pasado
Uyyyyyyy-
yyyyyyyy qué caída qué vuelo qué descenso en picado qué carrera a la noche a la luz qué desplome qué golpe qué bajada qué prisa qué impulso qué miedo qué locura de son en susurro cómo me hago papilla qué fractura qué susto qué fin.
Qué vida.
Qué momento.
Qué sensación. Y después. Se acabó.
Ésta es la historia; comienza por el final. Era pleno verano cuando me caí; las hojas estaban aún en los árboles. Ahora es pleno invierno (las hojas se han caído hace mucho) y ésta es mi última noche, y esta noche lo que deseo yo más que nada en el mundo es tener una piedrecita en el zapato. Andar por la acera, aquí, en el exterior del hotel y notar un guijarro que se mueve dentro del zapato mientras camino, una piedrecita irregular que se clava en la planta del pie, aquí y allá, y hace el daño justo para que resulte placentero, como rascarse un picor. Imaginad un picor. Imaginad un pie, y una acera debajo de él, y un guijarro, y todo el peso del cuerpo cayéndole encima, y el guijarro incrustado en la piel de la planta o apretado contra los huesos del dedo gordo, o de los otros, o en la curva inferior, o en el talón, o en esa bola carnosa que permite al cuerpo mantenerse vertical, equilibrado y moverse por esa superficie de la tierra, aún dura, que te deja sin aliento.
Porque ahora que yo, nunca mejor dicho, me he quedado sin aliento, echo de menos continuamente una minucia como el picor. No deseo nada sino eso. Me preocupan sin cesar detalles que jamás me habrían importado ni por un momento cuando aún estaba viva. Por ejemplo, y para poder descansar en paz, mi caída. Me gustaría muchísimo saber cuánto duró, cuánto exactamente. Y lo haría otra vez inmediatamente si tuviera la oportunidad, el regalo de otra oportunidad, la oportunidad de vivir un minuto, sesenta segundos completos, sólo eso. Lo haría si se me concediera una fracción de ese tiempo con todo el peso de mi cuerpo detrás de mí de nuevo si fuera posible (y esta vez me arrojaría voluntariamente uyy-
yyyyy e iría contando durante el descenso: un elefante, dos elefaaa...) si pudiera sentirlo otra vez, cómo me di contra el suelo, el del sótano, desde cuatro pisos más arriba, de los pies a la cabeza, muerta. Piernas muertas. Brazos muertos. Manos muertas. Ojos muertos. Muerta toda, cuatro pisos entre el mundo y yo, eso es lo que tardé en matarme, ésa es la medida, en resumidas cuentas, el breve adi...
Pisos muy altos y espaciosos, pisos de buena calidad. Nadie podría decir que no tuve un tránsito elegante; las habitaciones, reciente y magníficamente amuebladas, con camas sólidas, caras y de muy buen gusto, los techos altos, con molduras, en la primera y la segunda, y una imponente escalera a cuya parte de atrás yo caí paralela. Veintiún peldaños entre cada piso y dieciséis hasta el sótano; a lo largo de todos caí. Una distancia considerable desde la gruesa alfombra de arriba a la gruesa alfombra de abajo aunque el sótano es de piedra (lo recuerdo, muy duro) y la caída fue breve, menos de un glorioso segundo completo por piso, calculo yo ahora, tanto tiempo después del suceso, del descenso, del fin. Fue una cosa muy especial. La caída. La sensación. Un único testarazo; el vuelo hacia el amargo final, bajando y bajando hasta morder el polvo.
