Hilos de sangre

Gonzalo Torné

Fragmento

1. TODO LO QUE VOSOTROS IBAIS A DECIR SOBRE MÍ

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TODO LO QUE VOSOTROS IBAIS

A DECIR SOBRE MÍ

Querida hermana:

No empezaré disimulando: como preveías, he recibido la noticia sobre tu propósito de divorciarte con alarma. De este absurdo proyecto tuyo lo único que parece sensato es la idea de buscarte una vía de escape concreta cuando te decidas a salir de casa de Joan-Marc. Te complace tanto la imagen que proyecta el plan que te olvidas de emprender las acciones prácticas más inmediatas. Me figuro que ni siquiera –quiero dar por seguro que lo de convertirte en mi concuñada no es más que una ocurrencia– has evaluado las dificultades. En caso de que ya no haya vuelta atrás, te recomiendo que encauces cuanto antes la nebulosa fantasía de otro hombre en un varón concreto.

Tampoco quiero interrumpir el trazo de tu felicidad, eres tú la que me pides consejo, así que ahí lo tienes: quédate en la aburrida casa de tu marido y búscate el nervio de la vida, el estímulo afectivo y sexual, fuera de esas habitaciones. La gente se arregla bien así, sin necesidad de recurrir a los escándalos y a las fugas.

Si de verdad estuvieses enamorada de otro no tendrías que echar mano de estos quiebros retóricos para largarte. Me temo que aquí no hay ningún Indiana Jones a la vuelta de la esquina ni más garantía de que lo vayas a encontrar ahora que hace cinco años cuando escogiste con tan poco tino a la persona con la que ibas a encarnar la mejor decisión que nunca has tomado: casarte. Después de media docena de conversaciones –infructuosas– para convencerte de lo inadecuado de ese sujeto, no pretendo convertirme ahora en su defensor. Diluyamos sus características personales en el papel de marido. Si se trata de tu matrimonio, lo importante es que te procura estabilidad, orden, una posición definida, tranquilidad, acota tu tendencia a la dispersión. La institución lo hace casi todo por él, y te beneficia.

La trampa de la aritmética vital es que el saldo nunca es cero, siempre queda un remanente de desilusión. No es sensato esperar, qué se yo: una fiesta continua, sentirse a cada minuto agradecido por quedarse en el mismo sitio. Si te librases de ese idealismo infantil que te desenfoca la mirada quizás tú también alcanzarías a ver que lo que te propones es volver a salir, más desencantada, al caos y a la agitación de antes. A la caza y al tatami. Ya sé que existen casos de readaptaciones en edad avanzada, pero sólo los incautos se encomiendan a la guía benéfica del azar.

¿Y si reconsideras con prudencia lo que pretendes en el contexto de lo que ya has logrado? ¿Qué esperas ahora? ¿Quieres tener hijos y una confortable vida familiar? ¿Quieres vivir en Londres y seguir viéndote con muchachitas? ¿Quieres un trabajo de ocho horas? ¿Quieres ocupar un estudio, vivir rodeada de gente? ¿Escribir? ¿Tener hijos?

Tienes treinta y tres años, los problemas se están volviendo más duros y urgentes, toleran peor esta clase de experimentos lúdicos. Lo que te propones es una imprudencia. Si abres la puerta y te arrojas a la intemperie, ¿dónde vas a caer?

Con franqueza, Clara, a menos que estés ocultando con todo este asunto de la fuga y las maletas una crisis más seria, Joan-Marc no debería ocupar el papel desmesurado que le otorgas. Los maridos se burlan, se ignoran, se eluden, y tu casa es lo bastante grande para no tener que cruzaros más allá de lo imprescindible. Y como darte a estas alturas recomendaciones para gestionar las exigencias maritales me parecería presuntuoso, ya me callo.

Un beso,

Álvaro

Salí del ambulatorio de Sant Pau y me llevé la mano al bolsillo, me había dejado la llave en casa, junto al móvil. Rebusqué en el bolso y abrí y cerré varias veces el resto de cremalleras, sólo encontré, suelta, la del portal. Debí de salir más alterada de lo que creí. Por supuesto, no llevaba dinero, casi bendije a Joan-Marc por ofrecerse a recogerme. Las campanas me dieron una idea de la hora que era, de cómo nos había entretenido el médico de urgencias, de cuánto hacía que Joan-Marc debería estar aquí, esperándome.

Había oscurecido y ni siquiera sabía si lo encontraría en casa. No me atrevía a parar un taxi. Llevaba una hora andando cuando a la altura de la Diagonal (desierta) las ráfagas de aire amenazaron con darle la vuelta a la tela del paraguas. Me dio por reír. En intervalos de unos cinco minutos cruzaban coches particulares en sentido contrario a mi marcha, en dirección al centro.

Supongo que me puse en lo peor y estuve cinco minutos llamando al interfono para que le diese tiempo de prepararse, empecé a impacientarme mientras se cerraba la puerta del ascensor.

Iba a dar la segunda vuelta a la llave, la puerta cedió antes, estaba en casa, sentí algo de alivio, me iba a escuchar, esta vez no iba a encontrar una excusa lo bastante buena.

Me encontré a Joan-Marc en el comedor, encaramado a la butaca (ningún ruido, llevaba allí arriba desde antes que entrase) con una bolsa llena de carne congelada sobre el lado izquierdo de la cara. Le busqué los pies con la mirada, un mordisco de alivio me confirmó que se había descalzado.

–No es tan extravagante como parece, Gato. No puedo sentarme. Me duele la espalda.

Ni siquiera se le ocurrió disculparse. Ni siquiera tenía presente de dónde venía yo, y menos todavía a lo que se había comprometido conmigo. Yo también me quité las botas, me dolían los dedos del pie izquierdo, no vi que se abriese ninguna ranura para exponer mi disgusto, su relato pasaría por delante del mío como una exhalación, estaba furioso, iba a soltar los búfalos salvajes en nuestro comedor.

–Te lo advierto, Clara: no estoy para reproches. No me importa que Bodel sea el amigo del alma de tu hermano ni que la lengua se le sostenga atada al extremo de un palo que alguien le metió de niño por el culo. Se la jugó conmigo y perdió, eso es todo, resumen, final de la historia. No aceptaré atenuantes. Pisó donde no debía y recibió su merecido y punto. No hay nada más que hablar. Está todo dicho.

Cuando media hora después se avino a bajar de la butaca, se estiró boca abajo sobre una esterilla, y retiró la bolsa de la piel para enseñarme la herida me asusté.

–Un simple cabezazo. No me gusta pegar con los puños, si empujas el tabique hacia arriba puedes destrozar los nervios cerebrales, es un asco, sobre todo si te caen quince años. Le rompí la ceja con la cabeza, que escriba un poema con eso. ¿No dices que los escritores reconocen el lado interesante en cuanto lo ven? Pues que pruebe con mi tuber frontales. Entre tú y yo, Gato. ¿Qué clase de trabajo tiene? Dame ocho horas y me planto en el Pacífico, dentro de diez años nos insertarán chips en el cerebro para accionar con un movimiento del pensamiento el aire acondicionado treinta minutos antes de llegar a casa, y ese tío se dedica a las poesías. Gardenias, gaviotas, chopos. Platero es suave y redondo. En eso invierte la universidad mis impuestos. Suponiendo que un día diese con un lector suyo que no estuviese secuestrado por un lazo familiar me gustaría decirle que les engaña cuando les hace creer que es un alma delicada; a tu amigo Bodel se le pudre un escroto donde se supone que los ventrículos deberían sostenerle el corazón. «Escribe un poema con esto, mister», eso es lo que debí decirle, sí, eso fue lo que le dije.

Una hora después de que lo dejase solo en casa se hizo café y té, no terminaba de decidir qué tomar. Pensó en prepararse una copa y descubrió que le daba palo beber solo y que a esa hora el Loop estaría en plena ebullición. Hizo un par de llamadas, apagó su sesión en el ordenador, se vistió con unos tejanos y una camisa y se fue en taxi al Eixample. Desde el suelo Joan-Marc se dio una pausa para respirar, iba para largo, así que me acomodé entre dos cojines manchados de café dispuesta a ver cómo continuaba la historieta que dejaría a mi marido de pie sobre los quejumbrosos muelles de la butaca.

