III
1949
Tu madre desenredará, delante de ti, un primer recuerdo.
Cuando cierro los ojos, lo veo aquí, como se ve un álbum de fotografías, te contará con una voz que ya no volverá a soltar, mientras tú piensas: como los embriones de una Polaroid Land Camera.
En estas imágenes, aunque no podría decir si es por la tarde o la mañana, Ofelia es expulsada de la casa. Las fotografías que las palabras de tu madre extraerán de su hipotálamo, antes que de un frasco, estarán, sin embargo, superpuestas: implosionadas, aseverará ella sorprendiéndote al usar esa palabra, que nunca imaginaste que usaría.
Ofelia, algunos retazos de oraciones, unas tijeras y varios mechones del cabello de tu madre, sobre el suelo. Las tijeras otra vez, un par de hilos de sangre, los brazos lacerados de Ofelia y su cabello —el de esa mujer que ascendiera de loca a costurera y de costurera a nodriza— sobre las losas. Tu abuela, gritando desde su silla; tus tías y tu abuelo corriendo de un lado a otro, y los enfermeros, a los que él —quién si no— habría llamado, sometiendo a Ofelia, que los insulta en tres o cuatro idiomas.
Eso, cómo se llevaron a su madre substituta, lo describirá con precisión, con una exactitud que sólo puede deberse a la imaginación o a un dolor muy hondo, te dirás mientras escuchas: los enfermeros la abrazaron, la sometieron y le inyectaron algo en el hombro o en el cuello. Luego la acostaron en una camilla, atravesaron la casa y la sacaron.
Afuera, en la calle, se les cayó, con todo y que no estaba luchando, que se había quedado quieta. Por eso tuvieron que cargarla otra vez, antes de meterla en la ambulancia.
Al final, cuando se fueron, mis hermanas me rodearon y abrazaron.
Tus tías, las que abrazaron a tu madre el día que se llevaron a Ofelia, te contarán que fue después de ese suceso que su hermana se mudó al cuarto de ellas.
Como se había quedado sin cama —el colchón donde dormía con Ofelia no cupo en su nueva habitación—, aquella niña tornasol, tu madre, durmió a partir de entonces en un cajón, añadirán tus tías ante la puerta de la casa de una de ellas —vivirán a un par de cuadras una de la otra—: en el cajón más grande de la cómoda, eso sí, donde guardábamos la ropa.
Luego, cuando se sienten en la sala, tu tía mayor y tu tía mediana, la gorda y la falsa flaca, la maravillosa cocinera y la devota fiel, esas mujeres siempre a punto de reír y con la boca llena de palabras a las que no volverás a juntar, como tampoco harás de nuevo con tus tíos, te contarán cómo construyeron un pequeño clóset, para tu madre, utilizando cajas de zapatos.
El único que nos ayudó con aquel cajón y aquellas cajas, aseverarán, fue el abuelo minero, el padrastro de nuestra madre, que siempre que podía iba a visitarnos.
Leerás que ese año, en La Habana, una manada de soldados gringos profanó la tumba de José Martí, el poeta que tanto le gustaba a tu bisabuelo minero; que, en Barcelona, fueron fusilados cuatro miembros del Partido Socialista Unificado de Cataluña, el más viejo de los cuales había sido el mejor amigo, en su juventud, de tu bisabuelo minero, además de que había sido culpable de que él, el padrastro de tu abuela, terminara casado con tu bisabuela; que, en los Estados Unidos, se estrenó la película basada en La muerte de un viajante, de Arthur Miller, película que, años después, se convertiría en la obsesión de tu abuelo, el padre de tu madre, quien presumiría haberla visto treinta veces; que, en Quito, fue traducida y retransmitida la versión radiofónica de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, desatando la misma locura que había desatado en Londres diez años antes, pero peor: en aquel país andino cuyo nombre parte el mundo, las masas —engañadas, enfurecidas y humilladas— quemaron la radiodifusora y lincharon a sus trabajadores cuando supieron que todo había sido una broma; que, en Viena, el médico Leo Kanner retomó diversas teorías de comienzos de siglo para proponer su teoría de las madres refrigerador y sentar las bases del autismo como síndrome relacionado con el estilo de maternidad fría y distante “propio de las familias de intelectuales”; que, en el Vaticano, el Papa Pío XII excomulgó a todos los comunistas del tiempo, es decir, del pasado, del presente y del futuro, como si fuera, ese Papa, la encarnación de Matusalén, y que, en Madrid, se celebró el Primer Congreso Iberoamericano de Medicina Mental, donde tu abuelo, uno de los oradores principales, defendió el uso de psicotrópicos en pacientes y puso, como ejemplo, el caso de Ofelia, una mujer que, a pesar de los electroshocks, en un ataque de neurosis desgarró su cuerpo con un par de tijeras.
IV
1950
Tu madre te contará que ese año dejó de dormir de corrido.
Aunque dudará, cerrando los ojos, si fue o no ese año, si no habrá sido al siguiente, se dará la razón, abriendo los párpados y confirmando que sí, que fue entonces cuando el sueño se le escapó.
No, no porque durmiera en un cajón habilitado como cama: dejé de dormir por los gritos que salían —o que creía que salían— del cuarto de mis hermanos, el cuarto de los hombres. Unos gritos que, a pesar de escucharse en la distancia y así como encerrados, como apagados, pues, reconocía como gritos de súplica o de súplica y terror.
