El Mago. La historia de Thomas Mann

Colm Tóibín
Colm Tóibín

Fragmento

cap-1

Lübeck, 1891 

Su madre esperaba en la planta de arriba mientras los sirvientes quitaban los abrigos, las bufandas y los sombreros a los invitados. Julia Mann permanecía en su dormitorio hasta que los habían conducido a todos al salón. Thomas observaba desde el primer rellano junto con su hermano mayor, Heinrich, y sus hermanas, Lula y Carla. Sabían que su madre no tardaría en aparecer. Heinrich tuvo que advertir a Carla de que guardara silencio, pues de lo contrario los mandarían a la cama y se perderían el momento. Su hermano Viktor, un bebé, dormía en una habitación de la planta superior. 

Julia salió del dormitorio con el cabello recogido hacia atrás de forma austera y sujeto con un lazo de colores. Llevaba un vestido blanco, y sus zapatos negros, encargados expresamente en Mallorca, eran sobrios como los de una bailarina. 

Se unió al grupo con aire desganado, como si acabara de estar a solas consigo misma en un lugar más interesante que la festiva Lübeck. 

Al entrar en el salón, Julia echaba un vistazo alrededor para elegir a una persona entre los invitados, por lo general un hombre —alguien insospechado como herr Kellinghusen, que no era ni joven ni anciano, o Franz Cadovius, quien había heredado el estrabismo de su madre, o el juez August Leverkühn, de labios finos y bigote bien recortado—, y ese hombre se convertía en el centro de su atención. 

El atractivo de Julia procedía del aura de extranjeridad y fragilidad que irradiaba con sumo encanto. 

Con todo, sus destellantes ojos reflejaban amabilidad mientras preguntaba a su invitado por el trabajo, la familia y los planes para el verano, y hablando del verano, deseaba informarse sobre la relativa comodidad de varios hoteles de Travemünde, y luego se interesaba por los grandes hoteles de localidades tan lejanas como Trouville o Colliure o algún lugar turístico del Adriático. 

Y no tardaba en plantear una pregunta inquietante. Quería saber qué opinión le merecía a su interlocutor alguna mujer normal y respetable de su círculo de conocidos. Daba a entender que la vida privada de la mujer en cuestión suscitaba controversia y conjeturas entre los burgueses de la ciudad. La joven frau Stavenhitter, o frau Mackenthun, o la anciana fräulein Distelmann. O una todavía más gris y retraída. Y cuando el desconcertado invitado manifestaba que solo podía hablar bien de la mujer y que, de hecho, no tenía nada fuera de lo común que decir de ella, la madre de Thomas declaraba que, a su ponderado juicio, el objeto de la conversación era una persona maravillosa, sencillamente encantadora, y que Lübeck era afortunada por tenerla entre sus ciudadanos. Lo decía como si fuera una revelación, algo que de momento debía mantenerse en secreto y que ni siquiera había compartido con su marido, el senador. 

Al día siguiente corría la voz sobre la conducta de la madre de Heinrich y Thomas y sobre quién había merecido sus comentarios, hasta el punto de que ellos se enteraban por sus compañeros de instituto, como si se tratara de una función de una obra de teatro novísima, recién llegada de Hamburgo. 

Por las noches, si el senador se hallaba en una reunión, o bien cuando Thomas y Heinrich, tras practicar con el violín y cenar, ya estaban en pijama, Julia les hablaba de su país natal, Brasil, un territorio tan inmenso, afirmaba, que nadie sabía cuántas personas vivían en él, cómo eran ni qué idiomas hablaban; un país que multiplicaba muchas muchas veces el tamaño de Alemania, donde no había invierno ni helaba nunca, ni siquiera hacía frío, y por donde corría un río, el Amazonas, que era diez veces más largo y diez veces más ancho que el Rin, y en el cual desembocaban otros más pequeños que se internaban hasta lo más profundo de la selva, poblada de árboles tan altos como no los había en ningún otro lugar del mundo y por gentes a las que nadie había visto ni vería, pues conocían la selva al detalle y se escondían si llegaba un intruso o un forastero. 

—Háblenos de las estrellas —decía Heinrich. 

—Nuestra casa de Paraty estaba sobre el agua —respondía Julia—. Casi formaba parte de ella, como un barco. Y al caer la noche veíamos las estrellas brillar bajas en el cielo. Aquí, en el norte, las estrellas están altas y lejos. En Brasil se ven como el sol durante el día. Son soles pequeños que titilan cerca de nosotros, sobre todo de quienes vivíamos cerca del agua. Mi madre decía que algunas noches era posible leer un libro en las habitaciones de arriba porque la luz de las estrellas sobre el agua era muy clara. Y no había forma de dormir si no se cerraban bien los postigos para impedir que entrara el resplandor. Cuando era niña, de la edad de vuestras hermanas, estaba convencida de que el mundo entero era así. En mi primera noche en Lübeck me impresionó no ver las estrellas; las nubes las tapaban.  

—Háblenos del barco.  

—Tenéis que acostaros. 

—Cuéntenos la historia del azúcar. 

—Ya la conoces, Tommy. 

—Solo un trocito esta vez.  

—Está bien. El mazapán de Lübeck se elabora con azúcar procedente de Brasil. Del mismo modo que Lübeck es famosa por el mazapán, Brasil lo es por el azúcar. Así que la buena gente de Lübeck y sus hijos se comen el mazapán en Nochebuena sin saber que se están comiendo una parte de Brasil. Se comen el azúcar traído del otro lado del océano solo para ellos. 

—¿Por qué no fabricamos nuestro propio azúcar? 

—Tendrás que preguntárselo a tu padre. 

Años más tarde, Thomas se preguntaría si la decisión de su padre de casarse con Julia da Silva-Bruhns —de cuya madre se decía que llevaba en las venas sangre de los indios sudamericanos—, en vez de con la imperturbable hija de uno de los magnates navieros locales o de una dinastía antigua de comerciantes y banqueros, no supuso el inicio de la decadencia de los Mann, prueba de que en el espíritu de la familia, que hasta entonces solo había apetecido lo que era recto y estaba destinado a proporcionar un rendimiento constante, había penetrado la avidez por lo suntuosamente desconocido. 

En Lübeck recordaban a Julia como una niñita que había llegado a la ciudad con su hermana y sus tres hermanos tras el fallecimiento de su madre. Habían quedado a cargo de su tío, y la primera vez que se dejaron ver no hablaban ni una palabra de alemán. Ciertas personalidades, como la anciana frau Overbeck, conocida por su estricta observancia de los preceptos de la Iglesia reformada, los miraban con recelo. 

—Un día vi que esos niños se persignaban al pasar por delante de la Marienkirche —comentó—. Tal vez sea necesario comerciar con Brasil, pero no conozco ningún precedente de un burgués de Lübeck que se haya casado con una brasileña, ¡ni uno! 

Julia, que contaba solo diecisiete años cuando contrajo matrimonio, tuvo cinco hijos, los cuales se comportaban con toda la dignidad exigida a los descendientes del senador, pero también con un orgullo y una conciencia de sí mismos añadidos, y con algo parecido a la ostentación, que Lübeck no había visto hasta la fecha y que frau Overbeck y su círculo confiaban en que no se pusiera de moda. 

Debido a su decisión de contraer un matrimonio tan inusitado, el senador, once años mayor que su esposa, inspiraba un respeto reverencial, como si hubiera invertido en cuadros italianos o en una singular pieza de mayólica, adquiridos para satisfacer un gusto que hasta entonces él y sus antepasados habían refrenado. 

El domingo, antes de ir a la iglesia, el padre inspeccionaba con detenimiento a los pequeños Mann mientras la madre los obligaba a retrasarse al permanecer ella en su vestidor probándose sombreros o cambiándose de zapatos. Heinrich y Thomas debían dar ejemplo adoptando una expresión circunspecta, en tanto que Lula y Carla intentaban quedarse quietas. 

