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Esperanza Ayerra
Burgui, octubre de 2018
Y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión.
GUSTAVE FLAUBERT
Siento sus pasos. Sube y baja las escaleras, abre los voladizos de madera y susurra órdenes a mi padre creyendo que no la oigo. Sé que los nervios no la han dejado descansar, y por el olor a café que se cuela bajo la puerta, intuyo que a estas alturas ya se habrá tomado dos o tres.
Hace un rato, he oído la voz de Gladys, que le repetía que no se preocupase, que todo va a salir bien. Anoche hablaban en susurros en el balcón, y desde mi habitación las oí repasar inquietas las listas que llevan confeccionando desde que se pusieron a preparar mi enlace. Gladys le decía que la luna en cuarto creciente era un buen augurio. No pude evitar sonreír imaginando la escena entre esas dos mujeres que misteriosamente se entienden tan bien.
Espe, mi madre, es muy suya. Necesita asegurarse del lugar que ocupa, como si tuviera el temor de que alguien la trasladara a un mundo imposible de controlar. Mi madre se enfada con el viento cuando el viento cambia de dirección y no le ha pedido permiso, o con la luz del día cuando es más intensa que su necesidad de ella. Todo lo siente hacia dentro, porque hacia dentro está su vida silenciada. En su corazón tiene departamentos estancos que jamás han visto la luz, y donde guarda censores especializados en matizar su alegría, pero sobre todo silencios. Lo único que la salva de sí misma es su amor incondicional por Joan Manuel Serrat.
Como hoy está emocionada, ha perdido el control que la mantiene fría. Durante los últimos días la noto frágil, tanto que hasta mira la luna con ojos de adivina. Le preocupa que el día de la boda de su única y tardía hija, el sol sea demasiado intenso, que la brisa que se levanta al atardecer provoque escalofríos o que los invitados se pierdan por uno de los siete pueblos de su amado valle del Roncal.
En el pueblo hay un alboroto inusual. Apenas hay bodas. Tampoco jóvenes. Aquí solo viven los mayores. Sus nietos e hijos están en Pamplona, Bilbao, Madrid, Donostia, y muchos al otro lado, en Francia. Pero empieza el otoño, la estación más preciosa de los bosques de mis antepasados, y nadie puede resistirse a la belleza de Irati o Belagua. Tarde o temprano, todos volvemos a este lugar, donde nadie ha movido de sitio la iglesia, aunque no haya cura, las casas, aunque estén vacías, o el torrente, aunque nadie lo oiga.
Ella se ha encargado de que todos los que tengan algo que ver con este pueblo, aunque hayan venido a por setas, a guardar leña para el invierno, o a poner wifi en la casa de la bisabuela, sepan que su hija, es decir yo, se casa esta tarde.
Miro las vigas. Aquí se llaman arnais, en esa lengua medio roncalesa, medio euskera suletino, medio castellano. Son de una madera noble y eterna. Las trajo mi tatarabuelo, el almadiero José Escaín, de las montañas por el río Esca. Son las mismas que quizá mi bisabuela miró una mañana como esta, cuando comenzaba el otoño y se preparaba nerviosa y empapada en miedo para salvar la distancia hasta el país vecino. Mi bisabuela, como la mayoría de las roncalesas de su generación, era una golondrina. Con las mujeres de otros valles cercanos, se iban a Francia a trabajar, donde fabricaban alpargatas por siete o diez céntimos de franco la hora… Las llamaban «golondrinas», hirondelles en francés, porque su emigración coincidía con la de estas aves. Se iban en octubre y volvían en mayo o junio, y nunca supieron si las raíces de sus vidas estaban a un lado o al otro de los Pirineos.
El sol se cuela entre las rendijas de las contraventanas. Hay un murmullo de trinos, el silencio roto por las pisadas de alguien que camina por las calles empedradas hacia el puente. Desde la cama, escucho ese silencio habitado tan característico de los pueblos del valle. Me habla el río con su eterno murmullo, bajando desde Isaba y alcanzando el remanso en Yesa; rompen el aire el saludo acostumbrado de un paisano, el ladrido de un perro, un estornudo…
La claridad ilumina mi vestido de novia. Ha sido confeccionado en Chez Olivier, una tienda de París que se dedica a los sueños y a la que mi futura suegra me llevó con miedo a que rechazara vestirme de blanco. Mi madre lo colgó anoche en una percha sobre la puerta de este precioso armario de madera de haya, fabricado hace cien años para albergar el ajuar que traería mi bisabuela de Francia.
Mi vestido ha estado viajando sin novia por media Europa. De París viajó a Roma, luego lo envié a Pamplona y después aquí. Raso de seda salvaje color hueso, y una falda superpuesta de tul natural. Dicen las costumbres que debo llevar algo nuevo: unas medias de seda blanca terminadas en encaje de Brujas que compré en una tienda de ropa interior en Roma. Algo antiguo: el collar de perlas de mi bisabuela Esperanza. Algo prestado: los pendientes de brillantes que mi padre le regaló a mi madre cuando se casaron.
Cierro los ojos porque siento que la presión de la inmensidad me rodeará en cuanto ponga el pie en el suelo. Mis padres me educaron en colegios religiosos, pero no tengo ni la fe ni la costumbre de rezar. Respiro como hago en la clase de yoga. Espanto los pensamientos. Pido ayuda al desorden de mis dioses, de mis hadas, de mis chamanes de YouTube. Los que hemos sido despojados de bastones tenemos que caminar apoyados en los quicios de las puertas, y aunque sé que no hay evidencias científicas de que los espíritus que han habitado esta casa hayan dejado en el aire las palabras que necesito hoy, las paredes me susurran.
Tumbada en esta cama grande, a punto de levantarme para dar el paso que me lleva hacia el resto de mi vida, siento a mis antepasadas, las Esperanzas Escaín de tres generaciones que, decididas, perdidas, sonriendo o mudas de dolor, habitaron esta casa y dejaron un legado silente que yo he recuperado. La historia está llena de héroes, conquistadores, descubridores y aventureros, pero a pie de calle hay muchas mujeres que se abrieron paso para formar hogares y espantar sus miedos y los de sus hombres.
La primera, mi bisabuela, nació el 5 junio de 1898, el mismo día que vino al mundo Federico García Lorca, y el mismo año en que vieron la luz Vicente Aleixandre y Bertolt Brecht. Ella no fue poetisa ni puso palabras a los olivos, pero nunca se separó de los libros, que le proporcionaron el refugio que necesitan las almas perdidas. Mi abuela me contó que una melancolía la envolvía como si una nube de polillas la acompañara a todas partes. Ella, su hija, mi abuela, también se llamó Esperanza, o Esperancita o Perla. Decía que su madre siempre había estado allí, y cuando decía «allí» ponía el índice en dirección a la tierra. De ella guardaba en su memoria su prudencia, la sagacidad de sus ojos oscuros y el atrevimiento de sus amores silenciosos.
Mi abuela Esperancita, a la que todos llamaron Perla, era un torrente meridional cuyos ojos de mar azul y pelo rubio se atribuían a un padre desconocido, según las malas lenguas, alemán. Nació en 1919, Europa trataba de ponerse en pie tras la Gran Guerra, y allí donde emigraban los europeos nacían Chavela Vargas o Evita Perón. Ella también fue una mujer de una doble y extraordinaria belleza. La llamaron Perla por su piel blanca, casi nacarada, su inusual fisonomía y por no repetir este nombre tan largo que también llevo yo. Obstinada en luchar por lo que consideraba injusto, se empeñó en salvar la vida de los condenados sin importarle quién los desterrara, y fue la que llenó de magia mi niñez.
Mi madre se quedó con medio nombre, Espe. Llegó a este mundo un día cualquiera de diciembre, y lo hizo con su misma mirada, pero con los ojos de ónix de un padre al que tampoco conoció. De él solo hemos tenido un silencio de búnker subterráneo que nadie ha osado jamás alterar.
