Podríamos decir que cuando me teñí el pelo de azul estaba pensando en otras cosas, y dos copas de vino tinto no mejoraban mi concentración.
Me explicaré.
En primer lugar, deberíais saber algo más de mí: solo tengo un espejo en mi casa, un espejo desportillado y sucio. Suelo limpiar a conciencia, incluso compulsivamente —el fregadero está como los chorros del oro y los grifos de bronce brillan—, pero casi nunca me acuerdo de limpiar el espejo. No creo que haga falta consultar a Freud ni a ninguno de sus numerosos secuaces para saber que ahí hay un problema por resolver.
Empiezo este relato en un entorno mal iluminado. Una de las dos bombillas del cuarto de baño se ha fundido. Estoy en pleno ritual nocturno de cepillarme los dientes, delante del susodicho espejo, cuando me llama la atención un halo que rodea mi cabeza. Mientras la mano derecha sigue moviendo el cepillo de dientes arriba y abajo y de un lado a otro, la mano izquierda coge las gafas de lectura que están en la mesita junto al inodoro. Una vez colocadas las gafas sobre mi nariz algo prominente, me doy cuenta de que no soy una santa ni tengo un aspecto angelical, y que más bien parezco la reina madre, o mejor dicho, una imagen de la reina madre difuminada por la goma de borrar de una colegiala. Esta anomalía azul no es un halo, sino mi pelo mojado. En mi cabeza se ha desatado una batalla de pigmentos, una riña de gatos de contendientes desiguales.
Me toco un mechón todavía húmedo para verificar la permanencia del tinte azul y acabo dejando en él una mancha pegajosa de pasta de dientes. Si habéis deducido que la multitarea no es mi fuerte, estáis en lo cierto.
Me inclino sobre la bañera y cojo el tubo de champú Bel Argent que compré ayer. Leo la letra pequeña de la etiqueta; tengo que entrecerrar los ojos incluso con las gafas de leer puestas. Sí, me he lavado el pelo con una dosis diez veces mayor que la recomendada. Me gusta enjabonarme bien, hasta obtener mucha espuma. Resulta que leer prospectos tampoco es mi fuerte.
Tiene gracia. Los azulejos de mi cuarto de baño son blancos y rectangulares, con dos tulipanes azul claro entrelazados, casi del mismo tono que mi nuevo color de pelo. Por suerte, no es el azul de la bandera israelí. ¿Os imagináis? Eso sí sería una pelea de contendientes desiguales.
Por lo general, no soy una mujer vanidosa y no me entretengo con fruslerías. Sin embargo, oí a las tres brujas hablar de la absoluta blancura de mi pelo. Joumana, mi vecina de arriba, comentó que si usara un champú como Bel Argent el blanco sería menos mate. Pues eso…
Tengo entendido —y podría equivocarme, como siempre— que todos tendemos a perder conos de onda corta a medida que envejecemos, y que por eso nos cuesta más distinguir el azul. De ahí que muchas personas de cierta edad lleven el pelo de color azulado. Sin el tinte, lo ven de un tono amarillo claro, o quizá salmón. Una vez oí por la radio a un peluquero que contaba lo que le había costado convencer a una anciana de que llevaba el pelo demasiado azul. Aun así, su clienta se negó a cambiar de color. Para ella lo más importante era verse el pelo natural, y le daba igual cómo lo viera el resto de la gente.
Seguramente yo me llevaría mejor con esa señora que con el peluquero.
También yo soy una anciana, pero todavía tengo que perder muchos conos de onda corta. Ahora mismo puedo distinguir el color azul casi con demasiada claridad.
Permitidme, queridos amigos, que me justifique por estar distraída, aunque sea con una excusa de mal pagador. A finales de año, antes de empezar un nuevo proyecto, leo la traducción que he terminado. Hago las últimas correcciones (pocas), pongo las páginas en orden y las coloco en la caja. Eso forma parte del ritual, que incluye beberme dos copas de vino tinto. También debo admitir que la última lectura permite que me dé unas palmaditas en la espalda y me felicite por haber completado el proyecto. Este año he traducido la excelente novela Austerlitz, mi segunda traducción de W. G. Sebald. Hoy he estado leyéndola, y por algún extraño motivo, seguramente por la profunda desesperanza del protagonista, no podía dejar de pensar en Hannah; de verdad, no podía, como si la novela, o mi traducción al árabe, me transportara al mundo de Hannah.
Recordar a Hannah, mi única amiga íntima, nunca resulta fácil. Todavía la veo frente a mí en la mesa de la cocina, con el plato limpio, la mejilla derecha apoyada en la palma de la mano, la cabeza ligeramente ladeada, escuchando, haciéndome ese valioso regalo, su atención inequívoca. Mi voz estaba huérfana hasta que apareció ella.
Ella ha sido la única persona a la que he querido en mis setenta y dos años de vida, la única a la que se lo contaba todo, demasiado: fanfarronadas, odios, alegrías, decepciones crueles, todo mezclado. Ya no pienso en ella tan a menudo como antes, pero de vez en cuando aparece en mi pensamiento como por arte de magia. Las huellas de Hannah en mí se han vuelto indelebles.
