Mentira y sortilegio

Elsa Morante

Fragmento

Prólogo. Nada más que la verdad, por Juan Tallón

Prólogo

Nada más que la verdad

El mundo estaba en guerra y Elsa Morante escribía Mentira y sortilegio en silencio y lentamente, ajena a la destrucción y el ruido. El resultado —una epopeya burguesa en forma de Familienroman— sería una novela ajena también a la época en la que fue publicada. ¿O quién podía esperar en 1948 una novela decimonónica, posromántica? Cesare Garboli, estudioso de la obra de Morante, sostiene que era un libro «que miraba y se proyectaba hacia el pasado cuando todo el mundo estaba mirando hacia el futuro». La propia escritora lo había planeado así. Hasta ese momento había escrito y publicado en algunas revistas cuentos fundamentalmente juveniles, que recopiló en 1941 en su primer libro, Il gioco segreto.

El paso del relato y sus imaginaciones adolescentes a la novela representó también el salto a la madurez literaria, aunque del todo alejada de las corrientes imperantes, como era el caso del neorrealismo. En una entrevista a Le Monde, en 1968, la autora admitió que con Mentira y sortilegio había pretendido «realizar lo que Ariosto había hecho con los poemas de caballería: escribir el último y matar el género». En cierto sentido, con su primera novela ambicionó escribir «la última novela de la tierra», y poner en ella «todo aquello que me atormentaba entonces, toda mi vida, que era una vida joven, pero una vida íntimamente dramática. Quería que tal novela contuviese todo lo que había sido la sustancia de la novela del siglo XIX».

Reacia a hablar de su vida familiar en las entrevistas, Morante sostenía que en sus relatos y novelas podía rastrearse su autobiografía. Ahí estaba todo, y solo ahí; ni siquiera en las solapas de sus libros, de las que se encargaba personalmente, y en las que se limitaba a incluir información sobre sus proyectos literarios. Rastreando su vida, en efecto, se advierte hasta qué punto se encuentra esparcida en su obra, en una mezcla templada de realidad e imaginación.

Nacida en una familia con pocos recursos económicos, pero con cierta sensibilidad cultural, Elsa fue la primera de cuatro hermanos y testigo de fascinantes secretos familiares, que actúan como el motor que hace girar en círculo Mentira y sortilegio durante mil páginas. Acaso el más turbador e influyente fue descubrir que su padre, Augusto Morante, no podía tener hijos, por lo que su madre, Irma Poggibonsi, pactó la paternidad con Francesco Lo Monaco, un familiar de Sicilia, que visitaba regularmente la casa. Rodeada de secretos y mentiras, una Elsa todavía pequeña para comprenderlos en toda su dimensión halló con el tiempo en la literatura el mejor camino para ordenar los fantasmas de su familia.

Otro de los episodios de su biografía que arman el esqueleto de Mentira y sortilegio es esa época, a partir de los diez años, en la que vivió en casa de su madrina, Maria Guerrieri Gonzaga, mujer rica y distinguida, que se encargó de su educación y en cuya casa se reunía a menudo parte de la burguesía romana. Gracias a ella, Morante tuvo contacto con un mundo muy distinto al suyo, dando pie a los conflictos de clase que desgrana en el libro.

Mentira y sortilegio es el resultado de un largo proceso de escritura y reescritura. Antes de que el manuscrito llegase a la sede de la editorial Einaudi en Turín, donde fue recibido con entusiasmo por Natalia Ginzburg, Elsa trabajó en él durante años, y en circunstancias no siempre cómodas. A finales de 1941, a los pocos meses de casarse con Alberto Moravia, este supo que su nombre figuraba en las listas de perseguidos por el fascismo a causa de su origen judío, y tuvieron que huir de Roma precipitadamente. Tanto, que más tarde Elsa Morante regresó para recuperar el manuscrito de Mentira y sortilegio, en el que ya había empezado a trabajar.

Si la vida familiar de la escritora, remontándose hasta sus abuelos, alimentó las tramas de la novela, sus lecturas e influencias literarias le dieron forma. Homero, Dante, Spinoza, Stendhal, Chéjov, Dostoievski, Melville, Kafka, Rimbaud, Umberto Saba o Simone Weil son sus referencias importantes. Pero por encima de todas ellas están Cervantes y el Quijote, cuya influencia siempre admitió. Basta evocar el arranque de Mentira y sortilegio, donde la narradora, Elisa, se nos presenta como una mujer encerrada en su casa, rodeada de novelas de aventuras y alejada de la realidad, dispuesta a narrar muy a su manera la historia de su familia, llena de episodios heroicos y trágicos, y cómo al final el relato regresa a la casa de Elisa, donde todo arrancó.

La escritura obstinada de la novela continuó durante los años en los que Morante y Moravia vivieron en el sur de Italia, desplazados por el fascismo, y aún después del final de la guerra, cuando pudieron regresar a Roma. Poco a poco Elsa se fue acercando a la versión definitiva desde su pequeño estudio de la Via Archimede 161. Sus amigos decían que por las mañanas pensaba en la Via dell’Oca 27, donde vivía en un ático con Moravia, y por las tardes escribía en Archimede, rodeada de sus gatos siameses y persas, y de sus discos de Mozart, Verdi y Pergolesi.

Es ya una costumbre remitirse al testimonio de Natalia Ginzburg para saber qué ocurrió en la sede de Einaudi a la recepción del manuscrito de la novela, plagado de correcciones a mano, en tinta roja. «La leí de un tirón y me gustó inmensamente, pero no estoy segura de haber tenido entonces plena conciencia de su importancia y esplendor», confesaría años después Ginzburg.

Como cabía esperar de una obra tan ambiciosa, por contenido y extensión, que galopaba a ritmo inevitable, la crítica y los lectores italianos la recibieron con entusiasmo. En España tuvimos que esperar muchos años para tener una traducción. Es difícil de entender, aunque a veces la eternidad merece la pena.

JUAN TALLÓN

Dedicatoria para Anna

o sea

A la fábula

De ti, Fantasía, me adorno

fatuo ropaje de plumas doradas

que lucí antes de dar a las llamas

mi gran época perdida

y ser fénix triunfante.

La aguja arde, la tela es humo.

Entre aros de oro consumida

descansa la mano vanidosa

y deshojando una margarita

finjo responder por el destino.

Introducción a la historia de mi familia

Introducción a la historia

de mi familia

Capítulo 1

1

Una sepultada en vida y una mujer perdida.

Ya hace dos meses que mi madre adoptiva, mi única amiga y protectora, murió. Era apenas una niña cuando, huérfana de padre y madre, fui recogida y adoptada por ella; desde entonces —han pasado más de quince años—, siempre vivimos juntas.

La funesta noticia ya se ha propagado por todo el círculo de sus conocidos; y, terminadas desde hace tiempo las visitas casuales de algún desinformado que durante los primeros días aún venía a buscarla, nadie sube ya a este viejo piso, en el que me he quedado sola. No había transcurrido más de una semana del entierro cuando también nuestra única criada, empleada desde hacía poco, se despidió con una excusa cualquiera, poco dispuesta a aguantar, imagino, el desierto y el silencio de nuestras paredes, antes acostumbradas a la mundanidad y al ruido. Y yo, aunque la herencia de mi protectora me permita vivir con cierta holgura, no deseo disponer de nuevo personal. Así que, desde hace varias semanas, vivo encerrada aquí dentro, sin ver un alma viviente, excepto a la portera, encargada de traerme la compra, y a mí misma, reflejada en los numerosos espejos de mi morada.

Algunas veces, mientras deambulo por las habitaciones sin nada que hacer, mi reflejo sale al paso a traición; me sobresalto al ver moverse una figura en estas fúnebres aguas solitarias y luego, cuando me reconozco, permanezco inmóvil observándome, como si contemplase una medusa. Miro a la grácil, nerviosa persona arrebujada en el vestido rojizo de siempre —no me preocupo por llevar luto—, las trenzas negras que coronan su cabeza recogidas en un peinado anticuado y negligente, el rostro consumido, de piel un punto oscura, y los ojos grandes y ardientes, como esperando siempre hechizos y apariciones. Y me pregunto: «¿Quién es esta mujer? ¿Quién es esta Elisa?». A menudo, como solía hacer de niña, aparto la vista del espejo, con la esperanza de verme reflejada de nuevo completamente diferente en cuanto lo vuelva a mirar; porque, desaparecida mi segunda madre, la única que tuvo a bien alabarme, e incluso juzgarme guapa, vuelve a surgir en mí, con más fuerza cada día, la antigua aversión por mi propia figura.

Sin embargo, tengo que reconocer que esta figura familiar, aunque poco agradable, no tiene una apariencia disoluta o deshonesta. El fuego de sus ojos negros como los de una mulata no tiene nada de sensual; a veces, posee la vivacidad inquieta que puede reconocerse en los ojos de un chico rebelde, y otras, la mística determinación de los contemplativos. Esta desangelada criatura llamada Elisa puede parecer en algunos momentos una niña vieja y en otros una niña malcriada; pero es innegable que en todos y cada uno de sus rasgos denota timidez, soledad y orgullosa castidad.

Ahora bien, un visitante desconocido que entrase en esta casa notaría seguramente, no sin asombro, un curioso contraste entre mi persona y mi morada. Me ahorro el describirles este muestrario del pésimo gusto y de la vergüenza; estos muebles apretujados, chabacanas y vulgares imitaciones de los estilos más variados; y la tapicería chillona y sucia, los cojines, las figuritas pretenciosas y las baratijas; las fotografías retocadas con acuarela y negras de polvo, a menudo acompañadas de dedicatorias pueriles; y los grabados y estatuillas cuyas figuras y poses son, a menudo, como para ruborizar a cualquier persona decente que pusiera en ellas su mirada —en el caso inverosímil de que una persona de esta suerte se dejara caer por aquí—. La verdad es que la difunta propietaria y decoradora de esta casa no parecía preocuparse mínimamente de ocultar, sino más bien ostentaba, su vida desvergonzada y proclamaba a los cuatro vientos, por todas sus habitaciones, el haber sido lo que por aquí llaman una mala femmina. Tal fue, en verdad, mi segunda madre; tal fue desde su primera juventud y hasta su muerte, que la sorprendió en la madurez floreciente de los cuarenta y cuatro años de edad. Y no ignoro, desgraciadamente, que estas cuatro paredes ahora abandonadas y fúnebres fueron testigos, durante los largos años en que ella las habitó, de lo que bastaría para condenar al infierno no a una mujer, sino a mil.

Dicho esto, podría parecer aún más extraño, y casi increíble, que bajo este mismo techo la que escribe esto haya llevado, desde el día en que de niña fue amparada hasta hoy, una existencia apartada y casta como si hubiese vivido en un convento de clausura. Y mi madre adoptiva, aunque a veces no me ahorraba sus mofas, benévolas casi siempre, pero en alguna ocasión crudas y brutales, respetó, sin embargo, mis costumbres y no permitió a nadie que las perturbara. A decir verdad, al principio de nuestra vida en común intentó curar mi esquivez y modestia. Casi inmediatamente, no soportando verse rodeada de colores tétricos y mortecinos, me quitó los vestidos de luto, y, juzgándome demasiado pálida, solía avivarme las mejillas con un poco de colorete. Cambió además mi peinado, soltando mi tupido cabello, que yo llevaba recogido en dos trenzas; compró para mí a los quincalleros varios anillitos, collares y pasadores falsos, y un par de pendientes también falsos, que solía colgarme por medio de dos hilos de seda, al haberse despreocupado mi madre cuando nací de agujerearme las orejas. Así, tras haberme peinado, acicalado y pintado un poquito, si había visitas me llamaba al salón, para mostrarme a sus amigas. Y yo, por obediencia, acudía presurosa, trémula y muda; parecida, con mi enorme cabellera encrespada, a un animalito de pelaje desmesurado y extremidades diminutas, irrisorias, familiarizado con los climas bárbaros. Las presentes, recuerdo, comentaban entre risas y chanzas mi hosquedad; pero no se ensañaban nunca demasiado conmigo, aun teniendo muchas ganas de hacerlo, ya que conocían muy bien la violencia, e incluso ferocidad, con que mi protectora sabía defender lo que le pertenecía. Sin embargo y no obstante su prudencia, yo me ponía colorada como el fuego con sus bromas; y mis miradas perdidas y tímidas buscaban las de mi protectora, en cuyas faldas me refugiaba temblando de pies a cabeza, como si tuviese fiebre.

Escenas parecidas, repito, podían darse al principio; pero después mi protectora acabó por claudicar ante mi meditabunda y solitaria índole, y renunció a enderezar mis inclinaciones, que por otra parte eran para ella, mi anfitriona, las menos molestas del mundo. Poco a poco, mis apariciones en sociedad se volvieron cada vez más infrecuentes y fugaces, y los que visitaban la casa dejaron de interesarse por mi persona y por mi existencia prácticamente invisible. Me consideraban, supongo, una chica un poco loca, inofensiva, que la señora tenía en la casa por un capricho suyo, como otros crían una melancólica lechuza o una tortuga.

