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El sueño de Sooley

John Grisham

Fragmento

Capítulo 1

1

En abril, cuando convocaron a Samuel Sooleymon a hacer una prueba para la selección nacional, tenía diecisiete años, medía un metro ochenta y ocho y se le consideraba un base prometedor, conocido por su velocidad y su salto vertical, pero también por su irregularidad en el pase y su tiro mediocre.

En julio, cuando el equipo partió de Yuba, capital de Sudán del Sur, rumbo a Estados Unidos, ya medía un metro noventa y tres y conservaba toda su velocidad, aunque era más irregular si cabe en el manejo del balón sin ser más preciso en el lanzamiento exterior. Apenas se dio cuenta de que había crecido, lo que no era inusual para un adolescente, pero sí reparó en que sus gastadas zapatillas de baloncesto le apretaban más y sus únicos pantalones le quedaban de pronto muy por encima de los tobillos.

Sin embargo, allá en abril cuando le llegó la convocatoria, su barrio lo celebró a lo grande. Vivía en Lotta, una remota aldea en las inmediaciones de Rumbek, una ciudad de treinta mil habitantes. Llevaba toda la vida allí, sin hacer mucho más que jugar al baloncesto y al fútbol. Su madre, Beatrice, era ama de casa, con un nivel educativo muy rudimentario, como todas las mujeres de la aldea. Su padre, Ayak, daba clase en una cabaña descubierta con dos aulas que habían construido unos misioneros décadas atrás. Cuando no andaba bota que te bota por las canchas de baloncesto de tierra repartidas por el pueblo, Samuel cuidaba del huerto de la familia con sus hermanos menores y vendía hortalizas en el margen de la carretera.

Por aquel entonces, la vida en la aldea era plácida y bastante estable. Corría el segundo año de otra encarnizada guerra civil que no tenía visos de terminar pronto, y, aunque la existencia cotidiana siempre era precaria, la gente se las apañaba para ir tirando con la esperanza de que las cosas mejorasen en el futuro. Los niños vivían en la calle, siempre botando o pateando una pelota, y echar un partidillo ofrecía una distracción que era muy de agradecer.

Samuel llevaba desde los trece años siendo el mejor jugador de baloncesto de la aldea. Su sueño, como el de todos los demás críos, era jugar en algún equipo universitario de Estados Unidos y, por supuesto, llegar a la NBA, donde ya había varios jugadores sursudaneses, que en su país natal eran como dioses.

Cuando la noticia de que lo habían convocado corrió por la aldea, empezaron a congregarse vecinos delante de la cabaña de techo de paja de los Sooleymon. Todo el mundo quería celebrar el notición de Samuel. Algunas señoras llevaban jarras de zumo de tamarindo y de té de canela aromatizado con jengibre. Otras acudían con bandejas de galletas recubiertas de azúcar y pastas de cacahuete. Era el momento más señalado de la historia reciente de la aldea, y Samuel recibió los abrazos y la admiración de sus vecinos. Los niños pequeños solo querían tocarlo, convencidos de hallarse en presencia de un nuevo héroe nacional.

Él saboreó el momento, aunque intentó calmar los ánimos advirtiendo a todo el mundo que solo lo habían invitado a hacer una prueba. Entrar en la selección sub-18 sería difícil porque había muchos buenos jugadores, sobre todo en Yuba, donde las ligas estaban más consolidadas y los partidos se jugaban sobre suelos de baldosa o incluso parqué. En Lotta, como en otras aldeas remotas y zonas rurales, los partidos oficiales a menudo se jugaban al aire libre sobre hormigón o tierra. Explicó que solo seleccionarían a diez jugadores para el viaje a Estados Unidos, y que allí se les unirían cinco más, todos de Sudán del Sur. Una vez juntos, el equipo jugaría en torneos de exhibición en lugares como Orlando y Las Vegas, donde habría centenares de ojeadores de diferentes universidades. Tal vez incluso alguno que otro de la NBA.

La mención de Estados Unidos añadió un plus de emoción al momento, y las advertencias de Samuel cayeron en saco roto. Ya había alzado el vuelo. Le habían visto madurar en las canchas de la aldea, y sabían que era lo bastante especial para entrar en cualquier equipo y llevar consigo los sueños de todos sus vecinos. La fiesta se alargó hasta bien entrada la noche y, cuando Beatrice finalmente la dio por terminada, Samuel se acostó a regañadientes, pero le resultó imposible conciliar el sueño. Se pasó una hora sentado en el camastro de su minúsculo dormitorio, que compartía con sus dos hermanos menores, Chol y James, charlando con ellos entre susurros emocionados. Sobre sus camas había un gran póster de Niollo, el más grande de los jugadores sursudaneses, volando muy por encima del aro para hacer un mate con su uniforme de los Boston Celtics, que Samuel a menudo había fantaseado con vestir.

Se levantó temprano a la mañana siguiente y fue a recoger los huevos de las gallinas de la familia, su primera tarea de la jornada. Tras un desayuno rápido, partió camino de la escuela con su mochila y su balón de baloncesto. James y Chol lo siguieron hasta la cancha de su barrio, donde practicó lanzamientos durante una hora mientras ellos recogían la pelota y se la devolvían. Se les unieron otros muchachos, y el bullicio de sus bromas sumado al bote de las pelotas resonó en la soñolienta mañana.

A las ocho en punto, los partidillos se interrumpieron muy a pesar de los jugadores cuando Samuel y sus hermanos se fueron a clase. Él cursaba el último año de instituto y le faltaba un mes para graduarse. Se consideraba afortunado: menos de la mitad de sus compañeros —todos varones— acabarían la enseñanza secundaria, y solo una mínima proporción de estos soñaba siquiera con ir a la universidad. Para las chicas no había clases.

