Escena expositiva
Toda vida comienza con un primer acto y, sobre todo, con un telón levantándose. ¡Quién sabe si esos instantes marcan el resto de nuestra existencia!
All the world’s a stage,
And all the men and women merely players.
SHAKESPEARE
(El mundo entero es un escenario de teatro,
y todos los hombres y mujeres,
pura y simplemente actores.)
Por eso el modo en que entramos en escena tiene una importancia decisiva.
Un hombre. Una mujer. Juntos, esperan en una consulta sumida en la penumbra para rebajar el pudor. Obstetricia obliga. Sentados el uno junto al otro, se lanzan miradas furtivas y esbozan sonrisas maquilladas de una confianza que distan mucho de sentir.
El médico con bata blanca entra y, mediante unas afables indicaciones, invita a la joven paciente a tumbarse. Ella obedece y se traga discretamente su necesidad de empatía, proporcional a su insondable deseo de que la tranquilicen. Se tiende sobre el papel blanco, que, como era de esperar, se rompe. Sin saber por qué, le fastidia que esa hoja que debería proteger la camilla no permanezca en su sitio.
El doctor le pide que se levante la ropa por encima del pecho y mira sin asomo de preocupación el enorme bulto que queda al descubierto. Bueno, bulto… Balón. Globo. Exoplaneta. La mujer no acaba de acostumbrarse a él. Abre los ojos como platos ante esa cosa que antes era su barriga y ahora se ha convertido en algo ajeno a su cuerpo. Una protuberancia que observaríamos como una rareza en una sala donde se exponen curiosidades.
Mira la línea oscura que une su ombligo a su pubis. El primer dibujo que le dedica su hijo. Habría preferido que buscara una pared que no fuese su cuerpo, para expresarle su amor con un grafiti. No está molesta con él. Simplemente nota que se abre paso de nuevo un temor que le es familiar. ¿Recuperará algún día esa graciosa barriguita plana que hace nada causaba estragos? No le apetece verse incluida ya en otra categoría: ¿será en lo sucesivo madre antes que mujer? Cierra los ojos para no pensar en eso. Ahora no. Todavía no.
Su pareja pregunta: «¿Todo bien?». «Sí, todo bien». El doctor, metido en su papel, se inclina para aplicarle el gel frío en el abdomen. Escalofríos. Cualquier buen portador de estetoscopio habría hablado de horripilación o de reflejo pilomotor. Los demás —vosotros y yo—, de carne de gallina…
La sonda comienza su trabajo de exploración. Se hace el silencio. Hay momentos en los que las palabras no tienen cabida. La mirada de la mujer también sondea e intenta descifrar la más mínima parcela de información en las facciones tersas y concentradas del obstetra. De pronto, el rostro del hombre se ensombrece. ¿Y si esa arruga entre sus ojos solo se debe a que está frunciendo el ceño? La mujer contiene la respiración y clava las uñas en la palma de la mano de su marido. La inquietud deja en ella cuatro pequeñas marcas de color rojo sangre. Él no rechista, electrizado por las imágenes surrealistas del pequeño ser que aparece en la pantalla.
Los segundos se hacen interminables. Hasta que por fin se pronuncia el veredicto. Primer alivio unos meses antes del momento.
«Todo está en orden». Cuatro breves palabras dichas como quien no quiere la cosa, con una ligera e imprecisa sonrisa de facultativo satisfecho. El corazón de los felices padres estalla de alegría. Aunque no demasiado ruidosamente, pese a todo, para no perturbar el ambiente cargado de deferencia.
«¿Quieren saber el sexo?». Sí. Quieren. Eso permitirá preparar la llegada del bebé con más tranquilidad. El color del papel pintado, la canastilla…
La sonda se mueve de nuevo sobre el abdomen. El médico busca. Lo intenta. Hace una mueca. «Lo siento. No se ve nada. No puedo decírselo hoy…».
Con los ojos húmedos por la decepción, la madre echa una última mirada a la pantalla, en la que sigue apareciendo el trasero burlón de su bebé.
Escena 1
Me llamo Basile. Empecé mi vida enseñando el trasero.
Y quizá por eso, vete tú a saber, siempre he tenido la impresión de que vengo de otro planeta.