Ni rastro de los hombres a los que amaron mis Esperanzas, ni mención de cómo les arrebataron la dicha de sus abrazos… Todas guardaron silencio, probablemente porque mientras uno preserva en su corazón los secretos, puede vivir con ellos. Yo, que vuelvo a poseer el nombre completo y los mismos ojos azules de mi abuela, he querido reconstruir su historia, o quizá debería decir que deseo poner palabras a esos silencios que ya no hay por qué guardar.
Soy la bisnieta de una golondrina que cruzó los Pirineos para trabajar en las fábricas de alpargatas de Francia en 1913 y a la que la mayor contienda mundial le robó su destino. Soy la nieta de su hija Esperanza, Perla, que no tuvo padre ni marido por el cruel destino de una España que eran dos. Soy la hija de una mujer que se tragó sus penas para enderezar el camino por el que vendría yo y a la que la historia la dejó sin aire. Mi Espe, la que hoy anda alborotada por mi boda, tiene la dudosa creencia de que aquello que no se pronuncia no existe. Pero un día encontró a mi padre, Andrés Ayerra, y descansó lo suficiente para traerme al mundo escoltada por su ternura.
Me llamo Esperanza Ayerra, tengo treinta y seis años, soy el fruto de esta frontera entre dos países que se acercan y se alejan cuando sus pobladores se enamoran.
Serrat, cantautor al que mi madre ama por encima de todas las cosas, tiene una canción que habla de un pueblo blanco por el que, por no pasar, no pasó ni la guerra. Por los pueblos de los Pirineos pasaron las golondrinas alpargateras, los contrabandos y el miedo disfrazado de pastor o leñador. Pasaron el oro, los soldados que escapaban de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, los hijos pobres que iban a Burdeos para embarcar rumbo a las Américas, y pasó lo que quedaba del ejército republicano derrotado. Por sus desfiladeros atravesaron la abundancia y la precariedad, los maquis y los judíos, la esperanza y el hastío, la traición y el abandono; y ese camino tortuoso, vigilado eternamente por las montañas, esa frontera entre dos países, guardó los secretos de libertad, amor y muerte de muchos antepasados de los que vendrán hoy a verme a la iglesia. Y guardó sus nombres.
Ellos darían lo que fuera por saber la verdadera historia de las Esperanzas Escaín y de su heredera, una chica guapa que se casa con un vecino francés. Habladurías, cuentos y leyendas se ven arrastrados de ventana a ventana por estas calles estrechas, que aprisionan los secretos desde hace tantos años que las memorias se han convertido en una manta llena de remiendos para abrigar la soledad del invierno. Tan pronto me preguntan si es verdad que mi bisabuela trajo el cine al pueblo por primera vez, como que si todavía soy propietaria del château que le dejó su amante. Quieren saber si a la abuela Perla le comió la mano derecha un oso con el que luchó cuando era partisana o si nació sin ella por el pecado que había cometido su madre.
Aquí estoy, a punto de levantarme. Pienso en ellas, en sus vientres fértiles como el mío, en el empeño que mostraron para que sus nombres no fueran solo la metáfora de lo que nos empuja a abrir los ojos cada mañana. Suspiro y me levanto, abro los postigos, huelo el aire… Me saludan las montañas, los Pirineos, esa colección de cumbres que nos separan y nos unen. Al fin y al cabo, no somos sino la suma de quienes nos soñaron.
El cuento que se inicia y preside este día empieza cuando se cierran los libros de historia, cuando ya no hay hechos comprobables, sino retazos de vidas que sobreviven en los juegos infantiles, en las canciones de cuna, en los cuentos para espantar el miedo, en los manuscritos y las cartas olvidadas en zaguanes y baúles venidos de ultramar. Conocer la vida de las generaciones que me precedieron me ha hecho fuerte, como si tuviera más derechos para pelear por la felicidad; los suyos y los míos.
Suspiro de nuevo y recito unos versos de García Lorca, ese poeta que no supo que era contemporáneo de mi bisabuela Esperanza Escaín ni que hoy lo citaría yo al comenzar esta historia:
No conseguirá nunca
tu lanza
herir el horizonte.
La montaña
es un escudo
que lo guarda.
2
Esperanza Escaín
Octubre de 1913
Cuando deje mi tierra
y mis ojos se esfumen
entre nubes lejanas,
mi nombre se oirá, cantado
por los susurros del valle.
Anónimo andalusí,
siglo XIV
Esperanza toma aire y escucha el murmullo de los pies inseguros caminando cumbre arriba. La saya, húmeda y pesada, se le ha quedado enganchada en una zarza y teme que se le rompa. A tientas, se detiene agachándose para desenredarla. Respira con dificultad mientras las chicas la adelantan tropezando con ella en la oscuridad. Le aprieta el corpiño nuevo que su madre le ha cerrado demasiado para que no pierda los papeles que debe entregar a los guardias de la frontera si le dan el alto; un pasaporte en el que pone que tiene derecho a ir a Francia. Pegada a su pecho también oculta la carta del patrón Pascal Cherbero, en la que le han dicho que le promete un trabajo en su fábrica, y otra del cura de Burgui con los datos de su bautismo y los nombres de sus cristianos padres.
«Un pie delante del otro, y pensar solo en el suelo que pisas», la había adiestrado su padre. Y ese consejo, tan escaso y preciso, la obsesiona. Mercedes, una de las vecinas del pueblo, que llevaba tres inviernos trabajando en Mauléon, había hablado con el patrón para que contratara a Esperanza. También le había tramitado el alojamiento en casa de Leonora Mayas, una mujer de Salvatierra que vive en la ciudad francesa y alquila habitaciones. Se ha aprendido el nombre y la dirección. No sabe leer, y si perdiera el papel, lo único que le queda es la memoria… «Leonora, Leonora», repite mientras sube un repecho.
Por mucho que le hayan contado cómo es la vida al otro lado, en casa de una patrona, no se la puede imaginar. Quiere pensar que será como una madre, una tía…, una mujer que sabrá cuanto ella ignore. Leonora le enseñará cómo hacer las cosas, piensa mirando el suelo que pisa.
La soledad no la asustaba. Era una segunda piel con la que se envolvía cuando no comprendía lo que pasaba fuera. La soledad vivía en los bosques, en los picos y los collados, en los enfermos sin nadie que les cuidase. Tampoco la amedrentaban el hambre y el frío, pero no saber lo que la aguardaba le ponía la carne de gallina. Si pensaba en eso, en no entender, se le desbarataba el ánimo, y parecía que en su interior hubiera una tierra que se abría en simas como las que en ese momento atravesaba. «Leonora Mayas, rue du Saison, número seis», repite machacona, aunque sepa que ya está grabado a fuego en su cerebro.
Las niñas de los pueblos del valle del Roncal partían a Francia a los doce, trece o catorce años. Desde pequeñas echaban una mano en el campo, cuidaban de sus hermanos, aprendían a ser las mujeres que serían cuando su cuerpo alcanzara la madurez suficiente para casarse y tener hijos. En Francia, ese país al otro lado de las montañas, no se les permitía trabajar a esa edad, pero encontraban la manera de hacerlo. Decían que habían crecido poco, que habían perdido los papeles, que se apañaban con cualquier rincón. Los patronos necesitaban manos pequeñas, ágiles y baratas para coser las alpargatas. Algunas iban en familia; primas, hermanas o incluso con el padre al frente.
Ella va sola. Tenía quince años y la extraña sensación de que, debajo del miedo al que no hay que tener miedo, algo está por descubrir. Su padre le ha dicho que no piense en las que se quedaron por el camino, ni en los pequeños a los que se lleva el tifus, la difteria o las fiebres. Le ha dicho que ella es la única hija viva de la familia Escaín y que ha sobrevivido para franquear los caminos que otras no pudieron. Carmen y Dori, sus hermanas mayores, murieron de paperas cuando eran niñas; quedan tres varones más pequeños en casa. Su madre hasta ese momento se había resistido a separarse de su solitaria hija, pero ha cedido a esa presión que ejercen el pueblo y la costumbre sobre la ignorancia. Tiene miedo de perderla. La ha protegido cuanto ha podido, pero no estaba en su mano hacerlo mejor, y le sigue asustando que la tristeza empuje a su hija a la locura, o al mal de los nervios que ataca a las jóvenes cuando se hacen mujeres y se encuentran lejos.
