar a Mamá para que las firmase sin que Papá las viera, pero ella se negó…

Harry, el tío más joven de Ira, tenía dieciséis años. Todavía era considerado un niño por Baba… y no se le pedía que aportara sus ingresos al mantenimiento de aquel hogar floreciente, al que contribuían cinco asalariados, porque también Max había encontrado trabajo… Baba estaba ansiosa de que su hijo menor se matriculase en una escuela pública americana y gozara de las ventajas de una educación americana… como las que disfrutaba su nieto mayor. Además, si se le matriculaba en la misma escuela que Ira, el tío podría aprender de su sobrino las rutinas y protocolos de la asistencia a clase.

Desgraciadamente para Harry, y también para Ira, para cuando comenzó la escuela en septiembre Mamá y Papá habían decidido mudarse de la calle 114, al este de Park Avenue, a la calle 119, al este también de Park Avenue. Una diferencia de cinco manzanas, pero el traslado resultó fatídico. No solo se cambiaban a un b’tveen mucho menos atractivo, un b’tveen goyish en lugar de un b’tveen judío, sino que la escuela más próxima a la casa era una escuela elemental: la Escuela Pública 103 de la esquina de la calle 119 con Madison Avenue. «Solo» aceptaba niños hasta el sexto grado, lo que significaba que los chicos mayores de la Escuela Pública 103 tenían por término medio unos doce años… ¡y Harry tenía dieciséis!

¿Por qué se había producido aquella desgraciada situación? Porque Mamá se había sentido mal en las habitaciones que tuvieron primero en Harlem. No porque fueran pequeñas y sofocantes. Eso se podía soportar. Después de todo, las habitaciones tenían agua caliente y tendrían calefacción en invierno, como las de Mamie y Baba. Mamá se había sentido mal porque las habitaciones estaban en «la parte trasera». La vista desde la ventana era inmutable y sin vida; los mismos patios traseros día tras día. Le recordaba demasiado la de su antiguo hogar en Veljish: letárgica. Inanimada. Se sentía decaída. Anhelaba una ventana a la que asomarse para contemplar abajo un escenario cambiante. Anhelaba una vivienda con ventanas «en la parte delantera». Así había sido su hogar en la calle Novena. Todas las ventanas daban a la parte delantera: por un lado, a la avenida D, llena de movimiento de viejos y jóvenes, de gente que esperaba en las esquinas los tranvías tirados por caballos. Como el propio Woodrow Wilson había aparecido en la avenida D, quitándose la chistera para saludar al público a diestro y siniestro. Allí, solo cuatro pisos más abajo se pudo ver el ligero destello de sus zvicker, los quevedos que llevaba el candidato presidencial. Por las otras ventanas se podía ver la calle Novena. Se podía ver el East River. Qué maravilloso era un piso de cinco habitaciones en la esquina.

—Solo me faltaba una cosa —decía Mamá—. Qué tontería: lyupka.

No obstante, las viviendas de la parte delantera eran en el Harlem judío exorbitantes… para los criterios de Papá. Todo lo judío era caro, caro por ser judío y caro en dólares y centavos. Fuera del Harlem judío, sin embargo, los alquileres descendían bruscamente, especialmente los de los pisos con agua fría. Y Papá, atento a ahorrar cada níquel para su proyecto de empresario lechero, decidió sacrificar un entorno judío por un alquiler más barato. Y así se mudaron fuera del Harlem judío: a un piso de cuatro habitaciones y agua fría de la primera planta, «en la parte delantera». Su nueva residencia fue el edificio de cinco pisos, sórdido, de ladrillo gris y pardo, que ocupaba el solar 108 Este de la calle 119.

Fue allí, aunque tuvieran que renunciar a algunas comodidades —agua caliente, electricidad, calefacción, baño privado—, fue allí donde sus necesidades armonizaron casi perfectamente: Mamá tenía su ventana a la calle para asomarse y Papá tenía que pagar solo doce dólares mensuales de alquiler. Y milagrosamente, a solo una manzana de distancia, en Lexington Avenue, había un establo en donde podía guardar su jamelgo y su carro de leche recién comprados. ¡Qué conveniencia, qué presagio más favorable! De modo que, una vez más, los padres de Ira se mudaron. ¿Qué importaba que su nuevo hogar estuviera en el límite entre el Harlem judío y el goyish? Los judíos se trasladarían allí con seguridad en un futuro no demasiado lejano. ¿Qué importaba que tuvieran que usar luz de gas para alumbrarse en lugar de electricidad? A eso se habían acostumbrado en el East Side. ¿Qué importaba que el baño-retrete no estuviera dentro de la casa, sino en el vestíbulo, y que la bañera pareciera un inmenso abrevadero de lata pintado de verde, dentro de un féretro de tablas ensambladas y que, con el agua caliente, la pintura se descascarillase y se te pegase al trasero? El alquiler era solo de doce dólares al mes; eso era lo importante. Mamá tenía acceso inmediato a una ventana sobre la calle, y Papá, un establo conveniente para su caballo y su carro.

Sin embargo, a pesar de todas esas necesidades satisfechas y de los favorables presagios, solo ocurrieron desgracias. En el caso de Ira, fue una desgracia a largo plazo. Cambió, para peor, su vida entera. En el de Harry, a plazo corto: dolorosa pero breve. Si Baba no hubiera sido tan persuadida por Saul, su aculturado hijo americano —apoyado por Papá—, de que a Harry le iría mejor si Ira lo guiaba y, en lugar de matricular a su hijo más joven en la Escuela Pública 103, lo hubiese matriculado en la escuela, grande y convenientemente situada, de la calle 116, al oeste de la Quinta Avenida, la Escuela Pública 86, una escuela elemental y media combinadas que llegaba hasta el octavo grado, el larguirucho y adolescente Harry habría podido pasar relativamente inadvertido entre los chicos de catorce y quince años que iban a esa escuela. Y lo que era mucho más importante: habría estado en una escuela en gran parte judía o, como mínimo, tolerante hacia los nuevos inmigrantes. En la Escuela Pública 103, inmediatamente, desde el momento en que apareció, fue objeto de burla, de burla irlandesa (¿y qué burla puede ser más cortante?). Se convirtió en objeto de pullas y hostigamientos antisemitas: blanco de bolitas de papel mascado, gomitas, borradores y tizas. Eso dentro de la escuela. Fuera de ella, blanco de proyectiles de caca de caballo y piedras, y más tarde, con tiempo frío, de bolas de nieve rellenas de cascajo o de hielo. Y una y otra vez, delante mismo de su rastrero y cobarde sobrino (cuyo recurso final fue renegar de su pariente y refugiarse en el papel de espectador, fingiendo incluso participar en el acoso), el tío tenía que mantener a raya y tratar de ahuyentar a una horda de exasperantes golfillos irlandeses.

Evidentemente desesperando de poder resolver nunca la situación, la señorita Flaherty, la directora, liberó a Harry de la obligación de asistir regularmente a clase y le dio clases privadas en el santuario de la oficina del director. En los intermedios, enviaba a Harry a hacer recados: comprar plátanos en el puesto de fruta de la esquina, llevar mensajes a los maestros y transportar montones de libros de texto o de material didáctico del almacén a las aulas. La aparición de aquel palurdo larguirucho y taciturno en la puerta, en mitad de una clase, era algo que Ira no olvidaría nunca: las risitas, los pitidos reprimidos, las pullas a pesar de la reprimenda general de la maestra… permanecerían claramente en su memoria durante el resto de su vida… como emblema indeleble de su primera repudiación de su propia carne y sangre, cruelmente atacada. Muchos decenios después, Ira especulaba sobre cuál habría sido el resultado si Harry se hubiera matriculado en una escuela del East Side, con su miríada de inmigrantes recientes que eran para los últimos llegados una especie de matriz protectora. Cuánto más felices las consecuencias tanto para él como para su adolescente tío. Tal como fueron las cosas, no solo las primeras notas de Ira llevaron tres ces, indicando su fracaso en las tres categorías de rendimiento, sino también las segundas y las terceras. Hasta las cuartas las notas no mejoraron a bes, e Ira nunca supo si el hecho de haber dejado Harry la escuela por un trabajo tuvo algo que ver con esa mejora. Lo dudaba.

Lo dudaba porque no era la primera vez que había rechazado su propia sangre. La semilla del rechazo había sido ya sembrada —antes de abandonar a su joven tío—, sembrada muchas semanas antes, antes de que abriera la escuela, sembrada la primera vez que vio a sus nuevos parientes. En el momento en que entraron en su nuevo piso de Harlem, un rechazo propio del disgusto y la desilusión que sintió al verlos por primera vez. Fue entonces, en aquel mismo instante, cuando una decepción irrevocable hizo su aparición corrosiva: cuando los dos taxis se detuvieron junto al bordillo delante de la casa, los dos taxis que llevaban a los seis inmigrantes y su equipaje —y a los hermanos que los guiaban, Moe en uno, Saul en el otro—, y los recién llegados se apearon en la calle soleada, y Mamie, siempre voluble en sus emociones, gritó desde la ventana: «Maminyoo! Maminyoo! Tata! Tata!», a punto de desmayarse de embeleso. Y Mamá, aunque con más dominio de sí misma, arrebatada por la excitación y con los ojos llenos de lágrimas, y todos, incluida la pequeña Stella, la hija de Mamie, se amontonaron en las dos ventanas de la habitación delantera, gritando hacia abajo a aquellos rostros vueltos hacia lo alto que gritaban a su vez, mezclándose en una alegre cacofonía yidis que hacía asomarse a la gente a las ventanas de las casas vecinas; fue entonces y allí cuando se abrió entre él y él mismo la brecha desolada que nunca se cerraría.

Porque durante los días y semanas que precedieron a su llegada, a medida que crecía la expectación de Mamá, la añoranza de ella, quizá enredada en las nostalgias de su propia juventud, se transmutó dentro de Ira en fantasías, tan remotas como sueños de la realidad que pronto encontraría: en nobles imágenes de tíos y tías amables, generosos, afectuosos e indulgentes. Imaginó, con infantil fantasía, que los recién llegados serían como el «tío Louie» —sobrino de Papá, aunque mayor—, americanizado, funcionario y cartero de uniforme azul; que había servido en el Ejército de los Estados Unidos y sabía evocar fascinantemente indios y búfalos, montañas y desiertos; y que, sobre todo, era ilimitadamente generoso con su pretendido sobrino, cariñoso y generoso, y nunca se iba tras una visita, ya fuera a la casa de la calle 114 o a la de la 119, sin dar a Ira un puñado de calderilla, un puñado entero a un niño que, normalmente, rara vez podía alardear de poseer un solo níquel. Aunque Papá gritara: «Beloy! Beloy! ¡Di que no! ¡Di que no!», el tío Louie no le hacía caso, con su sonrisa cuadrada, de dientes de oro, y el arco de sus ojos castaños tras sus gafas de montura de oro. «Beloy! Beloy!» no servía de nada con el americanizado tío Louie. Aquellas monedas tintineantes, ricamente plateadas, eran de Ira…

Creyó que los nuevos parientes serían como el tío Louie, espléndidos, dotados de una reserva de anécdotas seductoras, con un conocimiento insólito de costumbres y lugares que les encantaría comunicar a su alelado y pequeño pariente. En pocas palabras, estarían de algún modo encantadora, mágica y generosamente preamericanizados. En lugar de ello… ¡eran palurdos! Palurdos de gestos torpes, toscos y desmañados, palurdos que, una vez que vociferaron lo mucho que había crecido el bebé de Leah desde la última vez que lo vieron, no le prestaron más atención, palurdos metidos en toda clase de conversaciones, imposibles de comprender para él, que hablaban en un yidis demasiado «espeso», sin ningún inglés que le sirviera de levadura, sobre las costumbres del Nuevo Mundo, las tiendas kosher de al lado, y el trabajo que podía encontrarse allí, y sobre parientes y amigos y asuntos de la pequeña aldea que habían dejado atrás: asuntos insulsos, incoloros, asuntos de palurdo.

Una vez más, pensaría Ira más adelante, si su llegada al Nuevo Mundo se hubiera producido en el ambiente del East Side, su alboroto, su extrañeza, su yiddishkeit no hubieran parecido tan llamativos. Pero allí, trasladado ya de aquel mundo judío más amplio y homogéneo, vislumbrando ya, percibiendo por todas partes, en toda exploración cautelosa de las vecindades circundantes, lo vasto y dominador que era el mundo goyish que rodeaba al pequeño enclave judío, casi de golpe se le instiló un potencial de contraposición, un potencial de contraposición que fue creciendo con cada día pasado en la calle 114. Viniendo de la inconsciencia anterior, la consciencia se le hizo insoportable; el contraste excesivo para aguantarlo. La tosquedad y las muecas de los recién llegados, sus dientes cariados y verdosos, la sensación de ortodoxia opresiva bajo el dominio de Zaida —cómo se apresuraban a ir al fregadero, cuando se lo mandaba, para enjuagarse la boca con agua salada— y su comportamiento totalmente ajeno se combinaban para producir en Ira una sensación de pesar y decepción indecibles.

Cuando volvió de su excursión con Max al distrito de los vendedores ambulantes, a Ira lo invadió un sentimiento de desolación, de desencanto tan intenso, que para escapar a su desconsuelo le preguntó a Mamá si podía bajar a la calle. Ella consintió y, como prueba de su alegría, le dio un níquel para que se lo gastase en lo que quisiera. Él bajó los dos tramos de escalera, salió del vestíbulo a la abandonada, brillante e incómoda calle 115 y, al no encontrar allí a nadie de su edad para iniciar una amistad, vagó sin rumbo hacia el oeste, hacia la Quinta Avenida, y luego en la primera confitería que encontró, en donde se compró una alegre caja de Cracker Jacks. Masticando aquellas palomitas dulces y cubiertas de melaza, torció hacia el sur, hacia la esquina de la calle 110 de Central Park.

Los Cracker Jacks no hicieron mucho por librarlo de su abatimiento. Tras haber consumido media caja, no le trajeron ningún consuelo, sino más bien la obligación de comerse todo lo que había pagado, a pesar de sentirse ya empalagado. Estaba inconsolable; había sido engañado de algún modo por la perversión de la realidad, una realidad caprichosa que se burlaba de todas sus ansias, sus necesidades, sus esperanzas. Palurdos, palurdos bastos, embarazosamente toscos, que de nada servían contra el vacío que se abría cada vez más dentro de él desde que se mudaron a la calle 114. Qué feos eran, qué yidis más impenetrable hablaban, con qué contorsiones acompañaban lo que decían. Estaban allí para aprender cosas sobre América, para aprender las costumbres americanas, para ganarse la vida en América, no para mimarlo a él, para deslizarle monedas.

No, no, no. No tenían dinero: Max y sus dos zanahorias por un centavo. Max derrochando un centavo entero para comprarse un festín. Había venido para encontrar trabajo, porque no era posible ganarse la vida en aquella aldea, Veljish, y sus dos tías para encontrar trabajo y marido. De otro modo se habrían convertido en solteronas, como le había dicho Mamá. Nah. Tendrías que esperar a que tuvieran trabajo para poder esperar un níquel… Torció hacia el bordillo de la acera. La misma dulzura empalagosa, dulzura de melaza, cubría siempre cada conglomerado de palomitas. Le daba sed. El alegre dibujo de la caja de unos chicos que se divertían jugando al béisbol prometía mucho, mucho más de lo que había dentro. Nah. Le hubiera gustado recuperar su níquel. Dejó caer la caja vacía en un pequeño charco junto al bordillo. Nunca más.

Próspera Quinta Avenida… Anduvo lentamente hacia el sur. Aquella parte de la Quinta Avenida le parecía siempre gorda, gorda y próspera: como el schmaltz de gallina. Llena de judíos «todo-va-bien», complacidos, bien alimentados, contentos. Parejas gordas con trajes de verano y con sus niños que lamían cucuruchos de helado. Hasta los almacenes y los restaurantes parecían prósperos, parecían gordos. Solo él, abatido, se abría camino, descontento, entre los paseantes autosatisfechos. De forma que… ah… aquel paso anhelado, el paso entre él y ellos, los parientes de Mamá, estaba cerrado, era absolutamente insostenible. La comunicación ansiada, la perdida sensación de pertenecer a algo, que, casi sin darse cuenta, lo roía desde que dejaron la calle novena y que había esperado que ellos le ofrecieran —como se la ofreció el tío Louie, tan brevemente, con su simpatía y su comprensión, su generosidad y su risa—, ellos no se la ofrecerían, no podrían ofrecérsela nunca. Era ridículo pensarlo. La nueva especie de soledad que había empezado a sentir desde que llegó a Harlem se hizo más profunda. Sus maravillosas fantasías se habían convertido en palurdos grotescos. Qué estúpido.

Entró en el parque: soleado, ondas inquietas en el lago, botes de remos que flotaban sobre lentejuelas de agua, perturbando la humareda de la brillantez reflejada. Peatones cambiantes, chicos ruidosos que corrían por allí, bebés en cochecitos, madres sentadas en los bancos verdes, reprendiendo, cotilleando, parejas que deambulaban. Dos senderos se abrieron ante él en cuanto entró en el parque, dos caminos pavimentados que divergían. Podía tomar el que rodeaba el lago por el oeste, hacia el cobertizo de las barcas. Podía tomar el otro, el que rodeaba el lago hacia el sur. Caminar hacia el oeste era caminar paralelamente a la calle 110, paralelamente a las vías sobre las que corría el «trenecito» eléctrico, un pequeño tranvía traqueteante, de baterías, del que todos se burlaban. Caminar hacia el sur era caminar «hacia el centro». Para Ira, la calle 110 era una especie de frontera meridional subjetiva de Harlem. El amplio Harlem Casino, utilizado para bodas judías, bar mitzvás de lujo y otras ocasiones especiales, que se alzaba en la esquina de la Quinta Avenida y de la 110, parecía el ancla de las compactas filas de pisos elegantes que se extendían desde el oeste de la Quinta Avenida, imponentes edificios de pisos con ascensor, de ocho o diez plantas, un frente sólido hacia Lenox Avenue y la Séptima, que llegaba hasta la imaginaria frontera occidental de Harlem: el alto tren elevado que se curvaba en un arco de carbón en torno al ángulo noroccidental del parque. Más allá de él, en donde el opulento Central Park oeste se convertía en la vulgar Octava Avenida.

Ira había fijado ya esos límites, fijado sus propios límites, porque no tenía a quién preguntar y había explorado aquellos barrios solo. Solo; de una forma muy distinta de como había reconocido los alrededores de la calle Novena cuando se mudaron por primera vez, siempre, siempre en compañía de otros chicos: Izzy o Moish, o Ziggy o Hersh o Yussie. Con alguno de ellos o con todos, habían estado casi atemorizados a la sombra del oscuro y amenazador mercado del pescado de la calle Fulton bajo el puente de Brooklyn, de los depósitos de gas que se alzaban sobre la 14 Este, como enormes tambores junto a aquellas chimeneas como palillos de tambor. O en los otros muelles del East River, en donde se podían ver chalanas con toda clase de cargas, madera o carbón o adoquines, apacentadas por diferentes remolcadores hasta sus amarraderos, y las grandes argollas de cáñamo enroscadas en torno a los norayes de hierro. O apresurarse hacia el oeste, hasta la avenida A y los baños públicos de resbaladizos suelos de baldosa. Ah. Pero, ahora, en solitario.

Cualquiera que fuera la dirección en que uno decidiera ir después de entrar en el parque, oeste o sur, se andaba a lo largo de la valla de tubo de acero que bordeaba el pequeño lago. Al otro lado del lago, un pecho de piedra se alzaba del agua, un pecho de granito coronado por arbustos y árboles que se iban espesando hasta encontrarse arriba con el cielo, en un alto bosquecillo sombrío. El bosquecillo parecía hacerle señas, ofreciéndole un retiro conforme con su propia sensación de aislamiento. Caminó hacia el sur, bordeando el lago, hasta que llegó a un camino pavimentado que llevaba arriba… Escalones de piedra y camino pavimentado y otra vez escalones de piedra, hasta que llegó a la cima. Desde allí, unos senderos estrechos y boscosos descendían hacia el lago, de cuyas aguas centelleantes se podían ver trozos desde arriba. Desde la cumbre se podían ver también las fachadas y ventanas de las casas de pisos de la 110, y hasta un «trenecito» que zangoloteaba sobre sus vías. Había llovido el día anterior y, muy cerca de Ira, todavía corrían riachuelos por canales, sobre trozos de ramas y pardas hojas del año anterior.

