Colombian Psycho

Santiago Gamboa

Fragmento

1.

Una solitaria mano emergiendo de la tierra, como si se hubiera cansado de reposar entre el cascajo y las hormigas y, de repente, quisiera mostrar algo. O simplemente decir: «Aquí estoy, ahora deben escucharme». Todo a causa de las fuertes lluvias. Un torrente de agua excavó un profundo surco e hizo salir hasta las piedras más lejanas, por fuera de su silencio y su secreto. De ahí surgió esa mano huesuda, ennegrecida, casi metálica, en los Cerros Orientales de Bogotá. Una oscura flor en medio de la hierba y la grava removida. Como esos cangrejos negros que, en la isla de Providencia, bajan a desovar al borde del mar y se detienen en la carretera, sorprendidos por la luz.

Una mano abandonada, con el puño cerrado.

Una tarántula inmóvil señalando algo.

2.

La historia comienza en una suntuosa finca en la vía a La Calera, cerca del alto de Patios, zona exclusiva de los cerros de Bogotá, donde la familia Londoño Richter, propietaria del predio desde hace al menos tres generaciones, ofrecía una extraordinaria y tradicional fiesta de Halloween que, para los invitados, marcaba el camino directo al mes de diciembre, la llegada de las novenas de aguinaldo y la Navidad. La gente iba y venía por los salones y senderos del jardín con sus máscaras, al son de los primeros villancicos cantados por una orquesta de doce músicos. «Beben y beben los peces en el río», tarareaba un niño mientras jugaba en el celular Huawei P40 lite de su mamá. La empresa Londoño Richter era líder de alimentos en conserva y condimentos, con ramificaciones hacia otros sectores del comercio, finca raíz y la administración pública. Por eso sus fiestas eran famosas: allí se encontraban exportadores con abogados penalistas y médicos, actrices y jueces, comerciantes y líderes radiales. Incluso deportistas y escritores. Un abogado ilustre se servía ya su cuarto whisky y cantaba en voz baja, entre exhalaciones de vaho alcohólico, «por ver al Dios nacer, tarará». La mezcla entre disfraces y tempraneros temas navideños, el pistoletazo de salida de Santa Claus, era la clave del éxito de esta parranda anual que cada vez parecía sorprender aún más a los invitados.

Este año habían montado en los jardines aledaños a la terraza un sistema de carpas que protegía a los comensales de las intensas lluvias. Ahí, resguardado del agua, estaba el riquísimo bufet central, el muy visitado ángulo de los licores y, por supuesto, las mesas para los asistentes, cada una decorada en el centro con una increíble pirámide de langostinos («cuasi egipcia», dijo alguien), adornada con dados de pargo y bolas de bacalao frito. Una de esas Keops en cada mesa y todo cercado por cuatro enormes pinos navideños con bombas de colores, estrellas y luces. ¿Son naturales los árboles? Para quienes ya estaban sentados, los meseros iban y venían llevando en sus bandejas vino blanco, tinto, whisky Buchanan’s en las rocas, agua con gas, naranjada y Coca-Cola Zero. Y recibían pedidos de cocteles. Muchas damas tenían puestos sus abrigos de piel. Otras, cerca de los braseros eléctricos, exhibían con blusas semitransparentes su joyería, escotes y mamoplastias. En el horizonte, ahí donde ya se vislumbraban las luces de la ciudad, había tres trineos móviles, cada uno con un Papá Noel de tamaño natural, cuyos ojos echaban luces de colores. ¿Y los niños?, ¿dónde están los niños? Correteaban entre los invitados y las mesas apostando aguinaldos, haciendo trastabillar a los meseros.

A pesar de que la recepción era de sus padres, la joven Dorotea Londoño invitó a un grupito selecto de compañeros. Estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad de los Andes y ya estaba en octavo semestre. Como les aburría el tono solemne de la fiesta central, los jóvenes decidieron encerrarse en el estudio de joyería de la madre de Dorotea, una cabaña separada de la casa, aunque, cómo no, iban y venían trayendo platos de pasabocas de polenta frita y mariscos, y sobre todo botellas de vino blanco, coñac y whisky. Bye, bye daddy cool. Daddy, daddy cool. Ahí, lejos de los adultos y su música sosa, podían darse gusto con sus playlist de Spotify, retro o vintage, electrónica, tecno, lo que fuera según el turno de cada uno, y saltar, poguear, sentirse libres, beber a la lata, meterse de todo, hacerse selfis y subir fotos a las redes.

Dorotea vivía un drama con su compañero Felipe Casas, al que le tenía puesto el ojo al menos desde quinto semestre. Le gustaba, le fascinaba. La ponía a mil por hora. Con sólo verlo temblaba cual lavadora en fase de secado. Esa noche estaba decidida. Se lo quería devorar de una vez por todas y la rumba era su oportunidad. «Me quiero desnalgar con él», le dijo a Valentina Durán, su mejor amiga. «Quiero ese glande bien glande y hasta que sangre», cantó, bareto en mano y muerta de risa ante su cuasi hermana. «Ay, qué amor tan glande». Valentina, en cambio, estaba muy relax. Apaciguada. Llevaba meses comiéndose a un profesor de Estadística de la universidad, un tipo casado. Un poco filipichín, oh yes, pero divertido y buen polvo. Esa misma tarde había estado con él en las residencias Altos de La Calera. «Me encanta devolvérselo a su doña descremado, oloroso a entrepierna estrato seis, herbal y fragancias. Y a jabón chiquito de motel». La pobre Dorotea, en cambio, estaba en sequía total. Colombian drought, marica. No pasa nada allá abajo, sólo señales de humo. Puro dactilocratos. «Mi solitaria zona V debe creer que ya estamos muertas y en el paraíso». Pero es que ella era súper exigente. Le gustaban sólo los muy hembros.

Por eso era ahora o nunca, aquí y ahora (¿hic et nunc?).

Se vistió súper erótica estilo hippie con clase, una Janis Joplin producida por Chanel y Dolce & Gabbana: jeans rasgados mostrando piernas lisas y bronceadas, una camisetica con efigie del dios Ganesh que le llegaba al borde del pantalón y que, en la práctica, dejaba ver todo el tiempo su barriga plana y su ombligo decorado. Zuecos tipo Frida Kahlo, collares ojos de mariposa de Dori Csengeri. La dinamita venía por dentro: calzones semicacheteros y semitanga de hilo color mercurio, La Perla, y un top de látex. Gatúbela criolla en versión remamacita. Y maquillaje: mucho lápiz oscuro alrededor de los ojos, mirada lejana, entre Padmé Amidala y ese piropo nicaragüense que dice: «Comparadas con tus ojos, las estrellas valen verga». Si no se beneficiaba a Pipe esa noche se pegaba un tiro (de bala).

La rumba transcurrió normal y, a eso de las diez, después de dar saltos y poguear con música de Queen para calentar la cintura y metabolizar el popper, Dorotea logró llevárselo a un rincón en penumbra.

Ahí se decidió.

¡Acción!

Le mordió los labios haciendo cara de desmayo, luego quiso besarlo metiéndole la lengua, pero Felipe la detuvo.

—Espera, espera… —le dijo al oído mientras ella, fecunda en lengüetazos, le chupaba el cuello y las orejas, succionaba en sus mejillas los poros pilosos, paladeaba el lóbulo de su oreja—. Baby, me encantas, el problema es que estoy en la mitad de un proceso muy íntimo, es un secreto, marica…

Ella seguía frotándose contra él. Le metió la mano por la cintura hacia abajo, dirección sur, zona bosques tropicales.

—Cuéntame cuál es ese proceso, cosota, a mí me lo puedes decir todo. ¡Es que me lo partes! —suspiró, murmuró, babeó Dorotea en su oído.

—Pero… ¿Me juras que no se lo vas a contar a nadie? Mira, lo que pasa es que todavía no he podido saber bien si soy gay, bi o crypto-straight, ¿ves?

Dorotea paró en seco los besos y se lo quedó mirando.

—¿Y eso qué putas importa ahora? —exclamó con cara de niña consentida.

Arremetió de nuevo frotándose, pegándole los senos.

