Cuando fuimos inmortales

Gabriela Llanos

Fragmento

inmortales-3

1

Un hombre en una silla de ruedas

Because maybe

You’re gonna be the one that saves me

And after all

You’re my wonderwall

 

OASIS, «Wonderwall», 1995

El hombre en la silla de ruedas la recibió de espaldas, mirando por una ventana gigantesca que daba al jardín. Su imagen producía inquietud; acojonaba, más bien. Su silueta a contraluz desprendía un aura indefinible, un extraño halo entre sagrado y maldito. Lola lo observaba desde el umbral de la puerta sin atreverse a dar el primer paso. La chaqueta negra le quedaba enorme, parecía el torso de un niño con ropa heredada, un triste saco de huesos sobre una modernísima máquina llena de botoncitos. Lo que más le impactaba era su cabeza: una melena blanca y cardada con pretensión roquera y resultado chapuza, un look que le recordó a las abuelas de su barrio cuando entraban en la floristería postureando tras haber conseguido, litros de laca mediante, la santa asunción de sus cuatro cabellos al cielo.

El hombre presionó un botón del mando de su apoyabrazos. A ella el sonido le resultó familiar, parecido al de los insoportables trenes eléctricos que atontaban en la infancia a sus hermanos pequeños. La silla de ruedas giró ciento ochenta grados, como la del jurado en ascuas de ese concurso de televisión con audiciones a ciegas, y estuvieron frente a frente por primera vez, separados por un escritorio de madera de unas dimensiones que no favorecían a ninguno de los dos. Le molestó no poder mirarlo a los ojos —¿por qué llevaría gafas oscuras?— y tener que conformarse con el repaso de su cuello de gallina, sus pómulos salidos, el hoyuelo del mentón reducido a una línea recta sobre la piel transparente de un cadáver.

—No te pareces a mí.

Aquel hombre proyectó su voz grave, áspera y nasal, hacia cada esquina de esa biblioteca con techos inalcanzables. Lola entendió que así oficializaba el tono con el que transcurriría el encuentro, su primer encuentro, entre padre e hija: sin emociones, sin promesas, sin culpas.

—Tú tampoco te pareces a ti —respondió ella, y se dejó caer en un pretencioso sillón que había supuesto más mullido.

Se estaba precipitando. Lola enterraba demasiado pronto su débil intención de guardar las formas para adelantar un montón de casillas en el farragoso terreno de ir de frente. ¡Qué narices!, se dijo para infundirse ánimos, ¿por qué tendría que andarse por las ramas? Ella no tenía la culpa de que así, de repente —¡hala, bonita!, primer premio de lotería envenenado—, la identidad de su padre biológico le hubiera aterrizado en la cabeza. Sin haberla buscado, le colaron la respuesta a una pregunta que ella nunca se atrevió a formular, y ahora una enorme losa le machacaba a diario sus miserables certezas.

—Llevas razón. —Empezó a jugar con el reposabrazos de su silla de ruedas como si fuera una batería invisible—. La identidad queda congelada en los años en que somos jóvenes.

Lola tuvo que morderse la lengua para no revelarle que se había enganchado a YouTube por su culpa durante el último mes. ¡Por poco se deja los ojos en la pantalla del ordenador! Le hizo gracia recordarse a sí misma stalkeándole a lo bestia, olvidándose de comer, de ducharse, de dormir. Estuvo a nada de que le entrase la risa floja por su patetismo, así que desvió la mirada a la pared contraria al ventanal. ¿Cuántos CD tendría aquel hombre? Fingió concentrarse en la estantería de mil baldas repleta de discos encajados. ¡Qué zumbada había que estar! Chuparse millones de entrevistas y videoclips con su careto de atormentado, siempre con la camiseta de manga corta negra encima de otra larga blanca. Y, por supuesto, sus actuaciones en directo con los pringados del público fastidiando las canciones al dar palmas verbeneras. Se había enganchado especialmente a los programas de cotilleo cuando lo ponían verde por repartir hostias como panes entre los paparazis que lo perseguían en busca de alguna foto en la que le comiera la boca a la modelo de turno. Sin olvidar sus salidas de tono, sus comentarios mordaces evidentemente preparados en las ruedas de prensa ni sus presentaciones de discos en pleno clímax de la cogorza con las zapatillas encima de la mesa. Ella había llegado al colmo de repetir en bucle el saludo de su último concierto en el Vicente Calderón: «¡Hey, Madrid! ¿Te enrollas conmigo esta noche?», y ver una y otra vez cómo la marea humana explotaba en un sincronizado chillido antes de que el vídeo se fundiera a negro y Peter Russ, la estrella del pop de los años noventa en España, se convirtiese en el hombrecillo enjuto de la silla de ruedas que había resultado ser su padre.

