PRIMERA PARTE
UNA NUEVA VIDA
1
—¿De Afganistán? Y eso, exactamente, ¿dónde está? ¿En otro planeta?
Cuando María supo que el hombre del que se estaba enamorando perdidamente, como una auténtica colegiala, había nacido en un país llamado Afganistán, no pudo parar de reír y de hacer bromas sobre la localización de aquel reino del que nada había oído hablar hasta ese momento. Era una risa nerviosa, floja, que ella misma hubiese definido de estúpida de no ser porque la sabía fruto de la fuerte atracción que sentía hacia Nasrad a las pocas horas de conocerle.
—¿Sabes qué, Nasrad? No sé nada de tu país. No sé en qué parte del mundo está, ni de qué vive, ni qué coméis, cantáis o bailáis en vuestras fiestas. Pero no me importa. No me importa nada. De hecho, me gusta. Porque tú me gustas mucho. Y no necesito saber más.
María no mentía. Era una mujer joven, de dieciocho años, deseosa de conocer el mundo y de abrirse a él, inquieta por vivir la vida, ansiosa por conocer gente, pero completamente alejada de la realidad que albergaba ese mundo que tanto codiciaba conocer. No dedicaba un minuto a ver los noticiarios de televisión, ni a leer los periódicos, ni tampoco escuchaba las noticias de la radio donde podía haber encontrado como el nombre de Afganistán aparecía siempre seguido de una estela de muerte, de guerra y de horror.
Había llegado a Londres hacía apenas un año desde su Mallorca natal, huyendo de la presión familiar, de las continuas desavenencias con un padre al que adoraba pero al que no comprendía cuando se afanaba en convencerla de que siguiera con sus estudios y se olvidara de salir con los amigos. Los consejos de su padre, viudo desde que María cumplió los dos años, eran interpretados a su entender como regañinas injustas y desproporcionadas.
Atrás quedaba una época adolescente de excesos, de malas compañías y de extraños comportamientos. En Mallorca quedaba su familia, ante la que se mostraba impaciente por demostrar algún día que ella era capaz de vivir por sus propios medios, que no necesitaba ayuda de nadie y que su recién estrenada mayoría de edad le daba el derecho que siempre había anhelado para poder decidir dónde, cómo y con quién ir por la vida.
María no había tenido tiempo de escuchar las estremecedoras historias de las mujeres en Afganistán, cómo morían a diario apedreadas por no haberse tapado el rostro lo suficiente, cómo encontraban la muerte en cualquier esquina de la ciudad por haber salido de casa sin la compañía de un varón. Desconocía cómo mujeres de dieciséis años recibían palizas mortales por parte de hombres que ni siquiera conocían porque se atrevían a sentarse en la parte posterior de un autobús público, reservado solo y únicamente para los hombres. No era consciente de cómo mujeres como ella podían encontrar la muerte en la calle al cometer la osadía de llevar un libro entre las manos, o por hacer un comentario en mitad de una conversación mantenida entre hombres. Tampoco conocía cómo las niñas de seis y siete años eran dadas en matrimonio por sus propias familias a hombres cuarenta y cincuenta años mayores que ellas a cambio de una irrisoria cantidad económica.
Nada sabía de lapidaciones, violaciones, ejecuciones públicas, aniquilaciones, torturas, mutilaciones sexuales, castigos físicos, vejaciones... La ignorancia y el desconocimiento abonaban la desgracia y el dolor de lo que en Afganistán sucedía y sigue sucediendo.
Nada conocía María sobre Afganistán y quizá por eso seguía sonriendo, sin desviar su mirada de los ojos negros de Nasrad, mientras cogía con las dos manos la taza del primer café que había compartido con aquel hombre del que no quería separarse, a pesar de que hacía un par de días que se habían conocido.
Había sucedido en las oficinas de la empresa de trabajo temporal en la que ambos estaban contratados. Ella trabajaba en esos momentos en una fábrica empaquetando relojes para su posterior venta en los aviones, aunque antes había estado empleada en una fábrica de carne de cerdo y en otra de compra y venta de bombones. Atrás habían quedado sus primeros meses de estancia en Londres, durante los que se puso a trabajar en casas particulares, limpiando y cuidando niños a la vez que aprendía inglés, una formación que intensificaba por las tardes acudiendo a una escuela de idiomas.
Había ido aquella mañana a las oficinas de su empresa porque algo en su contrato no coincidía con las condiciones establecidas. Durante la espera y de manera casual, Nasrad y ella coincidieron y entablaron pronto conversación; ya le había visto en alguna ocasión, pero nada sabía de aquel hombre, excepto que era musulmán y que trabajaba como soldador de puertas de los coches de Land Rover.
Cuando ambos terminaron de realizar sus respectivos trámites, quedaron para tomar un café al día siguiente. Ella pasó las horas previas a aquella primera e inocente cita en un patente estado de nervios, dando muestras de impaciencia, mirando constantemente su reloj y encendiendo cigarrillos sin parar. Tardó al menos tres horas en decidir qué ropa llevar en aquel encuentro. Finalmente optó por unos vaqueros ajustados y una camiseta que había adquirido en una tienda nada más llegar a Londres y que le encantaba, porque sabía que le favorecía.
Los dos llegaron puntuales. Parecían tener prisa por verse y encontrarse. Comenzaron a ponerse al día de sus respectivas vidas. María supo que Nasrad era de procedencia afgana, que había huido de su país hacía más de quince años por problemas con los rusos, que en aquella época ocupaban Afganistán. Le confesó que no mantenía casi contacto con su familia, pero que eso no le impedía ayudarlos económicamente todos los meses, lo que, posteriormente, según pudo saber ella, equivalía poco menos que a encargarse de su manutención. María, por su parte, le contó que era la menor de siete hermanos, tres hermanas y cuatro hermanos, y que se crio en un internado porque quedó huérfana de madre a muy temprana edad y su padre, hundido en una depresión por la muerte de su esposa, se vio incapaz de hacerse cargo de ella.
