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MUJERES, TEJEDORAS DE MEMORIA
Mi madre tenía un secreto que había heredado de tres mujeres de la familia. Ellas ya no estaban entre nosotros. Esas mujeres eran la bisabuela Francesca, la abuela Joana y la tía Teresa. El secreto no lo sabía nadie más y era el siguiente: durante años buscaron al abuelo Antonio, desaparecido en combate en la batalla del Ebro. Todas lo llevaron con tanta discreción, que mi madre lo compartió conmigo tan solo unos días antes de morir. Fue entonces cuando me habló de su padre Antonio, mi abuelo, de su búsqueda a lo largo de todos esos años y de la caja azul.
Esta historia empezó hace más de dos décadas, justo cuando a mi progenitora le diagnosticaron un cáncer de pulmón un año y medio antes de morir.
—Tiene usted un tumor pegado a la aorta. Siento decirle que su situación es muy complicada porque ese tumor no se puede operar.
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Juana, incrédula.
Juana era el nombre de mi madre.
—Que no le quedan más de tres meses de vida.
Lo que supuestamente tenía que haber sido una revisión rutinaria, por un resfriado mal curado, se había convertido en una condena a muerte, con fecha final incluida.
—Pero ¿qué dice, doctor? ¡Eso no puede ser!
Es lo único que salió por mi boca, estaba en shock. No pregunté ni comenté nada más. Ese día solo yo acompañaba a mi madre, porque realmente era una visita sin importancia. Y ahí me encontraba sin saber qué decir, escuchando cómo un médico le ponía fecha a su último capítulo en esta vida. Juana me miró y puso su mano en mi brazo. No sé si para contenerme o para reconfortarme.
—No te preocupes, me queda mucha vida.
Giró la cabeza hacia donde estaba el médico y le lanzó una sonrisa serena.
—Usted no sabe lo que está diciendo, doctor. No me conoce bien, aún no ha comenzado la pelea.
La reacción de Juana, mi madre, dejó al médico perplejo y descolocado, quizá esperaba lágrimas o lamentos, pero no sucedió nada de eso. Ella se levantó y se dirigió hacia la puerta. El médico se quedó con la palabra en la boca y yo intenté seguirla, procesando todavía la sentencia. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas: ¿cómo que le quedaban tres meses de vida? Pero ¿quién era ese señor para dictar esa sentencia, para quitarme a mi madre, así, sin más? No había sentido en mi vida mayor impotencia y rabia.
Ella se dio cuenta inmediatamente de cómo me encontraba, así que en el pasillo me sonrió y me abrazó con todas sus fuerzas.
—He sobrevivido a una guerra y a una posguerra. Cuando tenía cinco años, perdí a mi hermanito de tres años y a mi padre. Con doce años trabajaba, estudiaba y ayudé a criar a mi hermana. Mi madre se ha ido ya, pero todavía os tengo a tu padre, que es lo que más quiero en el mundo, y a ti. ¿De verdad crees que solo me quedan tres meses de vida?
No dije nada. Solo quería llorar, pero no lo hice, aunque era lo único que deseaba hacer. No estaba preparado para lo que iba a pasar, nadie lo está. ¿Y qué clase de médico nos había tocado? ¿Se creía Dios? ¿Cómo era capaz de poner una fecha final a una vida? ¿Por pura estadística?
—Tranquilo, esto lo vamos a superar. De esto va la vida, de levantarse y seguir. Vamos a llamar al doctor Curiá. —Era nuestro médico de cabecera—. Y nos trazará un plan para ver cómo le plantamos cara al alien.
—¿Al alien? —repetí sorprendido.
Desde ese mismo instante, y durante todo el tiempo que duró la enfermedad, mi madre y yo jamás pronunciamos la palabra «cáncer», siempre era «el alien». Durante toda su vida había sido una luchadora incansable y así me había educado. No podía defraudarla en estos momentos, aunque era ella la que me estaba animando cuando la acababan de condenar sin remedio.
Ya en la calle, angustiado y roto, pensando en cómo se tomaría mi padre, José, lo del alien, la abracé con cuidado, como si se fuera a romper.
—Puedes achucharme bien. No me duele nada.
—Te quiero mucho, mamá, pelearemos juntos contra esto. No pienso dejarte ni un minuto sola.
Juana me miró con ternura, sabía que eso iba a ser verdad desde ese mismo instante. Y así fue.