—Tú naciste el 28 de agosto de 1997 —el hombre suavizó el tono áspero de su recibimiento—, y acabas de cumplir veintitrés hace quince días.

Lola se revolvió en el asiento, que no podía ser más incómodo, y se acarició el codo tras golpearse y sentir un calambre. Maldijo estar atrapada en ese tieso sillón orejero rosa chicle. Bajó la vista a la alfombra roja, más bien burdeos, que se había tragado la mitad de sus Converse como si fuera arena movediza.

—La exactitud en mi fecha de cumpleaños te suma un minipunto —le vaciló ella nerviosa—. Y, si la cosa va de juventud, supongo que ahora soy mi prototipo premium.

Observó con detenimiento cómo encajaba él su chascarrillo. ¿Lo consideraría muy cool o una auténtica gilipollez?, se preguntó analizando si ese gesto que hizo, como si le picaran los dientes, sería un tímido asomo de sonrisa. «¡Menuda chorrada!», se reprendió, y volvió a cambiar de postura. No iba a darle demasiadas vueltas, no tenía tiempo ni ganas de currarse su mejor versión para impresionar al hombre enjuto e inválido que era su padre. «¡A otra cosa, mariposa!», se animó, y se despegó el flequillo de la frente con un soplido porque, ¡vaya puntería!, el único rayo de sol que entraba por el ventanal le caía directo a los ojos y hacía que el jardín luciese como una penosa fotografía quemada. El sudor empezaba a surcarle la nuca, y esa sensación le daba repelús. Estaba incómoda en esa casa inmensa de Londres, encerrada en una biblioteca de sillones imposibles con respaldos abotonados, cortinas de borlas recogidas en el techo y flores, muchas flores, más que un domingo en una iglesia pija con doblete de bodas.

¡Y pensar que ella misma había crecido en una burbuja de algodón de azúcar! Se habría apostado el cuello a que no existía otro lugar en el planeta que, en cuanto a mantelería fina, cubiertos de plata y adornos con relieves dorados, superase el chalet familiar de Monteclaro. La casa de los Acosta, que también fue la suya, era uno de esos hogares que promocionaban junto al jamón y los turrones en los anuncios de Navidad. «¡Si es que donde hay categoría, hay categoría!», repetía su padre, el otro; bueno, el de siempre, el único que ella había conocido hasta ese momento, el alto, el bronceado, el atlético, ¿el «adoptivo», debería decir de ahora en adelante?

Aunque —era justo reconocerlo— ella lo sabía desde los diez años, la edad que los Acosta consideraron oportuna para confesarle lo evidente: que ella, Lola Acosta, no compartía información genética ni con sus padres ni con sus dos hermanos menores, también altos, bronceados y atléticos. Recordaba aquella escena con nitidez: siesta de verano en Marbella y otro incisivo rayo de sol cegando sus ojos. Ella se había quedado muda. Ni una sola pregunta les hizo a los Acosta, ni de las típicas: «¿De dónde vengo, dónde me encontrasteis, soy española o rusa?», ni mucho menos de las sofisticadas: «¿Fui vuestra primera opción o un saldillo de segundas rebajas, me recogisteis por pena o porque aún no sabíais que un par de años después tendríais dos críos guapísimos de cosecha propia?». Al contrario, tras un largo silencio, Lola se marchó corriendo y, mientras los papás Acosta pensaban que sufría una especie de shock traumático, ella googleaba el verbo «adoptar» y memorizaba la segunda acepción del diccionario: «Tomar como propio algo que no es exclusividad de nadie». Aquel concepto le llegó hasta el mismísimo tuétano, porque ese día decidió ser Lola a secas, Lola y punto, propiedad de nadie, exclusividad de sí misma.

La puerta de la biblioteca se abrió de golpe y la trajo de nuevo al presente. Entraron dos tíos jóvenes y cachas, con el cabello cortado al cero, guantes de látex, patucos desechables y pijama azul oscuro de enfermero que les marcaban musculitos y paquete. Uno de ellos llevaba un bote de medicinas y una jarra de cristal. «¿Para qué van en pareja?», pensó cuando la voz grave y nasal volvió a agitar la habitación.

