Trilogía La casa de los espíritus (estuche con: La casa de los espíritus | Hija de la fortuna | Retrato en sepia)

Isabel Allende

Fragmento

CAPÍTULO PRIMERO

ROSA, LA BELLA

Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada caligrafía. Ya entonces tenía el hábito de escribir las cosas importantes y más tarde, cuando se quedó muda, escribía también las trivialidades, sin sospechar que cincuenta años después, sus cuadernos me servirían para rescatar la memoria del pasado y para sobrevivir a mi propio espanto. El día que llegó Barrabás era Jueves Santo. Venía en una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada extraviada de preso miserable e indefenso, pero ya se adivinaba —por el porte real de su cabeza y el tamaño de su esqueleto— el gigante legendario que llegó a ser. Aquél era un día aburrido y otoñal, que en nada presagiaba los acontecimientos que la niña escribió para que fueran recordados y que ocurrieron durante la misa de doce, en la parroquia de San Sebastián, a la cual asistió con toda su familia. En señal de duelo, los santos estaban tapados con trapos morados, que las beatas desempolvaban anualmente del ropero de la sacristía, y bajo las sábanas de luto, la corte celestial parecía un amasijo de muebles esperando la mudanza, sin que las velas, el incienso o los gemidos del órgano, pudieran contrarrestar ese lamentable efecto. Se erguían amenazantes bultos oscuros en el lugar de los santos de cuerpo entero, con sus rostros idénticos de expresión constipada, sus elaboradas pelucas de cabello de muerto, sus rubíes, sus perlas, sus esmeraldas de vidrio pintado y sus vestuarios de nobles florentinos. El único favorecido con el luto era el patrono de la iglesia, san Sebastián, porque en Semana Santa le ahorraba a los fieles el espectáculo de su cuerpo torcido en una postura indecente, atravesado por media docena de flechas, chorreando sangre y lágrimas, como un homosexual sufriente, cuyas llagas, milagrosamente frescas gracias al pincel del padre Restrepo, hacían estremecer de asco a Clara.

Era ésa una larga semana de penitencia y de ayuno, no se jugaba baraja, no se tocaba música que incitara a la lujuria o al olvido, y se observaba, dentro de lo posible, la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos días, el aguijonazo del demonio tentaba con mayor insistencia la débil carne católica. El ayuno consistía en suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes quesos traídos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del Señor, cuidándose de no probar ni el más pequeño trozo de carne o de pescado, bajo pena de excomunión, como insistía el padre Restrepo. Nadie se habría atrevido a desobedecerle. El sacerdote estaba provisto de un largo dedo incriminador para apuntar a los pecadores en público y una lengua entrenada para alborotar los sentimientos.

—¡Tú, ladrón que has robado el dinero del culto! —gritaba desde el púlpito señalando a un caballero que fingía afanarse en una pelusa de su solapa para no darle la cara—. ¡Tú, desvergonzada que te prostituyes en los muelles! —y acusaba a doña Ester Trueba, inválida debido a la artritis y beata de la Virgen del Carmen, que abría los ojos sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los muelles—. ¡Arrepentíos, pecadores, inmunda carroña, indignos del sacrificio de Nuestro Señor! ¡Ayunad! ¡Haced penitencia!

Llevado por el entusiasmo de su celo vocacional, el sacerdote debía contenerse para no entrar en abierta desobediencia con las instrucciones de sus superiores eclesiásticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponían al cilicio y a la flagelación. Él era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina de la carne. Era famoso por su oratoria desenfrenada. Lo seguían sus fieles de parroquia en parroquia, sudaban oyéndolo describir los tormentos de los pecadores en el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas máquinas de tortura, los fuegos eternos, los garfios que traspasaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que se introducían por los orificios femeninos y otros múltiples suplicios que incorporaba en cada sermón para sembrar el terror de Dios. El mismo Satanás era descrito hasta en sus más íntimas anomalías con el acento de Galicia del sacerdote, cuya misión en este mundo era sacudir las conciencias de los indolentes criollos.

Severo del Valle era ateo y masón, pero tenía ambiciones políticas y no podía darse el lujo de faltar a la misa más concurrida cada domingo y fiesta de guardar, para que todos pudieran verlo. Su esposa Nívea prefería entenderse con Dios sin intermediarios, tenía profunda desconfianza de las sotanas y se aburría con las descripciones del cielo, el purgatorio y el infierno, pero acompañaba a su marido en sus ambiciones parlamentarias, en la esperanza de que si él ocupaba un puesto en el Congreso, ella podría obtener el voto femenino, por el cual luchaba desde hacía diez años, sin que sus numerosos embarazos lograran desanimarla. Ese Jueves Santo el padre Restrepo había llevado a los oyentes al límite de su resistencia con sus visiones apocalípticas y Nívea empezó a sentir mareos. Se preguntó si no estaría nuevamente encinta. A pesar de los lavados con vinagre y las esponjas con hiel, había dado a luz quince hijos, de los cuales todavía quedaban once vivos, y tenía razones para suponer que ya estaba acomodándose en la madurez, pues su hija Clara, la menor, tenía diez años. Parecía que por fin había cedido el ímpetu de su asombrosa fertilidad. Procuró atribuir su malestar al momento del sermón del padre Restrepo cuando la apuntó para referirse a los fariseos que pretendían legalizar a los bastardos y al matrimonio civil, desarticulando a la familia, la patria, la propiedad y la Iglesia, dando a las mujeres la misma posición que a los hombres, en abierto desafío a la ley de Dios, que en ese aspecto era muy precisa. Nívea y Severo ocupaban, con sus hijos, toda la tercera hilera de bancos. Clara estaba sentada al lado de su madre y ésta le apretaba la mano con impaciencia cuando el discurso del sacerdote se extendía demasiado en los pecados de la carne, porque sabía que eso inducía a la pequeña a visualizar aberraciones que iban más allá de la realidad, como era evidente por las preguntas que hacía y que nadie sabía contestar. Clara era muy precoz y tenía la desbordante imaginación que heredaron todas las mujeres de su familia por vía materna. La temperatura de la iglesia había aumentado y el olor penetrante de los cirios, el incienso y la multitud apiñada, contribuían a la fatiga de Nívea. Deseaba que la ceremonia terminara de una vez, para regresar a su fresca casa, a sentarse en el corredor de los helechos y saborear la jarra de horchata que la Nana preparaba los días de fiesta. Miró a sus hijos, los menores estaban cansados, rígidos en su ropa de domingo, y los mayores comenzaban a distraerse. Posó la vista en Rosa, la mayor de sus hijas vivas, y, como siempre, se sorprendió. Su extraña belleza tenía una cualidad perturbadora de la cual ni ella escapaba, parecía fabricada de un material diferente al de la raza humana. Nívea supo que no era de este mundo aun antes que naciera, porque la vio en sueños, por eso no le sorprendió que la comadrona diera un grito al verla. Al nacer, Rosa era blanca, lisa, sin arrugas, como una muñeca de loza, con el cabello verde y los ojos amarillos, la criatura más hermosa que había nacido en la tierra desde los tiempos del pecado original, como dijo la comadrona santiguándose. Desde el primer baño, la Nana le lavó el pelo con infusión de manzanilla, lo cual tuvo la virtud de mitigar el color, dándole una tonalidad de bronce viejo, y la ponía desnuda al sol, para fortalecer su piel, que era translúcida en las zonas más delicadas del vientre y de las axilas, donde se adivinaban las venas y la textura secreta de los músculos. Aquellos trucos de gitana, sin embargo, no fueron suficiente y muy pronto se corrió la voz de que les había nacido un ángel. Nívea esperó que las ingratas etapas del crecimiento otorgarían a su hija algunas imperfecciones, pero nada de eso ocurrió, por el contrario, a los dieciocho años Rosa no había engordado y no le habían salido granos, sino que se había acentuado su gracia marítima. El tono de su piel, con suaves reflejos azulados, y el de su cabello, la lentitud de sus movimientos y su carácter silencioso, evocaban a un habitante del agua. Tenía algo de pez y si hubiera tenido una cola escamada habría sido claramente una sirena, pero sus dos piernas la colocaban en un límite impreciso entre la criatura humana y el ser mitológico. A pesar de todo, la joven había hecho una vida casi normal, tenía un novio y algún día se casaría, con lo cual la responsabilidad de su hermosura pasaría a otras manos. Rosa inclinó la cabeza y un rayo se filtró por los vitrales góticos de la iglesia, dando un halo de luz a su perfil. Algunas personas se dieron vuelta para mirarla y cuchichearon, como a menudo ocurría a su paso, pero Rosa no parecía darse cuenta de nada, era inmune a la vanidad y ese día estaba más ausente que de costumbre, imaginando nuevas bestias para bordar en su mantel, mitad pájaro y mitad mamífero, cubiertas con plumas iridiscentes y provistas de cuernos y pezuñas, tan gordas y con alas tan breves, que desafiaban las leyes de la biología y de la aerodinámica. Rara vez pensaba en su novio, Esteban Trueba, no por falta de amor, sino a causa de su temperamento olvidadizo y porque dos años de separación son mucha ausencia. Él estaba trabajando en las minas del Norte. Le escribía metódicamente y a veces Rosa le contestaba enviando versos copiados y dibujos de flores en papel de pergamino con tinta china. A través de esa correspondencia, que Nívea violaba en forma regular, se enteró de los sobresaltos del oficio de minero, siempre amenazado por derrumbes, persiguiendo vetas escurridizas, pidiendo créditos a cuenta de la buena suerte, confiando en que aparecería un maravilloso filón de oro que le permitiría hacer una rápida fortuna y regresar para llevar a Rosa del brazo al altar, convirtiéndose así en el hombre más feliz del universo, como decía siempre al final de las cartas. Rosa, sin embargo, no tenía prisa por casarse y casi había olvidado el único beso que intercambiaron al despedirse y tampoco podía recordar el color de los ojos de ese novio tenaz. Por influencia de las novelas románticas, que constituían su única lectura, le gustaba imaginarlo con botas de suela, la piel quemada por los vientos del desierto, escarbando la tierra en busca de tesoros de piratas, doblones españoles y joyas de los incas, y era inútil que Nívea tratara de convencerla de que las riquezas de las minas estaban metidas en las piedras, porque a Rosa le parecía imposible que Esteban Trueba recogiera toneladas de peñascos con la esperanza de que, al someterlos a inicuos procesos crematorios, escupieran un gramo de oro. Entretanto, lo aguardaba sin aburrirse, imperturbable en la gigantesca tarea que se había impuesto: bordar el mantel más grande del mundo. Comenzó con perros, gatos y mariposas, pero pronto la fantasía se apoderó de su labor y fue apareciendo un paraíso de bestias imposibles que nacían de su aguja ante los ojos preocupados de su padre. Severo consideraba que era tiempo de que su hija se sacudiera la modorra y pusiera los pies en la realidad, que aprendiera algunos oficios domésticos y se preparara para el matrimonio, pero Nívea no compartía esa inquietud. Ella prefería no atormentar a su hija con exigencias terrenales, pues presentía que Rosa era un ser celestial, que no estaba hecho para durar mucho tiempo en el tráfico grosero de este mundo, por eso la dejaba en paz con sus hilos de bordar y no objetaba aquel zoológico de pesadilla.

Una barba del corsé de Nívea se quebró y la punta se le clavó entre las costillas. Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada, que cuando se soltaba la faja pasaba media hora con retorcijones de barriga hasta que las tripas se le acomodaban en su posición normal. Lo habían discutido a menudo con sus amigas sufragistas y habían llegado a la conclusión que mientras las mujeres no se cortaran las faldas y el pelo y no se quitaran los refajos, daba igual que pudieran estudiar medicina o tuvieran derecho a voto, porque de ningún modo tendrían ánimo para hacerlo, pero ella misma no tenía valor para ser de las primeras en abandonar la moda. Notó que la voz de Galicia había dejado de martillarle el cerebro. Se encontraba en una de esas largas pausas del sermón que el cura, conocedor del efecto de un silencio incómodo, empleaba con frecuencia. Sus ojos ardientes aprovechaban esos momentos para recorrer a los feligreses uno por uno. Nívea soltó la mano de su hija Clara y buscó un pañuelo en su manga para secarse una gota que le resbalaba por el cuello. El silencio se hizo denso, el tiempo pareció detenido en la iglesia, pero nadie se atrevió a toser o a acomodar la postura, para no atraer la atención del padre Restrepo. Sus últimas frases todavía vibraban entre las columnas.

Y en ese momento, como recordara años más tarde Nívea, en medio de la ansiedad y el silencio, se escuchó con toda nitidez la voz de su pequeña Clara.

—¡Pst! ¡Padre Restrepo! Si el cuento del infierno fuera pura mentira, nos chingamos todos...

El dedo índice del jesuita, que ya estaba en el aire para señalar nuevos suplicios, quedó suspendido como un pararrayos sobre su cabeza. La gente dejó de respirar y los que estaban cabeceando se reanimaron. Los esposos Del Valle fueron los primeros en reaccionar al sentir que los invadía el pánico y al ver que sus hijos comenzaban a agitarse nerviosos. Severo comprendió que debía actuar antes que estallara la risa colectiva o se desencadenara algún cataclismo celestial. Tomó a su mujer del brazo y a Clara por el cuello y salió arrastrándolas a grandes zancadas, seguido por sus otros hijos, que se precipitaron en tropel hacia la puerta. Alcanzaron a salir antes que el sacerdote pudiera invocar un rayo que los convirtiera en estatuas de sal, pero desde el umbral escucharon su terrible voz de arcángel ofendido.

—¡Endemoniada! ¡Soberbia endemoniada!

Esas palabras del padre Restrepo permanecieron en la memoria de la familia con la gravedad de un diagnóstico y, en los años sucesivos, tuvieron ocasión de recordarlas a menudo. La única que no volvió a pensar en ellas fue la misma Clara, que se limitó a anotarlas en su diario y luego las olvidó. Sus padres, en cambio, no pudieron ignorarlas, a pesar de que estaban de acuerdo en que la posesión demoníaca y la soberbia eran dos pecados demasiado grandes para una niña tan pequeña. Temían a la maledicencia de la gente y al fanatismo del padre Restrepo. Hasta ese día, no habían puesto nombre a las excentricidades de su hija menor ni las habían relacionado con influencias satánicas. Las tomaban como una característica de la niña, como la cojera lo era de Luis o la belleza de Rosa. Los poderes mentales de Clara no molestaban a nadie y no producían mayor desorden; se manifestaban casi siempre en asuntos de poca importancia y en la estricta intimidad del hogar. Algunas veces, a la hora de la comida, cuando estaban todos reunidos en el gran comedor de la casa, sentados en estricto orden de dignidad y gobierno, el salero comenzaba a vibrar y de pronto se desplazaba por la mesa entre las copas y platos, sin que mediara ninguna fuente de energía conocida ni truco de ilusionista. Nívea daba un tirón a las trenzas de Clara y con ese sistema conseguía que su hija abandonara su distracción lunática y devolviera la normalidad al salero, que al punto recuperaba su inmovilidad. Los hermanos se habían organizado para que, en el caso de que hubiera visitas, el que estaba más cerca detenía de un manotazo lo que se estaba moviendo sobre la mesa, antes que los extraños se dieran cuenta y sufrieran un sobresalto. La familia continuaba comiendo sin comentarios. También se habían habituado a los presagios de la hermana menor. Ella anunciaba los temblores con alguna anticipación, lo que resultaba muy conveniente en ese país de catástrofes, porque daba tiempo de poner a salvo la vajilla y dejar al alcance de la mano las pantuflas para salir arrancando en la noche. A los seis años Clara predijo que el caballo iba a voltear a Luis, pero éste se negó a escucharla y desde entonces tenía una cadera desviada. Con el tiempo se le acortó la pierna izquierda y tuvo que usar un zapato especial con una gran plataforma que él mismo se fabricaba. En esa ocasión Nívea se inquietó, pero la Nana le devolvió la tranquilidad diciendo que hay muchos niños que vuelan como las moscas, que adivinan los sueños y hablan con las ánimas, pero a todos se les pasa cuando pierden la inocencia.

—Ninguno llega a grande en ese estado —explicó—. Espere que a la niña le venga la demostración y va a ver que se le quita la maña de andar moviendo los muebles y anunciando desgracias.

Clara era la preferida de la Nana. La había ayudado a nacer y ella era la única que comprendía realmente la naturaleza estrafalaria de la niña. Cuando Clara salió del vientre de su madre, la Nana la acunó, la lavó y desde ese instante amó desesperadamente a esa criatura frágil, con los pulmones llenos de flema, siempre al borde de perder el aliento y ponerse morada, que había tenido que revivir muchas veces con el calor de sus grandes pechos cuando le faltaba el aire, pues ella sabía que ése era el único remedio para el asma, mucho más efectivo que los jarabes aguardentosos del doctor Cuevas.

Ese Jueves Santo, Severo se paseaba por la sala preocupado por el escándalo que su hija había desatado en la misa. Argumentaba que sólo un fanático como el padre Restrepo podía creer en endemoniados en pleno siglo veinte, el siglo de las luces, de la ciencia y la técnica, en el cual el demonio había quedado definitivamente desprestigiado. Nívea lo interrumpió para decir que no era ése el punto. Lo grave era que si las proezas de su hija trascendían las paredes de la casa y el cura empezaba a indagar, todo el mundo iba a enterarse.

—Va a empezar a llegar la gente para mirarla como si fuera un fenómeno —dijo Nívea.

—Y el Partido Liberal se irá al carajo —agregó Severo, que veía el daño que podía hacer a su carrera política tener una hechizada en la familia.

En eso estaban cuando llegó la Nana arrastrando sus alpargatas, con su frufrú de enaguas almidonadas, a anunciar que en el patio había unos hombres descargando a un muerto. Así era. Entraron en un carro con cuatro caballos, ocupando todo el primer patio, aplastando las camelias y ensuciando con bosta el reluciente empedrado, en un torbellino de polvo, un piafar de caballos y un maldecir de hombres supersticiosos que hacían gestos contra el mal de ojo. Traían el cadáver del tío Marcos con todo su equipaje. Dirigía aquel tumulto un hombrecillo melifluo, vestido de negro, con levita y un sombrero demasiado grande, que inició un discurso solemne para explicar las circunstancias del caso, pero fue brutalmente interrumpido por Nívea, que se lanzó sobre el polvoriento ataúd que contenía los restos de su hermano más querido. Nívea gritaba que abrieran la tapa, para verlo con sus propios ojos. Ya le había tocado enterrarlo en una ocasión anterior, y, por lo mismo, le cabía la duda de que tampoco esa vez fuera definitiva su muerte. Sus gritos atrajeron a la multitud de sirvientes de la casa y a todos los hijos, que acudieron corriendo al oír el nombre de su tío resonando con lamentos de duelo.

Hacía un par de años que Clara no veía a su tío Marcos, pero lo recordaba muy bien. Era la única imagen perfectamente nítida de su infancia y para evocarla no necesitaba consultar el daguerrotipo del salón, donde aparecía vestido de explorador, apoyado en una escopeta de dos cañones de modelo antiguo, con el pie derecho sobre el cuello de un tigre de Malasia, en la misma triunfante actitud que ella había observado en la Virgen del altar mayor, pisando el demonio vencido entre nubes de yeso y ángeles pálidos. A Clara le bastaba cerrar los ojos para ver a su tío en carne y hueso, curtido por las inclemencias de todos los climas del planeta, flaco, con unos bigotes de filibustero, entre los cuales asomaba su extraña sonrisa de dientes de tiburón. Parecía imposible que estuviera dentro de ese cajón negro en el centro del patio.