Fue durante una de esas noches, la noche en que, tras despertar, en lugar de luchar por volverme a dormir, salí del cuarto; la noche, pues, que di con el valor que vence al miedo, aunque quizá con lo que di entonces fue con la desesperación o la imprudencia, se corregirá tu madre arqueando los labios hacia abajo, con una de esas sonrisas de cabeza que indican que aquello que está a punto de decirte va a dolerle.
En la penumbra, la niña más pequeña de su casa atravesó aquella construcción con pasos diminutos, al tiempo que se cubría la boca con la mano derecha y con la izquierda arañaba el espacio que se abría delante suyo. La puerta del cuarto de tus tíos —también ellos compartían habitación, aseverará sin mudar la sonrisa bocabajo de su rostro— estaba abierta. Entonces, por primera vez en mi vida, entré en aquel espacio masculino en el que, convertida en fantasma y sorprendida, descubrí la ausencia de mi hermano mediano.
Cuando la sorpresa dejó su sitio a la confusión, salí de aquel cuarto y, en el pasillo, te contará removiéndose sobre el sillón, cerré los ojos y concentré mi atención. Así volví a escuchar aquellos gritos apagados, aquellas súplicas que, estaba claro, salían de la boca de mi hermano mediano —aquel tío tuyo que, años después, habría de convertirse en el primer mexicano en probarse en un equipo de futbol americano de los Estados Unidos—.
Ante la puerta del despacho de mi padre, constaté que era ahí donde nacían los lamentos que había estado escuchando. Y no sé por qué, en vez de irme, me agaché, avancé en cuclillas y asomé la mirada, deseando ser invisible: mi hermano estaba hincado.
Como tu abuelo estaba de espaldas a la puerta, no alcancé a ver qué hacían él y mi hermano —ese mismo tío tuyo que, varias décadas más tarde, te paseará en su taxi por la ciudad, de librería en librería—.
Tu madre recordará, eso sí, que tu tío suplicaba y que tu abuelo sostenía algo entre las manos.
El hermano mediano de tu madre, el preferido de tu abuela, te contará, durante uno de los últimos viajes que hagan en su taxi, que ni siquiera le gustaba el futbol americano.
Que jugaba, que practicaba aquel deporte porque tu abuelo había leído, en La conducta sexual del varón, del doctor Alfred C. Kinsey, que eso era lo que él necesitaba. Que, según aquel doctor, que por supuesto nunca lo auscultó ni supo nada de su caso, necesitaba desfogar la energía que le sobraba, que no sabía o no podía controlar.
Y te contará, ese mismo día y en ese mismo paseo, mientras circulan por Calzada de Tlalpan y sacas la mirada de su taxi, buscando los vagones anaranjados del convoy que corre a su izquierda para evitar mirar el gesto de tu tío, ese gesto con el que cubrirá sus facciones casi siempre imperturbables, el momento de su vida en el que más miedo sintió, el único en el que tuvo, de hecho, terror.
Tenía doce o trece años, se había mudado al cuarto de su madre y recién había entrado a su primer equipo de futbol americano. Entonces, añadirá el hermano de tu madre, acelerando el motor de su taxi, con la venia de tus abuelos, es decir, de tu abuelo, varios hombres enmascarados fueron por mí a la casa, durante una noche que podría haber sido cualquier otra.
Aquellos hombres —no recordará si eran tres o si eran cuatro— me amarraron, encapucharon, sacaron a la fuerza y montaron en un auto del que no me bajarían hasta media hora después, para arrastrarme por una escalera —una escalera interminable— mientras decían que mi vida se había terminado. Poco después, me lanzaron al vacío.
Cuando finalmente cayó, tras volar por los aires un tiempo que le resultó infinito, una masa de agua tibia recibió su cuerpo. Me habían lanzado desde el trampolín de diez metros.
Había sido mi novatada. Una novatada que, años después, descubrí que había sido idea de mi padre.
Lo supe, lo entendí cuando leí La conducta sexual del varón.
Leerás que ese año la Unión Soviética falló por tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima, octava, novena, décima, decimoprimera, decimosegunda, decimotercera y decimocuarta vez en sus intentos por detonar una bomba nuclear en el sitio de pruebas de Semipalatinsk; que la selección uruguaya de futbol venció, dos goles contra uno, a la selección brasileña en la final de la Copa del Mundo de Brasil, desatando la locura de los aficionados presentes en el Maracaná, algunos de los cuales se inmolaron, se lanzaron desde el segundo piso o escalaron al techo para dejarse caer desde aquella otra altura; que Celia Cruz, probablemente la única cantante que atravesó los gustos musicales de tu abuela, tu madre y tuyos, hizo su primera presentación pública con la Sonora Matancera, cantando “Ritmo, tambó y flores”, original de José Vargas, cuya letra dice: “Un jardinero de amor / siembra una flor y se va / otro viene y la cultiva / de cuál de los dos será”; que un terremoto destruyó dos terceras partes de la ciudad de Cusco, dejando un reguero de muertos incontables y varias hordas de vivos fantasmales, extraviados y enmudecidos, quienes se pasearon, durante días y semanas, entre los cadáveres y los escombros, conducta que dio lugar a los estudios, investigaciones y publicaciones del doctor Raúl Watanabe, precursor de la psiquiatría social latinoamericana, con quien tu abuelo intercambió innumerables cartas —casi todos los sobrevivientes de aquel sismo estaban, para su suerte, en las calles aledañas a la cancha de futbol en la que el Cienciano se jugaría el campeonato nacional contra el Sport Boys del Callao—; que, en Viena, el psicoanalista Bruno Bettelheim, respondiendo a la teoría de las madres refrigerador que Kanner sostuviera un año antes, cimbró lo que hasta entonces habían sido los pilares del estudio sobre el autismo, aseverando que éste era un trastorno emocional que se desarrollaba en los pequeños a consecuencia de daños psicológicos infligidos por las madres, y que, en Gosen, prefectura de Niigata, nació Yoshifumi Kond-o, dibujante, ilustrador y animador japonés, famoso por ser el creador de La princesa Mononoke, Recuerdos del ayer y Susurros del corazón, pero no por su extraordinario trabajo Las neuronas también cantan, encargo de la Universidad de Kioto que ilustró el desarrollo del sistema nervioso en los fetos, como nunca antes se había hecho.
