UNO
En el 124 había un maleficio: todo el veneno de un bebé.
Las mujeres de la casa lo sabían, y también los niños. Durante años, todos aguantaron la malquerencia, cada uno a su manera, pero en 1873 Sethe y su hija Denver eran las únicas víctimas. Baby Suggs —la abuela— había muerto; los hijos, Howard y Buglar, se largaron al cumplir los trece años... en cuanto bastó con mirar un espejo para que se hiciera trizas (ésta fue la señal para Buglar), en cuanto aparecieron en el pastel dos huellas de manos diminutas (ésta lo fue para Howard). Ninguno de los dos esperó a ver más: ni otra olla llena de garbanzos humeando en el suelo, ni las migajas de galleta esparcidas en línea recta junto al umbral. Tampoco aguardaron la llegada de otro período de alivio: las semanas, incluso meses, en que no había perturbaciones. No. Cada uno de ellos huyó al instante... en cuanto la casa profirió el único insulto que para ellos no debía soportarse ni presenciarse por segunda vez. En el plazo de dos meses y en pleno invierno dejaron solas a su abuela, Baby Suggs, a Sethe, su madre, y a su hermanita Denver en la casa agrisada de Bluestone Road. Entonces la casa no tenía número, porque Cincinnati no se prolongaba tan lejos. De hecho, sólo hacía setenta años que Ohio se atribuía el nombre de «estado» cuando primero un hermano, y luego el otro, rellenó con trozos de acolchado su sombrero, agarró sus zapatos y escapó a la rastra de la ojeriza activa que le prodigaba la casa.
Baby Suggs ni siquiera levantó la cabeza. Desde su lecho de enferma los oyó irse, pero no era ésa la razón de su inmovilidad. Lo que le extrañó fue que sus nietos hubieran tardado tanto en darse cuenta de que las demás casas no eran como la de Bluestone Road. Suspendida entre lo grosero de la vida y lo mezquino de la muerte, ella no podía interesarse en abandonar la vida o vivirla, y menos aún por el terror de dos chicos que se marchaban sigilosamente. Su pasado había sido como su presente —intolerable—, y dado que sabía que la muerte no significaba olvido, empleaba la poca energía que le quedaba para estudiar los colores.
—Trae algo de lavanda, si tienes. Si no, que sea rosa. Y Sethe la complacía, mostrándole cualquier cosa, desde un trozo de tela hasta su propia lengua.
El invierno en Ohio era especialmente penoso si uno tenía hambre de colores. El cielo proporcionaba el único espectáculo y contar con el horizonte de Cincinnati como principal atractivo de la vida era, cuando menos, temerario. De modo que Sethe y la pequeña Denver hacían lo que podían, y lo que la casa permitía, por ella. Juntas libraron una somera batalla contra el ultrajante comportamiento de esa vivienda, contra las tinajas de lavazas volcadas, las palmadas en la espalda, las rachas de aire viciado. Porque ellas comprendían el origen de la afrenta, como comprendían la fuente de luz.
Baby Suggs murió poco después de que se largaran los hermanos, sin el menor interés por la partida de ellos o la propia; inmediatamente, Sethe y Denver decidieron poner fin a la persecución invocando al fantasma que las fustigaba. Tal vez una conversación, pensaron, un intercambio de puntos de vista, algo, ayudaría. Se cogieron de la mano y dijeron:
—Ven. Ven. Harías bien en presentarte.
El aparador dio un paso al frente, pero fue lo único que se movió.
—Grandma Baby debe de estar impidiéndolo —dijo Denver, que tenía diez años y estaba enfadada con Baby Suggs porque se había muerto.
Sethe abrió los ojos.
—Lo dudo —dijo.
—¿Entonces por qué no viene?
—Olvidas que es muy pequeña —dijo su madre—.
Ni siquiera tenía dos años cuando murió. Demasiado
pequeña para entender. Demasiado pequeña hasta para
hablar.
