A través del agujero donde estuvo la galería, ves que el algarrobo derribado vuelve a crecer lentamente. Esta es una clara señal de que a partir de ahora vas a tener que tomarte en serio la vida.
Tomas una almohada y te la pones bajo los hombros, de modo que puedas ladear la cabeza y la sangre que está en el cerebro fluya de regreso al corazón, permitiendo que tus pensamientos se despejen un poco. Tu madre te apoyaba la cabeza así de vez en cuando.
Las mañanas plateadas están siempre llenas de nuevas intenciones, pero hoy es el primer día del nuevo milenio, por lo que espesan el aire del alba más que nunca.
Aunque aún no han llegado las heladas del invierno, la atmósfera en el exterior es muy fría.
Un olor a orina se cierne todavía en la habitación. Rezuma de tus poros cuando la luz del sol te cubre la piel.
Miras el exterior. El aire de la mañana no se está alzando del suelo como lo hizo ayer, sino que cae desde el cielo sobre las copas de los árboles, se mueve lentamente a través de las hojas, roza al pasar la carta manchada de sangre prendida en las ramas y absorbe humedad al caer.
Antes de que llegara el gorrión, casi habías dejado de pensar en la huida. Entonces, el invierno pasado, ese pájaro se alzó en el cielo y se posó ante ti, o, para ser preciso, en el alféizar de tu ventana. Sabías que los mugrientos cristales de la ventana estaban cubiertos de hormigas muertas y polvo, y olían tan mal como las cortinas, pero eso no disuadió al gorrión. Saltó al interior de la galería y encrespó las plumas, dispersando en el aire un dulce aroma a corteza de árbol. Entonces voló a tu habitación, se posó en tu pecho y permaneció allí como un frío huevo.
Tu sangre se calienta más. Se estremecen los músculos en las órbitas de tus ojos, que pronto se llenarán de lágrimas. La saliva gotea sobre el velo del paladar en el fondo de la boca. Provoca un movimiento reflejo y el paladar se alza, cerrando el conducto nasal y permitiendo que la saliva fluya a la faringe. Los músculos del esófago, que han permanecido aletargados durante tantos años, se contraen y proyectan la saliva hacia abajo, al estómago. Una señal bioeléctrica salta como una chispa de luz desde las neuronas del córtex motor y baja por la médula espinal hasta una fibra muscular en la punta de un dedo.
Ya no tendrás que confiar en tus recuerdos para pasar el día. Esto no es un momentáneo destello de vida antes de la muerte. Esto es un nuevo comienzo.
–¡Guee… gueee…!
Un llanto de bebé suena ahogado a través del fétido aire. Su cuerpo desnudo parece temblar en el frío suelo de hormigón… Soy yo. He avanzado poco a poco entre las piernas de mi madre, con un dolor de cabeza espantoso. Mi mano chapotea en el charco de sangre que va agrandándose a mi alrededor… Mi madre me contaba a menudo que, cuando me dio a luz, la habían obligado a llevar una camisa con las palabras MUJER DE UN DERECHISTA bordadas. El médico de guardia no se atrevió a ofrecerle ayuda para traer al mundo a aquel «hijo de un perro capitalista». Por suerte, mi madre perdió el conocimiento poco antes de romper aguas, por lo que no sintió ningún dolor cuando nací en el corredor del hospital.
Y ahora, tantos años después, también yo estoy tendido inconsciente en un hospital. Solo de vez en cuando, el sonido de cristal roto de las ampollas de los inyectables al partirles la estrecha parte superior me indica que sigo vivo.
Sí, soy yo. El hijo mayor de mi madre. Los ojos de una rana enterrada aparecen ante mí. Aún está viva. Soy yo quien la metió en el tarro y la enterró… El oscuro corredor es muy largo. Al final está el quirófano, donde manipulan los cuerpos como si fuesen meros montones de carne… Y la muchacha que veo ahora… ¿cómo se llama? A-Mei. Camina hacia mí, solo una blanca silueta. No huele a nada. Le tiemblan los labios.
Estoy tendido en una cama de hospital, como lo estuvo mi padre antes de morir. Soy Dai Wei, la simiente que él dejó. ¿Estoy empezando a recordar cosas? Entonces debo de estar vivo. O tal vez me estoy desvaneciendo y revoloteo por última vez entre las ruinas de mi pasado. No, no puedo estar muerto. Oigo ruidos. La muerte es silenciosa.
–Solo finge estar muerto… –le musita mi madre a alguien–. No puedo comer este pak choi. Está lleno de arena.
Se refiere a mí. Oigo un ruido cerca de mi oído. Es el colon de alguien que retumba.
¿Dónde está mi boca? ¿Mi cara? Veo un borrón amarillo ante los ojos, pero todavía no huelo nada. Oigo el llanto de un bebé a lo lejos y, en ocasiones, el ruido del agua caliente con la que alguien llena un termo.
La luz amarilla se escinde. Tal vez un pájaro acaba de cruzar por el cielo. Me siento como si estuviera despertando de un largo sueño. Todo me parece nuevo y desconocido.
¿Qué me ha ocurrido? Nos veo a Tian Yi y a mí cogidos de la mano, corriendo para ponernos a salvo. ¿Es eso un recuerdo? ¿Sucedió realmente? Los tanques avanzan hacia nosotros. Por todas partes hay llamas y gritos… ¿Y cuál es la situación ahora? ¿Perdí el sentido cuando los tanques avanzaban hacia mí? ¿Es aún el mismo día?
Cuando mi padre yacía en el hospital, esperando la muerte, el hedor de las sábanas sucias y las pieles de naranja podridas era a veces lo bastante fuerte para enmascarar el penetrante olor a herrumbre de las camas. Cuando se oscurecía el cielo visible a través de la ventana, las sucias cortinas se fusionaban con la dorada luz del sol y la habitación se volvía algo más transparente y me permitía ver, por lo menos, que mi padre seguía vivo… Aquella última tarde no me atreví a mirarle. Me volví hacia la ventana y contemplé el rojo eslogan ALZAD LA GLORIOSA BANDERA ROJA DEL MARXISMO Y ESFORZAOS CON AUDACIA HACIA DELANTE que pendía desde el tejado de un edificio del hospital situado detrás, y la pequeña franja de cielo por encima de ella…
Durante aquellos últimos años de su vida, mi padre hablaba de los tres años que pasó en Norteamérica como estudiante de música. Mencionó a una chica californiana a la que conoció allí. Se llamaba Flora, que en latín significa «flor». Decía que cuando ella tocaba el violín, fijaba la vista en el suelo y él podía mirarle las largas pestañas. Le había prometido que le visitaría en Pekín cuando terminara los estudios universitarios. Pero cuando se graduó, China se había convertido en un país comunista y no se permitía la entrada de extranjeros.
Recuerdo la muela negra, cariada, en un lado de su boca. Mientras nos hablaba, acariciaba la sábana de algodón y el catéter urinario que estaba debajo, inserto en su abdomen.
–Técnicamente hablando, es un vegetal –dice una enfermera a mi derecha–. Pero por lo menos sigue aceptando el líquido del gotero. Eso es una buena señal.
La enfermera parece hablar a través de una mascarilla, y es como si el sonido de su voz desgarrase un paño de muselina. El sonido vibra a través de mí, y por un momento tengo una vaga sensación del tamaño y el peso de mi cuerpo.
Si soy un vegetal, debo de haber yacido aquí inconsciente durante un tiempo. Así pues, ¿me estoy despertando ahora?
Mi padre aparece de nuevo ante mi vista. Su rostro es tan borroso que parece como si lo estuviera viendo a través de tela metálica. Cuando exhaló el último suspiro, mi padre también estaba conectado a un gotero. En el globo de su ojo izquierdo se reflejaba, como en el cristal de una ventana, el tejado del edificio que se alzaba detrás, una franja de cielo y unas pocas ramas. Pero si me muriese ahora, mis ojos no reflejarían nada.
Tal vez solo me queden unos minutos de vida y esta no sea más que una recuperación momentánea de la conciencia antes de la muerte.
–¡Qué va! Lo más probable es que esté perdiendo el tiempo aquí. Nunca se despertará.
La voz de mi madre suena cerca y lejos al mismo tiempo. Flota en el aire. Tal vez mi padre percibiera así los sonidos poco antes de morir.
En aquellos últimos momentos de su vida, la mascarilla de oxígeno sobre su boca y el tubo de plástico inserto en sus fosas nasales parecían superfluos. De no haber habido nadie que le extrajera las flemas de la garganta o le vertiera leche en el estómago por un tubo de alimentación de goma, habría muerto en aquella cama metálica varias semanas antes. En el último instante entre la vida y la muerte, tuve la sensación de que clavaba sus ojos en mí. Yo estaba tirando de la camisa de mi hermano. Las migas de la torta que tenía en la mano se esparcieron sobre la sábana de mi padre. Mi hermano trataba de subir a la cama. La llave que le colgaba del cuello tintineó contra el bastidor metálico. Tiré de la correa de su cartera escolar de cuero con tanta fuerza que se partió por la mitad.
–¡Baja de ahí! –le gritó mi madre, los ojos enrojecidos por la ira.
Mi hermano se echó a llorar. Yo guardaba silencio.
Un segundo después, mi padre se hundió en la jaula formada por equipo médico que le rodeaba y entró en mi recuerdo. La vida y la muerte habían convergido en el interior de su cuerpo. Todo parecía muy fácil.
–Ya está –dijo la enfermera, sin quitarse la mascarilla.
Con la puntera de un zapato, apartó los palillos y el algodón hidrófilo utilizados para quitarle las flemas, tirados por el suelo. Luego le dijo a mi madre que fuese a la recepción para realizar los trámites. Si no se llevaban el cadáver al depósito antes de la medianoche, le cobraría otra noche de estancia en la habitación del hospital. El director Guo, jefe de personal de la compañía de ópera a la que pertenecían mis padres, aconsejó a mi madre que solicitara la rehabilitación política póstuma de mi padre, haciéndole notar que el dinero de la compensación podría ayudarle a pagar la tarifa del hospital.
Mi padre dejó de respirar y se convirtió en un cadáver. Su cuerpo yacía en la cama, tan corpulento como antes. Yo estaba a su lado, con su reloj en mi muñeca.
Después de la incineración, esperamos en la parada del autobús, mi madre con la urna funeraria en los brazos.
–Las últimas palabras de tu padre fueron que quería que enterrasen sus cenizas en Norteamérica. ¡Ese derechista! Incluso en el momento de morir se negó a arrepentirse. –Entonces, cuando nuestro autobús se aproximaba, exclamó–: ¡Por lo menos de ahora en adelante no tendremos que vivir en un estado de temor constante!
Colocó la urna bajo su cama metálica. Antes de irme a dormir, yo siempre la sacaba y echaba un vistazo al interior. Cuanto más me atemorizaban las cenizas, tanto más quería mirarlas. Mi madre me dijo que si un amigo suyo viajaba al extranjero, le daría la urna, de modo que el espíritu de mi padre pudiera elevarse en un cielo extranjero.
–Tienes que marcharte y estudiar en otro país, hijo mío –me decía a menudo mi padre cuando estaba en el hospital.
Así pues, sigo vivo… Puede que esté tendido en una cama de hospital, pero por lo menos no estoy muerto. He estado enterrado vivo dentro de mi propio cuerpo… Recuerdo el día que capturé aquella rana. El profesor nos pidió que atrapásemos una para estudiar su esqueleto. Metí la rana en un tarro de vidrio, hice un agujero en la tapa metálica y entonces la enterré. El profesor nos había dicho que las lombrices y las hormigas penetrarían en el recipiente y devorarían toda la carne en el transcurso de un mes, dejando el esqueleto limpio. Compré una solución con alcohol, a fin de eliminar los restos de carne que quedaran en los huesos. Pero, antes de que acabara el mes, una familia que vivía en la planta baja de nuestro bloque construyó una cocina en el terreno donde había enterrado a la rana.
La rana debe de haberse convertido en esqueleto hace años. Mientras sus huesos están atrapados en el tarro, yo vivo enterrado dentro de mi propio cuerpo, esperando la muerte.
Una parte de tu cerebro está todavía viva. Vas y vienes a través del espacio entre tu carne y tus recuerdos.
Contemplo con fijeza el interior de mi mente y atisbo una escena vagamente esbozada. Es la noche de verano de 1980 en que mi padre regresó a casa con la cabeza rapada tras haber sido finalmente liberado del sistema de «reforma mediante el trabajo» en el que había estado confinado durante los veintidós años anteriores. Dejó caer su polvorienta maleta en un rincón de la estancia, como si fuese una bolsa de basura.
Mi madre no había ido a recibirle a la estación, aunque estaba casi segura de que él llegaría en aquel tren.
Recogió las ropas, la gorra, el cinturón y los zapatos con suela de goma que mi padre se había quitado antes de acostarse aquella noche, y los arrojó al cubo de la basura, junto con el tazón metálico, la toalla para la cara y el cepillo de dientes. Intentó tirar el diario que él había envuelto en papel de periódico, pero mi padre se lo arrebató. Dijo que lo necesitaría para las memorias que tenía intención de escribir.
Mi madre le hizo prometer que el diario no contenía la menor crítica al Partido Comunista o al sistema socialista. Después de que mi padre le asegurase que no había nada de eso, ella accedió a guardarlo en el baúl de madera bajo su cama metálica.
Mi madre se pasó la mayor parte del día siguiente restregando el suelo de la habitación, tratando de eliminar el olor a moho que mi padre había traído consigo.
La cena de celebración que tuvimos aquella noche nos llenó de felicidad. A mi hermano y a mí nos pusieron delante vasos de vino de arroz. Mi madre se subió a un taburete para cambiar la bombilla de bajo vataje por otra de cuarenta vatios. Era tan brillante que podías ver la telaraña del rincón.
Mi madre se había rizado el cabello con tenacillas calentadas. Le dijo a mi hermano que apartara sus deberes escolares. Una vez despejada, la mesa pareció mucho más grande. Los cuatro nos sentamos ante un humeante plato de manitas de cerdo estofadas. Había también una fuente de cacahuetes fritos y el cuenco de ensalada de pepino y fideos finos que yo había comprado en el mercado.
Odiaba a mi padre por los sufrimientos que nos había infligido su condición política. Debido a él, yo era objeto de ostracismo y acoso en la escuela. Recuerdo una ocasión en que mi hermano y yo fuimos a almorzar a la cafetería de la escuela. Pedí una porción de pollo frito, pero cuando me dirigía a la mesa dos chicos mayores me tiraron el plato al suelo.