V
1951
Tu madre te dirá que ese año desaparecieron los gritos de tu tío, tras pasarse él al cuarto de tu abuela.
No, mis padres habían dejado de compartir habitación hacía mucho, si es que alguna vez lo habían hecho, añadirá desviándose un instante del asunto que quería, al parecer, contarte.
Claro, él volvió a dormir, pero yo no: empecé a levantarme por cualquier cosa. Incluso a consecuencia del silencio, un silencio en el que a veces, si ponía atención, podía escuchar las discusiones de los bichos y animales que vivían en las paredes, dirá volviendo la mirada, sin darse cuenta, a la pared de la casa en que estarán.
Otras veces, sumará tras despegar los ojos de las paredes de su casa, echar la cabeza atrás y volver a arquear los labios, al que escuchaba era a mi padre. Los jadeos, en realidad, que a tu abuelo no le preocupó nunca ocultar y que salían de su despacho o incluso de su cuarto. Igual que el año anterior, al final, me levanté una madrugada, salí al pasillo, atravesé la casa, avancé acuclillada los últimos metros y asomé la mirada.
A veces era una empleada de la casa, otras una enfermera, de vez en cuando una amiga de tu abuela o una pariente lejana; en ocasiones alguna expaciente, una de esas mujeres que, tras haber sido dadas de alta, se contrataban como asistentes suyas en el hospital, para trabajar en su consultorio o de ayudantes de mi madre.
¿No temías ser descubierta?, preguntarás entonces, aprovechando la pausa que ella hará. No, claro que no. Y es que no podían verme, dirá tu madre, porque eso que tanto había deseado, ser invisible, lo había conseguido.
Entendí, aseverará encogiendo los brazos y llevándose las manos a la cabeza, que era invisible, que en aquella casa nadie me veía.
Sí, sus hermanas y su hermano chico, sí. No, en la escuela, donde no tenía amigas, tampoco la veían.
Pensaba que yo no era igual a los demás.
Que no tenía cuerpo.
No, claro que no es cierto.
No puede ser, además, porque la hubieran descubierto, alguien habría visto a mi hermana alguna noche, te dirá el hermano chico de tu madre.
Tu abuelo se desvelaba, sí, pero porque siempre estaba trabajando, sobre todo en sus ponencias, para las que sólo le quedaban esas horas de la noche, añadirá cambiando el tema.
Recuerdo, por ejemplo, la ponencia que presentó en el Primer Congreso Iberoamericano de Medicina Mental, porque a veces ensayaba conmigo y con su hijo más grande, dirá el hermano que podía ver a tu madre: era una síntesis de su tesis doctoral y sus trabajos en La Castañeda.
Luego, tu tío más cercano, quien a pesar de ser un hombre sensible, padre y esposo ejemplar, negará varias veces que tu abuelo torturara física o mentalmente a sus hijos o que metiera a otras mujeres en su casa, te dirá que aquella tesis fue fundamental para que la neuropsiquiatría se desarrollara en México y para que se empezaran a aceptar las terapias con drogas como opción a las de electroshocks.
Aun así, casi sin quererlo, sin darse cuenta, pues, el hermano más hermano de tu madre, quien tantas veces suplirá a tu padre en tu universo emocional, te dirá, cuando ya no dé de sí lo de las ponencias de tu abuelo y divague por las terapias con drogas y por el uso de esas mismas drogas, como si abriera la puerta de una habitación a la que no se hubiera aún asomado, que igual y sí, que igual y las adicciones de su padre, a la cocaína y a la heroína, por ejemplo, podrían haberlo transformado en alguien más.
Y que, tal vez, pero sólo tal vez, podría haber ahí, en el pasado, algunos años en los que su padre llevara a casa, por las noches, a otras mujeres. Sin embargo, que él sepa, que él pueda realmente asegurar o recordar y, por lo tanto, aseverar, hubo una sola, que la única amante que su padre tuvo fue su cuñada, la media hermana de tu abuela.
Esto, claro, tu tío preferirá, cuando intentes hablarlo de nueva cuenta, obviarlo, no negarlo, pero pasarlo por encima, hacerlo a un lado. Por eso insistirá en lo de la tesis de tu abuelo, como si eso, lo de la tesis, fuera importante, como si eso, lo de la tesis, fuera lo que tú le hubieras preguntado.
Tu abuelo es algo así como el padre de la psicofarmacología de este país. Él revolucionó, por ejemplo, el tratamiento de la epilepsia y los de las neurosis, además de que introdujo la castración química.
Lo obsesionaban las conductas sexuales anormales, aseverará. Y, otra vez, casi sin quererlo, dirá que sí, que igual y sí, que igual y le hizo algo a su hijo mediano.