—Tú perteneces a la generación Z. —El hombre de la silla de ruedas usó un tono de locutor petardo de la radio—. Chavales con la nariz pegada al móvil o al ordenador, buenistas, ecologistas, veganos…

«¿Por qué tiene un jarrón con una flor de loto?», se preguntó Lola mientras escuchaba de refilón la brasa de datos generacionales que, a la velocidad del primer dictado del colegio, la estaba poniendo de los nervios. Fijó la atención en los tres jarrones que decoraban la biblioteca: primero en el cursi, cerca de la puerta, con el grabado de la Rosa Tudor; después en otro más discreto situado sobre una mesa baja con rosas amarillas impresas, y, por último, en el más bonito, cilíndrico y con un rosal pintado que, si no se andaba muy fino de la vista, podría parecer una mancha de sangre.

Cuánta pereza le dio pillar de nuevo el hilo del discurso de aquel hombre que ahora atacaba a los mileniales. «Los niños perdidos de Nunca Jamás», así los definía, y sumaba perlas como «tontolabas», «mimados» y «blanditos», que desconocían el significado de la palabra «sacrificio». Lola no pudo evitarlo, su mente se trasladó desde los rosales pintados en los jarrones hasta los de verdad, esos de los que se había quedado prendada en la puerta principal de la casa. Eran unas flores perfectas, «la crema y nata», que diría doña Merche, clienta quisquillosa y marisabidilla donde las hubiese, que entraba en El Pétalo de Malasaña haciendo la gracia de cerrar los ojos para fardar de su habilidad para identificar el color de las rosas por el aroma a melocotón, a miel o a incienso de mirra.

A primera vista, no había localizado ningún estanque en el jardín de aquella casa. ¿Dónde cultivaba entonces las flores acuáticas?, se preguntó Lola, aunque, a decir verdad, tampoco había tenido tiempo de conocer más estancias de ese casoplón. Fue poner un pie en el aeropuerto de Heathrow y, como si estuviese en un episodio de The Boys, apareció en un pispás en esa biblioteca tan esnob del hombre inválido que —el asunto era ya bastante penoso— seguía ejerciendo de cincuentón al uso con la tabarra de la falta de compromiso de la juventud. ¿Tendría la oportunidad de darse una vuelta por el jardín? ¿Se quedaría a pasar la noche? ¿Un par de días? ¿Una semana? ¿O Peter Russ la despacharía con la información sobre su identidad y hala, bonita, a correr?

Le escocían los ojos y seguro que los tenía enrojecidos. Le ocurría cuando le costaba dormir, y las últimas semanas no había conseguido empalmar dos horas de sueño seguidas. Ojalá estuviera dentro de un episodio de The Boys, ojalá tuviese los poderes de A-Train para salir corriendo a toda pastilla y plantarse de nuevo detrás del mostrador de la floristería. «Uf», se le escapó un bufido de rabia. ¡Le jodía tanto mentirse a sí misma! Pensar todavía con nostalgia en aquella estúpida tienda de flores en Malasaña. Las flores habían sido el inicio de su espinoso camino de malas decisiones. Si no se hubiese enganchado a El Pétalo de Malasaña primero y al desagradecido de Fran después, jamás habría entrado en contacto con esa panda de frikis de la música de los noventa, ese maldito foro virtual que había puesto su mundo del revés. ¡Con lo a gusto que estaba ella! Lo que disfrutaba dejándose la piel en cada ramo, los más extravagantes de la zona, que las abuelas del barrio le agradecían con un táper de croquetas de bacalao o de empanadillas de atún. Salir cada tarde del trabajo oliendo a lirios, a gardenias, a lavanda; matar las horas en un banco de la plaza del Dos de Mayo y tomarse unas cañas en la inopia, a la maravillosa salud de no saber a ciencia cierta a quién echarle la culpa.

—Nosotros, los noventeros, fuimos la última generación analógica. —El hombre sacó dos pastillas de un bote y se las tragó a palo seco—. Creadores y testigos de la llegada de internet, los teléfonos móviles, los portátiles, los CD, los DVD, la PlayStation… ¡Hasta del mismísimo Tamagotchi! Era grandioso movernos fuera de vuestra asfixiante burbuja puntocom.

Lola crujió con fuerza los nudillos. ¡Decretado!, se dijo a sí misma, el famoso Peter Russ que tanto había googleado, el cantante por el que todas las chicas habían bebido los vientos, no era más que otro viejuno nostálgico al rebufo de la tecnología. ¡Ni siquiera los Acosta parecían tan radicales! De hecho, ellos habían sido listos y se escudaban en un discursillo —bastante jeta y disfrazado de altruismo— para pagarle unos euros al hijo de la cocinera, un empollón de manual «que les ayudaba a optimizar su experiencia dentro del ecosistema digital». ¡Menudos personajes los Acosta! Recordó a sus padres adoptivos sin nostalgia ni rabia, sin juicios y con algo de condescendencia, porque los pobres tuvieron que pasarlas canutas con ella, sin hallar ni un triste resquicio para colarle sus ideas, sus principios o su filosofía de vida. Cuanto más se esforzaban por integrarla en el clan, más subrayaban las diferencias. Las poquísimas veces que a Lola le había dado por lamerse las heridas, le bastaba con recurrir a una foto familiar, de cualquiera de los veranos o las navidades, para digerir que ella, la mayor de los tres hermanos, siempre había sido la nota discordante: la no alta, la no delgada, la que no pegaba en el chalet de Monteclaro ni en el ático de Marbella ni en la carrera de Empresariales en la Universidad Francisco de Vitoria.