***
Barcelona, mayo de 2001
La habitación estaba suavemente iluminada por la luz que entraba a primera hora de la mañana. Los rayos de sol se colaban lateralmente, entre las rendijas de la puerta de la terraza abierta de par en par. El calor empezaba a apretar. La cama de Juana, mi madre, estaba situada enfrente de esa terraza, así ella podía disfrutar de las flores y del ficus enorme que tanto amaba y que había cuidado siempre, hasta hacía tan solo unos días. Ahora ya casi no podía caminar. Había perdido mucho peso y necesitaba estar conectada a la máquina de oxígeno durante muchas horas. Esto dificultaba aún más sus pequeñas salidas a ese espacio que la llenaba de felicidad.
Toda la habitación estaba pintada de blanco. A la izquierda había un gran armario que ocupaba toda la pared, de lado a lado. Las puertas correderas estaban cubiertas por dos inmensos espejos. Con su reflejo ayudaban a dar un matiz más alegre y luminoso a la estancia. En el techo colgaba una enorme lámpara de tonos ocres y dorados, en forma de flor, y con cinco ramas que se iluminaban una vez se encendía. Casi siempre estaba apagada, pues Juana prefería la lámpara de la mesilla de noche, mucho más cálida y acogedora. Ese era su cuartel general, el centro de mando donde transcurrían gran parte de aquellos días.
Por las mañanas, le leía algún libro de los que me pedía. Era una devoradora de historias insaciable, recuerdo haberle leído de todo: Benedetti, Auster, Salinger, Pérez-Reverte, Roald Dahl… Ahí estaba yo, incansable y sobreactuado, queriendo que disfrutase cada segundo de las lecturas. Algunos los terminábamos y otros no, pero todos los comentábamos profusamente. Tenía otros refugios, como la radio y la música. Escuchábamos a Serrat y a Llach… Aún hoy, cuando pongo «Cançó de matinada» cierro los ojos y la siento a mi lado. Yo sumaba a su repertorio a Manolo García y Manu Chao, y ella se reía de alguna de las letras y de mis gustos musicales. Entre canción y canción, peleando contra los ataques de dolor, pasábamos las horas.
No quiso que la ingresaran en un hospital y le había hecho prometer a mi padre que no saldría de casa por muy mal que se encontrara, pues podrían montar todo lo que necesitaba en esa habitación. Y así ocurrió. Gracias al doctor Curiá, su dormitorio se convirtió en un pequeño hospital: con oxígeno, goteros, todo tipo de medicamentos, calmantes, proteínas… Durante un tiempo hubo distintos turnos de enfermeras. Salvo para hacerse radiografías, para ver si avanzaba o no el alien, el resto del tiempo Juana permaneció en casa, junto a sus cosas, sus plantas y su familia. Nos fundimos el seguro de salud y un poco más, pero cumplimos con la promesa.
Las jornadas iban pasando y fueron muchos los momentos y conversaciones que tuve con mi madre durante su enfermedad. No perdió la lucidez.
—Qué difícil es morir.
—No digas eso, mamá.
Mi madre murmuraba esa frase una y otra vez. Durante los últimos días se había convertido en un mantra. Estaba cansada de luchar, harta de un dolor que no podía calmar y de las noches eternas en vela.
—¿Cómo vas de dolor, mamá? ¿Quieres que te pinche una dosis de morfina y así descansas un rato?
—No, estoy bien, parece que ha aflojado un poco…
En las últimas semanas ya no funcionaban los parches de morfina ni ningún calmante, solo las inyecciones. Tres semanas antes habíamos estado negociando sobre este tema. Era tan duro sentir cómo el dolor invadía a mi madre. Si solo hubiese sido un alien, que poco a poco le hubiese ido absorbiendo la energía, quizá la enfermedad hubiera sido más llevadera. Es decir, si tan solo hubiera sentido que Juana iba apagándose poco a poco… Si tan solo un día hubiese cerrado los ojos y todo hubiese acabado. Pero lo insoportable era ser consciente de que el alien le infligía dolor. Estar a su lado y sentir el sufrimiento en su rostro. Y eso que mi madre se quejaba poco, era una mujer fuerte.
—No quiero que vengan a pincharme. Si tú estás aquí, ¿te atreverías?
—¿Quieres que te pinche yo? —le pregunté sorprendido.
Se le escapó una sonrisa.
—No me puede doler, ya lo sabes.
Ahora era yo quien sonreía.
