1
Jerusalén, época actual
«Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando.» Aquella frase de Mohamed Ziad la había atormentado desde el mismo instante en que la había escuchado de labios de su hijo Wädi Ziad. No podía dejar de pensar en aquellas palabras mientras conducía bajo un sol implacable que doraba las piedras del camino. El mismo color dorado de las casas que se apiñaban en la nueva ciudad de Jerusalén construidas con esas piedras engañosamente suaves, pero duras como las rocas de las canteras de donde habían sido arrancadas.
Conducía despacio dejando que su mirada vagara por el horizonte donde las montañas de Judea se le antojaban cercanas.
Sí, iba despacio aunque tenía prisa; sin embargo, necesitaba saborear aquellos instantes de silencio para evitar que las emociones la dominaran.
Dos horas antes no sabía que iba a emprender el camino que la llevaría hacia su destino. No es que no estuviera preparada. Lo estaba. Pero a ella, que le gustaba planear hasta el último detalle de su vida, le había sorprendido la facilidad con que Joël había conseguido la cita. No le había costado ni una docena de palabras.
—Ya está, te recibirá a mediodía.
—¿Tan pronto?
—Son las diez, tienes tiempo de sobra, no está muy lejos. Te lo señalaré en el mapa, no es complicado llegar.
—¿Conoces bien el lugar?
—Sí, y también los conozco a ellos. La última vez que estuve allí fue hace tres semanas con los de Acción por la Paz.
—No sé cómo se fían de ti.
—¿Y por qué no iban a fiarse? Soy francés, tengo buenos contactos, y las almas cándidas de las ONG necesitan quien les oriente por los líos burocráticos de Israel, alguien que les tramite los permisos para cruzar a Gaza y Cisjordania, que consiga una entrevista con algún ministro ante el que protestar por las condiciones en que viven los palestinos; les proporciono camiones a buen precio para trasladar la ayuda humanitaria de un lugar a otro… Mi organización hace un buen trabajo. Tú puedes dar fe de ello.
—Sí, vives de los buenos sentimientos del resto del mundo.
—Vivo de prestar un servicio a los que viven de la mala conciencia de los demás. No te quejes, no hace ni un mes que os pusisteis en contacto con nosotros, y en ese tiempo te he conseguido citas con dos ministros, con parlamentarios de todos los grupos, con el secretario de la Histadrut, facilidades para entrar en los Territorios, te has podido entrevistar con un montón de palestinos… Llevas cuatro días aquí y ya has cumplido con la mitad del programa que tenías previsto.
Joël miró con fastidio a la mujer. No le caía bien. Desde que la recogió en el aeropuerto cuatro días atrás había notado su tensión, su incomodidad. Le molestaba la distancia que ponía entre ellos al insistir en que la llamara señora Miller.
Ella le sostuvo la mirada. Tenía razón. Había cumplido. Otras ONG utilizaban sus servicios. No había nada que Joël no pudiera conseguir desde esa oficina con vistas de la Vieja Jerusalén a lo lejos. Con él trabajaban su mujer, que era israelí, y cuatro jóvenes más. Dirigía una empresa de servicios muy apreciada por las ONG.
—Te diré algo de ese hombre: es una leyenda —dijo Joël.
—Hubiese preferido hablar con su hijo, es lo que te pedí.
—Pero está de viaje en Estados Unidos invitado por la Universidad de Columbia para participar en un seminario, y cuando regrese, tú ya te habrás ido. No tienes al hijo, pero tienes al padre; créeme cuando te digo que ganas con el cambio. Es un viejo formidable. Tiene una historia…
—¿Tanto le conoces?
—En ocasiones los del ministerio les envían a la gente como tú. Es una «paloma», todo lo contrario que su hijo.
—Precisamente por eso me interesa hablar con Aarón Zucker, porque es uno de los principales líderes de la política de asentamientos.
—Ya, pero el padre es más interesante —insistió Joël.
Se quedaron en silencio para evitar una de esas absurdas discusiones en las que se enzarzaban. No habían congeniado. Él la encontraba exigente; ella sólo veía su cinismo.
Y ahora estaba ya de camino. Cada vez se sentía más tensa. Había encendido un cigarrillo y aspiraba el humo con fruición mientras fijaba la mirada en aquella tierra ondulada en la que a ambos lados de la carretera parecían trepar unos cuantos edificios modernos y funcionales. No había cabras, pensó dejándose llevar por la imagen bíblica, pero ¿por qué habría de haberlas? No quedaba sitio para las cabras junto a aquellas moles de acero y cristal que eran la enseña de la prosperidad de la moderna Israel.
Unos minutos más tarde salió de la autopista y enfiló una carretera que llevaba hacia un grupo de casas situadas sobre una colina. Aparcó el coche delante de un edificio de piedra de tres plantas idéntico a otros que se alzaban sobre un terreno rocoso; desde allí, los días despejados, se alcanzaba a ver las murallas de la Ciudad Vieja.
Apagó el cigarrillo en el cenicero del coche y respiró hondo.
Aquel lugar parecía una urbanización burguesa, como tantas otras. Casas de varios pisos, rodeadas de jardines ocupados por columpios y toboganes para los niños y coches alineados junto a aceras impolutas. Se respiraba tranquilidad, seguridad. No le costaba imaginar cómo eran las familias que vivían ahora dentro de aquellas casas, aunque sabía cómo había sido ese lugar décadas atrás. Se lo habían contado algunos viejos palestinos con la mirada perdida en los recuerdos de aquellos días en los que eran ellos quienes vivían en ese pedazo de tierra porque aún no habían llegado los otros, los judíos.
Subió las escaleras. Apenas apretó el timbre, la puerta se abrió. Una mujer joven que no tendría ni treinta años la recibió sonriente. Vestía de manera informal, con pantalones vaqueros, una camiseta amplia y zapatillas deportivas. Su aspecto era igual al de tantas otras jóvenes, pero habría destacado entre miles por su franca sonrisa y su mirada cargada de bondad.
—Pase, la estábamos esperando. Usted es la señora Miller, ¿verdad?
—Así es.
—Soy Hanna, la hija de Aarón Zucker. Siento que mi padre esté de viaje, pero como insistieron tanto desde el ministerio, mi abuelo la atenderá.
Del minúsculo recibidor pasaron a un salón amplio y luminoso.
—Siéntese, avisaré a mi abuelo.
—No hace falta, aquí estoy. Soy Ezequiel Zucker —dijo una voz procedente del interior de la casa. Un instante después apareció un hombre.
La señora Miller clavó su mirada en él. Era alto, tenía el cabello cano y los ojos de color gris; a pesar de la edad, parecía ágil.
Le estrechó la mano con fuerza y la invitó a tomar asiento.
—Así que quería usted ver a mi hijo…
—En realidad quería conocerlos a los dos, aunque sobre todo a su hijo puesto que es uno de los principales impulsores de la política de asentamientos…
—Sí, y es tan convincente que el ministerio le envía a los visitantes más críticos para que les explique la política de asentamientos. Bien, usted dirá, señora Miller.
—Abuelo —interrumpió Hanna—, si no te importa, me voy. Tengo una reunión en la universidad. Jonás también está a punto de irse.
—No te preocupes, puedo arreglármelas solo.
—¿Cuánto tiempo necesita? —preguntó Hanna a la señora Miller.
—Intentaré no cansarle… Una hora, un poco más quizá… —respondió la mujer.
—No hay prisa —dijo el anciano—, a mi edad el tiempo no cuenta.
Se quedaron solos y él notó su tensión. Le ofreció té, pero ella lo rechazó.
—Así que usted trabaja para una de esas ONG que están subvencionadas por la Unión Europea.
—Trabajo para Refugiados, una organización que estudia sobre el terreno los problemas que sufren las poblaciones desplazadas a causa de conflictos bélicos, catástrofes naturales… Intentamos evaluar el estado de los desplazados, y si las causas que han provocado el conflicto están en vía de solución, o cuánto puede durar su situación, y si lo creemos conveniente instamos a los organismos internacionales a que adopten medidas para paliar el sufrimiento de los desplazados. Nuestros estudios son rigurosos, y por eso recibimos ayuda de instituciones comunitarias.
—Sí, conozco los informes de Refugiados sobre Israel. Siempre críticos.
—No se trata de opiniones sino de realidades, y la realidad es que desde 1948 miles de palestinos han tenido que abandonar sus hogares, se han visto despojados de sus casas, de sus tierras. Nuestra labor es evaluar la política de asentamientos que todavía está produciendo más desplazados. Donde nos encontramos ahora, aquí en esta colina, hubo una aldea palestina de la que no queda nada. ¿Sabe qué suerte corrieron los habitantes de aquella aldea? ¿Dónde están ahora? ¿Cómo sobreviven? ¿Podrán recuperar algún día el lugar donde nacieron? ¿Qué sabe usted de su sufrimiento?
Inmediatamente se arrepintió de sus últimas palabras. Aquél no era el camino. No podía mostrar tan abiertamente sus sentimientos. Tenía que intentar mantener una actitud más neutral. No de complacencia, pero tampoco de animadversión.
Se mordió el labio inferior mientras esperaba la respuesta del hombre.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—¿Cómo dice?
—Le pregunto por su nombre. Resulta muy envarado llamarla señora Miller. Usted puede llamarme Ezequiel.
—Bueno, no sé si es correcto… Procuramos no confraternizar cuando estamos trabajando.
—Mi intención no es confraternizar con usted, pero sí que nos llamemos por nuestros respectivos nombres. Vamos, ¡no estamos en Buckingham Palace! Está usted en mi casa, es mi invitada y le pido que me llame Ezequiel.
Aquel hombre la desconcertaba. Quería negarse a darle su nombre, desde luego no pensaba llamarle a él por el suyo, pero si él decidía dar por terminada la conversación, entonces… entonces habría desaprovechado la mejor oportunidad que iba a tener nunca para llevar a cabo aquello que tanto la atormentaba.
—Marian.
—¿Marian? Vaya…
—Es un nombre común.
—No se disculpe por llamarse Marian.
Sintió rabia. Él tenía razón, se estaba disculpando por su nombre, y no tenía por qué.
—Si le parece bien, le daré el cuestionario que traigo preparado y que servirá de base para el informe que debo redactar.
—Supongo que hablará con más personas…
—Sí, tengo una larga lista de entrevistas: funcionarios, diputados, diplomáticos, miembros de otras ONG, organizaciones religiosas, periodistas…
—Y palestinos. Supongo que hablará con ellos.
—Desde luego, ya lo he hecho, ellos son el motivo de mi trabajo. Antes de venir a Israel he estado en Jordania y he tenido la oportunidad de hablar con muchos palestinos que tuvieron que huir después de cada guerra.
—Me preguntaba usted por el sufrimiento de los desplazados… Bien, yo podría hablarle horas, días, semanas enteras sobre el sufrimiento.
Costaba creer que aquel hombre alto y fuerte, que a pesar de su edad desprendía confianza en sí mismo con aquella mirada gris acero que denotaba que tenía una gran paz interior, supiera de verdad lo que era el sufrimiento ajeno. No iba a negarle que hubiera padecido, pero eso no implicaba que fuera capaz de sentir el dolor de los demás.
—¿Cómo sabe que aquí hubo una aldea árabe? —preguntó de pronto captando el desconcierto de ella.
—En mi organización tenemos información detallada de todos y cada uno de los pueblos y aldeas de Palestina, incluso de las que ya no existen desde la ocupación.
—¿Ocupación?
—Sí, desde que llegaron los primeros emigrantes judíos hasta la proclamación del Estado de Israel, además de todo lo que ha pasado posteriormente.
—¿Qué es lo que quiere saber?
—Quiero que me hable de la política de ocupación, de los asentamientos ilegales, de las condiciones de vida de los palestinos que ven derruidas sus casas por acciones de venganza… de por qué continúan levantando asentamientos en lugares que no les pertenecen… De todo eso pretendía hablar con su hijo. Sé que Aarón Zucker es uno de los más firmes defensores de la política de asentamientos, sus artículos y conferencias le han hecho famoso.