–Para qué engañarte, la noche iba de miedo, fue llegar al Loop y que se terminaran las paranoias. Quedaban unos atontados cenando pero la mayoría bailaban suave y vaciaban copas. Te imaginé entrando con los tejanos y la camisa color sangre que te regalé y casi me enfado contigo por no estar allí. No vi a ningún conocido, así que busqué con el bluetooth del móvil y le mandé un toque a Izzy, le tengo aprecio, ya sabes lo bien que me cae, le dejo que me llame marqués si eso le divierte, no me hace ningún daño, no es ningún pipiolo, ha ido a los bares correctos, sabe de qué va la noche y tuvo el buen ojo de abrir un restaurante de calidad rodeado de pistas de baile. ¿No te hacen las uñas y te sirven sushi de fusión en la peluquería que han abierto dos calles atrás? La idea estaba en el aire, pero fue Izzy el que se mojó, el planeta es de los listos y no tengo nada en contra si beneficia a un hombre de talla. Cuando tratabas de convencerme de que fuéramos al Loop recitándome la tabla redonda de los esnobs, debiste empezar por Izzy, nos habríamos ahorrado dos meses de discusiones, es la pepita dorada del local; salió de la cocina para saludarme y no lo hizo por cortesía, no fue una pantomima, me invitó a una copa y le pagó otra a la uruguaya pasilarga, uno de esos cuadros a los que favorece mirar de lejos, se le fue la mano inyectándose el cóctel de vitaminas; olvídate del Facebook, Gato, si quieres un síntoma de la transformación de las costumbres sociales averigua cuándo se convirtió en un rasgo atractivo simular con ayuda de la química los efectos de una parálisis facial. Le envié un par de fotos nuestras de móvil a móvil para detener su avance y darle una oportunidad a Izzy. No es sólo lo mucho que te quiero, ya estuve casado con una americana salvaje y la próxima vez que me divorcie espero pasar por el juzgado antes que por la comisaría. Así que hablamos de caballos, la uruguaya me contó que había montado purasangres, pero se veía de lejos que por mucho campo que tengan ahí abajo sólo se había subido a la grupa de un cuarto de milla. Lo creas o no esta vez no dediqué más de cinco minutos a resumir mis hazañas como maestro del backhander, estaba concentrado en poner a Izzy al día de las ventajas de una buena alimentación macrobiótica.

Me cubrí los labios y tuve que recurrir a mis genes más severos para contener el brote de risa que me ardía en el estómago. Conocía demasiado bien a Joan-Marc cuando se decide a cambiar la perspectiva de sus amigos con ideas que leyó la tarde anterior, por encima, en una revista divulgativa, como si de ello dependiese la supervivencia de un porcentaje intimidatorio de la humanidad. Podía imaginarlo gesticulando, metido en su papel de predicador y necesité otro esfuerzo para no dejarme vencer por el lado cómico de su vehemencia. No quería ceder tan pronto.

–Relaja esa cara, no soporto ver esos ojitos trabajando encima de mí en busca de defectos, cuando termine de hablar podrás formarte una opinión ecuánime. Ahora me ves como un agresor y ésa es una idea terrible que lo distorsiona todo y si piensas que apabullé a Izzy también te equivocas. ¿No me dedico a vender? Conozco a la gente, estoy en vanguardia de la psicología aplicada. A un tío como Izzy no puedes irle con los sufrimientos de los animales, el truco es ser gradual, ésa es la palabra clave, hay que dejar la lección ética para cuando le hayas metido por la oreja los beneficios materiales. A un buen fisonomista no se le escapa que Izzy es la clase de hombre al que si le sirves de cena una zanahoria al vapor se acostará llorando, así que di el golpe maestro en el momento preciso: nadie pasa hambre en los restaurantes vegetarianos, la comida sale por las orejas, lo de las raciones ínfimas y las lechugas ateridas es un efecto de la propaganda enemiga. Lo tenía ya blandito cuando me rebasó el camarero con el cuerpo del crimen. No vayas a creer que era sólo carne, he masticado suficientes cadáveres durante demasiados años para pretender que mi conversión arrastre a la humanidad en bloque, acepto convivir con los rezagados. En la bandeja flotaba un cangrejo vivo hirviéndose en caldo, un pobre bicho con su sistema nervioso al rojo y al que habían resquebrajado la coraza de las patas para que el jugo penetrase bien en la carne. Y adivina quiénes estaban allí sentados: tu concuñado, ese Diego Comosellame, y delante de él, mojando pan tostado en una salsa pornográfica, la Tarántula del Ensanche, el sacerdote del pareado, suave, esponjoso, Bodel.

Casi oí la música presagiando el susto inminente y traté de llevarme las manos a los ojos, sabía que no iba a frenarlo así, fuese lo que fuese, ya había ocurrido.

–No fue un acto impulsivo, sé que tu poeta va por ahí hablando de mí, sé en qué ciudad vivo, una comunidad sin peso real que se desvive por los aderezos picantes del quién se acuesta con quién, por añadir algo de sarna a las fotografías de los vecinos. Todo quisque se echa sus horitas en despachos y oficinas, pero es sólo un interludio de la actividad propiamente dicha, la amalgama de copas, idioteces, actos culturales, transacciones, apuestas, drogas, sadomasoquismo chic y apologías de la bisexualidad liberal. Ahí tienes el secreto de Barcelona, es tan medularmente hortera y provinciana y el clima tan suave que todos esos turistas maquillados de salmón vienen y vuelven convencidos de que les escamoteamos algo.

–Joan-Marc, te hablo en serio, céntrate, quiero saber lo que pasó en esa mesa. Una gracia más y me pondré a llorar.

–Yo también hablo en serio, nunca hago otra cosa y nunca lo hago más a conciencia que cuando te repito que debimos quedarnos en Londres…

–Joan, por favor.

–Me acerqué. Cogí una copa y la estrellé contra su cangrejo. Es una sensación tan beneficiosa cuando la ira abandona el cuerpo por las manos… Le pedí que saliéramos fuera, no quería causarle problemas a Izzy. Le costó levantarse, no era sólo el alcohol, estaba asustado. Lo creas o no desprendía un olor metífico, en cuanto lo tuve a mi altura le descargué un cabezazo con el ojo, tiene los huesos duros.

–Es horrible. ¿Quién te crees que eres? ¿ Jack LaMotta? ¿Tony Soprano? Va a ponerte una denuncia. Vives en un siglo pacífico, en una ciudad civilizada, no en un corral. ¿Y tu espalda?

–Un tirón. Demasiados años sin hacer ejercicio. Tengo que apuntarme a un gimnasio. ¿Sabes si tienen piscina en el DIR de ahí abajo?

–¿Servirá de algo que te recuerde que te comprometiste a venir a buscarme, que me lo prometiste?

Sí servirá que cuente la versión que Diego me dio cuando fui a verle para hablar sobre las posibilidades de incorporarme a la plantilla del museo; tuve que insistir, le invité a café, sólo coincidía con Joan-Marc en el sitio y en la hora. Agradecí que empezase en un tono sobrio, supongo que la agüilla irónica en los ojos era irreprimible.

Diego se acomodó la corbata antes de asegurarme que le vio abrirse paso por la pista en dirección a ellos, con el estilo y en ese estado en el que cree que no se le nota nada. Cuando empezó a gritar –y se refirió a «él» con una expresión que me incluía a mí– Diego le pidió que se sentase con ellos.

Joan-Marc miró las ostras y las añadió a los crímenes de mis amigos, dos personas que lo toleran y que procuran llevarse bien con él.

–Sorbemocos.

Y sonó con el tono de chiste nervioso que los borrachos emplean cuando están a punto de canalizar su agresividad.

–Bodel no pasa por un buen momento, Clara. Lo están investigando, salió del despacho de sus abogados convencido de que esta vez el asunto va en serio y mal, al llegar a la altura del Loop le vinieron ganas de sorber ostras vivas con vino blanco y me telefoneó. Sin esa presión no lo imagino diciéndole a Joan-Marc que cerrase la boca, que intentábamos tener una conversación civilizada y que no se admitían camorristas.

Joan-Marc levantó el brazo lo suficiente para que lo pudiesen acusar de intento de homicidio, Bodel le agarró de la muñeca y se la retorció hasta que abrió los dedos y luego lo derribó de un cabezazo.

–Dado el estado de ambos supongo que es una suerte que nadie saliese herido. Más herido.