Así, de los innumerables personajes que vagaron a mi alrededor en esta casa durante los años allí transcurridos, de sus fiestas, altercados y escenas, y de las señoras de curiosa vestimenta, de mucho gesticular, estrépito y vocerío, me ha quedado en la memoria un cuadro enmarañado, extravagante y convulso, carente de significado alguno. No muy diferente, creo yo, se antojará un teatro con su escenario, sus máscaras y luces, y actores y bailarines, a un monito, o a un perrito, o tal vez a un tímido conejo que, fiel a un guión, tenga que representar un papel de figurante fugaz durante una escena.

Así las cosas, ustedes querrán saber qué circunstancias me llevaron a encontrar refugio entre estas paredes, y a ello responderé en el curso de esta historia. Pero también se preguntarán, imagino, con una pizca de ironía: así pues, ¿cómo es que una chiquilla tan esquiva y virtuosa, pudo, llegada a la edad de la razón, seguir viviendo en la casa de una señora tan indigna y aceptar las ventajas que esta le ofrecía?; y aún más: ¿cómo puede aceptar vivir todavía con un dinero así ganado que le dejó en herencia?

A tales preguntas no puedo dar ninguna respuesta que me justifique. Reconozco mi flaqueza moral pasada y presente, contra la cual ninguna excusa aducida por mí podría valerme el perdón; y no puedo hacer otra cosa que intentar contarla describiendo mi vida y mi carácter. Por otra parte, no ignoro que mi explicación no será desde luego suficiente para obtener la absolución; más bien servirá para confirmar mi condena.

Pues bien, ni espero perdón ni deseo la simpatía de los demás. Solo pretendo ser sincera.

Sin otra finalidad, empezaré por decirles que mi madre adoptiva fue, después de mi verdadera madre, la persona a la que más quise. Mi corazón podría parecerse a aquellos antiguos principados en los que al pueblo se aplicaba una ley diferente que a los grandes; estos eran en cierto modo no solo inmunes al castigo, sino también a la culpa. Y las mismas acciones que para los humildes constituían delito, eran lícitas y justas para ellos.

Es decir, yo nunca tuve que perdonar vicios a las personas que quise porque nunca vi vicio alguno en ellas. A la luz de su sustancia luminosa, como sucede con el fuego, los mismos pecados que odiaba en otras personas perdían su sentido, consumándose en el fervor y la pureza; y la vida del ser querido para mí tenía un altivo esplendor. Así, los delitos de mi protectora perdían su significado delictivo; y no llamaba infamia a sus infamias. Si en un altercado oía a alguien gritarle el nombre que ella desgraciadamente se merecía, yo me ofendía como si fuera una irreverencia; siendo tal mi necedad no maravillará a nadie que no haya intentado nunca, ni siquiera soñado, una redención, utópica por otra parte, de mi benefactora. Añado que todavía hoy, mientras mi razón me sugiere el exacto juicio acerca de la difunta, continúo, a pesar mío, viéndola bajo el aspecto inocente y radiante en que la vi mientras vivió. Y si afirmo: «Se ha condenado», siento al mismo tiempo una especie de malicioso regocijo; como si mi afirmación fuera una broma, y, secretamente, yo no tuviera ninguna duda de que mi risueña magnífica difunta está en el Paraíso y no puede estar en ningún otro lugar. Esta es, en realidad, la prueba final de mi necedad que viene a añadirse a mis culpas. ¡Pensar que el cielo me sea cómplice!, ¡y pretender que amolde su justicia a mis elecciones y glorifique los afectos de la tonta de Elisa!

Mi protectora, por su parte, también me profesó un tierno afecto que, como más adelante veremos, nació en ella durante un trágico verano de mi infancia y que duró hasta su muerte. En efecto, aun siendo por índole y elección suya —no por maldad de la sociedad o por destino— una aventurera libertina, permanecía fiel y devota a sus verdaderos sentimientos. Esta contradicción era el aspecto más encantador de su carácter; pero, por supuesto, a pesar de su afecto, sus innumerables y complicados pasatiempos le permitían dedicarme solo una pequeña parte de sus días y de su atención.

Durante la niñez, esto me causó un amargo despecho y sufrimiento. Por lo tanto, no puedo afirmar con toda sinceridad no haber aborrecido en la justa medida la disipación de mi querida madre adoptiva; pero lo que odiaba no era la perdición de su alma, sino mis celos.

Estos celos intensificaron mi inclinación a la soledad y en ella encontré una medicina tan eficaz y reconfortante que en los últimos tiempos había llegado, aun amando a mi protectora, a rehuirla a menudo. Prefería su presencia imaginaria, transfigurada y domada por la imaginación según mis deseos, a su presencia carnal.

Y aquí estoy, efectivamente, dispuesta a contarles el motivo más secreto de mi flaqueza moral; que es además, podría asegurarse, la razón que inspira este libro, y los numerosos personajes que en él aparecen.

Capítulo 2

2

Santos, sultanes y grandes capitanes en mi habitación.

Se anuncia al misterioso Alvaro.

Las pocas habitaciones que hay en nuestro piso dan todas menos una a un largo pasillo que dobla al final, formando un ángulo recto, y acaba en un pequeño cubículo oculto tras una cortina de terciopelo, donde se apilan maletas, viejas lámparas inservibles y otros cachivaches. En este trastero hay una puerta que da a un cuartito que había sido de la criada, pero que me asignaron al llegar aquí, relegándola a ella a la cocina. En aquella época, mi protectora lo embelleció con varios ornamentos que todavía hoy pueden apreciarse: el empapelado azul turquesa y dorado, y la pila de agua bendita —una paloma dorada con las alas extendidas y la cabeza orlada de rayos— que ella misma se encargaba de rellenar asiduamente, lo mismo que hacía con la suya. Desde entonces —ya hace quince años— esta ha sido siempre mi habitación, y lo es aún.

El amasijo de objetos que ocupa el trastero casi obstruye como una barricada la puerta del cuarto, que solo se abre a medias. Esta puerta y la espesa cortina de mi minúsculo vestíbulo atenúan, en gran medida, los ruidos que proceden de las demás habitaciones.

La única ventana del cuartito da a un patio de luces; no al principal de la finca, grande y ruidoso, sino a un patio estrecho, secundario, donde no pasa casi nadie. La finca tiene diez pisos de altura, y en este patio, cercado por cuatro altísimas paredes de cemento, como si fuese una torre desprovista de tejado, el sol nunca entra, a ninguna hora ni en ninguna época del año; en el suelo, entre las piedras salpicadas de desperdicios, brota una hierba amarillenta.

Además de la mía, al patio dan otras pocas ventanas desperdigadas, donde se oye el canto melancólico de una pobre criada de pueblo que de vez en cuando se asoma a sacudir una alfombra, y los domingos cuelga del marco un espejito para mirarse mientras se peina. A veces exponen al aire del patio un verderón enjaulado, huésped de una casa sin sol, cuya cúspide, destapada y casi vertiginosa, atraviesan golondrinas estridentes. De vez en cuando, desde habitaciones lejanas, roncas voces de gramófono llegan hasta mí.

En este cuartito he consumido casi sepultada la mayor parte del tiempo que he vivido en esta casa. En compañía de mis libros y de mí misma, como un monje meditabundo, ajena a todo lo que sucedía en las habitaciones cercanas, aislada del mundo y sus distracciones, inmune a las frivolidades de las que normalmente no se libran ni siquiera las chiquillas más simples. Pero no hay que creer, por todo ello, que esta habitación solitaria haya sido el refugio de una santa; no, más bien el de una bruja.

Y la verdad es que hoy se me antoja una brujería la rapidez con que ha transcurrido el tiempo que he vivido aquí encerrada: tres lustros enteros han pasado tan deprisa que, si lo pienso, parecen un solo día. Mejor dicho, una sola hora, que el tiempo ha detenido en una tarde de verano, en la luz blanca sin sol que reverbera en las paredes de cal, pero que dentro, reflejada en el papel de la pared, adquiere una intensa tonalidad eléctrica. Mi único compañero en la habitación es Alvaro, una criatura viviente, sí, pero no humana, y por ahora no quiero decirles nada más de él, ni el qué ni el cómo, y solo revelaré el misterio, como en las novelas policíacas, hacia el final del libro.

Siendo que para el común de los mortales la compañía de un Alvaro cualquiera no cuenta, yo estoy, en una palabra, sola. Oigo de vez en cuando el canto del verderón, al que contesta la pobre pueblerina, y de las habitaciones cercanas me llegan ecos sordos, pero esas voces tampoco cuentan; solo hay silencio a mi alrededor.

En realidad, mi vida —y por vida me refiero a las pruebas, encuentros y vicisitudes que forman la experiencia de cada cual—, mi vida se detiene el día en que, siendo una niña de diez años, entré en esta habitación por primera vez. Seguía convaleciente tras una enfermedad casi mortal, y mi llegada a esta casa fue el epílogo de una serie de aventuras tristes, excesivamente singulares para una chiquilla. El verano estaba llegando a su fin; pero yo, a quien ciertas extraordinarias emociones habían vuelto sensible y retorcida, desplegaba aún todos mis pensamientos, como una bandera contra el viento, hacia la tórrida estación que dejaba atrás, y que había transmutado mi niñez, cambiando mi destino. Todavía hoy, en cierto modo, permanezco estancada en aquel verano de mi infancia; mi alma continuaría dando vueltas y merodeando sin tregua a su alrededor, como un insecto hipnotizado por una luz cegadora.

Fue durante aquel verano cuando me quedé huérfana de padre y madre. La muerte inesperada y rápida, que había sorprendido a ambos cerca de los treinta años, me dejó sola y sin recursos. Ya veremos en su momento las circunstancias de su muerte; ahora puedo decirles solamente que me ató a ellos con mucha más fuerza que si hubieran estado vivos. Además, como consecuencia, sufrí dentro de mí una cruel transformación. Antes de su muerte, había sido una chiquilla sensata, prudente y casi pedante; después, me acometieron espíritus extravagantes y perversos y me rondaron vapores lunares. Aunque tímida y umbría por naturaleza, había sido amiga del prójimo; y me volví una especie de monja eremita, endemoniada y loca.

Este cambio no fue repentino, sino lento y muy amargo, como una enfermedad que te consume. El origen de todo fue la herencia que me dejaron mis padres: una herencia inmaterial, pero fecunda y, si no me engaño, inagotable, puesto que consumiéndola, me consumo a mí misma.

En primer lugar, mis padres me dejaron un enigma. Su muerte había estado precedida por algunas circunstancias que, aun no siendo en verdad ni extraordinarias ni fabulosas para la mentalidad de un adulto, así se le antojaban a una niña. Con el paso de los años, las vicisitudes de mi familia permanecían indescifrables, y ciertos documentos y testimonios que yo había guardado, no solo no lograban explicármelas, sino que las envolvían aún más en el misterio, abonando un terreno fértil para la fantasía. La fugaz aparición de mis padres, que para mí duró lo mismo que mi infancia, fue de naturaleza tan perturbadora que luego mi memoria transformó su drama burgués en una leyenda. Leyenda que, como les sucede a los países sin historia, me apasiona.

La segunda herencia fue un miedo muy peculiar. Hay que tener presente que, por lo general, he sido siempre de las que se enamoran de manera excesiva e incurable, pero jamás correspondida. Mi madre fue el primero y el más grave de mis amores infelices; y, gracias a ella, desde mi temprana infancia, yo conocía las pruebas más amargas destinadas a los amantes despechados. Sin embargo, siempre había hecho frente con valor a todas las pruebas que me deparaba el destino, ya que incluso las más crueles me concedían en cualquier caso una esperanza. Cuando mi madre murió, tuve que enfrentarme a una prueba desconocida hasta entonces: el fin de toda esperanza. Incapaz de creer en la severa indiferencia de los muertos, durante mucho tiempo esperé volver a verla, y confiaba en disfrutar de nuevo de su fría presencia, de su perfidia. Pero nada, ni siquiera el tormento del amor desdichado se me concedía ya; nada, ella me negaba incluso su desdén, huía incluso de mis ilusiones más exiguas, últimas. Esta cruel experiencia, que antes no había siquiera imaginado, hizo de mí la más débil y servil de las criaturas, hasta tal punto que, bien pensado, podría echarme a reír si el hecho no me inspirara algo de piedad. Sufría como una inválida, cuya herida sin cerrar sangraba de nuevo a cada golpe. A la primera punzada de amor que sentía por uno de mis semejantes, se abría ante mí el inmenso paisaje del dolor amoroso, hasta el abismo de la muerte; y este, como si de un feudo se tratase, era la medida del poder del ser amado. A partir de entonces, yo tenía un dueño que podía ejercer sobre mí a su capricho el placer del mando. Recuerdo que durante el primer otoño que siguió a aquel verano crucial, obedecía como una esclava las órdenes de una insípida y petulante colegiala, compañera mía, solo porque a primera vista la había juzgado la más guapa de la clase. Y recuerdo también que durante ese mismo otoño un día me tropecé por la calle con mi profesor favorito, que, distraído, no se percató de mí; así que lo seguí de cerca un buen trecho, afanándome por mantener su paso, como un pequeño mendigo obstinado, implorando en silencio, con la mirada suplicante, su saludo apresurado.