—Mi hijo es un hombre honrado, un militar valiente cuando ha servido en el ejército, y siempre se ha destacado por decir en voz alta lo que piensa, sin importarle las consecuencias. Es más sencillo lamentarse por la política de asentamientos, incluso no decir nada, pero íntimamente apoyarla. En mi familia preferimos dar la cara.
—Por eso estoy aquí, por eso en el Ministerio de Exteriores me han enviado a hablar con su hijo. Es uno de los líderes sociales de Israel.
—Usted cree que quienes defienden los asentamientos son poco menos que unos monstruos…
Marian se encogió de hombros. No le iba a decir que, efectivamente, era lo que pensaba. La entrevista no estaba discurriendo por los derroteros que se había fijado.
—Le diré lo que yo pienso: no soy partidario de que se construyan nuevos asentamientos. Defiendo el derecho de los palestinos a tener su propio Estado.
—Ya, pero su hijo Aarón piensa todo lo contrario.
—Pero es conmigo con quien está hablando. Y no me mire como si fuera un viejecito, no soy ningún ingenuo.
La puerta de la sala se abrió y apareció un joven alto, vestido de soldado, con un subfusil colgado al hombro. Marian se alarmó.
—Es mi nieto Jonás.
—Así que es usted la de la ONG… Perdone pero no he podido evitar escuchar sus últimas palabras. Me gustaría darle también mi opinión, si mi abuelo me lo permite.
—Jonás es hijo de Aarón —explicó Ezequiel Zucker a Marian.
—La política de asentamientos no es algo caprichoso, se trata de nuestra seguridad. Mire usted el mapa de Israel, fíjese en nuestras fronteras… Los asentamientos forman parte del frente en que nos vemos obligados a luchar —afirmó Jonás con tanta convicción que a Marian le molestó y sintió un rechazo instintivo hacia aquel joven.
—¿Luchan contra mujeres y niños? ¿Qué gloria hay en derruir las casas donde malviven las familias palestinas? —preguntó Marian.
—¿Acaso debemos dejarnos matar? Las piedras hieren. Y en esas aldeas donde parece que viven apacibles familias también hay terroristas.
—¿Terroristas? ¿Usted llama terrorista a quien defiende su derecho a vivir en el pueblo donde ha nacido? Además, la política de asentamientos sólo busca quedarse con un territorio que no les pertenece. Las resoluciones de Naciones Unidas sobre las fronteras de Israel son meridianamente claras. Pero su país hace una política de hechos consumados. Construyen un asentamiento en zonas donde viven los palestinos, los acorralan, les hacen la vida imposible, hasta lograr que se vayan.
—Es usted una mujer apasionada, no sé por qué se molesta en venir aquí para redactar un informe. Es evidente que tiene las cosas claras, nada de lo que pudieran decirle mi abuelo o mi padre cambiaría su manera de pensar, ¿me equivoco?
—Tengo la obligación de escuchar a todas las partes.
—Trata de cubrir un trámite, nada más.
—Basta, Jonás, dejemos a la señora Miller hacer su trabajo. —La voz de Ezequiel Zucker no daba lugar a una nueva respuesta de su nieto.
—De acuerdo, ya me voy. —Y el joven salió sin despedirse.
Marian leyó en los ojos grises de Ezequiel Zucker que iba a dar por zanjada aquella conversación que ella no había sabido manejar. Pero no podía irse. Aún no.
—Creo que aceptaré ese té que me había ofrecido.
Ahora era él quien parecía desconcertado. No tenía ganas de seguir conversando con aquella mujer, pero tampoco quería mostrarse grosero.
Cuando regresó con el té, la encontró mirando a través de los ventanales. No era una mujer hermosa, pero sí atractiva. De mediana estatura, delgada, con el cabello negro recogido. Calculó que hacía tiempo que había cumplido los cuarenta, que estaba más cerca de los cincuenta. La notaba desasosegada y ese desasosiego le pareció contagioso.
—En aquella dirección está Jerusalén —dijo mientras colocaba la bandeja con el té sobre una mesita baja.
—Lo sé —respondió Marian.
Se esforzaba por componer una sonrisa, pero él ya no parecía dispuesto a la conversación.
—Antes dijo que podría hablar semanas enteras de sufrimiento…
—Sí, podría —respondió él con sequedad.
—¿De dónde es usted, Ezequiel? ¿Cuál es su país de origen?
—Soy israelí. Ésta es mi patria.
—Imagino que para un judío lo más importante es sentir que tiene una patria —dijo ella haciendo caso omiso del tono distante del hombre.
—Nuestra patria, sí. Nadie nos la ha regalado. Teníamos derecho a ella. Y no he venido de ninguna parte. Nací aquí.
—¿En Palestina?
—Sí, en Israel. ¿Le sorprende?
—No…
—En realidad mis padres eran rusos y mis antepasados polacos. Hay muchos rusos de origen polaco; ya sabe, Polonia siempre estuvo en el punto de mira de los rusos, y cada vez que éstos se quedaban con un pedazo de tierra polaca, los judíos polacos pasaban a ser rusos. La vida de los judíos no era fácil en Rusia, de hecho no lo era en ningún lugar de Europa, aunque la Revolución francesa dio un vuelco a nuestra situación. Las tropas de Napoleón exportaban la idea de la libertad allá por donde iban, pero esas ideas chocaron con la Rusia de los zares. Si en Europa Occidental nuestras condiciones de vida cambiaron, y muchos judíos se convirtieron en hombres preeminentes y políticos importantes, en Rusia no sucedió así.
—¿Por qué?
—El zar y sus gobiernos eran profundamente reaccionarios y temerosos de todo lo que creían diferente. De manera que a los judíos los hacían vivir en las llamadas «Zonas de Residencia», situadas en ciudades del sur de Rusia, en Polonia, Lituania, Ucrania, que entonces eran parte del imperio ruso. Ni siquiera pesó en el ánimo de la corte rusa la lealtad de los judíos cuando Napoleón invadió el país.
»Catalina no nos quería, en realidad es difícil encontrar un zar o una zarina que nos quisiera como súbditos.
—Se refiere a Catalina la Grande.
—Sí, claro. Hizo todo lo posible para expulsarnos.
—Pero no lo logró…
—No, no lo logró; tuvo que conformarse con aprobar medidas que restringían las actividades de los judíos. No eran muchos los judíos que vivían dignamente en aquel tiempo: algunos comerciantes, algunos prestamistas, algunos médicos… Sí, los hubo que consiguieron permisos especiales y lograron vivir casi como ciudadanos normales. ¿Ha oído hablar de los pogromos?
—Naturalmente, sé lo que fueron los pogromos.
—En 1881 hubo un atentado contra el zar Alejandro II y entre los participantes en el complot había una mujer, judía, Gesia Gelfman. En realidad su participación no fue relevante, pero sirvió de espita para que se desencadenara una violencia salvaje contra los judíos de todo el imperio. Aquel pogromo comenzó en Yelisavetgrad, y se extendió a Minsk, Odessa, Balti… Miles de judíos fueron asesinados. Un año después, muchos de los que sobrevivieron tuvieron que abandonar cuanto tenían porque el nuevo zar, Alejandro III, firmó una orden de expulsión.
—¿Su familia sufrió aquellos pogromos?
—¿Le interesa saberlo?
—Sí —musitó ella. Necesitaba que el hombre se relajara. Ella también lo necesitaba.
—Si tiene tiempo para escuchar la historia…
—Puede ser una manera de entender mejor las cosas.
2
San Petersburgo - París
«Mi abuelo paterno era comerciante de pieles, lo mismo que lo había sido su padre, Simón. Viajaban por Europa vendiendo pieles rusas a los peleteros, que con ellas cosían sofisticados abrigos para sus clientas ricas. En Francia se encontraban sus mejores clientes. En París, Simón tenía un amigo peletero, monsieur Elías. Cuando Simón murió, mi abuelo Isaac continuó con el negocio y lo amplió. Mi abuelo Isaac solía cambiar parte de su mercancía por esos abrigos ya confeccionados que luego vendía en la corte de San Petersburgo. Las aristócratas rusas gustaban de cuanto llegaba de París.
Mi abuela Esther era francesa, hija de monsieur Elías, quien no pudo evitar que el joven Isaac se llevara a su niña, por más que se opuso. Monsieur Elías se había quedado viudo y Esther era su única hija. Isaac y Esther se casaron en París y de allí emprendieron viaje hasta un pueblo cercano a Varsovia, la casa donde Isaac vivía con su madre viuda, Sofía. Tuvieron tres hijos, Samuel, Anna y Friede, el más pequeño. Se llevaban todos un año de diferencia entre ellos. Monsieur Elías siempre se lamentaba de tener a su hija y a sus nietos lejos, y cuando Samuel, mi padre, cumplió diez años, mi abuelo Isaac decidió llevarle con él a Francia para que conociera a su abuelo. Samuel no gozaba de buena salud y su madre se separó de él llena de aprensión. Sabía que para monsieur Elías sería un regalo conocer a su nieto mayor, pero se preguntaba si Samuel sería capaz de aguantar los inconvenientes de un viaje tan largo.
—No te preocupes, nuestro Samuel ya casi es un hombre —la consoló su suegra, Sofía—, e Isaac sabrá cuidar de él.
—Sobre todo procura que no se enfríe, y si tiene fiebre, quedaos en alguna posada y dale este jarabe. Le aliviará —insistió Esther.
—Sabré cuidar de nuestro hijo; ocúpate tú de los demás, no los pierdas de vista, sobre todo a Friede, el pequeño es demasiado inquieto. Me voy tranquilo sabiendo que no estáis solos, que cuentas con el apoyo de mi madre.
Para Isaac había sido un alivio que Esther congeniara con su madre. Sofía era una mujer de carácter, pero se había rendido ante la bondad de Esther. Nuera y suegra parecían madre e hija.
Tras varias semanas de viaje, Isaac y Samuel llegaron a París; allí supieron las noticias de los disturbios que estaban produciéndose por toda Rusia.
—Han asesinado al zar. He oído decir que hay judíos implicados en la conspiración —anunció monsieur Elías.
—¡No puede ser! El zar ha mejorado las condiciones de vida de nuestra comunidad. ¿Qué ganaríamos los judíos con su desaparición? —respondió Isaac.
—Parece que algunos se están tomando la justicia por su mano y han atacado algunos pueblos judíos de la Zona de Residencia… —añadió monsieur Elías.
—¡Es la excusa que necesitaban todos los que se oponían a la política del zar para con los judíos! Espero que se imponga la razón y la verdad.
—Es terrible que en Rusia a los judíos no se les permita salir de las Zonas de Residencia —se lamentó monsieur Elías—. Al menos en Francia podemos vivir en las ciudades, y aquí mismo, en el corazón de París.
—La idea maldita de las Zonas de Residencia se la debemos a la zarina Catalina. Los consejeros de la Gran Catalina quisieron cortar las alas a nuestros artesanos y mercaderes. Pero ahora son muchos los judíos que viven en la mismísima San Petersburgo. Se necesitan permisos especiales, pero se pueden conseguir —explicó Isaac.
—Sí, pero no para todos —replicó monsieur Elías—. Menos mal que vuestro hogar no está lejos de Varsovia. Temería por vosotros si vivierais en Moscú o en San Petersburgo.
No podían ocultar la preocupación que les embargaba. Las noticias que llegaban desde Rusia eran tan confusas que hacían que temieran por la suerte de la familia.
—Samuel y yo regresaremos de inmediato. No estaré tranquilo hasta ver a mi esposa y a mis hijos. Sé que mi madre cuida de ellos, pero no puedo dejarlos solos por más tiempo.
—Yo tampoco descansaré hasta saber que has llegado y reciba tus noticias comunicándome que todos están bien. Debes marchar cuanto antes.
Dos días después acudió a visitarlos un viejo amigo de monsieur Elías, un hombre bien relacionado en la corte.
—No podéis regresar. Están matando a cientos de judíos. Los disturbios han comenzado en Yelisavetgrad, pero se han extendido por toda Rusia —explicó el visitante.
Monsieur Elías se dolía de la situación.