—Espero no tener miedo, pero cuenta con ello, mamá. ¿Te vas a fiar de mí? No lo he hecho nunca.
Los nervios me hacían lanzar frases, una detrás de otra.
—Lo harás bien, estoy segura. Piensa que si tengo dolor, sea la hora que sea, no tenemos que esperar a nadie, porque tú lo puedes hacer.
En eso llevaba razón. Me tocó aprender rápido, pues nunca había puesto una inyección. Así que practicaba con todo…, recuerdo, incluso, pinchar melocotones a escondidas en la cocina. La primera vez que la pinché lo hice bajo la supervisión del doctor Curiá. No sé quién estaba más nervioso, si el médico, ella o yo. Afortunadamente salió bien, no se quejó ni una sola vez. Durante sus últimos días ya no quería ver a nadie que no fuera de la familia o a amigos. Todo se aceleró mucho.
Un día, cuando el dolor le dio tregua y justo había terminado de leerle uno de sus libros, me di cuenta de que mi madre me estaba mirando fijamente. Tenía la sensación de que no había escuchado nada. Sonrió con un deje de misterio. Y me hizo una petición que cambiaría mi vida durante los siguientes años.
—¿Me puedes hacer un favor?
La miré con atención y descubrí que la expresión de su cara se había transformado, estaba seria, muy seria.
—¿Va todo bien?
—Sí, sí, pero quiero que me acerques algo de la cómoda.
A los pies de la cama, en el lado derecho, en el hueco entre la puerta de la terraza y la pared, ahí estaba la cómoda. Era de principios de siglo, de caoba, marrón oscura, había pertenecido a la abuela y siempre había estado en casa. Tenía cinco cajones, tres enormes, dos algo más estrechos y una gran cubierta de mármol blanco en la parte superior.
—Abre el tercer cajón.
Tiré de la llave, no sin hacer un poco de fuerza, porque era uno de los cajones grandes y estaba lleno de manteles y de ropa de cama…, y todo eso pesaba.
—No me vas a poner a arreglar manteles, ¿verdad?
Se rio con las pocas energías que le quedaban.
—No, hombre, no, aún no he perdido la cabeza… A ti te voy a dejar que organices los cajones…, ni lo sueñes. Sigues siendo un desastre.
Solté una carcajada. Mi madre tenía razón.
—¿Qué necesitas?
—Mira en la parte de atrás. Hay una caja, ¿la ves?
No veía nada más que manteles, colchas y sábanas. Todo perfectamente doblado. Me tocó sacar unos cuantos manteles y ropa de cama.
—La que estás liando. No es tan difícil de encontrar, no me hagas levantar.
—Espera un poco, mamá. Creo que ya la tengo.
Al fondo, medio escondida, ahí estaba: una caja de cartón azul, atada con un trozo de retal de ropa, como si se tratara de un regalo. Un dibujo cubría gran parte de la tapa: una fuente, dos cisnes y una pareja con ropas de fiesta. No sabía muy bien qué había dentro, pero la caja pesaba bastante.
—Ven, déjala aquí en la cama y guarda todos los manteles. Menudo lío has montado.
Apenas tenía fuerzas, pero seguía comportándose como una madre. Lo coloqué todo enseguida.
—Siéntate aquí, a mi lado.
Ella miró la caja como si fuera lo más preciado de su vida.
—Antes de nada, prométeme dos cosas: que no abrirás esta caja mientras yo esté viva…
—Pero, mamá… —protesté, y no por no poder abrirla, sino porque sus palabras sonaban a despedida.
—Prométemelo, José Antonio.
Se puso tan seria que no me atreví a bromear.
—Te lo prometo, pero por lo menos dime qué hay.
—Calla y escúchame bien. Tu segunda promesa es que esto no se lo vas a contar a nadie.
Me estaba inquietando e intrigando a partes iguales.
—Pero ¿qué hay dentro de esta caja para que tenga que guardar tanto secreto, mamá? En serio, dímelo, ¿qué es lo que pasa?
—Nada, escúchame. Yo te he hablado algunas veces de tu abuelo, que desapareció en la guerra…
Ahora sí que estaba totalmente desorientado, porque no esperaba ninguna historia familiar, y menos en esta situación.
—Sí, tú y la tía Teresa, las dos… Y recuerdo una foto con el abuelo vestido de militar…
—Es cierto, y también te enseñé alguna vez un retrato de tu tío, de mi querido hermano, ¿te acuerdas, hijo mío?