Cargado de intención, el hombre de la silla de ruedas, su padre, el de verdad, le devolvió su crujido de nudillos con otro que sonó como una barra de pan al partirse en dos. Era muy obvio: quería traerla de nuevo a su monólogo en el punto más álgido, cuando calificaba poco menos que de «sobrantes de la humanidad» a los nacidos a partir de 1995. La generación de Lola no tenía películas de culto como Trainspotting o Pulp Fiction, ni un libro igual a Historias del Kronen. Dijo esto y se quedó tan ancho, y pasó a comentar la mítica escena de los dos borrachos como piojos colgados del puente en la Castellana. Lola se concentró de nuevo en esa especie de mancha de sangre del jarrón de porcelana; a duras penas lograba identificar algún pétalo. ¿Qué le iba a contar a ella?, sonrió maligna para sus adentros. ¡Había que joderse! Tampoco podía confesarle que vio todas esas películas hasta el hartazgo, que memorizó los diálogos como una posesa para poder fardar delante de Fran. Un esfuerzo absurdo, su última bala desperdiciada para siempre en la recámara, porque nunca halló la ocasión perfecta y después fue demasiado tarde, ya que Fran, su querido cuarentón fofisano y calvo, había perdido todo el interés en ella. Ya no le importaban sus idas de olla con los «arreglos florales modernos para señoras fetén», y ya nunca más le aplaudiría la paciencia con las novias y sus batallitas nupciales, su química con las abuelas del barrio y las canciones de folclórica que dedicaba a las plantas, ni siquiera su asombrosa elasticidad de postureo pendón y morboso en la cama…

«¡No, Lola, jamás de los jamases!», se prohibió a sí misma. Aunque el rayo de sol la cegara por completo, no iba a lagrimear. Fran no lo merecía. Tenía que asumirlo de una maldita vez: él era el verdadero culpable de todos sus males, no las flores ni los Acosta ni su sentido de exclusividad dentro de su propia vida. Por culpa de Fran, por su repentina e implacable indiferencia, ella estaba ahora en esa cursi mansión londinense tragándose el discurso del tipo enjuto e inválido que había resultado ser su padre. No tenía otra opción: mirar hacia delante daba mucho más miedo que contemplar eternamente sus sucios retrovisores.

—Lo peor de tu generación es que consumís una música de lo más hortera. No lo entiendo, tan políticamente correctos para unas cosas y luego os aprendéis de memoria esas letras de mete-saca. —Fingió enfado, como si quisiera arrancarla del pasivo rincón en el que ella se había instalado.

Lola miró por la ventana, empezaba a anochecer. ¿Cómo era posible si apenas habían dado las cuatro de la tarde? Agradeció que bajase la intensidad de la luz para poder echar un vistazo al jardín. Allí estaban los enfermeros del pijama azul, tan indistinguibles como los integrantes de una boy band coreana. Miraban al frente y atendían las instrucciones de una figura junto a los rosales en la que Lola no había reparado. Parecía una mujer, aunque era difícil saberlo. Un pequeño cuerpo perdido dentro de un pantalón de chándal gris, los bajos hechos un gurruño en unas botas de agua negras y una sudadera de colorines con capucha que le cubría hasta por encima de la nariz.

—Al césar lo que es del césar. —Peter Russ no parecía dispuesto a callarse—. Los noventa tuvieron su buena dosis de chunda-chunda. Salieron los malditos remixes, el techno, los pinchadiscos que se hacían llamar DJ, los ritmos latinos, las Spice Girls y la «Macarena». ¡Todo música de McDonald’s! —Cogió aire y se pasó la mano raquítica por la frente—. Menos mal que entre ese batiburrillo de mala calidad surgió el britpop y, muy a mi pesar pero con respeto, el grunge.

—¿Esto del revival va a durar mucho rato? —lo interrumpió como si un hilo invisible tirara de ella—. No he pillado un vuelo de Madrid a Londres para chuparme un tutorial de tu época. Además, no me hace falta. Algo habré aprendido en Los 90 Fetén… ¿O es que ya te has olvidado de @LaChataResultona del foro en el que me encontraste?