Mientras Samuel se dirigía hacia la escuela botando el balón, sus sueños empezaban a flotar hacia universidades lejanas.

Capítulo 2

2

Dos semanas más tarde, a primera hora de una mañana de viernes, la familia entera recorrió a pie el largo trecho que los separaba de la estación de autobuses de Rumbek y lo vio partir rumbo a Yuba, donde le esperaba un largo fin de semana de reñida competición. Se despidieron de él, su madre y su hermana con lágrimas en los ojos. Regresaría el lunes siguiente.

Partió con una hora de retraso, lo que era bastante puntual para Sudán del Sur. Por culpa del mal estado de las carreteras y el hacinamiento de los vehículos, los horarios eran flexibles. A menudo el autobús ni siquiera llegaba, y las averías eran habituales. No era extraño que los pasajeros se quedaran tirados en mitad de la calzada y hubiera que mandarlos caminando hasta el pueblo más cercano.

Samuel se sentó en un abarrotado asiento de la parte delantera del autobús, encajado entre dos hombres que afirmaban llevar tres horas de trayecto. Se dirigían a Yuba para buscar trabajo, o algo así. Samuel no estaba seguro porque hablaban un mal inglés entremezclado con nuer, su lengua tribal. Samuel era dinka, el grupo étnico más grande del país, y ese era su primer idioma. El inglés era el segundo. Su madre hablaba cuatro.

Al otro lado del estrecho pasillo viajaba una mujer con tres hijos, todos muy callados y con los ojos muy abiertos. Samuel les habló en inglés pero no respondieron. La madre le dijo algo al mayor, y Samuel no entendió ni una palabra.

El autobús no tenía aire acondicionado y el polvo de la calzada de grava entraba por las ventanas abiertas y se posaba en todas partes: ropa, bolsas, asientos, el suelo. El vehículo avanzaba dando tumbos y zarandeándose por la carretera principal de Yuba, con alguna parada ocasional para recoger a un autoestopista o dejar bajar a un pasajero.

En cuanto corrió la voz de que Samuel era jugador de baloncesto y podría estar jugando pronto en Estados Unidos, se convirtió en el centro de atención. El baloncesto era el nuevo orgullo de Sudán del Sur, una radiante promesa que a veces permitía que la gente dejara a un lado su violenta historia de conflicto étnico. Por lo general, los jugadores eran delgados y altos, y jugaban con una fiereza que a menudo sorprendía a los entrenadores estadounidenses.

De modo que se pusieron a hablar de baloncesto, con Samuel llevando la voz cantante. Paraban en cada aldea y se iban subiendo viajeros. El número máximo de pasajeros era un concepto elástico, y no pasó mucho tiempo antes de que el conductor ordenara a los varones más jóvenes, incluido Samuel, que se encaramasen al techo del autobús para cubrir el resto del trayecto y de paso se asegurasen de que no se caía ninguna bolsa o caja. Cuando estuvieron cerca de Yuba, la grava dio paso al asfalto y el traqueteo constante se redujo un poco. Los pasajeros fueron quedándose callados a medida que recorrían kilómetros de poblados chabolistas y luego bloques de viviendas mejor construidas. Seis horas después de su partida desde Lotta, Samuel se apeó del autobús en la estación central, donde una muchedumbre de personas iba y venía. Pidió indicaciones y caminó durante una hora hasta la Universidad de Yuba.

Ya había estado una vez en la capital, pero volvieron a sorprenderle sus modernas infraestructuras, las calles asfaltadas, la locura del tráfico, los edificios altos, el bullicio y lo bien vestida que iba la gente. Si no lograba ingresar en el equipo, pensaba continuar sus estudios en la ciudad. A la mínima que fuera posible, quería vivir allí y buscar una profesión a la que dedicarse.

Encontró el campus y luego el polideportivo, en el que entró con nerviosismo. Era nuevo, muy espacioso, con tres canchas reglamentarias y unas cuantas gradas. En el país no había competiciones interuniversitarias, ni equipos de ese nivel, con calendarios y logo, ni hinchadas para vivir las emociones. El pabellón se utilizaba para liguillas internas de toda clase de deportes, además de para asambleas y mítines.

En el extremo opuesto divisó a un hombre con un portapapeles y un silbato atado al cuello que observaba un partidillo de cuatro contra cuatro. Samuel bordeó la cancha para acercársele.

Ecko Lam tenía cuarenta años y había pasado los primeros cinco en Sudán del Sur. Su familia había escapado por los pelos de un ataque guerrillero contra su pueblo y había huido a Kenia. Acabaron mudándose a Ohio y asimilando un estilo de vida americano. Descubrió el baloncesto de adolescente y jugó durante cuatro años en el equipo de la Universidad Estatal de Kent. Se casó con una estadounidense de ascendencia sudanesa y persiguió su sueño de ser entrenador de la primera división de la liga universitaria. Fue escalando puestos hasta llegar al nivel de entrenador ayudante en la Politécnica de Texas, antes de que una ONG lo contratase para trabajar de cazatalentos en África. Dos años antes lo habían seleccionado para que organizase ligas y entrenara equipos con los mejores jugadores de Sudán del Sur durante el verano. Su trabajo le encantaba y aún creía con pasión que el baloncesto podía cambiar la vida de los jugadores sursudaneses de ambos sexos. Llevar a Estados Unidos a su equipo de jugadores sub-18 para que jugaran torneos de exhibición era, con diferencia, la parte de su trabajo que más le gustaba.

