Me han disparado muchas veces, pero nunca me muero. Me despierto cada vez que la bala va a impactarme. Me pregunto qué pasará el día que no me despierte. Tal vez muera de verdad. Tal vez no. Las cosas que no pueden saberse por adelantado. Yo, por ejemplo, no sabía que iban a matar a mi padre. Ningún niño cree que algo así pueda pasar. Pero pasa. Todavía me cuesta creer que apenas treinta y cinco gramos de acero y un gramo de pólvora hayan podido acabar con una familia. Doy fe de ello. Acabaron con la mía.
Mi sueño con la bala es recurrente, debe de ser de tanto imaginarla impactando el cuerpo de mi padre. Y, también, porque me han apuntado con un arma varias veces. Una para robarme, otra para volver a robarme, otra más para advertirme que diera media vuelta, la vez que vi a un hombre a punto de asesinar a otro. Pero la que más recuerdo fue la primera vez. Ocurrió a través de la ventanilla de nuestro propio carro. Odié la fragilidad del vidrio, la lentitud del motor, la velocidad de la motocicleta que nos perseguía a lo largo de la autopista. La primera vez que un arma me apuntó fue también la primera vez que odié a mi padre por habernos obligado a hacer ese viaje a Girardota. Ya tendría el resto de la vida para recriminarle que se hubiera tragado las razones que lo motivaban a llevarnos hasta allá para rezarle al Señor Caído.
No era un hombre de silencios, mi padre, todo lo contrario, se sabía todas las palabras del mundo y, cuando no le alcanzaban, se inventaba las suyas propias. Hablar con él era toda una experiencia, le parecía a uno que el mundo se iba inventando a medida que nombraba las cosas. Mencionaba lugares que no aparecían en los mapas y esos lugares se nos plantaban en la mente con la misma firmeza que si hubiéramos pasado allí las vacaciones. Lo que más le gustaba era ponerle apodos a la gente y hacer muecas. Sobre todo, eso. No había quien le ganara.
Nos escondía nuestros objetos más preciados y, a su manera, cobraba por devolvérnoslos: nos hacía caminar con las manos, quedarnos en patasola durante diez minutos, cargar un recipiente con agua sobre la cabeza sin que se derramara ni una gota, repetir trabalenguas imposibles sin equivocarnos y también nos ponía a arrancar maleza. Era obsesivo con el tema de la maleza. Aunque teníamos mayordomo, a él le encantaba llegar de la oficina y ponerse a podar la grama, abonar los árboles, coger las frutas maduras y arrancar las malas hierbas. Yo, a veces, le ayudaba, no es que me preocuparan las malas hierbas, sino que era mi excusa para pasar toda la tarde a su lado.
Era abogado y no perdía ni un solo caso. Cuando los preparaba, la sala de nuestra casa se volvía un lugar intransitable entapetado con hojas, libros y apuntes. De las paredes colgaban cartulinas en las que apuntaba cosas que no entendíamos, pero que mis hermanos y yo espiábamos con fascinación a través de la ventana. Sus litigios en el juzgado eran seguidos de cerca por estudiantes de Derecho, profesores, periodistas y gente en general que quería escuchar cómo defendía a aquellos que le pagaban por hacerlo.
Pero por esos días andaba en silencio, como si se hubiera gastado las palabras. Pasaba las noches de largo sin poder dormir y cuando íbamos rumbo al colegio se quedaba frente al semáforo en verde mirando un punto fijo, perdido quién sabe en cuál de todos esos lugares que siempre inventaba. Los carros de atrás no paraban de pitar y le gritaban cosas para que arrancara y, como él seguía inmóvil entonces yo le tocaba el hombro con sutileza, pues de lo contrario daba unos brincos que asustaban. Fue por esos días cuando le surgió la idea de ir a hacerle una promesa al Señor Caído. Mis hermanos y yo nos reíamos porque no sabíamos quién era ese señor ni de dónde se había caído ni mucho menos por qué nuestro padre insistía en visitarlo para hacerle promesas.