Finalmente, se rindió. Siguió los consejos de otras: «En Francia crecen de golpe, se arreglan solas y aprenden lo dura que es la vida. Luego se casan mejor y traen un buen ajuar». Quería para ella lo mismo que para las demás; que se abriera camino antes de casarse, que aprendiera a reír un poco más de lo que lo hacía, porque su hija, su Esperanza, era distinta.
Las chicas, que han hecho ya un par de viajes, la vigilan y la miran con curiosidad. Necesitan saber si será capaz de atravesar las montañas o habrá que ocuparse de ella, si el miedo o el dolor la paralizan. Si la pendiente es suave cantan. El ruido coral amortigua el cansancio. Todas en una piña, o en fila india cuando se achica el paso. Por eso, cuando se detiene, una mujer con una pizca de compasión en el tono le rogó que no lo hiciera advirtiéndole que no podían perder de vista el candil del francés que abría la comitiva. La niebla podía caer sin previo aviso y dejarlas a la deriva en medio del desfiladero. Están atravesando una de las foces y el silencio delata el temor colectivo. La joven siente la boca seca por el esfuerzo. Bebe un trago de la cantimplora y sigue adelante. Está a punto de amanecer y las sombras juegan a asustarla. Mira el camino, la luz todavía es una promesa incierta y no ayuda a saber dónde pone los pies. Algo que se parece mucho al miedo empaña la luna apenas visible. Angustiada, reza una plegaria y piensa que, si Dios lo quiere y no resbala por la montaña, cuando llegue junio cumplirá dieciséis años.
—No mires hacia abajo —le susurra una vecina—, y agárrame de la saya.
Conoce las montañas que la rodean desde que abrió los ojos, pero nunca ha atravesado la empalizada rocosa que separa los países. Ese es el camino de los pastores, de los que cuidan el ganado y trajinan con el contrabando. Tampoco hasta anoche había dormido al raso escuchando los animales salvajes, arrebujada y envuelta por la sombra de las cumbres bajo la única mirada de las estrellas. En el pueblo decían que ellas, las cumbres, aunque se vigilaran, no sabían de países, por eso la joven había caminado fijándose en las huellas que la naturaleza dejaba a su paso. Recordaba haber escuchado el torrente casi cuatro horas después de salir de Isaba y en ningún momento se había desorientado. Sabía que habían pasado por la cueva del Pico el segundo día y que la cima del Arrien estaba a su espalda. Para no reparar en el miedo a morir devorada por uno de los osos que decían las otras que salían al camino de la Roca del Infierno, o para olvidar el dolor que empezaba a ser intenso en sus piernas, se refugió en sus pensamientos ignorando los cánticos de sus compañeras.
El 7 de octubre, día anterior a la partida, las golondrinas y sus familias se habían juntado en la iglesia de Burgui para rezar el rosario. Había chicas llegadas de Salvatierra y de otros pueblos de los valles cercanos. Todas se parecían en su aspecto; pequeñas, morenas, inquietas. Se arrodillaron devotas, vestidas con trajes y sayas pesadas y oscuras, capaces de afrontar el camino que les esperaba. Al terminar la liturgia, la iglesia repleta entonó una salve en latín que desató los llantos y el miedo.
Los más viejos decían que aquello se repetía desde 1885. Niñas y mujeres partían franqueando los Pirineos a primeros de octubre para trabajar en el País Vasco francés durante el invierno, hasta la primavera. Una bendición, decían algunos; una sangría para los pueblos del valle, murmuraban otros. Eran las alpargateras, o las golondrinas, como las llamaban. Una mano de obra especializada, mal pagada, revestida de honestidad e ignorada más allá del valle o la Ribera navarra.
Las alpargatas eran el producto más vendido en toda Europa. Los mineros del norte y del este de Francia no usaban otro calzado, y Mauléon, una ciudad situada en los Pirineos atlánticos, en la región de la Soule, País Vasco francés, crecía incesante debido, en gran medida, a la industria alpargatera.
No volverían hasta entrado el mes de abril, y las despedidas estaban cuajadas de consejos. «Trabaja, no seas respondona. A los franceses no les gustan lloronas. Guarda los duros. Serán para tu ajuar y para calzar a tus hermanos. Ya eres una mujer». La madre de Esperanza no sabía que los duros eran francos; tampoco ella, que lo averiguaría en el camino.
Como si se tratara de una letanía, le había repetido lo que debía hacer: trabajar mucho, no mirar a los hombres, ir a la iglesia los domingos y bañarse cuanto le fuera posible. A su lado, el padre le presionaba los hombros con sus anchas manos, para recordarle que él también la esperaba. Desde el interior de la iglesia había oído el resonar de los cascos de los caballos en la plaza. Estaban dispuestos allí con el fin de acercarlas hasta Isaba, el pueblo más cercano a la frontera. En el cruce de Vidangoz se sumaron al grupo las chicas procedentes de Salvatierra. Por el camino fueron recogiendo a otras mujeres que se incorporaban desde los valles cercanos hasta llegar a la venta de Juan Pito, ya en la montaña.
Esperanza, siempre disciplinada, ha conseguido no llorar; sin embargo, al guardarse las ganas, siente que la llantina se le ha quedado atascada en el pecho y le hace daño. No mira hacia atrás. Desde niña ha aprendido que al miedo hay que tratarlo con dureza para que no se apodere de una, pero su corazón abraza el recuerdo de su casa de piedra para que no desaparezca, sin comprender del todo por qué la han arrancado de su sencilla vida.
El camino hasta la venta la deja sin respiración. Han parado en los refugios de los pastores que salían a su paso, ofreciéndoles leche tibia. Las lenguas empezaban a mezclarse antes de llegar a Belagua; euskera suletino, español, francés… A pesar del nudo en el estómago, toma cuanto le ofrecen, hace lo que le indican y contesta a la curiosidad de sus compañeras. Aprende minuto a minuto a ser otra, mientras se guarda la que es para ella sola. Es una chica resistente, de agilidad envidiable y nunca dice en voz alta lo que piensa. Aguanta el frío y el cansancio, aunque le cueste arrastrar la ropa nueva y pesada que su madre le ha cosido para protegerla del invierno francés. La falda se ha ido humedeciendo en los bordes, pesa y le ensucia los tobillos. Los borceguíes le mantienen los pies calientes, pero las cintas se le aflojan en los pasos difíciles. El barro se adhiere y teme que no aguanten y se deshagan antes de llegar a su destino. En una de las paradas, una chica le da unos cuantos recortes de periódico.
—Absorben la humedad. Si tienes los calcetines mojados cámbiatelos o te saldrán heridas. ¿Llevas alpargatas?
—Sí.
—Cuando lleguemos a Santa Engracia, póntelas.
No pide ayuda, a pesar de desearla más aún que el agua fresca, pero si se la dan la toma. Sonríe. Da las gracias con un hilillo de voz, sin atreverse a pedir un hueco entre los grupos que van en familia. Secretamente envidia a las compañeras que van acompañadas gimoteando, tirando del brazo de un padre o de una hermana mayor. Su madre había querido hacerlo, «un trecho, al menos» le había suplicado ella, pero Manuel, el pequeño, estaba siempre enfermo, y su padre, que pasaba gran parte del año en la montaña, esos días tenía que irse.
Era almadiero, un oficio común entre los nacidos en el valle. Después de talar los árboles, había que transportar la madera, y solo el río era capaz de llevarla en brazos de sus corrientes. Por Burgui pasaba el río Esca, que llegaba desde las cumbres recogiendo aguas de otros ríos. Siempre río abajo, los troncos se ataban con ramas de avellano y en ocasiones alcanzaban ambiciosas proporciones, y el almadiero manejaba el remo que timoneaba la balsa para conducirlos a su destino. En los rápidos, no eran pocos los accidentes, y llegar a los centros madereros era una tarea solo posible para los más diestros.