Nunca había visto jugar a Samuel con sus propios ojos pero se había puesto algún vídeo en el que salía. Un entrenador local le había transmitido una encarecida recomendación, diciendo que tenía las manos y los pies más rápidos que había visto nunca, por no hablar de un asombroso salto vertical. La madre, Beatrice, medía un metro ochenta y dos, y el informe del ojeador pronosticaba que Samuel todavía estaba creciendo. Con su metro ochenta y ocho era el convocado más bajo.

En el vídeo, grabado con un teléfono móvil, Samuel dominaba el juego defensivo pero tenía problemas con el balón. Como vivía en una aldea, su experiencia era limitada, y Ecko sospechaba que lo pasaría mal compitiendo contra chavales de ciudad.

Habían invitado a las pruebas a veinte jugadores de todo el país, que fueron llegando uno a uno al polideportivo a medida que avanzaba la tarde. Ecko vio acercarse a Samuel con paso dubitativo por el borde de la cancha; saltaba a la vista que era un chico de pueblo intimidado por el entorno. Al final llegó hasta él y le preguntó con timidez:

—Disculpe, ¿es usted el entrenador Lam?

—Sí, señor —respondió Ecko con una sonrisa de oreja a oreja—, y usted debe de ser el señor Soleymoon.

—Sí, señor —confirmó Samuel mientras le tendía la mano.

Tras un firme apretón de manos, se tocaron en el hombro el uno al otro, el saludo sudanés habitual.

—Encantado de conocerle —dijo Ecko—. ¿Qué tal el viaje?

Samuel se encogió de hombros.

—Normal. Si te gusta el autobús.

—No me gusta. ¿Has volado alguna vez en avión?

—No, señor —respondió Samuel sin el menor embarazo.

Ecko estaba casi seguro de que ninguno de los veinte convocados había visto nunca un avión por dentro.

—Bueno, si entras en mi equipo, cruzaremos medio mundo en avión. ¿Qué te parece?

Samuel no pudo contener una sonrisa.

—Me parece maravilloso.

—Será genial, hijo. Ahí tienes los vestuarios. Cámbiate corriendo y ponte a tirar.

Samuel accedió a una habitación larga con pequeñas taquillas de malla de alambre pegadas a las paredes. Escogió una vacía y se puso sin perder tiempo unos pantalones cortos, una camiseta y sus gastadas zapatillas. Al cabo de cinco minutos ya volvía a estar en la cancha. Ecko le lanzó un balón, señaló una canasta vacía en la otra punta del pabellón y le dijo:

—Estira y calienta, y luego ponte a tirar de tres.

—Sí, señor. —Samuel se alejó botando la pelota, usando solo la mano derecha, hizo un par de series rápidas de estiramientos tirando a perezosos y empezó a lanzar. Ecko sonrió ante la constatación de que otro chico de diecisiete años encontraba aburrida la idea de estirar.

Sin dejar de estar pendiente del partidillo, observó todos y cada uno de los movimientos de Samuel. Necesitaba trabajar en su tiro a canasta. Como tanto a su favor, lanzaba desde el punto más alto de un salto impresionante y fluido. En su contra tenía que doblaba la muñeca demasiado abajo, a la altura de la frente, y el codo derecho se le abría. No era inusual en un joven con escaso entrenamiento.

Falló los diez primeros lanzamientos. Los nervios, pensó Ecko.

Entrada la tarde, los veinte jugadores habían llegado. Ecko los reunió en una esquina de las gradas y les pidió que se levantaran uno por uno, dijeran cómo se llamaban y describieran de dónde venían. La mitad eran de Yuba. Dos procedían de Malakal, una ciudad arrasada por la guerra que estaba a quinientos kilómetros de distancia. Luego había un puñado que venían de provincias, del campo.

El siguiente punto en el orden del día de Ecko era el más problemático.

—Todos somos sursudaneses —dijo—. Nuestro país está destrozado por las guerras civiles, en las que los señores de la guerra luchan por el poder mientras nuestro pueblo sufre, pero este equipo estará unido. Nuestro país os seguirá con atención; seréis sus nuevos héroes. La manera más rápida de salir expulsado de este equipo no es la falta de talento o esfuerzo, sino cualquier demostración de rivalidad étnica. ¿Entendido?

Todos asintieron. Ecko Lam era una leyenda en su mundillo y se morían por impresionarle. Él, y solo él, tenía la llave para el viaje a Estados Unidos. Envidiaban su confianza, su perfecto inglés y, por encima de todo, las Air Jordan último modelo que calzaba.

Ecko levantó un uniforme y prosiguió:

—Esto es lo que llevaremos. —Les mostró una camiseta—. Como veis, es sencilla, lisa, reversible; una prenda que podríais ver en cualquier clase de educación física aquí en Yuba. Gris, sin colorines ni logos molones. La llevamos para que nos recuerde de dónde venimos y nuestras raíces humildes. Ojalá pudiera entregaros este uniforme a los veinte, pero no es así. Solo la mitad entraréis en el equipo y no me apetece nada darle la mala noticia a la otra mitad. Pero diez es suficiente, y se nos unirán cinco sursudaneses más que ahora viven en Estados Unidos. Mi segundo entrenador, Frankie Moka, está haciendo una prueba parecida a esta en Chicago. Nos reuniremos con sus jugadores en Orlando durante unos días para entrenar antes de que empiecen los partidos. En total habrá dieciséis equipos: cuatro de Estados Unidos y el resto de países como Brasil, Reino Unido, España, Croacia, Senegal, Italia, Rusia y no sé cuántos más. En Orlando habrá ocho equipos y jugaremos contra todos. Los otros ocho se enfrentarán en un torneo parecido pero en Las Vegas. Los cuatro mejores de cada competición se las verán en St. Louis para el torneo de exhibición a nivel nacional. ¿Alguna pregunta?