Pero, como todo el mundo sabe, tener conciencia de un poder ilimitado puede despertar el gusto por la crueldad, incluso en los soberanos menos crueles. La crueldad del prójimo hacia mí era una consecuencia inevitable de mi esclavitud; y yo, por mi parte, me había vuelto tan sensible que bastaba una palabra desconsiderada para hacerme llorar, una pequeña ofensa me hería como una injuria, y llegaba incluso a enfermar si me maltrataban.

Un día que me invitaron a una fiesta de disfraces para niños de mi edad tuvieron que acompañarme a casa llorando, y estaba tan descompuesta que después me dio fiebre. Y todo porque un niñato vestido de indio, que no conocía de nada pero que desde el primer momento había preferido a todos los demás por su espléndido disfraz, se había puesto a bailar, casi en el momento en que yo entraba en la sala, entre los brazos de una niña vestida de flamenca.

De ahí a poco, los encuentros más casuales, las conversaciones más insignificantes, se volvieron para mí sucesos dramáticos. De esta manera creció en mi corazón un miedo constante a mis semejantes; o mejor dicho, no precisamente a ellos, sino a las pasiones que suscitaban en mí y a la venganza que habrían ejercido gracias a ellas. Mi tímida aprensión acabó por mostrarme no a la persona real, sino la imagen de su poder sobre mí, y también la de mi sufrimiento. Por ejemplo, como ya les he contado, mi querida madre adoptiva tomó el aspecto cruel de mis celos.

Fue así como, apenas en el umbral de la adolescencia, el exceso de amor me convirtió en una misántropa. Si la necesidad me obligaba a estar con mis semejantes, yo pasaba entre ellos como un ciervo recién nacido en medio de una jauría de perros: así de cobarde y visionaria me había vuelto ese nuevo miedo.

Estos fueron los motivos por los que mi protectora no tardó mucho en renunciar a su ambición de que continuase estudiando. Por otra parte, viéndome siempre entre libros, no dudaba, en su ignorancia, que llegaría a ser una mujer culta incluso sin maestros.

Pero quien huye por amor no puede encontrar la paz en la soledad y se puede comprender enseguida hasta qué punto, en tal estado, yo era infeliz. Luchando perennemente contra la nostalgia, las tensiones y el miedo, asediada por sombras y sospechas inverosímiles, me pasaba los días aburrida y llorando.

Pero después, a medida que crecía, la compañía del prójimo, de la que huí dañándome a mí misma, dejó de interesarme. Participaba cada vez menos en la vida que se desarrollaba a mi alrededor, e incluso ante mí. Cuando me encontraba en compañía, las voces de quienes me rodeaban se me antojaban un eco, y sus fisonomías, reflejos; todo lo que pertenecía al presente y era real lo vivía como un pasado remoto, lejano en el espacio, y sin ninguna relación conmigo. Mi tiempo y mi espacio, y mi única realidad, estaban enclaustrados en mi cuarto.

De hecho, acababa de hacer mía la última y la más importante herencia que me dejaron mis padres: la mentira, que me habían transmitido como una enfermedad. La verdad es que los sucesos funestos que tanto me habían impresionado durante la infancia, eran los más adecuados para volverme inmune a nuestra enfermedad hereditaria. Eran la demostración, en efecto, de la muerte cruel y solitaria que le espera a quien no acepta el destino que le ha tocado en esta vida y se inventa un escenario y una compañía imaginarios que elige como su única verdad. Y participa en la función, como ese chiflado que en el teatro se asusta de la tragedia que se representa, grita viendo la espada traspasar a la primera actriz, y quiere tirarse al escenario para matar al tirano. Pero al pobre loco lo justifica, en parte, su inexperiencia en teatros y ficciones o, al menos, el no haber participado y contribuido personalmente a la puesta en escena del engaño. Mientras que aquel al que yo me refiero adora y cree verdaderas las máscaras fabricadas por él mismo; por ellas reniega de su experiencia terrenal y, por lo tanto, también del fin celestial de la que esta es intermediaria.

El destino de mis padres, decía, podría haberme servido de advertencia. Pero su ejemplo nada pudo contra nuestra predisposición innata. La mentira, ese mal venenoso, serpentea por las ramas de mi familia, tanto paterna como materna. Aparecerá bajo numerosos aspectos, visibles o encubiertos, en varios personajes de esta historia, y no se deberá achacar a la inmoralidad de quien escribe, ya que mi finalidad es precisamente recoger los testimonios ciertos de nuestra antigua locura.

Sin embargo, si busco entre mis antepasados contagiados, me doy cuenta de que normalmente la enfermedad adopta una forma benigna. La mentira para ellos o está al servicio de sus fines prácticos, o es solo fanfarronería, excusa o vicio leve. Pero hasta en los casos más graves, incluso mortales, el enfermo, en el fondo, no deja de considerar la mentira como un sucedáneo de la realidad. Seguramente cambiaría con mucho gusto su fábula por una realidad que correspondiese a sus deseos, y considera su pacto con la mentira una injusticia y una maldición.

¡Pero adorar e idolatrar la mentira! Meditar sobre ella y cultivarla, rechazar cualquier prueba, no solo las dolorosas, sino incluso las que podrían hacernos felices, por no reconocer que es posible ser feliz aceptando la verdad… ¡Esto ha sido la vida para mí! Y así se explica por qué se me ve tan demacrada; como a esos chiquillos maldecidos por las brujas de la aldea, a mí me maldicen las fábulas, viles y enloquecedoras hechiceras.

Y si bien ustedes van a conocer gracias a este libro a más de un personaje contagiado por el morbo de la imaginación, sepan que ya han conocido al más enfermo. Ese no es otro que la que escribe: yo, Elisa.

Bien, si puede ser de interés un caso tan grotesco e inútil, intentaré contarles cuál es la forma que nuestra antigua enfermedad ha tomado en mí.

Como ya les he dicho, en esta casa hay un territorio en el que siempre se me concedió reinar sin ser molestada: mi habitación. Quitando las imágenes sagradas, los retratos y los libros, no ha cambiado mucho desde el día en que entré por primera vez. Quien la vea podría suponer aún que pertenece a una niña ordenada, muy estudiosa y aficionada a la lectura. Sobre todo a las lecturas en que la vida terrenal no se describe tal y como aparece cada día a los mortales sensatos, sino llena de prodigios, de extravagancias y de locura. Como si su pedante autor, que más que un profeta parece un titiritero borracho, juzgase insulsa la Creación y decidiese contrastar con su inarmónico desbarajuste el orden musical de la naturaleza.

Mi preferencia por libros de este tipo resulta evidente a quien examine mi biblioteca. Casi todas las obras que la componen, aunque procedentes de diferentes lugares, pertenecen al género fantástico: predominan las increíbles leyendas germánicas, las melancólicas sagas escandinavas, las felices epopeyas de la Antigüedad, y los amores orientales. Además, hay numerosas vidas de santos de las que, a pesar de mi aparente devoción, lo que me gusta no es el testimonio del poder divino que se manifiesta en virtud de la gracia a través de una humilde criatura. No, lo que me gusta de ellas, a pesar mío, es una especie de ilusión nefasta que se apodera de mí durante la lectura, y gracias a la cual, olvidándome de Dios, que obró esos santos prodigios, acabo por atribuir la gloria al intermediario, es decir, solo al hombre. Como si la voluntad humana, sin la gracia, pudiese obrar el milagro y una fe ciega en nuestra alma pudiera sustituir la fe en Dios, triunfando sobre la muerte y cualquier otra aflicción. Para decirlo en pocas palabras, a mí esos libros edificantes no me cuentan la vida de un santo, sino la de un héroe. No consuelan el desaliento que me causa la realidad con una explicación divina sino con la idea presuntuosa de que un hombre puede, si quiere, reinar sobre fenómenos que me aterran. De esta última frase deducirán que, por lo menos, mi locura no alcanza a que yo, Elisa, me crea capaz de superar semejantes pruebas. Al contrario, siento un agrio desprecio por mi nulidad, y precisamente la convicción de no ser nada me impulsa a saciarme con los triunfos de los demás.

Desde mi niñez este ha sido mi alimento hasta hoy; pero, para saciarme, no me bastaba la simple lectura de esos cuentos, que me dejaba más bien amargada e insatisfecha. Me sentía como un cantante fracasado que en el silencio de su habitación solitaria vive leyendo partituras de ópera; fue de nuevo el genio de la mentira el que vino en mi ayuda.

Al principio, cuando aún era apenas una chiquilla, parecía solo un juego, o una diversión placentera. Cerrados los libros, me complacía construyendo con la fantasía sucesos e historias inventadas por mí, inspirándome, por supuesto, en mis fábulas preferidas. Y aunque las tramas que imaginaba variasen en función del humor de cada día, los protagonistas, por el contrario, se parecían siempre los unos a los otros o bien eran iguales, y casi estaban unidos por estrechos lazos de parentesco. Por supuesto, se trataba siempre de reyes, caudillos, profetas, es decir, gente de altísimo rango. Cuando no llevaban una armadura o un sayo, mis personajes iban vestidos con ropajes increíblemente fastuosos y, aunque no lucieran aureola, casi todos llevaban corona. Pero debajo de toda armadura, uniforme o gala, siempre se podían reconocer las mismas facciones; precisamente las que me eran familiares, pues pertenecían a mis parientes, vivos o muertos, y las de aquellos que, aun no estando unidos a mí por vínculos de sangre, habían dejado una huella profunda, de amor o de odio, en mi pasado. Saberme descendiente o afín a mis héroes me hacía partícipe de su gloria, aunque me mantuviese en la sombra, es decir, aunque yo no apareciera nunca, bajo ninguna circunstancia, en mis ensoñaciones. ¡Qué inigualable linaje! Mi madre había sido una santa, mi padre un gran duque de incógnito, mi primo Edoardo un sultán de los desiertos de ultratumba, mi tía Concetta una reina maga.

Se arraigaron en mí, de este modo, bajo aspectos solemnes que me eran familiares, las máscaras de mis fútiles tragedias. Muy pronto mis fantasías perdieron su carácter fragmentario y distraído, y en secreto tramé día tras día una especie de epopeya que, a pesar de su complicada y enrevesada historia, seguía un único hilo y tenía como protagonistas absolutos a mis héroes familiares. Así, mi interés por el ejercicio de la fantasía creció y mi extravagante epopeya —que, como algunas novelas publicadas por entregas, no llegaba nunca a un final—, mi extravagante epopeya, decía, me apasionó hasta el punto de que, mientras me adormecía por la noche, anhelaba que llegase pronto la mañana para volver a tomar el hilo de la aventura interrumpida.

En cuanto a las hazañas que concebía, estas eran las menos originales, las más absurdas y vulgares que puedan existir en su género; no vale la pena decir nada al respecto. Basta saber que se caracterizaban por la petulancia y la teatralidad, y por una ostentación indescriptible de fiestas y triunfos. Ya he dicho que mis padres, al morir, me habían dejado un enigma; y que, gracias a este enigma sin resolver, su drama burgués me permitía inventar mil cuentos. Así que, sepultada en mi habitación, soñaba para mis muertos desagravios imposibles, resurrecciones milagrosas; y aunque era evidente bajo cualquier punto de vista que su final había sido solo la señal de un fracaso, ahora, en este cuarto de servicio, recibían coronas de laurel de parte de su hija Elisa.

De más está que diga que no contaba a ningún ser vivo mis fantasías, y que ese secretismo constituía su mayor atractivo y perfidia. Tampoco tuve la tentación de imitar a mis escritores preferidos perpetuando mis visiones sobre el papel; pues la naturaleza más nefasta y aberrante de mi fantasear consistía precisamente en esto, que, como una droga, me privaba de la capacidad de actuar y me arrojaba un estupor extático, durante el cual el tiempo y las leyes naturales dejaban de existir para mí.

Si alguien me hubiera visto inmóvil durante días enteros, soñando con los ojos completamente abiertos, quizá habría creído que estaba inmersa en una meditación sobre lo divino; pues no: como un bebedor compulsivo, le daba vueltas al enrevesado aquelarre de mis mentiras.