Un bocado de polvo estaría bien. Vosotros podéis recogerlo en cualquier momento, ¿no es así?, en cualquier momento que os apetezca, de los rincones de las habitaciones, de debajo de las camas, de lo alto de las puertas. Pelusas, partículas secas y motitas de lo-que-en-su-día-fue-piel, todos esos encantadores restos de seres vivos reducidos hasta la esencia y aglomerados con residuos de telas de araña y pequeños fragmentos de una polilla, pedacitos transparentes del ala desprendida de una moscarda. Vosotros podríais, fácilmente (porque para vosotros sería posible hacer tal cosa cuando os viniera en gana, si quisierais), mancharos la mano de polvo, enrollar esa preciosa insignificancia entre el índice y el pulgar y verla estamparse en las yemas de vuestros dedos, vuestras, únicas, de nadie más. Y después podríais quitároslo de allí lamiéndolo; yo podría lamerlo con la lengua si tuviera lengua de nuevo, si tuviera una lengua húmeda, y lo saborearía como lo que es. Una hermosa suciedad, gris y antigua, la mugre dejada por la vida, que se pega al huesudo paladar y no sabe prácticamente a nada, lo cual es mejor que nada.
Yo daría cualquier cosa por saborear algo. Por saborear aunque fuera polvo.
Porque ahora, que casi he desaparecido, estoy más presente aquí de lo que estuve nunca. Ahora que no soy sino aire, lo que quiero es respirarlo. Ahora, que estoy en silencio para siempre, ¡ja, ja!, lo único que tengo conmigo son palabras palabras palabras. Ahora, que no puedo estirar una mano y tocar, lo que quiero es precisamente eso.
Así es como fue el final. Yo me subí al, al. Al ascensor de los platos, un cuarto pequeño esperando suspendido sobre un hueco, se me olvida la palabra, tiene su propio nombre. Las paredes, el techo y el suelo eran de un metal color plata. Estábamos en el piso de arriba, el tercero; hace doscientos años eran las dependencias de la servidumbre, cuando en la casa había sirvientes, y después fue un burdel y allí arriba vendían su mercancía las mujeres más baratas, las enfermas o las de más edad, y ahora que es un hotel y cada habitación cuesta dinero todas las noches, las más pequeñas cuestan todavía un poco menos porque los techos están más cerca del suelo en el piso más alto. Yo cogí los platos y los puse en la alfombra. Tuve cuidado de no derramar nada. Era sólo mi segunda noche. Estaba haciéndolo bien. Entré en el ascensor, para demostrar que podía; me enrosqué como un caracol en su concha con el cuello y la nuca apretujados, oprimidos contra el techo metálico, la cara entre los brazos, el pecho entre los muslos. Me hice una bola perfecta y el cuartito se balanceó, el cable se soltó, el cubículo cayó uyy-
yyyyy se rompió, y yo me rompí también. El techo se vino abajo, el suelo subió para encontrarse conmigo. Se me rompió la espalda, se me rompió el cuello, se me rompió la cara, se me rompió la crisma. La cavidad en la que estaba mi corazón se abrió y el corazón se salió. Creo que era el corazón. Se salió del pecho y se me metió en la boca. Así empezó. Por primera vez (demasiado tarde) conocí el sabor de mi corazón.
Tengo nostalgia de un corazón. Echo de menos el ruido que hacía, el calor que podía irradiar, cómo a veces me mantenía despierta. Aquí voy de habitación en habitación y veo camas deshechas después del amor y el sueño; luego, camas limpias y preparadas, esperando de nuevo a que los cuerpos se deslicen en ellas; sábanas recién planchadas y dobladas, camas con la boca abierta diciendo bienvenido, date prisa, métete, que llega el sueño. Las camas son tan acogedoras. Abren la boca todas las noches, en todo el hotel, para que los cuerpos se metan en ellas con otros o solos; todo el mundo con sus corazones latiendo, ocupando espacios que otras personas dejaron vacíos, otras personas que se han marchado Dios sabe dónde, que calentaron esos mismos espacios sólo unas horas antes.
