W. B. Yeats:
nuevas maneras de matar a tu padre
Para una serie de hermanos artistas que florecieron entre el último
cuarto del siglo xix y el primero del xx —Heinrich y Thomas
Mann; Henry y William James; Virginia Woolf y Vanessa Bell;
W. B. y Jack Yeats—, la muerte del padre, una presencia abrumadora en vida, o la representación gradual y a menudo dramática
de un asesinato metafórico, concedería a los hijos una extraña libertad, el derecho a ser ellos mismos y, después, a pelearse entre sí
por cuestiones políticas y de estilo.
En el caso de los Mann y de Virginia Woolf y Vanessa Bell, la muerte literal del padre cuando eran jóvenes e inmaduros les permitió trasladarse física y emocionalmente a otros lugares y los libró de un peso del que solo continuaría persiguiéndolos la sombra. Para los hermanos James y los Yeats, ese peso seguiría siendo una realidad viva. En Yeats: The Man and the Masks, Richard Ellmann cita a Iván Karamázov: «¿Quién no desea la muerte de su padre?». Según sostiene Ellmann:
De los Urales a Donegal, el tema se repite: en Turguéniev, en Samuel Butler, en Gosse. Destaca de manera especial en Irlanda. En Confessions of a Young Man, George Moore proclama abiertamente su sensación de liberación y alivio al morir su padre. Synge convierte un intento de parricidio en tema de su obra El galán de Occidente. James Joyce describe en Ulises cómo Stephen Dedalus reniega de su padre y busca otro. […] Yeats, tras abordar el tema en una obra inédita escrita en 1884, lo retoma en 1892 en el poema «La muerte de Cuchulain», convierte la misma historia en una obra de teatro en 1903, realiza dos traducciones de Edipo rey, la primera en 1912, la segunda en 1927, y escribe otra obra dramática sobre el parricidio, Purgatorio, poco antes de morir.
1
En el otoño de 1828, cuando Henry James, el padre del novelista, asistió durante un breve período al Union College de Schenectady, Nueva York, se metió de lleno en la vida estudiantil. Bebía en las tabernas y vestía caros trajes confeccionados a medida por el sastre del lugar. Lo cargaba todo a la cuenta de su padre, William, un hombre muy rico y propietario de los terrenos en que se había edificado el campus del Union College. William James, que había nacido en Bailieborough, en el condado irlandés de Cavan, era asimismo uno de los dos administradores de dicha universidad.
La marcha de Henry James padre del Union College, no mucho después de su llegada, supuso el inicio de un viaje que duraría toda la vida en busca de la libertad de pensamiento, la verdad eterna y compañeros interesantes que supieran escuchar. James, al igual que John Butler Yeats, el padre de W. B. Yeats, era un gran conversador. Los dos hombres guardan otras muchas similitudes. Por ejemplo, ambos se casaron con la hermana de un compañero de clase con el que tenían buena amistad. Sufrieron, y también disfrutaron, una vida entera de indolencia e inquietud; ejercieron el dominio en sus casas pero fracasaron, o eso parece, en el mundo exterior; trataron de realizarse a través del arte y la religión, pese a proceder de familias dedicadas al comercio y la industria.
