Los siete pilares de la sabiduría

T.E. Lawrence

Fragmento

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PREFACIO

PREFACIO

Los siete pilares de la Sabiduría aparecen mencionados por primera vez en la Biblia en Proverbios, IX, 1:

«La Sabiduría se ha edificado una casa. Ha labrado sus siete pilares.»

El título fue primeramente impuesto por su autor a un libro sobre siete ciudades. Posteriormente, decidió no publicar este libro primerizo, por considerarlo inmaduro, aunque trasladó el título como recordatorio.

Una separata de cuatro páginas titulada Algunas notas sobre el modo de escribir Los siete pilares de la sabiduría, por T. E. Shaw fue adjuntada por mi hermano a quienes compraron o recibieron como regalo ejemplares de la edición de 1926. En ella se contenía la siguiente información:

Manuscritos

Texto I

Escribí los libros 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 10 en París, entre febrero y junio de 1919. La introducción fue escrita entre París y Egipto en mi traslado a El Cairo junto a Handley-Page, en julio y agosto de 1919. Posteriormente, en Inglaterra, escribí el libro 1, y a continuación lo perdí todo, menos la introducción y los borradores de los libros 9 y 10, en la estación de Reading, mientras cambiaba de tren. Fue esto por las navidades de 1919.

El Texto I, una vez completo, hubiera constado de unas 250.000 palabras, un poco menos que la edición privada de los Siete pilares, que los suscriptores a la misma recibieron. Mis notas de campaña, sobre las que el texto estaba fundamentalmente construido, iban siendo destruidas al concluir cada sección. Sólo tres personas llegaron a leerlo en su mayor parte, antes de perderlo.

Texto II

Aproximadamente un mes más tarde empecé, en Londres, a garabatear lo que recordaba de la primera redacción. La introducción original, por supuesto, seguía estando disponible. Los restantes diez libros los completé en menos de tres meses, escribiendo varios millares de palabras cada vez, en largas tiradas. Así, por ejemplo, el Libro IV fue escrito entero entre dos amaneceres. Naturalmente el estilo era descuidado: y así resultó que el Texto II (por más que adicionado de nuevos episodios) llegó a reunir más de 400.000 palabras. Lo fui corrigiendo a ratos perdidos, a lo largo de 1920, cotejando sus datos con los archivos del Arab Bulletin, y con dos diarios, además de algunas de las notas de campaña, que había logrado conservar. Aunque irremediablemente malo como texto, acabó adquiriendo una sustancial consistencia. Todas las páginas de este texto, menos una, las quemé en 1922.

Texto III

Con el Texto II sobre la mesa, di comienzo en Londres al Texto III, y trabajé sobre él allí, en Yeddah, y en Amman a lo largo de 1921, y nuevamente en Londres, hasta febrero de 1922. Fue compuesto con gran cuidado, y el manuscrito aún existe. Consta de casi 330.000 palabras.

Ediciones de autor

Oxford, 1922

Aunque la historia, tal como quedó ultimada en el Texto III, seguía pareciéndome difusa e insatisfactoria, por motivos de seguridad fue preparado para impresión e impreso al pie de la letra durante el primer cuarto de 1922, bajo el cuidado de la redacción del Oxford Times. Puesto que se necesitaban ocho ejemplares, y el libro era muy extenso, se prefirió la imprenta a la simple copia mecanográfica. Cinco ejemplares (encuadernados en forma de libro, para mayor comodidad de los primeros miembros de la Fuerza Expedicionaria del Heyaz que llevaron a cabo su lectura crítica) se conservan aún (abril de 1927) de esta edición.

Edición de suscriptores. 1-XII-26

Esta edición fue enviada a los suscriptores entre diciembre de 1926 y enero de 1927, y era una refundición de las galeradas de Oxford, 1922. Éstas fueron condensadas (siendo el único canon de los cambios el literario) entre 1923 y 1924 (Royal Tank Corps) y entre 1925 y 1926 (Royal Air Force), durante mis tardes libres. Los principiantes en literatura suelen tantear el perfil de lo que desean decir acumulando adjetivos, pero para 1924 había aprendido ya mis primeras lecciones en el arte de escribir, y era ya capaz de combinar dos o tres de mis frases de 1921 formando una sola. Cuatro excepciones hubo a la regla de la condensación:

I) Un incidente de menos de una página fue eliminado porque dos veteranos de nuestro grupo lo consideraban desagradablemente innecesario.

II) Dos de los personajes ingleses fueron modificados: uno, convertido en nada, porque no parecía ya necesario seguir hurgando en la herida, el otro reducido a una simple alabanza, porque lo que yo había escrito inocentemente como queja fue interpretado de manera ambigua por alguien con autoridad suficiente para poder juzgar.

III) Un capítulo de la Introducción resultó omitido. Mis mejores críticos me dijeron que era muy inferior al resto.

IV) El Libro VIII, concebido como «monótono» para interponerlo entre las relativamente fuertes emociones del Libro VII y el avance final sobre Damasco, fue despojado del relato de un fracasado reconocimiento, de casi 10.000 palabras de largo. Varios de los que leyeron la edición de Oxford se quejaron del increíble aburrimiento del capítulo «monótono», y tras reflexionar sobre el asunto, concordé con ellos en que su monotonía estaba quizá demasiado lograda.

Suprimiendo, así pues, un tres por ciento y condensando el resto de la edición de Oxford, se logró una reducción del quince por ciento, y la longitud de la edición para suscriptores quedó reducida a unas 280.000 palabras. Se trata de un texto más rápido y cortante que el de Oxford; y podría haberlo mejorado más aún de haber tenido más tiempo libre para revisarlo.

Los Siete pilares fue impreso y encuadernado de tal modo que nadie sino yo pudo saber cuántos ejemplares se tiraron. Y me propongo guardarme este dato para mí mismo. Las afirmaciones de los periódicos de que han sido 107 ejemplares pueden ser fácilmente refutadas, ya que fueron más de 107 los suscriptores; regalé, además, no tantos ejemplares como hubiera querido, pero sí tantos como mis banqueros pudieron permitirse, a quienes habían compartido conmigo la lucha árabe, o a quienes habían aportado su esfuerzo a la producción de este libro.

Ediciones comerciales

Edición de Nueva York

Las galeradas de la edición para suscriptores fueron enviadas a Nueva York, siendo reimpresas allí por la George Doran Publishing Company. Eso se hizo necesario para poder asegurar el copyright americano de los Siete pilares. Diez ejemplares fueron puestos a la venta, a un precio lo suficientemente elevado como para impedir que llegaran a venderse.

Ninguna edición más de los Siete pilares ha vuelto a hacerse estando yo vivo.

Rebelión en el desierto

Esta edición abreviada de los Siete pilares consta de unas 130.000 palabras. Fue hecha por mí mismo en 1926, con un mínimo de correcciones del contenido (tres nuevos párrafos, quizá, en conjunto) para preservar el sentido y la continuidad. Partes de ella aparecieron publicadas por capítulos en el Daily Telegraph en diciembre de 1926. El conjunto fue publicado en Inglaterra por Jonathan Cape, y en Estados Unidos por Doran, en marzo de 1927.

T. E. SHAW

Con vistas a actualizar la información, debo añadir que quedan en existencia ejemplares de la edición de Oxford 1922, pero que no serán sacados al público hasta al menos dentro de diez años, y entonces sólo en edición limitada. Rebelión en el desierto no volverá a ser reeditado, al menos mientras estén en vigor los actuales derechos de autor.

El texto de la presente edición es idéntico al de la edición de treinta guineas de 1926, si exceptuamos las siguientes omisiones y alteraciones. Las omisiones son necesarias para evitar herir los sentimientos de algunas personas que aún viven; hacen referencia a las páginas 76 y 429, donde los trozos suprimidos han sido dejados en blanco en su lugar correspondiente. La edición de 1926, por otro lado, carece de capítulo XI; los capítulos han sido numerados de nuevo para subsanar esta anomalía. En la página 300 (línea 7) [del original inglés] la frase halts to breath ha sido corregida como halts to breathe2, de acuerdo con el pasaje correspondiente de la edición de Oxford de 1922, donde dice we let the camels breathe a little [«dejamos a los camellos tomar resuello por un rato»]. En la página 517 (línea 18) la palabra Humber ha sido puesta en cursiva, en vez de redondilla, para aclarar su sentido; los nombres de otros barcos fueron igualmente cursivizados en la edición de 1926.

La transcripción de las palabras árabes varía en gran medida de edición a edición, y a este respecto no he hecho correcciones. Hay que explicar que el árabe sólo reconoce tres vocales, y que algunas de sus consonantes no tienen equivalentes en inglés. La práctica general de los orientalistas en los últimos años ha sido la de adoptar uno de los varios conjuntos de transcripciones convencionales para las vocales y consonantes del alfabeto árabe, trasliterando así Mohamed como Muhammad, muezzin como mu’edhdhin, y Corán como Qur’an o Kur’an. Este método resulta útil para quienes saben lo que todo eso significa, pero este libro sigue más bien el viejo estilo de escribir los paralelos fonéticos más aproximados a la transcripción inglesa ordinaria. Un mismo nombre de lugar puede encontrarse transcrito de maneras diferentes, no sólo porque el sonido de muchas de las palabras árabes puede ser legítimamente representado en inglés de muy variadas formas, sino también porque los nativos de cada lugar con frecuencia difieren en la pronunciación de determinados nombres de lugar aún no lo suficientemente famosos como para haber quedado fijados literariamente (así, por ejemplo, una localidad cercana a Akaba es llamada por igual Abu Lissan, Aba el Lissan y Abu Lissal). Transcribo a continuación una serie de preguntas relacionadas con lo dicho, y que fueron hechas al autor por los editores de Rebelión en el desierto.3

PREGUNTA:

Le adjunto una lista de las cuestiones suscitadas a F., encargado de corregir las pruebas. Las encuentra muy limpias, pero llenas de inconsistencias en la transcripción de nombres propios, punto en el que suelen fijarse los reseñistas. ¿Querrá usted anotar en el margen de las pruebas las rectificaciones?

RESPUESTA:

Anotado: no creo que ayude mucho. Los nombres árabes no cuadran en inglés con exactitud, ya que sus consonantes no son las mismas que las nuestras, y sus vocales, al igual que ocurre entre nosotros, varían de un distrito a otro. Hay determinados «sistemas científicos» de transcripción, válidos para personas que conocen el árabe lo suficientemente como para no necesitar ayuda, pero que son pura agua de borrajas para el resto de la gente. Transcribo los nombres de cualquier manera, para mostrar la basura que son los sistemas.

