Asesinato en Fleat House

Lucinda Riley

Fragmento

 asesinato_en_el_fleat_house-2

Prefacio

Querido lector:

Espero que estés tan impaciente como yo por empezar a pasar las páginas de esta nueva novela de Lucinda Riley. Quizá ya seas un ávido seguidor de la saga de Las Siete Hermanas y estés esperando con entusiasmo que Lucinda te transporte a un reino nuevo y cautivador. O puede que no estés familiarizado aún con su obra y sientas curiosidad por la promesa de esta novela policiaca fresca y emocionante. En ese caso, a fin de poner en contexto las páginas que te dispones a devorar, he de empezar, tristemente, por el final. Para quienes no lo sepan, Lucinda —mamá— falleció el 11 de junio de 2021, después de que le diagnosticaran un cáncer de esófago en 2017. Yo soy su hijo mayor y coautor de alguno de sus proyectos (no de este, me apresuro a añadir). Juntos creamos la serie infantil de The Guardian Angels, y actualmente es mi cometido colmar su enorme legado literario completando la octava y última novela de la serie de Las Siete Hermanas.

Por dicha razón me gustaría contarte cómo llegó a materializarse Asesinato en Fleat House. En primer lugar, aunque nunca había visto la luz del día, la novela fue escrita en el año 2006. Una vez que sus hijos comenzamos a ir al colegio, Lucinda escribió tres novelas sin el respaldo de una editorial, dos de las cuales se publicaron posteriormente y tuvieron una excelente acogida: El secreto de Helena y La habitación de las mariposas. Siempre fue su intención publicar la tercera, la cual sostienes ahora en tus manos, después de terminar la serie de Las Siete Hermanas.

En el caso de El secreto de Helena y La habitación de las mariposas, Lucinda llevó a cabo revisiones exhaustivas antes de su publicación (como debería hacer cualquier escritor que revisitara un proyecto después de una década). Mi madre no tuvo la oportunidad de hacer eso mismo con Asesinato en Fleat House. Así las cosas, cuando tomé la decisión de sacar el libro a la luz, se me presentó un dilema. ¿Era mi responsabilidad corregir, adaptar y actualizar el texto tal como a ella le habría gustado hacer? Después de reflexionarlo largo y tendido, pensé que conservar la voz de mi madre debía ser la prioridad. Por tal razón, tan solo se ha realizado un trabajo editorial mínimo.

Todo lo que leerás, por consiguiente, es lo que Lucinda escribió en 2006.

Mi madre estaba sumamente orgullosa de este proyecto. Es la única novela policiaca que hizo, pero los lectores leales enseguida reconocerán su incomparable capacidad para plasmar los ambientes. Seguro que te interesará saber que, en el momento de escribirla, mi familia vivía en el vasto y misterioso condado donde transcurre la historia. Es más, el colegio de Norfolk que aparece en el libro está inspirado en gran medida en el colegio al que asistíamos sus propios hijos. Afortunadamente, puedo confirmar que nada tan dramático tenía lugar en los pasillos de sus residencias.

Como cabría esperar, los secretos ocultos del pasado influyen profundamente en los acontecimientos del presente, y Lucinda nos obsequia con una soberbia caracterización en la forma de la inspectora Jazz Hunter, quien, seguro que estarás de acuerdo, posee el potencial para liderar su propia serie.

Quizá lo hubiera hecho, en otra vida.

HARRY WHITTAKER, 2021

Prólogo

Colegio St Stephen's, Norfolk, enero de 2005

Cuando la figura subió las escaleras que conducían al pasillo de las habitaciones de los alumnos del último curso —un laberinto de cuartos individuales del tamaño de una caja de zapatos—, tan solo se oía el traqueteo metálico de los vetustos radiadores, ineficientes centinelas de hierro que llevaban cincuenta años esforzándose por mantener caliente a los residentes de Fleat House.

Fleat House, uno de los ocho internados que integraban el St Stephen’s, llevaba el nombre del director al mando del colegio en el momento de su construcción, ciento cincuenta años atrás. Conocido por sus actuales ocupantes como «Fleapit», «El Tugurio», en clara referencia al destartalado estado en que se encontraba, el feo edificio de ladrillos rojos de estilo victoriano había sido convertido en residencia de estudiantes después de la guerra.

Fleat House era, además, la última residencia que iba a beneficiarse de una muy necesaria reforma. En los siguientes seis meses, los obreros arrancarían el agrietado linóleo negro que cubría los suelos de pasillos, escaleras, dormitorios y salas comunes, empapelarían las amarillentas paredes con un alegre color magnolia y reequipararían las arcaicas duchas con relucientes accesorios de acero inoxidable y lustrosas baldosas blancas. Todo ello para contentar a los exigentes padres empeñados en que sus hijos vivieran y aprendieran rodeados del confort propio de un hotel y no en una choza.

La figura se detuvo un instante frente al cuarto número siete y aguzó el oído. Como era viernes, lo más probable es que los ocho muchachos que residían en esa planta hubieran firmado su salida y hubiesen ido caminando hasta el pub del pueblo vecino de Foltesham, pero prefería asegurarse. Tras comprobar que no se oía nada, la figura giró el pomo y entró.

Cerró la puerta con sigilo, encendió la luz y casi de inmediato se percató del rancio olor a adolescente: la mezcla de calcetines sucios, sudor y hormonas descontroladas que con los años se había infiltrado en cada recoveco y cada grieta de Fleat House.

Estremeciéndose al comprobar que el olor despertaba recuerdos dolorosos, la figura estuvo a punto de tropezar con una pila de ropa interior tirada en el suelo de cualquier manera. Cogió los dos comprimidos blancos que cada noche estaban colocados sobre la taquilla del muchacho y los reemplazó por otros idénticos. Una vez hecho esto, giró sobre sus talones, apagó la luz y salió del cuarto.

