Caliente

Luna Miguel

Fragmento

cap-1

 

Cuando me rompió el corazón, decidí gastar parte de mis ahorros en una tienda de juguetes eróticos. La expresión «romper el corazón» es torpe, pero se ajusta muy bien a ese momento trágico en el que sientes tu pecho herido. Su rotura. Casi como si a una le abrieran con un cuchillo la carne, de la que en vez de sangre brota aire.

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En la presentación de El corazón de la fiesta, el novelista Gonzalo Torné aseguró que si él podía escribir era «porque ya salía de casa querido». Al poco tiempo de escucharle, me detuve en una pintada de la calle Valldonzella, en el Raval, donde se puede ver un corazón de color rosa partido en dos. Al verlo pensé que, en mi caso, si escribo es porque de casa vengo con el corazón roto. Suena intenso, lo sé. No es nada de eso: porque un corazón que se rompe no es un órgano troquelado ni hecho trizas. Un corazón que se rompe, en todo caso, se parece más al tirón de esa piel que el sol quemó. A una presión muy fuerte en el escroto. Al ruido molesto del hambre: con los gestos adecuados, pasa rápido. Quizá un corazón roto ni siquiera tenga que ver con esas cosas. Tal vez la fractura solo sea un estado más de su materia. Emily Dickinson escribió: «Estoy orgullosa de mi corazón roto». Bad Bunny cantó: «No me rompiste el corazón, ya yo lo tenía roto». Y entonces me pregunto si el estado primario del corazón quizá sea esa grieta, esa cuchillada; y si el trabajo verdadero de la vida —y del placer, y de la escritura— consiste en inventar una masilla pegajosa, densa, con la que poco a poco volver a ensamblarlo.

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Haber dejado de sentir mi corazón por unos días provocó la estampida de mi sangre desde el pecho hasta los genitales. De pronto, todo mi flujo bombeaba enérgicamente ahí abajo. El sexo me latía por dentro. Epicentro de un terremoto. No sé cuántas veces pude masturbarme en las horas siguientes a que Antonio me anunciara que se había enamorado de alguien más. Tampoco sé a qué venía ese placer inmenso de sentirme traicionada. Además, ¿por qué iba a ser una traición que él amase a otra persona? Y si no era traición, ¿a qué tanto drama con lo del «corazón roto»?

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En Primavera sombría, novela corta de la surrealista alemana Unica Zürn, la protagonista de apenas diez años no es capaz de definir su placer sin asociarlo a un terrible dolor. Tanto es así que desde muy pequeña a sus genitales los denomina «la herida».

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Tampoco sé cuántas veces me masturbé fantaseando con la idea de que ya no era el centro de los deseos de mi compañero. Fantaseando con que esa intermitencia que supuestamente «me hacía daño» también podía volverme de una vez libre, voluptuosa. ¿Por qué resultaba tan placentero ese dolor? ¿Qué podía tener de erótico sentir que toda la piel de mi cuerpo se desgarraba? ¿Sería la imposibilidad de hacer otra cosa con las manos, aparte de tocarme? ¿Acaso verme desnuda, abierta frente al espejo, me alejaba de la afectada idea de que mi cuerpo era un despojo, un manojo de nervios? Me toqué y lloré ante mi reflejo. Lloré y me toqué dejando que fluyeran las preguntas. Tal vez porque el orgasmo siempre me había calmado. O tal vez porque, a pesar de todo, me alejaba de ser aquello a lo que temía parecerme: un esqueleto celoso. Un cuerpo degradado. Un cadáver. Trozo de carne inútil. Anulada por «rota» o por «rencorosa». Realmente, que él ya no pensara «solo en mí» suponía la apertura de par en par de la puerta de una habitación que hasta entonces me era desconocida. Desocupar un espacio de su deseo me volvía vulnerable, y al mismo tiempo esa vulnerabilidad me despejaba nuevos terrenos. ¿Y qué iba a cultivar ahora en ellos? A pesar de que estaba triste o contrariada, me consolé con la idea de que cuantas más puertas abiertas, más cuartos desconocidos por los que pasear y en cuyo mobiliario recostarme para hacer guarradas conmigo misma. Como si la libertad fuera el dolor. Como si a solas me convirtiera en mi propia amante.

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«No me gusta pensar en la valentía, sino en la vulnerabilidad —reconoce el filósofo Paul B. Preciado en una entrevista concedida a Betevé—. Yo creo que lo que me ha salvado la vida es estar siempre del lado de mi fragilidad.» Para Preciado —que en Testo yonqui ya había narrado en primera persona su cuerpo trans, analizándolo con lupa, pieza a pieza, poniéndoselo a la lectora en una bandeja repleta de lesiones—, la vulnerabilidad es una postura legítima desde la que militar y desde la que generar belleza y pensamiento. Dice Preciado que él escribe filosofía para los débiles, pues a su parecer la vulnerabilidad es sinónimo de disidencia, y la disidencia, de libertad.

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Pero no era libertad ni tampoco vulnerabilidad lo que Unica Zürn erotizó hasta el final de sus días. Aquello sobre lo que versaba su imaginario se parecía más al sufrimiento. La herida —tanto la real, esa que le provocaría a los siete años la violación por parte de su propio hermano, como la metafórica, esa que pobló su escritura y su arte— se convertiría en el único motivo de su creación, especialmente después de conocer a quien sería su esposo, el artista Hans Bellmer. Juntos, Zürn y Bellmer, huyeron de Berlín a París en los años cincuenta, pues en los círculos intelectuales alemanes se les empezó a considerar como a dos degenerados. Él hacía muñecas de trapo —la Poupée es su obra más célebre—, cuerpos hipersexualizados, troceados, horrendos, siendo los genitales y las formas de la carne de ella su mayor inspiración. Hubo un tiempo en el que a Zürn no le importaba llamarse «musa», pues era muy consciente de la importancia que su cuerpo había cobrado en la obra de él. Durante años, Bellmer no solo la sometió y la forzó, aparentemente con su consentimiento, sino que también la animó a escribir y pintar sobre ello. Por eso Zürn —a quienes algunos compañeros surrealistas llegaron a llamar «diablo» por su manera de mirar— aprovechó su desmesurado vínculo con el sexo y sus problemas mentales para convertirlos en literatura. En relación con Zürn, de hecho, hay más material académico sobre su enfermedad mental y sobre sus ingresos recurrentes en los hospitales psiquiátricos de París que sobre su literatura o su obra plástica. Con el paso de los años, su relación con Bellmer se volvió asfixiante y dañina. En más de una ocasión trató de abandonarlo, pero no era capaz, algo los ataba: tal vez el mismo martirio sobre el que antaño habían construido su intimidad. Eso, sumado a los tormentos de los que ella era consciente de que no se curaría nunca —cuentan que cuando uno de sus psiquiatras le preguntó si pensaba que alguna vez sanaría, ella respondió feliz y sonoramente: «No»—, le hizo tomar la decisión de acabar con su vida tirándose por la ventana del apartamento que compartía con Bellmer. Un suicidio, por cierto, con el que ella ya había amenazado desde la última escena de Primavera sombría.

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Unica Zürn vivió y escribió amarrada a las mismas cuerdas con las que su esposo había atado su carne para una sesión fotográfica —el cuerpo desnudo de la escritora es una de las primeras cosas que aparecen en mi pantalla siempre que googleo su nombre—. Incluso una vez muerta y enterrada en el cementerio de Père-Lachaise, Hans Bellmer hizo inscribir en su lápida las palabras «Mi amor te seguirá a la eternidad»

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