Al ser mencionada cierta persona que, según uno de los asistentes, había muerto en bancarrota a causa de su desmedido amor por la pintura después de haber gozado durante muchos años de una posición de privilegio, un caballero, cuyo nombre no había podido captar dos horas antes, cuando me había sido presentado, comentó con pesadumbre el reciente fin en parecidas circunstancias de un buen amigo suyo que había dedicado su vida y su fortuna a tratar de averiguar los motivos que habían impulsado a Victor Arledge, en su primera madurez, a abandonar la literatura y refugiarse en la mansión de un lejano pariente escocés, donde había fallecido tres años más tarde, a la edad de treinta y ocho. Interrogado por una de las señoras, que, de acuerdo con la información que se me dio con posterioridad, había realizado una tesis sobre la figura del famoso autor y desconocía la existencia —y por tanto las investigaciones— del amigo del señor Holden Branshaw —o Hordern Bragshawe—, éste manifestó que, sin embargo su amigo, aunque no había llegado a establecer en su totalidad las causas que nos habían hecho perder prematuramente a tan firme valor literario, había descubierto datos suficientes para trabar una historia tan ambigua y atractiva acerca del personaje en cuestión que durante el último año de su vida se había dedicado a verterla en forma de novela, obra que, con el título de La travesía del horizonte, se encontraba ahora en su poder y que, en su opinión, representaría una vez publicada la triste consagración de su amigo como uno de los mejores novelistas de los últimos tiempos, y que por ello, si bien, como antes había señalado, éste había perdido su vida y su dinero, se podría decir, desde un punto de vista no demasiado exigente, que no había perdido su tiempo.
Las categóricas afirmaciones del señor Branshaw no suscitaron ninguna reacción entre los presentes y, puesto que la noche avanzaba y la reunión había ido languideciendo desde hacía media hora, los invitados se levantaron con una unanimidad que demostraba que constituían un verdadero grupo, se despidieron de mí no sin antes haberme dado las gracias por tan agradable velada, y partieron. Cuando regresé al salón tuve ocasión de comprobar que, sin embargo, ni el señor Branshaw ni la dama que había realizado su tesis sobre Victor Arledge se habían movido de sus asientos y que charlaban con reservada amistosidad. Me serví una copa de oporto y, haciendo el menor ruido posible para no interrumpirles, me senté en un sillón. La damita, menuda y de edad indefinida, tanto como lo eran el color de su sencillo vestido y las causas de su presencia en mi salón, seguía interrogando, si bien con cortesía también con cierta avidez mal disimulada, al señor Branshaw acerca de la novela de su amigo. Después de un velado forcejeo en el que la señora llevaba la peor parte —las respuestas de Branshaw eran más que lacónicas y era evidente que tenía prisa— ella se decidió a pedirle que le prestara la novela durante unos días, ya que su publicación, al depender todavía del permiso que habrían de otorgar los parientes de Arledge para la revelación de secretos de la vida del autor, no era definitiva. Ante mi relativo asombro —tal vez fueron las prisas mencionadas y el visible afán de Branshaw por zafarse de momento de las preguntas de la damita lo que le impulsó a hacer aquella proposición— concertaron una cita para el día siguiente por la mañana con la perspectiva de una lectura en voz alta que evitaría al señor Holden Branshaw tener que desprenderse, aunque sólo fuera por unos días, del original de la obra. No sé si por deferencia o por temor a encontrarse totalmente a solas con la señora, Branshaw me rogó que, si el asunto me interesaba o despertaba mi curiosidad, no dejara de acudir a su casa al día siguiente, a lo que yo, sin duda por deferencia, contesté que no faltaría y que le agradecía mucho su gentileza. Holden Branshaw y la damita, ella con el rostro encendido de satisfacción, se despidieron y partieron por diferentes caminos.