Por un instante, se le quebró la voz. Le acaricié el pelo.
—Vamos, mamá, ya me lo explicas en otro momento.
Negó con la cabeza, aguantó como pudo el cansancio y el dolor, y continuó:
—Ya te expliqué que el tío murió a los tres años por un error del médico. Tú llevas una parte de cada uno de ellos. Por eso te llamas José Antonio, por mi hermano José y por mi padre Antonio.
Tal y como dijo todo esto mi madre, comprendí hasta qué punto su vida quedó marcada por estas dos ausencias: su hermano y su padre. Nunca lo había visto tan claro.
—Lo sé. —Quise rebajar algo las emociones—. Menos mal que no te dio por ponerme Antonio José, pues sería como un galán de telenovela venezolana.
Nos reímos.
—No puedo contigo, hijo. Sabes lo mucho que te quiero y lo que te echaré de menos allá a donde me toque ir.
—Mamá, por favor…
Se lo dije como pude, pues tenía un nudo en la garganta. Estaba con el corazón encogido al ver a mi madre en esa situación, regresando al pasado y sumando desconsuelo al dolor que nos acompañaba ahora a diario. Podía ver cómo estaba ya en 1938, rememorando todo como si fuese en el presente…, a pesar de que hubiesen transcurrido más de sesenta años.
Creo que podría contar con los dedos de una mano las veces que, de forma casi fortuita, se había comentado de pasada en casa algo sobre la guerra y lo que sucedió durante esos días. La muerte de José con tres añitos fue el principio de todo lo malo que trajo el 38. Pensaron que el niño había contraído anginas, pero en realidad tenía escarlatina. Aquella era una enfermedad infecciosa que se curaba con antibióticos; sin embargo, un error en el diagnóstico del médico se lo llevó para siempre. Semanas después fueron a buscar a mi abuelo Antonio para enviarlo a la guerra, y a los dos meses ya estaba en la lista de desaparecidos en combate. Esto es lo único que yo sabía. Recuerdo que de niño alguna vez había preguntado más cosas sobre el abuelo, pero siempre mi madre y mi tía me miraban cariñosas y me respondían que cuando fuese mayor ya me dirían más. Y poco a poco yo mismo había ido enterrando esa historia en la memoria, pues me daba cuenta inconscientemente de que no era un tema en el que quisiesen ahondar.
La tía Teresa, la hermana de mi abuelo Antonio, me había contado historias de mi madre y de José jugando en el jardín de Badalona. Lo bien avenidos que estaban los dos hermanos y cómo mi madre cambió tras la muerte de este, convirtiéndose en un terremoto sin control. Teresa fue una mujer increíble, morena, delgada y extremadamente culta. De joven trajo de cabeza a más de uno y no le faltaron pretendientes. Alguna vez le pregunté que por qué no se había casado y que si nunca tuvo novio. Ella, sin dejar de sonreír, siempre me daba la misma respuesta:
—Se asustan cuando me conocen.
Era verdad, la Teresa que yo recuerdo no era una mujer común, vestía de oscuro, por lo general de negro, pero elegante y con un toque europeo que asustaba a los españolitos de la época. Independiente, valiente y decidida. Vivió sola en Badalona en la casa de toda la vida, en la que habían sobrevivido a la Guerra Civil y a la posguerra. Bueno, sola no, con una tortuga de tierra. La tortuga no tenía nombre, era simplemente Tortuga. De niño me pasaba horas fascinado viendo cómo comía hierba, tomates y trozos de lechuga. Se bañaba en unos platos grandes de cerámica, puestos para ella, que simulaban ser un adorno del jardín. Tenía una cueva donde se escondía y pasaba el invierno.
Yo era el ojito derecho de Teresa, me cubría en todas mis tropelías y era la cómplice perfecta para jugar. A principios de los ochenta estuvo enferma unos meses y, junto a Tortuga, le tocó pasar un tiempo en Barcelona con nosotros para recuperarse. Tortuga no terminaba de adaptarse a su nuevo hogar, pero Teresa estaba encantada explicando sus historias. Aunque yo era muy crío, algo contó sobre el abuelo Antonio, pero hacía muchos años de todo eso. También recuerdo que si le preguntaba algo más sobre lo que ella contaba, pasaba a otra anécdota o me ponía la excusa de que ya sabría más cuando fuese un hombre.