Crearon hogares a los que acudían artistas y escritores y donde convertirse en artista se consideraba una evolución natural. Creían en el carácter proteico del ser y se oponían a la vida estable y a las ideas fijas. Por lo tanto, ni el novelista Henry James ni William Butler Yeats se beneficiaron de una educación universitaria, que tampoco destrozó sus mentes. Los padres, que se consideraban formidables instituciones de la más alta sabiduría por derecho propio, no tenían interés en exponer a sus hijos a competición alguna. Eran ambiciosos pero prácticamente incapaces de llevar a término un proyecto de envergadura. Para los dos, hablar era preferible a actuar, pero escribieron frases de insólita belleza. Adoraban Nueva York, no por su vida intelectual, sino por la vida que palpitaba en las calles atestadas, que ellos observaban con fascinación. Henry James padre creía —o, para divertir a un oyente, aseguraba creer— que un tranvía de caballos abarrotado era lo más parecido al paraíso en la tierra que había conocido. Los amigos los tenían por hombres encantadores y buscaban su compañía. Ambos consideraban a sus hijos —para gran frustración de estos en ocasiones— como fascinantes manifestaciones del poder y las posibilidades del futuro, en el que creían de manera apasionada. Podían ser realmente originales. Por ejemplo, el 4 de junio de 1917, antes de que su hijo escribiera el poema «El segundo advenimiento», John Butler Yeats le escribió: «El milenio llegará, y llegará sin duda, cuando la ciencia y las ciencias aplicadas nos hayan liberado de la carga de lo industrial y otras necesidades. Hoy en día, el hombre se deterioraría y descendería al instante a la condición de bestia si se le apartara del yugo y de la disciplina del esfuerzo y la preocupación». De manera similar, en 1879, casi dos décadas antes de que su hijo escribiera Otra vuelta de tuerca, Henry James padre escribió el siguiente relato acerca del terror que experimentó una noche normal y corriente en una casa alquilada de Windsor Park:
Por lo visto fue un terror absolutamente descabellado y deplorable, sin causa aparente, para mi atónita imaginación solo explicable por la forma de un condenado, invisible para mí, que se coló entre las paredes de la habitación y cuya fétida naturaleza irradiaba influencias fatales sobre la vida. El episodio no había durado más de diez segundos cuando me encontré hecho un guiñapo; yo, un adulto fuerte, vigoroso y alegre, quedé casi reducido a un niño desamparado.
Henry James padre tenía cinco hijos y John Butler Yeats, seis, dos de los cuales murieron en la infancia. Ambos tenían una hija dotada de una inteligencia excepcional, fértil y calculadora, tan calculadora, de hecho, que de algún modo impidió que Lily Yeats y Alice James se separaran de sus respectivas familias; las dos poseían un estilo epistolar magnífico y mordaz. Por lo visto, los padres sentían mayor aprecio por los dos hijos mayores: William y Henry James, por una parte, y W. B. y Lily Yeats, por la otra, recibieron un trato distinto que sus hermanos pequeños. John Butler Yeats y Henry James padre engendraron cada uno dos genios, cuatro hombres —Henry y William James; W. B. y Jack Yeats— que se concentraron, a diferencia de sus padres, quizá casi a pesar de estos, en acabar prácticamente cuanto empezaron. Tres de ellos desarrollaron en sus últimas obras un estilo complejo, audaz y extraordinario. Los cuatro estudiaron bellas artes; William James abrigó la ambición de ser pintor. Dos de ellos —W. B. Yeats y William James— coquetearon al principio con la magia y la religión mística y luego las convirtieron en un aspecto importante de su obra. Si bien los cuatro hombres estuvieron muy influidos por sus respectivos padres —influencia que en ocasiones fue negativa—, apenas tuvieron nada que decir sobre sus madres. Ambos padres utilizaron el océano Atlántico como un arma de su arsenal: John Butler Yeats recurrió a él para alejarse de su familia en la vejez; Henry James padre, para desestabilizar a unos hijos ya carentes de estabilidad.
Aunque en las décadas de 1880 y 1890 el novelista Henry James vio muchas veces a lady Gregory en Londres, no era amigo de
W. B. Yeats. Cuando este empezó a florecer en Londres, aquel ya
se había retirado a Rye. Sin embargo, en mayo de 1903 James
asistió en Kensington a una representación de la obra El reloj de
arena de Yeats, y en 1915 se puso en contacto con él, en nombre
de Edith Wharton, a fin de pedirle un poema para una antología
destinada a recaudar fondos para el esfuerzo bélico. John Butler
Yeats tenía opiniones tajantes con respecto a Henry James. En
julio de 1916 escribió a su hijo: «Acabo de terminar una novela
larga de Henry James. Gran parte de ella me ha hecho pensar en
un sacerdote condenado a confesar a monjas durante un largo
período. James ha contemplado la vida desde la distancia». Cuando, a la muerte de James, se publicó el tercer tomo inacabado de
su autobiografía, John Butler Yeats escribió a un amigo: «Hay quien cree que esta guerra es una bendición disimulada. A mí me
basta con que haya impedido a Henry James escribir una continuación de La edad madura». Dos años antes había escrito a su
hijo el poeta: «Cuando pienso en Henry James, me pregunto por
qué es tan oscuro y por qué la atención del lector se duerme o se
distrae al tratar de entenderlo. […] En James, la astucia consiste
en volver aburrido y pesado el suspense, y en atrapar al lector a su
pesar».