Cuando me desperté a la mañana siguiente, más tarde de lo que acostumbro, sin acordarme para nada del señor Branshaw, algo aletargado tal vez por la última copa de oporto, una sirvienta estaba poco menos que aporreando mi puerta y me anunciaba con insistencia que la señorita Bunnage me aguardaba en el salón desde hacía diez minutos. Me pregunté durante unos segundos quién podría ser la señorita Bunnage y acto seguido me levanté, ordené a la criada que preparara desayuno para dos y que le comunicara a la señorita Bunnage que bajaría en cinco minutos, y me apresuré a lavarme y vestirme sin volver a preguntarme por la posible identidad de aquella dama que, de hecho, ¿por qué no decirlo?, había tenido el descaro de presentarse en mi casa sin previo aviso a las nueve y media de la mañana. De no muy buen talante bajé por fin y, antes de que atravesara la puerta del salón, la damita de la noche anterior salió a recibirme, llena de excitación.
—Perdone mi atrevimiento —dijo—. Iba ya hacia la casa del señor Branshaw y al pasar por aquí pensé que podría recogerlo. Tengo un coche esperando fuera y ya llegamos tarde a la cita.
No recordaba a qué hora habíamos quedado con el señor Branshaw y por ello, con escaso éxito de todas formas, sólo me atreví a insinuar la conveniencia de tomar algo antes de encerrarnos en una casa para escuchar una novela de quién sabía qué longitud. Pero la señorita Bunnage era intransigente y no quiso ni oír hablar de ello. Me cogió de un brazo mientras repetía una y otra vez que el coche estaba esperando y me vi obligado a seguirla. Una vez puestos en marcha pareció calmarse y pude observar que llevaba una carpeta llena de hojas en blanco.
—¿Cree usted que el señor Branshaw me dará algo de comer si se lo pido? —dije.
La señorita Bunnage sonrió y contestó:
—No se preocupe, se lo pediré yo. —Y añadió—: ¿Sabe? Esta cita es muy importante para mí. Si todo resulta como yo espero, podré evitar una injusticia.
—Creí que simplemente le interesaba Victor Arledge —comenté yo.
—Y así es.
—Ah.
Callé, entre divertido y molesto.
El señor Branshaw nos acogió con más simpatía de la que había demostrado la noche anterior en mi casa durante aquella velada cuyas consecuencias, por el momento, empezaban a resultarme intolerables. Nos introdujo en una espaciosa biblioteca de estanterías blancas, y mientras preparaba algo de desayuno para mí a instancias del censurable desparpajo de la señorita Bunnage —que en más de una ocasión me haría sonrojar—, pude inspeccionarlas y comprobar que el señor Branshaw sólo leía filosofía y poesía, y muy poca novela. Sobre la chimenea, en lugar de la obligada escena de caza de mal gusto o copia de un Constable, había un gran tablero de madera en el que se podía leer, inscrito:
«‘Tis to yourself I speak; you cannot know
Him whom I call in speaking such a one,
For you beneath the earth lie buried low,
Which he alone as living walks upon:
You may at times have heard him speak to you,
And often wished perchance that you were he;
And I must ever wish that it were true,
For then you could hold fellowship with me:
But now you hear us talk as strangers, met
Above the room wherein you lie abed;
A word perhaps loud spoken you may get,
Or hear our feet when heavily they tread;
But he who speaks, or him who’s spoken to,
Must both remain as strangers still to you.»
La señorita Bunnage, acomodada sin duda en el mejor sillón de la habitación, había abierto su carpeta, extraído de ella sus inmaculados folios y, pluma en mano, esperaba con impaciencia a que Branshaw reapareciera con una bandeja y después a que yo, desasosegada y precipitadamente, acabara de tomar mi café y mis tostadas con mermelada de frambuesa. Cuando lo hube hecho Branshaw retiró la bandeja y salió de la biblioteca para reaparecer unos minutos más tarde con el deseado manuscrito encuadernado en azul marino. Agitó el libro levemente y lo puso sobre las rodillas de la señorita Bunnage, que se conformó con mirar la cubierta y me lo dio a mí (La travesía del horizonte, sin el nombre del autor: abrirlo me pareció descortés). Branshaw, entonces, volvió a cogerlo de mis manos, tomó asiento, lo abrió por la primera página y dijo:
—La travesía del horizonte: libro primero. «‘Tis to yourself I speak.» —Y leyó la cita entera.