He estado intentando recordar cómo era dormir sabiendo que vas a despertar. He estado mirándoles detenidamente, a los cuerpos, y observando lo que el corazón les permite hacer. He estado viéndoles dormir después; me he sentado a los pies de camas satisfechas, de camas insatisfechas, camas que roncaban, camas indiferentes, camas con insomnio, las camas de personas que no notaban mi presencia, que no notaban a nadie excepto a ellas mismas.
Date prisa. Que llega el sueño. Los colores están desapareciendo. Hoy he visto que el tráfico era incoloro, toda la calle invernal estaba descolorida, expuesta al viento y al sol durante demasiado tiempo. Hoy ni siquiera el sol tenía color, ni el cielo. Sé lo que esto significa. He visto los lugares que antes eran verdes. No he visto apenas rojos, y ningún azul. Echaré de menos el rojo. Echaré de menos el azul y el verde. Echaré de menos las figuras de mujeres y hombres. Echaré de menos el olor de mis pies en verano. Echaré de menos el olor. Mis pies. El verano. Los edificios y las ventanas que tienen. Los llamativos envoltorios de los alimentos. Pequeñas monedas sin mucho valor, su peso en el bolsillo o en la mano. Echaré de menos oír una canción o una voz procedentes de la radio. Ver fuegos. Ver hierba. Ver pájaros. Sus alas. Sus redondos y brillantes . Las cosas con las que ven. Las cosas con las que vemos, dos, situadas en la cara, por encima de la nariz. La palabra se me ha ido. La tenía hace un momento. En los pájaros son negros y como cuentas de collar. En la gente son unos puntitos rodeados de color: azul, verde o marrón. A veces pueden ser grises, el gris es también un color. Echaré de menos ver. Echaré de menos la caída que me destruyó, que me hizo el uyy-
yyyyy que soy hoy. Qué mierda, para siempre, per secula seculorum el mundo eterno con un final después de todo, amén. Yo volvería a hacerlo una y otra vez. Subo todas las noches desde que me caí el verano pasado (mi último verano) al último piso y, aunque el ascensor ya no está, Dios sabe dónde estará ahora, lo han quitado por alguna razón relacionada con el buen gusto (mala imagen, una tragedia, una triste historia de la que no se habla, mi muerte salió en los periódicos un día y al siguiente se la llevó el viento, un hotel tiene que seguir funcionando), el hueco sigue allí detrás de la escalera con su siniestra invitación a recorrerlo entero, y yo me tiro, y es todo lo que puedo hacer, flotar en el aire y posarme en el suelo como nieve aburrida. O si me lanzo dentro, si hago un esfuerzo especial por volar aprisa y dar contra la piedra, la atravieso como si la piedra fuera agua, o yo fuera un cuchillo caliente y la piedra, mantequilla. No puedo dejar marcas en ningún sitio. No me queda nada con lo que romper las cosas.
Imaginad que os sumergís en agua, agua que se separa alrededor de vuestros hombros para hacerte sitio. Imaginad algo caliente o frío. Imaginad mantequilla fría derritiéndose en pan calentado, de color dorado en su superficie, desapareciendo. Hay una palabra para pan calentado. Yo la sé. La sabía. No, ya se me ha ido.
Ésta es la historia. Cuando di contra el sótano quien yo era se fracturó toda, se desconchó por arriba igual que saltan las chispas de un fuego. Fui al funeral para ver quién había sido yo. Fue un poco lúgubre. Era un día frío de junio; la gente iba con abrigo. En realidad es muy agradable el sitio donde la han enterrado. Los pájaros cantan en los árboles, y llega el ruido distante del tráfico; entonces yo oía toda la gama de sonidos. Ahora los pájaros están muy lejos, y casi no hay ruido de coches. Voy allí muy a menudo. Estamos en invierno. Han puesto una lápida con su nombre, unas fechas y una fotografía ovalada. Todavía no se ha borrado. Lo hará, con el tiempo; le da el sol del atardecer. Otras lápidas tienen también el mismo tipo de fotografía, y llega la lluvia y a medida que las estaciones transcurren por las lápidas, calentándolas y enfriándolas, la condensación se introduce bajo el cristal de los retratos. Aquel chiquillo con la gorra de la escuela puesta, al otro lado de los montículos de hierba; aquella señora mayor, esposa querida; ese joven vestido con su mejor traje, a la moda de hace veinticinco años; todos respirando aún detrás de sus cristales. Espero que el nuestro produzca esa misma impresión de que respira también. El de ella.