No hubo ninguna. Los chicos eran demasiado tímidos para tomar la palabra y ninguno quería parecer demasiado ansioso.

—Y, para vuestra información, este viaje está patrocinado por los grandes fabricantes de calzado. Ya sabéis cómo se llaman y están siendo muy generosos. Parte del dinero también sale de la Fundación Manute Bol, y asimismo hay otros jugadores de la NBA de nuestro país que han hecho donaciones. En algún momento, cuando estemos allí, escribiremos mensajes de agradecimiento y nos sacaremos fotos. Existe la posibilidad de que nos veamos con Niollo, pero no prometo nada.

Estaban demasiado atónitos para responder.

Los dividió en cuatro equipos, les asignó posiciones y emparejamientos, les advirtió que no hicieran demasiadas faltas y puso en marcha los dos partidillos. Sin árbitros de por medio el juego se volvió de lo más brusco, algo que a Ecko no le parecía mal. Pitó algunas de las faltas más bestias, pero en general dejó jugar. Después de veinte minutos de acción ininterrumpida, señaló un descanso y les ofreció agua. Mientras ellos se tendían desplomados sobre las gradas, jadeantes y chorreando sudor, se paseó por delante y dijo:

—Buen trabajo, señores. He visto mucha entrega, y espero que no decaiga porque somos sursudaneses y jugamos con el corazón. Nadie se rinde, nadie vaguea, nadie se escaquea en la cancha. Vale: dentro de una hora más o menos iremos a una residencia que hay doblando la esquina, que es donde os alojaréis. Cenaremos allí, veremos una peli y luego nos iremos a la cama. Dormid bien porque mañana será un día muy largo.

Capítulo 3

3

El sábado por la mañana, Ecko los acompañó al polideportivo, la mitad del cual estaba tomado por una liga juvenil de la ciudad. Reinó la confusión durante la primera media hora mientras Ecko discutía con un funcionario de deportes y amenazaba con llamar a algún personaje influyente. Se alcanzó una tregua tensa por la que se concedió a la sub-18 el uso de dos de las tres canchas. En cuanto los entrenadores de los equipos juveniles se enteraron de quién era Ecko, su predisposición cambió. Los niños de sus equipos miraban asombrados a Samuel y los demás.

Llegaron dos técnicos asistentes para ayudar a Ecko con la jornada. Organizaron la primera prueba, una serie de suicidios desde el centro de la cancha hasta la línea de fondo, unos quince metros. Corrieron en tres grupos de bases, aleros y pívots, y los ganadores se enfrentaron en una competición al mejor de tres. Todos los jugadores eran rápidos y tenían buenos reflejos, pero ninguno se acercaba a Samuel, que ganó todos los esprints de calle.

Luego un técnico se llevó a los cuatro pívots bajo una canasta para someterlos a una dura sesión de rebote y bloqueo de rebote. Ecko se llevó a los bases y los aleros y, empleando dos cámaras, grabó sus lanzamientos en suspensión. Ningún entrenador había analizado en detalle nunca el tiro de Samuel, y no fue una experiencia agradable. «Un desastre», fue como Ecko lo describió, aunque con una sonrisa. Empezaron por el principio, con los fundamentos.

—Piensa en todos los tiros que has lanzado hasta ahora, Samuel. Serán como un millón, ¿verdad?

—Por lo menos.

—Y todos han sido incorrectos. Una y otra vez, lo único que has hecho es reforzar tus vicios. Si quieres jugar a un nivel superior, empieza de cero y desde ya.

Se pusieron el vídeo una y otra vez. Ecko había promediado quince puntos por partido en su último año en la Universidad Estatal de Kent y sabía el aspecto que tenía un tiro en suspensión perfecto.

—No hay dos iguales —le explicó a Samuel—, pero todos los grandes presentan los mismos componentes básicos. Tres cosas: empieza justo encima de la cabeza, apunta el codo a la canasta y no apliques presión con tu mano izquierda.

Samuel estaba ansioso por dejarse entrenar e intentaba desprenderse de las malas costumbres, pero llevaría tiempo. Ecko lo mandó a la línea de tiros libres para que no hiciese otra cosa que lanzar durante diez minutos con los dos pies en el suelo. Antes de cada tiro debía decir en voz alta: «Apunta al aro con el codo».

Los ejercicios se prolongaron durante toda la mañana y para mediodía los chicos estaban aburridos. Ecko por fin los separó en cuatro equipos y les dejó desahogarse con unos partidillos. Volvió a advertirles sobre las faltas violentas y por si acaso puso a los entrenadores asistentes de árbitros. Él se sentó en las gradas y estudió a todos los jugadores.

El mejor base con diferencia era Alek Garang, un jugador de Yuba ya conocido que había sido la estrella de todos los torneos en los que había participado desde que tenía doce años. Un ojeador había hecho llegar su nombre a varios entrenadores estadounidenses, y estaba recibiendo cartas. El viaje a América era crucial para su futuro.

Los sueños y planes más ambiciosos eran jugar lo suficientemente bien como para llamar la atención de un entrenador estadounidense, que entonces tiraría de varios hilos para «colocar» al candidato en un internado en el que pasaría un año de competición elevada y trabajo de clase más exigente. Ecko conocía a todos los entrenadores de las universidades, todos los internados, todos los institutos especializados en sacar jugadores y todas las normas del manual de la NCAA, el organismo que regulaba el deporte a nivel universitario. Sabía quiénes eran los tramposos y sus intermediarios y qué centros convenía evitar, como sabía quiénes eran los mediadores que merecerían que los demandaran. También sabía que todos los jugadores a los que tenía en aquella cancha de Yuba necesitaban un año más de entrenamientos para pulirse antes de entrar en el inclemente mundo del baloncesto interuniversitario estadounidense.