Cuando nació Viktor, Julia ya respetaba menos las restricciones impuestas por su marido. Le gustaba que las niñas lucieran lazos y medias de colores, y no oponía ningún reparo a que los chicos llevaran el pelo más largo y disfrutaran de mayor libertad en su comportamiento. 

Julia se vestía con elegancia para ir a la iglesia, a menudo con prendas del mismo color, por ejemplo gris o azul oscuro, con medias y zapatos a juego y solo una cinta roja o amarilla en el sombrero para romper la uniformidad. Su esposo era conocido por la precisión de los cortes de su sastre de Hamburgo y por su aspecto impecable. El senador se cambiaba a diario de camisa, en ocasiones dos veces al día, y poseía un amplio vestuario. Se recortaba el bigote a la francesa. Con su meticulosidad simbolizaba la solidez de la empresa familiar, un siglo de excelencia cívica, pero con el lujo de su guardarropa dejaba patente que ser un Mann en Lübeck significaba para él más que dinero o comercio: evocaba no solo sobriedad, sino también un meditado sentido del estilo. 

Veía escandalizado cómo, en el corto trayecto entre la residencia de los Mann, en la Beckergrube, y la Marienkirche, muchas veces Julia saludaba a la gente con gran regocijo y la llamaba por su nombre con total libertad, algo que jamás había ocurrido un domingo en la historia de Lübeck y que convencía aún más a frau Overbeck y a su hermana solterona de que en el fondo frau Mann seguía siendo católica. 

«Es ostentosa y boba como todos los católicos —decía frau Overbeck—. Y esa cinta que lleva en el sombrero es pura frivolidad». 

En la Marienkirche se reunían con el resto de la familia, y la gente observaba lo blanca que era Julia y el peculiar atractivo de su palidez en contraste con la espesa cabellera castaña y sus misteriosos ojos, que posaba en el predicador con una expresión de mofa medio velada, una mofa incompatible con la seriedad con que los parientes de su marido y las amistades de ambos abordaban la práctica religiosa. 

Thomas se percataba de que a su padre no le gustaba oír hablar de la infancia de su esposa en Brasil, sobre todo si las niñas estaban delante. En cambio, el senador disfrutaba cuando Thomas le pedía que le contara cosas de la Lübeck de antaño y le explicara cómo había crecido la empresa familiar desde sus modestos inicios en Rostock. Por lo visto, le complacía que Thomas lo visitara en su despacho al salir del instituto y se sentara a escucharle hablar de buques y almacenes, de planes de seguros y bancos con los que tenían relaciones comerciales, y que más tarde recordara lo que le había contado. 

Incluso los primos lejanos creían que, mientras que Heinrich era soñador y rebelde como su madre y siempre estaba leyendo libros, el joven Thomas, despierto y de actitud circunspecta, sería quien condujera la empresa familiar al siglo siguiente. 

Mientras las niñas crecían, todos los hermanos solían reunirse en el vestidor de Julia siempre que el padre se marchaba al club o a alguna reunión, y ella retomaba las historias sobre Brasil. Les hablaba de la blancura de la ropa que la gente llevaba en aquel país y de la cantidad de coladas que hacían para que todos, hombres y mujeres, blancos y negros, se vieran especiales y guapos. 

—No era como Lübeck —decía—. Nadie veía la necesidad de mostrarse serio. No había ninguna frau Overbeck que frunciera los labios. Ni familias de luto perpetuo, como los Esskuchen. En Paraty, si veías a tres personas, una estaba hablando y las otras dos riendo. Y las tres iban de blanco. 

—¿Se reían de un chiste? —preguntó Heinrich. 

—Se reían sin más. Es lo que hacían. 

—¿Y de qué se reían? 

—No lo sé, cariño, pero se reían. A veces, por la noche, todavía me parece oír las risas. Las trae el viento. 

—¿Podemos ir a Brasil? —preguntó Lula. 

—Creo que vuestro padre no quiere que vayáis. 

—¿Y cuando seamos mayores? —inquirió Heinrich. 

—No sabemos qué ocurrirá cuando seamos mayores —respondió Julia—. Quizá entonces podáis ir a cualquier parte. ¡A cualquier parte! 

—Yo preferiría quedarme en Lübeck —afirmó Thomas. 

—A tu padre le alegrará saberlo —repuso Julia. 

Thomas vivía en un mundo de sueños en mayor medida que su hermano Heinrich, su madre o sus hermanas. Incluso las conversaciones sobre almacenes que mantenía con su padre eran aspectos adicionales de un mundo fantástico en el que a menudo aparecía él mismo como un dios griego, como el personaje de la historia de una canción infantil, o como la mujer del óleo que su padre había colgado en la escalera, con su expresión ardiente, angustiada y expectante. A veces dudaba de que en realidad no fuera mayor y más fuerte que Heinrich, o de que no saliera todos los días hacia el despacho con su padre en pie de igualdad, o de que no fuera Matilde, la doncella de su madre, encargada del vestidor, quien se ocupaba de emparejar los zapatos, de que los frascos de perfume nunca estuvieran vacíos y de que los objetos secretos de Julia permanecieran en sus cajones, protegidos de los ojos fisgones de Thomas. 

Cuando les oía decir que él descollaría en el mundo de los negocios, cuando impresionaba a las visitas con datos sobre cargamentos que debían llegar y nombres de barcos y puertos remotos, casi se estremecía al pensar que si esas personas supieran quién era en realidad se formarían una opinión muy distinta de él. Si pudieran leerle el pensamiento y descubrieran cuántas veces, de noche, e incluso durante el día, se permitía ser la mujer del cuadro de la escalera, con sus ardorosos deseos, o alguien que cruzaba el paisaje con una espada o una canción, menearían la cabeza asombradas por la astucia con que las había engañado, por la picardía con que se había ganado la aprobación de su padre; maravilladas de que fuera un impostor y un timador, de la poca confianza que merecía. 

Heinrich, naturalmente, sabía quién era Thomas. Conocía la vida soñada de su hermano menor lo bastante bien para percatarse no solo de que superaba a la suya en alcance y escala, sino también de que, como le advirtió, cuanto más desplegara su habilidad para disimular, mayor sería el peligro de que lo descubrieran. A diferencia de su hermano, Heinrich hablaba claro en casa. Cuando entró en la adolescencia, su fascinación por Heine y Goethe, Bourget y Maupassant era tan transparente como su indiferencia hacia los barcos y los almacenes, que se le antojaban aburridos. Las reprimendas no le impedían recalcar ante su padre que no quería tener nada que ver con el negocio familiar. 

—Mientras comíamos he visto que imitabas a un pequeño empresario —le dijo a Thomas—. Has engañado a todos menos a mí. ¿Cuándo vas a decirles que solo estás fingiendo? 

—No estoy fingiendo. 

—Lo dices de boquilla. 

Heinrich había encontrado la forma de desvincularse de tal modo de los principales asuntos de la familia que su padre se había acostumbrado a dejarle en paz y se concentraba en corregir los pequeños errores en los modales o la conducta de su segundo hijo y sus dos hijas. Julia intentó que Heinrich se interesara por la música, pero el muchacho no quiso seguir tocando el piano ni el violín. 

Thomas pensaba que su hermano mayor se habría distanciado por completo de la familia de no haber sido por el inmenso cariño que sentía por su hermana Carla. Se llevaban diez años, por lo que la actitud de Heinrich hacia ella era más paternal que fraterna. Cuando Carla era un bebé, él la llevaba en brazos por la casa, y cuando la niña creció, le enseñó a jugar a las cartas y a una versión apacible del escondite en la que solo participaban los dos. 