Recuerdos que se filtran, vino tinto, champú de vieja: lo mezclas todo bien y te encuentras con el pelo de color azul.
Mañana por la mañana volveré a lavarme el pelo, esta vez con champú para bebés. Espero que el azul pierda intensidad. Me imagino qué dirán las vecinas ahora.
Durante la mayor parte de mi vida adulta, desde que tenía veintidós años, siempre he empezado una traducción el 1 de enero. Soy consciente de que ese es un día festivo que casi todos celebran, y que la mayoría no se plantea trabajar el día de Año Nuevo. En una ocasión, mientras hojeaba un infolio de las sonatas de Beethoven, me fijé en que solo la penúltima, la excelente Sonata para piano en la bemol mayor op. 110, llevaba la fecha en la esquina superior derecha, como si el compositor hubiera querido dejar claro que había estado trabajando aquel día de Navidad de 1821. Yo también trabajo los días de fiesta.
En estos últimos cincuenta años he traducido casi cuarenta libros, treinta y siete para ser más exactos. Algunos me llevaron más de un año, otros se negaron a ser traducidos y un par de ellos me aburrieron hasta la sumisión. Bueno, no los libros en sí, sino mi traducción. Los libros en sí mismos casi nunca son aburridos, excepto las memorias de los presidentes de Estados Unidos (no, no, Nixon); o mejor dicho, las memorias de los estadounidenses en general. Es el síndrome «Vivo en el país más rico del mundo, pero compadeceos de mí porque de joven tenía los pies planos y una vagina maloliente, pero al final he triunfado». ¡Puaj!
Libros en cajas, cajas de papel, de hojas traducidas sueltas. Eso es mi vida.
Hace ya mucho que me abandoné a una lujuria ciega por la palabra escrita. La literatura es mi caja de arena. En ella juego, construyo mis fuertes y castillos, me lo paso en grande. Lo que me da problemas es el mundo que hay fuera de ese parque. Me he adaptado dócilmente, aunque no de manera convencional, a ese mundo visible para poder retirarme sin muchos inconvenientes a mi mundo de libros. Para continuar con la metáfora, si la literatura es mi cajón de arena, el mundo real es mi reloj de arena, un reloj que se vacía grano a grano. La literatura me da vida, y la vida me mata.
Bueno, la vida nos mata a todos.
Pero ese es un pensamiento deprimente, y yo esta noche me siento viva, viva con mi pelo azul y mi vino tinto. Se acerca el final del año, el comienzo de un año nuevo. El año ha muerto, ¡viva el año! Iniciaré mi siguiente proyecto. Este es el momento que más me emociona. No presto atención a los adornos navideños que cobran vida en muchos barrios de mi ciudad, ni a las luces que reciben el año nuevo en otras zonas. Este año, la ashura cae casi en el mismo día, pero no me importa.
Dejemos que la gente se flagele en un frenesí de conmemoración. Gemidos, latigazos, sangre: la traición de Hussein no me conmueve.
Dejemos que las masas se cubran de oro, incienso y Chanel para conmemorar el nacimiento de su salvador. Las trivialidades no me importan lo más mínimo.
Los comienzos están preñados de posibilidades. Pese a lo que disfruto cuando termino una traducción, este es el momento que me da más placer. El ritual de la preparación: colocar las dos versiones del libro elegido una al lado de la otra, las hojas de papel, la libreta que llenaré de notas, los lápices de grafito 2B con el sacapuntas y la goma de borrar Pearl, las plumas. Limpiar la sala de lectura, quitar el polvo de la mesita auxiliar, pasar el aspirador por las cortinas y por el viejo sillón de cuyos brazos cuelga una felpilla azul marino con flecos anudados. El día del génesis, el 1 de enero, empiezo la mañana con un baño ceremonial, un ritual de lavado y fregado; después enciendo dos velas por Walter Benjamin.
Sea la luz, digo.
Sí, queridos amigos, soy un pelín obsesiva. No soy una mujer religiosa, y esta es mi fe.
Este año, sin embargo, por primera vez desde hace mucho tiempo, no sé en qué libro quiero trabajar. Este año, por primera vez, quizá tenga que empezar una traducción con el pelo azul. ¡Ay!
Me he decidido por la novela inacabada de Roberto Bolaño 2666, pero tengo mis dudas. Tiene más de novecientas páginas (tanto en la versión inglesa como en la francesa), de modo que no es un camino de corto recorrido. Me llevará dos años como mínimo. ¿Debo emprender proyectos a tan largo plazo? ¿Debería adaptarme a mi edad? No me refiero a que tema morirme. Gozo de buena salud y las mujeres de mi familia son longevas. Mi madre todavía está aquí, medio loca. Digámoslo así: no dudo en comprar plátanos verdes, pero ahora voy más lenta. 2666 es un proyecto largo. Los detectives salvajes requirió diecinueve meses, y creo que mi ritmo de trabajo no es el mismo que el de entonces. Por eso tengo ciertas reservas.