Le confesó que era buena estudiante, que siempre había soñado con convertirse en profesora o en enfermera, que le fascinaban los niños y que le encantaba reírse, como ahora lo estaba haciendo.
Y así estuvo María durante mucho tiempo, riéndose hasta que la vida, el destino, pero sobre todo el amor, la colocó en un país donde las mujeres no existen, un país donde las mujeres viven con la espada de Damocles en forma de muerte sobre sus cabezas. Un país donde el burka es la única protección de la mujer si quiere salir de casa y regresar con vida. Y eso teniendo suerte.
Y María, que no sabía nada, sonreía. Hasta que llegaron las noches de llanto ininterrumpido.
2
Al mes exacto de aquel primer café, María y Nasrad ya compartían piso.
—Es una pérdida de tiempo y de dinero que vivamos separados. Los dos queremos estar juntos y cada uno vivimos en una casa. Es absurdo.
A María, el argumento de Nasrad le pareció acertado y no hubo reparos ni vacilaciones a la hora de dar el paso.
Pasaban prácticamente todo el tiempo juntos. La joven mallorquina no había hecho muchas amistades en Londres y por eso se dejó arrastrar por Nasrad, que muy pronto la introdujo en el círculo de las suyas. Al principio, se notaba extraña, sentía que aquel no era su mundo. Veía como la manera de vestir y de comportarse de las novias y las esposas de los amigos de su nueva pareja no tenía nada que ver con sus gustos por las camisetas cortas, el maquillaje, los vaqueros apretados, el alcohol, los cigarrillos y las fiestas hasta altas horas de la madrugada. Ellas preferían los vestidos largos y amplios y el velo que cubría parte de su cabeza, dejando solo las facciones al descubierto. Preferían ir a rezar con sus maridos o quedarse en casa leyendo el Corán.
Durante los dos años que estuvieron de novios, a María le asaltaron algunas dudas respecto a aquella relación. «Quizá me estoy implicando demasiado en todo esto. Quizá debería verlo con cierta perspectiva. Este no es mi mundo. ¿Por qué no se acerca él al mío? Es más divertido, sano, lo pasaríamos mejor». Había días en los que se sentía completamente perdida. Tenía la sensación de estar presa voluntariamente en un laberinto del que no veía una forma satisfactoria de salir. Pero la sola imagen de Nasrad junto a ella hacía desaparecer cualquier vestigio de estar actuando de una manera errática.
Aunque no era muy prolífica en amistades, la joven optó por dejar de frecuentarlas y decidió no presentarle a Nasrad a ninguno de sus amigos porque tenía miedo de que si estos veían la diferencia de edad que había entre ellos, casi quince años, y su condición de musulmán, podrían mostrarse contrarios a aquella relación. Pero también sentía un miedo atroz de que Nasrad se avergonzara de ella por su forma de ser y por su pasado. Así que prefirió limitar su mundo al de su compañero.
Poco a poco, María notaba como lo que hasta hacía unos meses eran continuas salidas a discotecas, bares de copas y divertidas fiestas nocturnas, ahora se reducían a cenas con los amigos de Nasrad, paseos o sesiones de cine. Estaba saliendo de una mala racha y en aquel hombre afgano del que cada día se sentía más cerca encontró un apoyo incondicional que la ayudó a deshacerse de sus peligrosas y problemáticas adicciones. Demasiada noche, demasiado alcohol y demasiadas ganas de divertirse. Se convirtió en su mejor amigo, en su confidente, en su amante y en una especie de padre al que siempre podía acudir porque sabía que la ayudaría con cualquier adversidad que se le presentara. María estaba convencida de que Nasrad había hecho todo por ella, incluso había mentido a su familia, diciéndoles que su nueva pareja era una mujer pura y sin pasado, condición indispensable para que un afgano o un hombre musulmán se case con una mujer. La pérdida de virginidad anterior al matrimonio constituía en la sociedad afgana una deshonra, un motivo suficiente para anular ese matrimonio y despreciar a la mujer. Conocedor de esa mentalidad, Nasrad comunicó a su familia, sin añadir muchas explicaciones adicionales, que conocía a María desde que era pequeña a través de su hermano, al que le unía una gran amistad. Aquel hombre había mentido por ella, no le importaba su pasado. Y por si todo eso fuera poco, era el único que había logrado sacarla de un mundo confuso donde los grandes vicios campaban a sus anchas. María se sentía sola y no le costó refugiarse al amparo de su nuevo amor. Fue en aquellos momentos cuando supo, con una seguridad que nunca antes había tenido, que quería acabar sus días con aquel hombre.
Una tarde, Nasrad llegó a casa con un regalo entre las manos que inmediatamente instó a María a abrir. Era una edición del Corán. Días antes, durante una cena con unos amigos, todos de origen musulmán, ella había mostrado su interés por conocer algo más sobre el islam. Aquella edición del libro sagrado dictado por Alá a Mahoma por mediación del arcángel Gabriel fue el primero de una larga lista de libros relacionados con aquella religión que Nasrad le regalaría para su lectura. María nunca había sentido un profundo arraigo por la creencia cristiana en la que desde pequeña su padre y sus abuelos la habían educado. Sentía una total indiferencia por cualquier tipo de credo. Pero se obsesionó con la idea de que si el hombre al que amaba profesaba el islam, ella, como señal de gratitud por todo lo que estaba haciendo y como muestra evidente de su amor hacia él, debería convertirse. Y así lo hizo. Se convirtió al islam por amor.
Dejó de fumar, de beber alcohol, de vestir de la manera en la que lo hacía, de consumir carne de cerdo. Comenzó a rezar junto a él, a acudir a la mezquita. En definitiva, abandonó su condición de mujer occidental para ajustarse a los cánones establecidos para la mujer musulmana. Y eso incluía también el uso del velo, el hiyab.