Pero que, seguro, sólo puede estar de otra cosa: que, en todo caso, su hermano fue, para su padre, una inspiración, antes que un paciente.
Leerás que ese año, en Nueva York, la ONU creó la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados; que, en Alemania Occidental, fue encontrada, juzgada y condenada a cadena perpetua Ilsa Koch, la bruja de Buchenwald, esposa del comandante de aquel campo de concentración —verdadera industria de la muerte y la exterminación—, por la tortura, castración química y asesinato de cientos de miles de seres humanos, en su mayoría de origen judío; que, en Israel, se creó el Mossad, servicio secreto que desaparecería, durante los siguientes meses, a los primeros siete palestinos de los que nunca más se sabrá nada; que, en México, inició sus transmisiones El canal de las estrellas, en cuya pantalla, las primeras estrellas internacionales que brillaron fueron Celia Cruz —cantando “Ritmo, tambó y flores”— y Sansoncito, nieto de El Sansón, natural de Zuera, provincia de Aragón, cantante de jotas que nunca reconoció a tu bisabuela —la madre de tu abuela y la hermana bastarda, por lo tanto, de la madre del Sansoncito, mujer que moriría loca y que habrá sido concebida durante una gira de El Sansón por el bajío mexicano—, aquella mujer, tu bisabuela, que, años después, se casó en segundas nupcias con un minero que también era de origen español, como queriendo arreglar, de esa manera, el entuerto de su origen; que los Estados Unidos llevaron a cabo, con éxito, las detonaciones de su séptima, octava, novena, décima, decimoprimera, decimosegunda, decimotercera, decimocuarta, decimoquinta, decimosexta, decimoséptima y decimoctava bombas atómicas, en el marco de la operación Greenhouse, en el atolón Enewetak; que, en México, se llevó a cabo el Primer Congreso de Academias de la Lengua Española, donde se creó la Asociación de Academias de la Lengua Española; que, en Inglaterra, murió Ludwig Wittgenstein, enemigo acérrimo de ideas como que la lengua necesite academias —“todo cuanto quede envuelto en la idea de la expresividad del lenguaje, debe permanecer incapaz de ser expresado en el lenguaje, y es, por consiguiente, inexpresable en un sentido perfectamente preciso”—, y que, el mexicano Luis E. Miramontes sintetizó la 19-noretisterona, primer anticonceptivo oral de la historia y primera píldora que tu madre utilizaría, años después, según te contará ella misma, cuando también te cuente que fue tras una borrachera que decidió dejar de utilizar aquella píldora, para poder concebirte.
VI
1952
Tu madre te contará que ese año, tras una de las cortinas que en su casa siempre estaban cerradas, descubrió una ventana a la que le faltaba un vidrio.
Y descubrió, poco después, que su cuerpo cabía a través de aquella ausencia que daba a una balaustrada de no más de cuarenta centímetros, es decir, de casi medio metro. Ahí empecé a pasar algunos ratos, después algunas horas y finalmente tardes enteras.
No, obviamente nadie se daba cuenta de que era ahí en donde casi siempre estaba, aseverará tras recordarte que se había vuelto invisible, que no tenía cuerpo, que, en aquella casa, casi nadie la veía, así que casi nadie la buscaba. Sería ahí, sin embargo, en esa balaustrada, donde ella sentiría otra vez que tenía un cuerpo, donde tu madre se sentiría viva o, más bien, donde no sentiría que su vida era prestada.
La mejor, te contará sonriendo por primera vez con la mueca de sus labios para arriba, fue la tarde en la que me atreví a quedarme ahí, en aquella balaustrada, después de que el sol se hubiera puesto, cuando ya se había hecho de noche. Y es que aquella noche que te digo descubrí que en la casa que había enfrente de la nuestra, una casa abandonada y enorme que se alzaba justo al otro lado de la calle, había fantasmas.
Que, en aquella casa, cuando la oscuridad le caía encima, aparecían espectros, presencias que subían y bajaban las escaleras interiores, cargando velas, seres silenciosos cuya contemplación habría de infundirle, a tu madre, una extraña sensación de pertenencia.
Por eso, añadirá, empecé a pasar ahí, en aquella balaustrada, además de las tardes, las noches y hasta algunas madrugadas.
Me sentía más cerca de esas siluetas, de esos fantasmas, que de los seres que vivían en mi casa.
En uno de los últimos viajes que hagan en su taxi, el hermano mediano de tu madre aceptará hablar de su padre, en vez de sólo mencionarlo.
Te contará, entre risas nerviosas, que, de vez en cuando, tu abuelo llevaba a vivir a casa a algún paciente de su consulta privada. Y añadirá, perdiendo el control de sus carcajadas, que, una vez, llevó a una loca que había estado internada en su hospital.
Con su memoria incomparable —pensarás, muchas veces, que eso, la memoria, es el único compartimento que funciona en el cerebro de tu tío—, el hermano de tu madre asegurará que aquella mujer, de nombre Emelia, era hija de un general del ejército mexicano, el general Balsera, cuya familia era dueña de uno de los circos más famosos de tu país.
Cuando aquella loca llegó a vivir a nuestra casa, llegaron con ella sus dos tigres. Así como lo escuchas, sumará ahogándose en sus carcajadas. Armaron una jaula en el jardín y, durante varias semanas, quizá un mes o un mes y medio, nos despertaban sus rugidos —justo entonces, tras decir eso, tu tío se preguntará, en voz alta, si los tigres rugen, si se le dice así al sonido que ellos hacen— o los cantos de esa loca, a quien mi padre, cada mañana, sacaba de su cuarto y sentaba a un lado de la jaula.