–Eres el perro hijo de un miembro de las Cinco Categorías Negras… ¿qué te hace pensar que tienes derecho a comer carne? –gritaron, y entonces la emprendieron a cachetes conmigo, delante de mi amiga Lulu, que vivía en la planta baja de mi mismo bloque.
Mi padre alzó su vaso para brindar por mi madre.
–¡Que sigas joven y guapa para siempre!
–¿Aún no has aprendido tu lección, derechista? –le espetó mi madre–. ¿En qué estás pensando para salir con semejantes paparruchas burguesas?
Él estaba sentado sobre una almohada en el borde de la cama. Cuando se quitó las gafas, sus ojos parecieron mucho más grandes. Su cara, que recordaba una bolsa de papel arrugada, resplandecía de felicidad.
Su internamiento en los campos de reforma mediante el trabajo nos había causado muchas penalidades. Había arrojado una sombra sobre nuestra familia, relacionándonos con los aspectos oscuros y negativos de la vida: el campo, las pulgas y los criminales contrarrevolucionarios. Pero aquella noche de verano parecía como si nuestros sufrimientos estuvieran llegando a su fin. Ya no me sentía avergonzado de su aspecto rudo y desaliñado. Sabía que muy pronto volvería a tener un padre con pelo en la cabeza.
Él tomó un sorbo de vino de arroz, me dirigió una mirada de curiosidad que nunca había visto en sus ojos hasta entonces y me preguntó:
–¿Cómo es que te has hecho adulto de repente?
Parecía haber olvidado que, cuando nos visitó en 1976, justo después del terremoto, ya le llegaba a los hombros.
Quiso saber qué quería hacer con mi vida. En sus cartas me había dicho que debería alistarme en el Ejército de Liberación Popular, así que le respondí que eso era lo que deseaba hacer.
Él hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No –me dijo–. Si te escribí eso fue solo para que los líderes del campo de trabajo aprobaran mi carta. Tienes que aprender inglés, ir a la universidad y hacer una carrera de ciencias. Llevar una vida discreta. Entonces, si tienes oportunidad, ve al extranjero y conviértete en ciudadano del mundo. ¿Sabías que los británicos pueden viajar a Estados Unidos siempre que lo deseen y que los alemanes pueden pasear libremente por las calles de París? Una vez que seas ciudadano internacional, podrás viajar por el mundo.
–Dai Changjie, no corrompas a tus hijos con tus pensamientos liberales –dijo mi madre–. Todos los jóvenes alborotadores que el año pasado intervinieron en el Movimiento del Muro de la Democracia están ahora encarcelados. –Entonces miró a mi hermano y le dijo–: ¡No sujetes los palillos de esa manera, Dai Ru! Mira, cógelos por la parte superior, así.
Tomó un cacahuete con los palillos y se lo llevó a la boca.
–Si no te hubieras equivocado de hora al poner el despertador, ahora estarías viviendo en Norteamérica –replicó mi padre. Se volvió hacia mí y me explicó–: Tu abuelo le compró un pasaje para Nueva York, pero ella perdió el barco por media hora. Si hubiera conseguido subir a bordo, ahora sería una china establecida en el extranjero.
–Conseguiste ir a Norteamérica, pero al final volviste, ¿no es cierto?
Un trocito de cacahuete se le había quedado adherido al labio inferior. Con los palillos, dividió las dos manitas de cerdo en cuatro partes desiguales. Le dio el pedazo más grande a mi padre, y extrajo la uña de mi porción para mordisquearla.
–Era en mil novecientos cuarenta y nueve. Los comunistas acababan de liberar China. En aquella época todo el mundo regresaba. Además, en Norteamérica no era más que un miembro más de la orquesta, pero si volvía aquí podría ser primer violín de la Compañía Nacional de Ópera…
–Esa arrogancia tuya ha sido tu perdición. Después de veinte años en un campo de trabajo, todavía rememoras tu pasado. A estas alturas deberías haberte transformado en un simple trabajador… deberías haber aprendido a conformarte con tu suerte y cumplir con tus responsabilidades como padre.
Mientras ellos conversaban, Dai Ru y yo terminamos todos los cacahuetes que quedaban en la fuente.
Mi padre escupió unos trozos de hueso y nos los dio a mi hermano y a mí para que los royéramos. Descubrí uno de sus dientes entre los fragmentos. Ya había perdido la mayor parte de los otros.
Él tomó el diente de mi mano, lo miró, se restregó las encías y entonces lo depositó sobre la mesa.
–He esperado tantos años para volver a casa, y cuando por fin estoy aquí, no me quedan dientes. –Miró a mi hermano y le preguntó–: ¿En qué curso estás ahora?
–En tercero. Mi maestro dijo que eras un derechista burgués. Yo le dije que eres un prisionero en un campo de trabajo. ¿Cuál es exactamente tu trabajo, papá?
Mi padre alzó las cejas y respondió:
–El Partido me puso esa etiqueta de derechista, y no tuve más remedio que aceptarla. Pero no te preocupes, papá se encargará de que entres en Harvard, hijo mío. Allí, en invierno, el espesor de la nieve es de un metro. Hay ardillas corriendo arriba y abajo por todas partes. Las sillas de las aulas tienen tapicería con muelles. Cuando te sientas en una, ya no quieres levantarte nunca más… ¿Es cierto que se permite a la gente tener de nuevo sofás en sus casas?
–¡Uf! Detesto la nieve –manifesté–. Los pies se me enfrían tanto…
–No resoples así, Dai Wei, o vas a pasarlo mal mientras vivas. –Mi madre siempre nos decía eso a mí y a mi hermano cuando exhalábamos largos suspiros. Se volvió hacia mi padre y le dijo–: Si tienes contactos bajo mano con jefes de fábrica, puedes conseguir unos muelles y unas varillas de acero, y entonces comprar cuero artificial en el mercado e improvisar un par de sillones por menos de cincuenta yuanes. La mayoría de los miembros de la orquesta se han hecho ellos mismos sofás y armarios… Dai Wei, ve al corredor y trae la salsa de soja.
Mi madre tomó un abanico que estaba encima de la mesa y lo abrió.
–¡Un sofá! –gritó mi hermano–. ¡Quiero un sofá americano!
–Primero necesitamos una sala de estar. Mis compañeros de clase tienen salas de estar, con televisores, lavadoras y frigoríficos.
–Lo único que nosotros hemos heredado es esta cama metálica –dijo mi madre–. Ni siquiera tengo un brazalete de cobre. Cuando llegue el dinero de la compensación, compraremos un televisor. Si vuestro padre se pone en contacto con su tío de América, podremos convertir el metálico en certificados de divisas extranjeras y comprar un televisor japonés en el Almacén de la Amistad. ¡Siéntate derecho cuando estás comiendo, Dai Wei!
–Ya ves cómo ha cambiado el mundo –comentó mi padre, sonriendo–. Incluso tú estás dispuesta a admitir que los artículos extranjeros son mejores.
También yo me había dado cuenta de que tener un pariente en el extranjero ya no era algo de lo que uno tuviera que avergonzarse. De hecho, ahora casi se había convertido en una divisa de honor.
–Apoyo la política de reforma de Deng Xiaoping –dijo mi madre–. No soy una de esas personas testarudas que se aferran al pasado. El Partido ha prometido elevar el nivel de vida del país hasta un nivel de moderada prosperidad en el año dos mil. Nos está dando a todos la oportunidad de vivir mejor.
Mi madre le hablaba a mi padre en un tono más cariñoso que la noche anterior.
–Hoy he visto en la calle a dos extranjeros de nariz grande, papá –dijo mi hermano–. Tenían los ojos amarillos.
–Espero que no los hayas seguido –replicó mi madre con severidad–. El comité del barrio nos convocó el otro día y nos dijeron que si veíamos a extranjeros en la calle, no debíamos apiñarnos a su alrededor y mirarlos.
–Caminaban por la acera cuando salí de la escuela. Las huellas de sus pies eran enormes.
–Si hay extranjeros que caminan por las calles de Pekín, no pasará mucho tiempo antes de que a los chinos se les permita salir de nuevo al exterior. Dentro de un par de días escribiré una carta a mi tío de América. Tiene dos manzanos en su jardín. En otoño, las manzanas caen a la hierba en tal cantidad que no puede evitar que la mayor parte se pudran.
Mi padre tomó una rodaja de pepino que mi hermano había dejado caer sobre la mesa y se la llevó a la boca.
–Todavía no he visto una ardilla, papá.
Mi hermano siempre dejaba caer comida sobre la mesa cuando comía. Cuando esto sucedía, mi madre le daba un cachete, pero él seguía haciéndolo.
–No comáis con la boca abierta –nos ordenó mi madre–. Parecéis perros.
Mi hermano y yo nos apresuramos a cerrar la boca y seguimos comiendo.
–Hoy Dai Ru ha vuelto a tirar piedras a las palomas, mamá –dije, al recordar de improviso el incidente–. La vieja de abajo se enfadó mucho. Al final tuvo que llevárselo de allí a rastras.
Yo siempre tenía que pedir disculpas a los demás por la mala conducta de mi hermano.
–Si sigues haciendo eso, romperás el cristal de una ventana y tendrás que pagar por el estropicio. –Mi madre miró de nuevo a mi padre y dijo–: Ahora, antes de que uno vaya al extranjero, el gobierno le permite comprar tres objetos de fabricación nacional libres de impuestos. Si vendes dos de ellos en el mercado negro, puedes sacar suficiente dinero para mantenerte durante un año.
–Todos tendríamos que irnos al extranjero. Yo daré clases de violín, tú puedes darlas de canto, y los chicos irán a la universidad.
–¿Crees que todavía podrás tocar el violín con esas manos? En cualquier caso, ahora no soy más que una cantante de coro. ¿Cómo podría enseñarle a un extranjero? He cantado óperas revolucionarias durante los últimos veinte años. Me he olvidado por completo de mi formación occidental.
–Cuando nos conocimos eras la solista de más talento de la compañía. Tenías una voz hermosa. Estoy seguro de que si tuvieras ocasión de cantar de nuevo óperas occidentales, recuperarías toda tu formación. En Norteamérica, el gobierno deja en paz a la gente. Los ricos son ricos y los pobres son pobres. Y todo el mundo sigue adelante con su vida. Me he pasado cada día de los veinte últimos años lamentando mi decisión de volver a China. Lo único que me mantenía vivo en los campos era la esperanza de que algún día podría volver a Estados Unidos. Sin esa esperanza, hace años que me habría suicidado.
Mi padre se miraba la mano izquierda. Tenía roto el meñique, debido a una paliza que le dieron en el campo. Aunque aquella noche llevaba una camisa blanca limpia, cuando yo le miraba la cabeza rapada y la cara curtida por la intemperie me resultaba difícil imaginar que en el pasado había sido violinista profesional.
–No alabes a los países extranjeros delante de los niños. Ahora que has vuelto, tendrás que empezar a leer la prensa a diario y mantenerte al día del clima político cambiante. No podemos permitir que separen de nuevo a nuestra familia.
–Mamá, ¿quieres cantarme la balada «El anhelo del hogar» de Li Gu? –le pregunté. Esa canción me había estado rondando la cabeza durante todo el día.
–Li Gu tiene una voz débil y entrecortada, que carece de espíritu revolucionario. Hoy nuestra compañía ha recibido una declaración del Ministerio de Cultura donde dice que su balada tiene una influencia corruptora en los jóvenes y podría conducir a la ruina del país. Las emisoras de radio ya no la emiten, así que deja de tararearla como un idiota.
–Estás desfasada, mamá. La canción de Li Gu no es ninguna novedad. Ahora puedes comprar en las tiendas Las doscientas mejores baladas extranjeras.
–¡Deja de inventarte cosas! ¿Por qué soy la única de esta familia que tiene conciencia política? A partir de ahora, los cuatro tenemos que leer a fondo el periódico cada noche para que nuestros pensamientos sigan la línea del Partido. Dai Changjie, mañana tienes que ajustar la radio para que solo sintonice emisoras chinas. No dejes que este hijo nuestro arrastre de nuevo a la familia a lo más bajo. Y a partir de ahora, Dai Wei, solo tienes permiso para tocar la armónica en esta habitación.
–Cuando llegue el dinero de la compensación, podremos comprar un televisor y ya no tendremos que volver a escuchar la radio.
Mi padre tomó otro trago de vino de arroz. Gotas de sudor le corrían por la cara.
–El año pasado, las tres cosas que todo el mundo quería tener eran un reloj de pulsera, una bicicleta y una máquina de coser, pero nosotros solo pudimos hacernos con el reloj. Este año, hay tres cosas nuevas que todos quieren. ¡No puedo seguir el ritmo! Tal vez no podamos tener una estantería, pero pase lo que pase debemos tratar de conseguir un sofá… No deberías beber tanto vino, tienes el estómago débil, Dai Changjie.
Mi madre retiró la botella de vino de arroz a un lado de la mesa.
–Qué feliz me siento de que todo haya terminado. Ahora puedo llevar la cabeza alta.
Mi padre miró a mi madre con ojos llenos de satisfacción.
Mi madre salió y metió otra briqueta de carbón en la estufa que estaba en el corredor. Una espesa nube de humo de carbón penetró en el cuarto.
Tomé el termo y vertí agua caliente en la tetera con té jazmín, inhalando el humo de tabaco que mi padre exhalaba. Tenía unos trece años, y por entonces ya había fumado algunos pitillos a escondidas.
Mi padre tomó un sorbo del té.
–¡Mmm! –dijo–. ¡Qué bueno!
Tenía un cigarrillo en la mano izquierda y un par de palillos en la derecha.
–Te envié varios paquetes de ese té cuando estabas en el campo de Shandong.
–No deberías haberte molestado. Tuve que dárselos todos a los jefes de educación. Tomar un té tan bueno como este durante la nueva remodelación ideológica se habría considerado un acto de desafío.
–¿No enseñaste a tocar el violín a uno de sus hijos? –inquirió mi madre.
–Eso fue en la provincia de Guangxi, en la granja supervisada por un chino que había estado en el extranjero. El director Liu era un hombre amable. Regresó a China desde Malaisia después de la Liberación. Fue un acto de valentía por su parte pedirle a un derechista como yo que enseñara a su hija. Incluso me invitó a cenar un par de veces. Su hija, Liu Ping, tenía mucho talento. Con una buena formación, hubiera podido ser violinista profesional. Cuando llegue mi rehabilitación, me gustaría volver a Guangxi y hacerles una visita.
Mi padre tenía una foto que les había hecho entre las páginas de su ejemplar de las Obras selectas de Mao Zedong. Liu Ping llevaba una camisa blanca y estaba entre el director Liu y mi padre con su violín en los brazos. Parecía tener doce o trece años.