Cuando se cumplían dos años de su llegada a Londres, María y Nasrad unieron sus vidas para siempre. Se casaron por el juzgado en la capital británica. Ella llevaba un vestido largo y amplio de color beis. No se parecía en nada al vestido con el que siempre se había imaginado que acudiría al altar, pero le daba completamente igual. Estaba al lado del hombre al que amaba como no había logrado amar a nadie.
Acudieron los dos solos, con la única compañía de un par de amigos musulmanes. María no comunicó a nadie de su familia que se casaba. Se debatía en una guerra de sentimientos encontrados: por un lado, estaba deseando compartir con ellos su nuevo estado civil, hacerles partícipes de la felicidad que sentía por haber encontrado al hombre con el que quería pasar el resto de su vida y formar una familia repleta de hijos. Pero, por otro, tenía miedo y la atormentaba la idea de que los suyos se opusieran y rechazaran aquella unión. Era consciente de que significaría un duro revés para ellos, en especial para su padre; no le resultaría fácil entender y aceptar que la pequeña de la casa no solo se había ido a Londres sin decir nada a nadie, sino que se había casado con un hombre de origen musulmán al que no conocían; ni siquiera sabían de su existencia. Por eso decidió mantener al margen a su familia. Ya habría tiempo para contarles todo en otra ocasión. No quería que nadie le estropease ese momento. Y menos su familia, a la que había dejado atrás y a la que se había prometido no volver hasta que pudiera demostrarles que había conseguido convertirse en alguien sin su ayuda.
3
La vida transcurría tranquila, sin grandes sobresaltos. María se sentía feliz con su nueva condición de mujer casada y con su recién estrenada vida. Estaba prácticamente integrada en el mundo musulmán que residía en Londres. Se reunían a menudo para compartir ideas y pláticas, alrededor de una mesa de comida mahometana, aunque poco a poco fue notando que las mujeres se desinteresaban de la conversación cuando la religión y la política monopolizaban la charla. Le gustaba escuchar lo que allí se decía. Siempre había sido muy curiosa y sentía la necesidad de saber más sobre la sociedad de la que procedía su marido. Siempre que se hablaba de la situación de Afganistán todos coincidían en señalar las dificultades económicas, sociales, políticas y religiosas que atravesaba el país, enfermo de un cáncer para el que nadie parecía o deseaba encontrar remedio. En aquellas charlas nunca se habló de la situación de la mujer en aquel país, ni de las necesidades que se estaban viviendo, ni de la dureza del régimen talibán instalado en el poder desde 1996, curiosamente el año en el que María decidió darle un rumbo a su vida e instalarse en Londres.
Los asistentes a aquellas reuniones eran hombres y mujeres musulmanes que habían abandonado Afganistán hacía muchos años, la mayoría de ellos cuando los soviéticos empezaban a apoderarse de aquel país después de que la URSS lo invadiera militarmente, convirtiendo la nación en un escenario de guerra, en el que también hicieron su entrada los denominados señores de la guerra, que se aprovechaban de la debilidad interna de la sociedad afgana para enriquecerse con sus corruptelas. Si María hubiese conocido en esas reuniones la verdadera realidad del país de su marido, quizá habría afrontado su destino de otra manera y su vida habría tomado otro rumbo.
Nasrad había intentado convencer a su mujer de que dejara de trabajar y se concentrara en las labores del hogar. No se trataba de una actitud machista, sino amparada por el convencimiento de que con el dinero que ganaba él era suficiente para mantener a la familia. Además, se mostraba convencido de que su mujer se sentiría más cómoda en casa. María accedió durante unos meses. Pero luego volvió al trabajo. El dinero no era necesario para comer, pero sí para otros gastos complementarios. Cada mes, Nasrad tenía que mandar a sus padres y hermanos una cantidad de dinero para que lograran salir adelante. También ayudaba a un sobrino que acababa de llegar a Londres y que no había logrado todavía asentarse en la capital británica ni encontrar un trabajo. Al final, todo eran gastos en aquella casa de dos, y María decidió volver al trabajo, primero porque le apetecía —se aburría en casa porque, sencillamente, siempre había sido una mujer activa—, y segundo porque una ayuda económica extra no les vendría mal. Además, pensaba que mantenerse ocupada la distraería de una idea que había llegado a obsesionarla en los últimos meses: la maternidad.
María estaba deseando quedarse embarazada. Le encantaban los niños. Cuando veía a un grupo de pequeños jugando en el parque, se sentaba en un banco y no se cansaba de observarlos. Tenía buena mano con los críos, los entendía, sabía cómo tratarlos y atenderlos, y los chiquillos también percibían eso. Era feliz cuando uno de esos pequeños se le acercaba para hablar con ella o para jugar.
Por eso una noche decidió planteárselo a su marido mientras preparaba la cena.
—Quiero tener hijos, Nasrad. Quiero tener muchos hijos contigo. Quiero una casa llena de niños.
A él la idea le pareció maravillosa y ambos se comprometieron a hacer todo lo que estuviera en sus manos para dar forma real a ese deseo compartido de ampliar la familia. Y decidieron no esperar mucho para comenzar a construir un hogar más numeroso. Aquella noche ambos sellaron gráficamente su promesa.