Una hora, a veces más, a veces menos. Pero por ahí de una hora. Ése era el tiempo que tu abuelo le permitía quedarse a un lado de sus tigres, te contará tu tío mediano, antes de decir que no recuerda el nombre de la canción que aquella loca cantaba, aunque cree que estaba en francés.
Sí, sonaba a francés, confirmará él, que sabe cómo suena ese idioma porque durante años trabajó como chofer para la sede mexicana de L’Oreal, aunque esa historia, la de él llevando franceses de un lugar a otro, no tendrá que ver con lo que estabas preguntando.
Leerás que ese año, en Inglaterra, fue castrado químicamente el matemático Alan Turing, a consecuencia de sus preferencias sexuales —no importó que hubiera salvado al mundo durante la Segunda Guerra Mundial al decodificar Enigma, la máquina alemana que cifraba las comunicaciones nazis—, mediante una terapia con hormonas femeninas, terapia que entonces estará en boga y que tu abuelo importará a México, aunque después, él mismo, el padre de tu madre, innovará en dicho terreno, a través de las terapias de antiandrógenos —Alan Turing, por cierto, un par de años antes de morir, hará pública la Prueba Turing, según la cual podrá juzgarse la inteligencia de una máquina, prueba que, años después, habrá de obsesionar y de llevar al borde de la locura al mayor de los hermanos varones de tu madre, es decir, tu tío desconocido, quien, sabrás por boca de alguien más, dedicará su vida a las matemáticas, la lógica y la informática teórica, buscando crear una máquina, un ser de inteligencia artificial capaz de dar respuestas indistinguibles de las que da un ser humano—; que, en México, fue lanzado el Canal 5, en un acto encabezado por el ingeniero Guillermo González Camarena, quien, años antes, había inventado el sistema tricromático secuencial de campos, es decir, la televisión en color —dicho acto, tras las formalidades del discurso de González Camarena, dio paso a los primeros festejos televisados de la historia por el día de la madre, festejos que tus tíos, tanto los tres hombres como las dos mujeres, recordarán haber visto en la televisión, sentados en torno de tu abuela, aunque ninguno recordará si su hermana pequeña, tu madre, estaba o no presente—; que, en el desierto de Nevada, durante las pruebas nucleares de mayor calado en la historia del planeta, 7350 soldados, quienes formaron parte de manera no voluntaria de dichos ejercicios, quedaron expuestos a la radiación, padeciendo, durante los años posteriores, enfermedades, deformaciones y muertes prematuras —uno de aquellos 7350 soldados, John Acuña López, cuyo origen era mexicano, sería, años después, paciente de tu abuelo, por no decir su conejillo de indias, pues usó su caso, es decir, su cuerpo y su cerebro, para documentar los daños neuronales y psiquiátricos que la radiación impone a un sujeto—, y que, en Noordwijk, a consecuencia de una pulmonía mal cuidada, murió María Montessori, la pedagoga que no sólo revolucionó la enseñanza elemental sino que trastocó, para siempre —tras trabajar con niños considerados perturbados de la mente—, la vida de tu madre, pues ella, cuando su padre le prohibió estudiar Medicina, siguió los pasos de dicha educadora italiana —inspirándose, particularmente, en los trabajos que habría llevado a cabo durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX, es decir, aquellos trabajos que realizaría con niños considerados perturbados, gracias a los cuales descubrirá que es posible potenciar las facultades no disminuidas—.
VII
1953
La mayor parte de aquel año lo pasé en mi balaustrada, dirá tu madre.
Por alguna razón, los miedos que sentía dentro de casa me dejaban, soltaban mi cuerpo y mi cabeza, se deshacían en cuanto cruzaba el vano de la ventana que me sacaba a aquel rincón de cemento.
En aquella balaustrada, además, una tarde, mientras esperaba la noche y a los seres que había enfrente, descubrí, te dirá abriendo los ojos como si así fuera a mostrar, a proyectar delante tuyo aquel descubrimiento, que dos palomas habían empezado a hacer su nido. Dos palomas gordas, limpias y hermosas, no como esas palomas sucias y asquerosas que hay en las plazas.
Durante las semanas siguientes, tu madre pasó casi todas sus horas contemplando los trabajos de aquellas palomas que, tiempo después, pondrían ahí, en ese nido que ocuparía el rincón que ella ocupaba antes para sentarse, un par de huevos. Viví para esos huevos, para el momento en que finalmente eclosionaron, dejando ver un par de polluelos diminutos y ciegos, añadirá sorprendiéndote con esa otra palabra: eclosionaron.
Por desgracia, se interrumpirá echando el cuerpo hacia delante y subiéndose las mangas de los pantalones, llegó el día en el que todo terminó. Para no molestar a los polluelos, tu madre se había empezado a sentar en la orilla de la balaustrada. Y, claro, una tarde habría de resbalar.
Esa tarde, dirá mostrándote las espinillas, tu tío mediano, que fue el primero en escucharme, enfureció al verme sobre las lozas, llorando. Comenzó a patearme, fuera de sí y con tal violencia que me fisuró ambas tibias.
Por eso, creo, aquí, en estas partes, dirá acariciándose las espinillas, nunca me han crecido vellos.