Lo que Diego quería decir es que Bodel se las había arreglado bien en un barrio diez veces más peligroso que la peor calle por la que Joan-Marc hubiese circulado. Para mi marido terminar una fiesta a puñetazos escoltado por media docena de sicarios vocacionales no era más arriesgado que practicar parapente, una estrategia para que la adrenalina siguiese fluyendo pasadas las tres de la madrugada.

–Sal de aquí, Joan-Marc. Eres demasiado mayor para esto.

Izzy y Diego lo recogieron del suelo mientras Bodel –suéter negro de cuello vuelto y la cabeza afeitada– volvió a acomodarse en la silla y de un sorbo vació el contenido oleaginoso de una de las valvas.

En la cocina comprobaron que ya se encontraba mejor. Dos metros de hombre con la cara empapada de su propia sangre, incapaz de cerrar la boca.

–Contigo no tengo nada, Dieguito. Un poquito finolis, pero con encanto, lo que cuando yo era más joven se llamaba un muchacho sensible, podrías llegar lejos si eligieses mejores compañías, sé de lo que me hablo, en Londres representaba artistas, ¿eso no te lo ha contado Clara? Espero que sepas apreciar una buena actuación cuando la ves. Menudo susto le hemos metido al calvo en el cuerpo.

Cuando lo encontré aupado en la butaca su encanto defensivo se había diluido en un molde compacto de ira.

–Espero que mañana le telefonees y arregles…

–No pienso disculparme, Gato, no sé en qué clase de escuela te educaron, pero de donde vengo es mejor presentarse a los careos con el pantalón de boxear. Son los pretenciosos, los mamones y los soplapollas los que tienen que disculparse.

Hablar conmigo le sentaba bien, el temperamento burlón empezaba a recuperar el control.

–Haré algo más útil, anótame en un papel el título de alguno de los libros de Undertaker, iré a comprarlo mañana, tendría que haberle pedido una tarjeta, con eso bastaba para escarmentarlo. Según tú no me dio motivos, vives irreflexivamente, Gato, adocenada, ahí fuera encierran a los pollos en jaulas tan pequeñas que les deforman los cartílagos, el pienso se lo enchufan directo al estómago con sondas gruesas como una manguera, a presión, a la mayoría les estalla la aorta.

–Tenemos esos libros. En la estantería blanca, al fondo del pasillo, los ordené alfabéticamente.

–¿Quieres decir que dormimos con ellos? ¿Que he estado acostado con un pedacito de su cabeza encuadernado? Si no fueses tan despistada lo consideraría alta traición. Mañana me pondré con ellos, es imposible que sean más engolados que los de Alvarito, el Maestro Egiptólogo. Además, los poemas son más breves, incluso podré releer alguno. ¿No me notas un poco nervioso? No sé si puedo esperar a mañana, la ignorancia me reconcome. Por caridad, ¿te sabes algún pasaje de memoria?

–Joan, basta, estoy agotada, vamos a la cama.

–Son casi las cuatro. Si logro perder la conciencia el despertador me meterá mano en plena fase REM y pasaré el resto del día en un barreño de plomo. No puedo vender un piso si estoy pastoso. Mejor me las arreglo como sea estas tres o cuatro horas, me pego una ducha fuerte y salgo a la llanura a buscar mi bisonte del día. Un comprador puede disculparle a su agente que les atienda sin dormir, irse de cenorrio entre semana te contagia de prestigio nocturno, pero a nadie le apetece alquilarle un piso a un atontado. Los García se mostraron interesados en el palacete de Casp, la señora se hace la remolona, pero lo lleva claro si piensa que me confunde, se estremece cada vez que su cabecita imagina a su García incrustado en el Quadrat D’Or. Todos esos Pérez, Gómez, García, Fernández, Rodríguez y González, ¿qué se aplican para vivir con unos apellidos tan estimulantes? Te confieso que te mentí cuando te dije que esta clase de cosas no me importaban. Lo que me resbala es qué partido gobierna, uno te mete la mano en el bolsillo y el otro pretende legislar sobre mi bragueta, pero siento predilección… Montsalvatges… Decididamente me casé hechizado por tu apellido.

–Estás desvariando. Si quieres podemos hacer algo juntos.

–¿Es una proposición carnal? Mediste mal casándote con un hombre diez años mayor, eres insaciable y a los maridos responsables no se les puede pedir que sean cada noche unos golfos en la cama. Hay que reservar el toque. Mi padre, en una época en que ser marqués no proyectaba una sombra cómica, me aseguró que cuando fallan la cabeza y el corazón el pito es el único órgano con autoridad suficiente para mantener algo de orden en el matrimonio. Seamos sensatos, la tarde ha sido movida para los dos, dejé descargando un juego de estrategia, escoges una civilización prehistórica y la diriges hasta que colonizan la Luna, si no te aplastan los vecinos, ya sabes, semitas, latinos, gente brusca, justamente olvidada. He pensado que si logro encajar la pantalla del Mac en la estantería podré jugar de pie, adiós dolor de espalda. En cuanto compruebe cómo suena apagaré el volumen para que puedas dormir.

–No tengo sueño.

–No volvamos ahora al juego de los insomnios. Es agua pasada. Tienes que forzarte un poco. Meterte en la cama. Piensa en algo divertido. Recuerdos de un viaje, por ejemplo. Ponte a leer, pero no escribas, te llena la cabeza de energía negativa, si quieres seguir con eso de la novela, y sabes que te apoyo, hazlo en un ambiente menos lúgubre, con luz natural. Tú quieres ser famosa, ¿no?, pues entrevístate para dormir, pregunta y responde, a mí me viene así el sueño.

–Eso no lo sabía. ¿Y qué te preguntas?

–Sobre cuánto tiempo más resistiré ver esos pies tuyos sin besarlos. Vale, ya sé que tu insomnio es cosa seria… les hago preguntas a los aspectos de mi personalidad que aborté para dedicarme a convertirme y ejercer de marido ejemplar.

–¿No te arrepientes? ¿Nunca te arrepientes?

–Mi yo directivo de la Federación de Hípica, mi yo fundador de una secta, mi yo policía montada del Canadá presentan algunas noches de verano impresos de reclamación bien cumplimentados que el centro rector desestima sin pestañear. ¿Cómo estaba Gabriel?

–Mal. No es un ataque masivo, responde más bien a lo que llaman complicación, y la complicación le ha disuelto la personalidad como arenilla.

–¿Te reconoció?

–No. No conoce a nadie.

–Mal rollo. Mi tía tenía una amiga a la que le vino una demencia de esas. En dos años estaba como un limón. Levantabas la mano y no comprendía que era un saludo. Si le regalabas un libro o unos pendientes no comprendía lo que estabas haciendo, se le escapaba el concepto de regalar. Ahora ya no tienes motivos para estar de morros con él.

–No es una demencia y no estoy enfadada con él, es distinto…

–Corta, Gato. Llevas dos años sin hablarte con un anciano, pero no estáis enfadados, es algo más sutil, complejo, tan singular que ni siquiera le han dado un nombre y que por descontado tu marido no puede comprender. ¿Cuándo empezaste a considerarme miembro numerario de una especie inferior? En Londres no pensabas así…

–No tengo fuerzas para discutir, de verdad. Vete tranquilo con ese juego, te esperan los hititas. Me pondré una serie.

–Sílbame si me necesitas. Una cosa más. No preguntaste, pero hice algo a cambio de no venir a buscarte. Tienes un esplendoroso pato con piña en la nevera, el bicho está criado en condiciones de libertad y le han rebañado el pescuezo al llegar a una edad provecta. Bajo la piel crujiente se ha estado dos horas hirviendo a fuego lento con un caldo ligero y media botella de Barbier. El café debe de haberse enfriado. ¿No dices nada?

–Gracias.

Me quedé sola en el sofá, en un acto reflejo levanté y dejé caer el brazo sobre la mesita auxiliar esperando atrapar el mando del televisor; me quedé a dos centímetros de hundir la mano de lleno en la masa sanguinolenta de carne picada y hielo, supongo que a eso se le llama estar de suerte.