P. — Galerada 1. Yeddah y Yidda aparecen usados indiferentemente por todo el texto. ¿Es intencional?

R. — ¡Más bien!

P. — Galerada 16. Bir Waheida, era Bir Waheidi.

R. — ¿Por qué no? Era el mismo sitio.

P. — Galerada 20. Nuri, emir de los ruwalla, pertenece a la «familia principal de los Rualla». En la galerada 23 aparece «caballo rualla», y en la 28, «maté a un rueli». En todas las galeradas posteriores aparece «rualla».

R. — Podía haber usado también «ruwala» y «ruala».

P. — Galerada 28. Bisaita se transcribe también biseita.

R. — De acuerdo.

P. — Galerada 47. Yedha, la camella, aparece como «Yedhah» en la galerada 40.

R. — Era una bestia espléndida.

P. — Galerada 53. «Meleagro, el inmoral poeta.» Yo he puesto «inmortal», pero al fin y al cabo el autor puede haber querido decir «inmoral».

R. — La inmoralidad la conozco. De la inmortalidad no puedo juzgar. Como les parezca: Meleagro no se querellará por injurias.

P. — Galerada 65. Se dirigen al autor diciendo «Ya Auruns», pero en la galerada 56 era «Aurans».

R. — También me llamaban Lurens y Runs, por no hablar ya de «Shaw». Vendrán aún más, si el tiempo lo permite.

P. — Galerada 78. El jerife Abd el Mayin de la galerada 68 se convierte en el Main, el Mayein, el Muein, el Mayin y el Muyein.

R. — ¡Buen golpe! A eso llamo yo ingenio.

A. W. LAWRENCE

Post scriptum

La edición para suscriptores de Los siete pilares de la Sabiduría carecía de capítulo XI, porque el que originalmente era el capítulo I fue omitido durante la corrección de pruebas, y la renumeración llegó sólo hasta el capítulo X. Para la primera edición general (1935), los capítulos fueron numerados de nuevo de forma correlativa, para corregir tal anomalía. En la presente edición, el capítulo suprimido aparece de nuevo en su lugar correcto, aunque, para evitar ulteriores numeraciones, ha sido titulado «Capítulo Introductorio». En 1939, fue incluido en el libro Oriental Assembly (Reunión oriental), junto con otros escritos sueltos de T. E. Lawrence, así como una nota introductoria escrita por mí mismo.

A. W. L.

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INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

La historia que sigue fue por primera vez escrita en París durante la Conferencia de Paz, a partir de notas que había ido garabateando sobre la marcha, reforzadas por algunos informes que había ido enviando a mis jefes en El Cairo. Posteriormente, en otoño de 1919, este primer esbozo y algunas de las notas se me perdieron. Me pareció históricamente necesario reproducir el relato, dado que probablemente nadie en el ejército de Feisal, aparte de mí, había pensado en aquel entonces poner por escrito lo que sentíamos, lo que esperábamos y lo que pretendíamos. Así que volví a reconstruirlo con no poca desgana en Londres, durante el invierno 1919-20, a partir de mis propios recuerdos y de las notas que aún me quedaban. El recuerdo de los acontecimientos seguía vivo en mí y pocos errores pueden haberse deslizado —salvo en detalles de fechas y de cifras—, si bien el perfil y el significado de las cosas habían perdido agudeza al hilo de los nuevos intereses.

Las fechas y los lugares son correctos, tal como mis notas los conservan, pero los nombres propios no lo son. Desde la época en que la aventura tuvo lugar, algunos de los que trabajaron conmigo han ido enterrándose en la vacua tumba de los deberes públicos. Libremente se ha hecho uso de sus nombres. Otros, en cambio, siguen conservando el dominio sobre sus propias vidas, y aquí guardo su secreto. Tal vez esto difumine las individualidades y convierta el libro en un tablado de títeres desdibujados, más que en un conjunto de seres vivos, pero unas veces se habla bien de los hombres y otras mal, y habrá quienes no me agradezcan ni la alabanza ni el reproche.

El retrato en solitario que hago de mí mismo, situándome en el centro de la escena, puede no hacer justicia a mis colegas británicos. Siento especialmente no haber dicho lo que hicieron aquellos no destinados a misiones específicas. Actuaban desorganizados, pero lo hicieron maravillosamente, sobre todo si se tiene en cuenta que carecían de la motivación, y de la visión de conjunto, de que disponían los oficiales. Desgraciadamente, mi único interés era la meta final de la misión, y el libro se orienta a relatar el desarrollo de la idea de liberación árabe, desde La Meca a Damasco. Intenta dar cuenta racional de dicha campaña, de modo que todo el mundo pueda ver lo natural e inevitable de su éxito, y cuán poco dependía éste de una dirección consciente y calculada, y menos aún de la ayuda exterior de unos pocos británicos. Fue una guerra árabe llevada a cabo y dirigida por árabes, y con un objetivo final árabe en Arabia.

Mi propia participación fue de tipo menor, si bien, debido a mi pluma fácil, mi libertad de palabra y una cierta agudeza mental, llegué a ocupar, tal como describo, una cierta y burlona primacía. En realidad nunca llegué a ocupar cargo alguno entre los árabes: jamás estuve al frente de la misión británica que actuaba con ellos. Wilson, Newcombe, Joyce, Dawnay y Davenport estaban todos ellos por encima de mí. Yo me jactaba de ser demasiado joven, no de que ellos pusieran más corazón o mayor inteligencia en el trabajo. Lo hice lo mejor que pude. Wilson, Newcombe, Joyce, Dawnay, Davenport, Buxton, Marshall, Stirling, Young, Maynard, Ross, Scott, Winterton, Lloyd, Wordie, Siddons, Goslett, Stent, Henderson, Spence, Gilman, Garland, Brodie, Makins, Nunan, Leeson, Hornby, Peake, Scott-Higgins, Ramsay, Wood, Hinde, Bright, MacIndoe, Greenhill, Grisentwaite, Dowsett, Bennett, Wade, Gray, Pascoe y todos los demás lo hicieron también todo lo bien que pudieron.

Sería impertinente por mi parte alabarlos. Cuando deseo decir algo malo de alguien que no perteneciera a este grupo, lo digo, aunque hay menos de este tipo de cosas de lo que había en mi diario, ya que el paso del tiempo parece conseguir borrar las heridas de los hombres. También cuando quiero alabar a los que no formaron parte de este grupo, lo hago, pero nuestros asuntos internos, nuestros son. Hicimos lo que planeamos hacer, y tenemos la satisfacción de saberlo. Los otros pueden poner por escrito cuando quieran su propia historia, quizá paralela a la mía, aunque sin mencionar de mí más de lo que yo digo de ellos, ya que cada uno de nosotros hizo su propio trabajo como le pareció, y sin apenas ver a sus amigos.

La historia recogida en estas páginas no es la del movimiento árabe, sino la de mí mismo dentro de él. Es un relato de hechos cotidianos, de pequeños sucesos y pequeñas gentes. No hay aquí lecciones para el mundo, ni revelaciones chocantes o estrambóticas. Es un relato lleno de cosas triviales, en parte para que nadie confunda con la historia los huesos con los que alguien puede hacer algún día historia, y en parte por el simple placer de recordar el compañerismo de la rebelión. Nos sentíamos cómodos juntos, recorriendo los anchos espacios, gustando los fuertes vientos y los rayos solares y compartiendo las esperanzas de aquello por lo que luchábamos. El nuevo amanecer del mundo que había de venir nos embriagaba. Estábamos embargados de ideas vaporosas e inexpresables, pero que nos movían a luchar. Muchas vidas vivimos en aquellas tumultuosas campañas, sin jamás hurtar el bulto; con todo, cuando finalmente rematamos nuestro trabajo y el nuevo día amaneció, el hombre viejo resurgió de nuevo y se apropió de nuestra victoria para conformarla al mundo que le era conocido de antes. La juventud podía lograr la victoria, pero no había aprendido a conservarla, y se mostró tristemente débil frente a la ancianidad. Balbucimos que habíamos trabajado por unos nuevos cielos y una nueva tierra, y ellos nos lo agradecieron amablemente y firmaron su paz.

Todos los hombres sueñan, pero no todos lo hacen del mismo modo. Aquellos que sueñan de noche en las polvorientas recámaras de sus mentes se despiertan de día para darse cuenta de que todo era vanidad, pero los soñadores despiertos son peligrosos, ya que ejecutan sus sueños con los ojos abiertos, para hacerlos posibles. Esto fue lo que hicimos. Quiero decir, construir una nueva nación, restaurar una influencia perdida y dar a veinte millones de semitas las bases sobre las que construir un palacio de ensueños para sus deseos nacionales. Tan alta meta atraía la intrínseca nobleza de sus mentes, y los hizo tomar generosamente parte en los acontecimientos, pero, cuando hubimos ganado, se levantó contra mí la acusación de que los intereses del petróleo británico en Mesopotamia habían sido puestos en peligro, y la política colonial francesa en Oriente Medio había quedado en ruinas.

Me temo que así sea. Pagamos por tales cosas un precio excesivo en honor y vidas inocentes. Remonté el Tigris con un centenar de territoriales de Devon, tipos jóvenes, íntegros, agradables, llenos de fuerza y alegría, y capaces de hacer felices a sus mujeres y a sus hijos. A su lado pude comprender vívidamente lo grande que es ser inglés, y compatriota suyo. Y a gentes como éstas las quemamos por millares, enviándolas a la peor de las muertes, no por ganar la guerra, sino para que el grano, el arroz y el petróleo de Mesopotamia fueran nuestros. Lo único que hacía falta era derrotar a nuestros enemigos (Turquía, entre otros), y esto lo consiguió finalmente la sabiduría de Allenby con menos de cuatrocientas bajas, volviendo en nuestro favor los brazos de los oprimidos en Turquía. Tengo el mayor orgullo en poder decir que en ninguna de las treinta batallas en que peleé, se vertió sangre nuestra. Todos los territorios que nos están sometidos no valen la muerte de un solo inglés.

Tres años pasamos en estos trabajos y he tenido que reprimir muchas cosas que aún no pueden ser dichas. Con todo, muchas serán las partes de este libro que resulten nuevas a casi todos los que lo lean, y muchos serán los que vayan a buscar en él cosas familiares y no las encuentren. En una ocasión hice un informe completo para mis jefes, y me encontré con que los honores que me otorgaban se basaban en mis propios datos. No es así como deben ser las cosas. Los honores pueden tal vez ser necesarios en un ejército profesional, así como las menciones enfáticas de los despachos, y nosotros al hacer uso de tales efectos, queriéndolo o no, nos habíamos convertido en soldados regulares.