Sí, gozo de buena salud; necesito recordármelo continuamente. Durante el chequeo semestral que me hice esta misma semana, mi médico insistió en que tengo una salud de hierro. Tiene razón, claro, y lo agradezco, pero debería haberme comparado con el hierro oxidado. Me siento oxidada. ¿Qué fue lo que dijo Yourcenar, por boca de Adriano, sobre los médicos? Ningún hombre ejerce la medicina durante más de treinta años sin decir alguna mentira. Mi médico lleva ejerciéndola más de treinta años. Hemos envejecido juntos. Me dijo que tengo el corazón sano, hablando con la cara escondida detrás de la hoja de papel continuo con los resultados de mis análisis. Hasta yo, una ludista, llevaba años sin ver hojas de papel continuo tan arcaicas. Su teléfono móvil, una Blackberry que estaba encima de la mesa, junto a su codo izquierdo, era sin duda un modelo reciente, lo que tal vez significara algo. Todavía no tengo móvil, pero la verdad es que no necesito teléfono, y mucho menos uno tan sofisticado; a mí nadie me llama.
Nada de lástima ni falsa compasión, por favor. No estoy insinuando que sienta lástima de mí misma porque nadie me llame o, peor aún, que vosotros debierais sentir lástima. Nadie me llama y punto. Es un hecho.
Estoy sola.
Lo he elegido yo, pero tengo que añadir que no tenía muchas más opciones. En aquellos tiempos, la sociedad de Beirut no tenía cariño a las mujeres divorciadas sin hijos. Aun así, me las arreglé, y lo hice de un modo sencillo, cómodo y conforme a mi talante.
Cuando empecé mi primera traducción tenía catorce años: veinte aburridas páginas de un libro de texto de ciencias. Fue el año en que me enamoré de la lengua árabe (no del dialecto oral, claro, sino de la lengua clásica). La había estudiado desde niña, por supuesto, como el inglés y el francés. Pero solo en la clase de árabe nos recordaban continuamente que nunca llegaríamos a dominar el más difícil de los idiomas; que, por mucho que lo estudiáramos y lo practicáramos, no podíamos aspirar a escribir tan bien como Mutanabbi ni alcanzar la excelencia del Corán, la cúspide del idioma. Los maestros adoctrinaban a los alumnos, tal como habían hecho con ellos cuando eran jóvenes. Nadie puede sobreponerse a ser un fracaso como árabe, nuestro pecado original.
Leí el Corán y memoricé largos fragmentos de él, pero su estudio no me descubrió la magia del lenguaje. El aprendizaje obligatorio y la magia son enemigos por naturaleza.
Tenía siete años cuando me dieron la primera clase de lectura coránica. La maestra, una mujer tartamuda, gorda y con gafas, dejaba de tartamudear cuando recitaba el Corán; según las otras maestras, era un verdadero milagro. Se lo sabía entero de memoria y cuando lo recitaba le brillaban los ojos; la cabeza, tapada con un pañuelo, oscilaba sobre el cuello tembloroso y el puntero dibujaba filigranas en el aire. Las que estábamos en la primera fila nos tapábamos los ojos cada vez que el puntero se acercaba demasiado; cuando voy sentada en el asiento delantero de un coche bajo la lluvia, todavía temo que los limpiaparabrisas se me metan en el ojo. El puntero de la maestra nos parecía peligroso, pero no era eso lo que usaba para pegarnos. Si nos equivocábamos al recitar, si a alguna niña se le olvidaba una palabra o le costaba recordar un verso, la maestra daba rienda suelta a una furia espantosa. Las mejillas se le contraían y se le ponían coloradas, y fruncía los labios; ordenaba a la niña que se acercara y extendiera una mano, e imponía su castigo utilizando el más inocuo de los utensilios: el borrador de la pizarra. Dolía tanto como la herramienta del inquisidor más cruel.
Como si memorizar el Corán a la fuerza, memorizar cualquier texto a la fuerza, no fuera castigo suficiente.
«Escuchad las palabras —nos exhortaba—, escuchad su prodigio. Oíd el ritmo, oíd la poesía.»
¿Cómo iba yo a oír nada si estaba sufriendo un dolor insoportable o temiendo sufrirlo?
«El milagro del Corán es su lenguaje», nos decía.
Veamos: para elevar al profeta Moisés por encima de todos los hombres, Dios le concedió un don que deslumbraría a sus contemporáneos. En aquellos tiempos abundaban los magos en Egipto, así que todos los milagros de Moisés implicaban trucos de magia muy imaginativa: convertir palos en serpientes, ríos de agua en ríos de sangre, separar las aguas del mar Rojo. En la época del profeta Jesús, dominaba la medicina. Jesús curaba a los leprosos y resucitaba a los muertos. En la época de nuestro profeta se admiraba la poesía, y Dios dotó a Mahoma, un analfabeto, del milagro de una lengua sin par.
«Esta es nuestra herencia, nuestro patrimonio. Esta es nuestra magia.»
