Qué fue de los Mulvaney

Joyce Carol Oates

Fragmento

cap-2

UNA CASA DE LIBRO DE CUENTOS

Éramos los Mulvaney, ¿nos recuerdan?

Quizá piensen ustedes que nuestra familia era más numerosa; a menudo me he encontrado con personas que creían que los Mulvaney formábamos prácticamente un clan, pero en realidad solo éramos seis: mi padre, Michael John Mulvaney; mi madre, Corinne; mis hermanos Mike hijo y Patrick y mi hermana Marianne; y yo, Judd.

Desde el verano de 1955 hasta la primavera de 1980, fecha en que mis padres se vieron obligados a vender la finca, mi familia vivió en High Point Farm, propiedad situada en la carretera de High Point, once kilómetros al norte y al este de la pequeña ciudad de Mt. Ephraim, en el estado de Nueva York, en el valle de Chautauqua, unos ciento doce kilómetros al sur del lago Ontario.

High Point Farm era una finca muy conocida en el valle —con el tiempo sería catalogada como monumento histórico— y «Mulvaney» era un apellido famoso.

Durante mucho tiempo nos envidiaron, nos compadecieron.

Durante mucho tiempo nos admiraron; luego, pensaron: «Dios mío, se lo merecen».

—Demasiado directo, Judd —diría mi madre, retorciéndose las manos con inquietud.

Pero yo creo en la verdad, aunque duela. Especialmente, si duele.

Como Mulvaney, durante toda mi infancia fui el bebé de la familia. Ser el bebé de una familia como la mía significa saber que eres el furgón de cola de un largo y traqueteante tren. Me querían tanto, cuando me prestaban atención, que yo era como una criatura aturdida y cegada por una intensa y abrasadora luz que en cualquier momento podía apagarse y dejarme sumido en la oscuridad. No lograba saber quién era, si tenía un nombre real o muchos nombres, todos cariñosos y muchos de ellos burlones, como Hoyuelo, Niño bonito o, como alternativa, Desaborido o Explorador, mi preferido. Fui el Bebé o Cara de Bebé durante gran parte de mi época de crecimiento. Judd era un nombre que se asociaba con cierta dosis de seriedad, aunque, en realidad, a los niños Mulvaney raras veces se nos regañaba y más raramente aún se nos castigaba; el nombre Judson Andrew, que es el que me impusieron al bautizarme, poseía tal dignidad y pretensiones que jamás llegué a sentirlo como mío, solo como algo prestado, como una máscara de Halloween.

Se podría tener la impresión —o al menos yo la tenía— de que Judd, que era el Bebé, había estado a punto de no lograrlo. Nacer quiero decir. El tren se había marchado, el furgón de cola llegó apresurado a la vía. No es que Corinne Mulvaney fuera tan mayor cuando yo nací; solo tenía treinta y tres años. Y, hoy en día, tener esa edad no significa de ningún modo ser «viejo». Nací en 1963; ese año, como papá solía decir con un enérgico movimiento de la cabeza y una expresión de tristeza en los ojos, «dividió la historia en dos» para los norteamericanos. Lo que me preocupaba a mí era haber llegado tan tarde, ¡que todos estuvieran allí excepto yo! Una familia Mulvaney completa sin Judd.

Por mucho que lo intentaba, siempre parecía que jamás alcanzaría su nivel de diversiones, secretos, bromas… recuerdos. Al fin y al cabo, ¿qué es una familia sino recuerdos?, fortuitos y preciosos como el contenido de un cajón de sastre en la cocina (llamado en mi casa el cajón de los trastos, con motivo). Poco a poco me fui dando cuenta de que mi desventaja era que, en la época en que por fin nací, mi hermano Mike ya tenía diez años, y para los niños eso equivale a otra generación. «¿Dónde está Bebé?, ¿Quién tiene a Bebé?», sonaba la voz de alarma, y quienquiera que estuviera más cerca de mí me recogía y allá íbamos. Una confusión de perros ladrando, cuya impaciencia por ir adondequiera que fueran los demás era una imitación de la mía, exagerada del modo en que los animales a menudo constituyen exageraciones de los seres humanos, emociones puestas de manifiesto con crudeza. «¿Quién tiene a Bebé? ¡No os olvidéis a Bebé!»