Tenía sed, pero no tanta como para no poder esperar tranquilamente hasta volver a los grifos de la cocina de la nueva casa de Zaida y Baba. Pero la sed parecía vinculada a una vaga nostalgia nueva engendrada por el desencanto, como si su intensa decepción destilase su propio calmante para aplacarla. La imaginación lo acometió de pronto. La imaginación lo alentó, levantándolo por encima del desánimo, del disgusto disperso: era un descubridor, un explorador solitario en una América sin caminos, autosuficiente, lleno de recursos e intrépido que, vagando por aquella tierra quimérica, había llegado hasta aquel arroyo del bosque primitivo. Por un momento le pasó por la cabeza el pensamiento contrapuesto de que alguien podía haberse meado en el riachuelo que había a sus pies; aunque parecía clara, el agua quizá no fuera potable. Pero tenía que ser decidido… era un explorador intrépido y vestido de ante, el explorador de las grandes distancias que se deslizaba silencioso como una sombra por tierras salvajes sin caminos: se había entregado a una nueva resolución, a un nuevo «juramento de fidelidad», un nuevo pacto que no podía nombrar, un pacto americano; y tenía que beber para confirmarlo: arrodillándose, bajó el rostro hacia el riachuelo y bebió algunos tragos…

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IV

Todavía era época de vacaciones, unos días antes de que abriera la Escuela Pública 103. Tanto había insistido Ira a Mamá en que volvieran a visitar la calle Novena, en que volvieran a visitar el East Side —por una nostalgia tanto más intensa cuanto que ahora se encontraba en la calle 119, dominada por los irlandeses— que ella consintió al fin. La verdad era que también ella quería ver a antiguos vecinos y conocidos de su viejo barrio. Una mañana antes de la Fiesta del Trabajo, él y Mamá se prepararon para ir.

Acicalado, con camisa limpia y sus mejores pantalones bombachos, daba saltos al lado de Mamá, feliz por el paseo, mientras caminaban hacia el este a lo largo de la calle 116 hasta llegar a la estación del tren elevado de la Segunda Avenida, a la que Papá les había dicho que fueran. Allí subieron al tren casi vacío, y fueron hacia el Sur sobre unas ruedas castañeteantes, deteniéndose en innumerables estaciones locales, mientras Ira, jubiloso, se arrodillaba en el asiento de color de paja, mirando por la abierta ventanilla los tejados y los oxidados aleros de metal de las hileras y más hileras de casas bajas de opaco ladrillo que se alineaban a los lados de la ruta del tren.

¡Por fin llegaron a la estación de la calle Octava! Sin hacer mucho caso de las advertencias de ella de que tuviera cuidado, Ira bajó saltando las escaleras del tren elevado hasta la calle: más allá de la Segunda Avenida, el límite más avanzado de sus vagabundeos y los de sus amigos; sin embargo, incluso desde allí, podía divisar hacia el este puntos de referencia familiares: la Primera Avenida, la verde esquina del pequeño parque de la Avenida A, en donde estaban los baños públicos en que él y Izzy, y Heshy, y Mutke y los demás chicos del East Side se remojaban bajo las duchas durante el verano, deslizándose sobre sus respectivos traseros rosas, como en un trineo, por las baldosas resbaladizas.

Siguieron andando; y pronto Ira estuvo otra vez en sus viejos lugares favoritos: la avenida C, con sus hileras de carritos y el alboroto y la cháchara del regateo y las voces de las mercancías —en yidis—, y la corriente de una multitud de compradores, una multitud judía, de manos agitadas y patillas conspicuas. Podía ver ya la alta casa de ladrillo rojo —¡la suya!— en la esquina de la avenida D… las ventanas de allí arriba, cerca del borde, altas, las suyas, y un trocito del río, el frío East River siempre dispuesto, más allá de los depósitos de chatarra con su olor a carroña de gatos muertos, en donde jugaban a «haz lo que yo» sobre viejas calderas y maquinaria de desecho, después de la herrería que apestaba a casco de caballo chamuscado y de las casitas de madera en donde el hijo del portero polaco, de pelo color de arena, lo había llamado «lijudi»; y el «ya verás cuando te coja abajo» de Ira. Qué valiente era entonces, un buen luchador, decían los otros chicos; y había posado para su ferrotipo con los puños extendidos en la postura clásica de boxeador: había tenido que esconderse bajo la cama y oír cómo Mamá mentía diciendo que no estaba en casa, cuando la furiosa madre de algún niño al que Ira había hecho sangrar por la nariz irrumpía en su hogar. Pero ahora se había vuelto aprensivo, se había vuelto inseguro.

—Quiero volver —exclamó de pronto en inglés. Estaba seguro de que Mamá lo entendería—. Quiero volver a la calle Novena. Quiero volver aquí. No quiero vivir en Harlem.

—Bist meshugge? —dijo Mamá, sorprendida—. ¿Estás loco?

—Aquello está lleno de irlandeses. Siempre quieren pelear.

—¿Y tú no sabes pelear? ¿Desde cuándo?

—¡Sí, pero son todos! Todos son irlandeses. Todos están de su parte.

—Nu, tendrás que aprender a evitar las disputas… con una palabra amable, con una broma. ¿Cómo quieres que te ayude? Es la vieja historia de los judíos entre los goyim. Tienes una cabeza judía. Tendrás que aprender a valerte por ti mismo.

—Sí, pero ¡hasta la calle 114 era mejor!

—¿Y yo sentada allí mirando una pared de ladrillo? ¿Y cómo? ¿Con tu padre que es un chiflado y solo busca la dreck? Doce shmoolyaris al mes. Paga uno o dos dólares más, y alquila algo con electricidad, con agua caliente… ¡Pero no! Está mal de la cabeza. Y tiene que ahorrar cada centavo para comprar leche a los granjeros, para comprar avena, para comprar heno. Y trabaja día y noche. Otro se contentaría con trabajar para un patrón. ¿Qué puedo hacer yo?

—¡Hum!

—Vamos, no seas tonto. Tengo allí a mis hermanas, a mi madre, un poco de felicidad. Él tiene cerca su establo. Tendrás que conformarte.

Ira guardó silencio. Era inútil. Pasaron por delante de la entrada del cheder del otro lado de la calle, por delante del estropeado tablado de madera de delante de la lechería de Levi, en la que Papá trabajó en otro tiempo, tablado en el que Ira estaba sentado con otros chicos una tarde de verano, y recordaba todavía que Mutke dijo: «Si ha habido una guerra de la plata, ¿cuándo ha sido la del oro?». Llegaron a la confitería donde su tío Morris se había mostrado tan generoso, reuniendo incluso bonos suficientes para llevar a Ira y a Mamá a la tienda de los premios y comprar a su sobrino un triciclo, que le robaron el primer día. ¡Cómo lloró! Era su calle, su mundo, su vida. Allí. ¿Dónde estaban los chicos?

—Voy a subir a ver a la señora Dvorshkin. ¿Quieres venir?

—No, voy a dar la vuelta a la manzana. Quizá estén donde la fábrica de muebles. Hacen arcos y flechas con las tablas delgadas que tiran en la fábrica.

Ella no lo entendió.

—Nu. Ten cuidado. —Subió al bajo escalón del soportal—. No te vayas muy lejos. —Y entró en el vestíbulo.

Él se quedó delante de la casa un momento más. En aquel vestíbulo había intentado besar a Annie, bonita y morena. Ella le había arañado la cara. Y al otro lado de la calle vivía Izzy, con quien Ira había formado una sociedad, ideando una máquina de «pruebe su suerte, no puede perder»: una flecha sobre un cartón dividido en sectores, con un palito de chicle en cada sector y un paquete entero en uno de ellos. A las luces de carburo de los carritos de la avenida C, habían montado su negocio, tentando a los transeúntes para que arriesgaran un centavo. Habían obtenido ganancias, se las habían repartido y habían vuelto a casa… tarde: eran más de las nueve, la hora de lechero a la que Papá se iba a la cama. ¡Y qué paliza le dio Papá! Pero él podía haber sido comerciante, un comerciante judío. Era divertido, era excitante estar con la multitud de la noche del sábado, después de acabado el sabbath, gritando: «¡Pruebe su suerte, no puede perder!». Pero ahora en la calle 119, entre todos los goyim que se burlaban de los judíos: «Lijudis», hacer dinero, oy. Algunos habían aprendido incluso a decirlo en yidis: mach geldt, agitando las manos bajo la barbilla… Lo aborrecía.

Ah, el East River —anduvo hacia la esquina—, las únicas veces, o casi las únicas veces en que Papá parecía amable, a gusto con Ira lo mismo que Ira con él, era cuando los dos iban por el gran embarcadero de madera del final de la calle adoquinada y se sentaban allí, en una gruesa viga sobre el agua, en el tórrido verano, cuando la brisa del río era como un regalo del río, una bendición fría y envolvente.

No. No había nadie en torno a la manzana. Volvió. Quizá fuera mejor subir a casa de la señora Dvorshkin, donde estaba Mamá; quizá Heshy estuviera allí: el último piso, en la quinta planta, una más arriba de la planta en que habían vivido los Stigman; subir hasta allí, una planta debajo del tejado. Oh, aquella vez en que Papá se rio, cuando él e Ira subieron al tejado en un día frío: Papá colgó dos patas de ternera en una chimenea humeante, como hacían en su país, muy lejos, al otro lado del mar, en Galitzia…

¿Era el grito de Izzy? Ira se detuvo en el umbral. ¡Qué suerte! Estaba a punto de entrar, pero ellos lo habían visto antes de que los viera él. Y fíjate: tenían un carro, Heshy y Izzy, que venían hacia él desde la avenida C, uno empujando, el otro guiando el carro con cuerdas atadas al eje delantero, y Heshy cogiendo velocidad, ahora que lo habían visto. Ira corrió al arroyo para recibirlos. «¡Izzy! ¡Heshy!».

Era como si aún viviera allí, la forma en que Izzy detuvo el carro junto al bordillo, delante de un montón que había dejado un caballo, y los tres se pusieron a hacer cabriolas por la alegría de encontrarse de nuevo: el moreno y rápido Izzy, con sus cejas espesas y su nariz chata y ancha; Heshy, con su agradable sonrisa y su pelo arenoso, que tenía un olor ligeramente rancio, como si lo hubieran untado con mantequilla pasada. Hablaban atropelladamente del pasado y de la época que pasaron juntos, y de quién vivía en «su casa» ahora, y de cómo habían conseguido las ruedas de un carrito de bebé… a cambio de unos patines de ruedas «con auheridos ya en las rueas de asero». Ahora los dos eran socios en la «Máquina Pruebe su Suerte».

—Esdás engordando —dijo Heshy—. ¿De gusda onde vives?

—No, es asqueroso. ¡Es horrible! —Ira casi se hubiera echado a llorar—. Esdá dodo yeno de asquerosos goyim irlandeses. No hasen más que yamarme hoputa hudío, y querer belearse.

—Dú sabes belear —le recordó Izzy—. Dales lo suyo.

—Ayí no. —Ira bajó la cabeza hosco—. Dodo el mundo esdá a su favor.

—¿No hay ningún hudío? —preguntó Heshy incrédulo.

—Casi ninguno.

—Endonses, ¿por qué os fuisdeis ayí? —preguntó Izzy.

Ira trató de explicárselo.

—¿A qué cheder vas? —le preguntaron.

—No he embesado a ir aún.

—¡Aah! ¿No vas al cheder? ¿No hay cheder?

—Sí, bero mi badre quería el dinero bara un karro de leshe.

Tardaron unos segundos en absorber el profundo sentido de la respuesta de Ira. «¿Quieres subir?», le invitó Heshy.

—No, el carro es vuesdro. Embuharé.

—No, súbede.

—No. Brimero dengo que embuhar.

—Súbede —insistieron.

Protestó en vano. Aquello no era lo acostumbrado, no estaba bien: el carro era de ellos. Primero tenía que empujar; era la ley. Solo después de haberlos empujado alrededor de la manzana, dejándolos plenamente satisfechos, entonces y solo entonces tendría derecho a reclamar el asiento del conductor y agarrar las cuerdas de la dirección. Todo el mundo sabía que ese era el orden natural de las cosas. Pero ellos no querían saber nada. Era su invitado. ¡Y con lo limpio que estaba! Una camisa limpia, bombachos limpios. Empujando, se ensuciaría enseguida.

Al final se salieron con la suya; ¡fueron ellos los que lo empujaron! Infeliz en el asiento del conductor y protestando por el inmerecido privilegio, dejó que se turnaran para empujarlo desde la avenida D hasta la mitad del trayecto de la avenida C, y de vuelta. «Dehadme embuhar ahora», los importunó. Nadie podía negar ya que le tocaba empujar. Pero, en lugar de ello, lo excusaron. No, no tenía por qué hacerlo. Estaba bien. Podía bajar su madre; no sabría dónde estaba. Era mejor que se quedara allí. Ellos podían deslizarse juntos por la pendiente que había delante de la fábrica de hielo, al otro lado de las vías de tranvía de la calle Décima. Solo tenían que empujar hasta arriba el carro vacío. Izzy guiando y Heshy echado hacia adelante e impulsando, lo dejaron en la esquina de la avenida D.

La garganta se le cerró con una pena indecible; unas lágrimas latentes se agolparon en su entrecejo. Ahora era un invitado entre los suyos. Él, que no se había diferenciado en nada del resto hasta hacía solo dos meses, no era ya uno de ellos. La intuición le hizo adivinarlo todo: el trato especial recibido le impedía volver.

Mamá notó lo silencioso que iba en el largo trayecto hasta casa.

—Nu, ¿te has divertido? —le preguntó.

—Sí.

—¿No tienes nada más que contar? Estabas tan ansioso por venir. —Lo miró con más atención—. ¿Por qué te has quedado tan mustio?

—No estoy mustio. No quiero hablar yidis en el tren.

—¿Quién nos oye?

—No quiero hablar.

—Tonto. ¿Hasta la calle 116?

Ira no respondió.

—¿Tienes ganas de hacer pis? ¿Es eso lo que te pasa?

—No. Hice en la calle.

—¿Tienes hambre?

—No —contestó irritado—. Déjame en paz.

—Entonces no hablaré… hasta que lleguemos a casa. —Se inclinó sobre él y susurró, bromeando—: ¿Podré hablar entonces?

—Me quitaré la ropa buena y me iré a la bilboteca.

—Ajá. Otra historia de osos. ¿Estará abierta aún?

—Te dejan entrar hasta las seis.

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V

¡Qué rápidos habían sido los cambios en su interior, en unos meses, desde el momento en que se mudaron por primera vez a la casa de la calle 119 hasta el momento en que su tío Harry dejó la escuela! Ahora él era diferente, diferente de como era aquel primerísimo día, después de haber ayudado a Mamá a desembalar el barril de azúcar en que había venido la vajilla, envuelta en periódicos yidis. Cuando se aburrió, salió de la cocina y bajó cautelosamente la escalera recubierta de linóleo, como un animal joven inspeccionando su nuevo territorio… y atravesó silenciosamente el largo y sombrío pasillo que había entre el piso del portero y el que ocupaban los cigarreros… Los había visto sentados junto a la ventana de la planta baja, haciendo cigarros. La luz del día brillaba en los abollados buzones de latón del vestíbulo. Inmediatamente fuera, sobre los escalones de piedra del soportal, había tres chicos sentados, tres chicos de su misma edad, con la parte de atrás de la cabeza blanqueada como estopa por el sol del verano. Ira se había detenido en el último escalón de piedra, al lado mismo de la puerta, esperando —mientras ellos hablaban, hablaban con voces duras y claras de gentiles—, esperando algún signo de reconocimiento, alguna muestra de aceptación de su presencia. El que se sentaba en medio —Heffernan: Ira sabría más adelante el nombre del chico— volvió la cabeza: «¿Vives akí?».

—Sí —se apresuró a decir Ira—. Acabamos de mudarnos.

—Akí no keremos malditos judíos.

—¿No?

—No. —El muchacho tenía los ojos azules, de expresión simpática, la piel clara y la nariz respingona—: Askerosos joputas judíos. ¿Por ké no os habéis kedao donde estabais?

Como apuñalado, Ira retrocedió hasta el vestíbulo, subió otra vez las escaleras y se precipitó en la cocina.

—¿Qué pasa? —le preguntó Mamá.

—Están sentados en el porche los irlandeses.

—Bueno. Déjalos.

—No me quieren. Me han llamado cosas feas. Me han llamado joputa judío.

—Vaya una cosa —dijo Mamá—. Qué se puede esperar de los goyim. No juegues con ellos. Vete a otro lado. Vete a ver a Baba. A la calle 114, donde vivíamos. Te miraré desde la ventana hasta que dobles la esquina.

—No quiero ir allí.

—Entonces quédate aquí y ayúdame a desembalar los platos.

—No quiero quedarme aquí. Quiero bajar.

—Entonces, ¿qué quieres que haga yo?

—No hubiéramos debido mudarnos.

—¿Otra vez?

—Sí.

—Me preocupa más no haber encontrado mis cuentas de coral rojo, el regalo de boda de mi tía Rachel de Lemberg. —Mamá rasgó el periódico yidis que envolvía el salero de plata para el Passover—. Esos de la mudanza son ladrones desalmados. No las encuentro por ninguna parte. Aquel coral tan bonito. Gewald. ¿Dónde estará? —Y a Ira, con tono enfadado—: No seas como tu padre. No te achiques ante un goy.

—¡No me achico! —estalló Ira—. Hay tres abajo en el porche.

—¿Y qué quieres que haga yo? ¿Quieres que me pelee con ellos?

Lleno de rencor, Ira salió de la cocina, atravesó las dos alcobas intermedias, recién pintadas, hasta la sala de estar, con los muebles todavía en desorden, y miró por la ventana abierta a la calle. Era la ventana sin obstáculos; la otra se abría sobre una escalera de incendios, sobre un balcón de hierro negro compartido con los vecinos del piso de al lado. En los escalones de piedra del soportal seguían sentados los mismos tres chicos, con el mismo de pelo rubio en medio: el asqueroso joputa irlandés que lo había llamado maldito judío. Ya vería.

Ocultando a Mamá su feroz despecho, asintiendo con un «sí» que no comprometía a nada a su preocupada recomendación de que una palabra amable le evitaría disgustos, salió de la cocina y bajó de nuevo las escaleras. Con el sol brillándoles en el cabello rubio, ellos le daban la espalda. Ira, con los puños cerrados, salió furtivamente por la puerta, por detrás de Heffernan, y le golpeó en la mejilla con todas sus fuerzas. El chico se tambaleó por el impacto. Ira se refugió en el vestíbulo y trepó por las escaleras.

No le dijo nada a Mamá. Otra vez en la ventana, pudo verlos abajo, todavía sentados en el soportal. Y entonces uno de los tres se fue. Ira bajó de nuevo las escaleras y salió del vestíbulo al soportal. Con los puños apretados, preparado para pelear, bajó a la calle, con los ojos vengativamente fijos en Heffernan: el chico le respondió con una sonrisa de disculpa, amistosa, en señal de tregua.

Era lo que hubiera tenido que hacer, se dijo Ira a sí mismo una y otra vez, años más tarde: pelear, limpia o suciamente, pero pelear. Recordaría a «Pipiolo», unos años mayor que él pero un palurdo absoluto, un joven inmigrante judío de Rusia cuya familia llegó a América solo unos meses antes que los parientes de Ira. Sin embargo, Pipiolo se peleó con sus atormentadores irlandeses de la calle 119, fue vencido, se peleó otra vez —y otra— hasta que llegó un momento en que los irlandeses lo aceptaron, lo llevaron al gimnasio de su escuela parroquial para que aprendiera a boxear, lo apoyaron cuando le organizaron el primer combate… y le jugaron una pesada broma irlandesa, al decirle que se atiborrase de comida y tragase toda la cerveza que pudiera, porque eso le daría fuerzas: vomitó por todo el cuadrilátero… para infinita diversión de los espectadores. Sin embargo, lo aceptaban: con su nariz larga y su acento judío y todo lo demás; se convirtió en miembro respetado de la pandilla de la calle 119.

Era lo que hubiera debido hacer, se dijo Ira, y recordó que ya entonces, aquel primer día en la calle 119, no olvidó la lección… aunque tampoco la aprovechara. Le faltaban el coraje moral —así le parecía—, las agallas, la tenacidad para hacer frente a una situación desventajosa. Además se volvió flojo. Poco después de empezar el segundo semestre, el semestre de primavera, el 3B, llevó a casa una nota de la enfermera de la escuela que advertía a sus padres de que padecía «desnutrición» —alimentación deficiente, explicaba la maestra—, nota de la que su madre se burló: «¿Es que no te doy de comer suficientes bulkies, y lotkehs y nata agria, o qué?». Flojo, obeso, perdió agilidad y vigor. Y en aquella fatídica pelea callejera de finales del invierno, con la nieve reciente traicioneramente bajo sus pies, iba perdiendo ante su adversario irlandés, delgado pero fibroso, en cuyos dos grandes incisivos relucía, distrayéndolo, la saliva… cuando de pronto Mamá irrumpió en el círculo de hostiles secuaces. «Gerara!». Levantó un brazo amenazador hacia el contrincante de Ira.

—¡Lárgate tú, judía askerosa! —fue el grito del adversario. Sin embargo, retrocedió ante la amenaza del brazo levantado de Mamá; se burló pero retrocedió.