—A lo mejor no quiere entender —dijo Denver. —A lo mejor. Pero si viniera, yo se lo haría comprender claramente. —Sethe soltó la mano de su hija y entre las dos volvieron a apoyar el aparador contra la pared. Afuera, un cochero azotó a su caballo para que se pusiera al galope que los lugareños consideraban necesario cuando pasaban frente al 124.
—Para ser un bebé tiene un hechizo muy potente —dijo Denver.
—No más potente que el amor que yo sentía por ella —respondió Sethe, y una vez más todo se hizo presente.
El fresco acogedor de las lápidas sin escoplear; la que eligió y en la que se apoyó de puntillas, con las rodillas abiertas como una tumba. Rosa como una uña era. Jaspeada con lascas relucientes. Diez minutos, dijo él. Tiene diez minutos de mi tiempo gratis.
Diez minutos para siete letras. ¿Con otros diez habría podido agregar «Querida»? No se le ocurrió preguntárselo y aún la fastidiaba pensar que quizá habría sido posible... que por veinte minutos, por media hora, digamos podría haberlo puesto todo, todas las palabras que oyó decir al predicador en el funeral (y todas las que se podían decir, por cierto), en la lápida de su bebé: Querida Beloved*. Pero lo que logró poner, lo que acordó, fue la única palabra que importaba. Le pareció que sería suficiente, recorriendo las lápidas con el grabador, bajo la mirada colérica del joven hijo de éste, una mirada colérica en un rostro de viejo, una nueva avidez. Seguro que eso sería suficiente. Suficiente para responder a otro predicador, a otro abolicionista y a una ciudad plena de asco.
Contando con la quietud de su propia alma, había olvidado la otra: el alma de su niñita. ¿Quién hubiera pensado que un bebé tan pequeño pudiera albergar tanta furia? Andar entre las lápidas bajo la mirada del hijo del grabador no fue suficiente. No sólo tuvo que pasar el resto de esos años en una casa paralizada por la ira de la criatura que vio su cuello cortado, sino que los diez minutos que pasó apretada contra una piedra del color de la aurora salpicada de estrellas, con las rodillas abiertas como la tumba, fueron más largos que la vida misma, más vivos, más palpitantes que la sangre del bebé que había corrido por sus dedos como si fuera aceite.
—Podríamos mudarnos —sugirió una vez a su suegra.
—¿De qué nos serviría? —preguntó Baby Suggs—. No hay una sola casa que no esté llena hasta el techo con el pesar de un negro muerto. Tenemos la suerte de que este fantasma sea un bebé. ¿El espíritu de mi marido volvería aquí? ¿O el del tuyo? No me hables de eso. Tienes suerte. Te quedan tres. Tres que se cuelgan de tu falda y una sola que alborota desde el más allá. Deberías estar agradecida. Yo tuve ocho. Todos alejados de mí. Cuatro cogidos, cuatro perseguidos y todos, espero, merodeando por alguna casa. —Baby Suggs se frotó las ce
* Beloved (N. de la T.)
jas—. La primera. Todo lo que recuerdo de ella es cuánto le gustaba la costra quemada del pan. ¿No te parece el colmo? Ocho hijos y eso es lo único que recuerdo.
—Eso es lo único que te permites recordar —le había dicho Sethe, pero también a ella le había quedado una sola.