En cada visita que hizo Marcos al hogar de su hermana Nívea, se quedó por varios meses, provocando el regocijo de los sobrinos, especialmente de Clara, y una tormenta en la que el orden doméstico perdía su horizonte. La casa se atochaba de baúles, animales embalsamados, lanzas de indios, bultos de marinero. Por todos lados la gente andaba tropezando con sus bártulos inauditos, aparecían bichos nunca vistos, que habían hecho el viaje desde tierras remotas, para terminar aplastados bajo la escoba implacable de la Nana en cualquier rincón de la casa. Los modales del tío Marcos eran los de un caníbal, como decía Severo. Se pasaba la noche haciendo movimientos incomprensibles en la sala, que, más tarde se supo, eran ejercicios destinados a perfeccionar el control de la mente sobre el cuerpo y a mejorar la digestión. Hacía experimentos de alquimia en la cocina, llenando toda la casa con humaredas fétidas y arruinaba las ollas con sustancias sólidas que no se podían desprender del fondo. Mientras los demás intentaban dormir, arrastraba sus maletas por los corredores, ensayaba sonidos agudos con instrumentos salvajes y enseñaba a hablar en español a un loro cuya lengua materna era de origen amazónico. En el día dormía en una hamaca que había tendido entre dos columnas del corredor, sin más abrigo que un taparrabos que ponía de pésimo humor a Severo, pero que Nívea disculpaba porque Marcos la había convencido de que así predicaba el Nazareno. Clara recordaba perfectamente, a pesar de que entonces era muy pequeña, la primera vez que su tío Marcos llegó a la casa de regreso de uno de sus viajes. Se instaló como si fuera a quedarse para siempre. Al poco tiempo, aburrido de presentarse en tertulias de señoritas donde la dueña de la casa tocaba el piano, jugar al naipe y eludir los apremios de todos sus parientes para que sentara cabeza y entrara a trabajar de ayudante en el bufete de abogados de Severo del Valle, se compró un organillo y salió a recorrer las calles, con la intención de seducir a su prima Antonieta y, de paso, alegrar al público con su música de manivela. La máquina no era más que un cajón roñoso provisto de ruedas, pero él la pintó con motivos marineros y le puso una falsa chimenea de barco. Quedó con aspecto de cocina a carbón. El organillo tocaba una marcha militar y un vals alternadamente y entre vuelta y vuelta de la manivela, el loro, que había aprendido el español, aunque todavía guardaba su acento extranjero, atraía a la concurrencia con gritos agudos. También sacaba con el pico unos papelitos de una caja para vender la suerte a los curiosos. Los papeles rosados, verdes y azules, eran tan ingeniosos, que siempre apuntaban a los más secretos deseos del cliente. Además de los papeles de la suerte, vendía pelotitas de aserrín para divertir a los niños y polvos contra la impotencia, que comerciaba a media voz con los transeúntes afectados por ese mal. La idea del organillo nació como un último y desesperado recurso para atraer a la prima Antonieta, después que le fallaron otras formas más convencionales de cortejarla. Pensó que ninguna mujer en su sano juicio podía permanecer impasible ante una serenata de organillo. Eso fue lo que hizo. Se colocó debajo de su ventana un atardecer, a tocar su marcha militar y su vals, en el momento en que ella tomaba el té con un grupo de amigas. Antonieta no se dio por aludida hasta que el loro comenzó a llamarla por su nombre de pila y entonces se asomó a la ventana. Su reacción no fue la que esperaba su enamorado. Sus amigas se encargaron de repartir la noticia por todos los salones de la ciudad y, al día siguiente, la gente empezó a pasear por las calles céntricas en la esperanza de ver con sus propios ojos al cuñado de Severo del Valle tocando el organillo y vendiendo pelotitas de aserrín con un loro apolillado, simplemente por el placer de comprobar que también en las mejores familias había buenas razones para avergonzarse. Ante el bochorno familiar, Marcos tuvo que desistir del organillo y elegir métodos menos conspicuos para atraer a la prima Antonieta, pero no renunció a asediarla. De todos modos, al final no tuvo éxito, porque la joven se casó de la noche a la mañana con un diplomático veinte años mayor, que se la llevó a vivir a un país tropical cuyo nombre nadie pudo recordar, pero que sugería negritud, bananas y palmeras, donde ella consiguió sobreponerse al recuerdo de aquel pretendiente que arruinó sus diecisiete años con su marcha militar y su vals. Marcos se hundió en la depresión durante dos o tres días, al cabo de los cuales anunció que jamás se casaría y que se iba a dar la vuelta al mundo. Vendió el organillo a un ciego y dejó el loro como herencia a Clara, pero la Nana lo envenenó secretamente con una sobredosis de aceite de hígado de bacalao, porque no podía soportar su mirada lujuriosa, sus pulgas y sus gritos destemplados ofreciendo papelitos para la suerte, pelotas de aserrín y polvos para la impotencia.

Ése fue el viaje más largo de Marcos. Regresó con un cargamento de enormes cajas que se almacenaron en el último patio, entre el gallinero y la bodega de la leña, hasta que terminó el invierno. Al despuntar la primavera, las hizo trasladar al Parque de los Desfiles, un descampado enorme donde se juntaba el pueblo a ver marchar a los militares durante las Fiestas Patrias, con el paso de ganso que habían copiado de los prusianos. Al abrir las cajas, se vio que contenían piezas sueltas de madera, metal y tela pintada. Marcos pasó dos semanas armando las partes de acuerdo a las instrucciones de un manual en inglés, que descifró con su invencible imaginación y un pequeño diccionario. Cuando el trabajo estuvo listo, resultó ser un pájaro de dimensiones prehistóricas, con un rostro de águila furiosa pintado en su parte delantera, alas movibles y una hélice en el lomo. Causó conmoción. Las familias de la oligarquía olvidaron el organillo y Marcos se convirtió en la novedad de la temporada. La gente hacía paseos los domingos para ir a ver al pájaro y los vendedores de chucherías y fotógrafos ambulantes hicieron su agosto. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a agotarse el interés del público. Entonces Marcos anunció que apenas se despejara el tiempo pensaba elevarse en el pájaro y cruzar la cordillera. La noticia se regó en pocas horas y se convirtió en el acontecimiento más comentado del año. La máquina yacía con la panza asentada en tierra firme, pesada y torpe, con más aspecto de pato herido, que de uno de esos modernos aeroplanos que empezaban a fabricarse en Norteamérica. Nada en su apariencia permitía suponer que podría moverse y mucho menos encumbrarse y atravesar las montañas nevadas. Los periodistas y curiosos acudieron en tropel. Marcos sonreía inmutable ante la avalancha de preguntas y posaba para los fotógrafos sin ofrecer ninguna explicación técnica o científica respecto a la forma en que pensaba realizar su empresa. Hubo gente que viajó de provincia para ver el espectáculo. Cuarenta años después, su sobrino nieto Nicolás, a quien Marcos no llegó a conocer, desenterró la iniciativa de volar que siempre estuvo presente en los hombres de su estirpe. Nicolás tuvo la idea de hacerlo con fines comerciales, en una salchicha gigantesca rellena con aire caliente, que llevaría impreso un aviso publicitario de bebidas gaseosas. Pero, en los tiempos en que Marcos anunció su viaje en aeroplano, nadie creía que ese invento pudiera servir para algo útil. Él lo hacía por espíritu aventurero. El día señalado para el vuelo amaneció nublado, pero había tanta expectación, que Marcos no quiso aplazar la fecha. Se presentó puntualmente en el sitio y no dio ni una mirada al cielo que se cubría de grises nubarrones. La muchedumbre atónita, llenó todas las calles adyacentes, se encaramó en los techos y los balcones de las casas próximas y se apretujó en el parque. Ninguna concentración política pudo reunir a tanta gente hasta medio siglo después, cuando el primer candidato marxista aspiraba, por medios totalmente democráticos, a ocupar el sillón de los Presidentes. Clara recordaría toda su vida ese día de fiesta. La gente se vistió de primavera, adelantándose un poco a la inauguración oficial de la temporada, los hombres con trajes de lino blanco y las damas con los sombreros de pajilla italiana que hicieron furor ese año. Desfilaron grupos de escolares con sus maestros, llevando flores para el héroe. Marcos recibía las flores y bromeaba diciendo que esperaran que se estrellara para llevarle flores al entierro. El obispo en persona, sin que nadie se lo pidiera, apareció con dos turiferarios a bendecir el pájaro y el orfeón de la gendarmería tocó música alegre y sin pretensiones, para el gusto popular. La policía, a caballo y con lanzas, tuvo dificultad en mantener a la multitud alejada del centro del parque, donde estaba Marcos, vestido con una braga de mecánico, con grandes anteojos de automovilista y su cucalón de explorador. Para el vuelo llevaba, además, su brújula, un catalejo y unos extraños mapas de navegación aérea que él mismo había trazado basándose en las teorías de Leonardo da Vinci y en los conocimientos astrales de los incas. Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó sin contratiempos y hasta con cierta elegancia, entre los crujidos de su esqueleto y los estertores de su motor. Subió aleteando y se perdió entre las nubes, despedido por una fanfarria de aplausos, silbatos, pañuelos, banderas, redobles musicales del orfeón y aspersiones de agua bendita. En tierra quedó el comentario de la maravillada concurrencia y de los hombres más instruidos, que intentaron dar una explicación razonable al milagro. Clara siguió mirando el cielo hasta mucho después que su tío se hizo invisible. Creyó divisarlo diez minutos más tarde, pero sólo era un gorrión pasajero. Después de tres días, la euforia provocada por el primer vuelo de aeroplano en el país, se desvaneció y nadie volvió a acordarse del episodio, excepto Clara, que oteaba incansablemente las alturas.

A la semana sin tener noticias del tío volador, se supuso que había subido hasta perderse en el espacio sideral y los más ignorantes especularon con la idea de que llegaría a la luna. Severo determinó, con una mezcla de tristeza y de alivio, que su cuñado se había caído con su máquina en algún resquicio de la cordillera, donde nunca sería encontrado. Nívea lloró desconsoladamente y prendió unas velas a san Antonio, patrono de las cosas perdidas. Severo se opuso a la idea de mandar a decir algunas misas, porque no creía en ese recurso para ganar el cielo y mucho menos para volver a la tierra, y sostenía que las misas y las mandas, así como las indulgencias y el tráfico de estampitas y escapularios, eran un negocio deshonesto. En vista de eso, Nívea y la Nana pusieron a todos los niños a rezar a escondidas el rosario durante nueve días. Mientras tanto, grupos de exploradores y andinistas voluntarios lo buscaron incansablemente por picos y quebradas de la cordillera, recorriendo uno por uno todos los vericuetos accesibles, hasta que por último regresaron triunfantes y entregaron a la familia los restos mortales en un negro y modesto féretro sellado. Enterraron al intrépido viajero en un funeral grandioso. Su muerte lo convirtió en un héroe y su nombre estuvo varios días en los titulares de todos los periódicos. La misma muchedumbre que se juntó para despedirlo el día que se elevó en el pájaro, desfiló frente a su ataúd. Toda la familia lo lloró como se merecía, menos Clara, que siguió escrutando el cielo con paciencia de astrónomo. Una semana después del sepelio, apareció en el umbral de la puerta de la casa de Nívea y Severo del Valle, el propio tío Marcos, de cuerpo presente, con una alegre sonrisa entre sus bigotes de pirata. Gracias a los rosarios clandestinos de las mujeres y los niños, como él mismo lo admitió, estaba vivo y en posesión de todas sus facultades, incluso la del buen humor. A pesar del noble origen de sus mapas aéreos, el vuelo había sido un fracaso, perdió el aeroplano y tuvo que regresar a pie, pero no traía ningún hueso roto y mantenía intacto su espíritu aventurero. Esto consolidó para siempre la devoción de la familia por san Antonio y no sirvió de escarmiento a las generaciones futuras que también intentaron volar con diferentes medios. Legalmente, sin embargo, Marcos era un cadáver. Severo del Valle tuvo que poner todo su conocimiento de las leyes al servicio de devolver la vida y la condición de ciudadano a su cuñado. Al abrir el ataúd, delante de las autoridades correspondientes, se vio que habían enterrado una bolsa de arena. Este hecho manchó el prestigio hasta entonces impoluto, de los exploradores y los andinistas voluntarios: desde ese día fueron considerados poco menos que malhechores.

La heroica resurrección de Marcos acabó por hacer olvidar a todo el mundo el asunto del organillo. Volvieron a invitarlo a todos los salones de la ciudad y, al menos por un tiempo, su nombre se revindicó. Marcos vivió en la casa de su hermana por unos meses. Una noche se fue sin despedirse de nadie, dejando sus baúles, sus libros, sus armas, sus botas y todos sus bártulos. Severo, y hasta la misma Nívea, respiraron aliviados. Su última visita había durado demasiado. Pero Clara se sintió tan afectada, que pasó una semana caminando sonámbula y chupándose el dedo. La niña, que entonces tenía siete años, había aprendido a leer los libros de cuentos de su tío y estaba más cerca de él que ningún otro miembro de la familia, debido a sus habilidades adivinatorias. Marcos sostenía que la rara virtud de su sobrina podía ser una fuente de ingresos y una buena oportunidad para desarrollar su propia clarividencia. Tenía la teoría de que esta condición estaba presente en todos los seres humanos, especialmente en los de su familia, y que si no funcionaba con eficiencia era sólo por falta de entrenamiento. Compró en el Mercado Persa una bola de vidrio que, según él, tenía propiedades mágicas y venía de Oriente, pero más tarde se supo que era sólo un flotador de bote pesquero, la puso sobre un paño de terciopelo negro y anunció que podía ver la suerte, curar el mal de ojo, leer el pasado y mejorar la calidad de los sueños, todo por cinco centavos. Sus primeros clientes fueron las sirvientas del vecindario. Una de ellas había sido acusada de ladrona, porque su patrona había extraviado una sortija. La bola de vidrio indicó el lugar donde se encontraba la joya: había rodado debajo de un ropero. Al día siguiente había una cola en la puerta de la casa. Llegaron los cocheros, los comerciantes, los repartidores de leche y agua y más tarde aparecieron discretamente algunos empleados municipales y señoras distinguidas, que se deslizaban discretamente a lo largo de las paredes, procurando no ser reconocidas. La clientela era recibida por la Nana, que los ordenaba en la antesala y cobraba los honorarios. Este trabajo la mantenía ocupada casi todo el día y llegó a absorberla tanto, que descuidó sus labores en la cocina y la familia empezó a quejarse de que lo único que había para la cena eran porotos añejos y dulce de membrillo. Marcos arregló la cochera con unos cortinajes raídos que alguna vez pertenecieron al salón, pero que el abandono y la vejez habían convertido en polvorientas hilachas. Allí atendía al público con Clara. Los dos adivinos vestían túnicas «del color de los hombres de la luz», como llamaba Marcos al amarillo. La Nana tiñó las túnicas con polvos de azafrán, haciéndolas hervir en la olla destinada al manjar blanco. Marcos llevaba, además de la túnica, un turbante amarrado en la cabeza y un amuleto egipcio colgando al cuello. Se había dejado crecer la barba y el pelo y estaba más delgado que nunca. Marcos y Clara resultaban totalmente convincentes, sobre todo porque la niña no necesitaba mirar la bola de vidrio para adivinar lo que cada uno quería oír. Lo soplaba al oído al tío Marcos, quien transmitía el mensaje al cliente e improvisaba los consejos que le parecían atinados. Así se propagó su fama, porque los que llegaban al consultorio alicaídos y tristes, salían llenos de esperanzas, los enamorados que no eran correspondidos obtenían orientación para cultivar el corazón indiferente y los pobres se llevaban infalibles martingalas para apostar en las carreras del canódromo. El negocio llegó a ser tan próspero, que la antesala estaba siempre atiborrada de gente y a la Nana empezaron a darle vahídos de tanto estar parada. En esa ocasión Severo no tuvo necesidad de intervenir para ponerle fin a la iniciativa empresarial de su cuñado, porque los dos adivinos, al darse cuenta de que sus aciertos podían modificar el destino de la clientela, que seguía al pie de la letra sus palabras, se atemorizaron y decidieron que ése era un oficio de tramposos. Abandonaron el oráculo de la cochera y se repartieron equitativamente las ganancias, aunque en realidad la única que estaba interesada en el aspecto material del negocio era la Nana.

De todos los hermanos Del Valle, Clara era la que tenía más resistencia e interés para escuchar los cuentos de su tío. Podía repetir cada uno, sabía de memoria varias palabras en dialectos de indios extranjeros, conocía sus costumbres y podía describir la forma en que se atraviesan trozos de madera en los labios y en los lóbulos de las orejas, así como los ritos de iniciación y los nombres de las serpientes más venenosas y sus antídotos. Su tío era tan elocuente, que la niña podía sentir en su propia carne la quemante mordedura de las víboras, ver al reptil deslizarse sobre la alfombra entre las patas del arrimo de jacarandá y escuchar los gritos de las guacamayas entre las cortinas del salón. Se acordaba sin vacilaciones del recorrido de Lope de Aguirre en su búsqueda de El Dorado, de los nombres impronunciables de la flora y la fauna visitadas o inventadas por su tío maravilloso, sabía de los lamas que toman té salado con grasa de yac y podía describir con detalle a las opulentas nativas de la Polinesia, los arrozales de la China o las blancas planicies de los países del Norte, donde el hielo eterno mata a las bestias y a los hombres que se distraen, petrificándolos en pocos minutos. Marcos tenía varios diarios de viaje donde escribía sus recorridos y sus impresiones así como una colección de mapas y de libros de cuentos, de aventuras y hasta de hadas, que guardaba dentro de sus baúles en el cuarto de los cachivaches, al fondo del tercer patio de la casa. De allí salieron para poblar los sueños de sus descendientes hasta que fueron quemados por error medio siglo más tarde, en una pira infame.

De su último viaje, Marcos regresó en un ataúd. Había muerto de una misteriosa peste africana que lo fue poniendo arrugado y amarillo como un pergamino. Al sentirse enfermo emprendió el viaje de vuelta con la esperanza de que los cuidados de su hermana y la sabiduría del doctor Cuevas le devolverían la salud y la juventud, pero no resistió los sesenta días de travesía en barco y a la altura de Guayaquil murió consumido por la fiebre y delirando sobre mujeres almizcladas y tesoros escondidos. El capitán del barco, un inglés de apellido Longfellow, estuvo a punto de lanzarlo al mar envuelto en una bandera, pero Marcos había hecho tantos amigos y enamorado a tantas mujeres a bordo del transatlántico, a pesar de su aspecto jibarizado y su delirio, que los pasajeros se lo impidieron y Longfellow tuvo que almacenarlo, junto a las verduras del cocinero chino, para preservarlo del calor y los mosquitos del trópico, hasta que el carpintero de a bordo le improvisó un cajón. En El Callao consiguieron un féretro apropiado y algunos días después el capitán, furioso por las molestias que ese pasajero le había causado a la Compañía de Navegación y a él personalmente, lo descargó sin miramientos en el muelle, extrañado de que nadie se presentara a reclamarlo ni a pagar los gastos extraordinarios. Más tarde se enteró de que el correo en esas latitudes no tenía la misma confiabilidad que en su lejana Inglaterra y que sus telegramas se volatilizaron por el camino. Afortunadamente para Longfellow, apareció un abogado de la aduana que conocía a la familia Del Valle y ofreció hacerse cargo del asunto, metiendo a Marcos y su complejo equipaje en un coche de flete y llevándolo a la capital al único domicilio fijo que se le conocía: la casa de su hermana.