Ira… Ira se echó a llorar. Nunca podría olvidar aquella humillación. Qué estigma de ignominia más lamentable que el de ser salvado de la derrota por tu pálida y asustada madre judía, tu ridiculizada y frenética madre judía, venida para defenderte. Llorando, Ira huyó de su exultante adversario, atravesó corriendo el círculo de chicos burlones y corrió a casa. Se sentía como si su ánimo hubiera sido aplastado para siempre.

Y, desgraciadamente, así fue. Su chulería del East Side había desaparecido. Aunque se peleó luego en la calle con otros chicos irlandeses, fue siempre con la esperanza de que algún adulto interviniera, o alguien avisara de la llegada de un guardia, o surgiera cualquier otro pretexto que le sirviera de excusa para separarse. Nunca recuperó la seguridad en sí mismo, nunca ganó, nunca esperó ganar. Aquello era deplorable, aquel derrumbamiento de la seguridad en sí mismo —se daba cuenta de lo que le estaba ocurriendo—, aquella erosión de la capacidad para hacerse valer de un chico en otro tiempo tan combativo. Podía notar cómo se iba descomponiendo, la atrofia de aquel que había sido en el East Side.

Y cuando, además, a principios de primavera, un grupillo de chicos irlandeses, en su mayoría más pequeños que él, lo siguieron a casa después de la escuela, desde la esquina de Park Avenue, en su camino hasta el soportal, cantándole: «¡Barrigón, barrigón, gordo komo un ratón, cinkuenta tiros en el kabezón», se volvió un par de veces para asustarlos. Y efectivamente escaparon, confundidos en una huida regocijada. Subió las escaleras y entró en la cocina, en donde encontró a Papá solo, leyendo su periódico yidis. Ira sacó un libro de la biblioteca, y se sumió en él…

Cuando, de pronto, un golpe seco en la puerta los sobresaltó. Al abrirla, Ira se encontró cara a cara con la señora True, la joven matrona irlandesa de arriba, del cuarto piso. Rodeándola, algunos de los mismos pilluelos irlandeses que lo habían provocado solo unos minutos antes: ella dijo que él había tirado a su Danny de cinco años contra la acera, acusando a Ira, y que el niño tenía un corte profundo en la cabeza. La señora True era una morena guapa, y el brillo colérico de sus ojos castaños hacía resaltar sus rasgos rosados y vivaces. Fueron vanas las negativas de Ira: no había empujado al pequeño Danny ni a ningún otro; los chicos lo habían insultado y él se había limitado a volverse para asustarlos; y entonces habían escapado, empujándose unos a otros… ¡No, no era verdad!, clamaron los chicos: Ira había tirado al suelo al pequeño Danny.

Y, de repente, la señora True levantó la mano y abofeteó a Ira. El golpe, como si fuera una incitación, liberó toda la furia atemorizada de Papá. Ira nunca pudo recordar luego con qué le pegó, si con un bastón o con un atizador. Fue sacrificado para evitar represalias más desastrosas. Solo podía recordar que se arrastraba gritando: «¡No, Papá, por favor, Papá! ¡Más no!». Gritaba y gemía sin conseguir detener los feroces golpes de Papá. Y, si no hubiera sido por la señora Shapiro, la nueva inquilina de «atrás», la regordeta e informe señora Shapiro, quién sabe cómo hubiera acabado aquella paliza. Papá había perdido por completo el dominio de sí mismo y estaba ya pisoteando a su hijo, dándole patadas, de forma que hasta la expresión satisfecha de la señora True se había vuelto de repugnancia. La señora Shapiro se interpuso entre aquel niño aullante y su insensato padre, se interpuso impasible y obstinadamente.

—¿Vas a destruir a tu propio hijo por una goyah? —dijo en yidis. Y se negó a moverse o ser movida por las delirantes maldiciones de Papá, manteniéndose tercamente firme y resistiendo incluso sus violentos empujones. Y, entonces, Mamá, advertida en cuanto entró en la casa por el alboroto, por los gritos de su hijo, subió corriendo las escaleras y entró en la cocina.

—¡Mamá!

—¡Loco! —gritó ella a Papá roncamente—. ¡Bestia! ¡Perro rabioso! ¡Qué le has hecho al niño! ¡Así te parta un rayo! —Formidable en su ira, se enfrentó con Papá con el rostro hacia adelante y los brazos extendidos como para golpear. Él retrocedió. Y al momento siguiente ella se volvió furiosa hacia la señora True—: ¿Qué quiere usted?

La señora True y su séquito de chicos se retiraron en silencio.

Él recordaría aquella tarde terrible como una especie de expiación de todo lo que había sido, una especie de extinción de todo lo que, en otro tiempo, había creído que era bueno y digno de elogio en él… y ya no lo era. Tendría que aprender otras formas de comportarse; tendría que tratar de… no meterse en peleas, en jaleos, en discrepancias, aprender a decir que sí, a pasar por alto las diferencias, a suavizar los temas escabrosos con una palabra amable, como aconsejaba Mamá. O con un «¿Ah, sí? No lo sabía» que no comprometiera a nada, conciliador. Casi podía sentir al chico del East Side marchitándose dentro de él y dejando atrás… una especie de vacío.

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VI

Eddie Ferry se convirtió en su amigo fiel; el pequeño Eddie Ferry, hijo de la portera viuda que se había mudado a la planta baja. Juntos, los dos amigos construyeron teléfonos con latas de conservas, tendiendo el hilo que los conectaba desde la planta baja hasta una planta más arriba, por las escaleras del edificio, de un piso a otro. Juntos recorrían hacia el oeste la calle 125, elegante y «gentil», ojeando los escaparates mientras caminaban, siempre con el mismo objetivo: la ferretería gratificante y bien surtida que había muy al oeste, inmediatamente antes del tren elevado de la Octava Avenida. Allí se quedaban pegados, deslizando sus dedos chirriantes y sucios por el cristal del doble escaparate… desde la calle hasta la entrada por un lado y desde la entrada hasta la calle por el otro: ah, qué encantadora exhibición de aparatos telegráficos de latón, con las bobinas de alambre de cobre que los acompañaban, y pilas secas y timbres eléctricos, y equipo de acampada, cañas de pescar y lustrosas carabinas de aire comprimido Daisy… ¡Si hubieran tenido dinero!

Eddie le enseñaba a su amigo cómo funcionaba todo. Lo sabía todo de electricidad; sabía cómo hacer pilas caseras con el zinc y las barritas de carbón de pilas desechadas y diez centavos de sal amoníaco, que se podía comprar en la droguería. No le importaba que Ira fuera judío; decía que Ira no era como los otros judíos, sucios judíos: como Davey Baer y su hermano menor Maxie, que vivían en el edificio de ladrillo rojo del otro lado de la calle, y siempre le ganaba a Eddie cuando se trataba de volver cromos de jugadores de béisbol, o de jugar a las damas, o de lanzar centavos. Solo raramente, muy pocas veces, al indignarse por algo que Ira había dicho o hecho y que le desagradaba… Eddie le gritaba: «¡Judío askeroso!».

Pero parecía algo completamente natural; no había mala intención en él, simplemente agarraba lo que tenía más a mano para mostrar su desaprobación. Ira aprendió a amortiguar el epíteto con una mueca de disculpa… que disimulaba su ligero desconcierto, del mismo modo que Eddie hacía una mueca cuando su madre, hostigada, bufaba contra los inquilinos, diciendo: «Me importa un pedo lo ke piensen». (¿Decía realmente la pobre mujer «me importa un pedo»?, se preguntaría Ira años más tarde. ¿O decía «me importa un bledo»? Pasaría tiempo antes de que se enterase de que un bledo era algo de escaso valor). Fue con Eddie, protegido por su audacia irlandesa, con quien Ira comenzó sus exploraciones de zonas de otras partes de la ciudad, al oeste hasta el Riverside Drive, hasta la tumba de Grant, hasta las vías de los trenes de mercancías junto al ancho e impresionante Hudson River; o hacia el Este, por la calle 125, por delante de las atractivas marquesinas de los teatros de variedades, por los restoranes de treife, seductores filetes sobre hielo picado en el escaparate… y aquellas extrañas criaturas repulsivas, verdes y moteadas, de grandes pinzas, que se movían lentamente sobre su lecho de hielo. «Son buenas; son langostas», aseguró Eddie al dubitativo Ira.

—¿Buenas? ¿Esos bichos? ¿Con todas esas patas verdes? —Ira arrugó la cara con repugnancia—. ¿Cómo te los comes?

—¿Ké kieres decir kon kómo te los komes? Kristo, los judíos debéis de ser bobos. Los kueces y les rompes la káskara con un kaskanueces. Esas kosas de delante no son patas. Son pinzas.

—¿Nada más? —dijo Ira conciliador.

El mundo de Eddie era el mundo al que ahora aspiraba Ira, un mundo que se le permitiera compartir, al que se le permitiera tener acceso. Estaba más que dispuesto a disimular todas las diferencias, a adormecer la sensación de ser diferente que le había implantado el East Side en cuanto a santidad de la comida kosher, costumbres, prácticas. Eran impedimentos para entrar en el mundo de Eddie, un mundo de tejados y cometas, de excursiones a los maravillosos puentes giratorios sobre el Harlem River, como el que había al final de Madison Avenue, en donde un puente entero giraba lentamente sobre sí mismo para dejar pasar un barco, y la desconcertante red de vías de ferrocarril de los enormes depósitos de mercancías del otro lado del río, en el desconocido Bronx. O mucho más hacia el este, más allá de la Pequeña Italia, en donde la gente hablaba una lengua extraña, regateaba sobre los productos con sílabas largas y a veces estridentes, gesticulando todo el tiempo con violencia, extraños productos de los carritos y tiendas de los que ni siquiera Eddie conocía el nombre —«Kosas para makarroninis»—, hasta la piscina flotante del East River, en donde Ira, bajo la tutela de Eddie, aprendió por fin a flotar en el agua y —milagrosamente— a nadar como un perrito. En medio de aquellos chicos desnudos, salpicadores y gritones: «Todo el mundo se mea en el agua, de manera ke no tragues ni un buche —le aconsejó Eddie— para no vomitar». Juntos treparon a las rocas fecalmente malolientes del Mt Morris Park…

Había algo que le rondaba por la cabeza, algo que exigía ser tomado en consideración, que reclamaba que volviera sobre sus pasos en aras de la autenticidad. Omitirlo despertaba en él una sensación de pánico, un miedo irracional, semejante a aquella catástrofe que hacía tiempo detuvo su progreso normal, y que ahora, de improviso, extendía allí sus tentáculos por su psique. No importa —trataba de tranquilizarse—añade lo omitido y sigue; la sustancia es insignificante. Y, sin embargo, sin ella, la narración quedaría defectuosa, el retrato incompleto: Ira y sus padres no eran los primeros judíos que vivían en la calle 119. En pocas palabras, no le faltaban chicos judíos con quienes codearse, por atractiva que pudiera ser para el autor esa especie de situación extrema.

Otra familia judía vivía en su propia casa, la señora Schneider del otro lado del pasillo, aunque no tenía chicos varones de su edad. Es posible que vivieran ya familias judías en el voluminoso edificio de Jake, el propietario, en la esquina de Park Avenue, aunque ninguno de sus chicos jugaba en la manzana. Unos cuantos judíos vivían en la casa de seis pisos de la otra esquina de Park Avenue (una casa de pisos, porque se vanagloriaba de tener agua corriente, caliente y fría… y calefacción), suficientemente cómoda para que la ocupara la familia de Biolov, el farmacéutico judío, cuya farmacia-droguería estaba también en la esquina, y cuya regordeta y condescendiente esposa empujaba el cochecito de niño más elegante de la calle 119. Pero ninguno de los chicos de la casa de pisos de la esquina, si es que eran suficientemente mayores, jugaba en la manzana. Solo los hijos de la familia judía espantosamente menesterosa que vivía en el edificio de ladrillo rojo de seis plantas y agua fría del otro lado de la calle jugaban en ella: el flaco y moreno Davey, y Maxie, su igualmente flaco y moreno hermano menor.

Tenían una hermana, Dora, una chica de edad intermedia entre los dos y de su misma tez, encogida y huidiza como un ratón; y también un hermano pequeño con un terrible sarpullido. Una madre delgada y morena, y un padre afable y bajito eran sus padres.

Vivían en una miseria tan desoladora que hasta Ira, que se había acostumbrado a la sordidez y tampoco se fijaba mucho en ella, se sorprendía al entrar en su casa. ¿Olvidaría alguna vez a aquel bebé cubierto de costras en su vieja silla alta, desportillada y manchada, agarrando una cucaracha en su puño sucio y amenazando con arrojarla al vaso de té de su chocheante papá, que le reprendía suavemente? El señor Baer era jugador, decía Mamá: se negaba a hacer nada que no fuera pasar el tiempo ante una baraja. Y los marchitos Davey y Maxie eran también jugadores expertos. Jugaran a lo que jugaran, lo hacían siempre con la misma concentración implacable, arañando y berreando para conseguir cualquier ventaja. Era más de lo que Ira podía soportar. Pronto aprendió a no jugar con ellos.

Se conocieron quizá aquella misma tarde en que Ira golpeó a Heffernan tan traicioneramente. Los hermanos eran recién llegados a la calle como él. Una vez confirmado su judaísmo común y animados al ser ahora tres, dieron una vuelta. Entraron en el Mt Morris Park por la esquina de la 120 y Madison, admiraron la colina altiva, rocosa y con árboles que se alzaba en medio del parque, y levantaron la vista asombrados hacia el campanario de madera que se erguía en lo alto de la colina. Salieron por el extremo norte del parque, en la calle 124, en donde torcieron hacia el oeste, pasando por delante de las casas silenciosas y sosegadas de parda piedra arenisca, y observaron la seria y gris biblioteca pública que había en medio de aquellas casas. Atravesaron la bulliciosa Lenox Avenue y, avanzando siempre hacia el oeste a través de un barrio rico y silencioso de solemnes casas particulares, llegaron a la próspera Séptima Avenida. Tiendas elegantes al pie de altos y selectos edificios de apartamentos flanqueaban su camino; había Pierce Arrows y Packards estacionados a lo largo del bordillo. Se quedaron allí contemplando; en la esquina de la calle 125 de la amplia y próspera avenida, el alto e imponente Hotel Theresa dominaba a sus acomodados vecinos. Y en la esquina misma en que estaban, en la propia calle 124, qué suntuosidad, qué decoro, en la acera había cubas y más cubas, toda una hilera de cubas de madera con arbolitos de hoja perenne, todas apretadamente alineadas, de forma que las ramas de los árboles se entrecruzaban… Formaban un gran seto delante de un restorán, formaban un café al aire libre.

Los tres se acercaron cautelosamente al denso frente de hojas y ramas, y miraron a través: al otro lado había pulcras mesas redondas cubiertas de manteles a cuadros azules y blancos, y en el centro de cada mesa un jarrón esbelto y cremoso con flores. El camarero rubio de corbata de lazo, con su chaqueta ribeteada de color ciruela, levantó la cabeza de los cubiertos que estaba ordenando sobre la mesa, y sus ojos se posaron al otro lado del seto, donde ellos estaban. No dio señal alguna de haber visto al trío de chavales judíos. Cogió una servilleta, pareció sacudir con ella una miga de una mesa y, todavía absorto en sus deberes, se dirigió hacia la entrada del café por la acera. Pero Davey había adivinado ya sus intenciones e hizo seña a los otros de que se preparasen a huir. Y fue una suerte que lo hicieran, porque pasaron apresuradamente por delante de él cuando salía ya corriendo. Y atropelladamente, por la calle 124 hacia el este, corrieron tan deprisa como pudieron, con él detrás. Pero solo los persiguió una corta distancia. Porque, cuando miraron por encima del hombro, vieron que había renunciado a la persecución… o que solo la había fingido. De forma que dejaron de correr, se detuvieron en mitad de la apartada calle, y Davey y Maxie, con las manos haciendo bocina, lanzaron un rebuzno desafiante y semiasustado de liberación…

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VII

El verano vino y se fue, y él seguía sin ir al cheder, con la excusa del trastorno de la mudanza del East Side a la calle 114 de Harlem… y luego a la 119. La asistencia suponía también veinticinco centavos de inscripción, que había que tener en cuenta y que, de momento, Mamá se sentía más que aliviada al no tener que pagar: Papá estaba en el punto más bajo de su fortuna, en que su radiante ilusión de conseguir leche a granel directamente de los granjeros en la central lechera del West Side se había desvanecido y, con ella, su sueño de convertirse en empresario. Las grandes compañías —las palabras captadas aquí y allá en la conversación de sus padres se entrelazaban para cobrar sentido— impedían a Papá realizar su proyecto; desbarataban sus planes; advertían a los granjeros que no le vendieran leche. Con tono de compasión o de burla, unas veces Mamá, otras Zaida o los tíos de Ira decían:

—Claro, ¿cómo le van a dejar las grandes compañías que organice su propia distribución lechera? ¿Van a competir con él Borden y Sheffield? Anda ya.

Por corto tiempo, el indescriptible carro de la leche de Papá estuvo junto al bordillo de la acera, delante de la casa y durante cierto tiempo, entre las lanzas, el pobre y viejo jamelgo —del que Ira se avergonzaba ante todos aquellos goyim— echaba por alto su bolsa de pienso para llegar hasta la última avena, piafando sobre el estiércol para espantarse las moscas de las patas…, y piafando cuando los chicos irlandeses le arrancaban largos pelos de la cola para trenzar anillos… Y luego caballo y carro desaparecieron: para alivio de Ira. Solo para ser sustituidos por otro caballo y otro carro, muy parecidos a los primeros, pero esta vez con las palabras HARLEM WET WASH estampadas en los costados, en grandes letras blancas… Y, dentro del carro, bolsas grises y abultadas llenas de ropa sucia para lavar o aún chorreante para ser devuelta… Eso desapareció también, y Papá se quedó sin trabajo, frenético y sin trabajo. La alianza de oro de Mamá y el anillo de brillantes que él había comprado a plazos a Nathan, el tío abuelo de Ira, cuando todavía vivían en el East Side, la plata del Passover y el reloj de oro de Papá fueron a parar a la casa de empeño… e Ira quedó excusado de ir al cheder.

Quedó excusado del cheder y, sin embargo, a pesar de no ir, conservó su facilidad para leer hebreo. La devoción siguió dominando durante aquellos primeros meses de su traslado de la calle novena a Harlem. Incluso acompañaba a Zaida en sus rezos del sábado por la mañana en la sórdida, triste y pequeña sinagoga de la planta baja de un edificio de la calle 115 Este, con escasas filas de duros bancos y mohosos libros de oración, cuyas páginas de esquinas dobladas hojeaban unos judíos barbudos como Zaida, humedeciéndose el dedo gordo a su estilo peculiar. «Recitando», carraspeaban mucosidades y las escupían en el suelo de madera desnudo, esparciendo luego el lapo con el pie, «recitando», «recitando» y balanceándose irregular pero decididamente al rezar. En aquellas primeras semanas, Ira volvía incluso con Zaida al anochecer para las vísperas del sábado, la havdallah, dirigidas por Schloimeh F., tío de Zaida, imperial con su chistera de seda negra mientras se dirigía a la shul. Con su barba blanca y bifurcada, solo unas pulgadas por encima del pergamino sobre el atril, rezaba, aclarándose la garganta con exuberancia. Como buen nieto, tratando de merecer algún elogio, Ira aguardaba fuera de la havdallah en la pequeña sinagoga borrosa de la planta baja. Y, una vez terminado el sabbath y encendidas las desnudas bombillas eléctricas del techo, también él participaba en la refacción que seguía: el vasito rebosante de vino que le daba alguno de los miembros más radiantes y opulentos de la congregación, un pedazo de arenque en escabeche, una rebanada de pan de centeno y… las asombrosas, las asombrosas aceitunas griegas, gruesas y negras como el azabache, que de pronto le encantaban a pesar de la repugnancia.

Así pasaron aquellas primeras semanas, con Harlem desplazando continuamente al East Side, aplicando nuevas impresiones sobre viejos recuerdos, como las trenzas de rafia que hacía en la escuela para fabricar alfombrillas, al entrecruzar nuevos manojos de rafia con los viejos. ¿Fue después de los servicios del sábado por la mañana cuando siguió a Zaida arriba hasta la cocina —o fue invitado a subir para que encendiera la cocina de gas, ya que era demasiado joven aún para pecar— y se quedó un rato allí, hablando con la mansa Baba, mientras se calentaba la cena de su marido? Una vez servido, Zaida cayó sobre ella vorazmente… y se detuvo con la boca llena: «Toma, hijo; antes de que te vayas, disfruta de esto». Cogió una pata de pollo hervida de su plato, mordió la única burbuja carnosa de la base de sus dedos, y alargó a su nieto la pata amarilla con sus mezquinas garras.

—Gracias, Zaida.