De estas y de muchas otras cosas de carácter íntimo y privado se pasaba María horas y horas hablando en animada conversación con la única buena amiga que tenía en Londres. Se llamaba Julia, era de origen indio, algo que evidenciaba la belleza que poseía, y en poco tiempo se convirtió en la fiel y comprensiva depositaria de muchos secretos, dudas y temores de la mallorquina. Vivía en el mismo edificio de viviendas que ella, y eran muchas las tardes en las que se encontraban para tomar un café o un té, una bebida a la que María le costaba acostumbrarse. Las dos gustaban de poner en común muchas de las cosas que les preocupaban y que les sucedían. Julia era la única persona con la que lograba olvidarse de su timidez y dar rienda suelta a su capacidad oratoria, algo que le costaba mucho conseguir con el resto de la gente. Nunca le había gustado hablar, le costaba dar explicaciones sobre su vida, no se sentía cómoda y su comportamiento y actitud ante la vida lo evidenciaba.
La joven india le contaba muchas cosas sobre su país, detalles e infinidad de historias que a María la dejaban con la boca abierta porque le permitía liberar su desbordada imaginación. Julia también era la encargada de darle su opinión sobre los asuntos que la preocupaban con respecto a su matrimonio, su conversión al islam, su cambio de vida casi radical y su desmesurado amor por aquel hombre al que conoció en la empresa de trabajo temporal en la que ambos estaban. Julia siempre encontraba unas palabras de ayuda, de consuelo y de ánimo para agradar a su amiga.
—Mientras tú seas feliz, ¡qué más da lo que digan los demás! Tú vive tu vida, que nadie va a poder hacerlo por ti. Nadie excepto tú pagará por tus equivocaciones o por tus aciertos. Jamás se te olvide esto, María.
A sus ojos, Julia era una especie de mujer sabia, culta e inteligente que tenía respuesta y solución, o al menos explicación, para todo lo que lograba perturbarla. Fueron muchas las veces que su amiga y consejera la advirtió de que supiera manejar correctamente el amor que sentía hacia Nasrad, que aprendiera a canalizarlo para obtener los mejores resultados de la relación y de la vida; no le cabía la menor duda de que María, por su marido, haría lo que fuera. E iría donde fuera. Y no se equivocó.
Julia fue la tercera persona en conocer la buena nueva. La primera fue María cuando el ginecólogo le confirmó que las dos faltas que ya contabilizaba en su ciclo menstrual correspondían a la gestación de su primer hijo. Por fin estaba embarazada y cuando se lo escuchó decir al doctor, se convirtió en la mujer más dichosa del mundo. Lo cierto es que no habían tardado muchos meses en conseguir la ampliación familiar. María estaba feliz y no quería disimularlo. Había visto en muchas películas como las mujeres preparaban ritos especiales para comunicar su estado de preñez a sus maridos, y María pensó emularlas de alguna manera. Pero la impaciencia y las ganas de decirle a Nasrad que su primer hijo estaba en camino pudieron más que sus procesos creativos. No tardó ni tres segundos en compartir su dicha con él cuando este entró por la puerta de casa.
Todos fueron parabienes, felicitaciones y enhorabuenas. La futura mamá irradiaba felicidad. No sabía qué más podía pedirle a la vida, puesto que estaba esperando un hijo del hombre que amaba. Sería injusto exigir más. Sería indigno quejarse por algo. Así que decidió no hacerlo.
María se había propuesto vivir intensamente su embarazo. Quería que todo saliera bien. Se propuso disfrutar de cada momento de su nuevo estado e ir paso a paso planeando cómo sería el alumbramiento de su primer hijo. Deseaba que todo saliera bien y se comprometió a no dejar lugar a la improvisación, al menos en las cosas importantes que afectaran al bebé.
Tras las molestias lógicas de los primeros meses, logró estabilizar su cuerpo. Disfrutaba viéndolo cambiar día a día y no paraba de recrear cómo sería la carita de su bebé, cómo se encontraría ahí dentro y el sexo que tendría, ya que todavía las pruebas médicas no la habían sacado de dudas.
Un día Nasrad llegó a casa con un ofrecimiento que hacerle a su mujer.
—He pensado que deberíamos ir a Afganistán para que mi familia te conozca. Ya sé que no he mantenido mucho contacto con ellos, que prácticamente solo ha existido el vínculo económico. Pero hoy he recibido la llamada de mi padre y le he encontrado preocupado. Creo que no está bien y me ha pedido que vayamos a verlos. Solo será unos días. Enseguida volveremos a casa para tener al niño. Además, estás de algo más de cinco meses, no creo que haya ningún problema por emprender este viaje que no durará más de quince días. ¿Qué te parece? ¿Te animas? Así por fin sabrás dónde está Afganistán y cómo es mi tierra. Todavía recuerdo la gracia que te hizo en nuestra primera cita que yo procediera de ese país.
María hizo considerados esfuerzos para convencerse de que sería divertido, pero aquel viaje no la colmaba de felicidad ni le hacía mucha gracia. No le apetecía en absoluto, y, mucho menos, estando embarazada. Ya comenzaba a sentirse pesada, a sentir molestias en los riñones y a sofocarse más de lo normal por el aumento de peso que en los últimos días había experimentado. Pero en el fondo sabía que Nasrad tenía razón y que quedaban unos cuatro meses para salir de cuentas. Seguía sin ser capaz de decirle no a su marido, y aquella vez tampoco lo hizo.
La planificación del viaje fue rápida. En unos días todo estaba preparado. Los pasaportes listos, los visados concedidos, el permiso laboral para quince días tramitado por la empresa y los billetes comprados. Viajarían hasta Pakistán y de allí cruzarían la frontera con Afganistán para más tarde alcanzar el pueblo natal de Nasrad, donde residía su familia.
Las horas antes a iniciar el viaje, María estaba nerviosa. Sentía que todo era demasiado precipitado, no entendía por qué su marido no se lo había propuesto con más antelación, pero no quería plantear ningún tipo de duda ni de pregunta que pudiera contrariarle y distraerle de su deseo de emprender ese viaje a su tierra natal. La tarde antes de su partida, quiso quedar con Julia para verse y confiarle su lugar de destino y de estancia para los próximos quince días.