—¿De quién es el poema? —pregunté yo mirando hacia el tablero que colgaba sobre la chimenea.
Branshaw iba a contestar cuando la señorita Bunnage se le anticipó:
—De Jones Very —dijo, y añadió—: Continúe, por favor, y de ahora en adelante les rogaría que guardasen silencio absoluto.
El señor Branshaw volvió a leer la cita de Very con delectación, hizo una breve pausa, nos miró, y por fin dio comienzo a su lectura:
«Acababa de regresar la partida capitaneada por el veterano médico de la Expedición Ballenera de Dundee William Speirs Bruce, y Jean Charcot, desde el Français, enviaba noticias que apasionaban a la alta sociedad parisina cuando Kerrigan concibió la idea de organizar una expedición cuyos componentes fueran hombres y mujeres de letras, es decir, aquellas personas que diariamente devoraban las informaciones procedentes de la península de Palmer y se reunían en los cafés para comentar una y otra vez la audacia de aquellos pioneros y expresar sus fervientes deseos de embarcarse, aunque sólo fuera en calidad de lavaplatos, en alguno de aquellos navíos nórdicos o británicos, en pos de aventuras plagadas de riesgos e incomodidades, pero también de insospechadas experiencias cuya narración podría hacer las delicias de sus amistades o lectores.
El plan de Kerrigan, hombre encantador pero dominado por una inconsciencia más digna sin duda de un adolescente que de un hombre de su edad, era desde el principio tan descabellado como atractivo, y fue a todas luces esta falta de rigor y la jovialidad que rodeó a todo el asunto lo que hizo que una mañana, mientras el escritor Victor Arledge desayunaba en su terraza y hacía trabajar a su imaginación en busca de alguna excusa tan veraz y extravagante a un mismo tiempo que le permitiera dejar de asistir al estreno de la adaptación teatral de su última obra sin que la expectación del público decayera a falta de su presencia, fue esto y no otra cosa, repito, lo que hizo que la prudencia y la serenidad que por lo general precedían a sus decisiones desaparecieran sin oposición ante los sugerentes argumentos de Kerrigan. Era aquella idea tan insólita, tan ingenua la excitación de Kerrigan, que al principio Arledge no pudo por menos de sonreír; pero a medida que la locuacidad de su amigo le iba proporcionando imágenes llenas de exotismo e inverosimilitud, y sobre todo cuando éste, morosamente, sacó de su cartera un papel con la lista de personas que ya habían aceptado su ofrecimiento y se la mostró no sin cierta ostentación, sus ya muy debilitadas defensas se vinieron abajo de manera definitiva y no tuvo el menor reparo en estampar su firma en una tarjeta de embarque que ya llevaba impresos su nombre, dirección y nacionalidad.
Pocos días después la noticia se hizo pública, y los futuros pasajeros del Tallahassee se vieron asediados por periodistas de toda Europa; los preparativos, fines y carácter del viaje fueron objeto de concienzudos análisis e informaciones hasta el punto de que los expedicionarios llegaron a saber, por medio de la prensa, algo que habían ignorado (y quizá habían tratado de ignorar) hasta entonces: cuáles eran sus intenciones. Los titulares de las primeras páginas, por lo general, rezaban así: «Proyecto literario más allá de toda ambición. Un numeroso grupo de ilustres escritores y artistas ingleses y franceses realizará un viaje a la Antártida con el fin de hacer, a su regreso, una obra literaria conjunta y un gran espectáculo musical basados en sus experiencias en el polo.»