Le agarró una mano, le chupó los dedos para ensalivarlos y se la metió por debajo de su jean: bosque de niebla, pantanos semivírgenes, páramos y humedad. Le dijo al oído:

—Déjate de maricadas y méteme dos de cinco, o sea, sólo dos…

—Te juro que me encantas, Doro, pero no sé, este proceso es con una psicoanalista repila, y me dijo que por ahora tratara de mantenerme…

Pensó en llevárselo a un cuarto, desnudarlo a la fuerza y hacerle «el triple sec», que incluía una caricia con su dedo en el ano y, en simultánea, mamada con apretón de pelotas. Pero la casa estaba llena. Tendría que intentar algo más tarde.

En esas vio venir a su amiga Valentina con cara de tragedia, haciéndole mil señas nerviosas de lejos, golpeándose los muslos con las manos y gesto de… ¡Tsunami! ¡Alerta Roja! Houston, we have a…!

Soltó un momento a Felipe para atenderla.

—¿Qué pasó?

—Marica —le dijo su amiga—, estamos en la IN-MUN-DA, se nos está acabando el perico y no es ni medianoche, ¿qué hacemos?, ¿tu hermano no tendrá? David es una güeva, le dije que trajera harto. ¡Es que somos un montón!

—Nooo, mi hermano no me da de su perico ni porque vayamos ambas a mamárselo. Espérate llamo a Norbey a ver si nos puede subir un poco, al menos hasta el peaje. Va a salir carísimo, pero qué güevo.

—Uy, sí, dale. Yo junto plata.

Milagrosamente logró hablar con el dealer y se le ocurrió una idea. Iría con Felipe hasta allá y, de regreso, pararía el carro en algún sendero. Culiandanga, te vi.

Y así hizo. Salió en la camioneta de su mamá, que era bien espaciosa. Un cuarto de motel con ruedas, una suite del Best Western con timón y freno de mano. En el peaje de Patios se encontró al dealer, le recibió el perico y le pasó la plata, y de regreso se metió por un senderito estrecho que llevaba a su finca y por el que nadie pasaba. Era perfecto. En mitad de una arboleda (Bogotá se veía al fondo, ajena a ellos y a lo que estaban a punto de hacer) paró el carro, armó cuatro rayas sobre la pantalla de su celular iPhone X Pro y se las aplicaron por turnos.

Luego empezó a besarlo.

—¿Qué sientes cuando te doy picos? Sé sincero, Pipe. ¿Te arrechas un poquito? Confiésalo, ¿no te gustaría comerte a una mamacita como yo? —le dijo.

—Claro que sí, baby, pero ya te expliqué… Necesito tiempo.

¿Tiempo? Ni por el putas. Hic et nunc. Dorotea le abrió la camisa y le besó las tetillas, luego el ombligo. Desabotonó el pantalón y encontró su pene, que, por mucho que él albergara ciertas dudas, parecía bastante enterado del asunto a juzgar por su erección, listo para el ataque cual división panzer. Das vergononen. Se lo metió a la boca y empezó a chupar haciendo un acolchado de tres niveles con la lengua, el primero al borde de los dientes. Una técnica sueca que había aprendido en un tutorial por internet.

Llevaba ya un rato ahí, pero las cosas no parecían desbordarse, así que se separó y lo miró hacia arriba:

—¿Sientes algo?

—No sé, no sé… ¡Estoy confundido!

Dorotea chupó con más fuerza, le echó saliva y se lo hincó garganta abajo.

—Bájate de ese video, óyeme —le dijo, comprensiva—. Si después te vas a rosquetear, por mí todo bien, pero esta noche no pienses en eso, to flow, déjate ir y ya, desconecta, ¿sí?

—Bueno, pero échame perico —dijo Felipe, con los ojos cerrados.

Fuck me, cosota, que me duela…

Al fin se arrodilló de espaldas a él en el sillón del piloto, ofreciéndole su desnudo espinazo. Bajó el vidrio para sacar la cara y sentir la llovizna. Sus turbinas internas bullían, preparadas para recibir el ataque. Ahora sí la Marsellesa, el capítulo 7 de Rayuela y los Jardines Colgantes de Babilonia… Dorotea empujó con las nalgas hacia atrás y se agarró bien duro de la ventana para sentir cómo esa hinchada válvula la iba llenando, cómo se embutía en su orificio haciendo brincar las células, el epitelio y las membranas, cuya mucosa, además, absorbió los restos del clorhidrato.

Una deriva continental de placer la llevó a cerrar los ojos.

Pero antes vio algo allá afuera.

Algo que brillaba entre los goterones de lluvia.

¿Qué era eso?

Felipe logró el ritmo hesicástico, pero ahora Dorotea necesitaba saber qué era ese extraño destello. De repente el cielo quiso abrirse. Una nube se movió dándole paso a la luna, y Dorotea pudo ver esa mano saliendo de la tierra, los huesos ennegrecidos. Pensó en un guante o un muñeco, pero no.

La vio claramente: era una mano.

«¡Una hijueputa mano!».

Gritó con tanta fuerza que el pene de Felipe salió expelido de su cuerpo como el corcho de una fina botella de Veuve Clicquot.

Los jóvenes amantes sacaron sus celulares para dar la alarma, pero había poca señal. Entonces huyeron despavoridos. Mejor enviar a algún empleado de la casa para dar la alerta. No querían acabar la noche dando declaraciones en una comisaría y menos en posesión de sustancias ilegales. ¿Qué era eso tan feo en medio de un paisaje cuasialpino, tan cerca de la zona más protegida de la ciudad?

«Así es la vida», parecía decirles una lejana voz. «Así ha sido siempre, relájense y abran los ojos».

3.

Cuando los agentes del CTI comenzaron el levantamiento se encontró que la mano asomada a la superficie —una mano izquierda— estaba unida al hueso del brazo, pero que este había sido segado a la altura del hombro. Lo vieron con sus linternas, a través de la lluvia, pues la noche se había vuelto a cerrar entre fogonazos y truenos. Una docena de funcionarios de traje impermeable blanco, gorros y guantes azules de látex, evolucionaba por el cerro.

Al lugar había llegado una camioneta de la policía y otra del Laboratorio Técnico de Criminalística. Las columnas de luz de sus faros mostraban las cuerdas de agua como lanzas en la noche, y de inmediato establecieron un perímetro acordonado al que nadie, sin equipo especializado, podía acceder. Tres agentes con espátulas excavaron en torno al hallazgo pero no encontraron más elementos. Sólo el brazo cortado, sin el cuerpo que por lo general lo sostiene.

Ampliaron el radio de búsqueda y peinaron con gran cuidado los alrededores. El resto no debía andar muy lejos. Arbustos, helechos, maleza. ¿Eran orquídeas y bromelias? Eucaliptos, pinos llenando el suelo de alfileres verdes. De acuerdo al principio de intercambio toda presencia humana deja y se lleva vestigios: ADN, huellas, manchas de sangre, saliva, restos capilares, uñas… Pero ¿hace cuánto? Otro misterio.

Sin hablarse, muy concentrados con sus linternas led en las gorras y las tubulares de mano, los agentes parecían de acuerdo en algo: la idiosincrasia criminal de este país no era muy sofisticada. Seguro que el resto estaría muy cerca. Todos querían acabar rápido y largarse.

Removieron la tierra húmeda con rastrillos de mano, clavaron largas agujas de acero; los perros olfateadores se desplegaron por el área y un rato después, tras una serie de giros, uno de ellos se detuvo al lado de un arbusto y comenzó a escarbar.

—¡Vengan! —gritó un agente.

Ahí sí que había algo.

Otra mano acabó por emerger. Una mano derecha, con la palma abierta, como si sostuviera una manzana o una bola de billar. Parecía ser compañera de la anterior, del mismo tamaño. Cavaron alrededor y encontraron lo mismo: el hueso del brazo segado a la altura del hombro. Un trabajo limpio.

Al sacarla los agentes se miraron. No puede decirse que ese tipo de hallazgos le hagan la vida feliz a alguien, pero las cosas empezaban a tener sentido. Las manos y los brazos eran de una misma persona.