Para Clara ése habría sido uno de los momentos más dolorosos de su vida, si Barrabás no hubiera llegado mezclado con los bártulos de su tío. Ignorando la perturbación que reinaba en el patio, su instinto la condujo directamente al rincón donde habían tirado la jaula. Adentro estaba Barrabás. Era un montón de huesitos cubiertos con un pelaje de color indefinido, lleno de peladuras infectadas, un ojo cerrado y el otro supurando legañas, inmóvil como un cadáver en su propia porquería. A pesar de su apariencia, la niña no tuvo dificultad en identificarlo.

—¡Un perrito! —chilló.

Se hizo cargo del animal. Lo sacó de la jaula, lo acunó en su pecho y con cuidados de misionera consiguió darle agua en el hocico hinchado y reseco. Nadie se había preocupado de alimentarlo desde que el capitán Longfellow, quien como todos los ingleses trataba mucho mejor a los animales que a los humanos, lo depositó con el equipaje en el muelle. Mientras el perro estuvo a bordo junto a su amo moribundo, el capitán lo alimentó con su propia mano y lo paseó por la cubierta, prodigándole todas las atenciones que le escatimó a Marcos, pero una vez en tierra firme, fue tratado como parte del equipaje. Clara se convirtió en una madre para el animal, sin que nadie le disputara ese dudoso privilegio, y consiguió reanimarlo. Un par de días más tarde, una vez que se calmó la tempestad de la llegada del cadáver y del entierro del tío Marcos, Severo se fijó en el bicho peludo que su hija llevaba en los brazos.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Barrabás —dijo Clara.

—Entrégueselo al jardinero, para que se deshaga de él. Puede contagiarnos alguna enfermedad —ordenó Severo.

Pero Clara lo había adoptado.

—Es mío, papá. Si me lo quita, le juro que dejo de respirar y me muero.

Se quedó en la casa. Al poco tiempo corría por todas partes devorándose los flecos de las cortinas, las alfombras y las patas de los muebles. Se recuperó de su agonía con gran rapidez y empezó a crecer. Al bañarlo se supo que era negro, de cabeza cuadrada, patas muy largas y pelo corto. La Nana sugirió mocharle la cola, para que pareciera perro fino, pero Clara agarró un berrinche que degeneró en ataque de asma y nadie volvió a mencionar el asunto. Barrabás se quedó con la cola entera y con el tiempo ésta llegó a tener el largo de un palo de golf, provista de movimientos incontrolables que barrían las porcelanas de las mesas y volcaban las lámparas. Era de raza desconocida. No tenía nada en común con los perros que vagabundeaban por la calle y mucho menos con las criaturas de pura raza que criaban algunas familias aristocráticas. El veterinario no supo decir cuál era su origen y Clara supuso que provenía de la China, porque gran parte del contenido del equipaje de su tío eran recuerdos de ese lejano país. Tenía una ilimitada capacidad de crecimiento. A los seis meses era del tamaño de una oveja y al año de las proporciones de un potrillo. La familia, desesperada, se preguntaba hasta dónde crecería y comenzaron a dudar de que fuera realmente un perro, especularon que podía tratarse de un animal exótico cazado por el tío explorador en alguna región remota del mundo y que tal vez en su estado primitivo era feroz. Nívea observaba sus pezuñas de cocodrilo y sus dientes afilados y su corazón de madre se estremecía pensando que la bestia podía arrancarle la cabeza a un adulto de un tarazcón y con mayor razón a cualquiera de sus niños. Pero Barrabás no daba muestras de ninguna ferocidad, por el contrario. Tenía los retozos de un gatito. Dormía abrazado a Clara, dentro de su cama, con la cabeza en el almohadón de plumas y tapado hasta el cuello porque era friolento, pero después, cuando ya no cabía en la cama, se tendía en el suelo a su lado, con su hocico de caballo apoyado en la mano de la niña. Nunca se lo vio ladrar ni gruñir. Era negro y silencioso como una pantera, le gustaban el jamón y las frutas confitadas y cada vez que había visitas y olvidaban encerrarlo, entraba sigilosamente al comedor y daba una vuelta a la mesa retirando con delicadeza sus bocadillos preferidos de los platos sin que ninguno de los comensales se atreviera a impedírselo. A pesar de su mansedumbre de doncella, Barrabás inspiraba terror. Los proveedores huían precipitadamente cuando se asomaba a la calle y en una oportunidad su presencia provocó pánico entre las mujeres que hacían fila frente al carretón que repartía la leche, espantando al percherón de tiro, que salió disparado en medio de un estropicio de cubos de leche desparramados en el empedrado. Severo tuvo que pagar todos los destrozos y ordenó que el perro fuera amarrado en el patio, pero Clara tuvo otra de sus pataletas y la decisión fue aplazada por tiempo indefinido. La fantasía popular y la ignorancia respecto a su raza, atribuyeron a Barrabás características mitológicas. Contaban que siguió creciendo y que si no hubiera puesto fin a su existencia la brutalidad de un carnicero, habría llegado a tener el tamaño de un camello. La gente lo creía una cruza de perro con yegua, suponían que podían aparecerle alas, cuernos y un aliento sulfuroso de dragón, como las bestias que bordaba Rosa en su interminable mantel. La Nana, harta de recoger porcelana rota y oír los chismes de que se convertía en lobo las noches de luna llena, usó con él el mismo sistema que con el loro, pero la sobredosis de aceite de hígado de bacalao no lo mató, sino que le provocó una cagantina de cuatro días que cubrió la casa de arriba abajo y que ella misma tuvo que limpiar.

Eran tiempos difíciles. Yo tenía entonces alrededor de veinticinco años, pero me parecía que me quedaba poca vida por delante para labrarme un futuro y tener la posición que deseaba. Trabajaba como un animal y las pocas veces que me sentaba a descansar, obligado por el tedio de algún domingo, sentía que estaba perdiendo momentos preciosos y que cada minuto de ocio era un siglo más lejos de Rosa. Vivía en la mina, en una casucha de tablas con techo de zinc, que me fabriqué yo mismo con la ayuda de un par de peones. Era una sola pieza cuadrada donde acomodé mis pertenencias, con un ventanuco en cada pared, para que circulara el aire bochornoso del día, con postigos para cerrarlos en la noche, cuando corría el viento glacial. Todo mi mobiliario consistía en una silla, un catre de campaña, una mesa rústica, una máquina de escribir y una pesada caja fuerte que tuve que hacer llevar a lomo de mula a través del desierto, donde guardaba los jornales de los mineros, algunos documentos y una bolsita de lona donde brillaban los pequeños trozos de oro que representaban el fruto de tanto esfuerzo. No era cómoda, pero yo estaba acostumbrado a la incomodidad. Nunca me había bañado en agua caliente y los recuerdos que tenía de mi niñez eran de frío, soledad y un eterno vacío en el estómago. Allí comí, dormí y escribí durante dos años, sin más distracción que unos cuantos libros muchas veces leídos, una ruma de periódicos atrasados, unos textos en inglés que me sirvieron para aprender los rudimentos de esa magnífica lengua, y una caja con llave donde guardaba la correspondencia que mantenía con Rosa. Me había acostumbrado a escribirle a máquina, con una copia que guardaba para mí y que ordenaba por fechas junto a las pocas cartas que recibí de ella. Comía el mismo rancho que se cocinaba para los mineros y tenía prohibido que circulara licor en la mina. Tampoco lo tenía en mi casa, porque siempre he pensado que la soledad y el aburrimiento terminan por convertir al hombre en alcohólico. Tal vez el recuerdo de mi padre, con el cuello desabotonado, la corbata floja y manchada, los ojos turbios y el aliento pesado, con un vaso en la mano, hicieron de mí un abstemio. No tengo buena cabeza para el trago, me emborracho con facilidad. Descubrí eso a los dieciséis años y nunca lo he olvidado. Una vez me preguntó mi nieta cómo pude vivir tanto tiempo solo y tan lejos de la civilización. No lo sé. Pero en realidad debe haber sido más fácil para mí que para otros, porque no soy una persona sociable, no tengo muchos amigos ni me gustan las fiestas o el bochinche, por el contrario, me siento mejor solo. Me cuesta mucho intimar con la gente. En aquella época todavía no había vivido con una mujer, así es que tampoco podía echar de menos lo que no conocía. No era enamoradizo, nunca lo he sido, soy de naturaleza fiel, a pesar de que basta la sombra de un brazo, la curva de una cintura, el quiebre de una rodilla femenina, para que me vengan ideas a la cabeza aún hoy, cuando ya estoy tan viejo que al verme en el espejo no me reconozco. Parezco un árbol torcido. No estoy tratando de justificar mis pecados de juventud con el cuento de que no podía controlar el ímpetu de mis deseos, ni mucho menos. A esa edad yo estaba acostumbrado a la relación sin futuro con mujeres de vida ligera, puesto que no tenía posibilidad con otras. En mi generación hacíamos un distingo entre las mujeres decentes y las otras y también dividíamos a las decentes entre propias y ajenas. No había pensado en el amor antes de conocer a Rosa y el romanticismo me parecía peligroso e inútil y si alguna vez me gustó alguna jovencita, no me atreví a acercarme a ella por temor a ser rechazado y al ridículo. He sido muy orgulloso y por mi orgullo he sufrido más que otros.

Ha pasado mucho más de medio siglo, pero aún tengo grabado en la memoria el momento preciso en que Rosa, la bella, entró en mi vida, como un ángel distraído que al pasar me robó el alma. Iba con la Nana y otra criatura, probablemente alguna hermana menor. Creo que llevaba un vestido color lila, pero no estoy seguro, porque no tengo ojo para la ropa de mujer y porque era tan hermosa, que aunque llevara una capa de armiño, no habría podido fijarme sino en su rostro. Habitualmente no ando pendiente de las mujeres, pero habría tenido que ser tarado para no ver esa aparición que provocaba un tumulto a su paso y congestionaba el tráfico, con ese increíble pelo verde que le enmarcaba la cara como un sombrero de fantasía, su porte de hada y esa manera de moverse como si fuera volando. Pasó por delante de mí sin verme y penetró flotando a la confitería de la Plaza de Armas. Me quedé en la calle, estupefacto, mientras ella compraba caramelos de anís, eligiéndolos uno por uno, con su risa de cascabeles, echándose unos a la boca y dando otros a su hermana. No fui el único hipnotizado, en pocos minutos se formó un corrillo de hombres que atisbaban por la vitrina. Entonces reaccioné. No se me ocurrió que estaba muy lejos de ser el pretendiente ideal para aquella joven celestial, puesto que no tenía fortuna, distaba de ser buen mozo y tenía por delante un futuro incierto. ¡Y no la conocía! Pero estaba deslumbrado y decidí en ese mismo momento que era la única mujer digna de ser mi esposa y que si no podía tenerla, prefería el celibato. La seguí todo el camino de vuelta a su casa. Me subí en el mismo tranvía y me senté tras ella, sin poder quitar la vista de su nuca perfecta, su cuello redondo, sus hombros suaves acariciados por los rizos verdes que escapaban del peinado. No sentí el movimiento del tranvía, porque iba como en sueños. De pronto se deslizó por el pasillo, y al pasar por mi lado sus sorprendentes pupilas de oro se detuvieron un instante en las mías. Debí morir un poco. No podía respirar y se me detuvo el pulso. Cuando recuperé la compostura, tuve que saltar a la vereda, con riesgo de romperme algún hueso, y correr en dirección a la calle que ella había tomado. Adiviné donde vivía al divisar una mancha color lila que se esfumaba tras un portón. Desde ese día monté guardia frente a su casa, paseando la cuadra como perro huacho, espiando, sobornando al jardinero, metiendo conversación a las sirvientas, hasta que conseguí hablar con la Nana y ella, santa mujer, se compadeció de mí y aceptó hacerle llegar los billetes de amor, las flores y las incontables cajas de caramelos de anís con que intenté ganar su corazón. También le enviaba acrósticos. No sé versificar, pero había un librero español que era un genio para la rima, donde mandaba a hacer poemas, canciones, cualquier cosa cuya materia prima fuera la tinta y el papel. Mi hermana Férula me ayudó a acercarme a la familia Del Valle, descubriendo remotos parentescos entre nuestros apellidos y buscando la oportunidad de saludarnos a la salida de misa. Así fue como pude visitar a Rosa. El día que entré a su casa y la tuve al alcance de mi voz, no se me ocurrió nada para decirle. Me quedé mudo, con el sombrero en la mano y la boca abierta, hasta que sus padres, que conocían esos síntomas, me rescataron. No sé qué pudo ver Rosa en mí, ni por qué con el tiempo, me aceptó por esposo. Llegué a ser su novio oficial sin tener que realizar ninguna proeza sobrenatural, porque a pesar de su belleza inhumana y sus innumerables virtudes, Rosa no tenía pretendientes. Su madre me dio la explicación: dijo que ningún hombre se sentía lo bastante fuerte como para pasar la vida defendiendo a Rosa de las apetencias de los demás. Muchos la habían rondado, perdiendo la razón por ella, pero hasta que yo aparecí en el horizonte, no se había decidido nadie. Su belleza atemorizaba, por eso la admiraban de lejos, pero no se acercaban. Yo nunca pensé en eso, en realidad. Mi problema era que no tenía ni un peso, pero me sentía capaz, por la fuerza del amor, de convertirme en un hombre rico. Miré a mi alrededor buscando un camino rápido, dentro de los límites de la honestidad en que me habían educado, y vi que para triunfar necesitaba tener padrinos, estudios especiales o un capital. No era suficiente tener un apellido respetable. Supongo que si hubiera tenido dinero para empezar, habría apostado al naipe o a los caballos, pero como no era el caso, tuve que pensar en trabajar en algo que, aunque fuera arriesgado, pudiera darme fortuna. Las minas de oro y de plata eran el sueño de los aventureros: podían hundirlos en la miseria, matarlos de tuberculosis o convertirlos en hombres poderosos. Era cuestión de suerte. Obtuve la concesión de una mina en el Norte con la ayuda del prestigio del apellido de mi madre, que sirvió para que el banco me diera una fianza. Me hice firme propósito de sacarle hasta el último gramo del precioso metal, aunque para ello tuviera que estrujar el cerro con mis propias manos y moler las rocas a patadas. Por Rosa estaba dispuesto a eso y mucho más.

A fines del otoño, cuando la familia se había tranquilizado respecto a las intenciones del padre Restrepo, quien tuvo que apaciguar su vocación de inquisidor después que el obispo en persona le advirtió que dejara en paz a la pequeña Clara del Valle, y cuando todos se habían resignado a la idea de que el tío Marcos estaba realmente muerto, comenzaron a concretarse los planes políticos de Severo. Había trabajado durante años con ese fin. Fue un triunfo para él cuando lo invitaron a presentarse como candidato del Partido Liberal en las elecciones parlamentarias, en representación de una provincia del Sur donde nunca había estado y tampoco podía ubicar fácilmente en el mapa. El Partido estaba muy necesitado de gente y Severo muy ansioso de ocupar un escaño en el Congreso, de modo que no tuvieron dificultad en convencer a los humildes electores del Sur, que nombraran a Severo como su candidato. La invitación fue apoyada por un cerdo asado, rosado y monumental, que fue enviado por los electores a la casa de la familia Del Valle. Iba sobre una gran bandeja de madera, perfumado y brillante, con un perejil en el hocico y una zanahoria en el culo, reposando en un lecho de tomates. Tenía un costurón en la panza y adentro estaba relleno con perdices, que a su vez estaban rellenas con ciruelas. Llegó acompañado por una garrafa que contenía medio galón del mejor aguardiente del país. La idea de convertirse en diputado o, mejor aún, en senador, era un sueño largamente acariciado por Severo. Había ido llevando las cosas hasta esa meta con un minucioso trabajo de contactos, amistades, conciliábulos, apariciones públicas discretas pero eficaces, dinero y favores que hacía a las personas adecuadas en el momento preciso. Aquella provincia sureña, aunque remota y desconocida, era lo que estaba esperando.

Lo del cerdo fue un martes. El viernes, cuando ya del cerdo no quedaba más que los pellejos y los huesos que roía Barrabás en el patio, Clara anunció que habría otro muerto en la casa.

—Pero será un muerto por equivocación —dijo.

El sábado pasó mala noche y despertó gritando. La Nana le dio una infusión de tilo y nadie le hizo caso, porque estaban ocupados con los preparativos del viaje del padre al Sur y porque la bella Rosa amaneció con fiebre. Nívea ordenó que dejaran a Rosa en cama y el doctor Cuevas dijo que no era nada grave, que le dieran una limonada tibia y bien azucarada, con un chorrillo de licor, para que sudara la calentura. Severo fue a ver a su hija y la encontró arrebolada y con los ojos brillantes, hundida en los encajes color mantequilla de sus sábanas. Le llevó de regalo un carnet de baile y autorizó a la Nana para abrir la garrafa de aguardiente y echarle a la limonada. Rosa se bebió la limonada, se arropó en su mantilla de lana y se durmió enseguida al lado de Clara, con quien compartía la habitación.

En la mañana del domingo trágico, la Nana se levantó temprano, como siempre. Antes de ir a misa fue a la cocina a preparar el desayuno de la familia. La cocina a leña y carbón había quedado preparada desde el día anterior y ella encendió el fogón en el rescoldo de las brasas aún tibias. Mientras calentaba el agua y hervía la leche, fue acomodando los platos para llevarlos al comedor. Empezó a cocinar la avena, a colar el café, tostar el pan. Arregló dos bandejas, una para Nívea, que siempre tomaba su desayuno en la cama, y otra para Rosa, que por estar enferma tenía derecho a lo mismo. Cubrió la bandeja de Rosa con una servilleta de lino bordado por las monjas, para que no se enfriara el café y no le entraran moscas, y se asomó al patio para ver que Barrabás no estuviera cerca. Tenía el prurito de asaltarla cuando ella pasaba con el desayuno. Lo vio distraído jugando con una gallina y aprovechó para salir en su largo viaje por los patios y los corredores, desde la cocina, al fondo de la casa, hasta el cuarto de las niñas, al otro extremo. Frente a la puerta de Rosa vaciló, golpeada por la fuerza del presentimiento. Entró sin anunciarse a la habitación, como era su costumbre, y al punto notó que olía a rosas, a pesar de que no era la época de esas flores. Entonces la Nana supo que había ocurrido una desgracia irreparable. Depositó con cuidado la bandeja en la mesa de noche y caminó lentamente hasta la ventana. Abrió las pesadas cortinas y el pálido sol de la mañana entró en el cuarto. Se volvió acongojada y no le sorprendió ver sobre la cama a Rosa muerta, más bella que nunca, con el pelo definitivamente verde, la piel del tono del marfil nuevo y sus ojos amarillos como la miel, abiertos. A los pies de la cama estaba la pequeña Clara observando a su hermana. La Nana se arrodilló junto a la cama, tomó la mano a Rosa y comenzó a rezar. Siguió rezando hasta que se escuchó en toda la casa un terrible lamento de buque perdido. Fue la primera y última vez que Barrabás se hizo oír. Aulló a la muerta durante todo el día, hasta destrozarle los nervios a los habitantes de la casa y a los vecinos, que acudieron atraídos por ese gemido de naufragio.