Ha heredado los modos de su padre, su carácter silencioso, su generosidad y su decidida voluntad de juntar unas perras para comprar una vaca. De su madre el cuerpo espigado, los ojos oscuros, el pelo negro y esa manera de trabajar sin quejarse. Esperanza se ha hecho mujer tarde, pero todo indica que se convertirá en una mujer hermosa. Es alta y tiene el cuerpo bien proporcionado. Las chicas siempre le dicen que levante la mirada, que no se encorve, que dé la cara, pero ella no sabe cómo deshacerse de sus posturas.
Vive en una casa de piedra que su padre levantó hace unos años. Hay una escalera de madera que recorre las tres alturas. Está casi al final del pueblo, muy cerca del molino y del puente medieval por el que dicen que pasaron las tropas carlistas. Pegada a ella está la casa Almazán, en cuyos bajos se asienta la tienda del pueblo, y donde su madre trabaja lavando y planchando la ropa de los dueños. Durante el verano, se encalan los contornos de las ventanas y las puertas para que se distingan en la oscuridad, y al partir ha mirado hacia las ventanas como si tuviera miedo de olvidar cuál de aquellas casas de piedra que trepan colina arriba era la suya.
Su padre le ha prometido hacerle un armario de haya durante el invierno, para que cuando vuelva pueda guardar su ajuar. Es la costumbre. El dinero francés no sirve ni puede cambiarse, así que compran un ajuar; sábanas, alguna porcelana, bordados, lo principal para aportar al matrimonio. Pero ella, lo que de verdad desea es volver a verle, y que no se ahogue en los rápidos del río, como les ha pasado a otros almadieros.
Tardan dos días en llegar a la ermita de Arrako, han tenido suerte con el tiempo. Allí, con gran algarabía, se reúnen con las que proceden de los valles de Ansó y de Hecho. Ellas entraban por la sierra de Berrueta, después de bordear el Calveira. Algunas ya se conocen, se abrazan formando corrillos. Esperanza las envidia. Supone que ellas no padecen temores imprecisos, como ese sentirse frágil, sin nada reconocible que temer, que la invadía a ella. Hablan dando voces, ríen a carcajadas y hacen bromas.
Esperanza piensa que en Burgui se comparte todo: la iglesia, los amigos, la escuela, el río y desde luego el aire que se respira, pero a ella es eso justo lo que la ahoga. Se adapta a las adversidades, aunque su férrea timidez la hace buscar constantemente el aislamiento, esos espacios donde nadie la busca, ni se siente observada. Eso es lo que hacen los animales heridos. Mientras mira embobada la espontaneidad de sus compañeras, se arrepiente de no haber intentado aprender a tolerar mejor a los demás, avergonzándose de no haber ido a la escuela y de no saber leer.
Las jóvenes se quitan la palabra unas a otras para nombrar a los novios, los hijos o los muertos. Lo hacen riendo a carcajadas y palmeándose como si el encuentro fuera una fiesta que pudiera borrar el miedo y el cansancio. Decide sentarse junto a ellas venciendo la timidez. Se siente invisible, pero permanece con una sonrisa forzada en el rostro. Una de las chicas le pasa un trozo de queso. Se lo agradece. Contempla las colinas, las rocosas montañas, los desfiladeros. Algo en su interior lucha por abrirse paso para decirle que no está tan perdida como cree, la invita a seguir adelante. No tardará en averiguar que la textura de la solidaridad con la que se protegían las mujeres es lo que hace posible abandonar el hogar, la tierra y la familia para ir a trabajar a otro país sin morirse de miedo y soledad. Un tapiz de pequeños gestos abriga el desamparo. La compañía, el bullicio, el contacto de sus manos entrelazadas cuando el camino se accidentaba, hacía posible que las mujeres llegaran a su destino.
La noche ha caído y unas velas iluminan apenas el interior de la ermita donde pasarán la noche. Al amanecer, separadas en tres grupos, retomarán el camino. Les han dicho que pueden descansar allí porque la venta está llena y la noche es fría. Esperanza entra en el recinto y oye los ruidos amplificados de las voces de las chicas, que buscan acomodo. Apenas ve. Ha prestado la vela a una familia, y casi a tientas palpa la piedra irregular del suelo, para encontrar un lugar llano en el que tumbarse. A su espalda oye una voz femenina, con acento aragonés, que le aconseja ponerse junto a ella y apretarse a su cuerpo o el frío no la dejará descansar. Vislumbra el bulto del que procede el consejo, se arrodilla a su lado y, haciendo un esfuerzo, le da las buenas noches. La desconocida la agarra por la cintura con decisión, atrayéndola hacia su cuerpo como hacía su madre las noches de invierno.
—Si no te pegas a mí, te morirás de frío. ¿Quién eres?
—Soy una golondrina —responde orgullosa.
—Todas lo somos. —Su risa se replica en el vacío—. Pero tendrás un nombre, digo… Yo me llamo Pilar y vengo del valle de Ansó, de una aldea cerca de Huesca. —Bajando la voz, pregunta—: ¿No estabas hace un rato con las chicas de Hecho?
—Pues… no lo sé.
—Sí. Creo que eras tú. ¿Eres del Roncal?
—Sí. Me llamo Esperanza Escaín y soy de Burgui.
—Tiemblas… ¿Es por el frío o estás asustada?
Esperanza dudó antes de responder. Su madre le había aconsejado que nunca confesara el miedo, y su padre, que no temiera confesarlo. Ella no sabía qué hacer.
—Un poco de todo. No sé bien.
—No te preocupes. A todas nos pasa la primera vez. La ignorancia nos hace temblar… —En la penumbra, Esperanza ve que la chica tiene un libro—. ¿Con quién vienes? ¿Te acompañan hermanas o has venido con tu madre?
—Sola.
—¿Vas a Mauléon o a Oloron-Sainte-Marie?
—A Mauléon, a la fábrica de Cherbero.
—Bueno, no será tan difícil como crees. La mitad de las chicas están tan asustadas como tú. Piensa en eso. En Mauléon hay muchas fábricas, la Cherbero es una de las grandes; donde yo trabajo, Béguerie, también es grande. Soy piqueuse.
—¿Qué es eso?
—Coso la tela a la suela haciendo un pespunte. Creo que Cherbero ha traído una máquina de coser de Alemania especial para las alpargatas… La que termina más pares durante la jornada cobra más.
—Yo sé hilar la lana y hacer calcetines.
Todo sirve, pero las alpargatas son otra cosa.
Pilar se lanza a hacer precisiones sobre la confección de la alpargata que ella desconoce. Le explica las mañas del esparto cuando está muy seco, y la largura del hilo, indispensable para coser la pieza entera, y también para qué sirve el pequeño banco que algunas mujeres llevan en la mano. Esperanza piensa que la joven es una experta. No se atreve a preguntarle los años que tiene, pero intuye que es mayor que ella. Al paso de una vela ve una cara ancha, curtida por el sol, y unos ojos oscuros.
—Tenemos que dormir.
La ve guardar el libro. No quiere dormirse sin preguntarle algo que la carcome.
—¿Tú sabes leer?
—Sí. Leer y escribir —confirma satisfecha Pilar.
—¿Me enseñarás?
—¿No has ido a la escuela?
—A veces, pero no lo suficiente… Sé todos los números, y hacer cuentas, pero leer…
—Te enseñaré. Pareces lista, y yo necesito amigas listas. Cuando estemos en la Haute Ville, tendremos oportunidad de vernos. Ahora cierra los ojos, no pienses en nada y duérmete. Nos queda un buen trecho.
Su cuerpo encontró acomodo y calidez. Se durmió en unos instantes con aquella promesa flotando en su cansancio; la de aprender a leer y tener una amiga. La conversación había deshecho su miedo. Albergó el deseo de que, además de trabajo, Francia le diera la oportunidad de saltar del lado de la sabiduría que encerraban los libros.