Por mi trabajo en el frente con los árabes había decidido no aceptar ninguna recompensa. El gabinete había puesto a luchar de nuestro lado a los árabes con concretas promesas de autogobierno para después de la victoria. Los árabes creen en las personas, no en las instituciones. Ellos vieron en mí a un agente libre del Gobierno británico, y me pidieron que suscribiera por escrito tales promesas. Así que tuve que unirme a la conspiración, y, hasta donde podía empeñar mi palabra, garanticé a los hombres su recompensa. Durante los dos años que estuvimos juntos bajo el fuego se acostumbraron a creerme y a pensar que mi gobierno, al igual que yo, era sincero. Con tal esperanza llevaron a cabo hermosas hazañas, pero, por supuesto, en vez de sentirme orgulloso por lo que hacíamos, me sentía continua y acremente avergonzado.

Desde el comienzo se hizo evidente que, si llegábamos a ganar la guerra, las promesas hechas serían puro papel mojado, y de haber sido yo un honesto consejero de los árabes, les habría advertido de que volvieran a sus casas, en vez de arriesgar sus vidas luchando por semejante bazofia, pero me consolé a mí mismo con la esperanza de que, conduciendo a los árabes a una furiosa victoria final, podría ponerlos, con las armas en sus manos, en una posición tal que (sin ser dominante) fuera lo suficientemente fuerte como para aconsejar a las grandes potencias el otorgamiento de sus reivindicaciones. En otras palabras, presumí (no viendo que existiera otro líder dotado de suficiente voluntad y poder) que sobreviviría a las campañas, y que sería capaz, no solamente de derrotar a los turcos en el campo de batalla, sino a mi propio país y a sus aliados en la cámara del consejo. Era una suposición realmente inmodesta, y no está claro que saliera exitoso de ella pero es evidente que no dudé un momento en comprometer a los árabes, ignorantes del contexto, en semejante albur. Me arriesgaba a cometer un fraude, convencido como estaba de que la ayuda árabe era necesaria para nuestra rápida y fácil victoria en Oriente, y que mejor era que venciéramos y rompiéramos nuestra palabra antes que perder.

El cese de sir Henry McMahon me confirmó en mi creencia sobre lo esencialmente insincero de nuestra posición, pero no pude explicárselo así al general Wingate mientras duró la guerra, ya que nominalmente me hallaba bajo sus órdenes, y él no parecía darse cuenta de cuán falsa era su propia posición. Lo único que me quedaba era rechazar cualquier recompensa por mi exitoso papel de engañador y, para evitar la ocurrencia de desagradables sorpresas, empecé en mis informes a ocultar la verdadera historia de los hechos, y a persuadir a los pocos árabes que se daban cuenta de la situación de que guardaran idéntica reticencia. En este libro, pues, y por última vez, quiero ser juez y parte de lo que en él digo.

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FUNDAMENTOS DE LA REBELIÓN

FUNDAMENTOS

DE LA REBELIÓN

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Capítulos I a VII

Capítulos I a VII

Algunos ingleses, encabezados por lord Kitchener, creían que una rebelión de los árabes contra los turcos permitiría que Inglaterra, sin dejar de luchar contra Alemania, pudiera derrotar al mismo tiempo a su aliada Turquía.

Su conocimiento de las características, el poder y el entorno de los pueblos de lengua árabe los llevaron a pensar que la incitación a tal rebelión podría tener resultado, lo que era claro indicio de su talante y su método.

Así que le permitieron dar comienzo, otorgando todo tipo de garantías formales sobre el apoyo del Gobierno británico. A pesar de lo cual, la insurrección del jerife de La Meca resultó una sorpresa, y pilló desprevenidos a los Aliados. Suscitó sentimientos encontrados y se ganó lo mismo grandes amigos que grandes enemigos, de cuyas rivalidades y enfrentamientos resultó que los asuntos empezaran a torcerse.

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CAPÍTULO I

Parte del mal de mi relato puede considerarse inherente a nuestras circunstancias. Durante años convivimos juntos de cualquier manera en medio del desnudo desierto, y bajo un cielo indiferente. Durante el día, el caluroso sol nos abrasaba, y el viento batiente nos aturdía. Por la noche, el rocío nos empapaba, y las innúmeras estrellas nos reducían a un estado de vergonzosa pequeñez. Éramos un ejército autónomo, sin desfiles ni grandes gestos, dedicados a la libertad, el segundo de los credos del hombre, una finalidad tan voraz que consumía todas nuestras energías, una esperanza tan trascendente que nuestras anteriores ambiciones palidecían ante su brillo.

Según pasaba el tiempo, nuestra necesidad de luchar por tal ideal fue creciendo hasta convertirse en una forma de posesión que no admitía preguntas y que cabalgaba con espuelas y riendas sobre todas nuestras dudas. Quieras que no, acabó convirtiéndose en una fe. Nos habíamos sometido a su esclavitud, nos habíamos encadenado todos juntos en una cuerda de presos, inclinándonos reverentemente para servir a tan santa causa por las buenas o por las malas. La mentalidad de los esclavos comunes es algo terrible —han dejado atrás el mundo— y nosotros habíamos entregado, no sólo el cuerpo, sino también el alma, en aras de una opresiva sed de victoria. Por nuestra propia voluntad nos habíamos vaciado de toda moral, volición y responsabilidad, y éramos como hojas secas llevadas por el viento.

La inacabable batalla acabó por despojarnos del cuidado de nuestras propias vidas y de las de los otros. Llevábamos sogas al cuello, y sobre nuestras cabezas precios que mostraban las horribles torturas que el enemigo nos tenía preparadas en caso de prendernos. Cada día varios de los nuestros pasaban a mejor vida; y los aún vivos se sentían como simples marionetas en el tablado de Dios; en verdad, nuestra principal tarea era implacable, implacable, mientras nuestros desollados pies pudieran seguir marchando. Los débiles envidiaban a los que estaban lo bastante cansados para morir; ya que el éxito parecía tan lejano, y el fracaso una próxima y cierta —si bien tajante— liberación de la tarea. Vivíamos de continuo con los nervios tensos o flaqueantes, ya situados en la cresta o en el seno de las olas del sentir. Semejante estado de impotencia nos resultaba amargo, y nos hacía vivir sólo para el horizonte más inmediato, sin importarnos qué pudiéramos hacer o padecer, dado que las sensaciones físicas parecían ser tan evanescentes. Los arrebatos de crueldad, de perversidad o de lujuria recorrían la superficie de todos nosotros sin apenas turbarnos; ya que las leyes morales que parecían sobrevolar tan estúpidos accidentes parecían no ser más que leves palabras. Habíamos aprendido que había tormentos agudos, penas demasiado profundas y éxtasis demasiado elevados para que nuestros limitados yoes pudieran registrarlos. Cuando la emoción alcanza semejante clímax, el intelecto se opaca; y la memoria queda en blanco hasta que las circunstancias la despiertan de nuevo.

Tal exaltación del pensamiento, mientras el espíritu queda a la deriva, y adquiere licencia para tomar extraños vuelos, le hacía perder su viejo y paciente control sobre el cuerpo. Éste resultaba demasiado tosco para poder sentir nuestras más fuertes penas y alegrías. Por ello lo abandonábamos como simple basura: lo dejábamos ahí abajo para que siguiera avanzando, como un simulacro vivo, en su simple nivel de desvalimiento, y sujeto a influencias que en tiempos normales a nuestros instintos hubieran evitado. Los hombres eran jóvenes y robustos; y su cálida carne y sangre inconscientemente clamaban por sus fueros y atormentaban sus vientres con extraños deseos. Nuestras privaciones y peligros atizaban aún más este calor viril, en medio de un clima tan torturante como pueda imaginarse. No disponíamos de lugares cerrados donde aislarnos, ni de espesas ropas con que esconder nuestra naturaleza. El varón en todos los sentidos convivía cándidamente con el varón.

El árabe era por naturaleza continente; y el uso universal del matrimonio había abolido casi por completo las relaciones irregulares en el interior de sus tribus. Las mujeres públicas de los escasos asentamientos con que nos tropezábamos en nuestras correrías apenas hubieran bastado para contentar a todo nuestro grupo, ni aún cuando sus carnes pintadas de almagre hubieran sido del gusto de hombres sanos y enteros. Horrorizados por tan sórdido comercio, nuestros jóvenes empezaron a satisfacer entre sí sus escasas necesidades, haciendo uso de sus propios y limpios cuerpos, frío recurso este que, por comparación, parecía asexuado y hasta puro. Posteriormente, algunos comenzaron a justificar tan estéril relación, y juraban que los amigos que compartían en la acogedora arena el estremecimiento que el íntimo y cálido entrelazo de los miembros provoca, hallaban oscuramente oculto en ello un correlato sensual de la pasión mental que soldaba nuestras almas y espíritus en un solo y llameante esfuerzo. Muchos, sedientos por castigar unos apetitos que no podían en modo alguno evitar, tenían salvajemente a gala el degradar sus cuerpos, ofreciéndose orgullosos a desempeñar cualquier papel que pudiera garantizar el dolor o la degradación física.

Yo fui enviado a estos árabes como un extraño, incapaz de imaginar sus pensamientos o suscribir sus creencias, pero encargado del deber de conducirlos y desarrollar al máximo cualquier movimiento suyo que pudiera ser provechoso para Inglaterra en la marcha de la guerra. Si me resultaba imposible adoptar su modo de ser, podía al menos esconder el mío propio, y desenvolverme entre ellos sin fricciones notorias, ni discordias, ni críticas, reducido a una imperceptible influencia. Puesto que fui su compañero, no seré ahora ni su apologista ni su abogado. Vuelto a mi antigua caracterización, podría actuar ahora como un simple espectador, sometido a las convenciones de nuestro teatro... pero resulta mucho más honesto recordar que aquellos actos e ideas ocurrieron entonces de manera natural. Lo que ahora parece excesivo o sádico, resultaba entonces inevitable, o era una simple rutina.

Teníamos las manos habitualmente teñidas de sangre, nos habíamos habituado a ella. Herir y matar parecían trabajos efímeros, tan breve y doliente era nuestra vida. Siendo tamaña la pena de vivir, no menos implacable podía ser la pena de matar. Vivíamos y moríamos al día. Y cuando había necesidad o deseo de castigar, escribíamos de inmediato nuestra lección con armas o látigos sobre el amoratado cuerpo del sufriente, sin que el caso tuviera apelación. El desierto no permitía las lentas y refinadas penalidades de nuestros tribunales y calabozos.