Al doctor Cuevas le bastó echar una mirada al cuerpo de Rosa, para saber que la muerte se debió a algo mucho más grave que una fiebre de morondanga. Comenzó a husmear por todos lados, inspeccionó la cocina, pasó los dedos por las cacerolas, abrió los sacos de harina, las bolsas de azúcar, las cajas de frutas secas, revolvió todo y dejó a su paso un desparrame de huracán. Hurgó en los cajones de Rosa, interrogó a los sirvientes uno por uno, acosó a la Nana hasta que la puso fuera de sí y finalmente sus pesquisas lo condujeron a la garrafa de aguardiente que requisó sin miramientos. No le comunicó a nadie sus dudas, pero se llevó la botella a su laboratorio. Tres horas después estaba de regreso con una expresión de horror que transformaba su rubicundo rostro de fauno en una máscara pálida que no le abandonó durante todo ese terrible asunto. Se dirigió a Severo, lo tomó de un brazo y lo llevó aparte.

—En ese aguardiente había suficiente veneno como para reventar a un toro —le dijo a boca de jarro—. Pero para estar seguro de que eso fue lo que mató a la niña, tengo que hacer una autopsia.

—¿Quiere decir que la va a abrir? —gimió Severo.

—No completamente. La cabeza no se la voy a tocar, sólo el sistema digestivo —explicó el doctor Cuevas.

Severo sufrió una fatiga.

A esa hora Nívea estaba agotada de llorar, pero cuando se enteró de que pensaban llevarse a su hija a la morgue, recuperó de golpe la energía. Sólo se calmó con el juramento de que se llevarían a Rosa directamente de la casa al Cementerio Católico. Entonces aceptó tomarse el láudano que le dio el médico y se durmió durante veinte horas.

Al anochecer, Severo dispuso los preparativos. Mandó a sus hijos a la cama y autorizó a los sirvientes para retirarse temprano. A Clara, que estaba demasiado impresionada por lo que había sucedido, le permitió pasar esa noche en el cuarto de otra hermana. Después que todas las luces se apagaron y la casa entró en reposo, llegó el ayudante del doctor Cuevas, un joven esmirriado y miope, que tartamudeaba al hablar. Ayudaron a Severo a transportar el cuerpo de Rosa a la cocina y lo colocaron con delicadeza sobre el mármol donde la Nana amasaba el pan y picaba las verduras. A pesar de la fortaleza de su carácter, Severo no pudo resistir el momento en que quitaron la camisa de dormir a su hija y apareció su esplendorosa desnudez de sirena. Salió trastabillando, borracho de dolor, y se desplomó en el salón llorando como una criatura. También el doctor Cuevas, que había visto nacer a Rosa y la conocía como la palma de su mano, tuvo un sobresalto al verla sin ropa. El joven ayudante, por su parte, comenzó a jadear de impresión y siguió jadeando en los años siguientes cada vez que recordaba la visión increíble de Rosa durmiendo desnuda sobre el mesón de la cocina, con su largo pelo cayendo como una cascada vegetal hasta el suelo.

Mientras ellos trabajaban en su terrible oficio, la Nana, aburrida de llorar y rezar, y presintiendo que algo extraño estaba ocurriendo en sus territorios del tercer patio, se levantó, se arropó con un chal y salió a recorrer la casa. Vio luz en la cocina, pero la puerta y los postigos de las ventanas estaban cerrados. Siguió por los corredores silenciosos y helados, cruzando los tres cuerpos de la casa, hasta llegar al salón. Por la puerta entreabierta divisó a su patrón que se paseaba por la habitación con aire desolado. El fuego de la chimenea se había extinguido. La Nana entró.

—¿Dónde está la niña Rosa? —preguntó.

—El doctor Cuevas está con ella, Nana. Quédate aquí y tómate un trago conmigo —suplicó Severo.

La Nana se quedó de pie, con los brazos cruzados sujetando el chal contra su pecho. Severo le señaló el sofá y ella se aproximó con timidez. Se sentó a su lado. Era la primera vez que estaba tan cerca del patrón desde que vivía en su casa. Severo sirvió una copa de jerez para cada uno y se bebió la suya de un trago. Hundió la cabeza entre sus dedos, mesándose los cabellos y mascullando entre dientes una incomprensible y triste letanía. La Nana, que estaba sentada rígidamente en la punta de la silla, se relajó al verlo llorar. Estiró su mano áspera y con un gesto automático le alisó el pelo con la misma caricia que durante veinte años había empleado para consolarle a los hijos. Él levantó la vista y observó el rostro sin edad, los pómulos indígenas, el moño negro, el amplio regazo donde había visto hipar y dormir a todos sus descendientes y sintió que esa mujer cálida y generosa como la tierra podía darle consuelo. Apoyó la frente en su falda, aspiró el suave olor de su delantal almidonado y rompió en sollozos como un niño, vertiendo todas las lágrimas que había aguantado en su vida de hombre. La Nana le rascó la espalda, le dio palmaditas de consuelo, le habló en la media lengua que empleaba para adormecer a los niños y le cantó en un susurro sus baladas campesinas, hasta que consiguió tranquilizarlo. Permanecieron sentados muy juntos, bebiendo jerez, llorando a intervalos y rememorando los tiempos dichosos en que Rosa corría por el jardín sorprendiendo a las mariposas con su belleza de fondo de mar.

En la cocina, el doctor Cuevas y su ayudante prepararon sus siniestros utensilios y sus frascos malolientes, se colocaron delantales de hule, se enrollaron las mangas y procedieron a hurgar en la intimidad de la bella Rosa, hasta comprobar, sin lugar a dudas, que la joven había ingerido una dosis superlativa de veneno para ratas.

—Esto estaba destinado a Severo —concluyó el doctor lavándose las manos en el fregadero.

El ayudante, demasiado emocionado por la hermosura de la muerta, no se resignaba a dejarla cosida como un saco y sugirió acomodarla un poco. Entonces se dieron ambos a la tarea de preservar el cuerpo con ungüentos y rellenarlo con emplastos de embalsamador. Trabajaron hasta las cuatro de la madrugada, hora en la que el doctor Cuevas se declaró vencido por el cansancio y la tristeza y salió. En la cocina quedó Rosa en manos del ayudante, que la lavó con una esponja, quitándole las manchas de sangre, le colocó su camisa bordada para tapar el costurón que tenía desde la garganta hasta el sexo y le acomodó el cabello. Después limpió los vestigios de su trabajo.

El doctor Cuevas encontró en el salón a Severo acompañado por la Nana, ebrios de llanto y jerez.

—Está lista —dijo—. Vamos a arreglarla un poco para que la vea su madre.

Le explicó a Severo que sus sospechas eran fundadas y que en el estómago de su hija había encontrado la misma sustancia mortal que en el aguardiente regalado. Entonces Severo se acordó de la predicción de Clara y perdió el resto de compostura que le quedaba, incapaz de resignarse a la idea de que su hija había muerto en su lugar. Se desplomó gimiendo que él era el culpable, por ambicioso y fanfarrón, que nadie lo había mandado a meterse en política, que estaba mucho mejor cuando era un sencillo abogado y padre de familia, que renunciaba en ese instante y para siempre a la maldita candidatura, al Partido Liberal, a sus pompas y sus obras, que esperaba que ninguno de sus descendientes volviera a mezclarse en política, que ése era un negocio de matarifes y bandidos, hasta que el doctor Cuevas se apiadó y terminó de emborracharlo. El jerez pudo más que la pena y la culpa. La Nana y el doctor se lo llevaron en vilo al dormitorio, lo desnudaron y lo metieron en su cama. Después fueron a la cocina, donde el ayudante estaba terminando de acomodar a Rosa.

Nívea y Severo del Valle despertaron tarde en la mañana siguiente. Los parientes habían decorado la casa para los ritos de la muerte, las cortinas estaban cerradas y adornadas con crespones negros y a lo largo de las paredes se alineaban las coronas de flores y su aroma dulzón llenaba el aire. Habían hecho una capilla ardiente en el comedor. Sobre la gran mesa, cubierta con un paño negro de flecos dorados, estaba el blanco ataúd con remaches de plata de Rosa. Doce cirios amarillos en candelabros de bronce, iluminaban a la joven con un difuso resplandor. La habían vestido con su traje de novia y puesto la corona de azahares de cera que guardaba para el día de su boda.

A mediodía comenzó el desfile de familiares, amigos y conocidos a dar el pésame y acompañar a los Del Valle en su duelo. Se presentaron en la casa hasta sus más encarnizados enemigos políticos y a todos Severo del Valle los observó fijamente, procurando descubrir en cada par de ojos que veía, el secreto del asesino, pero en todos, incluso en el presidente del Partido Conservador, vio el mismo pesar y la misma inocencia.

Durante el velorio, los caballeros circulaban por los salones y corredores de la casa, comentando en voz baja sus asuntos de negocios. Guardaban respetuoso silencio cuando se aproximaba alguien de la familia. En el momento de entrar al comedor y acercarse al ataúd para dar una última mirada a Rosa, todos se estremecían, porque su belleza no había hecho más que aumentar en esas horas. Las señoras pasaban al salón, donde ordenaron las sillas de la casa formando un círculo. Allí había comodidad para llorar a gusto, desahogando con el buen pretexto de la muerte ajena, otras tristezas propias. El llanto era copioso, pero digno y callado. Algunas murmuraban oraciones en voz baja. Las empleadas de la casa circulaban por los salones y los corredores ofreciendo tazas de té, copas de coñac, pañuelos limpios para las mujeres, confites caseros y pequeñas compresas empapadas en amoníaco, para las señoras que sufrían mareos por el encierro, el olor de las velas y la pena. Todas las hermanas Del Valle, menos Clara, que era todavía muy joven, estaban vestidas de negro riguroso, sentadas alrededor de su madre como una ronda de cuervos. Nívea, que había llorado todas sus lágrimas, se mantenía rígida sobre su silla, sin un suspiro, sin una palabra y sin el alivio del amoníaco porque le daba alergia. Los visitantes que llegaban, pasaban a darle el pésame. Algunos la besaban en ambas mejillas, otros la abrazaban estrechamente por unos segundos, pero ella parecía no reconocer ni a los más íntimos. Había visto morir a otros hijos en la primera infancia o al nacer, pero ninguno le produjo la sensación de pérdida que tenía en ese momento.

Cada hermano despidió a Rosa con un beso en su frente helada, menos Clara, que no quiso aproximarse al comedor. No insistieron, porque conocían su extrema sensibilidad y su tendencia a caminar sonámbula cuando se le alborotaba la imaginación. Se quedó en el jardín acurrucada al lado de Barrabás, negándose a comer o a participar en el velorio. Sólo la Nana se fijó en ella y trató de consolarla, pero Clara la rechazó.

A pesar de las precauciones que tomó Severo para acallar las murmuraciones, la muerte de Rosa fue un escándalo público. El doctor Cuevas ofreció, a quien quiso oírlo, la explicación perfectamente razonable de la muerte de la joven, debida, según él, a una neumonía fulminante. Pero se corrió la voz de que había sido envenenada por error, en vez de su padre. Los asesinatos políticos eran desconocidos en el país en esos tiempos y el veneno, en cualquier caso, era un recurso de mujerzuelas, algo desprestigiado y que no se usaba desde la época de la Colonia, porque incluso los crímenes pasionales se resolvían cara a cara. Se elevó un clamor de protesta por el atentado y antes que Severo pudiera evitarlo, salió la noticia publicada en un periódico de la oposición, acusando veladamente a la oligarquía y añadiendo que los conservadores eran capaces hasta de eso, porque no podían perdonar a Severo del Valle que, a pesar de su clase social, se pasara al bando liberal. La policía trató de seguir la pista a la garrafa de aguardiente, pero lo único que se aclaró fue que no tenía el mismo origen que el cerdo relleno con perdices y que los electores del Sur no tenían nada que ver en el asunto. La misteriosa garrafa fue encontrada por casualidad en la puerta de servicio de la casa Del Valle el mismo día y a la misma hora de la llegada del cerdo asado. La cocinera supuso que era parte del mismo regalo. Ni el celo de la policía, ni las pesquisas que realizó Severo por su cuenta a través de un detective privado, pudieron descubrir a los asesinos y la sombra de esa venganza pendiente ha quedado presente en las generaciones posteriores. Ése fue el primero de muchos actos de violencia que marcaron el destino de la familia.

Me acuerdo perfectamente. Ése había sido un día muy feliz para mí, porque había aparecido una nueva veta, la gorda y maravillosa veta que había perseguido durante todo ese tiempo de sacrificio, de ausencia y de espera, y que podría representar la riqueza que yo deseaba. Estaba seguro que en seis meses tendría suficiente dinero para casarme y en un año podría empezar a considerarme un hombre rico. Tuve mucha suerte porque, en el negocio de las minas, eran más los que se arruinaban que los que triunfaban, como estaba diciendo, escribiendo, a Rosa esa tarde, tan eufórico, tan impaciente, que se me trababan los dedos en la vieja máquina y me salían las palabras pegadas. En eso estaba cuando oí los golpes en la puerta que me cortaron la inspiración para siempre. Era un arriero con un par de mulas, que traía un telegrama del pueblo, enviado por mi hermana Férula, anunciándome la muerte de Rosa.

Tuve que leer el trozo de papel tres veces hasta comprender la magnitud de mi desolación. La única idea que no se me había ocurrido era que Rosa fuese mortal. Sufrí mucho pensando que ella, aburrida de esperarme, decidiera casarse con otro, o que nunca aparecería el maldito filón que pusiera una fortuna en mis manos, o que se desmoronara la mina aplastándome como una cucaracha. Contemplé todas esas posibilidades y algunas más, pero nunca la muerte de Rosa, a pesar de mi proverbial pesimismo, que me hace siempre esperar lo peor. Sentí que sin Rosa la vida no tenía significado para mí. Me desinflé por dentro, como un globo pinchado, se me fue todo el entusiasmo. Me quedé sentado en la silla mirando el desierto por la ventana, quién sabe por cuánto rato, hasta que lentamente me volvió el alma al cuerpo. Mi primera reacción fue de ira. Arremetí a golpes contra los débiles tabiques de madera de la casa hasta que me sangraron los nudillos, rompí en mil pedazos las cartas, los dibujos de Rosa y las copias de las cartas mías que había guardado, metí apresuradamente en mis maletas mi ropa, mis papeles y la bolsita de lona donde estaba el oro y luego fui a buscar al capataz para entregarle los jornales de los trabajadores y las llaves de la bodega. El arriero se ofreció para acompañarme hasta el tren. Tuvimos que viajar una buena parte de la noche a lomo de las bestias, con mantas de Castilla como único abrigo contra la camanchaca, avanzando con lentitud en aquellas interminables soledades donde sólo el instinto de mi guía garantizaba que llegaríamos a destino, porque no había ningún punto de referencia. La noche estaba clara y estrellada, sentía el frío traspasándome los huesos, agarrotándome las manos, metiéndoseme en el alma. Iba pensando en Rosa y deseando con una vehemencia irracional que no fuera verdad su muerte, pidiendo al cielo con desesperación que todo fuera un error o que, reanimada por la fuerza de mi amor, recuperara la vida y se levantara de su lecho de muerte, como Lázaro. Iba llorando por dentro, hundido en mi pena y en el hielo de la noche, escupiendo blasfemias contra la mula que andaba tan despacio, contra Férula, portadora de desgracias, contra Rosa por haberse muerto y contra Dios por haberlo permitido, hasta que empezó a aclarar el horizonte y vi desaparecer las estrellas y surgir los primeros colores del alba, tiñendo de rojo y naranja el paisaje del Norte y, con la luz, me volvió algo de cordura. Empecé a resignarme a mi desgracia y a pedir, no ya que resucitara, sino tan sólo que yo alcanzara a llegar a tiempo para verla antes que la enterraran. Apuramos el tranco y una hora más tarde el arriero se despidió de mí en la minúscula estación por donde pasaba el tren de trocha angosta que unía al mundo civilizado con ese desierto donde pasé dos años.

Viajé más de treinta horas sin detenerme ni para comer, olvidado hasta de la sed, pero conseguí llegar a la casa de la familia Del Valle antes del funeral. Dicen que entré a la casa cubierto de polvo, sin sombrero, sucio y barbudo, sediento y furioso, preguntando a gritos por mi novia. La pequeña Clara, que entonces era apenas una niña flaca y fea, me salió al encuentro cuando entré al patio, me tomó de la mano y me condujo en silencio al comedor. Allí estaba Rosa entre blancos pliegues de raso blanco en su blanco ataúd, que a los tres días de fallecida se conservaba intacta y era mil veces más bella de lo que yo recordaba, porque Rosa en la muerte se había transformado sutilmente en la sirena que siempre fue en secreto.

—¡Maldita sea! ¡Se me fue de las manos! —dicen que dije, grité, cayendo de rodillas a su lado, escandalizando a los deudos, porque no podía nadie comprender mi frustración por haber pasado dos años rascando la tierra para hacerme rico, con el único propósito de llevar algún día a esa joven al altar y la muerte me la había birlado.

Momentos después llegó la carroza, un coche enorme, negro y reluciente, tirado por seis corceles empenachados, como se usaba entonces, y conducida por dos cocheros de librea. Salió de la casa a media tarde, bajo una tenue llovizna, seguida por una procesión de coches que llevaban a los parientes, a los amigos y a las coronas de flores. Por costumbre, las mujeres y los niños no asistían a los entierros, ése era un oficio de hombres, pero Clara consiguió mezclarse a última hora con el cortejo, para acompañar a su hermana Rosa. Sentí su manita enguantada aferrada a la mía y durante todo el trayecto la tuve a mi lado, pequeña sombra silenciosa que removía una ternura desconocida en mi alma. En ese momento yo tampoco me di cuenta que Clara no había dicho ni una palabra en dos días y pasarían tres más antes de que la familia se alarmara por su silencio.

Severo del Valle y sus hijos mayores llevaron en andas el ataúd blanco con remaches de plata de Rosa y ellos mismos lo colocaron en el nicho abierto del mausoleo. Iban de luto, silenciosos y sin lágrimas, como corresponde a las normas de tristeza en un país habituado a la dignidad del dolor. Después que se cerraron las rejas de la tumba y se retiraron los deudos, los amigos y los sepultureros, me quedé allí, parado entre las flores que escaparon a las comilonas de Barrabás y acompañaron a Rosa al cementerio. Debo haber parecido un oscuro pájaro de invierno, con el faldón de la chaqueta bailando en la brisa, alto y flaco, como era yo entonces, antes que se cumpliera la maldición de Férula y empezara a achicarme. El cielo estaba gris y amenazaba lluvia, supongo que hacía frío, pero creo que no lo sentía, porque la rabia me estaba consumiendo. No podía despegar los ojos del pequeño rectángulo de mármol donde habían grabado el nombre de Rosa, la bella, y las fechas que limitaban su corto paso por este mundo, con altas letras góticas. Pensaba que había perdido dos años soñando con Rosa, trabajando para Rosa, escribiendo a Rosa, deseando a Rosa y que al final ni siquiera tendría el consuelo de ser enterrado a su lado. Medité en los años que me faltaban por vivir y llegué a la conclusión de que sin ella no valían la pena, porque nunca encontraría, en todo el universo, otra mujer con su pelo verde y su hermosura marina. Si me hubieran dicho que iba a vivir más de noventa años, me habría pegado un balazo.

No oí los pasos del guardián del cementerio que se me acercó por detrás. Por eso me sorprendí cuando me tocó el hombro.

—¿Cómo se atreve a tocarme? —rugí.

Retrocedió asustado, pobre hombre. Algunas gotas de lluvia mojaron tristemente las flores de los muertos.