En la escalera cercana, una figura menuda vestida con pijama se detuvo en seco al oír unos pasos. Presa del pánico, se ocultó en el hueco de la escalera del rellano inferior, fundiéndose con las sombras. Si lo pillaban levantado a las diez, lo castigarían, y ya había tenido suficiente por esa noche.

Inmóvil en la oscuridad, con el corazón desbocado y los ojos apretados con fuerza, como si eso pudiera ayudar, contuvo el aliento y escuchó que los pasos subían los escalones a solo unos centímetros de su cabeza, pasaban de largo y, seguidamente, se perdían en la distancia. Temblando de alivio, salió de su escondrijo y echó a correr por el pasillo hasta el dormitorio. Después de meterse en la cama y mirar su reloj, consciente de que faltaba una hora para que pudiera permitirse el refugio del sueño, se tapó la cabeza con las mantas y, finalmente, dio rienda suelta a las lágrimas.

Aproximadamente una hora más tarde, Charlie Cavendish entró en el cuarto número siete y se arrojó sobre la cama.

Las once de la noche de un viernes y ahí estaba, a los dieciocho años, encerrado como un crío en esa cutre madriguera.

Y tenía que levantarse a las siete para ir a la maldita capilla. Se la había saltado dos veces ese trimestre y no podía permitirse una tercera. Ya había tenido que ir al despacho del director Jones por la tontería de Millar. Jones había insinuado la posibilidad de una expulsión si no mejoraba su conducta, pero a Charlie le fastidiaba tener que comportarse bien. Su padre había dejado muy claro que no le financiaría su año sabático sin una digna colección de sobresalientes acompañada del correspondiente informe escolar.

Y eso sería un maldito desastre.

Su padre no aprobaba lo del año sabático. El hedonismo era anatema para él y la imagen de su hijo repantingado en una playa tailandesa, probablemente drogado, no era la idea que tenía en mente, sobre todo si era él quien lo financiaba.

Antes de comenzar el trimestre habían tenido una discusión descomunal sobre el futuro de Charlie. Su padre, William Cavendish, era un repu­tado abogado de Londres y siempre había dado por sentado que su hijo seguiría sus pasos. Durante su adolescencia Charlie nunca se había parado a pensar demasiado en eso.

Hasta que, a punto de cumplir los dieciocho años, había empezado a ser consciente de lo que se esperaba de él sin tener en consideración sus propios deseos.

Charlie era un liante, adicto a la adrenalina; así se veía él. Le gustaba vivir al límite. La idea de una vida atrapado en la atmósfera jerárquica y estirada de Inner Temple le revolvía el estómago.

Además, el concepto que tenía su padre de «triunfar en la vida» estaba completamente desfasado. Hoy en día las cosas eran muy diferentes, podías hacer lo que te diera la gana. Todo ese rollo de la respetabilidad pertenecía a la generación de sus padres.

Charlie quería ser DJ y ver a mujeres atractivas medio en cueros dando saltos en una pista de baile de Ibiza. Sí. ¡Eso se parecía más a su idea de triunfar! Además..., se podía ganar mucha pasta como DJ.

No porque el dinero fuera a ser un problema para él. A menos que su tío soltero de cincuenta y siete años decidiera de repente empezar a tener hijos, Charlie iba a heredar la finca de la familia con sus miles de hectáreas de tierras de labranza.

También tenía planes para eso. Lo único que tenía que hacer era vender unas cuantas hectáreas con permiso de obra a un constructor y ganaría una fortuna.

No, el problema no era su situación financiera en el futuro; el problema era que el tacaño de su padre lo controlara económicamente ahora.

Charlie era joven. Quería divertirse.

Esos eran los pensamientos a los que les daba vueltas en su mente Charlie Cavendish cuando agarró distraídamente los dos comprimidos que tomaba cada noche desde los cinco años y cogió el vaso de agua que le había dejado allí la gobernanta.

Se puso los comprimidos en la lengua y se los tragó junto con el agua antes de devolver el vaso a la taquilla situada junto a la cama.

Durante un minuto no pasó nada y, con un suspiro, Charlie siguió dándole vueltas a lo injusta que le parecía su situación. Hasta que, de manera casi imperceptible, notó que su cuerpo empezaba a temblar.

—¿Qué demonios...?

Los temblores se fueron intensificando hasta volverse incontrolables y Charlie notó que se le cerraba la garganta. Entrando en pánico, desconcertado y respirando con dificultad, consiguió salvar los escasos pasos que lo separaban de la puerta. Agarró el pomo pero, presa del terror, lo manipuló con torpeza y fue incapaz de girarlo antes de caer semiinconsciente al suelo con una mano en la garganta y echando espuma por la boca. Privado de oxígeno mientras las toxinas letales corrían por su cuerpo, sus órganos vitales fueron dejando de funcionar. Seguidamente, los intestinos se relajaron y, poco a poco, el joven que había sido Charlie Cavendish simplemente dejó de existir.

1

Robert Jones, el director del St Stephen’s, se levantó con las manos en los bolsillos —hábito que él recriminaba constantemente a sus estudiantes— y miró por la ventana de su despacho.

Abajo, los alumnos cruzaban Chapel Lawn camino de clase. Tenía las manos empapadas de sudor y el corazón todavía acelerado por la adrenalina, como le ocurría incesantemente desde el accidente.

Se apartó de la ventana y tomó asiento frente a su mesa. Había una pila creciente de papeles que requerían su atención y una lista de mensajes telefónicos pendientes de respuesta.

Se sacó el pañuelo para secarse la calva coronilla y suspiró hondo.

Existían unas cuantas situaciones potencialmente preocupantes a las que se enfrentaba un director a cargo de cientos de chicos y chicas adolescentes: drogas, acoso escolar y, en los internados mixtos de hoy en día, el fantasma imparable del sexo.