Mentiras para cualquier mente juiciosa, pero no para Elisa.

En efecto, con el paso del tiempo, creí en mis fábulas como en una especie de revelación, y sus personajes ya no fueron sombras para mí, sino almas encarnadas. Mi fe dio cuerpo y forma a su vacuidad: abarrotaron mi cuarto, y este territorio angosto se ensanchó sin límites, alumbrado por sus armas y coronas; sus nombres blasonados, que eran los nuestros, retumbaron contra las paredes. Dotada, casi, de nuevos sentidos para imaginar, veía mis máscaras combatir y amarse ante mí, contemplaba su belleza, escuchaba sus voces moduladas, me recreaba con su porte encantador y su altiva cadencia. En sus aventurados días se consumían los míos, tan pobres de historias, y semejante chiquillada me enardecía como la oración.

Al fin, como un eremita que se mortifica y se aparta del mundo para saborear la conversación con los ángeles, escapé de los vivos, y no quise más compañía que la de estos muertos vestidos por mi imaginación.

Gracias a mi mentira, podía vengarme ahora de los amores no correspondidos, podía saciar mis vanidades más secretas, negras y profundas como infiernos. Solo mis máscaras, estas hidalgas generosas, eran, como yo, amargas, prepotentes y cruelmente desdeñosas. Eran mi sangre, mis iguales; ninguna compañía era digna de mí, excepto la suya.

Mi mayor gloria consistía en que, aun creyendo en ellas y profesándome hipócritamente su súbdita fiel, me consideraba su emperatriz, y casi su diosa, y no dudaba en sostener entre los dedos el hilo de sus vidas arrogantes.

Pero aquellos fantasmas se vengaron de mi orgullo, tomándose al mismo tiempo la revancha contra la necia Elisa mediante la razón y la realidad.

De amigos que habían sido al principio, se volvieron déspotas. Me persiguieron incluso cuando intentaba dormir, a menudo más parecidos a pesadillas que a sueños; día y noche, revolviéndose, listos para el asedio, grandes, astutos, me insinuaron sin tregua sus intrigas, sus engaños crueles. Para pagar el favor de haberme admitido en su casta orgullosa, me impusieron una disciplina que rehuía toda promiscuidad. Si alguna vez, en una fiesta o una reunión, participaba en la conversación y, olvidándome de mí misma, me abandonaba a un rato de distracción, de mundanidad, aparecía inmediatamente uno de mis celosos fantasmas en la puerta. Como un severo maestro de ceremonias que llamase al orden a una damisela poco respetuosa con los ritos de la corte, el Caballero de la Triste Figura me helaba en los labios la risa y la palabra. Gracias a su embrujo, las conversaciones que oía a mi alrededor me parecían de repente estériles, las ocurrencias más simpáticas, insípidas y vulgares, y la gente viva me parecía muerta. No miraba ni escuchaba a nadie, consumiéndome de impaciencia por volver a mi cuarto, con mi fantasma caprichoso, del mismo modo que los amantes se buscan con los ojos entre una multitud de invitados desconocidos, apresurando el momento de intimidad, y ya se emocionan pensando en el próximo abrazo.

Después de haberse presentado como mi consuelo, mi fiesta y mi revancha contra la escalofriante realidad, mis máscaras me impusieron, a cambio de su mundo fantasmagórico, la negación de toda verdad. Me habían librado, es cierto, de mi antigua y dolorosa pasión por mis semejantes; pero al mismo tiempo me volvieron insensible incluso a la simpatía humana, a la caridad, hasta el punto de que, Dios me perdone, no lloré la muerte de mi madre adoptiva. Mi afecto por ella había muerto tiempo atrás y, en lugar de la mujer real, yo amaba a su fantasma, a su doble, una señora sin cuerpo que aparecía a menudo por mi habitación, y cuyo semblante era idéntico al suyo; una señora alegre, exuberante y afectada como mi protectora, pero que a diferencia de ella me era fiel.

Capítulo 3

3

Los últimos caballeros de la Triste Figura

Resulta, sin embargo, que desde que acompañé los restos mortales de mi protectora al cementerio y regresé sola a esta casa, mis tiranos se han revelado unos traidores. Mi cuarto, antes habitado por sus mil fantasmas, ahora está desierto; me abandonan precisamente cuando estoy sola sin remedio en esta casa dominada por la muerte. Y si los busco, creo ver en la habitación asolada flácidos cuerpos sin vida en lugar de sus deslumbrantes figuras, como disfraces abandonados en desorden por los actores al final del espectáculo entre los bastidores de un teatro de provincias. ¿Eran estos mis trofeos gloriosos, mis grandes amores? Me siento como un mendigo borracho que, volviendo en sí tras sus propios delirios de grandeza, reconoce los harapos que lleva puestos.

Y ahora que mis fantasías se desvanecen, mis sentidos parecen haberse extrañamente agudizado. Si durante muchos años las cosas presentes o próximas me parecieron remotas y casi apagadas, ahora, en el silencio de mi habitación, percibo voces y ruidos que provienen de las habitaciones lejanas, e incluso oigo conversar a vecinos invisibles, o a gente hablando en corro por la calle. Estas voces atraviesan puertas y paredes, y si bien tratan generalmente argumentos insignificantes, cobran una gran importancia en mi cabeza.

Cuando la portera me trae la comida, o la pobre criada del piso de enfrente se asoma, logro incluso oír el imperceptible latido de su corazón, y tengo la impresión de leer sus pensamientos como si fuesen míos. Cada cambio de aire o de luz, el levantarse del viento, la caída inesperada de la lluvia, o el calar de la noche, me sacuden violentamente como a un animal irascible, e incluso con los ojos cerrados noto el paso de una nube sobre mi cabeza.

Sé muy bien que eso no implica poseer poder sobrenatural alguno, sino solo que estoy enferma de los nervios. Por las noches no puedo dormir; pero al día siguiente no estoy cansada. Al contrario, se diría que el insomnio, como un misterioso afinador nocturno, los tensase para que vibraran mejor.

En estas noches de vigilia tengo una nueva compañía que ha ocupado el lugar de la mentira: la memoria. Paso la noche entera recordando sucesos del pasado. No solo de mi pasado, y en concreto la infancia y el último año vivido con mis padres, que recupero intacto y vívido como si fuera muy próximo, sino también de su pasado, el de mis padres, y el de mi difunta familia. El único verbo que puedo emplear es recordar; en efecto, todo lo que no sabía de ellos se me esclarece, y vuelvo a recorrer desde el principio sus vidas igual que si fuesen episodios de la mía. Como quien, despertándose de un letargo, reconoce una por una, tras un breve momento de incertidumbre, las circunstancias de su vida real.

Resucita la vieja ciudad meridional en la que nací y viví hasta los diez años. Sus murallas se muestran ennegrecidas y grises por mucho que el sol brille, y solo logro recordarla así, bajo la luz del mediodía. Casi todos los habitantes, acobardados por el resplandor, visten de negro; las mujeres del pueblo se cubren la cabeza con pañuelos y velos que a veces les ocultan incluso la cara. Y un par de ojos negros, bonitos y escurridizos, miran siempre con ligera desconfianza. Las señoras vanidosas, sin embargo, se engalanan con gran pompa y rivalizan con nuestro sol africano: a su paso la calle se convierte en un teatro.

A veces, esta ciudad me parece el foso del infierno, y otras, al contrario, el jardín del Paraíso terrenal. Y aunque sepa que no se ha desmoronado, que aún permanece en pie, y que su nombre está escrito en el mapa de nuestro país, se me antoja una última Thule, que solo existe en mi memoria. Entre su gente viven eternamente los personajes de mi parentela; sin los ropajes ficticios que mi mentira les prestó, visten casi siempre ropa modesta y raída. ¡Este es mi verdadero linaje! Algún que otro ajetreado comerciante; dos o tres maestras de escuela, con el sombrero medio torcido, las mejillas enrojecidas, la voz ronca; una madre de familia, sucia, el cuerpo deformado y la expresión ardientemente devota; y un par de descoloridos empleados con chaqueta de alpaca negra. No falta tampoco una caterva de pequeños vagabundos, criados y mozos de turistas ricos; ni algún campesino subyugado e hipócrita. Y para acabar, como una sarta de pavos reales en medio de la floresta, vistosos señorones que deambulan entre tal fauna.

Esta es la oscura estirpe de Elisa; estos y otros parecidos, son los heroicos parientes de los que pronto sabrán el nombre y la historia. Uno por uno los reconozco a todos, y todos ellos, como llamas, se encienden de nuevo en mi mente, pero cuatro de ellos sobresalen entre los demás como estatuas entre viandantes anónimos.

La primera es Anna, mi verdadera madre, que por su carácter y por otros motivos que veremos podría llamarse «la noche». En su pequeña mano marmórea luce un anillo de oro adornado por un diamante y un rubí. Reconozco ese anillo cuya luz duplicada resplandeció durante muchos años en mi recuerdo como una lámpara espectral. La última vez que lo vi tenía diez años, y desde entonces entró a formar parte del grupo de fantasmas que me sedujeron. Muy a menudo, estas dos piedras me invitaron a su guarida subterránea, como los minerales sepultados invitan a los buscadores, aunque no me ofrecían riqueza, sino ensueño y nada más. Sin embargo, su poder hechicero sobre mí era tan grande que muy a menudo habría preferido su luz a otra más verdadera, y por su oscuridad habría renunciado al Paraíso.

La segunda es Rosaria, mi madre adoptiva, a la que podría llamar «el día»: en primer lugar por su carácter solar y radiante, y después porque, al haber muerto hace poco, todavía no ha adquirido el semblante de una sombra. El tercero es «el Carapicada», cuya cara, si no fuese por las cicatrices que la afean, parece casi un oscuro reflejo de la mía. Y de entre todo este grupo de reaparecidos, él es, seguramente, el personaje más huraño e intratable.

El cuarto es «el Primo», verdadero culpable, y, podría afirmar, inventor de toda la historia y ladino urdidor de todas nuestras intrigas. Oculta la cara, tal vez porque se avergüenza de haberme humillado en el pasado y haber conspirado contra mí; o tal vez porque está tramando una nueva maldad.

Al caer la noche yo también caigo en un sueño ligero, y en sueños me encuentro con las mismas personas y con la misma ciudad de mis recuerdos. Muchos de esos sueños se repiten con detalles casi idénticos varias noches, pero cuando esta monotonía se rompe soñar algo nuevo y diferente me trastorna mucho más.

Del sueño me llegan voces familiares que interpreto con el tono apremiante de cuando en la época del colegio me despertaban temprano por la mañana, diciendo: «¡Elisa!, ¡Elisa!». Pero al abrir los ojos me parece oír un débil grito de aprensión, y en las primeras luces del amanecer entrever una multitud de seres efímeros que huyen a trompicones del cuarto, como un enjambre de polillas cuando se abre un armario viejo.

Siento que una angustia sutil y perversa se clava en mis entrañas; y a menudo lloro por mi extraña soledad, e invoco los nombres de las personas que amaba.

Así, intranquila, me quedo en la cama hasta que en el edificio se oyen las primeras voces de la mañana, pasos apresurados, golpes de puertas, y de la calle llega el estruendo de los primeros camiones y el campanilleo de las bicicletas que llevan al trabajo a los obreros.

Entonces, como si hubiera vuelto a la época del colegio, ya levantada, me siento en el escritorio, y escucho el imperceptible susurrar de la memoria que, recitando recuerdos y sueños de la noche anterior, me dicta las páginas de nuestra crónica pasada; que yo, como una secretaria fiel, escribo.

Esta es, sin duda, la voluntad de los míos. Reconozco, en efecto, en el insistente susurro que oigo, sus múltiples voces, y este libro, en realidad, me lo dictan ellos. Son ellos los que, en corro a mi alrededor, lo susurran. Si levanto la vista, desaparecen; pero si, con astucia, miro de reojo, distingo sus figuras extrañas y borrosas; y en la sustancia transparente de sus caras veo el movimiento febril e ininterrumpido de sus lenguas evanescentes.

Esta es la fuente de la historia que les voy a contar. No trata de gente ilustre; es solo la de una pobre familia burguesa, pero, aunque pueda parecer extraña a veces, es verídica del principio al fin.

Tal vez, reconstruyendo nuestra verdadera historia, podré finalmente dejar atrás el enigma de mi infancia, y toda leyenda familiar. Tal vez mi familia haya vuelto a mí para liberarme de mis brujas, las fábulas. Sabiendo que es suya, y de nadie más, la culpa de haber contagiado a la cuerda Elisa con la mentira, ahora la quieren curar.

Por este motivo obedezco a sus voces, y escribo; tal vez con su ayuda pueda, finalmente, salir de esta habitación.