El afecto que profesaba a Carla permitió a los demás admirar la dulzura de Heinrich, su consideración. Aunque tenía amigos y actividades varoniles a las que dedicarse, respondía con ternura a las peticiones de la chiquilla. Si Lula sentía celos de la atención prestada a su hermana, Heinrich la incluía en sus juegos, pero muchas veces la niña se aburría mientras Carla y él, que parecían tener una forma particular de comunicarse, se divertían juntos. 

—Heinrich es muy bueno —comentó una prima—. Ojalá fuera también práctico. De ese modo la familia tendría el futuro asegurado. 

—Siempre estará Tommy —repuso la tía Elisabeth, que se volvió a mirar a Thomas—. Tommy conducirá la empresa al siglo XX. ¿No es lo que planeas? 

Thomas esbozó su mejor sonrisa al reparar en el tono un tanto irónico. 

Aunque todos creían que Heinrich había heredado la rebeldía de su familia materna, cuando creció empezaron a aburrirle las historias de su madre, que no parecía haberle transmitido su delicadeza de espíritu ni su vínculo con lo singular, con lo exquisito. Curiosamente, por más que hablara de poemas, artes y viajes, Heinrich, con su aire franco y resuelto, estaba convirtiéndose, a su pesar, en un puro y genuino Mann. En efecto, cuando su tía Elisabeth lo veía pasear por Lübeck, gustaba de comentar que el chico se parecía mucho a su abuelo Johann Siegmund Mann, que caminaba con el paso rotundo que ella asociaba al Lübeck de antes y el porte serio de su familia paterna. ¡Qué pena que careciera de entusiasmo por el comercio! 

Para Thomas era evidente que con el tiempo le tocaría a él, y no a su hermano mayor, dirigir el negocio, y que la casa que había sido de sus abuelos sería algún día de su propiedad. Podría llenarla de libros, se decía. Imaginaba cómo cambiaría la distribución de las habitaciones de arriba y trasladaría las oficinas a otro edificio. Encargaría libros en Hamburgo, del mismo modo que su padre encargaba allí la ropa, y más lejos aún, quizá incluso en Francia si aprendiera a leer el francés, o en Londres cuando dominara el inglés. Viviría en Lübeck como nadie había vivido hasta entonces, con un negocio que consolidaría de manera que le bastara para costearse sus otros intereses. Le gustaría tener una esposa francesa, se decía: la mujer añadiría brillo a sus vidas.  

Una vez que hubieran pintado y decorado la casa de la Mengstrasse, fantaseaba, su madre iría a visitarlos y admiraría la obra de ambos, el piano nuevo, los cuadros adquiridos en París, los muebles franceses. 

A medida que se hacían mayores, Heinrich insistía a su hermano menor en que sus esfuerzos por comportarse como un Mann seguían siendo una pose; una pose cuya falsedad resultó patente cuando Thomas empezó a leer más poesía, cuando no pudo seguir manteniendo en secreto su pasión por la cultura y en las ocasiones en que permitía que su madre lo acompañara en el Bechstein del salón mientras él tocaba el violín. 

El tiempo pasó, y los esfuerzos de Thomas por fingir que le interesaban los barcos y el comercio se disolvieron poco a poco. Mientras que Heinrich manifestaba sus ambiciones con una rotundidad insolente, Thomas se mostraba nervioso y evasivo, pero no lograba disimular lo mucho que había cambiado. 

—¿Por qué ya no te pasas por el despacho de tu padre? —le preguntaba su madre—. Lo ha comentado varias veces. 

—Iré mañana —respondía él. 

Sin embargo, al salir del instituto pensaba en lo tranquilo que estaría en casa, en un lugar apartado de los demás, leyendo un libro o simplemente soñando, y decidía que iría al despacho de su padre en algún otro momento de la semana. 

Thomas recordaba un día en la casa de Lübeck, con su madre al piano y él al violín. Heinrich había aparecido en el umbral sin previo aviso y se había detenido a mirarlos. Thomas siguió tocando, pendiente de la presencia de su hermano. Habían compartido habitación durante unos años, pero ya no lo hacían. 

Heinrich, cuatro años mayor que él y de tez más clara, se había convertido en un hombre apuesto. Eso fue en lo que Thomas se fijó. 

Con dieciocho años cumplidos por aquel entonces, Heinrich advirtió que su hermano menor lo escudriñaba. Durante un par de segundos también debió de percatarse de que la mirada encerraba un incómodo deseo. Thomas recordaba que la música era lenta y fácil de interpretar, una de las primeras piezas para violín y piano de Schubert, o quizá incluso la adaptación de una canción. Su madre, concentrada en la partitura, no se dio cuenta de la forma en que se miraban sus dos hijos. Thomas dudaba que hubiera reparado siquiera en la presencia de Heinrich. Lentamente, ruborizado de vergüenza por lo que su hermano había visto en él, apartó la mirada. 

Cuando Heinrich se retiró, Thomas intentó con todas sus fuerzas tocar el violín al compás de su madre, como si nada hubiera ocurrido. No obstante, al final tuvieron que dejarlo: estaba cometiendo tantos errores que no pudieron seguir. 

No volvió a suceder nada semejante. Heinrich había sentido la necesidad de hacerle saber que conocía la verdadera naturaleza de su alma. Eso era todo. Pero quedó el recuerdo: el salón, la luz que entraba por el ventanal, su madre al piano, la soledad de Thomas a su lado tratando de tocar, y la música, los dulces sonidos que ambos producían. Y luego el repentino contacto visual. Y la vuelta a la normalidad, o a algo que a un extraño que hubiera irrumpido en la estancia le habría parecido la normalidad. 

Heinrich se alegró de dejar el instituto y ponerse a trabajar en una librería de Dresde. En su ausencia, Thomas se volvió aún más soñador. Era incapaz de aplicarse en los estudios y de atender a los profesores. De fondo, como un ruido atronador, latía la inquietante idea de que cuando le llegara el momento de comportarse como un adulto, resultaría que no sería de provecho para nadie. 

Al contrario: encarnaría la decadencia. La decadencia anidaría en el sonido de las notas que tocara al practicar con el violín, en las mismísimas palabras cuando leyera un libro. 

Se sabía observado no solo en el círculo familiar, sino también en el instituto y en la iglesia. Disfrutaba oyendo a su madre tocar el piano y acompañándola en el tocador. Pero también le gustaba que lo señalaran en la calle, que lo respetaran por ser el recto hijo del senador. Se había embebido de la suficiencia de su padre, pero poseía asimismo algo de la naturaleza artística de la madre, de su veleidad.  

En Lübeck, algunos opinaban que los dos hermanos no eran, de hecho, meros ejemplos de la decadencia de la familia, sino barruntos de la nueva debilidad en el mundo, sobre todo en el norte de Alemania, antaño orgulloso de su virilidad. 

Así pues, era mucho lo que dependía de Viktor, el hermano pequeño, nacido cuando Heinrich tenía diecinueve años y Thomas casi quince. 

—Dado que los dos primeros se han aficionado tanto a la poesía —comentaba la tía Elisabeth—, solo cabe esperar que este otro prefiera los libros mayores y los de cuentas. 

En verano, en cuanto la familia llegó a Travemünde para disfrutar de sus cuatro semanas de vacaciones junto al mar, los recuerdos del instituto y los profesores, la gramática, las fracciones y la temida gimnasia quedaron desterrados. 

En el hotel de la costa, un establecimiento de estilo suizo, Thomas, a sus quince años, se despertaba en una habitación pequeña y pulcra, con muebles anticuados, al oír el sonido del rastrillo del jardinero sobre la grava bajo el luminoso cielo blanco de las mañanas estivales del Báltico. 