Después de ducharse y cenar pizza, los agotados jugadores se encajonaron en dos furgonetas con las que atravesaron el centro de Yuba hasta llegar a un moderno centro comercial cercano al capitolio. Ecko los dejó a su aire, con instrucciones de encontrarse en el cine de la primera planta a las ocho en punto, para ver una película.

Los chicos se mantuvieron juntos mientras paseaban de tienda en tienda, mirando escaparates. Sacudían la cabeza al ver las etiquetas de los precios, y se probaron gorras y zapatillas que no podían permitirse. Samuel llevaba unas monedas y quiso comprar unos recuerdos para su hermana y sus hermanos pequeños, regalos que sin duda no se esperaban.

La película era Focus, protagonizada por Will Smith, el actor estadounidense más popular en África. Aunque no lo dijo, verla fue la primera experiencia de Samuel en un cine de verdad. Fue una emoción que no hizo sino reforzar su deseo de vivir en la ciudad, aunque también estuvo pensando en sus hermanos, James y Chol, y su hermana Angelina, y en lo orgullosos que estarían de verlo en un sitio tan moderno.

Contemplar a Will Smith recorrer las calles a toda velocidad en un deportivo con una chica espectacular del brazo desde luego resultaba entretenido. Y Samuel, al igual que los otros diecinueve jugadores, creía de todo corazón que aquello no era solo un sueño. Los Miami Heat estaban pagando a Niollo quince millones de dólares al año por jugar al baloncesto, una suma que no podían ni comprender. Y Niollo era uno de ellos, un chico pobre de un pueblo rural de Sudán del Sur, un dinka que ahora era estrella de la NBA y con toda probabilidad conducía coches de lujo y vivía a lo grande.

Al volver a la residencia, Ecko reunió a los jugadores en una sala con televisión y pidió más pizzas. Nunca sobraba la comida para unos muchachos en edad de crecer que eran altos y flacos y quemaban miles de calorías al día; las pizzas volaron. Expresaron curiosidad por la vida de Ecko, por sus orígenes, su educación y cómo había descubierto el baloncesto. ¿Por qué no había triunfado como profesional? ¿Por qué había escogido ser entrenador? Ahora que los había visto jugar, ¿diría que eran lo bastante buenos para que una universidad les ofreciera una beca? ¿Sabría decir cuál de ellos tenía posibilidades de llegar a la NBA?

No, era incapaz. Todavía estaban creciendo y sus habilidades necesitaban desarrollarse y ponerse a prueba en competición. Algunos tenían talento natural de sobra pero a todos les faltaban técnica y experiencia. Al mediodía del día siguiente mandaría a casa al menos a cuatro de ellos.

En ese momento, el destino de Samuel era incierto. Alek Garang era el base número uno, seguido a mucha distancia por Samuel.

Ecko habló con ellos, los escuchó y los observó con detenimiento. Para ser unos jóvenes que habían visto la guerra, la pobreza y la violencia, por lo menos de momento preferían hablar del baloncesto estadounidense y de películas, pizza y chicas. Ecko permanecía bien atento por si oía algún comentario o palabra suelta sobre el conflicto, que los había afectado a todos. Todos conocían a alguien que había muerto o desaparecido.

Sin embargo, en aquella noche de sábado, amparados por la seguridad de un dormitorio moderno en un campus universitario, los chicos estaban a salvo. En su futuro no había otra cosa que el baloncesto.

Capítulo 4

4

Aunque no pasara del metro ochenta y ocho, Samuel seguía teniendo problemas para que le cupieran las piernas en la litera para dormir. Su compañero de arriba, Peter Nyamal, que le sacaba trece centímetros, de algún modo durmió con los pies colgando en el aire. El domingo, por la mañana temprano, Samuel abandonó el dormitorio sin hacer ningún ruido y salió de la residencia. Paseó por el campus disfrutando de la soledad y una vez más hizo voto de estudiar allí, siempre y cuando, claro está, no saliera adelante lo de la NBA. Se sentó en un banco y vio amanecer sonriendo mientras pensaba en su familia, allá en Lotta. Nunca se había separado de ellos y le daba la impresión de que estaban muy lejos. En aquel momento, James y Chol recogían huevos para el desayuno mientras Angelina, plantada ante la mesa de la cocina, planchaba su vestido y las camisas blancas de ellos, la ropa de los domingos, con una plancha calentada en el fuego. Caminarían en familia hasta la iglesia de la aldea para ir a misa de nueve.

Samuel deambuló un rato más y encontró el centro estudiantil, el único edificio que estaba abierto a esas horas de una mañana de domingo. Pagó cinco céntimos por un cartón de zumo de mango y sonrió a una chica guapa que ocupaba sola una mesa. Ella estaba dando dedazos a un portátil y no le hizo caso. Samuel había visto y hasta tocado un ordenador portátil hacía cosa de un año. En su escuela solo había uno y, durante un breve periodo, tuvieron servicio de internet en Lotta. Eso, junto con la cobertura de telefonía móvil, se lo cargó la guerrilla. Carreteras, puentes, repetidores y líneas eléctricas eran sus objetivos favoritos. Los destruían tan a menudo que el gobierno había dejado de construirlos.

Su madre, Beatrice, carecía de educación. Su hermana, Angelina, la recibía en casa, de su padre. ¿Cómo era posible, entonces, que algunas jóvenes sursudanesas llegaran a la universidad? La idea, en realidad, le gustaba. Había visto varios partidos universitarios por la tele y siempre le había sorprendido la cantidad de estudiantes de sexo femenino que gritaban desde las gradas. Otro motivo para jugar al baloncesto en Estados Unidos.