Después de cuarenta y dos años de existencia, hoy creo que sé mejor de qué madera estoy hecho. Sin duda alguna, una madera más parecida a la de Geppetto que a la de un mueble de Ikea.
A los cinco años, me gustaba leer solo.
A los seis, tras una persecución desenfrenada con mis compañeros de clase en el patio del colegio, me detuve sin aliento y, poniéndome dos dedos sobre la yugular para tomarme el pulso, exclamé:
—¡Ay! ¡Tengo el corazón desbocado!
La niña de quien tenía la debilidad de estar enamorado —también ella padecía una forma de precocidad sentimental— se volvió hacía mí y me espetó desternillándose:
—Pero ¿qué dices, pedazo de idiota? ¡El corazón no está ahí, está aquí! —dijo golpeándose el pecho en el lugar correcto.
El ataque de risa general fue como una puñalada y ese incidente me valió la fama de tonto de remate que me persiguió el resto del curso.
Preciso es decir que yo era uno de esos niños torpes que no atraen en absoluto la clemencia de sus congéneres.
Cerebralmente diestro y corporalmente torpe. Negado para relacionarme con los críos de mi edad. No sabía qué decirles, cómo hablarles, cómo conseguir que me aceptaran.
Para alentar mi vida social, mis padres me exhortaban a aceptar todas las invitaciones habidas y por haber a meriendas de cumpleaños, y a no desaprovechar ninguna ocasión de estar con lo que los adultos llamaban «mis iguales». No pensaron, aunque solo fuera por un instante, que no podía haber seres más distintos que aquellos «iguales»? ¿Que yo no conseguía sentirme bien entre aquellos niños cuyos juegos y preocupaciones me resultaban totalmente ajenos?
Algunas veces me obligaba a mí mismo a participar en una batalla de espadas con la pandilla de «amigos». Un día, uno de ellos estuvo a punto de dejarme tuerto y los demás se troncharon de risa sin que yo alcanzara a comprender por qué. Recuerdo que, mientras me cubría con una mano el ojo herido, sonreí para dar el pego y fingir que «me divertía». De la risa al llanto en unos segundos. En otras ocasiones me refugiaba en la cocina para intentar mantener una conversación con mis padres. Disfrutaba de aquellos momentos porque me situaban en un plano de igualdad con cerebros adultos. Ellos me miraban con asombro y curiosidad. Se prestaban al juego de conversar un rato y acababan pronunciando la sentencia de mi destierro:
«Estás hecho todo un hombrecito, pero ¿no quieres ir a jugar?».
¡Lo que aquella frase llegó a sacarme de quicio, madre mía! ¡Decirle a un niño que está hecho un hombrecito es recordarle lo pequeño que es! Una pesadilla.
Obligado por las circunstancias, aprendí a adaptarme respondiendo con la reacción que parecía más aceptable socialmente. Expresiones a la carta. A fin de entender mejor los estados de ánimo de mis compañeros y prever los riesgos inherentes al trato con esa cruel franja de edad, mantenía permanentemente accionados mis sensores de hipersensible, lo que creó en mí un estado de alerta casi constante. Agotador.
Imposible mencionar todo lo que intenté para crecer más deprisa. Creo que soy el niño que ha comido más sopa del mundo. El que se ha sentado más erguido en la silla. Mientras mis hermanos y hermanas jugaban como perros y gatos a juegos de su edad, yo me escondía en un rincón para leer el diccionario y aprenderlo todo sobre el habla adulta.
Paralelamente a este programa de crecimiento acelerado, intentaba también satisfacer mi insaciable curiosidad por todo lo relacionado con la electrónica y la mecánica.
De vez en cuando hacía una excursión a un vertedero cercano para pillar aparatos diversos y variados, y una vez en casa, los desmontaba para verles las tripas. Mis hermanos no podían ocultar su consternación, se reflejaba en sus ojos. Mi madre me reñía: «¿Es que quieres coger el tétanos? ¡Te prohíbo que vuelvas allí! ¿Y si te cortas? ¿Y si te caes? ¿Y si te muerde una rata? ¿Y si te aplastan como si fueses la carrocería de un coche?».