Antes de terminar el verano, la suerte de Papá cambió. A instancias de su cuñado Moe, Papá se hizo ayudante de camarero en Karg and Zinz, el mismo restorán en que trabajaba de camarero Moe. Moe, franco, musculoso y de buen corazón, esforzándose por ayudar a su hermana indigente. Antes de que Papá dejara el trabajo —o lo echaran—, montó una escena de tremendas proporciones… Solo años más tarde sabría Ira, por el propio Papá, que se reía del espectáculo que él mismo había organizado (tenía en común con su hijo la capacidad de darse cuenta de lo absurdo de los jaleos que armaba): lo había fastidiado, alegó, el señor Zinz, uno de los propietarios, que continuamente veía con malos ojos todo lo que Papá hacía (su inveterada irritación, ay, ante cualquier clase de subordinación). Siempre echaba «discursos» a Papá sobre su trabajo. Moe le aconsejaba en vano: «Él es el patrón, él te paga, y recibes una buena suma de las propinas de los cinco camareros del local; te ganas la vida. A todo camarero le echan “discursos”; si no el patrón, algún cliente. Todo camarero lo sabe —terminaba Moe— si te echan un discurso, te lo guardas».

No sirvió de nada. Papá lanzó una jarra de agua contra la luna del gran espejo de la pared. Alguien, un cliente, llamó a un guardia; el cual llegó precisamente cuando el alto y furioso señor Zinz estaba a punto de dar una paliza a Papá, que se estaba cambiando de ropa en el sótano del restorán. «Mírelo a él y míreme a mí», apeló Papá al gran guardia irlandés. «¿Cree que podría hacerle algo? Estaba a punto de pegarme y por eso tiré la jarra, alguien tenía que llamar a la Policía». «Y eché unas lagrimitas», añadía Papá como paréntesis cínico. El guardia amenazó con detener al señor Zinz.

Aquel acto de violencia de Papá produjo una ruptura entre Mamá y el resto de su familia: aunque Zaida lo censuró y, con su acritud característica, llamó chiflado a Papá, Mamá se puso de parte de su marido injustamente tratado y perseguido… como seguiría haciendo algún tiempo, hasta que la realidad del carácter de él resultó por fin ineludible. A su vez, Papá descartó aquel alejamiento familiar con su típico desprecio… y su típica ingratitud. «No necesito su ayuda. Domino a fondo esa difícil profesión —dijo despreciativo— y he aprendido ese complicado oficio. ¿Sabes por dónde me paso a mi familia política? ¡Por el culo! Soy un camarero experimentado».

Hizo honor a su jactancia. Con una pechera recién comprada y un esmoquin de segunda mano, consiguió hacerse pasar por camarero, y en poco tiempo se convirtió en un camarero competente. Sus ingresos aumentaron, pero en qué medida se lo calló… como siempre.

Se desempeñaron los objetos de valor. Y, una vez más, Mamá sacó a relucir el tema de la asistencia de Ira al cheder. Pero entonces fue Ira quien se opuso: «¡No quiero ir!».

—Tienes que ir. ¿Qué es eso de que no quieres ir? Te convertirás en un completo goy. Ahora tengo los veinticinco centavos. No hay excusa ya para no ir. ¿Cómo te voy a preparar para tu bar mitzvá? ¿Y qué dirá Zaida? No quiero oír más protestas. Te buscaré el malamut más próximo.

—Hum.

Lloriquear no sirvió de nada. Mamá obligó a Ira a ir al maestro judío que tenía un cheder en su cuarto de estar, en la calle 117 al este de Madison Avenue y, después de llegar a un arreglo con él, dejó a Ira allí. Era finales de primavera. Por la mala voluntad existente entre su familia y la de sus abuelos, habían pasado meses desde la última vez que Ira acompañó a Zaida a la shul. Y, para pesar suyo —y desconcierto también— su rutinaria lectura del hebreo, que hacía solo poco era capaz de farfullar con tanta facilidad, había empeorado. Si en otro tiempo había sido calurosamente elogiado por su abuelo —y por su último malamut que, especialmente los domingos por la mañana, cuando estaba solo con su discípulo en el desnudo cheder del sótano de una tienda, había recompensado a menudo a Ira, por su soltura, con un centavo— ahora era objeto de frecuentes recordatorios y desaprobatorios chasquidos de lengua, movimientos de cabeza y tirones de orejas disciplinarios. Y su antigua facilidad nunca volvió… ni tampoco su deseo de agradar. Prestar atención al texto se convirtió en una carga. Ira parecía retroceder en lugar de mejorar. Los reproches de palabra por su actuación fueron sustituidos por reproches de obra: pellizcos de orejas, tirones de brazo o alguna impaciente palmada en el muslo.

—¡No quiero ir! —gritó Ira a Mamá al cabo de unas semanas—. ¡No iré!

—¡Irás! Se lo diré a tu padre. Él te hará entrar enseguida en razón.

—No me importa. Que me pegue, muy bien. ¡No iré! El rabino apesta. Le apesta la boca. ¡Apesta a cigarrillos y a cebolla!

—Díselo a tu abuela. Él se me ha quejado de lo descuidado que eres. No prestas atención a nada. Ante cualquier observación pones reparos, te encoges de hombros. ¿Qué te ha pasado? Hace un año… hace más de un año, el malamut de la calle Novena me dijo que podías empezar el khumish, empezar la Torá. ¡Ay de mí! Si él viera qué clase de goy eres ahora, las tinieblas cubrirían sus ojos.

—No me importa.

—¿Y qué sabrás en tu bar mitzvá, si no vas al cheder? ¿Qué dirá Zaida?

—¿Qué me importa? No lo veo. Nunca voy a casa de Baba. Puedo ir al cheder poco antes del bar mitzvá.

—Oy, gewald! ¡Que la peste te lleve! ¡No dejaré que te conviertas en un goy! No te saldrás con la tuya. Encontraremos otro malamut.

Le dijo a Papá lo que había ocurrido. «Tu forma de educarlo lo ha hecho como es», fue la brusca respuesta de Papá. «Una madre como es debido le daría un par de bofetadas y lo obligaría a ir. De modo que ahorrarás veinticinco centavos de lo que te doy si no va al cheder…».

—Geh mir in d’red! He dicho que tenemos que encontrar otro malamut. —Mamá se acaloró furiosa—. Lo que es capaz de imaginar este hombre: que me ahorraré todo un cuarto de dólar si ese sinvergüenza no va al cheder. ¿Quién piensa en ello? Daría con gusto de mi asignación el doble de eso si Ira fuera, y fuera contento. Qué va a decir mi padre cuando lo sepa.

—Devoto judío. Que lo sepa. Cree que no estoy a su altura. Pues que su nieto crezca como un goy.

—¿Qué tiene eso que ver?

—Vete a la mierda. Si quieres que vaya, mándalo.

—¿Y tú qué? Eres su padre.

—Es tu hijo mimado.

Mamá guardó silencio unos segundos y luego suspiró profundamente.

—Comprendo, ahora comprendo. Él es como tú eras. ¿Te importaba algo el cheder? Solo el bastón de tu padre te obligaba. Atormentabas a Jacob, tu hermano menor, cuando estudiaba el Talmud, ¿no?

—Geh mir in kaiver! —Papá desplegó de golpe el periódico yidis—. No quiero seguir hablando de eso.

—Ojalá entres también en tu año de dolor —dijo Mamá a Ira—. Las penas que me das.

—Está bien, iré —cedió él—. ¡Kristo!

—No quiero oír kristos en esta casa, o te sacudiré —le advirtió Papá.

Durante unas semanas más, Ira fue, de mal humor… hasta que fue el exasperado malamut quien echó a su alumno: «Vete, dile a tu madre que busque otro malamut. Lo que te hace falta, ¿sabes lo que te hace falta? Que te hagan pedazos de una buena tunda. No eres más que un goy».

—¡Que caiga sobre mí la desgracia! —se lamentó Mamá cuando Ira vino a casa y se lo dijo—. Tienes por madre a una goyah que no cree; y ella tiene por hijo un goy. Pero te diré una cosa: cuando nos reconciliemos con tu abuelo, tendrás que ir.

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VIII

Así pasaron las semanas sin que fuera al cheder… Pasó el verano… Vino el otoño… Noviembre se acercaba. Las carrozas del día de las elecciones pasaban atronando por la calle. Tiradas por recios caballos, sus pesadas narrias llevaban letreros destacados, letreros que se apoyaban uno contra otro como las paredes de una tienda de campaña, y cada pared proclamaba: ¡DELANEY CONCEJAL! ¡HONRADO Y CON EXPERIENCIA! O bien, VOTE A O’HARA, EL ELEGIDO DEL PUEBLO. O, ¡VOTE POR UNA CANDIDATURA TOTALMENTE DEMOCRÁTICA! ¡VOTE AL PARTIDO DEL PUEBLO! Se acercaba el día de las elecciones. Por toda la manzana estaban reclutando —o se ofrecían ellos jubilosos— a todos los jóvenes disponibles, para formar equipos que buscaran madera, combustibles de toda clase y condición, muebles desechados, colchones, cajones de embalar, tablas, cajones de huevos, cajas de leche robadas de las tiendas de comestibles, barreras de obras callejeras… Todo ello se almacenaba en las entradas de los sótanos de la parte delantera de los edificios, amontonado casi hasta el nivel de la acera; los tolerantes porteros hacían la vista gorda… Una furia recolectora se apoderó de chicos y adolescentes. También Ira se contagió: él, que protestaba a gritos cuando Mamá le suplicaba que le proporcionase unas cuantas astillas de cajas de fruta rotas u otra madera de desecho, como hacían otros chicos de su calle, para hacer un lecho de brasas y encender el carbón que echaba encima, en la estufa de hierro colado de la cocina. No. Se negaba.

—Shamevdick! Folentzer! —bufaba Mamá—: ¡Gandul cobarde!

Sin resultado. Pero ahora él se mostraba incansable en su entusiasmo por reunir combustible, superando a sus compañeros irlandeses. «¡Tienen una carroza! ¡Tienen una carroza! —fue el grito excitado por toda la manzana… la tarde misma del día de las elecciones—. McIntyre y Kelly y los otros… tienen un carroza. ¡La llevan por debajo el Viaducto!».

Danny Heffernan, y Vito, y Eddie, y Ira, y Davey, y Maxie, y media docena más corrieron a Park Avenue bajo el Viaducto, el paso elevado del ferrocarril. Y, nada más doblar la esquina, los vieron: acercándose desde la calle 120 y con una narria electoral que llevaba todavía su VOTE A JAMES LEAHY en su hule, era remolcada por un enjambre de chicos, y también de brutos semiadultos, hacia la calle 119. Los recién llegados se dedicaron a desplazar el vehículo a lo largo de Park Avenue. «¡Tuerce, O’Neill! ¡Tuerce, Madigan!». Aquella carroza haría la mayor hoguera de noche de las elecciones que se había visto nunca en la calle 119, la mayor de Harlem.

Y entonces: «¡Keo! ¡Los guardias!».

Guerreras azules del norte de la ciudad, tres de ellos, cargaron contra los culpables. Dejando caer los varales, soltando los radios de las ruedas, todo el mundo se dio a la fuga. En un instante, el vehículo que se movía lentamente se detuvo, abandonado y triste a la grisácea luz de la tarde, delante de un pilar del viaducto. Los policías salieron en su persecución. Gritando, los jóvenes bromistas se dispersaron en todas direcciones. Los policías les lanzaron sus cachiporras; las porras rebotaron en el pavimento, resonaron en el asfalto, saltando detrás de los golfillos que corrían, persiguiéndolos malévolamente. Delirante por la huida, Ira se precipitó en el vestíbulo y subió las escaleras. Jadeando, se sentó en la cocina:

—¡Los polis han sacado las porras! —anunció.

—¿Contra quién? —Mamá estaba limpiando hojas de col, utilizando para trabajar la tina cubierta por un hule—. Estás muy sofocado. ¿Qué ha ocurrido?

—Íbamos empujando uno de esos carros grandes para quemarlo en la calle esta noche. La noche de las elecciones.

—Oy, gewald! ¿Quemarlo? ¿Un carro entero? Eso es lo que te faltaba por aprender. Oy, vah is mir! ¡No es de extrañar que la Policía haya sacado las porras contra vosotros!

—¡Sí! ¡Bong! ¡Bong! ¡Bong! Las porras nos perseguían por el aire. —De pronto, Ira soltó una risita—. Corrimos. Todo el mundo corrió.

—Te podían haber partido la cabeza. Tu padre tiene razón. Te echarán a perder esos irlandeses salvajes. Un día te subirán aquí con la cabeza rota. ¿No puedes encontrar chicos judíos buenos con quienes jugar?

—¿Dónde quieres que los encuentre? Está Davey y está Maxie, y lo único que les gusta son los juegos de azar.

—Si vas al cheder los encontrarás.

—¿Y si viven en la calle 114, o en la 115? ¿O junto a la Quinta Avenida?

—Vete allí. Juega allí.

—¿Y por qué no vivimos allí?

—Ya te enseñaré por qué. —Agitó la mano, pero tenía los ojos preocupados—. Haces mal; es un pecado: ¿qué puedo hacer yo si él quiere vivir aquí? Te burlas de mis penas.

—¿Ah sí? ¿No querías tú vivir aquí? ¿No querías mudarte a Harlem? ¿Donde estaban Baba y Zaida? A los que ni siquiera vemos… ¿Quién quería vivir en la parte delantera? Tú.

—Te estás volviendo duro como una piedra —dijo ella.

Incluso sin la carroza electoral, la hoguera de la noche de las elecciones fue espectacular. El fuego rugía en el centro de la manzana y las chispas volaban hasta los techos de los edificios de seis pisos, mientras en la calle las llamas se reflejaban llamativamente en los frentes de cristal de la tienda de comestibles y la sastrería. El calor se sentía a yardas de distancia, y la mayoría de los ocupantes del edificio, incluidos Mamá y Papá, se asomaron a las ventanas para ver el espectáculo… hasta que llegaron los bomberos. Ellos dispersaron los restos ardientes con un chorro poderoso de la manguera que conectaron a una boca de riego. Y de pronto la calle se oscureció. Un camión del Departamento de Sanidad entró en ella a la tarde siguiente. Unos hombres cargaron con palas en el vehículo la basura chamuscada y todavía chorreante. El olor a alquitrán derretido llenaba la calle. Ira y los otros chicos observaron cómo parcheaban la zona estropeada del asfalto: los operarios golpeando el macadán con sus pesadas herramientas, la gran apisonadora yendo y viniendo…

Eso fue hace setenta años, reflexionó Ira: eso fue hace más de setenta años. ¡Dios santo! ¿Quién vivirá aún? ¿Yonnie True, Eddie, Mario, Vito, los dos hijos del barbero, Petey Hunt? Como si las hubiera desalojado súbitamente, las imágenes acudieron desordenadas a su mente: las tuberías, el depósito recubierto de cobre que había sobre el inodoro en el pasillo se helaron durante una ola de frío y, al deshelarse de nuevo, cayeron torrentes de agua. «¡Un barreño! ¡Una inundación! ¡El portero!», Mamá corría de la cocina al retrete del vestíbulo y volvía. «Gewald! ¡Corre, Ira! ¡La goyah! ¡El portero!…».

A causa de la ruptura entre sus padres y los parientes de Mamá, Ira no podía utilizar ya el agua caliente y la bañera de la casa de Baba (por corto tiempo, Mamie fue incluida también en el rencor generalizado de Papá). Qué negra se puso la mugre incrustada en los pies de Ira, sin lavar en todo el invierno, hasta que la costra que le cubría los tobillos se convirtió en algo digno de admiración, como una piel oscura… algo que arrancar, de lo que separarse casi con pena, como hizo en la bañera de Baba en la primavera, cuando por fin se produjo la reconciliación entre las dos familias. «¿Cuáles fueron tus años más felices en América?», le preguntó una vez a Mamá, seguro de que su respuesta sería: «Los del East Side», lo que concordaba con su propia sensación de bienestar, de pertenecer a algo.

Pero no: «Aquellos primeros años en Harlem fueron los más felices», contestó ella. «Cuando Baba vivía aún y toda mi familia estaba cerca».

—¿Aquellos años?

—Sí.

Sentado en la mecedora del cuarto de estar de Baba, Ira tarareaba canciones sin sentido para sus adentros, mientras el sabbath tocaba a su fin, mientras la penumbra del sabbath crecía, antes de que se encendieran las luces, mientras las mujeres charlaban interminablemente, Mamá y sus tres hermanas y Baba.

Y otra vez, porque era la noche del sábado y Mamá aborrecía marcharse, y Papá estaba haciendo un «extra», como llamaba a trabajar como camarero contratado para algún banquete, Mamá enviaba a Ira a las Mantequerías Nacionales Judías de la 116 y Madison, para que comprase dos salchichas kosher (aunque no suficientemente kosher para Zaida, que, aunque se abstenía, tragaba saliva), veinticinco centavos de pan blanco y crujiente, cortado en diagonal, y un cucurucho de mostaza. Volvía a subir rápidamente las escaleras, terminado el sabbath, y esperaba impaciente a que Mamá hirviese las salchichas. Y tanta era la voracidad con que Ira se tragaba su ración, un pedazo de salchicha con un bocado de pan apenas masticado, que más de una vez regurgitó todo lo comido en el retrete de Baba… para volver a salir lamentándose de la pérdida de sus vituallas más apreciadas. «¿Qué puedo hacer yo —se reía Mamá— si comes como una bestia salvaje?».

Así era Ira, el chico de mediados del invierno, con la triste noche cayendo y él balanceando una lata que colgaba de un anillo de alambre, mientras las llamas de las astillas de madera tostaban dentro la pequeña patata que Mamá le había dado, penetrando por unos agujeros practicados en el fondo. Como a través de un medio oscuro, entre el soportal de piedra y el bordillo, figuras embozadas se apresuraban a volver del trabajo a sus casas, pasando apresuradamente por su lado a través de la noche invernal y él, por una vez despreocupado, daba vueltas a su patata que se asaba, delante de la casa… hasta que Mamá, con su voz de contralto, lo llamaba desde la ventana diciendo que era hora de subir para la cena… Aquellas impresiones nuevas eran como capas de nubes, impresiones goyish, estratos formados por las costumbres y diversiones goyish que descendían sobre los recuerdos de la calle Novena y del East Side: Halloween, la víspera de Todos los Santos, en que los chicos irlandeses llenaban largas medias negras de cenizas de carbón (unos pocos, muy pocos, de harina), medias como azotes que golpeaban sorda y cruelmente las espaldas, imprimiendo el polvo pálido del impacto en la chaqueta o chaquetón (si no se llevaban del revés, como hacían algunos para escapar a las reprimendas paternas). «Estanques de patinaje», largas cintas heladas alisadas en la nieve para deslizarse por ellas, pero un peligro para los caballos de herraduras de acero, que de repente resbalaban en plena carrera. Fortines de nieve en lados opuestos de la calle, y la confusión y el abandono desenfrenados de las peleas de bolas de nieve, bolas que a menudo tenían trozos de hielo dentro.

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IX

Relámpagos, sulfurosos como guijarros frotados entre sí, ardían lejos en el verano sofocante. La amable vecina «gentil», que no era irlandesa y decía «Woushington» en lugar de Washington, lo levantó de las escaleras del soportal para sentarlo en una de las cornisas de piedra que remataban los costados del soportal, al acabar la abollada barandilla de latón… y se sorprendió tanto de lo húmedas y malolientes que él tenía las axilas que se olió las manos dos veces, arrugando la nariz, y lanzó una exclamación consternada. Sí, aquella cornisa de piedra, en donde todo el mundo hacía acrobacias, agarrándose a ella mientras colgaba cabeza abajo sobre el sótano, un piso más abajo… ¡qué miedo le daba! Los flacos podían hacerlo —sin riesgo—, como Eddie, o como Comadreja cuando Eddie y su madre se fueron.

Sin embargo, Ira pesaba veinte libras más que ellos; y, cuando intentó la hazaña, la cornisa basculó, ¡la cornisa basculó! Aterrorizado, se echó atrás, hacia el soportal. ¿Qué hubiera dicho Mamá si él y la cornisa se hubieran precipitado en el sótano? Aquello podía haber sido su fin. Piénsalo: su fin a los nueve años, cayendo en el sótano, agarrado a la pesada cornisa de piedra, y gritando mientras caía. Benny Levine, cuyo hermano mayor de nariz ganchuda era ladrón y fue muerto de un disparo por un guardia cuando huía después de atracar a unos que jugaban a los dados, se cayó del tejado de la carnicería treife de la Tercera Avenida, la carnicería alemana en donde colgaban aquellas hermosas salchichas gruesas, aquellas hermosas y gordas knockwursts y bolognas. En las carnicerías goyish hacían que la carne tuviera un aspecto tan bonito —hasta Mamá lo decía—, con los huesos de los trozos para asar alzados como una corona, el rosbif pulcramente atado con cordel y el pavo de pechuga prominente y seductora… no como en las carnicerías kosher, en donde la carne parecía muerta y una gallina colgaba de su gancho en el escaparate como si lamentara ser tan poco atractiva. Benny trató de robar un salchichón, aunque fuera treife, pero se cayó del tejado al toldo de la carnicería. ¡Qué suerte tuvo! Lo único que le pasó fue que recibió una patada en el culo. De modo que Ira, a los nueve años, si se hubiera caído al sótano, se hubiera extinguido.