En su casa de provincia, en su sala de otra era, entre su colección de ángeles y vírgenes, tu tía mediana te dirá que aquel año tu madre, además de castigada, lo pasó en silla de ruedas.
Una vieja silla de ruedas que tu abuela tenía como repuesto y que adapté al tamaño de mi hermana. Pero claro, podrás imaginar lo difícil que era mantener sentada ahí a una niña de su edad. Tan difícil como convencerla, después, de que usara sus muletas.
Eso sí, como tu madre no pudo asistir a la escuela durante meses, mi otra hermana y yo le enseñamos las letras y le leímos todas las tardes, mientras ella jugaba con sus muletas y fingía que nos ponía atención, te dirá luego tu tía mediana, quien, pensarás entonces, siempre ha usado la lectura para vivir fuera del mundo, pero no en un sentido de ampliación o enriquecimiento, sino de negación, evasión de esta realidad que siempre ha sido distinta a la que ella erigió para sí misma.
Desde Corín Tellado hasta María Enriqueta Camarillo, añadirá tu tía, pero, sobre todo, lo que me daban las monjas de la escuela y los libros de poesía que nos regalaba el abuelo minero. Tu madre, sin embargo, me interrumpía todo el tiempo, se hartaba y prefería que le leyera tu otra tía o que hiciéramos alguna otra cosa: se podía pasar la tarde entera jugando al salón de belleza, lavándole y cortándole el pelo a las muñecas.
Al final, cuando dejó de jugar con las muñecas que habían sido nuestras… pobres, pobrecitas… parecían niños de campo de concentración, de tantas veces que les había cortado el pelo. Niños de campo de concentración o ejército de locas, añadirá antes de levantarse un momento para traer, dirá sonriendo, un par de cosas.
Mira, aseverará cuando regrese, ofreciéndote un viejo cuaderno y tres de las muñecas de las que habrá estado hablando. ¿Entiendes por qué me horrorizaba lo que hacía?
Con lo bonitas que habían sido… mira cómo las dejó, insistirá apenas tomes una de esas muñecas que ha guardado setenta años.
Y esto otro, sumará cuando agarres el cuaderno, es el trabajo, la recolección, en realidad, de casi toda mi vida.
No sé por qué te lo doy, pero tampoco a quién más podría dárselo.
Leerás que ese año, en París, en el Théâtre de Babylone, se estrenó Esperando a Godot, la obra de Samuel Beckett en la que los vagabundos Vladimir y Estragón, que en realidad son víctimas de una guerra, seres a los que un conflicto armado enloqueció y convirtió en refugiados de la vida, esperan, inútilmente, a Godot, con quien tienen o creen que tienen o imaginan que tienen o anhelan tener una cita, cita de la que no se sabe ni se sabrá nada, como tampoco se sabrá mayor cosa de ese tal Godot ni de Pozzo ni de Lucky —esos otros personajes, secundarios, burlones y despiadados—, pues el asunto central del texto de Beckett no es otro que la carencia absoluta de significado o de significados de la vida humana; que, en Moscú, murió a los 74 años —edad que tendrá tu abuelo, el padre de tu madre, al morir, y que ella, tu madre, se pondrá como límite a sí misma, varios años antes de alcanzar dicha edad, cuando haya enfermado y empieces a drenar su memoria o, más bien, cuando ella empiece a utilizarte como balde sobre el cual derramarse— Stalin, cuyo mayor arrepentimiento, a pesar de haber desaparecido, desterrado y asesinado a millones de seres humanos, fue no haber enfrentado la locura de su esposa, quien acabó pegándose un tiro en la cabeza; que, en los Estados Unidos, el mismo día en que falleció el líder de su mayor enemigo y en que William Beecher retiró del cerebro de Henry Molaison el lóbulo temporal medial para poner fin a sus ataques de epilepsia, se televisó, por primera vez para toda la nación y en horario estelar, la explosión atómica de una bomba de 16 kilotones, bomba que había sido bautizada como Annie, nombre que, años después, cuando se exilie en los Estados Unidos, sorprendiendo al mundo, tomará como apodo Svetlana Alilúyeva, la hija de Stalin que, quince años antes, se habrá cambiado el apellido —Annie, nombre con el que, también, aunque un par de años después, se referirán en casa de tus abuelos a la segunda ayudante de costura que tendrá la madre de tu madre, es decir, tu abuela, aunque ella será Ani de Andrea y no Annie—; que, en La Habana, Celia Cruz y la Sonora Matancera grabaron “Burundanga”, canción por la que recibieron su primer Disco de Oro y que dedicaron al bembé, fiesta de la religión Yoruba, cuya mitología encabeza Olodumare, a la cual, te contarán tiempo después, tu abuela, años antes de morir e influenciada por esa Ani que aún no habría llegado a su vida, se apegará fervorosamente, y que, en México, tras varias décadas de lucha —lucha que inició en 1885, cuando la revista Violetas del Anahuac demandó, por primera vez, derechos electorales para las mujeres, y que alcanzó sus momentos álgidos en 1910, con Las hijas de Cuauhtémoc, y en 1923, con el Primer Congreso Nacional Feminista, que consiguió derechos municipales— se modificó el Artículo 34 de la Constitución Política Mexicana, permitiendo a las mujeres votar y ser votadas.
VIII
1954
Tu madre te contará que ése fue el año que su padre la olvidó.
Aquel día, por suerte, también estaba su hermano chico, a quien ella se había acercado aún más durante su convalecencia, igual que había pasado con sus hermanas, aunque de él ya no habría de alejarse.