—¿A Afganistán? Cariño, no sé si en tu estado, y teniendo en cuenta las condiciones en las que se encuentra ese país, te conviene viajar a Afganistán, y encima a un pueblo alejado de la capital. Allí las cosas no están bien. Y menos para las mujeres. Están en plena guerra, lo cuentan a diario en la televisión. ¿Acaso no ves las noticias, no escuchas la radio, no lees los periódicos? Nunca has estado en este mundo, criatura.
Pero a María le daba igual lo que en aquel momento le estaba contando su amiga y confidente. Sabía que tenía que ir, quería acompañar a Nasrad, no podía imaginarse pasar un solo día de su existencia sin la presencia de su marido y prefería correr ese riesgo del que hablaba Julia o, mejor aún, no darle mayor importancia.
—Volveremos pronto. En diez o quince días ya habremos regresado. En ese plazo no da tiempo a que pase nada malo, ¿no crees, Julia? Verás como antes de lo que te imaginas estaremos aquí hablando de nuevo, y prometo relatarte todo lo bueno que me haya pasado en aquel país. Si puedo y me acuerdo, te traeré algún recuerdo. Pero no te prometo nada.
María comenzó a contar los días que le faltaban para regresar desde que Nasrad cerró la puerta de casa y se subieron al taxi que los llevaría al aeropuerto. Todavía no habían abandonado su calle, y ya echaba de menos su hogar. Sin dejar de mirar a través de la ventanilla, cogió con fuerza la mano de su marido. Algo la obligaba a aferrarse a él. No sabía lo que era, pero necesitaba apretar esa mano y sentir que él estaba allí. Comenzaba el viaje.
4
No sentía miedo a viajar en avión. Quizá por haber nacido en una isla como Mallorca, lo consideraba un mero desplazamiento, un viaje como otro cualquiera. Había viajado muchas veces junto a Nasrad y nunca sintió ni temor, ni cosquilleo en el estómago, ni tampoco abordaron su mente pensamientos de desastres aéreos como a muchas personas que había conocido. Sencillamente cerraba los ojos y se imaginaba cómo sería el país en el que aterrizaría en unas horas, y con qué le sorprenderían sus gentes. Así lo había hecho cuando su marido le regaló un viaje sorpresa a Canadá. María no conocía ni el continente americano ni aquel país del que tanto había oído hablar y por el que siempre se sintió atraída, como si supiera que aquella tierra de ambiente multicultural, abierta a la naturaleza gracias a sus grandes lagos y sus altas montañas, a la inmigración como política de Estado y con promesas de una gran calidad de vida por los altos índices de seguridad y libertad personal que ofrecían, encerrara algún tipo de misterio que solo ella podría descubrir el día que se desplazara hasta allí. Simplemente le entusiasmó. A su regreso juró que volvería a aquellos dominios; no le importaría vivir en Vancouver o Quebec —aunque tuviera que aprender francés— durante una temporada. Lo escribió en su lista de cosas por conseguir a medio plazo en su vida.
A María le gustaba viajar, conocer nuevos paisajes, entablar amistad con personas de diferente lengua, cultura y costumbres. «Me pasaría la vida viajando. Con una mochila, unas zapatillas cómodas y mi marido al lado. No necesito más». Pensó que algún día podría hacer realidad su sueño. No pedía más. Viajar. Recorrer el mundo. Dejarse atrapar por lo nuevo, lo desconocido y si todo ello iba envuelto con el celofán del misterio y la aventura, la oferta resultaba aún más atractiva y apetecible.
Pero aquella vez era distinto. Desde que el avión despegó de Londres para llevarlos a Pakistán, donde estaría esperándolos la familia de su marido para trasladarlos a Afganistán, la joven notó algo en su interior que le hizo temer que aquel viaje sería diferente al que realizó a Canadá. Una sensación extraña se había alojado en su estómago y, como madre primeriza que era, prefirió relacionarla con su avanzado estado de gestación. Eran cinco meses —puede que alguna semana más— lo que llevaba contabilizado María de embarazo, pero su vientre voluminoso parecía evidenciar que el bebé que amparaba en sus entrañas presentaba más edad.
En el largo trayecto aéreo que los llevó hasta Islamabad, con un par de escalas tan largas como pesadas: «Problemas internos en el país; las comunicaciones aéreas no son como en Europa. Así es más seguro», le había explicado escuetamente Nasrad, al preguntarle por qué no podían viajar directamente al aeropuerto de Kabul. No pudo cerrar los ojos ni una sola vez. Y mucho menos conciliar el sueño, algo para lo que su marido no encontró mayor dificultad. Prefirió mirar por la ventanilla del avión, entablar conversación con Nasrad, si es que el sueño no le había vencido, o abandonarse en la aburrida y absurda lectura de alguna de las revistas que encontró estratégicamente colocadas en la parte trasera del asiento que le precedía. María siempre abría esas publicaciones y se iba directamente a la sección de venta a bordo. Disfrutaba haciéndolo, primero porque algunos de esos artículos la transportaban a una vida pasada, cuando se empleaba horas empaquetando los relojes que luego aparecían en las hojas de aquellas revistas: siempre había tenido curiosidad por saber quién y cómo serían las personas que adquirirían ese producto. Y segundo porque iba eligiendo, entre la amplia oferta de objetos, lo que ella se quedaría de todo lo que se mostraba en cada página. «Esta colonia. Estas gafas. Estos chocolates. Este anillo. Esta crema nutritiva. Este pañuelo».
«Este pañuelo». Le llamó la atención un pañuelo rojo y negro que aparecía en aquellas páginas de colores. Se pasó la mano por el velo que le cubría el pelo y el cuello. Había elegido para aquel viaje uno de color azul celeste. Sencillo, nada llamativo, tradicional y discreto. Su marido le había recomendado que se llevara unos cuantos porque en el lugar del mundo al que se dirigían, la cultura del velo no era algo optativo ni voluntario, como podría serlo en Londres. En el país en el que estaban a punto de aterrizar, las mujeres lo llevaban por cultura, por respeto, por tradición, pero muchas también lo hacían por miedo y por obligación, aunque María lo desconociera en aquel su primer viaje a la tierra que vio nacer a su marido.