Bajo la superficie, con el frío, entre los variados olores a tierra, madera y barniz humedecido, le están ocurriendo un montón de cosas emocionantes. Tal vez le hagan cosquillas las tenaces bocas de los gusanos, cosas así. Éramos una chica. Morimos jóvenes; lo contrario de viejas, morimos así. Teníamos un nombre y diecinueve veranos; todo eso lo dice la lápida. Suyo/mío. Ella/yo. Toc toc. ¿Quiii-
éééén hay ahí? Yo. ¿Tú-
úúúú? Tú-úú misma. Alguien ha recortado la fotografía de ella para que encaje. Veo el temblor de las diligentes tijeras alrededor del borde de la cabeza. La cabeza de una chica, el pelo oscuro hasta los hombros. La boca cerrada y sonriente. Brillantes y tímidas las cosas con las que veía. Antes eran de color azul verdoso. La cabeza del cristal ovalado es la misma de los marcos que hay en los distintos cuartos de la casa, una en la habitación delantera, una en el dormitorio de los padres, una en la entrada. Yo me fijé en las personas más tristes y las seguí para ver dónde habíamos vivido. Me parecían vagamente conocidas. Se sentaron en primera fila en la iglesia. No podía estar segura. Tuve que adivinar. Pensé que era nuestra, aquella gente, y estaba en lo cierto. Después del funeral, fuimos a casa. Es pequeña; no hay escaleras, no hay espacio para una buena caída. En esa casa, una silla puede ocupar casi toda una pared. Un sofá y dos sillas saturan una habitación de tal manera que difícilmente queda sitio para las piernas de los que están sentados.
Un perro me ladró dos casas más allá. Un gato tembló al pasar por donde habían estado mis tobillos y se frotó contra el aire. Vinieron otros asistentes al funeral y la casa pareció todavía más pequeña. Les observé mientras tomaban té en medio de la falta de espacio en la que ella había vivido. Fui a su cuarto. Dos camas lo llenaban. Floté sobre una cama. Regresé atravesando las cosas. Floté sobre los tristes. Floté sobre el televisor. Floté sobre el aspirador.
Comieron salmón, ensalada y pequeños emparedados, y se marcharon; le dieron la mano al hombre de la puerta, el padre. Se sentían aliviados al irse. La oscuridad se extendía sobre las cabezas de la mayoría de ellos cuando salían por la puerta del jardín y cerraban con un clic. Yo volví a la casa a mirar a los que quedaban. Había tres. La mujer era la más triste. Estaba sentada en una silla y las palabras no pronunciadas que le rondaban por la cabeza decían: aunque éste es mi hogar y he vivido en él veintidós años y estoy rodeada de familia y objetos familiares, ya no sé exactamente dónde me encuentro en el mundo. El hombre hizo té y quitó los platos. Toda la tarde, mientras se bebía té o se quedaba frío, él recogía las tazas en una bandeja, iba hasta la cocina, llenaba una tetera y hacía más, y luego volvía con las tazas llenas otra vez. En la cocina, abría un armario, no sacaba nada de él y lo cerraba de nuevo. Le quedaba viva una chica, otra. Ésta tenía una fisura de ira que le nacía en la raya del pelo, le cruzaba la frente, pasaba por la mitad de la cara, y le dividía la barbilla, el cuello y el pecho, hasta el abdomen, donde se retorcía en un nudo negro. Este nudo apenas servía para mantener unidas sus dos mitades. Estaba sentada abrazándose las rodillas bajo la foto enmarcada de la chica muerta. En esa foto se nos veía con corbata y cara de timidez, y sosteniendo un trofeo con la figura de un nadador.
