Veintisiete semanas
Cerré el libro Cómo mejorar tu yo interior con violencia. No recordaba exactamente quién me lo había regalado ni por qué, supuse que fue alguien que me consideraba un ser humano lo bastante desesperado y despreciable como para aceptar los consejos de una expresentadora de televisión consumidora de laxantes como método para adelgazar y en cuya biografía de Instagram tenía escrito, con sus propias manos de auténtica alienígena, las palabras «MAMIfit» y «esposa». ¿Qué clase de ser humano escribiría una cosa así? Pienso en gente horrible de la historia: el monstruo de Amstetten, Henry Lee Lucas, el asesino de la baraja o Ana Rosa Quintana. Reconozco que estas personas han cometido crímenes terribles contra la humanidad, pero jamás pronunciarían la palabra «fit» porque serán unos malnacidos, aunque apuesto a que algo de vergüenza tienen. Y está mal perpetrar atrocidades, pero al menos haz el esfuerzo de dar lo que prometes y no seas una maldita impostora.
Acababa de leer la siguiente frase: «Es importante que sigas una buena alimentación para sentirte bien contigo misma, todo lo bueno llegará. Conecta con la naturaleza, camina descalza y siente la madre tierra, únete a ella y todo tendrá sentido. Haz pilates». Todo lo bueno llegará si no te pones las zapatillas de estar por casa y adelgazas, ¡cómo no había llegado yo a esa conclusión tan brillante! ¡Gracias por hacerme esa revelación! ¡Estoy menstruando de emoción! Me regocijé unos instantes en ese fango tóxico y corrosivo. «No eres feliz, Bárbara, porque no pones de tu parte; eres mediocre, una fracasada, y además estás gorda. ¿Puedes parar de estar gorda, por favor? ¡Haz ese favor al mundo y deja de estar gorda! Duerme ocho horas y bebe agua porque si te cuidas por dentro, se reflejará en lo de fuera». Entonces, ¿si me libraba de todo el odio que tenía dentro, de mis malos pensamientos, si conseguía extirpar todo lo infecto, corrompido y mugriento de mí misma a través del pilates, y por supuesto bebía dos litros de agua, me despertaría siendo Hailey Bieber?
Miré con detenimiento la portada del libro; la señora que se había atrevido a escribir eso con total impunidad me devolvió la mirada sonriente. Estaba sentada en una manta de cuadros rojos y blancos que reposaba delicadamente sobre un césped verde y brillante. Llevaba una blusa vaporosa blanca y unos vaqueros, unos mom jeans que pretendían decirte que era una persona sencilla pero elegante, una madre ocupada pero con el tiempo suficiente para depilarse las ingles (cuántas cosas pueden decir unos pantalones); iba sin zapatos, como casi todos los pijos, ellos siempre andan descalzos por sus suelos de madera radiante. Los pijos solo pasan frío los domingos: en misa. Encima de la manta se había dispuesto estratégicamente un bodegón con frutas y verduras muy pigmentadas, y también había una cesta de mimbre llena de diferentes tipos de queso. Supuse que los creativos y creativas querían que pareciese una especie de pícnic. Vida, naturaleza, bienestar… Irte de pícnic tú sola como una jodida ciclotímica. ¿Quién, que no sea un sinvergüenza, se va de pícnic? «¡Vete a comerte una tostada a un bar, impresentable!», pensé. La señora estaba a punto de ingerir una uva, ojalá se hubiese atragantado dos segundos después de tomar la instantánea, la muy cretina. Su pelo rubio y largo estaba exageradamente ondulado, parecía una menina anoréxica. Me pregunté a qué le olería la vagina, supuse que a vela del Zara Home. Cada vez que su marido le hiciese un cunnilingus sería como zambullirse en una piscina llena de popurrí del Natura. Arrojé el libro a la cama, pero la mujer seguía mirándome desde allí, así que lo metí en el cajón de las bragas: adiós a la desequilibrada del pícnic.