Cuando un exasperado John Quinn, el abogado y coleccionista de arte neoyorquino, quiso describir la estancia, interminable y cara, de John Butler Yeats en Nueva York, tomó a James como modelo literario. «Toda esta maldita cuestión —escribió— daría para una perfecta novela de Henry James, ¡y cómo lo sacaría a uno de quicio!» Quinn se convirtió a sí mismo en el embajador y a John Butler Yeats en el lama:
Y de esta forma el libro llega a un final triunfal, con la victoria del lama sobre su familia, sobre el embajador, sobre el doctor, sobre la enfermera y sobre sus amigos, pues no es otra cosa que una vindicación de la filosofía del ego, de la victoria del hombre que solo se tiene en gran estima a sí mismo, del hombre a quien no le importan los demás cuando han dejado de divertirlo, del ego del artista, el ego que se exhibe con la túnica del poeta y —por utilizar un vulgarismo que a Henry James, estoy seguro, le habría encantado— el egotista ataviado con su túnica, coronado de laurel, el artista consumado, el galán de la calle Veintinueve Oeste, el joven de ochenta años sin una sola preocupación, que no dedica un solo pensamiento a su familia ni a sus amigos, con eternos excesos, con una capacidad de comer y beber a los ochenta que es la envidia de sus amigos más jóvenes y saca de quicio al embajador; este joven que ha disfrutado de cincuenta años de juego y conversación, de salud y buen ánimo, de vino y copas y puros, este hombre que disfruta de las evasiones del artista, «se sale con la suya», como diría Henry James.
En 1884, dos años después de la muerte de Henry James padre, William, su primogénito, editó una selección de sus escritos. Su publicación llevó al novelista Henry James a pensar que «lo cierto es que el pobre padre, que tanto luchó, tan solo toda la vida, y que carecía de toda ambición mundana o literaria, era sin embargo un gran escritor». Henry James tenía treinta y nueve años cuando falleció su padre y, puesto que ya había publicado Retrato de una dama, era uno de los novelistas más famosos de la época. Podía permitirse ser generoso. Los escritos de su padre se centraban en cuestiones religiosas y no derivaban hacia el territorio de la ficción.
2
En 1904, cuando W. B. Yeats tenía treinta y nueve años, a su padre todavía le quedaban dieciocho de vida; se decía que John Butler Yeats era uno de los pocos padres que había vivido lo suficiente para recibir la influencia de su hijo. A finales de 1907 se mudó a Nueva York, donde pasó los últimos catorce años de su vida. Las cartas que escribió a W. B. Yeats, recopiladas por William M. Murphy, se mecanografiaron con gran esmero y se depositaron en la biblioteca del Union College —donde las leí en el verano de 2004—, frente al comedor en el que cuelga un retrato de William James de
Albany. En 1922, cuando murió John Butler Yeats, John Quinn propuso que se publicara una nueva selección de sus cartas. Escribió a W. B. Yeats: «Tengo la firme convicción de que, en lugar de extraer fragmentos de las cartas, estas deberían publicarse enteras, como se hizo con las de Henry James».
Estas cartas de padre a hijo, de Nueva York a Dublín, del especialista en no acabar nada al experto en llevarlo todo a término, son de las mejores que se han escrito. Se centran en el arte y en la vida en igual medida. En general son afables, pero su autor puede enfurecerse cuando se le provoca. Tanto Yeats como Henry James escribieron autobiografías que incluían un cuidadoso establecimiento de posturas y cierto grado de invención, y que crearon problemas a familiares y amigos; pero James escribió sus libros cuando su padre y su hermano ya habían muerto. Four Years, la incursión en la autobiografía de Yeats, la escribió en vida de su padre. En aquel momento este creía tener libertad para atacar la obra de su hijo:
Si te hubieras quedado conmigo en lugar de dejarme por lady Gregory y sus amigos y conocidos te habría encantado la vida real, por la que, como bien sé, sientes verdadero apego. ¿Cuál habría sido el resultado? Obras de teatro realistas y poéticas, y una poesía en la más estrecha e íntima unión con las realidades positivas y las complejidades de la vida. Y ese es el mundo que espera, hasta el momento en vano, a su poeta.