Pusieron todo en empaques plásticos sellados procurando conservar la tierra que tenía alrededor. Ahí podría haber indicios. Luego continuaron cavando, pero igual. Nada más por debajo, sólo barro y piedras. Al abrir una de las repisas del furgón, el agente encargado de clasificar cada hallazgo se quedó mirando las bolsas donde estaban las manos. Le llamó la atención que los huesos de los dedos estuvieran, de algún modo, apaciguados. En reposo. Las manos que había desenterrado en su larga carrera tenían siempre los dedos crispados, en actitud de defensa, a veces quebrados. Estos se veían apacibles. Lo escribió en su libreta de apuntes y pensó que debía examinar la flexión de los demás huesos.

—¡Jefe!

Uno de los agentes agitaba una linterna desde más arriba, en la parte alta de la loma.

—Venga a ver esto.

El perro iba a enloquecer clavando las uñas en el fango. Al llegar ya se veían un pie completo, el tobillo y la rótula.

—Aquí está el resto del muñeco.

—Eso parece —dijo el director—, y ojalá sea del mismo. Si son diferentes acá amanecemos.

El que controlaba al perro asintió con la cabeza.

Cavaron alrededor y en profundidad hasta sacar toda la pierna. El hueso estaba segado a la altura del fémur. Nada por encima.

—Ay, Dios —dijo el jefe—. La cosa va de rompecabezas. Nos faltan un par de fichas.

—Lo peor es que toca seguir hasta dar con el resto, ¿no cierto? —dijo el del perro.

—No va a ser largo —lo tranquilizó el jefe—, por ahí debe estar lo que falta. Suelte a su consentido a ver qué más nos trae. Con esta humedad no es sano andar a la intemperie.

La llovizna aumentó hasta convertirse otra vez en aguacero. Los agentes sacaron los impermeables con el logo de la Fiscalía. Debían seguir hasta que el cadáver estuviera completo. Las hileras de luz de las linternas, cortadas por el agua, se entrelazaban en una extraña coreografía.

—Hijueputas asesinos —murmuró uno, agachado, removiendo el barro con un pequeño rastrillo—. A este país lo que le falta es mano dura.

—¿Mano qué…? —preguntó otro, de más rango.

—Nada, jefe, que Dios se apiade de este pobre desgraciado.

—Por eso no se preocupe, este ya debe estar sentenciado —opinó el otro—. Morir así, tasajeado como un pavo de Nochebuena, siempre es que habla muy mal de uno, ¿no?

El agente del rastrillo se dio vuelta.

—Habla es mal de los asesinos —dijo desde un arbusto—. Yo creo que a todos esos les deben tener lista la paila mocha del infierno.

—¿Y eso qué es? —preguntó otro más arriba.

—¿No conoce la paila mocha? Le dicen así porque no tiene agarraderas. No hay de dónde cogerla. Adentro hay agua hirviendo y piedras, está sobre un fogón.

—Y cuando se evapora el agua, ¿qué hacen? —preguntó otro, espátula en mano, mordisqueando un cigarrillo que no podía encender por estar en la escena del crimen.

—Pues le echan más, eso allá en el infierno lo que sobra es agua.

—Como aquí.

—Sólo que la de allá es salada, aunque no como la del mar —explicó—. Saladita apenas, como las lágrimas.

—Mejor —dijo el del perro—, más suave. Serán las lágrimas de los condenados. Entonces la sal se va quedando en la paila cuando el agua se evapora, ¿y luego qué hacen?

—Pues les toca apagar los fogones porque alguien tiene que meterse con un trapo y una esponjilla. Es que esa paila es enorme.

Las nubes negras hicieron aún más oscura la noche. Ya casi no se veía la ciudad.

—Caramba —respondió el de más rango—, lo veo muy informado en asuntos del infierno.

El agente miró desde debajo de la capucha. Protegía del agua su cigarrillo sin encender.

—De tanto sacar y sacar muertos uno va aprendiendo sus cositas, jefe. Y además se parece mucho a esto.

Otro colega, más arriba, los llamó.

—Vengan, acá hay más.

—La otra pierna —dijo el de más rango—. Le apuesto lo que quiera.

Efectivamente, y con el hueso segado. Nada por encima.

—Esto no es un cementerio clandestino ni una fosa —dijo el jefe—. Esta vaina es un solo cuerpo.

—Igual habrá que peinar bien el lote —dijo el del perro.

—Démosle hasta que aparezca el resto y luego vemos. Un premio al Rin Tin Tin que encuentre la cabeza.

Sacó su celular y llamó al del furgón.

—Traiga los termos de café y los pandebonos. Esta vaina va a durar toda la noche.

4.

El fiscal de Investigaciones Especiales Edilson Jutsiñamuy supo del hallazgo muy tarde, aún en su oficina, sentado delante del televisor. Primero había visto a ratos un lánguido partido de fútbol entre el América de Cali y el Junior, muy promocionado por ser el último de la Copa (con victoria del América), y ahora estaba en el Noticiero CM&, del legendario periodista Yamid Amat. Jutsiñamuy no era muy televidente, pero ese noticiero era uno de los pocos que, por el horario, se adecuaba a sus hábitos de viudo solitario, obsesivo con el trabajo. Le gustaba sobre todo la sección de «secretos» porque, a veces (en realidad muy pocas), lograban sorprenderlo con algo que no sabía o hubiera imaginado.

Estaba justo en la sección de Deportes, la última del programa. Los análisis sobre la final del fútbol colombiano eran entusiastas, pero sin proporción entre lo sofisticado de los medios técnicos, con cámaras especiales y líneas infográficas que detenían la imagen, y la pobrísima realidad de ese fútbol misérrimo que, en muchos casos, se jugaba en canchas sin pasto y con tribunas vacías. Desde el punto de vista humano se alimentaba del raspado de la olla, con los jugadores que nadie quiso comprar fuera del país y no les quedó otro remedio que quedarse en Colombia. El fútbol nacional, para el fiscal Jutsiñamuy, era una liga de perdedores, de anónimos ilustres que parecían reunidos para darse empujones, patadas y codazos. Más que un espectáculo deportivo, ese fútbol criollo era la evidencia del desamparo, la brutalidad y la ignorancia del país; gente herida al nacer por la pobreza, la falta de educación y oportunidades. Raro era el partido donde no hubiera dos o tres penaltis y en el que al menos un jugador no saliera expulsado.

Fue justo ahí cuando sonó el teléfono.

—Aquí Laiseca, jefe, cambio y fuera —dijo uno de sus investigadores de más confianza, René Laiseca, en tono jocoso—, de antemano le pido disculpas por llamar tan tarde, ¿lo desperté?

—No, qué va —respondió el fiscal—. Me estaba peinando. Dígame de qué se trata. ¿Pasó algo?

—Aparecieron unos huesos en los cerros, cerca de Patios. En la vía a La Calera.

—¿Y de qué se trata?, ¿huesos humanos?

—Sí, humanos, jefe. Brazos y piernas. Parecen de la misma persona. Sin identificación todavía.

—¿Y el resto del cuerpo?

—Están en eso. Faltan el torso y la cabeza.

Jutsiñamuy marcó un breve silencio mientras se rascaba la barbilla.

—¿Le parece que pueda ser una fosa común? —preguntó.

—No, aparentemente es un solo cuerpo —explicó Laiseca—, pero apenas están empezando. Igual sería muy raro una fosa por esa zona.

—¿Y quién los encontró?, ¿cómo aparecieron?

—Una pareja. Estaban volviendo a una finca por un camino destapado. Vieron una mano saliendo de la tierra y entraron en pánico. Como a medio kilómetro de la vía.

—¿Y usted hace cuánto llegó allá? —preguntó Jutsiñamuy.

—Hace un ratico, jefe —dijo Laiseca—, apenas me acabo de enterar de la situación. Como dicen en los noticieros, esto es «una noticia en desarrollo». Hay un grupo grande dándole a la espátula, buscando entre la tierra. Los perros también trabajan. Pero sí le puedo contar un detallito: los brazos y piernas fueron cortados de un modo profesional, quirúrgico.

—Caramba, qué cosa más rara —dijo el fiscal—. ¿Y es seguro que los dos brazos y las dos piernas son de la misma persona?

—Bueno —dijo Laiseca—, lo único seguro es la muerte, pero los forenses dicen que puede ser en un 90% de posibilidades.