Durante los catorce años que llevaba como director del St Stephen’s, Robert había lidiado en mayor o menor medida con todas ellas.

Sin embargo, nada de todo eso era comparable con lo que había sucedido el viernes anterior. Esa era la peor pesadilla de un director: la muerte de un alumno a su cargo.

Si existía una manera de hacer trizas la repu­tación de un colegio, era esa. Los detalles de cómo había fallecido el muchacho eran casi irrelevantes. Robert podía visualizar perfectamente a todos los padres que se hallaran en ese momento buscando internados tachando el St Stephen’s de su lista.

Aun así, encontraba consuelo en el hecho de que el colegio hubiera sobrevivido más de cuatrocientos años, y al revisar los registros vio que esa clase de tragedia había sucedido con anterioridad. Tal vez los números se resintieran a corto plazo, pero seguro que con el tiempo lo ocurrido el viernes caería en el olvido.

La última muerte de un estudiante se remontaba a 1979. Habían encontrado su cuerpo sin vida en el trastero del sótano, donde se había ahorcado con una cuerda amarrada a un gancho del techo. El incidente había pasado ya a formar parte de la historia del colegio. A los chicos les encantaba perpetuar el mito de que el fantasma del muchacho habitaba en Fleat House.

El joven Rory Millar, sin ir más lejos, parecía un fantasma cuando fue hallado aporreando la puerta después de pasar la noche allí encerrado.

Charlie Cavendish, sin duda el autor de la gamberrada, lo había negado todo, como siempre, y, lo que era aún peor, lo había encontrado gracioso... Robert Jones se revolvió incómodo, deseando poder lamentar la muerte del joven y sintiendo que no podía.

Ese muchacho había sido un problema desde el momento en que puso los pies en el colegio. Y debido a su fallecimiento, el futuro de Robert era ahora incierto. A sus cincuenta y seis años, planeaba jubilarse dentro de cuatro con el cien por cien de la pensión. Si lo obligaban a dimitir, tendría muy pocas probabilidades de conseguir un puesto en otro centro.

La noche previa, en la reunión de urgencia de la junta de consejeros, había presentado su dimisión. Los consejeros, sin embargo, le habían mostrado su apoyo.

La muerte de Cavendish era un accidente..., causas naturales. Había muerto de un ataque epiléptico.

Esa era la única esperanza de Robert. Siempre y cuando el forense emitiera un informe de muerte por causas naturales y la cobertura mediática fuera mínima, existía la posibilidad de parar el golpe.

Pero, hasta que eso se confirmara, su repu­tación y su futuro pendían de un hilo. Habían prometido llamarlo esa misma mañana.

El teléfono que descansaba sobre la mesa sonó con estridencia. Pulsó el manos libres.

—¿Sí, Jenny?

—Le llaman de la oficina del forense.

—Pásemelo.

—¿Señor Jones?

—El mismo.

—Soy Malcolm Glenister, el director del servicio forense local. Quería hablarle de los resultados de la autopsia realizada ayer a Charlie Cavendish.

Robert tragó saliva.

—Por supuesto. Dígame.

—El médico forense ha concluido que Charlie no murió de un ataque epiléptico. Murió de un choque anafiláctico.

—Ya. —En un intento de aclararse la garganta, Robert tragó de nuevo—. ¿Y... cuál fue la causa?

—Como seguramente ya sepa, los informes médicos de Charlie muestran que era alérgico a la aspirina. Le encontraron seiscientos miligramos de esta en el torrente sanguíneo, lo que correspondería a dos comprimidos.

Robert tenía ahora la garganta demasiado seca para poder hablar.

—Aparte de restos de Epilim, el medicamento que Charlie tomaba a diario para controlar la epilepsia, y niveles de alcohol mínimos, el médico forense no encontró nada más. Charlie estaba totalmente sano.

Robert recuperó la voz.

—Si lo hubiesen encontrado antes, ¿habría sobrevivido?

—Si le hubiesen administrado un tratamiento de inmediato, lo más seguro es que sí. Sin embargo, las probabilidades de que fuera capaz de pedir ayuda durante los dos minutos que tardó en perder el conocimiento son prácticamente nulas. Es comprensible que nadie lo encontrase hasta el día siguiente.

Robert hizo una pausa mientras notaba que por sus venas corría una pequeña sensación de alivio.

—¿Qué ocurrirá ahora? —preguntó.

—Bueno, sabemos cómo murió. La pregunta es por qué. Sus padres han confirmado que Charlie sabía que era alérgico a la aspirina. Siempre lo ha sabido.

—Debió de ingerir los comprimidos por error. No hay otra explicación, ¿no cree?

—No es mi trabajo especular sin conocer todos los hechos, director, pero hay una o dos preguntas sin respuesta. Me temo que se llevará a cabo una investigación policial.

Robert sintió que empalidecía.

—Entiendo —dijo quedamente—. ¿De qué manera afectará eso al funcionamiento del colegio?

—Eso tendrá que hablarlo con el inspector a cargo de la investigación.

—¿Cuándo vendrá la policía?

—Yo diría que muy pronto. Le llamarán para concretar el día —dijo antes de despedirse y finalizar la llamada.

Sintiéndose mareado, Robert apagó el manos libres y realizó tres inspiraciones profundas.

Una investigación policial... Meneó la cabeza. Era la peor noticia posible.

De pronto cayó en la cuenta de algo: los últimos días solo había sido capaz de pensar en la repu­tación del colegio, pero, si la policía abría una investigación, quería decir que el forense no estaba seguro de que Cavendish se hubiese tomado las aspirinas por error.

«Santo Dios». ¿No estarían pensando que se trataba de un asesinato?