La mente se le quedó en blanco. Ecclesias: no haber conocido nunca otros setenta años. No haber conocido nunca a M. Todo habría cambiado… mientras, aullando de terror, caía al sótano.

Qué «inepto» era jugando al béisbol. (Una vez le dieron en un ojo, al pasar por la calle 117, cuando volvía a casa desde casa de Baba; se sentó en el bordillo sollozando, mientras el dueño de la pelota se acercaba sigilosamente, la agarraba allí adonde había rodado, cerca de Ira, y salía corriendo. La amable ama de casa judía preguntándole: «¿Qué te pasa?», y echando maldiciones a los jugadores… que para entonces habían desaparecido. E Ira sollozando mientras seguía sentado en la piedra del bordillo, en la esquina de la 117 y Park Avenue).

Béisbol. Precisamente aquello en lo que era peor: un «inepto», un torpón, no sabía cachear, no sabía batear, no sabía correr: era el último al que elegían al formar equipos —en béisbol, en balonmano, en frontón—; lo elegían después de todos, si hacía falta otro jugador. En realidad no lo elegían; se le incluía con un gemido de disgusto. Sin aptitud para ningún deporte, salvo el fútbol americano sin placaje (la pelota era tan grande, había que cogerla de una forma tan distinta —con los brazos y el cuerpo, no con las manos— y aprendió a chutar excepcionalmente bien) y la natación… en el agua se movía a sus anchas. Pero no estaba dotado para nada más; ni tampoco para el trompo, para las canicas o para las damas. En la primavera, cuando estaba en el 4A de la escuela, la maestra los llevó al terreno de juegos del Mt Morris Park, y cada uno agarró una larga cinta y dio vueltas al poste de mayo, cantando. La novedad y la inocencia no se borrarían nunca. Y frotaba huesos de ciruela contra la áspera acera de granito, en pleno verano, para hacerse un silbato, después de quitar la semilla, la amarga semilla. Pero había algo poco corriente en la forma en que Ira se mantenía cerca de Mamá en el soportal, en pleno verano, y hasta aprendió a bordar sobre un pañuelo tendido entre arcos de madera, como hacía Mamá. Ella se reía de él delante de los vecinos, disculpándose. Qué maravilloso charco verde de luz llenó el cielo del oeste una tarde, tras un aguacero. Nunca volvería a ver nada así, esmeralda, un raro esmeralda que había que contemplar asombrado. Los chicos se colaban en los cines (todavía podía ver al chico de los Levine siendo descubierto y fuertemente abofeteado por el encargado del cine, delante del edificio). Mamá lo llevó una vez a un espectáculo de variedades, del que solo entendió poco: los malabaristas y los que bailaban claqué. Y aquellas hawaianas judías, con sus faldas de hierba balanceándose al tañido de los ukeleles, mientras cantaban:

Tocka hula, wickie doolah, Moishe, lai mir finif toolah. Ya te los devolveré siempre que tenga con qué. Iré a buscarlos al Benk, Sollst khoppen a krenck. Uhmein!

Desgraciadamente, estaba tan entretenido por lo absurdo de la canción —Moishe, lai mir finif toolah: préstame cinco dólares, Moisés— que movió la cabeza bruscamente… y chocó con la nariz de Mamá. Ella, involuntariamente, le dio una torta…

Si ibas al cine, solo y el sábado, era mejor llevar tres centavos y esperar fuera a algún amigo que tuviera dos centavos (esa proporción conducía más fácilmente a la admisión que la inversa), y decir a alguna persona mayor que estuviera a punto de entrar: «Señor, ¿nos puede pasar?». Dos por un níquel los sábados por la mañana era el precio de los chicos… Y, una vez dentro, podías ver a aquel tipo gordote —¿se llamaba Bunny?—, que a Ira nunca le pareció muy gracioso (y que años después fue declarado culpable de homicidio involuntario por la muerte de una invitada a una escandalosa orgía hollywoodense, a la que rompió la vagina llenándosela de hielo triturado). Como tampoco Musty Suffer, aquel personaje lúgubre, siempre pisoteado. Pero, ay, cuando Chaplin aparecía en la pantalla, ¡qué forma de partirse de risa con aquellas primeras películas de dos rollos! Y qué desconsolado se sentía también, después de salir de alguna película con Davey y Maxie, que habían reunido de algún modo un níquel entre los dos (quizá su padre había ganado a las cartas, quizá podían ahorrar algo más desde que había muerto el bebé) y se empeñaban en ver la película principal y los cortos una y otra vez, salir al mundo real, con la luz real de la tarde filtrándose a través del tren elevado sobre la Tercera Avenida en donde estaba el cine; qué abandonado se sentía uno, harto, interiormente agotado. Nunca volvería a hacerlo.

Se colaron en el metro, otra vez él, y Davey, y Maxie, y un par de chicos irlandeses y, como los otros dieron la lata, correteando y saltando para colgarse de los asideros, el empleado los hizo bajar en la última parada: el parque del Bronx de la calle 180. Lejos, muy lejos de casa. Los otros se reían nerviosamente o se sentaban avergonzados en los bancos de la plataforma. Muy lejos de casa, de Mamá, Mamá. Ira comenzó a gimotear: «¡Quiero irme a casa! ¡Quiero irme a casa! Mi Mamá me espera».

Aquello fue demasiado para uno de los guardias de la estación. «Bueno, subid y portaos bien».

—¡Gracias, señor! ¡Gracias! ¡Gracias! —Ira estaba desbordante de gratitud.

Y se portó bien (como se había portado antes, cohibido y forzado), pero no así los otros: corrieron por todo el tren como habían hecho antes. Y le tomaron el pelo: «Llorica. Llorica. Quiero a mi Mamá».

—Sí, pero he sido yo… quien ha hecho que el hombre os dejara subir —se defendió Ira. Y, durante el resto del viaje de regreso, se mantuvo apartado de los demás, sentándose solo y negándose a reconocerlos.

Mamá le dio un níquel cuando pasó al 5A, y McGowan, el chico irlandés con quien se había peleado un día, perdiendo aquella primera vez, ahora más alto pero todavía con los mismos incisivos chorreantes, estaba sentado junto a él en el patio de la 114 Este, esperando a que Ira decidiera cómo gastarse el níquel. Quizá debían de gastárselo en la pequeña y desordenada confitería próxima a la farmacia de Biolov, propiedad de una lenta pareja judía, vieja, viejísima, que servía pacientemente a los chicos irlandeses: «Déme tres d’esos, dos d’esos, kuatro d’esos… no, déme kuatro más de los otros». ¡Ah, qué euforia sentarse a la sombra de una valla de madera, en el patio, al terminar las clases! Había pasado al curso siguiente, con tres bes como notas y la bendición de Mamá en el corazón. Había subido de curso, tenía un níquel en el bolsillo y un amigo irlandés a su lado que asentía a todo lo que decía, pero que, con la cabeza en otra parte, no comprendía, quizá no podía comprender aquel talante exquisito, la dicha breve y preciosa de holgazanear en el patio trasero, entre las vallas doradas, a principios del verano.

Aquello hubiera debido ir a parar a una novela, a varias novelas quizá, escritas en los primeros años de su edad madura, después de su primera —y única— obra de ficción. Hubieran debido seguir novelas escritas con la madurez adquirida gracias a aquella primera novela.

… Bueno, rescata lo que puedas, recuerdos raídos que brillan suavemente en la memoria.

En parte por razones de salud (tenía los pulmones afectados, insinuaba Mamá), en parte por sus convicciones socialistas, el tío Louie vivía en una granja en Stelton (Nueva Jersey). Y una vez llevó allí a su adorador y casi sobrino. Después de bajar del tren, Ira fue en el manillar de la bicicleta del tío Louie el resto del trayecto hasta la pequeña granja. Y qué mal se portó allí: se peleó con los dos hijos del tío Louie, se burló de Rosie, la hija, remedándola cuando ella practicaba en su teclado de piano de mentira, hecho de cartón. Y, cuando la tía Sarah lo riñó por ahogar casi a un patito en un cazo de agua —metiéndole la cabeza además— se puso a gimotear muy fuerte: «¡Quiero irme a casa!». (Qué mocoso más antipático; no es de extrañar que solo Mamá pudiera soportarlo).

Le robó un níquel a Baba: había observado que ella guardaba su monedero en el segundo cajón del escritorio… que cerraba siempre. Pero, sobre ese segundo cajón, el cajón de encima quedaba abierto. Qué listo fue al sacar por completo el cajón de encima para llegar al monedero. Hasta Zaida, después de castigar a su nieto, reconoció que era un bribón ingenioso.

Una vez jugó a los dados a la sombra del viaducto, haciendo rodar los daditos hasta la base de hormigón de una de aquellas pilastras malolientes a orina, de refuerzos transversales, que sostenían el paso elevado del ferrocarril. Fue la única vez en que tuvo algo de suerte jugando, al lanzar seis o siete —¡u ocho!— veces consecutivas. Si hubiera sido un jugador avezado, como Davey o Maxie, hubiera hecho saltar la banca; en lugar de ello, retiraba sus ganancias después de cada tirada… para rabioso desagrado de los chicos irlandeses que apostaban contra él: ¿de qué diablos tenía miedo, con una racha de suerte así? Pero lo tenía. De modo que solo ganó una docena de centavos. (Con cinco de los cuales compró un perrito caliente con chucrut al vendedor ambulante italiano. Y, consciente de la presencia de Davey y Maxie, que habían estado demasiado arruinados para jugar y ahora lo observaban con sus ojos pardos y brillantes, tan alerta y silenciosamente como dos perros hambrientos dispuestos a arrebatar cualquier bocado, Ira, impulsivamente, ofreció a Davey el último trozo. Fue maravilloso ver a Davey dar un bocadito a aquel diminuto pedazo y, sin pausa, pero con el mismo movimiento con que lo había recibido, dar el resto, más diminuto aún, a su hermano pequeño).

Aquellos fueron algunos, solo algunos de los hilos con que se tejió la vida de un niño en el East Harlem de los años diez del siglo XX, Ecclesias. Sería fútil preguntarse cómo hubiera sido su vida entre su propia gente, en el gueto judío que había dejado.

—¿Dices que la vida de un niño?

Bueno. La suya.

—¿Cuándo repararás la omisión, introduciendo el factor crucial?

En su momento, Ecclesias, en su momento…

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X

Era tarde, una mañana soleada, cuando iba trepando por los ásperos escalones de granito que llevaban a la cima de la colina del Mt Morris Park. Un trío de chicos estaba jugando a pilla-pilla alrededor del campanario. Un individuo solitario se sentaba en uno de los verdes bancos del parque. Los bancos, por lo demás vacíos, bordeaban el círculo interno de la barrera de tubos de hierro que separaba la cima de las laderas. Allí abajo, las calles y avenidas de Harlem se abrían en diferentes direcciones. Por Madison Avenue, en la base de la colina hacia el este, se extendían las vías del tranvía de la Cuarta y Madison. A la altura de sus ojos giraba un panorama irregular: la parte superior de los tejados de las casas de arenisca parda, la aguja de una iglesia de ladrillo rojo de la calle 121, pesadas fachadas de edificios y, bordeando el lado oeste del parque, edificios de apartamentos, decorosos y bien mantenidos. Humo y jirones de nubes flotaban en el cielo hacia el horizonte pálido. Y encima mismo de él —lo que había venido a ver— la gran campana de bronce, colgando inmóvil en el campanario abierto, sobre las macizas vigas de madera de la torre.

Respirando un poco más agitadamente por la ascensión, Ira dio la vuelta a la torre, mirando hacia arriba, disfrutando de la vista de la enorme campana entre su maderamen también enorme, abierto hacia el cielo… y preguntándose cómo podía haberse utilizado aquella campana, hacía tiempo, como alarma de incendios, que era lo que una vez oyó decir. ¿Cómo podía trepar nadie a la colina y tocar la campana, a tiempo para llamar a los bomberos antes de que una casa ardiese por completo?

Sin prisas y con poco alboroto, el trío de muchachos jugaba a un esporádico juego de escondite, ocultándose detrás de la torre o trotando hasta la barandilla de tubos que rodeaba la cima. El hombre solo que se sentaba en el banco del parque los observaba sin interés… hasta que Ira se acercó lo suficiente para poder hablar, y entonces, con sorpresa por su parte, el hombre lo saludó. Trabó conversación con Ira. Dijo que se había dado cuenta de que a Ira le gustaban las colinas y los bosques y el campo. ¿No era verdad?

A Ira le gustaban. Le encantaba el campo. Y también al extraño. Y conocía algunos lugares maravillosos, y no demasiado lejanos, tras un trayecto realmente bonito en tranvía. ¿Le gustaba a Ira viajar en tranvías abiertos? A Ira le encantaban los tranvías abiertos. Entonces podrían ir juntos… salir fuera de la ciudad, ver un lugar realmente salvaje y volver.

Aquel hombre debía de estar bromeando. No iba a llevar a Ira a un trayecto largo en tranvía. Un trayecto en tranvía costaba cinco centavos. Todo el mundo lo sabía. Pero no, el hombre iba a ir de todas formas. Le gustaría tener compañía. Le pagaría el billete si Ira quería ir.

Ira vaciló. El extraño sonreía, pero hablaba en serio. Ira lo miró tratando de asegurarse de que el otro sabía lo que se decía: el extraño tenía los ojos azules y era delgado y flexible. Llevaba su sombrero de fieltro pardo con el ala levantada alrededor, al estilo porkpie, como había oído Ira llamarlo a otros chicos de su manzana. Y sus ropas tenían una especie de herrumbre, no estaban sucias ni arrugadas, sino como raídas. No, hablaba en serio. Y era tan amable, alegre y natural.

—Tengo que ir antes a casa a comer. Mamá se preocuparía.

—De acuerdo. Después de que comas. Tenemos mucho tiempo.

—¿Sí?

—Estaré en la calle 125. Cuando acabes de comer, espérame en la esquina de la Quinta Avenida. Cogeremos el tranvía y nos lo pasaremos bien.

—Muy bien.

—Me llamo Joe. ¿Y tú?

—Yo me llamo Ira.

—Estupendo. Nos encontraremos en la esquina, Ira: Quinta Avenida y 125. ¿Te acordarás?

—Sí.

Ira no dijo nada a Mamá. Ella podía estropearle la aventura. Y, una vez terminado el almuerzo, se apresuró a ir a la calle 125, temprano, y esperó en la esquina de la Quinta Avenida, en donde el tranvía se dirigía hacia el oeste, tal como Joe le había dicho. Y llegó él, larguirucho, ahora que iba andando, y mirando al frente como si estuviera a punto de pasar por delante de él con indiferencia, como si no hubieran convenido en encontrarse allí; tan evasivo que se hubiera alejado de no haberle cortado Ira el paso, saludando a su amigo mayor con un «¡Aquí estoy, Joe!».

Ah, sí. Reconoció a Ira con indulgencia. Tomarían el tranvía en la esquina, un tranvía abierto… e irían al maravilloso parque que él conocía, el parque de Fort Tryon, al final de la línea, la última parada después de un trayecto bonito y turístico.

Rodaron y rodaron, en el tranvía abierto, en el que los asientos eran bancos que iban de un lado a otro, y el cobrador se subía al estribo cuando venía a cobrar. Cuando el tranvía torció hacia el norte en Broadway e Ira pudo ver el Hudson River, fueron hacia la parte alta de la ciudad, hacia el norte, hasta que los números de las calles subieron hasta los doscientos, el tráfico disminuyó y se pudo ver verdadero campo, prados despejados y bosquecillos y casas aisladas. Viajaron tanto tiempo y tan lejos que algo empezó a agitarse dentro de Ira: la inquietud.

Sí, era un parque maravilloso, lleno de grandes árboles de sombra. Salvaje y apartado, como una selva. Un sendero estrecho, sombreado por ramas frondosas, descendía diagonalmente en declive pronunciado a través de bosques cada vez más espesos. Pero había algo que no iba bien; no, estar tan solo… con el señor Joe. Debían volver, ahora que Ira había visto el lugar, aunque mientras avanzaban el señor hablaba tan amable, tan animadamente, o se detenía y miraba en torno, de tan buen humor.

—Este es un lugar bonito —le precedió… apartándose del sendero y rodeando una gran roca, e inspeccionó las inmediaciones con un giro de cabeza reposado. Y luego, amablemente pero con insistencia inconfundible—: Quítate los pantalones.

—¿Qué? —Toda la gravedad de su situación, su peligro, su desvalimiento… cayeron sobre él con fuerza aplastante.

—Quítate los pantalones. —La voz era todavía suave, pero más inflexible.

—No quiero.

—He dicho que te quites los pantalones.

—No quiero. —Demasiado aterrorizado para llorar, Ira comenzó a tratar de forzar las lágrimas gimoteando—. ¡Déjeme en paz! Quiero volver.

—Vamos, chico. No te haré daño. Quítate esos pantalones. —El señor Joe se volvió todo brazos agitados, rostro serio, dedos fuertes en el cinturón de Ira, mientras apartaba con la otra mano la mano de Ira—. Suelta, ya te he dicho que no te haré daño.

Sin embargo, si no se sometía, le esperaba algo peor que un daño, peor, mucho peor: el terror. Una mano luchaba con las dos manos de Ira. Y un momento después la misma mano se alzó, impaciente. «Vamos, cabroncete». La mano del señor Joe se levantó para golpear…

Cuando, saliendo de la espesura, por encima del refugio que aislaba al señor Joe y a Ira, la maleza crujió, unos ruidos se acercaron, la risa despreocupada de una mujer, la sofocada de un hombre, mezclándose y cada vez más cerca, descendiendo bendita, angélicamente por el inclinado sendero y ahora ya al lado. Apareció la joven pareja, saliendo luminosamente de la sombra, apoteosis, nunca más una irlandesa tan lozana, de ojos resplandecientes y arrebolada como ella, ni un irlandés tan fornido como él, con la blanca camisa de cuello abierto, la risa en los labios, fuerte y ansioso. Apenas sorprendidos al ver a Ira y a Joe, los amantes los miraron, conteniendo por un momento, cohibidos, su intención amorosa. Les sonrieron disculpándose amistosamente, cambiaron de rumbo y, apartando la maleza mientras seguían colina abajo, desaparecieron entre los arbustos.

Fue suficiente, su paso, su roce tan cercano al vergonzoso nudo sin nombre que ataba a víctima y verdugo. El señor Joe, a punto de que se descubriera su culpa, e Ira tan atado a él que ni siquiera pudo correr hacia los amantes que pasaban, el hombre y la mujer, para decirles: «Él, Joe… el señor… él, quiere que yo…». Ira sentía que compartía la vergüenza y la culpa de haber acompañado al señor Joe hasta allí.

Fue suficiente para acabar con una situación sin salida. Y los dos lo sabían. «Vamos a volver», dijo el señor Joe.

Ira lo siguió con presteza, subiendo por el sendero. Pero entonces Joe se detuvo. A punto de salir a terreno despejado, cuando se podía oír ya tranquilizadoramente a los automóviles de la calle, los tranvías, voces que llamaban, Joe se detuvo. Llevó a Ira detrás de un grupo de árboles y él lo siguió, tranquilizado por la proximidad de otras personas a él, de él a ellas, suficientemente cerca para que lo oyeran, casi para poder correr hasta ellas. Desabrochándose la bragueta, Joe comenzó un hipnótico bombeo de aquella cosa hinchada que tenía en la mano… hasta… que su aliento se hizo animalmente audible… de pronto, agarró una nalga de Ira y comenzó a echar un chorro de una sustancia pálida como clara de huevo contra la corteza del árbol.

El señor Joe se abrochó la bragueta. Los dos recorrieron la corta distancia que había hasta la calle, hasta las vías del tranvía, y subieron al tranvía cuando vino.

*

El señor Joe pagó el billete y regresaron, calle tras calle, con sus números decreciendo alegre, muy alegremente. A Ira no le importó que durante todo el tiempo el señor Joe tuviera la mano sobre el muslo de su joven amigo. Ante sus ojos jubilosos, el tranvía llegó a la familiar calle 125 Oeste y torció, dirigiéndose entonces hacia el este: la Séptima Avenida, el Hotel Theresa… Podía haberse ido andando a casa alegremente desde allí, pero se quedó: Lenox y la Quinta y Madison, y el bienvenido puente pintado de gris del paso elevado del tren, con el bullicio de la estación y la oficina de billetes debajo: ¡Park Avenue! ¡Su casa!

—Tengo que bajarme aquí. —Ira se levantó—. Me espera mi mamá.

—Claro. Hasta la vista. —Sonriendo amablemente, Joe alargó la mano y tiró del cordón de la campanilla.