—Ayúdeles en lo que pueda. Que no paren de buscar hasta que aparezca el torso y, sobre todo, la cabeza. Si no, ¿cómo lo vamos a identificar?

—A través del ADN y…

—Ya sé, ya sé, agente —lo interrumpió el fiscal—. Era una pregunta retórica.

—Ah, disculpe, jefe. Siga.

—Me reporta cada hora. ¿Quién está encargado ahí?

—Alguien del CTI, creo que Múnera —dijo Laiseca—. Supongo que esta noche tarde o mañana temprano le llevarán el muñeco a su amigo Piedrahíta, a Medicina Legal.

—Ok, me va avisando. ¿Lleva paraguas?

—Sí, jefe. Tengo el de la Fiscalía.

—Pues abríguese bien, ¿qué tal el aguacero tan berraco?, ¿ah? Que nadie se me enferme hasta no saber qué fue lo que pasó.

Jutsiñamuy colgó y fue hasta la ventana.

El panorama de la ciudad era su Netflix privado.

Veía las luces de los cerros y podía imaginar lo que allí ocurría. Pensó en las lluvias torrenciales. «Es el agua perforando la tierra la que nos revela estas cosas». Los asesinos esconden y las lluvias devuelven a la superficie. ¿Dónde podía caber tanta barbarie? Asesinatos atroces, feminicidios y uxoricidios, crímenes pasionales. Para él no eran expresiones individuales de la maldad, sino la consecuencia de una sociedad perversa. Nadie hace eso por gusto ni está en su naturaleza. Hay gente adolorida, resentida, envidiosa, solitaria, frustrada o abandonada, que un buen día ya no puede más y comete un crimen. La psicología atenúa la culpa diciendo que fue una venganza anhelada y justa. Que se restableció la armonía. ¿Quiénes viven hoy en paz? En este país, se dijo, muy pocos: los que respiran satisfechos al controlar su saldo bancario. Los grandes capitalistas, los funcionarios vitalicios, los latifundistas. Recordó sus años de estudiante en la Nacional, la época de asambleas, marchas y debates políticos. Querían cambiar el mundo, pero la violencia y el sectarismo se tragaron el movimiento estudiantil y lo desprestigiaron.

Por ser de la etnia indígena huitoto, es decir un hombre de la selva, el fiscal sabía de los caseríos miserables a la vera de los ríos y del absoluto abandono del Estado. Era consciente de las dificultades de este desdichado país y de sus gentes. Lo que unos pocos llamaban «orden» no era otra cosa que la sumisión de los más pobres. La idea colonial de que el rico y propietario de tierras dispone de una ventaja moral seguía vigente. Por eso, en doscientos años, los cambios habían sido mínimos y a un costo muy alto. Aún hoy, quien hablara de injusticia y falta de oportunidades era sospechoso.

Por eso él, en la Fiscalía, había aprendido a callar.

Su silencio equivalía a la supervivencia, pues todos sabían que en el mundo de los guardianes del orden predominaban las ideas conservadoras. En el trabajo procuraba ser justo y comprender las razones de cada persona, no sólo desde el código civil.

Y ahí estaba una vez más, solo en su oficina, mirando la lluvia y las luces de la ciudad.

Echando pensamientos al aire.

Se preparó un té en la estufa y fue al computador a revisar el hilo de noticias. Aún no habían incorporado lo de La Calera. Se imaginó al grupo en ese cerro, a esa hora, y sintió que se le helaban los huesos. Sacó una ruana y se la echó en las piernas. Luego fue al sofá y se puso a leer una vieja revista de Historia 16 sobre el conflicto de los cátaros en la Francia del siglo XIV, aunque mirando con frecuencia la hora en su celular y vigilando el teléfono fijo. La paciencia era uno de los secretos de este trabajo y la verdad es que a veces le fallaba. Por eso tenía sus trucos para controlar la ansiedad.

Eran ya las 00:37.

De pronto la pantalla del celular se iluminó proyectando un nombre de contacto: «Agente Laiseca». Respondió como si de eso dependiera su vida.

—Cuente a ver —le dijo—, ¿encontraron el resto?

—No, jefe —dijo Laiseca, en tono calmado—. Todavía no. Interrogamos a las personas de las propiedades cercanas pero nadie ha visto nada. Aquí al lado hay todavía una tremenda fiesta. Cuando fuimos nos invitaron a una copa de champaña.

—Que usted rechazó, supongo.

—Por supuesto que sí, jefe. Rechacé la primera y también la segunda. Nunca en horas de trabajo y menos con personas presuntamente informadas.

—Claro que si le dijeron que no sabían nada… ¿Qué tan cerca está el lugar de esa casa?

—Unos quinientos metros —dijo Laiseca—, es un camino muy estrecho de pasto y tierra. La pareja que descubrió los huesos venía de la carretera principal. La chica es hija de los dueños de la casa.

—Ah, ¿y estaban ahí haciendo lo que yo me imagino? —preguntó el fiscal.

—Supongo que sí, jefe. Conversando.

—Pues qué feo que lo interrumpa a uno una mano huesuda. ¿Mandaron el material a Medicina Legal?

—Sí, jefe. Hace un rato.

—Entonces váyase a descansar, Laiseca. Ya fue suficiente por esta noche.

5.

A las siete de la mañana el fiscal abrió el ojo y comprobó, por el ligero dolor de cabeza, que había dormido poco y de forma intermitente. Seguía en el sofá de su oficina. Se sintió cansado, soñoliento y con hambre. El frío le abría el apetito. Pidió a la cafetería un desayuno continental con dos huevos fritos en cacerola, jugo de naranja doble y porción de fruta con limón. Café, arepa, pan y mantequilla. Pero cuando llegó el pedido algo hizo clic en su cabeza y, en un segundo, se olvidó del hambre. No sólo eso. Le pareció una monstruosidad semejante cantidad de comida y sintió asco del olor de los huevos. Cuando el joven de la cafetería se fue llamó a su secretario. Guardó el café y la fruta y le entregó el resto de la bandeja.

—Llévese eso, déselo a alguien. Ni lo toqué.

Agarró su gabardina, salió de carrera hacia el ascensor y bajó a los parqueaderos. Yepes, su chofer, ya estaba ahí. Dormitaba en el sillón de atrás de la camioneta blindada.

—Vamos. A Medicina Legal.

Cruzaron la ciudad en medio del tráfico.

El forense Piedrahíta lo recibió poniéndole las manos en los hombros.

—¿Se sabe algo? —preguntó Jutsiñamuy.

—Todavía no, mi estimado —dijo Piedrahíta—. El cadáver está incompleto y falta la parte más importante. Como un muñeco al que le arrancan los brazos y las piernas. Igual ya le sacamos el ADN. Tengo aquí a mi mejor biólogo genetista forense en esa tarea, venga se lo presento.

Pasaron a la oficina de al lado. Un joven de bata blanca, tímido, se levantó de un escritorio. Se acercó y le dio la mano.

—Ramiro Zipacón —dijo—, acá a sus órdenes.

—Fiscal Edilson Jutsiñamuy.

La oficina parecía un refrigerador a esa hora temprana. Por la claraboya se adivinaba el amenazante cerro de Monserrate, semioculto por una nube blanca que transcurría lenta, aún cargándose de humedad para el inevitable aguacero del mediodía. Sobre la estantería el fiscal volvió a ver (y se estremeció) esos botellones de formol en los que el forense guardaba serpientes, salamandras y la mano de un simio del mismo tamaño y contextura de una humana. Detrás, en un marco empolvado, colgaba su título universitario de la Nacional.

Los huesos del cerro de La Calera estaban extendidos en una bandeja metálica.

—Increíble que no logremos encontrar el resto —dijo Jutsiñamuy, conteniendo un estornudo—. Desde anoche hay quince agentes con perros y aparatos mecánicos peinando el área.

Una empleada de la cafetería entró con una bandeja. Tinto doble sin azúcar, agua de hierbas sin azúcar. Dos buñuelos pequeños.

—¿No me hará daño zamparme un buñuelo a esta hora? —preguntó el fiscal.

—No se preocupe —explicó Piedrahíta—, están hechos en la Bioceramic, con 0,5% de aceite y harina sin gluten. Mejor dicho: hace más daño un pastel de lechuga en salsa soja. Hágale tranquilo que aquí protegemos la salud.