—Disculpe, caballero, son las seis y tengo que cerrar —creo que me dijo.

Trató de explicarme que el reglamento prohibía a las personas ajenas al personal permanecer en el recinto después de la puesta del sol, pero no lo dejé terminar, puse unos billetes en su mano y lo empujé para que se fuera y me dejara en paz. Lo vi alejarse mirándome por encima del hombro. Debe haber pensado que yo era un loco, uno de esos dementes necrofílicos que a veces rondan los cementerios.

Fue una larga noche, tal vez la más larga de mi vida. La pasé sentado junto a la tumba de Rosa, hablando con ella, acompañándola en la primera parte de su viaje al Más Allá, cuando es más difícil desprenderse de la tierra y se necesita el amor de los que quedan vivos, para irse al menos con el consuelo de haber sembrado algo en el corazón ajeno. Recordaba su rostro perfecto y maldecía mi suerte. Reproché a Rosa los años que pasé metido en un hoyo en la mina, soñando con ella. No le dije que no había visto más mujeres, en todo ese tiempo, que unas miserables prostitutas envejecidas y gastadas, que servían a todo el campamento con más buena voluntad que mérito. Pero sí le dije que había vivido entre hombres toscos y sin ley, comiendo garbanzos y bebiendo agua verde, lejos de la civilización, pensando en ella noche y día, llevando en el alma su imagen como un estandarte que me daba fuerzas para seguir picoteando la montaña, aunque se perdiera la veta, enfermo del estómago la mayor parte del año, helado de frío en las noches y alucinado por el calor del día, todo eso con el único fin de casarme con ella, pero va y se me muere a traición, antes que pudiera cumplir mis sueños, dejándome una incurable desolación. Le dije que se había burlado de mí, le saqué la cuenta de que nunca habíamos estado completamente solos, que la había podido besar una sola vez. Había tenido que tejer el amor con recuerdos y deseos apremiantes, pero imposibles de satisfacer, con cartas atrasadas y desteñidas que no podían reflejar la pasión de mis sentimientos ni el dolor de su ausencia, porque no tengo facilidad para el género epistolar y mucho menos para escribir sobre mis emociones. Le dije que esos años en la mina eran una irremediable pérdida, que si yo hubiera sabido que iba a durar tan poco en este mundo, habría robado el dinero necesario para casarme con ella y construir un palacio alhajado con tesoros del fondo del mar: corales, perlas, nácar, donde la habría mantenido secuestrada y donde sólo yo tuviera acceso. La habría amado ininterrumpidamente por un tiempo casi infinito, porque estaba seguro que si hubiera estado conmigo, no habría bebido el veneno destinado a su padre y habría durado mil años. Le hablé de las caricias que le tenía reservadas, los regalos con que iba a sorprenderla, la forma como la hubiera enamorado y hecho feliz. Le dije, en resumen, todas las locuras que nunca le hubiera dicho si pudiera oírme y que nunca he vuelto a decir a ninguna mujer.

Esa noche creí que había perdido para siempre la capacidad de enamorarme, que nunca más podría reírme ni perseguir una ilusión. Pero nunca más es mucho tiempo. Así he podido comprobarlo en esta larga vida.

Tuve la visión de la rabia creciendo dentro de mí como un tumor maligno, ensuciando las mejores horas de mi existencia, incapacitándome para la ternura o la clemencia. Pero, por encima de la confusión y la ira, el sentimiento más fuerte que recuerdo haber tenido esa noche, fue el deseo frustrado, porque jamás podría cumplir el anhelo de recorrer a Rosa con las manos, de penetrar sus secretos, de soltar el verde manantial de su cabello y hundirme en sus aguas más profundas. Evoqué con desesperación la última imagen que tenía de ella, recortada entre los pliegues de raso de su ataúd virginal, con sus azahares de novia coronando su cabeza y un rosario entre los dedos. No sabía que así mismo, con los azahares y el rosario, volvería a verla por un instante fugaz muchos años más tarde.

Con las primeras luces del amanecer volvió el guardián. Debe haber sentido lástima por ese loco semicongelado, que había pasado la noche entre los lívidos fantasmas del cementerio. Me tendió su cantimplora.

—Té caliente. Tome un poco, señor —me ofreció.

Pero lo rechacé con un manotazo y me alejé maldiciendo, a grandes zancadas rabiosas, entre las hileras de tumbas y cipreses.

La noche que el doctor Cuevas y su ayudante destriparon el cadáver de Rosa en la cocina para encontrar la causa de su muerte, Clara estaba en su cama con los ojos abiertos, temblando en la oscuridad. Tenía la terrible duda de que su hermana había muerto porque ella lo había dicho. Creía que así como la fuerza de su mente podía mover el salero, igualmente podía ser la causa de las muertes, de los temblores de tierra y otras desgracias mayores. En vano le había explicado su madre que ella no podía provocar los acontecimientos, sólo verlos con alguna anticipación. Se sentía desolada y culpable y se le ocurrió que si pudiera estar con Rosa, se sentiría mejor. Se levantó descalza, en camisa, y se fue al dormitorio que había compartido con su hermana mayor, pero no la encontró en su cama, donde la había visto por última vez. Salió a buscarla por la casa. Todo estaba oscuro y silencioso. Su madre dormía drogada por el doctor Cuevas y sus hermanos y los sirvientes se habían retirado temprano a sus habitaciones. Recorrió los salones, deslizándose pegada a los muros, asustada y helada. Los muebles pesados, las gruesas cortinas drapeadas, los cuadros de las paredes, el papel tapiz con sus flores pintadas sobre tela oscura, las lámparas apagadas oscilando en los techos y las matas de helecho sobre sus columnas de loza, le parecieron amenazantes. Notó que en el salón brillaba algo de luz por una rendija debajo de la puerta y estuvo a punto de entrar, pero temió encontrar a su padre y que la mandara de regreso a la cama. Se dirigió entonces a la cocina, pensando que en el pecho de la Nana hallaría consuelo. Cruzó el patio principal, entre las camelias y los naranjos enanos, atravesó los salones del segundo cuerpo de la casa y los sombríos corredores abiertos donde las tenues luces de los faroles a gas quedaban encendidas toda la noche, para salir arrancando en los temblores y para espantar a los murciélagos y otros bichos nocturnos, y llegó al tercer patio, donde estaban las dependencias de servicio y las cocinas. Allí la casa perdía su señorial prestancia y empezaba el desorden de las perreras, los gallineros y los cuartos de los sirvientes. Más allá estaba la caballeriza, donde se guardaban los viejos caballos que Nívea todavía usaba, a pesar de que Severo del Valle había sido uno de los primeros en comprar un automóvil. La puerta y los postigos de la cocina y el repostero estaban cerrados. El instinto advirtió a Clara que algo anormal estaba ocurriendo adentro, trató de asomarse, pero su nariz no llegaba al alféizar de la ventana, tuvo que arrastrar un cajón y acercarlo al muro, se trepó y pudo mirar por un hueco entre el postigo de madera y el marco de la ventana que la humedad y el tiempo habían deformado. Y entonces vio el interior.

El doctor Cuevas, ese hombronazo bonachón y dulce, de amplia barba y vientre opulento, que la ayudó a nacer y que la atendió en todas sus pequeñas enfermedades de la niñez y sus ataques de asma, se había transformado en un vampiro gordo y oscuro como los de las ilustraciones de los libros de su tío Marcos. Estaba inclinado sobre el mostrador donde la Nana preparaba la comida. A su lado había un joven desconocido, pálido como la luna, con la camisa manchada de sangre y los ojos perdidos de amor. Vio las piernas blanquísimas de su hermana y sus pies desnudos. Clara comenzó a temblar. En ese momento el doctor Cuevas se apartó y ella pudo ver el horrendo espectáculo de Rosa acostada sobre el mármol, abierta en canal por un tajo profundo, con los intestinos puestos a su lado, dentro de la fuente de la ensalada. Rosa tenía la cabeza torcida en dirección a la ventana donde ella estaba espiando, su larguísimo pelo verde colgaba como un helecho desde el mesón hasta las baldosas del suelo, manchadas de rojo. Tenía los ojos cerrados, pero la niña, por efecto de las sombras, la distancia o la imaginación, creyó ver una expresión suplicante y humillada.

Clara, inmóvil sobre el cajón, no pudo dejar de mirar hasta el final. Se quedó atisbando por la rendija mucho rato, helándose sin darse cuenta, hasta que los dos hombres terminaron de vaciar a Rosa, de inyectarle líquido por las venas y bañarla por dentro y por fuera con vinagre aromático y esencia de espliego. Se quedó hasta que la rellenaron con emplastos de embalsamador y la cosieron con una aguja curva de colchonero. Se quedó hasta que el doctor Cuevas se lavó en el fregadero y se enjugó las lágrimas, mientras el otro limpiaba la sangre y las vísceras. Se quedó hasta que el médico salió poniéndose su chaqueta negra con un gesto de mortal tristeza. Se quedó hasta que el joven desconocido besó a Rosa en los labios, en el cuello, en los senos, entre las piernas, la lavó con una esponja, le puso su camisa bordada y le acomodó el pelo, jadeando. Se quedó hasta que llegaron la Nana y el doctor Cuevas y hasta que la vistieron con su traje blanco y le pusieron la corona de azahares que tenía guardados en papel de seda para el día de su boda. Se quedó hasta que el ayudante la cargó en los brazos con la misma conmovedora ternura con que la hubiera levantado para cruzar por primera vez el umbral de su casa si hubiera sido su novia. Y no pudo moverse hasta que aparecieron las primeras luces. Entonces se deslizó hasta su cama, sintiendo por dentro todo el silencio del mundo. El silencio la ocupó enteramente y no volvió a hablar hasta nueve años después, cuando sacó la voz para anunciar que se iba a casar.

CAPÍTULO II

LAS TRES MARÍAS

En el comedor de su casa, entre muebles anticuados y maltrechos que en un pasado lejano fueron buenas piezas victorianas, Esteban Trueba cenaba con su hermana Férula la misma sopa grasienta de todos los días y el mismo pescado desabrido de todos los viernes. Eran servidos por la empleada que los había atendido toda la vida, en la tradición de esclavos a sueldo de entonces. La vieja mujer iba y venía entre la cocina y el comedor, agachada y medio ciega, pero todavía enérgica, llevando y trayendo las fuentes con solemnidad. Doña Ester Trueba no acompañaba a sus hijos en la mesa. Pasaba las mañanas inmóvil en su silla mirando por la ventana el quehacer de la calle y viendo cómo el transcurso de los años iba deteriorando el barrio que en su juventud fue distinguido. Después del almuerzo la trasladaban a su cama, acomodándola para que pudiera estar medio sentada, única posición que le permitía la artritis, sin más compañía que las lecturas piadosas de sus libritos píos de vidas y milagros de los santos. Allí permanecía hasta el día siguiente, en que volvía a repetirse la misma rutina. Su única salida a la calle era para asistir a la misa del domingo en la iglesia de San Sebastián, a dos cuadras de la casa, donde la llevaban Férula y la empleada en su silla de ruedas.

Esteban terminó de escarbar la carne blancuzca del pescado entre la maraña de espinas y dejó los cubiertos en el plato. Se sentaba rígidamente, igual como caminaba, muy erguido, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y un poco ladeada, mirando de reojo, con una mezcla de altanería, desconfianza y miopía. Ese gesto habría sido desagradable si sus ojos no hubieran sido sorprendentemente dulces y claros. Su postura, tan tiesa, era más propia de un hombre grueso y bajo que quisiera aparecer más alto, pero él medía un metro ochenta y era muy delgado. Todas las líneas de su cuerpo eran verticales y ascendentes, desde su afilada nariz aguileña y sus cejas en punta, hasta la alta frente coronada por una melena de león que peinaba hacia atrás. Era de huesos largos y manos de dedos espatulados. Caminaba a grandes trancos, se movía con energía y parecía muy fuerte, sin carecer, sin embargo, de cierta gracia en los gestos. Tenía un rostro muy armonioso, a pesar del gesto adusto y sombrío y su frecuente expresión de mal humor. Su rasgo predominante era el mal genio y la tendencia a ponerse violento y perder la cabeza, característica que tenía desde la niñez, cuando se tiraba al suelo, con la boca llena de espuma, sin poder respirar de rabia, pataleando como un endemoniado. Había que zambullirlo en agua helada para que recuperara el control. Más tarde aprendió a dominarse, pero le quedó a lo largo de la vida aquella ira siempre pronta, que requería muy poco estímulo para aflorar en ataques terribles.

—No voy a volver a la mina —dijo.

Era la primera frase que intercambiaba con su hermana en la mesa. Lo había decidido la noche anterior, al darse cuenta que no tenía sentido seguir haciendo vida de anacoreta en busca de una riqueza rápida. Tenía la concesión de la mina por dos años más, tiempo suficiente para explotar bien el maravilloso filón que había descubierto, pero pensaba que aunque el capataz le robara un poco, o no supiera trabajarla como lo haría él, no tenía ninguna razón para ir a enterrarse en el desierto. No deseaba hacerse rico a costa de tantos sacrificios. Le quedaba la vida por delante para enriquecerse si podía, para aburrirse y esperar la muerte, sin Rosa.

—En algo tendrás que trabajar, Esteban —replicó Férula—. Ya sabes que nosotras gastamos muy poco, casi nada, pero las medicinas de mamá son caras.

Esteban miró a su hermana. Era todavía una bella mujer, de formas opulentas y rostro ovalado de madona romana, pero a través de su piel pálida con reflejos de durazno y sus ojos llenos de sombras, ya se adivinaba la fealdad de la resignación. Férula había aceptado el papel de enfermera de su madre. Dormía en la habitación contigua a la de doña Ester, dispuesta en todo momento a acudir corriendo a su lado a darle sus pócimas, ponerle la bacinilla, acomodarle las almohadas. Tenía un alma atormentada. Sentía gusto en la humillación y en las labores abyectas, creía que iba a obtener el cielo por el medio terrible de sufrir iniquidades, por eso se complacía limpiando las pústulas de las piernas enfermas de su madre, lavándola, hundiéndose en sus olores y en sus miserias, escrutando su orinal. Y tanto como se odiaba a sí misma por esos tortuosos e inconfesables placeres, odiaba a su madre por servirle de instrumento. La atendía sin quejarse, pero procuraba sutilmente hacerle pagar el precio de su invalidez. Sin decirlo abiertamente, estaba presente entre las dos el hecho de que la hija había sacrificado su vida por cuidar a la madre y se había quedado soltera por esa causa. Férula había rechazado a dos novios con el pretexto de la enfermedad de su madre. No hablaba de eso, pero todo el mundo lo sabía. Era de gestos bruscos y torpes, con el mismo mal carácter de su hermano, pero obligada por la vida, y por su condición de mujer, a dominarlo y a morder el freno. Parecía tan perfecta, que llegó a tener fama de santa. La citaban como ejemplo por la dedicación que le prodigaba a doña Ester y por la forma en que había criado a su único hermano cuando enfermó la madre y murió el padre dejándolos en la miseria. Férula había adorado a su hermano Esteban cuando era niño. Dormía con él, lo bañaba, lo llevaba de paseo, trabajaba de sol a sol cosiendo ropa ajena para pagarle el colegio y había llorado de rabia y de impotencia el día que Esteban tuvo que entrar a trabajar en una Notaría porque en su casa no alcanzaba lo que ella ganaba para comer. Lo había cuidado y servido como ahora lo hacía con la madre y también a él lo envolvió en la red invisible de la culpabilidad y de las deudas de gratitud impagas. El muchacho empezó a alejarse de ella apenas se puso pantalones largos. Esteban podía recordar el momento exacto en que se dio cuenta que su hermana era una sombra fatídica. Fue cuando ganó su primer sueldo. Decidió que se reservaría cincuenta centavos para cumplir un sueño que acariciaba desde la infancia: tomar un café vienés. Había visto, a través de las ventanas del Hotel Francés, a los mozos que pasaban con las bandejas suspendidas sobre sus cabezas, llevando unos tesoros: altas copas de cristal coronadas por torres de crema batida y decoradas con una hermosa guinda glaseada. El día de su primer sueldo pasó delante del establecimiento muchas veces antes de atreverse a entrar. Por último cruzó con timidez el umbral, con la boina en la mano, y avanzó hacia el lujoso comedor, entre las lámparas de lágrimas y muebles de estilo, con la sensación de que todo el mundo lo miraba, que mil ojos juzgaban su traje demasiado estrecho y sus zapatos viejos. Se sentó en la punta de la silla, las orejas calientes, y le hizo el pedido al mozo con un hilo de voz. Esperó con impaciencia, espiando por los espejos el ir y venir de la gente, saboreando de antemano aquel placer tantas veces imaginado. Y llegó su café vienés, mucho más impresionante de lo imaginado, soberbio, delicioso, acompañado por tres galletitas de miel. Lo contempló fascinado por un largo rato. Finalmente se atrevió a tomar la cucharilla de mango largo y con un suspiro de dicha, la hundió en la crema. Tenía la boca hecha agua. Estaba dispuesto a hacer durar ese instante lo más posible, estirarlo hasta el infinito. Comenzó a revolver viendo cómo se mezclaba el líquido oscuro del vaso con la espuma de la crema. Revolvió, revolvió, revolvió... Y, de pronto, la punta de la cucharilla golpeó el cristal, abriendo un orificio por donde saltó el café a presión. Le cayó en la ropa. Esteban, horrorizado, vio todo el contenido del vaso desparramarse sobre su único traje, ante la mirada divertida de los ocupantes de otras mesas. Se paró, pálido de frustración, y salió del Hotel Francés con cincuenta centavos menos, dejando a su paso un reguero de café vienés sobre las mullidas alfombras. Llegó a su casa chorreado, furioso, descompuesto. Cuando Férula se enteró de lo que había sucedido, comentó ácidamente: «eso te pasa por gastar el dinero de las medicinas de mamá en tus caprichos. Dios te castigó». En ese momento Esteban vio con claridad los mecanismos que usaba su hermana para dominarlo, la forma en que conseguía hacerlo sentirse culpable y comprendió que debía ponerse a salvo. En la medida en que él se fue alejando de su tutela, Férula le fue tomando antipatía. La libertad que él tenía, a ella le dolía como un reproche, como una injusticia. Cuando se enamoró de Rosa y lo vio desesperado, como un chiquillo, pidiéndole ayuda, necesitándola, persiguiéndola por la casa para suplicarle que se acercara a la familia Del Valle, que hablara a Rosa, que sobornara a la Nana, Férula volvió a sentirse importante para Esteban. Por un tiempo parecieron reconciliados. Pero aquel fugaz reencuentro no duró mucho y Férula no tardó en darse cuenta de que había sido utilizada. Se alegró cuando vio partir a su hermano a la mina. Desde que empezó a trabajar, a los quince años, Esteban mantuvo la casa y adquirió el compromiso de hacerlo siempre, pero para Férula eso no era suficiente. Le molestaba tener que quedarse encerrada entre esas paredes hediondas a vejez y a remedios, desvelada con los gemidos de la enferma, atenta al reloj para administrarle sus medicinas, aburrida, cansada, triste, mientras que su hermano ignoraba esas obligaciones. Él podría tener un destino luminoso, libre, lleno de éxitos. Podría casarse, tener hijos, conocer el amor. El día que puso el telegrama anunciándole la muerte de Rosa, experimentó un cosquilleo extraño, casi de alegría.

—Tendrás que trabajar en algo —repitió Férula.

—Nunca les faltará nada mientras yo viva —dijo él.