A los personajes

A los personajes

Muertos,

magníficos anfitriones, me acogéis

en vuestras mansiones reales,

hojeáis amablemente manuscritos miniados

para mí.

Lo sé.

Soy solo una mujer, necia e ignorante,

súbdita y esclava vuestra.

Pero la lauréola de vuestras hazañas

y amores arrogantes,

también ciñe mi humilde frente

oh Sultanes ociosos.

Entre flores secretas y raras,

soy solo una abeja que liba,

pero en mis alas mortales,

imprecisa,

persiste la huella del polen celestial

¡Y mía es vuestra miel!

I. El heredero normando

PRIMERA PARTE

El heredero normando

Capítulo 1

1

Una ciudad retrógrada.

Presentación de mi familia.

La cena en la nieve.

Antes de empezar a escribir mi crónica familiar creo que es oportuno describir mi ciudad y presentarles a mi familia, tal y como acude a la memoria de mis primeros recuerdos.

Mi ciudad natal, donde se desarrolla toda, o casi toda, la historia de este libro, yace en medio de una árida llanura cubierta de zarzas, solo interrumpida por unas pocas colinas. Aunque al viajero esta llanura le parezca ilimitada, si se recorre con un medio de transporte rápido, bastan dos o tres horas de viaje hacia el norte para llegar al mar, y hacia el sur, a unas montañas que, pese a la mediocre altura, a los pobladores de la llanura les parecen verdaderas cumbres, como montañeses de pura cepa consideran a sus habitantes, a los que miran con cierto desprecio.

La ciudad de la que hablo, a pesar de su extensa superficie y su nutrida población, mantiene las costumbres y el aspecto de una ciudad de provincias. Esto se debe en parte a la índole de los habitantes, fieles a antiguas supersticiones y sometidos desde hace siglos a la supremacía de los terratenientes, y en parte a su ubicación, rodeada como está de campos áridos y estériles, lejos de todo tipo de actividad industrial —hay solo unas minas de azufre, y alguna fábrica de vidrio—. Los pocos ricos que hay en la ciudad son gente de antiguo abolengo, y su riqueza proviene de las grandes propiedades heredadas de sus antepasados. La mayoría de estas tierras están lejos de la ciudad en la que viven, y se extienden a lo largo y ancho de tierras y pueblos, abarcando una superficie tan vasta que algún que otro heredero indolente las conoce solo por haberlas oído nombrar, o tal vez ni siquiera eso. Además de los latifundios de los terratenientes, están los de la Iglesia, y el clero comparte con los grandes señores, cuya mayoría por otra parte le es fiel, el respeto ciego y místico de los pobres.

Estas condiciones detuvieron, como suele decirse, el curso del tiempo en mi ciudad, pero no impidieron, por lo que parece, el florecimiento en otra época de una civilización rica y austera. Lo atestigua la parte más vieja de la ciudad, la que se conoce como casco antiguo, que conserva aún intacto un tramo de su recinto amurallado. Sus edificios, de mármol o de piedra, decadentes y abandonados en su mayoría, se erigen soberbios y nobles, pero con una suntuosidad pomposa y sombría. Solo algunos palacetes construidos en una época posterior, en el límite marcado por la muralla, tienen un estilo más agraciado, imaginativo y, diría yo, más profano.

Alrededor del casco antiguo han surgido en este último siglo barrios más modernos. Por una parte, hacia el este, donde la suave pendiente de una colina refresca el aire y airea la atmósfera, se extiende un barrio señorial de torres habitadas por señores hartos de vivir en palacios tétricos, por prelados caprichosos o enfermizos y por forasteros románticos enamorados de mi triste tierra. El barrio está atravesado por avenidas de palmeras, plátanos y oleandros, y ningún establecimiento, tienda o tráfico vulgar quebranta su pulcra tranquilidad; al sur confina con el parque público que, al hallarse en el punto más alto de la colina, domina la ciudad. Este parque fue en el pasado el jardín privado de una riquísima dama extranjera, que lo donó a la ciudadanía exigiendo a cambio que el palacete donde ella vivía, que surge justo en medio, fuese transformado en museo. Tanto el parque como el museo llevan el nombre de la generosa dama, un nombre extranjero que a mí de niña me costaba pronunciar.

Desde lo alto del parque se ve el panorama de toda la ciudad, y, dirigiendo la vista hacia el oeste, se vislumbra incluso la vía del ferrocarril que se adentra en el campo. A lo largo de su trayecto se agrupan numerosos edificios de escuálida arquitectura que, si bien se construyeron hace menos de un siglo, parecen ya en ruinas. Fueron edificados con materiales baratos para la pequeña burguesía, los empleados, los obreros y los modestos comerciantes de la ciudad. Son bloques altos habitados por cientos de familias, atravesados por callejuelas estrechas en mal estado; aquí está el cuartel de los militares destinados en esta ciudad y también varios edificios de la policía. Aparecen numerosas tascas, tabernas y también ciertas casas de mala fama que de niña oí mencionar con tono de odio sacrosanto. Este fue el barrio de Rosaria durante su primera juventud, y no mucho antes también el de mi abuela Cesira que, con mi madre aún chiquilla, transcurrió allí muchos años de su casta vida.

Por último, al norte de la ciudad surge un barrio tan pobre como el que acabo de describir, pero más moderno. Cuando yo era pequeña estaba aún en construcción; muchos de sus enormes edificios olían todavía a revoque y en las calles, bastante anchas, había montañas de ladrillos y pozos de cal. Un poco más allá de la entrada de casa había prados donde jugaban con gran estruendo los hijos de los mineros, de los ferroviarios, es decir, de la gente del pueblo, mientras que a los hijos de los empleados, gente pobre pero pretenciosa, no les estaba permitido jugar por la calle. Aunque nueva, esta zona de la ciudad, con su promiscua modernidad, miserable e indiscreta, tal vez sea la más pobre. Allí nací y allí transcurrió mi infancia, en un piso pequeño de una tercera planta, con mi padre, mi madre y Cesira, mi abuela materna.

La primera que murió fue mi abuela: vivió y se hizo notar tan poco que tuvo en mi vida una importancia secundaria.

Tengo que volver con la memoria a mi infancia para acordarme de ella; entonces sí que la veo, sentada en su silla de paja en un rincón de la cocina. Lo primero que me viene a la cabeza son sus botines, cerrados por una fila de ganchos y por otra de botoncitos redondos; luego la falda negra tirando a rojiza, que nadie planchaba nunca, y encima el blusón largo de seda negra. Tenía el cabello ralo, y bajo el mullido velo entre negro y plateado asomaba la piel del mismo color rosado que la raya que dividía por en medio su peinado. El rostro era muy pálido, encogido, y tan minúsculo que recordaba a esas caritas insólitamente esculpidas dentro de media cáscara de nuez. Toda ella era también menuda y ligera.

Vivía en nuestra familia como una intrusa, una aprovechada. En efecto, no poseía nada en este mundo y, como mi madre murmuraba a veces, tenía que estar agradecida hasta «del aire que respiraba». En realidad, en palabras de mi madre, «comía menos que una mosca». No quería sentarse a la mesa y estaba siempre en su rincón como un duende esquivo; a menudo decía con tono a la vez de revancha y de desdén infantil que quería solo pan y agua para comer, como dando a entender: «No podéis acusarme de que os salga muy cara». Pero es innegable que aquella persona diminuta que rumiaba su pan mojado en agua daba siempre la impresión de vivir solo por despecho. Con su paso de gata, aparecía inadvertidamente en las habitaciones, eligiendo como por casualidad el momento en que mi madre discutía con mi padre acerca de sus asuntos. Cuando la vieja asomaba, mi madre arrastraba con desaprobación las palabras de la última frase, se interrumpía y miraba de soslayo a mi padre con complicidad. Estaba convencida de que mi abuela nos espiaba y de que, taciturna y falsa, era nuestra enemiga. Por lo que a mí respecta, no hay duda alguna: la vieja no hacía más que criticar y hablar mal de mí, despreciaba mi palidez y mis ojos, tan repletos de curiosidad que «se me comían la cara». Además nunca me llamaba por mi nombre de pila, sino simplemente Niña.

De costumbre permanecía callada durante horas, con la cara de facciones regulares apuntando hacia el rincón como una esfinge. Una vez mi madre, exasperada por su actitud, le soltó lo que muchas veces murmuraba entre dientes:

—¡A ver si te das cuenta de que no eres dueña de nada, ni siquiera del aire que respiras y que tienes que estar agradecida hasta del pedazo de pan que te llevas a la boca!

Mi abuela se levantó de la silla y moviendo convulsivamente la cabeza, con una sonrisa embrujada, le contestó con voz aguda y desgarradora:

—¡Yo te maldigo! Y acuérdate de que es tu propia madre quien te maldice. Escúchame Señor, la maldigo. —Y sollozando desconsoladamente, se golpeó con rabia la cabeza con los puños.

—Abuela, abuela —grité llorando a lágrima viva, y entonces mi madre, de pie, con la mirada fija echando chispas, me sacudió por los brazos con furia.

Yo estaba aterrorizada sobre todo porque, después de aquella maldición, estaba más segura que nunca de que mi madre se iba a condenar. Esta convicción, que me perseguía desde hacía tiempo, me la habían inculcado mis profesoras, las monjas francesas, con sus lánguidas alusiones. En efecto, mi madre no iba a misa y además a las monjas no les gustaban sus maneras. A pesar de que su nombre de soltera fuese uno de los más ilustres de la ciudad, la vida humilde la había vuelto brusca, casi grosera; pero había conservado intacta la soberbia, que no la abandonaba ni siquiera ante las siervas de Dios. Por ejemplo, se negaba a besarles la mano, aunque se tratase de la mismísima abadesa, y no las llamaba madre o hermana, sino siempre, con cierto desprecio, señora. Por las noches, cuando nos acostábamos en la cama de hierro, no rezaba ni se santiguaba. Yo no me atrevía a ponerla en guardia pero, arrebujada en las mantas, la miraba temerosa mientras ella, imponente dentro de su camisón de muselina blanca, descalza, se trenzaba deprisa el pelo con los dedos. Luego daba aun unas vueltas con gestos altivos por la habitación, haciendo oscilar las trenzas negras sobre su amplia y noble espalda. Y entrando también en la cama, permanecía supina, con el cejo fruncido, sin dirigir un mínimo saludo a Dios. Ese era el momento en que yo murmuraba en secreto la oración que me habían enseñado las monjas: «Señor, ilumina a los que no creen en Ti, porque tienen ojos y no ven, tienen oídos pero no oyen». Un pudor ansioso se apoderaba de mí cuando rezaba, y por ello me encogía bajo las sábanas, para esconderme mientras musitaba y me santiguaba deprisa y sin alardeos.

A menudo tenía la intención de esperar a que mi madre se durmiese para santiguarla yo misma, para salvarla, pero no me atrevía, y además me dormía siempre antes. Sabía que las monjas se referían a ella cuando me sugerían las palabras: «Tienen ojos y no ven, tienen oídos pero no oyen». Pero ¿qué veían sus ojos brillantes, que mantenía abiertos con tanta avidez en la penumbra de la habitación? ¿Y qué podían oír sus orejas pequeñas, un poco enrojecidas, con el agujerito del pendiente vacío? Cada año por Navidad o Semana Santa, cuando mi padre cobraba la paga doble, mi madre volvía a colgarse dos perlas, que por las noches se quitaba y dejaba sobre la mesita y que a mí, amodorrada, me encantaba ver brillar. Pero al poco tiempo, un mes como mucho, volvía a empeñar en el Monte de Piedad esos atractivos y ricos colgantes, junto con las alianzas de oro, otras pequeñas joyas y mis medallas de plata —recibidas como premio de mis maestras— que llevaban grabadas las letras B. M., Bon Mérite.

Mi madre, decía, se echaba a mi lado y dejaba que me durmiese, sin darme un beso. Mientras tanto, del salón contiguo, donde mi padre se acostaba cada noche en el sofá cama, llegaba el crujido de los periódicos que el hombre leía antes de dormir.

Mi abuela, por el contrario, tenía una habitación para ella sola; era tan estrecha que cabía solo la cama, y un cesto le hacía de armario para sus cosas. Estaba muy apegada a lo suyo; cuando mi madre daba vueltas por el cuartito, ocupada en sus quehaceres, la vigilaba desde la puerta con la mirada desconfiada e inquieta. «¡Parece como si tuviera miedo de que le robara sus trapos!», soltaba mi madre haciendo una mueca. Cada noche mi abuela doblaba con cuidado la falda y la camisa, y cada mañana, medio avergonzada, se presentaba en la cocina pidiendo la lata de betún para cepillar sus botines. Dentro del cesto guardaba varios pares de viejas medias remendadas, unas pocas prendas de lencería de muselina adornada con encaje barato y algunas cartas atadas junto con viejos documentos. Además, como ya se verá, poseía algunas joyas en un cofre bajo llave.