En una sala de lectura hojeó el Juba Monitor, uno de los dos periódicos del país, ninguno de los cuales llegaba a Lotta. Encontró un ejemplar del otro, The Citizen, y releyó las mismas noticias. Cuando se estaba acabando el zumo, entraron tres universitarios, le echaron un vistazo y luego lo ignoraron. Charlaban entre ellos en su inglés de gran ciudad. Iban mejor vestidos: sus camisas tenían cuello de verdad. Samuel supo que había llegado el momento de marcharse.

Localizó el pabellón y se encontró la entrada principal cerrada. Mientras se alejaba, vio que un bedel salía por una puerta lateral. Esperó a que se fuera y luego probó el picaporte. La puerta se abrió y entró en el mismo vestuario que el equipo había estado usando. Las canchas estaban a oscuras pero el sol de la mañana bañaba un extremo del edificio. Samuel encontró un saco de pelotas y, sin un conato siquiera de estiramiento, empezó a tirar a canasta.

Una hora más tarde, Ecko Lam entró por la misma puerta lateral y, mientras cruzaba el vestuario, oyó el familiar rebote de una pelota. Manteniéndose a la sombra, se asomó por la esquina de las gradas. Samuel resplandecía de sudor mientras tiraba desde seis metros de distancia. Falló, salió corriendo detrás de la pelota, la botó por debajo de las piernas, a la espalda, fue fintando a derecha e izquierda hasta el centro de la cancha, donde dio media vuelta, avanzó deprisa unos cuantos pasos y volvió a lanzar. Otro fallo. Y otro. La técnica había mejorado y estaba haciendo un gran esfuerzo por desprenderse de los vicios, pero el codo seguía desviándose demasiado. Y, por un momento, a Ecko le dio lo mismo. Lo precioso de su tiro en suspensión era el punto de lanzamiento. Con el último bote, Samuel se estiraba y en una fracción de segundo salía disparado hacia arriba y soltaba el balón a una altura que pocos bases eran capaces de conseguir.

Si tan solo pudiera encestar...

Al cabo de unos minutos, Ecko salió a la pista con paso decidido y le dio los buenos días.

—Hola, entrenador —saludó Samuel mientras se secaba el sudor de la frente. Todavía no eran las ocho y el gimnasio ya estaba cargado de humedad.

—¿Te cuesta dormir? —preguntó Ecko.

—No, señor. Bueno, sí, supongo. Me ha apetecido dar una vuelta y ver el campus, y he encontrado una puerta ahí atrás que no estaba cerrada.

—He visto tus quince últimos tiros, Samuel. Has fallado doce. Y nunca vas a estar más solo.

—Sí, señor. Va a costar trabajo, entrenador.

Ecko sonrió y añadió:

—El informe dice que tu madre mide un metro ochenta. ¿Es cierto?

—Sí, señor. En mi familia todos somos altos.

—¿Cuándo cumples los dieciocho?

—El 11 de agosto.

—Puedes volver a intentarlo el año que viene, Samuel.

—Gracias, entrenador. ¿Eso significa que he terminado por este año?

—No. ¿Quieres tirar un rato más?

—Sí, señor.

—De acuerdo. Ve a la línea de tiros libres. Mantén los dos pies en el suelo; ya sabemos que saltas bien. Sube más la pelota. Apunta el codo directamente hacia el aro y suelta poco a poco. Cuando metas diez seguidos ven a buscarme.

—Sí, señor.

El primer ejercicio fue un concurso de tiro, repartido entre dos canchas. Cada jugador tiraba veinte veces desde la línea de tiros libres y se anotaban las canastas y los fallos. Después, los cuatro mejores se enfrentaron en un ejercicio eliminatorio, en el que no faltaron pullas, silbidos, comentarios hirientes y recochineo ante los fallos; toda clase de abusos verbales.

—Esta presión no es nada —decía sin parar Ecko entre observaciones pertinentes—. Imaginad que estáis en la final a cuatro, con el partido en el alero y cien millones de personas mirándoos, incluido todo el mundo aquí en Sudán del Sur. Esta presión no es nada.

Alek Garang anotó un noventa por ciento de los tiros y ganó de calle. Samuel se las vio y se las deseó para encestar la mitad de lanzamientos.

Retrocedieron un metro y medio hasta la línea de triples del baloncesto universitario —seis metros y treinta y dos centímetros— y empezaron por los bases. Cada uno de ellos hizo veinte tiros seguidos, libres de marca. Garang metió once; Samuel solo cuatro. Los siguientes fueron los aleros y Ecko no se quedó satisfecho con sus porcentajes. El mejor encestó apenas un tercio de los lanzamientos. Como todos los grandes se creen consumados lanzadores, Ecko les concedió a los pívots diez tiros a cada uno para darles el gusto. Pocos tocaron la red.

Los separó en equipos de tres para que jugaran partidillos de media cancha. En un cambio drástico de tono, dejó de sonreír, empezó a gritar y pitar en serio y encontró muchas más carencias que señalar. Con Ecko en pie de guerra, en el gimnasio se respiraba la tensión. Cualquier mal tiro provocaba un pitido y una bronca.

Samuel descansó mientras miraba desde la grada. Había sido una mañana horrible y la cosa no iba a mejor. Su tiro era patético, tan malo que en los partidos dudaba antes de lanzar. Cuesta anotar cuando no tiras. Había defendido a Alek Garang durante quince minutos y el tipo escurridizo había encestado casi a placer. Ecko chillaba, pitaba y parecía irritado por la mera presencia de Samuel en la cancha. Para mediodía, sabía que estaba acabado.