En familias como los Yeats y los James, en las que las discusiones sobre el arte y el estilo formaban parte de la vida emocional y se tenía en gran estima la escritura, los ataques al tono de la poesía y la prosa podían utilizarse para enmascarar otros ataques o volverlos más virulentos. La crítica literaria llegó a ser la moneda con que se pagaban antiguas enemistades familiares. De esta forma, en 1905, después de leer La copa dorada, William James podía escribirle a su hermano, que tenía sesenta y dos años: «Vamos a ver, ¿por qué no te sientas a escribir, solo por complacer a tu hermano, otro libro, sin crepúsculos ni olor a humedad en la trama, con brío y firmeza en la acción, sin evasivas en los diálogos ni comentarios psicológicos, y con un estilo absolutamente directo?». Y del mismo modo, en junio de 1921, John Butler Yeats escribió a su hijo, que rondaba los cincuenta y cinco:
Nunca eres más feliz ni son más oportunas tus palabras que cuando en la conversación describes la vida y haces comentarios sobre ella. Pero cuando escribes poesía es como si te pusieras el frac, por así decirlo, y te obcecaras y olvidaras qué resulta vulgar en un hombre con frac. Estoy convencido de que algún día escribirás una obra sobre la vida real donde la poesía será la inspiración, como lo es la propaganda en las obras de G. B. Shaw. Lo mejor de la vida es el juego de la vida, y algún día un poeta descubrirá que es así. Confío en que tú seas ese poeta. Es más fácil escribir poesía alejada de la vida, pero es infinitamente más emocionante escribir poesía de la vida.
William James había empezado como pintor y se convirtió en psicólogo, pero era asimismo un prosista profundamente autorreflexivo. Su estilo, según escribió a su hermano en 1907, consistía «en decir algo en una sola frase tan directa y explícita como sea posible y luego abandonarla para siempre», en contraposición al de Henry, que consistía, según escribió William, «en evitar citarla directamente, a fuerza de respirar y suspirar en torno a ella de manera incesante, para provocar en el lector, quien tal vez haya tenido ya una percepción similar (¡y que Dios se apiade de él si no es así!), la ilusión de un objeto sólido».
El fracaso de Henry James padre en vida se agravó después de su muerte por el fracaso de la recopilación de sus escritos. En 1887, cuando fue obvio que las ventas habían reflejado la acogida de la crítica, Henry, quien había escrito a un crítico para decirle que su ataque al libro había sido despreciable y brutal, escribió a William: «Lo que me cuentas del libro de nuestro pobre padre me daría ganas de llorar si no fuera porque de algún modo no caben ya las lágrimas». Así pues, los dos autores de éxito, William y Henry James, ambos en su apogeo, se las habían apañado para matar a su padre, por así decirlo, al permitir que su obra se publicara en forma de libro.
3
Durante el tiempo que pasó en Nueva York, John Butler Yeats sería objeto de la preocupación de su hijo el poeta, que lo aconsejaba y financiaba, que escribía sobre él y hablaba de él como si fuera un adolescente descarriado, el «joven de ochenta años sin una sola preocupación», en palabras de John Quinn. Poco a poco, con el paso de los años, padre e hijo habían intercambiado los papeles. Como pintor, John Butler Yeats no podía competir con su hijo mayor ni quedar eclipsado por él. Pero durante el exilio en Nueva York empezó a escribir relatos y poemas y una obra de teatro, de los que hablaba en las cartas dirigidas a su hijo como un principiante a un escritor mayor y con más experiencia. Es como si el senador Mann, tras haber leído Los Buddenbrook de su hijo, se pusiera a escribir vacilantes obras de ficción, o como si sir Leslie Stephen, tras haber visto cuadros de su hija Vanessa Bell, empezara a coquetear con el dibujo. En los anales de la correspondencia entre padres e hijos no encontramos un retrato tan crudo de un asesinato lento y humillante como en las cartas sobre el oficio de escribir entre John Butler Yeats y su hijo. El anciano es como un niño, todo inocencia con su orgullo y su esperanza, y el hijo se muestra distante, endiosado y todopoderoso, dispuesto a ignorar, criticar y machacar discretamente. El hijo es frío y despiadado; el anciano está desesperado por que lo asesinen. Es como si Edipo, Herodes y alguna tercera fuerza salida del oscuro laboratorio de Freud se hubiesen unido.