Entonces yo no prestaba mucha atención. El miedo que me inspiraba la maestra debilitaba mi fe. No me importaba que el Corán tuviera montones de palabras para designar diferentes masas de agua, ni que utilizara ritmos y rimas que no se habían oído nunca. Comparados con la lengua y el estilo del Corán, los demás textos sagrados parecen cosa de niños. Dicen que, tras echar una ojeada a la Biblia, la Mariscala de Luxembourg exclamó: «¡Qué tono tan horroroso! ¡Ah, qué lástima que el Espíritu Santo tuviera tan poco gusto!».
No, yo podría reírme del Corán por la infantil imperiosidad de su contenido, pero no por su estilo.
Al final fue la poesía lo que me abrió los ojos; fue la poesía, y no el Corán, lo que se marcó a fuego en el fondo de mi cerebro: la poesía, el lapidario. No estoy segura de que el descubrimiento del amor sea necesariamente más exquisito que el descubrimiento de la poesía, ni más sensual.
Recuerdo al poeta que prendió la llama: Antara, el poeta guerrero, negro como el azabache. Recuerdo cómo me impresionó ver resucitar una lengua condenada.
Te recordé mientras unas lanzas apagaban su sed
en mí y unas espadas blancas soltaban gotas de mi sangre
y deseé besar esas hojas que llevaban a mi mente
el destello de tu boca al sonreír.
Pero tal vez fuera Imru’ al-Qays. Antara y él son mis preferidos de los siete incluidos en las legendarias «Odas suspendidas».
Amigos míos, compañeros de duelo, ¿no veis esos relámpagos? Mirad cómo brillan, el destello de dos manos que se agitan, mientras van cerrándose las nubes en el cielo.
Relucen como las lámparas de un monje cargadas de aceite.
Me senté con mis compañeros de armas y contemplé los relámpagos mientras se acercaba la tormenta.
La lengua. La oímos continuamente; los presentadores de televisión hablan árabe clásico, al igual que algunos políticos y, por descontado, los profesores de árabe, pero lo que farfullan suena extraño y forzado si lo comparamos con nuestra lengua libanesa tan viva, nuestro dialecto casero y local. Los locutores de radio y televisión me suenan raros. Sin embargo, esos poemas primitivos son pura alquimia, algo milagroso. Me abrieron los oídos y la mente como flores al recibir agua.
No obstante, mi primera traducción no fue un poema, sino veinte páginas aburridas. En la escuela donde estudiaba, las ciencias se enseñaban en francés. En las escuelas de Beirut, el árabe casi nunca se utilizaba para enseñar física, química ni matemáticas; el programa de estudios de esas escuelas siempre se ha llevado a cabo conforme a las normas sociales. Por lo visto, el árabe no se considera una lengua para la lógica. Recuerdo un chiste que circulaba cuando yo era niña, y que seguramente todavía se oye por ahí: en Arabia Saudí, la definición de líneas paralelas es «Dos líneas rectas que nunca se cruzan a menos que así lo desee Dios todopoderoso».
Aquellas veinte páginas las traduje por curiosidad: quería ver qué pasaba. Mi primera traducción sonaba extraña y forzada.
Las siguientes traducciones mejoraron, o eso espero. Cuando digo que mejoraron quiero decir que ya no me encuentro tan incómoda como al principio al poner mi firma al pie de lo que traduzco.
Mi padre escogió mi nombre: Aaliya, la alta, la de arriba. Adoraba ese nombre y, según me decían constantemente, me quería aún más a mí. Yo no me acuerdo. Mi padre murió cuando yo era una cría, semanas antes de que cumpliera dos años. Debía de estar enfermo, porque murió antes de dejar embarazada otra vez a mi madre como se suponía que haría, como se esperaba que hiciera, sobre todo porque yo era la primera hija, y niña. A finales de los años treinta, mi país todavía estaba intentando salir del siglo XIV; en ciertos aspectos no estoy segura de que lo haya conseguido. Mi padre tenía apenas diecinueve años cuando se casó y veintiuno cuando murió; mi madre enviudó a los dieciocho. Se suponía que iban a pasar una eternidad juntos, pero no pudo ser.
¿Y qué hacer con una viuda tan joven? Las dos familias se reunieron. La de mi madre, que había creído que ya tenía una boca menos que alimentar, ahora tenía dos más. Dicen que mi abuelo materno insinuó que les habían endilgado un modelo defectuoso. Las familias decidieron que la joven viuda se casaría con el hermano de su marido y volvería a intentarlo, pero no recibiría una segunda dote, el regalo de boda. Tres meses después del fallecimiento de mi padre —un período canónico de tres meses—, mi madre se arrodilló servilmente ante un jeque y vio cómo su padre y su segundo marido firmaban los contratos.
Con el tiempo llegaron cinco hermanastros; con ninguno de ellos tuve una relación especialmente estrecha. Seis hijos, una habitación, tres colchones estrechos y con bultos en el suelo, batallas de artes marciales horizontales por la noche, cuerpos bostezantes cubiertos de enormes cardenales por la mañana.
Mi tío padre era una buena persona, aunque no excesivamente cariñoso ni afable. No hacía mucho caso a sus hijos, y a mí todavía menos. No me acuerdo mucho de él. No conservo ninguna fotografía suya y su cara siempre aparece borrosa en mi memoria. En todas las evocaciones de mi infancia, el rostro de mi padrastro es lo menos detallado, lo más desenfocado; al tratar de recordarlo, los ojos de mi memoria se cubren de cataratas.