Tras un descanso en el que comieron un poco de pizza fría, Ecko los dividió en grupos de cuatro durante media hora de ejercicios increíblemente aburridos: bloqueos, pick-and-rolls y demás. Uno de los entrenadores asistentes se llevó a cuatro jugadores al vestuario, donde había una pizarra limpia que parecía lista para marcar jugadas con equis y oes. En lugar de eso, apareció Ecko y se dirigió a ellos:

—Mirad, no hay una manera fácil de decir esto. Es, con diferencia, la peor parte de ser entrenador, pero no tengo elección. Sois grandes jugadores y tenéis mucho futuro, pero no puedo incluiros en este viaje.

Ellos, desplomados en sus sillas, miraron al suelo. Ecko prosiguió.

—Tenemos algo de dinero para los billetes de autobús. Os deseo lo mejor. Cuidaos mucho.

Aunque lo había hecho otras veces, le seguía partiendo el corazón. Los muchachos volverían a casa caminando o en autobús con sus sueños de gloria hechos pedazos. Seguirían jugando, y creciendo, pero él sabía que ninguno de los cuatro iba a jugar en Estados Unidos. Y, sin esa posibilidad, su futuro pintaba oscuro.

Estaban demasiado afectados para hablar.

—Miradme a los ojos —dijo Ecko. Los cuatro le hicieron caso al cabo de un momento—. Ojalá os pudiera llevar a los veinte, pero no puedo. Lo siento.

Peter Nyamal se puso en pie poco a poco y se secó las mejillas con el dorso de la mano.

—Gracias por darnos la oportunidad, entrenador.

Se dieron la mano y se abrazaron.

—Os deseo lo mejor, de verdad, y espero volver a veros.

Los otros tres se levantaron, orgullosos, y abrazaron a su entrenador. Uno de los asistentes los acompañó hasta la puerta lateral y fue con ellos a la residencia, donde recogieron sus cosas en un momento antes de dirigirse a la estación de autobuses.

Dos horas más tarde, se repitió la escena cuando Ecko se despidió de otros cuatro. Odiaba aquella parte del trabajo, pero había aprendido que lo mejor era quitársela de encima sin alargarlo.

Mientras el equipo disfrutaba de un descanso largo ya en la residencia, Ecko y sus dos ayudantes debatieron sobre las últimas dos eliminaciones. Él quería marcharse con cuatro bases, cuatro aleros y dos pívots, pero los dos grandes no daban la talla. El equipo encontraría ayuda en Estados Unidos, donde se incorporaría a la plantilla un chaval llamado Dak Marial, que había sido nombrado uno de los mejores jugadores de instituto de ese año. Dak iba a empezar su último curso de secundaria después del verano en un prestigioso centro privado californiano y ya se había comprometido con la Universidad de California en Los Ángeles. La mayoría de los expertos lo situaban entre los tres jugadores más prometedores del país en su nivel. Había huido de Sudán del Sur con su familia de pequeño.

Ecko no quería llevarse a ninguno de los dos pívots, pero al final accedió a quedarse con uno. Ninguno de los asistentes quería incluir a Samuel, quien, en lo que llevaban de fin de semana, les había parecido atroz en ataque y mediocre en defensa. Ambos lo situaron como tercer mejor base. Uno lo calificó de escolta sin tiro. Pero a Ecko le encantaban su velocidad, su rapidez de reflejos y su salto, y estaba convencido de que el chaval echaría las horas necesarias para convertirse en buen tirador.

Al final acordaron desprenderse de un pívot y un alero. Samuel Sooleymon fue el último jugador escogido, aunque eso él no lo sabría nunca.

Lo que sí sabían los jugadores era que había en marcha una criba seria de seleccionados. Ocho de sus amigos habían desaparecido y sus taquillas y cuartos estaban vacíos. ¿Quiénes serían las dos últimas víctimas de Ecko? Mientras jugaban al futbolín o al billar y miraban a las chicas del centro estudiantil, se reían y bromeaban sobre quién sería el siguiente. Pero era una risa nerviosa.

El restaurante favorito del entrenador Lam en Yuba era el Da Vinci, un establecimiento conocido por su buena comida y sus vistas, que eran incluso mejores. Estaba ubicado prácticamente sobre el río Nilo, en el extremo oriental de la ciudad, y la mayoría de sus mesas estaban al aire libre, en una terraza junto al agua. Llegó el primero con una furgoneta cargada con cinco jugadores, que lo siguieron a un discreto rincón de la terraza, donde los felicitó por haber entrado en el equipo. Al cabo de unos instantes, llegaron los dos asistentes con los otros cinco, y cuando los chicos comprendieron que estaban seleccionados quisieron celebrarlo. Por fin podían relajarse después de unos días con los nervios a flor de piel.

Samuel se había convencido de que su largo trayecto de regreso a Rumbek sería un suplicio. Había intentado imaginar lo doloroso que sería informar a su familia y amigos de que no había pasado la selección. Ellos se llevarían un chasco y él no podría superar nunca la decepción. De pronto, sin embargo, el futuro volvía a ser radiante. Viajaría a Estados Unidos para jugar al baloncesto contra el mundo mientras un centenar de entrenadores principales observaban con atención y sus ayudantes grababan hasta el último movimiento. Cargaría sobre sus anchos hombros, con orgullo, los sueños de su gente, y volaría, igual que el gran Niollo.