A principios de siglo, John Butler Yeats provocó la ira de los dioses al alabar la obra de teatro de su hijo Jack en una carta dirigida a su hijo el dramaturgo. Escribió: «Me he llevado una gran decepción al enterarme por Cottie [la mujer de Jack] de que no te ha gustado mucho el “Flaunty” de Jack. Me parece que te equivocas». Unos meses después, volvió a escribirle sobre el mismo tema: «Creo haberte hablado ya de la obra que escribió Jack para el teatro de marionetas. Es la obrita más bonita y poética que he leído. […] Tú y Moore y Pinero y Arthur Jones haríais bien en aprender de Jack. Te aseguro que esa obra me emociona. Debe de tener verdadero talento para la interpretación». En 1901 y 1902, cuando se pusieron en escena más obras de W. B. Yeats, su padre se convirtió en uno de sus críticos. «No sabes cuánto he disfrutado de tu obra —le escribió en 1902—, pero mantengo que el final no funciona.» En 1913, tras haber visto en Nueva York una representación de La condesa Cathleen, escribió: «Creo que la obra debería tener un prólogo. Ayudaría a crear la ilusión y proporcionaría el ambiente necesario. Se espera que sin previo aviso nos internemos en el mundo del milagro y los duendes, y eso es pedir demasiado».
Varias de las cartas en que John Butler Yeats hablaba de sus escritos a su hijo están fechadas en los primeros años del siglo. En una de 1902, escribió:
Ya casi he acabado mi relato y estoy deseando que lo leas. Si no te gusta me llevaré una decepción. De momento no lo ha oído nadie salvo Susan Mitchell y Norman, que se han mostrado entusiasmados. G. Moore oyó la primera parte hace algún tiempo y se deshizo en elogios, pese a que no suelen gustarle esa clase de historias.
En marzo le escribió: «Si consigo acabar mi relato, creo que te gustará. Les leí la primera parte a Moore y Magee, y sus elogios me han inducido a seguir adelante».
En 1908, en Nueva York, John Butler Yeats escribió dos relatos breves y se los envió a su hijo. «No sé qué te parecerán», le comentó. Un mes después, al no recibir respuesta, escribió: «Me temo que el hecho de que no hayas escrito significa que te traen sin cuidado mis relatos (posiblemente condenados sin ser leídos). En cualquier caso, te agradecería muchísimo que los metieras en un sobre grande y me los devolvieras por correo». La displicente respuesta que llegó casi un año después no fue de gran ayuda. Estaba fechada el 10 de octubre de 1909 y había sido escrita en
Coole Park. Concluía con estas palabras: «He encontrado sus dos relatos, que estaban entre los papeles de lady Gregory. Debí de dejárselos para que los leyera. Se los mando. En mi opinión, el que no lleva nombre es con mucho el mejor».
El 11 de noviembre, John Butler Yeats, descontento, volvió a escribir a su hijo a propósito de los relatos, que este no le había devuelto todavía. Por lo visto, no tenía claro cuál le había gustado a W. B. Yeats:
No me das ninguna pista sobre cuál de mis historias te ha gustado. Había dos. Lamento mucho habértelas mandado, pero te agradecería enormemente que me las devolvieras cuanto antes. Quiero recuperarlas. De un relato, «La esposa fantasma», no tengo copia.
La desigual discusión sobre los relatos continuó. Al año siguiente, anunció a su hijo: «He puesto mis cuatro relatos en manos de un agente literario; uno es un relato moderno, muy escueto».
En 1909, John Butler Yeats empezó a mencionar en las cartas dirigidas a su hijo una obra de teatro sobre la que hablaba con mucha gente de Nueva York, pero que de hecho no había empezado a escribir. Una de esas personas era un productor llamado Percy MacKaye. El 24 de marzo, escribió: «Adjunto un breve párrafo del Sun para que veas que Percy MacKaye, que está entusiasmado con mi obra, es una persona de cierta posición». Tres semanas después comunicó a su hijo que Percy MacKaye le había dicho que «estaba convencido de que podía conseguirme un encargo para escribirla si presentaba el guión. Me habló de la cuestión no una vez, sino diez o doce. […] Se mostró entusiasmado, me imploró que acabara la obra y me dijo que se la enseñaría a todos los agentes de Nueva York».