Su único rasgo destacable eran sus constantes ventosidades, que él no se tomaba ninguna molestia en controlar. Las comidas y las cenas, con la familia sentada en el suelo a su alrededor, eran insoportables. A los chicos les encantaba, pero, una vez que mi padrastro había ventoseado, yo ya no podía seguir comiendo. Será por eso por lo que siempre he sido tan delgada. Incluso hoy, ciertos olores corporales hacen que se me revuelva el estómago.
En el lecho de muerte, una noche borracha de cigarras, con la familia reunida en su habitación, mi padrastro llamó a cada uno de sus hijos para decirles unas últimas palabras, pero se le olvidó llamarnos a su hija pequeña y a mí. Ella estaba destrozada y todos intentaron consolarla. La rodearon, la arrullaron, la colmaron de palabras piadosas, le prestaron sus pañuelos. Yo no estaba disgustada y nadie me consoló. Nadie me acercó un pañuelo, ni siquiera de papel. Mi padrastro no tenía ninguna sabiduría que transmitirme; ningún miembro de mi familia la tenía.
Soy el apéndice de mi familia, su apéndice superfluo.
Me casaron a los dieciséis años, arrancándome, aún inmadura, de la escuela, el único hogar que había tenido, y me entregaron al primer mal pretendiente que se presentó en nuestra puerta, un hombre de escasa estatura y escaso espíritu. El matrimonio es una institución sumamente desagradable para una adolescente. Nos fuimos a vivir a su apartamento, y no habían pasado ni cuatro años cuando se plantó ante mí, como exigía la ley, y pronunció la más tonificante de las frases: «Estás divorciada». Lo mejor que podía pasarle a nuestro matrimonio era que mi marido decidiera ponerle fin.
Aquel insecto impotente salió por la puerta y este suelo ya no tuvo que volver a soportar sus pasos. Pese a ser muy joven, no derramé ni una sola lágrima. Hice lo que me exigía mi naturaleza. Limpié, restregué, fregué y desinfecté hasta que no quedó ni rastro de él: ni el más mínimo olor, ni un solo pelo, ni una sola huella. Arranqué de la pared los clavos donde colgaba su sucio sombrero y las apestosas pipas que él creía que le daban un aire distinguido. Con aguja e hilo cosí todos los agujeros que había hecho en los tapetes con las brasas de la pipa. Lavé la mosquitera con lejía.
No esperé a que su olor se disipara por sí solo. Lo eliminé.
Antes de abandonar este mundo, el mosquito lánguido con una probóscide inservible volvió a casarse dos veces y siguió sin tener descendencia.
«Mujer, estás divorciada.» Habría podido casarse otra vez sin divorciarse de mí, desde luego, y traer una segunda esposa a nuestro maltrecho nido. Pero tener más de una esposa no era habitual en Beirut, ni siquiera en aquella época. Él habría sido el único en el barrio con dos esposas, pero habría podido hacerlo.
Mi madre pretendía que me mostrara agradecida. No importaba que mi marido me hubiera rechazado como a un residuo, que me hubiera tratado como el producto prescindible de su costilla: tenía que estar agradecida. «Se ha divorciado de ti. Puedes casarte con un buen viudo o quizá con un soltero que haya sido rechazado varias veces por mujeres más decorosas. Considérate afortunada.»
¿Afortunada? Para mi madre, ser una candidata patética era ligeramente mejor que ser una segunda esposa abandonada. Ella no concebía un mundo en el que mi marido no llevara las riendas. En su mundo, los maridos eran omnipotentes, nunca impotentes. El mío me consideraba la causa de su humillación y seguramente siguió culpando a sus otras esposas. No podía arriesgarse a que sus mujeres hablaran entre sí.
Me habría encantado charlar un rato con su segunda esposa, o con la tercera. ¿Seguía poniéndose aquel sombrero enorme y ridículo que subrayaba con crueldad la pequeñez de su cabeza? Habría podido preguntarle: «En todos estos años de matrimonio, ¿le has visto alguna vez el pene? ¿Consiguió alguna vez ese apéndice arrugado ponerse a media asta? ¿Cuándo se rindió, cuándo dejó de exponerse a la humillación en la oscuridad? ¿Al cabo de un año, seis meses, un par de meses? Estoy segura de que solo duró un mes. Conmigo mantuvo la farsa durante siete meses».
En Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant escribió: «El matrimonio es la unión para toda la vida de dos personas de diferente sexo con objeto de la posesión mutua de sus órganos sexuales».
Es evidente que Kant no conocía a mi marido.
Claro. Como Descartes, Newton, Locke, Pascal, Spinoza, Kierkegaard, Leibniz, Schopenhauer, Nietzsche y Wittgenstein, Kant nunca tuvo un vínculo afectivo ni formó una familia.