Se acostaba muy pronto, aunque luego, según ella, pasaba toda la noche con los ojos abiertos; decía que un incesante espasmo en las extremidades, especialmente en las articulaciones, como si le clavasen mil alfileres en el cuerpo, no la dejaba dormir. A menudo, durante el día volvía a sacar el tema de sus achaques, pero nadie le hacía caso; mi madre aseguraba, encogiéndose de hombros, que desde hacía años la vieja no hablaba más que de sus enfermedades, pero que probablemente iba a enterrarnos a todos.

Eso decía mi madre en voz baja; la vieja, sin embargo, oía a medias esos cuchicheos y echándonos una mirada torcida, con la cabeza ladeada, continuaba diciendo que su sangre era agua y veneno, que las venas se le ponían cada día más duras, y que un buen día se le partirían como si fueran ramas secas, Dios mediante. Entonces yo le miraba las largas manitas cruzadas, en las que una maraña de las venas sobresalía con evidencia cruel, casi perversa, pero no sentía piedad por la vieja criticona. El único que a veces le prestaba un poco de atención era mi padre, pero solo le daba algún consejo por compasión: «Salid a tomar un poco de aire, probad con tal o cual medicina». Luego miraba de reojo a mi madre y se ponía colorado, viéndola callada e irónica.

Con mi madre, la guapa, la altanera, mi padre se comportaba de manera más servil que devota, aunque no le faltaba orgullo. Mi madre, por su parte, lo trataba como a un esclavo, y por el tono de su voz siempre envenenado de rencor cuando hablaba con él se hubiera podido deducir que le echaba en cara un imperdonable crimen secreto. En las peleas, entre risas amargas y burlonas, lo llamaba a veces «barón», echándole en cara esta palabra como si fuera un insulto; incluso una vez la oí gritarle «Carapicada», porque tenía la cara señalada por la viruela.

Mientras soltaba estas cosas, riéndose, lágrimas de rencor le caían por las mejillas y con rabia reprimida se pasaba los dedos por el anular de la mano izquierda, en el que la alianza de oro le había dejado la piel de un color más claro. Había algo que ella le recriminaba abiertamente: nuestra pobreza.

Mi padre era un empleado de Correos; a menudo por las tardes se quedaba en las oficinas para hacer horas extraordinarias, y en los últimos tiempos también trabajaba en los trenes correo, razón por la cual muchas veces se iba o volvía en plena noche. Como ya les he comentado, no dormía en la misma habitación que mi madre, sino en el salón contiguo; por las noches, a través de la puerta cerrada, oíamos su tos de fumador; por la mañana, cuando ya había salido de casa, mi madre, irritada, abría la ventana del salón de par en par para eliminar el olor a humo.

Había momentos en que, casi al borde de la desesperación, mi padre abrazaba a mi madre mientras repetía: «Anna…, mi Anna… Anna…», pero ella, llena de fastidio y orgullo, lo apartaba. Solo muy de vez en cuando parecía olvidarse de sí misma y, poniéndose lánguida, pensativa, se apoyaba en el hombro de su marido. Si mi abuela estaba presente se reía complacida, y en sus ojos se encendía una felicidad inesperada. A ella le gustaba que la gente se quisiera. El amor la atraía como la música o el fuego atraen a algunas criaturas salvajes.

Una tarde le contó a mi madre un secreto de su juventud. Cuando recuerdo aquel momento me invade inevitablemente una impetuosa alegría. Faltaba poco para Semana Santa, a mi padre le habían dado la paga doble y mi madre, como siempre, había retirado del Monte de Piedad todas sus joyas. Llevaba los pendientes de perlas, la alianza y, en el anular de la mano derecha, otro anillo más pequeño con piedrecillas rojas. En el cuello un collar de ágatas claras, y sobre el pecho un camafeo cuyo relieve representaba el perfil de una mujer con un peinado alto. Mi abuela y yo estábamos sentadas a su lado, en el comedor que daba al este, y hacia el final de las tardes soleadas las habitaciones con esta exposición son maravillosas. Pero lo que nos hacía más felices a las tres eran las joyas de mi madre, ya que todas las mujeres de mi familia idolatraron siempre los adornos y las alhajas de oro. Así pues, mi abuela y yo estábamos sentadas delante de ella que, bella, enjoyada y satisfecha, inclinaba un poco la frente intransigente y pestañeaba como una muñeca.

De improviso, henchida de felicidad por la luz, el buen tiempo y sus joyas, mi madre tuvo ganas de bromear un poco, y de hablar de amor. Y le preguntó a mi abuela si alguna vez antes de casarse había estado enamorada. Los ojos de mi abuela brillaron y se ruborizó, como siempre cuando se hablaba del tema.

—No he querido nunca a tu padre, ya lo sabes —dijo—, pero cuando todavía era joven y vivía con mis padres me rondaba un oficial austríaco. No me dirigía la palabra, aunque merodeaba bajo mi ventana, vestido de blanco de pies a cabeza, mirando a cada momento hacia arriba. Esto duró bastante tiempo; era un oficial guapísimo, alto, de talle esbelto y mirada extraordinariamente afable. Un día en que mi madre y yo habíamos salido de paseo, mientras ella se entretenía en la plaza conversando con unas conocidas, pasó él. Volvió su cara delicada hacia mí y me llamó por lo bajo: «¡Cesira!». No dijo nada más y ni siquiera sé quién le había soplado mi nombre. Pero dijo «¡Cesira!» con un amor que, mira, soy vieja, han pasado más de cuarenta años y sin embargo, cuando lo pienso, aún se me pone la piel de gallina. ¡Mira! —y, temblando mi abuela se levantó la manga para enseñarle a mi madre el bracito blanco—. ¡Y tú me preguntas si estuve enamorada alguna vez! —añadió. Luego nos contó que cuando los austríacos dejaron la ciudad, el oficial también se fue.

—¿Así que nunca más volviste a verlo? —le preguntó mi madre, algo distraída por sus abalorios.

De mala gana, tras un momento de duda, mi abuela admitió que jamás había vuelto a verlo, pero cuando mi madre soltó una carcajada irónica por cómo acababa la historia, pareció rebelarse. Nos miró de reojo, con una mirada parecida a la de una alcahueta, y esbozó una sonrisa extraña:

—Eh —murmuró—, aunque hubiese habido algo más, no podría decirlo delante de la niña. —Y sacudió la cabeza con aire de quien se las sabe todas, acalorándose y como dándolo a entender.

—¡Ah! —dijo mi madre, y, poco amiga de confidencias, se puso tiesa como una escoba. Mi abuela calló.

Por otra parte, mi familia me contó después que la historia del oficial austríaco probablemente era mentira. En las crónicas de mi parentela aparecen a veces estos personajes de novela que, aun existiendo solo en nuestra fantasía, nos acompañan a lo largo de la vida. Una bisabuela mía, la alegre Costanza, utilizaba estos personajes imaginarios para dar celos a sus amantes. Y una hermana de mi abuelo se consoló durante toda la vida de ser una solterona inventándose, cuando hablaba con sus amigas, un novio que tras haber protagonizado un drama calcado de una novela de moda entonces, y que es demasiado largo de contar ahora, se había quitado la vida por ella.

Pero volvamos a mi abuela. De cuando estaba viva recuerdo, además de estos, pocos episodios, pueriles y sin importancia. En los últimos tiempos la sordera la había vuelto no solo más callada, sino también más desconfiada; así que, no oyendo nada, sospechaba que hablásemos de ella y si nos veía reír nos observaba, miedosa y hostil, arrebujándose en el chal de pieles de gato negro que en los últimos tiempos llevaba sobre los hombros incluso en el mes de agosto. En aquellos años, yo solía inventarme cantilenas, rosarios de palabras absurdas que casi nunca tenían significado. Pasaba mucho tiempo canturreándolas, absorta, de pie, calzada en mis pantuflas forradas de lanilla. Cuando me cansaba de cantármelas a mí misma, me acercaba a mi abuela y le repetía mis versos a gritos. Con dificultad, de los vagos sonidos que había logrado oír, ella intentaba comprender qué quería decirle, y yo, divirtiéndome con sus equívocos y sus respuestas desatinadas, me reía a carcajadas. Ella, ofendida, encogida en su chal de pieles, me lanzaba miradas de desconfianza bajo los párpados marchitos.

Una mañana las monjas me habían enseñado las edades del hombre y a la salida del colegio entonaba esta cantilena:

Infancia y pubertad

mocedad y adolescencia

juventud y virilidad

madurez y vejez

¡DECREPITUD!

Así cantando me divertía yo solita clasificando en base a su presunta edad a mis parientes y profesores, incluida mi abuela, a la que, cuando llegué a casa, quise hacer partícipe de mi sabiduría. Llegué corriendo donde estaba y febrilmente le anuncié gritando: «¡Abuela, vos sois Decrepitud!», y a esto ella, sin entenderlo, sin responderme y sin mover las manos cruzadas, me miró desde su tierra silenciosa, como se mira a un enemigo.

A decir verdad, no solo yo que era una niña habría juzgado decrépita a Cesira, sino que cualquiera que la hubiese visto habría dicho lo mismo; sin embargo, el día que murió ¡no había cumplido todavía los sesenta!

Mi padre, mi madre y yo estábamos sentados a la mesa de la cocina y mi abuela, como era su costumbre, estaba aislada en su silla, en el rincón. En un momento dado levantó la vista, y me di cuenta de que la nublaba un velo opaco, de que sus ojos se parecían a los de un pajarito que una vez había encontrado por la calle: todavía erguido dentro de sus plumas erizadas y húmedas, pero ya vencido por el horror de la muerte. Su mirada me impresionó, pero no dije nada; poco después, mi abuela cerró los párpados y resbaló de la silla, cayendo con un golpe leve. Mi madre se volvió, soltó un pequeño grito y permaneció sentada en la mesa, con los ojos clavados en el rincón, mientras mi padre se precipitaba a levantarla. Los pies, enfundados en los botines perfectamente cerrados, le colgaban por un lado, y por el otro, volcada hacia atrás, le colgaba la cabeza inerme, con el pelo recogido en un moñito.

Fuimos todos a la habitación de mi abuela. Mi madre lloriqueaba de forma amarga y estéril, como diciendo: «No, no, todo esto es horrible, infame». Mi padre la echó sobre la cama y yo, mirándola, me sentí abatida por una terrible piedad, porque no podía olvidar que poco antes había sido la única en ver sus ojos agonizantes. Me parecía oír como tañidos apresurados que repetían: «¡Ha muerto! Ha muerto».

Bien mirado, aquella primera vez que se cruzó en mi camino, la muerte no me pareció ni temible ni fúnebre. Tienen ustedes que saber que entre las culpas de mi abuela había la de poseer algunas joyas, ante todo una cadena de la que colgaba un coqueto dije de oro que contenía el mosaico en miniatura de un pavo real, y además dos anillos finos de oro engastados con puntas de diamante. Como ya les he comentado, mi madre en los tiempos difíciles solía empeñar sus joyas, y esto sucedía con regularidad, pero la vieja, si bien no poseía ninguna fortuna y mis padres como saben la mantenían, se negó siempre rotundamente a empeñar sus joyas. Aunque no se las ponía, les tenía mucho apego y las guardaba en un cofre bajo llave; jamás quiso prestárselas a mi madre para que las luciera, ni siquiera durante una hora.

Así las cosas, mi madre decidió que, después de haber vestido a mi abuela para el entierro, le pondría sus joyas para que pudiera llevárselas consigo, visto que las amaba tanto. Lo dijo con un tono de superioridad, con la mirada soberbia, como si estuviera reclamando un derecho suyo.

Decidió además vestir y acicalar a mi abuela con todo detalle, puesto que de viva le gustaba ir elegante. Y se dispuso a hacerlo con los gestos de una madre severa que alimenta en su fuero interno un indecible e imponente desdén. Estaba tan pálida como la muerta, y parecía como si estuviese a punto de desmayarse de un momento a otro, pero sus ojos como siempre echaban chispas.