Robert volvió a menear la cabeza. Seguro que era una mera formalidad. Pensándolo bien, el padre de Charlie poseía la influencia necesaria para exigir que se realizara una investigación policial. Rememoró las incontables veces que había tenido a Cavendish de pie frente a su escritorio mirándolo con desenfado mientras él lo reprendía. Siempre se repetía la misma escena: Robert le recordaba que los tiempos en que los chicos eran utilizados como sirvientes habían quedado atrás y que no podía amenazarlos si no se prestaban a cooperar. Charlie aceptaba el castigo y seguía con su vida como si nada hubiese ocurrido.

Inicialmente aspirante a Eton, Charlie había suspendido el examen de ingreso. Desde el día que llegó al St Stephen’s dejó claro que consideraba el colegio, su director y sus compañeros inferiores a él. Su arrogancia era asombrosa.

Buscando inspiración, Robert contempló el retrato de lord Grenville Dudley, el fundador del colegio en el siglo XVI. A continuación, miró su reloj y advirtió que casi era la hora del almuerzo. Pulsó el botón del interfono.

—¿Sí, señor Jones?

—Jenny, ¿puede venir, por favor?

La silueta reconfortante de Jenny Colman cruzó la puerta segundos después. Jenny llevaba treinta años trabajando en el colegio, al principio como cocinera y luego, después de un curso de secretariado, como auxiliar en el departamento de administración. Cuando Robert llegó catorce años atrás y se encontró con que su secretaria estaba a punto de jubilarse, eligió a Jenny para reem­plazarla.

No había sido, ni de lejos, la candidata más sofisticada, pero a Robert le gustó su estilo sereno e inalterable, y sus conocimientos sobre el colegio habían sido inestimables mientras él se adaptaba a su puesto de director.

Todo el mundo en el colegio adoraba a Jenny, desde las limpiadoras hasta los consejeros. Conocía a todos los alumnos por su nombre y su lealtad al centro era incuestionable. Robert se preguntaba a menudo cómo se las apañaría sin Jenny cuando esta, tres años mayor que él, se jubilara. Ahora comprendió desolado que seguramente se marcharía antes que ella.

Jenny se había ausentado el último trimestre debido a una operación de cadera. Su sustituta había sido competente, y probablemente mucho más hábil en tecnología administrativa, pero Robert había echado de menos la presencia maternal de Jenny y se alegró de su vuelta. Bolígrafo y libreta en mano, Jenny instaló su rotunda figura en una silla frente a la mesa, con una expresión de profunda preocupación en el rostro.

—Tiene un color extraño, señor Jones. ¿Le traigo un vaso de agua? —Hablaba con un marcado acento de Norfolk.

Robert experimentó un deseo repentino de descansar la cabeza en el amplio pecho de Jenny y sentir el consuelo de sus brazos maternales.

—Era la oficina del forense —explicó, apartando la idea de la cabeza—. No son buenas noticias. Habrá una investigación policial.

Jenny enarcó sus pobladas cejas.

—¡No! Eso es imposible.

—Confiemos en que no se alargue demasiado. Tener a la policía husmeando será molesto y desestabilizador para todos.

—Y que lo diga —convino Jenny—. ¿Cree que querrán interrogarnos a todos?

—Lo ignoro, pero tendremos que avisar a todo el mundo. De un momento a otro me telefoneará un inspector. Sabré más cosas cuando haya hablado con él. No obstante, creo que convendría convocar una asamblea escolar en el salón de actos para mañana por la mañana a fin de advertirles a todos lo que va a pasar. ¿Puede ocuparse de organizarla?

—Por supuesto, señor Jones. Me pondré ahora mismo.

—Gracias, Jenny.

La secretaria se levantó.

—¿Ha telefoneado a David Millar? Esta mañana ha llamado otras tres veces.

Lo último que Robert necesitaba era un padre trastornado y alcohólico muerto de preocupación por su hijo.

—No.

—Anoche telefoneó varias veces y dejó el mensaje de que Rory sonaba muy disgustado por teléfono.

—Lo sé, ya me lo ha dicho. David Millar tendrá que esperar. En estos momentos tengo cosas más importantes en la cabeza.

El teléfono de la mesa sonó nuevamente. Jenny llegó primero y descolgó.

—Despacho del director.

Tras escuchar con atención, tapó el auricular con la palma de la mano y susurró:

—Un tal comisario Norton quiere hablar con usted.

—Gracias. —Robert aceptó el auricular y esperó a que Jenny se marchara—. Le habla el director.

—Director, soy el comisario Norton, del DIC, el Departamento de Investigaciones Criminales. Imagino que conoce el motivo de mi llamada.

—Sí.

—Pensé que era mi deber avisarle de que voy a enviar a un par de inspectores a su colegio para investigar la muerte de Charlie Cavendish.

—Sí, sí, claro. —Robert Jones no supo qué más decir.

—Llegarán mañana por la mañana.

—¿De dónde?

—De Londres.

—¿Londres?

—Sí. Han asignado el caso a Operaciones Especiales del DIC. Trabajaremos conjuntamente con la policía de Norfolk.

—Entiendo que tiene que hacer su trabajo, comisario, pero, como puede comprender, me preocupa el trastorno que eso supondrá para el colegio, por no mencionar el factor pánico.

—Mis colegas tienen mucha experiencia en dirigir casos como este, director. Estoy seguro de que manejarán la situación con tacto y sabrán aconsejarle sobre cómo tratar con el personal y los alumnos.

—Sí. En cualquier caso, me disponía a convocar una asamblea escolar para mañana por la mañana.

—Excelente idea. Eso le dará a mi equipo la oportunidad de informar al colegio y puede que de tranquilizarlos sobre nuestra presencia.

—Así lo haré, entonces.

—Bien.

—¿Puede darme los nombres de los inspectores que enviará?

El comisario hizo una pausa antes de responder.