Cuando era joven, estaba tan frustrada por no haber visto nunca a un hombre desnudo que esperaba a que mi marido empezara a roncar para levantar las sábanas, encender una cerilla bajo el toldo envolvente de la mosquitera y examinar su cuerpo tras desabotonarle la camisa de dormir. Ay, qué decepción supuso descubrir un gusano en lugar del monstruo. ¿Y de eso se suponía que debía tener miedo? ¿Aquello era la fragua de la fertilidad? Sin embargo, no podía frenar mi curiosidad. Ecce homo. Miraba cada vez que se presentaba la ocasión, alumbrándome con una cerilla en lugar de una vela, porque si la apagaba a toda prisa el humo no me delataría. Los ronquidos regulares, la respiración acompasada, el mundo perdido del sueño. Nunca me descubrió.
Mi marido murió hace quince años, cuando tenía sesenta y uno; iba solo en un autobús, con la cabeza apoyada en el sucio cristal de la ventana, el cuello doblado en un ángulo extraño. El autobús hizo dos recorridos completos, los pasajeros subieron y bajaron, y al final el conductor se dio cuenta de que el hombre que lo acompañaba estaba muerto. A veces la muerte llega discretamente.
Asistí a su funeral, su internamiento definitivo, dispuesta a enterrarlo. En su funeral no hubo llantos ni lamentos. Él yacía muerto en un ataúd descubierto. Alguien lo había peinado chafándole mucho el pelo, y parecía que acabara de quitarse aquel estúpido sombrero. Sentadas alrededor de mí, las dolientes no podían evitar reír por lo bajo y cuchichear. Resulta que el hombre había muerto con una erección que se resistía a ceder, priapismo en el momento de la agonía…, una ironía digna de Svevo.
Eros triunfaba en la muerte, mientras que en la vida había triunfado Tánatos. Mi marido era un disléxico freudiano.
La muerte es la única posición estratégica desde donde se puede medir una vida. Desde mi posición estratégica, mientras unos hombres a los que no conocía se llevaban el ataúd de mi ex marido, medí su vida y la encontré poca cosa.
Ya sé que no he mencionado su nombre. No ha sido deliberado, pero me basta con llamarlo simplemente «mi marido»; esa palabra lo define de sobra.
Hay muchas razones para no ponerle nombre a un personaje o a alguien sobre quien escribes. Quizá quieras que el libro se centre por completo en el narrador principal o te interese que el personaje mantenga un aire efímero, menos sólido.
Me temo que no son esas mis razones. Sencillamente, creo que su nombre es irrelevante. Se llamaba Sobhi Saleh, un sonido plomizo, rígido. Por desgracia, todavía llevo su apellido como una cruz; podríamos decir que estoy clavada a esa cruz. Podéis olvidar su nombre de pila, echarlo por la borda y dejar que se lo trague el mar, enterrarlo bajo el cieno del Mediterráneo.
Sobhi. ¡Puaj!
A pesar de todo, cuando me casé la vida todavía ofrecía posibilidades. Beirut —y este edificio— tenía otro aspecto a principios de los cincuenta. Un franchipán que desapareció hace ya mucho susurraba, juguetón, ante el edificio y derramaba flores y fragancia cada vez que yo entraba por la puerta. En la acera de enfrente había una robinia que también ha desaparecido, arrancada de raíz. Al anochecer, aún se oía la cháchara de los estorninos del barrio. De entre las muchas definiciones de progreso, la que me parece más acertada es «enemigo de los árboles y asesino de pájaros».
Cuando nos vinimos a vivir a este piso, el dueño del edificio, Hayy Wardeh —rostro pálido, gafas de sol, bigote hirsuto y como mínimo tres honorables verrugas— vino con su familia a darnos la bienvenida con una bandeja de arroz con leche y agua de rosas (el agua de rosas sobraba, me pareció a mí, puesto que en el arroz con leche había más de la necesaria). Recuerdo sus uñas perfectamente afiladas. Recuerdo las primeras palabras que salieron de la boca de su hijita: «Pero si ella es mucho más alta y más flaca que él». Fadia, siempre tan deslenguada, tenía entonces seis años. Recuerdo el bochorno de su padre y a su madre tapándole la boca.
«Bienvenida, familia», dijo Hayy Wardeh.
Había adquirido su título recientemente y estaba orgulloso de él: acababa de volver de La Meca.
Yo llevaba los zapatos negros manchados de tierra rojiza; había cargado con dos maletas y varios fardos, todo cuanto tenía, de un extremo a otro de la ciudad bajo el parasol de un pinar. Todo cuanto tenía, incluido mi ajuar: tres vestidos, un par de zapatos, tres pares de calcetines (ni hablar de las medias), ropa interior, dos pañuelos, una cadena de oro, un brazalete, un broche de cerezas de ganchillo, dos ollas, una bandeja un poco rajada y desportillada, cinco platos, una sopera de cobre y latón con su cucharón, una cubertería completa para tres personas, las escasas pertenencias de mi padre y dos libros de texto que sabía que no volvería a utilizar.
Entonces me sentía rica. El apartamento me parecía grande y espacioso. Ahora recuerdo aquellos tiempos con añoranza.