Una sola viva... Los chicos habían huido perseguidos por la muerta y su recuerdo de Buglar se esfumaba rápidamente. Al menos, la cabeza de Howard tenía una forma que nadie podía olvidar. En cuanto al resto, se esforzaba por recordar lo menos posible. Lamentablemente, su cerebro era tortuoso. Podía estar cruzando deprisa un campo, prácticamente corriendo, para llegar enseguida a la bomba, y enjuagarse la savia de manzanilla de las piernas. Nada más ocupaba su mente. La imagen de los hombres que fueron a atenderla era tan inconsistente como los nervios de su espalda, donde la piel se torcía como una tabla de lavar. Tampoco había el menor aroma a tinta o a la resina de cerezo y corteza de roble con que estaba hecha. Nada. Sólo la brisa enfriando su cara mientras corría hacia el agua. Y mientras quitaba la manzanilla con agua de la bomba y con trapos, su mente se concentraba en quitar hasta el último residuo de savia... en la imprudencia de haber seguido un atajo a campo traviesa sólo para ahorrar unos metros, sin notar cuánto habían crecido las malezas hasta que el picor le llegó a las rodillas. Luego, algo. La salpicadura del agua, la mirada de soslayo a los zapatos y las medias en el sendero, donde los había tirado; o Here Boy* lamiendo el charco a sus pies, y de pronto Sweet Home** rodando, rodando, extendiéndose ante sus ojos, y aunque en esa granja no había una sola hoja que no la hiciera chillar, ro
* Here Boy significa «aquí, chico». (N. de la T.) (N. de la T.)
daba frente a ella con descarada belleza. Nunca le pareció tan terrible como en realidad era y eso la llevó a preguntarse si el infierno no sería también un lugar bonito. Fuego y azufre, sí, pero oculto entre bosquecillos de encaje. Los chicos colgados de los sicomoros más hermosos del mundo. Se avergonzó: recordaba mejor los bellos árboles susurrantes que a los chicos. Por mucho que intentara lo contrario, los sicomoros resaltaban más que los chicos y ella no podía perdonarle eso a su memoria.
Cuando desapareció hasta el último vestigio de manzanilla, dio la vuelta hasta el frente de la casa, recogiendo los zapatos y las medias por el camino. Para mayor castigo por su fatal memoria, sentado en el porche, a unos doce metros de distancia, estaba Paul D, el último de los hombres de Sweet Home. Y aunque ella jamás confundiría su rostro con el de otro, preguntó:
—¿Eres tú?
—Lo que queda. —Él se levantó y sonrió—. ¿Cómo
estás, chica, además de descalza?
La risa de Sethe sonó relajada y juvenil.
—Me hice un desastre en las piernas. Manzanilla.
Él hizo una mueca, como si paladeara una cucharada de algo amargo.
—No quiero ni oír hablar de eso. Siempre odié esas hierbas.
Sethe arrolló sus medias y se las guardó en el bolsillo.
—Entra.
—En el porche se está bien, Sethe. Corre el aire fresco. —Volvió a sentarse y fijó la vista en el prado, al otro
lado del camino, sabedor de que el ansia que sentía se
le notaría en los ojos.
—Dieciocho años —dijo ella en voz baja. —Dieciocho —repitió Paul D—. Y juro que los he caminado día a día. ¿Te molesta si hago lo mismo?
—Señaló con la cabeza los pies de ella y comenzó a desatarse los cordones de los zapatos.
—¿Quieres remojarlos? Te prepararé una palangana con agua. —Se acercó a él para entrar en la casa.
—No, no, no. No puedo mimarlos. Aún tienen mucho que andar.
—No puedes irte ahora mismo, Paul D. Tienes que quedarte un rato.
—Bien, sólo lo suficiente para ver a Baby Suggs. ¿Dónde está?
—Muerta.
—Oh, no. ¿Cuándo?
—Hace ocho años. Casi nueve.
—¿Fue duro? Espero que no le costara morir.
Sethe meneó la cabeza.
—Blando como la crema. Lo duro era estar viva.
Lamento que no puedas verla. ¿Por eso has venido?
—En parte. El resto eres tú. Pero si he de decir la pura verdad, en estos tiempos voy a cualquier lado. A cualquier lado donde me permitan sentarme.
—Tienes buen aspecto.
—Así confunde las cosas el diablo. Me deja tener
buen aspecto mientras me sienta mal. —La miró y la
palabra «mal» adquirió otro significado.