Abrí el armario y miré mi ropa durante unos segundos para decidirme por un vestido azul y blanco un poco arrugado, pero a mis treinta y un años no tenía nada más serio que ponerme para un evento de «gente decente», una expresión que solía repetirme mi padre: «LA GENTE DECENTE NO HACE ESO QUE TÚ HACES», con el objetivo, supongo, de hacerme sentir como que yo no había sido seleccionada para formar parte de esa estirpe, a pesar de que él se esforzó más de lo humanamente posible por tratar de introducirme ahí dentro, hasta el fondo. Finalmente, me acabó dando por perdida. Para mi padre, ser una persona decente es tener ropa para ir a eventos e ir a esos eventos. Para mi madre, ir decente es estar desnuda. Vaya dos referentes vitales para crecer de una manera mentalmente saludable. Aun así, yo me había acomodado en el anonimato y la pasividad, era ahí donde me sentía realmente cómoda. En la inacción ante la vida y los problemas. Era una mera observadora. Como las personas cuyo hobby es avistar aves y las reconoce por su canto o plumaje. Yo hacía lo mismo, pero en lugar de con aves con humanos. Sabía diferenciar cómo de cretino era alguien por su marca de camisa. Me consideraba una experta en este ámbito. Además, en otros tampoco tenía nada con lo que destacar. No soy ni guapa ni fea, ni alta ni baja, soy la mediocridad personificada y eso es bastante cómodo para acudir a eventos de gente decente, y para cualquier cosa que pretendas en la vida. Paso desapercibida y puedo estar borracha en cualquier fiesta o acontecimiento sin que nadie repare en mí. A nivel intelectual casi destaqué en el pasado, pero mi adicción a los diazepanes y a no levantarme de la cama me habían convertido en una masa informe, en un parásito incapaz de hacer nada de provecho. Me miré en el espejo y, sin aprobarme demasiado, metí mi petaca en el bolso, cogí el regalo y me largué.
Toda esta ceremonia venía porque hacía unos días recibí un precioso sobre de papel reciclado. Lo enviaban desde Pozuelo, y en el remite pude leer el nombre de Elena, una antigua amiga y compañera del colegio, y el de su marido millonario Javier Gerardo. «¡Ven a nuestra Gender Reveal Party!». Eran las palabras escritas en el reverso. ¿Qué es eso? Estaba desconcertada, quizá se habían metido en una asociación BDSM y querían que yo estuviera informada; la verdad es que me atraía bastante la posibilidad de que a Javier Gerardo le gustara que Elena le pusiera agujas en los testículos, pero nada más lejos de la realidad. Abrí el sobre con cierta inquietud y saqué una tarjeta azul y rosa. En ella aparecía una cigüeña con atrofia muscular transportando en su pico a un bebé regordete y sonriente que llevaba puesto un pañal. El pañal tenía una pestaña justo en la zona de los genitales y, al abrirla, apareció ante mis ojos una interrogación gigante de purpurina de todos los colores que casi me dejó ciega.
Completamente desconcertada, me vi obligada a googlear el significado y objetivo de la fiesta. Ojalá no lo hubiese hecho. Una «Gender Reveal Party» es una celebración en la que padres y madres, ambos tremendos terroristas emocionales, dan a conocer a sus allegados el sexo del bebé que están esperando. Una forma de dejar claro que todos los acontecimientos de tu vida son importantísimos y es imprescindible hacer partícipe de ellos a los demás. Lo sentí por el bebé; aún no había nacido y ya estaba sentenciado a que sus padres le contaminasen con los repugnantes roles de género y, por si fuera poco, lo iban a anunciar en modo fiesta a todos sus familiares y amigos. No sabía muy bien por qué decidí asistir a esto, en cualquier otro momento hubiese desestimado la invitación, pero me parecía un buen primer paso para poner en orden mi vida. Sí, mi primer paso sería participar del capitalismo más descarnado engullendo un cupcake con forma de bebé. Eso hacen los adultos, eso y hablar de molduras. Le dije a Maca, mi compañera de piso y también antigua amiga de Elena, que me acompañara, pero se negó a asistir a semejante espectáculo repulsivo, según sus propias palabras. Después lo comparó con una película de Pasolini. No me pareció apropiado comparar un Baby Shower con Saló o los 120 días de Sodoma. Luego pensé que quizá tenía algo de razón, al final todo se reducía a fascistas torturando a esclavos con sus prácticas excesivas. Antes solíamos pasar mucho tiempo las tres, pero ahora nos veíamos de Pascuas a Ramos y casi que mejor. Desde hacía bastante, Maca y yo éramos las únicas que resistíamos juntas. No sabíamos ninguna si por deseo o por necesidad. Todas nos conocimos en un colegio femenino ultrarreligioso donde lo compartimos todo; quizá nos unimos tanto por una cuestión de supervivencia, pero creímos que nunca nos separaríamos. No fue así. La vida nos pasó por encima, suele ocurrir. Antes de salir, me tomé un diazepam para controlar la posible ansiedad que me pudiera generar el evento, por eso y porque era un poco yonqui.