Desayunaba con su madre y su dama de compañía, la señora Ida Buchwald, en el balcón del comedor o bajo el alto castaño del jardín. Más allá se extendía el césped segado, que daba paso a la vegetación del litoral, más alta, y luego a la playa de arena. 

Su padre parecía disfrutar con los pequeños defectos del hotel. En su opinión, los manteles se lavaban demasiado deprisa y las servilletas de papel eran vulgares; el extraño pan que les daban y las hueveras metálicas eran intolerables. Después de escuchar sus quejas, Julia se encogía de hombros sin alterarse. 

«Todo será perfecto cuando vayamos a casa». 

Julia sonrió cuando Lula le preguntó por qué el senador casi nunca los acompañaba a la playa. 

—Le encanta estar en el hotel y no le apetece ir. ¿Por qué obligarle? 

Thomas y sus hermanos iban hasta la orilla con su madre e Ida y se repantigaban en las tumbonas colocadas por el personal del hotel. El bisbiseo de la conversación de las dos mujeres solo se interrumpía cuando aparecía alguien y ambas se incorporaban para ver quién era. Una vez satisfecha la curiosidad, reanudaban la charla en una especie de murmullo lánguido. Y al poco, apremiado por ambas, Thomas, en traje de baño, se acercaba a la rompiente y se adentraba en el mar con cautela, temeroso del frío al principio, para luego saltar con cada ola suave que se aproximaba y dejar que el agua lo abrazase. 

En las interminables tardes pasaba horas junto al quiosco de música, o a veces Ida le leía bajo los árboles, detrás del hotel, antes de ir a sentarse al final del espigón para ver el crepúsculo y decir adiós con un pañuelo a los barcos que pasaban. Y llegaba la hora de la cena, tras la cual solía ir a la habitación de su madre y observar cómo se arreglaba para bajar al comedor de la galería acristalada del hotel, donde cenaba con su marido entre familias no solo de Hamburgo, sino también de Inglaterra e incluso de Rusia, mientras él se preparaba para acostarse. 

Los días de lluvia, cuando el viento del oeste hacía retroceder el mar, pasaba ratos sentado al piano vertical del vestíbulo. Los valses interpretados en él lo habían dejado maltrecho, por lo que Thomas no lograba arrancarle los intensos tonos y matices que producía el piano de cola de su casa, pero el instrumento poseía un curioso tono propio, sordo y gorjeante, que el muchacho sabía que añoraría una vez acabadas las vacaciones. 

Aquel último verano, su padre se marchó a Lübeck al cabo de unos días con el pretexto de un trabajo urgente. Cuando reapareció, dejó de desayunar con ellos y, por muy buen día que hiciera, se quedaba leyendo en la sala envuelto en una manta de viaje como si fuera un discapacitado. Dado que no los acompañaba en ninguna de las salidas, siguieron actuando como si no hubiera regresado. 

Una noche, cuando Thomas fue a buscar a su madre la encontró en la habitación del senador, y entonces no tuvo más remedio que fijarse en su padre, que estaba tendido en la cama, con la vista fija en el techo y la boca abierta. 

—¡Pobrecito! —dijo Julia—. El trabajo lo tiene agotado. Estas vacaciones le vendrán bien. 

Al día siguiente ella e Ida continuaron con sus actividades cotidianas sin mencionar que el senador se había quedado en su habitación, en la cama. Cuando Thomas preguntó si su padre estaba enfermo, su madre le recordó que unos meses atrás se había sometido a una operación de la vejiga sin importancia. 

—Todavía está recuperándose —añadió—. Dentro de poco se meterá corriendo en el mar. 

Era extraño, pensó Thomas: apenas recordaba a su padre nadando o tumbado en la playa durante las vacaciones de verano anteriores. En cambio, lo recordaba leyendo el periódico en una tumbona de la terraza, con su provisión de cigarrillos rusos sobre la mesa, o esperando antes de la cena junto a la puerta de Julia mientras ella deambulaba dentro con aire soñador. 

Un día al volver de la playa, su madre le pidió que fuera a ver a su padre a su habitación y le leyera si él se lo pedía. Cuando Thomas rezongó, alegando que prefería oír a la orquesta tocar, ella insistió: su padre lo esperaba.  

Thomas lo encontró sentado en la cama, con una sábana blanca almidonada alrededor del cuello. El barbero del hotel estaba afeitándolo. Su padre asintió al verlo y le indicó que se sentara en la silla más cercana a la ventana. Thomas encontró allí un libro abierto, boca abajo, y empezó a hojearlo. Era la clase de libro que leería Heinrich, pensó. Confió en que su padre no quisiera que se lo leyera. 

Observó absorto la forma lenta e intrincada en que el barbero afeitaba al senador, cómo acompañaba los amplios movimientos de la navaja con gestos minúsculos. Tras rasurar la mitad de la cara, el barbero retrocedió para examinar su obra y se dispuso a cortar con unas tijeritas los pelillos que crecían cerca de la nariz y sobre el labio superior. El senador mantenía la vista fija al frente. 

El barbero reanudó su tarea y retiró el resto de la espuma. Al terminar sacó un frasco de colonia y aplicó una cantidad generosa al senador, que hizo una mueca, y aplaudió satisfecho.  

—Esto dejará en evidencia a los barberos de Lübeck —afirmó mientras retiraba la sábana y la doblaba—. Y la gente vendrá en tropel a Travemünde en busca del mejor afeitado. 

El padre de Thomas se tumbó en la cama. Llevaba un pijama de rayas muy bien planchado. Thomas advirtió que tenía las uñas de los pies cortadas con esmero, excepto la del meñique izquierdo, que parecía haberse curvado sobre el dedo. Habría deseado tener unas tijeras para cortársela debidamente. Pero enseguida comprendió que era una idea absurda: su padre no permitiría que le tocara las uñas de los pies. 

Todavía tenía el libro en las manos. Si no lo soltaba cuanto antes, tal vez su padre lo viera y le pidiera que le leyera unas páginas, o quizá le preguntara algo sobre él. 

Al poco su padre cerró los ojos y pareció quedarse dormido, pero al instante los abrió de nuevo y clavó la vista en la pared de enfrente con semblante inexpresivo. Thomas no sabía si sería un buen momento para preguntarle por los barcos, por cuáles tenían previsto zarpar y cuáles debían arribar, y tal vez para interesarse, si su padre se mostraba locuaz, por las fluctuaciones del precio de los cereales. O para sacar a colación a Prusia a fin de que el senador se quejara de los desagradables modales de los funcionarios prusianos, incluso de los que aseguraban ser de buena familia, y de sus zafios hábitos alimentarios.  

Volvió a mirar a su padre y vio que dormía profundamente; al cabo de un rato estaba roncando. Thomas pensó que ya podía dejar el libro en la mesita de noche. Se levantó y se acercó a la cama. Tras el afeitado, la cara de su padre se veía pálida y tersa. 

No estaba seguro de cuánto tiempo debía quedarse allí. Habría deseado que entrara algún empleado del hotel con agua fresca o toallas limpias, pero supuso que todo estaba ya en su sitio. No contaba con que acudiera su madre, pues era consciente de que lo había enviado a la habitación con el propósito de relajarse en los jardines del hotel o volver a la playa con Ida y las niñas o con Viktor y la doncella. Estaba convencido de que, si ponía los pies fuera de la habitación, ella se enteraría. 

Empezó a ir de acá para allá y toqueteó las sábanas recién planchadas; luego, temeroso de molestar a su padre, se apartó. 

Cuando su padre dejó escapar un chillido, el sonido le resultó tan extraño que por un instante pensó que había alguien más en la habitación, hasta que el senador empezó a hablar a gritos. Entonces Thomas sí reconoció la voz, aunque las palabras carecían de sentido. Su padre se había incorporado en el lecho y se apretaba el vientre. Con cierto esfuerzo logró apoyar los pies en el suelo y levantarse, pero de inmediato cayó desmadejado sobre la cama. 