De Pessoa: «Lo que me trastorna y atormenta es la añoranza de quién podría haber sido».
Aaliya, por definición, un ser roto, desmembrado.
Muchos hayyi musulmanes y cristianos son maestros del disimulo piadoso que codician el título, pero no la peregrinación. No era el caso de Hayy Wardeh: él se había ganado el título. Vivía de acuerdo con los principios javertianos. Al principio se mostró generoso y hospitalario, pero en cuanto mi marido se marchó no quiso saber nada de mí. Era como si yo llevara una letra escarlata. Prohibió a sus hijos hablar conmigo. Fadia, que se pasaba la vida en mi apartamento, empezó a evitarme, y se daba la vuelta cuando me veía llegar. Si tenía que dirigirme la palabra, empleaba un tono altanero y autoritario, como si yo fuera su fregona. Solo tenía diez u once años, pero ya era una autócrata. En la edad adulta únicamente conservó una chispa de aquel agresivo despotismo infantil. Bueno, quizá algo más que una chispa.
Si bien Hayy Wardeh se negó a reconocer mi existencia como persona, se puso de mi parte en lo referente al apartamento. La familia de mi marido lo reclamaba alegando que yo no tenía ningún derecho a conservarlo. Mi familia también lo reclamaba arguyendo que cualquiera de mis hermanos se lo merecía más que yo. Hayy Wardeh no quiso escuchar a nadie. El apartamento pertenecía a mi marido y, a menos que lo reclamara él, o los hijos que tuviera en el futuro, no pensaba entregárselo a nadie. Mi marido no podía arriesgarse a eso, por supuesto. Mientras yo pagara el alquiler, Hayy Wardeh me consideraría su inquilina.
Mi hogar, mi apartamento; en él vivo y me muevo y soy yo. La familia de mi marido se olvidó del apartamento, pero la mía no. Mi madre trataba continuamente de convencerme de que me marchara. Mis hermanastros tenían familias numerosas y vivían en apartamentos pequeños, lo necesitaban más que yo. Tenían una vida más difícil, se lo merecían. Era mi deber para con mi familia. Yo era egoísta, insensible y arrogante. ¿Acaso no sabía lo que decía la gente sobre mi pretensión de vivir sola? Mi madre era como las Naciones Unidas en sus principios: vete de tu casa, tus hermanos han sufrido, tienes otros sitios adonde ir, ellos no, vete.
Mis hermanastros me maldijeron más de una vez. Más de una vez, cada uno de ellos aporreó mi puerta en un intento de aterrorizarme. Y yo estaba aterrorizada, sobre todo al principio, cuando me sentía más vulnerable y el miedo a perder mi hogar me mordisqueaba y me consumía. Estaba en el apartamento, comiendo o leyendo, y de pronto empezaba a oír golpes e insultos al otro lado de la puerta. Me daban palpitaciones, me temblaba todo el cuerpo. A veces, los primeros años que pasé sola, sentía que mi alma se marchitaba, como una castaña que se seca dentro de su cáscara.
Todo eso —los golpes, el acoso, las exigencias de mis hermanos— terminó muchos años más tarde, en 1982, durante el sitio israelí de Beirut. Muchos habitantes de la ciudad habían huido y los ocupas se instalaron rápidamente en las casas vacías. Los que nos quedamos, los que no teníamos ningún sitio adonde ir, estábamos emocionalmente cansados, alimentados pero no nutridos por el miedo y la adrenalina. Un día, al amanecer, tres hombres entraron en mi apartamento creyendo que no había nadie dentro. Salté de la cama, en camisón. Hacía semanas que no había agua corriente; llevaba una eternidad sin lavarme el pelo y sin lavar mi camisón. Cogí el AK-47 que tenía a mi derecha, donde años atrás dormía mi marido. Esa arma fue mi compañera de cama durante toda la guerra civil. Descalza, salí precipitadamente de la habitación blandiendo el fusil de asalto. Aquellos hombres con uniforme de faena, al ver a una loca que los atacaba, salieron corriendo por la puerta, y me gustaría añadir que no lo hicieron en silencio. Los perseguí, pero solo hasta el rellano, porque ellos ya habían llegado a la planta baja, corriendo de una manera que ponía en evidencia que no eran atletas: doce extremidades independientes sacudiéndose y agitándose al azar, una estampida de vacas de dibujos animados.
Un disparo lanzado desde el cuarto piso me dio un susto que me sacó de mi histeria. Fadia había apuntado a uno de aquellos sacos de patatas, que ya habían llegado al final de la calle. Ella solo pretendía asustarlos, igual que yo, pero ella disparó su fusil.
—Ni se os ocurra volver por aquí —les gritó—. Esta es el arma más pequeña que tengo. —Y luego les dijo a sus hijos—: Volved dentro, niños. Aquí no hay nada que ver.
Ella también llevaba un tiempo sin lavarse la melena de Medusa y sin lavar su raído camisón. Seguramente daba tanto miedo como yo, pero llevaba una manicura perfecta, como siempre. Desde dos pisos más abajo, distinguí la delicada forma del dedo índice, con la uña escarlata, que apretaba el gatillo. Desde el interior del apartamento, su marido le gritaba que estaba loca. Fadia alzó la vista hacia un cielo azul impecable y movió sus párpados rojos. Le dije que no volviera a disparar o los israelíes bombardearían nuestro edificio. Tardó un momento en reconocerme.