Ira se apeó del tranvía, y torció inmediatamente hacia el sur, en la esquina de la cervecería, hacia el sur y en dirección a casa. Apresurándose por Park Avenue, pasando por delante de la esquina de artículos de fontanería de la calle 124, vislumbró el borde del Mt Morris Park, a una manzana hacia el oeste. Visto ahora, como lo veía él, al extremo de cada calle que pasaba, el parque —y la colina de arriba y el campanario— parecía inmovilizado en un nimbo inquietante… como todas las cosas: edificios, personas, escaparates, pilastras del paso elevado, todo estaba inmerso en algo siniestro, diluido por la liberación, pero de una suciedad indeleble, ineludible.

No le digas nada a Mamá. Papá te mataría.

libro-18

XI

También él, pensó Ira irónicamente, también él podría fechar sus escritos como a. C. y d. C.: «antes de la Computadora» y «después de la Computadora». Porque lo que escribía ahora (hoy, 4 de febrero de 1985) era esencialmente —en gran parte— lo que había escrito a máquina, comenzando casi exactamente seis años antes, en febrero de 1979. De forma que se enfrentaba consigo mismo y seguiría enfrentándose, de cuando en cuando, con digresiones de otra época, de la época en que escribía a máquina… cuando todavía era capaz de escribir a máquina, y sus manos eran capaces todavía de resistir el impacto del teclado de su máquina de escribir manual Olivetti.

Así ocurría hoy. La página amarilla de la copia que esperaba ser transcrita al disco comenzaba así: «Es martes, 3 de abril de 1979. La mañana es clara, la temperatura algo más fría de lo que correspondería a la estación del año. He pasado la noche con dolores considerables. M., mi abnegada esposa, tendrá que volver a llevarme esta tarde en coche al Hospital Presbiteriano para los análisis de sangre y de orina, a fin de determinar hasta qué punto está tolerando mi organismo las inyecciones de “oro”, remedio último, o casi, para detener las devastaciones de ese pernicioso trastorno, denominado en lenguaje médico artritis reumática; en lo sucesivo, abreviadamente, RA (a Joyce, a quien chiflaban esas cosas, le hubiera encantado la coincidencia de que RA, en hebreo, signifique cualquier cosa mala, toda la gama de lo malo). En este momento, fuera de la ventana de mi estudio, los primeros brotes bronceados y transitorios desdibujan las ramas de los álamos de Virginia.

»Menachem Begin está en El Cairo. Informan de que disfruta de la recepción fría pero correcta que le tributan los egipcios (y se abstienen de mencionar que parte del trabajo empleado en construir las pirámides que ha visto era de esclavos hebreos). Para mí, ese hombre carece de atractivo, tanto en su presencia como en su forma de hablar, algo así como nuestro Cal Coolidge de hace tiempo, en un contexto israelí ferozmente partidista. Pero todo eso no tiene nada que ver, resulta sospechosamente extraño, me digo. Hay que devolver El Arish a Egipto el 27 de mayo de 1979. La mayor parte del mundo árabe está concentrando su odio en Sadat; y, sin embargo, hasta sus enemigos árabes están divididos… como siempre, alabado sea Alá.

»¿Es auténtica, duradera?, me pregunto; ¿se mantendrá la paz entre los dos países? ¿O hay que considerar todo el asunto como una faz (paz) de la astucia consumada de Anwar Sadat, genio de la maquinación y de la astucia, que aparentemente consiguió adormecer al Gobierno de Israel, al alto mando israelí, satisfecho de sí mismo… y luego, con Siria como aliada, atacó en el Yom Kippur. Como de costumbre, los pequeños detalles tienden a alcanzar una importancia indebida en el recuerdo, por ser humanos y espectaculares: la discusión entre los dos aliados sobre si lanzar el ataque al alba o al anochecer, cuando uno tendría el sol a la espalda y el otro en los ojos. Verdaderamente, ese hombre es un genio de la astucia y, con ayuda de Kissinger, el corpulento judío alemán —“Estamos konfensitos… und no reifindikamos”—, reconquistó, sin disparar un tiro, los campos petrolíferos tan vitales para la economía de Israel; y ahora, con las bendiciones del presi Jimmy el Jovial, está a punto de recuperar todo el Sinaí.

»Y, sin embargo, ¿cuál es la alternativa? Lo importante no es que Begin me resulte atractivo, personal o políticamente, sino si sus acuerdos y concesiones han puesto a Israel en un peligro mortal… o han acercado un paso más una paz verdadera».

Era más de lo que podía esperar desenredar de momento. Frunció el ceño ante las páginas siguientes, papel de copia amarillo, resbaladizo, delgado como papel de seda, que compraba para ahorrar… Como Papá, con su costumbre inefable, inveterada, de comprar géneros inferiores, atendiendo solo al precio. «¿Te crees que los comerciantes no saben lo que valen sus propias mercancías?», trataba de razonar con él Mamá. No servía de nada: él seguía comprando un trozo de revestimiento para el suelo pintado, en lugar de linóleo auténtico de cierta calidad; y en un abrir y cerrar de ojos su compra se desgastaba hasta volverse de un pardo opaco, una vez desaparecido el dibujo floral. La insistencia y el buen sentido práctico de Mamá no servían de nada.

¿Faltaban páginas? La narración comenzaba en la página siguiente, a la mitad… y él sabía, sabía que los acontecimientos de aquel año —¿o los del año anterior?— fueron de gran importancia para él personalmente, para él como narrador. Lo mejor —miró su reloj, las tres y veinte de la tarde— sería tomarse algún tiempo, guardar el texto de trabajo que tenía en la pantalla, y tratar de poner cierto orden en lo que seguía. Pudo oír su lengua chasquear disgustada ante la desagradable perspectiva de dar un poco de sentido a aquel desorden que tenía delante. Pero no había más remedio. De algún modo tendría que reunirlo, justificarlo, eliminarlo… apartarlo de su camino. Como la mente infinita de Platón (¿valía la pena recoger ese pensamiento?, mientras se preparaba mentalmente para acabar, para «salvar» el texto; no, era idiota: la idea de una mente infinita que existe en un disco magnético infinito).

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XII

Los chicos que tenían los nuevos trineos gobernables, como se llamaba a los últimos modelos, descendían por la pendiente nevada de la ladera occidental del Mt Morris Park. Qué escasos eran los momentos de alegre abandono: cuando esos chicos que tenían trineos gobernables te dejaban echarte encima de ellos mientras bajaban de panza por la pendiente, a toda velocidad. El tío Max construyó a su menesteroso sobrino un trineo hecho con un cajón y patines de recortes de madera… y se quedó a un lado, tímido y sin comprometerse, ante las burlas que acogieron a su sobrino cuando se reunió con los otros con su tosco trineo de fabricación casera. Ellos, con sus patines de acero, podían deslizarse de panza hasta por las escaleras de piedra cubiertas de nieve de la colina del Mt Morris Park. El endeble trineo de Ira se deshizo después de unos cuantos intentos en una pendiente suave. Sí, se disgregó en un estúpido cajón de manzanas y trozos de tabla con clavos que sobresalían de los antiguos patines, un triste tullido, una caricatura de trineo, abandonado en la nieve…

Y con Harry, que había dejado atrás por fin las tribulaciones de sus estudios elementales, los dos trataron de vender periódicos yidis después de la escuela, gritando los titulares por las calles del Harlem judío, que oscurecían, pero con poco éxito. No tenían ningún gran wuxtra que vender, como aquel gran extra de agosto de unos meses antes, y los transeúntes lo sabían… De modo que sus voces eran inútiles, la mayoría de sus periódicos se quedaban sin vender, y en un par de días renunciaron a la empresa.

Sin embargo, durante más de setenta años quedaría en la mente de Ira la proyección de un chico con bombachos y largas medias negras apresurándose, asustado y estridente, por una calle de Harlem hacia el crepúsculo del pasado…

Y una y otra vez sin nada que hacer, experimentaría el regreso a una época —o el anticipo de una época— no casual como se había vuelto la presente, sino otra vez sin costuras, como había sido en otro tiempo; un regreso, un ansia inarticulada de que en alguna parte, de algún modo, los pedazos dispersos de su mundo aleatorio se fundieran otra vez en una unidad. Si no, por qué estaba allí en aquella esquina de la calle, en su deambular solitario, la familiar esquina del bullicioso Harlem judío, de repente transfigurado, lleno de áureas promesas, una redención más allá del gran idiota que era, el gran bufón, como le llamaban los chicos de la manzana, más allá del exasperado grito en yidis de Papá: «Lemakh! ¡En qué estúpido más inútil te has convertido!».

… O sí, tuviste pequeños empleos, ¿no? Trataste de ganar algo.

Antes de la escuela. Se levantaba pronto por la mañana, la mañana invernal nublada de los barrios bajos, y repartía panecillos frescos y mantequilla o queso de nata a los hogares de la calle 119, entre Park y Madison, en donde las casas eran algo mejores… y más judías. Sí, el tendero de la misma manzana lo contrataba. Sombrío, el chico subía y bajaba las escaleras con bulkies frescos. Aunque a Papá le agradaba siempre que Ira se ganase un par de dólares, y su actitud mientras su hijo ganaba era distinta… se volvía amable; le tomaba el pelo a Mamá diciendo que los ingresos de Ira habría que deducirlos de lo que él le daba a ella. Mamá se congestionaba y gritaba: «Geh mir in d’rerd!…», era Mamá quien se oponía a ese reparto antes de la escuela, a esa explotación a primera hora, pobre niño. «No necesito esos pocos shmoolyaris», decía, llamando al despreciado dólar shmoolyareh, como acostumbraba. Y él trabajaba después de la escuela en una tienda que daba a la calle, pequeña y descuidada, en la que el propietario y su mujer, que vivían en la parte de atrás, hacían botones de fantasía; Ira aprendió también a hacer esos botones: estirando un pedazo de tela sobre el botón de metal desnudo y obligando a la tela, con una prensa accionada con una palanca, a unirse con el metal. Trabajando, como de costumbre, apáticamente, una vez se pilló el pulgar entre la prensa y el botón, y aulló de dolor.

Lo enviaban a hacer recados: una vez a entregar botones a una sastrería de la «caye siendo dress Este». Naturalmente, Ira fue como debía a la calle 103 Este, no encontró ninguna sastrería, y volvió sin haber entregado los botones.

—De dihe a la caye siendo dress —repitió el patrón iracundo.

—¡Fui ayí! —protestó Ira—: A la caye siendo dres.

—¡No! Oy, gewald! ¿Bero qué de basa? ¡Dresse, dresse, no dres!

Y a los once años (qué breve es la edad de la inocencia: el gnomo está en el puente, Billygoat Gruff)… a los once años trabajaba en la farmacia de Biolov. Todos los días después de la escuela, y los sábados el día entero. Haciendo toda clase de cosas, desde faenas domésticas hasta recados: fregando el suelo de baldosas, limpiando las vitrinas… con periódicos. «Un poco más de grasa de codo», decía el pequeño, calvo y afable señor Biolov. Grasa de codo. Era la primera vez que Ira oía la expresión y, por un momento, pensó que la sustancia existía realmente. Entregar medicinas hechas según receta, hacer recados. Y todo ello por 2,50 dólares a la semana. Y cuando perdió, o le robaron del bolsillo, un billete de cinco dólares que el señor Biolov le había dado para comprar medicamentos en el almacén de venta al por mayor de la Tercera Avenida, Ira tuvo que trabajar dos semanas para compensar la pérdida. Morteros y manos de almirez, sí, sí, con los que se trituraban y mezclaban los medicamentos en la habitación de atrás de la farmacia. El jarabe de goma era agua con azúcar, ¿no? La zarzaparrilla iba con el aceite de ricino. Biolov era un shtickel duckter, decía Mamá, queriendo decir con ello que era «un poco médico». Prestaba primeros auxilios a las víctimas de accidentes que llevaban a la farmacia hasta que la ambulancia llegaba. Quitaba motas de los ojos; sabía cuándo recetar polvos de Seidlitz y cuándo las bayas secas con las que Mamá hacía una infusión tan agradablemente laxante; y cuándo recetar citrato de magnesia… que se conservaba en hielo, estaba frío, era efervescente y alimonado, y te hacía ir al retrete casi tan deprisa como el aceite de ricino. Zarzaparrilla. Amoníaco. Esencia de menta. Había tarros y más tarros de toda clase de preparados en los estantes, no tarros ordinarios, sino todos de la misma forma, bellamente esmaltados, de ancha boca y tapón de cristal.

En la parte de atrás de la farmacia había tableros especiales con largos surcos, que el señor Biolov llenaba de la pasta que hacía moliendo medicamentos mezclados, cortando luego los largos gusanos de pasta en píldoras, que rebozaba en azúcar en polvo. En las dos esquinas del escaparate había sendas ánforas de cristal espléndidas, llenas de líquido: de color verde brillante en una, de color rubí brillante en la otra. Entre las dos, en el centro del escaparate, un mono de mentira realizaba su número aburrido e incansable de trasvasar el mismo fluido de un vaso a otro. Y una vez, curioso por los modales sigilosos del señor Biolov, Ira echó una ojeada al paquetito que le había dado para entregar: una extraña copa plana de caucho en torno a un anillo: desconcertante; no era un condón; los había visto ya; sabía lo que eran: «portaleches», los llamaban en la calle. Recuperó un paquete de ellos que habían tirado al cesto de basura y trató de hincharlos, pero el caucho se había estropeado y estallaron. Más que nada, le gustaba guiar a la gente para que hablara en la cabina telefónica de la farmacia; casi siempre le daban un níquel de propina por el servicio; y, más de una vez, cuando llevaba a una chica irlandesa, una bonita chica irlandesa de mejillas rosadas y ojos centelleantes que se apresuraba a bajar las escaleras tras él, a través de la casa con olor a berza, aquella chica de respiración agitada y aspecto distante le daba diez centavos. Podía adivinar por qué, aunque no comprendiera por qué. Resentido por la insensibilidad del señor Biolov al hacerle trabajar dos semanas gratis, Ira trabajó unas semanas más y luego se despidió.

Y ahora era verano otra vez; un verano al azar, sin rumbo. Había algunos árboles en Madison Avenue que crecían entre la acera y el Mt Morris Park y de los que se desprendían unas pequeñas vainas de semillas que caían girando sobre sí mismas. «Narices de cotorra», las llamaban los chicos; se podían partir, y eran pegajosas y se quedaban pegadas al puente de la nariz. Fue una noche de verano cuando Ira dio una paliza al único chico al que dio una paliza en Harlem, el judío Morty Nusbam, que vivía en el último piso del 108 Este. Morty había querido enseñar a Ira a «correrse»… cuando los dos estaban sentados, con tiempo cálido, en el tejado, y los dos se habían sacado el pito. Y entonces, de repente, Ira se negó a seguir. El recuerdo parecía disgregarse en feos coágulos diferentes: un individuo larguirucho con un sombrero porkpie y ropas pulcrooxidadas, lo que quiso hacerle a Ira y lo que hizo luego contra el tronco de un árbol. A pesar de la insistencia de Morty en que se trataba de algo bueno, Ira se negó a hacerlo; y volvió a abrocharse la bragueta en cambio. ¿Cómo podía ser bueno algo tan repugnante como aquello? Más tarde, por una discusión de nada, venció a Morty a puñetazos, lo venció fácilmente. Y a pesar de que Ira sabía que iba ganando, se daba cuenta al mismo tiempo de que unos chicos irlandeses los animaban, a ellos, a los dos chicos judíos. Y, aunque exultante por ganar, cuando Morty reconoció de pronto su derrota, Ira hizo caso omiso de las exhortaciones de los chicos irlandeses para que golpeara a Morty en la espalda lanzando el tradicional grito de jactancia por el triunfo: «¡Dos, cuatro, seis, ocho y nueve, te he ganado como se debe!». Poco después, Morty y su familia se fueron del barrio.

En el verano se podía andar y andar y andar hasta llegar al Museo de Historia Natural. Habías leído en el boletín de noticias de actualidad del 6A que varios meteoros caídos del cielo estaban ahora ante las puertas del museo. No tenías que entrar —quizá no te dejaran— pero no importaba, porque eran los meteoritos lo que querías ver, y estaban fuera. Y querías verlos porque, en letra pequeña en la parte de abajo del Libro de la mitología nórdica, se decía que la razón de que la espada de Sigfrido fuera tan cortante era quizá que estaba hecha de un meteorito, y los meteoritos contenían a menudo un acero especial, tan duro que, una vez forjada y afilada la espada, si se la sumergía en un arroyo, cortaba los trocitos de hilacha o vellón que venían a su encuentro flotando. ¡Imagínate lo afilada que estaría! Algo de lo que maravillarte mientras andabas y andabas por los caminos pavimentados de Central Park en medio del verde, verde del verano… pasando por delante de gente distinguida, que lucía bastones de puño de plata, por delante de las niñeras y los cochecitos de bebé elegantes, más elegantes incluso que el de la señora Biolov, el más elegante de la manzana… hasta que el largo, larguísimo, paseo te llevaba al inmenso edificio del museo, que tenía la entrada al pie de una pequeña escalinata. Y bajabas tímidamente las escaleras, para quedarte admirado delante de aquellos pedruscos sólidos y de picada superficie: eran los meteoritos caídos del cielo.

—Siz a manseh mit a bear —se le burló cariñosamente Mamá, cuando él volvió a casa por fin, cansadamente, y le contó lo que había descubierto.

—¡No es un manseh mit a bear! —dijo él indignado—. Se trata de los dioses nórdicos: Odín y Thor y Loki. Y de Sigfrido y Brunilda. No sabes qué espada más maravillosa tenía él.

—Azoi? —lo aplacó ella—. Mi chico listo. Un bulkie de queso fresco te vendría bien después de una excursión tan larga, ¿no?

Cuentos de osos, los llamaba Mamá. Pero a él le gustaban mucho más que las historias de Horatio Alger, la clase de historias que le gustaban a Davey Baer: Tom el Limpiabotas o Valor y esplendor, las que les gustaban a otros chicos: Tom Swift y su motocicleta, y lo ingeniosamente que sabía arreglarla con un pedazo de alambre de valla; o los Chicos Rover, que eran tan buenos y jugaban al béisbol tan bien; o el Joven Salvaje Oeste, con su traje de ante con flecos, que luchaba contra los traicioneros «pieles rojas», aunque Ira no sabía por qué. Y algunos de los cuentos de hadas, y las historias de brujas y trasgos lo asustaban tanto que tenía miedo de la oscuridad, miedo de bajar solo al sótano y coger un cubo de carbón del cuarto con candado; temeroso hasta cuando, de noche, tenía que bajar la basura a los enormes bidones de desperdicios de delante de la casa… ¡cómo se escabullía, cómo se resistía a hacer ese trabajo! La puerta cerrada del sótano al pie de la escalera débilmente iluminada, antes de dar la vuelta para entrar en el vestíbulo, le daba pánico.

Sin embargo, aquellas eran las historias que le gustaban más que ninguna otra, las historias que adoraba: de encantamientos y delicadeza, de principitos y princesas rubias. Con mucha frecuencia, las princesas no solo eran rubias, sino las más rubias de la cristiandad. No se podía evitar. Quizá a ellas no les importara que él fuera judío. Y los caballeros del rey Arturo, que buscaban el Santo Grial, la copa radiante como un trofeo en la que Jesús había bebido vino. Así que todo lo que era hermoso era cristiano, ¿no? Todo lo que era sin tacha y puro y audaz y galante y caballeresco era goyish. A veces no sabía qué sentir: tristeza; lo excluían; era un alivio cuando no se mencionaba a los judíos; se sentía agradecido; podía luchar contra los sarracenos con Roldán. Agradecía ver al señor Fatigas por todas partes, cuando el muchacho del cuento de hadas de Grimm se escapaba de su maestro, el señor Fatigas, que dirigía incluso la banda de música… siempre que no fuera judío…

libro-20

XIII

Entró M. en su estudio. Llevaba dos madejas de lana que quería enseñarle, una negro azabache, otra gris marengo. «No sé por qué no se me ha ocurrido volver a tejer las partes gastadas del chaleco», dijo.

«¿El que llevas puesto?», preguntó él. M. llevaba el chaleco tejido, «sal y pimienta», que se había comprado en México… ¿dónde? No en Tlaqui-paqui, o como se escribiera, en donde un joven tejedor trabajaba con luz mortecina en un telar (Ira se compró también un chaleco). Eso fue a finales de los sesenta.

—Sí. Es verdad que no me favorece nada —dijo ella—. Pero me gusta.

—¿Y dónde volverías a encontrar una rareza así? —convino él.

Una rareza así… pensó luego, después de irse ella a su piano del cuarto de estar. Amor, haría falta un Taj Mahal de literatura para hacerte justicia, mi mujer alta y delgada, envejecida, gris tu cabello en otro tiempo leonado. Arrugado tu rostro encantador, pero siempre noble. ¿Adónde fueron los millones de momentos, los millones de millones de momentos que pasamos juntos? Ella acababa de volver de la compra y dijo: «¿Crees que el frío ha disuadido a los compradores? Había manadas. Claro que los dos últimos días no animaban mucho a salir de compras. Nadie quería desafiar al frío».