Por supuesto, nuestras recompensas y placeres pasaban con tan vertiginosa rapidez como nuestras penas; si bien, para mí en concreto, sumaban mucho menos. El modo de actuar beduino resultaba duro incluso para los criados entre ellos, y era terrible para un extranjero, como una muerte en vida. Cuando una marcha o una acción llegaba a su término, no tenía yo ya energía para registrar mis sensaciones, ni tenía el menor tiempo para contemplar los encantos espirituales que a veces nos ocurrían por el camino. En mis notas había más espacio para la crueldad que para la belleza. Sin duda alguna, gozábamos mucho más de los raros momentos de paz y olvido; aunque guardo mucho más en mi memoria la agonía, los terrores y los errores cometidos. Nuestra vida diaria en modo alguno queda resumida en lo que he escrito (hay cosas que no pueden repetirse a sangre fría por pura vergüenza); pero lo que he escrito estuvo y formó parte de nuestra vida. Ruego a Dios que las gentes que lean este relato no lleguen nunca, por mero amor al brillo de lo extraño, a prostituirse y a prostituir su talento sirviendo a otra raza.

Cualquier hombre que se entregue a una causa ajena llevará una vida de yahoo4, tras haber malbaratado su alma a un amo bárbaro. Él no es uno de ellos. Puede incluso ponerse a su frente, persuadirse de estar encargado de una misión, agitarlos y dirigirlos hacia algo que ellos, por propia decisión, nunca hubieran hecho. Lo que hace entonces es explotar su antiguo ambiente para sacarlos a ellos del suyo. O bien, siguiendo mi propio modelo, puede llegar a imitarlos tan bien que ellos bastardamente lo imiten luego a su vez. Entonces renuncia a su propio entorno, simulando el de ellos, y las simulaciones son siempre vacuas y sin valor. En ningún caso hace nada que le sea propio, ni nada tan íntegro que pueda ser considerado personal y propio (sin tener que pensar en la conversión), dejando que ellos tomen de su silente ejemplo las acciones o reacciones que les apetezcan.

En mi propio caso, el esfuerzo de estos años por vivir y vestir como los árabes, e imitar sus fundamentos mentales, me despojó de mi yo inglés, y me permitió observarme y observar a Occidente con otros ojos: todo me lo destruyeron. Y al mismo tiempo no pude meterme sinceramente en la piel de los árabes: todo era pura afectación. Fácilmente puede convertirse uno en infiel, pero difícilmente llega uno a convertirse a otra fe. Yo me había despojado de una forma, pero no había podido adoptar la otra y me había vuelto algo así como el ataúd de Mahoma según nuestra leyenda,5 con el resultado de un intenso sentimiento de soledad, y de desagrado, no hacia los demás hombres, sino hacia lo que hacen. Semejante desapego pesaba a veces sobre un hombre agotado por el reiterado esfuerzo físico y el aislamiento. Su cuerpo marchaba de manera mecánica, mientras su intelecto racional lo abandonaba, y desde la nada lo observaba críticamente, preguntándose qué hacía aquel trasto inútil y por qué. A veces aquellas dos entidades llegaban a conversar en el vacío, y era entonces cuando la locura dejaba sentir su proximidad, como creo que debe ocurrirle a quien puede ver las cosas a través del doble tamiz de dos géneros de costumbres, educaciones y entornos.

CAPÍTULO II

Una primera dificultad del movimiento árabe era la de poder decir quiénes eran los árabes. Siendo, como eran, un pueblo fabricado, su nombre había ido cambiando de sentido, lentamente, y año tras año. En otro tiempo había designado a los habitantes de Arabia. Había un país llamado Arabia; pero esto nada tenía que ver con el asunto. Había una lengua llamada árabe; y allí estaba el meollo del asunto. Era la lengua habitualmente hablada en Siria, Palestina, Mesopotamia y gran parte de la península llamada Arábiga en el mapa.

Antes de la conquista musulmana, estas áreas estaban habitadas por pueblos diversos, que hablaban lenguas emparentadas con el árabe. Solemos llamarlas semíticas, pero se trata (como ocurre con la mayor parte de los términos científicos) de una denominación incorrecta. No obstante, el árabe, el sirio, el babilonio, el fenicio, el hebreo, el arameo y el sirio eran lenguas emparentadas; y los indicios de influencias comunes en el pasado, o incluso de su origen común, se han visto reforzados por nuestro conocimiento de que la apariencia y costumbres de los actuales pueblos árabe-hablantes de Asia, aunque tan variados como un campo cubierto de amapolas, mantienen una semejanza fundamental. Podríamos con entera propiedad denominarlos primos, unos primos tristemente conscientes de su parentesco.

Las zonas árabe-hablantes de Asia, desde este punto de vista, formaban a grandes rasgos un paralelogramo gigante, cuyo lado norte iría desde Alejandreta6, sobre el Mediterráneo, pasando por Mesopotamia, hasta las orillas del Tigris. Su lado sur sería la ribera del océano Índico, desde Adén a Mascate. Por el lado oeste, los límites estarían marcados por el Mediterráneo, el Canal de Suez y el Mar Rojo hasta Adén. Y en el este, por el Tigris y el Golfo Pérsico, hasta Mascate. Este cuadrilátero de tierra, tan grande como la India, constituía la patria de nuestros semitas, y en ella ninguna raza extranjera había asentado sus reales de manera permanente, a pesar de que egipcios, hititas, filisteos, persas, griegos, romanos, turcos y europeos lo han intentado de variadas formas. Todos ellos, al final, resultaron derrotados, y sus características dispersas absorbidas por los fuertes caracteres de la raza semítica. Los semitas han salido en ocasiones fuera de esta área, y se han visto absorbidos por el mundo exterior; Egipto, Argelia, Marruecos, Malta, Sicilia, España, Cilicia y Francia absorbieron y terminaron por hacer desaparecer sus respectivas colonias semitas. Sólo en la Tripolitania, y en el duradero milagro del judaísmo, han podido los semitas conservar desde lejos su identidad y su fuerza.

El origen de estos pueblos constituía un problema académico; pero para la comprensión de su rebelión las actuales diferencias sociales y políticas resultaban importantes, y sólo podían llegar a captarse tomando en cuenta su geografía. Su continente se dividía en determinadas regiones de gran tamaño, cuyas grandes divergencias físicas imponían a sus habitantes una diversidad de hábitos y costumbres. Por el oeste, el paralelogramo se veía enmarcado por una cadena montañosa, llamada (en su parte norte) Siria, y sucesivamente, en dirección sur, Palestina, Midian, Heyaz y finalmente Yemen. Tenía una altitud media de posiblemente unos 3.000 pies, con picos que llegaban a los diez y doce mil. Estaba orientada hacia el oeste, bien dotada de agua por las nubes y lluvias procedentes del mar, y generalmente bien poblada.

Otra serie de montañas habitadas, orientada hacia el océano Índico, formaba el límite sur del cuadrilátero. La frontera oriental había sido en otro tiempo la llanura aluvial llamada Mesopotamia, si bien al sur de Basra, una llanura litoral, llamada Kuwait, llegaba hasta Hasa y Gattar. Gran parte de estas colinas se hallaban habitadas y las llanuras enmarcaban un golfo rodeado de sedientos desiertos, en cuyo centro se hallaba un archipiélago de oasis populosos y bien surtidos de agua llamados Kasim y Aridh. En este grupo de oasis se encuentra situado el verdadero centro de Arabia, la reserva de su espíritu nativo, y su expresión más consciente. El desierto los rodeaba por completo, preservándolos del contagio.

El desierto que tan gran misión desempeñaba en torno a dichos oasis y que configuraba así la personalidad de Arabia era de carácter variado. Al sur de los citados oasis aparecía como un indiferenciado mar de arena, que extendía sus dunas hasta las inmediaciones de las populosas y escarpadas costas del Índico, apartándolas así de la historia árabe, y de toda posible influencia de la moral y la política árabes. Hadhramaut, como ellos llaman a la costa meridional, formó parte de la historia de las Indias holandesas; y su modo de pensar tendía más hacia Java que hacia Arabia. Al oeste de los oasis, y entre ellos y las montañas del Heyaz, se extendía el desierto del Neyd, zona recubierta de lava y gravilla, y poco arenosa. Al este, entre los oasis y Kuwait, aparecía una similar extensión de grava, aunque entreverada con grandes extensiones de fina arena, que hacía difícil el establecimiento de rutas. Al norte de los oasis se extendía un gran cinturón de arena, al que seguía una inmensa llanura de guijarros y lava, que ocupaba todo el territorio que va desde los límites orientales de Siria y las orillas del Éufrates, donde comienza Mesopotamia. La practicabilidad de este desierto septentrional, tanto para hombres como para vehículos motorizados, permitió a la rebelión árabe su rápido éxito.

Las colinas del oeste y las llanuras del este fueron desde siempre las zonas más pobladas y activas de Arabia. Concretamente, la parte occidental, tanto las montañas de Siria y Palestina como el Heyaz y el Yemen, mantuvieron contactos continuos e intermitentes con la gran corriente de la historia europea. Desde el punto de vista ético, estas fértiles y salubres colinas se hallaban enmarcadas en Europa, más que en Asia, en tanto que los árabes miraban siempre hacia el Mediterráneo más que al Índico, tanto en lo que respecta a sus simpatías culturales como a sus empresas, y particularmente en lo que respecta a sus expansiones, ya que el problema migratorio ha sido siempre en Arabia la fuerza más compleja y poderosa, hablando en términos generales, aunque su magnitud pueda variar según las diferentes regiones.

En la parte norte (Siria) la tasa de natalidad era baja en las ciudades y la tasa de mortalidad alta, debido a las malas condiciones sanitarias y a la ajetreada vida de la mayor parte de la población. Consecuentemente, los excedentes de población campesina hallaban fácil salida en las ciudades, donde eran rápidamente absorbidos. En el Líbano, donde las condiciones de salubridad habían sido mejoradas, un éxodo cada vez mayor de jóvenes hacia Norteamérica tenía lugar de año en año amenazando (por primera vez desde el tiempo de los griegos) con cambiar el aspecto exterior de regiones enteras.