La primera reacción de Thomas consistió en apartarse de él, asustado. Luego, al ver que se recostaba gimiendo, con los ojos cerrados y las manos aún en el vientre, se acercó y le preguntó si debía ir en busca de su madre. 

—Nada —dijo el senador. 

—¿Qué? ¿No quieres que llame a madre? 

—Nada —repitió su padre. Abrió los ojos y lo miró haciendo una especie de mueca—. Tú no sabes nada —añadió. 

Thomas salió como una flecha de la habitación. En la escalera, tras darse cuenta de que había bajado un piso de más, subió corriendo al vestíbulo y habló con el recepcionista, que llamó al director. Mientras les contaba lo sucedido, aparecieron su madre e Ida. 

Siguió a los cuatro a la habitación, donde vio que su padre dormía plácidamente en la cama. 

Su madre suspiró y se disculpó en voz baja por el alboroto. Thomas comprendió que sería ocioso tratar de explicarle lo que había presenciado. 

A su regreso a Lübeck, su padre siguió debilitándose pero vivió hasta octubre. 

Thomas oyó a su tía Elisabeth quejarse de que, en su lecho de muerte, el senador había interrumpido las palabras sagradas del clérigo con un enérgico «Amén». 

—Jamás se le dio bien escuchar —dijo la tía—, pero al menos esperaba que pudiera escuchar al clérigo. 

En los últimos días de vida del senador, Heinrich pareció saber cómo actuar con su madre, mientras que a Thomas no se le ocurría qué decirle. Ella lo apretaba contra sí cada vez que lo abrazaba; él creía que la ofendía con sus vigorosos esfuerzos por zafarse. 

Al oír que la tía Elisabeth susurraba a su prima algo sobre el testamento del senador, se alejó impostando un aire despreocupado y luego se acercó a hurtadillas, lo suficiente para oírle decir que a Julia no podía dársele demasiada responsabilidad. 

—¡Y los chicos! —prosiguió la tía—. ¡Esos dos chicos! Es el fin de la familia. Supongo que la gente se reirá de mí en la calle, las mismas personas que siempre me han saludado con una reverencia. 

Mientras hablaba, la prima le dio un codazo al advertir que Thomas estaba escuchando. 

—Thomas, ve a asegurarte de que tus hermanas se visten como es debido —le ordenó la tía Elisabeth—. Carla llevaba antes unos zapatos de lo más inapropiado. 

En el entierro, Julia Mann sonrió con languidez a quienes le daban el pésame, pero no los alentó a conversar. Refugiada en su propio mundo, sin separarse de sus hijas, dejó que los hijos varones representaran a la familia, en caso de ser necesario, hablando con quienes acudían a consolarlos. 

—Que no se me acerquen, por favor —les pidió—. Si preguntan si pueden hacer algo, ¿os importaría implorarles que no me miren con esa cara de pena? 

A Thomas jamás le había parecido tan exageradamente extranjera y misteriosa. 

Al día siguiente del funeral, con sus cinco hijos en el salón, Julia vio que su cuñada Elisabeth cambiaba de sitio el sofá y un sillón con la ayuda de Heinrich.  

—Elisabeth, no toques los muebles —dijo—. Heinrich, pon el sofá donde estaba. 

—Julia, creo que hay que arrimar el sofá a la pared. Donde está ahora tiene demasiadas mesas alrededor. Siempre has tenido demasiados muebles. Mi madre decía... 

—¡No toques los muebles! —la interrumpió Julia. 

Elisabeth fue orgullosa hasta la chimenea y se quedó allí como un personaje teatral ofendido. 

Al ver que Heinrich se disponía a acompañar a su madre al juzgado, donde se leería el testamento, Thomas se preguntó por qué no lo habrían incluido a él. Sin embargo, su madre estaba tan inquieta que decidió no quejarse. 

—Siempre he detestado estar en el escaparate. ¡Qué primitivo es eso de leer el testamento en público! Todo Lübeck se enterará de nuestros asuntos. Y, Heinrich, si impides que la tía Elisabeth me coja del brazo cuando salgamos del juzgado, te lo agradecería mucho. Y si desean quemarme en la plaza pública tras la lectura, infórmales de que estaré libre a las tres. 

Thomas se preguntó quién dirigiría la empresa en adelante. Supuso que su padre habría nombrado a algunos hombres ilustres para que supervisaran a un par de oficinistas que se ocuparían del negocio hasta que la familia tomara una decisión al respecto. En el funeral se había sentido observado y señalado como el segundo hijo varón sobre cuyos hombros recaería a partir de entonces el peso de la responsabilidad. Entró en la habitación de su madre y se miró en el espejo de cuerpo entero. Si adoptaba una actitud adusta, no le costaba imaginarse llegando a su despacho por la mañana y dando órdenes a sus subordinados. Sin embargo, cuando oyó que una de sus hermanas lo llamaba desde la planta baja y se apartó del espejo, de inmediato se sintió mermado. 

En lo alto de la escalera oyó que Heinrich y su madre regresaban.  

—Modificó el testamento para que el mundo supiera lo que pensaba de nosotros —dijo Julia—. Y allí estaba todos, la buena gente de Lübeck. Como ya no pueden quemar brujas, exhiben a las viudas y las humillan. 

Thomas bajó al vestíbulo. Vio que Heinrich estaba pálido. Cuando su hermano cruzó con él la mirada, dedujo que había sucedido algo malo e imprevisto. 

—Lleva a Tommy al salón y cierra la puerta —dijo Julia—. Cuéntale lo que se nos ha venido encima. Me pondría a tocar el piano si no fuera porque los vecinos me criticarían. Así pues, estaré en mi habitación. No quiero que los detalles del testamento vuelvan a mencionarse en mi presencia. Si vuestra tía Elisabeth tiene la desfachatez de visitarnos, decidle que he sufrido un repentino ataque de pena. 

Tras cerrar la puerta, Heinrich y Thomas empezaron a leer la copia del testamento que el primero había sacado del juzgado. 

La fecha era de tres meses atrás, según vio Thomas. El senador había comenzado por designar tutores que encarrilaran el futuro de sus hijos. Más abajo dejaba clara la mala opinión que le merecían. 

«En la medida de lo posible —había escrito—, hay que oponerse a las inclinaciones literarias de mi hijo mayor. A mi juicio, carece de la formación y los conocimientos necesarios. El fundamento de su inclinación es la fantasía, la falta de disciplina y el desinterés por los demás, y posiblemente resultado de la irreflexión». 

Heinrich lo releyó en voz alta y estalló en carcajadas. 

—Y escucha esto —prosiguió—. Es sobre ti: «Mi segundo hijo tiene buen carácter y se adaptará a una ocupación práctica. Supongo que será una ayuda para su madre». Así que seréis tú y madre. ¡Y te adaptarás! ¿Quién iba a decir que tenías buen carácter? Otro de tus disfraces. 

Heinrich le leyó las advertencias de su padre contra la naturaleza apasionada de Lula y la suposición de que, junto con Thomas, Carla sería un elemento apaciguador en la familia. Sobre el pequeño Viktor el senador había escrito: «A menudo los hijos tardíos se desarrollan especialmente bien. El niño tiene buena vista». 

—La cosa empeora. ¡Escucha esto! —Heinrich continuó leyendo en voz alta, imitando un tono pomposo—: «Con todos los hijos debe mi esposa ser firme y procurar que dependan económicamente de ella. Si llegara a albergar dudas, que lea el El rey Lear». Sabía que mi padre era mezquino, pero ignoraba que fuera vengativo. 