Mi madre me dirigió una mirada y dijo:
–No debes repetir nada de lo que oigas en esta habitación a tus compañeros de clase.
–Lo sé, mamá. Papá, ¿sabes hablar inglés?
–Of course! –replicó mi padre orgullosamente–. Te daré lecciones. Te garantizo que serás el primero de la clase en todos los exámenes de inglés.
–Papá, el presidente Mao dijo que deberíamos «estar unidos y ser serios, apasionados y animosos» –dijo mi hermano mientras masticaba el último cacahuete.
–No deberías ir por ahí soltando las palabras de Mao Zedong de esa manera. Limítate a memorizarlas. –Una expresión de inquietud apareció un instante en el rostro de mi padre.
–En cualquier caso, la cita está equivocada –le dije a mi hermano–. Lo que el presidente Mao dijo fue que deberíamos «unirnos, estudiar seria y apasionadamente y entonces ir a casa con una actitud animosa».
De repente, todas las luces se apagaron.
–¡Oh, no, otro corte de electricidad! –gruñó mi madre.
Fui al rincón donde estaba mi cama plegable en busca de mi preciada linterna. La tenía escondida debajo de la almohada para leer Relatos selectos de El libro de las montañas y los mares después de que todos se hubieran acostado. Cuando estaba oscuro, la luz de la linterna hacía que el deteriorado cesto que pendía de un clavo en la pared pareciera la cara de un misterioso demonio necrófago. Las briznas de cebolleta seca que asomaban entre los agujeros eran el pelo desordenado del demonio.
–Eh, ¿qué le habrá pasado al viejo Li, nuestro escenógrafo? –musitó mi padre.
Allá por 1958, a mi padre y al viejo Li los enviaron al mismo campo de trabajo en la provincia de Gansu.
–¿No te enteraste? Cuando lo liberaron del campo, no le quedaban más que la piel y los huesos. La primera noche de su regreso, se zampó un pato entero y cuatro cuencos de arroz, y se bebió media botella de vino de arroz. Luego fue a dar un paseo y le reventó el estómago. Se desplomó en la calle y murió.
–Después de mi traslado a Guangxi, perdí por completo el contacto con la gente de Gansu. A los derechistas no nos permitían escribirnos. En Gansu todos sabíamos que el viejo Li era quien tenía más probabilidades de sobrevivir al campo de trabajo. Después de habernos pasado el día entero trabajando en los campos, nos tendíamos en el suelo para descansar, pero él seguía yendo de un lado a otro, lleno de energía. Cierta vez trepó por la valla del establo y comió pienso de caballo y unas semillas que habían estado a remojo en fertilizante. Se le hinchó la boca. Su aspecto era terrible. A veces incluso se comía los gusanos que encontraba alrededor de las letrinas.
–Era el hombre más apuesto de la orquesta. La soprano, Xiao Lu, estuvo a punto de suicidarse cuando lo deportaron.
–Era muy ingenioso. Un día, enviaron a tres derechistas que trabajaban en la cafetería al pueblo cercano en busca de una carga de ñames. Cuando regresaron, el viejo Li esperó fuera de las letrinas y, después de que los hombres hubieran cagado, recogió las heces, las sumergió en agua y separó varios trozos de ñame sin digerir. Se comió como medio kilo de ellos. Sabía que los tres hombres estaban tan hambrientos que no podrían resistirse a comer los ñames crudos durante el camino de regreso desde el pueblo. Éramos tres mil en el campo. Llevábamos más de medio año con raciones que nos mataban de hambre, y él era el único que se las arreglaba para parecer todavía sano. Incluso tenía suficiente energía para ir cada mañana en busca de agua y lavarse la cara.
La vela que estaba sobre la mesa brillaba en los ojos inexpresivos de mi padre. La llama reflejada en sus pupilas se iba haciendo gradualmente más pequeña.
–¡Qué repugnante!
El estómago lleno se me revolvía al oírle hablar de gente que comía excrementos y gusanos.
–Si contáis esto a alguien, os detendrán y os harán vivir de esa manera. ¿Me oís? –Entonces mi madre se puso la mano sobre la boca y le susurró a mi padre–: No hables de esas cosas delante de los niños. Si algo de eso saliera de aquí, sería el final de nuestra familia.
Iluminé con la linterna los pies de mi madre. Los dedos gordos estaban separados del resto de los pies, y se movían arriba y abajo mientras hablaba. Bajo la blanca luz de la linterna, los pies de mi padre eran oscuros y estaban arrugados. La mayor parte de sus nudosos dedos estaban agrietados.
–No debemos decirle a nadie que pensamos marcharnos al extranjero –siguió diciendo mi madre–. Si el gobierno lanza otra campaña política, eso podría bastar para que nos detuvieran. Por cierto, el hijo de tu hermano, Dai Dongsheng, vino hace algún tiempo y pasó unos días con nosotros.
–¿Qué estaba haciendo aquí?
Mi padre empujó el extremo de la vela para fijarlo mejor en el gollete de la botella de cerveza que servía de palmatoria.
–Fue poco después de que, un par de años atrás, se introdujera en el campo el sistema de responsabilidades que permitía a los agricultores vender parte de sus productos alimenticios en el mercado libre. Tu hermano envió aquí a Dongsheng con más de cincuenta kilos de jengibre para vender. Me llevé un saco a la compañía de ópera y conseguí vender diez kilos a unos amigos. Luego vendí otros cinco kilos a nuestros vecinos. Pero, sin decirme nada, el chico se fue a la calle con un saco y montó un tenderete. La policía no solo le confiscó todo el jengibre, sino que además le pusieron una multa de cien yuanes. Al final tuve que pagarle el billete de tren para que volviera a casa.
–¿Y cómo está mi hermano?
Hacía mucho tiempo que mi padre había cortado la relación con su hermano mayor, que vivía en Dezhou, la aldea ancestral de nuestra familia en la provincia de Shandong. Durante el movimiento de reforma agrícola, a comienzos de la década de 1950, cuando Mao ordenó que la tierra se redistribuyera entre los pobres y clasificó a los terratenientes como enemigos del pueblo, mi abuelo, que poseía dos campos y tres vacas, fue etiquetado como «tirano maligno». El hermano de mi padre se vio obligado a enterrarlo vivo. Si no lo hubiera hecho, a él mismo lo habrían ejecutado.
–Aún no está bien de la cabeza.
A mi madre tampoco le gustaba hablar de él.
–No debería haber vuelto a Dezhou durante el movimiento de reforma agrícola.
Cuando mi primo, Dongsheng, vino a vivir con nosotros, me enteré de que, antes de la Liberación, su padre había sido abogado en la ciudad portuaria de Qingdao.
–Quería asegurarse de que a tus padres no les había pasado nada –dijo mi madre–. No debes culparle. El equipo de trabajo de la reforma agrícola le obligó a hacerlo. Forzar a un hombre a que mate a su padre… ¡qué manera de poner a prueba el fervor revolucionario! ¿No era suficiente con que confiscaran la tierra de tu padre? Y tu madre no salió muy bien parada en todo aquel asunto, casándose con el jefe del equipo.
Mi primo me contó que, cuando el equipo de trabajo organizó en Dezhou una «sesión de lucha», mi abuela aprovechó la oportunidad para denunciar a mi abuelo. Este tenía tres esposas, y quería liberarse de él. Se casó con el jefe del equipo pocas horas después de que hubieran enterrado vivo al abuelo.
–¡Eso no es justo! La obligaron a casarse con él.
Mi padre detestaba que criticaran a su madre. Pero él y su hermano jamás volvieron a tener contacto con ella después de que se casara con el jefe del equipo.
Ahora que las luces se habían apagado, los ruidos en la habitación parecían haberse hecho mucho más fuertes.
En la oscuridad, mi padre se volvió de nuevo hacia mi madre y le dijo:
–En cuanto los comunistas tomaron el poder, trazaste una línea entre tú y tu familia capitalista, pero aún no te han permitido afiliarte al Partido.
Cuando a mi padre se le enrojecía la cara, a veces tenía el valor de enfrentarse a mi madre.
–Eso se debe a que me casé contigo. Si no te hubieran catalogado como derechista, me habrían invitado a afiliarme al Partido en los años cincuenta. Has arruinado mi vida.
Cuando mi madre se enfadaba, separaba todos los dedos de los pies, haciendo que estos parecieran mucho más anchos.
Mi padre guardó silencio y metió los pies bajo la mesa. Solo llevaban dos días juntos, y ya estaban discutiendo.
–Puede que el Partido te tratara injustamente en el pasado –prosiguió ella–, pero ahora que Deng Xiaoping y los reformadores están al timón, todo cambiará. El nuevo secretario general, Hu Yaobang, está decidido a enmendar los errores del pasado. Ha encabezado la campaña para rehabilitar a los derechistas. De no ser por él, hoy no estarías aquí sentado con nosotros. ¿Habéis oído lo que he dicho, niños? Hu Yaobang ha salvado a nuestra familia.
Las luces volvieron a encenderse de repente. Mi madre se puso en pie y gritó:
–¡Apagad las luces! ¡Es hora de acostarse!
Un haz de neuronas destella. Tal vez se estén desintegrando. Los recuerdos pasan volando como las ventanas iluminadas de un tren que avanza raudo.
Episodios fracturados del pasado cruzan fugaces por mi mente. Retorno a aquella noche de verano en que mis padres se reencontraron. Veo el rostro encolerizado de mi madre, las comisuras de la boca torciéndose para formar una mueca, las gotas de sudor deslizándose entre las cejas. La rojiza llama de la vela oscilaba de un lado a otro mientras los dos se abanicaban. Mi padre utilizaba un trozo de cartón. Aunque la brisa que producía era débil, cuando llegaba a mi cara me refrescaba la piel. Las borrosas imágenes eran como escenas de una vieja película proyectada en una pantalla al aire libre agitada por la brisa.
La siguiente imagen no es de mi padre, sino de Lulu, cuya piel siempre olía a virutas de lápiz y goma de borrar. Cuando aparece su cara por primera vez, oigo el sonido de los disparos, y entonces vuelve a hacerse el silencio. Las calles están vacías. Una bicicleta pasa zumbando. Hay pancartas rojas y amarillas con eslóganes estampados tendidas entre los postes telegráficos que flanquean la calzada. Pasa alguien, los brazos cruzados sobre el pecho, y escupe en la acera… Ahora es un frío día de invierno. Lulu va brincando por la acera, dando puntapiés a una chapa de botella a medida que avanza. Las negras trenzas a los lados de la cabeza y la cartera escolar en la espalda oscilan al ritmo de su movimiento. Lleva pantalones azules y unos zapatos de pana acolchados. Zigzaguea detrás de la chapa de botella en movimiento. Cuando pierde el equilibrio, abre los brazos como un pájaro y menea los deditos. Da puntapiés a la chapa con todas sus fuerzas, pero, como es tan plana, nunca va demasiado lejos. Yo la sigo por el otro lado de la calle. La col a la que voy dando patadas tampoco rueda muy lejos, e incluso hace menos ruido que la chapa de botella. En un intento de llamar su atención, envío la col hasta una verja, y rozo ruidosamente mis zapatos contra la barra metálica inferior.
Regresamos a casa al salir de la escuela. El sol se pone a nuestras espaldas. Las sombras alargadas de nuestros cuerpos y de los árboles que se alinean a los lados de la calle se extienden sobre las aceras ante nosotros. Entonces llega la oscuridad y un miedo atroz se apodera de mí. Dejo a Lulu sola en la calle y regreso a casa corriendo tan rápido como puedo.
A menudo la noche me cogía por sorpresa. La noche se deslizaba por debajo de los triciclos y alrededor de las esquinas, y engullía el resto de luz que hay en la penumbra. Entonces tenía que regresar a casa a tientas. Pero la noche siempre sabía qué ruta iba a tomar, y me seguía durante todo el camino. Cuanto más me alejaba en mi carrera, más oscura se volvía. Las caras se hacían indistinguibles. Tenía la sensación de que me achicaba en la noche. La entrada del edificio donde estaba la residencia de la compañía de ópera abría sus negras fauces ante mí. Sabía que debía atreverme a cruzarla para llegar a la habitación. A veces un ligero resplandor salía del hueco de la escalera, tan débil que no me permitía ver más que las bicicletas apoyadas en las barandillas y los eslóganes del presidente Mao pintados en las paredes. Normalmente no había ninguna luz, porque todos los residentes tenían la costumbre de robar las bombillas cuando nadie los veía, y puesto que las pilas de mi linterna se gastaban enseguida, a menudo tenía que subir la escalera en una oscuridad absoluta. Detestaba la oscuridad, aquella sustancia vasta e intocable.
Cada vez que llegaba a la entrada, el cuero cabelludo se me quedaba insensible, y gritaba: «¡Mamá, mamá!». Si Lulu ya había vuelto, asomaba la cabeza desde la habitación de su familia en la planta baja (a veces lo único que veía de ella era una pierna y media cara) y hacía unos ruidos extraños para asustarme. Conocía todos mis temores y debilidades. La odiaba. En ocasiones, daba un puntapié a su puerta al pasar.
Recuerdo que cuando teníamos nueve o diez años, su madre, que trabajaba en la administración de la compañía de ópera, se la llevó y estuvo ausente todo el verano. Cuando volví a verla, el primer día del nuevo curso escolar, tenía la cara bronceada. Su cuerpo había crecido como una seta aguja después de la lluvia, pero su cabeza seguía teniendo el mismo tamaño. Parecía como si la hubieran fijado al cuerpo de otra persona.
Camino de la escuela, sus piernas más largas le permitían avanzar a zancadas por delante de mí. La camisa roja que le llegaba a las rodillas y el brazo izquierdo con el brazalete rojo de joven pionera se movían con gran ligereza. Contemplaba los pétalos estampados en la falda que se estremecían sobre su trasero. En el sendero recto que atravesaba nuestro complejo residencial, me era imposible caminar a su lado. Cada vez que ella oía que me acercaba, apretaba el paso. Mi única oportunidad de llegar a ella tenía lugar cuando el sendero desembocaba en la carretera principal. Lulu siempre se detenía allí y volvía la cabeza para ver si aún la seguía, y yo aprovechaba ese momento para acercarme con rapidez. Cierta vez, cuando se volvió, me lanzó una ciruela, pero no la atrapé. El fruto violeta rodó por el sendero hacia mí y se detuvo. «¡Idiota! –me gritó, dando unos pasos en mi dirección–. No es de extrañar que todavía no te hayan dejado ingresar en los Jóvenes Pioneros.» Cuando me hablaba veía sus blancos dientes…
Las imágenes son tan leves y frágiles como hojas que caen. Las células van a la deriva por tus fluidos corporales, sin dejar rastro.