La imaginación de las madres es increíblemente prolífica. Sin embargo, yo la quería más que a nada en el mundo pese a aquellos aspavientos de celo sobreprotector. Era la única que entreveía algo prometedor en mis estrambóticos garabatos de soñador. Porque yo empecé desde muy pequeño a llenar libretas con dibujos de inventos inverosímiles, reflexiones metafísicas, poemas…
Cuando leía en el patio del colegio libros de grandes maestros de la ciencia ficción, como Yo, robot de Isaac Asimov, o Dune de Frank Herbert, llegaban a mis oídos comentarios burlones de algunos compañeros de clase sin-ninguna-clase, cuyo juego predilecto era buscar las palabras idóneas para hacer daño. Los malévolos siempre ponían todo su empeño en hablar lo suficientemente alto para que su víctima los oyera. «Déjalo, es rarito».
Notaba el desprecio. Pero también cierto temor que me llenaba de asombro. ¿Cómo era posible que yo les diera miedo, si nunca había hecho daño a una mosca?
Busqué la definición de «raro» en el diccionario. «De carácter difícil de comprender, excéntrico». O sea que, a los ojos de los demás, yo no era del todo «normal». Le di muchas vueltas a eso. ¿Qué demonios podía ser la normalidad? Seguramente algo que tranquiliza. «Si al menos entendiera mejor en qué consiste», pensé en infinidad de ocasiones.
En el último curso de primaria, se me ocurrió incluso la idea de establecer un observatorio de la normalidad. Me lo tomé tan en serio que apunté en un cuaderno las posibles estratagemas: «Compartir caramelos con los compañeros a la salida de clase». «Levantar menos la mano y, sobre todo, no dar demasiadas respuestas correctas en las pruebas orales». «Atreverme a soltarle una insolencia intranscendente a la maestra». «Aficionarme al fútbol y a los vaqueros agujereados». «Tener novia» (palabra «tener» tachada y sustituida por «inventarse una»). «Escupir las espinacas en el comedor haciendo mucho ruido y con cara de que me parecen lo más asqueroso imaginable». «Comprar sangre de pega por Halloween». «Grabar mis iniciales en la mesa con unas tijeras sin que me pillen»…
Pese a mis nobles tentativas, seguía siendo el chico con quien «no molaba» pasar el rato.
Las cosas no mejoraron cuando empecé a ir al instituto. De objeto de curiosidad pasé a ser chivo expiatorio. Y entonces comprendí que debía reaccionar.
Tenía que encontrar una manera de conseguir que me aceptaran, aunque solo fuera para poner freno a los microacosos, que resultaban ya francamente insoportables, y a veces a los mamporros de los pequeños cafres del insti, que me llenaban de cardenales el cuerpo y el amor propio. Y el amor propio tarda más en recuperarse que el cuerpo…
Tenía la suerte de ser hijo de un manitas. A mi padre le chiflaban las motos viejas. Las compraba, las reparaba y las revendía. Así que yo tenía al alcance de la mano un gran surtido de herramientas que me fascinaban. Me gustaba pasar todo el tiempo libre que podía en aquel lugar apacible e inspirador. Solo. Tranquilo en mi universo, en compañía de mis ensoñaciones. Por fin en casa. Allí fue donde creé mis primeros «bichos» articulados. Unas arañas mecánicas. Instalé un acelerómetro acoplado a un detector de presencia. De ese modo, cuando una mano se acercaba a cierta velocidad para coger la araña, esta echaba a correr. Perfeccioné el prototipo añadiendo un led rojo que se encendía durante la acción. ¡El efecto fantástico!
A mis especímenes les puse el nombre de SpiderTrick. Tuvieron un gran éxito en el patio del colegio. Gracias al boca a boca, incluso recibí de extranjis pedidos de pequeños líderes de los institutos del barrio, ávidos de realizar buenos negocios. Me compraban los SpiderTrick por una miseria para revenderlos tres veces más caros. A mi pesar, me encontré envuelto en el trapicheo. El director acabó enterándose de aquel mercado negro de adolescentes. Se armó una buena. Convocatoria de los alumnos. De los padres. Bronca memorable. La cosa terminó con una expulsión temporal.