Pasaron diez semanas entre el día en que Victor Arledge recibió la visita de Kerrigan y el de la partida, y durante aquella temporada, por otra parte impregnada de un encanto poco común, aquél se vio obligado a alterar su pausado modo de vida y ello le produjo algunos trastornos. No es que se sintiera nervioso ante la perspectiva de un largo viaje de cuya suerte ya empezaba a dudar, pero la agitación y el desbarajuste que por todas partes le agobiaban; las reuniones, de todo punto innecesarias, que los expedicionarios franceses convocaban insistentemente en un obstinado afán por agotar el tema y prever las sorpresas y a las que se vio obligado a asistir, los insaciables reporteros que solicitaban entrevistas (justo es reconocerlo: también él las concedía); y, sobre todo, el gran malestar que le producían sus ardientes, obsesivos e impotentes deseos de borrar de la lista de pasajeros a Léonide Meffre, hicieron que, muy a su pesar, la desazón y el caos reinaran en su diminuto piso de la rue Buffault. Esperaba con ansiedad la fecha señalada para zarpar, no sólo por el viaje en sí, que por capricho de los pasajeros (que al fin y al cabo costeaban la expedición casi en su totalidad) incluía un breve crucero por el Mediterráneo, desde Marsella hasta Esmirna, con escalas en Italia y Grecia, para regresar, bordeando las costas del norte de África, hasta Gibraltar y entonces adentrarse en un océano escandalosamente vasto, sino también por la satisfacción —que le depararía el día de la marcha— de encontrarse con sus buenos amigos Esmond y Clara Handl, los dos comediógrafos más brillantes e ingeniosos que Inglaterra había dado hasta el momento. Conversadores deliciosos e infatigables, sus libretos de canciones eran conocidos por toda Europa y parte de América, y su presencia a bordo, tan dichosa para Arledge que ya la saboreaba de antemano, daba a la travesía un toque de amenidad y agudeza que la hacía aún más prometedora. Confiaba Arledge, además, en que una vez puestos los pies en el barco, podría instalarse confortablemente en un camarote, recobrar su natural y pacífico ritmo de vida y dedicarse a pasear por cubierta con sus mejores galas siempre y cuando el cielo y el vaivén del velero lo aconsejaran. Todo esto hizo que su paciencia, inquebrantable y duradera por lo general, empezara a agotarse. Durante la espera se vio forzado a mantener contacto con personas que no eran de su agrado, a contestar numerosas cartas de editores alemanes, polacos, españoles e italianos que al saber de su participación en la aventura le escribían con el fin de contratar los derechos de traducción sobre la novela que, como era de esperar, escribiría a su regreso; tuvo que hacer un enojoso recorrido en tren para despedirse de sus padres, y otro, en un pequeño buque de vapor, para hacer lo propio con su hermana; y durante cinco días no pudo salir de su casa, ocupado en ordenar y archivar sus papeles, esparcidos sin concierto por mesas, cajones, carpetas y secretaires.
Huelga decir que Arledge no tuvo nada que ver con los preparativos y la organización del viaje: para eso estaban los expertos y Arledge se limitó a escuchar, de vez en cuando, las quejas de Kerrigan, que se desahogaba con él cuando las dificultades que iban sucediéndose parecían insuperables. Gracias a él supo que el gobierno inglés, a través de una empresa privada, había aportado una considerable cantidad de dinero, y que casas de tejidos, pieles, jabones, calzados, patines, bujías, raquetas, alimentos, fósforos, bebidas alcohólicas y un sinfín de artículos más habían ofrecido sus productos completamente gratis, con lo cual los gastos de los expedicionarios se reducían sensiblemente. Supo también que Kerrigan había tenido grandes problemas para encontrar tres docenas de poneys de Manchuria, bestias que se le antojaron, en el momento, un tanto inadecuadas para sus propósitos; y durante aquellos días estaba tan harto de preámbulos y tan deseoso de emprender la marcha que se abstuvo de preguntar cuál era su finalidad. Recibió la desagradable visita de un sastre, petulante y ambicioso, encargado de confeccionar los fuertes ropajes que habrían de utilizar al llegar a las zonas frías, y la de un zapatero, cordial en exceso, que le calzó con gran destreza y sin previo aviso, sin que Arledge pudiera impedirlo, varios pares de botas casi informes por su extremada sencillez y su desmedido grosor, tras de lo cual, sin ningún motivo aparente que lo justificara, pues todas ellas, a pesar (o quizá por ello) de los defectos reseñados, eran igualmente cómodas y cálidas, apartó dos pares de color hueso y decidió adjudicárselos. Desfilaron por su casa, asimismo, un médico, que lo sometió a un severo reconocimiento; diversos funcionarios del gobierno que trataron de cobrarle impuestos especiales sin resultado alguno a pesar del admirable despliegue que de términos burocráticos y amenazas hicieron; un empleado de Franchard cuyo objetivo era lograr un seguro de vida de elevado presupuesto; su banquero; su notario, que, alarmado por su partida, insinuó la conveniencia de dejar hecho testamento antes de que se embarcara en tan arriesgada aventura, y un largo etcétera de personajes más, como Arledge los llamaba: viles estafadores y advenedizos protegidos por las leyes, a los que primero escuchó con indiferencia y más tarde despachó sin contemplaciones y con no muy buenos modales.