Me planté en la puerta de la casa de Elena. Era uno de esos adosados a las afueras de Madrid que te dan envidia por fuera, pero te hacen sentir mal cuando llevas más de dos horas dentro. En el jardín habían colocado armoniosamente unas mesas con dulces variados y zumos de colores. Cuando conocí a Elena, se habría quitado la vida de saber que con treinta años estaría haciendo cake pops. O quizá no, quizá esto era lo que siempre había deseado. Un escalofrío eléctrico me recorrió todo el cuerpo. También había un castillo hinchable en el que unos cuantos niños pequeños, mucho mejor vestidos que yo, estaban jugando y chillando como locos. Escuché a una señora, con collar de perlas, diadema y un bolso de Fendi, gritar a uno de ellos: «Beltrán, no te arrugues la camisa». Respiré hondo y me alegré de llevar mi petaca en el bolso, me dio pena que Beltrán no tuviera edad para beber y no le quedara otra que aguantar a su madre completamente sobrio. Me fijé en una mesa llena de regalos perfectamente envueltos, los estaba colocando la que supuse que era la persona que trabajaba en casa de Elena como empleada doméstica, una mujer negra con uniforme. Al parecer, llevaba tanto tiempo sin ver a mi amiga que desconocía que tenía en su poder una máquina del tiempo con la que se había trasladado a vivir al siglo XIX. Todo esto me hizo acordarme de mi regalo. Miré el interior de la bolsa que tenía entre las manos y me detuve a observar el león de peluche que había comprado. Me pareció que este animal sería lo suficientemente neutral como para encajar en esta fiesta absurda. No se me ocurrió traer una muñeca y arriesgarme a que fuese niño, porque toda esta gente podría apuñalarme. En este barrio parecía muy importante que las niñas jugasen con Barbies y antidepresivos y los niños con camiones y a dar puñetazos a las paredes.
Llamé al timbre. A los pocos segundos, Elena abrió la puerta con una sonrisa deformada y absurdamente amplia. Sin cruzar palabra, se abalanzó sobre mí y me dio un abrazo seco y distante, pero disfrazado de una reconocible calidez. Me sorprendió lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo, sus cejas estaban más arriba de lo habitual y su cara se veía mucho más rígida. Seguía siendo guapísima, siempre lo ha sido, de niñas la odiábamos por ello. Se había alisado su larga melena castaña e iba vestida con un mono de colores tierra que disimulaba su ya prominente barriga de embarazada. Me definió su look como «muy África». Cuando esas palabras salieron de su boca, me planteé si yo verdaderamente había sido amiga de esta persona. En el momento de la descripción del atuendo agradecí que la empleada de hogar siguiera colocando los regalos y no escuchara el comentario. Al separarnos del abrazo, le entregué la bolsa con el peluche, pero Elena no la cogió.
—¡Esperanza! —Mi amiga desconocida le hizo un gesto rápido con la mano.
—Sí, señora.
Esperanza acudió rauda y veloz a recoger el regalo. Le di las gracias pero no me contestó; se veía que Espe estaba hasta el mismísimo coño, cosa que no me extrañó para nada.
—¡Qué alegría que hayas venido! ¿Cómo estás? ¿Maca no viene? ¿Cuánto llevamos sin vernos? Desde la boda, ¿no? Hace ya más de un año. ¡Qué fuerte! Siento que veas la casa así, normalmente está más ordenada. Queríamos que fuese algo íntimo pero, al final, Chino… Esperanza, por favor, los canapés…
Así llamaba a su marido, «Chino», un nickname que conseguía ser pijo y racista al mismo tiempo. Francamente, no puedo quitarles ese mérito.