—A lo mejor es peligroso que regreséis… —dijo sin demasiado convencimiento porque en el fondo de su corazón anhelaba saber cuanto antes que su querida hija Esther y sus nietos no corrían ningún peligro.
—No podemos quedarnos aquí, he de regresar. Mi esposa y mis hijos me pueden necesitar —respondió sin dudar Isaac.
—Quizá deberías dejar conmigo a Samuel. No para de toser, y hay días en que la fiebre le deja postrado en la cama.
—Lo sé, pero no puedo dejarle aquí. Esther no me lo perdonaría. Quiere a todos nuestros hijos por igual, pero con Samuel ha sufrido mucho a causa de su mala salud. Si no regresamos juntos pensaría que le ha pasado algo.
—Conozco a mi hija, sé que preferiría que Samuel se quedara aquí a salvo.
Monsieur Elías no pudo convencer a mi abuelo Isaac, que en cuanto pudo, se puso en camino. Viajó con Samuel en un coche de postas, tirado por buenos caballos, junto a otros dos comerciantes que tenían como destino Varsovia y que, alarmados como ellos, regresaban a sus casas.
—Padre, ¿madre está bien? ¿Y Friede y Anna? No les habrá pasado nada, ¿verdad? —Samuel no dejaba de preguntar a su padre por la suerte de su madre y de sus hermanos.
El viaje se les hizo eterno. Apenas lograban dormir por la noche en aquellas posadas donde por ser judíos no siempre eran bien recibidos. En varias ocasiones incluso tuvieron que dormir al raso porque no les querían dar alojamiento.
—¿En qué somos diferentes? —le preguntó Samuel una noche a su padre mientras descansaban el uno junto al otro en una estrecha cama de un mísero hostal en Alemania.
—¿Es que crees que somos diferentes? —respondió el bueno de Isaac.
—Yo me veo igual a todo el mundo, pero sé que los demás no nos ven como ellos y no sé por qué. No comprendo por qué hay chicos que no quieren jugar con nosotros, ni por qué no vamos a menudo a la ciudad, y cuando lo hacemos, madre y tú parece que tengáis miedo. Caminamos con la cabeza baja, como si así no nos vieran, o molestáramos menos. Es por ello por lo que creo que somos diferentes; tenemos algo que no les gusta a los demás, pero no sé qué es, por eso te lo pregunto.
—No somos diferentes, Samuel; son los otros quienes se empeñan en vernos diferentes.
—Pero creen que ser judío es algo malo… —se atrevió a decir Samuel—, dicen que matamos al profeta Jesús.
—Jesús era judío.
—¿Y por qué le matamos?
—No le matamos, y no te preocupes, ser judío no es malo, como no lo es ser cristiano o musulmán. No debes pensar en esas cosas. Cuando seas mayor, lo comprenderás. Ahora duerme, mañana salimos temprano.
—¿Cuándo llegaremos a Varsovia?
—Con un poco de suerte, en cinco o seis días. ¿Te gusta Varsovia más que París?
—Sólo quiero saber cuánto falta para llegar a casa, echo de menos a madre.
Cuando llegaron a Varsovia tuvieron que buscar acomodo en casa de Gabriel, un primo lejano de Isaac. Samuel tosía, tenía fiebre y sufría convulsiones, a lo que se sumaba el agotamiento producido por un viaje tan largo.
Mi padre tuvo que guardar cama durante varios días a pesar de la impaciencia del abuelo Isaac.
—Ten calma, tu hijo no está en condiciones de viajar. Puedes dejarle aquí con nosotros, mi esposa le cuidará; ya vendrás a por él cuando estés seguro de que tu familia se encuentra bien, sólo estás a una jornada de viaje —le insistió su primo.
Pero mi abuelo no quería oír hablar de dejar a su hijo en Varsovia, sobre todo estando como estaban tan cerca de su propia casa.
Por fin emprendieron viaje a pesar de que Samuel se encontraba muy débil y de que la tos no le había desaparecido del todo.
—Ser judío debe de ser algo muy malo —insistió Samuel mientras luchaba contra la fiebre.
—No lo es, hijo, no lo es. Debes sentirte orgulloso de lo que eres. La maldad no está en nosotros sino en quienes se niegan a vernos como seres humanos.
El abuelo Isaac era un hombre ilustrado, seguidor de las ideas de Moisés Mendelssohn, un filósofo alemán que en el siglo anterior había puesto en marcha un movimiento llamado «Haskalá» (Ilustración) que proponía que los judíos hicieran suya la cultura europea. Mendelssohn tradujo la Biblia al alemán y se opuso a las corrientes más ortodoxas del judaísmo. Defendía que ser judío no era incompatible con sentirse alemán, e invitó a su comunidad a integrarse plenamente en las sociedades a las que pertenecían. Guiado por aquellas ideas, mi abuelo trataba de convencer a su comunidad de que ser judío no era incompatible con sentirse profundamente ruso. Aunque había sectores ortodoxos que rechazaban semejante asimilación, no dejaban de sentirse rusos y no concebían vivir en ningún otro lugar que no fuera Rusia. Se trataba, decía mi abuelo, de no encerrarse en uno mismo, sino de abrirse a los demás, conocer y ser conocidos. Así educaba a sus hijos, y así pretendía vivir, pero la Rusia que encontró a su regreso de París rechazaba, aún más si cabe, a los judíos.
Llegaron al atardecer, con el polvo del camino cubriéndoles las ropas y la piel. El shtetl había ido creciendo con el paso del tiempo no muy lejos de un pueblo de gentiles, y la convivencia entre judíos y quienes no lo eran siempre había estado impregnada de desconfianza y de un odio sutil que en ocasiones explotaba en forma de rabia. Cualquier padecimiento de las familias gentiles siempre encontraba un culpable en la comunidad judía, como si les resultara imposible razonar que la causa de sus miserias tenía que ver con la codicia y la política de los zares que les habían arrebatado sus tierras.
Cuando llegaron al barrio donde vivían, a las afueras del pueblo, sufrieron un sobresalto. Parecía que un incendio hubiera asolado el lugar. El rastro del fuego convertido en hollín embadurnaba los muros de las casas. Mi abuelo pidió al cochero que se diera prisa, por más que empezaba a temer llegar a su hogar.
Los cristales de las ventanas de su casa estaban rotos, y un olor espeso a humo y a tragedia los golpeó apenas se bajaron del carruaje.
—¿Quieren que los espere? —preguntó el cochero.
—No, márchese —respondió Isaac.
Unos vecinos les salieron al paso. Sus rostros sombríos presagiaban lo peor.
—Isaac, amigo… —Moisés, un vecino que se apoyaba en un bastón, sujetaba a duras penas a Isaac por el brazo intentando que no entrara en los restos de lo que había sido su casa.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está mi esposa? ¿Y mis hijos? ¿Y mi madre? ¿Qué le ha sucedido a mi casa?
—Fue horrible… horrible —musitó una mujer envuelta en un manto que la cubría de la cabeza a los pies.
—¿Qué ha pasado? —insistió mi abuelo.
—Tu esposa y tus hijos… han muerto… Los han asesinado. También a tu madre. No han sido los únicos, la turba se ha ensañado con todos los nuestros. Lo siento… —explicó su vecino intentando impedir que entrara en los restos de la casa.
Isaac consiguió zafarse del hombre que lo retenía.
—Ven a mi casa, allí te explicaré lo sucedido, podréis descansar. Mi mujer os preparará algo de comer.
Pero Isaac y Samuel corrieron hacia la casa. No querían escuchar lo que les estaban diciendo. Empujaron la puerta deseosos de encontrar a su familia. A Esther recibiéndolos con los brazos abiertos, a Anna preguntando si le traían algún regalo de París, al pequeño Friede saltando a su alrededor, a Sofía acudiendo a la cocina para hacerles algo de comer. Pero en la casa reinaba el silencio. Un silencio ominoso roto por el maullido lejano de un gato y por el crujido provocado al pisar los restos de vajilla esparcida por el suelo. Alguien había arrancado las puertas de la alacena, y el sillón donde Isaac solía sentarse a fumar después de una larga jornada de trabajo yacía enseñando sus tripas de muelles. Sus libros, los libros que heredó de su padre y de su abuelo, los libros que él mismo había comprado en cada uno de sus viajes, habían sido arrancados de la biblioteca, pisoteados, y sus hojas diseminadas por todos los rincones.
La habitación que tantos años compartió con Esther, en la que habían nacido sus hijos, parecía un campo de batalla donde el enemigo se hubiera ensañado con todos los muebles y demás enseres.
Samuel había entrado en el cuarto que ocupaban el pequeño Friede y él, y vio que todo había sido destruido. «¿Dónde está el caballo de madera?», pensó el niño, añorando de repente aquel juguete que su abuelo le había hecho con sus propias manos y en el que tantas veces había visto subido a Friede.
Isaac echó el brazo por la espalda de su hijo apretándole contra él, intentando aliviar la desesperación reflejada en el rostro del niño.
El cuarto que la pequeña Anna compartía con la abuela Sofía tampoco se había salvado del ataque salvaje. Algunos vestidos de la niña aparecían pisoteados, otros habían desaparecido.
El vecino los había seguido y aguardaba en silencio a que dieran rienda suelta a su dolor.
—Supongo que estás enterado del asesinato del zar. Un grupo terrorista acabó con su vida, y en ese grupo había una mujer judía. Al parecer su participación no fue importante, pero el caso es que conocía a los terroristas. Ya sabes que los periódicos llevaban meses denunciando que los judíos somos un peligro. El atentado se lo confirmó —explicó el hombre con la voz sofocada por la emoción.
—Pero ¿qué tiene que ver mi familia con eso? ¿Dónde están? —preguntó Isaac con la voz transida de dolor.
—En el periódico dijeron que los judíos habíamos participado en el asesinato del zar. En el Novoye Vremya nos acusaron de ser los responsables. Eso encendió los ánimos de la gente, y comenzaron los ataques en muchas ciudades. Primero fueron algunos incidentes aislados, algún judío al que maltrataban. Luego… prendieron fuego a muchas casas, asaltaron nuestros negocios, apalearon a los judíos dondequiera que se encontraban.
»Las autoridades aseguran que han sido acciones llevadas a cabo por buenos ciudadanos que han dado rienda suelta a su dolor por la muerte del zar. En realidad, la policía ha permanecido impasible ante los ataques contra nuestras casas y nuestra gente. Se han ensañado con especial crueldad. Han muerto muchos de los nuestros. Todos hemos sufrido pérdidas.
—¿Y mi madre…? ¿Dónde están mis hermanos, y mi abuela Sofía? —preguntó el pequeño Samuel suplicando una respuesta.
—El día en que comenzaron los disturbios, tu madre y los dos pequeños habían ido al mercado. Mi mujer y otras vecinas iban con ellos. Un grupo de mujeres con sus hijos de la mano… quién iba a sospechar lo que pasó…
—¿Qué fue lo que ocurrió? —le instó a proseguir Isaac.
—En el mercado empezaron a recibir insultos de otras mujeres. Las llamaban asesinas por la muerte del zar. Lo que empezaron siendo gritos e insultos se transformó en agresiones. Una mujer arrojó a tu hija Anna una patata a la cara…, otras la imitaron y comenzaron a arrojarles restos de basura y de hortalizas podridas… Anna no soportó la humillación, recogió las patatas del suelo y se dispuso a arrojárselas al grupo que las insultaba. Tu esposa Esther agarró a Anna por el brazo pidiéndole que no respondiera a la provocación. Nuestras mujeres se asustaron y decidieron regresar al barrio a todo correr perseguidas por la multitud. Los niños se caían, apenas podían seguirlas en la carrera, y ellas se afanaban en llevar en sus brazos a los más pequeños protegiéndoles de los golpes e insultos de los atacantes. Algunas cayeron al suelo y las pisotearon, otras lograron llegar hasta aquí, pero fue en vano. No sé de dónde los habían sacado, pero algunos de los perseguidores llevaban palos con los que comenzaron a golpear a todos los que encontraban a su paso. Empezaron a tirar piedras contra los cristales de nuestras casas, a derribar las puertas y a sacar a quienes se resguardaban dentro apaleándoles hasta hacerles perder el sentido. A mi esposa le rompieron un brazo y le dieron un golpe en la sien que hizo que perdiera el conocimiento. Ahora sufre mareos y se le nubla la vista. A mí, como podéis ver, me rompieron una pierna, por eso me ayudo del bastón para andar; tuve suerte, porque además de la pierna sólo sufrí la rotura de seis costillas. Me cuesta moverme, pero he salvado la vida.