—Pensé que habías venido hasta aquí para conocerme. —Desvió la mirada hacia la estantería de los CD.

—¡Y ya lo he hecho! —Ella se puso de pie y se separó del escritorio—. Va siendo hora de que me digas quién es mi madre.

Peter Russ la observó por primera vez de arriba abajo; un escáner feroz que a Lola le sentó como un tiro. «Disimula un poco, hombre», quiso gruñirle, pero no se atrevió. Resultaba evidente que él desaprobaba el color morado de su cabello, sus ojos azules tan redondos y salidos de sus cuencas, la base de maquillaje blanca, el piercing en la nariz y el tatuaje que, con razón, imaginaría desplegado en la espalda como un chorro de pintura. «Me la suda tu opinión», pensó para darse valor. Lola sabía que no era guapa, sino una chica bajita y paticorta con las caderas anchas. De cintura para arriba su cuerpo tenía algún criterio, pero en conjunto era un desatinado centauro.

—Tampoco te pareces a tu madre.

Peter Russ lo dijo como para sí mismo y Lola estuvo a punto de darle una patada a la butaca de terciopelo. ¿De qué demonios iba? ¿Qué retorcido placer le producía desinflarle las ilusiones? Miró sus Converse número 35, tan pequeñas que era un marronazo encontrarlas en las tiendas, hundidas inexorablemente en la alfombra. ¡No tenía derecho! No era de recibo arrebatarle tan pronto las esperanzas de que el despropósito de su cuerpo y el ascensor averiado que era su cabeza le viniesen impuestos de fábrica. Empezó a sentir un potro asilvestrado dentro del pecho.

¡Menudo plan! Estaba frente a su verdadero padre, quizá a punto de saber el nombre de su madre biológica, y ya había perdido la oportunidad de escurrir el bulto. ¿Cómo iba a justificarse a sí misma? ¿Cómo podría defender que había llegado al mundo en desventaja por culpa de una madre a la que tampoco se parecía?

Escuchó de nuevo ese ruido tan molesto parecido al de los trenes eléctricos, aunque esta vez fue más largo y sostenido, la banda sonora perfecta para su evidente cabreo. Levantó la mirada, el hombre había movido su silla de ruedas hasta una de las estanterías de la pared. Estaba aparcado frente a la balda más cercana a la puerta, el estante le quedaba encima del cardado de la melena. «¿Tendrá un pasadizo secreto?, ¿una habitación del pánico?», especuló Lola al ver cómo estiraba los brazos para hurgar entre una apretada hilera de CD. El hombre deshizo el trayecto sujetando un grueso cuaderno de tapa negra y espiral metálica.

—Es para ti. —Lo dejó encima del escritorio.

Lola leyó primero el nombre escrito en rotulador rojo: PETER RUSS. Reparó después en el dibujo de un teclado al lado izquierdo de la espiral de alambre. Era un cuaderno de partituras. Ella los conocía bien, había tenido uno de esos blocs hacía muchos años y recordaba la serie de pentagramas en cada una de las páginas. Lo abrió con cuidado, con respeto incluso, y le sorprendió que las líneas que correspondían a las notas musicales hubiesen sido ocupadas por una caligrafía desordenada a bolígrafo azul.

—«Madrid, 1 de septiembre de 1997» —comenzó a descifrar en voz alta.

—Quiero que lo leas a solas, poco a poco, no del tirón. —Sin ser una orden, sonó autoritario—. En la última página hay un listado de las personas con las que debes contactar. Ahí encontrarás sus datos y las instrucciones de logística, billetes de avión, hotel, dietas… Necesito que los reúnas aquí en mi casa lo antes posible.

Lola fue directa a esa página y revisó la lista dispuesta en dos columnas: seis nombres a la izquierda, con sus respectivos correos electrónicos, cuentas en redes sociales y teléfonos móviles a la derecha. «Leopoldo Martínez de Velasco, Clara Reyes, Beltrán Díaz Guerrero, Brianda García de Diego, Cayetana de la Villa de la Serna y Fabiola Ariza», leyó para sí con el apremio de estar cometiendo un pecado. Cerró el cuaderno y lo miró de nuevo; había perdido el color del rostro. «Parece sin batería», pensó ella, como un teléfono móvil al que se le había dado ya demasiada tralla.

—Y no te impacientes. Te diré quién es tu madre y la conocerás. —Su voz había pasado del carraspeo a las interferencias—. Pero primero quiero que me conozcas a mí, al que fui antes de que nacieras, a Peter Russ.