El fiscal acercó la boca a la oreja del forense y susurró:

—Cuando me avisaron pensé que iba a ser otra fosa de falsos positivos y dije, ay, la que se nos va a armar.

A pesar de estar en su propia oficina, Piedrahíta miró arriba y abajo, vigilando que nadie los escuchara.

—Yo pensé lo mismo —dijo el forense en voz baja—, y lo peor es que todavía no se puede decir que no sea. Aquí nunca se puede cantar victoria.

—Sería raro el lugar, eso sí —dijo Jutsiñamuy—. ¡Los cerros de Bogotá! Sólo falta que encontremos fosas comunes en la Avenida El Dorado.

—O en el Jardín Botánico —agregó Piedrahíta—, qué problema con este terruño. Pero venga que hay otra cosa: así, a simple vista, no parece una persona joven.

Le señaló unas fisuras.

—Vea estas grietas en la rótula y estos sumidos aquí en la cabeza del peroné. Son huesos que han brincado monte, que han sido usados. Si fuera un carro diría que está por encima de los doscientos mil kilómetros.

—¿Y qué edad le pone? —preguntó Jutsiñamuy, entrecerrando los ojos.

—No es un joven ni un primer adulto. Es ya un hombre maduro, aunque no un anciano. Entre cuarenta y cincuenta.

Piedrahíta se acabó el resto del café de un sorbo.

—Otra cosa que llama la atención, así a primera vista, es la finura de los cortes. Esto no fue ni con motosierra ni machete ni hacha. No, esto es diferente. Mire…

Le señaló el borde del hueso en cada una de las extremidades.

—Es profesional, impecable. Un cirujano. Lo raro es… ¿cómo y para qué le cortan los brazos y las piernas de este modo? ¿Qué quisieron hacer? En cuarenta años he visto miles de mutilaciones, pero de estas, muy pocas. Una vez, pero hace tiempo, nos llegó un caso parecido. Un cuerpo en cinco pedazos finamente cortados. Parecían porciones de torta, perfecticos. Y claro, había sido un cirujano.

—¿Y por qué partió el cuerpo en cinco? —quiso saber Jutsiñamuy.

—Para sacarlo de la casa en maletines sin llamar la atención —explicó Piedrahíta—. La muerta era la mejor amiga de su hija, que era su amante, y la pelada le estaba pidiendo plata. El tipo entró en crisis y la mató. Vivía en un edificio y no sabía manejar. No tenía carro.

—Ah, carajo.

—Los asesinos sin carro hacen cosas increíbles para deshacerse de los cuerpos —agregó Piedrahíta—. Parecen más truculentos, pero es sólo un problema de movilidad. Y de estrato social. Me acuerdo de una señora que cocinó al marido y lo ofreció en bufet a los vecinos, no encontró otro modo de sacarlo de la casa. Luego fue a botar los huesos al caño. Es que un muerto pesa, ¿no? Bueno, otro día le cuento más historias.

—No antes del almuerzo, por favor —dijo el fiscal, acariciándose la barriga—. ¿Y usted cree que esto sea algo así?

—Tiene toda la pinta —confirmó Piedrahíta—, pero esperemos a que aparezca la testa. Ah, y otra cosa: un agente me señaló, con razón, que estos huesos no están en actitud defensiva ni quebrados, como los que mueren en balaceras o peleas.

—Claro, si está tan bien serruchado —dijo Jutsiñamuy—. Es obvio que no murió echando bala.

—Podrían haberlo cortado después —precisó Piedrahíta—, cuando los mueven antes de que se pongan tiesos las extremidades se relajan. A lo mejor el hombre se quedó dormido y ahí mismo le echaron segueta. O de pronto lo durmieron. Un trapo de éter en la cara y a los brazos de Morfeo. Y luego al quirófano. Todo es posible. Lo cierto es que a este lo operó uno que sabía y con el instrumental correcto. Lo raro es haber separado las partes para enterrarlas. ¿Para qué? ¿Les habrán mandado la cabeza a sus compinches?

—Bueno —dijo el fiscal—, estamos dando por hecho que se trata de un bandido, pero ¿qué tal que sea un ciudadano normal y corriente?, ¿o un alto ejecutivo asesinado por su chofer o por su esposa? Por esa zona vive sólo gente rica.

Piedrahíta lo miró y soltó una risotada.

—Podría ser —dijo Piedrahíta—. Los huesos llegaron sin declaración de renta. Le tocará convertirse en Sherlock Holmes, que es el especialista en crímenes de alto turmequé.

—No se engañe —dijo Jutsiñamuy—. Casi todos los crímenes de este país son de alto turmequé, lo que pasa es que no son ellos los que disparan. El estrato social es la distancia entre el que ordena el crimen y el que aprieta el gatillo.

Piedrahíta miró a Jutsiñamuy.

—Esta mañana amaneció sociólogo —le dijo—. Va a acabar en la tertulia de radio Caracol.

—Es que dormí mal —dijo el fiscal—. Con estos aguaceros no logro conciliar el sueño.

—Pero tiene razón —dijo Piedrahíta—, por esa zona vive sólo gente rica. Ya veremos qué nos dice el ADN. A ver si coincide con alguno de los que tenemos en nómina. Zipacón es el duro de esa vaina.

—Imposible que no —dijo Jutsiñamuy—, hay más de cien mil desaparecidos en este país. Alguno tendrá que ser.

El fiscal se levantó y fue a agarrar su chaqueta del perchero.

—Bueno —dijo—, ahí nos quedamos con esa incógnita. Me avisa cuando esté lista la necropsia.

Antes de volver a su oficina, Jutsiñamuy detuvo el carro en la Jiménez y se bajó a estirar las piernas. Su chofer daría un rodeo para recogerlo más adelante. Le gustaba esa hora, las diez de la mañana. La llovizna hacía brillar la avenida y la gente se movía despacio para no resbalar. Estudiantes, loteros, carteristas, empleados de corbata. Pasó frente a las vidrieras de la librería Lerner y suspiró de nostalgia. Antes entraba siempre a husmear los anaqueles. Pero eso era antes, siendo un joven estudiante con todo el tiempo del mundo. Uno empieza a hacerse viejo cuando el mapa de la memoria deja de coincidir con el de la ciudad del presente.

De ahí caminó hacia la plazoleta de El Rosario y se acordó de los billares Europa, en medio de palomas y lustrabotas. Vio algunos esmeralderos recostados contra los muros del claustro y el edificio Cabal. A esa hora temprana el Café Pasaje, con sus vidrieras, hervía de estudiantes entregados al sutil arte de tomar tinto y hablar paja. Todo frente a la moderna estación de Transmilenio. Más adelante el viejo edificio del periódico El Tiempo y la esquina de la Séptima. Paró a mirar la placa donde asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán y se recogió un momento. Le habría gustado ser fiscal en esa época y llevar la investigación, ¡cuántos misterios! Los autores intelectuales de los grandes crímenes colombianos siguen impunes, pero ese no es un rasgo nacional. Tampoco se supo quién mató a Kennedy. Más adelante volvió a suspirar frente al edificio de la antigua librería Buchholz. La ciudad había perdido lo mejor que tenía o al menos eso le parecía a él. Un signo inequívoco del paso del tiempo.

De su tiempo.

Al llegar a la oficina se recostó en el sofá y levantó las piernas contra el muro. Puso su reloj de arena, siete minutos. El cerebro, irrigado con más fuerza, pensaba mejor. Pero no tanto como para que las venas se hincharan, eso sería jugar con fuego. ¿Cómo puede alguien desmembrar a otra persona? Los crímenes progresan con la técnica pero sigue habiendo asesinos que matan como en la Edad de Piedra. La violencia es cultural y no progresa, se queda estática. Progresan las ideas que están a su alrededor y por eso nos impresiona el crimen. Es inconcebible que pasen ciertas cosas. El tiempo no corre siempre hacia adelante.

No para todos ni por igual.

El progreso tiende a ser aséptico, pero la muerte es la misma. La vieja y querida muerte que tanto nos duele cuando les llega a otros, a los que queremos. Pero, en verdad, ¿dolerá morir?, se preguntó, antes de incorporarse, y se respondió: «No podemos saberlo. Nadie que haya muerto lo puede confirmar».