En el Yemen la solución fue diferente. No había comercio exterior, ni grandes industrias que concentraran la población en lugares insalubres. Las ciudades eran simples mercados, tan limpios y sencillos como cualquier centro aldeano. La población, por tanto, fue creciendo allí de manera paulatina; las condiciones de vida fueron descendiendo hasta niveles muy bajos; y la congestión demográfica acabó por dejarse sentir de manera general. Dicha población no podía emigrar a otras tierras, ya que el Sudán era un país aún peor que Arabia, y las pocas tribus que se aventuraron a trasladarse allí se vieron obligadas a modificar sus modos de vida y su cultura semítica para poder sobrevivir. Tampoco podían emigrar hacia el norte, por la ruta de las colinas, ya que este camino se hallaba cerrado por la ciudad santa de La Meca y su puerto Yidda, una zona extraña, continuamente reforzada por contingentes procedentes de la India, de Java, de Bujara y de África, de muy fuerte vitalidad, violentamente hostil a la conciencia semita, y sostenida artificialmente, a pesar de las adversas condiciones geográficas y climáticas, por el factor económico de una religión mundial. La congestión del Yemen, por tanto, una vez alcanzado su punto más alto, halló su única válvula de escape en el este, presionando cada vez más sobre los más débiles agregados de población de sus fronteras, a quienes fue empujando cada vez más hacia las colinas que atraviesan el Widian, la región semibaldía de los grandes valles de desagüe de Bisha, Dawasir, Ranya y Taraba, que corren en dirección del desierto del Neyd. Estos clanes más débiles tenían continuamente que cambiar sus buenos manantiales y fértiles campos de palmeras por pozos más pobres y palmerales más ralos, hasta quedar arrinconados en una zona donde la agricultura propiamente dicha resultaba ya imposible. Empezaron entonces a remediar su precaria situación mediante la cría de ovejas y camellos, y no tardaron en depender sobre todo de estos rebaños para su subsistencia.

Finalmente, y bajo la presión creciente de la población que desde el oeste los empujaba, las poblaciones fronterizas (convertidas ya casi del todo al pastoreo) se vieron arrojadas incluso de los menos apetecibles oasis y obligadas a un completo nomadeo por las zonas de yermo. Este proceso, que aún hoy puede observarse en familias y tribus concretas, con nombres y fechas localizables, debe de haber venido ocurriendo desde los primeros tiempos del asentamiento en el Yemen. Los wadis situados al sur de La Meca y Taif están atiborrados de recuerdos y nombres topónimos de medio centenar de tribus que, partiendo de allí, pueden encontrarse hoy vagando por el Neyd, Yebel Shammar y Hamad, hasta llegar a los límites de Siria y Mesopotamia. Allí se encuentra situado el punto de origen de la migración, la fábrica de nómadas, el manantial de donde surge la corriente migratoria de los vagabundos del desierto.

La gente del desierto era tan poco estática como la gente de las colinas. La vida económica del desierto se basaba en la disponibilidad de camellos, que recibían su mejor crianza en los rigurosos pastos de las tierras altas con sus fuertemente nutritivos espinos. De tal industria vivían los beduinos, y sobre ella moldeaban sus vidas, establecían las áreas tribales y mantenían rotando a los clanes según el ciclo de los pastos de primavera, verano e invierno, en la medida en que los rebaños se turnaban en la cosecha de sus escasos frutos. Los mercados de camellos de Siria, Mesopotamia y Egipto determinaban la población que el desierto podía absorber, y regulaban de manera estricta su nivel de vida. Resultaba así que el desierto se superpoblaba en ocasiones; y tenían lugar entonces enfrentamientos y reyertas entre las superpobladas tribus, que luchaban a codazos por conseguir un espacio propio. No podían dirigirse hacia el sur, porque allí estaban las inhóspitas arenas o el mar. Tampoco podían torcer hacia el oeste; ya que allí las quebradas colinas del Heyaz estaban densamente ocupadas por pueblos montañeses bien atrincherados en sus cimas. A veces tomaban la dirección de los oasis de Aridh y Kasin, y si las tribus en busca de nuevo hogar eran lo suficientemente fuertes y vigorosas, llegaban a ocupar parte de ellos. Si, en cambio, el desierto no había conseguido darles fuerza suficiente, dichos pueblos se veían gradualmente empujados hacia el norte, hacia la zona situada entre Medina, en el Heyaz, y Kasim, en el Neyd, hasta verse situados en una encrucijada de caminos. Podían entonces avanzar hacia el este, por Wadi Rumh o Yebel Shammar, siguiendo posiblemente el bath que lleva a Shamiya, donde podían convertirse en árabes ribereños del Éufrates inferior; o podían, si no, seguir la ruta escalonada de los oasis occidentales —Henakiya, Jeibar, Teima, Yauf y Sirhan— hasta adentrarse en las cercanías de Yebel Druse, en Siria, o terminar abrevando sus rebaños en las proximidades de Tadmor, en el desierto norte, camino ya de Aleppo o de Asiria.

Tampoco entonces la presión tenía término: la inexorable marcha hacia el norte continuaba. Las tribus se veían empujadas hasta el límite mismo de los campos cultivados de Siria o Mesopotamia. La ocasión y sus estómagos los convencían entonces de las ventajas de poseer cabras, y ovejas luego, y acababan finalmente haciendo algún sembrado, aunque sólo fuera en principio cebada para sus animales. Dejaban de ser entonces beduinos, y empezaban a sufrir a partir de entonces las razzias de los beduinos que venían tras ellos. Insensiblemente, empezaban a hacer causa común con los campesinos anteriormente asentados, y acababan descubriendo que se habían convertido también en campesinos. Vemos así a clanes que, nacidos en las tierras altas del Yemen, y empujados por clanes más fuertes, se habían visto obligados contra su voluntad a penetrar en el desierto y convertirse en nómadas, para mantenerse vivos. Los vemos luego vagando por el yermo, avanzando cada año un poco más hacia el norte, o un poco más hacia el este según la suerte los hubiera empujado por una u otra de las rutas de los pozos del desierto, hasta que esa misma presión los empuja de nuevo hacia la siembra, con la misma falta de intención con que al principio se habían visto arrojados a la experiencia de la vida nómada. Fue esta circulación la que conservó el vigor del cuerpo semita. Pocos fueron, en efecto, si es que hubo alguno, los semitas del norte cuyos antepasados no hubieran recorrido el desierto en una época oscura. La marca del nomadismo, la más profunda y mordiente de las disciplinas sociales, aparece en todas ellas en algún grado.

CAPÍTULO III

Al ser la población tribal y la urbana del Asia árabe-hablante, no dos razas diferentes, sino dos estadios económicos y sociales distintos, cabría esperar que un cierto aire de familia se manifestara en su modo de pensar, haciendo igualmente razonable que en las producciones de ambos tipos de población aparecieran elementos comunes. Ya desde el principio, en mi primer encuentro con ellos, pude hallar una simplicidad universal, una dureza en las creencias, casi matemática en su limitación, y repulsiva en su falta de simpatía. Los semitas no mostraban medias tintas en el registro de su modo de ver las cosas. Eran un pueblo de colores primarios, o más bien de blancos y negros, que veían el mundo siempre con nítidos contornos. Eran un pueblo dogmático, que despreciaba la duda, nuestra moderna corona de espinas. No comprendían nuestras dificultades metafísicas, ni nuestra introspectiva forma de interrogarnos. Sólo conocían la verdad y la no verdad, la creencia o la incredulidad sin nuestro habitual cortejo de dudas y matizaciones.

Para aquel pueblo sólo existía lo blanco y lo negro, no sólo en lo que hace a la visión de las cosas, sino también en lo referente a sus constituyentes más íntimos: blanco o negro, no sólo en lo visible, sino también en lo valorable. Su pensamiento sólo se sentía a gusto en los extremos. Se sentían plenamente cómodos sólo en lo superlativo. A veces, sentimientos contrapuestos parecían actuar a la vez en ellos; nunca, sin embargo, llegaban a un compromiso: llevaban adelante la lógica de varias opiniones incompatibles hasta desembocar en metas absurdas, sin notar la incongruencia. Con frío temple y tranquilo talante, imperturbablemente inconscientes del desarrollo, oscilaban de una asíntota a otra7.

Eran un pueblo de limitadas y estrechas miras, cuya inerte inteligencia tendía a caer en la incuria y en la resignación. Su imaginación era viva, pero falta de creatividad. Había en Asia tan poco arte árabe que podría decirse que carecían de arte en absoluto, aunque sus clases superiores eran liberales mecenas, y habían fomentado todo tipo de talentos en la arquitectura, en la cerámica o en cualquiera de las otras artesanías en las que sus vecinos e ilotas descollaban. Tampoco llegaron a manejar grandes industrias: carecían de organización mental o material. No habían inventado ni sistemas filosóficos ni mitologías complejas. Habían trazado su curso entre los ídolos de la tribu por un lado y los de la caverna por otro. Siendo el menos mórbido de todos los pueblos, habían aceptado el don de la vida como algo incuestionable y axiomático. Se trataba, para ellos, de algo inevitable, un usufructo situado más allá de cualquier control. El suicidio era algo impensable, y la muerte no causaba pena.

Eran gentes de espasmos, rebeliones e ideas, la raza del genio individual. Sus movimientos contrastaban chocantemente con la quietud de su vida cotidiana, y sus grandes hombres parecían aún más grandes por contraste con la talla humana de sus muchedumbres. Sus convicciones eran instintivas, sus actividades, intuitivas. Sus más importantes inventos eran las creencias, elevándose casi como los monopolistas de las religiones reveladas. Tres de dichos inventos han perdurado entre sus gentes: dos de ellos fueron exportados (en forma modificada) a pueblos no semitas. El cristianismo, traducido diversamente a los espíritus griego, latino y teutón, había conquistado América y Europa. El Islam, bajo diversas trasformaciones, había sometido África y parte de Asia. Eran éstos éxitos semitas. Sus fracasos los guardaban, en cambio, para sí mismos. Los márgenes de sus desiertos hormigueaban de fes deshauciadas.