Otra pareja de enfermeros —¿o serían los mismos?— entró en la biblioteca sin llamar. Era la hora de su estimulación intestinal, anunció uno de ellos, daba igual cuál de los dos, en un español de jota entremezclada. Lola aprovechó el momento para dirigirse hacia la puerta con el cuaderno pegado al pecho.

—No esperes una historia de amor —la detuvo el hombre con el gesto inflamado que precede a un ataque de tos—, ni de personas valientes ni de éxitos ni de gloria. Pero es la mía, la tuya, la nuestra… La sinfonía agridulce de cuando fuimos inmortales.

Cuaderno de partituras

Madrid, 1 de septiembre de 1997

¡Qué sensación de mierda! El sofá parece una cama de agua. ¡Puñetero Beltrán! No se te puede encargar nada. ¿Trankimazin? ¿De verdad es lo mejor que podías conseguirme? ¿Estás tonto, acaso? Era ayer, o antes de ayer, cuando necesitaba dormir. Hoy no, joder, hoy tengo que estar más despierto que nunca, darlo todo, abrirme en canal sobre el escenario para toda esa gente que lleva dos días abrasándose en la cola. Que soy Peter Russ, el primer artista español en petar el Vicente Calderón, el único, ¿es que no te has enterado, subnormal? Que se me estaba yendo la olla, que tres días dándole a la farla era demasiado, me dijiste muy serio, y pusiste careto de sensato. ¿Vienes ahora a darme consejos de voluntario de Proyecto Hombre? ¡Qué jeta tienes, colega! Si hace dos años que no puedes encajar la mandíbula, que no sientes los piños, que las pupilas se te salen de los ojos. ¡Anda ya, cabrón! Tu rollito de buen amigo ya no cuela, y menos después de lo de aquella noche… ¡Mierda! Si pudiera recordar más de aquel maldito momento estarías a dos metros bajo tierra. ¡Me la suda que me bailes el agua! Que te quede claro, me vas a seguir dando asco mientras respire. No entiendo por qué cojones te he dejado entrar al camerino. Por las pirulas, supongo; necesito algo que me ayude a afrontar este día, uno de los más importantes de mi vida. El final y el principio de todo.

¿Cuántas pastillas de Trankimazin llevo en el cuerpo? ¿Tres, cuatro, cinco? Otra vez las náuseas y el pinchazo en el pecho que me ahoga. ¡Yo lo que quiero es un gramo, joder! Solo un maldito gramo, no estas pastis que ni siquiera me duermen. En el fondo siempre he sabido que no vales nada, Beltrán, que eres un tibio, un patético que escucha a los Take That a escondidas, «Whatever I said, whatever I did», cuando piensas que nadie te está mirando porque, claro, delante de la peña vas de canallita. «¡Este salto es la hostia, Peter!», me gritabas eufórico hace un par de años mientras veíamos el vídeo de aquel concierto de Nirvana. Lo poníamos mil veces, igual que dos críos colgados de la misma película para aprenderse los diálogos. Nos sabíamos el final de memoria: una somanta de palos entre Kurt Cobain y un segurata. ¡Cómo nos ponía esa pelea tan desigual! Un puto gorila frente a un tirillas despeinado que, después de mucha caña, salía a hombros por la puerta grande manteado por el público. Momento épico donde los haya, aunque el vídeo era una basura: borroso, quemado, con un pulso de epiléptico, ¿qué se podía esperar de una grabación hecha por algún fan del grunge? Un concierto en Texas, el culo del mundo, y Kurt Cobain descargando su rabia, su furor eléctrico, su maldita ira de Seattle contra la guitarra. En eso nos parecíamos, solo en eso, porque su música nos jodía en los oídos. Nosotros también estábamos llenos de odio, pero no lo decíamos, las miserias se quedaban en casa. ¡Y vaya si había miseria en nuestras casas! ¿Por qué cojones sigo hablando en plural? Ya no existe el nosotros; te piraste a Estados Unidos a terminar la carrera y te lo cargaste todo, imbécil. Antes sí que éramos nosotros, antes sí que te parecías a mí, antes éramos amigos. Pero ya no te soporto. Volviste a Madrid hecho un pijo de mierda; perdón, un «Golden Boy», como me soltaste la noche que nos reencontramos en La Fábrica; un puto repeinado que se tiraba el día sobando porque la Bolsa de Nueva York abría por las tardes. Te justificabas, ¡inútil!, con la Vespa Primavera, la camisita de Hackett, los tirantes y el inglés pronunciado en plan repelente. Todo eso tienes, Beltrán, pero sigues siendo un don nadie que solo consigue impresionar a la morsa de mi padre.