Sethe sonrió. Así eran... así habían sido ellos. Todos los hombres de Sweet Home, antes y después de Halle, la trataban con un leve coqueteo fraternal, tan sutil que había que calar hondo para percibirlo. Con excepción de un montón más de pelo y un resquicio de espera en los ojos, estaba casi igual que en Kentucky. Cutis de hueso de melocotón, la espalda erguida. Siendo un hombre de expresión inmutable, resultaba sorprendente su buena disposición a sonreír, a encenderse o a compadecerse. Como si bastara con que llamaras su atención para que él plasmara el mismo sentimiento que tú sentías. Con algo menos que un parpadeo, su rostro parecía cambiar... allí subyacía un mundo de actividad.
—No tendría que preguntarte por él, ¿verdad? Si hubiera algo que decir me lo dirías, ¿verdad? —Sethe se miró los pies y volvió a ver los sicomoros.
—Te lo diría. Claro que te lo diría. No sé más ahora de lo que sabías entonces. —Salvo la mantequera, pensó, y eso no tienes por qué saberlo—. Debes pensar que sigue vivo.
—No. Pienso que está muerto. Lo que lo mantiene vivo es que no estoy segura.
—¿Qué pensaba Baby Suggs?
—Lo mismo, pero si la escuchabas, todos sus hijos
estaban muertos. Según afirmaba, había sentido cómo
se iba cada uno, qué día y a qué hora.
—¿Cuándo dijo que desapareció Halle?
—En mil ochocientos cincuenta y cinco. El día que
nació mi bebé.
—¿Tuviste ese bebé? Creí que no lo lograrías. —Rió entre dientes—. Huiste preñada.
—Tuve que hacerlo. No podía esperar. —Bajó la cabeza y pensó, como él, que era increíble. Y de no haber sido por esa chica que buscaba terciopelo, no lo habría conseguido.
—Y sola. —Paul D estaba orgulloso de ella y fastidiado con ella porque no había necesitado a Halle ni a él en el quehacer.
—Casi sola. Pero no del todo. Me ayudó una blanca.
—En ese caso también se ayudó a sí misma, Dios la bendiga.
—Podrías quedarte a pasar la noche, Paul D.
—Tu invitación no suena del todo firme.
Sethe miró por encima del hombro de él, en dirección a la puerta cerrada.
—Lo digo de veras. Sólo espero que sepas disculpar mi casa. Pasa. Conversa con Denver mientras cocino algo.
Paul D ató un zapato con el otro, se los echó sobre el hombro y la siguió al otro lado de la puerta, entrando directamente en una fuente de luz roja y ondulante que le inmovilizó.
—¿Tienes compañía? —susurró, con el entrecejo fruncido.
—De vez en cuando.
—Dios mío. —Retrocedió de espaldas hacia el porche—. ¿Qué clase de maleficio tienes aquí?
—No es maleficio sino tristeza. Entra. Bastará con que des un paso.
Entonces la miró atentamente. Más que cuando la vio dar vuelta a la casa con las piernas húmedas y brillantes, los zapatos y las medias en una mano, las faldas en la otra. La chica de Halle... la de los ojos de acero e igual carácter. Nunca había visto su pelo en Kentucky. Y aunque ahora su cara tenía dieciocho años más que la última vez que la viera, era más suave. A causa de los cabellos. Un rostro demasiado impasible para expresar consuelo; el iris del mismo color que la piel, algo que en esa cara inmóvil solía hacerle pensar en una máscara con los ojos misericordiosamente perforados. La mujer de Halle. Todos los años embarazada, incluido aquel en que se sentó junto al fuego para contarle que iba a huir. Ya había despachado a sus tres hijos en una caravana de carretas con otros negros que iban a cruzar el río. Debían quedarse con la madre de Halle, en las cercanías de Cincinnati. Ni siquiera en esa pequeña choza, inclinada tan cerca del fuego que se olía el calor en su vestido, sus ojos reflejaban un toque de luz. Eran como dos pozos en los que no podía asomarse. Incluso perforados necesitaban ser cubiertos, tapados, marcados con alguna señal de advertencia sobre la vaciedad que contenían. Entonces fijó la vista en el fuego, mientras se lo contaba, porque no estaba su marido para decírselo a él. Mr. Garner había muerto y su esposa tenía en el cuello un bulto del tamaño de un boniato y no podía hablar con nadie. Se inclinó tan cerca de las llamas como se lo permitía su tripa embarazada y se lo contó a él, a Paul D, el último de los hombres de Sweet Home.