Lulu se desvanece, y lo único que veo es una ciruela roja que rueda por una acera… Recuerdo el terremoto que sacudió el norte de China en 1976, pocas semanas antes de que muriese el presidente Mao. Yo estaba a punto de iniciar la enseñanza secundaria. En el campo de trabajo de Shandong, le concedieron a mi padre un mes de permiso para que pudiera cuidar de nosotros en Pekín. Aunque los temblores en la capital habían sido débiles, las autoridades ordenaron que todo el mundo durmiera en la calle durante un mes por si había réplicas. Los inquilinos del complejo nos trasladamos a una gran tienda levantada para nosotros en el patio. Mis padres, mi hermano y yo tuvimos que compartir una sola cama plegable. Dormí tan cerca de mi padre que nuestras narices se tocaban. Una noche, cuando la lluvia golpeaba la cubierta de plástico sobre nuestras cabezas, mi padre me lanzó una mirada iracunda y, con los ojos llenos de temor, me susurró: «No te acerques al árbol. Los agentes tomarán nota de tu nombre. No olvides que eres hijo de un derechista… tienes que aprender a vivir con el rabo entre las piernas».
El árbol al que se refería estaba a unos cien metros de la tienda. Pocos días después de la muerte de Mao, alguien colgó de las ramas unos muñecos que representaban a los cuatro dirigentes del Comité Central.
Mi padre no sabía que aquel día, cuando regresaba a casa después de la escuela, me había mezclado con la multitud congregada alrededor del árbol para mirar aquello. Había tres muñecos masculinos etiquetados Wang Hongwen, Zhang Chunqiao y Yao Wenyuan, y uno femenino llamado Jiang Qing. Oscilaban bajo la brisa.
No recuerdo gran cosa de aquel mes en la tienda, pero sí que recuerdo una comida que todos compartimos. Había pollo frito y cerveza. Mi padre preparó una gran olla de fideos de arroz cocidos a fuego lento. Añadió unos hongos secos que se había traído del campo. Estaban llenos de arena, pero emitían un aroma delicioso que se expandió por la tienda. Mientras removía los fideos, volvió hacia mí su cara enrojecida y me sonrió, cosa que casi nunca hacía. El año anterior, cuando regresó a casa para pasar unos días, me abofeteó por haber arrancado un gran cartel político escrito a mano.
Fue durante la reunión semanal de los inquilinos en el patio. Él tocó con el violín una tonada del «Destacamento Femenino Rojo», y luego otra con el acordeón. Todos los niños cantaron con él: «Las mujeres del Destacamento Femenino Rojo son los soldados más fieles del presidente Mao…». Oía los tonos desafinados de mi hermano que chirriaban por encima de las demás voces. Al cabo de unos minutos, la presidenta del comité de vecinos se puso en pie y dijo:
–Ruego a todos los padres que se aseguren de que sus hijos asisten a las actividades culturales que organizamos cada domingo. –Entonces señaló el gran tablero de anuncios junto a la verja en la entrada del complejo y añadió–: Alguien ha arrancado un trozo de ese cartel en grandes caracteres que critica a Lin Biao y Confucio. ¿Quién ha sido?
–¡Yo! –exclamé.
Todas las miradas convergieron en mí, y a continuación en mi padre.
Vi una expresión de terror en su rostro. Estaba sentado bajo un gran árbol, y todo el mundo podía verle. Alzó las manos del violín, las entrelazó y se las apretó con fuerza.
–¿Quién te dijo que lo arrancaras? –me preguntó mi madre, tirando de mí para ponerme en pie.
El rostro asustado de mi padre se ensombreció. Nadie podría respetar jamás a un hombre con semejante expresión de cobardía.
–Iba al lavabo y me había olvidado de llevar papel, así que arranqué una pequeña esquina del cartel.
–¡Yo también arranqué un trozo! –admitió un muchacho que vivía en la planta baja.
Se metió la mano en el bolsillo, sacó una bola de papel arrugado y mostró a todo el mundo la insignia del presidente Mao que contenía el envoltorio. Su sucio cuello empezó a enrojecer.
La presidenta carraspeó y escupió en el suelo.
–Dai Changjie, como derechista que eres, deberías vigilar de cerca la educación ideológica de tus hijos para asegurarte de que no siguen el mismo camino que tú. Y tú, Huizhen, tienes que ser más estricta con tu hijo menor. En varias ocasiones le han visto jugando con los timbres de las bicicletas aparcadas allí.
–Sé que mi ideología aún necesita cierta remodelación –dijo mi padre, retorciéndose los dedos–. Quiero aprender de las personas como vosotros, que tenéis un alto nivel de conciencia política.
Entonces se puso en pie, se me acercó y me dio una bofetada. Lulu, que estaba en pie a mi lado, retrocedió asustada. Me eché a temblar sin poder contenerme. El sonido de la bofetada vibraba en mi cuerpo como un trueno.
Le odiaba. Mi maestro me había dicho que, aunque mi padre consiguiera la rehabilitación, seguirían sin permitirme ingresar en el ejército. Deseé que la policía apareciera de inmediato y se lo llevaran al campo de reforma mediante el trabajo.
A medida que te encoges dentro de tu cuerpo, los temores de tu infancia parpadean en tu mente. Todos tus sentimientos y estados de ánimo se han refugiado en tus entrañas.
Veo mi cuerpo en remojo en la piscina de agua caliente de un baño público. Mis recuerdos parecen tan confusos y aleatorios como el contenido de un cubo de basura… Era una fría noche de invierno. Con una chaqueta acolchada sobre los hombros, caminé hacia el baño público, el jabón y la toalla en una bolsa de plástico cerrada con un cordón. Normalmente llevaba a mi hermano conmigo, pero en esa ocasión iba solo. Había decidido que aquella noche me iría directamente a la piscina de agua caliente, me sumergiría y disfrutaría durante un tiempo del baño, en lugar de acercarme con vacilación y salir a toda prisa, como siempre hacía…
Contemplé las castañas que se asaban en el wok de un tenderete callejero ante la entrada, y aspiré su dulce fragancia. En el vestíbulo noté una vaharada de las brochetas de carnero que se estaban cocinando a la parrilla, sobre el fuego de carbón del tenderete. El olor me hacía salivar de tal manera que retrocedí y me compré una. La rocié con comino en polvo y me senté a comerla en un taburete de madera bajo la farola.
Pagué el pincho con el dinero que un tendero me había dado por devolverle las viejas chapas de botella. Mi madre no me lo había pedido. Después de que mi padre muriese, a menudo me daba algún dinero para mis pequeños gastos.
Un fuerte viento soplaba alrededor de aquella esquina. Parecía que nunca iba a cesar.
Miré la farola del otro lado de la calle. En las zonas que iluminaba había más animación que en las restantes. El viento agitaba el toldo del tenderete. Debajo de él, el aire olía a azúcar moreno caliente, carnero y humo de carbón. Los transeúntes que iban camino de casa se detenían para comprar barquetas de tofu seco.
A mis espaldas había un escaparate brillantemente iluminado, lleno de fotografías de boda. El campesino que estaba acuclillado debajo se subió el cuello de piel de oveja de su chaqueta y encorvó los hombros para protegerse del viento. Lo único que podía ver de su cara eran los ojos centelleantes. Vendía un cesto de grandes rábanos de pulpa rosada. El rábano que había partido por la mitad y exhibía encima del montón era rojo como el corazón de un cordero.
Cuando hube terminado la brocheta, hice a un lado la gran colcha que cubría la entrada de la casa de baños como una cortina y entré en el vestíbulo. La húmeda y cálida atmósfera me suavizó de inmediato la piel. Flotaba un aroma sintético a crema humectante que me producía escozor de ojos, y, en segundo término, un olor más hediondo que me recordaba al de la piel de cerdo hervida. Tras haber engullido una considerable cantidad de grasiento carnero, me acometió una repentina oleada de náuseas.
En las paredes del vestíbulo pendían dos grandes retratos del presidente Mao y el primer ministro Hua Guofeng. Debajo de ellos había una caja roja, recién pintada, para echar en ella informes de mala conducta política y comportamiento vergonzoso. Al lado de la caja, dos mujeres estaban ante un espejo peinándose el cabello mojado. Parte del agua goteaba al suelo y el resto se deslizaba por las espaldas de los pichis amarillos y blancos que llevaban. Las personas que hacían cola detrás de ellas para peinarse ante el espejo eran todas mujeres. Los hombres nunca se molestaban en comprobar su aspecto. Cuando salían al vestíbulo se limitaban a sacudir la cabeza y pasarse los dedos por el cabello húmedo antes de salir al frío exterior.
Tras haber sacado la entrada, me desnudé y fui a la piscina de agua caliente. Un vapor blanco se alzaba de su superficie. Localicé un espacio cerca de la puerta, apreté los dientes y me sumergí. Me eché el agua ardiente en la cara y los hombros de una manera serena y confiada, tratando de dar la impresión de que lo había hecho innumerables veces. Tal como había esperado, los demás hombres que estaban en la piscina me miraron con curiosidad mientras me iba sumergiendo más. Contemplaban mis piernas, el vello que solo recientemente me había brotado en los testículos, y luego me miraban los pequeños y pálidos pezones.
Lo había conseguido. Me había convertido en adulto, ya no era un niño temeroso del agua caliente.
Dos chicos que tendrían uno o dos años menos que yo estaban sentados a mi izquierda. Uno de ellos chapoteó y le dijo al otro:
–Llamamos a nuestra maestra «Señorita Burra». Cuando se enfada, suelta juramentos y patalea así…
Les hice caso omiso. Ahora formaba parte de los adultos que preferían bañarse en silencio. Tomé mi pastilla de jabón y me restregué lentamente el pecho con ella.
Cuando las personas están desnudas intercambian muy pocas palabras, porque han perdido sus identidades. Normalmente uno puede adivinar la categoría de alguien por el estilo de su peinado, pero en el baño todo el mundo tiene el pelo mojado y echado hacia atrás. Los únicos accesorios que la gente tiene en la piscina son las toallitas blancas idénticas en las manos y las pastillas de jabón de diversos tamaños.
Olores de orina y pies sucios se alzaban con el vapor por encima de la piscina. En ocasiones, una fría corriente de aire se filtraba por la claraboya y permitía a mis pulmones abrirse un poco.
El hombre que estaba sentado junto a mí se levantó, el trasero bamboleante, y salió del agua. Su toallita le había dejado franjas rojas en el cuerpo, que ya tenía un color escarlata a causa del calor.
El canijo anciano sentado delante de mí se restregaba los muslos con las manos, arriba y abajo. Su piel era del mismo color que los jamones sobre el mostrador del carnicero en el mercado del barrio. Cuando apretaba la toallita, su expresión se relajaba un poco. A la manera característica de un cliente habitual, no solía mirar a nadie a los ojos. Actuaba con tal confianza y desinhibición que los demás nos sentíamos como si fuéramos invitados en su casa. Pronto salió de la piscina y fue a la gran bañera donde el agua tenía una temperatura incluso superior. Se sumergió sin rechistar y permaneció allí varios minutos, exhalando de vez en cuando un tenue suspiro para expresar su placer.
Miré el agua caliente y observé que el pene se me había hinchado. Todo mi cuerpo parecía mayor. Tenía la sensación de que mis pies se habían alejado más de la cabeza. Notaba la piel prieta sobre las articulaciones. Sabía que, al igual que mi padre, tenía un gran lunar negro en la parte baja de la espalda. Yo era la réplica que había hecho de sí mismo para que permaneciera en el mundo después de que él hubiera muerto.
Una grieta se abre en la oscuridad, permitiendo que los ruidos vuelvan a llegarte. Son unos sonidos más nítidos que los que has oído antes. Aunque tus oídos te dicen que has regresado al mundo, todavía deambulas por los senderos entrecruzados de tus recuerdos.
–No hace tanto frío.
Me subí el cuello de mi suéter de lana. El aire no era demasiado frío, pero el suelo estaba helado. Las duras suelas de mis zapatos hacían mucho ruido mientras caminábamos por la acera. El viento nocturno soplaba con fuerza en el lado de la calle donde acababan de plantar árboles.
–Suelta –susurró Lulu–. No me toques. Tienes las manos heladas. No seas tan gamberro…
Sobre la acera había unas grandes tuberías de hormigón, esperando a que las enterraran en una larga zanja abierta en el suelo. Nos metimos a gatas en una de ellas.
–Me asustaría entrar aquí yo sola –dijo Lulu, el viento silbando a través de su voz.
–El viento ha parado de nuevo. –Me temblaba la voz en el frío aire–. Deberías haberte puesto el abrigo.
–Avancemos un poco más. No quiero que nadie nos vea.
–Entonces, ¿no vuelves a casa esta noche?
Hice girar las piernas, me senté y me sentí aliviado al ver que había suficiente espacio por encima de mi cabeza para sentarme erguido.
–No, mi padre me ha pegado…
–Pero ni siquiera es tu verdadero padre… –Lulu no reaccionó a este comentario, así que le pregunté–: ¿Te pegó delante de tu madre?
–No levantes la voz. Por aquí pasa gente.
Recuerdo el sonido de aquellas pisadas sobre la gravilla y la arena de la acera. Era un sonido que se intensificaba y entonces se desvanecía lentamente.
–¿Qué le pasó a tu verdadero padre?
Ella apoyó la cabeza en las rodillas y respondió:
–Mi madre me dijo que lo detuvieron y encarcelaron.
–¿Por qué?
–El secretario del Partido le acusó de llevar un estilo de vida inmoral y licencioso.
Recordé que no conocí a mi padre hasta los cuatro años de edad. En la guardería me hacían esperar en pie fuera de la clase durante las lecciones de canto. La maestra decía que, como hijo de un derechista, no tenía ningún derecho a aprender canciones revolucionarias.
–Debes prometerme que no le dirás a nadie que mi verdadero padre está en la cárcel –me susurró Lulu–. Sobre todo no se lo digas a Suyun. Está empeñada en sonsacarme el secreto. Hace poco me dijo que su padre había ido al cine con otra mujer. Me di cuenta de que solo era una treta para que me sincerase con ella.
Alzó la cara mientras hablaba. El vapor blanco que le salía de la boca se diseminaba en el frío viento.
Su cuerpo era una negra sombra apretujada dentro de la tubería. Su silueta no era muy femenina.
–Pero tu madre te trata bien, ¿verdad? La semana pasada te llevó de compras.
–¿Nos viste?
Su cara pareció moverse, pero no podía estar seguro, porque ya estaba demasiado oscuro para ver gran cosa.