Pero no todo fue malestar: durante aquellos dos meses y medio Arledge gozó de la compañía de Kerrigan con más frecuencia de la acostumbrada. Poco sabía de él, pero su conversación, y más aún los relatos con que le obsequiaba, expuestos siempre de la manera más abstracta que pueda concebirse y sin localizar nunca ni en el tiempo ni en el espacio, representaban para Arledge un libro interminable de aventuras y peligros que hacía revivir con toda intensidad las emociones suscitadas por sus lecturas de infancia; y la imaginación de Arledge, a falta de datos concretos que le permitieran situar sus andanzas en algún punto determinado del globo, le presentaba la audaz figura de Kerrigan en los más variados escenarios o atuendos; tan pronto lo veía con una gorra blanca de capitán surcando los mares de China como vistiendo un uniforme gris en Vicksburg, burlando a los aduaneros de Liverpool o junto a los anarquistas de la Mano Negra, en medio de los desiertos árabes o vagando por los muelles de cualquier ciudad portuaria del mundo, cicerone en Florencia en compañía de bellas damas, como único supervivente de la voladura del Maine o con Gordon Bajá en el Sudán. De él sólo sabía cuatro cosas seguras: que era americano, que en su primera juventud había trabajado como piloto de un barco de vapor en el río Mississippi, que en una ocasión había sido protagonista de una apasionada historia de amor —aunque por desgracia desconocía los pormenores, trágicos sin duda—, y que había descubierto una isla en el Pacífico de cuya existencia sólo Kerrigan sabía y que guardaba algo muy querido para él, motivo de extraños viajes y largas ausencias. Aquello era todo lo que las disimuladas y corteses indagaciones de Arledge habían podido averiguar: su familia, su pasado, sus ocupaciones, y por encima de todo, el origen de su fortuna, necesariamente inmensa, que le permitía vivir con holgura sin tener que hacer nada en absoluto, todo ello era un misterio por desvelar. Su inglés, muy maleado seguramente por los constantes viajes, conservaba aún, sin embargo, un acento que delataba su elevada procedencia social, y su conversación, siempre ágil e ingeniosa, revelaba unos conocimientos difíciles de adquirir entre océanos, desiertos, batallas y conspiraciones. Aunque el blanco y el amarillo se confundían en su cabello y en su frondoso bigote, no debía de rebasar los cincuenta años, y su figura, todavía esbelta y erguida, hacía pensar en menos. Su manera de vestir, llamativa en exceso, denotaba cierta falta de buen gusto y sus incondicionales botas altas hacían demasiado ruido al andar, pero en lo que a ademanes y a costumbres se refiere, era un perfecto caballero sin tacha. Su popularidad en París, ciudad en la que residía desde 1899, era enorme, y su presencia, requerida en las grandes ocasiones, hacía las delicias de las insoportables damas entradas en años que, como Mme D’Almeida, alimentaban sin tregua su vanidad y ponían en peligro su vida, merced a sus indiscretos comentarios, con más frecuencia de la deseada.
Kerrigan, sin embargo, no se llevaba muy bien con la mayoría de los ilustres expedicionarios franceses; él gozaba de sus simpatías pero ellos no de la suya. Solía tratarlos con una reservada tolerancia que a veces rayaba en un soterrado desprecio que se manifestaba mediante un repentino laconismo que los demás tomaban por excentricidad, cuan