Clara:

Me alegra el día que te gustase el reportaje completo. El tijeretazo que le dieron en La Vanguardia me supo a mutilación y la negativa de las revistas me dejó un par de días aturdida, sopesando hasta dónde alcanza mi ingenuidad. No tuve en cuenta que eso a nosotros no nos pasa, que no somos la clase de país que levanta vallas de alambre y protege las fronteras con nidos de ametralladora. ¿Te he agradecido lo suficiente la gestión que hiciste con Diego? Pues insisto. Y no me vale eso de que es tu jefe y no te costó nada, menos le hubiese supuesto a Álvaro, y nuestro hermano común no movió un dedo, se limitó a reiterar que las fotos de los ahogados (como él los llama) eran de mal gusto y una concesión imperdonable (así me lo escribió) al sensacionalismo: ahora mismo estamos en punto muerto. En los paneles que dispuso Diego las fotografías no perdían un gramo de nitidez, el efecto corrosivo de la sal y de la gasolina sobre la piel de los náufragos se apreciaba más que con luz natural.

A lo que no accedo como moneda de intercambio es a volverme a poner teléfono. Desde que dejé de ser «abonada» se han terminado los sobresaltos, el diluvio de publicidad, los servicios no solicitados y las golosas facturas de Telefónica royendo mis ahorros. ¡No trabajo para ellos!

Tu correo de ayer, por el contrario, me ha dejado algo tocada. Ya sé que cuando envío una serie de fotografías doy la impresión de que no me basta con un comentario, espero que me digas, como mínimo, que soy la más notable de mi generación, la más grande del mundo civilizado, en mi plenilunio ególatra, encerrada en el despacho, con los dedos manchados de nicotina, me remonto a unas alturas donde sólo me daría por satisfecha si reconocieras la relevancia de mi trabajo para el progreso global del espíritu humano. Lo que te reprocho (aunque sé que como solicitante no estoy precisamente en condiciones de reprochar) es la frialdad. ¿Es un problema técnico? ¿Te estás cansando de los envíos? ¿Me pongo pesada? ¿Es un lastre que te exija para cada serie un comentario inteligente (el elogio bobo es otro género) que pueda superponerse al dibujo mental de mis aspiraciones? ¿Estoy al borde del precipicio que supondría perder a mi principal interlocutor válido?

Veamos. No me he pasado a la fotografía-ficción. Las personas que salen en estas fotografías son de verdad, pero si nos cuesta reconocer que existen en la frontera africana de la marca hispánica cómo no te van a parecer una fábula si te digo que se han instalado cerca de la bifurcación de Gran Via. Si no te acercas por allí seguirán invisibles hasta que se les ocurra qué hacer con ellas. Te adjunto una foto de conjunto, no te la envié antes por un prurito artístico, dejé pasar por tonta un cielo profundo atravesado por una red de nubes amarillas y brillantes como venas y tuve que conformarme con la atmósfera plana y plomiza de las ocho de la tarde. Ahora puedes consultar la prueba, por si creías que había levantado la tramoya de un poblado siux, te aseguro que si contase con el productor de Peter Jackson hubiese exigido algo distinto, más amplio. Seguro que encontrarás algún autobús que te acerque, merece la pena verlo, una loncha de selva sucia entre la capital de la Mediterránea y su coqueta área metropolitana. Yo me adentré en bicicleta, por el caminito que asoma en el corte derecho, si hubiese abierto más el plano verías la ladera en dirección al río repleta de esos tipis de ladrillo y yeso. Sólo parecen peculiares si no tienes presente que el elemento cohesivo del ¿poblado? es la miseria. En ninguna de las fotografías que te he enviado (ni entre las que he ido trabajando en casa) se aprecia la variedad de razas, de aspectos físicos, de las personas que se han metido allí. Las ¿casas? están lo bastante apiñadas para que entre ellas sólo corran cintas de hierbajos y lodo que simulan callejuelas trazadas por un psicópata. La mayoría van ¿armados? con pedazos de tubería o armas blancas. Conservan la agresividad para el interior de su ¿tribu?, tampoco creo que les convenga ser violentos con nadie que pertenezca al espacio civil. Pedí permiso y escolta para visitar la zona y no me respondieron, el mosso que me acompañó después de su servicio es amigo de Bodel, se quedó esperando a doscientos metros. Antes de despedirnos me dijo que dos semanas atrás la postura oficial de la administración se parecía bastante a esperar un milagro centrífugo que deshiciera la repentina cristalización de personas sin nada.

–¿Y cuál es la postura oficial desde entonces?

–Estar a la espera de descubrir cuál debería ser nuestra postura como administración progresista y sostenible.

Tiré unas cincuenta fotografías, mi idea era acumular el material en que debía fijarme si hacía una segunda visita. Las únicas valiosas son la de los niños. Pones el dedo en la llaga: quiero volver por ellos. Pero las máscaras no las traje hechas de casa. Si no los has visto en vivo no creo que se aprecie que lo que se habían puesto en la cara estaba hecho de pasta de cartones reblandecidos y trapos sucios. Supongo que lo que hacían cuando llegué era jugar.

Llevaba dos días tomando té y tarareando una canción insoportable cuando me decidí a reclamar de nuevo tu atención.

En cuanto a tu asunto con Joan-Marc… Mira, lo único que necesitas para irte es irte. En eso consiste la vida adulta. Coge lo que quieras entre lo que puedas y deja lo que no interese. No deberías imitar la sensibilidad de una heroína que envejece encerrada por ley dentro de un matrimonio agridulce, reserva eso para tu novela, espero aquí sentada con gran interés las primeras páginas.

Sabes que puedes contar con mi apartamento para rehabilitarte.

Amanda

Amanda:

La verdad es que no, hermanita, no encuentro tan incongruente –nada incongruente– que me moleste –de ninguna manera creo haberme enfurecido– contigo y con Álvaro, aunque tú me diagnostiques un declive cuyo único remedio es la fuga y él me recete quedarme a resguardo, bajo techo, para no ir a peor. Lo que me irrita, Amanda, es el tono de suficiencia, el mismo resabio con el que le indicarías a una niña desorientada –y caprichosa– que el camino más recto hacia lo que desea es andar sin desvíos en dirección a la meta, cien pasos al norte. Ninguno de vosotros dos es capaz de levantar la cabeza y ver el manojo de sentimientos encontrados.

¿En qué crees que me ayuda que pases página tan deprisa? Quizás lo que me conviene es escribir mi historia una y otra vez, conversar sobre ella, y lo que os estoy pidiendo es algo de atención y paciencia.

Ni él es el individuo pueril, grosero e ignorante con el que sólo puedo aburrirme hasta el asco –en realidad solemos pasarlo muy bien juntos– ni yo la subyugante esclava cuya sumisión te ruego que dejes de sobrecalentar con la imaginación.

Te quedarías estupefacta –aunque lo disimularías, lo doy por supuesto– si abordases a Joan-Marc como lo hacen sus amigos, personas que no me conocen de antes ni comparten vuestras expectativas hacia mí. Son ciudadanos de cierta calidad, disfrutan de una vida confortable y en lo afectivo se las arreglan bastante bien, algunos tienen hijos y buenos asientos en el Camp Nou. La clase de personas que no te iban a gustar. Gente que no se siente atraída por el espíritu del deber, para quienes una vocación (no digamos ya si es artística) sólo sobrepasa en el listado de actividades juiciosas, por un dedo de nada, a la decisión irreversible de acondicionar el tejado para emprender la vía mística. Para ellos soy una muchacha alta, tímida, sombría (nerviosa, callada, fiel), devota de Joan-Marc. A ellas les gustaría que saliera más de compras o al cine y que me sentara en ese bar tan mono donde toman café y hablan de asuntos que no pueden absorber por completo el interés de una conciencia madura. Te aseguro que sólo uno de los varones se pregunta de manera admonitoria qué hago casada con Joan-Marc y sólo si en medio del bar me decido a quitarme el jersey y me quedo un par de horas cubierta únicamente por esa camiseta ceñida con la pegatina de Praga que la hermana de Joan-Marc me regaló porque era una ciudad muy literaria y ella sabía (lo sabía bien) cuánto me gustaba leer (no en vano soy la hermana de un escritor). Yo me retuerzo pensando en cómo mi vida se ha desbordado en esto, y ellos no ven nada alarmante ni desviado ni anormal. Una pareja de chicos sanos y fértiles con el ambicioso plan de llegar a final de mes y recibir la colección de recibos con los que el banco certifica que el trabajo está bien hecho.

¿Quién tiene razón, ellos o nosotros?