Eran días raros en Medellín. En la televisión mostraban cómo explotaban bombas, mataban gente y no había nada más peligroso que tener que parar en un semáforo y que una moto quedara a tu lado. Cualquier cosa menos eso: si te iba bien te robaban el carro; si te iba mal te mataban por robártelo. No eran más que niños jugando a ser sicarios. Niños de comuna sin nada que perder y algún dinero que ganar por apretar el gatillo. Niños que tenían dos altares en su casa: en uno le rezaban a Pablo Escobar para que les siguiera dando trabajo y en otro a la Virgen de la Milagrosa para que les afinara la puntería. Ambos eran muy efectivos.
Eran días extraños que alteraban, incluso, nuestra propia rutina. Había que buscar rutas diferentes para ir al colegio, variar los horarios y cambiar de carro de tanto en tanto para despistar al enemigo. Había enemigos por todas partes, en todos los semáforos, en todas las motos. Había que poner cintas en equis sobre las ventanas de las casas para que no volaran los vidrios cuando explotaran las bombas. Y abrir la boca, hasta el límite, taparse los oídos y quedarse muy quieto después de oír una explosión. Eso me lo enseñaron en el colegio. Solíamos hacer simulacros para aprender cómo actuar en caso de que temblara la tierra, pero, de repente, las explosiones fueron mucho más frecuentes que los temblores y entonces cambió la prioridad de los simulacros. Cuando alguien salía de casa, el resto de la familia se quedaba ansioso esperando la llamada para confirmar que había llegado bien.
Yo tenía once años y no le temía a los fantasmas ni a los monstruos. Un poco al diablo, porque las monjas del colegio se mantenían hablando de él; un poco a Dios, porque según ellas era capaz de saber qué estabas haciendo todo el tiempo y nadie capaz de vigilarte todo el tiempo puede ser confiable, pero, la verdad, a lo que yo más le temía era a las motos. Bastaba ver una para empezar a temblar y a percibir en el estómago un abismo de esos que no se llena con nada. Mi propio corazón retumbaba tan duro que parecía tener a alguien adentro pugnando por salir.
Hasta que un sábado mi padre nos empacó a mí y a mis cuatro hermanos en la silla de atrás del carro. Mi madre iba delante. Los trillizos habían crecido mucho y quedábamos muy apretados. Protestamos, pero mi padre seguía empeñado en llevar a cabo el viaje. Yo, como siempre, peleé por hacerme con la ventanilla. Yo, como siempre, gané, porque lo único bueno de ser la única mujer con cuatro hermanos hombres, era que el papá se derretía por darme gusto. A veces se quedaba mirándome como si no hubiera en el mundo nada más que mirar y yo me perdía en sus ojos y en su risa y en sus muecas, sin saber que me pasaría el resto de la vida evocándolas para que no se me olvidaran.
Tomamos la Autopista Norte en medio de una gran algarabía: cantábamos, reíamos, peleábamos, nos regañaban y luego volvíamos a cantar, a reír y a pelear otra vez. Jugábamos a inventar palabras con las letras de la placa del carro que teníamos delante. De un momento a otro mi padre pisó el acelerador y comenzó a adelantar a los demás carros; entretanto, nosotros nos sentíamos como los protagonistas de una película de acción.
Luego noté que mi padre miraba el retrovisor sin parar mientras intercambiaba miradas con mi madre; las gotas de sudor le resbalaban frente abajo y el cuello de la camisa se las bebía. Entonces giré la cabeza y vi la moto y sobre la moto dos hombres y sobre los hombres las armas. El de delante tenía una pistola, el de atrás una metralleta. Nos alcanzaban, nos miraban, discutían entre ellos y luego mi padre aceleraba y ellos se quedaban detrás.
Anduvimos así mucho tiempo, o tal vez poco, pero a mí me pareció mucho, tanto que alcancé a pensar si ya Dios no nos vigilaba o quién iba a cuidar a mis tortugas. Pensé que no iba a poder estudiar para el examen de matemáticas. Pensé en que nadie llamaría a decir que habíamos llegado bien, que mi padre no podría hacer su promesa y que mis hermanos y yo nos quedaríamos sin saber quién era el Señor Caído.