Los perros, gatos, caballos, incluso los coches y camionetas que papá y mamá conducían antes de que yo naciera, esos grandes y llamativos modelos de los años cincuenta. Me quedaba absorto viendo todo eso en los repletos álbumes de fotografías de mamá, decidido a pegarme a sus recuerdos. «¡Claro que lo recuerdo! ¡Claro, si yo estaba allí!» El primer poni de Mike, Campeón, que era un alazán con manchas de color arena. Nuestro setter, Fuego, cuando era un cachorro. La ocasión en que papá metió el tractor en una zanja. La ocasión en que mamá lanzó mazorcas de maíz para ahuyentar a unos perros raros que ella creía que eran un peligro para las gallinas, pero que resultaron ser un oso negro y dos oseznos. La ocasión en que papá invitó a ciento cincuenta personas a la barbacoa del Cuatro de Julio, suponiendo que solo se presentaría la mitad y aparecieron todos… y algunos más. La ocasión en que un amigo de mala fama de papá voló a High Point Farm desde el aeropuerto de Marsena en un Piper Cub amarillo limón y aterrizó —«casi se estrelló», decía mamá con sequedad— en uno de los pastos, y aunque el bebé de las fotografías que conmemoran la ocasión tenía que ser mi hermana Marianne, en julio de 1960, yo me convencía de que «¡Sí, yo estaba allí, lo recuerdo!».

Y cuando en los años posteriores hablaban del incidente, recordando cómo el viento abofeteaba el pequeño avión cuando Wally Parks, el amigo de papá, llevó a este a realizar un corto vuelo, yo estaba seguro de que había estado allí, recordaba mi excitación, la excitación de todos, Mike, Patrick, Marianne y yo, y, por supuesto, mamá, observando al Piper Cub elevarse cada vez más, estremeciéndose en el viento, hacerse cada vez más pequeño con la distancia hasta que no fue más que un puntito en lo alto del valle, dando la impresión de que un soplo de aire podría hacerlo descender. Y mamá rezaba en voz alta: «Dios mío, permite que esos dos lunáticos regresen vivos y nunca volveré a quejarme de nada, lo prometo. Amén».

Ahora juraría incluso que estuve allí.

Porque los Mulvaney éramos una familia para la que todo lo que sucedía tenía un valor y todo lo que tenía valor se guardaba en la memoria. Y todos tenían una historia.

Creo que por eso nos envidiaba mucha gente. Antes de los sucesos de 1976, cuando todo se derrumbó y nunca pudo reconstruirse del mismo modo.

Nosotros, los Mulvaney, habríamos muerto los unos por los otros, pero también guardábamos secretos entre nosotros. Aún los tenemos.

Quien está contando estas cosas es un adulto: yo, Judd Mulvaney, de treinta años. Redactor jefe de Chautauqua Falls Journal, publicación bisemanal con un tiraje de veinticinco mil seiscientos ejemplares. Soy periodista, o, en cualquier caso, trabajo para la prensa desde los dieciséis años, y aunque me gusta mi trabajo y estoy, supongo, bastante obsesionado, no soy ambicioso en el sentido vulgar de la palabra. El director del Journal, un caballero de edad que casualmente es amigo mío, confió en mí para sacar un «periódico bueno, decente, veraz» y eso es lo que he estado haciendo y seguiré haciendo. No me interesa cambiar para tener un empleo mejor pagado en una ciudad más grande. No soy un periodista que quiera impresionar, provocar controversias. Más bien soy de los que aspiran a decir la verdad y espero hacerlo siempre con honestidad.

Me he creado una personalidad estable y moderada, y en conjunto soy maravillosamente civiliza

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