6.

Domingo, 9:37 a.m.

Al abrir el ojo y comprobar que estaba desnuda, Julieta se dio un golpe en la cabeza con el puño. «Otra vez, no puede ser». Vio su pantalón arrugado sobre la alfombra, el calzón hecho un ovillo y el brasier colgando de la lámpara. Empezaba a odiar el tiempo sin sus hijos y el tránsito babilónico del perverso sábado al domingo culposo. Siempre era igual: un inocente trago de vodka con jugo de naranja en su casa, sola —el vodka, a diferencia de la ginebra, no daba aliento—, mientras revisaba un texto o veía algún documental en Netflix, y luego otro trago y luego otro, y al final, ya muy ebria, sus defensas se iban a pique, el radar antiaéreo se apagaba en medio de la noche y, fatalmente, acababa llamando a alguno de sus «amigovios».

¿Cuál de ellos había sido esta vez?

La verdad, tampoco eran tantos.

Ni se acordaba, y por el momento prefirió no moverse o mirar del otro lado de la cama. «Ojalá que no sea…», pensó, pero un rayo le iluminó el cerebro. «Sí es él, mierda». Lo que no podía soportar es que se quedara a dormir. Nada más lobo que un mozo jugando al enamorado. Si el tipo fuera suspicaz tendría que haberse levantado con sigilo, llevar su ropa a la sala, vestirse y salir. Dejar una nota, como mucho.

Lo miró de reojo.

José María era asesor de un congresista del Partido de la U. Lo conoció escribiendo una crónica sobre las elecciones y la relación entre las mafias locales y la compra de votos. El tipo le había conseguido buenas fuentes para darles relieve a sus historias y contado algún que otro secreto. Los viejos zorros de la política le caían mal, pero este era un buen perrito faldero. Inofensivo y optimista. Un muchacho limpio de corazón, cosa rara en ese ecosistema tan contaminado. Era joven y además tenía novia «en serio», una pendeja de veintiocho años que hacía un doctorado en Milán y se pasaba el día tomándose selfis. José María la idolatraba y su proyecto era casarse cuando volviera. Cuando le hablaba de ella, Julieta no podía evitar mirarlo con cierta compasión y decirse para sus adentros: «Hasta ahora está conociendo a la persona que le va a dañar la vida para siempre, a la que va a odiar hasta el último día. Aún le faltan los hijos, las peleas, los cachos, las demandas legales. El oficio de vivir. Hay que vivir peligrosamente y el amor no es una escalera al cielo». José María, al menos, ya había empezado con lo de los cachos. Seguro que la boba esa debía tener allá en Milán a un bonito italiano comiéndole el panzerotto cada noche.

Cero culpas.

Al fin se levantó y, sin darse vuelta para no verlo, corrió al baño y cerró la puerta. Ahí se sintió mejor. Ya estaba en su hábitat. La mayoría de los malestares humanos se deben a no estar en el lugar indicado. En la repisa detrás del espejo había de todo: ibuprofeno, Bonfiest, Alka-Seltzer, Aspirina, Sal de Frutas, Advil, Dolex… Se sirvió un vaso de esa deliciosa agua bogotana recién bajada del páramo de Chingaza, fría y tenuemente vegetal, que va directo al centro de la culpa y disuelve como pocas el Alka-Seltzer…

Una pepa de ibuprofeno y las llaves bien abiertas de la tina.

El vapor del agua aún más visible por el frío. El aire a siete grados, y afuera todavía llueve. ¿Cuánto más puede llover? ¿De dónde sale tanta agua? Dicen que el cuerpo se compone de líquidos y que la Tierra contiene siete partes de agua por tres de terreno seco.

De ahí sale, sube y se precipita.

Y cae como agua bendita.

Julieta se dejó llevar por las palabras enloquecidas en su cabeza.

Cae el agua, cae, cae…

«La lluvia es democrática, nos moja a todos por igual», pensó, ¿de qué poema era eso? Se dio cuenta de que todavía estaba ebria («nueve partes líquidas de vodka por una de carne trémula», le había dicho alguien). Cerró los ojos dejándose llevar por el sueño y las ganas de que ese líquido amniótico la volviera a crear…

«Adiós Mnemósine, adiós».

Qué placer el ruido de la lluvia cuando uno está resguardado por otro tipo de agua, cálida y maternal.

Pero ¿allá afuera?

La lluvia empapa las melenas sucias del trabajo obrero, las calvas cubiertas por gorras de lana. Cae sobre las jovencitas que se asoman al balcón, angustiadas, contando los días de retraso. Cae el agua gélida untada de páramo sobre los transeúntes de estrato dos que van a trabajar a los barrios de estrato seis: aguaceros sociales, intemperie y supervivencia. Llueve contra las ventanas de los cuartos de amantes, escondidos en algún motel del norte, lejos de esposas y maridos. Cae la lluvia sobre el asesino que camina nervioso y siente el bulto de la pistola, y sobre la víctima, aún viva, que no sabe que este será su último aguacero.

Y ella, la cronista de historias humanas, estará por ahí, husmeando y tomando notas.

Oler la realidad, perseguirla, asediarla. Escribir sobre lo que hace la gente más desesperada era un modo de paliar sus propias crisis. No era feliz, pero aspiraba a momentos felices. Ser feliz sin interrupción, ¡qué bobería! «La democrática lluvia», repitió, tal vez ya entre sueños, con su corazón palpitando despacio, el vaso de Alka-Seltzer en la mano y ganas de encender un cigarrillo que, sin embargo, no encenderá, pues por más que anoche se haya fumado hasta las ramas de apio de la alacena no debe perder de vista que lo dejó hace más de diez años.

Se quedó dormida otra vez y ahora el agua estaba tibia; con el dedo del pie volvió a abrir la llave de la caliente y esperó la onda. Ya se sentía mejor, ¿cuánto había dormido? Poco más de una hora. Su celular, puesto sobre la repisa, titilaba en azul. Mensaje. Pero qué pereza pararse, y qué frío. Esperó a que el chorro volviera a llenar el aire de vapor y, cubriéndose con una toalla, alcanzó el teléfono. Mierda, mensaje de Johana, su asistente. ¿Qué habrá pasado?

«Jefa, pregunta el fiscal que si nos podemos ver un rato por la tarde, que tiene algo. ¿Le digo que sí? Hora. Por favor».

Lo pensó un momento, ¿qué habrá pasado?

«Dile que si puede a las cuatro. Mismo sitio de siempre. Gracias».

De pronto la boca se le hizo agua y su espíritu se expandió. Una imagen llegó a su mente por libre asociación: una botella de cerveza bien fría, una BBC de las que tenía en la nevera. Imaginó el sabor, el lingotazo de frescura. Se levantó y se miró en el espejo, desnuda. El depilado se mantendría aún tres días, puede que sólo dos. En una época, influenciada por la actriz Cameron Diaz, decidió dejarse libremente el vello púbico. No se veía mal, pero su trato con hombres jóvenes la obligaba a responder preguntas incómodas. Hasta que un día, también frente al espejo, llegó a la conclusión de que todo estaba muy bien, pero ella no era Cameron Diaz. Entonces agarró la Gillette y se esparció un manotazo de crema en las ingles.

Con la bata de toalla puesta fue hasta la puerta. ¿Seguirá ahí el bobo ese? Abrió y quedó sorprendida. No sólo no estaba, sino que había tendido la cama. «Caray, me apresuré a juzgarlo». Fue al comedor y vio que las copas y platos de la noche anterior estaban recogidos. Como si hubiera venido Elvia, su empleada. Lo mismo en la cocina. Tan bello José María, y tan malparido. Había dejado un libro abierto en una página. ¿Qué era? Vio una frase subrayada que decía:

«Tus cabellos, tus manos, tu sonrisa, recuerdan desde lejos a alguien que yo adoro. ¿Y a quién? A ti».

Qué maricada es esto, pensó. Dejar frasecitas culas en la cocina.

Leyendo el verso subrayado, Julieta se acordó de una de las primeras charlas que tuvieron después de una fantástica fornicada en su apartamento. En la cama, tomándose un sorbo de vodka y a la espera del segundo round, el tipo, que hasta ese momento había sido más bien duro, se dejó llevar por una racha de sentimentalismo.