Con voz adusta y solemne, Heinrich informó a su hermano de las disposiciones del testamento. El senador había dejado instrucciones de que se vendieran de inmediato la empresa familiar y las casas. Julia era la heredera universal, pero se nombraba a dos de los hombres más entrometidos de la vida pública de Lübeck, hombres a los que ella nunca había considerado dignos de recibir toda su atención, para que tomaran las decisiones económicas. Del mismo modo, dos tutores supervisarían la educación de sus hijos. Y se estipulaba que cuatro veces al año Julia informara al estirado juez August Leverkühn de los progresos de sus hijos. 

La siguiente vez que Elisabeth fue de visita, Julia no la invitó a tomar asiento. 

—¿Estabas al corriente del testamento de mi marido? —le preguntó Julia. 

—No me consultó —contestó Elisabeth. 

—No te he preguntado eso. ¿Estabas al corriente? 

—Julia, ¡delante de los chicos no! 

—Siempre he querido decir algo, y ahora que soy libre, puedo decirlo —replicó Julia—. Y lo diré delante de los chicos: nunca me has caído bien. Y es una lástima que tu madre no esté viva, porque le habría dicho lo mismo. 

Heinrich quiso detenerla, pero Julia lo apartó. 

—El senador redactó ese testamento para humillarme. 

—Difícilmente habrías podido dirigir el negocio —dijo Elisabeth. 

—Habría podido decidir. Mis hijos varones y yo habríamos podido decidir. 

A ojos de los ciudadanos de Lübeck, aquellos de los que Julia se había reído o hablado con frivolidad en las fiestas celebradas en casa de su marido, hombres como herr Kellinghusen o herr Cadovius, mujeres como las jóvenes Stavenhitter o Mackenthun, u otras que la observaban con atención y la desaprobaban como frau Overbeck y su hija, la decisión de Julia, anunciada poco después de la lectura del testamento, de trasladarse a Múnich con sus tres hijos menores para establecer su hogar allí, dejando en Lübeck a Thomas, hospedado en casa del doctor Timpe, hasta que terminara su último año en el instituto, y animando a Heinrich a viajar para mejorar sus posibilidades en el ámbito literario, no podría haber sido más irracional. 

Si la viuda del senador Mann hubiera decidido mudarse a Luneburgo o Hamburgo, la buena gente de Lübeck tal vez lo habría considerado un simple rasgo de su informalidad, pero en aquellos años, como bien sabía Thomas, para aquellos burgueses hanseáticos Múnich simbolizaba el sur, y ellos detestaban el sur y desconfiaban de él. Era una ciudad católica; era bohemia. Carecía de virtudes sólidas. Ninguno de ellos había pasado nunca allí más tiempo del necesario. 

La atención de Lübeck se centró en Julia, sobre todo cuando la tía Elisabeth contó a algunas personas de confianza lo grosera que había sido con ella y cómo había mancillado la memoria de su madre. 

Durante un tiempo, en su círculo no se habló más que de la falta de serenidad que la viuda había mostrado en el entierro y de sus insensatos proyectos. Nadie advirtió, ni siquiera Heinrich, cuánto le dolió a Thomas que la empresa familiar no pasara a sus manos, aunque hasta su mayoría de edad hubieran tenido que supervisarla otras personas. 

Thomas vivió con la conmoción de saber que estaba destinado a que le arrebataran lo que en algunos de sus sueños había creído que sería suyo. Pese a que dirigir el negocio familiar era solo una de las muchas formas en que había imaginado su futuro, se sintió furioso con su padre por lo que presuponía su decisión. Le desagradaba pensar que el senador se hubiera percatado de sus quimeras sin darse cuenta de lo reales que con frecuencia le parecían a él. Deseó haber tenido la oportunidad de darle pruebas suficientes para que hubiese redactado un testamento más generoso. 

Su padre había dejado a la familia a la deriva: puesto que él no podía vivir, se había propuesto arruinar la vida a los demás. Thomas sentía un dolor persistente y agudo al pensar que todos los esfuerzos de los Mann en Lübeck quedarían en nada. El tiempo de su familia había pasado. 

No importaba a qué lugar del mundo fueran: los Mann de Lübeck no volverían a ser conocidos como se les había conocido en vida del senador. Eso no parecía molestarles ni a Heinrich ni a sus hermanas, ni siquiera a su madre; ellos tenían preocupaciones de carácter más práctico. Sabía que la tía Elisabeth intuía que la posición de la familia había quedado socavada irremediablemente, pero a duras penas podía hablar del tema con ella. Así pues, estaba solo con sus pensamientos. La familia dejaría Lübeck, donde tenía sus raíces. Fuera a donde fuese, Thomas no volvería a ser importante. 

cap-2

Lübeck, 1892 

La orquesta tocaba el preludio de Lohengrin. Mientras Thomas lo escuchaba, la sección de cuerda pareció contenerse para ofrecer tan solo unos indicios de lo que acabaría siendo la melodía. Luego el sonido empezó a ascender y descender de manera natural hasta que una única nota quejumbrosa del violín se elevó y se prolongó; la interpretación se volvió entonces más sonora y voluptuosa, más intensa. 

La música estuvo a punto de confortarlo, pero cuando aumentó de volumen y se tornó más penetrante, y entraron los tonos graves de los violonchelos forzando a los violines y las violas a alzarse aún más para superarlos, la orquesta le transmitió únicamente la sensación de su propia pequeñez. 

A continuación tocaron todos los instrumentos, con el director abierto de brazos para animarlos; después de que redoblaran los tambores y entrechocaran los platillos, Thomas advirtió que la música se volvía paulatinamente más lenta al encaminarse a la conclusión. 

No aplaudió con el resto del público. Se quedó sentado observando el escenario, las luces y a los músicos, que se preparaban para interpretar la sinfonía de Beethoven con que finalizaría la velada. Al terminar el concierto no le apetecía salir a la noche; deseaba seguir envuelto en la música. Se preguntó si entre aquella multitud habría alguien más que compartiera tal sentimiento, aunque creía que no. 

A fin de cuentas estaba en Lübeck, cuyos ciudadanos no eran dados a semejantes emociones. Pensó que quienes lo rodeaban olvidarían fácilmente la música que acababan de oír o borrarían su recuerdo. 

Todavía en la butaca, se le ocurrió pensar que a su padre le habría interesado en sus últimos días de vida, cuando ya sabía que se acercaba la muerte, esa idea de un sonido ascendente, cambiante, abrumador, que evocaba un poder más allá de lo terrenal y abría la puerta a un reino donde el espíritu sobreviviría y prevalecería, donde encontraría descanso tras haber soportado la muerte con toda su indignidad. 

Pensó en el cadáver de su padre en el ataúd como si fuera un espectáculo, vestido con su traje de etiqueta como si se tratara de la parodia de un hombre público durmiente, preparado para una inspección. El senador yacía allí frío, contenido, con los labios muy apretados y las comisuras caídas; el rostro le cambiaba con los cambios de la luz y sus manos habían perdido el color. Recordó cómo la gente había mirado a su madre cuando se apartó del féretro con la mano en la cara; recordó sus expresiones de desaprobación.  

Thomas se encaminó a la casa donde su madre, con el deseo de que se concentrara de manera más metódica en los estudios, le había buscado alojamiento con uno de sus profesores, el doctor Timpe. Al día siguiente se enfrentaría una vez más a las tediosas tareas del Katharineum: escribiría ecuaciones, estudiaría las reglas gramaticales y se aprendería poemas de carrerilla. Durante el día fingiría, al igual que los demás, que en cierto modo era algo natural, predeterminado. Le resultaba más fácil dejar que la mente divagara sobre su aversión al aula que pensar en la alcoba perdida, aquella donde había dormido antes de que su madre, Lula, Carla y Viktor se mudaran a Múnich. Era consciente de que si pensaba en lo caliente y a gusto que se habría sentido en ella se entristecería demasiado. Tendría que tratar de obligar a su mente a entretenerse con otros asuntos. 