Quedó un poco de salmón en el plato. Yo me preguntaba cómo sabría. El hombre pasó, se lo llevó, lo echó en una bolsa de plástico en el patio de atrás. Fue un desperdicio. Podría haberlo guardado. Podrían haberlo comido más tarde o al día siguiente y habría sabido igual de bueno, o mejor; yo quería que él lo supiera. Le miré con tristeza, luego azorada, y entonces me vio. Dejó caer la bolsa de plástico. Hizo ruido al dar en las losas rotas. Abrió la boca. Ningún sonido salió de ella (en aquella época yo todavía oía perfectamente). Agité en el aire mi trofeo de natación. Él palideció. Sonrió. Movió la cabeza y miró a través de mí; luego, se marchó otra vez y tiró el salmón. La mitad entera de un pez, y habría sido muy fácil quitar las espinas, estaba muy bien cocinado. Era de un rosado precioso. Aquél fue el último verano, mi (de repente) último verano. Entonces aún podía percibir toda la gama de rojos.
Me puse a practicar con la fotografía escolar que estaba encima del televisor. Aquella cara denotaba inocencia y cansancio, unos trece años, un ligero bizqueo en los, los. Las cosas con las que ella veía. Rocé la perfección con la rojez que había en ellos en otra fotografía, una en la que se veía a otras chicas, todas borrosas, con brillos colorados y un descaro burlón en los rostros y copas en las manos. Comprobé que interpretaba a la chica que tenía que interpretar. Allí estaba, escondida en el fondo. Me esforcé mucho con la cálida mirada de la foto colocada en la repisa de la chimenea, una en la que rodeaba con el brazo los hombros de la mujer que en ese momento se encontraba sentada en la silla completamente desolada. Su madre.
Pude representar a la del óvalo de la lápida sin ningún problema. Era muy fácil. Una leve sonrisa, aunque seria; la fotografía del pasaporte para entrar en otros mundos. Pero la que más me gustaba interpretar era aquella en la que se veía también a la hermana que había dejado atrás y que ésta llevaba guardada en su bolso y sólo la miraba cuando sus padres se dormían o ella se encontraba en un cuarto cerrado con llave. Las dos estaban sentadas en un sofá, pero a la chica muerta la habían pillado a medio decir algo, sin mirar a la cámara. Ésa era mi obra maestra, la postura, la cara risueña, lo que faltaba por decir. En ésa me costó aparecer natural.
Del verano al otoño hice todo lo que puedo hacer. Me aparecí al padre. Me aparecí a la madre. Me aparecí a la hermana. El padre fingía no ver. Cuanto más veía, más miraba para otro lado. Poco a poco fue levantando un muro desde los hombros, alrededor de la cabeza; cada vez que me presentaba añadía una hilera más de ladrillos. En otoño el muro le sobrepasaba la cabeza; fluctuante, construido de mala manera y peligrosamente desnivelado, casi rozaba el techo del cuarto de estar y chocaba contra la lámpara, que lanzaba luces y sombras al dar vueltas cada vez que él cruzaba la habitación.
Sólo me presenté dos veces a mi madre. Se echó a llorar, se sintió triste, nerviosa y asustada. Fue desagradable. Ambas ocasiones terminaron en lágrimas y semanas de insomnio. Era más considerado no aparecerme, así que la dejé en paz.
Pero la hermana me consumía con su tremenda sed. Nunca me aparecía lo suficiente para ella. Con el trofeo, con los reflejos rojos en la cara, con la sonrisa del pasaporte, con las cosas divertidas que quedaron sin decir. Todas las caras que imité se colaron y desaparecieron por la fisura que se abría a lo largo de su cuerpo. Pasó el verano, llegó el otoño y ella continuaba sombría a causa de aquella sed; estaba más sedienta si cabe, quería más, y los colores iban desvaneciéndose. En invierno dejé de aparecerme. (Desde entonces ha sido más fácil, pienso yo, aparecerme a la gente que no reconoce lo que ve. Miré la cara partida de la chica triste y, a la vista de la intensa expresión de aquel rostro, comprendí que resulta más sencillo no tener ninguno.)