Cuatro años más tarde, John Butler Yeats, rebosante de esperanza, seguía escribiendo a su hijo acerca de la obra de teatro, que sin embargo continuaba en el reino de la imaginación. «Tengo todas mis ilusiones puestas en una obra», le escribió en febrero de 1913, una comedia psicológica. Cuenta con varias escenas emocionantes, donde la gente derramará lágrimas de alegría, y la trama estará, en palabras de una chica lista, «bien tejida». Y, como recordarás, Synge me dedicó uno de los pocos cumplidos que hace. Dijo que sabía escribir diálogos. La obra tiene unidad y la acción será rápida. Percy MacKaye me dijo que estaba seguro de que podría conseguirme un encargo para escribirla si le proporcionaba un esbozo por escrito.
Es probable que, al mencionar el halago de Synge, John Butler
Yeats fuera consciente de la actitud de este respecto a las obras de
W. B. Yeats y lady Gregory, miembros como él de la dirección del
Abbey Theatre. Synge era cicatero con los elogios, por no decir
otra cosa.
En 1916 Yeats padre, que contaba entonces setenta y siete años, continuaba recordándole a su hijo la obra de teatro que todavía no había escrito. El 6 de enero le comentó en una carta: «Ya sabes que tengo una obra en mente y que pretendo escribirla algún día. […] Y ya sabes que Synge elogió mis diálogos. Apuesto a que si la escribo será un éxito. Espera y verás». Al cabo de nueve días volvió a sacar el tema. «Cada vez pienso más en mi obra. Creo que te sorprenderá, pero ahora mismo estoy ocupado con mi biografía.» Cuando murió, seis años después, la mencionada autobiografía seguía inacabada.
En lugar de terminar la obra de teatro, el padre de W. B. Yeats escribió algunos poemas que mandó a su hijo a finales de enero de 1916, junto con una carta de recomendación de sí mismo. «Te envío unos versos improvisados. […] Creo que contienen los rudimentos del arte, son vigorosos y tienen un principio, un centro y un final, y eso ya es decir mucho.» Aún no había recibido respuesta de su hijo cuando le escribió de nuevo:
Te mando muchísimas cartas. Empiezo a pensar que soy un escritor nato. ¿Has recibido mi «poema»? Me pareció que tenía vigor y una suerte de inspiración fluida. A su modesto modo, fluye de maravilla. Cuando estaba en la universidad, en cierta ocasión escribí unos versos y se los enseñé a un amigo muy listo, el actual sir John Edge, del Consejo de India, quien proclamó que eran superiores a cualquier cosa de E. Dowden, que por aquel entonces escribía poesía para la revista de la universidad. Quizá si hubiese consolidado mi «éxito», no serías el primer poeta que lleva mi apellido. Tal vez.
Dos días después, John Butler Yeats comentaba en otra carta: «Creo que tengo derecho a considerarme “heredero de fama malograda”. Les conté a [Padraic] Colum y su mujer todo el argumento de mi obra y nunca he visto a nadie más encantado o con más ganas de que se escriba. Percy MacKaye me habrá rogado unas veinte veces que la ponga por escrito». No habían transcurrido ni dos semanas cuando mandó otra carta sobre la obra de teatro que se proponía escribir:
En cuanto mi conferencia [del 4 de abril] haya quedado atrás, pienso ponerme a trabajar en mi obra de teatro. Es el Destino y debe cumplirse. Tengo todos los detalles en la mente y será un drama. Los personajes, el diálogo, todo será dramático, y el tratamiento tendrá una amplitud que se proyectará más allá de las candilejas. El héroe es un poeta con la intención de rebelarse contra el dominio de cualquier mujer, pues es excepcionalmente vulnerable al género femenino; la heroína está enamoradísima del héroe, y su amor es un amor de mujer, con más alma que pasión.
Por tercera vez, Yeats padre mencionaba a Synge: «Y recuerda que Synge dijo que sé escribir diálogos», apuntó, para a continuación añadir: «La obra entera será toda una novedad. Estoy seguro. Tengo la idea, y creo que se me concederá ponerla en escena. Si la obra tiene éxito, entonaré el nunc dimittis». Las referencias a sus textos y el envío de poemas solo encontraron silencio al otro lado del Atlántico. El 19 de marzo de 1916 escribió: «No dices nada sobre mi “poesía”. Esperaba algún cumplido sobre “el vigor y la vivacidad de mis versos”». En una posdata, agregaba: «Sea como fuere, hazme saber si has recibido mis poemas».
A finales de mayo había avanzado en la escritura de la obra de teatro:
Te digo que es buena; no es u