Pensaría en las chicas. Sabía que los esfuerzos de sus compañeros de instituto por parecer aplicados eran a menudo una forma de disimular que las tenían siempre en el pensamiento. Sin embargo, los chistes que contaban y los comentarios sueltos que hacían acostumbraban estar teñidos de timidez, vergüenza o fanfarronería afectada. A veces, al verlos empujarse unos a otros en la calle o caminar en parejas o en grupos de tres riendo groseramente, percibía la energía oculta.  

Pese al aburrimiento de las clases, una corriente de embriagadora expectación impregnaba la atmósfera a medida que la tarde pasaba con lentitud y se acercaba el momento de salir al aire libre. Y él se daba cuenta de que, aunque sus compañeros tal vez no se cruzaran con nadie especial en el camino a casa, los excitaba la posibilidad de toparse en la calle con una joven o de ver a una muchacha tras una ventana. 

Después del concierto, ya cerca de su destino, pensó en las habitaciones de las plantas superiores de aquellas casas donde, mientras él caminaba, tal vez una chica se preparara para acostarse: retirara las prendas exteriores, levantara los brazos para quitarse la blusa o se inclinara para desprenderse de lo que llevara debajo. 

Miró hacia arriba y vio una luz parpadeante en una ventana sin cortinas. Se preguntó qué escena tendría lugar en la habitación. Intentó imaginar que una pareja entraba en la estancia y que el hombre cerraba la puerta; se concentró en la imagen de la joven al desvestirse, su blanca ropa interior y su tersa piel. Sin embargo, cuando llegó el momento de pensar en qué pasaría si él fuera el hombre, vaciló y sus pensamientos recularon. Descubrió que no deseaba continuar con lo que hacía un instante había resultado tan gráfico. 

Supuso que al imaginar una escena semejante sus compañeros de instituto también se habrían mostrado inseguros respecto a lo que, en cualquier caso, vivía únicamente en sus sueños más íntimos. 

Esperaría a estar en el pequeño dormitorio que ocupaba en casa del doctor Timpe, al fondo del último piso, para entregarse a sus fantasías. A veces, antes de apagar la lámpara, empezaba un poema o añadía una estrofa a alguno en el que hubiera estado trabajando. Cuando buscaba metáforas adecuadas para los complejos mecanismos del amor, no pensaba en chicas en habitaciones oscuras; no evocaba la intimidad de las parejas. 

En su clase había un muchacho con el que compartía un tipo distinto de intimidad. Se llamaba Armin Martens y, al igual que él, tenía dieciséis años, aunque aparentaba menos edad. Su padre, propietario de un molino, había conocido al padre de Thomas, pese a que la familia Martens era menos ilustre de lo que habían sido los Mann. 

Armin no pareció sorprenderse al reparar en el interés que despertaba en Thomas. Empezó a dar paseos con él, y se aseguraba de que no se uniera a ellos ningún otro compañero de clase. A Thomas le inquietaba e impresionaba la capacidad que tenía Armin para conversar con él del alma, de la auténtica naturaleza del amor, de la importancia imperecedera la poesía y la música, y charlar con idéntica facilidad de chicas o gimnasia con otros compañeros.  

Thomas observó que Armin se sentía a gusto con todo el mundo, que tenía una sonrisa cálida y franca, y un aura rebosante de dulzura e inocencia.  

Cuando escribió un poema sobre el anhelo de apoyar la cabeza sobre el pecho de su amante, o de pasear con su amante a la luz del crepúsculo hacia un lugar hermoso donde estarían a solas, cuando habló de la acuciante necesidad de entrelazarse con el alma de la persona amada, la figura que imaginaba, el objeto de su deseo, era Armin Martens. 

Se preguntaba si el muchacho le daría alguna señal, o si en uno de sus paseos permitiría que la conversación se desviara de los poemas y la música para centrarse en lo que sentían el uno por el otro. 

Con el tiempo comprendió que él concedía a esos paseos más valor que Armin. Al despertar se daba cuenta de que, en consecuencia, debía moderar su conducta, dejar que su amigo se distanciara de él si así lo deseaba. Mientras cavilaba apenado sobre lo poco que le cabía esperar de Armin, la posibilidad del rechazo hacía que le hirviera la sangre y le provocaba una sensación de dolor agudo que luego se volvía casi satisfactoria. 

Esos pensamientos eran fugaces como un cambio de luz o una impresión repentina de frío en el aire. No le resultaba fácil controlarlos ni entregarse a ellos. Y a medida que el día transcurría con toda su grisura y vulgaridad, se disipaban. Guardaba en el pupitre su poesía o poemas de amor de los grandes maestros alemanes que había copiado en hojas sueltas. Durante las clases, si el profesor estaba en la pizarra, las sacaba con disimulo y, mientras leía una, miraba a menudo a Armin Martens, que se sentaba al otro lado del estrecho pasillo, una fila por delante de él. 

Se preguntaba cómo reaccionaría su amigo si le mostrara esos poemas para revelarle así sus sentimientos. 

A veces caminaban juntos en silencio y Thomas disfrutaba de la intimidad que compartían. Si se encontraban con algún conocido, Armin tenía una manera firme pero cordial de dejar claro que no querían compañía. 

La mayor parte de los días, sobre todo al principio del paseo, Thomas le dejaba dirigir la conversación. Observó que su amigo jamás hablaba mal de sus compañeros de instituto ni de los profesores; tenía una visión del mundo tolerante y serena. Por ejemplo, al oír el nombre del profesor de matemáticas, herr Immerthal, por el que Thomas sentía una profunda aversión, Armin se limitaba a sonreír. 

Muchas veces, cuando Thomas quería hablar de poesía y música, su amigo manifestaba preocupaciones más prosaicas, como sus clases de equitación o un partido en el que había jugado. Sin embargo, en cuanto Thomas conseguía pasar a temas más elevados, Armin, sin cambiar de actitud, los abordaba con la misma ligereza y falta de vehemencia. 

La naturalidad del muchacho, su serenidad y aceptación del mundo, junto con la ausencia en él de nerviosismo, suficiencia o fingimiento, llevaron a Thomas a desear que se convirtiera en su amigo especial. 

Al avanzar el curso observó que Armin empezaba a cambiar: crecía, se le ensanchaban los hombros y se afeitaba. Pensó que su amigo era medio niño, medio hombre, lo cual hizo que le inspirara más ternura. Una noche, ya de madrugada, convencido de que había llegado la hora de manifestar sus sentimientos, decidió que le enseñaría su último poema de amor, unos versos que no ocultaban que la persona amada era Armin. 

En la primera estrofa describía la elocuencia con que su amado hablaba de la música. En la siguiente aludía a cómo su amado hablaba de la poesía. Y en la última afirmaba que el objeto de su cariño combinaba la belleza de la música y de la poesía en su voz y su mirada. 

Una tarde de invierno caminaban sujetándose la gorra y con la cabeza inclinada contra el fuerte viento húmedo que rugía y agitaba los árboles desnudos. Thomas llevaba el poema en el bolsillo de la chaqueta, pero supo que, pese a su determinación anterior, le sería imposible compartirlo con su amigo. Armin le estaba diciendo que en cuanto llegara a casa se deslizaría por la barandilla de la escalera. Parecía un niño. Thomas pensó que tal vez debería quemar el poema. 

Otros días, en especial si había habido un concierto en Lübeck o si Thomas le había señalado alguna poesía de amor de Goethe, la actitud de Armin era más seria y reflexiva. Cuando Thomas intentó describirle lo que había sentido al escuchar el preludio de Lohengrin, Armin lo observó con curiosidad y asintió para indicarle que compartía plenamente esas emociones. Mientras seguían paseando, Thomas se alegró de que ambos apreciaran el poder de la música. Estaba con el compañero con que había soñado. 