—No, es verdad.

—Y te he traído un regalo por tu cumpleaños: un pastel de pastrami de pavo. —Se lo mostró: un pequeño bloque de carne, estrechamente encerrado en plástico.

Él pensó en una máquina de cortar eléctrica, en comprar una, pero ella no habría estado de acuerdo: otra cosa más en la casa, diría a su modo ecuánime y sensato. Se conformó con decir: «¡Qué bien! Gracias».

—Supongo que tendremos que tirar esos dos cupones de Hardee para dos bocadillos de rosbif por el precio de uno. Mañana es el último día y tendremos en casa a Margaret.

—¿Sabes que en McDonald’s anuncian ahora hamburguesas de treinta y nueve centavos?

—La competencia debe de ser atroz.

—Hay otra cadena de hamburguesas de treinta y nueve centavos que acaba de abrir en la ciudad. La vimos el otro día.

—Ah, sí.

—Me pregunto qué aspecto tendrá una hamburguesa de treinta y nueve centavos.

—Podemos comprar media docena —sugirió él—. Ya que McDonald’s está tan cerca.

—Probablemente meteré las tres lonchas de carne en un panecillo.

Por eso seguía estando tan delgada y teniendo un tipo tan distinguido: tres lonchas de carne en un panecillo. Y él, plebeyo: —Me gustan esos panecillos míos envueltos en papel de seda. Estoy acostumbrado a comer así.

Y todo eso, reflexionó —después de llevar ella un rato ya practicando una pieza en el piano, una pieza familiar cuyo nombre le avergonzaba a él confesar que no sabía… ya lo averiguaría en otro momento—, porque él le había preguntado si sabía dónde estaba guardado, o archivado, uno de sus relatos breves: era tan metódica, tan eficiente, todas las cosas envidiables que él no era. Ella sabía dónde estaba, y le trajo fielmente la caja de cartón, diciéndole, sin embargo, que tendría que sentarse para rebuscar el relato que quería: era un boceto que había escrito para el New Yorker, y había tenido la suerte de que fuera aceptado. Escrito en 1940, ¿qué pensaría de él ahora? ¿Encajaría en lo que estaba haciendo, encajaría en la estructura o en el tono? Hacía cuarenta y cinco años, cuarenta y cinco años más cerca de aquel bribón egocéntrico, hedonista, insatisfecho, solitario, caprichoso y desorientado que era él… hecho a medida, desde luego, para el New Yorker. ¿Contendría aquella obra aún suficiente verdad, fidelidad a algo que fue en otro tiempo, para justificar el trabajo de volver a copiarla, de incluirla allí?

ALGUIEN AGARRA SIEMPRE EL VIOLETA

Subiendo un tramo de escaleras, dejando atrás los jarrones y el reloj de fuera de la sala de lectura para adultos, dejando atrás las paredes de color crema, las molduras de roble, las estanterías de roble y la estatua de Perseo de Cellini, estaba la sala para niños de la biblioteca pública de la calle 123. El pequeño Sammy Farber se sacó del bolsillo una estropeada tarjeta de la biblioteca y entró. Era un chico fornido y despierto, de once o doce años. Puso sobre el mostrador la tarjeta y, mientras aguardaba a la bibliotecaria, miró a su alrededor. Solo había algunos chicos en la sala de lectura. Dos muchachos de jerséis de colores estaban de pie, susurrando, junto a una de las estanterías. Sobre la pared, encima de sus cabezas, había un friso de golfillos griegos tocando la trompeta. La bibliotecaria se acercó.

—Señorita —comenzó Sammy—. Acabo de mudarme. ¿Quiere cambiarme… la dirección?

La bibliotecaria, mujer delgada, impasible y de cabello gris, con quevedos, echó una ojeada a la tarjeta. «Enséñame las manos, Samuel», dijo.

Él levantó las manos. Ella movió la cabeza con aprobación y dio la vuelta a la tarjeta. Estaba llena de tampones. «Será mejor que te dé una nueva», dijo.

—¿Podría ser la próxima vez, señorita? Ahora tengo un poco de prisa.

—Sí. ¿Dónde vives ahora, Samuel?

—En el 520 Este de la 120. —La vio tachar la dirección de la calle Orchard y comenzar a escribir la nueva—. Señorita —dijo en voz tan baja que apenas resultaba audible—. ¿Tienen El libro violeta de las hadas?

—¿El qué?

—El libro violeta de las hadas. —Se dio tímidamente en la nariz con los nudillos—. Todo el mundo dice que soy demasiado mayor para leer cuentos de hadas. Mi madre las llama historias de osos.

—¿Historias de osos?

—Sí, todavía no sabe bien inglés. ¿Comprende?

—Claro. Creo que está en los estantes.

—¿Dónde, señorita? —Se desplazó hacia el pasillo.

—Un momento, Samuel. Aquí tienes tu tarjeta. —Él la cogió—. Te enseñaré dónde está.

Juntos atravesaron la sala hasta una estantería en donde una placa de latón decía: CUENTOS DE HADAS. Sammy se arrodilló para poder leer con más facilidad los títulos. No había muchos libros en la estantería: algunas leyendas para niños sobre el rey Arturo y Roldán en el estante superior, luego una breve fila de cuentos de hadas ordenados por países, y por último, en el estante de abajo, algunos cuentos de hadas por colores: azul, azul, verde. El dedo de la bibliotecaria titubeaba sobre los títulos. Rojo… amarillo… «Lo siento».

—¡Ah! —dijo él tranquilizándose—. Lo han agarrado otra vez.

—¿Has leído los otros? ¿Has leído el azul?

—Sí. He leído el azul. —Se levantó despacio—. He leído el azul, y el verde y el amarillo. Todos los colores. Y otros colores que ni siquiera hay aquí. Pero alguien agarra siempre el violeta.

—Estoy bastante segura de que nadie ha pedido prestado El libro violeta de las hadas —dijo la bibliotecaria—. ¿Por qué no miras en las mesas? Tal vez esté por allí.

—Miraré —dijo—. Pero lo sé. Una vez que lo agarran, adiós.

No obstante, fue de mesa en mesa, recogiendo libros abandonados, echando un vistazo a los títulos y volviéndolos a dejar. Su cara redonda era la imagen de la esperanza desesperada. Al acercarse a una de las últimas mesas se detuvo. Un muchacho estaba sentado allí, con un montón de libros al lado, leyendo con enorme concentración. Sammy se situó detrás del muchacho y miró por encima de su hombro. En una página estaba el texto impreso, en la otra una ilustración en colores; un principito sereno, con la mano en la empuñadura de la espada, mirando a un gnomo nudoso y torvo. El libro estaba encuadernado en violeta. Sammy suspiró y volvió a la bibliotecaria.

—Lo he encontrado, señorita. Está allí —dijo señalando—. Lo tiene él.

—Lo siento, Samuel, es el único ejemplar que tenemos.

—No tiene las manos tan limpias como yo —sugirió Sammy.

—Estoy segura de que sí. ¿Por qué no lees otra cosa? —insistió—. Los libros de aventuras tienen mucho éxito con los chicos.

—Con él no. —Sammy miró sombríamente al muchacho—. Eso es lo que siempre me decían en el East Side… éxito. No sé por qué tienen tanto éxito. Si alguien encuentra un tesoro en un libro de aventuras, seguro que es en dólares y centavos. ¿A quién le importan los dólares y los centavos? Tengo suficientes en mi casa.

—Hay también novelas —le recordó ella—. Quizá eres de los chicos a los que les gusta leer cosas sobre personas mayores.

—¡Ah, esas! —Sacudió la cabeza—. Una vez leí una novela en la que el protagonista llevaba gafas. ¡Ja! —Se rio breve y compasivamente—. ¿Cómo puede llevar gafas un protagonista? Como mi padre.

La bibliotecaria se aseguró los quevedos sobre la nariz. «Si esperas, quizá lo devuelva», dijo.

—¿Puedo preguntarle?

—No. No lo molestes.

—Solo quiero preguntarle si lo va a sacar o no. ¿Para qué voy a estar aquí todo el día?

—Muy bien. Pero solo eso.

Sammy se dirigió al muchacho y le dijo:

—Eh, te lo vas a llevar, ¿no?

Como arrancado de un sueño, el muchacho se sobresaltó, con los ojos muy abiertos y sin expresión.

—¿Qué vas a leer de todo esto? —le preguntó Sammy—. ¡Cuentos de hadas! —Sus labios, sus ojos, todo su rostro expresaban disgusto—. Este es un libro de aventuras —dijo, cogiendo el que tenía más cerca—. ¿No te gustan los libros de aventuras?

El muchacho se enderezó en el asiento.

—¿Por qué me molestas?

—No te molesto. ¿Has leído El libro azul de las hadas? Es el mejor. Difícil de conseguir.

—¡Eh, se lo voy a decir a la señorita! —El chico miró a su alrededor—. ¡Estoy leyendo este! —dijo furioso—. ¡Y no quiero ningún otro! ¡Léetelos tú!

Sammy aguardó un momento y probó otra vez.

—Sabes que no debes leer libros de hadas en la biblioteca.

El muchacho estrechó el libro contra sí protectoramente y se levantó.

—¿Quieres pelea?

—No te pongas nervioso. —Sammy le hizo un gesto con la mano para que volviera a sentarse y retrocedió un paso—. Solo he dicho que los cuentos de hadas son mejores para leer en casa, ¿no?… Cuando te sientas en el cuarto de estar y tu madre cocina en la cocina. ¿No es mejor?

—Bueno, ¿y qué?

—Que en la bilboteca puedes leer otras cosas. Sobre el rey Arturo y otros mitos.

El muchacho se dio cuenta de lo que pretendía. Apartó a Sammy con un ademán. «Voy a leerlo aquí y lo voy a leer en casa también, so listo».

—Muy bien, es lo único que quería preguntarte —dijo Sammy—. Te lo vas a llevar, ¿no?

—Desde luego que me lo voy a llevar.

—Eso pensaba yo.

Sammy se retiró hasta una de las columnas centrales de la sala de lectura y se quedó allí, mirando. Las mismas expresiones de maravilla y encanto que animaban los rasgos delgados del chico mientras leía animaban también los rasgos regordetes de Sammy, como si el placer se le transmitiera. Al cabo de un rato, el muchacho se levantó y fue al mostrador con el libro todavía en la mano. La bibliotecaria sacó la tarjeta del libro y puso un tampón en la del chico. Luego le dio el libro. El rostro redondo de Sammy se ensombreció. Sin embargo, aguardó a que el muchacho hubiera tenido tiempo de salir de la sala de lectura y bajar las escaleras, antes de meterse en el bolsillo la gastada tarjeta de la biblioteca y dirigirse a la salida.

«Alguien agarra siempre el violeta»

The New Yorker, 23 de marzo de 1940

Bueno… era conmovedora, pero no demasiado conmovedora. Era después de todo el New Yorker, el de ese período, con su propósito, que quizá fuera el de hoy, aunque rara vez leía esa revista, con su propósito de divertir al lector, probablemente a un lector de bastante buen gusto y acomodado. Había sido escrito de acuerdo con las directrices que su agente de entonces le había metido en la cabeza: no hacer nunca que el lector se identificara con el personaje central de una historia, sino que se sintiera ligeramente superior a él. Y por eso el chico del boceto era él y no lo era. Ira pensó irónicamente en la alternativa hamletiana de ser o no ser. Siempre era ambas cosas, solo podía ser una si era las dos juntas. Resultaba extraño, sin embargo, y más de un tanto obstaculizador —¿era esa la palabra exacta?—, paralizante, inhibidor, examinar aquella prueba del escritor que era, que en otro tiempo fue, un espécimen conservado del escritor que había sido: el autor arrogante, creído y seguro de sí mismo de su primera novela. Volver a leer lo que produjo cuarenta y cinco años antes lo vaciaba de lo que era hoy… algo mejor de lo que «había» sido, pensaba, esperaba. Ay, ¿cómo pudiste dejar que aquella vida, toda aquella vida y configuración y agudeza y conflicto se te escaparan? Cuando era accesible todavía y estaba todavía a mano, recuperable, cerca aún.

Dios, catorce años pasados en aquel barrio bajo de Harlem, con su composición y contexto cambiantes, sus diseños sórdidos… dejar que se te fuera una montaña de material, como diría un periodista, colorido local, novedad, desde el momento en que salías a la calle, en que entrabas o salías del vestíbulo. Lo quemaste, esa era la expresión actual; pensaría en ello un millón de veces más, después de haberle ayudado M. a incorporarse en la cama, porque su artritis reumática casi lo inmovilizaba después de una noche de inmovilidad. Se daba su ducha caliente para recuperar un poco de flexibilidad, y salía de la ducha, lamentando más que pensando: aquella riqueza perdida… ¿qué era? ¿La sórdida riqueza joyceana?

Quizá porque su forma de verla había cambiado: no podía aceptar ya «únicamente» una percepción superficial. ¿Era efecto del marxismo? ¿Influencia del partido? Tenía que examinar, reconocer, indicar implícitamente en su escritura las crueles relaciones sociales subyacentes, las crueles relaciones de clase, los estragos infligidos por las privaciones, ocultos bajo lo abiertamente ridículo. Nunca más la mezcla olímpica de ironía y compasión de Anatole France. Y por eso se rebelaba hoy contra Joyce con tanta animosidad. En cualquier caso, algo le había cerrado el camino, al mismo tiempo que lo socavaba. Hoy llamarían a ese algo pérdida de identidad. Y, con la pérdida de identidad, vino la pérdida de la capacidad de afirmación. Y, sin identidad ni capacidad de afirmación, el gran panorama de catorce años de vida entrando y saliendo de la calle 119 de Harlem se le negaba… De hecho, si quería ampliarlo, ramificarlo, hasta se le prohibía la madurez, una madurez adecuada.

Por eso se sentía melancólico, pensativo… Sabes por qué no puedo trazarlo ahora, Ecclesias.

—Sé que sabes por qué.

¿Qué día de verano fue aquel en que caminó a grandes zancadas con el fresco de la mañana, con la felicidad de las recién nacidas vacaciones escolares, hasta el Museo Metropolitano, en solitario? (Escríbelo, escríbelo: nadie más de la calle 119 quería ir). Caminando entre el muro de oscura piedra deteriorada que ceñía el terraplén del parque y lo separaba de la avenida y las hileras e hileras de mansiones, las inconmensurablemente opulentas mansiones del otro lado. Bajo los árboles, con hojas, de la Quinta Avenida, caminando enérgicamente y a buen paso, admirando, deleitándose en las señoriales ventanas saledizas de los imponentes edificios, que sobresalían con todas sus persianas bajadas a la misma altura. Y los dinteles de mármol y los tubos de órgano de las chimeneas que se alzaban de los tejados de pizarra con adornos de cardenillo. Mientras que, en la avenida, los autobuses de dos pisos circulaban, los autobuses de diez centavos la carrera que solo los ricos se podían permitir.

—¿Adónde vas, jovencito? —le preguntó un caballero corpulento de bigote de color paja que esperaba junto al bordillo al lado de una señora con gafas que aguardaba también el autobús.

—¿Yo? Al museo.

—¿De veras? ¿Tan de mañana?

—Sí. Está lejos. —¿Había aprendido ya a ser precavido con los extraños? ¿O le daba una sensación de seguridad la presencia de una mujer?—. Y, cuando llegue allí y lo vea, tendré que hacer todo el camino de vuelta.

—Claro.

Los dos que esperaban el autobús se miraron, con sendas sonrisas leves en el rostro, y él continuó su camino. El momento quedaría en su memoria como una hermosa estrofa de un poema o unos compases de una hermosa melodía que lo consoló en años posteriores. En esos años posteriores vacíos, Ecclesias, cuando la cadenita de plata entre madre e hijo se ha soltado y se han quemado los cojinetes, se ha desgastado la rosca del tornillo o la brisa ha arrastrado la lente de contacto.

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XIV

La Gran Guerra se había acercado mucho más —él tendría que abrirse camino como pudiera entre un desorden de hojas torpemente mecanografiadas, y con la memoria hecha un fárrago—. Mucho más. Ira había visto ya a judíos de edad, en el Mt Morris Park, levantarse coléricamente de los bancos, blandiendo bastones mientras intercambiaban insultos en yidis: «¡Alemán presuntuoso!». «¡Patán lituano!»…

Abordado en el camino hacia la piscina flotante del East River por una ceñuda pandilla de chicos italianos, lo amenazaron con «¿De qué lado estás tú? ¿Qué eres? ¿Alemán? ¿Eres de Austria?».

Ira conjeturó lo que podía aguardarle. «No. Yo no».

—¿Qué eres entonces?

—Soy húngaro. A los húngaros no les gustan los austríacos.

Sus asaltantes se quedaron perplejos. «Habla en húngaro», le desafió su jefe.

—Bueno. Choig iggid bolligid. Significa que me caéis bien.

—¿Cómo podemos saberlo? —preguntó un secuaz.

—Puedo decirlo otra vez —propuso Ira.

—Di en húngaro que estás de parte de los ‘talianos —sondeó el jefe.

—Choig iggid bolligid tallyansis.

—Dejad que se vaya —decretó el jefe.

Ira se fue…

La Gran Guerra se acercó más. Los hunos empalaban bebés con sus bayonetas… aunque Mamá se burlaba de las historias de atrocidades alemanas. «¿Qué pasa, que los rusos son mejores? ¿Que el Zar Kolki [kolki significa «bala»] iz a feiner mensch? ¿Quién hay más ignorante que el mujik ruso? ¿Quién se ha olvidado de sus pogroms, los pogroms, de Kishinev, en 1903? Pogroms dirigidos por seminaristas, especialmente en la Pascua… en Kishinev, cuando todavía era una niña. Y después de perder con los yaponchikis, cuando conocí a tu padre, inmediatamente arremetieron contra los judíos. ¡Anda ya! Es más probable que sean los rusos los que empalen bebés con sus bayonetas».

Y, por una vez, Papá estuvo completamente de acuerdo. «¿No te acuerdas de Mendel Beiliss, cuando todavía vivíamos en el East Side?», Papá pinchó con el dedo a Ira. «¿Dónde tienes la cabeza? ¿No te acuerdas del jaleo que se organizó cuando los rusos lo juzgaron y lo condenaron? ¿Y por qué? Aquel judío había matado a un niño goyish para hacer con su sangre matzahs para el Passover. Y los mujiks se lo creyeron».

—Tal vez algún goy nos vio tomando borsht durante el Passover —sugirió Ira—. Como es rojo…

—Eres un bobo —dijo Papá—. Un mujik es un mujik y morirá siendo un mujik. ¿Quién no sabe lo que es un mujik?

—Te voy a decir una cosa, hijo —dijo Mamá—. Las cosas con los judíos son así: cuando dos monarcas están en guerra y uno azota a los judíos del otro, el otro dice: «Como has azotado a mis judíos, azotaré a los tuyos». —Mamá se rio sin alegría—. ¿Comprendes?

La Gran Guerra se aproximó más. ¡Qué confusiones en la mente de un niño! El tío Louie, todavía con su uniforme de cartero, venía a su casa con el Call socialista en el bolsillo y, desplegando el periódico sobre el hule verde de la mesa de la cocina, leía lo que decía Eugene Debs de la guerra… siempre arrastrando a Mamá a la órbita de la conversación: «¿Lo oyes, Leah? Debs dice que es una guerra capitalista en la que los trabajadores pagan con sus vidas para que los capitalistas de un país sean más poderosos que los capitalistas de otro, para quitarles su comercio y sus colonias… que ellos arrebataron por la fuerza a la gente sencilla que vivía allí, se las robaron, podría decirse. Sin embargo, gane quien gane, los trabajadores seguirán siendo esclavos asalariados».

Papá escuchaba atentamente, y todo su rostro cobraba un nuevo aspecto, como iluminado; Mamá, más distante.

—Woodrow Wilson habla de defender la democracia. No tenéis idea del antisemitismo que hay en Correos.

—¿Dónde quieren a los judíos? —dijo Mamá sin esperar respuesta—. En ningún lado. Solo como carne de cañón. Así son las cosas en Rusia, en toda Europa. Hasta en Austria, en donde Francisco José los tolera. No permitirá que los Cientos Negros instiguen pogroms, como hacen en Rusia bajo el zar. De forma que el judío está un poco más seguro, puede respirar un poco mejor. Sin embargo, ¿es querido el judío? ¿Hace falta preguntarlo? Solo lo quieren para una cosa: dame tu judío para que sea mi soldado. Por lo menos ha aprendido a leer y escribir.

El tío Louie la miraba con admiración, apartó la vista y sus labios se abrieron mientras tragaba. Y a Papá: «Por poco te conviertes tú en soldado».

Papá rebosaba de satisfacción; le gustaba recordarlo: «Cuando volví a Austria, en donde me habían embaucado para que me casara con ella».