»La turba comenzó a desvalijar nuestras casas, a destrozar lo que no se llevaban. No eran personas, parecían alimañas desprovistas de cualquier humanidad. Ni siquiera se conmovieron con los gritos de terror de los niños ni las súplicas de sus madres.
»La policía se acercó pero no intervino. Por más que pedíamos ayuda, miraban complacidos cuanto sucedía.
—¿Dónde está mi madre? —gritó Samuel.
El hombre se retorció las manos en un gesto de desesperación.
—Se enfrentó a esos salvajes. Un grupo de hombres había entrado en vuestra casa siguiendo a Anna, la increpaban por haberse atrevido a enfrentarse a sus mujeres en el mercado. Uno de los hombres la había agarrado y Esther defendió a su hija como una loba, mordiendo y arañando al agresor. La abuela Sofía intentó proteger a Friede, alguien la golpeó con un palo en la cabeza y la dejó inconsciente… No sé cómo sucedió, pero tiraron un candelabro al suelo y el fuego no sólo arrasó vuestra casa sino que se extendió a las de los vecinos… No fue hasta muchas horas después que pudimos apagar el incendio. Encontramos los restos de tu familia entre los rescoldos del fuego. Los enterramos en el cementerio.
Era tal el dolor, la conmoción que sufrieron al escuchar el relato del vecino, que en ese instante no derramaron ni una sola lágrima. Samuel agarró con fuerza la mano de su padre, apoyándose en él, conteniendo las náuseas.
No podían moverse ni decir nada, sentían que les habían arrancado el alma.
El hombre aguardó unos instantes, dejando que encajaran el dolor que los inundaba. Luego volvió a acercarse a Isaac y tiró de él, suavemente.
—Aquí no podéis quedaros. Necesitáis descansar. Os ofrezco un lecho en lo que queda de mi casa.
No pudieron comer por más que insistió la esposa del vecino. Tampoco se sentían con ánimo de escuchar más detalles de la barbarie que había tenido lugar. La mujer los condujo a un cuarto y les dejó una bandeja con un par de tazones de leche.
—Os ayudará a descansar. Mañana será otro día. Tendréis que sacar fuerzas para volver a empezar.
Estaban agotados por el viaje, pero apenas durmieron aquella noche. Isaac sentía a su hijo dando vueltas, y él mismo no encontraba acomodo en la cama que compartían.
Aún no había amanecido cuando Isaac descubrió a su hijo mirándole fijamente.
—Es malo ser judío. Por eso han matado a madre, y a Anna, y a Friede, y a la abuela. Yo no quiero ser judío, ni tampoco quiero que lo seas tú; si lo somos, nos matarán. Padre, ¿cómo se puede dejar de ser judío? ¿Qué podemos hacer para dejar de ser judíos y que los demás lo sepan?
Isaac abrazó a Samuel y comenzó a llorar. El niño intentaba secar las lágrimas de su padre, pero la tarea resultaba inútil. También él quería llorar, mezclar sus lágrimas con las de su padre, pero no podía. Estaba demasiado trastornado.
El sol se había impuesto sobre la mañana cuando escucharon unos golpes suaves en la puerta. La buena vecina que los había acogido les preguntó si necesitaban algo y si querrían bajar a desayunar. Samuel le dijo a su padre que tenía hambre.
Se levantaron y se asearon antes de reunirse con la familia.
—Os acompañaré al cementerio —se ofreció la mujer—. Supongo que querréis saber dónde los hemos enterrado.
—¿Y tu esposo?
—Ha ido a la imprenta, tiene que seguir trabajando.
—¿El dueño de la imprenta le da trabajo a pesar de todo?
—Hace como si no supiera lo que ha ocurrido, y Moisés es un buen impresor al que paga poco.
—Porque es judío, ¿no? —dijo Samuel.
—¿Cómo dices? —preguntó la mujer.
—Que si le paga poco es porque es judío. A lo mejor si deja de ser judío le pagaría más —insistió el muchacho.
—¡Calla, hijo, calla! No digas eso —le pidió Isaac.
La mujer miró a Samuel y le acarició el pelo, después musitó:
—Tienes razón, sí, eso es, y aun así debemos estar contentos. Estamos vivos y tenemos para comer.
Sintieron frío cuando se acercaron a la tumba donde habían sido depositados los cuerpos calcinados de Sofía, Esther, Anna y Friede.
Isaac cogió un puñado de aquella tierra que cubría los cuerpos queridos y la apretó con fuerza hasta que la dejó escapar entre los dedos.
—¿Están juntos? —quiso saber Samuel.
—Sí, pensamos que era mejor que estuvieran juntos —se excusó la mujer.
—Es lo que hubiesen querido, es lo que querría yo —afirmó Isaac.
—¿A nosotros también nos enterrarán aquí cuando nos maten? —preguntó Samuel con un destello de terror en la voz.
—¡Nadie va a matarnos! ¡Por Dios, hijo, no digas eso! Tú vas a vivir, claro que vivirás. Tu madre no querría otra cosa.
—Es un niño y la pérdida es muy dolorosa —dijo la mujer compadeciéndose de Samuel.
—Pero él vivirá, nadie le hará daño. Esther no me lo perdonaría. —Isaac se echó a llorar mientras abrazaba a su hijo.
La mujer dio unos pasos atrás para dejarlos solos. Ella también había llorado hasta la extenuación. Sentía que el dolor de Isaac y de Samuel era el suyo.
—Nos gustaría quedarnos solos —le pidió Isaac.
La mujer asintió y tras besar a Samuel se marchó. También ella buscaba la soledad cuando acudía a llorar a los suyos.
Isaac se sentó al borde de la tumba acariciando la tierra áspera, como si se tratara de los rostros de su mujer y de sus dos hijos. Samuel se apartó unos pasos y también se sentó en el suelo contemplando a su padre y aquel túmulo de tierra donde su abuela, su madre y sus hermanos yacían para la eternidad.
Sabía que, a pesar de que parecía estar en silencio, su padre estaba musitando una oración. Pero ¿qué podía decirle a Dios?, se preguntó. Quizá la culpa era de ellos por no haber estado en casa para evitar que mataran a su familia. Si hubieran estado entonces sí que habrían podido pedirle a Dios que hiciera algo, pero ¿ahora?
Al cabo de un buen rato, Samuel dijo que le dolía la cabeza, y decidieron regresar ante el temor de que volviera a enfermar.
Pasaron el resto del día rebuscando entre los restos de lo que había sido su hogar.
Samuel encontró las tapas y algunas hojas de la Biblia familiar. Con cuidado intentó colocarlas una a una sabiendo que para su padre era importante aquel viejo libro que antes había sido de su abuelo, y que éste a su vez lo había recibido de su padre, y así hasta unas cuantas generaciones atrás.
Por su parte, Isaac había encontrado en el suelo un par de pañuelos bordados por Esther, con alguna marca de pisadas pero aún intactos. Los pendientes y el anillo de su esposa habían desaparecido de la caja donde los guardaba, aunque sí había hallado su dedal, así como el de Sofía.
Un par de libros conservaban todas sus páginas. También pudieron rescatar los restos de un cuadro en el que aparecía dibujado el rostro sonriente de Esther. Había sido el regalo de bodas de un amigo de la familia aficionado a la pintura. Aquel hombre había captado con fidelidad la delicada belleza de su mujer, sus ojos castaños con reflejos verdosos, el cabello rubio oscuro, la piel blanca, casi transparente.
Isaac estuvo a punto de echarse a llorar, pero evitó hacerlo delante de Samuel. No quería que su hijo lo viera derrotado, de manera que respiró hondo conteniendo las lágrimas mientras con un pañuelo limpiaba lo que quedaba del cuadro. Luego continuó buscando cualquier objeto intacto y que pudiera serles de utilidad o al menos de recuerdo.
—Padre, aquí está tu Biblia. —Samuel le entregó el libro con cuidado—. Había muchas hojas desperdigadas, pero creo que las he encontrado todas.
—Gracias, hijo, algún día esta Biblia será tuya.
—No la quiero —respondió Samuel arrepintiéndose al instante de haberlo dicho.
Se quedaron en silencio. Isaac sorprendido por las palabras de su hijo; Samuel pensando en cómo explicar a su padre por qué no quería aquel libro.
—Me la dio mi padre, y a él se la entregó el suyo, y yo te la daré a ti. Espero que cuando llegue el día no la rechaces.
—No quiero el libro de los judíos porque no quiero ser judío —respondió, con sinceridad, el niño.
—Samuel, hijo, los hombres no elegimos lo que somos, nos encontramos con ello. Tú no has elegido ser judío, yo tampoco, pero es lo que somos y eso no podemos cambiarlo.
—Sí, claro que podemos. Podemos dejar de serlo, se lo diremos a todo el mundo y nos dejarán en paz. Si somos judíos nos matarán.
—Hijo… —Isaac abrazó a Samuel y rompió a llorar. Abrazados, lloraron juntos, hasta sentir que no les quedaban más lágrimas.
A Isaac le dolía la congoja de su hijo, comprendía su desesperación y cómo en su mente infantil ser judío se había convertido en sinónimo de muerte y destrucción. No le reprochaba que quisiera desprenderse de lo que creía que era la causa de la muerte de la familia.
Continuaron buscando entre los restos del que había sido su hogar. Después de buscar por la casa, se acercaron al cobertizo que había servido de almacén para sus pieles. No quedaba nada. Antes de partir hacia Francia había seleccionado el mejor género para vender, aunque había dejado otras piezas con las que comerciar más adelante. La turba se las había llevado.
Le habían despojado de todo cuanto tenía. De su madre, de su esposa, de sus hijos, de su casa, de su negocio. ¿Por qué? ¿Por qué Dios se ensañaba de aquella manera con ellos? ¿Qué mal habían hecho? Se mordió los labios para no dejar escapar ni un gemido. Todo ese mal que habían recibido ¿era sólo por ser judíos? Pero no podía dejarse vencer por el dolor. Samuel estaba a su lado, muy quieto, aferrado a su mano, contemplando lo poco que se mantenía en pie del cobertizo.
«Al menos me queda un hijo», pensó. Apretó aún más fuerte la mano de Samuel. Sí, le quedaba un hijo. Por lo menos él tenía a Samuel y la presencia de su hijo sería su fuerza para seguir viviendo.
Cuando regresaron a casa de sus vecinos, estaban exhaustos.
—¿Qué vais a hacer? —les preguntó Moisés, el hombre que tan generosamente les había acogido.
—Empezar de nuevo —respondió Isaac.
—¿Os quedaréis aquí? —quiso saber el hombre.
—No lo sé, tengo que hablar con Samuel. Quizá sería mejor marcharnos a otra ciudad…
—Lo comprendo. Cada día cuando salgo a la calle pienso que en cualquier momento les puede suceder lo mismo a mis hijos o a mis nietos… A veces el dolor es tan intenso que siento la necesidad de escapar, pero ¿adónde podríamos ir? Nosotros somos viejos, y a pesar de todas las desgracias conservo mi trabajo de impresor. Con lo que me pagan, mi mujer y yo podemos mantenernos. Nosotros no podemos escapar, la vejez nos encadena a este lugar.
Isaac le agradeció a Moisés cuanto hacía por ellos.
—No me lo agradezcas, sabes que mi esposa era amiga de tu madre. Ha llorado a Sofía tanto como a nuestra familia. No hacemos nada que no nos dicte el corazón. No es que dispongamos de mucho, pero lo que tenemos es vuestro, nuestra casa es vuestra casa, quedaos el tiempo que necesitéis.
Aquella noche Isaac preguntó a Samuel si quería que reconstruyeran la casa.