—Es fácil decirlo —respondió Férula sacándose una espina de pescado entre los dientes.

—Creo que me iré al campo, a Las Tres Marías.

—Eso es una ruina, Esteban. Siempre te he dicho que es mejor vender esa tierra, pero tú eres testarudo como una mula.

—Nunca hay que vender la tierra. Es lo único que queda cuando todo lo demás se acaba.

—No estoy de acuerdo. La tierra es una idea romántica, lo que enriquece a los hombres es el buen ojo para los negocios —alegó Férula—. Pero tú siempre decías que algún día te ibas a ir a vivir al campo.

—Ahora ha llegado ese día. Odio esta ciudad.

—¿Por qué no dices mejor que odias esta casa?

—También —respondió él brutalmente.

—Me habría gustado nacer hombre, para poder irme también —dijo ella llena de odio.

—Y a mí no me habría gustado nacer mujer —dijo él.

Terminaron de comer en silencio.

Los hermanos estaban muy alejados y lo único que todavía los unía era la presencia de la madre y el recuerdo borroso del amor que se tuvieron en la niñez. Habían crecido en una casa arruinada, presenciando el deterioro moral y económico del padre y luego la lenta enfermedad de la madre. Doña Ester comenzó a padecer de artritis desde muy joven, fue poniéndose rígida hasta llegar a moverse con gran dificultad, como amortajada en vida, y, por último, cuando ya no pudo doblar las rodillas, se instaló definitivamente en su silla de ruedas, en su viudez y en su desolación. Esteban recordaba su infancia y su juventud, sus trajes estrechos, el cordón de san Francisco que lo obligaban a usar en pago de quién sabe qué promesas de su madre o de su hermana, sus camisas remendadas con cuidado y su soledad. Férula, cinco años mayor, lavaba y almidonaba día por medio sus únicas dos camisas, para que estuviera siempre pulcro y bien presentado, y le recordaba que por el lado de la madre llevaba el apellido más noble y linajudo del Virreinato de Lima. Trueba no había sido más que un lamentable accidente en la vida de doña Ester, que estaba destinada a casarse con alguien de su clase, pero se había enamorado perdidamente de aquel tarambana, emigrante de primera generación, que en pocos años dilapidó su dote y después su herencia. Pero de nada servía a Esteban el pasado de sangre azul, si en su casa no había para pagar las cuentas del almacén y tenía que irse a pie al colegio, porque no tenía el centavo para el tranvía. Recordaba que lo mandaban a clase con el pecho y la espalda forrados en papel de periódicos, porque no tenía ropa interior de lana y su abrigo daba lástima, y que padecía imaginando que sus compañeros podían oír, como lo oía él, el crujido del papel al frotarse contra su piel. En invierno, la única fuente de calor era un brasero en la habitación de su madre, donde se reunían los tres para ahorrar las velas y el carbón. Había sido una infancia de privaciones, de incomodidades, de asperezas, de interminables rosarios nocturnos, de miedos y de culpas. De todo eso no le había quedado más que la rabia y su desmesurado orgullo.

Dos días después Esteban Trueba partió al campo. Férula lo acompañó a la estación. Al despedirse lo besó fríamente en la mejilla y esperó que subiera al tren, con sus dos maletas de cuero con cerraduras de bronce, las mismas que había comprado para irse a la mina y que debían durarle toda la vida, como le había prometido el vendedor. Le recomendó que se cuidara y tratara de visitarlas de vez en cuando, dijo que lo echaría de menos, pero ambos sabían que estaban destinados a no verse en muchos años y en el fondo sentían un cierto alivio.

—¡Avísame si mamá empeora! —gritó Esteban por la ventanilla cuando el tren se puso en movimiento.

—¡No te preocupes! —respondió Férula agitando su pañuelo desde el andén.

Esteban Trueba se recostó en el respaldo tapizado en terciopelo rojo y agradeció la iniciativa de los ingleses de construir coches de primera clase, donde se podía viajar como un caballero, sin tener que soportar las gallinas, los canastos, los bultos de cartón amarrados con un cordel y los lloriqueos de los niños ajenos. Se felicitó por haberse decidido a gastar en un pasaje más costoso, por primera vez en su vida, y decidió que era en los detalles donde estaba la diferencia entre un caballero y un patán. Por eso, aunque estuviera en mala situación, de ese día en adelante iba a gastar en las pequeñas comodidades que lo hacían sentirse rico.

—¡No pienso volver a ser pobre! —decidió, pensando en el filón de oro.

Por la ventanilla del tren vio pasar el paisaje del valle central. Vastos campos tendidos al pie de la cordillera, fértiles campiñas de viñedos, de trigales, de alfalfa y de maravilla. Lo comparó con las yermas planicies del Norte, donde había pasado dos años metido en un hoyo, en medio de una naturaleza agreste y lunar cuya aterradora belleza no se cansaba de mirar, fascinado por los colores del desierto, por los azules, los morados, los amarillos, de los minerales a flor de tierra.

—Me está cambiando la vida —murmuró.

Cerró los ojos y se quedó dormido.

Bajó del tren en la estación San Lucas. Era un lugar miserable. A esa hora no se veía ni un alma en el andén de madera, con un techo arruinado por la intemperie y las hormigas. Desde allí se podía ver todo el valle a través de una bruma impalpable que se desprendía de la tierra mojada por la lluvia de la noche. Las montañas lejanas se perdían entre las nubes de un cielo encapotado y sólo la punta nevada del volcán se distinguía nítidamente, recortada contra el paisaje e iluminada por un tímido sol de invierno. Miró alrededor. En su infancia, en la única época feliz que podía recordar, antes que su padre terminara de arruinarse y se abandonara al licor y a su propia vergüenza, había cabalgado con él por esa región. Recordaba que en Las Tres Marías había jugado en los veranos, pero hacía tantos años de eso, que la memoria lo había casi borrado y no podía reconocer el lugar. Buscó con la vista el pueblo de San Lucas, pero sólo divisó un caserío lejano, desteñido en la humedad de la mañana. Recorrió la estación. Estaba cerrada con un candado la puerta de la única oficina. Había un aviso escrito con lápiz, pero estaba tan borroso que no pudo leerlo. Oyó que a sus espaldas el tren se ponía en marcha y comenzaba a alejarse dejando atrás una columna de humo blanco. Estaba solo en ese paraje silencioso. Tomó sus maletas y echó a andar por el barrizal y las piedras de un sendero que conducía al pueblo. Caminó más de diez minutos, agradecido de que no lloviera, porque a duras penas podía avanzar con sus pesadas maletas por ese camino y comprendió que la lluvia lo habría convertido en pocos segundos en un lodazal intransitable. Al acercarse al caserío vio humo en algunas chimeneas y suspiró aliviado, porque al comienzo tuvo la impresión de que era un villorrio abandonado, tal era su decrepitud y su soledad.

Se detuvo a la entrada del pueblo, sin ver a nadie. En la única calle cercada de modestas casas de adobe, reinaba el silencio y tuvo la sensación de marchar en sueños. Se aproximó a la casa más cercana, que no tenía ninguna ventana y cuya puerta estaba abierta. Dejó sus maletas en la acera y entró llamando en alta voz. Adentro estaba oscuro, porque la luz sólo provenía de la puerta, de modo que necesitó algunos segundos para acomodar la vista y acostumbrarse a la penumbra. Entonces divisó a dos niños jugando en el suelo de tierra apisonada, que lo miraban con grandes ojos asustados, y en un patio posterior a una mujer que avanzaba secándose las manos con el borde del delantal. Al verlo, esbozó un gesto instintivo para arreglarse un mechón de pelo que le caía sobre la frente. La saludó y ella respondió tapándose la boca con la mano al hablar para ocultar sus encías sin dientes. Trueba le explicó que necesitaba alquilar un coche, pero ella pareció no comprender y se limitó a esconder a los niños en los pliegues de su delantal, con una mirada sin expresión. Él salió, tomó su equipaje y siguió su camino.

Cuando había recorrido casi toda la aldea sin ver a nadie y empezaba a desesperarse, sintió a sus espaldas los cascos de un caballo. Era una destartalada carreta conducida por un leñador. Se paró delante y obligó al conductor a detenerse.

—¿Puede llevarme a Las Tres Marías? ¡Le pagaré bien! —gritó.

—¿Qué va a ir a hacer allá, caballero? —preguntó el hombre—. Ésa es una tierra de nadie, un roquerío sin ley.

Pero aceptó llevarlo y lo ayudó a poner su equipaje entre los atados de leña. Trueba se sentó a su lado en el pescante. De algunas casas salieron niños corriendo tras la carreta. Trueba se sintió más solo que nunca.

A once kilómetros del pueblo de San Lucas, por un camino devastado, invadido por la maleza y lleno de baches, apareció el aviso de madera con el nombre de la propiedad. Colgaba de una cadena rota y el viento lo golpeaba contra el poste con un sonido sordo que le sonó como un tambor de duelo. Le bastó una ojeada para comprender que se necesitaba un hércules para rescatar aquello de la desolación. La mala yerba se había tragado el sendero y para donde mirara veía peñascos, matorrales y monte. No había ni la sugerencia de potreros, ni restos de los viñedos que él recordaba, nadie que saliera a recibirlo. La carreta avanzó lentamente, siguiendo una huella que el paso de las bestias y los hombres había trazado en los malezales. Al poco rato divisó la casa del fundo, que todavía se mantenía en pie, pero aparecía como una visión de pesadumbre, llena de escombros, de alambres de gallinero en el suelo, de basura. Tenía la mitad de las tejas rotas y había una enredadera salvaje que se metía por las ventanas y cubría casi todas las paredes. Alrededor de la casa vio algunos ranchos de adobe sin blanquear, sin ventanas y con techos de paja, negros de hollín. Dos perros peleaban con furia en el patio.

La sonajera de las ruedas de la carreta y las maldiciones del leñador atrajeron a los ocupantes de los ranchos, que fueron apareciendo poco a poco. Miraban a los recién llegados con extrañeza y desconfianza. Habían pasado quince años sin ver ningún patrón y habían deducido que simplemente no lo tenían. No podían reconocer en ese hombre alto y autoritario al niño de rizos castaños que mucho tiempo atrás jugaba en ese mismo patio. Esteban los miró y tampoco pudo recordar a ninguno. Formaban un grupo miserable. Vio varias mujeres de edad indefinida, con la piel agrietada y seca, algunas aparentemente embarazadas, todas vestidas con harapos descoloridos y descalzas. Calculó que había por lo menos una docena de niños de todas las edades. Los menores estaban desnudos. Otros rostros se asomaban en los umbrales de las puertas, sin atreverse a salir. Esteban esbozó un gesto de saludo, pero nadie respondió. Algunos niños corrieron a esconderse detrás de las mujeres.

Esteban se bajó de la carreta, descargó sus dos maletas y pasó unas monedas al leñador.

—Si quiere lo espero, patrón —dijo el hombre.

—No. Aquí me quedo.

Se dirigió a la casa, abrió la puerta de un empujón y entró. Adentro había suficiente luz, porque la mañana entraba por los postigos rotos y los huecos del techo, donde habían cedido las tejas. Estaba lleno de polvo y telarañas, con un aspecto de total abandono, y era evidente que en esos años ninguno de los campesinos se había atrevido a dejar su choza para ocupar la gran casa patronal vacía. No habían tocado los muebles; eran los mismos de su niñez, en los mismos sitios de siempre, pero más feos, lúgubres y desvencijados de lo que podía recordar. Toda la casa estaba alfombrada con una capa de yerba, polvo y hojas secas. Olía a tumba. Un perro esquelético le ladró furiosamente, pero Esteban Trueba no le hizo caso y finalmente el perro, cansado, se echó en un rincón a rascarse las pulgas. Dejó sus maletas sobre una mesa y salió a recorrer la casa, luchando contra la tristeza que comenzaba a invadirlo. Pasó de una habitación a otra, vio el deterioro que el tiempo había labrado en todas las cosas, la pobreza, la suciedad, y sintió que ése era un hoyo mucho peor que el de la mina. La cocina era una amplia habitación cochambrosa, techo alto y de paredes renegridas por el humo de la leña y el carbón, mohosa, en ruinas; todavía colgaban de unos clavos en las paredes las cacerolas y sartenes de cobre y de fierro que no se habían usado en quince años y que nadie había tocado en todo ese tiempo. Los dormitorios tenían las mismas camas y los grandes armarios con espejos de luna que compró su padre en otra época, pero los colchones eran un montón de lana podrida y bichos que habían anidado en ellos durante generaciones. Escuchó los pasitos discretos de las ratas en el artesonado del techo. No pudo descubrir si el piso era de madera o de baldosas, porque en ninguna parte aparecía a la vista y la mugre lo tapaba todo. La capa gris de polvo borraba el contorno de los muebles. En lo que había sido el salón, aún se veía el piano alemán con una pata rota y las teclas amarillas, sonando como un clavecín desafinado. En los anaqueles quedaban algunos libros ilegibles con las páginas comidas por la humedad y en el suelo restos de revistas muy antiguas, que el viento desparramó. Los sillones tenían los resortes a la vista y había un nido de ratones en la poltrona donde su madre se sentaba a tejer antes que la enfermedad le pusiera las manos como garfios.

Cuando terminó su recorrido, Esteban tenía las ideas más claras. Sabía que tenía por delante un trabajo titánico, porque si la casa estaba en ese estado de abandono, no podía esperar que el resto de la propiedad estuviera en mejores condiciones. Por un instante tuvo la tentación de cargar sus dos maletas en la carreta y volver por donde mismo había llegado, pero desechó ese pensamiento de una plumada y resolvió que si había algo que podía calmar la pena y la rabia de haber perdido a Rosa, era partirse el lomo trabajando en esa tierra arruinada. Se quitó el abrigo, respiró profundamente y salió al patio donde todavía estaba el leñador junto a los inquilinos reunidos a cierta distancia, con la timidez propia de la gente del campo. Se observaron mutuamente con curiosidad. Trueba dio un par de pasos hacia ellos y percibió un leve movimiento de retroceso en el grupo, paseó la vista por los zarrapastrosos campesinos y trató de esbozar una sonrisa amistosa a los niños sucios de mocos, a los viejos legañosos y a las mujeres sin esperanza, pero le salió como una mueca.

—¿Dónde están los hombres? —preguntó.

El único hombre joven dio un paso adelante. Probablemente tenía la misma edad de Esteban Trueba, pero se veía mayor.

—Se fueron —dijo.

—¿Cómo te llamas?

—Pedro Segundo García, señor —respondió el otro.

—Yo soy el patrón ahora. Se acabó la fiesta. Vamos a trabajar. Al que no le guste la idea, que se vaya de inmediato. Al que se quede no le faltará de comer, pero tendrá que esforzarse. No quiero flojos ni gente insolente, ¿me oyeron?

Se miraron asombrados. No habían comprendido ni la mitad del discurso, pero sabían reconocer la voz del amo cuando la escuchaban.

—Entendimos, patrón —dijo Pedro Segundo García—. No tenemos donde ir, siempre hemos vivido aquí. Nos quedamos.

Un niño se agachó y se puso a cagar y un perro sarnoso se acercó a olisquearlo. Esteban, asqueado, dio orden de guardar al niño, lavar el patio y matar al perro. Así comenzó la nueva vida que, con el tiempo, habría de hacerlo olvidar a Rosa.

Nadie me va a quitar de la cabeza la idea de que he sido un buen patrón. Cualquiera que hubiera visto Las Tres Marías en los tiempos del abandono y la viera ahora, que es un fundo modelo, tendría que estar de acuerdo conmigo. Por eso no puedo aceptar que mi nieta me venga con el cuento de la lucha de clases, porque si vamos al grano, esos pobres campesinos están mucho peor ahora que hace cincuenta años. Yo era como un padre para ellos. Con la reforma agraria nos jodimos todos.

Para sacar a Las Tres Marías de la miseria destiné todo el capital que había ahorrado para casarme con Rosa y todo lo que me enviaba el capataz de la mina, pero no fue el dinero el que salvó a esa tierra, sino el trabajo y la organización. Se corrió la voz de que había un nuevo patrón en Las Tres Marías y que estábamos quitando las piedras con bueyes y arando los potreros para sembrar. Pronto comenzaron a llegar algunos hombres a ofrecerse como braceros, porque yo pagaba bien y les daba abundante comida. Compré animales. Los animales eran sagrados para mí y aunque pasáramos el año sin probar la carne, no se sacrificaban. Así creció el ganado. Organicé a los hombres en cuadrillas y después de trabajar en el campo, nos dedicábamos a reconstruir la casa patronal. No eran carpinteros ni albañiles, todo se lo tuve que enseñar yo con unos manuales que compré. Hasta plomería hicimos con ellos, arreglamos los techos, pintamos todo con cal, limpiamos hasta dejar la casa brillante por dentro y por fuera. Repartí los muebles entre los inquilinos, menos la mesa del comedor, que todavía estaba indemne a pesar de la polilla que había infectado todo, y la cama de fierro forjado que había sido de mis padres. Me quedé viviendo en la casa vacía, sin más mobiliario que esas dos cosas y unos cajones donde me sentaba, hasta que Férula me mandó de la capital los muebles nuevos que le encargué. Eran piezas grandes, pesadas, ostentosas, hechas para resistir muchas generaciones y adecuados para la vida de campo, la prueba es que se necesitó un terremoto para destruirlos. Los acomodé contra las paredes, pensando en la comodidad y no en la estética, y una vez que la casa estuvo confortable, me sentí contento y empecé a acostumbrarme a la idea de que iba a pasar muchos años, tal vez toda la vida, en Las Tres Marías.

Las mujeres de los inquilinos hacían turnos para servir en la casa patronal y ellas se encargaron de mi huerta. Pronto vi las primeras flores en el jardín que tracé con mi propia mano y que, con muy pocas modificaciones, es el mismo que existe hoy día. En esa época la gente trabajaba sin chistar. Creo que mi presencia les devolvió la seguridad y vieron que poco a poco esa tierra se convertía en un lugar próspero. Eran gente buena y sencilla, no había revoltosos. También es cierto que eran muy pobres e ignorantes. Antes que yo llegara se limitaban a cultivar sus pequeñas chacras familiares que les daban lo indispensable para no morirse de hambre, siempre que no los golpeara alguna catástrofe, como sequía, helada, peste, hormiga o caracol, en cuyo caso las cosas se les ponían muy difíciles. Conmigo todo eso cambió. Fuimos recuperando los potreros uno por uno, reconstruimos el gallinero y los establos y comenzamos a trazar un sistema de riego para que las siembras no dependieran del clima, sino de algún mecanismo científico. Pero la vida no era fácil. Era muy dura. A veces yo iba al pueblo y volvía con un veterinario que revisaba a las vacas y a las gallinas y, de paso, echaba una mirada a los enfermos. No es cierto que yo partiera del principio de que si los conocimientos del veterinario alcanzaban para los animales, también servían para los pobres, como dice mi nieta cuando quiere ponerme furioso. Lo que pasaba era que no se conseguían médicos por esos andurriales. Los campesinos consultaban a una meica indígena que conocía el poder de las yerbas y de la sugestión, a quien le tenían una gran confianza. Mucha más que al veterinario. Las parturientas daban a luz con ayuda de las vecinas, de la oración y de una comadrona que casi nunca llegaba a tiempo, porque tenía que hacer el viaje en burro, pero que igual servía para hacer nacer a un niño, que para sacarle el ternero a una vaca atravesada. Los enfermos graves, esos que ningún encantamiento de la meica ni pócima del veterinario podían curar, eran llevados por Pedro Segundo García o por mí en una carreta al hospital de las monjas, donde a veces había algún médico de turno que los ayudaba a morir. Los muertos iban a parar con sus huesos a un pequeño camposanto junto a la parroquia abandonada, al pie del volcán, donde ahora hay un cementerio como Dios manda. Una o dos veces al año yo conseguía un sacerdote para que fuera a bendecir las uniones, los animales y las máquinas, bautizar a los niños y decir alguna oración atrasada a los difuntos. Las únicas diversiones eran capar a los cerdos y a los toros, las peleas de gallos, la rayuela y las increíbles historias de Pedro García, el viejo, que en paz descanse. Era el padre de Pedro Segundo y decía que su abuelo había combatido en las filas de los patriotas que echaron a los españoles de América. Enseñaba a los niños a dejarse picar por las arañas y tomar orina de mujer encinta para inmunizarse. Conocía casi tantas yerbas como la meica, pero se confundía en el momento de decidir su aplicación y cometía algunos errores irreparables. Para sacar muelas, sin embargo, reconozco que tenía un sistema insuperable, que le había dado justa fama en toda la zona, era una combinación de vino tinto y padrenuestros, que sumía al paciente en trance hipnótico. A mí me sacó una muela sin dolor y si estuviera vivo, sería mi dentista.

