7 de mayo
Adoro mi jardín. Ahora estoy en él, escribiendo en el encanto del atardecer, interrumpida continuamente por los mosquitos y por la tentación de pararme a contemplar la maravilla de las tiernas hojas verdes recién bañadas por una fría lluvia. Hay dos búhos posados cerca de mí y sostienen una larga conversación que disfruto tanto como el trinar de los ruiseñores. El caballero búho dice
, y ella le contesta desde su árbol un poco apartado:
, asintiendo bellamente y completando el comentario de su señor, como corresponde a una señora búho alemana hecha y derecha. Repiten lo mismo una y otra vez con tal énfasis que me da la impresión de que deben estar diciendo algo desagradable de mí; pero no voy a dejarme asustar por el sarcasmo de los búhos.
Esto no es tanto un jardín como una espesura. Nadie ha vivido en la casa, y menos en el jardín, en veinticinco años, y es un precioso lugar tan antiguo que la gente que pudo vivir aquí y no lo hizo —prefiriendo los horrores de un piso en la ciudad— debe de pertenecer a ese vasto número de personas sin ojos y sin oídos de las cuales se compone principalmente el mundo. Y también sin nariz, aunque no suene bien; pero la mayor parte de mi dicha de primavera se debe al olor de la tierra mojada y de los tiernos brotes.
Soy una mujer feliz (en el exterior, se entiende, ya que en el interior hay sirvientes y muebles), pero de maneras muy diferentes, y mi dicha de primavera no se parece nada a mi dicha de verano o de otoño, aunque no sea más intensa, y hubo días del pasado invierno en que bailé de pura alegría fuera, en mi jardín congelado, a pesar de mis años y mis hijos. Pero lo hice oculta tras un seto, guardando las debidas consideraciones a la decencia.
Hay tantos cerezos a mi alrededor, grandes árboles con ramas que acarician la hierba, y están tan tupidos ahora de flores blancas y brotes verdes, que el jardín parece una boda. Nunca los había visto en tales cantidades; parecen inundarlo todo. Incluso cruzando el pequeño riachuelo que limita el jardín hacia el este y en mitad del maizal que hay más allá, se encuentra uno inmenso, una imagen de gracia y de gloria contra el frío fondo azul del cielo de primavera.
Mi jardín está rodeado por maizales y praderas, y más allá hay enormes extensiones de arenosas tierras baldías y bosques de pinos, y cuando se acaba el bosque comienzan de nuevo las desnudas tierras baldías; pero los bosques tienen una belleza especial con esa vastedad elevada sostenida por troncos rosados, muy por encima de las copas de los arbustos más tiernos y a los pies de una brillante alfombra verde de arándanos, y por todas partes el intenso silencio; y las tierras baldías tienen también su belleza, pues a través de ellas casi se puede llegar a divisar la eternidad, y aventurarse en ellas con la cara levantada hacia el sol poniente es como encaminarse a la misma presencia de Dios.
En mitad de esta planicie se encuentra el oasis de cerezos y verdor en donde transcurren mis días más felices, y en mitad del oasis se encuentra la casa de piedra gris con muchos aguilones, donde, a mi pesar, paso las noches. La casa es muy antigua y ha sido ampliada en numerosas ocasiones. Era un convento antes de la guerra de los Treinta Años, y su capilla abovedada, con el suelo desgastado por las rodillas de devotos campesinos, es ahora utilizada como recibidor. Gustavo Adolfo y sus suecos pasaron por aquí en más de una ocasión, como queda consignado en los archivos que aún se conservan, pues nos encontramos en lo que era entonces el camino principal entre Suecia y Brandeburgo, la desafortunada. El León del Norte era sin duda una persona estimable y actuaba siguiendo sus convicciones, pero debió de trastornar tristemente la vida de las pacíficas monjas, que también tenían sus propias convicciones, dejándolas desamparadas en las amplias y desiertas llanuras buscando lastimosamente otra vida que reemplazara la vida silenciosa que disfrutaban aquí.