Era una broma que a Mamá no le gustaba. «Naturalmente, primero te peleaste con Gabe», le recordó. Gabe era el hermano mayor de Papá y vivía ahora en San Luis. Había toda una serie de parientes de la familia de Papá, habían inmigrado casi todos a Chicago o a San Luis, parientes demasiado numerosos y demasiado lejanos para poder seguirles la pista. Como reveló Mamá, fue sobre todo la escandalosa conducta de esos parientes en América o en Galitzia lo que dio a Ira el escaso sentido de parentesco con ellos que tenía.

¿Y si se hubieran asentado en Nueva York, como hizo Papá en su momento? Entonces habría habido dos clanes: la primera generación hacía tiempo establecida, los americanos «amarillos y maduros», como llamaban los judíos a los inmigrantes aculturados, y los americanos «verdes», la familia de Mamá. Qué red de parientes se habría formado, mientras él iba y venía entre la ortodoxia y las peculiaridades de Zaida, y el tío Gabe y Sam en San Luis, y el tío Jacob en Chicago. Se podía decir con seguridad que habría habido una afinidad, o similitud, entre el tío Jacob y Zaida, pero no mucha, o mucho menor, con los otros dos tíos por parte paterna. Aunque casi de la misma edad que Zaida, temperamentalmente, como deducía Ira del relato de Mamá, su conducta y sus puntos de vista se parecían mucho más a los de los tíos de Ira últimamente llegados.

Habría sido una buena red… Ira hizo una pausa para dar gracias a su buena estrella de no tener que luchar con ella. El simple resumen de lo que recordaba bastaría… si es que no resultaba ya superfluo.

Sam, hermano mayor de Papá, fuerte y fornido, que había sido soldado y se había enamorado de la mujer de otro… con gran desaprobación de su padre, el severo judío barbudo con tirabuzones que estaba al lado del retrato de su esposa, de aspecto igualmente severo, en la pared del cuarto de estar. Y se pelearon, Sam y su padre, que levantó el bastón para golpear a su hijo, solo para que su hijo se lo arrebatara de la mano y lo golpeara con él. Sam huyó a América con la mujer de otro. Así lo contaba Mamá, fuente de todas esas historias, y también que Gabe se había casado con una mujer considerablemente mayor que él, llamada Clara, una tarasca. «Oy, esa Clara», decía Mamá. «Y celosa. Una arpía. ¡Espantosa!». Jacob, el de Chicago, el hermano de Papá más próximo en edad, que tenía erupciones cutáneas, era un debilucho y, a menudo, mientras estudiaba el Talmud, era hostigado por Papá, su hermano menor, hasta que los dos se enzarzaban a golpes. Y, una vez, Jacob fue golpeado por Papá de tan mala manera, que este tuvo que esconderse del bastón de su padre. Dormía en alguna dependencia y era alimentado subrepticiamente de noche por su madre. Había otra hermana mayor, Khatche, que se casó con un dandi llamado Schnapper, hombre sumamente guapo y libertino. Los dos vivían también en el oeste medio, aunque no en San Luis ni en Chicago. Y tanto la torturó conocer los mal escondidos y continuos amores de su mujeriego marido que un día se roció con queroseno y se prendió fuego (Mamá bajaba la voz al contarlo). E Ira notó, sí, años y años más tarde, al visitar a Fannie, mujer muy bonita, de rasgos regulares —no había duda de que era hija de Schnapper—, cómo el anciano, el propio Schnapper, ahora en sus noventa, sentado junto a la ventana en la planta baja, miraba apreciativamente a todas las mujeres que pasaban: era como un reflejo, aquella forma en que se crispaba al ver unas faldas. Y como Papá era el menor de los hijos de sus padres, y el tío Louie el primogénito de la hermana mayor de Papá, resultó que el sobrino era mayor que el tío.

Y el padre de Papá… aunque Mamá dijo que la noche antes de que ella y el niño se fueran a América, Ira, un nene de año y medio, había bailado tan graciosamente delante de su antepasado que las lágrimas brotaron de los ojos del anciano mientras, apoyado en su bastón, miraba… Ira nunca recordó al padre de Papá. Realmente de otra época, pensaría Ira —lo mismo que algunos de sus viejísimos maestros de la escuela elemental—, aquel abuelo de ochenta y tantos años que murió en 1914, poco después de estallar la guerra. Capturado como judío rico por la soldadesca zarista cuando invadió Galitzia, y retenido para obtener un rescate. Al huir desordenadamente las tropas rusas ante el ejército austríaco que contraatacaba, lo tiraron a una cuneta. El tiempo era ya frío; se congeló, y se salvó solo porque un campesino que pasaba oyó los gemidos del anciano y lo reconoció como Saul, superintendente de la destilería del Barón, y conocido a la redonda por su habilidad como veterinario. El campesino llevó al octogenario a su cabaña, y lo cuidó hasta que avisaron a sus parientes y vinieron a buscarlo para llevarlo otra vez a su propia casa. Pero la intemperie y la conmoción fueron demasiado para aquel cuerpo envejecido, y Saul, el superintendente Shaul Shaffer, como lo llamaban, murió poco después… en el otoño de 1914, el otoño del mismo año en que Baba y Zaida y su prole se fueron a América. Papá no se había peleado aún con su familia política. Fue a su casa, cuando Ira estaba allí, y se acurrucó en un taburete bajo. Fue la primera vez que Ira vio a nadie que observara la shivah, como se llamaba a los días de luto.

—Sí —siguió diciendo Papá, dirigiéndose al tío Louie—. Me metieron en la cárcel, en la sraimoolyeh —(¿no era una palabra cómica para cárcel?). Papá se rio—. Porque había vuelto a Austria y no me había presentado en la caja de reclutas. De manera que me metieron en la cárcel. No sabían que era ya ciudadano americano… o no quisieron saberlo. Gabe me hizo ciudadano antes de que fuese mayor de edad… para que pudiera votar a una candidatura auténticamente republicana. Me hice ciudadano en 1900. Yo nací en 1882 y no tenía partida de nacimiento. Solo tenía dieciocho años, pero Gabe me dijo: di que tienes veintiuno; Gabe fue testigo de que tenía veintiuno.

—¿Y por qué te dejaron salir de la cárcel los austríacos? —preguntó el tío Louie.

—O porque descubrieron que era ciudadano americano o porque no pasé el reconocimiento médico (no soy grande ni fuerte); el alcaide entró y dijo: «¡Fuera! ¡Fuera!». —Papá se rio, y volvió a reírse—: Había otro allí… éramos tres, cuatro en la celda… tenéis que anshuldig mir, que podía soltar un fartz siempre que quería. Le decías: «Fartz, Stanislas». ¡Y jop! Un fartz. ¡Jeh, jeh, jeh!

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XV

La guerra se acercó más. Confundido por extrañas agitaciones en su interior, extraños rumores fuera, la Gran Guerra seguiría siendo siempre un nuboso, un nebuloso complejo de recuerdos independientes del tiempo o la pertinencia. Mamie, madre de dos hijas ahora, le compraba siempre a Ira una camisa de franela por su cumpleaños, una camisa de franela gris nueva. ¿Qué tenía que ver aquello con la Gran Guerra? La pregunta le hacía sentirse como si estuviera respondiendo a una especie de catecismo: sobre su vida menesterosa en aquel triste piso de agua fría y todavía iluminado por lámparas de gas, en el que todo se daba por descontado y solo la cocina estaba caldeada, en invierno… por la parpadeante hilera de perlas azules del único y largo quemador de gas. Solo la cocina estaba caliente, mientras que las otras tres habitaciones de detrás de la puerta cerrada que daba al resto del piso eran heladoras. Y así se iba a la cama bajo un gélido terliz relleno de plumas de ganso. Al no estar acolchadas, las plumas de dentro se apelotonaban y desplazaban de un extremo a otro, y había que hacer bicicleta con las piernas durante los primeros minutos, después de meterse en la cama, para generar un remanso de calor. (Sí, venían de Europa; los edredones eran herencia de familia y estaban hechos de plumón de ganso).

—En invierno, cuando no teníamos nada que hacer —decía Papá, recordando nostálgicamente—, todo el mundo se sentaba en torno a la gran mesa en casa de mi padre, y cogíamos las plumas grandes del ganso, las plumas grandes de las alas y de la cola, y separábamos las barbas del cañón. Hasta esas las guardábamos, las plumitas del cañón. —Y el terliz tenía también dos o tres monedas dentro… Ira podía sentirlas a veces, cuando se reunían en una esquina, pero el terliz estaba cosido tan apretadamente que no se las podía sacar. (Eran talismanes, supo luego, metidos entre las plumas para traer fecundidad y buena suerte.) Y Mamie, la del buen corazón, dio a su sobrino un par de botas atadas hasta arriba, no nuevas, pero ¡qué apreciadas! Botas altas para llevar en nieve de cualquier profundidad.

—No han crecido del suelo —dijo Mamá irónicamente—. Bueno, te puedes mirar en ellas como en un espejo.

Inexplicables agitaciones e impulsos: estaba en la 6A o 6B, el último año en que fue a la Escuela Pública 103, la escuela elemental. ¿Qué lo indujo aquella tarde a remolonear al otro lado de la calle, después de terminar las clases, frente a las grandes puertas de roble de la entrada principal? Y a esperar a que saliera la señorita Driscoll, su maestra. La alta, esbelta, seria y distante señorita Driscoll, de rasgos finos y delicados. Con sentimiento de culpa, con una excitación indecible, la siguió, manzana tras manzana, hasta la calle 125, manteniéndola apenas a la vista delante de él. ¿A qué misterioso lugar se dirigía? ¿Qué misteriosos ritos se realizarían allí, a qué languideces o a qué amante secreto se abandonaría?

La señorita Driscoll se dirigió sin prisas hacia el oeste, sola y digna, por la concurrida calle 125, mientras Ira, tras sus huellas, zigzagueaba entre los peatones. Luego hacia el norte, por la mundana Amsterdam Avenue recorrida por tranvías y flanqueada por anodinas casas de ladrillo de cinco pisos sin ascensor, cuyos tejados y soportales se iban elevando siempre un poco más que el anterior. Pero Ira estaba seguro de que, al final, habría un indicio de revelación asombrosa, una rara comprensión, un descubrimiento. Hacia el norte, entrando en los números 130, y más al norte aún. La señorita Driscoll torció otra vez hacia el este, bajando, entre los muros de un enorme estadio y edificios grises y blancos, como iglesias que él había visto en ilustraciones de cuentos de hadas o como castillos formidables, grises y blancos. Y entonces… dobló una esquina en torno a uno de esos castillos de la parte baja de la cuesta y, como por arte de magia, desapareció… Pero había una puerta abierta en la esquina en que había torcido, al nivel de la acera, en donde los edificios encerraban una gran plaza, con un mástil de bandera y árboles y un altivo reloj en una torreta de piedra gris y blanca. ¿De modo que era allí adonde iba? Había otras personas alrededor, algunas mujeres, como la señorita Driscoll, pero la mayoría eran hombres jóvenes, y muchos de ellos llevaban libros o carteras. Así que era solo otra escuela. Decepcionado y contrariado, Ira volvió sobre sus pasos, en la hora que precedía al crepúsculo, dejando atrás los edificios grises y blancos que parecían iglesias o castillos…

Cuántas veces pasaría por delante de aquella misma puerta al ir a clase, pasaría tantas veces que casi olvidó que era la misma puerta. Se podía cavilar, se podía cavilar en que la inconsciencia, no, el desatino del joven era mayor aún que la simple inconsciencia del chico que había sido. ¿Pero de qué diablos servía tener conciencia de ello?

Vinieron también aquellas primeras insinuaciones —señales cuyo significado reconocería más tarde, más tarde podría decir cuándo se esforzó por seguirlas— aquellas insinuaciones de una vocación. Algo congénito se desarrollaba dentro de ti, identificable, y sin embargo en gran parte inexpresado, una necesidad que era solo tuya. El chico del chaquetón yendo hacia casa desde la biblioteca de la calle 124, a las seis de la tarde, la hora de cerrar la sala de lectura de arriba. Metidos bajo el brazo lleva los volúmenes de mitos y leyendas que tanto le gustaban. Y pasa por debajo de la colina de Mt Morris Park en el crepúsculo otoñal, con el lucero de la tarde al oeste, en el cielo límpido sobre el campanario de madera. Y era tan hermoso: un éxtasis contemplarlo. Le planteaba un problema que nunca había soñado que nadie pudiera plantearse. ¿Cómo decirlo? Antes de que el pálido crepúsculo azul dejara tus ojos tenías que decirlo, utilizar palabras que lo dijeran: azul, añil, azul, añil. Palabras que concordaran, que concordaran con aquella estrella que flotaba sobre la colina y la torre; ¿qué palabras concordaban? Estrella solitaria que flota sobre la colina. No parpadeando, no, estrellita, parpadea, parpadea… esas palabras eran de otro. Tenías que concordarlas tú mismo: podrías decir flotando en la marea azul… quizá. Como ese azulete con que Mamá lavaba las camisas blancas. No, no podías decir eso… Qué clara es. Una estrella brilla sobre la colina de Mt Morris Park. Y va cayendo la oscuridad, y va cayendo el frío… Oye, y si, en lugar de frío, dijera helada. Una estrella brilla sobre Mt Morris Park. Y va cayendo la oscuridad, y va cayendo la helada…

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Segunda parte

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I

El tiempo se acerca… Torpe, y todavía bajo el sortilegio de las pesadillas de la noche anterior, febril y desesperado, y bajo la influencia del medicamento que había tomado a primeras horas de la mañana para calmar el enorme dolor de la artritis reumática, aborrecía continuar. Pero, más que por todo aquello, porque el tiempo se acercaba.

No era solo la guerra… ¿qué era la guerra para un niño que acababa de cumplir los doce años? Una comprensión superficial, una conciencia esporádica: la recogida de huesos de melocotón —en la escuela— para máscaras antigás, un discurso patriótico, una tira de cómic, un cartel, una canción, algunas palabras de vez en cuando que se ocupaban del tema en casa o en la calle. Entró por poco tiempo en los boy scouts, una tarde de verano, sentado en el bordillo con Davey Baer, delante de la biblioteca de la calle 124, frente al extremo norte de Mt Morris Park… y pronto estuvo vendiendo por la tarde, vacilantemente, Bonos de la Libertad a las multitudes reunidas para una demostración patriótica organizada por su grupo de exploradores en la Séptima Avenida y la calle 116. Aspectos fragmentarios y heterogéneos que le dejaron pocas impresiones duraderas y profundas… hasta aquel día de abril en que América estaba ya en guerra.

—Pero eso fue un año más tarde. Tenías doce años.

Es cierto. Fue en 1918.

—Y estás hablando del año anterior, 1917.

Poco antes de que los Estados Unidos entrasen en la guerra. Sí.

—Pero el punto, o el momento crítico, fue 1919.

Sí.

—Entonces, ¿por qué no dejas que espere?

Realmente, por qué no.

—Antes o después tendrás que superar ese obstáculo.

Sí.

—Te dije desde el principio, cuando deliberadamente omitiste en tu relato ese elemento sumamente crucial, que no podrías evitar tenerlo en cuenta.

Lo hiciste, Ecclesias. Quizá no estaba preparado para ello.

—¿Y ahora lo estás?

Sí. He llegado a estarlo.

—Cuando no has tenido otro remedio. Al final se ha vuelto ineludible.

Sí. Me he encontrado cara a cara con ello, como consecuencia de haber continuado. Que es algo que, te darás cuenta, Ecclesias, conseguí eludir en la única novela que escribí: enfrentarme con ello.

—Fue hábil. Hiciste un punto culminante de la evasión, un apocalipsis de tu negativa a continuar, una proeza apocalíptica, al precio de renunciar a un futuro literario. Como fuegos artificiales, fue digno de elogio y en cualquier caso tuvo éxito. Sigue.

Papá decidió de pronto que quería ir a San Luis. Ansiaba volver a ver a sus hermanos de allí; ¿o era también algo de nostalgia de aquellos primerísimos meses de 1899 en que llegó a América? Y, entretejida, la ilusión habitual de que, de algún modo, podría empezar de nuevo con ayuda de su hermano Gabe, que, por su constante devoción al Partido Republicano (y también por su fidelidad a la masonería), había llegado a una posición de cierta importancia dentro de las filas de ese partido: gracias a los buenos oficios de Gabe, su hermano Sam había obtenido el puesto de inspector de sanidad del departamento de limpieza viaria de San Luis. De igual modo, Gabe había conseguido para su sobrino, llamado también Gabe, un puesto en la oficina de intervención de cuentas. El tío Gabe, hermano de Papá, se había convertido en una potencia en el Partido Republicano, no solo por su antigua y constante devoción hacia él, sino, más aún, porque había decidido vivir en una vecindad en gran parte «de color», y servía a los intereses de su distrito con mucha comprensión y una dedicación tan excepcional que podía contarse con él para, en su día, «conseguir el voto de color». «Quizá, quizá —dijo Papá— tenga suerte esta vez». Para Papá, el éxito o el fracaso eran casi siempre una cuestión de suerte —mazel—, casi nunca una cuestión de acertar o no acertar. «Quizá, quizá tenga suerte. Gabe podría ayudarme. Tiene mucha mano. ¿Sabes lo que quiere decir “tener mano”?», le preguntó a Mamá, y le tradujo la palabra al yidis. «Quiere decir que el alcalde y los concejales y otros g’vir de los políticos lo escuchan. Quizá sepa dónde se puede abrir una buena cafetería en el Ayuntamiento. Con un poco de mano y unos cientos de dólares como ayuda, también yo podría convertirme en un makher».

—La última vez te peleaste con él —le recordó Mamá.

—La última vez era la última vez. ¿Qué tiene que ver con esto?

Mamá hizo una mueca.

—Y, si no sale nada, al menos podré ver a mis hermanos. «Tú» tienes a toda una tribu aquí, en Nueva York. ¿A quién puedo recurrir yo? A nadie.

—Cuando estuviste allí, en San Luis, no te sirvió de mucho.

—Vamos, hablas como una tonta. ¿Cómo puedes comparar al muchacho de dieciocho años que era entonces con el hombre que soy ahora? Tengo un oficio. Soy camarero. Conozco el negocio de la restauración. Me apuesto a que una cafetería, si la abriera con el consejo de Gabe, sería un éxito. Solo hace falta que él interceda por mí entre los políticos. Mira lo que hizo por mi hermano Sam, por mi sobrino Gabe S. Y por el joven Sam, he oído decir que le está ayudando a abrir una tabaquería en una avenida concurrida.

—Que así sea —asintió Mamá—. Siempre que me dejes mi asignación para llevar la casa…

—Te la dejaré, te la dejaré. ¿Qué crees, que me voy a ir sin dejarte tus ocho dólares semanales? El alquiler está pagado, la cuenta del gas también. —Papá inició un canturreo de davening—. Te dejaré dos semanas de asignación. Y luego veremos.

—Nu. —Mamá enarcó unas cejas resignadas, añadiendo torcidamente—: Estaré sin marido… abandonada, como la señora Greenspan del otro lado de la calle. Y, cuando lo sepa la familia, ¿qué dirán? —Movió la cabeza.

—Déjalos que cotilleen —dijo Papá—. Para lo que me han servido… Deja que tenga un poco de suerte, y yo les enseñaré.

Para Ira fue un alivio saber que su padre se iba a ir —para muchos días—, un alivio y, sin embargo, también algo un poco inquietante. El respiro de la ausencia de Papá, la alegría por la nueva libertad de que él disfrutaría entretanto, quedaban ocultos por la ansiedad de Mamá a causa de la ausencia del sostén de la familia.

En una semana, Papá había hecho las maletas para irse, con los cierres de su bolsa de segunda mano, en el suelo de la cocina, reforzados con cuerda de tender la ropa. Tenso, con el rostro contraído y un nerviosismo evidente en todos sus movimientos, diminutos capilares rojos y azules formaban una red en la punta de su nariz, bien visibles a pesar de su pequeñez, como los hilos de un billete de banco.

—Nu, Leah —dijo, brusco por los nervios—, vamos a decirnos adiós y darnos un abrazo.

—Sí, vamos a despedirnos —dijo Mamá.

Se abrazaron, el hombre delgado y menudo, con gafas, y la mujer fuerte y metida en carnes, de labios carnosos, casi imperturbable. Como dos extraños, embarazados por la formalidad, se separaron:

—Que te cuides —dijo Mamá.

—No quiero saber nada malo de ti —dijo Papá a Ira.

Se agachó, besó a Ira con labios extrañamente blandos y tiernos, y cogió su bolsa.

—¿Escribirás? —dijo Mamá.

—¿Cómo no? Claro. —Su rostro se oscureció de aprensión; abrió la puerta—. Adiós. —Cerró detrás de él.

—Ojalá le vaya bien —dijo Mamá, pero sin convicción… suspiró—. Ay, cómo huye. Huye. Que Dios lo ayude. Es un hombre extraño. ¿Qué puedo hacer yo? —Y, después de una pausa preocupada—: Voy a ir un rato a casa de Baba. Y haré la compra al volver a casa. ¿Quieres venir conmigo

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