Los jugadores y el cuerpo técnico se sentaron en torno a una larga mesa y pidieron refrescos y zumo. Reinaba la alegría y todas las conversaciones versaban sobre el viaje, desde los aeropuertos y los aviones hasta los largos vuelos, los hoteles y los parques de atracciones, pasando por los partidos, los pabellones y todos esos ojeadores. ¿De verdad irían a Disney World?

Era el tercer equipo sub-18 que Ecko llevaba a Estados Unidos, y disfrutaba de verlos tan emocionados.

Capítulo 5

5

A las siete de la mañana del lunes, partió de la residencia otra furgoneta, en la que Ecko acompañaba a cuatro de sus nuevos jugadores a la estación de autobuses. Encontró un sitio en el aparcamiento de grava que había delante de la bulliciosa terminal y les indicó a los chicos que fueran a la puerta trasera del vehículo. Le entregó a cada uno una bonita bolsa de gimnasia de vinilo con la bandera sursudanesa bordada en colores brillantes a ambos lados.

—Dentro encontraréis un balón nuevo, varias camisetas y pantalones cortos de entrenamiento y además unas cuantas gorras y otras cosas. Antes de que partamos en julio os daremos zapatillas nuevas de vuestra talla, pero eso llegará luego.

Los acompañó hasta el interior y se despidió de cada uno de ellos con un cálido abrazo. Le dieron las gracias una y otra vez, y se abrazaron entre ellos, antes de volver a despedirse y perderse entre el gentío.

El autobús a Rumbek de Samuel partió a las ocho y media, con solo treinta minutos de retraso. No iba abarrotado y, por el momento, tenía un asiento para él solo. Dejó a su lado el viejo petate y la bolsa de gimnasia nueva, que buscaba con la mirada a cada instante. Ya hacía calor y el autobús avanzaba a paso de tortuga por culpa del tráfico de la ciudad. Una vez más, Samuel se asombró ante el ruido de la urbe: los bocinazos continuos, los gritos furiosos, los saludos entusiasmados, el traqueteo y rugido de los motores viejos, las sirenas. Al final, el autobús cobró velocidad cuando el tráfico empezó a despejarse y dejaron atrás el centro de la ciudad. La calzada todavía estaba asfaltada cuando atravesaron los poblados de chabolas, pero pronto dio paso a la grava.

De repente, el autobús se detuvo y la puerta de pasajeros se abrió bruscamente para dejar entrar a tres soldados del gobierno armados. Llevaban idénticos uniformes de color caqui, muy elegantes, con boina granate y botas negras resplandecientes, y los tres lucían la misma sonrisilla chulesca que cabía esperar. Llevaban cada uno un fusil Kaláshnikov, o Kallie, como lo llamaban en muchas partes de África. Samuel reconoció el arma de inmediato porque en su país las había a patadas.

Los soldados miraron a los pasajeros con cara de pocos amigos: el habitual conjunto de campesinos inofensivos, estudiantes, trabajadores de camino a su lugar de trabajo..., y no les hizo gracia lo que vieron. Ordenaron a las dos primeras filas que dejaran libres los asientos y se sentaron. Uno le exigió con malos modos al conductor que siguiera adelante, y el autobús volvió a ponerse en marcha.

No era nada inhabitual que los soldados del gobierno se subieran a los autobuses por la cara. Se les daba prioridad y nadie ponía pegas. Esperaban que se les cediera sitio y llevaban armamento suficiente para obtener lo que deseaban. Sin embargo, su presencia podía significar algo mucho más ominoso que un simple viaje de un punto a otro. No era extraño que el ejército acompañase a los autobuses que atravesaban zonas rurales donde los bandidos campaban a sus anchas y los guerrilleros esperaban al acecho.

Pasada media hora resultó evidente, por lo menos para Samuel, que los soldados no estaban allí solo para desplazarse. Vigilaban con mucha atención la carretera, pendientes del tráfico, los núcleos de población y los caminos. Hablaban entre susurros. Uno se comunicó con un teléfono vía satélite. La cobertura de móvil fuera de Yuba era escasa y poco fiable.

El autobús hizo parada en una aldea en la que subieron cuatro pasajeros, mientras que uno se apeó. Unos minutos más tarde volvían a estar en pleno campo, recorriendo una calzada de grava seca y polvorienta, entre campos y bosques cocidos por el sol.

La emboscada apareció tan de repente que debían de haberla tendido unos bandoleros experimentados. De improviso un camión volquete salió por un camino de tierra que había detrás de una curva y bloqueó la carretera.

—¡Aquí la tenemos! —exclamó el conductor, a la vez que pisaba el freno a fondo y el vehículo se paraba con una sacudida.

Los soldados bajaron la cabeza, echaron mano de sus Kallies y se prepararon para atacar. Uno les chilló a los pasajeros:

—¡Agachen la cabeza! ¡Todos!

Dos se agazaparon junto al conductor. El tercero se dirigió a la parte de atrás y puso la mano en el seguro de la puerta.

Entonces, un espeluznante sonido que resultaba tristemente familiar: el tac-tac-tac-tac de un fusil de asalto. Samuel se agachó más aún pero sin dejar de mirar. El cabecilla de la banda estaba en el centro de la calzada disparando al cielo. A su lado había otros dos, apenas unos muchachos de la edad de Samuel o menos, ataviados con el mejor disfraz de soldado real que habían conseguido reunir, acompañado de un popurrí de cananas de cuero y armas de fuego en ambas caderas, además de los fusiles. Uno llevaba un sombrero de vaquero blanco. Otro, zapatillas de baloncesto. Avanzaron hacia el autobús pavoneándose, gritando amenazas a trío, mientras otros dos trotaban hacia la parte trasera del vehículo.

—Vamos —dijo uno de los soldados que estaba

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