Por encima de mí, el canto de los pájaros, cada vez más lejano. Cada día un poco más lejos, más apagado, como si tuviera lana en los oídos. (Imaginad la lana. El áspero roce de las hebras.) Me senté unos centímetros más arriba de la tumba sobre el aire mullido. Era sábado por la tarde; estaba aburrida de trastornar a la familia, aburrida de aparecerme al azar a gente que no sabía quiénes éramos. Las hojas amarilleaban en los árboles. El césped, cuidado y nuevo, languidecía con el invierno, y bajo esa alfombra empapada estaba ella y dos magníficos metros de tierra removida y amontonada. Miré el pasaporte del óvalo, la forma del rostro que habíamos llevado juntas. Bajo la tierra dormía ahora. Ella no podía subir. Pero yo sí podía bajar. Atravesar el légamo, los huevos puestos por criaturas de muchas patas y las termitas, sus voraces larvas, esperando todas a que llegue, para salir, la estación que viene después del invierno, no recuerdo cómo se llama, la estación en que las flores brotan de nuevo pase lo que pase.
Y allá bajé, a más profundidad que los inertes bulbos, hasta que traspasé la tapa del habitáculo de madera, suave y lujosa por fuera, de aglomerado barato por dentro. Me introduje por última vez en nuestra antigua figura, alzándola por los hombros y penetrando en sus piernas y brazos y a través de sus astilladas costillas; pero encajé mal, estaba rota y pudriéndose, así que quedé mitad dentro mitad fuera de ella bajo los fruncidos del interior del habitáculo, fríos, lo reconozco, y de un rosa inútil en la oscuridad.
Las cosas con las que veía se han ennegrecido. Le sellaron la boca. Hola, dijo a través del pegamento. ¿Otra vez tú? ¿Qué buscas?
¿Qué tal estás?, pregunté. ¿Duermes bien?
(¡Me ha oído!) De momento bien, contestó. Bueno, ¿qué? Más vale que tengas una buena razón.
Sólo me gustaría, susurré, llevarme una cosa a la superficie. La única cosa. Hoy es sábado. ¿Lo sabías? La semana pasada tu hermana plantó azafrán de primavera sobre tu cabeza, ¿lo sabías?
¿Quién?, dijo ella. ¿Qué? Que te den por el culo. Déjame en paz. Estoy muerta, por el amor de Dios.
Tengo que saber algo, dije. ¿Recuerdas la caída? ¿Recuerdas cuánto tardamos en caer? ¿Recuerdas qué sucedió antes? Por favor.
Silencio. (Pero sabía que me oía.)
No me iré hasta que me lo digas, insistí. No me iré hasta saberlo.
Silencio. Así que esperé. Me quedé allí tumbada en la caja, a su lado, durante días. Ni que decir tiene que no dejé de importunarla. Le manoseaba los puntos de sutura. Entraba y salía de ella. Me colaba por una oreja y aparecía por la otra. Cantaba canciones de los musicales del West End («oh qué mañana más hermosa; todo lo que deseo es un sitio en alguna parte / aislado del aire frío de la noche; adiós pero vuelve pronto; por favor, por favor / persígueme, dispárame / seguiré amándote»), se las cantaba en la nuca, hasta que las protestas de las tumbas vecinas me hicieron callar. Entonces me dediqué a meterle sus propios dedos por aquella nariz con tapones, a pellizcarle los lóbulos de las orejas.