La tía Teresa se apagó un lunes, el 25 de julio de 1988. Jamás compartí con nadie la pena tan grande que sentí ese día. Durante las últimas semanas de vida de mi tía, notaba que no estaba tan lúcida y que se perdía mientras hablábamos de recuerdos. Mamá ya me había dicho que tenía problemas de salud y que no pintaba bien. Me costaba imaginarme un mundo sin mi tía. No podía pensar en no tenerla a mi lado ni disfrutar de su cariño. Cuando murió, me llevé tal disgusto que no fui capaz de regresar nunca más a la casa de Badalona. La vida tiene cosas difíciles de explicar, coincidencias que descolocan. Teresa murió un 25 de julio, exactamente el mismo día, pero cincuenta años después, en que su hermano Antonio cruzó el Ebro y desapareció. Siempre me dolía pensar en Teresa. Ahora era mi madre la que se estaba alejando de mi lado. La muerte, cuando llama, no se retira.
—¿Me vas a decir qué te pasa, mamá?
Se tomó su tiempo de nuevo, conectó la máquina de oxígeno que estaba al alcance de su mano izquierda y se acercó los dos pequeños tubos a la nariz. Me miró fijamente y me dio la caja.
—En esta caja están las cartas de tu abuelo Antonio, de los meses que pasó en el frente, y todo lo que hicimos para encontrarle cuando desapareció. No te puedes imaginar con cuánto dolor vivíamos. La casa ya había enmudecido antes con la muerte de José. Se desvanecieron nuestras risas, las carreras por los pasillos, los juegos con los abuelos… Con la muerte de mi hermano todo se convirtió en silencio, nadie hablaba, solo se escuchaban mis berrinches continuados, reclamando atención, y las lágrimas de mi madre. Yo pasé a ser una niña sin control, vivía enfadada con el planeta entero. ¿Por qué se había marchado José? Yo solo quería a mi hermanito a mi lado.
»Tu abuelo intentaba estar muy pendiente de todos, era el alma de la familia animando a unos y otros, aunque más de una vez, mientras me abrazaba, se le escapaban algunas lágrimas que intentaba disimular.
»Si algo aprendimos durante esos días inciertos es que siempre se podía estar peor… Faltaba una vuelta de tuerca más. Pasaron unas semanas y la República necesitó a tu abuelo para ganar la guerra. Le vinieron a buscar para que se incorporara a filas a finales de mayo. ¿Te imaginas la angustia? Aún recuerdo su abrazo, el adiós emocionado de sus padres y el beso infinito que le dio a mi madre. Maldita guerra y malditos locos que nos hicieron pasar por todo aquello. Mi madre no pudo más, empezó a tener muy poca paciencia con todos, en especial con mis líos. Ella solo quería tener noticias de mi padre. Hoy la veo de vuelta en ese pasado que nos tocó vivir y la entiendo perfectamente. ¿Cómo nos pudieron hacer eso?
Se calló, conteniendo la rabia, y cerró el puño derecho con fuerza. Respiró profundamente un par de veces. Ahora el silencio era el dueño de la habitación, el mismo que había vivido años atrás. En ese momento Juana no estaba en la cama, sino en circunstancias diferentes: se encontraba en Badalona, viendo cómo su padre se marchaba para siempre y cómo su madre se quedaba rota, partida en dos, mientras se despedía del amor de su vida, abrumada por tanta pérdida y maldecía a todo y a todos.
—En fin, el resto ya lo sabes. Meses después desapareció para siempre en el Ebro.
Tardé en reaccionar, no sabía si traerla de vuelta de ese momento en el que se encontraba. Pero quería saber qué sucedió con el abuelo.
—Pero ¿lo encontrasteis?
—Averiguamos muchas cosas, llegamos hasta el día en que lo vieron por última vez, pero el camino no fue nada sencillo, porque buscar a un soldado republicano en los últimos meses de la guerra y durante la posguerra era tropezar una y otra vez con puertas cerradas, cartas sin respuesta y frases desagradables como: «Para qué buscas a este rojo, seguro que está muerto». La abuela Joana, herida por el trato, siempre respondía que ni rojo ni muerto.