No respondo al modelo mártir, no me casé con Joan-Marc para experimentar el sacrificio del amor. Cuando tengo sed de un espectáculo ejemplar me asomo a la ventana y busco, justo por encima del fondo de colinas verdes y pálidas, las ordenadas constelaciones. Sé por qué me fui a vivir con él y antes de seguir debería ser capaz de mostrártelo bajo una luz distinta, que haga justicia a su atractivo. Debería encontrar la manera de trasladarte el valor con el que se ha enfrentado a mis miedos, su generosidad, el nervio de su carácter, que consiste en localizar el lado aceptable de hombres grandes y pequeños… Pero ya te oigo reír.

Ojalá te interesases de verdad por mí, con un cuarto de la atención que viertes en las fotografías me sentiría acompañada. Álvaro ha terminado por extenderse, ahora sé (para que veas que estoy receptiva a los contenidos impertinentes) que hay una base objetiva a mi temor a desflecarme si me decido a ir a vivir sola. No sé si puedo esperar lo mismo de ti, pero me gustaría mucho saber por qué te parecería tan horrendo que me quedase en casa con Joan-Marc.

Me gustaría mucho.

Besos,

Clara

Hermana Montsalvatges:

Simplemente no es así que sea concisa por desinterés. Me limité a la conclusión porque los argumentos me parecen evidentes. Espero que también repares en que si no soy tan sincera como Álvaro (¿podrás enviarme copia de su correo?) le gano por bastantes cuerpos en tacto.

En corto: debajo de tu matrimonio/divorcio oigo latir el instinto de supervivencia que se complace en susurrarte al oído informes puntuales sobre la debilidad de tu sexo.

La teoría nos las sabemos todas: las chicas modernas podemos pasar sin atarnos a un varón que traiga leña y mamíferos menores, arreglárnoslas sin ellos incluso cuando se nos hinchen las piernas, acumulemos grumos de grasa en las caderas y el atractivo se derrumbe con las bolsas del pecho.

En la práctica llevamos todavía las imágenes de la mujer que se vuelve loca sin un varón, un precipitado que debe protegerse en el interior de una probeta familiar si no quieres desperdiciarlo; esas ideas, incrustadas en la cabeza, nos dominan con cierta frecuencia y en tu caso parecen estar espaciando cada vez más los períodos de lucidez.

Tampoco ayuda el clima de amenaza. Cada vez es menos sutil. Miedo a perder el trabajo. Miedo a que una crisis devalúe tus ahorros. Miedo a no poder cubrir la hipoteca. Miedo a que te retiren un crédito. Miedo a perder los signos exteriores del estatus civilizado: cenas, vacaciones, coche. Nos inyectan el miedo, pero seamos sensatas: ¿cuánta gente conoces que termine debajo de un puente? Te aseguro que las personas que se han apiñado en el Besòs provienen de un orden bien distinto de privaciones. Eres una mujer joven, llena de vida (solías serlo), inteligente, talentosa y atractiva, es ridículo que cedas terreno a la impresión de que vas a sobrevivir demasiado mermada a tu episodio con Joan-Marc.

No es un secreto que has perdido vitalidad. Te has dejado amedrentar por el cachorrillo que se te ha colado por la puerta, no es divertido que justo donde los san bernardo transportaban su barril rebosante de líquido reanimador, a ese bicho le cuelgue una lista escrita en letra sádica con todo lo que una chica limpia, con buena voluntad y capaz, debería tener encaminado a los treinta años; tienes tanto miedo de que te dé un mordisquito que te veo recular hacia el bote que se está llenando con una solución de conformidad. La Clara de la que nos enamoramos era lo bastante independiente, tan dispuesta a pelear por sus aspiraciones, como para dejarnos plantadas y trasladarse a Marble Arch. Puedo imaginar a esa Clara casándose con Joan-Marc, pero es impensable que a estas alturas siguiese viviendo con él. Creo que la joven Clara hubiese apreciado la ironía de irse tan lejos para concertar la misma clase de matrimonio calamitoso que podrías haber arreglado entre los parroquianos del Loop.

En cuanto a Álvaro, no me cuesta nada imaginarlo subido al púlpito con su trompeta profética atemorizándote con la palabra «desorden». Podría decirte muchas cosas no demasiado favorecedoras sobre nuestro hermano, pero no quiero agrandar heridas recientes. Parte de tu carta parece abiertamente escrita bajo su influjo. Dices que te trato como a una niña, lo que a mí me parece infantil es tu pretensión de no desflecarte. No te entiendo. La vida adulta es un proceso sensible a las alteraciones, a las irregularidades y a la discontinuidad, hay un montón de caos ahí fuera ejerciendo su presión contra las casas de apariencia sólida y sus habitantes. Si la infancia parece ordenada es sólo gracias a la ignorancia propia y al disimulo de los mayores trabajando juntos. Suena bien eso de alcanzar una visión satisfactoria de uno mismo, pero a menudo habría que dar las gracias por poder abrocharnos sin ayuda los botones de la blusa.

Hablamos,

Amanda

P. D. : Hijos. Si no quieres que vuelva a hablarte de gatos piensa un segundo en la superpoblación y en las facilidades para adoptar estando soltera, me quedan hojas informativas en casa, lo estuve pensando, decidí que esa responsabilidad no es para mí, puedo arreglármelas.

Acabábamos de casarnos y como nos habíamos conocido en Londres me pareció divertido pasar la luna de miel en la casa que mi familia tenía en Tredòs. Iba cambiando de canciones mientras Joan-Marc aplicaba sobre el volante las instrucciones del GPS, la C-28 parecía melancólica bajo la lluvia. Aprovechaba los canturreos de mi marido para entretenerme observando las luces de las casas, encendidas, a kilómetros de distancia.

Intenté enseñarle dónde vivían los Llort, contarle las historias que circulaban sobre el que más de veinte años fue el jardinero y el hombre de confianza de Gabriel en el valle, pero Joan-Marc iba concentrado en negociar las curvas. Cuando llegamos la vegetación estaba apagada, los focos me ayudaron a enseñarle el torreón que Gabriel se había empeñado en construir sobre los dos pisos pese a la oposición del Ayuntamiento (y de parte de su familia) y que visto desde el exterior le daba al conjunto una silueta solemne y contrahecha. Vaciamos dos botellas y bailé para él. Sentí en mi mano derecha cómo se le sosegaba el pulso y se durmió mientras le miraba. Esa noche no se levantó a luchar contra mi insomnio. Parecía muy grande en la cama, inocente, no iba a exigirle que superase más pruebas de aptitud para protagonizar mi vida, ya había pasado por eso en su primer matrimonio, me gustaba así, yo no iba a examinarle.

A la mañana siguiente le enseñé el jardín y el bosquecillo, los dos cerezos que Gabriel plantó para que tuviéramos algo vivo con lo que jugar. Fuimos en coche hasta Viella, recorrimos a pie la ciudad, le hablaba como si estuviese pasando páginas de una guía turística. Quise llevarle a un taller donde de niña vi trabajar a un herrero que fundía el metal y lo dejaba enfriar en el molde, era hipnótico verle aplicar sobre la pieza la combinación precisa de fuerza y elasticidad para limar las impurezas. Se nos hizo tarde, preferí comprar algo de comida y le señalé el camino blanco que ascendía medio kilómetro antes de precipitarse en dirección a la presa. Todavía puedo ver al experto jinete que solía ser mi marido antes de conocerme moviéndose con torpeza entre los desniveles, haciéndome saber con el perfecto acabado de su educación superior que lo estaba pasando bien, pero que el campo no era para él.

Antes de que el camino se abriese sobre la presa le dio por confesarme que todo lo que le quedaba de su matrimonio con Helen cabía en una caja de zapatos. Se sorprendió tanto de ver rumiar de cerca una docena de vacas que me dio miedo señalarle los patos por si no sobrevivía al sobresalto. Bajamos del coche y empezamos a andar, Joan-Marc sostenía el calzado con dos dedos, los pies se la mancharon de polvo rojo. Enmarcado por la cortina de abetos me dijo que durante varios meses llegó a creer que lo que él tenía para dar ya no lo quería nadie. Supongo que era su manera de decirme que yo era importante para él, dejé que se apagase la atmósfera de las frases, era alguien que podía no durarme siempre. Al llegar al lago encontramos media docena de pescadores al extremo de los sedales. Nos cambiamos en la caseta de baño, mientras me hablaba estuve girando un manojo de recuerdos, me olvidé de comprobar si mi clavo de la suerte seguía allí. Me vio tan llena de alegría, una belleza elástica ajustada a su bañador, que accedió a remar conmigo. Con el aroma que venía de la alfombra de pinaza, mientras Joan-Marc desplazaba los remos, olvidé que mis nervios estaban metidos en el presente con el propósito de transformar la experiencia en literatura. La oscuridad era cálida y sólo alguien desprovisto de sustancia blanca podía creer que la luna era un simple trozo de metal crudo: la suavidad con la que se agitaba su flequillo en cada brazada, la puesta de sol cayendo anaranjada sobre los abetos inmóviles, mi risa que podía oírse desde la carretera hacia Naut Aran, cientos de salpicaduras doradas sobre el lago, ni siquiera estaba emparentado con algo excepcional, se trataba de estar vivos, a millones de kilómetros de los muertos, de los que ni siquiera han logrado nacer.