Me perdí tres salidas y tres puestas completas de sol (días preciosos para mí aunque no para ella, allí tumbada con los bolsillos llenos de arena y una capa de tierra por encima, tan a gusto y segura en su túnel de días y noches que pasan y pasan sin ningún sótano al final) hasta que por fin dijo sin pestañear:
Vale, vale, te lo diré. Si prometes marcharte y dejarme en paz.
De acuerdo, me iré, trato hecho, respondí.
¿Lo juras?, preguntó.
Por tu madre, contesté.
Cristo bendito. Mi madre. Regla número uno de aquí abajo. Nada de recuerdos, dijo. Y número dos. Sólo la caída; nada más, ni una cosa más.
Vale, convine. Es lo único que quiero.
¿Qué es lo que sabes?, preguntó a través de los dientes apretados. ¿Hasta qué momento tengo que remontarme?
Bueno, sé que sacamos los platos de la habitación pequeña, dije. Sé que tuvimos cuidado. Recuerdo que nos acurrucamos dentro de la habitación, con las piernas encogidas como las de un feto, pero no recuerdo por qué. Y recuerdo la caída, uyyyyyy-
yyyyyyyy ya lo creo.
Di patadas con nuestras piernas en las finas paredes de madera. Noté que no le hacía ninguna gracia. Con el suspiro de un muerto dijo:
No era una habitación. Demasiado pequeño para ser una habitación. Era un montaplatos, ¿te acuerdas?...
(Ésa es la palabra, así se llama; eso es; montaplatos montaplatos montaplatos.)
... y ésta es la historia, ya que tantas ganas tienes de oírla. Dichoso el que se da cuenta de que es demasiado tarde justo una fracción de segundo antes.
¿Demasiado tarde? ¿Demasiado tarde para qué?, pregunté.
Sin interrupciones, replicó. Ésta es mi historia, ahí va, ¿estás escuchando? Me enamoré. Me enamoré perdidamente. Me cogió por sorpresa. Fui feliz, y luego desgraciada. ¿Qué podía hacer? Toda mi vida había esperado enamorarme de algún chico, de algún hombre, había estado esperando y mirando. Y un día se me paró el reloj. Pensé que a lo mejor se había metido agua en él y lo llevé a la tienda de enfrente del mercado. ¿Sabes la que te digo?
No, pero la encontraré, contesté.
Bien, dijo ella. Las manecillas se habían parado a las dos menos diez, aunque no era esa hora realmente. Me lo quité de la muñeca y lo puse en el mostrador y la chica que había al otro lado lo cogió para examinarlo. Lo tuvo un rato en las manos. Unas manos serias. La miré a la cara para saber lo que iba a costarme, y cuando lo hice, cuando vi cómo fruncía el ceño mientras tocaba, giraba y sacudía mi reloj, cuando vi en su rostro aquel momentáneo gesto de concentración mientras sostenía la esfera, no pude evitarlo. Caí rendida. Ella vende relojes, de todas clases, y correas y pilas. Se encarga de enviar fuera los relojes de la gente para que los limpien de nuevo y vuelvan a funcionar. Ella está allí rodeada de relojes en vitrinas, en estuches, relojes por todas las paredes, no tenía ni idea de que hubiera tantas clases de relojes para poder elegir, y todos ellos con las manecillas paradas señalando diferentes, posibles, horas del día. El único reloj que funcionaba en la tienda aquella mañana era el que ella tenía en el brazo, haciendo tictac en el cálido reverso de su muñeca. Abrió la caja de mi reloj parado y comprobó la pila. Sekonda.
¿Es así como se llama la chica?, pregunté.
Te aviso, respondió ella a través de su boca cerrada. Sólo te lo voy a contar una vez, ¿recuerdas? Hemos hecho un trato. Sekonda era la palabra escrita en el reloj, el nombre de la clase de reloj. Es la primera palabra que me dijo. ¿Sekonda?, así, con entonación interrogativa. El mío también es Sekonda, añadió. Giró la palma de la