5
Cuando llegaron a Pakistán, todavía les quedaba por delante un largo trayecto. En el aeropuerto los esperaba el hermano de Nasrad para recogerlos y llevarlos hasta la frontera de Afganistán. María pudo ver el asombroso parecido entre su marido y su hermano mayor, aunque lo atribuyó también a que ambos tenían la piel de un tono cetrino y una larga barba que cubría parte de su rostro. «Aunque no se parecieran en sus rasgos físicos, daría la impresión de que son idénticos». A pesar de lo cansada que se sentía después del viaje, le hizo gracia que allí todo el mundo se pareciera debido a la indumentaria y a las características físicas que presentaban.
Desde que descendió del avión, María experimentó como una ola de calor húmedo, que progresivamente fue desembocando en una sensación de ahogo que le abofeteaba el rostro. Quiso justificar lo que sentía por la prolongada duración del trayecto y por su estado de buena esperanza. Fue como si nada más poner un pie en tierra, un bochorno incontrolado se hubiese apoderado de ella y no la hubiese querido abandonar ni por un momento.
—¿Te encuentras bien, cariño?
El interés y la preocupación de Nasrad respondió a la súbita lividez que había adquirido el rostro de su mujer.
—Claro. Solo un poco de calor. Nada más. ¿Tú no tienes calor?
Nasrad no le contestó. Seguramente ni siquiera la escuchó, pues María había formulado la última pregunta coincidiendo con el encuentro entre los hermanos. Desde un ineludible segundo plano, a un par de metros de distancia, pudo ver como su marido y su cuñado se abrazaban y se besaban. Estuvieron hablando durante un rato. No pudo evitar sentirse algo incómoda durante unos segundos, aunque entendía que era mucho el tiempo que Nasrad no había visto a su familia, y justificó la tardanza a la hora de realizar las presentaciones.
Cuando por fin su presencia fue advertida de nuevo, escuchó que su marido, cogiéndola del brazo, le decía algo a su hermano y este a su vez sonrió a María y le dirigió unas palabras en un idioma extraño, que tan solo los dos hombres conocían y del que ella únicamente fue capaz de entender su nombre: Haroon, que los hermanos repitieron hasta en cuatro ocasiones sin dejar de mirarla, como si necesitaran asegurarse de que lo había entendido. No hubo besos, ni abrazos ni apretones de manos. Solo sonrisas y amables gestos para que entraran en un coche. En ese momento, y con el cansancio gobernando tanto su cuerpo como su cabeza, no supo dilucidar si la gente allí era tímida, despegada, poco fogosa a la hora de conocerse, o sencillamente no era partidaria de un exceso de acaloramiento a la hora de mostrar una bienvenida. Pero no pudo entender por qué a su cuñado le faltó tiempo para besar a su marido y sin embargo, a ella, ni siquiera se acercó, dejándola con el ademán de iniciar un beso. «Debe de ser normal aquí. Estoy en otro país donde seguramente impere otra cultura. Pero alguien me lo podía haber explicado», pensó María, sin tampoco darle mayor importancia. Estaba demasiado entretenida viendo el devenir de aquella gente por el aeropuerto. Le llamó la atención cómo todas las mujeres cubrían la mayor parte de su cuerpo y se alegró de haber ido ataviada acorde a los cánones de vestimenta y comportamiento de aquel país. Acarició su vientre durante unos segundos. Este gesto maternal siempre le sentaba bien. Le infundía fuerza y seguridad, le recargaba una buena dosis de ánimo y coraje que, sin duda, necesitaba y le dibujaba al instante una sonrisa en su rostro.
Fueron muchas horas de viaje en coche las que invirtieron hasta llegar a la frontera con Afganistán. Su marido le había explicado con anterioridad que en aquella ocasión no viajarían hasta su pueblo natal, porque la situación en aquel lugar se estaba complicando y no quería correr riesgos innecesarios. No especificó más. Ni por un momento valoró la posibilidad de revelarle que su país estaba a punto de estallar, que después de años de guerra y ocupación por parte de los soviéticos, la inestabilidad se había asentado en el territorio, azotado por los señores de la guerra que, lejos de ayudar a la población civil, optaron por saquearla, lo que hizo que varias facciones de soldados muyahidines que habían luchado contra la invasión soviética se organizaran como grupo con el objetivo de acceder al poder, al menos y en principio, en las aldeas pequeñas, zonas alejadas de las grandes urbes, donde residía la mayoría de la población afgana. Una bomba de relojería política, social y económica, arropada por un marcado dogma religioso, que estaba a punto de detonar. Sin embargo, Nasrad prefirió no entrar en detalles sobre la situación de su país, quizá porque solo lograría preocupar a su mujer, quizá porque tampoco era consciente del escenario que pisaban. Su único interés, al menos en ese viaje, era que María conociera a sus padres y a parte de su familia, pasar unos días, quizá un mes con ellos, y luego regresar a Londres para que su mujer pudiera dar a luz a su primer hijo.
Esos eran los planes y para llevarlos a la práctica, se dirigieron a un pequeño pueblo ubicado cerca del término limítrofe entre Afganistán y Pakistán, donde se reunirían con los padres, los hermanos y el resto de la familia de Nasrad. Como todo en Afganistán, llevaba su tiempo.