Volvimos a casa bromeando sobre la niebla húmeda que le daba al lago una apariencia pantanosa, seguimos los meandros del río hasta que la carretera se desvía bajo el alumbrado eléctrico en dirección a Tredòs. Me duché primero, limpié de arenilla los intersticios de los dedos y bajé a toda prisa a preparar un caldo de verduras; mientras hervían las zanahorias, los tomates, las cebollas y los pimientos en un bálsamo de vitamina C, me iba asomando para verle sentado en el balancín de Gabriel, con los muslos desnudos, toqueteando un esqueleto de cangrejo con forma de herradura. Cuando me vio aparecer empezó a parlotear sobre el deterioro de las condiciones de trabajo en el campo, me pregunté si aquel hombre era de verdad el más valioso, y el pensamiento se trasladó al polvo de óxido que me impregnaba en el taller del herrero: no había nada en él lo bastante malo para no poder arreglarlo (expurgarlo, limarlo, extirparlo) con mis manos.

Hace dos semanas descubrí ¿escondida? entre los papeles que guarda en el jarrón una carta, muy doblada, dirigida a los dos, donde el banco nos conminaba a solucionar lo antes posible un descubierto. La cantidad estaba al límite de lo que nuestros ingresos regulares podían manejar sin pedir ayuda. Lo que más me molestó fue que escondiese el problema como si yo fuese demasiado débil para soportar el impacto de las dificultades. Me dijo que no quería que me sintiese mal mientras él lo arreglaba. Me enseñó el saldo actualizado con la sonrisa de traer varios sobresalientes a casa, había encontrado comprador para el dúplex de Bruc, se adelantó a sus compañeros y esta vez no parecía exagerado calificar la prima de sensacional. Dos días después, cuando fui a pagar la reparación del frigorífico, algo había drenado nuestra cuenta conjunta. Entorné los ojos para calcular más deprisa, descarté el agua, la electricidad y el recibo del gas, volvió a materializarse la línea roja. Ni siquiera se tomó la molestia de esconder la caja de zapatos, trescientos cuarenta y nueve dólares americanos gastados en piel de crótalo con cerquillo cosido. Estuve a punto de arrojarlos por la ventana. Me senté y escribí en la libreta varias notas breves, quizás esto era a lo que estaba acostumbrado de joven, pero antes de rememorar los hábitos de millonario más nos valdría (a los dos) reanimar los ingresos mensuales. No conozco a demasiados marqueses, pero la gente con buenos sueldos (Diego), que ganan dinero de verdad (Álvaro), los que están bastante cerca de ser ricos (Gabriel) no se gastan ese dinero en una funda para pezuñas. Ni siquiera se defendió, me miró de arriba abajo como si yo fuese una pobre ignorante, aislada de los asuntos mundanos más elementales, como si cogiese carrerilla para recordarme que él no tenía que encargar un árbol genealógico porque teníamos (¡tenemos!) colgado el escudo de su apellido sobre la cama, pero se limitó a señalar la caja que se había salvado por azar de precipitarse contra el contáiner lleno de cascotes y escombros, y a pedirme educadamente que levantase el forro de papel crema. Me temblaban las manos como una tonta cuando palpé la cajita y la abrí y retiré el papel de color miel cruda que envolvía el diamante princesa que aquel loco estúpido me acababa de regalar sin que yo le descubriese.

–¿Qué te ha costado esto? No podemos pagarlo.

–Sí, podemos, aquí está, en cómodos plazos.

–Te gastaste más de doscientos cincuenta euros en esos zapatos, encontré la factura. Debiste consultarme, Joan-Marc, hacía mucho que no tocábamos tanto dinero, podríamos…

–No son unos zapatos corrientes. Son unos Allen-Edmonds. No seas rancia. Mi padre siempre decía que si a uno le queda un billete arrugado de veinte euros en el bolsillo lo mejor que puede hacer es levantar con elegancia la mano y pedir un taxi para volver a casa.

–Tu padre era rico. Tú no eres precisamente rico. Ser precavidos…

–Por favor, por favor, esto es precisamente lo que ya no quiero para nosotros. Buena parte de nuestros líos se deben a que eres, somos, demasiado mentales. Si no te sujetase te leerías los papeles de la calle, repasarías el mundo sentada en esa silla. En cuanto empiezas a mover los ojos me sube el temblor por el brazo izquierdo, cualquier placer sencillo y espontáneo es sospechoso, nada es lo bastante bueno, no le das crédito a la amabilidad, al impulso emprendedor, a la amplitud de corazón. Deberías probar los beneficios de pensar un poco menos, ¿te acuerdas cómo superaste los desvelos? La de malabares que tuve que aprender para que cerrases esa boca que llevas clavada en el cráneo y te metieras de una vez debajo de las sábanas. Hagámoslo sencillo, mejor, déjate llevar, hemos entrado en la Era de Acuario, no es que yo crea mucho en la astrología, no mientras los chinos disientan y usen un juego de signos distinto, ¿no te parece sospechoso si es el mismo cielo para todos? Pero a lo que iba, Gato, el truco consiste en dejar de entorpecer el flujo de las emociones, permite que las energías se recoloquen solas. ¿Sabías que el día que nos conocimos estuve a punto de no ir a esa fiesta? Algo tiró de mi justo por el estómago y me empujó a la hora más decisiva de los últimos diez años, al amarradero de lo que ahora disfrutamos. Me esperabas. No podía no ir. No te hablo de Dios ni del Destino, ya sabes que en materia de dioses soy bastante agnóstico. Me refiero a que hay algo grande ahí fuera y que si levantas la cabeza de tus meditaciones solipsistas puedes oírlo respirar, es energético, receptivo a nuestros deseos antes de que las palabras los formulen.

–¿Crees que esa respiración energética va a solucionar nuestros problemas?

–Tú y yo ya no tenemos problemas, Gato, hazme caso, métete el nuevo sistema en la cabeza, es científico, sígueme el juego, llámale «asuntos en proceso de gestión» y empezarán a solucionarse. Proyéctalo fuera de las palabras, te quedas atrapada en la jaula de la sintaxis, es lo que llamamos una transferencia positiva. ¿Has escrito hoy?

–Transferencia positiva. No, ni una línea.

–¿No tenías la mañana para ti sola?

–Acabo de descubrir que tantas horas libres por delante me presionan en lugar de ayudarme. Creo que he alcanzado una idea nítida de lo que quiero, pero se interpone el montón de platos, o le doy vueltas a un viaje que no vamos a poder costear o me quedo colgada con alguna serie de Internet… Aprovecho que hoy se te ve tan resuelto, Joan-Marc, tenemos que organizarnos de otra manera y no sólo escribir en un papel lo que harás tú y lo que haré yo y colgarlo de la nevera para no hacerlo ninguno de los dos, esta vez cumpliremos con lo acordado, sin excusas, sin atender a contratiempos menos graves que un ataque coronario. La lista de gestiones desatendidas cada vez pesa más. ¿Cuándo vamos a bajar el climatizador? ¿Qué día toca la lavadora de sábanas? ¿Quién y qué día y cuánto vamos a gastar en el mercado? Negociar por cada centímetro cuadrado de actividad doméstica me fatiga, me tensa los nervios.

–Muy bien. Supongamos que lo que pides se arregla. Ya está solucionado. ¿Qué te falta ahora?

–Quiero escribir el libro, lo tengo metido dentro, podría empapelar este piso y el de los vecinos con los diagramas y todavía me sobrarían cuartillas con indicadores sobre el carácter del último de mis secundarios y el color que le va bien a esa escena. Si fuese una escritora, el bajo continuo de las coladas no me afectaría, creo que sólo soy una mujer que se imagina mejor si consigue escribir, una calabaza hueca a la que un impulso bastante perverso le insufla aliento, sin un gramo de talento.