Muy pronto empecé a sentirme a gusto en el campo. Mis vecinos más próximos quedaban a una buena distancia a lomo de caballo, pero a mí no me interesaba la vida social, me complacía la soledad y además tenía mucho trabajo entre las manos. Me fui convirtiendo en un salvaje, se me olvidaron las palabras, se me acortó el vocabulario, me puse muy mandón. Como no tenía necesidad de aparentar ante nadie, se acentuó el mal carácter que siempre he tenido. Todo me daba rabia, me enojaba cuando veía a los niños rondando las cocinas para robarse el pan, cuando las gallinas alborotaban en el patio, cuando los gorriones invadían los maizales. Cuando el mal humor empezaba a estorbarme y me sentía incómodo en mi propio pellejo, salía a cazar. Me levantaba mucho antes que amaneciera y partía con una escopeta al hombro, mi morral y mi perro perdiguero. Me gustaba la cabalgata en la oscuridad, el frío del amanecer, el largo acecho en la sombra, el silencio, el olor de la pólvora y la sangre, sentir contra el hombro recular el arma con un golpe seco y ver a la presa caer pataleando, eso me tranquilizaba y cuando regresaba de una cacería, con cuatro conejos miserables en el morral y unas perdices tan perforadas que no servían para cocinarlas, medio muerto de fatiga y lleno de barro, me sentía aliviado y feliz.

Cuando pienso en esos tiempos, me da una gran tristeza. La vida se me pasó muy rápido. Si volviera a empezar hay algunos errores que no cometería, pero en general no me arrepiento de nada. Sí, he sido un buen patrón, de eso no hay duda.

Los primeros meses Esteban Trueba estuvo tan ocupado canalizando el agua, cavando pozos, sacando piedras, limpiando potreros y reparando los gallineros y los establos, que no tuvo tiempo de pensar en nada. Se acostaba rendido y se levantaba al alba, tomaba un magro desayuno en la cocina y partía a caballo a vigilar las labores del campo. No regresaba hasta el atardecer. A esa hora hacía la única comida completa del día, solo en el comedor de casa. Los primeros meses se hizo el propósito de bañarse y cambiarse ropa diariamente a la hora de cenar, como había oído que hacían los colonos ingleses en las más lejanas aldeas del Asia y del África, para no perder la dignidad y el señorío. Se vestía con su mejor ropa, se afeitaba y ponía en el gramófono las mismas arias de sus óperas preferidas todas las noches. Pero poco a poco se dejó vencer por la rusticidad y aceptó que no tenía vocación de petimetre, especialmente si no había nadie que pudiera apreciar el esfuerzo. Dejó de afeitarse, se cortaba el pelo cuando le llegaba por los hombros, y siguió bañándose sólo porque tenía el hábito muy arraigado, pero se despreocupó de su ropa y de sus modales. Fue convirtiéndose en un bárbaro. Antes de dormir leía un rato o jugaba ajedrez, había desarrollado la habilidad de competir contra un libro sin hacer trampas y de perder las partidas sin enojarse. Sin embargo, la fatiga del trabajo no fue suficiente para sofocar su naturaleza fornida y sensual. Empezó a pasar malas noches, las frazadas le parecían muy pesadas, las sábanas demasiado suaves. Su caballo le jugaba malas pasadas y de repente se convertía en una hembra formidable, una montaña dura y salvaje de carne, sobre la cual cabalgaba hasta molerse los huesos. Los tibios y perfumados melones de la huerta le parecían descomunales pechos de mujer y se sorprendía enterrando la cara en la manta de su montura, buscando en el agrio olor del sudor de la bestia, la semejanza con aquel aroma lejano y prohibido de sus primeras prostitutas. En la noche se acaloraba con pesadillas de mariscos podridos, de trozos enormes de res descuartizada, de sangre, de semen, de lágrimas. Despertaba tenso, con el sexo como un fierro entre las piernas, más rabioso que nunca. Para aliviarse, corría a zambullirse desnudo en el río y se hundía en las aguas heladas hasta perder la respiración, pero entonces creía sentir unas manos invisibles que le acariciaban las piernas. Vencido, se dejaba flotar a la deriva, sintiéndose abrazado por la corriente, besado por los guarisapos, fustigado por las cañas de la orilla. Al poco tiempo su apremiante necesidad era notoria, no se calmaba ni con inmersiones nocturnas en el río, ni con infusiones de canela, ni colocando piedra lumbre debajo del colchón, ni siquiera con los manipuleos vergonzantes que en el internado ponían locos a los muchachos, los dejaban ciegos y los sumían en la condenación eterna. Cuando comenzó a mirar con ojos de concupiscencia a las aves del corral, a los niños que jugaban desnudos en el huerto y hasta a la masa cruda del pan, comprendió que su virilidad no se iba a calmar con sustitutos de sacristán. Su sentido práctico le indicó que tenía que buscarse una mujer y, una vez tomada la decisión, la ansiedad que lo consumía se calmó y su rabia pareció aquietarse. Ese día amaneció sonriendo por primera vez en mucho tiempo.

Pedro García, el viejo, lo vio salir silbando camino al establo y movió la cabeza inquieto.

El patrón anduvo todo el día ocupado en el arado de un potrero que acababa de hacer limpiar y que había destinado a plantar maíz. Después se fue con Pedro Segundo García a ayudar a una vaca que a esas horas trataba de parir y tenía al ternero atravesado. Tuvo que introducirle el brazo hasta el codo para voltear al crío y ayudarlo a asomar la cabeza. La vaca se murió de todos modos, pero eso no le puso de mal humor. Ordenó que alimentaran al ternero con una botella, se lavó en un balde y volvió a montar. Normalmente era su hora de comida, pero no tenía hambre. No tenía ninguna prisa, porque ya había hecho su elección.

Había visto a la muchacha muchas veces cargando en la cadera a su hermanito moquillento, con un saco en la espalda o un cántaro de agua del pozo en la cabeza. La había observado cuando lavaba la ropa, agachada en las piedras planas del río, con sus piernas morenas pulidas por el agua, refregando los trapos descoloridos con sus toscas manos de campesina. Era de huesos grandes y rostro aindiado, con las facciones anchas y la piel oscura, de expresión apacible y dulce, su amplia boca carnosa conservaba todavía todos los dientes y cuando sonreía se iluminaba, pero lo hacía muy poco. Tenía la belleza de la primera juventud, aunque él podía ver que se marchitaría muy pronto, como sucede a las mujeres nacidas para parir muchos hijos, trabajar sin descanso y enterrar a sus muertos. Se llamaba Pancha García y tenía quince años.

Cuando Esteban Trueba salió a buscarla, ya había caído la tarde y estaba más fresco. Recorrió con su caballo al paso las largas alamedas que dividían los potreros preguntando por ella a los que pasaban, hasta que la vio por el camino que conducía a su rancho. Iba doblada por el peso de un haz de espino para el fogón de la cocina, sin zapatos, cabizbaja. La miró desde la altura del caballo y sintió al instante la urgencia del deseo que había estado molestándolo durante tantos meses. Se acercó al trote hasta colocarse a su lado, ella lo oyó, pero siguió caminando sin mirarlo, por la costumbre ancestral de todas las mujeres de su estirpe de bajar la cabeza ante el macho. Esteban se agachó y le quitó el fardo, lo sostuvo un momento en el aire y luego lo arrojó con violencia a la berma del camino, alcanzó a la muchacha con un brazo por la cintura y la levantó con un resoplido bestial, acomodándola delante de la montura, sin que ella opusiera ninguna resistencia. Espoleó el caballo y partieron al galope en dirección al río. Desmontaron sin intercambiar ni una palabra y se midieron con los ojos. Esteban se soltó el ancho cinturón de cuero y ella retrocedió, pero la atrapó de un manotazo. Cayeron abrazados entre las hojas de los eucaliptos.

Esteban no se quitó la ropa. La acometió con fiereza incrustándose en ella sin preámbulos, con una brutalidad inútil. Se dio cuenta demasiado tarde, por las salpicaduras sangrientas en su vestido, que la joven era virgen, pero ni la humilde condición de Pancha, ni las apremiantes exigencias de su apetito, le permitieron tener contemplaciones. Pancha García no se defendió, no se quejó, no cerró los ojos. Se quedó de espaldas, mirando el cielo con expresión despavorida, hasta que sintió que el hombre se desplomaba con un gemido a su lado. Entonces empezó a llorar suavemente. Antes que ella su madre, y antes que su madre su abuela, habían sufrido el mismo destino de perra. Esteban Trueba se acomodó los pantalones, se cerró el cinturón, la ayudó a ponerse en pie y la sentó en el anca de su caballo. Emprendieron el regreso. Él iba silbando. Ella seguía llorando. Antes de dejarla en su rancho, el patrón la besó en la boca.

—Desde mañana quiero que trabajes en la casa —dijo.

Pancha asintió sin levantar la vista. También su madre y su abuela habían servido en la casa patronal.

Esa noche Esteban Trueba durmió como un bendito, sin soñar con Rosa. En la mañana se sentía pleno de energía, más grande y poderoso. Se fue al campo canturreando y a su regreso, Pancha estaba en la cocina, afanada revolviendo el manjar blanco en una gran olla de cobre. Esa noche la esperó con impaciencia y cuando se callaron los ruidos domésticos en la vieja casona de adobe y empezaron los trajines nocturnos de las ratas, sintió la presencia de la muchacha en el umbral de su puerta.

—Ven, Pancha —la llamó. No era una orden, sino más bien una súplica.

Esa vez Esteban se dio tiempo para gozarla y para hacerla gozar. La recorrió tranquilamente, aprendiendo de memoria el olor ahumado de su cuerpo y de su ropa lavada con ceniza y estirada con plancha a carbón, conoció la textura de su pelo negro y liso, de su piel suave en los sitios más recónditos y áspera y callosa en los demás, de sus labios frescos, de su sexo sereno y su vientre amplio. La deseó con calma y la inició en la ciencia más secreta y más antigua. Probablemente fue feliz esa noche y algunas noches más, retozando como dos cachorros en la gran cama de fierro forjado que había sido del primer Trueba y que ya estaba medio coja, pero aún podía resistir los embates del amor.

A Pancha García le crecieron los senos y se le redondearon las caderas. A Esteban Trueba le mejoró por un tiempo el mal humor y comenzó a interesarse en sus inquilinos. Los visitó en sus ranchos de miseria. Descubrió en la penumbra de uno de ellos, un cajón relleno con papel de periódico donde compartían el sueño un niño de pecho y una perra recién parida. En otro, vio a una anciana que estaba muriéndose desde hacía cuatro años y tenía los huesos asomados por las llagas de la espalda. En un patio conoció a un adolescente idiota, babeando, con una soga al cuello, atado a un poste, hablando cosas de otros mundos, desnudo y con un sexo de mulo que refregaba incansablemente contra el suelo. Se dio cuenta, por primera vez, que el peor abandono no era el de las tierras y los animales, sino de los habitantes de Las Tres Marías, que habían vivido en el desamparo desde la época en que su padre se jugó la dote y la herencia de su madre. Decidió que era tiempo de llevar un poco de civilización a ese rincón perdido entre la cordillera y el mar.

En Las Tres Marías comenzó una fiebre de actividad que sacudió la modorra. Esteban Trueba puso a trabajar a los campesinos como nunca lo habían hecho. Cada hombre, mujer, anciano y niño que pudiera tenerse en sus dos piernas, fue empleado por el patrón, ansioso por recuperar en pocos meses los años de abandono. Hizo construir un granero y despensas para guardar alimentos para el invierno, hizo salar la carne de caballo y ahumar la de cerdo y puso a las mujeres a hacer dulces y conservas de frutas. Modernizó la lechería, que no era más que un galpón lleno de estiércol y moscas, y obligó a las vacas a producir suficiente leche. Inició la construcción de una escuela con seis aulas, porque tenía la ambición de que todos los niños y adultos de Las Tres Marías debían aprender a leer, escribir y sumar, aunque no era partidario de que adquirieran otros conocimientos, para que no se les llenara la cabeza con ideas inapropiadas a su estado y condición. Sin embargo, no pudo conseguir un maestro que quisiera trabajar en esas lejanías, y ante la dificultad para atrapar a los chiquillos con promesas de azotes y de caramelos para alfabetizarlos él mismo, abandonó esa ilusión y dio otros usos a la escuela. Su hermana Férula le enviaba desde la capital los libros que le encargaba. Era literatura práctica. Con ellos aprendió a poner inyecciones colocándoselas en las piernas y fabricó una radio a galena. Gastó sus primeras ganancias en comprar telas rústicas, una máquina de coser, una caja de píldoras homeopáticas con su manual de instrucciones, una enciclopedia y un cargamento de silabarios, cuadernos y lápices. Acarició el proyecto de hacer un comedor donde todos los niños recibieran una comida completa al día, para que crecieran fuertes y sanos y pudieran trabajar desde pequeños, pero comprendió que era cosa de locos obligar a los niños a trasladarse desde cada extremo de la propiedad por un plato de comida, de modo que cambió el proyecto por un taller de costura. Pancha García fue la encargada de desentrañar los misterios de la máquina de coser. Al principio, creía que era un instrumento del diablo dotado de vida propia y se negaba a aproximársele, pero él fue inflexible y ella acabó por dominarla. Trueba organizó una pulpería. Era un modesto almacén donde los inquilinos podían comprar lo necesario sin tener que hacer el viaje en carreta hasta San Lucas. El patrón compraba las cosas al por mayor y lo revendía al mismo precio a sus trabajadores. Impuso un sistema de vales, que primero funcionó como una forma de crédito y con el tiempo llegó a reemplazar al dinero legal. Con sus papeles rosados se compraba todo en la pulpería y se pagaban los sueldos. Cada trabajador tenía derecho, además de los famosos papelitos, a un trozo de tierra para cultivar en su tiempo libre, seis gallinas por familia al año, una porción de semillas, una parte de la cosecha que cubriera sus necesidades, pan y leche para el día y cincuenta pesos que se repartían para Navidad y para las Fiestas Patrias entre los hombres. Las mujeres no tenían esa bonificación, aunque trabajaran con los hombres de igual a igual, porque no se las consideraba jefes de familia, excepto en el caso de las viudas. El jabón de lavar, la lana para tejer y el jarabe para fortalecer los pulmones eran distribuidos gratuitamente, porque Trueba no quería a su alrededor gente sucia, con frío o enferma. Un día leyó en la enciclopedia las ventajas de una dieta equilibrada y comenzó su manía de las vitaminas, que había de durarle por el resto de la vida. Sufría rabietas cada vez que comprobaba que los campesinos daban a los niños sólo el pan y alimentaban a los cerdos con la leche y los huevos. Empezó a hacer reuniones obligatorias en la escuela para hablarles de las vitaminas y, de paso, informarlos sobre las noticias que conseguía captar mediante los escarceos con la radio a galena. Pronto se aburrió de perseguir la onda con el alambre y encargó a la capital una radio transoceánica provista de dos enormes baterías. Con ella podía captar algunos mensajes coherentes, en medio de un ensordecedor barullo de sonidos de ultramar. Así se enteró de la guerra de Europa y siguió los avances de las tropas en un mapa que colgó en el pizarrón de la escuela y que iba marcando con alfileres. Los campesinos lo observaban estupefactos, sin comprender ni remotamente el propósito de clavar un alfiler en el color azul y al día siguiente correrlo al color verde. No podían imaginar el mundo del tamaño de un papel suspendido en el pizarrón, ni a los ejércitos reducidos a la cabeza de un alfiler. En realidad, la guerra, los inventos de la ciencia, el progreso de la industria, el precio del oro y las extravagancias de la moda, los tenían sin cuidado. Eran cuentos de hadas que en nada modificaban la estrechez de su existencia. Para aquel impávido auditorio, las noticias de la radio eran lejanas y ajenas y el aparato se desprestigió rápidamente cuando fue evidente que no podía pronosticar el estado del tiempo. El único que demostraba interés por los mensajes venidos del aire, era Pedro Segundo García.

Esteban Trueba compartió con él muchas horas, primero junto a la radio a galena, y después con la de batería, esperando el milagro de una voz anónima y remota que los pusiera en contacto con la civilización. Esto, sin embargo, no consiguió acercarlos. Trueba sabía que ese rudo campesino era más inteligente que los demás. Era el único que sabía leer y era capaz de mantener una conversación de más de tres frases. Era lo más parecido a un amigo que tenía en cien kilómetros a la redonda, pero su monumental orgullo le impedía reconocerle ninguna virtud, excepto aquellas propias de su condición de buen peón de campo. Tampoco era partidario de las familiaridades con los subalternos. Por su parte, Pedro Segundo lo odiaba, aunque jamás había puesto nombre a ese sentimiento tormentoso que le abrasaba el alma y lo llenaba de confusión. Era una mezcla de miedo y de rencorosa admiración. Presentía que nunca se atrevería a hacerle frente, porque era el patrón. Tendría que soportar sus rabietas, sus órdenes desconsideradas y su prepotencia durante el resto de su vida. En los años en que Las Tres Marías estuvo abandonada, él había asumido en forma natural el mando de la pequeña tribu que sobrevivió en esas tierras olvidadas. Se había acostumbrado a ser respetado, a mandar, a tomar decisiones y a no tener más que el cielo sobre su cabeza. La llegada del patrón le cambió la vida, pero no podía dejar de admitir que ahora vivían mejor, que no pasaban hambre y que estaban más protegidos y seguros. Algunas veces Trueba creyó verle en los ojos un destello asesino, pero nunca pudo reprocharle una insolencia. Pedro Segundo obedecía sin chistar, trabajaba sin quejarse, era honesto y parecía leal. Si veía pasar a su hermana Pancha por el corredor de la casa patronal, con el vaivén pesado de la hembra satisfecha, agachaba la cabeza y callaba.