6
El cruce de la frontera fue algo farragoso. A María le llamó la atención la nutrida fila de personas —hombres, mujeres y niños— que esperaba a poder franquear aquel límite territorial. Cuando por fin lo hicieron, pudo notar como la gestión recién fraguada se saldó con el posterior enfado de Nasrad, que no paraba de hablarle a su hermano, como si algo le hubiese contrariado. Más tarde, supo que el cruce de la frontera le había costado tanto como el viaje en avión que habían realizado de Londres a Pakistán. Algo en lo que no estaba ni mucho menos de acuerdo su marido y que explicó el tenso silencio que se instauró en el interior del coche el resto del trayecto.
Por fin llegaron al pueblo que se convertiría en su alojamiento temporal. No era muy grande ni pudo ver en sus caminos mucha animación —en parte por la falta de alumbrado, más allá de los haces de luz que proyectaban los faros del coche—, aunque María pensó que quizá la hora no invitaba a una mayor presencia callejera de sus vecinos. Le dio la impresión de que aquella casa que iba apareciendo tímidamente en su campo de visión se correspondía a una casa de campo. No tardó mucho en comprobar que la casa, más que de campo, era un hogar modesto, humilde y sin grandes lujos. Más bien, ninguno.
Fue allí donde la joven española conoció por primera vez a los padres de su marido. Primero le fue presentado el padre, que a María le pareció un hombre encantador, bonachón aunque algo callado y tímido. Y luego Nasrad le presentó a su madre. Sabía que debía llevarse bien con esa mujer. Conocía perfectamente la leyenda negra que corría en todo el mundo sobre las suegras y, aunque sabía que no iba a verla mucho, ya que ambas vivirían, no ya en diferentes países, sino en distintos continentes, quería tener en ella una aliada y no un enemigo; aquella mujer había dado la vida al hombre que amaba y que si no hubiese sido por esa señora de complexión pequeña pero ánimo fuerte y con aspecto de matrona, ella no hubiese encontrado la felicidad.
El primer contacto fue cordial pero algo extraño. A María se le antojaba incómoda la situación y estaba convencida de que su desconocimiento total y absoluto del idioma nativo no le permitía una mayor complicidad con la familia de su marido. La contrarió pero no tuvo más remedio que aceptarlo. En aquel momento, le contrarió su falta de previsión a la hora de aprender unas nociones mínimas de pastún, frente a sus planes de aplicarse con el francés por si un día terminaban viviendo en Quebec. Fue la primera lección que recibió sobre la política de prioridades que siempre rige la vida.
Durante las dos primeras semanas de su estancia en aquel lugar, María invertía parte de su tiempo en intentar agradar a su suegra y en lograr un acercamiento cómplice. Nasrad le había hablado de ella, de como había sacado adelante prácticamente en solitario a toda su familia, del esfuerzo y trabajo que se había visto obligada a realizar para criar a todos sus hijos y de como había logrado vencer las dificultades y los reveses cuando la guerra, el hambre, la pobreza y la necesidad casi perpetua habían acompañado a su familia. Como mujer, más allá de su condición de nuera, la admiraba y se esforzaba para que se le notara. Pero no pudo estar segura de que lo consiguiera.
El resto del tiempo lo pasaba con su marido. Difícilmente se separaba de él. Prácticamente no salieron de aquella casa, lo que profundizó en ella el sentimiento de aburrimiento que la acompañaba desde que se levantaba hasta que volvía a acostarse.
Por si no tuviera bastante con aquella sensación, venía sintiendo molestias en su embarazo. Se sentía pesada y cada vez se le hacía más complicado imprimir cierta movilidad a sus actos. Pero lo que más preocupaba a María era que, desde hacía una semana, notaba como si algo en su interior ejerciera una continua presión sobre su vientre. El ardor de estómago que venía acompañándola desde hacía un par de meses parecía haberse acentuado y le provocaba un continuo malestar físico. Aunque no se lo comentó a su marido, para no estropear aquel viaje de reencuentro familiar, no veía el día en el que por fin pudiera regresar a Londres y poder terminar allí el ciclo de su primer embarazo.
Una noche, María ya no pudo ocultar su evidente malestar. Los dolores eran demasiado fuertes y continuos. Nasrad hizo partícipe a Haroon, médico de profesión, que tenía conocimientos suficientes para entender la situación en la que se encontraba su mujer. Estaba preocupado y era algo que contrariaba a María. Pero cuando le comunicaron el diagnóstico de su estado, ya no pudo pensar más en la preocupación que pudiera o no sentir su marido, que inmediatamente pasó a un segundo plano.
Sencillamente, no podía creer lo que su marido le estaba traduciendo, intentando ser lo más optimista posible. Pero no lo logró.
—Mi hermano dice que tu embarazo está demasiado avanzado para emprender un viaje en avión y que podría ser perjudicial para el niño. Cree que no te falta tanto tiempo para dar a luz como creíamos y que el niño va a venir antes.
Las palabras de Nasrad convirtieron sus pensamientos en un nudo gordiano. Por un momento, se juntaron en su cabeza episodios del pasado: la primera visita al ginecólogo algo imprecisa, la recomendación de su amiga Julia de no retrasar tanto sus visitas al especialista, los días del calendario mezclándose entre sí como en un mal sueño, su falta de previsión, la dejadez motivada por su buena salud que hasta ese instante no había sido un problema... No lograba asentar su mente para encontrar una respuesta correcta, hasta que la voz de su marido acalló el galimatías en su cerebro:
—Nos aconseja que nos quedemos hasta que llegue ese momento. Luego, cuando te recuperes, podremos irnos.
María sintió que aquella noticia acababa de robarle el oxígeno que necesitaban sus pulmones y que había parado en seco su corazón. Aquello no encajaba en sus planes. Aquel anuncio la conminaba a enfrentarse al mayor disgusto de su vida, y lo hacía a más de cinco mil kilómetros de casa.