—Podemos levantarla de nuevo. Llevará su tiempo, pero podemos hacerlo. Tengo algo de dinero, en París me pagaron bien las pieles que llevé para vender. ¿Qué te parece?
Samuel guardó silencio. No sabía qué responder. Añoraba su casa, sí, pero su añoranza era algo más que cuatro paredes. Su casa era su abuela, su madre, sus hermanos; si no podía estar con ellos, tanto le daba dónde fueran a vivir.
—¿No quieres vivir aquí? —le preguntó su padre.
—No lo sé… yo… yo quiero estar con madre. —Y rompió a llorar.
—Yo también —musitó Isaac—, yo también, hijo, pero tenemos que aceptar que ya no está. Sé que no es fácil resignarse, a mí me sucede lo mismo. Yo también he perdido a mi madre… la abuela Sofía.
—¿Podemos irnos? —preguntó Samuel.
—¿Irnos? ¿Adónde te gustaría que nos fuéramos?
—No lo sé, a otra parte, a lo mejor con el abuelo Elías…
—¿A París? Me dijiste que no te gustaba demasiado.
—Pero era porque echaba de menos a madre. También podemos ir a Varsovia con el primo Gabriel.
Isaac comprendió que su hijo necesitaba una familia, que él solo no era suficiente para mitigar el dolor de Samuel.
—Lo pensaremos. Estoy seguro de que el abuelo Elías nos acogería de buen grado, lo mismo que Gabriel, pero debemos pensar de qué vamos a vivir, no podemos convertirnos en una carga para la familia.
—¿No puedes vender pieles?
—Sí, pero para eso hemos de estar aquí. Es en Rusia donde se encuentran las mejores pieles, las que quieren las damas de París y Londres.
—¿Y no podrías hacer otra cosa?
—El único oficio que conozco es éste, el que me enseñó mi padre y el que yo te enseñaré a ti. Comprar y vender. Comprar aquí y vender allí donde no tienen lo que nosotros podemos ofrecerles. Por eso todos los años llevo las pieles a París, a Londres, a Berlín… Somos comerciantes, Samuel. Quizá podríamos irnos a otra ciudad. ¿Qué te parece San Petersburgo?
—¿Nos permitirán vivir allí? ¿Conseguirás el permiso?
—Puede ser, Samuel, al menos podríamos intentarlo. En la corte siempre gustan de la moda de París, y en los baúles traemos varias prendas confeccionadas por tu abuelo Elías. No es la primera vez que vendemos pieles a las grandes damas de Moscú y San Petersburgo.
—¿Y yo qué haría?
—Estudiar, debes estudiar; sólo el saber te ayudará a labrarte un futuro.
—Yo sólo quiero estar contigo, a lo mejor podrías enseñarme a ser un buen comerciante…
—Te enseñaré, claro que lo haré, pero después de que estudies y si es eso lo que deseas. Aún es pronto para que sepas lo que quieres.
—Sé que no quiero ser prestamista. Todos odian a los prestamistas.
—Sí, sobre todo los que tienen una deuda que en ocasiones no quieren saldar.
—Yo también odio a los prestamistas. He oído que arruinan a la gente.
—Son los poderosos los que suelen aborrecer a quienes prestan el dinero.
—Ya, pero aun así yo no quiero ser prestamista. Es algo feo.
A la mañana siguiente Isaac habló con Moisés y con su mujer.
—Nos marcharemos dentro de unos días. Intentaré probar suerte en San Petersburgo. Mi padre tenía un amigo que se dedica a la química, y sus remedios son muy apreciados por los aristócratas de la corte imperial. Le pediré que me ayude a obtener un permiso de residencia en la ciudad.
—¿Te vas de aquí? Pero si aún te queda el terreno de la casa, y tu familia yace en el cementerio… —se lamentó la mujer.
—Y siempre los llevaremos en nuestro corazón. Pero ahora tengo que pensar en Samuel. Para él es muy difícil continuar en el lugar donde antes tenía una familia, una abuela, una madre, unos hermanos, y en el que ahora no tiene nada. Debo darle una oportunidad a mi hijo. Yo siento que mi vida está acabada, pero él tiene diez años y toda una vida por delante. Ninguno de los dos olvidaremos nunca, pero tengo que ayudar a mi hijo a superar el dolor que le atenaza. Si nos quedamos aquí será más difícil. Todo le recuerda a su madre.
—Lo comprendo —dijo Moisés—, yo en tu lugar haría lo mismo. Ya te lo dije, dispón de nuestro hogar el tiempo que necesites. ¿Quieres que me encargue de buscar un comprador para el solar de tu casa?
—No, no quiero vender ese trozo de tierra. Será para Samuel, puede que algún día él quiera volver, quién sabe. Pero sí te pido que te hagas cargo del terreno, y si lo deseas puedes utilizarlo como huerto. Te firmaré un permiso para que dispongas de él hasta el día en que Samuel venga a reclamarlo.
Una semana después, Isaac y Samuel dejaron el pueblo subidos a un carro tirado por dos mulas. Llevaban los baúles con las prendas traídas de París. Además, Isaac había guardado dentro de la camisa, pegada a su cuerpo, una bolsa de cuero con el único dinero que les quedaba.
La esposa de Moisés les entregó una cesta con algunos víveres.
—No es mucho, pero al menos no pasaréis hambre hasta llegar a San Petersburgo.
Hacía frío y el aire estaba húmedo. Durante la noche había llovido. Se pusieron en marcha en silencio, sabiendo que en su camino pasarían junto al cementerio. Isaac no quería mirar hacia donde descansaban los suyos. Mantuvo la vista al frente, despidiéndose en silencio de su madre, de su esposa, de Anna y de Friede. Él pudo contener las lágrimas, pero Samuel rompió a llorar. No intentó consolarle, no podía, no hubiera encontrado las palabras.
Al cabo de un rato Samuel se acurrucó a su lado y se durmió. Isaac le tapó con una manta forrada con piel. En el cielo restalló un relámpago seguido de un trueno. Volvía a llover.
Fue un viaje largo y duro en el que Isaac apenas se permitió el descanso. Procuraba que su hijo se mantuviera a cubierto de la lluvia y le había preparado en el carro una suerte de lecho para que estuviera cómodo.
Muchas noches dormían el uno junto al otro dentro del carro porque no se atrevían a pedir techo en algunas de las posadas que encontraban a su paso. El odio hacia los judíos era más patente que nunca y el nuevo zar, Alejandro III, amparaba los pogromos que se habían extendido por todo el imperio. Los periódicos más reaccionarios justificaban esas persecuciones a los judíos como movimientos espontáneos de indignación de la población. Pero ¿indignación de qué?, ¿por qué?, se preguntaba Isaac, y siempre llegaba a la misma conclusión: «No nos sienten como rusos sino como un cuerpo extraño que además les disputa el trabajo». También pensaba que los judíos debían sentirse ante todo rusos y después judíos y no al revés, y sobre todo comportarse como rusos.
De camino a San Petersburgo no fueron pocas las ocasiones en que se preguntaba cómo le recibiría Gustav Goldanski, el amigo de su padre. Cabía la posibilidad de que no quisiera recibirlos, al fin y al cabo apenas le conocía, y por lo que había escuchado contar a su padre, su viejo amigo no es que se hubiera convertido al cristianismo, pero rechazaba comportarse como un judío. Quizá no quisiera recibirlos o acaso se sentiría incómodo por ponerle en el compromiso de tener que hacerlo.
Pero todas estas dudas las guardaba para él, no quería añadir incertidumbre al dolor de Samuel.
Hablaban de San Petersburgo como el final de un camino donde encontrarían el sosiego que ambos necesitaban y, sobre todo, la oportunidad de comenzar de nuevo.
Llegaron bien entrada la mañana de un ventoso día de otoño.
No les costó demasiado encontrar la casa de Gustav Goldanski. Se encontraba en el corazón de la ciudad, en un elegante edificio cuyo portón estaba flanqueado por dos sirvientes. Los miraron con suficiencia, preguntándose cómo aquel hombre con la barba mal recortada y aquel chiquillo que no dejaba de toser se atrevían a pedir que su señor los recibiera de inmediato.
Uno de los sirvientes los retuvo en la puerta y el otro fue a avisar a su señor de la extraña visita.
A Isaac se le hizo eterno el tiempo que estuvieron aguardando a que regresara el sirviente. Samuel parecía asustado.
—Mi señor los recibirá —les anunció el sirviente, que parecía asombrado de que así fuera a suceder.
El otro criado se hizo cargo de las mulas y el carro, igualmente sorprendido de que aquel hombre extraño con un chiquillo pudiera conocer a su señor.
Samuel miraba a su alrededor admirado del lujo de aquella casa. Las sillas tapizadas con brocados de seda, los candelabros dorados relucientes, las espesas cortinas, los muebles delicadamente tallados. Todo le resultaba nuevo y tan fastuoso que le parecía irreal.
Esperaron un buen rato en un salón que tenía las paredes enteladas en seda azul y en el techo un fresco de unas ninfas peinándose junto a un lago de aguas cristalinas.
Gustav Goldanski ya había rebasado por aquel entonces la madurez y estaba más cerca de la ancianidad. Tenía el pelo blanco como la nieve y los ojos de color azul, un azul apagado por el paso del tiempo. Sin ser demasiado alto ni demasiado delgado, tenía cierta apostura. «Es un poco más joven de lo que sería mi padre ahora si aún viviera», pensó Isaac.
—Vaya, no esperaba la visita del hijo de Simón Zucker. Hace tiempo que no nos veíamos. Os recuerdo de alguna ocasión en que acompañasteis a vuestro padre a San Petersburgo. Sé que el bueno de Simón murió, le envié una carta de condolencia a vuestra madre… Vuestro padre y yo nos conocimos durante un viaje. No sé si os lo contó…
—Sé que os conocisteis en un camino poco transitado, no muy lejos de Varsovia. Vos habíais sufrido un revés, vuestro carruaje había quedado atrapado en la nieve, y mi padre, que viajaba por el mismo camino, os encontró y os ayudó a liberarlo.
—Así fue. Yo regresaba de Varsovia de visitar a mi madre. Era invierno y los caminos eran pistas de hielo y nieve. Las ruedas del carruaje se quedaron enterradas en la nieve, y uno de los caballos se rompió una pata. Fuimos afortunados de que vuestro padre viajara por el mismo camino y nos ayudara, de no ser así habríamos perecido de frío. Le ofrecí mi hospitalidad si algún día venía a San Petersburgo. Aunque nunca quiso alojarse en mi casa, sí me visitó en alguna ocasión y desde entonces entablamos una buena amistad. Éramos muy diferentes, con intereses distintos, pero coincidíamos en que la única manera de acabar con la maldición que nos perseguía a los judíos era asimilarnos en la sociedad donde nos tocaba vivir, aunque vuestro padre creía que sentirse ruso nada tenía que ver con la religión.
—Sí, mi padre me inculcó esa misma idea, aunque a veces no depende de nosotros, sino de los demás.
—¿Creéis que hacemos lo suficiente? No, yo creo que no… Pero perdonadme, aún no os he preguntado el motivo de vuestra visita. Este niño, ¿es vuestro hijo?
Por indicación de Isaac, Samuel tendió su mano a aquel hombre que le sonrió al estrechársela.
—Es mi hijo Samuel, mi único hijo. He perdido a toda mi familia —explicó Isaac con un deje de emoción en la voz.
Goldanski observó al padre y al hijo antes de preguntar por lo sucedido.
—¿A causa de alguna epidemia?
—El odio y la sinrazón tienen el mismo efecto que las epidemias. El asesinato del zar Alejandro II ha provocado la desgracia para los judíos del imperio. Vos sabréis mejor que yo que se han producido ataques violentos contra nuestra comunidad, sobre todo en las Zonas de Residencia, pero también en Moscú y en Varsovia, principalmente en los shtetls, donde los judíos estamos asentados ganándonos la vida con nuestro trabajo y esfuerzo.