Era significativo que este vertedero de religiones fracasadas se extendiera por los límites del desierto y las tierras de cultivo. Ello indicaba las causas generativas de todos estos credos. Se trataba de asertos, antes que de argumentos, de modo que requerían un profeta que los hiciera surgir. Los árabes decían haber tenido cuarenta mil profetas; nosotros guardamos constancia de al menos varios cientos. Ninguno de ellos había surgido del yermo, pero sus vidas se atenían todas a un mismo patrón. Su nacimiento había tenido lugar en sitios multitudinarios. Una ininteligible y apasionada nostalgia los había conducido al desierto. Habían vivido un tiempo más o menos largo entregados a la meditación y al abandono físico; y de tal experiencia habían vuelto con su mensaje imaginario ya articulado, listo para predicarlo a sus antiguos, y ahora descreídos, conciudadanos. Los fundadores de los tres grandes credos cumplieron este ciclo; sus posibles coincidencias demostraron ser una constante a la luz de las biografías paralelas de miríadas de otros parecidos, los infortunados que fracasaron, cuya profesión de fe podemos juzgar no menos sincera, pero a quienes el tiempo y la desilusión no habían aprestado almas resecas suficientes en las que prender su fuego. Para los pensadores de la ciudad, el impulso que los llevaba a Nitria había sido algo irresistible, no tanto porque encontraban a Dios morando allí, como porque en tales soledades podían escuchar con mayor certeza la voz interior que resonaba en ellos.

La base común de todos los credos semitas, victoriosos o derrotados, fue la omnipresente idea de la inanidad del mundo. Su profunda reacción contra la materia les llevaba a predicar la desnudez, el renunciamiento, la pobreza, y la atmósfera de semejante invención arrebataba implacable a las mentes del desierto. Una primera captación de su sentido de la pureza de lo simple la obtuve en época temprana, en un viaje que efectué más allá de las polvorientas llanuras del norte de Siria, para visitar unas ruinas de la época romana, que los árabes creían construidas por un príncipe de la frontera como residencia del desierto para su reina. La cal de este edificio, decían, había sido mezclada para mayor riqueza, no con agua, sino con preciosos óleos de extracto de flores. Mis guías, olisqueando el aire como lebreles, me conducían de una a otra de las cochambrosas estancias, diciendo: «Esto es jazmín, esto violeta, esto rosas.»

Finalmente, Dahoum8, llevándome consigo, me dijo: «Ven a oler el más suave perfume de todos», y penetramos en la estancia principal, donde a través de los boquetes abiertos en su lado este, sorbimos a boca llena el simple, vacío e inmóvil aire del desierto, vibrante de pasado. Aquel suave aliento venía de algún lugar distante, situado más allá del Éufrates y había viajado muchos días y noches sobre las hierbas muertas, hasta topar con su primer obstáculo, las murallas de humana factura de nuestro ruinoso palacio. En torno a ellas parecía agitarse y remolonear, murmurando con infantil balbuceo. «Ésta», me dijeron «es la mejor: no tiene sabor.» Mis árabes habían vuelto la espalda a los perfumes y los lujos, para elegir aquellas cosas en las que la humanidad no tiene arte ni parte.

El beduino del desierto, nacido y crecido en él, había abrazado con toda su alma esta desnudez demasiado ardua para los demás, por la razón, sentida pero no expresada, de que en ella se encontraba libre sin lugar a dudas. Había perdido todos los lazos materiales, todas las comodidades y demás complicaciones, para lograr una libertad personal lastrada por el hambre y la muerte. No veía virtud alguna en la pobreza como tal, gozaba aún de pequeños vicios y lujos —café, agua fresca, mujeres— que aún conservaba. En su vida gozaba del aire y del viento, del sol y la luz, de los grandes espacios y del gran vacío. No había para él en la naturaleza ni esfuerzo humano ni fecundidad: sólo el cielo arriba y la tierra desnuda bajo sus pies. Allí, de manera inconsciente, se sentía cercano a Dios. Y Dios no era para él un ser antropomorfo, ni tangible, ni moral o ético, ni preocupado por el mundo o por él, ni siquiera un ser natural, sino 49.jpg9, calificado de tal por despojamiento más que por investidura, un Ser omnicomprensivo, meollo y centro de toda actividad, y a quien la materia y la naturaleza meramente reflejan.

El beduino no podía contemplar a Dios en su interior, sentía con profunda certeza que era él quien estaba dentro de Dios. No podía concebir nada que fuera o dejara de ser Dios el Único, el Grande; y con todo había una familiaridad, una cotidianidad de este climático Dios árabe, que era su comida, su lucha y su deseo, el más común de sus pensamientos, de sus recursos y compañía habituales, en un sentido imposible de concebir para aquellos que se hallan profundamente separados de Dios por su abrumadora indignidad carnal frente a él y por el decoro del culto formal que le tributan. Los árabes no encontraban incongruencia alguna en sumir a Dios en la debilidad y efímeros apetitos de sus causas menos presentables. Era la palabra que con más constancia y familiaridad resonaba en sus labios, y en verdad es mucha la elocuencia que perdemos al haberlo convertido en el más corto y feo de nuestros monosílabos.

Este credo del desierto parecía inexpresable en términos verbales, e incluso en términos mentales. Era fácil de sentir como una influencia, y quienes llevaban en el desierto lo bastante como para haber olvidado sus grandes espacios y su vaciedad, inevitablemente confiaban en Dios como el único refugio y el único ritmo de sus vidas. Los beduinos podían ser nominalmente sunníes o wahabíes, o de cualquier otra de las sectas del abanico semita, y al mismo tiempo tomarse esto bien poco en serio, a la manera de los vigías de la puerta de Sión, que bebían cerveza y se reían de Sión porque ellos mismos eran sionistas. Cada nómada tiene su propia religión revelada, no oral, ni tradicional, ni expresa, sino instintiva e íntima; y así es como vemos que todos los credos semitas (por carácter como por esencia) acentúan al mismo tiempo la vaciedad del mundo y la plenitud de Dios; y según sean el poder y la ocasión del creyente viene a ser la expresión de aquéllos.

El habitante del desierto no podía esperar que otros aceptaran su creencia. Nunca había sido ni evangelizador ni prosélito. Había llegado a tan intensa condensación de Dios en sí mismo cerrando sus ojos al mundo, y a todas las complejas posibilidades latentes en sí mismo, que sólo el contacto con la riqueza y las tentaciones habría podido despertar. Llegaba a alcanzar así una segura y poderosa confianza, ¡pero en qué campo tan estrecho! Su estéril experiencia lo apartaba de la compasión y pervertía su especifidad humana tornándola a imagen y semejanza del yermo en que se escondía. Y, de acuerdo con ello, se hacía daño a sí mismo, no sólo para ser más libre, sino también para satisfacerse. De donde se seguía un deleite en el dolor, una crueldad que era para él superior a los más codiciados bienes. Extraía lujuria de la abnegación, del renunciamiento, de la autocontención. Transformaba la desnudez del espíritu en algo tan voluptuoso como la desnudez de los cuerpos. Salvaba sin lugar a dudas su alma, y se ponía a salvo de peligros, pero a costa de un endurecimiento egoísta. Su desierto se había convertido en una casa de hielo espiritual, en la que se preservaba intacta una imagen de la unidad de Dios, idéntica para todas las edades. Hacia dicha morada escapaban temporalmente algunos hombres inquietos del mundo exterior, que desde ella observaban con desapego la naturaleza de la generación a la que habían de convertir.

Esta fe del desierto resultaba imposible de implantar en las ciudades. Era a la vez demasiado extraña, demasiado simple y demasiado impalpable para resultar exportable y de uso común. La idea básica de todas las creencias semitas se hallaba allí a la espera, pero debía disolverse antes de hacerse comprensible para nosotros. El grito del murciélago resultaba demasiado agudo para muchos oídos: el espíritu del desierto se escurría por entre las gruesas mallas de nuestra comprensión. Los profetas volvían del desierto con su atisbo de Dios, y en el mellado vehículo que eran ellos mismos (como a través de un espejo oscuro) mostraban parte de la majestad y el brillo cuya plena visión nos cegaría, nos ensordecería, nos impondría silencio, nos serviría como ha servido a los beduinos, para convertirnos en individuos groseros y alejados del mundo.

Los discípulos, en su esfuerzo por despojarse y despojar a sus conciudadanos de todas las cosas, de acuerdo con la palabra del maestro, tropezaban con la debilidad humana y fracasaban. Para poder vivir, el aldeano o el habitante de la ciudad debe satisfacer cada día los placeres de la adquisición y la acumulación, y superando las circunstancias convertirse en el más grosero y materialista de los humanos. El radiante menosprecio de la vida que a otros había conducido al ascetismo lo llevaba a él a la desesperación. Se derrochaba a sí mismo, como un manirroto: malgastaba la herencia de su carne suspirando por un pronto fin. El judío metropolitano de Brighton, el avaro, el adorador de Adonia, y la sanguijuela del hervidero de Damasco son por igual signos de la capacidad semítica para el goce, y expresión del mismo nervio que nos muestra en el otro polo a los esenios, los primeros cristianos, o los primeros califas, entregados a mostrar el sendero del cielo a los pobres de espíritu. El semita pendula entre la pasión lujuriosa y la autonegación.

Los árabes podían ser tironeados de las ideas como de un ronzal; ya que la lealtad incondicional de sus mentes podía convertirlos en obedientes esclavos. Ninguno de ellos rompía el vínculo hasta haber logrado el éxito, con el que llegaban la responsabilidad, y el deber y los compromisos. En ese momento la idea se esfumaba y el trabajo llegaba a su término... hecho trizas. Sin un credo, podían ser arrastrados a las cuatro esquinas del mundo (pero no al cielo), con sólo mostrarles las riquezas de la tierra y sus placeres, pero, si en medio de la ruta, mientras eran arrastrados de tal manera, topaban con el profeta de una idea, que no tuviera donde posar su cabeza y dependiera para comer de la caridad o de los pájaros, de inmediato dejaban todo cuidado por las riquezas para seguir su inspiración. Eran incorregibles hijos de la idea, vulnerables y ciegos, para quienes espíritu y carne se hallaban fatal y permanentemente opuestos. Su intelecto era retorcido y oscuro, lleno de depresiones y exaltaciones, falto de regla, pero más lleno de ardor y fértil en creencias que ningún otro en el mundo. Eran un pueblo de arranques, para el que lo abstracto era la motivación más fuerte, un proceso de infinito coraje y variedad, que acababa por desembocar en nada. Eran tan inestables como el agua, y como el agua quizá prevalecerían finalmente. Desde el alba de la vida, y en oleadas sucesivas, habían venido estrellándose contra los farallones de la carne. Ola tras ola rompían allí, pero, como el mar, arrancaban cada vez un trozo del granito contra el que fracasaban, hasta que un día, pasados los siglos, inundaban incontrolables el lugar donde se había alzado el mundo material, y Dios sobrevolaba entonces aquellas aguas. Fue una de tales olas (y no la menor) la que yo alcé y removí con el soplo de una idea, hasta que alcanzó su cresta y se desmoronó sobre Damasco. Lo que aquella ola lavó, una vez rechazada por la resistencia de las cosas inertes, dará la materia de la siguiente ola, cuando llegue el momento de que el mar se hinche de nuevo.