Poco antes de salir el sol, los que las guiaban entran en la ermita haciendo ruido y apresurándolas. Esperanza se vuelve, impaciente por hablar y mirar a los ojos a su protectora. Casi con angustia, comprueba que ha desaparecido. Mira alrededor buscándola, pero el barullo y el negro de las sayas hace que todas las mujeres parezcan la misma. Esperanza obedece pensando que afortunadamente el destino es el mismo.
Han caído unos prematuros copos de nieve, y el camino, embarrado y resbaladizo, resulta arriesgado. Un silencio sin viento las acompaña durante la primera hora. El valle de Belagua, rodeado de cumbres talladas por el viento, tiene pendientes de hasta quinientos metros, y el trayecto le parece inacabable. Las jóvenes, no obstante, hacen chanzas y cantan; las mayores piden silencio aconsejando reservar las fuerzas y tener cuidado de no precipitarse al vacío. Ella sujeta el hatillo donde lleva un par de mudas, una toquilla y ropa de invierno. Piensa en el cuaderno y el lápiz que su madre le ha metido para que haga las cuentas. Un preciado tesoro. Se maneja bien con los números, y si Pilar cumple su promesa de enseñarle a leer, empezará una nueva vida.
Llegan a Otxorrigana cuando ya amanece. Una luz dulce y brillante dora las montañas, como si las vistiera de fiesta. Esperanza guarda en su cabeza los colores inimaginables con los que a veces se tiñe el cielo de su valle. En ocasiones ha acompañado a su padre remontando el valle, pero nunca ha llegado tan lejos. Atraviesan el pico Lakhoura, con los matorrales repletos de frambuesas y endrinas, y sobrepasan varios mojones fronterizos, aunque nadie les da el alto. Los guardias saben que cuando las golondrinas se dirigen a Francia los bolsillos van vacíos.
Una de las mujeres del grupo se pone a su lado. Es de Burgui y la conoce.
—Esperanza, ten cuidado con los capataces. Se las saben todas, y tú eres muy guapa.
—Ya me lo han dicho.
—Si te toca alguno, dale un manotazo furioso, no tiembles, y dile que avisarás al patrón como vuelva a hacerlo. Si no te resistes, acabarás volviendo con una barriga.
No quiere ni imaginar que eso pudiera suceder, aunque todas las mujeres la advierten de lo mismo: de que no se quede a solas con los hombres, de que no les permita confianzas y de que no ande nunca sola cuando cae la noche. Es verdad que Esperanza es guapa. Alta y espigada, tiene una cara bonita, de expresión dulce, con los labios carnosos y los pómulos marcados. Los ojos parecen más negros de lo que son, pues unas largas pestañas le proporcionan una sombra que los agranda, pero lo más hermoso es su mirada, casi siempre posada sobre un horizonte solo existente para ella.
Por fin, a lo lejos se ven los tejados del primer pueblo importante, Sainte-Engrâce. Busca con avidez las pruebas de cuanto ha oído hablar de aquel país elegante y distinto, lleno de adelantos, de riqueza y de cafés donde las mujeres se sientan y beben una infusión en tacitas de porcelana, pero no ve más que un pueblo menos encerrado pero muy parecido al suyo, con una ermita y un río donde esperan los carros que van a llevarlas hasta Mauléon.
A esas alturas del viaje, el cansancio ha hecho desaparecer el jolgorio. Los nervios se le han atascado en el pecho y le cuesta respirar; sin embargo, no dice nada. Busca con la mirada a Mercedes, su vecina, a quien no ha visto desde el paso fronterizo, pero Pilar, que ha reaparecido en otro grupo al pasar la frontera, la apremia para que suba a uno de los carros y se siente a su lado.
—Tienes que demostrar decisión, que no parezca que no has salido nunca del pueblo. ¿Comprendes?
—Creo que sí.
—¡Ay, Esperanza! No te va a quedar más remedio que aprender rápido. Mira, niña, imagina que a partir de hoy eres otra, que la que eras la has guardado en la alacena de tu casa de Burgui y la encontrarás en el mismo lugar a la vuelta. —Esperanza la mira casi divertida con aquella propuesta—. Olvida la timidez y el miedo. Aquí nadie te conoce… ¿Tienes novio?
—No. —Ella se ruboriza.
—Hay mucha lagarta suelta. No te fíes de las que lo saben todo. Tú mira y calla, y luego me preguntas. Venimos a trabajar, a comprar cosas que otras no tendrán en su casa cuando se casen. Luego volvemos y aquí paz y después gloria. ¿Dónde me dijiste que vas a vivir?
—En casa de Leonora Mayas —recita el nombre aprendido de memoria.
—La conozco. Y también a algunas de las que se alojan con ella. Estaremos muy cerca. Yo me quedo en casa de Angelita Arriaga, por si quieres buscarme. El barrio está prácticamente ocupado por golondrinas, ya verás, te sentirás como en casa. Ojo a lo que te digan de tu patrona —le advirtió—, no hagas caso de las habladurías, hay mucha chismosa suelta, pero Leonora es una buena mujer y te tratará bien.
Su avidez por descubrir mantiene su mirada en el horizonte. El campo se parece; los árboles son los mismos, y los animales que pastan, semejantes a los que hay en los prados de la ribera. El carro se mueve tanto que parece que en cualquier momento van a salirse las ruedas del eje, pero las chicas están tan cansadas y les duelen tanto los pies que acompasan sus cuerpos al trote como si no tuvieran huesos.
—Aquello es Mauléon o, como dicen por aquí, Mauléon-Licharre. —Pilar señala hacia un horizonte de tejados—. La «a» con la «u» se convierte en «o»… Moleón —le dice acercándose a su oreja.
—Moleón.
—Eso es. Pero no te preocupes por el francés, aquí tenemos nuestro propio idioma. Un poco de aquí, otro de allá, y te entiendes porque te tienes que entender. Muchos franceses saben algo de euskera o español y tienen las mismas narices grandes. Te enseñaré. —Le coge la mano y dibuja con su dedo índice la letra «M» en su palma—. Son dos montañas, la eme, se escribe así —y repite el gesto—. Mmmm de Moleón.
El carro sigue traqueteando por un camino rodado. El paisaje se ha suavizado. Abundan campos sembrados de cereal, pequeños bosquecillos de hayas y granjas diseminadas con paisanos que las ven pasar y levantan la mano en señal de saludo.
—¿Son simpáticos los franceses?
—Son buena gente, pero simpáticos… No sabría qué decirte.
Atraviesan una aldea, pasan por una iglesia, un bosque de castaños, un pozo. Nada le es ajeno hasta que se produce un cierto alboroto. Señalan el horizonte y parece que estén viendo algo que sus ojos no saben identificar. Es Mauléon. Escucha que en la ciudad hay más de cuatro mil almas y una estación de ferrocarril desde la que se puede ir a cualquier lugar. Que hay luz eléctrica en las calles, tiendas y cafés. También existe un tranvía que comunica la ciudad con Oloron y Pau.
—El trayecto desde la Haute Ville, donde vivimos los españoles, hasta las fábricas lo llaman la calle Mayor, y al barrio, la Jota Villa. Es por el francés, las letras suenan distinto y así resulta más fácil de pronunciar. Los franceses, o los que han nacido aquí, viven en la Basse Ville. Bordeando el río Saison, sobre la rue du Collège, están tu fábrica, la Cherbero, y la mía, la Béguerie. Te enseñaré el centro. Hay dos hoteles y varios cafés en la plaza. También tiendas que tienen de todo lo que nos falta allí y unos almacenes que se parecen a los de París. Se llaman Galerías Modernas y tienen dos pisos llenos de todo cuanto puedas desear. Iremos —prometió Pilar.