La noche era silenciosa y serena. Dentro de la tubería, oíamos a los ciclistas que pedaleaban a un par de calles de distancia. A veces, cuando pasaba un coche, veía la sombra de un transeúnte que se movía a través de la luz, y entonces volvía la negrura. La única luz constante que alcanzaba a ver procedía de un edificio alejado, pero cuando corrieron una cortina, también aquella luz desapareció. Era un edificio de ladrillo de cuatro plantas que estaba todavía en construcción. Unos pocos inquilinos se habían mudado allí antes de tiempo, conectándose al suministro eléctrico y poniendo cristales en los marcos de las ventanas. El edificio medio terminado se alzaba como un monstruo mítico paralizado en el cielo nocturno.
–¿Te gusto?
Su cara apenas visible pareció volverse hacia mí de nuevo.
–Sí, me gustas.
El corazón empezó a latirme con fuerza. Apreté los dientes, tratando de impedir que me temblara la mandíbula.
–Me diste dos de tus sellos, por eso sé que debo de gustarte.
–Si quieres, te los daré todos. También tengo una caja metálica que quiero darte. Tiene un pequeño candado y una llave.
Mi voz sonaba extraña al rebotar en las paredes de la tubería de hormigón.
–Empieza a hacer frío –dijo Lulu.
Me puse en cuclillas y me acerqué más a ella. Oí un golpeteo dentro de mi cabeza, seguido de un crujido que parecía el del hielo al sumergirlo en agua caliente. Le toqué el pelo, que olía a apio frito, y entonces la rodeé con mis brazos.
Ella aspiró hondo, sonrió y me hizo retroceder. Le apreté las manos y me acerqué más a su cara. Probablemente trataba de besarla.
–No puedes hacer eso –me dijo–. Soy demasiado joven…
El vapor que salía de su boca cuando hablaba se convirtió en mi objetivo. Moví los labios hacia él. Ella volvió a empujarme y forcejeamos un poco, hasta que sus brazos se debilitaron. Cuando su cara estuvo de nuevo ante mí, gravité una vez más hacia su blanco aliento. Le acaricié el cabello y la nariz, y entonces apliqué mi boca a sus labios y empujé con la lengua entre ellos, hasta que, exhalando un suspiro, Lulu relajó su mandíbula prieta. Su lengua era cálida y suave. Movió los labios y, como un pez, succionó la saliva de mi boca.
Recuerdo mi mano temblorosa extendida hacia sus muslos y el temblor de las piernas mientras le desabrochaba el cinturón y le tocaba el cálido vientre. Entonces, al meter la mano bajo sus bragas, la mitad inferior de mi cuerpo se desconectó de mí y llevó a cabo una danza propia…
–Ahora tengo el pelo revuelto –me dijo cuando hubo terminado todo, asiéndome la mano–. Y me he olvidado del peine. ¿Y si alguien me ve así?
–No te preocupes.
Le solté la mano y ella se sentó erguida.
–Qué gamberro eres –me dijo mientras se abrochaba el cinturón.
–No, no lo soy. Eres la primera chica que he tocado.
–¿Te has fijado en la horquilla de plástico que Huang Lingling llevaba hoy en el pelo? No procede de una familia artística. ¿Quién se cree que es, tratando de embellecerse de esa manera? –Entonces se me acercó de nuevo y susurró–: Voy a decirte algo acerca de mi nombre. Quiero ver si eres capaz de guardar un secreto. Mi nombre es «Lu», como «carretera», porque nací en la carretera. Mi madre estaba en el campo, en uno de aquellos programas de adiestramiento que preparaban a los ciudadanos para un posible ataque norteamericano. Los miembros del grupo de mi madre tenían que correr durante horas, echándose de vez en cuando al suelo, como si los aviones enemigos estuvieran bombardeando. Una de las veces, mi madre se arrojó al suelo y ya no pudo levantarse. Fue entonces cuando me dio a luz. Como no había completado el adiestramiento, la calificaron de «elemento atrasado».
–Te prometo por el presidente Mao que no se lo diré a nadie.
El semen vertido en el interior de mis pantalones estaba frío y pegajoso. No tenía ganas de hablar.
Durante aquel momento de dicha, pudiste olvidarte de ti mismo y dejar tu cuerpo atrás. Aquella tubería secreta fue tu camino hacia un nuevo hogar que te resultaba al mismo tiempo extraño y familiar.
Una tarde entré en el dormitorio de Lulu por la ventana que ella había dejado abierta para que su abuela, que estaba en la habitación contigua quitando las fundas a los edredones, no se enterase de mi presencia. Era domingo, y su madre y su padrastro habían salido.
Después de que confirmaran la rehabilitación de mi padre, mi familia pudo trasladarse desde la pequeña habitación en la residencia de la compañía de ópera a un apartamento de dos habitaciones en un gran complejo residencial con bloques de pisos de cuatro plantas. La familia de Lulu se trasladó a un bloque del mismo complejo, por lo que seguíamos siendo vecinos.
Ella echó el pestillo a la puerta, nos sentamos en su cama y la escuché mientras tocaba la armónica. Había copiado todas las canciones de la cinta Las doscientas mejores baladas extranjeras. Me gustaba escuchar el ruido que hacía con el instrumento y el sonido de su respiración.
Saqué de mi bolsa el ejemplar manuscrito del relato prohibido El corazón de una muchacha, que había copiado a mano. Me había pasado las tres noches anteriores escribiéndolo. Ella dejó la armónica a un lado y hojeó las veintisiete páginas de pulcra caligrafía.
–¡Ten cuidado! –le dije–. El pegamento aún no se ha secado.
La noche anterior había mascado unos fideos hasta formar una pasta con la que encuaderné las páginas.
–¿Es un libro cochino?
Lo dejó sobre la cama y me hizo una taza de té con una bolsita que parecía cara.
–Seguro que podrías sacar cinco tazas de esa bolsa. Parece ser que en los hoteles donde se alojan los extranjeros hay cestillas con esas bolsas de té en todas las habitaciones. Puedes consumir todas las que quieras. –Miré las fotografías bajo la superficie de vidrio de la mesa y comenté–: Tienes muchas fotos de tu familia.
Sobre el pequeño armario junto a la pared había una radio, un busto del presidente Mao y un cisne de plástico inflable. Encima, en la pared, pendía un calendario del departamento de planificación familiar local.
–La madre de Wang Long trabaja en un hotel para extranjeros. Me ha dicho que los extranjeros son espantosos. Tiran las bolsas de té después de hacer una sola taza. Y el té no es bastante bueno para ellos y han de añadirle leche para poder tomarlo.
Entonces Lulu me dijo que la policía llamaba a las puertas de la gente y les confiscaba las novelas copiadas a mano que encontraba, por lo que no quería quedarse con el librito. Estaba segura de que era pornográfico.
–Muchos de nuestros compañeros de clase han leído libros copiados a mano –repliqué–. Este es muy corto. Hay otro titulado Maremoto, pero tiene más de doscientas páginas. Aún no he podido copiarlo.
–¿Es que no sabes lo que podría ocurrirte? Durante el último juicio público masivo, ejecutaron a un joven por copiar libros prohibidos.
–Ah, pero ese había reproducido cientos de ejemplares con un mimeógrafo, por lo que le acusaron de envenenar a la sociedad. Yo solo he hecho una copia manuscrita para regalártela. Eres la única persona que la verá.
–Estas fotografías no son de mi familia –dijo ella mirando la mesa–. Las recorté de una revista.
–Si no quieres leerlo, me lo llevaré a casa.
Me eché hacia atrás apoyándome en la mesa, exhalé un largo suspiro y contemplé un haz de luz solar y los millares de partículas de polvo que flotaban en él.
–Si quieres que lo lea, lo leeré, pero no se lo digas a ninguno de tus compañeros de clase. ¿Cuál es el pasaje más cochino?
–En la página siete.
Tras haber copiado esa página, la primera noche, tuve que ocultarme bajo la ropa de cama y masturbarme.
–Entonces no me hace falta esa parte. –Arrancó la página con sus delicados dedos, la dobló y me la devolvió–. Léeme un poco, ¿quieres? Si llegas a un pasaje cochino, te lo saltas.
Abrí el libro y leí:
–«…La mayoría de las chicas de dieciocho años son bonitas como flores. A los dieciocho años, yo era encantadora. No es ninguna exageración decir que mi figura era por lo menos tan bonita, si no más, que la de cualquier estrella de la pantalla que puedas nombrar. Tenía los ojos grandes y relucientes, el cabello de un negro lustroso, las mejillas tan suaves como una cáscara de huevo y unas cejas que se curvaban como delicadas hojas de sauce. Mis grandes y vivaces pechos retemblaban suavemente al caminar… Poco después de cumplir los dieciocho me enamoré de mi primo. Tenía veintidós años y había regresado a Fuzhou para pasar las vacaciones. Era alto y de modales corteses, con un bigote oscuro que le daba un aire maduro y masculino… Para ser sincera, lo que realmente me atraía de él era la magnífica polla que le abultaba entre los muslos. Cuando pienso en ella ahora, mi vagina se vuelve tan caliente y ansiosa que siento como si un líquido fuese a salir de ella a chorro…»
–¡Basta! –gritó Lulu, volviendo el rostro enrojecido hacia la pared–. ¡Eso es asqueroso!
La lectura en voz alta del pasaje también me había excitado, y el corazón me latía con fuerza.
Dejé de leer y la miré con el rabillo del ojo. Una vez que me hube asegurado de que no estaba enfadada de veras, me saqué de un bolsillo del chaquetón acolchado las tenacillas para el pelo de mi madre. Un olor a pelo chamuscado llenó de inmediato la habitación.
–Mira, las he traído –exclamé cambiando de tema.
–¡De modo que son así! –Lulu las tomó y las sopesó–. No son mucho más ligeras que las tenazas para el carbón que usa mi madre.
Aquellas tenazas estaban hechas de hierro en bruto. Si las calentabas al fuego, las sacabas poco antes de que estuvieran al rojo y luego retorcías con ellas un mechón de pelo, producían un rizo que duraba cuatro o cinco días.
–Todas las actrices chinas que hacen papeles de mujeres extranjeras las usan para rizarse el pelo. Mira, se hace así.
Tomé un mechón de su cabello y lo curvé alrededor de las tenacillas.
–¡Quítamelas de encima! –gritó ella riendo–. ¡Me asustan!
El día anterior, cuando me tropecé con ella en los grandes almacenes, le dije que pasaría un momento por su casa y le daría las tenacillas.
Las asió con la mano derecha y les dio la vuelta por uno y otro lado, inspeccionándolas minuciosamente. Observé el movimiento de sus dedos a través del haz de luz solar. Sus uñas se volvieron de un rojo transparente. Las líneas de suciedad bajo las puntas parecían minúsculas lunas crecientes. Me acerqué más y puse mis manos sobre las suyas. Asimos juntos las tenacillas y apretamos cada vez con más fuerza. Nuestras manos empezaron a temblar. Nos acercamos cada vez más, hasta que nuestros labios se tocaron. Ambos respiramos agitadamente.
–Quiero besarte –le dije.
Ella se ruborizó y apartó las manos.
–Aún hay luz afuera. Alguien podría vernos.
Quise tomarle de nuevo las manos, pero ella me rechazó. Me senté de nuevo en la cama y bajé la vista, mirándole los muslos.
–Asegúrate de que las tenacillas no estén demasiado calientes –le previne–. Primero debes probarlas con un trozo de papel. Si el papel se vuelve amarillo, déjalas que se enfríen un poco antes de usarlas.
–Tan solo tenemos quince años –musitó ella, y entonces volvió de nuevo la cabeza hacia mí y dijo–: ¿Qué pasa si las tenacillas me chamuscan el pelo?
Pensé en el aspecto que tenía el cabello de mi madre después de que se lo hubiera rizado, y repliqué:
–Yo lo haré por ti. Te prometo que tendré cuidado. –Noté que me ruborizaba–. Hemos cerrado la puerta con el pestillo. ¿De qué tienes miedo?
Ella se sentó en el extremo de la cama.
–¿Y cuando vaya a la escuela qué? ¿Podré alisar los rizos?
–Puedes ocultarlos bajo una gorra. Nadie lo sabrá. Si quieres librarte en serio de ellos, solo tienes que lavarte la cabeza.
–Ahora la gente es mucho más franca. Ya no te dicen «qué simpática eres», sino «te quiero».
–¡Te quiero! –exclamé impulsivamente. Las palabras me salieron con mucha facilidad, porque las había practicado durante toda la mañana.
Ella no dijo nada. Un intenso color rojo le cubrió el rostro, que trató de cubrirse parcialmente con la mano.
–Si quieres amarme, entonces tienes que ser fiel y no bailar con otras chicas. Parece ser que algunos chicos mayores de la escuela organizan fiestas en sus casas cuando sus padres están fuera.
–Lo sé. Suyun ha ido a una de ellas. Sigue saliendo con ese chico que trabaja en la compañía farmacéutica.
–Te prohíbo que hables con ella, y, por supuesto, si te invita a una fiesta, no debes ir. Solo tiene quince años, pero ya es propietaria de un reloj digital. No hay duda de que su moral es dudosa. Debes prometerme por la vida del presidente Mao que no volverás a hablarle.
–No sé bailar –repliqué–. Y de todos modos, su reloj es una falsificación. Ni siquiera funciona…
–No quiero unos rizos grandes –dijo Lulu–. Quiero que parezcan naturales. –Se deshizo las dos pequeñas trenzas, sumergió un peine en una taza de agua y, lentamente, se lo pasó por el cabello negro azabache, alisando las ondas–. ¿Queda bonito así? Si lo dejo crecer un poco más, tendré una auténtica cabellera hasta los hombros.
–Solo las chicas de moral relajada llevan el cabello hasta los hombros. Ni siquiera a las mujeres que trabajan se les permite dejárselo tan largo.
–¡Ja! Eres demasiado conservador. La mujer que representaba a la secretaria de la rama del Partido en la ópera revolucionaria que vimos la semana pasada llevaba una peluca que le llegaba a los hombros, así que eso no puede ser inmoral.
–De todos modos, es más seguro llevar una melena corta.
Noté que mi corazón había vuelto a desbocarse. Dirigí mi trastornada mirada a la ventana. Lulu vivía en la planta baja, por lo que hacia las tres la luz del sol ya empezaría a abandonar la habitación. Nuestro piso en la tercera planta se mantenía soleado como mínimo una hora más. Una planta de loto en forma de pinza de cangrejo que crecía en un tiesto de terracota succionaba la condensación que cubría el cristal de la ventana. Las rojas flores estaban húmedas. Los pétalos que había arrancado al entrar por la ventana yacían lánguidamente en el alféizar.