–¿Y qué supones que es un escritor?

–Según mi hermano es alguien que con independencia de las circunstancias se las arregla para seguir.

–Deja a Don Vinagre al margen de esta conversación. Prescindamos de sus frasecitas enrolladas con un lacito en la punta. No es trigo limpio, incluso tengo dudas de que sea humano en sentido estricto. Seguro que de niño no lo vigilaste bastante, exploradores extraterrestres provinentes del planeta Spock os dieron el cambiazo, abdujeron a tu tierno hermano y dejaron a ese sosias. Lleva treinta años haciéndose pasar por catalán, aprovechando que tampoco el genio local fue muy espléndido con vosotros, pero a mí no me engaña.

–¿Se han terminado las transferencias positivas?

–No te pases de lista, Acuario está reñido con la solemnidad, no censura el humor, pienso seguir siendo el mismo promotor de sonrisas de siempre. Además, tengo a mi favor a tu esqueleto favorito, ¿no dice tu Aristóteles que el hombre es el único animal que ríe? Hizo bien en no incluir a las mujeres por defecto. Admiro a ese tío, escribiendo en tablillas o en papiro, con un frío de cagarse, eso es moral y amor por la escritura. Tú en cambio tienes esta silla reclinable y cómoda y una saloncito agradable. ¿Qué te bloquea?

–No tengo una imaginación a la altura de mi interés. Veo a los personajes y las situaciones desde el exterior, amontono los rasgos que voy a usar como una buena estudiante de redacción.

–No me vengas con esas sutilezas ahora, Gato. Yo me casé con una escritora inminente cargada de seguridad en sí misma y a la que le sentaba de miedo el uniforme de enfermera y no quiero renunciar a ninguna de tus dos cualidades. Deja que me encargue yo. Voy a estudiar a fondo qué pasa con nuestros muebles, la disposición y los colores han encontrado la manera de bloquear las corrientes creativas y es evidente que necesitas más luz y levantarte antes de las doce, voy a comprar un despertador de verdad, el móvil emite ondas que se pegan al encéfalo, basura negativa, la mielina reducida a gachas, tampoco te iría mal un trabajo de cuatro horas, van a salirte telarañas si sigues ahí metida, traduciendo o corrigiendo o lo que sea. Y nada de desayunar a las doce, ya vale de tanto café, en cuanto despiertes te exprimirás un buen zumo de naranja, lo haría yo mismo pero al jugo se le van las vitaminas si lo dejas unos minutos en contacto con el oxígeno. En una semana podemos tener listo el nuevo paisaje, el cambio interior se llevará más esfuerzo. Te presionas demasiado. Quieres escribir un libro, ¿verdad? Pues empieza de una maldita vez, no puede ser tan complicado. Si incluso los periodistas y las zorras de la televisión y la mayor parte de su surtido de guardaespaldas mariquitas cobran derechos de autor. Ya basta de tantas exigencias. Si esperas a que te salgan las palabras de la boca bien limadas y organizadas en frases pulidas se nos hará de noche, a los dos. ¿Sabes?, no es agradable para mí ver que pasan los días y que sigues en la misma página buscando una formulación definitiva, incontestable. Total, ¿para qué? Esa gente a la que admiras… parece que escribas para ellos, para gustarles, pero están muertos, y que yo sepa la literatura se escribe para los vivos y no para los muertos, y entre los vivos… la verdad Gato es que Proust no está entre los intereses más extendidos, fuera del Loop no conozco a nadie que haya terminado un libro suyo. Vas a tirarte tres años más de tu vida, en el supuesto de que encuentres la primera frase redonda de la que se desenreden las demás, para que te paguen mil euros y te lean setecientas personas. Cambia de modelo, adáptalo a tu época, los vivos de hoy tenemos prisa, no vas a mantener fija su atención, hay demasiados estímulos, las películas tampoco duran tres horas y cuarto como las que me llevabas a ver a Londres ni se ven en un reclinatorio, menos las que intenta rodar tu amiga Irina, a quien, dicho sea de paso, nunca he tenido por una persona normal. Los tíos que tú admiras se pasaban años escribiendo esos mamotretos porque confiaban que alguien les esperaba al otro lado de las librerías. Te aseguro que donde deberían estar los justos y pacientes lectores no se ve a nadie, los ciudadanos están absorbidos por sus pantallitas, agrupados en torno a sus blogs, regurgitando pedazos seleccionados de vida personal, contando los chistes de otro, satisfechos de su público de siete, mendigando un enlace… La literatura del futuro ha de ser rápida, simpática, intensa, porque la gente ahora hace con su ocio lo que le da la gana, salen a la calle, se acuestan con quien quieren, en cuanto les das una oportunidad votan a Hamas; y les gusta leer novelas amables y con una historia dentro, agradecen cuando la médula del libro en el que se han gastado veinte euros rezuma de sentido común. Fíjate en Martí Gironell. Qué bien me cae ese Martí Gironell, me lo llevaría a casa y lo tendría sentado en el salón dando el parte de nuestras conversaciones con el mismo estilo sabroso que usa para comentar las noticias. Es sencillo, directo, franco, inocente: ahí tienes los ladrillos de tu carrera futura, y qué olfato para detectar dónde se esconde una buena trama. Combina bien. Imagínate, un puente y un puñado de judíos. Qué intuición, si partes de ahí las páginas se desenvuelven solas. Arréglatelas para meter una pareja de judíos en esas páginas, Gato, no me negarás que cuando se trata de libros los judíos son imbatibles.

Un timbrazo cayó del cielo enviado por una mano anónima y bendita, estuve al borde de gritar de satisfacción, Joan-Marc no se sobresaltó.

–Ya está aquí.

Si me inclinaba podía verlo en la hendidura del pasillo, se había puesto la americana para abrir la puerta, son esa clase de detalles, la manera elegante y al mismo tiempo viril como la espiga de la lana le cae sobre los hombros.

–Pueden dejarlo aquí mismo, ya me encargaré yo. Tengan cuidado si van en dirección mar, las retenciones eran de miedo en la Diagonal, están agrietando la ciudad. Adiós.

Volvió cargado con una caja tan alta que le tapaba la cara. La apoyó contra el sofá, se le había formado su sonrisa especial, la de alguien que no ha venido a competir ni a desayunarse crudo a nadie, dispuesto a pensar que los demás son mejores de lo que son, a intensificar sus horas; maravillado por la variedad de las cualidades humanas, predispuesto a reconocer si lo pellizcas que esta débil especie está formada por animales geniales. Un dulce patán, mi bellísimo príncipe.

–¿No te habrás creído que iba a gastarme la prima entera en ese pedrusco? No me seas codiciosa, Gato, celebraremos el cumpleaños como es debido. La caja es un poco basta pero el interior es de la mejor calidad. Han cortado dos kilos de jamón cinco jotas y he comprado foie y tres botellas de Muga Aro de 2001.

–No vas a impresionar a mis abuelos con un vino.

–Y tú llevas meses sin ir a saludarlos. He estado pensando en Gabriel, lo creas o no estoy seguro que ese hombre todavía no tiene la cabeza rellena de papilla, reacciona a los estímulos. Lo que le pasa se llama afasia y no lo he buscado en la Wikipedia, esta vez lo encontré ojeando el libro de Sacks que has dejado en la mesita, se le ha olvidado cómo hablar, pero no pierde detalle y era la persona favorita de tu vida, y si me permites ser sincero, estaba un poco celoso de él. No quieres contarme qué pasó entre vosotros, muy bien, conviviré con tus misterios, pero si estás tan segura de que la sangre que se le desbordó del vaso ahogó su antigua personalidad dame un argumento para no darle a tu abuela dos horas de alegría. No me mires así, vístete, no te haces ningún bien con esta tacañería emocional. No es propio de ti. Déjate influir. Es imposible que tu novela progrese en este estado de contrición. Supongo que alguien tiene que meditar sobre los jugos más asquerosos y te concedo que la enfermedad es una porquería, y en cuanto a la muerte, de ésa mejor no hablemos. Lo único que discuto es que no es bueno para ti (ni para mí) que te pases horas cavilando sobre las penurias físicas y el puuaghhh, estás descuidando que todavía te queda un buen paladar para el vino y un estómago que segrega litros de estupendo jugo gástrico, por no hablar de ese sabroso par de muslos, deberías emocionarte hasta las lágrimas de que te crezcan del tronco. Esa mujer te quiere, Clara, y si podemos proporcionarle una cena agradable dos veces al año no voy a escatimársela. Nos esperan a las ocho. Anda, vístete.