Desde casi todas las ventanas de la casa puedo contemplar la llanura, sin ningún obstáculo en forma de colina, hasta una línea azul de un bosque distante, y por el oeste sin interrupción hasta el sol poniente; nada sino una verde pradera que se despliega con un borde preciso contra la puesta de sol. Prefiero estas ventanas de poniente a cualquier otra, y he elegido mi dormitorio en esa ala de la casa de manera que hasta los momentos en que me cepillo el pelo no sean completamente perdidos; y la joven que se ocupa de tales menesteres ha sido instruida de modo que atienda a la señora recostada en un sillón frente a la ventana abierta, y a no profanar con la charla ese dulce y solemne instante. La chica parece consternada por mi hábito de pasarme la vida en el jardín, y todas sus ideas preconcebidas de cómo debiera ser la vida que debe llevar una respetable señora alemana han acabado en saco roto desde que está junto a mí. La gente que me rodea está convencida de que soy, para ponerlo de la manera más suave posible, extremadamente excéntrica, pues ya corre la voz de que me paso el día fuera con un libro y que no hay un mortal que me haya visto cosiendo o cocinando. Pero ¿para qué cocinar cuando se puede conseguir a alguien que te cocine? Y en lo que respecta a coser, las criadas pondrán el dobladillo a las sábanas mejor y con más presteza de como yo pudiera hacerlo; además, todos esos complicados trabajos de aguja no son más que inventos del diablo para impedir que las necias pongan sus sentidos en cosas más sabias.
Habíamos pasado cinco años casados antes de que se nos ocurriera utilizar este lugar, simplemente viniendo y viviendo aquí. Esos cinco años se pasaron en un piso de una ciudad, y durante todo ese interminable periodo fui perfectamente desgraciada y perfectamente sana, lo cual pone fin a la desagradable idea que a veces me perseguía de que mi felicidad aquí se debía menos al jardín que a la buena digestión. Y mientras malgastábamos nuestra vida allí, aquí se encontraba este adorable lugar con diente de león que llega hasta la misma puerta, con todos los caminos cubiertos de hierba y borrados por completo, tan solitario en invierno, sin nadie más que el viento del norte que pasa sin prestarle atención, y en mayo —en esos cinco deliciosos meses de mayo— sin nadie que contemplara los maravillosos cerezos y los todavía más maravillosos arbustos de lilas, todo resplandeciente y restallante, con el tinte de la enredadera de Virginia, año tras año hasta que por fin, en octubre, el propio tejado se cubría coronado de trenzas de un rojo sangriento, los búhos y las ardillas y todos los benditos pajarillos acababan reinando en el lugar, sin que ninguna criatura viviente llegara a entrar en la casa vacía excepto las serpientes, que tomaron por costumbre deslizarse por la pared sur hasta meterse en las habitaciones de esa ala de la casa siempre que la casera abría las ventanas. Todo eso se encontraba aquí: paz y felicidad y una vida razonable, y, sin embargo, nunca se me ocurrió venir y disfrutarlo. Si vuelvo atrás la mirada me sorprendo y no encuentro la manera de explicar la tardanza en descubrir que aquí, en este rincón apartado, se encontraba mi reino celestial. Hasta tal punto no me cabía en la cabeza utilizar este lugar, ni siquiera en el verano, que todos los años me sometía a dos semanas de vida en la costa con los horrores que implica; hasta que finalmente, al comienzo de la primavera del año pasado, habiendo venido para la apertura de la escuela del pueblo y paseando después por el desnudo y desolado jardín, no sé qué aroma de tierra mojada o de hojas descompuestas me trajo de golpe mi infancia y todos los días felices que había pasado en un jardín. ¿Olvidaré alguna vez aquel día? Era el comienzo de mi verdadera vida, mi auténtica madurez, y la entrada a mi reino. Principios de marzo, cielos grises y sosegados, y tierra marrón y sosegada; triste y sin hojas, y yo tan sola al aire libre rodeada de humedad y silencio, y sin embargo allí estaba sintiendo el mismo éxtasis de pura delicia con el primer aliento de la primavera que solía experimentar cuando era niña, y aquellos cinco años malgastados se me cayeron como un manto y el mundo se llenó de esperanza, y en ese momento me prometí allí mismo a la naturaleza y desde entonces soy feliz.