Por eso, cuando me llamaron para ver a la abuela, la encontré bien vestida y arreglada en su cama de hierro, sin la parafernalia fúnebre ni las velas. Lo que más me llamó la atención fue la pequeñez de sus pies, enfundados en medias finas de seda gris, apoyados sobre la colcha de ganchillo. Iba vestida a la moda de las señoras mayores, con la falda de seda negra larga hasta los pies, una chaqueta ceñida de terciopelo y una pechera de encaje; alrededor del cuello llevaba una cinta de terciopelo. Bajo el cabello casi por completo plateado, con pocas mechas de un negro profundo, las facciones de la cara, como pasa a menudo, parecían más delicadas y frágiles, de porcelana; las aletas de la nariz, un poco abiertas, le conferían cierto aire ligeramente desdeñoso. Llevaba puesta la cadena con el minúsculo dije cerrado y en los anulares, los dos anillos de oro. Le envidié aquellos valiosos ornamentos. La verdad es que la abuela casi me parecía una niña con su vestido de fiesta. Y los preparativos secretos, antes de que mi madre me dijera «Ven a verla», me recordaban las fiestas del convento, cuando las monjas, acabado de montar el pesebre, llamaban a las niñas: «¡Venid! ¡Venid!». Ya lo he dicho, la primera vez que se cruzó en mi vida, la Muerte tuvo para mí un aspecto amable y ceremonioso, como si no quisiera turbar con sus manifestaciones más trágicas y miserables mi mente aún infantil. Y en realidad, la muerte de la abuela marca casi el final de mi infancia: el cadáver de Cesira es, en mis recuerdos, la última aparición plácida, legendaria e inocente.

Después de la muerte de la vieja, como si su presencia de alguna manera hubiese hecho de filtro, el rencor de mi madre para con mi padre aumentó. Mi madre no se había casado por amor, sino más bien por odio, diría; como mi abuela, que en sus tiempos tampoco se había casado enamorada. Ahora, transcurridos más de dieciséis años de su muerte, pensaba yo que conservaría una imagen descolorida de Cesira; sin embargo, la primera de mi familia que se fue ha sido también la primera en volver. No habían pasado muchos días de la muerte de mi protectora Rosaria, cuando por primera vez, como ya les he contado, volví a ver en sueños la casa de mis padres. En el lugar de mi infancia había nevado, delante de la casa mis padres se extendía una especie de llanura semejante a la estepa, cubierta de nieve, y allí poníamos la mesa todos juntos para cenar. Mi abuela también venía a sentarse con nosotros, y yo sorprendida le decía: «Pero, abuela, ¿no tenéis frío? Os vais a helar». Y a esto ella, con una sonrisita pícara, contestaba: «¡Qué va! ¡Toca lo caliente que estoy!», y me acercaba su bracito blanco para que se lo tocase. Convencida de que estuviese helado, lo apretaba, y en realidad constataba sorprendida que estaba caliente, muy caliente, casi ardiendo.

Y ahora, con ese recuerdo de Cesira, demos paso a la historia de mi familia.

Capítulo 2

2

Empieza mi historia familiar.

Mi abuela se casa por conveniencia.

De familia muy modesta, tras morir sus padres Cesira se había ganado la vida hasta los veintisiete años como maestra de escuela en varios pueblos. Sin embargo, desdeñaba desde niña el ambiente vulgar en el que se veía obligada a vivir, donde se consideraba una invitada de paso, convencida de que su sitio estaba en otra parte. Así que, si bien no le faltaban pretendientes que habrían sido juzgados óptimos partidos por cualquier otra chica en sus condiciones, rechazó como un insulto la oferta de echar raíces en ese entorno indigno. Vivía esperando que la suerte estuviera a su altura. Pero la suerte no pasaba a menudo por aquellos puebluchos y aldeas donde la maestra consumía su vida, y por otra parte Cesira no tenía tanto arrojo como para realizar su ambición despiadada. De este modo cumplió veintisiete años sin haber tenido nunca novio y sin haber salido nunca de su provincia.

Pero a los veintisiete, edad juzgada en aquellos tiempos avanzada para casarse, se le presentó la ocasión de cambiar de vida y decidió aprovecharla, cumpliendo un acto que le pareció muy arriesgado e incluso heroico. Tras saber por un administrador que unos señores de mucha alcurnia que vivían en la ciudad buscaban una institutriz para sus hijas, pidió dos días de permiso en el colegio y allí que fue, presentándose ante ellos como aspirante al puesto. Gracias a su aspecto correcto y a las buenas referencias, la contrataron, así que abandonó su empleo de maestra de escuela pública y se mudó a la casa de los señores.

No habían pasado ni dos meses desde su llegada en aquella casa, cuando un señor de familia aristocrática la conoció y se quedó prendado de ella.

Era un hombre soltero de unos cincuenta años, se llamaba Teodoro Massia y su linaje, Massia di Corullo, era uno de los más ilustres de la región.

Teodoro no tenía la costumbre de alternar con los de su clase y los señores de Cesira no solían verlo más de dos veces al año. Pero tras haber descubierto a la bella institutriz, se volvió un visitante asiduo de la casa y mostró un interés paternal por las niñas, que antes lo dejaban completamente indiferente, informándose acerca de sus progresos en los estudios, haciéndoles regalos y demás.

La institutriz no tardó en darse cuenta de que aquel hombre elegante y de alta cuna se valía de las niñas para llegar a ella, y su corazón alimentó las más locas esperanzas. En aquella época ella parecía mucho más joven de lo que era en realidad, y sus facciones infantiles conformaban una belleza poco usual y perfecta; embriagada por la esperanza, a su atractivo natural añadió los recursos de la coquetería.

En cuanto se encontraba en presencia de Teodoro cambiaba actitud, desorientando a sus pequeñas alumnas, que no sabían a qué atenerse ante los repentinos cambios de humor de la institutriz. De la persona severa a la que estaban acostumbradas, de repente pasaba a ser una alegre compañera de juegos, una maestra fantasiosa e indulgente; pero sus mentes ingenuas, incapaces de relacionar la feliz transformación con la presencia casual del solterón, se desilusionaban amargamente cuando, en su ausencia, el hechizo desaparecía y la alegría de la institutriz se desvanecía con la misma rapidez con que había surgido.

Como las niñas, Teodoro Massia se dejaba engañar por aquella amabilidad fingida. Los ojos resplandecían con exaltación en el rostro de color virginal; un espíritu audaz y temerario animaba sus delicadas extremidades. Su inocencia, cierta, junto con la torpeza provinciana, conferían a su extraordinaria vivacidad un toque patético e insólito que a Teodoro le encantaba. La evidente coquetería de la chica también lo halagaba; no cabía la menor duda, en efecto, de que estaba dedicada a él. Sin embargo, tanta dedicación no nacía del atractivo de Teodoro, sino de la ambición y el interés. Pero Teodoro no se daba cuenta. Desde su juventud había sido, a su manera, un sentimental y ahora, como les sucede a ciertas personas que han conducido una vida disipada y solazada, tendía a ingenuos excesos de sentimentalismo maduro. Por otra parte, hasta hacía pocos años, él, famoso por su libertinaje, había gozado de gran éxito entre las mujeres; no era difícil suponer que su atractivo en decadencia fuese suficiente en cualquier caso para deslumbrar a una pobre maestra.

Cuando ella lo conoció, ya había estado casado dos veces. La primera, apenas mayor de edad y contra la voluntad de su familia, con una chica de alcurnia pero muy pobre y enfermiza, que pocos años después de la boda lo dejó viudo. Incluso se rumoreaba que las infidelidades del marido le habían partido el corazón, llevándola a la tumba antes de tiempo. La segunda vez fue con una forastera rica y aventurera, que conoció y con la que se prometió en el extranjero. Esta, después de haber pagado generosamente las deudas del marido y haber disipado con él gran parte de su fortuna, había logrado, gracias a las leyes de su país, obtener el divorcio.

De joven, Teodoro había sido muy apuesto —como la mayoría de los Massia, ya fueran hombres o mujeres—. De complexión grande, alto y bien plantado, sus facciones regulares tenían los contornos suavizados de manera peculiar: los ojos grandes, acuosos, luminosos y una palidez tal que si hubiera sido una mujer se habría atribuido al maquillaje. A estas románticas virtudes hay que añadir la elocuencia amorosa entre tierna y épica, característica de algunos espíritus sensibles meridionales, que no perdía incluso su encanto cuando Teodoro se atascaba un poco, lo cual le sucedía de vez en cuando, sobre todo si se emocionaba. Este era su único defecto, pero en una persona tan agradable casi se transformaba en virtud.

Al no ser Teodoro Massia uno de los personajes principales de nuestra historia, les ahorraré a ustedes la vida que llevó hasta los cincuenta años. Basta con saber que desde su juventud hizo caso omiso, o mejor, desdeñó, la suerte que la vida le había deparado, las costumbres y los prejuicios de su clase; pero se equivocaría quien interpretara eso como vocación de santidad o heroísmo. Desgraciadamente, no perteneció al grupo de los elegidos y por el contrario no se ocupó más que de cultivar sus vicios, entre los cuales el desenfreno ocupaba el primer lugar.

Sin embargo, y a pesar de sus muchos pecados, Teodoro no traicionó nunca su principal cualidad: una generosidad temeraria y caballeresca, gracias la cual, a pesar de su frivolidad en el amor, conseguía el perdón, y hasta en algunos casos la gratitud, de sus víctimas. Con desprendimiento sin igual se entregaba en cuerpo y alma a cada aventura, incluso a las más pasajeras; si quería a una mujer, aunque fuese para un solo día, durante ese día era su esclavo, y se veía capaz de cometer cualquier tipo de espectacular y costosa locura por un enamoramiento pasajero e insignificante. Además poseía el don de la palabra, aún más, el don de creer en ellas; gracias al mágico y, fíjense bien, sincero, empleo del vocabulario poético y novelesco, transmutaba una vulgar aventura en una tragedia, tanto para él como para sus crédulas amantes. Y todas ellas cualquiera que hubiesen sido las amarguras y los tormentos infligidos, destino cruel, por Teodoro, al menos al final tenían la gran satisfacción de haber vivido no una aventura mediocre, sino una experiencia magnífica, y de haber interpretado un papel sublime.

A Teodoro no le gustaba dejar un mal recuerdo a nadie, y no solo porque era apacible de índole, sino también porque el ideal amoroso que hubiera deseado alcanzar era gentil y magnánimo, ajeno a la perfidia. Bien mirado, y tal vez a despecho de toda verosimilitud, prefería interpretar el papel de víctima, y tenía tanto éxito que alguna amante traicionada, seducida y abandonada, tuvo más piedad de él que de ella misma.

En efecto, a ojos de ellas, y en parte también en realidad, no era un traidor o un mujeriego, sino un hombre sacrificado permanentemente por un ideal; añadiremos que, queriendo especificar la naturaleza de este ideal, descubriríamos solo el semblante del ocio, el derroche y la inconsciencia. Era el caballero de fortuna que no puede detenerse aunque al partir se le haga trizas el corazón, porque su misión es realizar siempre nuevas gestas —que, según cuentan, en el caso de Teodoro resultarían ser un adulterio, un viaje de placer, o simplemente una partida de cartas, por ejemplo—. Era el rebelde que desprecia los convencionalismos, el privilegio social y el dinero, el despreocupado que echa a perder su vida, y si echaba a perder la suya, sería demasiado pedirle que se abstuviera de hacer lo mismo con la de los demás.

Dicho esto, nadie puede negar que a pesar de todo Teodoro fue leal. No solo de palabra, sino también de obra, y sacrificó a sus proezas pasajeras todo lo que poseía: belleza, juventud y salud, reconocimiento social y fortuna. Cuando Cesira lo conoció, el Teodoro apenas descrito ya no era tal. Tenía cincuenta años, pero aparentaba sesenta, y vislumbrar las huellas del atractivo de otro tiempo en su delgadez casi deforme aumentaba la sensación de desolación y melancolía; algo parecido a lo que se siente viendo un palacio que fue bello y noble convertido en una casa de juego o de citas. Los hombros y la espalda se le habían redondeado y encorvado, y las facciones, flácidas y deformadas por las arrugas, tenían una expresión curiosa, una mezcla de madurez informe y desmoronamiento senil. La mirada neblinosa bajo los párpados pesados, que aparecía casi siempre húmeda, viscosa como la de un perro, se encendía a veces con una infatuación de adolescente, dando a su rostro un aire casi grotesco. Con semejante aspecto y con sus modales, que eran una mezcla híbrida de inconsciencia, decadencia y pasión, Teodoro engendró en la maestra, desde el primer momento, un sentimiento que en realidad era más parecido a la repulsión que a la indiferencia, por no hablar de la simpatía. Pero desde lo más recóndito de su alma Cesira evitaba analizarlo. Su mente, casi obsesionada, no veía ya otra cosa que la posible y embriagadora metamorfosis de la maestra Cesira en una gran dama, y los sentimientos de la otra Cesira le importaban a esta lo que a una gran modista los de un maniquí de madera.