Habían sido seis los que pertenecían a la granja, y Sethe era la única mujer. Mrs. Garner, llorando como un bebé, había vendido todo a su hermano para saldar las deudas que salieron a la superficie en cuanto enviudó. Entonces llegó el maestro para poner las cosas en orden. Pero lo que hizo destrozó a otros tres hombres de Sweet Home y perforó el acero destellante de los ojos de Sethe, dejando dos pozos abiertos que no reflejaban la luz del fuego.
Ahora el acero había retornado, pero el rostro suavizado por el pelo le hizo confiar en ella lo suficiente para cruzar la puerta justo en medio de una fuente de ondulante luz roja.
Sethe tenía razón. Era triste. Al atravesarla, le penetró una oleada de pesar tan intensa que sintió ganas de llorar. Tuvo la impresión de recorrer un largo camino para llegar a la luz normal que rodeaba la mesa, pero lo logró... con los ojos secos y mucha suerte.
—Has dicho que murió suavemente. Como la crema —le recordó.
—Ésa no es Baby Suggs —replicó Sethe.
—¿Quién es, entonces?
—Mi hija. La que mandé por delante con los niños.
—¿No vivió?
—No. Sólo me queda la que llevaba en las entrañas
cuando huí. Los chicos también se fueron. Los dos se
largaron antes de que falleciera Baby Suggs.
Paul D miró el punto donde lo había penetrado la tristeza. El rojo había desaparecido pero una especie de lamento se aferraba al aire.
Probablemente sea mejor, pensó. Si un negro tiene piernas, debe usarlas. Si se queda sentado mucho tiempo, alguien se las ingeniará para atarlo. Sin embargo... si sus chicos se habían ido...
—¿No hay hombre? ¿Vives sola aquí?
—Con Denver.
—¿Y eso te va?
—Eso me va.
Sethe notó el escepticismo de Paul D y siguió adelante.
—Cocino en un restaurante de la ciudad. Y coso un poco a hurtadillas.
Entonces Paul D sonrió, recordando el vestido que se había hecho para la cama. A su llegada a Sweet Home, Sethe tenía trece años y los ojos ya eran acerados. Fue un presente oportuno para Mrs. Garner, que había perdido a Baby Suggs en aras de los elevados principios de su marido. Los cinco hombres de Sweet Home miraron a la chica nueva y decidieron dejarla en paz. Eran jóvenes y estaban tan hartos de la ausencia de mujeres que se habían aficionado a las terneras. No obstante, dejaron en paz a la chica de ojos acerados para que ella eligiera, pese a que cualquiera habría hecho picadillo a los demás para tenerla. A ella le llevó un año escoger... un año largo y duro en que ellos se revolvieron en sus jergones, carcomidos por ella en sus sueños. Un año de deseo, un año en que la violación parecía el único don de la vida. La represión que habían ejercido sólo fue posible porque eran hombres de Sweet Home... aquellos de los que se jactaba Mr. Garner mientras los otros granjeros movían sus cabezas de un lado a otro a modo de advertencia.
—Todos vosotros tenéis sirvientes —les decía—. Sirvientes jóvenes, sirvientes viejos, sirvientes difíciles, sirvientes fáciles. En Sweet Home, todos mis negros son hombres. Así los compré, así los eduqué. Hombres.
—Lamento disentir, Garner. Un negro no es un hombre.
—Si le tienes miedo, no. —Garner sonrió de oreja a oreja—. Pero si tú mismo eres un hombre, querrás que todos tus negros lo sean.
—Yo no permitiría que un negro anduviera cerca de mi esposa.
Ésa era la reacción que Garner esperaba, la reacción que le encantaba.