Siendo mi otra mitad indulgente, y con la vaga idea de que podría ser bueno para cuidar un poco este lugar, consintió en pasar aquí una temporada; después de la cual siguieron seis semanas especialmente dichosas, desde finales de abril hasta junio, en las que estuve sola, supuestamente para supervisar los trabajos de pintura y empapelado, pero en las que, de hecho, solo entraba en la casa cuando los trabajadores terminaban.
¡Qué feliz era! No recuerdo una época tan dichosa desde los días en que era demasiado pequeña para asistir a clases y me sacaban con azúcar en mi pan con mantequilla de las once a un prado salpicado de diente de león y margaritas. El azúcar en el pan con mantequilla ya ha perdido aquel encanto, pero mi afecto por el diente de león y las margaritas es ahora más apasionado que en aquellos días, y no podría soportar verlas segadas si no estuviera segura de que en uno o dos días volverán a asomar sus cabecitas con la gallardía de siempre. Durante aquellas seis semanas viví en un mundo de diente de león y de delicias. El diente de león alfombraba los tres céspedes —solían ser céspedes, pero hace ya tiempo que han florecido dando lugar a prados llenos de toda clase de preciosas hierbas— y por debajo y entre los grupos de robles deshojados y de hayas florecían por doquier hepáticas azules, anémonas blancas, violetas y lechos de celidonias. Las celidonias me encantaban en particular, con su brillo limpio y alegre, con su forma recortada tan bellamente y recién barnizadas, como si los pintores también hubieran estado trabajando en ellas. Después, cuando desaparecieron las anémonas aparecieron unas cuantas vincapervincas dispersas y algunos sellos de Salomón, y todos los cerezos florecieron de golpe. Y entonces, antes de que me acostumbrara a disfrutar de sus flores contra el cielo, vinieron las lilas, macizos y macizos, agrupados sobre la hierba, con otros arbustos y árboles alrededor de los caminos, y un seto continuo de lilas, de casi un kilómetro de largo, justo pasado el lado oeste de la casa, tan extenso que se perdía la mirada, brillando en todo su esplendor contra un fondo de abetos. Cuando llegó esa época y cuando, antes de que se acabara, las acacias florecieron también y cuatro grupos de pálidas peonías doradas y rosadas florecieron bajo las ventanas del ala sur, me sentí tan absolutamente feliz, y bendecida, y agradecida, que en verdad no puedo describirlo. Mis días parecían ir derritiéndose en un sueño de paz rosa y morado.
En la casa solo estaban la vieja ama de llaves y su asistenta, de manera que, con la excusa de no querer dar mucho trabajo, pude disfrutar de lo que mi otra mitad llama mi fantaisie déréglée en lo que respecta a las comidas —esto es, comidas tan sencillas que se pueden llevar en una bandeja y ser disfrutadas entre las lilas—; y aún puedo recordar cómo viví todo ese tiempo, a base de ensaladas y pan y té, acompañado en ocasiones de un pequeño pichón que la anciana señora incluía en mi comida pensando que así me salvaba de fallecer de inanición. ¿Quién, si no una mujer, podría vivir de ensaladas durante seis semanas, aun cuando se tratara de ensaladas santificadas por la presencia y el aroma de macizos de hermosas lilas? Yo lo hice y mi gracia se incrementó día a día, aunque desde entonces no me gusta hacerlo. ¡Cuánto me acuerdo hoy en día, cuando me veo oprimida por la necesidad de atender a las tres comidas que se sirven diariamente —de dos de las cuales se hace cargo el servicio que se estima indispensable para la asistencia adecuada de la dignidad de la familia— y en las que nunca falta la carne, cuánto me acuerdo de mis días de ensaladas —unos cuarenta— y de la bendición de estar a solas como estaba entonces!
Y después, por las noches, cuando todos los trabajadores se habían marchado y la casa quedaba abandonada, vacía y llena de ecos, y la vieja ama de llaves había podido arrastrar sus miembros reumáticos hasta su cama y mi pequeña habitación en otro lugar apartado de la casa había quedado dispuesta, ¡cómo me costaba dejar el amistoso sonido de las ranas y los búhos y, con el corazón encogido, cerrar la puerta del jardín detrás de mí, cruzar todas aquellas habitaciones del ala sur, llenas de ecos, sombras, escaleras y fantasmales cubos abandonados por los pintores y, tarareando una canción para hacerme creer a mí misma que me gustaba, avanzar lentamente por el suelo de ladrillos, subir las chirriantes escaleras, aventurarme por el pasillo encalado y, con una precipitación final llena de pánico, deslizarme en mi habitación, y echar los cerrojos y darle vuelta al pestillo de mi puerta!