CAPÍTULO IV

La primera oleada por todas las márgenes del Mediterráneo había mostrado al mundo el poder que podían desplegar los árabes durante el breve intervalo de una intensa actividad física, pero, cuando el esfuerzo acabó por consumirse, la falta de resistencia y el carácter rutinario del intelecto semita se hicieron patentes. Las provincias que habían conquistado las abandonaron a la incuria, por simple disgusto de lo sistemático, y tuvieron que buscar ayuda en sus propios súbditos recién conquistados, o en extranjeros más vigorosos, para administrar sus mal tejidos y apenas incoados imperios. Así fue como, ya desde temprana época en la Edad Media, los turcos plantaron su pie en los estados árabes, primero como sirvientes, luego como ayudantes y finalmente como un grupo parasitario que iba sorbiendo la savia del viejo tronco político. La última fase de tal relación fue de enemistad, cuando los Hulagus o Tamerlanes empezaron a saciar su sed de sangre, quemando y destruyendo todo lo que ante ellos se alzaba con pretensiones de superioridad.

Las civilizaciones árabes tenían una naturaleza abstracta, más moral e intelectual que técnica, y su falta de espíritu civil terminó por volver inútiles sus excelentes virtudes privadas. Fueron afortunadas en su época: Europa había caído en la barbarie, y la memoria de los conocimientos griegos y latinos se había borrado de las cabezas de los hombres. Por contraste, el ejercicio mimético de los árabes parecía civilizado, su actividad mental progresiva, y su configuración política próspera. Llegaron a prestar un verdadero servicio, al preservar parte de la herencia clásica para los siglos futuros.

Con la llegada de los turcos su dicha pasó a ser un sueño. Poco a poco, los semitas de Asia fueron siendo uncidos a su yugo, y quedaron sometidos a una lenta agonía. Sus bienes les fueron arrebatados; y su espíritu se apergaminó bajo el reseco soplo de un gobierno militar. El dominio turco fue un dominio policial, y la teoría política turca era tan burda como su práctica. Los turcos enseñaron a los árabes que los intereses sectarios eran más importantes que los patrióticos, que los pequeños intereses provinciales eran superiores a los de interés nacional. Los condujeron, fomentando sutilmente las disensiones, a desconfiar unos de otros. La misma lengua árabe quedó proscrita de cortes y ministerios, de la administración pública y de las escuelas superiores. Los árabes sólo podían llegar a servir al Estado sacrificando sus caracteres raciales; tales medidas no fueron fácilmente aceptadas. La tenacidad semítica se manifestó en las múltiples rebeliones que tuvieron lugar en Siria, Mesopotamia y Arabia contra las crecientes formas de penetración turca, y se presentó no menor resistencia ante los más insidiosos intentos de absorción. Los árabes no estaban dispuestos a renunciar a su rica y flexible lengua en favor del rudo idioma turco; en vez de esto, infectaron el turco de palabras árabes, y conservaron los tesoros de su propia literatura.

Perdieron su sentimiento geográfico y su memoria racial, política e histórica; pero se aferraron aún con mayor fuerza a su lengua, y la erigieron casi en su propia y real patria. El primer deber de todo musulmán era estudiar el Corán, el libro sagrado del Islam, y casualmente el más grande monumento literario árabe. La idea de que esta religión les era propia, y que sólo su lengua les permitía comprenderla y practicarla con propiedad, dio a cada árabe un patrón con que medir los fútiles logros de los turcos.

Luego, vino la revolución turca, la caída de Abdul Hamid y el triunfo de los Jóvenes Turcos. El horizonte pareció ensancharse momentáneamente para los árabes. El movimiento de los Jóvenes Turcos era una rebelión contra la concepción jerárquica del Islam y la teoría panislámica del viejo sultán, que aspiraba, desde su puesto de director espiritual del mundo islámico, a convertirse también (sin apelación) en director de sus asuntos temporales. Los jóvenes políticos turcos se rebelaron contra él y lo encerraron en prisión, bajo el impulso de las teorías constitucionales del Estado soberano. De este modo, en el momento mismo en que en la Europa Occidental las nacionalidades empezaban a perder importancia frente al internacionalismo, y toda Europa empezaba a retemblar con el ruido de guerras bien alejadas de los problemas raciales, el Asia Occidental empezaba a saltar del universalismo a la política nacionalista, y empezaba a soñar con guerras orientadas a conseguir el autogobierno y la soberanía nacional, en vez de la fe y el dogma. Dicha tendencia había hecho su primera aparición sonada en el Próximo Oriente, dentro del ámbito de los Balcanes, y había impulsado a los pequeños estados allí surgidos a arrostrar un martirio sin precedentes hasta conseguir la meta de su separación de Turquía. Posteriormente, habían surgido movimientos nacionalistas en Egipto, la India, Persia, y finalmente en la misma Constantinopla, donde se vieron fortalecidos y apuntalados por las nuevas ideas americanas en materia de educación, ideas que, al difundirse en la vieja atmósfera oriental, crearon una mezcla explosiva. Las escuelas americanas, donde la enseñanza se llevaba a efecto sobre la base del libre examen, promovieron el distanciamiento científico y el libre intercambio de puntos de vista. Sin pretenderlo, propiciaron de este modo la revolución, ya que resultaba imposible para cualquiera ser moderno en Turquía y a la vez un súbdito leal cuando había nacido en el seno de una de las razas —griegos, kurdos, árabes, armenios o albaneses— sobre las cuales los turcos llevaban tanto tiempo ejerciendo su dominio.

Los Jóvenes Turcos, confiados en su éxito inicial, se vieron arrastrados por la lógica de sus principios, y en reacción contra el panislamismo, predicaron la fraternidad otomana. Las crédulas razas sometidas —mucho más numerosas que los turcos mismos— pensaron que serían llamadas a cooperar en la construcción de un Oriente nuevo. Apresurándose a poner manos a la obra (empachados de Herbert Spencer y Alexander Hamilton) crearon plataformas de ideas de amplio alcance, y saludaron a los turcos como camaradas. Los turcos, aterrorizados por las fuerzas que ellos mismos habían liberado, atajaron el fuego con la misma premura con que lo habían atizado. Una Turquía turca para los turcos —Yeni-Turan— pasó a ser el grito de guerra. Posteriormente, esta consigna intentaría aplicarse al rescate de sus hermanos irredentos, las poblaciones turcas del Asia Central sometidas a Rusia; pero, ante todo, debían purgar a su imperio de todas las razas sometidas que ponían en cuestión su dominio. Los árabes, el más amplio componente extranjero de Turquía, fueron los primeros. Y, para ello, los delegados árabes fueron dispersados, las sociedades secretas árabes prohibidas y los notables árabes proscritos. Las manifestaciones árabes y la lengua árabe fueron suprimidos por Enver Pachá con mayor virulencia aún que en tiempos de Abdul Hamid.

Sin embargo, los árabes habían logrado paladear la libertad: no podían cambiar sus ideas tan rápidamente como su conducta; y los espíritus más fuertes entre ellos no fueron fáciles de doblegar. Leían los periódicos turcos, poniendo «árabe» donde decía «turco» en las exhortaciones patrióticas. La represión los llenó de una malsana violencia. Privados de salidas constitucionales se echaron en brazos de la revolución. Las sociedades árabes pasaron a la clandestinidad, y los clubes liberales se convirtieron en sociedades conspirativas. La Ajua, el grupo madre de todas las sociedades árabes, fue oficialmente disuelta. Pero fue sustituida en Mesopotamia por la peligrosa Ahad, una hermandad secreta, limitada casi en exclusiva a los oficiales árabes del ejército turco, que juraron adquirir de sus amos los conocimientos militares precisos para volverlos contra ellos, en servicio del pueblo árabe, cuando llegara el momento.

Era una sociedad secreta numerosa, con una base segura en la parte más salvaje del Irak meridional, donde Sayid Taleb, el joven John Wilkes del movimiento árabe, mantuvo el poder en sus poco escrupulosos dedos. A ella pertenecían siete de cada diez oficiales de origen mesopotámico; y la pertenencia a ella era tan secreta que hubo miembros que ocuparon altos puestos de mando en el ejército turco hasta el final. Cuando finalmente se produjo el choque, y Allenby avanzó a lomos de Armaggedon y Turquía cayó rendida, uno de los vicepresidentes de la sociedad comandaba los últimos restos de los ejércitos con base en Palestina ya en retirada y otro dirigía las fuerzas turcas estacionadas al otro lado del Jordán, en la zona de Ammán. Aun, después del armisticio, altos puestos de la administración turca estaban en manos de individuos dispuestos a volverse contra sus amos a una orden de sus líderes árabes. A la mayor parte de ellos la orden nunca les llegó, ya que las sociedades secretas eran fundamentalmente agrupaciones pro árabes, que querían luchar sólo por la independencia árabe, y no veían ninguna ventaja en apoyar a los Aliados frente a los turcos, ya que nunca creyeron en las garantías que les habíamos dado sobre su libertad. En realidad, muchas de ellas preferían una Arabia unida por Turquía, bajo un humillante sometimiento, que una Arabia dividida y sujeta al más suave control de las potencias europeas, mediante el reparto en esferas de influencia.

Mayor aún que el Ahad fue el Fetah, la sociedad de la libertad implantada en Siria. Los terratenientes, los escritores, los médicos, y los altos miembros de la administración pública se unieron en el seno de esta sociedad, mediante juramentos comunes, consignas, una prensa y una tesorería centrales, para arruinar al Imperio Turco. Con la ruidosa facilidad de los sirios —un pueblo de gran capacidad mimética y con la rápida inteligencia de los japoneses, pero mucho más superficial— construyeron en poco tiempo una formidable organización. Buscaron ayuda en el exterior, y esperaban que la libertad les llegaría a través de la súplica, y no del sacrificio. Estrecharon lazos con Egipto, con el Ahad (cuyos miembros, con verdadera adustez mesopotámica, los despreciaban), con el jerife de La Meca y con Gran Bretaña; buscando en todas partes el aliado que pudiera servirles en cada ocasión. Eran igualmente clandestinos hasta la muerte; y el Gobierno, aunque sospechaba de su existencia, no pudo hallar nunca claras pruebas acerca de sus líderes o miembros. Tuvo que contenerse hasta poder reunir pruebas irrefutables, para no disgustar a los diplomáticos franceses e ingleses, que hacían en Turquía el papel de una moderna opinión pública. La guerra de 1914 alejó a tales agentes, y dejó las manos libres al gobierno turco.