—Todavía no estoy seguro, pero se lo comunicaré antes de que finalice el día. Gracias por su tiempo.

—Gracias, comisario. Adiós.

«¿Gracias por qué?», se preguntó Robert cuando colgaba. Hundió la cabeza en las manos.

—Dios mío —murmuró.

Esos polis iban a hurgar en el pasado de todo el mundo..., en sus vidas privadas... A saber lo que podrían sacar a relucir. Él mismo podría convertirse en sospechoso...

El número de alumnos había descendido a lo largo de los últimos tres años. La competencia hoy en día era enorme y esto era lo último que necesitaba el colegio. O, pensó egoístamente mientras levantaba el auricular para telefonear al jefe de los consejeros, lo último que él necesitaba.

2

Jazmine Hunter-Coughlin —Jazz para los amigos, inspectora Hunter para sus antiguos compañeros de trabajo— descorrió las cortinas y miró por la pequeña ventana de su dormitorio. Las vistas eran limitadas, pues el vaho desdibujaba el paisaje de las ma­rismas Salthouse y, más allá, el severo mar del Norte. Automáticamente, trazó sus iniciales en el vidrio, como hacía de niña, examinó unos instantes las letras JHC y borró la C con un manotazo firme.

Echó un vistazo a las numerosas cajas de cartón desparramadas por el suelo de su cuarto. Se había mudado hacía tres días, pero, aparte de desempaquetar lo imprescindible, como el pijama, la tetera y el jabón, el resto seguía intacto.

La casita era lo opuesto al piso minimalista de paredes blancas de los Docklands que había compartido con su exmarido. Y le encantaba. Por lo general amante del orden de una manera casi patológica, su renuencia a desembalar se debía al hecho de que la casita iba a experimentar serias reformas durante las semanas venideras. Tenía cita con el fontanero la semana próxima para instalar la calefacción central, el carpintero vendría al día siguiente para medir los módulos de la cocina y había dejado mensajes a un par de pintores de la zona.

Jazz esperaba que en un par de meses Marsh Cottage fuera tan acogedora por dentro como prometía por fuera.

Lucía el sol y decidió darse un paseo por las marismas hasta el mar. Se puso las botas y el Barbour, abrió la puerta y salió aspirando el vigorizante aire fresco del océano.

Su casa estaba situada en la carretera de la costa que separaba el pueblo de las marismas y el mar. En verano, la carretera se llenaba de turistas que accedían a través de ella a las playas y los pueblos costeros de North Norfolk, pero ese día, a finales de enero, estaba desierta.

Sintió un pequeño estremecimiento de satisfacción al contemplar el paisaje. La planicie y la ausencia de árboles ofrecían una imagen desoladora e inhóspita, pero Jazz adoraba su crudeza. No había nada bello en el paisaje, nada que interrumpiera la austeridad de un horizonte que se extendía a lo largo de kilómetros a ambos lados. La elegancia sencilla de la remota curvatura de la tierra con el mar y la pura vastedad de la vista conectaban con su naturaleza sobria.

Al cruzar la carretera vislumbró con el rabillo del ojo a un hombre que salía de la oficina de correos, situada a unos cincuenta metros. Alcanzó la hierba áspera y pantanosa del otro lado de la carretera y estaba concentrada en el reconfortante chapoteo del agua bajo sus pies cuando creyó oír a alguien gritar su nombre.

Ignorándolo como ignoraba los chillidos de los zarapitos que se habían congregado en círcu­lo a su derecha, siguió subiendo la cuesta, la única protección de la que gozaba la casa para no inundarse: un punto polémico cuando solicitó la hipoteca.

—¡Jazmine! ¡Inspectora Hunter! ¡Espere, por favor!

Esta vez no había duda. Jazz se detuvo y se volvió hacia la carretera.

«¡Maldita sea! ¿Qué demonios hace aquí?». Consternada, desanduvo sus pasos. Se paró a unos metros de él, obsequiándole con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Hola, inspectora Hunter.

—¿Qué hace aquí, señor?

—Yo también me alegro de verla —dijo Norton tendiéndole la mano.

—Lo siento —suspiró ella al fin, acercándose y estrechándosela—, no esperaba verlo aquí, eso es todo.

—No se preocupe. Y ahora, ¿piensa invitarme a entrar antes de que muera congelado dentro de este traje delgaducho?

—Sí, claro, pase.

Una vez dentro, Jazz instaló a Norton en el sofá y avivó el fuego. Preparó café y se sentó en una de las sillas de madera del comedor.

—Tiene una casa muy bonita —dijo él—. Y muy acogedora.

—Gracias —dijo ella—. A mí me gusta.

Se hizo un silencio incómodo.

—Cuénteme, Jazmine, ¿cómo está?

Se le hacía extraño oír a Norton llamarla por su nombre de pila. Subrayaba hasta qué punto había cambiado su vida en los últimos meses, pero también le sonaba paternalista.

—Estoy bien.

—Tiene... mejor aspecto. No está tan pálida como la última vez que la vi.

—Sí, en Italia hace calor incluso en invierno. —Otro silencio. Jazz deseó que Norton fuera al grano—. ¿Cómo sabía que estaba aquí? —preguntó al fin, reacia a ser ella la que echara el balón a rodar—. Solo hace tres días que me he mudado.

Norton soltó una risita.

—Me sorprende que me lo pregunte habiendo trabajado en Scotland Yard, aunque hasta nuestro ordenador fue incapaz de encontrar el veintinueve de Salthouse Road. Cuando llegué aquí y vi que no había números en las puertas, pregunté en la oficina de correos.

—Ah —dijo Jazz.

—¿Por qué aquí? —preguntó él.

—Porque aquí pasaba las vacaciones de niña, supongo. Siempre me ha gustado Norfolk y me pareció un lugar tan bueno como cualquier otro. Cerca de mis padres, además.