—¿Qué te decía? Bueno, que al final ha invitado a toda la empresa. Está esto que parece la Met Gala —parloteaba sin descanso.
Pensé que si Anna Wintour veía esto y su atuendo «muy África», se quitaría las gafas y le metería una patilla en el ojo para, posteriormente, remover su cerebro hasta dejarla con las capacidades cerebrales de un poto. Es sorprendente cómo las personas con dinero se aproximan a la cultura que generan artistas, diseñadores y, en general, gente con verdadero talento y la exprimen como si fuera una espinilla, sacándole su jugo, despojándola de cualquier tipo de humanidad, con el único objetivo de usarla en su beneficio. Y su beneficio es vestirte «muy África», o colgar un cuadro caro en la pared de tu comedor porque te combina con los muebles del salón que adquiriste en una tienda en Serrano. Desde que se casó con Javier Gerardo, Elena se había vuelto el tipo de persona a la que le importa una mierda tu vida y lo disimula con poco acierto, nunca dejaba que contestase a ninguna de sus preguntas y a mí la verdad es que no me parecía mal, así no tenía que aparentar que no me iba como el culo. Recuerdo que cuando teníamos quince años tuve que quitarle un támpax que se le había quedado atascado porque se había puesto otro sin sacarse el anterior. Le metí la mano dentro de la vagina sin pensármelo dos veces y salió al instante. No sé por qué, pero no se me da mal sacar objetos de vaginas ajenas. Me pregunté si habría un trabajo así para dedicarme a eso de forma profesional.
Cuando estaba contándome otra de las complicaciones del evento, llegó Javier Gerardo. Era unos veinte años mayor que ella y su familia tenía una de las cadenas hoteleras más importantes del país. Encajaba con lo que vulgarmente se entiende por un gilipollas. Además, era de esos a los que se les queda la baba en las comisuras de la boca. No sé si lo hacía aposta, pero parecía que sí. Me saludó con dos besos.
—¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo! Desde la boda, ¿no? —dijo repitiendo las mismas palabras que su mujer.
Elena y Javier Gerardo se habían casado hacía un año y medio en una villa que la familia de él tenía en Menorca. Jamás olvidaré esa boda porque tuve que comer arroz durante un mes para poder pagar el billete.
—Sí, creo que sí.
—Espero que esté todo bien. Luego nos vemos y me cuentas, que tengo que ir a controlar a los chicos —dijo entre risas.
Supuse que «los chicos» eran los amigos de Javier de ciento dieciséis años que había visto hablando a voces en el jardín. Mientras tanto, Elena me llevó hasta su inmensa cocina con isla central y me ofreció algo de beber. Qué maravillosas son esas cocinas, dan ganas de dejar que tu asistenta se tome un descanso y cocinar tú.
—Es todo sin alcohol, ya sabes, por los peques —murmuró, con un miedo irracional a que la oyese un «peque» y se volviera alcohólico—. ¡Qué le vamos a hacer!
Luego soltó una sonora carcajada y no entendí muy bien por qué. No me parecía gracioso que des una fiesta y no tengas alcohol, de hecho es una maldita falta de respeto a tus invitados. Me alegré por segunda vez de llevar mi petaca. Elena me ofreció un zumo de naranja, que no sabía a naranja sino a otra fruta que era incapaz de reconocer, y me presentó a un grupo de mujeres que estaban charlando en una esquina de la cocina, entre las que había otra embarazada. Daba la sensación de que la forma de vida de todas ellas era existir teniendo permanentemente como tarea pendiente redecorar el salón.
—Bárbara, estas son Carmen, Rocío, Daniela y Gabriela, las culpables de que mi casa esté llena de niños —comentó Elena entre risas.
—Ya sabes que no puedo parar —añadió la que estaba embarazada mientras se señalaba la tripa—. ¡Ya es el quinto! —dijo, y lanzó una carcajada.