Hay que añadir que a la avidez y a la astucia se unía una curiosa ingenuidad. Teodoro era un señor: tenía un apellido de señor, vestía como los señores y se codeaba con ellos. Estos atributos eran suficientes para considerarlo poseedor de todas las virtudes, y ella no se preocupó de indagar más allá de este postulado mágico. Entre el personal de servicio había quien había aludido en su presencia a Teodoro Massia como a un personaje en ciertos aspectos turbio, arrinconado o deshonrado. Pero en primer lugar, en la concepción mítica de Cesira, la decadencia de un gran señor equivalía, en cualquier caso, a una fastuosidad impensable para el común de los mortales. En segundo lugar, ella no tenía dudas de que aquella gente lo criticaba por ruindad o envidia. Y por último, era demasiado orgullosa para confiarse con la servidumbre o para dar crédito a sus chismes, a los que concedió la misma atención que una profetisa poseída por los dioses prestaría al zumbido de una mosca. Su mente pura no supo adivinar en el consumido aspecto de Teodoro los efectos visibles de una vida de excesos y depravaciones. Y tampoco se dio cuenta, ignorando como ignoraba las costumbres de la alta sociedad, de que si el caballero ostentaba desdén para con sus semejantes, era porque la mayor parte de estos lo había repudiado desde hacía tiempo a causa de sus escándalos, y solo una minoría lo toleraba de mala gana. A esta minoría pertenecían, en efecto, los señores de la casa, pero el enamoramiento senil de su invitado y el excesivo entusiasmo de la institutriz no les pasaron desapercibidos por mucho tiempo. Inmediatamente dieron a entender a Teodoro que sería oportuno que visitara con menos frecuencia la casa. Y como poco tiempo después llegó a sus oídos que Cesira había recibido una carta de Teodoro de su propia mano y que no la había rechazado, despidieron a la incauta institutriz. Por casualidad tuvieron la suerte de que, justo en aquellos días, una pariente suya que era monja había ascendido a superiora de un convento de la ciudad que se ocupaba de la educación de señoritas; así que aprovecharon la ocasión para matricular a las niñas como alumnas externas, y esto les sirvió de excusa para despedir sin escándalo a la maestra. Como el pretexto le fue comunicado con amabilidad, Cesira fingió creérselo, convenciéndose incluso a sí misma, y encajó el despido intempestivo sin sentirse demasiado humillada. Además del sueldo que le correspondía, recibió de los señores una pequeña suma en concepto de liquidación, y abandonada la noble residencia donde había vivido durante algunos meses, se quedó sola y sin muchos recursos en la ciudad.

Tal vez habría podido encontrar fácilmente un nuevo trabajo como maestra de escuela en alguna localidad o pueblo de la provincia, pero odiaba la idea de dejar la ciudad en la que residían todas sus esperanzas, y decidió quedarse a toda costa. Tras alquilar una habitación amueblada en el casco antiguo, en casa de una honesta viuda, se puso a buscar clases particulares para mantenerse, mientras esperaba que un destino más propicio llamase a su puerta.

Este fue el segundo acto heroico de su vida. Y la suerte pareció premiar su valentía: el anhelado destino, que por supuesto se llamaba Teodoro Massia, no tardó en volver en búsqueda de la bella institutriz a su nueva casa. Empezó a cortejarla de manera insistente, enviándole cartas ridículas por su fervor, que sin embargo turbaban el frío corazón de la destinataria, sobre todo gracias al escudo de armas que llevaba el papel en que estaban escritas. En ellas el enamorado suplicaba mil veces que le concediera una cita, pero Cesira, no por coquetería sino por discreción natural, dudó algunos días antes de responderle. Impaciente como un mozo, Teodoro se dedicó entonces a pasear bajo su ventana, o por delante de la puerta de su casa, esperando. Hasta que un buen día Cesira, ruborizada, se paró a escucharlo, y quedó con él en el parque para la tarde del día siguiente.

Allí le esperaba una terrible sorpresa. Como ya he contado, a pesar de sus veintisiete años, Cesira era, en algunos aspectos, ingenua como una niña, así que no había sospechado jamás que alguien pudiese cortejarla con una finalidad que no fuese la de casarse con ella. A decir verdad, en sus cartas Teodoro no se había pronunciado todavía al respecto, pero expresaba su amor de manera tan respetuosa e ideal que era imposible que suscitase desconfianza. Sin embargo, hallándose delante de Cesira, empezó a expresar ideas nuevas, razonamientos que a ella le parecían incomprensibles y le sonaban extraños. La voz de Teodoro, apasionada y seductora, hacía que se sintiera incómoda, y el malestar aumentaba cuando se le trababan ligeramente las palabras, cosa que le ocurría de vez en cuando desde joven y ahora de forma más frecuente y lamentable. Como estaba apabullada y no contestaba, Teodoro interpretó su silencio como una incitación a manifestar sus intenciones. Navegando por sus frases enfáticas y ceremoniosas, la chica comprendió por fin, sin lugar a dudas, que le estaba haciendo propuestas deshonestas.

Rojas las mejillas, apartada la expresión circunspecta e hipócrita que había tenido hasta hacía un instante, a Cesira se le dibujó en la boca una mueca de sincera sorpresa, de desdén, de repulsión brutal. Un observador más agudo habría interpretado en aquel rostro incluso un rencor repentino, bastante cercano al odio. Pero Teodoro, ciego ante la explosión espontánea de su aversión, lo interpretó solamente como la defensa del honor ofendido. Tampoco tuvo tiempo suficiente para observar a aquella encantadora arpía, ya que Cesira, en un santiamén y sin pronunciar palabra, se estaba alejando, volviendo a paso ligero, casi precipitadamente, por donde había venido.

Poco después, encerrada en su habitación alquilada, la mujer sollozaba por su orgullo herido y por la esperanza perdida. Mientras tanto en su palacete, Teodoro, en un arranque de exaltación y remordimiento, le escribía una carta dramática en la que le suplicaba que lo perdonase y que le concediese el honor de ser su esposa.

Quien hubiese leído aquella carta sin conocer a su autor habría asegurado que estaba escrita por un adolescente y no por un hombre maduro, casi embrutecido por sus vicios. Teodoro obedecía en efecto a un sentimiento que no recordaba haber vuelto a experimentar desde los tiempos en que, contra la voluntad de su familia, condujo al altar a su primera esposa. Era un sentimiento lleno de ímpetu juvenil y de compromiso sincero; un fuego que, se supone, no se alimenta solo de belleza, sino que requiere además el deseo de abrazar y defender la honestidad indefensa y la pobreza orgullosa. Teodoro se convenció de sentirlo en el momento mismo en que Cesira se ruborizó escuchando sus propuestas deshonestas y salió huyendo temblorosa.

Reflexionando sobre el horror sincero que aquel rostro expresaba, él no podía perdonarse el haber ofendido a una criatura tan inocente, tratándola come a una cualquiera. Además le venía a la cabeza la indumentaria de ella, pretenciosa pero pobre, y se reprochaba el haber degradado su pobre condición con una conducta imprudente. En efecto, si bien mucha gente se había creído la excusa de los señores para despedir a la señorita, la conciencia de Teodoro le sugería la verdadera razón de aquel gesto inesperado. Es decir, el fuego de Teodoro se alimentaba de mil pensamientos nobles y se convenció, como cuando se había casado por primera vez, de que su amor era virtuoso y destinado al matrimonio.

Pero si retrocediésemos a veinticinco años antes, descubriríamos que, antes de dar el apelativo de novia a la chica aristocrática pero sin dote que se convertiría en su primera esposa, Teodoro la había deshonrado, como suele decirse. Y que la chica tenía muchos hermanos que iban jurando por la ciudad que lavarían con la sangre de Teodoro el honor de su hermana si no se casaba con ella. Amenazaban con dispararle a bocajarro, y eran tipos que acostumbraban a cumplir las promesas.

Dicho esto y dejando de lado el pasado, volviendo a Cesira y a su tiempo, tendríamos la tentación de preguntarnos cuánto influyó en el noble impulso matrimonial de Teodoro Massia la repentina convicción de que la única manera de satisfacer su capricho era casarse. En efecto, quien conozca tan bien como yo a Teodoro tiene la tentación de preguntárselo, pero puesto que él estaba sinceramente convencido de que los motivos eran virtuosos, ¿qué derecho tenemos nosotros a enturbiar su pureza siendo mal pensados?

Él quiso que el noviazgo fuera breve. Durante el tiempo que duró, a la habitación desangelada de la maestra llegaban cada día cestas de flores dignas de una gran duquesa o de una gran dama de corte y regalos de todo tipo. Pero lo que la novia no sabía es que Teodoro se gastaba en esos regalos la última calderilla que le quedaba; por aquel entonces, en efecto, su patrimonio personal se había agotado desde hacía tiempo. A pesar de que aún vivía en el palacete de la calle Mayor, las deudas lo habían hipotecado, y disponía solo de un carruaje y de un cochero —que cuando se emborrachaba, siguiendo el ejemplo de su amo, hablaba mal de él.

Estas llamativas sobras de una riqueza que ya no existía bastaban para engañar a Cesira, la pobre provinciana. Y Teodoro por su parte le ocultó la verdad, bien porque presentía que el amor de ella habría menguado con el descubrimiento, bien porque esperaba que su vida de rico a golpes de suerte, de apaños y de deudas fuera para largo.

En cuanto a ella, se consideraba una heroína semejante a las protagonistas de las novelas populares que había devorado durante las tardes y las noches en su habitación del pueblo. Y si bien solo con cogerse al brazo del novio sentía una ligera congoja, disimulaba con hipocresía su repugnancia; de tal modo, él atribuía a una timidez virginal sus frialdades repentinas, y tomaba por amor los excesos de risa, griteríos y locuras por las que ella se dejaba llevar. Era sin embargo la perspectiva de ser una dama, de tener un carruaje y de mostrarse en un palco cubierta de diamantes lo que la trastornaba; en aquellos momentos sí que estaba enamorada, pero de su propia imagen, como Narciso.

Así llegó el día de la boda, que se celebró con la gran pompa que Cesira había fantaseado en su delirio de vanidad. Pero ninguno de los aristocráticos parientes —que había oído solo nombrar— apareció, ni tampoco les felicitó o les hizo un regalo. Hacía tiempo que estaban molestos con Teodoro, considerado la vergüenza de la familia; lo habían arrinconado, siendo como eran gente de costumbres estrictas y devota de la Iglesia, y su boda truncó definitivamente los lazos. Ninguno de aquellos señores quiso saber nunca más nada de él ni de su maestra, nadie quiso conocerla. Por otra parte, desde su juventud, Teodoro había preferido elegir sus amistades en otro ambiente.

Los invitados que asistieron a la boda pertenecían a una sociedad híbrida y excéntrica, de costumbres disipadas y apariencia pomposa, que la inexperiencia de la novia no dudó en considerar verdaderos caballeros. La mañana de la boda algunos tenían los ojos enrojecidos y ojerosos por falta de sueño, muchos se emborracharon durante el banquete, y alguno pronunció incluso palabras soeces. Las pocas mujeres que había eran groseras, y la novia tuvo la impresión de que le tomaban el pelo. Más tarde, cuando delante del espejo Cesira se quitó el tocado de novia, ya casi marchito, al dárselo a la sirvienta, una chica que parecía desconfiada y negligente, le pareció que esta trataba mal adrede sus flores delicadas, así que por el gusto de mandar y desahogar con alguien la amargura que ocultaba y que ya la roía, la llamó idiota de puro pataleo. La chica, enfurecida y con una familiaridad insultante, le contestó que se buscase otra doncella si no estaba contenta. Cesira hubiera querido reprenderla, darle una bofetada, pero tuvo la súbita sensación, aún vaga, de estar sola y desprotegida en manos de aquella insolente y de los personajes vulgares que habían asistido a la boda. Un rubor repentino le quemó la piel y se calló, pero mientras se cambiaba para el viaje, ayudada por aquella mujer, temblaba como si tuviese fiebre.

Si la parentela abandonó a Teodoro a causa de su matrimonio, hubo otra clase de personas que por el mismo motivo se apresuraron a echársele encima: sus innumerables acreedores. Hasta aquel día habían tenido la esperanza de que tal vez, decidiéndose a contraer nuevas nupcias, encontrase a cambio de su nombre ilustre una rica dote que, como ya había sucedido en el pasado, solventase su desastrosa situación financiera. O bien de que la edad acabara por domar su espíritu y, arrepentido, abrazase una vida religiosa y sobria, en cuyo caso sus parientes tal vez habrían estado dispuestos a perdonarlo y a liquidar al menos una parte de sus deudas, recuperando así no solo a Teodoro, sino también el honor del apellido. Esta esperanza, aunque remota, junto con el respeto que en la ciudad se tenía a su familia, habían sido suficientes, hasta ese momento, para que los acreedores fueran prudentes. Pero cuando la parentela —sus padres habían muerto y de los muchos que eran le había quedado solo el hermano mayor, su más acérrimo enemigo, que vivía en una ciudad del norte, y una hermana casada, mucho más joven que él, que también era su enemiga— ostentó casi con desprecio su repudio, y resultó claro que Teodoro

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