–Quiero besarte –repetí, mientras las imágenes de su liso vientre y su cálida vagina volvían a llenar mi mente.
–No puedes. Aún hay luz ahí fuera. –Se acercó al espejo–. Tu madre canta en el coro. Debe de tener una licencia oficial para hacerse la permanente.
–Sí, podría pedirle que te la preste… Tienes una bonita voz. Deberías ir al conservatorio de música cuando termines la enseñanza media.
Me toqué el pelo, que había alisado con un poco de vaselina, procedente de un tarro que mi madre guardaba en un cajón.
–Puedo cantar «El anhelo del hogar» de Li Gu. Escucha: «¡Siempre sueño contigo! Cuando acabe este día, tal vez no volvamos a vernos…».
Contemplé su zapato negro, que pendía sobre el borde de la cama marcando el ritmo. El nudo del cordón estaba muy mal hecho. Sentía calor en el rostro. Alcé la vista y le miré el largo y pálido cuello.
–¿Te ha gustado?
Había interrumpido de repente la canción.
–Muy bonita. ¿Te gusta el baloncesto?
Pensé en el fresco olor de la capa de cal en el campo de fútbol de la escuela.
–Lo detesto. Acompáñame, ¿quieres?
Empujó su armónica hacia mí. La tomé, pero notaba la mandíbula demasiado rígida para tocarla. Traté de cogerle la mano, pero ella la retiró. Los dos miramos el suelo.
–Será mejor que me vaya –le dije finalmente.
–De acuerdo.
La mitad del aliento parecía habérsele atascado en la garganta. Lo liberó por la comisura de la boca, alzándose el flequillo.
Miré sus ojos pesarosos y su boca sonriente, y me fue imposible distinguir lo que sentía.
Sin decir otra palabra, pasé de nuevo por encima de las flores y salté desde la ventana.
Si la policía no hubiera interrogado a Lulu, obligándola a confesar la relación que teníamos, nuestra aventura amorosa secreta podría haber continuado durante años.
Todo empezó un par de días antes de que empezaran las vacaciones de verano. Habíamos terminado los últimos exámenes. Camino de la escuela, observé que la nota que había dejado bajo su tiesto la noche anterior, pidiéndole que viniera conmigo al cine, no estaba allí, por lo que debía de haberla leído.
Cuando entré en la escuela mi profesor, el señor Xu, me llamó e hizo que le acompañara a una habitación donde me esperaban dos policías.
Esa fue la primera vez que experimenté auténtico terror. Sentí frío en el estómago y náuseas, y entonces me puse a temblar de la cabeza a los pies.
Los policías me preguntaron mi nombre.
–Tienes que venir con nosotros –me dijeron.
El señor Xu apagó su cigarrillo.
–Debes confesarlo todo, Dai Wei –me dijo–. Esta es la oportunidad de avanzar que has estado esperando.
Abrí la boca, mudo de terror, y asentí. El estruendo dentro de mi cabeza era tan fuerte que no oía el griterío de los alumnos en el exterior.
Crucé las puertas de la escuela, con la cabeza gacha, uno de los policías delante de mí y el otro detrás. Me pregunté si se me habían doblado las piernas. De repente tenía la sensación de que se habían vuelto mucho más cortas.
Cuando llegué a la comisaría de policía tenía la piel caliente y sudada, pero sentía frío en los huesos.
Rápidamente traté de recordar algún error que hubiera podido cometer. Pensé en Lulu. Tal vez había dado a sus amigos el ejemplar de El corazón de una muchacha y alguien había informado a la policía. Tal vez Shuwei, que fue quien me prestó el libro, había sido detenido y ahora estaba encerrado en la habitación contigua. No sabía qué hacer.
A la hora de comer, tenía que llevar a mi hermano a casa. Ya eran las doce. En el corredor los agentes de policía hacían oscilar sus fiambreras de aluminio, riendo y charlando camino de la cantina. Un aceitoso olor a albóndigas fritas se expandía por la habitación.
Uno de los agentes de policía que me habían detenido entró y me preguntó si tenía algún dinero.
Me registré los bolsillos y saqué unos cinco jiao en monedas.
Él me miró y dijo:
–Ve al puesto que hay al otro lado de la calle, cómprate unos panecillos al vapor y vuelve aquí de inmediato.
Me apresuré a salir y fui al puesto. Había cruzado aquella calle centenares de veces, pero ese día todo me resultaba desconocido: el algarrobo parecía más alto y voluminoso, y la calzada también parecía más ancha. Una humareda amarilla se alzaba de la chimenea de la sastrería y se cernía en el aire inmóvil. No reconocí ninguna de las caras que pasaban por mi lado en la calle.
Después de comer, regresaron los dos agentes de policía.
–Solo tienes que confesar lo que has hecho –me dijo uno de ellos–. Cuesta poco entrar aquí, pero es difícil salir.
Entonces abandonó la habitación.
–¡Ven aquí! –me ordenó el otro policía.
Se apoyó en la mesa y encendió un cigarrillo. No sé qué habría comido, pero notaba un olor a cebollinos en el aire.
Me detuve ante él, sujetándome los pantalones, ya que me habían quitado el cinturón. Cuando bajó la vista para mirar la nota que estaba redactando, me recordó al electricista que trabajaba en la sala de calderas de la escuela. Unos pelos negros le salían de los poros por encima de la boca. Dejó una estilográfica a un lado.
–¿Sabes por qué te hemos traído aquí? –me preguntó.
–No.
Se sentó y puso los pies sobre la mesa. Parecía como si estuviera a punto de echarse una siesta.
–Te hemos dado toda la mañana para que pensaras a fondo. Si confiesas ahora, podríamos dejarte en libertad. Tan solo tienes que decirme qué clase de cosas vergonzosas has hecho recientemente.
–He leído El corazón de una muchacha.
Llevaba horas en pie y tenía unas ganas enormes de ponerme en cuclillas.
–¿Quién te lo dio?
–Wang Shuwei.
–¿Quién es?
–Un compañero de clase.
–¿A quién más le pasaste el libro?
–A nadie. Solo lo he leído yo.
–Mírame a los ojos, Dai Wei. ¿Quién más ha leído el libro? Es inútil que mientas. Tenemos una lista de nombres.
No me atreví a responder a su pregunta.
–Confiesa lo que has hecho.
–Hice una copia manuscrita del libro.
–De modo que no te bastó con leerlo… también tuviste que copiarlo. –Se me acercó–. ¿A quién le diste la copia? –inquirió a gritos.
Las piernas me flaquearon, y me acuclillé. Él me derribó al suelo de un puntapié, asió mi cinturón y me azotó la cabeza con él. Me golpeó más fuerte de lo que jamás me había golpeado mi padre.
–¡No volveré a hacerlo, lo prometo!
–¿Dónde está la copia?
Me presionaba la barbilla con su zapato de cuero.
–Se la di a Lulu.
–¿Quién es?
–Zhang Lulu. También va a mi clase.
–Últimamente pareces haber estado muy ocupado, pero tenemos más información. Déjame que te refresque la memoria. ¿No has ido recientemente por tu barriada cantando «Eres un capullo en flor. Cómo ansío que florezcas»? ¿Qué dices a eso?
Volvió a tirarme al suelo de un puntapié, y entonces tomó el termo que estaba encima de la mesa. Recordé la época de la Revolución Cultural, cuando un grupo de guardias rojos sacaron a la abuela Li de la residencia de la compañía de ópera y a los demás nos ordenaron que trajéramos nuestros termos. Después de dárselos, tuvimos que permanecer allí y ver cómo los guardias rojos vertían el de agua hirviendo sobre la cabeza de la abuela Li.
–Dime qué más has hecho –me dijo el policía, mientras desenroscaba la tapa del termo.
Le miré, rígido de temor, y balbucí:
–Jamás volveré a leer otra novela pornográfica ni cantaré canciones licenciosas ni fumaré…
Me puse de rodillas y sollocé.
–¡Pequeño gamberro! Si no te damos una lección ahora, acabarás con una bala en la cabeza. ¡Mira todas estas cartas que hemos recibido acerca de ti!
Vertió más agua en su taza de té y entonces sacó unas cartas de un archivador.
Yo no podía ver lo que decían las cartas, por lo que me devané rápidamente los sesos en busca de otro delito que pudiera confesar.
–He tocado a Lulu –admití finalmente.
–¿Dónde?
–En una tubería de cemento.
–¿Solo esa vez?
–Sí, no he vuelto a tocarla desde entonces.
–¿La engañaste para que se metiera ahí contigo?
–No, nos habíamos citado para salir.
–Citado… ¡y una mierda! ¡A eso no se le llama una cita, eso es tener relaciones sexuales ilícitas! ¡Abre las piernas!
Me dio una fuerte patada. Aullé de dolor y me retorcí en el suelo de hormigón.
–Debes poner por escrito los detalles de todos los delitos que has cometido. Quiero nombres, lugares y fechas. Si lo confiesas todo, puede que te soltemos. No olvides que tu difunto padre fue miembro de las Cinco Categorías Negras. De no haber sido por la política de reforma de Deng Xiaoping y tus buenas notas en la escuela, hace mucho que te habrían ejecutado, hijo maligno de un derechista.
Me senté y empecé a escribir. No quería causar la deshonra de mi escuela. Al anochecer, aún no había terminado. Oí gritos y el ruido de vidrio al romperse, mientras golpeaban a alguien en la habitación contigua. Me odiaba a mí mismo por no ser tan valeroso como los héroes comunistas de nuestros libros de texto. Al primer golpe, lo había confesado todo.
El agente miró mi confesión escrita.
–¿Qué mano le metiste bajo las bragas? –me preguntó–. ¿Cuánto tiempo la mantuviste ahí? ¿En qué otros lugares la tocaste? Quiero todos los detalles.
En plena noche oí que mi madre gritaba en el corredor: «Mi hijo es muy joven todavía. Tiene mucho que aprender. Prometo que le daré una buena reprimenda…».
Me eché a llorar. Aún me dolía la entrepierna debido a la patada del policía. Me sentía como si hubiera caído en un agujero negro del que fuese imposible salir. No sabía qué castigo me aguardaba. Pensé en los condenados a los que había visto conducidos al lugar de su ejecución durante los juicios públicos, y en cómo sus cuerpos se estremecían en el suelo después de que las balas de los soldados les hubieran perforado la cabeza. Cierta vez adjudicaron a nuestra clase asientos en primera fila. Cuando el joven convicto con la cabeza rapada estuvo en pie ante el pelotón de fusilamiento, de repente sus ojos parecieron centrarse en mí. Después de que las balas le alcanzaran la cabeza y cayera al suelo, agitó las piernas en el aire durante tanto tiempo que se le desprendió uno de los zapatos.
La policía no dejó entrar a mi madre en la habitación. Lo único que hicieron fue darme las dos manzanas que me había traído.
Pensé en Liu Ping, la hija del supervisor de la granja de Guangxi, de quien mi padre había hablado en términos tan elogiosos. La vi con una camisa blanca, tocando el violín como un ángel. La imagen me fortaleció. Entonces recordé la época en que mi madre y yo fuimos a visitar a mi padre al campo de Shandong. Tomamos un autobús de largo recorrido. Dormí con la cabeza apoyada en la bolsa de lona que ella tenía en el regazo. La bolsa contenía los regalos que le llevaba a mi padre: una manta, un tarro de grasa de cerdo y una gorra de lana.
El policía dio un puntapié a una pata de la mesa para sacarme de mi modorra.
–¡Despierta! Esto no es un dormitorio. He de quedarme aquí toda la puñetera noche por tu culpa. ¿Cuántas páginas has escrito? –Le di las siete páginas de apretadas notas, y él les echó un vistazo–. Todavía te guardas mucha información. –Consultó su reloj y encendió un cigarrillo. Aspiré el humo. Hizo que me sintiera un poco menos solo–. Te daré una última oportunidad. Tienes hasta el amanecer. Si por entonces no lo has escrito todo, no tendremos piedad.
Me esforcé de nuevo y desenterré todas las cosas malas que había hecho.
Cierta vez tallé un trozo de madera, dándole la forma de una pistola, y la teñí con tinta negra. Parecía muy convincente. Me la puse bajo el cinturón, como Li Xiangyang, el heroico líder de los guerrilleros que lucharon contra los japoneses. Mi madre me dijo que había gente que usaba armas falsas para cometer atracos, y que poseer una iba contra la ley. Aporté detalles del momento y el lugar del delito, pero no había ninguna víctima de la que informar.
Maté una gallina con mi honda y eché a correr. La víctima fue una hembra de gallo.
También rompí el cristal de una ventana. Lancé la piedra tratando de darle a un gato. La única víctima de este delito fue un cristal de ventana.
Por fin amaneció. Lo supe no porque hubiera más luz en la habitación, sino porque oía el sonido de los autobuses que pasaban por la calle. Noté un tufillo a desinfectante. Me recordó el olor de las letrinas públicas frente a nuestro complejo residencial. Yo casi nunca tenía necesidad de utilizarlas, dado que había lavabo en el piso, pero mi madre lo hacía con frecuencia. Como ahora teníamos que pagar la factura del agua, cosa que no ocurría en el antiguo bloque de viviendas, mi madre prefería bajar siete tramos de escaleras y usar las letrinas antes que desperdiciar dinero tirando de la cadena de nuestro propio váter. Por la noche, las letrinas eran el único lugar de la zona donde todavía brillaba una luz. En la época en que aprendí a fumar, a menudo iba por allí con mis amigos después de anochecer. Cuando los hombres iban a cagar, siempre encendían un cigarrillo y luego, al terminar, tiraban la colilla al suelo. Entonces recogíamos las colillas y nos las fumábamos. A veces arrebatábamos las colillas que pendían de las bocas de los hombres mientras aún estaban subiéndose los pantalones. Lo peor que podían hacernos era llamarnos mocosos asquerosos.
Una noche, un chico de nuestro grupo vino corriendo a mi encuentro y me dijo:
–Dai Wei, la mierda de Duoduo ha salpicado tu reposapiés.
Cada uno de nosotros se asignaba su propio agujero, y si alguien salpicaba con su mierda los reposapiés de cerámica de un agujero adyacente, recibía una paliza.
Perseguimos a Duoduo y lo llevamos a rastras a las letrinas. Él intentó zafarse, pateando la pared con tanta fuerza que se desprendieron trozos de yeso. Pero lo teníamos bien agarrado entre cuatro. Le bajé los pantalones, me puse a darle palmadas en el culo, y tuvo una erección. «¡Veamos lo grande que puede ponérsele!», gritó todo el mundo. Le así el pene y lo sacudí con fuerza.