Hice un enorme esfuerzo de contención para no estallar de alegría ante el anuncio de aquella expulsión que ponía fin, estaba convencido de ello, a mi impopularidad. Y en efecto, regresé al instituto envuelto en un aura de gloria al cabo de quince días, ya como «rebelde» respetado.
Total, que tras aquel episodio quedé, con apenas doce años, definitivamente infectado por el virus de la invención.
Escena 2
Arthur, con una rodilla apoyada en el suelo, absorto en su tarea, apenas presta atención a las palabras de su compañero.
—Ven de una vez —dice el otro chico—. ¡Tenemos que largarnos!
—¡Vamos, hombre, tranquilo! Sigue vigilando, ya acabo… —responde Arthur.
Médine bambolea el cuerpo sin mover los pies del suelo. Arthur se da perfecta cuenta de que su colega está maldiciéndolo para sus adentros. Puede que haga bien en preocuparse. Si los pillan, están perdidos. Su lista de gilipolleces es ya tan larga que no pueden permitirse añadir ni una más. Pero Arthur es confiado por naturaleza y tiene una sangre fría a prueba de bomba.
—¡Date prisa! —insiste Médine, impaciente, cada vez más nervioso.
Arthur está arrodillado y agita el espray para continuar pintando el grafiti. Lleva dos semanas trabajando en ese proyecto. Localizó una tapa de alcantarilla con la rejilla idónea. Ha pasado mucho tiempo preparando la plantilla. Encerrado en su habitación, mientras su madre creía que estaba dormido, se levantaba para trazar minuciosamente el dibujo antes de practicar los cortes en la plancha de polipropileno con ayuda de un X-Acto, con una cuchilla fina, particularmente acerada, que le permite vaciar determinadas partes de la plantilla con gran precisión.
—¡Espera! Me faltan los últimos toques.
Arthur es consciente de que su colega está a punto de estallar. Se le ve furioso.
Pese a todo, es demasiado tarde para dar marcha atrás: hay que acabar. Que se aguante su compinche. Arthur cambia el espray negro mate por uno azul fosforescente. Retira la fat cap, por ser una boquilla demasiado ancha, y opta por una skinny cap, más apropiada para los detalles. Le produce una inmensa satisfacción iluminar el grafiti con efectos de halo. El excitante momento de la revelación ha llegado. Con un gesto rápido, retira la plantilla.
—¿Qué te parece? —pregunta con un innegable orgullo.
Médine está alucinado. Ante sus ojos, la tapa de alcantarilla se ha transformado en un esqueleto, con la rejilla a modo de caja torácica coronada por un título de cuya autoría Arthur se siente ufano: «Cloaca y color». Está contento de haber expresado mediante esta creación un poco de su rebeldía contra el sistema que lo oprime a fuerza de empeñarse en meterlo en un molde demasiado estrecho. Con el sello de mal estudiante estampado en la frente, marcado con el hierro candente del fracaso escolar, a veces tiene la impresión de que acabará sin remedio en el sumidero… ¡Ojalá encontrara su lugar…!
Al recoger el material, sin darse cuenta arrastra el faldón del abrigo por encima del grafiti, que aún no se ha secado.
—¡Mierda! —exclama Arthur—. ¡Se ha corrido la pintura!
Médine le tira de la manga, ahora ya visiblemente preocupado. Un adulto a la vista. Peor aún. Un policía. Arthur recoge el material a toda prisa y los dos salen a escape mientras oyen a su espalda los gritos del perseguidor. Arthur mira a su amigo, al que le cuesta seguirle el ritmo, y en ese momento maldice los kilos de más que le pesan.
—¡Sé de un sitio! ¡Sígueme!
¡Si no corren más deprisa, les dará alance! Llegan al hotel más importante de la ciudad.
Arthur conduce a Médine al patio trasero, donde está la entrada de los proveedores. Allí están esperando unos carritos llenos de sábanas blancas preparadas para ir a la lavandería. Arthur se mete dentro de uno de ellos, Médine también, y ambos quedan sepultados bajo las sábanas.
Poco después llega el policía municipal, sin aliento.
—¿No ha visto pasar por aquí a dos chavales?
La camarera se encoge de hombros. El policía suspira y da media vuelta.