Mientras las piernas de tu madre permanecían inmóviles, tu tío chico, a quien también olvidaría tu abuelo, convalecía del hombro izquierdo. Tu tío mediano se lo había lastimado, jugando. O eso decían, que había sido echando un tochito. Era una bestia, te explicará tu madre, volviendo la mirada, por primera vez, hacia ese jardín al que también saldrán tus ojos. A esa edad, ya sabes, los hermanos lastiman los cuerpos.
¿Y las hermanas no?, preguntarás. No, las hermanas lastiman la mente, te explicará devolviendo su mirada y la tuya al interior de la casa. Aun sin quererlo, aún cuando creen estarte enseñando algo, cuando creen que te están compartiendo algo, insistirá, antes de decirte que no estaba hablando de eso, aunque por eso, por la convalecencia de su hermano, porque él también había sido lastimado, ella no estaba sola aquella vez. Tu abuelo tenía que llevarnos a consulta, a que nos dieran de alta. Pero antes, dijo, debía pasar por su trabajo, dejar ahí unos documentos.
Las puertas del manicomio —por primera vez tu madre dirá esa palabra en vez de hospital— se abrieron lentamente y tu abuelo entró acelerando el coche, derecho hasta el enorme patio central, que estaba rodeado de edificios. Y aunque se bajó, poco después, asegurando que no habría de tardarse, el tiempo empezó a transcurrir sin que él volviera o mandara a alguien a buscarnos, como había hecho otras veces, para sacarnos de aquel coche.
Y, claro, tu tío y yo empezamos a ponernos nerviosos. Frente a nosotros, a unos diez metros, había un contenedor de basura. En algún momento apareció un enfermero, un gordo que cargaba dos bultos enormes. Tras dejarlos en el suelo y recuperar el aliento, el gordo aquel volvió a alzar sus bultos, los balanceó, los lanzó y atinó en el centro del contenedor, produciendo un fuerte estruendo —estruendo, otra palabra que no esperabas escuchar en boca de tu madre—.
Pero aquel estruendo fue lo de menos, porque al instante salieron un millón de cucarachas, que hicieron reír al gordo pero que a mí casi me hacen vomitar. Luego, cuando él, aquel enfermero, por fin se fue, vimos volver a las cucarachas, como una marejada. Escalaron de regreso las paredes de metal del contenedor y ahí se escondieron. Poco después, te contará ella, salieron los locos. Era ahí, en aquel patio central, donde pasaban las mañanas.
En apenas un minuto, rodearon nuestro coche, intrigados, seguramente, de que hubiera ahí un par de niños. Primero daban vueltas en torno de nosotros, del auto, quiero decir. Tu tío, entonces, acercó su cuerpo al mío, se me pegó y me abrazó. Luego fueron ellos, aquellos locos, quienes se acercaron más, quienes pegaron sus rostros a los vidrios.
Después, obviamente, empezaron a querer abrir nuestro auto. Recuerdo el sonido de las manijas, el terror que sentíamos, aunque no recuerdo quién empezó a llorar primero. Por suerte, tu abuelo no se había olvidado de bajar los seguros.
Al final, nos quedamos dormidos. El miedo, la tensión cansa más que la falta de sueño. Nos despertó su risa. Y es que, cuando tu abuelo finalmente volvió, se estaba riendo.
De camino a la casa, nos explicó que se había olvidado de nosotros. Y dijo que él mismo nos daría el alta, que una nueva cita sería una pérdida de tiempo.
Tu tío chico, cuando le preguntes por aquel año y le menciones la historia esa del coche y de los locos, te contará algo diferente.
En general, te contará lo mismo que tu madre, aunque un detalle, un asunto particular, un ligero desvío en la trayectoria de sus memorias, convertirá aquella mañana en algo totalmente distinto: uno de esos locos, aseverará él, cuando rodearon el auto, alcanzó la puerta del conductor, cuyo seguro no había sido bajado por mi padre.
Emocionado, aquel loco abrió la puerta, entró en el coche, puso el seguro, volteó a vernos, nos saludó, educado, echó el asiento hacia delante, nos prometió que no tardaríamos y empezó a conducir… a hacer como si estuviera conduciendo. El hermano de tu madre recordará entonces, claramente, como si los estuviera escuchando otra vez, los sonidos que hacía aquel loco: los acelerones, los frenazos, los claxonazos, los chillidos de las llantas en las curvas.
Después, aquel loco bajó la ventana, fingió hablar con un par de mujeres, invitó a una de esas damas imaginarias a acercarse y se sacó el pene de entre la ropa. Entonces, te contará, apreté el cuerpo de mi hermana e imité, junto a su oído, los sonidos que aquel loco había estado haciendo, antes de que empezara a hacer aquellos otros ruidos.
Tras un momento, el loco se calló. Luego hizo como si estuviera apagando el coche, volteó a vernos de nuevo, nos dijo que ya habíamos llegado, se despidió, tan educado como al saludarnos, bajó del auto, puso el seguro que tu abuelo no había puesto y cerró la puerta, azotándola.
Sólo entonces ellos dos, tu tío y tu madre, te explicará él, consiguieron quedarse dormidos.