–¡Soltadme! ¡Cabrones! ¡Soltadme de una vez!
Su rostro contorsionado había adquirido una tonalidad roja brillante. Se acuclilló, tratando de liberar el pene. Las lágrimas le brotaban de los ojos. Finalmente eyaculó. Aflojé mi presa y me limpié las manos en la pared. Nos reíamos mientras lo sacábamos a la calle a empujones. Él echó a correr, sujetándose los pantalones, su silueta empequeñeciéndose cada vez más.
Tres personas se ahorcaron en aquellas letrinas. Una de ella fue una anciana que había venido del campo. Cuando llegó a Pekín, acudió a la comisaría de policía del barrio para preguntar por un tal señor Qian, encarcelado por los comunistas en la década de los cuarenta. La policía le informó de que el señor Qian había sido ejecutado poco después de la Liberación. Más adelante descubrieron que la mujer era la esposa del señor Qian y que había estado encarcelada desde el comienzo de la Revolución Cultural. Cuando la pusieron en libertad, el jefe de la aldea se negó a concederle una parcela de tierra, por lo que viajó a Pekín en busca de su marido. Al enterarse de la muerte de este, se ahorcó en las letrinas de las mujeres…
Ya había rellenado tres veces la estilográfica en el tintero que estaba sobre la mesa del policía. Me sentía tan pesado como un saco de hormigón. Las piernas me temblaban de agotamiento.
Pocas horas después, mi madre fue a recogerme y llevarme a casa.
En cuanto cruzamos la puerta de la verja del complejo oí gritar a Duoduo:
–¡Ahora eres un pez gordo, muchacho! ¡Te has pasado la noche en la comisaría! ¡Eso está bien!
–¡Vete a tomar por culo! –replicó mi madre.
En aquel instante, todo el terror que había sentido en la comisaría de policía desapareció. Aunque los testículos hinchados me habían rozado la parte interior de los muslos hasta despellejarlos, era capaz de mantenerme erguido. Si la policía hubiera aparecido entonces para detenerme de nuevo, habría vuelto tranquilamente junto a ellos a la comisaria, silbando al caminar.
Cuando entramos en casa, mi madre me abofeteó ambas mejillas.
–¡Gamberro desvergonzado! ¿Cómo voy a llevar ahora la cabeza alta? –Señaló la urna con las cenizas de mi padre que estaba debajo de la cama y gritó–: ¡Tú tienes la culpa de todo esto, Dai Changjie! ¡Tuve que soportar la carga de tus delitos durante cuarenta años, y ahora cargo con los de tu hijo!
Lloré al ver que mi madre sollozaba, y cuando mi hermano me vio llorar también rompió en lágrimas.
Le prometí a mi madre que nunca leería otra novela prohibida, y le rogué que me dejara dormir. Ella se enjugó las lágrimas. Me dejé caer sobre su cama metálica y me adormilé. Las piernas se me crispaban espasmódicamente a causa de la fatiga.
Cuando me desperté ya estaba oscuro en el exterior. Mi madre me había quitado los pantalones y había aplicado en mis piernas un ungüento rojo sobre las marcas violáceas de los latigazos con el cinturón.
Me dijo que había dormido durante treinta y seis horas.
–Te han tratado con indulgencia. ¡Si fueran juiciosos habrían acabado para siempre con el linaje Dai! ¡Nada bueno saldrá jamás de los hijos de un derechista! –Me acercó una bandeja–. Aquí tienes un trozo de tarta y un vaso de leche. –Entonces, rezongó–: Yo te crié. Debería ser yo quien decidiera cómo debes ser castigado. No tenían ningún derecho a golpearte de esa manera.
La tarta que estaba masticando se disolvió rápidamente en mi amarga saliva.
–Te prometo por el presidente Mao que de ahora en adelante estudiaré en serio, mamá. Entonces, ¿no me han puesto la etiqueta de «joven descarriado»?
–No lo creo, pero ahora te tienen fichado. Y por tu culpa, a esa Lulu de abajo también se la han llevado para interrogarla.
De repente sentí que mis miembros se quedaban sin fuerza. La había traicionado. No debería haberle dado aquella copia de El corazón de una muchacha, no debería haber mencionado su nombre a la policía, no debería haberles dicho que la había tocado. El remordimiento me causaba náuseas.
–Has crecido con demasiada rapidez –me dijo mi madre, su expresión súbitamente endurecida–. Debería haberte hecho abandonar esos pensamientos hace mucho tiempo. Las ideas occidentales envenenaron a tu padre. Él tuvo la culpa de que salieras así. Hoy día hay mala gente por todas partes, y corrompen a la sociedad con sus estilos de vida burgueses. Hablan de liberación sexual, de libertad sexual… su único objetivo es envenenar las mentes de nuestros jóvenes, permitiendo a los países imperialistas transformar China por medio de la evolución pacífica. Si no te aplicas en tus estudios políticos, acabarás por el mal camino. A ese chico que te dio el libro pornográfico también lo han detenido. Supongo que has hecho una buena acción, desenmascarando su maligno crimen ante la policía. Ese debe de ser el motivo de que te hayan tratado con tanta indulgencia.
Mi mente se quedó vacía. No recordaba gran cosa de lo que había ocurrido en la comisaría de policía, pero sí que había escrito mi autocrítica. Eso lo recordaba.
–Lo siento, mamá, yo he tenido la culpa de todo –le dije, y experimenté el impulso repentino de abrir la ventana y arrojarme al vacío.
Los recuerdos te pasan fugazmente por la cabeza como el haz luminoso de una linterna. La escena que acabas de recordar se hunde en la oscuridad y otra la sustituye.
Mi madre no tiene ni idea de lo mucho que me odio a mí mismo por todo el daño que causé entonces.
Poco después de cumplir los dieciséis años, abandoné la escuela y viajé al sur, a la ciudad costera de Guangzhou, donde la economía de mercado china acababa de despegar. Quería recuperar la tranquilidad, y también ganar un poco de dinero. Durante algún tiempo trafiqué con revistas pornográficas, y luego compré unos aparatos eléctricos extranjeros traídos de contrabando desde Hong Kong y los vendí en la acera, ante una oficina de cambio de divisas. Tenía entre los labios un cigarrillo extranjero con filtro, y un reloj digital en la muñeca. En cuanto ahorré suficiente dinero, empecé a hacer viajes a Pekín, adonde llevaba productos baratos del sur que vendía a altos precios en el mercado negro. En solo seis meses crecí treinta centímetros. Parecía un hombre de mundo.
Durante mi segundo viaje a Pekín, mi primo Dai Dongsheng y su mujer vinieron a visitarnos. Su mujer se había quedado embarazada por segunda vez, contraviniendo la política del hijo único. Como temían la persecución de los funcionarios del control de natalidad, dejaron a su hija de dos años con unos vecinos en Dezhou y vinieron a Pekín, con la esperanza de encontrar un hospital privado que accediera a asistir a la madre en el parto.
–¡Hay que ver cómo has crecido! –exclamó Dongsheng–. Ahora eres un hombre joven.
En su visita anterior había tenido que alzar la cabeza para mirarle cuando hablábamos. Ahora era él quien tenía que alzarla.
–¿Qué esperabas? Este año cumpliré diecisiete.
Mi voz también se había hecho más profunda. Le di a Dai Dongsheng un cigarrillo.
Tenía las típicas manos ásperas y nudosas de un campesino. Como era nieto de un rico terrateniente, le habían negado plaza en la escuela de enseñanza media, y desde los quince años de edad se había visto obligado a ganarse la vida trabajando la tierra.
Su esposa se sentaba en el sofá que mi hermano y yo habíamos construido unos días antes. Su abultado vientre era redondo como un globo terráqueo. Tenía la belleza pura y sin afectaciones que solo poseen las mujeres del campo. Su expresión era la de una persona honesta pero corta de entendederas. Dongsheng había envejecido mucho desde nuestro último encuentro. Se le veía incómodo, sentado en el extremo de la cama de mi madre, las piernas juntas, las manos enlazadas cortésmente sobre el regazo. Tenía a los pies una bolsa de cuero artificial con una frase estampada: VIVA EL PENSAMIENTO DE MAO ZEDONG. La carpa salada y dos madejas de lana roja que nos habían traído estaban sobre la mesa. La habitación hedía a pescado y al polvo y la ranciedad de las estaciones de ferrocarril.
Mi madre había frito unas semillas de girasol y las había servido en tazas de té. Yo no sabía qué más decirle a la pareja, así que encendí el televisor que había comprado recientemente para mi madre. Sus ojos se posaron de inmediato en la pantalla.
–Mirad, esa extranjera lleva un reloj y un collar de oro –comentó la esposa de Dongsheng.
El noticiario presentaba un reportaje sobre el encuentro de Deng Xiaoping con la señora Thatcher, y su propuesta de que Hong Kong volviera a la soberanía china.
–Si devuelven Hong Kong a China, pronto todos podremos viajar allá –dijo Dongsheng.
–Puedes ir ahora, si lo deseas –repliqué–. Cuando estaba en Guangzhou vi a muchos hongkoneses. Tienen el mismo aspecto que nosotros.
La expresión de sorpresa en sus rostros me produjo una agradable sensación de superioridad. Saqué mi primer billete a Guangzhou con el dinero que me había dado mi madre para comprar una bicicleta. Mientras estuve allí, no me alojé en un hotel. El calor era tan intenso que podía dormir en las calles. Cada noche deambulaba por el mercado nocturno del lago Occidental, y visitaba la tienda libre de impuestos del hotel China para ver los artículos de importación, relojes, encendedores, bolígrafos y multicolores frascos de perfume. El último día de mi estancia en Guangzhou solo me quedaban treinta yuanes en el bolsillo. Fui a un tenderete callejero y compré cuatro barajas de cartas con fotografías de mujeres desnudas. Me las llevé a Pekín conmigo e hice una fortuna vendiéndolas en la entrada del cine de mi barrio.
–¿Cuántos hijos se les permite tener a los habitantes de Hong Kong? –me preguntó la mujer.
–Todos los que quieran –respondí–. Muchas mujeres embarazadas de Guangzhou cruzan la frontera y dan a luz en Hong Kong. Al cabo de unos meses regresan con los bebés. Y como los niños tienen la ciudadanía hong konesa, las familias pueden ir y venir siempre que lo deseen.
–¡Qué buena idea! –exclamó la mujer con entusiasmo.
Mi madre, que estaba en la cocina, entró en la sala.
–No le hagáis caso –les dijo–. Ha ido a Guangzhou un par de veces, y ya se cree un adulto. La única diferencia que hay ahora es que va por ahí con ese estúpido cigarrillo entre los labios. Ni siquiera ha empezado a afeitarse.
–Sí que he empezado, mamá.
Aunque la voz se me había hecho más profunda, aún tendía a salirme un indigno tono agudo que debía mantener constantemente bajo control.
Mi madre se sentó en el sofá y se interesó por los planes que la pareja tenía para el futuro.
–¿Para cuándo esperáis el bebé? –les preguntó.
–A mediados del mes que viene –respondió Dongsheng–. A nuestro condado lo han designado Condado Modelo de Planificación Familiar, de modo que los funcionarios del control de la natalidad son especialmente estrictos. Si una mujer queda embarazada de un segundo hijo, la obligan a abortar. Mi mujer se las arregló para mantener su embarazo en secreto. Antes de salir de casa, siempre se rodeaba la barriga con un paño de manera que le ocultara la hinchazón del vientre. El mes pasado vomitó cuando iba por la calle. Estábamos seguros de que alguien nos denunciaría, y fue entonces cuando decidimos huir.
Tras decir esto, separó el cigarrillo del filtro de plástico, lo sostuvo entre los dedos y aspiró hondo una última calada.
–No nos atrevimos a tomar el tren en la estación del pueblo –siguió diciendo la esposa–. Habíamos oído decir que funcionarios de planificación familiar patrullaban por la estación y, si veían a una mujer embarazada, la llevaban a rastras a la clínica de planificación familiar y la hacían abortar de inmediato. Según parece, al final de cada jornada hay dos o tres cubos de fetos muertos en la clínica.
Cuando la mujer hablaba, sus ojos eran más brillantes que los del marido.
–Si no tenéis el permiso de nacimiento de este niño, la policía de Pekín también os detendrá.
Mi madre parecía inquieta. No sabía qué podía hacer para ayudarles.
–No podemos volver –dijo la esposa–. Lo más probable es que hayan saqueado nuestra casa. Cuando los funcionarios del control de natalidad descubren que una pareja ha huido, se presentan con grandes furgones y se llevan todos los bienes de la familia: la radio, el espejo, los baúles de madera. Tengo la sensación de que el bebé es un niño. Digan lo que digan, no voy a desembarazarme de él.
–Si una pareja logra tener un segundo hijo y al final los descubren, los funcionarios del control de natalidad les obligan a pagar una multa enorme. Son brutales. Si no puedes pagar la multa, te dan una paliza.
–Las regulaciones del gobierno prohíben estrictamente golpear a la gente –dijo mi madre, tratando de defender al Partido.
–Hemos oído decir que en las ciudades la policía no es tan violenta. Por eso hemos venido aquí. En el campo es terrible. La milicia popular tiene armas, cargadas con balas de verdad. En algunos pueblos vecinos del nuestro, si una mujer da a luz sin licencia, el niño será estrangulado hasta morir. Hay familias que han cavado hoyos en el suelo para que las mujeres puedan parir en secreto.
La pantalla del televisor llamó de nuevo la atención de Dongsheng, las imágenes de la visita del secretario general Hu Yaobang a la Zona Económica Especial de Shenzhen, cerca de la frontera con Honk Kong.
–¿Y si es niña? –pregunté mientras encendía otro pitillo.
Desde que mi madre había dejado de quejarse de que fumaba, podía consumir un paquete de tabaco al día.
–Un astrólogo nos ha dicho que es niño –respondió Dongsheng–. Ya le hemos puesto el nombre: Dai Jianqiang.
–¡Mira, otra patada! –exclamó la esposa–. En estos últimos días no ha hecho más que moverse. Las niñas no se mueven tanto.
–Podéis dormir aquí esta noche –dijo mi madre con desaliento–. Mañana idearemos un plan. Ve y quita la tetera del fogón, Dai Wei.
Una sonrisa apareció en el rostro de Dongsheng. Su mujer también sonrió y dijo:
–Sentimos causaros tantas molestias.
–¿Quién cuida ahora de tu padre? –preguntó mi madre.