—Qué fusil tan grande tienes —me dijo.
Cuando corrió la historia de las dos locas, las ménades y sus tirsos semiautomáticos, mis hermanastros dejaron de exigir el apartamento.
Aaliya, la de arriba, la loca.
Enciendo la luz de la sala de lectura. Solo son las siete y media, pero la oscuridad de fuera es opresiva. Se acerca el invierno.
Desde que me jubilé, la hora de cenar cambia con la estación. Cuando trabajaba en la librería, solía cenar al volver a casa, siempre a la misma hora. Desde entonces, no sé muy bien por qué, me entra hambre en cuanto se pone el sol y empieza a anochecer. Mi estómago tiene su propio ritmo circadiano, que depende del sol.
Estoy cansada, pero es demasiado temprano para acostarme. Decido no prepararme una taza de té. No soporto las demás infusiones ni el sabor anodino de los descafeinados, pero la teína por la noche me desbarata el organismo…, eso en el supuesto de que mi organismo esté equilibrado.
De todos los placeres deliciosos que mi cuerpo ha empezado a negarme, el sueño es el más valioso, el don sagrado que más añoro. Del sueño profundo solo conservo el hollín. Duermo a trompicones, si es que duermo. Cuando hacía planes para mis últimos años, no contaba con pasarme las noches en mi dormitorio a oscuras, con los párpados entreabiertos, recostada en almohadas que no se pueden mullir, asistiendo al desfile de mis recuerdos.
El sueño, señor de todos los dioses y todos los hombres. Ay, ser el flujo y el reflujo de ese mar inmenso. Cuando era más joven, dormía en cualquier sitio. Me tumbaba en un sofá, me hundía en su masa obligándolo a envolverme y desaparecía en un submundo soñoliento. Me zambullía en un océano exuberante, me sumergía en sus profundidades.
Virgilio llamaba al sueño «el hermano de la muerte», e Isócrates antes que él. Hipnos y Tánatos, los hijos de Nix. Es una forma poco imaginativa de minimizar la muerte.
Nada hay menos propio de un ser pensante que ver la muerte como un sueño, escribió Pessoa. Lo fundamental del sueño es el hecho de que despertamos de él. ¿Acaso es el despertar una resurrección?
Dormía en un sofá, en una cama, en una silla. Se me borraban las arrugas de la cara. Cada débil tictac del reloj me rejuvenecía. ¿Por qué será que a la edad en que más necesitamos los poderes curativos del sueño es cuando menos acceso tenemos a él? Hipnos se esfuma a medida que se acerca Tánatos.
Cuando hacía planes para mis últimos años no pensé que me pasaría las noches de insomnio reviviendo mi pasado. No sospechaba que echaría tanto de menos la librería.
A veces me pregunto cómo habría sido mi vida si aquel día no me hubieran contratado.
Me encantan las obras de Javier Marías. He traducido dos de sus novelas: Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. Tengo que esperar a que salga la traducción francesa del siguiente volumen de Tu rostro mañana antes de plantearme traducir una tercera, aunque, como tiene más de mil trescientas páginas, seguramente no me meteré en faena.
Pero me estoy apartando del tema, como siempre.
En uno de sus ensayos, Marías señala que su obra habla tanto de lo que no pasó como de lo que pasó. Dicho de otro modo, la mayoría creemos que somos quienes somos por las decisiones que hemos tomado, por los sucesos que nos han moldeado, por las elecciones de quienes nos rodean. Casi nunca nos planteamos que también nos han formado las decisiones que no tomamos, los sucesos que habrían podido ocurrir pero no ocurrieron o nuestra falta de alternativas.
Hace más de cincuenta años, un día sombrío en que la esperanza salió por la puerta detrás del enano de mi ex marido, o eso pensé yo entonces, Hannah, mi casi cuñada —el hermano de mi marido había muerto antes de que pudieran casarse—, me llevó de la mano a una librería que era propiedad de un pariente suyo. El pariente, un primo segundo, había abierto la librería, sin demasiado entusiasmo, en una planta baja con un ventanal inadecuado, en un edificio viejo de una calle secundaria por donde no pasaban transeúntes. Había más estúpidos muñecos de peluche que libros y estaba todo cubierto de polvo. La librería tenía tantas posibilidades de sobrevivir como yo.
Y, sin embargo, la chispa que encendió la llama de esperanza en mi alma fue el enorme escritorio de roble con barniz oscuro al que se sentaba el dueño. Para una divorciada de veinte años prácticamente sin blanca, sentarse detrás de semejante mesa parecía algo grandioso, un verdadero lujo, algo a lo que aspirar. Yo necesitaba grandeza en mi vida.
Hannah le dijo a su pariente que debería contratarme y él le informó de que quería contratar a alguien con más experiencia y, lo que era más importante, con más clase. Hablaba como si yo no estuviera a