—Lo sé, lo sé… Desde abril hasta bien pasado el verano han ido llegando noticias terribles sobre los ataques a judíos. Hace tiempo que abandoné la religión de mis antepasados; no es que me haya hecho cristiano, pero tampoco sigo las leyes de Moisés; aun así, me he interesado cuanto he podido para que las autoridades impidan los disturbios, aunque no siempre han atendido mis súplicas. ¿Qué le ha sucedido a vuestra familia?
—Mi casa ya no existe, la quemó una turba enfurecida, y mi madre, mi esposa y mis dos hijos pequeños sucumbieron a aquel incendio.
—Lo siento. Os compadezco.
—He perdido cuanto tenía salvo dos baúles con ropa de abrigo traídos de París, y el dinero de las ventas de pieles obtenido en mi último viaje. Es lo que tengo para empezar de nuevo. Pero sobre todo tengo a Samuel. Es mi única razón para seguir viviendo.
—¿Qué puedo hacer yo?
—No conozco a nadie en San Petersburgo, pero es aquí donde pretendo iniciar una nueva vida y me atrevo a pediros vuestro consejo, que guiéis nuestros primeros pasos por la capital imperial.
—¿Tenéis donde alojaros?
—No, la verdad es que acabamos de llegar, nuestro equipaje está en el carro que dejé en manos de vuestros sirvientes.
—Conozco a una viuda que quizá pueda alojaros, se gana la vida alquilando un par de habitaciones, normalmente a estudiantes. No encontraréis lujos, pero la casa es cómoda y la mujer, de confianza. Su marido me sirvió de ayudante durante muchos años, el pobre murió de un ataque al corazón. Os daré una nota para ella, si tiene alguna habitación libre seguro que os la alquilará sin cobraros demasiado.
—Os lo agradezco, necesitamos un techo y descanso. Llevamos muchas jornadas durmiendo a la intemperie, y como veis mi hijo no deja de toser.
—No soy médico, sólo un químico convertido en boticario. He dedicado buena parte de mi vida a elaborar remedios para la enfermedad y esa tos no presagia nada bueno… Os daré uno de mis jarabes, le aliviará.
—Os lo agradezco.
—Bien, ¿qué más puedo hacer?
—Sois un hombre importante, conocéis a mucha gente en la corte, si pudierais conseguir que vieran la ropa que he traído de París… Son abrigos y chaquetas de pieles, pero confeccionadas al gusto parisino. Puede que alguna dama se sienta interesada…
—Lo haré por la amistad que me unía a vuestro padre. Hablaré con mi esposa, ella sabrá la mejor forma de que vuestros abrigos sean vistos por las damas de San Petersburgo. Ahora esperad un momento mientras os escribo la nota para la viuda de la que os he hablado.
Raisa Korlov los recibió con frialdad hasta que leyó la nota firmada por Gustav Goldanski, entonces les sonrió confiada invitándoles a pasar al salón bien caldeado por el fuego que crepitaba en una amplia chimenea.
—De manera que viene recomendado por el profesor Goldanski… No puede usted traer mejores referencias, pero en este momento no voy a poder alojarles. Tengo una habitación alquilada a un joven que estudia en la universidad y la otra está ocupada por mi hermana, que se ha quedado viuda y la he acogido en mi casa. Es mayor que yo y la pobre mujer no tiene a nadie más en el mundo. No pudo tener hijos, tampoco los he tenido yo. Para mí es un inconveniente porque pierdo el dinero del alquiler, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? No sería buena cristiana si la dejara desprotegida. Además me sirve de compañía, yo también me quedé viuda, y siempre es mejor compartir lo que se tiene con alguien de la familia.
Un rictus de desesperanza se dibujó en el rostro de Isaac. Le preocupaba la tos de Samuel, recordaba que Goldanski le había insistido en que el niño necesitaba descanso y calor, además del frasco de jarabe y de las pastillas que le había dado.
—En ese caso, ¿podría usted recomendarme algún sitio donde pueda encontrar acomodo para mí y para mi hijo?
—No sé… no conozco a nadie de confianza… Hay casas, sí, pero no me atrevo a recomendárselas, quizá… bueno, dispongo de otra habitación, pero es muy pequeña, es donde guardo los trastos, y nunca la he alquilado…
—¡Por favor! —suplicó Isaac.
—Es muy pequeña, como le he dicho, y tendría que ayudarme a sacar algunas cosas, hay que limpiarla y acomodarla para que quepan los dos… No sé…
—Le ayudaré a sacar los trastos, le ayudaré en todo lo que usted disponga. Mi hijo está exhausto, hemos hecho un largo viaje. El profesor Goldanski nos aseguró que con usted estaríamos como en casa.
—El profesor siempre me halaga. Bueno, le enseñaré el cuarto y usted decide si se quiere quedar. En ese caso, tendrá que darme tiempo para arreglarlo. Y este niño que se quede aquí, le daré algo de beber para que entre en calor.
Isaac ayudó a la viuda Korlov a sacar del cuarto varios muebles desvencijados. La mujer se afanó en la limpieza y no tardó más de dos horas en tener la habitación arreglada.
Era tan pequeña como la viuda les había advertido. La cama ocupaba casi todo el espacio. Un armario y una mesa con una silla completaban el mobiliario. Isaac le pagó el precio que habían acordado. Dos meses por adelantado.
—Es demasiado pequeña —dijo la viuda deseando escuchar a Isaac lo contrario, porque bien le venía ese dinero inesperado que ella sabía excesivo para aquel cuarto.
—Estaremos bien, se lo aseguro —respondió Isaac.
La viuda les mostró un cuarto aún más pequeño que servía de aseo comunitario.
—Mi esposo estaba obsesionado con la higiene, el profesor Goldanski le enseñó que muchas enfermedades son fruto de la suciedad, y por eso dispuso que en nuestra casa tuviéramos este lugar donde poder bañarnos. Supongo que querrán asearse después de un viaje tan largo… Eso sí, nada de malgastar el agua.
Isaac respiró tranquilo cuando por fin Samuel estuvo en la cama bien tapado. El niño estaba agotado y no paraba de toser.
La viuda Korlov se había mostrado compasiva, le había servido a Samuel un tazón de leche con un trozo de tarta y había invitado a Isaac a una taza de té.
Se tumbó encima de la cama al lado de su hijo y ambos se quedaron profundamente dormidos. Ya había caído la tarde cuando les despertaron unos golpes en la puerta.
—Señor Zucker… ¿está usted despierto?
—Sí, sí, ahora voy.
—Le espero en el salón…
Isaac se levantó de inmediato, preocupado por el aspecto de su ropa arrugada después de haberse quedado dormido en la cama. En el salón le aguardaba Raisa Korlov y una mujer muy mayor.
—Ésta es mi hermana Alina, ya le he contado que viene usted recomendado por el profesor Goldanski.
—Señora. —Isaac se inclinó al tiempo que tendía la mano a Alina.
Las dos hermanas se parecían. Raisa era más joven, rondaría los cincuenta, mientras que Alina calculó que hacía tiempo que había pasado de sesenta. Pero las dos tenían la misma mirada verdosa, y el óvalo de la cara cuadrado, entradas en carnes, y altas, muy altas.
Raisa le entregó un sobre.
—Lo acaba de traer un sirviente del profesor Goldanski.
—Gracias. —Isaac no sabía qué debía hacer ante la mirada inquisitiva de las dos mujeres.
—He hablado con mi hermana —dijo Raisa como si Alina no estuviera presente— y nos hemos preguntado cómo va a cuidar usted de su hijo… En fin, si quiere, podríamos ajustar un precio para que usted y el niño comieran aquí. Para nosotras será un trabajo añadido, pero…
—¡Oh! Se lo agradezco, nada nos puede convenir más.
—Su esposa ha muerto, ¿verdad? —preguntó Alina, mientras Raisa se estiraba la falda.
—Ya te he dicho que eso es lo que el profesor Goldanski me ha escrito en la nota de recomendación… —la interrumpió Raisa.
Isaac no tenía ningún deseo de dar satisfacción a la curiosidad de las dos mujeres, pero sabía que no tenía otra opción.
—Mi familia murió en un incendio. Mi esposa, mis hijos, mi madre… Samuel y yo estábamos de viaje… No podemos seguir viviendo en el mismo lugar… Por eso hemos venido a San Petersburgo, deseamos comenzar una nueva vida y ustedes son muy amables acogiéndonos con tanta generosidad.
—¡Qué tragedia! ¡Cuánto lo siento! —exclamó Alina, y parecía sincera.
—¡Pobre niño! —se lamentó Raisa—. Perder a una madre es lo peor que a un crío puede pasarle.
—Sí, así es. Además, Samuel está débil, y aunque yo procuro darle todos los cuidados que necesita, echa mucho de menos a su madre.
—Entonces ¿le conviene nuestra oferta?
—Sí, claro que sí, díganme cuántos rublos costaría nuestra manutención…
Cerraron un acuerdo satisfactorio para ambas partes, aunque el dinero de Isaac estaba menguando más rápidamente de lo que había previsto. Pero en algún lugar tendrían que comer, y siempre sería mejor la comida de aquella casa.
Se sometió a las preguntas curiosas de ambas mujeres y en cuanto pudo pidió permiso para retirarse, estaba impaciente por leer el mensaje del profesor Goldanski.
Samuel se había despertado y le sonrió.
—¡Qué bien he dormido! Estoy mucho mejor.
Isaac le puso la mano en la frente, parecía que le había bajado la fiebre.
—Tienes que asearte un poco, esta noche cenaremos con la señora Korlov y su hermana. Me han dicho que tienen preparada una sopa muy rica, te sentará bien.
Isaac abrió el sobre impaciente y leyó la misiva:
«He hablado con mi esposa. Intentará ayudaros. Venid a visitarnos el próximo jueves a la hora del té, y traed esos abrigos de los que me hablasteis, es posible que alguna de las amigas de mi esposa se interese por ellos.»
Era lunes, faltaban tres días para la cita, y tendría que sacar los abrigos del baúl, airearlos y arreglar cualquier desperfecto que pudiera encontrar después de un viaje tan largo. Su suerte estaba en aquellos abrigos, si es que lograba que las damas de San Petersburgo se interesaran por ellos.
Isaac pensó que los días que faltaban para acudir a casa de Goldanski se le harían interminables, pero Raisa Korlov se empeñó en mostrarles la ciudad a pesar de que Samuel no se había repuesto del todo.
—Respirar aire puro no le hará daño, eso sí, bien abrigado —insistió la viuda Korlov antes de arrastrarles a uno de sus interminables paseos.
Padre e hijo mostraron su admiración ante el Palacio de Invierno. También se sorprendieron por la belleza de algunas calles que les recordaban a París.
La viuda Korlov se enorgullecía de su ciudad, y presumía de la alegría de sus habitantes.
—El alma de la ciudad son los estudiantes, ellos llenan de risas las tabernas y las calles. Algunos los consideran pendencieros, pero puedo asegurar que son buenos inquilinos y pagan con puntualidad. En diez años sólo he tenido que echar a uno de mi casa.
El otro inquilino de la casa resultó ser un joven serio, de gesto adusto, que pasaba todo su tiempo en la universidad o encerrado en su cuarto, estudiando. No era muy hablador pero se mostraba cortés. La viuda Korlov les había contado que el joven Andréi era hijo de un herrero que estaba sacrificando su escasa fortuna para que su primogénito estudiara una carrera.
Las dos viudas trataban a Andréi con afecto, lo mismo que a ellos; una y otra hacían lo posible para que sus inquilinos se sintieran como en su propia casa.
Fueron también Raisa y su hermana Alina quienes ayudaron a Isaac a colgar en perchas los abrigos y a airearlos; Alina incluso se ofreció a coser un par de forros que se habían descosido.
—Le será más difícil llevarlos en las perchas, pero si los vuelve a colocar en el baúl se arrugarán y olerán a rancio —explicó Alina.
Con la ayuda de Samuel logró colocar los abrigos y chaquetas en el carro. La viuda Korlov le había prestado unas sábanas viejas para que no se mancharan, además la mercancía quedaría tapada y no despertaría la codicia de los ladrones.
Por fin, a las cuatro en punto de la tarde de aquel jueves del invierno ruso, y acompañado por Samuel, se presentó en la elegante mansión de los Goldanski.