Me puse los tejanos, las botas de caña alta y me planché una de las camisas blancas que tanto le gustan en tributo a su arrojo, me recogí el pelo con un nudo blando. Entramos juntos en el coche que le había prestado Izzy; menos la pantalla del Mac donde se desenvolvían siglos de campañas militares no teníamos nada propio: un piso de alquiler, muebles prestados, dos años sin vacaciones (acercándose por un rápido vertiginoso hacia el desalentador tres). Estaba graciosísimo con las manos al volante del Volkswagen mientras me aleccionaba, convenciéndome de que era el miedo al deterioro de Gabriel lo que me mantenía alejada de Balmes.

Se las arregló para estacionar, me abrió la puerta, el respaldo le había aplastado el pelo de la coronilla, estuve tentado de felicitarle por la elegancia con la que se había enrollado la bufanda al cuello. Me gusta verlo así, me gusta intuir al hombre que podría ser si supiera afrontar sus asuntos con la misma determinación con la que aparenta resolver la existencia de los demás. Y me complace que sigan ahí los ojos claros, su involuntariamente altivo hoyuelo tachonando la barbilla, y la flexible onda caoba, moviéndose sobre la frente mientras nos regaña, uno por uno, a los tres hermanos. Sonaba tan gracioso, inspirado por el aliento que un diosecillo le había insuflado por descuido y que no duraría. Le sentaba bien ganar, le sentaba bien regañarme, darme una lección.

Plantado en medio del comedor descorchó la primera botella e improvisó en menos de veinte minutos, mientras se cocían los lenguados, una ensalada de berros, patata, huevos cocidos y crema de aguacate, coronada con una loncha de salmón ahumado. Entre la abuela y Sagrario se las ingeniaron para comprar el partido del Barça y mi marido me anunció que nos quedábamos a verlo. El equipo de Rijkaard iba de derrota en derrota hacia el desastre final pero era su noche, estaba convencido de invertir la dinámica él solo si le dejábamos concentrarse en la pantalla.

«No he visto ninguno de esos reality pero Izzy me ha dicho que suelen ganarlos los que mejor hablan. Mi teoría es que hasta los tontos saben apreciar el movimiento sensible de las palabras.»

«Lo que tendrían que hacer es declarar la pena de muerte para los científicos que consumen su beca de investigación sin haber logrado un progreso admisible. Si yo fuese el presidente de esta pandereta de país volverían los verdugos de estado, veinte huesos rotos y tendríamos una vacuna contra el cáncer.»

«Yo también soy un gran amante de la historia. Clara no me ha dicho que Gabriel estudiase tanto en su tiempo libre, no me cuenta nada, piensa que lo voy a estropear si pongo las manos encima, yo sólo digo que si me diese bola igual se llevaba una sorpresa, igual era ella la que terminaba preguntándome.»

«Claro que hemos progresado. Somos capaces de crear ríos y lagos artificiales, de perforar colinas, crear burbujas de ambiente y de formar colinas, dominamos fuerzas increíbles como la energía nuclear, pero vivimos en un mundo telúrico, se nos escapan la radiación electromagnética y la gravedad, los movimientos tectónicos, orogénicos, sísmicos y volcánicos, ése es el reto del futuro, un reto que, ya os lo anticipo, nos obligará a recuperar facultades aletrargadas del cerebro.»

Envalentonado. Ensoberbecido. Encantador.

Celebramos el empate con cava frío, ayudé a Sagrario a recoger, tuve un aparte con la abuela para prometerle que volvería, me dio las gracias tres veces, me despegué justo cuando las preguntas incómodas se reanimaban.

Al llegar a casa bajé las cremalleras de las botas, empujé el talón, me descalcé. Hice un esfuerzo por imaginar cómo estaba emborronando con tanta terquedad su idea de una vida colmada: una corriente de placeres mundanos interrumpida por esfuerzos tolerables. Estiré las piernas sobre el sofá, estaba dispuesta a que me besase, a tener su polla muy cerca de las mejillas, a que me moviese de un lado a otro de la cama, limpiarnos, y darle la impresión de que en nuestros mejores momentos no se está perdiendo gran cosa.

–Espero que hayas sacado algo en claro. Sólo se trata de un pobre anciano a quien un vaso sanguíneo le ha jugado una mala pasada después de noventa años de latidos. Eres una persona juiciosa, Gato, no debes tenerle miedo.

Ni siquiera se había quitado el abrigo, se paseaba a la espera de mi claudicación definitiva, que me rindiese a la conspiración de Acuario para convertirnos de una vez por todas en seres sabios y satisfechos, material angélico; cerré las manos sobre la camisa, se intuía el nacimiento del pecho, no quería que me viese en sujetador.

–¿Y ahora qué? ¿Y mañana? ¿Y después qué? Vas a subir cada sábado, con tu queso y la botella de un vino que no puedes permitirte. Cada semana, mes a mes, todos y cada uno de los años que siga respirando con el cerebro inutilizado. ¿Vas a curarle con una inyección de sustancia simpática? ¿Vas a traerle de vuelta a casa con esa sonrisa?

Quise añadir que era un hombre ideal para un mundo sencillo y un hombre demasiado simple para un mundo demasiado complicado, real, que cuando las ideas simples se enfrentan a los problemas duros el resultado son dificultades en abundancia; pero oscilaba demasiado deprisa entre la ternura y el desprecio para poder añadir nada nuevo en frases templadas, así que el impulso de sacar algo por la boca me acompañó a repetir:

–¿Y ahora qué?

Mi sangre deseaba sentir el peso de su cuerpo sobre el mío, que me recordase cómo podía amarrarme a la existencia cuando la confianza empezaba a escurrirse, pero decidí que esa noche no me iba a poner la mano encima.

Tampoco era del todo cierto que me hubiese desentendido por completo de Gabriel, no había día que un sector de la mente no se moviese por propia iniciativa hacia sus noventa y tres centímetros de tejido vivo. Álvaro estaba en Chicago, Amanda se había encerrado en su apartamento. Para la abuela y Sagrario sólo quedaba yo, el apoyo de mi buen talante natural, y aunque era capaz de esconderme detrás de mi acentuada –excitable, frágil– sensibilidad para no remontar hasta Balmes, me veía obligada con cierta frecuencia –demasiada frecuencia– a cogerle el teléfono.

«Se queda quieto delante del televisor, quieto como un objeto.»

«Los ojos los tiene abiertos, pero no sé si le llegan señales al cerebro.»

«Cada semana descubro nuevas habilidades que ha perdido.»

«No sé quién será cuando cuelgue el teléfono ni quién creerá que soy. ¿Soy quien él querría que fuese?»

«Me mira pero no me entiende, ha olvidado los tonos, la expresión, el lenguaje gestual.»

«Ahora me busca, a veces.»

«No tiene apetito.»

«Nos sentamos a vernos respirar, es de las pocas cosas que podemos hacer juntos.»

«Creo que le gustaría volver a tocarlo todo una vez más.»

Dejaba sonar el teléfono con la palabra «abuela» brillando en la pantallita hasta que saltaba el contestador, pero ella no podía permitirse enfadarse conmigo, le bastaba con oírme para empezar a ahogar los reproches en nuevas frases informativas.

«Quería que lo incinerásemos. No quería oler a moho. No quería que le entrasen hormigas por el oído.»

«Se agota despacio, se hunde en el cuerpo, cada día lo veo estrecharse.»

«Nadie puede ayudarle.»

«Sagrario le cepilla la dentadura.»

«Las palabras se le caen de la boca.»

«He soñado con él. Estaba distinto. Era como antes, como al principio.»

Me metía en la cama con los ojos abiertos, visualizando el día del reencuentro –no podía posponerlo siempre– con dos personas con quien se me suponía en una estrecha familiaridad, pese a que la más querida de las dos había sufrido una transformación demoledora, de un día para otro, como suele decirse, y esta vez era verdad.

Cuando iban a Tredòs a pasar unos días Gabriel salía cada tarde de casa para dar un paseo por el camino blanco que se tendía suavemente en dirección a la presa. Aunque era un marzo cálido salió de casa con u

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