—Sí, claro.

Otra pausa.

—Bien —prosiguió Norton, súbitamente eficiente, percibiendo su impaciencia—, imagino que querrá saber por qué he hecho más de ciento cincuenta kilómetros para verla una mañana gélida de enero. La llamé al móvil, pero por lo visto lo ha cancelado.

—Me lo dejé cuando fui a Italia y al volver decidí que no lo necesitaba.

Norton asintió.

—Tampoco sirve de mucho en North Norfolk. El mío está sin cobertura desde Norwich. En fin, la razón por la que estoy aquí... es que quiero que vuelva al trabajo.

Jazz tardó en responder.

—Pensaba que había sido clara al respecto —dijo con calma.

—Así es, pero de eso hace siete meses. Se ha tomado un tiempo sabático, se ha divorciado, ha encontrado un lugar donde vivir...

—Que no tengo intención de dejar para volver a Londres —lo interrumpió secamente Jazz.

—No lo dudo. —Norton permaneció impertérrito.

—Además, ¿cómo podría volver? ¿Qué le hace pensar que quiero volver?

—Jazmine, le ruego que por un minuto abandone su actitud defensiva y me escuche. —La voz del comisario se había endurecido de golpe.

—Lo siento, señor, pero seguro que entiende que no me apetezca revisitar el pasado. —Jazz sabía que su conducta era hostil, pero no podía evitarlo.

—Lo entiendo... —Norton levantó la vista—. Lo que quiero saber es por qué está tan enfadada conmigo. Yo no la engañé.

—Eso es un golpe bajo, señor.

—Bueno —Norton se miró sus uñas impecables—. Quizá pensó que sí lo hice.

—Señor, acepto que usted no pudiera hacer nada con respecto a mi marido. En cualquier caso, para entonces ya estaba desencantada y...

—Aquello fue la gota que colmó el vaso. —Norton bebió un sorbo de café y la miró—. Jazmine, ¿tiene idea de cuánto cuesta reclutar y formar a un inspector?

—No.

—Si le dijera que con ese dinero se podría comprar otra casa...

—¿Quiere hacerme sentir culpable?

—Si funciona, sí. —Norton acertó a esbozar una media sonrisa—. Ni siquiera me dio la oportunidad de hablar con usted. En menos de una semana pasó de estar en su mesa a salir disparada a Italia.

—No tenía elección.

—Eso dice. Confiaba en que la buena relación laboral que habíamos forjado le hiciera sentir que podía hablar conmigo, eso es todo. Si hubiésemos llegado a la conclusión de que su dimisión era la única alternativa, no me habría interpuesto en su camino. En lugar de eso..., huyó sin más, sin presentar siquiera un informe.

El semblante de Jazz permaneció impasible.

—Oh. ¿Para eso ha venido entonces? ¿Para pedirme un informe?

Norton dejó ir un pequeño suspiro de frustración.

—Vamos, Jazmine, estoy poniendo todo de mi parte. Se está comportando como una adolescente rebelde. El caso es que, técnicamente, sigue siendo nuestra empleada.

Norton sacó un sobre del bolsillo superior interno de su americana y lo empujó hacia ella.

—¿Qué es? —murmuró Jazz arrugando la frente.

Dentro del sobre había nóminas, correspondencia relacionada con la cuenta que Jazz había compartido con Patrick y los extractos mensuales que seguían llegando a su antiguo hogar y que, evidentemente, ella no había visto. El sobre también contenía la carta de dimisión que había escrito deprisa y corriendo en el aeropuerto y enviado antes de subirse al avión con destino a Pisa.

—No fue una marcha muy... profesional que digamos, ¿no cree?

—Supongo que no, aunque no veo qué importancia puede tener eso ahora. —Jazz devolvió la carta al sobre y se la tendió—. Aquí la tiene, señor. Le presento oficialmente mi dimisión. ¿Le sirve?

—Si es lo que quiere, sí. Oiga, Jazmine, la entiendo, sé que se sentía decepcionada y desmoralizada y que su vida personal estaba hecha trizas. Seguramente necesitaba tiempo para reflexionar...

—¡Exacto! Lo ha resumido muy bien, señor. —Jazz asintió con vehemencia.

—Y como estaba enfadada y resentida, actuó de acuerdo con su instinto, que en aquel momento le decía que huyera. Pero también estaba ofuscada. ¿Es consciente de eso?

Jazz no contestó.

—Y —prosiguió Norton— como estaba ofuscada tomó una decisión en caliente, sin pararse a reflexionar, una decisión que, además de echar por tierra una carrera prometedora, hizo que yo perdiera a uno de mis mejores agentes. Oiga —dijo sonriendo apaciblemente—, no soy ningún idiota, sabía lo que estaba pasando. Debió de ser terrible para usted descubrir lo de su marido, sobre todo porque fue prácticamente la última en enterarse.

Silencio.

Norton suspiró.

—Todo vuelve siempre a lo mismo: las relaciones en el trabajo son peligrosas, especialmente haciendo lo que hacemos. Así se lo comuniqué al inspector jefe Coughlin cuando me dijo que ustedes dos querían casarse.

Jazz levantó la vista.

—¿En serio? Patrick me dijo que contábamos con su aprobación.

—En realidad le propuse que uno de los dos fuera transferido a otra división para que al menos no estuvieran tropezando a cada momento el uno con el otro. Me suplicó que la dejara quedarse. Así que, en lugar de perderlos a los dos, decidí darles una oportunidad, muy a mi pesar, debo añadir.

—Eh, ¿ha dicho «inspector jefe», señor?

—Sí. Su exmarido acaba de ser ascendido.

—No se moleste en transmitirle mi enhorabuena.

—Descuide.

Mientras lo observaba, Jazz pensó en lo fuera de lugar que parecía Norton dentro de su traje de Savile Row y sus largas piernas dobladas casi hasta el pecho en el bajo sofá.