Quiero levantarme del sofá, poner un pie en el suelo, pisar tierra. Pero me tiemblan las piernas, las manos y los morros. «Le he dicho a Cayetana que ubique a tu padre en el VIP», me sueltas antes de pirarte y dejarme solo, sin rayas y con esa puta noticia. ¿De dónde cojones te has sacado que me hace ilusión tener a mi padre en el concierto? ¿Es una broma de mal gusto, Beltrán? Ni para hacerme una trastada vales, porque, vamos a ser claros, me pone bastante la idea de que la morsa sea testigo de los aplausos, los gritos, la ridícula devoción que me profesa la gente. Solo hoy, solo esta noche, mi noche de gloria, y después… ¡Os podéis ir todos a tomar por culo! Especialmente el viejo gordo y patético de mi padre. A ver qué cojones haces con tus colmillos de morsa cuando ya no puedas manejarnos como a los teleñecos de tu retorcido teatro, querido papá…

¿Y Cayetana? ¿Alguien sabe algo de la niñata que es tan lista para los recados? Deja de comprar langosta y champán, barbie pija, que no pienso tocar tu catering. Demuestra que vales para algo y quítame este puñetero dolor de cabeza. ¿Dónde estás? ¿Por qué estoy solo? Soy la puta estrella de este circo y estoy en mi camerino más solo que la una. Al Lobo, joder, a ese sí que lo echo de menos. «¡Esto te pasa por boludo!», me estarías echando la bronca, Lobito, con tu acento porteño que me reventaba tanto al principio y que ahora me parece la hostia. ¡Joder, Lobo! Qué falta me hacen tus tres cachetes a cada lado de la cara para animarme a salir a «romperla» en el escenario. «Porque solo dejándose la piel en un bolo, aunque haya tres pardillos en la sala, tracción a sangre igual que los Soda Stereo, solo así se construye una carrera de éxito», me decías siempre. «¡Te estás cagando la vida, Peter! Vos sos un genio, no podés tenerlo todo, dedicate a la música y dejá de hinchar las pelotas jugando a Romeo y Julieta, haceme el favor de pensar más con la cabeza y menos con el pito…». ¿Y cómo hago eso, Lobo? ¿Cómo voy a ser tan cabrón de dejarla tirada con ese marrón? Ya es demasiado tarde, ya ni siquiera se trata de Ella, sino de la niña cruda, de ese bebé minúsculo que me dio yuyu en la clínica, la niña que fui incapaz de tocar ni dentro de esa extraña cápsula transparente donde la tienen metida. Sé que estás cabreado, Lobito, ¡pero ya te vale no responderme a los mails! Tú, erre que erre con no ser cómplice de mi autodestrucción, eso me dijiste tan digno, y te pillaste un avión para perderme de vista. Otro cretino que me abandona, otro más.

Pero yo sé muy bien dónde estás y lo que haces, Lobito, lo sé todo de ti. Te vi en las noticias. Estás en México con los Soda Stereo de las narices, en el Auditorio Nacional del D. F. Te imagino en el backstage con la toalla colgada al cuello, repartiendo cachetes a destajo para que la rompan con sus temas. A ver si a ellos les convences para que terminen el concierto diciendo eso de «¡Gracias totales!», idea chorra donde las haya que se te metió entre ceja y ceja una noche de pedo en el Festival de Benicasim, como si estuvieses sembrado con esa despedida raruna. Y mira que, cabezota como pocos, incluso llegaste a ofrecerme pasta si lo hacía. Pero yo me cerré en banda porque aquello era una gilipollez, porque eso de «totales» venía a ser una sumatoria de gracias, y yo soy Peter Russ, no un mierda bien agradecido. Pero ahora que no estás me arrepiento, Lobito. ¡Tendría que haberlo hecho, joder! Te merecías eso y más de mi parte.

¡Lo voy a hacer esta noche! Al final del concierto, te lo prometo. «¡Gracias totales!», diré a voz en grito. Ojalá los Soda Stereo lo hagan también. Ellos porque es su última gira y yo porque soy el primer español en llenar el Vicente Calderón. ¡Fliparás, Lobito! Te vas a correr del gusto y, seguramente, estos dos conciertos pasarán a la historia.

inmortales-4

2

Un director de cine exitoso

Our memories, well, they can be inviting

But some are altogether mighty frightening

 