Han estado en un tris de que los pillen, piensa Arthur muerto de risa, contento de su hazaña del día.
De pronto, el adolescente nota que el carrito se mueve.
—¡Eh! —dice.
La camarera, asustada, profiere un grito cuando ve a dos energúmenos despeinados salir de entre las sábanas y los echa sin contemplaciones. Los chicos esperan a dar la vuelta a la esquina para partirse de risa.
Se dirigen hacia la panadería. Tantas emociones dan hambre. Salen del establecimiento con un cruasán de chocolate y una Coca-Cola cada uno, y deambulan por el barrio paladeando aquel chute de azúcar con el agradable sabor de la hazaña cumplida.
Suena el teléfono de Arthur.
—Espera, es mi vieja. (Cambio de tono). Hola, mamá. No te preocupes, ya voy. No, no, no estoy callejeando, estoy con Médine, comiendo un bollo. ¡Pues claro que haré los deberes! ¡Te digo que lo tengo todo controlado! No puedo seguir hablando, estoy en la calle. Voy enseguida…
Cuando cuelga, Arthur está serio. Médine se troncha de risa. Arthur lo fulmina con la mirada. Se separan en el cruce de siempre después de despedirse chocando los puños.
Arthur se mete las manos en los bolsillos y se ajusta la capucha de la sudadera. Recorre la calle comercial sin entretenerse. No quiere contrariar más a su madre. Ya está lo suficientemente tenso el ambiente en casa. No obstante, le llama la atención una tienda nueva que han abierto en la esquina. Hacía semanas que el local estaba en obras y no se veía nada. Se pregunta qué tipo de comercio será. ¿Una óptica? ¿Una tienda de telefonía? ¿Una peluquería?, piensa, decepcionado antes de tiempo. Pero no es nada de eso. La fachada le intriga cuando se acerca a ella. En grandes letras blancas escritas con todo cuidado sobre fondo negro, lee: «El bazar de la cebra con lunares».
Escena 3
«Basile, tu presentación sigue dejando mucho que desear…», me digo con mi perfeccionismo habitual. Llevo horas dando los últimos retoques a la tienda. Aunque tengo tiempo por delante, todo hay que decirlo. Será difícil atraer a muchos clientes al principio. No tiene nada de raro. De momento, la gente se fija. Pasa, se detiene unos segundos delante del escaparate, se queda intrigada.
Regresar a Mont-Venus hace seis meses fue para mí una auténtica vuelta a los orígenes. Mont-Venus… Todavía hoy, el nombre me hace sonreír. Me parece estar oyendo a mi madre explicar, con una seriedad enternecedora, cuando daba nuestra dirección: «Lo de Venus es por el planeta…». Sí, el lugareño ha vuelto. Con billete solo de ida. Regreso aquí desprendido de mi pasado, como un hombre que continúa vivo después de que lo hayan asesinado. Un hombre que lo tenía todo en sus manos pero perdió lo esencial. Y eso es precisamente lo que he venido a buscar aquí: algo esencial. Volver a empezar de cero y, movido por un impulso fundador, reinventarme en un proyecto que tenga sentido. Renacer de mis cenizas. Se acabó la carrera desenfrenada y egocéntrica detrás del dinero y la fama. Solo aspiro ya a una forma de calma, de paz y a las satisfacciones sencillas. No abro una tienda. Me regalo un nuevo arte de vivir. Más depurado. Más auténtico. Los objetos que invento destilan imaginación, creatividad, e impulsan a la mente a despertar a un modo de pensamiento más audaz. No tienen ninguna utilidad práctica… Eso es lo que me divierte. En la puerta he pintado, con una bonita letra cursiva, la inscripción: «Tienda de objetos provocadores».
Soy consciente de que emprender un negocio de este tipo en Mont-Venus es un riesgo más que considerable. Dios sabe el cariño que siento por este precioso municipio de Francia, con sus cincuenta mil habitantes orgullosos de mantener un pie en un glorioso pasado de costumbres… Pero hay que reconocerlo: la ciudad no es famosa precisamente por ser una plataforma de la vanguardia. Y el bazar podría muy bien desentonar en la principal calle comercial, do