—¿Usted lo sabía, señor? ¿Lo de Patrick y... ella?

—Me habían llegado rumores, pero no podía inmiscuirme. Si le sirve de consuelo, ella solicitó el traslado a Paddington Green a las dos semanas de su marcha. Sabía que no podía competir con usted. El equipo al completo le hizo el vacío sin contemplaciones. Usted era muy popular, ¿sabe? Todo el mundo la echa de menos.

Norton esbozó una sonrisa amplia que dejó al descubierto una dentadura blanca y fuerte. Con su mata de pelo negro, las sienes encanecidas y las gafas de leer descansando sobre la punta de la nariz, Jazz no pudo evitar pensar que la edad no hacía sino acentuar la dignidad del comisario.

—Vaya, me alegra saber eso, supongo. En cualquier caso, lo que Patrick y su querida agente hagan ahora es asunto de ellos. Ha dejado de interesarme. Aun así —añadió Jazz—, adviértale que, al menor indicio de competencia, Patrick le clavará un cuchillo por la espalda.

—No lo dudo. Su exmarido es un policía excepcional, pero despiadadamente ambicioso. Si algo no soportaba era una esposa que pudiera hacerle sombra. Yo sabía lo que pretendía al desautorizarla y menospreciarla de manera constante, pero como usted nunca acudía a mí no podía hacer nada al respecto.

—Era una situación imposible. Se trataba de mi marido.

—Lo acepto. En cualquier caso, si consigue mantener la cremallera de su pantalón cerrada, me atrevo a decir que verá cumplidas sus aspiraciones.

—Puede tirarse al departamento entero si quiere, me da exactamente igual.

—Así se habla —respondió Norton alentándola—. Entonces ¿está segura de que quiere que me lleve esta carta? Si me la llevo, se hará oficial. —Agitó el sobre.

—Estoy segura.

—Bien, inspectora Hunter —dijo Norton, repentinamente formal—. Después de haber tenido la oportunidad de hablar de la situación con usted, ha dejado bien claro que está decidida a abandonar el cuerpo. Me llevaré esta carta y regresaré a Londres con el rabo firmemente entre las piernas sin mencionarle las demás opciones que tenía en mente.

La imagen de Norton con el rabo entre las piernas la hizo sonreír. Jazz enarcó las cejas y suspiró.

—Adelante, ya que ha venido hasta aquí, no pierde nada por contármelas.

—Lo crea o no, hay otras divisiones en el DIC. Podría haberle propuesto el traslado a una de ellas.

—¿A la de Paddington Green, quizá? ¿Para que pueda mantener conversaciones íntimas con la amante de mi exmarido?

—Voy a ignorar su comentario infantil, pero eso me lleva adonde quería llegar. La cuestión es, si dimitió para no tener que ver a Patrick o porque ya no quería formar parte del cuerpo de policía.

—Por ambas razones —respondió ella con franqueza.

—Vale, lo plantearé de otro modo: aquí está usted, una agente del DIC de treinta y cuatro años altamente cualificada, viviendo en un pueblo perdido de Norfolk como una vieja solterona. ¿A qué diantres piensa dedicarse?

—A pintar.

Norton levantó las cejas.

—¿A pintar? Ya veo. ¿Profesionalmente, quiere decir?

—Quién sabe. Si no hubiese ingresado en el cuerpo, mi intención era matricularme en el Royal College of Art después de terminar mis estudios en Cambridge. Tenía una plaza en el curso introductorio.

—¿En serio? —Norton se mostró sorprendido—. Tal vez provenga de ahí su ojo para el detalle.

—Puede, pero, en cualquier caso, ese es mi plan. Voy a transformar el cobertizo en un estudio de pintura. Aún me queda dinero de la venta del apartamento para vivir un tiempo. Además, hay un curso en la Universidad de East Anglia que podría hacer el año que viene.

—«Reconozco» que este no es un mal lugar para redescubrir su lado creativo —convino Norton.

—«Redescubrir» es la palabra justa, señor —dijo Jazz con vehemencia—. El cuerpo de policía se adueñó de mí. Había perdido de vista la persona que era antes de eso.

—Hummm. —Norton asintió—. La comprendo, pero parece que la ha encontrado de nuevo. Tengo la impresión de que ha recuperado su espíritu de lucha.

—Así es.

—Oiga. —Recobrando la seriedad, Norton suspiró—. ¿Cuánto tiempo piensa seguir huyendo? Yo no creo que fuera el cuerpo lo que acabó con usted, sino un hombre que estaba decidido a minarle la confianza a cada oportunidad. Estuve observándola, Jazmine. Usted se viene arriba con la adrenalina. Es una inspectora excepcional, y no soy el único que lo piensa.

—Es... es usted muy amable, señor.

—No soy amable, es la verdad. Y me molesta ver a alguien de su talento tirar la toalla únicamente porque su matrimonio no funcionó. La he visto luchar contra el machismo un día sí y otro también durante años. ¿Realmente va a dejar que gane Patrick?

Jazz guardó silencio y clavó la mirada en la alfombra.

—Ahora preste atención —continuó el comisario—. Yendo al grano, ha surgido algo. ¿Qué pensaría si le dijera que tengo un caso a solo unos kilómetros de aquí?

—¿Un caso aquí, en Norfolk? ¿Por qué?

—Se ha producido un incidente en el internado situado a las afueras de Foltesham. El sábado pasado por la mañana encontraron a un alumno muerto en su cuarto. Me llamaron porque es el hijo de un abogado que acaba de conseguir la extradición al Reino Unido de dos terroristas importantes. Me han pedido que envíe a gente al internado para verificar que no se trata de un crimen.

Norton clavó la mirada en los ojos verde claro de Jazmine y percibió un leve parpadeo de excitación.