En esa ocasión los sirvientes no los recibieron con desconfianza. Tenían órdenes de su amo de acompañarles de inmediato al interior de la casa.
Mientras aguardaban en una sala a que apareciera el profesor Goldanski, Isaac, nervioso, pasaba los dedos por algunas de las pieles que había depositado en las sillas de la estancia.
El corazón le latió con más fuerza cuando apareció Goldanski seguido de una mujer más joven que él.
—Mi esposa, la condesa Yekaterina.
Padre e hijo le hicieron una profunda reverencia impresionados por el título y, sobre todo, por su porte elegante.
«Tiene la piel como la porcelana —pensó Isaac admirando la tez blanquísima de la condesa— y la figura de una jovencita.»
—Conocí a su padre. Siempre fue bien recibido en nuestra casa, y usted también lo es. ¿Este pequeño es su hijo?
—Sí, condesa… Samuel, saluda a la condesa.
Samuel intentó una torpe reverencia, pero la condesa le cogió de la mano obligándole a incorporarse.
—Tienes la edad de mi nieto. Algún día debes venir a jugar con él.
—Bien, querida, examina las prendas de nuestro amigo Isaac antes de hacer pasar a tus amigas.
Isaac contuvo la respiración hasta que la condesa terminó de inspeccionar prenda por prenda.
—Hay abrigos muy bonitos, creo que compraré alguno, estoy segura de que a las damas que ahora mismo aguardan expectantes también les gustarán.
Unos minutos después las amigas de la condesa entraron en el salón. Todas vestían elegantemente, y parloteaban despreocupadas, ansiando ver esas maravillas que les había anunciado la condesa Yekaterina.
La tarde no pudo ser más provechosa. Regresaron a la pensión de las viudas sin una sola prenda. La condesa y sus amigas las habían comprado todas y conminaron a Isaac a que trajera más abrigos de París.
—Incluso telas, encajes, o algún vestido… —sugirieron las señoras, ansiosas admiradoras de la moda de la capital francesa.
De camino a la pensión, Isaac compró unas flores para las viudas. Aquella noche ellas se mostraron más generosas a la hora de servir las raciones de la cena.
San Petersburgo no se les antojaba hostil, a pesar de que los periódicos continuaban publicando artículos contra los judíos. Pero tanto Isaac como Samuel sentían un cierto alivio de no tener que enfrentarse al recuerdo permanente de la desgracia que se había cebado con ellos. Si se hubieran quedado en su shtetl próximo a Varsovia no habrían logrado enderezar sus vidas.
No, no podían olvidar a Sofía, ni a Esther, ni a la rebelde Anna, ni al pequeño Friede, pero al menos en San Petersburgo había momentos en que dejaban de pensar en ellos y eso les permitía sobrevivir.
Con la venta de los abrigos Isaac pensaba comprar más pieles que llevaría a París, no sólo para vender, sino también para que monsieur Elías le confeccionara nuevas prendas para traer a San Petersburgo. También pensaba invertir en telas. Si las cosas iban bien, Samuel podría llegar a estudiar en la universidad. Estaba seguro de que el profesor Goldanski le recomendaría, ya que en las universidades había una cuota para la admisión de judíos. La Universidad de San Petersburgo permitía un tres por ciento de alumnos judíos. Pero Goldanski se había hecho un nombre entre las familias ilustres. Sus conocimientos de química y de botánica los había dedicado a la elaboración de medicinas. Esto le había granjeado la animadversión de algunos boticarios, pero la eficacia de sus brebajes era tal que su profesionalidad era respetada incluso entre miembros de la corte, algunos de los cuales se habían empeñado en que el célebre químico pudiera dejar constancia de sus conocimientos en la universidad, adonde era invitado con cierta asiduidad, de ahí que muchos le llamaran profesor.
Los días transcurrían y la vida de Isaac y Samuel cada vez era más apacible. No deseaban más de lo que tenían. Las viudas Korlov los cuidaban con afecto, y Samuel parecía recuperado gracias a las comidas de Raisa y a los jarabes del profesor Goldanski, al que visitaban de cuando en cuando.
—Así que vais a la sinagoga…
—Sí, profesor, quiero que mi hijo no olvide quiénes somos.
—Creía que estábamos de acuerdo en que lo mejor para los judíos era ser de donde vivimos. En nuestro caso, rusos.
—Y así es como pienso, pero ¿por ser rusos hemos de dejar de creer en nuestro Dios? ¿Hemos de renunciar a nuestros libros? ¿Hemos de renunciar a soñar que el año próximo estaremos en Jerusalén? Antes creía que para ser buenos rusos debíamos renunciar a todo esto, pero ahora pienso que podemos ser rusos y judíos sin traicionar a nuestra patria ni a nuestro Dios.
—¡Sueños, palabras, libros! Isaac, la vida es muy corta, no da para mucho. No hace falta exhibir las creencias. Fijaos en mí… Nací en Varsovia, y si no hubiera sido por el empeño de mi padre, no habría pasado de hacer mejunjes en la botica… Vine a San Petersburgo, estudié, me abrí camino, luego conocí a la condesa, me casé… y soy rico. ¿Creéis que habría podido tener una esposa como la condesa si me hubiera empeñado en ser sólo un judío? Ella fue muy valiente enfrentándose a su familia para casarse conmigo. Lo menos que he podido hacer por ella es comportarme como espera de mí.
—¿Y no esperaba que un judío fuera judío? —Nada más hacer la pregunta se arrepintió. Había sido una impertinencia que el profesor, su benefactor, no merecía.
Gustav Goldanski le miró fijamente antes de responder. El brillo de sus ojos mostraba que estaba molesto, pero el tono de su voz no reflejaba ninguna emoción.
—Lo que esperaba era que no fuera diferente, o que al menos no llevara esa diferencia hasta hacer imposible la vida que tenemos. Soy ruso, me siento ruso, pienso en ruso, lloro en ruso, me emociono en ruso, amo en ruso. Hace tiempo que olvidé el lenguaje familiar, aquellas palabras que sólo servían para entendernos entre nosotros los judíos. Llevo a Dios en mi corazón y le pido que se muestre misericordioso conmigo, pero no le honro más por recitar determinadas plegarias o guardar el sabbat.
—La ley de Dios es sagrada —se atrevió a replicar Isaac.
—No estoy seguro de que Dios haya dado instrucciones sobre tantas pequeñas cosas hasta organizar cada hora de nuestras vidas. Creo que espera otra cosa de nosotros. Es más difícil hacer el bien, mostrarse generoso con quien nada tiene, sentir piedad por los que sufren, ayudar a los que lo necesitan… Ésa es la manera en que intento honrar a Dios, y no os diré que siempre lo consigo, soy sólo un hombre.
—No quiero que mi hijo crezca sin saber quién es —respondió Isaac.
—Vuestro hijo es quien es porque ya es, y no es otra cosa que lo que siente en su corazón. No, no os confundáis, no creo que haya que renunciar a ser judío para ser ruso, sólo que aún no hemos sido capaces de encontrar la manera de ser ambas cosas a la vez sin que una parte desconfíe de la otra. Yo he hecho mis renuncias, quizá vos logréis la síntesis. ¡Ojalá!
Se hicieron buenos amigos. Y rara era la semana en que Isaac no se reuniera con el profesor. Les gustaba hablar, discutir, especular.
En alguna ocasión la condesa Yekaterina invitaba a Samuel a compartir los juegos de su nieto. Samuel congenió pronto con Konstantin, que tenía un carácter abierto y generoso como su abuelo.
Gustav Goldanski y la condesa Yekaterina habían tenido un solo hijo, Boris, dedicado a la diplomacia en nombre del zar. Casado con Gertrude, una noble alemana, les habían dado dos nietos a sus padres: Konstantin, el mayor, y la pequeña Katia. Formaban una familia dichosa hasta que la mala suerte se cruzó en el camino de Boris y Gertrude cuando participaban en una carrera de trineos. Sufrieron un accidente en el que Gertrude murió en el acto y Boris, unos días después, dejando huérfanos a Konstantin y Katia, que desde entonces vivían con sus abuelos.
Samuel admiraba al profesor Goldanski. Quería ser como él, adquirir su posición, pero sobre todo tener la valentía de romper con el judaísmo. Isaac atisbaba que para su hijo tenían más valor las opiniones del profesor que las suyas. Le dolía, pero no manifestaba su contrariedad, y en el fondo de su alma lo comprendía. ¿Cómo no admirar a un hombre que todo se lo debía a su talento e inteligencia y que nunca había hecho daño a ningún semejante? No, no podía culpar al profesor Goldanski de la admiración que le profesaba su hijo. Tampoco podía culpar a Samuel de su deseo de romper con la religión de sus mayores. El chico había perdido a su madre y a sus hermanos por ser judíos, y desde su más tierna infancia había sentido que los demás consideraban a los judíos como seres perniciosos a los que mantener apartados. Samuel ansiaba ser como los demás, y eso era lo que el bueno de Gustav Goldanski había conseguido: ser sólo ruso.
Quizá guiado por esa admiración hacia el profesor Goldanski y por la amistad que le unía a Konstantin, Samuel soñaba con poder sortear el destino. Sabía que a pesar del empeño de su padre para que fuera a la universidad, lo más fácil para él sería continuar con el negocio familiar convirtiéndose en tratante de pieles.
Un año después del asesinato del zar Alejandro II, su sucesor, Alejandro III, promulgó los Reglamentos Provisionales, un conjunto de reglas encaminadas a dificultar todavía más la situación de los judíos en el imperio ruso. Esto provocó que muchos judíos comenzaran a pensar en emigrar; algunos pusieron rumbo a Estados Unidos, otros a Inglaterra, otros muchos a Palestina, pero ése no era el caso de Isaac, que se iba defendiendo con el negocio de las pieles.
—Si yo fuera judío me iría de aquí. —La afirmación de Andréi sorprendió a las viudas Korlov tanto como a Isaac y a Samuel.
Las viudas y sus huéspedes se encontraban compartiendo la comida del domingo. Alina había comentado que una familia de judíos que ella conocía había vendido todos sus bienes para marcharse a Estados Unidos, cuando Andréi, que siempre se mostraba cauto, hizo esa afirmación mientras engullía el guiso de carne que Raisa había preparado.
—¿Por qué? —quiso saber Alina.
—Porque aquí no los quiere nadie, los rusos no somos ciudadanos, pero ellos… aún son menos que nosotros —afirmó Andréi.
—¡Andréi! ¿Cómo dices esas cosas? Si alguien te oyera… —le recriminó Raisa.
—¡Oh! Ya me cuido de no decir lo que no debo, pero me sorprende que el bueno del señor Isaac se conforme con las migajas que recibe de nuestro imperio —dijo mientras pasaba su mirada de Isaac a Samuel.
—¡Madre Santísima! ¡No digas esas cosas! —Raisa parecía asustada.
—Lo siento, señora Korlov, tiene razón, no debería haber dicho nada —se disculpó Andréi.
—¿Por qué no? A mí sí me interesa conocer tu opinión —terció Alina Korlov.
—¡Sólo faltabas tú, hermana! Hay cosas de las que no se debe hablar, y entre ellas está criticar a nuestro gobierno. No permitiré que nadie diga nada inconveniente —afirmó Raisa, enfadada.
—A nosotros no nos molestan las opiniones de Andréi —afirmó Isaac en un intento por mostrarse conciliador.
—A quien le molestaría es al mismísimo zar si pudiera escucharle. No quiero que nadie hable de política en esta casa. Te tenía por una persona prudente —dijo Raisa mirando fijamente a Andréi.
—Siento haberla disgustado, no volverá a pasar.
Andréi se disculpó y solicitó el permiso de Raisa para levantarse de la mesa y retirarse a su cuarto a estudiar.
La viuda Korlov se lo dio con evidente mal humor.
—Alina, no deberías introducir temas de conversación que susciten problemas —dijo Raisa mirando a su hermana mayor.
—¿Es que ni siquiera podemos hablar con confianza entre las paredes de esta casa? La Ojrana no tiene oídos aquí —respondió Alina.