–Su mente es inestable, pero puede cuidar de sí mismo –respondió Dongsheng–. Si tenemos un hijo, conseguiré trabajo aquí, ganaré suficiente dinero para pagar la multa y entonces podremos volver todos a casa y estar juntos. –Hizo una pausa y volvió a concentrarse en la pantalla–. Mirad todos esos edificios altos de Shenzhen. ¿Cómo se las arregla la gente para vivir ahí? Te mojarías los pantalones antes de llegar a las letrinas .
Terminó el cigarrillo y escupió una flema al suelo.
–Esos edificios tan altos tienen ascensores. En cualquier caso, en todos los pisos hay lavabo.
Miré la cara de mi madre. Detestaba que la gente escupiera en el suelo.
–Viven en el cielo –dijo la mujer, sonriente–. Si abrieran las ventanas, los pájaros podrían entrarles en casa.
–Supongo que Dai Wei estará a punto de entrar en la universidad, ¿no es así? –inquirió Dongsheng.
–Estoy repasando para los exámenes de la escuela media –respondí mientras intentaba limpiar su salivazo con la suela del zapato.
La verdad era que había dejado la escuela. No había vuelto desde la tarde de noviembre en que hicieron subir a Lulu al estrado durante la asamblea matinal.
Acabábamos de completar los ejercicios de la mañana. El director llamó a Lulu al estrado que se alzaba en un lado del campo de fútbol. La vi allí de pie, la cabeza gacha. El cuello delgado y pálido resaltaba bellamente contra la chaqueta acolchada roja. No nos habíamos hablado desde que la policía nos detuvo para interrogarnos.
El director le pidió que se quitara la gorra.
–¡Mirad esto, alumnos! ¡Una estudiante de enseñanza media con las uñas pintadas de rojo y colorete en la cara! ¡Qué vergüenza!
Le deslizó un dedo por la mejilla y entonces se quitó las gafas y lo examinó de cerca, en busca de indicios de colorete.
Como no encontró nada, restregó los labios de Lulu, y esta vez, pese a su mala vista, pudo detectar unos restos de color en el dedo.
–¿Barra de labios? ¡Esto es un caso grave de «liberalismo burgués», jovencita! ¿Cómo puedes esperar unirte a las clases revolucionarias cuando dejes la escuela si te pones esas cosas en la cara? Y mira esas ondas de tu pelo. ¿Estás tratando de convertirte en un perrito faldero de la América imperialista?
Yo quería que se me tragara la tierra. Jamás había imaginado que mis acciones pondrían a Lulu en semejante aprieto. Los miles de alumnos sentados en el campo de fútbol que contemplaban los labios rojos de Lulu abrieron las bocas y le lanzaron gritos de burla y desdén.
Después de mi primer viaje a Guangzhou, pude comprar un televisor, una bicicleta nueva para mi hermano y un abrigo de rayón y un paraguas de nailon para mi madre.
Del segundo viaje regresé con más de veinte cintas pirateadas de baladas interpretadas por el cantante «decadente» taiwanés Deng Lijun, y gané más de dos mil yuanes vendiéndolas en el mercado negro. También compré más de mil encendedores que tenían imágenes de mujeres desnudas. Me costaron cinco fen cada uno, y los vendí en Pekín por diez veces su precio. Le pedí al individuo que me los había vendido que me enviara más, pero lo detuvieron por traficar con productos obscenos y lo sentenciaron a cinco años de cárcel.
En mi última visita a Guangzhou compré veinte ejemplares de la edición de la revista Playboy de Hong Kong, y los envié a Pekín envueltos en un largo vestido de algodón. En el tren que me traía de regreso, a un hombre de la provincia de Hunan que iba sentado a mi lado lo detuvieron por ocultar una baraja de cartas pornográficas en una caja de zapatos. Cuando dos agentes de policía que pasaban haciendo la ronda divisaron la caja en el suelo y preguntaron a quién pertenecía la caja, el hombre tuvo demasiado miedo para hablar. Abrieron la caja, descubrieron el contenido, esposaron al hombre y se lo llevaron del tren. Había dejado en su asiento un ejemplar de El libro de las montañas y los mares, el libro que tanto me había gustado en mi infancia. Me lo guardé en la bolsa y entonces me comí el paquete de semillas de girasol Chico Bobo que también se había dejado.
Como un prisionero sentado en una cámara de ejecución, rememoras la vida que podría finalizar en cualquier momento.
Las células basales del órgano olfativo de mi cavidad nasal conectan intermitentemente con las fibras nerviosas circundantes. De vez en cuando un olor llega a mis fosas nasales, y durante un segundo capto un tufillo a piel de naranja.
Escucho con atención en busca de cualquier ruido que pueda ayudarme a hacerme una idea de mi entorno. Hubo un período de tiempo en el que no oía absolutamente nada. Me sentía como si me hubiera hundido hasta el fondo del mar. Solo los latidos de mi corazón me indicaban que mi cuerpo aún no había terminado de morir.
Vuelvo a pensar en aquella mañana en que salí de casa para ir a la universidad por primera vez. Me desperté en la cama metálica. Como había dado un gran estirón y ahora medía metro ochenta, mi madre y yo habíamos intercambiado las habitaciones.
En solo seis meses de estudio en un centro privado había completado el curso de ciencias Año Doce y, gracias al tratamiento preferente que daban a los estudiantes con parientes en el extranjero, había obtenido plaza en la Universidad Meridional de la ciudad de Guangzhou para cursar la carrera de biología. Había visitado la universidad en mi último viaje a la ciudad. Muchos alumnos de Hong Kong y Macao estudiaban allí, y los requisitos académicos no eran excesivos.
Mi madre me tendió un palito de masa frita y me dijo:
–Tienes que hincar los codos. No tiene sentido ir a la universidad si al final no obtienes el título de licenciado.
Yo estaba tendido en la cama, mordisqueando el palito de masa.
–Tengo casi dieciocho años, mamá –repliqué–. Papá quería que leyera su diario cuando hubiera terminado la enseñanza media. Déjamelo ver.
La expresión de mi madre se endureció.
–Aunque rehabilitaran a tu padre, Dai Wei, su visión del mundo seguía siendo sesgada. El Partido ha aprendido su lección por la manera en que trató a las personas como él, y no volverá a cometer esos errores. Debes recordar eso cuando leas el diario, y ver las cosas bajo una luz positiva. Yo quería quemarlo, pero su último deseo antes de morir fue que te lo diera. Si lo hago, has de prometerme que no se lo enseñarás a nadie.
–Los tiempos han cambiado, mamá. Ya no es ningún estigma ser el hijo de un derechista o un capitalista. Ahora que Deng Xiaoping está liberalizando la economía, a las personas como tú, que tienen un origen acomodado, las respetan mucho.
Por desgracia para mi madre, su familia no conocía a nadie en el extranjero. Tenía un hermano mayor y una hermana menor. Supongo que eran mis tíos, pero mi madre no había estado en contacto con ellos desde hacía décadas, a pesar de que la hermana vivía en Pekín. La mujer del tío de mi madre viajó desde Tianjin para visitarnos cuando yo tenía once o doce años. Trajo un puñado de cacahuetes, los dejó sobre la mesa y se puso a hablar de su vida. Entonces me enteré de que el tío de mi madre había sido general del Guomindang antes de la Liberación. Cuando los campesinos comunistas lo llevaron a rastras a una colina y estaban a punto de ejecutarlo, su esposa fue a rescatarlo. Les dijo a gritos que, cuando llegara la próxima campaña política, tendrían que elegir un nuevo enemigo de clase procedente de sus propias familias. Los campesinos decidieron liberar a mi tío abuelo, a fin de poder usarlo como objetivo en cualquier futura campaña. Pocos años después, durante el movimiento de reforma agrícola, lo utilizaron de nuevo como blanco de los odios, lo cual salvó muchas vidas en el pueblo. Después de que hubieran ejecutado a todos los terratenientes y campesinos ricos de los diez pueblos circundantes, les dejaron a mi tío abuelo para que también hiciera el papel de enemigo en sus futuras campañas.
–Cuando vayas a la universidad, Dai Wei, debes concentrarte en tu educación política. Has de hacer todo lo posible para que te hagan miembro del Partido.
No me molesté en discutir con ella. No me interesaba en especial el pasado de mi padre. Ahora el país había cambiado. Puede que las relaciones de mi padre con el extranjero hubieran arruinado su vida, pero habían salvado la mía. Gracias a él, ahora estaba a punto de ir a la universidad.
Dai Ru se despidió de mí y salió hacia la escuela. Tenía ya quince años, y era tan alto como yo cuando me detuvo la policía.
Tu cuerpo y tu espíritu todavía están vivos, enterrados dentro del ataúd de tu piel.
La Universidad Meridional se encontraba en las afueras de la ciudad de Guangzhou. El campus era diez veces mayor que mi escuela secundaria. Los mosquitos revoloteaban entre el denso follaje y las ramas desparramadas de los árboles centenarios.
Los dormitorios estaban en dos alas de un hospital en desuso que perteneció a la antigua Academia Militar de Medicina. Las alas, de dos plantas y adyacentes, estaban conectadas en la primera planta por un corredor descubierto que probablemente se construyó a fin de poder trasladar rápidamente a los pacientes de una a la otra. El corredor era el único lugar del campus donde se podía disfrutar de la brisa fresca. En todos los demás lugares, en los dormitorios, las aulas, las cafeterías y las pistas de baloncesto, la atmósfera era cálida y húmeda.
A partir de abril empezaba a sudar, y durante los seis meses siguientes estaba siempre empapado de la cabeza a los pies. El calor me dejaba sin energías. Comprendía por qué razón los meridionales son tan menudos y delgados. Todos los estudiantes padecían a causa del calor y boqueaban como peces de colores para engullir el aire, pero los del norte, como yo, éramos los que peor lo pasábamos. Durante las clases, los profesores tenían la frente incluso más perlada de sudor que nosotros. A la hora de comer, el sudor nos goteaba en los cuencos, y lo tragábamos junto con la sopa y el arroz.
Cuando oscurecía, las pocas alumnas salían limpias y secas de sus residencias, tras haberse duchado y peinado el negro cabello. No jugaban a baloncesto, no iban deprisa y corriendo a la biblioteca ni leían libros a la luz de una lámpara como los chicos. Se limitaban a pasear lentamente por el corredor abierto, en parejas, con un pañuelo o un abanico en la mano. Verlas pasear por allí era tan refrescante como una ráfaga de viento frío.
Me sentía como un pez que nadara en el agua. Poco a poco fui acostumbrándome a vivir en el mar de sudor. Como cualquier otro animal, tuve que adaptarme a mi nuevo hábitat. Mis poros se agrandaron para liberar más humedad. Mis pies, hasta entonces siempre limpios y secos, estaban constantemente empapados en un sudor fétido.
El edificio de ciencias estaba al pie de una empinada cuesta donde no soplaba el viento. Por la tarde, las ventanas y las paredes enjalbegadas ardían bajo el sol. Nos adormecíamos mientras el ventilador fijado en el techo hacía circular el aire caliente por el aula. Me pasé el primer trimestre sofocándome de calor en aquel horno sureño, estudiando la teoría darwiniana de la evolución.
Empecé a leer de nuevo El libro de las montañas y los mares. De niño me había encantado esa visión panorámica de la antigua China por sus descripciones de fantasmas y monstruos, pero entonces comencé a estudiarla por los interesantes datos científicos que proporcionaba. Más de dos mil años atrás el anónimo autor del libro se dedicó a explorar los paisajes y los mitos de China. Viajó a los cuatro puntos cardinales del imperio y a los territorios vírgenes que se extendían más allá, y escribió sobre lo que veía. Aunque los eruditos modernos creen que se trata de una obra surgida de la imaginación, yo estaba convencido de que se basaba en la experiencia real. Decidí que, una vez licenciado, seguiría los pasos del desconocido autor y compararía las plantas y los animales que encontrara con los descritos en el texto. Quería identificar las extrañas especies que relacionaba e investigar su evolución. Supongo que El libro de las montañas y los mares se había convertido en mi libro favorito.
Fue en la universidad donde se me ocurrió pensar que tal vez podría adquirir reputación como científico, y entonces ya no me rechazarían por no ser más que el hijo de un derechista. Sin embargo, resultó que la persecución que había sufrido mi padre y mi detención cuando tenía quince años contribuyeron a elevar mi estatus entre mis compañeros de clase, a los que también impresionaba que hubiera ganado dinero vendiendo revistas pornográficas en el mercado negro. Por primera vez en mi vida, tenía la sensación de valer por mí mismo.
Éramos una generación con la mente vacía. Teníamos sed de conocimiento. Ahora que China había abierto sus puertas a Occidente, absorbíamos cada retazo de información que nos llegaba. China acababa de superar la catástrofe de la Revolución Cultural, y ansiábamos reconstruir el país. A todos nos impulsaba la certeza de tener una misión.
Durante mi primer trimestre en la universidad, la moda de Hemingway no tardó en ser sustituida por la moda de Van Gogh, alimentada por la reciente publicación en chino de su biografía novelada, Ansia de vivir. La locura y el individualismo creativo de Van Gogh nos dieron nuestra primera gran lección en la vida, a saber: cree en ti mismo. Todo el mundo copiaba citas del libro y se las pasaban unos a otros.
Al comienzo del segundo trimestre, durante una clase de disección en la facultad de medicina, conocí a una alumna de Hong Kong llamada A-Mei.
Su cara era suave y casi inexpresiva, aunque en ocasiones parecía como si sonriera en secreto para sí misma. Tenía unos ojos claros como el cristal y tan serenos como el agua de un pozo. Era muy diferente de Lulu.
Su madre era una cantante profesional de folclore, y cuando le dije que mi madre también era cantante, trabamos amistad. Había nacido en el condado de Zhongshan, provincia de Guangdong. Su familia emigró a Hong Kong cuando ella tenía un año de edad.
Un día me topé con ella en la biblioteca. Llevaba un vestido blanco, y el limpio cabello negro recogido en una pulcra coleta. La chica sabía que, si queríamos leer un libro recién publicado, teníamos que entregar una tarjeta de reserva, y entonces esperar durante meses. Así pues, me dijo: «Ansia de vivir no se está vendiedo muy bien en Hong Kong. Puedo conseguir fácilmente un ejemplar. Te compraré uno la próxima vez que vaya allá».
A partir de entonces, a menudo me traía libros que era difícil conseguir en la China continental.
Aunque tus células y nervios ya no interactúan como es debido, el mecanismo de transmisión de señales todavía funciona, permitiendo que rastros físicos de acontecimientos pasados reaparezcan en tu mente.
–¡Que te jodan! ¡Pues claro que sé quién es Freud! Leí acerca de él hace siglos.