La movilización puso todo el poder en manos de Enver, Talaad y Yemal, que eran a la vez los más despiadados, los más ambiciosos y los más lógicos de los Jóvenes Turcos. Se impusieron la tarea de aplastar a todas las corrientes no turcas del Estado, y especialmente a los nacionalismos árabe y armenio. Como primer paso, hallaron una sofisticada y cómoda arma en los papeles secretos del cónsul francés en Siria, que dejó tras de sí en el consulado copias de la correspondencia (sobre la liberación árabe) que había intercambiado con un club secreto árabe, no conectado con el Fetah, pero compuesto por lo más representativo y menos peligroso de la inteligentsia de la costa siria. Los turcos, por supuesto, estaban encantados, ya que la agresión «colonial» francesa en el norte de África había otorgado a los franceses una negra reputación en todo el Islam de lengua árabe, lo que sirvió a Yemal para mostrar a sus correligionarios que los nacionalistas árabes eran lo suficientemente infieles como para preferir Francia a Turquía.

En Siria, por supuesto, sus revelaciones no causaron sorpresa; pero los miembros de la sociedad eran gente conocida y respetada, incluso pertenecientes al escalafón académico; y sus arrestos y condenas, así como el cúmulo de deportaciones, exilios y ejecuciones a que el juicio dio lugar, conmovieron las entrañas del país, y mostraron a los árabes del Fetah que si no aprendían bien esta lección recaería también sobre ellos la suerte de los armenios. Éstos habían sido desarmados y despedazados, los hombres, por una matanza en masa, las mujeres y los niños, por marchas y contramarchas a través de las rutas invernales hacia el desierto, donde, desnudos y hambrientos, eran presa de quien quisieran aprovecharse de ellos, hasta ser alcanzados por la muerte. Los Jóvenes Turcos habían destruido a los armenios, no porque fueran cristianos, sino por ser armenios; y por la misma razón metían en la misma prisión a los árabes, tanto cristianos como musulmanes, y los colgaban del mismo patíbulo. Yemal Pachá logró aglutinar a todas las clases y credos de Siria, bajo la presión de una misma amenaza y humillación, haciendo así posible una rebelión concertada.

Los turcos sospechaban de los oficiales y soldados árabes de su ejército, y esperaban poder emplear con ellos la táctica de la dispersión que tan bien les había servido con los armenios. Al principio las dificultades del transporte se interpusieron en su camino, lo que produjo una peligrosa concentración de divisiones árabes (casi un tercio del ejército turco original era de lengua árabe) en el norte de Siria, a principios de 1915. Despejaron este peligro, tan pronto como les fue posible, enviándolos a Europa, a los Dardanelos, al Cáucaso o al Canal, a cualquier parte, con tal de que fueran emplazados cuanto antes en la primera línea de fuego, o alejados al menos de la vista y la ayuda de sus compatriotas. Una «Guerra Santa» fue proclamada para otorgar a la bandera de la «Unión y Progreso» parte de la tradicional santidad que tenía el grito de guerra del califa a los ojos de los viejos elementos clericales; y el jerife de La Meca fue invitado —o más bien conminado— a hacerse eco de dicho grito.

CAPÍTULO V

La posición del jerife de La Meca venía siendo anómala desde hacía tiempo. El título de «jerife» implicaba una descendencia de Mahoma por vía de su hija Fátima, y de Hasán, su hijo mayor. Los auténticos jerifes se hallaban inscritos en el árbol familiar, un inmenso rollo conservado en La Meca, bajo la custodia del emir de La Meca, el jerife de jerifes electivo, a quien se suponía como el más noble y venerable de todos. La familia del profeta había detentado el poder temporal en La Meca durante los últimos novecientos años, y estaba formada por unas doscientas personas.

Los antiguos gobiernos otomanos habían contemplado a este clan de manticráticos pares con una mezcla de reverencia y desconfianza. Puesto que eran demasiado poderosos para ser destruidos, el sultán salvaguardaba su dignidad confirmando al emir en su puesto. Esta vacía aprobación fue adquiriendo dignidad con el paso del tiempo, hasta que los nuevos detentadores empezaron a sentir que de hecho añadía un sello final a la elección. Finalmente, los turcos se dieron cuenta de que necesitaban tener el Heyaz bajo su directo e incuestionable control, como parte del montaje escénico de su nueva idea panislámica. La ocasión de la apertura del Canal de Suez les proporcionó la disculpa para establecer guarniciones en las ciudades santas. Proyectaron a partir de este momento el ferrocarril del Heyaz, e incrementaron la influencia turca entre las tribus de la zona mediante la distribución de dinero y armas, y mediante intrigas.

Según el sultán iba afianzando su poder en el Heyaz, fue aventurándose en cada vez mayor medida a ponerse por encima del jerife, en La Meca misma, hasta atreverse a deponer a un jerife demasiado ambicioso para su gusto, y nombrar como sucesor a un miembro de la familia rival del clan, que había hallado en la disensión el modo de conseguir ventajas. Finalmente, Abdul Hamid ordenó trasladar a Constantinopla a parte de la antigua familia gobernante, a la que mantuvo en una dorada cautividad. Entre los miembros de dicha familia se hallaba Hussein ibn Ali, el futuro gobernante, que fue mantenido como prisionero durante dieciocho años. Lo que le dio la oportunidad de proporcionar a sus hijos —Alí, Abdullah, Feisal y Zeid— una moderna educación y una experiencia que posteriormente les serían de gran ayuda para conducir al éxito a los ejércitos árabes.

Tras la caída del Abdul Hamid, los mucho menos astutos Jóvenes Turcos cambiaron de política y devolvieron al jerife Hussein a La Meca, nombrándolo emir. Inmediatamente se puso éste manos a la obra para restaurar el poder del emirato, y afianzarse a sí mismo sobre la antigua base de su poderío, manteniendo entre tanto estrechos y amistosos lazos con Constantinopla, a través de sus hijos, Abdulla, vicepresidente del Parlamento turco, y Feisal, diputado por Yidda. Éstos le mantuvieron informado de las opiniones políticas que corrían por la capital, hasta el estallido de la guerra, momento que aprovecharon para volver a toda prisa a La Meca.

La ruptura de hostilidades provocó agitaciones en el Heyaz. La peregrinación quedó interrumpida, y con ello las rentas y negocios de las Ciudades Santas. Había razones para temer que los barcos de suministro alimentario de la India dejaran de llegar (dado que el jerife, técnicamente, había pasado a convertirse en un súbdito enemigo); y puesto que la provincia apenas producía alimentos propios, resultaba precario tener que depender de la buena voluntad de los turcos, que podían condenarlos al hambre cerrando el ferrocarril de Heyaz. Hussein nunca había estado hasta entonces a la entera merced de los turcos, y en este desdichado momento ellos necesitaban de manera particular su adhesión al «Yehad», la Guerra Santa, que habían proclamado todos los musulmanes contra la Cristiandad.

Para llegar a ser popular, esa guerra debía ser sancionada por La Meca; y en caso de serlo, todo Oriente podía quedar bañado en sangre. Hussein era un personaje honorable, sagaz, obstinado y profundamente piadoso. Comprendía que la Guerra Santa era doctrinalmente incompatible con una guerra de agresión, y resultaba absurda teniendo como aliado a un país cristiano: Alemania. Así que rechazó la exigencia turca, al tiempo que con toda dignidad apelaba a los Aliados para que su provincia no muriese de hambre por algo de lo que su gente no era culpable. Los turcos, en respuesta, implantaron de inmediato el bloqueo del Heyaz, mediante un control estrecho del tráfico de peregrinos por ferrocarril. Los británicos, por su parte, dejaron abierta su zona de la costa para la entrada de cargueros con víveres, bajo control especial.

La exigencia turca, no obstante, no fue la única que recibió el jerife. En enero de 1915, Yisin, jefe de los oficiales mesopotámicos, Ali Riza, jefe de los oficiales de Damasco, y Abd el Ghani el Areisi, en nombre de los civiles sirios, le hicieron llegar una propuesta concreta para llevar a cabo un motín militar en Siria contra los turcos. Los pueblos oprimidos de Siria y Mesopotamia, y los comités del Ahad y del Fetah, apelaban a él como padre de los árabes, musulmán de musulmanes, príncipe supremo, y principal notable del Islam, para salvarlos de los siniestros designios de Tallat y Yemal.

Hussein, como político, como príncipe, como musulmán, como modernista, y como nacionalista, se vio obligado a escuchar su petición de ayuda. Envió, pues, a Feysul, su tercer hijo, a Damasco, para discutir sus proyectos como representante suyo, y para prepararle un informe. Envió también a Alí, su hijo mayor, a Medina, con órdenes de reclutar, con cualquier disculpa que se le ocurriera, tropas entre los aldeanos y tribeños del Heyaz, y tenerlos dispuestos para entrar en acción tan pronto lo ordenara Feisal. Abdulla, su muy político hijo segundo, debía tantear a los ingleses por carta, para averiguar cuál sería su actitud ante la eventualidad de una rebelión árabe contra Turquía.

Feisal informó en enero de 1915 que las condiciones locales eran buenas, pero que la guerra generalizada no iría bien para sus propias esperanzas. En Damasco había tres divisiones de tropas árabes dispuestas para la rebelión. En Alepo, con dos divisiones más, inficionadas de nacionalismo árabe, había la certeza de que se alzarían también en cuanto las otras entraran en combate. Había tan sólo una división turca en este lado del Tauro, de modo que era seguro que los rebeldes podrían apoderarse de Siria al primer intento. Por otro lado, la opinión pública se hallaba menos dispuesta a aceptar medidas extremas, y la clase militar se hallaba totalmente convencida de que Alemania ganaría la guerra, y que lo haría muy pronto. No obstante, si los Aliados lograban desembarcar su cuerpo expedicionario australiano (sometido a entrenamiento en Egipto por entonces) en Alexandretta, cubriendo de este modo el flanco sirio, podría entonces arrostrarse con ciertas seguridades la posibilidad de una victoria final alemana y de una paz separada con Turquía.

Siguió a esto un compás de espera mientras los Aliados trasladaban su campo de operaciones a los Dardanelos, en vez de hacer el desembarco en Alexandretta. Feisal siguió sus pasos para disponer de una informac

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