—Yo tampoco —decía—. Yo tampoco. —Y siempre se producía una pausa hasta que el vecino, o el forastero, o el vendedor ambulante, o el cuñado, o quien fuese, comprendía lo que había querido decir. Entonces se desataba una discusión encarnizada, a veces una pelea, y Garner volvía a casa con cardenales y contento, habiendo demostrado una vez más cómo era un auténtico hombre de Kentucky: alguien lo bastante fuerte e inteligente como para hacer hombres de sus propios negros y llamarlos hombres.
Y eso eran. Paul D Garner, Paul F Garner, Paul A Garner, Halle Suggs y Sixo, el impetuoso. Todos en la veintena y sin mujeres, follando vacas, soñando con la violación, revolcándose en sus jergones, frotándose los muslos y esperando a la chica nueva... la que ocupó el lugar de Baby Suggs después de que Halle comprara su libertad con su trabajo de todos los domingos durante cinco largos años. Tal vez por eso lo eligió a él. Un hombre de veinte años tan encariñado con su madre como para renunciar a los domingos de cinco años enteros sólo por verla sentada, era una excelente recomendación.
La chica nueva esperó un año. Y los hombres de Sweet Home se aprovechaban de las vacas mientras la esperaban. Escogió a Halle y para la primera encamada se cosió un vestido a hurtadillas.
—¿Por qué no te quedas un tiempo? Nadie puede recuperar dieciocho años en un día.
Desde la palidez del espacio que ocupaban, una escalera blanca ascendía hacia el empapelado azul y blanco del piso de arriba. Paul D sólo veía el principio del papel: discretas motas amarillas salpicadas entre una ventisca de copos de nieve, todo con fondo azul. El blanco luminoso de la barandilla y los peldaños atraía su mirada. Todos sus sentidos le decían que el aire de encima de la caja de la escalera estaba encantado y enrarecido. Pero la chica que bajó en medio de ese aire era real y morena, tenía el rostro de una muñeca precavida.
Paul D miró a la chica y después a Sethe, que dijo sonriente:
—Ésta es mi Denver. Éste es Paul D, cariño, de Sweet Home.
—Buenos días, señor D.
—Garner, niña. Paul D Garner.
—Sí, señor.
—Me alegro de verte. La última vez que vi a tu
mamá, tú empujabas la parte delantera de su vestido.
—Y todavía lo hace cuando logra ponérselo —dijo Sethe, otra vez sonriente.
Denver se paró en el último escalón y de pronto se sintió acalorada y tímida. Hacía mucho tiempo que nadie (ni una blanca de buena voluntad, ni un predicador, ni un portavoz, ni un periodista) se sentaba a su mesa, desmintiendo las palabras que decía con la repulsión evidente en la mirada. Durante doce años, mucho antes de que muriese Grandma Baby, no habían recibido visitas de ningún tipo ni tampoco amigos. Ninguna persona de color, sin duda ningún moreno rojizo de pelo demasiado largo y sin libreta, ni carbón, ni naranjas, ni preguntas. Nadie con quien su madre quisiera hablar y encima lo hiciera descalza. Con el aspecto, con la actitud de una cría y no de la mujer serena y majestuosa que Denver conocía de toda la vida. La que nunca apartaba la mirada, la que cuando una yegua mató a un hombre a patadas frente al restaurante de Sawyer, no apartó la mirada; la que cuando una cerda comenzó a comerse su propia mierda, tampoco apartó la mirada. Y cuando el espíritu del bebé cogió a Here Boy y lo estampó contra la pared con tanta fuerza que le quebró dos patas y le desencajó un ojo, con tanta fuerza que el perro tuvo un ataque de convulsiones y se mordió la lengua, ni siquiera entonces su madre había apartado la mirada. Empuñó un martillo, golpeó a Here Boy hasta dejarlo inconsciente, le limpió la sangre y la saliva, volvió a encajarle el ojo en la cabeza y le enderezó los huesos de las patas. El animal se recuperó, mudo y desequilibrado, más a causa de su ojo indigno de confianza que de las patas torcidas, pero en invierno y verano, con lluvia o con sol, no hubo modo de convencerlo de que volviera a entrar en la casa.