Embelesada por las promesas, mira la ciudad que en ese momento atraviesan preguntándose cómo sería la vida tras las ventanas emplomadas, en los edificios de formas caprichosas y elegantes que cercan la plaza. Sus compañeras señalan una casa fornida rodeada de jardines que llaman «palacio», y un café en el que por lo visto entran las mujeres a tomar chocolate caliente. A Esperanza apenas le da tiempo de verlo todo. Tiene la garganta seca y ganas de llorar. No porque se sienta mal, sino porque cada cosa le parece un camino a tomar y está feliz por ello. Le llaman la atención las farolas con luz eléctrica, los escaparates de los comercios y los peinados y los vestidos sin corsé de las mujeres. Todos llevan calzado y van aseados. Hasta el carro llegan los murmullos de un idioma desconocido salpicado de palabras que le resultan familiares. Algunos se quitan la boina, sonríen. Están en Francia.
Dos años atrás, había acompañado a su madre a Isaba para visitar a un médico del que se decía que podía curar los frágiles pulmones de su hermano Manuel. El pueblo le pareció grande, y vio un par de tabernas y algunas casas importantes que poseían muchas ovejas, pero no se parecían a lo que veía. Cuando bajaba a lavar al río oía las historias de los que se habían ido a trabajar a Bilbao, Biarritz o Pamplona. Allí había lavadoras en las casas de los ricos y balcones que daban al mar, por no hablar del palacio donde el mismísimo rey pasaba el verano huyendo del calor de Madrid. Los que volvían al valle con dinero se hacían retratos que luego colgaban en el comedor vestidos como gentes de fuste y en los que parecían otros. Quizá Pilar se refería a aquello cuando hablaba de ser otra.
En su cabeza tiene grabada la geografía de Burgui, con su río, su presa, su puente, su molino y sus montañas, como si se tratara de los rostros de sus padres o del camino hacia la iglesia. Conoce las costumbres de sus vecinos, a quién pertenecen las tierras o los nombres de las casas, pero la ciudad que ve nada tenía en común con su pueblo… Su padre le ha advertido de que el mundo se extiende más allá de las montañas y que los barcos saltan los mares. El mundo es grande y empieza por la letra «M».
Bajan del carro junto al río. Hasta allí acuden gentes de todos los valles navarros para dar la bienvenida a las chicas. Su compañera Pilar la agarra de la mano y la conduce por una calle empedrada, que comienza con casas señoriales y sube colina arriba en una hilera de construcciones humildes e iguales que terminan en una plaza y un frontón.
Todas las casitas tienen una pequeña explanada y frente a las puertas algunas mujeres trabajan al sol; los hombres beben en pequeñas tabernas improvisadas. Los chiquillos juegan, y en los alféizares hay flores.
—Esta es la Haute Ville, o la Jota Villa, como la llamamos nosotros. Aquí estará ahora tu patria.
Esperanza siente alivio al comprobar que, aunque las montañas parten la tierra en dos países, lo que ve en aquel barrio se parece tanto a lo que ha dejado atrás que la añoranza no va a ser tan grande como imaginaba.
Y, además, está decidida a ser otra.
3
Una novia en alpargatas
Cuando por fin regresas a tu tierra, descubres que no era tu vieja casa lo que extrañabas, sino tu niñez.
SALUSTIO
Mi padre huele a lavanda y a ámbar. Tranquiliza a su Espe, que revolotea alrededor como una polilla. Le dice que está muy guapa, y seguramente lo piensa, pero que nadie le pregunte de qué color es el vestido que lleva su reina.
Ella saca de la nevera el ramo que Gladys trajo de la floristería de Pamplona ayer a última hora. Lo zarandea con prudencia para que esté fragante y me lo entrega. Quiero abrazarla, pero no debo hacerlo. Sé que para ella hay un límite en lo que a expresiones de cariño se refiere, y el día que tiene por delante va a estar lleno de ellas. Sujeto el ramo, y durante unos segundos le agarro la mano, impidiendo que me abandone; rosas blancas de pitiminí, fresias, gardenias, algo de brezo y eucalipto.
«Yo también te quiero».
Mi madre recoge algo, vuelve sobre sus pasos, estira una punta del tul de mi falda, nos adelanta… Avanzamos a cámara lenta respetando la coreografía que impone la situación.
Esta casa, que como todas las del pueblo lleva el nombre de la familia que la construyó, tiene muchos desniveles porque en realidad son dos casas unidas. Hay que sabérselos de memoria para no tropezar y subir o bajar por las cuatro escaleras que no se sabe bien por qué se conservaron. La casa de los Escaín era estrecha, pequeña y estaba pegada a la casa Almazán, una de las mejores del pueblo. De espaldas a ella y asentada sobre el camino del río, estaba la casa Avizanda, cuya familia quedó a la deriva en los años de la guerra del 36. La mujer y los niños abandonaron el pueblo, después de vender a mi abuela la propiedad por unas monedas de plata. La casa no era gran cosa, pero se tiró algún tabique, se respetaron las escaleras para ganar espacio. Ese es el motivo de que sea un caos incomprensible. Yo bajo las escaleras desde la cocina, base de operaciones y encuentro de las dos edificaciones. En la planta baja se guardan las bicicletas, se recibe a los vecinos, se almacenan los botes de conserva que mi madre hace como si no hubiera un mañana y desde donde se accede a la calle Ahí nos detenemos.
Mi padre, sonriendo, me toma la mano, la enlaza a su brazo y me interroga con la mirada antes de abrir la puerta. Estamos a punto de salir cuando mi madre coge una bolsa con el rótulo de unos almacenes y nos arroja un «¡Esperad!».
La miro y pienso en una reina destronada, y en mi cabeza Serrat canta en catalán: «Soc el drapaire, compro ampolles i papers, compro draps i roba bruta, paraigües i mobles vells…».[1] El traje de seda verde pavo real le da elegancia, pero la bolsa… Tiene el vicio de llevar siempre una bolsa en las manos y hoy no parece querer renunciar a él. Mi padre la coge sin que ella se lo pida, porque Espe nunca pide nada a su marido, ya acostumbrado a adivinarle el pensamiento.
—Luego volvemos a por ella, cariño. —Y la deja en la mesa.
Pero ella la coge de nuevo y me mira.
—Es para ti. Lo he pensado mucho y quiero que te lo lleves. Ahora que te has empeñado en conocer las historias de nuestra familia, bueno… de las Esperanzas, esto te vendrá bien.
—Pero, ama, ¿qué es eso tan importante?
—Son cartas que llegaron aquí, al pueblo, para tu abuela, después de que muriera. Están sin abrir. La verdad es que podría haberlas tirado, pero las guardé. —Mi madre mueve la bolsa en el aire, evitando entrar en contacto con ella. Yo también hacía ese gesto cuando compraba pescado—. Lo dejo en tus manos. Yo… —se toquetea la flor de la solapa de la chaqueta—, ¿qué te voy a decir? Cuando estés en Roma las lees.
Se queda esperando.
Incrédula, la miro abriendo mucho los ojos.
—Pero, ama, ¡justo cuando salgo vestida de novia para ir a la iglesia! Es el día de mi boda. ¿Tienes que dármelas precisamente ahora?
—No he encontrado el momento.
Una pizca de desesperación empaña mi felicidad durante unos instantes. Yo hubiera matado por esas cartas hace unos meses, pero ahora es como recordarme que este día precioso puede terminar en tormenta. Respiro y recupero la cordura. Le digo que las deje ahí mismo y que luego las suba a mi habitación. Miro a mi madre y me enternece esa eterna vacilación que baila en su mirada.
—Dame un beso —le pido.
Me abraza con cuidado. Con miedo a que se arruguen los tules, se desmoronen los maquillajes o se marchiten las flores de este día que la sobrepasa.
—Vamos —exclama mi padre mirándonos y temiendo que alguna de las dos resbale y se ponga a llorar.
No ha sido fácil llegar hasta la puerta, pero aquí estamos. Cuando mi padre pone la mano en el pomo con una mirada interrogante, me suena el móvil.