Escribió un poema sobre el amante y el amado caminando en silencio y enfrascados en los mismos pensamientos, separados solo por el ruido del viento, con la desnudez de los árboles como único recordatorio de que nada perdura salvo el amor de ambos. En la última estrofa el poeta pedía a su amado que viviera con él para siempre y de ese modo resistieran al tiempo y avanzaran juntos hacia la eternidad.  

Thomas era consciente de que sus compañeros de clase zaherían a menudo a Armin por la amistad que los unía. Según ellos, Thomas carecía de las mejores cualidades masculinas, era demasiado engreído, mostraba un interés desmesurado por la poesía y un orgullo excesivo por la importancia que había tenido su familia en Lübeck. Sabía que Armin se reía de eso y no veía motivo alguno para dejar de considerarlo un compañero entrañable. Era evidente que el muchacho sentía verdadero afecto por Thomas, de modo que quizá no se sorprendiera si le enseñaba sus poemas o le revelaba sus sentimientos de alguna otra forma. 

Un día, en el instituto, aprovechando que el profesor estaba de espaldas, Armin se giró y le sonrió. Tenía el pelo recién lavado, la piel clara y luminosa, los ojos brillantes. Thomas se fijó en lo apuesto que estaba volviéndose. Se le ocurrió pensar que posiblemente ahora Armin estaba tan pendiente de él como él de Armin, pues no sonreía a nadie de aquella manera. 

Habían acordado dar un paseo al día siguiente. Soplaba un viento apacible y el sol asomaba de forma intermitente mientras caminaban en dirección a los muelles. Armin, que estaba de muy buen humor, habló entusiasmado del viaje a Hamburgo que su padre y él tenían previsto emprender. 

Avanzaron sorteando caballos, carros y a hombres que cargaban madera, y se detuvieron al ver que varios troncos se caían de una carreta, lo que forzó al conductor a parar y pedir ayuda para volver a colocarlos en su sitio. Cuanto más suplicaba el hombre a los otros estibadores, más burlones eran los improperios que le dirigían, en un dialecto que a Thomas y Armin les resultó divertido. 

—Ojalá pudiera entenderlos —dijo Armin. 

Por fin un hombre se puso a echar una mano al de la carreta, de donde cayeron más troncos. Armin, cada vez más absorto en la escena, se echó a reír y rodeó los hombros de Thomas con el brazo, y luego la cintura. Mientras los estibadores, en lugar de poner bien los troncos, se las arreglaban para descolocar unos cuantos, lo que provocó abucheos y bromas, Armin lo abrazó. 

—Esto es lo que adoro de Lübeck —dijo—. En Hamburgo todo es más ordenado, moderno y reglamentado. Me gustaría quedarme aquí para siempre. 

Mientras observaban cómo los dos hombres apilaban mejor los troncos, Thomas pensó que debía reaccionar de algún modo a los abrazos de Armin. Se preguntó si debería volverse y estrecharlo, pero no le pareció que fuera a resultar natural. 

Se dirigieron hacia una zona de almacenes viejos y enfilaron una calleja sin tráfico ni señal alguna de vida. Armin comentó que por ese camino llegarían al mar y podrían ver qué barcos habían arribado al puerto. 

—Quiero enseñarte algo —dijo Thomas. 

Sacó los dos poemas del bolsillo de la chaqueta y se los tendió a Armin, que empezó a leerlos en silencio, muy concentrado, como si algunas palabras o versos entrañaran para él cierta dificultad. 

—¿Quién los ha escrito? —inquirió al terminar los versos que comparaban al amado con la música y la poesía. 

—Yo —respondió Thomas. 

Armin se enfrascó en el segundo poema; no levantó la vista. 

—¿Este también es tuyo? —preguntó. 

Thomas asintió. 

—¿Lo sabe alguien más? 

—No. Los he escrito para que solo los leas tú. 

Armin no dijo nada. 

—Los he escrito para ti —añadió Thomas, casi en un susurro. Pensó en alargar la mano para tocarle el brazo o el hombro, pero se contuvo. 

Armin se sonrojó. Clavó la vista en el suelo. Thomas temió por un instante que creyera que sus intenciones eran comprometedoras; que creyera que enseguida le pediría, por ejemplo, que entraran a escondidas en un almacén vacío. Quiso decirle que nada más lejos de su pensamiento. Lo que buscaba en él no llegaría con una rápida consumación, sino con palabras tiernas, una mirada o un gesto. No pedía nada más. 

Mientras observaba a Armin, se dio cuenta de que estaba a punto de llorar. Su amigo dio la vuelta a los folios para ver si había algo más escrito en ellos. Luego releyó con detenimiento los poemas. 

—No creo que yo sea como la música o la poesía —dijo—. Soy como soy. Y algunos dicen que soy como mi padre. Y en cuanto a vivir para siempre con un poeta, no sé... Creo que viviré en casa de mi padre hasta que me llegue el momento de comprarme una. Venga, vamos a ver los barcos. —Y devolvió los poemas a Thomas con un puñetazo cariñoso en el pecho y aire burlón—. Asegúrate de que nadie las encuentre. Mis amigos ya han cambiado de opinión sobre ti, pero eso dañaría mi reputación. 

—¿Los poemas no significan nada para ti? 

—Prefiero los barcos a los poemas y las chicas a los barcos, y lo mismo deberías hacer tú. 

Armin echó a andar a zancadas. Miró hacia atrás, y al ver que Thomas seguía con los papeles en la mano se echó a reír. 

—Guarda eso antes de que alguien lo vea y nos tire al agua. 

En el último curso de Thomas en el Katharineum, Armin Martens cambió, igual que él. Perdió su simpatía y su carácter adolescente. Se volvió serio. Pronto empezaría a trabajar en el molino de su padre. Tendría su propio despacho. Ya portaba consigo la conciencia de su futura importancia. Thomas comprendió que, ajeno a la grisura de su destino, se integraría con toda naturalidad en la vida empresarial de Lübeck. 

En casa del doctor Timpe, su hijo Willri, un año mayor que Thomas, ocupaba la habitación delantera de la última planta. En cuanto este se instaló en su nuevo alojamiento, Willri dejó claro que no tenía el menor deseo de ser su amigo, aunque ambos se conocían del instituto. A Thomas le sorprendió que el doctor Timpe casi se enorgulleciera de la falta de interés de su hijo por los libros y el saber. 

—Le gustan las máquinas y el aire libre —dijo el profesor—, y quizá el mundo sería un lugar mejor si todos compartiéramos sus preferencias. Puede que los libros ya sean historia. 

Nadie protestaba cuando Willri se levantaba de la mesa y salía del salón antes de que la comida hubiera acabado. Era más alto y corpulento que su padre, a quien eso parecía divertirle. 

—Pronto estará mangoneándome. Así que ¿para qué darle órdenes? Tiene sus propias ideas acerca de todo. Es un adulto de la cabeza a los pies.  

Miró a Thomas como dando a entender que quizá él, que comía con toda calma, podría aprender algo de su hijo.  

De noche, a través del fino tabique, Thomas percibía la presencia de Willri en la habitación de al lado. Lo imaginaba disponiéndose a acostarse y tumbándose luego bajo las cálidas mantas. Sonreía al pensar que no compondría poemas sobre Willri; nadie lo haría. En cualquier caso, ya había escrito demasiados poemas. Aun así, no podía quitarse de la cabeza que el muchacho se hallaba en el dormitorio contiguo, y a menudo esa idea lo excitaba. 

Una noche Willri llamó a su puerta y le pidió que fuera a su alcoba para ayudarle con una traducción de latín. Thomas estudiaba el texto sentado en el borde de la cama y se sorprendió al ver que el otro había empezado a desvestirse. Cuando, azorado

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