Saludé con timidez. Esas mujeres hablaban como si se reprodujeran asexualmente. Al parecer, eran estrellas de mar, dejaban caer su bolso de Fendi al suelo y de esa extensión de su cuerpo nacía un niño en su alfombra persa. Entendí que los padres, a los que veía reírse en el jardín a través de la ventana de la cocina, no tenían ninguna responsabilidad sobre la existencia de todos esos niños y niñas. También me fijé en que las cuatro mujeres del grupo guardaban cierto parecido entre ellas, tendrían mi edad pero aparentaban ser mucho mayores, iban muy bien arregladas y peinadas pero todas tenían los ojos muy rígidos, como si estuvieran debatiéndose entre llorar o no sentir absolutamente nada. Una de ellas, la más bajita, contaba algo acerca de la dieta paleolítica. Llevaba un collar de perlas enormes pero no tenía cuello, parecía una especie de Funko Pop de lujo. Me resultaba curioso que hubiese despilfarrado tanto dinero en un collar si carecía de cuello; sería mejor que se hubiera comprado un brazalete o, no sé, un anillo.
—La dieta paleolítica nos está funcionando fenomenal. La seguimos toda la familia —dijo la Funko.
—¿Qué es la dieta paleolítica? —pregunté con interés. Ya que estaba, quería encajar.
—Consiste en comer lo que nuestros antepasados en el Paleolítico. Es una dieta que incluye alimentos que históricamente solo se obtenían mediante la caza y la recolección —respondió orgullosa.
—Yo estoy siguiendo la dieta keto y he perdido ya doce kilos y medio —comentó otra, que se parecía a la mujer del libro que había metido en el cajón de mis bragas.
La verdad es que por un momento temí por su vida y deseé que dejase la dieta keto, porque si continuaba perdiendo peso sería bastante factible que muriese, aunque temí más por su mal aliento a causa de la restricción de hidratos de carbono. Por lo visto, prefería enterrar en vida a sus hijos antes que comerse un plato de macarrones.
—Elena, has preparado algo paleo, ¿no? A Jacobo no le pongas nada que no sea paleo porque no se lo come. Es que no se come nada que sea procesado. Es más inflexible que yo, ¡y tiene ocho años! Su plato favorito son las algas wakame. —dijo riéndose.
«Inflexible por tu culpa, hija de la gran puta», pensé.
—No te preocupes. Hay cositas —contestó Elena, antes de irse y dejarme sola con las señoras.
—¿Comían wakame nuestros antepasados en el Paleolítico? ¡Qué curioso! —comenté.
La Funko cambió de tema.
—¿A qué te dedicas? —preguntó con cierto sarcasmo.
—Soy guionista. Pero ahora no estoy trabajando exactamente de eso. Estoy en ello, digamos.
—Vamos, que estás en el paro. Pobre… Bueno, ya encontrarás algo. No te preocupes —remarcó la Funko paleoadicta y, al parecer, también pasivoagresiva y condescendiente.
—Ya tengo un trabajo, tranquila. No estoy en el paro —aclaré.
—De lo tuyo sí lo estás —añadió.
—Sí, eso sí.
Menudo bicho era la Funko. Me lo estaba pasando de maravilla.
—Qué interesante —dijo la embarazada—. Yo estudié un curso de cine cuando estaba en la carrera, me encantó, era muy bonito, pero papá quería que estudiase ADE. Ahora estoy impartiendo un taller de mindfulness a tiempo parcial y como mami a tiempo completo. —Se echó a reír y abrió tanto la boca que le vi los empastes.
—No sé de dónde sacáis el tiempo. Yo no puedo con nada más, entre cuidar de Claudia y la asociación de mamás no doy abasto —dijo la que se parecía a la del libro.
Una niña rubia de unos cinco años entró en la cocina chillando. Llevaba una corona y un vestido de tul de princesa Disney, no sé cuál, pero no era de las recientes que dicen cosas que están más o menos bien. El pelo lo tenía peinado con gruesos tirabuzones hechos con plancha. Parecía una de esas niñas que se presentan a concursos de belleza infantiles en sitios como Arizona o Texas, instigadas por sus progenitores para ganar los doscientos cincuenta dólares del premio. Niñas tristes que vive
