Un árbol crece en Brooklyn

Betty Smith

Fragmento

I

«Apacible» era la palabra que se habría empleado para describir Brooklyn, Nueva York. Especialmente en el verano de 1912. Como palabra, «sombrío» era mejor, pero no se adecuaba a Williamsburg, uno de sus suburbios. «Apacible» era la única palabra que le convenía, especialmente en el atardecer de un sábado de verano.

Ya entrada la tarde, el sol declinaba sobre el patio en penumbra de la casa de Francie Nolan y sus rayos calentaban la madera roída de la verja. El único árbol que había allí no era un pino, ni un abeto. Sus hojas lanceoladas se extendían por las varitas verdes que irradiaban del tronco como si fueran sombrillas abiertas. Algunos lo llamaban el árbol del cielo, pues allí donde caía su semilla crecía otro que luchaba por llegar arriba. Lo mismo florecía entre cercas que entre escombros; era el único árbol que podía brotar de las grietas del cemento. Se esparcía frondoso, pero únicamente en las barriadas populares.

Los habitantes de Brooklyn solían pasear los domingos por la tarde y, caminando plácidamente, llegaban a un bonito barrio, muy distinguido. Cuando vislumbraban uno de esos arbolitos a través de las rejas de una propiedad, sabían que pronto ese paraje se transformaría en una barriada obrera. El árbol lo sabía. Había llegado el primero. Después llegaban extranjeros pobres que invadían el lugar y las viejas y tranquilas moradas de piedra gris se convertían en pisos, en cuyas ventanas aparecían edredones de pluma puestos a airear; entonces el árbol del cielo florecía. Así era ese árbol: amigo de la gente pobre.

Ése era el tipo de árboles que habían arraigado en el patio de Francie. Sus ramas se asemejaban a sombrillas enredadas y envolvían por completo el tercer piso de la escalera de incendios. Una chiquilla de once años, sentada en esa escalera, podía creer que vivía en un árbol. Y era lo que Francie se imaginaba todos los sábados por la tarde durante el verano.

¡Oh, qué prodigioso era el sábado en Brooklyn! Bueno, maravilloso en cualquier parte, pues todo el mundo cobraba su semanada. El sábado era el verdadero día de fiesta, sin la rigidez del domingo. La gente tenía dinero para salir de compras. Ese día comían bien, se emborrachaban, concertaban citas, hacían el amor; pasaban el rato cantando, bailando, peleando y tocando música. Trasnochaban porque tenían libre el día siguiente y no necesitaban madrugar; podían dormir hasta la hora de la última misa.

Los domingos la mayoría de ellos se aglomeraban en la misa de once. Bien, algunos, los menos, iban a la de las seis. Se les reconocía el mérito, aunque no lo merecían, dado que eran los que más habían trasnochado y regresaban a casa ya de día. De modo que asistían a la primera misa y, absueltos de todo pecado, dormían luego a pierna suelta.

Para Francie el sábado empezaba con una visita al almacén del trapero. Ella y su hermano Neeley, como muchos chicos de Brooklyn, juntaban papeles plateados, gomas, trapos y otros desechos. Los atesoraban en cubos, y los guardaban bajo cerrojo en el sótano, o los escondían en cajas debajo de la cama. Durante toda la semana Francie volvía de la escuela con los ojos fijos en las alcantarillas, buscando paquetes de cigarrillos vacíos o envoltorios de chicle; después los fundía en la tapa de un tarro. El trapero se negaba a recibir el papel plateado si venía enrollado, sin fundir, puesto que dentro de los rollos muchos chicos ponían arandelas de hierro para aumentar su peso. A veces Neeley encontraba un sifón; Francie le ayudaba a romper el cuello y luego a fundir el metal; el trapero no lo compraba sin fundir porque podría tener problemas con el fabricante de soda. La parte superior de un sifón era un verdadero hallazgo; fundida, se vendía por un níquel.

Francie y Neeley bajaban al sótano todas las tardes para vaciar los desperdicios que durante el día se habían acumulado en los cubos. Gozaban de ese privilegio porque su madre era la portera de la escalera. Allí amontonaban hojas de papel, trapos, botellas vacías. El papel no se pagaba bien; por cuatro kilos y medio les daban sólo un centavo. Los trapos los vendían a dos centavos la libra, y el hierro, a cuatro. El cobre valía mucho, diez centavos la libra. De vez en cuando Francie tenía más suerte: ¡encontraba el fondo de un barreño! Tenían que separarlo con un abrelatas, luego doblarlo, machacarlo, doblarlo de nuevo y volverlo a machacar.

Los sábados por la mañana, apenas daban las nueve, iban asomando montones de chiquillos de las calles laterales adyacentes a Manhattan Avenue, la arteria principal, de camino hacia Scholes Street. Algunos de ellos llevaban sus trastos debajo del brazo, otros en cajones de jabón convertidos en carretillas con sólidas ruedas de madera; los menos, los embutían en cochecitos de bebé, repletos hasta los topes.

Francie y Neeley colocaban sus mercancías en un saco de arpillera y cada uno lo cogía por un extremo. Lo llevaban a rastras por Manhattan Avenue, cruzando Maujer, Ten Eyck y Stagg hasta Scholes Street. Nombres hermosos para calles feas. De cada esquina emergían niños desharrapados para engrosar la marea de la calle principal. De camino al almacén de Carney encontraban otros chicos que volvían con las manos vacías; habían vendido sus trastos e iban ya a gastar sus monedas; se burlaban de ellos gritándoles: «¡Traperos! ¡Traperos!».

Las mejillas de Francie ardían con el epíteto; no encontraba consuelo en pensar que los que se burlaban también eran traperos. No importaba que ya de vuelta, con las manos libres, Neeley y su pandilla se burlasen a su vez de los que iban llegando cargados. La vergüenza le invadía igual.

Carney hacía su negocio en un corralón. Al doblar la esquina, Francie vio el portón con sus acogedoras hojas abiertas de par en par, y se le antojó que el fiel de la balanza le daba la bienvenida con su suave vaivén. También veía a Carney, con su roñoso cabello, su roñoso bigote, sus roñosos ojos, imperando ante la balanza. Carney sentía cierta debilidad por las chiquillas; solía darles un centavo extra si no se zafaban cuando les pellizcaba las mejillas.

Contemplando esa posibilidad, Neeley permaneció fuera y dejó que Francie entrara sola al corralón. Carney dio un salto hacia delante, vació el contenido del saco en el suelo y le dio un primer pellizco preliminar en la mejilla. Mientras el trapero apilaba las mercancías en la balanza, Francie parpadeó para acostumbrar sus ojos a la oscuridad; la invadía la humedad del ambiente y el hedor de los trapos. Carney fijó sus ojos escudriñadores en el fiel de la balanza y pronunció sólo dos palabras, su oferta. Francie sabía que no había lugar a regateos. Asintió. Carney arrojó la mercancía a un lado y la hizo esperar mientras apilaba el papel en un rincón, tiraba los trapos a otro y separaba los metales. Entonces hundió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una vieja cartera de cuero atada con una gruesa cuerda, de la cual extrajo centavos enmohecidos, inmundos como todo lo que había allí. Mientras Francie susurraba las gracias, Carney clavó en ella su roñ

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