Es Gaston, mi amor, diciéndome que ya están en el pórtico esperando. Le digo que estamos saliendo y que, según mi madre, la novia debe llegar tarde. Al otro lado, me parece escuchar el ruido que hacen sus neuronas para entender el realismo mágico de mi vida. Él es francés, ha sido educado bajo el pragmatismo, ha leído a Montaigne y a Voltaire, y no tiene ni idea de lo que es poner una vela a la Virgen de los Remedios o no perderte el «Pobre de mí» en la plaza del Castillo en San Fermín. A veces se despista en la selva de mi caos, pero me encanta que me acompañe alguien que no pueda evaluar del todo los pasos que doy.
—¿Me lo guardas, aita? —Le tiendo el móvil a mi padre.
Si le pidiera que me trajera el nido de cigüeñas del campanario de la iglesia, incluso con el chaqué que lleva hoy, subiría a por él.
Se mete mi teléfono en el bolsillo y me prendo a su brazo de hierro. Vuelve a intentar abrir la puerta y nos mira. Las dos le hacemos una seña… The show must go on.
Él es un hombre doblemente importante para mí; me ha dado la vida, y luego, con la generosidad que le caracteriza, me ha revelado mi historia: ese palacio lleno de estancias a las que vas y vuelves para comprender de dónde vienes y adónde vas. La historia es un patrimonio indestructible que hay que tener en cuenta cuando uno hace la declaración de la renta de su vida.
Salimos. El calor y la luz de la tarde nos reciben y nos hacen entrecerrar los ojos. Se impuso la ceremonia a las seis de la tarde. Había que coordinar muchas cosas. Nos movemos con lentitud. El tul de mi vestido aleja a los que me rodean, y Espe lo pone en orden cada diez segundos. Parece que voy a bailar el «Cascanueces», pero es una falsa realidad; cuando llegue el momento de agarrarme a Gaston para nuestro vals, soltaré un lacito escondido y mi tutú echará a volar para mostrar que, debajo, mi vestido de seda se pega a mi anatomía como el que llevaba Gilda cuando se quitó el guante. En la esquina, donde está la panadería, hay un corrillo de tres o cuatro parroquianos que se abre en abanico para mirarnos.
Mi madre abre la comitiva. Mueve las manos como un guardia urbano y temo que las costuras de su traje de seda se resientan antes de terminar el día. Espanta unas moscas, dirige, antes de enmudecer por la emoción cuando una vecina la abraza. Su marido la mira, supervisando que no se le caiga esa teja que los que no quieren parecer frágiles tienen sobre la cabeza. En el recodo, unas mujeres me esperan para verme.
«¡La Esperanza más guapa!», dice una mujer.
Sonrío y camino por la calle empedrada que sube hacia la iglesia; la calle del Medio. Giro y avanzo por las escaleras que el tiempo ha desgastado dirigiéndome hacia la calle de la Peña. Estoy nerviosa, y me falta el aire cuando llego a la calle del Castillo y escucho tañer las campanas. Me siento como si procesionara por la calle Sierpes de Sevilla.
«¡Qué novia más guapa! Al aita se le cae la baba».
Mi padre responde orgulloso a las mujeres que están frente a Juanazinza Etxea. Le miro con toda la verdad que guardan mis ojos y no puedo evitar pensar en el misterio eterno que nos une, en ese azar inamovible que encola la vida de quien amamos o nos ama.
He vivido en Pamplona, donde nací. Estudié en París, en Inglaterra, en Toulouse y en Barcelona, pero en Burgui, en mi caótica casa junto al río Esca, soy la niña que fui. Aquí nacieron y vivieron todas mis antepasadas, pasé mis veranos de infancia con mi abuela. No hay un rincón de este pueblo que no conozca de memoria, y ella, la memoria, ha fijado en cada recodo mi niñez.
«¡Una novia en alpargatas! Qué majica ella», oigo a mi espalda. Y doy un pasito más, orgullosa como una palmera.
Los pueblos son abrazos dulces. Cobijan, consuelan, te fortalecen; sin embargo, también te obligan a ceder una parte de tu intimidad. Las casas están apretadas, las calles son estrechas, se comparten muros, gritos y silencios, en la misma medida que charlas y risas. Si se oye un llanto de madrugada, a la mañana siguiente tus vecinos buscarán su rastro en tus ojos y se ofrecerán para aliviar. Los que se quedan en invierno saben que están solos, lejos, y que dependen los unos de los otros.
Mientras camino despacio por estas calles, los recuerdos se levantan de las piedras. Miro las caras, las reconozco. Margarita está en la ventana de la casa Esparza. Ella se casó hace diez años en la ermita de la Virgen de la Peña. Me saluda, me sonríe. La tía de Pedro se enjuga una lágrima. Tiene la cabeza perdida y me pregunto a quién le recuerdo. Raimundo se apoya en el bastón y achica sus ojillos velados por las cataratas; así sería mi abuelo si lo hubiera conocido.
De niña, cuando preguntaba a mi madre por el abuelo, ella me agarraba de la mano y me llevaba hasta el cementerio, donde, frente a unas sepulturas medio abandonadas, me pedía que rezara un avemaría por él. A mi espalda, la abuela farfullaba aquello de que la mentira tenía las patas cortas… Pero mi madre era persuasiva.
Nunca me convencieron aquellas tumbas olvidadas. Por eso, una y otra vez, volví a preguntar a quien se puso a tiro de mi curiosidad. Pero el gato siguió encerrado, porque nadie me dio una respuesta que saciara mis ganas de saber. Una especie de secreto pegajoso volaba sobre mis antepasados, así que me rendí acomodándolos a que los avatares de la historia habrían hecho desaparecer sus sepulturas verdaderas. «No hay que revolver el pasado cuando no es bueno. Todos están muertos, Esperanza», repetía mi madre. Hubiera necesitado al mismísimo Freud para sacarla de sus secretos, pero era una niña. Pregunté a Margarita, que tenía fama de saberlo todo. Me dijo que mi abuelo, según le había contado su madre, estaba enterrado en Pamplona y no allí, y que sobre las mujeres de mi familia pesaba un maleficio: se quedaban sin hombres. Ahora la veo en la ventana y recuerdo cómo le brillaron los ojos cuando pronunció «maleficio».
Miro a mi madre y camino sabiendo muchas cosas que ella no sabe. Sé de quién se enamoraron las Esperanzas y conozco la historia de algunos objetos que dejaron tras de sí. Tengo ganas de decirle a Margarita que ya no hay maleficio, que tan solo se trata de unas jodidas existencias que se toparon con conflictos bélicos y con fronteras.
Hace ahora casi dos años, mi madre se empeñó en que había que cambiar un trozo de madera del suelo de la habitación que llamamos sabayau. Es lo que fue el pajar, lo que yo llamo ático. Era la habitación de las Esperanzas cuando eran jóvenes, y la mía después de que abrieran una ventana que da al río. En realidad, lo que dijo mi madre fue que ya que la madera empezaba a pudrirse había que cambiar todo el suelo. Mi padre, que teme más unas chapuzas que la niebla, antes de traer de Pamplona a un experto, miró la tarima y fue como si tropezara con algo. Uno de los listones, justo bajo el armario de haya que hizo el tatarabuelo, estaba gris, opaco, una anomalía en el suelo artesano.
Pensó que se trataba de algún tipo de hongo, que quizá una lijadita y un poco de barniz lo repararían. Pero que lo mejor era dejarlo como estaba y taparlo con alguna cosa. La tarima tenía más de cien años, y el remedio parecía peor que la enfermedad. Espe frunció el ceño y así lo mantuvo todo el fin de semana sin añadir un reproche. Mi padre se rindió, y el siguiente fin de semana volvió a arrodillarse, con igual dificultad porque le molesta el menisco, y empujó el armario para observar mejor. Según me contó, tuvo que reconocer que el punto que su Espe le indicaba de manera tenaz —«Ahí… ahí»— parecía áspero, como si algo amenazara con descomponer la armonía de la bella tarima construida por el tatarabuelo Escaín. Ni los cambios en la estructura de la casa ni las Esperanzas que pasamos por la mejor habitación osamos perturbar su encerada tarima, salvo mi madre, que ve lo que nadie ve.