—Me encanta acariciarte el cabello —le dijo.

El cabello.

Julieta saltó como si la hubiera mordido una culebra.

—Si quieres que esto funcione debes dejar de usar para siempre esa palabra, cabello. ¿Me explico? ¡Para siempre! Se dice pelo.

Todavía le quedaba tiempo, así que volvió al baño con el vaso de cerveza. Imaginó una pasta al pesto para más tarde. Música y algo de vino. Era lo poco que podía hacer contra el remordimiento. Y luego, por supuesto, el trabajo, y al anochecer llamar a sus hijos, los únicos que podían devolverle esa armonía que los excesos del fin de semana parecían empeñarse en destruir.

7.

El joven biólogo forense Ramiro Zipacón miró por la ventana del laboratorio del Instituto de Medicina Legal y vio en lo alto, brillando en la oscuridad, la efigie del cerro de Guadalupe. Santísima Virgen, qué frío. ¿Qué hora era? Casi la una de la mañana. No eran horas para estar ahí, dándole a la tecla. No joda, su contrato laboral no decía eso. Se moría por salir a la terraza a fumarse un cigarrillo, por ir a su casa y acostarse al lado de la muy legal, pero Piedrahíta, el gran jefe pluma blanca, le había encargado trabajar a fondo en la identificación de esos putos restos óseos. Ni que fueran los del dios Bochica. Si lo pillaba distraído era capaz de ponerle una sanción disciplinaria. «Esto de ser clase media es la cagada», pensó Zipacón, «no tengo la berraquera para ir a decirle, mire, jefe, es ilegal que me haga quedar hasta estas horas». Le daba rabia pero se zurraba. El miedo clasemediero a verse en la calle. Su jefe estaba obsesionado por darle resultados al fiscal Jutsiñamuy, y era como si el prestigio histórico del instituto estuviera en juego. A la mierda con el prestigio histórico.

Hasta ahora había hecho un buen trabajo con su equipo, todo el camino en bajada. Fácil y rápido. Por fortuna dispusieron de huesos largos. Con los fémures y húmeros se hizo el raspado para obtener biomoléculas que les permitieron caracterizar las secuencias de ADN y establecer que todo provenía, efectivamente, de la misma persona. Un cadáver al que, eso sí, todavía no le veían la cara ni el torso, pues los agentes no lograban encontrarlos. El material estaba en perfecto estado a pesar de la humedad. Es característico de los huesos: como la cantidad de agua y enzimas es baja, las moléculas quedan intactas. Las secuencias de ADN, para Zipacón, estaban más que claras, el problema era contrastarlas con las del banco de datos y lograr una identificación.

—¿Nada? —le preguntaba a cada rato Piedrahíta.

—Estamos en eso, jefe, nada por ahora.

Salió del instituto a las dos de la mañana y al otro día, a las siete y media, estaba otra vez ahí. Tres personas más, especializadas en identificación de secuencias, vinieron a trabajar con él y se quedarían de apoyo todo el día.

¿Quién era? ¿Por qué lo mataron y para qué lo enterraron así? Era un varón de más o menos cuarenta y cinco. Pero eso no quería decir nada.

Por la tarde el sol daba contra la oficina de Zipacón, y al anochecer se veían las luces alegres de San Victorino y el Parque Tercer Milenio, lleno de sopladores de bazuco. La vida estaba allá afuera y él, Ramiro Zipacón, debía quemarse las pestañas comparando secuencias de moléculas. Todo maldito hueso desenterrado tiene un dueño y ese dueño un nombre y ese nombre una historia.

Llovió, salió el arcoíris, hizo sol, volvió a lloviznar, anocheció y se puso a ventear y el aire llegó a tres grados en la madrugada y las gentes deambulaban por las calles como legión, muertas de frío y oscuras de alma. Y Zipacón entrando y saliendo del instituto, clavado en su mesa ante un archivo, comiendo una asquerosidad de sánduches de la cafetería, mixto de pollo con tomate, mixto de atún con tomate, jamón con queso y sígale dando, una Coca-Cola Zero y una Fanta, un café y otro café y otro café, se le iba a subir la tensión arterial, pero nada, en este país hay demasiados desaparecidos y demasiadas secuencias de moléculas sin nombre, demasiados huesos enterrados debajo de la bonita alfombra vegetal donde los asesinos esconden sus desechos.

Piedrahíta, en su oficina, trabajaba en otros casos y mantenía al día sus archivos de autopsias y necropsias, pero no dejaba de pensar ni un minuto en los huesos de La Calera.

Con todo, los resultados no llegaban.

—¿No será un extranjero? —le dijo una tarde Zipacón a Piedrahíta—. Acá matan gente de todas partes. En eso sí somos muy abiertos.

—Puede que sí, pero primero hay que agotar el recurso nacional —dijo Piedrahíta—. Yo creo que lo vamos a encontrar. Hay que ser optimista. Mañana nos mandan datos de Chocó y Nariño, que todavía no están centralizados.

—A uno le deberían marcar en el hueso el número de cédula —dijo Zipacón—, así se identificarían bien rápido los cadáveres.

Piedrahíta se rio y le dijo:

—Está buena esa propuesta, hay que llevarla al Congreso.

Zipacón volvió de mala gana a su oficina que era ya, para él, un pozo de torturas: como sentarse en un bloque de hielo o en una sartén hirviendo o en el tablón de puntillas filudas. Busque y busque algo tan sutil. Como perseguir una gotícula de saliva en el aire de una ciudad gritona y maldiciente. Se animó pensando que los grandes espíritus de la ciencia habían hecho eso: bucear y encontrar en el aire lo que nadie veía y luego hacérselo ver a los demás. Aquí tienen pa que aprendan, pendejos. Le entraba la euforia y sacaba pecho por el corredor, el ascensor, las escaleras del instituto. Cerraba los ojos y recitaba en la mente: «Galileo, Darwin, Newton, Zipacón», ¿cómo pronunciarían en Londres o Nueva York su apellido? ¿Algo así como Sáipicon? Pero después, ciclotímico, volvía a caerle el ánimo a los pies: los grandes espíritus de la ciencia no trabajaban en una oscura oficina adjunta al laboratorio de un oscuro Instituto de Medicina Legal, en la capital lluviosa y gris de un país oscuro como este, insignificante para la gran ciencia y para casi todo; aquí no había heroísmos, nadie se salvaba y sus esfuerzos no iban a ser vistos por nadie. Trabajaba en el tercer sótano (así veía a veces, depresivo, su oficinita del quinto piso), detrás de un muro. Nadaba por el centro de un río sin orillas. Ramiro Zipacón, biólogo, médico forense. La Z de su apellido parecía recordarle su lugar en la fila. ¡Orden, orden!

Pero él le seguía dando. Taca, taca. A través suyo luchaba el espíritu de la clase media. La idea de que lo mejor está siempre por venir y hay que salirle al encuentro. ¡Resiste y triunfarás! Conoce tus zonas erróneas, Mr. Sáipicon. ¡Es culpa tuya! Secuencias, secuencias, ADN, moléculas, reacción en cadena de la polimerasa, muertos antiguos, desaparecidos, crímenes eternos, tiros en la nuca, picados, enterrados vivos, cuerpos incinerados en hornos (el Tercer Reich criollo), cuerpos triturados por máquinas, cuerpos comidos por perros o cerdos, picados por culebras, explotados en bombazos. «A esto hay que meterle inteligencia emocional», se decía Zipacón, desesperado hacia el final de la tarde al ver lo que le faltaba. Como empujar calle arriba una camioneta en neutro y sin freno de mano. Sísifo criollo en el barrio Santa Fe. Se desestresaba multiplicando números negativos. En la pared, frente a su escritorio, había clavado con una chincheta dos frases de Og Mandino: «La tasa del éxito está en triplicar tu tasa de fracasos» y «Fracasar consiste en dejar de intentarlo». Sentado en su silla hacía un ejercicio: mover los músculos glúteos de forma rítmica. Un lado y el otro, cien veces cada uno. Lo aprendió en un manual sobre el cuidado de la salud en horas de oficina, Tu cuerpo empresarial también es tuyo.