Pancha García era joven y el patrón era fuerte. El resultado predecible de su alianza comenzó a notarse a los pocos meses. Las venas de las piernas de la muchacha aparecieron como lombrices en su piel morena, se hizo más lento su gesto y lejana su mirada, perdió interés en los retozos descarados de la cama de fierro forjado y rápidamente se le engrosó la cintura y se le cayeron los senos con el peso de una nueva vida que crecía en su interior. Esteban tardó bastante en darse cuenta, porque casi nunca la miraba y, pasado el entusiasmo del primer momento, tampoco la acariciaba. Se limitaba a utilizarla como una medida higiénica que aliviaba la tensión del día y le brindaba una noche sin sueños. Pero llegó un momento en que la gravidez de Pancha fue evidente incluso para él. Le tomó repulsión. Empezó a verla como un enorme envase que contenía una sustancia informe y gelatinosa, que no podía reconocer como un hijo suyo. Pancha abandonó la casa del patrón y regresó al rancho de sus padres, donde no le hicieron preguntas. Siguió trabajando en la cocina patronal, amasando el pan y cosiendo a máquina, cada día más deformada por la maternidad. Dejó de servir la mesa a Esteban y evitó encontrarse con él, puesto que ya nada tenían que compartir. Una semana después que ella salió de su cama, él volvió a soñar con Rosa y despertó con las sábanas húmedas. Miró por la ventana y vio a una niña delgada que estaba colgando en un alambre la ropa recién lavada. No parecía tener más de trece o catorce años, pero estaba completamente desarrollada. En ese momento se volvió y lo miró: tenía la mirada de una mujer.

Pedro García vio al patrón salir silbando camino al establo y movió la cabeza inquieto.

En el transcurso de los diez años siguientes, Esteban Trueba se convirtió en el patrón más respetado de la región, construyó casas de ladrillo para sus trabajadores, consiguió un maestro para la escuela y subió el nivel de vida de todo el mundo en sus tierras. Las Tres Marías era un buen negocio que no requería ayuda del filón de oro, sino, por el contrario, sirvió de garantía para prorrogar la concesión de la mina. El mal carácter de Trueba se convirtió en una leyenda y se acentuó hasta llegar a incomodarlo a él mismo. No aceptaba que nadie le replicara y no toleraba ninguna contradicción, consideraba que el menor desacuerdo era una provocación. También se acrecentó su concupiscencia. No pasaba ninguna muchacha de la pubertad a la edad adulta sin que la hiciera probar el bosque, la orilla del río o la cama de fierro forjado. Cuando no quedaron mujeres disponibles en Las Tres Marías, se dedicó a perseguir a las de otras haciendas, violándolas en un abrir y cerrar de ojos, en cualquier lugar del campo, generalmente al atardecer. No se preocupaba de hacerlo a escondidas, porque no le temía a nadie. En algunas ocasiones llegaron hasta Las Tres Marías un hermano, un padre, un marido o un patrón a pedirle cuentas, pero ante su violencia descontrolada, estas visitas de justicia o de venganza fueron cada vez menos frecuentes. La fama de su brutalidad se extendió por toda la zona y causaba envidiosa admiración entre los machos de su clase. Los campesinos escondían a las muchachas y apretaban los puños inútilmente, pues no podían hacerle frente. Esteban Trueba era más fuerte y tenía impunidad. Dos veces aparecieron cadáveres de campesinos de otras haciendas acribillados a tiros de escopeta y a nadie le cupo duda que había que buscar al culpable en Las Tres Marías, pero los gendarmes rurales se limitaron a anotar el hecho en su libro de actas, con la trabajosa caligrafía de los semianalfabetos, agregando que habían sido sorprendidos robando. La cosa no pasó de allí. Trueba siguió labrando su prestigio de rajadiablos, sembrando la región de bastardos, cosechando el odio y almacenando culpas que no le hacían mella, porque se le había curtido el alma y acallado la conciencia con el pretexto del progreso. En vano Pedro Segundo García y el viejo cura del hospital de las monjas trataron de sugerirle que no eran las casitas de ladrillo ni los litros de leche los que hacían a un buen patrón, o a un buen cristiano, sino dar a la gente un sueldo decente en vez de papelitos rosados, un horario de trabajo que no les moliera los riñones y un poco de respeto y dignidad. Trueba no quería oír hablar de esas cosas que, según él, olían a comunismo.

—Son ideas degeneradas —mascullaba—. Ideas bolcheviques para soliviantarme a los inquilinos. No se dan cuenta que esta pobre gente no tiene cultura ni educación, no pueden asumir responsabilidades, son niños. ¿Cómo van a saber lo que les conviene? Sin mí estarían perdidos, la prueba es que cuando doy vuelta la cara, se va todo al diablo y empiezan a hacer burradas. Son muy ignorantes. Mi gente está muy bien, ¿qué más quieren? No les falta nada. Si se quejan, es de puro mal agradecidos. Tienen casas de ladrillo, me preocupo de sonar los mocos y quitar los parásitos a sus chiquillos, de llevarles vacunas y enseñarles a leer. ¿Hay otro fundo por aquí que tenga su propia escuela? ¡No! Siempre que puedo, les llevo al cura para que les diga unas misas, así es que no sé por qué viene el cura a hablarme de justicia. No tiene que meterse en lo que no sabe y no es de su incumbencia. ¡Quisiera verlo a cargo de esta propiedad! A ver si iba a andar con remilgos. Con estos pobres diablos hay que tener mano dura, es el único lenguaje que entienden. Si uno se ablanda, no lo respetan. No niego que muchas veces he sido muy severo, pero siempre he sido justo. He tenido que enseñarles de todo, hasta a comer, porque si fuera por ellos, se alimentaban de puro pan. Si me descuido les dan la leche y los huevos a los chanchos. ¡No saben limpiarse el traste y quieren derecho a voto! Si no saben donde están parados, ¿cómo van a saber de política? Son capaces de votar por los comunistas, como los mineros del Norte, que con sus huelgas perjudican a todo el país, justamente cuando el precio del mineral está en su punto máximo. Mandar a la tropa es lo que haría yo en el Norte, para que les corra bala, a ver si aprenden de una vez por todas. Por desgracia el garrote es lo único que funciona en estos países. No estamos en Europa. Aquí lo que se necesita es un gobierno fuerte, un patrón fuerte. Sería muy lindo que fuéramos todos iguales, pero no lo somos. Eso salta a la vista. Aquí el único que sabe trabajar soy yo y los desafío a que me prueben lo contrario. Me levanto el primero y me acuesto el último en esta maldita tierra. Si fuera por mí, mandaba todo al carajo y me iba a vivir como un príncipe a la capital, pero tengo que estar aquí, porque si me ausento aunque sea por una semana, esto se viene al suelo y estos infelices empiezan a morirse de hambre. Acuérdense cómo era cuando yo llegué hace nueve o diez años: una desolación. Era una ruina de piedras y buitres. Una tierra de nadie. Estaban todos los potreros abandonados. A nadie se le había ocurrido canalizar el agua. Se contentaban con plantar cuatro lechugas mugrientas en sus patios y dejaron que todo lo demás se hundiera en la miseria. Fue necesario que yo llegara para que aquí hubiera orden, ley, trabajo. ¿Cómo no voy a estar orgulloso? He trabajado tan bien, que ya compré los dos fundos vecinos y esta propiedad es la más grande y la más rica de toda la zona, la envidia de todo el mundo, un ejemplo, un fundo modelo. Y ahora que la carretera pasa por el lado, se ha duplicado su valor, si quisiera venderlo podría irme a Europa a vivir de mis rentas, pero no me voy, me quedo aquí, machucándome. Lo hago por esta gente. Sin mí estarían perdidos. Si vamos al fondo de las cosas, no sirven ni para hacer los mandados, siempre lo he dicho: son como niños. No hay uno que pueda hacer lo que tiene que hacer sin que tenga que estar yo detrás azuzándolo. ¡Y después me vienen con el cuento de que somos todos iguales! Para morirse de la risa, carajo...

A su madre y hermana enviaba cajones con frutas, carnes saladas, jamones, huevos frescos, gallinas vivas y en escabeche, harina, arroz y granos por sacos, quesos del campo y todo el dinero que podían necesitar, porque eso no le faltaba. Las Tres Marías y la mina producían como era debido por primera vez desde que Dios puso aquello en el planeta, como le gustaba decir a quien quisiera oírlo. A doña Ester y a Férula daba lo que nunca ambicionaron, pero no tuvo tiempo, en todos esos años, para irlas a visitar, aunque fuera de paso en alguno de sus viajes al Norte. Estaba tan ocupado en el campo, en las nuevas tierras que había comprado y en otros negocios a los que empezaba a echar el guante, que no podía perder su tiempo junto al lecho de una enferma. Además existía el correo que los mantenía en contacto y el tren que le permitía mandar todo lo que quisiera. No tenía necesidad de verlas. Todo se podía decir por carta. Todo menos lo que no quería que supieran, como la recua de bastardos que iban naciendo como por arte de magia. Bastaba tumbar a una muchacha en el potrero y quedaba preñada inmediatamente, era cosa del demonio, tanta fertilidad era insólita, estaba seguro que la mitad de los críos no eran suyos. Por eso decidió que aparte del hijo de Pancha García, que se llamaba Esteban como él y que no había duda de que su madre era virgen cuando la poseyó, los demás podían ser sus hijos y podían no serlo y siempre era mejor pensar que no lo eran. Cuando llegaba a su casa alguna mujer con un niño en los brazos para reclamar el apellido o alguna ayuda, la ponía en el camino con un par de billetes en la mano y la amenaza de que si volvía a importunarlo, la sacaría a rebencazos, para que no le quedaran ganas de andar meneando el rabo al primer hombre que viera y después acusarlo a él. Así fue como nunca se enteró del número exacto de sus hijos y en realidad el asunto no le interesaba. Pensaba que cuando quisiera tener hijos, buscaría una esposa de su clase, con bendición de la Iglesia, porque los únicos que contaban eran los que llevaban el apellido del padre, los otros era como si no existieran. Que no le fueran con la monstruosidad de que todos nacen con los mismos derechos y heredan igual, porque en ese caso se iba todo al carajo y la civilización regresaba a la Edad de Piedra. Se acordaba de Nívea, la madre de Rosa, quien después que su marido renunció a la política, aterrado por el aguardiente envenenado, inició su propia campaña política. Se encadenaba con otras damas en las rejas del Congreso y de la Corte Suprema, provocando un bochornoso espectáculo que ponía en ridículo a sus maridos. Sabía que Nívea salía en la noche a pegar pancartas sufragistas en los muros de la ciudad y era capaz de pasear por el centro a plena luz del mediodía de un domingo, con una escoba en la mano y un birrete en la cabeza, pidiendo que las mujeres tuvieran los derechos de los hombres, que pudieran votar y entrar a la universidad, pidiendo también que todos los niños gozaran de la protección de la ley, aunque fueran bastardos.

—¡Esa señora está mal de la cabeza! —decía Trueba—. Eso sería ir contra la naturaleza. Si las mujeres no saben sumar dos más dos, menos podrán tomar un bisturí. Su función es la maternidad, el hogar. Al paso que van, cualquier día van a querer ser diputados, jueces ¡hasta Presidente de la República! Y mientras tanto están produciendo una confusión y un desorden que puede terminar en un desastre. Andan publicando panfletos indecentes, hablan por la radio, se encadenan en lugares públicos y tiene que ir la policía con un herrero para que corte los candados y puedan llevárselas presas, que es como deben estar. Lástima que siempre hay un marido influyente, un juez de pocos bríos o un parlamentario con ideas revoltosas, que las pone en libertad... ¡Mano dura es lo que hace falta también en este caso!

La guerra en Europa había terminado y los vagones llenos de muertos eran un clamor lejano, pero que aún no se apagaba. De allí estaban llegando las ideas subversivas traídas por los vientos incontrolables de la radio, el telégrafo y los buques cargados de emigrantes que llegaban como un tropel atónito, escapando al hambre de su tierra, asolados por el rugido de las bombas y por los muertos pudriéndose en los surcos del arado. Era año de elecciones presidenciales y de preocuparse por el vuelco que estaban tomando los acontecimientos. El país despertaba. La oleada de descontento que agitaba al pueblo estaba golpeando la sólida estructura de aquella sociedad oligárquica. En los campos hubo de todo: sequía, caracol, fiebre aftosa. En el Norte había cesantía y en la capital se sentía el efecto de la guerra lejana. Fue un año de miseria en el que lo único que faltó para rematar el desastre fue un terremoto.

La clase alta, sin embargo, dueña del poder y de la riqueza, no se dio cuenta del peligro que amenazaba el frágil equilibrio de su posición. Los ricos se divertían bailando el charlestón y los nuevos ritmos del jazz, el fox-trot y unas cumbias de negros que eran una maravillosa indecencia. Se renovaron los viajes en barco a Europa, que se habían suspendido durante los cuatro años de guerra y se pusieron de moda otros a Norteamérica. Llegó la novedad del golf, que reunía a la mejor sociedad para golpear una pelotita con un palo, tal como doscientos años antes hacían los indios en esos mismos lugares. Las damas se ponían collares de perlas falsas hasta las rodillas y sombreros de bacinilla hundidos hasta las cejas, se habían cortado el pelo como hombres y se pintaban como meretrices, habían suprimido el corsé y fumaban pierna arriba. Los caballeros andaban deslumbrados por el invento de los coches norteamericanos, que llegaban al país por la mañana y se vendían el mismo día por la tarde, a pesar de que costaban una pequeña fortuna y no eran más que un estrépito de humo y tuercas sueltas corriendo a velocidad suicida por unos caminos que fueron hechos para los caballos y otras bestias naturales, pero en ningún caso para máquinas de fantasía. En las mesas de juego se jugaban las herencias y las riquezas fáciles de la posguerra, destapaban el champán, y llegó la novedad de la cocaína para los más refinados y viciosos. La locura colectiva parecía no tener fin.

Pero en el campo los nuevos automóviles eran una realidad tan lejana como los vestidos cortos y los que se libraron del caracol y la fiebre aftosa lo anotaron como un buen año. Esteban Trueba y otros terratenientes de la región se juntaban en el club del pueblo para planear la acción política antes de las elecciones. Los campesinos todavía vivían igual que en tiempos de la Colonia y no habían oído hablar de sindicatos, ni de domingos festivos, ni de un salario mínimo, pero ya comenzaban a infiltrarse en los fundos los delegados de los nuevos partidos de izquierda, que entraban disfrazados de evangélicos, con una biblia en un sobaco y sus panfletos marxistas en el otro, predicando simultáneamente la vida abstemia y la muerte por la revolución. Estos almuerzos de confabulación de los patrones terminaban en borracheras romanas o en peleas de gallos y al anochecer tomaban por asalto el Farolito Rojo, donde las prostitutas de doce años y Carmelo el único marica del burdel y del pueblo, bailaban al son de una vitrola antediluviana, bajo la mirada alerta de la Sofía, que ya no estaba para esos trotes, pero que todavía tenía energía para regentarlo con mano de hierro y para impedir que se metieran los gendarmes a fregar la paciencia y los patrones a propasarse con las muchachas, jodiendo sin pagar. Entre todas, Tránsito Soto era la que mejor bailaba y la que más resistía los embistes de los borrachos, era incansable y nunca se quejaba de nada, como si tuviera la virtud tibetana de dejar su mísero esqueleto de adolescente en manos del cliente y trasladar su alma a una región lejana. A Esteban Trueba le gustaba, porque no tenía remilgos para las innovaciones y las brutalidades del amor, sabía cantar con voz de pájaro ronco, y porque una vez le dijo que ella iba a llegar muy lejos y eso le hizo gracia.

—No me voy a quedar en el Farolito Rojo toda la vida, patrón. Me voy a ir a la capital, porque quiero ser rica y famosa —dijo.

Esteban iba al lupanar porque era el único lugar de diversión del pueblo, pero no era hombre de prostitutas. No le gustaba pagar por lo que podía obtener por otros medios. A Tránsito Soto, sin embargo, la apreciaba. La joven lo hacía reír.

Un día, después de hacer el amor, se sintió generoso, lo que no le ocurría casi nunca, y preguntó a Tránsito Soto si le gustaría que le hiciera un regalo.

—¡Préstame cincuenta pesos, patrón! —pidió ella al punto.

—Es mucha plata. ¿Para qué la quieres?

—Para un pasaje en tren, un vestido rojo, unos zapatos con tacón, un frasco de perfume y para hacerme la permanente. Es todo lo que necesito para empezar. Se los voy a devolver algún día, patrón. Con intereses.

Esteban le dio los cincuenta pesos porque ese día había vendido cinco novillos y andaba con los bolsillos repletos de billetes, y también porque la fatiga del placer satisfecho lo ponía algo sentimental.

—Lo único que siento es que no te voy a volver a ver, Tránsito. Me había acostumbrado a ti.

—Sí nos vamos a ver, patrón. La vida es larga y tiene muchas vueltas.

Esas comilonas en el club, las riñas de gallos y las tardes en el burdel, culminaron en un plan inteligente, aunque no del todo original, para hacer votar a los campesinos. Les dieron una fiesta con empanadas y mucho vino, se sacrificaron algunas reses para asarlas, les tocaron canciones en la guitarra, les endilgaron algunas arengas patrióticas y les prometieron que si salía el candidato conservador tendrían una bonificación, pero si salía cualquier otro, se quedaban sin trabajo. Además, controlaron las urnas y sobornaron a la policía. A los campesinos, después de la fiesta, los echaron dentro de unas carretas y los llevaron a votar, bien vigilados, entre bromas y risas, la única oportunidad en que tenían familiaridades con ellos, compadre para acá, compadre para allá, cuente conmigo, que yo no le fallo, patroncito, así me gusta, hombre, que tengas conciencia patriótica, mira que los liberales y los radicales son todos unos pendejos y los comunistas son unos ateos, hijos de puta, que se comen a los niños.

El día de la elección todo ocurrió como estaba previsto, en perfecto orden. Las Fuerzas Armadas garantizaron el proceso democrático, todo en paz, un día de primavera más alegre y asoleado que otros.

—Un ejemplo para este continente de indios y de negros, que se lo pasan en revoluciones para tumbar a un dictador y poner a otro. Éste es un país diferente, una verdadera república, tenemos orgullo cívico, aquí el Partido Conservador gana limpiamente y no se necesita a un general para que haya orden y tranquilidad, no es como esas dictaduras regionales donde se matan unos a otros, mientras los gringos se llevan todas las materias primas —expresó Trueba en el comedor del club, brindando con una copa en la mano, en el momento en que se enteró de los resultados de la votación.

Tres días después, cuando se había vuelto a la rutina, llegó la carta de Férula a Las Tres Marías. Esteban Trueba había soñado esa noche con Rosa. Hacía mucho tiempo que eso no le ocurría. En el sueño la vio con su pelo de sauce suelto en la espalda, como un manto vegetal que la cubría hasta la cintura, tenía la piel dura y helada, del color y textura del alabastro. Iba desnuda y llevaba un bulto en los brazos, caminaba como se camina en los sueños, aureolada por el verde resplandor que flotaba alrededor de su cuerpo. La vio acercarse lentamente y cuando quiso tocarla, ella lanzó el bulto al suelo, estrellándolo a sus pies. Él se agachó, lo recogió, y vio a una niña sin ojos que lo llamaba papá. Se despertó angustiado y anduvo de mal humor toda la mañana. A causa del sueño, se sintió inquieto, mucho antes de recibir la carta de Férula. Entró a tomar su desayuno en la cocina, como todos los días, y vio una gallina que andaba picoteando las migas en el suelo. Le mandó un puntapié que le abrió la barriga, dejándola agónica en un charco de tripas y plumas, aleteando en medio de la cocina. Eso no lo calmó, por el contrario, aumentó su rabia y sintió que comenzaba a ahogarse. Se montó en el caballo y se fue al galope a vigilar el ganado que estaban marcando.

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