Y ahora, esa mujer, que tuvo presencia de ánimo para curar a un perro enloquecido de dolor, se mecía con los tobillos cruzados y apartaba la mirada del cuerpo de su propia hija. Como si el tamaño de ese cuerpo fuese más de lo que su visión podía soportar. Y ninguno de los dos llevaba los zapatos puestos. Acalorada y tímida, ahora Denver estaba sola. Tantos abandonos: primero sus hermanos, después la abuela... pérdidas graves, dado que ningún chico quería formar corro con ella en un juego ni colgarse de las rodillas en la barandilla del porche de su casa. Nada de eso le habría importado mientras su madre no apartara la mirada como la apartaba en ese mismo momento, haciendo que Denver ansiara, lisa y llanamente ansiara, una señal de maldad del bebé fantasma.
—Es una joven de muy buen ver —dijo Paul D—. Muy guapa. Tiene en la cara la expresión tierna de su padre.
—¿Conoce a mi padre?
—Lo conocía. Lo conocía bien.
—¿Lo conocía, ma? —Denver luchó contra el impulso de realinear sus afectos.
—Claro que conocía a tu papá. Ya te dije que es de Sweet Home.
Denver se sentó en el peldaño de abajo. No había otro sitio al que pudiera ir airosamente. Esos dos eran una pareja, diciendo «tu papá» y «Sweet Home» de una manera que dejaba claro que ambos pertenecían a eso y no a ella. Que la ausencia de su propio padre no era suya. Una vez esa ausencia había pertenecido a Grandma Baby: un hijo, profundamente llorado porque fue el que había comprado su libertad para sacarla de allá. Luego fue el marido ausente de su madre. Ahora era el amigo ausente de ese moreno rojizo. Sólo los que lo conocían («lo conocía bien») podían reivindicar su ausencia para sí. Así como los que habían vivido en Sweet Home podían recordarla, nombrarla y mirarse de reojo mientras susurraban. Volvió a ansiar la presencia del bebé fantasma: ahora le emocionaba esa cólera que solía agobiarla. Agobiarla.
—Aquí tenemos un fantasma —dijo, y la cosa funcionó. Dejaron de ser una pareja. Su madre dejó de balancear los pies y de comportarse como una niña. El recuerdo de Sweet Home desapareció de los ojos del hombre para el que se mostraba infantil. Éste levantó la vista rápidamente, siguiendo con la mirada los escalones blanco relámpago que ascendían por detrás de Denver.
—Eso he oído —dijo el forastero—. Pero triste, ha dicho tu mamá. No maligno.
—No, señor —respondió Denver—, no es maligno. Pero tampoco triste.
—¿Qué es?
—Reprochón. Solitario y reprochón.
—¿Es así? —preguntó Paul D a Sethe.
—No sé si solitario —dijo la madre de Denver—.
Loco tal vez, pero no veo cómo puede sentirse solo si convive minuto a minuto con nosotras dos.
—Debe de querer algo que vosotras tenéis.
Sethe se encogió de hombros.
—Sólo es un bebé.
—Mi hermana —dijo Denver—. Murió en esta casa.
Paul D se rascó el pelo que le crecía bajo la barbilla.
—Me recuerda a la novia descabezada de atrás de
Sweet Home. ¿Te acuerdas, Sethe? Solía rondar por el
bosque.
—¿Cómo podría haberla olvidado? Tan inquietante...
—¿Cómo es que todos los que huyeron de Sweet Home no pueden dejar de hablar de esa granja? Me parece que si era tan dulce os tendríais que haber quedado allí.
—¿Con quién te crees que estás hablando, chica? —la regañó su madre.
Paul D se echó a reír.
—Es cierto, es cierto. La chica tiene razón, Sethe.
No era dulce y sin duda no era un hogar. —Meneó