Después de que su mujer lo dejara solo, prometiéndole un guisado y unas migas, mi padre lijó la cera y limpió la roña acumulada. Al final de la mañana, el listón bailó, y comprobó que la holgura facilitaba la acción de levantarlo con una independencia sospechosa. Bajo la madera que incomodaba a Espe Escaín, descubrió una caja de hojalata oxidada y una especie de rollo de tela en el que habían envuelto cartas y fotografías milagrosamente conservadas.
Mi padre le entregó la ofrenda a mi madre, pero ella corrió escaleras abajo sin decir una palabra. Mi padre y yo sabemos hasta qué punto le espanta el pasado o cualquier cosa que pueda revelarle que fue distinto a como ella quiere recordarlo. No supimos por qué la bisabuela salvó de la curiosidad aquel tesoro. Yo he querido imaginar que fue su anhelo lo que dejó aquello olvidado para que yo supiera, muchísimos años después, que una contienda le partió el corazón y puso unos ojos azules en mi rostro, semejantes al mar que vio por primera vez en Biarritz.
El hallazgo de los secretos de la bisabuela fue como rellenar con Aguaplast los agujeros de un viejo apartamento para después pintarlo y olvidar definitivamente el dolor que habían soportado sus paredes.
Pertenezco a esta tierra, a este pueblo, y por eso camino hacia una iglesia que me cobija, aunque no venga a rezar. Espero que el Dios para el que se construyó sea generoso conmigo y comprenda que vengo vestida de novia para que por fin podamos poner el punto final a esta historia y olvidemos que el pecado del amor no conduce al infierno.
Levanto los ojos. La pequeña plaza está llena de gente. En el sencillo pórtico se agolpan los invitados, que se abren a nuestro paso para que pueda encontrarme con mi amor. Alguien ha puesto una bandera francesa a la izquierda de la entrada. Me detengo a esperar las indicaciones de mi amigo José Manuel, el sacerdote. Veo como le ordena a Gaston que entre. Nos hace una seña. Mi padre me dirige con suavidad. Cierro los ojos, olfateo el aire, que huele a bosque y a infancia, y luego poso la mirada en la belleza del promontorio de la Kukula, al que subía de niña para ver los Pirineos, el horizonte de mi imaginación. Mi corazón se llena de algo que sacia la soledad y que se parece mucho al amor.
A estas alturas, ya no sé si pertenezco a alguno de los países que hay a un lado y a otro de ese macizo de montañas. En esta familia de Esperanzas, nunca se supo a ciencia cierta si la frontera estaba en la tierra o en el corazón.
4
Esperanza Escaín
Octubre de 1913
La valentía es una clase de salvación.
PLATÓN
Pilar se despidió de Esperanza prometiéndole que volvería a buscarla. Estaban delante del número siete de la rue du Saison, una edificación igual que las demás situada al final de la calle. Incrédula, Esperanza la vio alejarse y bajar la cuesta con agilidad, levantando el brazo aquí y allá. Algunas golondrinas entraban y salían de las calles, los niños jugaban, y ella de nuevo se sintió sola. Volvió a ser la chica de Burgui ignorante y atemorizada. Paralizada, miró la fachada de la que iba a ser su casa y llamó a la puerta.
—Está abierto. ¡Adelante!
Agarró el hatillo, olvidó el cansancio y dio un paso al frente.
Leonora Mayas, la mujer que alquilaba habitaciones, esperaba a sus pupilas aplicando el rigor de su cometido. Mitad madre, mitad patrona, vestía de negro y caminaba con los brazos en jarras bamboleando las caderas. Su pelo, enroscado con esmero alrededor de la cabeza, se hallaba salpicado de hebras plateadas. Unos zarcillos de oro en las orejas le daban un aire señorial que se perdía en sus carrillos lustrosos y en las manos regordetas que toqueteaban el aire como si fuera un árbol repleto de fruta.
La joven roncalesa trató de adivinar a qué se enfrentaba mirándola a los ojos. Buscó en ella la confianza y el cobijo que necesitaba. Estaba acostumbrada a adivinar si la persona era de fiar o no, si podría ayudarla o si por el contrario era aconsejable bajar la mirada y no retarla porque podría hacerle daño. En los pueblos los niños pasan tiempo con las mujeres. Durante los primeros años, van pegados a sus faldas, y la educación es casi una cosa común. Ella ha vivido observándolas, escuchando sus chanzas, teniendo en cuenta sus advertencias. Esas pistas le hacen suponer lo que se espera de ella sin tener que preguntar.
La patrona no se sabía si era joven o vieja. El trabajo incansable, la precariedad y los críos, siempre numerosos, envejecían a las mujeres del pueblo hasta borrarles los restos de la juventud. No logró sacar conclusión alguna. El corsé le apretaba de tal manera que le faltaba el aire, le sobraban algunos kilos y al hablar respiraba con dificultad, pero tenía todos los dientes y olía a jabón, y eso siempre era bueno.
—¿Cuántos años tienes? —Se dirigió a ella mirándola de arriba abajo.
—En junio tendré dieciséis.
—Me han dicho que vienes sola.
Esperanza dudó antes de responder. No sabía si preguntaba o si constataba lo que era evidente. Solo fueron unos instantes, los suficientes para que advirtiera al fondo de las pupilas de aquella mujer adusta una chispa de ternura, el embrión de algo que disipó, en parte, aquel devorador temor que sentía.
—Sí.
—Dormirás con las hermanas de Fago. Ellas te contarán lo que me gusta o detesto, lo que permito o no. En esta casa nunca ha habido escándalos y espero que tú no vayas a ser la primera. Estarás bien —concedió Leonora casi en un susurro—. Yo cuido de mis golondrinas.
En la voz de su patrona se adivinaba el rastro de algo mullido y bueno que la reconfortó. Esperanza asintió, aliviada, sin apenas fuerzas para hacer un gesto amable. La voz no le salía del cuerpo, rígido y cansado. Se adentró en la casa guiada por las demás e imitó sus movimientos, buscando siempre un rinconcito donde nadie la viera demasiado.
En la planta baja estaban la cocina, amplia, con una estufa de hierro y alacenas, y un comedor con chimenea. Todo limpio y ordenado. Había un lugar donde lavar los platos y una bomba para tener agua corriente. En las paredes colgaban sartenes y pucheros. Por una escalera estrecha de piedra, por la que desfilaron en procesión silenciosa, se accedía a la primera planta. Leonora le mostró la habitación donde iba a dormir los siete meses siguientes. Al verla sintió una punzada en el corazón: seis camastros, unos cajones de madera para meter las pertenencias y un viejo armario con una luna oxidada. La opresión de saber que iba a compartir el espacio con cinco desconocidas la hizo coger aire de forma audible, pero sus compañeras ya estaban eligiendo sitio decididas. Se tumbó en el camastro y apenas se detuvo a esperar a que las demás dejaran de moverse. Se durmió de inmediato.
Según le contarían más tarde las chicas, las dos puertas que había en el rellano no eran de su incumbencia. Una estaba ocupada por un huésped al que nadie había visto nunca y la otra era donde dormía la patrona. Las chicas tenían terminantemente prohibido rondar por allí y el decoro era imprescindible. No se admitían visitas salvo que se hubiera solicitado permiso para recibir a familiares. En ese caso podían encontrarse con ellos en el comedor, donde había una mesa grande de patas torneadas y seis sillas. Además del desayuno se servía la cena, que consistía en un plato de migas con un poco de tocino, lentejas o una sopa de ajo.
Le pareció extraordinario descubrir al día siguiente la existencia de un retrete, al lado de un lavadero con una ventana desde la que se veía un trozo de huerta medio abandonada. De la pared colgaba un barreño metálico de considerables proporciones para quien quisiera tomar su baño mensual.
—La fuente está muy cerca —le dijo la mujer mientras