Volvió a anochecer y a hacerse tarde. Y nada. Salió un momento a la terraza, se iba a enloquecer. Un sonido inconfundible llegó de la oscuridad y se llenó de luces intermitentes. ¿Cuántos aviones aterrizan cada día en El Dorado? Los que llegaban del sur y daban la vuelta sobre Monserrate para embocar la pista pasaban frente a su oficina. ¿Quién llegará ahí, tal vez a encontrarse con una media naranja? Qué envidia: abrazo y beso con lengua en Salidas Nacionales y motelazo con tequila en Amoblados El Paracaídas. ¿Quién más llega, quién más? ¿Quién por trabajo o para asistir a una defunción? A veces imagina el avión cayendo sobre la ciudad. Un edificio aplastando otro edificio. ¡Qué tragedia sería eso! Cuerpos quemados saliendo de los escombros, como en Hiroshima. El ADN quemado por la luz ultravioleta. Y ya estaba otra vez en su tema omnipresente: la muerte. Pero es que él, el doctor Zipacón, no fue el que se inventó la muerte ni la degradación de los tejidos por culpa de los microorganismos. «No fui yo, su señoría», se imaginó diciendo ante un juez. La noche le traía ideas. «¿Quieres bailar esta noche?». Zipacón empezó a mover la cabeza de lado a lado, siguiendo el ritmo de una vieja canción: «Vamos al Noa Noa, Noa Noa…». Oía la música y la voz de Juan Gabriel, le fascinaba ese cantante, «el Elton John de por aquí». Se ponía los audífonos del celular y buscaba su playlist de balada romántica.

Así se iba llenando la noche y Zipacón lograba una vez más las dos de la mañana. Ver que Piedrahíta seguía en su oficina le indicaba (al menos) que lo excepcional no era sólo para él. ¡Resiste y triunfarás! A veces, antes de salir, pasaba por el despacho del jefe a despedirse.

—Vaya con Dios, joven —le decía siempre Piedrahíta—, y no se le olvide hacer el bien sin mirar a quien.

Al otro día hubo cambio en el menú de la cafetería. Empanadas argentinas con chimichurri, empanadas criollas, empanadas de pipián y hojaldres de carne y pollo. Zipacón pasó la mañana pensando en qué comería, ¿cómo es que decidieron modernizarse así, de pronto? Llegó la globalización a ese instituto público. Secuencias, ácido desoxirribonucleico, biomoléculas, cristales de hidroxiapatita o fosfato de calcio, condiciones anaeróbicas, genoma nuclear… ¡Empanadas argentinas! Eso iba a almorzar. Pero habría que bajar temprano, como eran novedad se acabarían rápido.

En la fila de la cafetería se encontró a su amigota Nancy Marcela, microbióloga, compañera universitaria de la Tadeo y morenaza del Tolima. Se graduaron juntos, entraron el mismo año al instituto y hasta habían tenido una vez un mani-culi-teteo en una rumba institucional (baño de mujeres del tercer piso), ya casados ambos, después de la conga, el trencito del amor y bailar amacizados El comején con las neuronas buceando en un diluvio universal de Ron Viejo de Caldas.

—Uy, Ramirolandia —le dijo ella al verlo—, el jefe pluma blanca me lo tiene bien trinchado, ¿no? ¿Es por una identificación?

—Sí, Nancy, me tiene como papa en tenedor. Unos huesos que encontraron por La Calera. Llevo una semana saliendo a las dos.

—Ay, pobrecito. Mejor dicho. ¿Y hoy también?

—Hoy peor porque mañana se acaba el plazo que el jefe le dio al fiscal.

—Mejor dicho, va a ser su día Chocolate Sol.

—Toda la semana, o ya ni sé. ¿Y sumercé qué va a pedir de comer? ¿Vio que cambiaron el menú?

—Ay, sí, voy a pedir empanadas criollas y un hojaldre de carne —dijo la colega—. Esas argentinas me dan agrieras.

—¿En serio? No les eche chimichurri.

—No es por eso, son las aceitunas que traen. Se avinagran y me dan náuseas. ¿Usté sí las va a pedir?

—Pues ya me hizo dudar.

Se sentaron juntos.

—Oiga, Ramirolandia, ¿y por qué sólo tienen las extremidades? ¿Qué pasó con el resto? Está raro eso.

—Sí, rarísimo. No encontraron nada más, y eso que buscaron bien por toda la zona.

Acabaron de comer y Zipacón se sintió pesado.

—Ay, juemíchica —dijo—, ya se me retorció el estómago.

—¿Sí ve? Por terco. Camine a mi oficina y le doy bicarbonato.

Subieron al tercer piso. El cubículo de Nancy estaba muy decorado. En la pared tenía relieves de balcones de Boyacá hechos en cerámica de Ráquira, fotos de los hijos y un afiche que decía. «Dios, si no puedes lograr que adelgace, haz que mis amigas engorden». Zipacón se sentó y, distraído, miró el computador de Nancy mientras ella rebuscaba en los cajones.

—Sumercé está es con el material probatorio, ¿no? —le dijo.

—Sí, archivando series de casos ya juzgados.

Sin saber ni lo que hacía escribió en la ventana de ese archivo la secuencia ADN y la envió. Lo había hecho unas cinco mil veces en los últimos días y se sabía la serie de memoria.

—Aquí está el frasquito —dijo por fin Nancy, arrodillada, con el brazo metido en el último cajón.

Sacó tres pastillas grandes y se las dio. Zipacón se las echó al bolsillo de la camisa.

—Ahorita me las disuelvo con un té de hierbas y quedo al pelo, Nancicita. Mil y mil.

—Chao, bizcochuelo. Se me cuida y por la sombrita, ¿no?

Zipacón caminó hasta el corredor y ahí le volvió a dar el retorcijón de estómago. «Putas empanadas, las aceitunas estarían pasadas». Iba a entrar al baño cuando oyó la voz de su colega desde la puerta.

—Ey, Ramirolandia, ¿usté metió algo en mi computador?

La miró extrañado, se llevó la mano a la frente.

—Escribí la secuencia que ando buscando, qué pena. La costumbre.

—Venga rápido a ver esto —dijo ella.

8.

Eran casi las cinco cuando Laiseca llegó a la oficina de Jutsiñamuy. Con una mano golpeó dos veces y con la otra abrió; tanto afán traía de la calle. El fiscal lo miró desde su escritorio, levantando el cuello por encima de la pantalla.

—Siga, agente Laiseca —le dijo al verlo irrumpir así—. Siga y siéntese. ¿Habló con Zipacón o con Piedrahíta?

—Sí, jefe. Hace un rato. Buenas noticias.

Jutsiñamuy, muy tranquilo, se alisó el bigote.

—¿Por qué se habrán demorado tanto en identificar el muñeco? —dijo el fiscal.

—Es que ahí está la cosa: cuando llamé a Piedrahíta me dijo que me fuera para el instituto en bombas, y allá llegué. Oiga, me lo mostraron en el computador, perfectamente identificado.

—¿Y entonces? —dijo Jutsiñamuy—. Suelte a ver que yo me lo conozco. ¿Quién era el tipo?

—¿Sabe por qué no lo encontraban, jefe? —dijo el agente, queriendo ponerle emoción al asunto.

—No sé, ¿mandaron destruir el dosier?

—Frío, frío. No lo encontraban porque estaban buscando mal. El hombre no aparecía entre los muertos ni entre los desaparecidos sencillamente porque no está ni muerto ni desaparecido. Está vivo, y agárrese: es un preso de la cárcel de La Picota, desde hace cuatro años. Se llama Marlon Jairo Mantilla.

Jutsiñamuy se puso la mano en la frente.

—No jodás.

—Aquí le tengo el fólder con la sentencia —dijo Laiseca, sacando un legajo—. Está en La Picota y tiene para rato. Lo estuve leyendo antes de venir. Lo sentenciaron a treinta y siete años por un feminicidio, tráfico de sustancias y otros delitos. Es una joyita el cortado ese. Un pervertido. Le quemó la cara con ácido a su última pareja y tenía otras denuncias por torturas severas. Un verdadero psicópata.

Vio la foto. Ahí estaban la cabeza y el torso que andaban buscando por los cerros.

—¿Y quién le hizo eso? —dijo Jutsiñamuy.

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