Deseé no haber peleado por hacerme con la ventanilla y también que los vidrios fueran blindados y que el carro tuviera alas y que nosotros fuéramos invisibles y que todo fuera una película de esas en las que los buenos siempre ganan. La semana anterior habíamos visto una en la que, con solo mirar a la gente a los ojos, el protagonista lograba que se cumplieran sus deseos. Deseé estar frente al televisor viendo cómo se hacían realidad, en vez de estar formulando los míos propios.
La moto volvió a acelerar y se puso paralela a nosotros. Vi a los sicarios y sus tatuajes. A cada uno le pendía un rosario del cuello. Me pregunté si Dios los miraba también a ellos, si la Virgen de la Milagrosa atendía sus oraciones, en las que pedían buena puntería. Pensé que a Dios debían de llegarle peticiones muy particulares. Seguían discutiendo, pero no alcanzaba a oír lo que decían porque la moto sonaba muy duro.
El de atrás levantó la metralleta. Le apuntaba a mi padre, pero cada vez que mi padre aceleraba, quedaba apuntándome a mí. Yo miraba a mis hermanos, petrificados como estatuas de sal. Miraba a mi madre, su respiración contenida, sus ojos fuera de órbita, queriendo escaparse a esos mismos lugares que mi padre inventaba y que, justo en ese momento, supe que no existían. Miraba a mi padre por el retrovisor y la mueca de su boca no era de esas que nos hacían reír. Un escalofrío me recorrió la espalda de solo verla.
Yo estaba tan cerca del sicario que notaba el sudor en la frente, los dientes de arriba mordiéndose el labio de abajo, el temblor en la mano, el dedo en el gatillo. Tenía un tatuaje en forma de cruz en el antebrazo. Vi ese hueco oscuro y hondo por donde salen las balas, el mismo que siempre veo en mis sueños. Era tan pequeño que me parecía imposible que pudiera tragar vidas y, sin embargo, allí estaba, intentando tragarse las nuestras.
Nos miramos a los ojos. El sicario me miró a mí. Yo lo miré a él. Nos miramos durante un segundo que pareció toda una vida. Mis ojos nunca se habían encallado en un lugar tan oscuro, sin embargo allí estaban: fijos, impotentes, asustados, mientras el dedo índice de un desconocido se debatía entre disparar o no. Cuando mi profesora de ciencias preguntara qué es un centímetro, diría que es la distancia que debe recorrer un dedo para tirar del gatillo.
Nunca supe por qué no disparó. Tal vez le recordé a su hija, si es que la tenía, o a su familia, que era como la nuestra, todos unidos esperando la llamada de su padre diciendo que había llegado bien. No sé si cobró la paga, si lo castigaron por no haber hecho el trabajo, si necesitaba el dinero para algo importante, si tenía otra persona a la cual matar, una que no anduviera con cinco niños en la parte de atrás del carro. A mí me gusta pensar que la vida, a veces, es esa película en la que basta mirar a alguien a los ojos y pedir un deseo para que se cumpla.
La moto desaceleró y se quedó atrás. A lo lejos, se veían los sicarios como dos puntos diminutos que al final fueron tragados por el pavimento. Entretanto, nosotros avanzamos hacia Girardota en medio de un silencio insoportable. Evitábamos mirarnos, teníamos los labios sellados, apretábamos los dientes. Los trillizos no terminaban de entender lo que acababa de pasar pero algo en su interior debió advertirles que no era buena idea preguntarlo. Yo tenía unas ganas insoportables de llorar, pero me obligué a pensar en otra cosa para no hacerlo. Todavía recuerdo lo espesa que tenía mi propia saliva y el dolor en la garganta que me impedía tragarla. Me dolían los pies de pisar tan fuerte el piso del carro y el sudor me corría espalda abajo como una cascada.
Al cabo de unos minutos, en el siguiente retorno, mi padre cambió de opinión y giró de regreso a casa. Sin cantos, sin risas, sin peleas, sin regaños. Nunca hubo tanto silencio como ese día, en ese carro. Nosotros nos quedamos sin conocer al Señor Caído y mi padre sin hacerle su promesa. Tal vez por eso lo mataron unos días después.