»Una mañana, mientras esperaba en los juzgados para tramitar unos papeles, le contaron la historia de una mujer joven, de la que ya no recuerdo el nombre, que había cruzado el Ebro en busca de su marido. Estaban recién casados cuando se lo llevaron al frente, pasaron las semanas y ella no tenía noticias de su hombre. Cuando terminó la batalla, la mujer decidió ir a buscarlo. Caminó por donde le decían que había estado la unidad de su marido, lo hizo entre los muertos de los dos bandos, algunos cuerpos medio enterrados y otros dejados a su suerte. No era la única, muchas personas estaban en lo mismo.
—¿Y lo encontró?
—Sí, tuvo suerte y lo encontró.
»Y te explico esto porque en casa se habló de ir hasta el Ebro, de buscar a mi padre en la sierra de los Aüts, que es donde había estado. Pero ya habían pasado más de tres meses de la desaparición, y tu bisabuela Francesca convenció a Joana de que no lo hiciera. Insistió en que no podía ir estando embarazada, que era una locura, que a saber lo que vería y por lo que tendría que pasar.
»Años después supimos que los propios campesinos de la zona enterraron en fosas comunes a todos esos pobres muertos en la batalla.
»Ya en los sesenta, un día convencí a tu padre, con una excusa cualquiera, para que me llevara hasta Almatret, un pueblo de la comarca del Segriá en Lérida, donde estuvo tu abuelo antes de comenzar la batalla y donde llevaban a los heridos del frente. No encontré nada. Tan solo un hombre mayor, de los que han estado en el pueblo toda la vida y que además trataba con los agricultores de Mequinenza, que está al otro lado del Ebro, en Aragón, me contó que muchos de esos cuerpos habían sido desenterrados y tirados al río y a los barrancos para poder seguir arando los campos.
Yo estaba callado, mirándola fijamente, intentando memorizar todo lo que decía y sobrepasado por la barbarie que escuchaba.
—Ya ves por lo que nos tocó pasar. También te digo que durante los últimos días de la República, el proceso de búsqueda fue algo más fácil. Bueno, quizá esto no es del todo cierto, pero por lo menos no te miraban con desprecio. Después, terminados los años de locura y muerte, cuando España era una, grande y libre, te trataban como si tuvieras que avergonzarte por intentar encontrar a un desaparecido en el bando de los perdedores, pero abandonar no estaba en nuestro vocabulario, así que seguimos…
Se tomó un instante para respirar profundamente, cerró los ojos y la pausa no duró demasiado.
—No logramos saber qué le sucedió en el Ebro. Durante años soñé con verlo de nuevo, pero, sinceramente, creo que no salió vivo de ahí.
Se quebró. Una lágrima resbaló por la mejilla de mi madre y se la sequé con cuidado. Me di cuenta de que yo también estaba llorando. Ahora sí, un silencio espeso, cargado de sentimiento, se apoderó de la habitación.
—¿Me das un poco de agua?
Le acerqué el vaso con cuidado y bebió con la ayuda de una pajita de colores.
—No todo termina aquí —forzó algo la voz—, no estoy segura de nada. La verdad es que tengo muchas dudas de lo que le pudo ocurrir o a lo que se tuvo que enfrentar tu abuelo. Por eso quiero que hagas tu propio camino en toda esta historia…
Intenté digerir lo que me estaba pidiendo mi madre. Me sentía confuso, porque ella había estado años sin hablar y sin dejarme conocer esa parte de la historia familiar, así que lo primero que salió de mi boca fue una pregunta:
—Pero ¿por qué no hemos hablado nunca de todo esto? —Y sin dejarle tiempo para que me respondiera, le solté otra—. ¿Qué quieres que haga?
—Que continúes, si te apetece. Vuelve al principio y arranca de cero, busca las cosas mal hechas que hicimos, mira en qué nos equivocamos… Creo que esta caja te va a traer de vuelta a una persona fantástica. A un hombre inquieto, culto y defensor de la democracia. A alguien que odiaba la guerra por encima de todas las cosas, a un político que no creía que matando gente se pudiera construir un futuro de nada. Para él, la solución pasaba siempre por la palabra, el debate y la negociación. Por cierto, te llevarás una sorpresa con el tema de la política.
—¿También fue político?
No obtuve una respuesta concreta, ella siguió contándome cosas de la caja.
—La caja tiene un trozo de mi padre, al que quería con locura. Se lo llevaron y me quedé huérfana de sus historias, de su amor y de sus reprimendas. Me quitaron la ilusión y la alegría y me dejaron llena de tristeza y melancolía. Dicen que no existe mayor soledad que la del que no se reconoce en esta vida. Yo dejé de ser niña en el verano de