NO DOUBT,

«Don’t Speak», 1995

Leopoldo Martínez de Velasco se despertó sin resaca. Abrió los ojos sin su habitual bufido de arrepentimiento, no sentía los párpados pesados, la lengua de trapo, el pitido agudo y desesperante en los oídos. «Tuvo que ser el pastís», se dijo mientras se estiraba intentando abarcar ambos extremos de la cama. Una king size con sábanas de seda y almohadas de plumas, perfecta para un tipo de sus dimensiones. Fijó la mirada en el techo e hizo un cálculo apresurado del alcohol que había bebido la noche anterior en aquel bar tan incómodo, con gente encajada como piezas de puzle y sin una triste pantalla de plasma. Un bar francés en pleno centro de Londres que ni tan siquiera tenía un champán mediocre apto para todo tipo de público. Tampoco la cita merecía un gran despliegue: era una mera formalidad, ponerle cara y cuerpo a Lola Acosta, la asistente de su hermano desaparecido; ni más ni menos, sin fuegos artificiales. Aun así, habría estado bien que la chica bajita del cabello morado le hubiera advertido por teléfono que, además de soportar su perenne cara de cabreo, tendría que beberse un litro de esa mezcla de hierbajos y anís estrellado.

¡Con lo que le apetecía pillarse una buena cogorza! Uno de esos pedos memorables de juventud, de los de desmayarse pensando que la vida era una mierda, que él era una mierda, y entonces imaginar las historias más psicodélicas. Añoraba las escenas surrealistas que se le ocurrían gracias a la sensibilidad aparatosa de la migraña, el arsenal de chorradas variopintas que lo ayudaron a salir del anonimato y convertirse en un director de cine de éxito, ganador de tres Goya, una Palma de Oro y otro puñado de galardones en festivales concienzudos. Leopoldo Martínez de Velasco, un nombre fijo en las salas que la tribu urbana consumidora de películas comerciales con pretensiones indies abarrotaba día tras día.

Pero había amanecido intacto, atontado e inofensivo, con la modorra bobalicona de una cura de sueño. Y, lo peor, con la imagen de la asistente de su hermano en la cabeza: sus ojos saltones, su cuello inútilmente estilizado para terminar en un cuerpo regordete, el cabello liso con las puntas de ese irritante morado de las pelucas de payaso. La chica daría fenomenal en cámara —la imaginó en un primerísimo primer plano con una canción de Édith Piaf de fondo—, aunque jamás obtendría el rol protagonista: se había quedado a cinco minutos de ser fea, confinada en un limbo donde los rostros interesantes tienen difícil salida.

Se incorporó despacio en la cama. Otra vez su espalda incordiando con el dolor sordo que le viajaba del lumbar al pie izquierdo. Se lo tenía merecido, nadie le obligó a soportar tanto rato en una banqueta diseñada para gente pequeña. ¿Por qué lo odiaban tanto los bajitos?, estuvo a punto de soltarle a la chica borde del pelo morado, pero se contuvo a tiempo. Era obvio que venía cabreada de casa, o quizá fuese de nacimiento, como para encajar de buen rollo una gracieta sobre el reducido espacio que ocupaba en el mundo.

—Lola Acosta —dijo su nombre en voz alta.

¡Qué chiquilla tan extraña! Hasta que la conoció en persona, el asunto le resultaba bastante fiable: billetes Madrid-Londres en primera clase, Mercedes Benz en el aparcamiento de Heathrow, chófer inglés con sonrisa de paleto, incluso la acertada elección de una Infinity Suite en el Langham, hotel mítico testigo de la reunión de Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle, una charleta de dos grandes, quizá un par de risas, unos cuantos whiskies, y de allí salieron El retrato de Dorian Gray y El signo de los cuatro. Había que reconocer que el despliegue era perfecto, muy propio de Peter Russ, que para fardar fue siempre un campeón, y más ahora, supuso, tras la repentina muerte de su padre.

Arrastró la pierna izquierda hasta el cuarto de baño. Seis meses desde el entierro y, ni por esas, su hermano se había dignado a llamarle. Era inconcebible. Leopoldo tenía una buena excusa: aunque hubiese querido contactar con él, no habría sabido cómo ni dónde. Peter Russ desapareció del mapa veintitrés años atrás sin dejar rastro, olvidándose de todo y de todos, ajeno a la música, a los focos, al éxito, y de pronto había resurgido de sus cenizas hacía tan solo una semana reencarnado en Lola Acosta y su acoso virtual, con sus fastidiosas instrucciones vía WhatsApp, sus mensajes directos en Twitter y sus infumables correos electrónicos. Lo más sorprendente: jamás hubiese imaginado que la intermediaria de su hermano era una veinteañera pequeñaja y cabreada. ¿De dónde habría sacado a la antipática becaria española? Venía en el avión convencido de que lo recibiría en el aeropuerto de Londres una eficiente secretaria cuarentona, quizá pelirroja, nariz puntiaguda a lo Mary Poppins, con una exquisita pronunciación británica. Ni por asomo sospechó que el esperado reencuentro —aquí vendrían que ni pintadas unas sonoras fanfarrias— c

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