Leerás que ese año, en México, país que entonces era el primer productor de plata del planeta, se retiró de circulación la moneda de cinco pesos —hecha de plata—, porque el valor comercial de dicho metal, en gramos, sería más alto, por primera vez, que el de su intercambio, noticia que impactó a la población de tu país, aunque no tanto como la impactó la devaluación que habría conducido a dicho suceso —tu tía mediana, sin embargo, te contará que, en su casa, es decir, en casa de tus abuelos, su madre celebró dicha noticia, en una época en la que no celebraba nada o casi nada: para ella, dirá tu tía mediana, desenvolviendo el ángel que le habrás llevado de regalo, esas monedas, las monedas de plata, es decir, ese metal, no simbolizaba otra cosa que la explotación de los mineros que trabajaban extrayéndola: no le recordaba otra cosa, pues, que la muerte de su abuelo, el padre de tu bisabuelo, quien también era minero y murió en un accidente acaecido a setenta metros de la superficie terrestre y quien, según decía tu abuela y habrá de recordarte tu tía de en medio, habría sido el único hombre que la quiso de verdad, además de tu tío mediano—; que, en París, gracias a la aparición de los micrófonos magnéticos, se presentó el primer aparato auditivo para sordos cuyas piezas —auricular y amplificador con baterías— eran independientes entre sí, y que, en Oak Grave, Alabama, a mediados de ese año, el meteorito Hodges, una piedra del tamaño de una toronja madura que se habría desprendido del meteorito Sylacauga, a setenta kilómetros de la superficie de la tierra, atravesó el techo de madera de la casa de Ann Elizabeth Hodges, cruzó un estante de madera y el suelo que separaba la primera planta de la segunda, rebotó contra una radio y, tras atravesar otra pared, golpeó la cadera izquierda de Ann, quien estaba leyendo recostada en un sofá y quien, a pesar de las graves lesiones que sufrió, logró sobrevivir, aunque desarrolló diversas secuelas psicológicas, secuelas que tu abuelo, según dirá también tu tía mediana, habría vaticinado apenas escuchar, en la radio, la noticia de aquel meteorito y de aquella mujer cuya suerte ocupó todos los noticieros del planeta, incluyendo los de tu país.
Entenderás, haciendo un recuento de lo leído sobre esos años, el matrimonio entre hipocresía e intereses económicos: en 1948, el presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, recién elegido para su segundo mandato, denunció la inconstitucionalidad del gobierno de Francisco Franco; en 1949, el gobierno de Estados Unidos vetó la entrada de España en la OTAN y llamó a que ese país fuera excluido, también, del Consejo de Europa; en 1950, el gobierno de los Estados Unidos inició negociaciones para la venta de armas al gobierno de España; en 1951, el gobierno de los Estados Unidos, en la recién inaugurada sede de Nueva York de la ONU, defendió la incorporación de España al organismo; en 1952, España detuvo la compra de armamento a los Estados Unidos y el presidente Harry S. Truman criticó la intolerancia religiosa y la falta de libertad de expresión en el gobierno de Franco; en 1953, España reinició las negociaciones con los Estados Unidos para la compra de armamento y el presidente Dwight D. Eisenhower renegó de las declaraciones de su predecesor, y en 1954, desde los Estados Unidos, zarpó el mayor envío de armas que compraría la dictadura franquista.
IX
1955
Tu madre te revelará que ese año descubrió que su padre era adicto a un juego perverso.
Te lo revelará con una mano en torno de la boca, como si esa mano quisiera impedir que esa boca soltara las palabras que de pronto se han gestado en su memoria.
Fue el día del cumpleaños de mi hermana mayor, durante las secuelas, en realidad, de aquel festejo. No recuerdo la comida, pero recuerdo que, al final, tu tío mediano preguntó qué animal querríamos ser, qué animal elegiríamos los que ahí estábamos sentados. A mí, dijo tu tío, me gustaría ser un caballo. Tus tías dijeron, estoy casi segura, una jirafa y una garza. Mis otros hermanos, creo, dijeron perro y cocodrilo. Entonces mi padre aseveró que él querría ser un pajarito.
Mi madre, que había guardado silencio todo el día, como siempre que había algún festejo, se echó a reír a carcajadas. Luego se burló de tu abuelo, aseverando: ahora resulta que el quebrantahuesos quiere ser canario. E, imitando con sus brazos frágiles y débiles el aleteo de un ave, empezó a sacudirse. Enfurecido, mi padre se levantó, caminó hasta la silla de ruedas en la que estaba tu abuela y la empujó violenta, agresivamente, volcándola al suelo.
Justo después, revelará tu madre, mientras nosotros le gritábamos, él se encerró en su despacho. Siempre hacía eso después de un estallido. Encerrarse ahí, en su despacho, a cal y canto. No porque estuviera enojado, no, claro que no, porque deseaba, en realidad, castigarse. Lo único que soportaba menos que las de los demás, eran sus propias explosiones.
Yo sabía que ahí adentro, en su despacho, él se castigaba, aunque claro, no sabía cómo lo hacía. Aquella madrugada, sin embargo, espiándolo otra vez a hurtadillas, como hice siempre, lo vi jugar con su revólver.
Le daba vueltas al tambor, se acercaba el arma a la cabeza y jalaba del gatillo. Y aunque no entendía qué era aquello, revelará tu madre, comprendí que era algo terrible.
Tu tía mayor, la que le explicó a tu madre que aquello que habría visto en el despacho de su padre, que aquello que él hacía se llamaba ruleta rusa, te revelará que ese año fue el año en que llegó a vivir con ellos la última loca que su padre llevó a casa.
Era una loca diferente, aseverará parada ante la es