—¿Aquí? Pero eso no es posible. Yo no puedo tener a nuestro hijo aquí. No puedo. ¡Si ni siquiera me ha visto un médico! —gritó sin darse cuenta de que el comentario podría molestar a su cuñado, por lo que agradeció que Haroon no hablara su idioma para que no se sintiera insultado—. ¡Ni siquiera sé realmente dónde estoy! —María no acertaba a entender cómo podía estar viviendo aquello, pero tenía claro que no podía ser cierto. El sueño de un encuentro familiar acababa de mudar en un infierno en la tierra, y no tenía ni las fuerzas ni las armas necesarias para hacerle frente—. No puedo. No puedo y tampoco quiero. Quiero irme a casa, Nasrad, y quiero hacerlo ahora mismo. Quiero tener a mi hijo en Londres. Tal y como había planeado. Tal y como habíamos proyectado. Y quiero que tú lo entiendas y lo hagas posible.
María se pasó toda aquella noche llorando, comprendiendo por primera vez en su vida y de la manera más literal posible, lo que significaba clamar en el desierto, y dándole vueltas a la increíble situación en la que se encontraba. No entendía por qué no podía regresar lo antes posible a Londres y rechazaba creer el diagnóstico realizado por su cuñado.
Pero no le quedó más remedio que aceptarlo y fiarse de él. Sobre todo cuando en los días posteriores a conocer el diagnóstico de Haroon, fue notando que la presión que sentía en su vientre desde hacía unas jornadas se había desplazado hasta alojarse en la zona de su vagina. Y pensó que quizá a su cuñado le asistía la razón, y que su primer hijo vendría antes de lo previsto. Le resultaba doloroso y traumático que fuera en esas tierras desconocidas y extrañas para ella. Pero la realidad pesaba demasiado y no tuvo más remedio que soportar esa carga. Sencillamente lo aceptó.
7
María no pudo evitar seguir dándole vueltas a cómo sería el parto y en qué lugar daría a luz a su primer hijo. Le provocaba auténtico terror que el momento llegara y le angustiaba que tuviera que ser en un lugar del mundo que desde el primer día se le antojó inhóspito, una valoración que confirmaba según pasaban los días y las semanas. Le hubiese gustado haber tenido en aquellos momentos la compañía y el consejo de su gran amiga Julia, para que la reconfortara con sus sabias palabras, y le explicara en qué iba a consistir todo y cómo iba a reaccionar cuando llegase el esperado momento. Pero su eterna confidente quedaba lejos, tan lejos como sus ansiados planes de dar a luz en Londres. Así que decidió comentárselo a su marido.
—No te preocupes. La mujer de Haroon puede ayudarte. Ella ha sido madre y además tiene experiencia en la asistencia a partos —dijo Nasrad extrañamente convencido, como si sus palabras destilaran más un sentido práctico de la situación que un sentimiento de orgullo—. En la práctica, sabe más que muchos doctores porque ha observado mucho a su Haroon. De hecho, ella es la encargada de tratar a las mujeres de la familia que dan a luz y a aquellas que enferman.
—¿Y para esto no están los médicos? —preguntó María sin ser consciente de lo que su desconocimiento sobre la ley talibán le tenía preparado. Ni siquiera la sonrisa triste de su marido y su silencio cómplice le hizo sospechar entonces lo equivocada y ciega que estaba.
Un día, María decidió plantear la idea de ir al hospital para que la viera un ginecólogo y le dijera cómo iba su primer embarazo. Estaba a punto de parir y todavía no la había visto ningún especialista. Cuando su marido lo propuso ante los miembros de su familia, todos se quedaron mirándolo como si de sus labios hubiese salido la mayor barbaridad del mundo. Se miraron como si no pudieran dar crédito a lo que sus oídos habían escuchado. Hasta que alguien decidió explicarle en qué consistía la supuesta barbaridad. Cuando lo supo, Nasrad se lo explicó a su esposa, siendo consciente de lo duro que sería para ella. Le costó encontrar las palabras, pero optó por escoger la crudeza en su argumentación antes que las falsas esperanzas que podrían representar una dificultad para su mujer.
—Mi amor, lo que te voy a decir complica aún más nuestros planes de futuro. Pero tienes que ser fuerte y saber que yo estaré contigo durante todo este tiempo. —Tragó saliva y comenzó a explicarle lo que su familia le había comunicado hacía apenas unos minutos—. Va a ser imposible que te vea un médico. Y también que des a luz en un hospital. Quítatelo de la cabeza. Olvídate. Cuanto antes lo hagas, mejor. Estás en Afganistán y esto no tiene nada que ver con el mundo del que venimos. Estamos muy lejos de Occidente y no solo geográficamente. Aquí está prohibido que una mujer pise un hospital y sea atendida por las manos de un hombre, que son los únicos que pueden ejercer como médicos. A las mujeres se lo prohibieron cuando los talibanes se instalaron en el poder, incluso echaron a las doctoras que ya venían ejerciendo desde hacía tiempo y negaron a las mujeres el derecho de estudiar una carrera, también la de Medicina. Con lo cual ni un médico especialista puede verte ni vas a poder dar a luz en un hospital. María —le dijo mientras intentaba dotar a su voz de un tono más paternal que conyugal, siendo consciente del shock que sus palabras iban a suponerle—, en este país las mujeres dan a luz en sus casas, sin la asistencia facultativa que se dispensa en otros países.
Nasrad paró de hablar durante unos instantes, pero al ver la expresión de tristeza en el rostro de su mujer, sintió que debía seguir hablándole. Cogió las manos de su mujer —que estaban completamente heladas, quizá por el impacto que la noticia le estaba provocando— en un gesto de complicidad y se las apretó como queriendo infundirle toda la fuerza y el apoyo que sus palabras le estaban robando sin piedad alguna. Y prosiguió:
—Es imposible. Olvídalo. Mi madre y, sobre todo, mi cuñada te ayudarán a tenerlo como lo han hecho con todas las m