—La Ojrana tiene oídos en todas partes. Bastante nos significamos ya teniendo a judíos entre nuestros huéspedes —respondió Raisa sin darse cuenta del rictus de amargura que afloraba en el rostro de Samuel.
Isaac permanecía en silencio mientras las dos hermanas discutían. Temía que la conversación transcurriera por unos derroteros que pudieran perjudicar a su hijo y a él mismo. En los últimos días había notado más nerviosa a Raisa. Los Reglamentos Provisionales decretados por el gobierno del zar Alejandro III habían mermado ya de por sí los escasos derechos de los judíos, a los que ahora se podía expulsar de sus lugares de residencia sin motivo alguno, además de poner mayores dificultades a su acceso a la educación en las universidades e incluso prohibirles el ejercicio de algunas profesiones. Pero a pesar de todo esto, Isaac se sentía seguro bajo la protección de Gustav Goldanski y prefería no hacerse notar en exceso e ir sobreviviendo.
Aquella noche, de regreso a su cuarto, Samuel preguntó a su padre si ellos también se irían a Estados Unidos.
—Nosotros no, estamos bien como estamos. ¿Cómo podría ganarme la vida allí?
—Pero Andréi ha dicho que los judíos cada día valemos menos… Yo también he escuchado que el zar nos odia, y algunos compañeros de la escuela murmuran sobre lo que está pasando… Padre, ¿por qué no dejamos de ser judíos de una vez por todas?
Isaac volvió a explicar a su hijo que la indignidad estaba en quienes perseguían a los judíos por su condición religiosa y que debía aprender a respetar el derecho de cada hombre a creer en su Dios y decir sus oraciones como sus padres les habían enseñado a hacerlo.
—A tu madre no le gustaría oírte hablar así. ¿Has olvidado cuanto te enseñó?
—La mataron por ser judía —respondió Samuel intentando contener las lágrimas.
Su padre no respondió, lo abrazó fuerte y le acarició el pelo, luego le mandó que se acostara, pero Samuel no podía dormir.
—Sé que en Estados Unidos también hace frío, necesitarán pieles como aquí. Podrías vendérselas.
—No es tan fácil…, desconozco cómo funciona allí el negocio de las pieles. Tampoco conocemos a nadie. No, no iremos; no voy a exponerte a más calamidades. Es cierto que en Rusia a los judíos apenas nos toleran, pero al menos nosotros hemos encontrado el amparo del profesor Goldanski y ahora las cosas nos van bien, no podemos quejarnos. Lo único que debemos hacer es mostrarnos prudentes y no hacernos notar.
—Padre, ¿tienes miedo?
Isaac no supo qué responder a la pregunta de Samuel. Sí, tenía miedo. Miedo a lo desconocido, a no poder proteger a su hijo. Aún tenía edad para emprender una nueva vida, estaba en la mitad de la treintena, pero no quería arriesgarse.
—Cuando seas mayor comprenderás que quedarnos aquí fue una buena decisión. Somos rusos, Samuel, y extrañaríamos nuestra patria.
—Somos judíos, eso es lo que somos, así es como nos ven los demás.
—Somos rusos, hablamos, sentimos, sufrimos como rusos.
—Pero no rezamos como rusos y tú mismo, padre, te empeñas en que no olvide el yiddish y me obligas a acudir a la sinagoga para que el rabino me enseñe hebreo —replicó Samuel.
—Sí, y también insisto en que aproveches las clases de inglés y de alemán. Algún día, Samuel, a nadie le preguntarán en qué cree o a quién reza, y todos los hombres seremos iguales.
—¿Cuándo será eso?
—Algún día… ya lo verás.
—Eso es lo que dice el abuelo Elías.
—Y tiene razón. Ahora duerme.
Fueron sorteando los años con la protección de Gustav Goldanski.
Isaac viajaba una vez al año a París, en cuanto asomaba la primavera. Siempre acompañado por Samuel, para complacer a su abuelo Elías.
El hombre no había logrado recuperarse de la pérdida de su hija Esther y suplicaba a Isaac que se quedaran a vivir con él en París, pero Isaac siempre rechazaba la petición de su suegro.
—¿Y de qué íbamos a vivir? No, no sería justo convertirnos en una carga. Cada hombre tiene que labrarse su destino, y el nuestro está en Rusia, somos rusos, aquí seríamos extranjeros.
—Pero en Rusia también somos extranjeros —respondía Samuel—, allí somos menos que nada.
No es que Samuel quisiera dejar San Petersburgo. Había llegado a amar aquella ciudad más que ningún otro lugar del mundo, pero sus sueños estaban repletos de sobresaltos, de miedo, del rostro de su madre ensangrentado, de sus hermanos gritando. De manera que su corazón estaba dividido entre el deseo de emular a Gustav Goldanski y la tranquilidad que respiraba en París al abrigo de su abuelo Elías. También fantaseaba con Estados Unidos. Uno de sus mejores amigos había emigrado con su familia a aquel lejano país.
Fue durante esos viajes a Francia cuando empezó a tomar conciencia de las ideas de Karl Marx y de un ruso preeminente, Mijaíl Bakunin; ambos ya habían muerto, pero habían sembrado sus ideas por toda Europa.
Elías le prestaba los escritos de estos hombres, y no era extraño que algunos amigos de su abuelo se enzarzaran en largas discusiones en la trastienda del taller. Unos defendían las ideas de Karl Marx, otros se declaraban fervientes partidarios de Bakunin, y a pesar de que unos y otros defendían la igualdad, a tenor de la violencia de sus disensiones saltaba a la vista que sus posiciones eran irreconciliables. Y allí en aquella trastienda Samuel fue recibiendo una inopinada educación política en torno al socialismo y el anarquismo.
Con el paso del tiempo comprendió que tanto su abuelo como su padre simpatizaban con Marx aunque procuraban mantener sus ideas ocultas a ojos de los demás.
Aquellos veranos en la casa de su abuelo también sirvieron para que no olvidara el francés, la lengua de su madre. También fue en París donde se enamoró por primera vez, apenas recién cumplidos los dieciséis años. Brigitte tenía dos largas trenzas del color del trigo y unos enormes ojos castaños que le dejaban paralizado cuando le miraban. Trabajaba en la panadería de su padre, a una manzana del taller del abuelo Elías. Samuel siempre insistía en encargarse de comprar el pan.
Un mostrador de latón le separaba de Brigitte, a la que observaba junto al horno con las mejillas teñidas de harina.
Nunca intercambiaron más que sonrisas, pero Samuel sentía que se le aceleraba el corazón cada vez que la veía.
Sin embargo no fue sólo él quien se enamoró. Una tarde en la que el abuelo Elías le pidió que lo acompañara a llevar unos abrigos a la esposa de un abogado que vivía en la orilla derecha del Sena, tropezaron inesperadamente con Isaac. Estaba acompañado de una mujer de mediana edad con la que parecía compartir una gran intimidad puesto que iban agarrados del brazo. Hablaban y reían, parecían felices, aunque el gesto de Isaac cambió bruscamente cuando se dio de bruces con su hijo y con su suegro, que le creían visitando a unos clientes.
Ante la mirada inquisitiva de Elías y el asombro de Samuel, Isaac no pudo ocultar su nerviosismo.
—¡Samuel!
—Hola, padre…
—Isaac… —acertó a murmurar el abuelo Elías.
Después de unos segundos en silencio, fue la mujer quien comenzó a hablar.
—Así que tú eres Samuel. Tenía muchas ganas de conocerte, tu padre no deja de hablar de ti. Está muy orgulloso por lo mucho que estudias, dice que llegarás muy lejos. Y supongo que usted es monsieur Elías. Es un honor saludarle, sé que no sólo es el mejor peletero de París, sino un buen hombre.
La mujer les sonrió y tanto Samuel como el abuelo Elías se sintieron desarmados por aquella sonrisa franca.
—¿Y usted es?… —comenzó a preguntar el abuelo Elías.
—Marie Dupont, soy modista, trabajo para la tienda de monsieur Martel, allí conocí a Isaac.
Marie no era guapa, aunque tenía un rostro agradable. Había que mirarla dos veces para encontrarla atractiva, ya que a simple vista el cabello castaño, los ojos castaños y la figura ligeramente rellena no eran ningún reclamo. Fue ella la que logró con su charla que los hombres se sosegaran.
Cuando Elías se excusó por tener que marcharse para entregar los abrigos que llevaba, Marie propuso acompañarlos, y así los cuatro pasaron buena parte de la tarde recorriendo París. Al llegar la hora de despedirse, Marie volvió a sorprenderlos cuando los invitó a merendar el domingo siguiente.
—Vivo con mi madre en el Marais, nuestra casa es humilde, pero nadie hace las tartas de manzana como ella.
No se comprometieron a ir pero tampoco rechazaron la invitación. Una vez Marie se hubo marchado, Isaac intentó explicarse ante su suegro y su hijo.
—Marie es una buena amiga, nada más.
—Yo nada te he preguntado —respondió el abuelo Elías sin ocultar por más tiempo su enfado.
Cuando por fin llegaron a casa, Elías se encerró en su habitación y no quiso salir para cenar. Isaac y Samuel cenaron mano a mano, al principio en silencio.
—Padre, ¿por qué se ha enfadado el abuelo?
—Supongo que por Marie —respondió Isaac con sinceridad.
—Es… es… bueno, ¿vas a casarte con ella?
—No voy a casarme con nadie; lo que he dicho es cierto, Marie es una buena amiga, nada más.
—Pero iba agarrada de tu brazo —respondió Samuel.
—Sí, así es, pero eso no supone que vayamos a casarnos. Cuando seas mayor lo comprenderás.
A Samuel le irritaba esa manía de su padre de que sólo en el futuro podría entender las cosas del presente, por eso se atrevió a replicar:
—Quiero comprenderlo ahora.
—Aún eres muy joven —respondió Isaac zanjando la conversación.
Pasaron los días y Elías apenas dirigía la palabra a Isaac. Samuel comenzó a sentirse angustiado por la incomodidad que separaba a su padre y a su abuelo. Durante la cena del sabbat, Samuel se atrevió a preguntar qué les pasaba, pero no obtuvo respuesta.
—Ya no me gusta estar en París —dijo de pronto.
—¿No te gusta? ¿Y desde cuándo es eso? —preguntó Elías.
—Desde que padre y tú estáis enfadados. Apenas habláis. Estamos los tres tristes. Quiero volver a San Petersburgo.
—Sí, será lo mejor. En realidad estoy a punto de terminar mi trabajo aquí, y el verano se está acabando —afirmó Isaac.
Se quedaron en silencio sin ganas de terminar la cena. Iban a levantarse de la mesa cuando Elías les hizo un gesto con la mano.
—Samuel tiene razón, es mejor que nos sinceremos. Sé que no tengo derecho a inmiscuirme en tu vida, aún eres un hombre joven, pero el recuerdo de Esther me empaña la razón. Era mi hija, mi única hija, y nunca me recuperaré de su pérdida.
—Esther era mi esposa, la madre de Samuel. ¿Acaso cree que la hemos olvidado? No hay un solo día que no rece a Dios por ella y sé que nos encontraremos en la Eternidad. Nunca la traicionaría, nunca.
—Abuelo, ¿por qué te parece mal que Marie paseara cogida del brazo de mi padre? A mí no me importa, sé que por eso no ha dejado de querer a mi madre. Mi padre querrá a mi madre, a mis hermanos y a mí siempre, siempre. Nadie puede sustituir a madre, nadie. Mi padre jamás lo haría.
—Así es —aseguró Isaac.
—Lo siento, siento haber provocado este malestar, yo… sé que no tengo derecho a hacerte ningún reproche, pero ver a esa mujer de tu brazo fue… fue como si estuvieras traicionando a Esther.
—Pero no lo estaba haciendo. Sólo paseaba con una amiga, nada más. No mentiré respecto a Marie. Es una buena mujer, amable y sincera a la que ha maltratado la vida. Su padre enfermó cuando ella era una niña, y tuvo que cuidar de él y de su hermano pequeño mientras su madre buscaba sustento para toda la familia. Desgraciadamente, su hermano contrajo las fiebres y muri