No había timbres en la casa y yo solía llevarme conmigo a la cama una gran campanilla para llamar al servicio y al menos poder hacer ruido si me asustaba por la noche, aunque no sé de qué me hubiera podido servir, ya que no me habría oído nadie. La asistenta dormía en otra pequeña celda colindante con la mía en la gran ala oeste de la casa vacía. Evidentemente ella no creía en fantasmas, ya que podía oír cómo caía dormida enseguida después de meterse en la cama; yo tampoco creo en ellos, mais je les redoute, como decía una dama francesa que, por sus libros, parecía ser una mujer muy resuelta.
La campanilla era un gran consuelo; nunca tuve que utilizarla pero me tranquilizaba poder verla sobre la silla que estaba junto a mi cama, ya que mis noches, en las que todo me parecía tan extraño y se oían crujidos misteriosos y otros ruidos, no tenían nada de plácidas. Yo solía quedarme despierta, con mi ligero sueño sobresaltado por el crujido de alguna madera, escuchando el roncar indiferente de la muchacha que dormía en la habitación contigua. A la mañana siguiente, por supuesto, me consideraba tan valiente como un león y me reía de los sudores fríos de la noche anterior; pero ahora hasta me parecen deliciosas aquellas noches y me veo a mí misma como uno de esos típicos muchachos que oyen voces en el viento y que se ven arrebatados por un exaltante temor. A mí no me importaría volver a estremecerme de nuevo con todos aquellos sonidos con tal de experimentar la hermosa pureza de la casa despoblada de sirvientes y de muebles.
¡Qué preciosas me parecían las habitaciones sin nada más que aquellos recientes papeles pintados tan alegres! A veces pasaba por las que ya estaban terminadas y construía toda clase de castillos en el aire sobre su futuro y su pasado. ¿Reconocerían las monjas que habían vivido allí sus pequeñas celdas encaladas, ahora radiantes con delicados papeles florales y limpia pintura blanca? ¿Y se sorprenderían al ver la celda número 14 convertida en un cuarto de baño con una bañera lo bastante grande para asegurar una limpieza del cuerpo equivalente a la pureza de sus almas? Seguramente lo verían como una celada del gran tentador; y yo misma soy consciente de que comencé a sorprenderme de la suciedad de mis uñas el día que empecé a perder la blancura de mi alma cuando, a los quince años, me volví loca por el organista de la parroquia —o mejor dicho, me enamoré de lo poco que podía vislumbrar de él: el roquete, una nariz romana y un encendido bigote—, de quien estuve perdidamente enamorada por lo menos unos seis meses; al final, paseando un día con mi señorita de compañía, me crucé con él por la calle y descubrí que su vestimenta habitual se componía de un hábito combinado con un cuello alto y un sombrero de hongo, y dejé de amarlo de inmediato.
La primera etapa de aquella época de felicidad fue la más perfecta porque no tenía otra cosa en la cabeza que no fuera la paz y la belleza que me rodeaba. Después apareció de repente aquel que tiene derecho a aparecer cuando y como le plazca y me reprochó que no le hubiera escrito en todo aquel tiempo, y cuando le dije literalmente que había sido demasiado feliz para pensar en escribir, él pareció entenderlo como una reflexión sobre su persona que venía a significar que yo no necesitaba a nadie para ser feliz. Lo llevé por el jardín, por los nuevos senderos que había hecho construir y le mostré la acacia y las maravillosas lilas, y él dijo que era el puro egoísmo el que me permitía disfrutar de todo aquello cuando no estaban él y nuestras hijas, y que las lilas necesitaban una poda exhaustiva. Traté de calmarlo ofreciéndole mi cena de pan y ensalada que tenía dispuesta en los pequeños escalones de la terraza adonde habíamos regresado, pero nada parecía calmar a aquel Hombre Airado, y me dijo que volvería inmediatamente al lado de la abandonada familia. Y eso hizo; y el resto de aquel