—¿Se lo pidió el padre?

—La llamada procedía, de hecho, del comisario. Como bien sabe, la policía metropolitana no se implicaría en algo así, pero...

—Es lo que tiene contar con amigos en las altas esferas. —Jazz sonrió mientras terminaba la frase por él.

—Exacto.

—¿Cómo murió el chico?

—Era epiléptico. Los paramédicos que llegaron a la escena dijeron que el cuerpo presentaba todas las características de un ataque de epilepsia. Sin embargo, el padre insistió en que le hicieran una autopsia. El forense me llamó esta mañana y parece que podría haber algo más de lo que parece a primera vista.

—¿Como qué?

—No puedo decirle más hasta que me diga si está interesada o no.

Ambos sabían que lo estaba.

—Tal vez lo esté, siempre y cuando pueda llegar a casa a tiempo para pintar la próxima Mona Lisa —respondió despreocupadamente Jazz.

—Le enviaré al sargento Miles para que le eche una mano. —Los ojos de Norton chispearon.

—Deme un día para pensármelo, señor.

—Me temo que no hay tiempo. La necesito en el caso a partir de ya. Tiene una cita con la madre del muchacho a las dos de la tarde. Vive a una hora y media de aquí. Eso significa... —dijo Norton mirando su reloj— que dispone aproximadamente de una hora para decidirse. De lo contrario, tendré que enviar a otro agente. Aquí tiene el informe.

Norton le tendió un sobre grueso de color marrón.

Jazz lo miró impotente.

—¿Una hora?

—Una hora. Parece que va a tener que tomar otra de sus famosas decisiones en el calor del momento, inspectora Hunter. Repasando su carrera, yo diría que siempre han sido acertadas, exceptuando la de largarse sin más, claro. —Norton consultó la hora—. Dije que estaría de vuelta a las dos para una reunión y estas carreteras rurales son una pesadilla.

Se levantó y, superando a Jazz en estatura con su metro ochenta y ocho, rozó el techo con la coronilla.

—Si no acepto, ¿qué hago con esto? —Jazz señaló la carpeta.

—Quémela en ese triste fuego suyo. Parece que no le iría mal un poco de combustible. Bien, me voy. —Norton le estrechó la mano—. Gracias por el café. —Al llegar a la puerta, se volvió hacia Jazz—. No habría hecho el viaje hasta Norfolk por cualquiera, inspectora Hunter. Y puedo asegurarle que no volveré a arrodillarme. Llámeme antes de las doce. Hasta pronto.

—Adiós, señor —dijo Jazz—. Y gracias..., creo —murmuró.

3

David Millar caminaba de un lado a otro en la pequeña y desordenada cocina. Presa de un ataque de furia, agarró una botella de leche y la lanzó contra la pared con todas sus fuerzas. La botella rebotó y cayó estrepitosamente en el suelo de linóleo, pero, para su exasperación, no se rompió.

—¡Dios! —gritó.

Se puso en cuclillas y hundió la cabeza entre las manos. Respiraba entrecortadamente y las lágrimas le aguijoneaban los párpados.

—¿Qué demonios he hecho? —gimió al tiempo que se levantaba con dificultad, pasaba bajo un arco que separaba la cocina del salón y se derrumbaba en el sofá.

Desesperado, intentó hacer los ejercicios que le había enseñado su terapeuta. Mientras respiraba despacio, concentrándose en cada espiración, la rabia fue amainando. Abrió los ojos y su mirada tropezó con la fotografía en la que salía él junto a Angelina y Rory, la familia sonriente y feliz de hacía tres años.

Rememoró el día en que se la hicieron. Una tarde calurosa de julio, en la que el sol caía lentamente sobre la campiña de Norfolk mientras, sentados en el jardín, comían de la humeante barbacoa.

Todo era perfecto en aquel entonces. Todo. Una mujer bella, un hijo precioso, una vida nueva. Lo que siempre había soñado.

David había nacido ahí, había pasado sus primeros cinco años de vida en un pueblecito cercano a Aylsham, y después había disfrutado de sus vacaciones escolares en la costa. Así pues, cuando Angelina y él hablaron seriamente de escapar de Londres, Norfolk les pareció la elección perfecta.

Habían comprado una bonita casa rural a ocho kilómetros de Foltesham e invertido gran cantidad de tiempo, esfuerzo y dinero en su renovación. Angelina disfrutaba enormemente eligiendo las cortinas y el papel de las paredes. Era feliz, o por lo menos lo parecía. Rory se había adaptado bien al St Stephen’s, muy diferente de su colegio de Londres, que apenas contaba con dos agobiantes metros de patio y estaba envuelto por el aire asfixiante de la ciudad. Había sido fantástico ver cómo su hijo se aclimataba a la vida de campo, cómo sus mejillas adquirían color y su menudo cuerpo ganaba peso.

El único inconveniente era el largo trayecto que David tenía que hacer a diario hasta su mesa en la City, pero ni siquiera eso le molestaba. Habría hecho cualquier cosa por que Angelina y Rory fueran felices.

También Angelina había florecido, zambulléndose en su nueva vida y entablando amistad con el grupo de madres con las que coincidía en el aparcamiento del colegio. Muchas habían escapado, como ella, de la esclavitud de Londres en busca de una vida mejor en el campo.

Nunca había estado tan ocupada. Los clubes de lectura, el AMPA, las comidas de mujeres y las clases de tenis llenaban los largos días mientras David estaba en el trabajo. Invitaba a cenar a parejas con las que tenían algún tipo de afinidad y estas luego devolvían el favor, de manera que la vida social de Angelina y David se fue volviendo cada vez más activa.

Cuando asistían a las cenas, David era consciente de que las casas de sus nuevos amigos solían ser más elegantes que la suya. Las mujeres hablaban de ropa de diseño, d

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos