Sofia Colicchio es un animal de ojos oscuros, una corredora veloz, una chica de voz fuerte. Es la mejor amiga de Antonia Russo, su vecina.
Viven en Brooklyn, en un barrio llamado Red Hook, junto a la zona que con el tiempo se convertirá en Carroll Gardens y Cobble Hill. Red Hook es más nuevo que el Lower Manhattan, pero tiene más años que Canarsie y Harlem, esas zonas periféricas donde puede pasar casi de todo. La mayor parte de los edificios son cobertizos de madera que bordean el río, pero los tejados se alejan de la orilla en dirección a otras casitas adosadas, de ladrillo visto, también bajas pero más sólidas, todas tiznadas de gris por el viento, la lluvia y el hollín del aire.
Las familias de Sofia y de Antonia se mudaron al barrio por orden del jefe de sus respectivos padres, Tommy Fianzo. Tommy vive en Manhattan, pero necesita ayuda para manejar las operaciones de Brooklyn. Cuando los vecinos preguntan a Carlo y a Joey que a qué se dedican, Carlo y Joey dicen: a cosas varias. Hablan de exportaciones e importaciones. A veces comentan que su negocio consiste en ayudar a la gente, y los nuevos vecinos se dan por enterados y paran de hacer preguntas. Lo dejan claro a través de unas persianas siempre bajadas, y cuando les dicen a sus hijos que «eso no es asunto vuestro», en voz alta, en el recibidor.
Los demás habitantes del barrio son de origen italiano e irlandés; trabajan en los muelles; construyen los rascacielos que crecen como champiñones en el paisaje de Manhattan. Aunque la violencia ha descendido desde la época en que los adultos del barrio eran niños, esta sigue allí, flotando en los huecos que quedan entre los círculos luminosos de las farolas.
Sofia y Antonia saben que deben avisar a los adultos antes de ir a casa de una de las dos, pero no el porqué. Su mundo consiste en pasear hacia y desde el parque en verano, en el zumbido de los radiadores en invierno, y en el eco del agua y de los hombres que trabajan en el muelle durante todo el año. Saben algunas cosas de manera absoluta e ignoran que haya algo que no sepan; en realidad, el mundo se define mejor ante sus ojos a medida que crecen. «Eso es un olmo», dice Antonia una mañana, y Sofia se da cuenta de que hay un árbol delante de su casa. «El tío Billy viene esta noche a cenar», dice Sofia, y Antonia comprende de repente que odia al tío Billy: esa nariz afilada, el lustre de sus zapatos, la peste a puros y a sudor que deja cuando se marcha. «Cruza la calle si no quieres despertar a la maga», se recuerdan mutuamente, y dan un amplio rodeo al pasar delante del edificio más pequeño de la manzana, donde, como todo el mundo sabe (aunque, en realidad, ¿cómo pueden saberlo?), vive una bruja en el tercer piso.
Sofia y Antonia saben que el tío Billy no es su tío de verdad, pero no importa, porque es de la Familia de todos modos. Saben que deben llamarlo tío Billy, como al tío Tommy, y que deben jugar con los hijos de este último en las cenas dominicales. Saben que este tema no admite discusión.
Saben que la Familia lo es todo.
Sofia vive en un piso de tres habitaciones, con un gran ventanal en la cocina que da a un patio trasero al que no puede acceder. El casero sale a echarse la siesta en verano, descamisado, y se queda dormido con un cigarrillo colgando de sus dedos gruesos. El calor del mediodía le quema las partes del cuerpo que han quedado expuestas al sol y le deja la parte inferior de la barriga y la parte trasera de los brazos de un color blanco papel. A Sofia y a Antonia les han dicho muchas veces que no deben quedarse mirándolo. En la habitación de Sofia hay una cama con una colcha nueva, de lana roja; tres muñecas con las caras de porcelana dispuestas sobre un estante y una alfombra mullida en la que le gusta hundir los dedos de los pies.
Al final del pasillo está el dormitorio de sus padres, un lugar al que no debe ir salvo en casos de emergencia. «Cara mia —le dice su padre—, tiene que haber algún lugar de la casa solo para la mamma y papá, ¿no crees?». «No», responde ella, y él pone las manos como si fueran garras y la persigue por todo el pasillo para hacerle cosquillas mientras ella corre y grita. Y luego está el cuartito de la cuna, de cuando Sofia era pequeña, que ahora no es de nadie. Su madre entra a veces y dobla unas prendas de ropa diminutas. Su padre le dice: «Venga, deja eso. Vamos». Y la saca de la habitación.
Sofia ha empezado a notar que su padre inspira miedo.
En el restaurante o en la cafetería siempre le sirven el primero. «Signore —dicen los camareros—, es un placer volver a verlo. A esto le invita la casa. Es nuestra especialidad. Prego». Sofia va de su mano como si fuera un champiñón que crece a la sombra de un árbol. Él es su sombra, su alimento, su base. «Y esta debe de ser Sofia», le dicen. Le estrujan las mejillas, le alborotan el pelo.
Sofia apenas se fija en los demás adultos. Se percata de su existencia solo cuando irrumpen en el campo visual de su padre y este les presta atención. Percibe que su padre siempre da la sensación de ser el hombre más alto de la sala. Acepta los caramelos y las galletas que le ofrecen unos hombres que, incluso a sus ojos, están pendientes de ganarse la confianza de su padre.
Después de esas reuniones, el padre de Sofia la lleva a comer helado; se sientan en el mostrador de Smith Street y él se toma un solo expreso mientras ella intenta no mancharse la blusa de stracciatella. El padre de Sofia fuma unos cigarrillos largos y finos, y le comenta las reuniones. «Nuestro negocio consiste en ayudar a la gente —le dice—. Y, a cambio de eso, ellos nos pagan un dinerito de vez en cuando». Y así Sofia aprende que es posible ayudar a los otros a pesar de que estos te tengan miedo.
Ella es su niña, y lo sabe. Su preferida. Él se ve reflejado en ella. Sofia puede oler el peligro en su padre como un perro huele las tormentas: un temblor de tierra cuando se levanta. Un sabor como a óxido. Sabe que eso significa que él haría cualquier cosa por ella.
Sofia siente el pulso del universo latiendo a través de sus venas en todo momento. Está tan viva que no consigue separarse de lo que la rodea. Es una bola de fuego que en cualquier momento podría devorar el piso donde vive, la calle, el parque al que va con Antonia, la iglesia y las calles por las que su padre pasa cuando trabaja, e incluso los altísimos edificios de Manhattan que se alzan al otro lado del agua. Podría arrasar con todo.
En lugar de quemar el mundo, Sofia se conforma con preguntar el porqué. «Papá, ¿por qué? ¿Qué es eso?».
Antonia Russo vive en un piso de dos habitaciones, la suya y la de sus padres. Estos siempre dejan la puerta de su cuarto abierta y Antonia duerme mejor cuando alcanza a oír los ronquidos más fuertes de su padre. La cocina no tiene ventanas y sí una mesita redonda, distinta de la mesa cuadrada que tiene la familia de Sofia. Su madre friega el suelo una y otra vez, y acaba suspirando y diciendo que «ya no se puede hacer más». Hay fotos en todas las paredes del comedor, esa clase de fotos anticuadas de un tono marrón grisáceo en las que todo el mundo parece enfadado. En ellas aparecen los abuelos de Antonia, antes de que partieran de «lamadrepatria». A veces su madre las contempla, da un beso al collar que lleva siempre puesto y cierra los ojos con fuerza solo durante un momento.
Antonia descubre que, aunque se supone que debería permanecer dentro de su cuerpo, a menudo siente que está en el de Sofia, o en el de su madre, o en el de la princesa de un cuento. Le resulta fácil deslizarse, escapar, existir en todo el universo en lugar de quedarse confinada en los límites que impone su propia piel.
Por las mañanas, Antonia pone en fila a sus peluches y los saluda. Hace la cama sin que nadie tenga que pedírselo.
Sofia aparece en la puerta de casa de Antonia con el pelo alborotado y las uñas sucias; brilla sin esfuerzo, como el sol, segura de que va a salir, confiada en que puede despertar a todo el mundo. Antonia se siente atraída y repelida a la vez: fascinada de la misma manera que un niño observa un pájaro muerto y lo rodea, admira una pluma, le construye un sepulcro. Ella es muy escrupulosa con su aspecto. Quiere beberse a Sofia, saciarse con la magia adictiva de su amiga.
Sofia y Antonia pasan todo el tiempo juntas porque son pequeñas, porque viven una al lado de la otra y porque sus padres alientan esa amistad. A los padres siempre les conviene saber con quién andan sus hijos.
La textura de los pasos de Sofia le resulta tan familiar como el ritmo y la cadencia de los suyos propios; su reflejo en los ojos castaños de Sofia es más revelador que cuando se mira al espejo. Por su parte, Sofia reconoce a Antonia a través del aroma a talco y a lirios que permanece en su habitación cuando su amiga ya se ha marchado a cenar; por la torre de bloques perfectamente colocada en el estante; por la onda del peinado de su muñeca favorita.
Sofia y Antonia no se percatan de que su amistad no se ve turbada por ningún otro niño.
Sofia y Antonia cierran los ojos y construyen el mundo. Juntas van de safari y escapan por los pelos de una muerte sangrienta en las fauces de un león. Viajan en avión a Sicilia, de donde proceden sus familias, y también a Japón y a Panamá. Sobreviven en la selva con la ayuda de dos palos y una lata de galletas de Navidad como único sustento; huyen de las arenas movedizas y de las langostas. Se casan con príncipes que las llevan a caballo por las fangosas calles del barrio de Red Hook. Sofia y Antonia ensillan sus propias monturas. Hablan en susurros con sus caballos. Gritan «¡Vuela como el viento!» y sus madres las hacen callar. «Id a jugar a otro sitio», les dicen. Sofia y Antonia juegan en la luna.
Antonia se siente libre al lado de Sofia: en el interior de su amiga arde una llama en la que ella puede calentarse las manos y la cara. A veces Antonia se descubre observando a Sofia; contemplando cómo se le arruga el vestido entre los hombros cuando se encarama a una mesa o se olvida de enjuagarse las manos cuando las dos se las lavan en el cuarto de baño antes de cenar. «Si puedo verte, es que estoy aquí». Antonia tiene la impresión de que, sin Sofia, podría desvanecerse, desintegrarse en el aire nocturno. Y Sofia, cómoda bajo los focos de la atención absoluta de su amiga, siente que su brillo es cada día más fulgurante. «Si me ves, es que estoy aquí».
Antonia y Sofia pasan la mayor parte del tiempo con sus madres y en su mutua compañía. Sus padres se ausentan a menudo, aunque el de Sofia va a cenar a casa lo bastante a menudo como para que ella sienta que su presencia es el prólogo y el epílogo del día: por las mañanas llena la casa con el olor a brillantina y expreso, y por las noches, justo antes de que ella se acueste, ronda por la cocina. A veces oye el crujido de la puerta y los pasos de su padre cuando ella está casi dormida: él sale otra vez.
Antonia no tiene ni la menor idea de que el hecho de que su padre se ausente dos o tres noches por semana es poco habitual si se compara con la rutina que siguen los otros padres del barrio, ni de que su madre se echó a llorar un día en la carnicería, abrumada por el agotamiento profundo y existencial que le suponía planear comidas para «dos o tres personas», ni de que cuando su padre vuelve a casa, de madrugada, entra de puntillas en su habitación, le acaricia la frente y reza a su lado con los ojos cerrados. Antonia no sabe a qué se dedica, solo que trabaja con el tío Billy o el tío Tommy. «Tiene reuniones —le dijo una vez Sofia—. Reuniones para ayudar a la gente». Pero Antonia intuye que esa es una explicación insustancial, incompleta. Lo que sí que sabe es que, mientras su padre está fuera, su madre no se comporta como siempre: a veces se convierte en una presencia enorme que arrastra el caos consigo mientras limpia, ordena, arregla y protesta de manera obsesiva, y otras disminuye hasta quedar reducida al tamaño de un esqueleto minúsculo, a una mera sombra de lo que era. Y Antonia, con cinco años, depende de su madre del mismo modo que el océano depende de la luna: crece y se encoge siguiendo su estela.
Se imagina a su padre sentado en una sala pequeña. El tío Billy fuma puros y gira en la silla, hace aspavientos feroces y grita por teléfono. El tío Tommy permanece en un rincón y los observa: él es el jefe. Su padre está sentado en silencio, con lápiz y papel. Antonia lo coloca frente a un escritorio y le da una expresión de concentración profunda. Él mira por la ventana y de vez en cuando baja la vista para garabatear algo en el papel. Está al margen del tumulto.
Antonia cree que, si cierra los ojos, puede inventar el mundo.
Por la noche, cuando su madre la acuesta, ella siente que el piso se separa de los cimientos. Su peso y el de su madre no bastan para mantenerlo pegado a la tierra, y por ello se alza y flota. Antonia cierra los ojos y construye unos nuevos cimientos, ladrillo a ladrillo, hasta que el sueño la vence.
En la habitación contigua, su madre lee o, en más de una ocasión, se pone los zapatos y va al piso de al lado a tomarse tres dedos de vino con la madre de Sofia, Rosa. Ambas mujeres están deprimidas, agobiadas por el hecho de que sus maridos están por esas calles haciendo Dios sabe qué, Dios sabe dónde. Las dos tienen veintisiete años; durante el día aún logran conjurar el brillo cegador de la juventud, pero por la noche, a la luz de las lámparas, surcos de inquietud les arrugan la cara, partes de su piel se ensombrecen debido al cansancio mientras otras se les pegan a los huesos. Ellas, como tantas otras mujeres que las precedieron, están envejeciendo por la preocupación, estresadas por esos segundos que, según ellas, parecen pasar más despacio por la noche que durante el día.
La madre de Antonia, Lina, es de constitución nerviosa. De niña solía quedarse en casa leyendo en lugar de salir a jugar a la calle. Miraba a ambos lados cinco o seis veces antes de cruzar la calle. Cualquier cosa la sobresaltaba. Su madre a menudo la miraba con severidad, negaba con la cabeza y suspiraba. Lina no lo olvidará nunca: mirada, negación, suspiro. Casarse con Carlo Russo no ha apaciguado sus nervios.
Cada vez que Carlo, el padre de Antonia, sale de casa, el miedo devora a Lina hasta que lo tiene de vuelta. Y cuando Tommy Fianzo decide que necesita que Carlo trabaje de noche, recibiendo y transportando cajas de licor canadiense, el miedo agarra a Lina por el cuello y no la deja dormir.
De manera que ella ha desarrollado una estrategia: no empieza a preocuparse hasta que sale el sol. Cuando la despierta el aire meloso que se extiende entre ella y Carlo, el hecho de saber que él está en otro lugar y se ha llevado consigo la parte más vulnerable de ella, Lina baja de la cama y aterriza en el suelo con suavidad, como lo haría un pajarillo. Baja las escaleras de su piso y sube al de los Colicchio, en el bloque de al lado. Usa la llave y se sienta en el sofá con Rosa hasta que se ve capaz de soportar el silencio de su propio hogar.
Justo antes del amanecer, Lina sabe que la puerta principal se abrirá y que Carlo entrará sin hacer ruido en casa. Y tanto esta como ella misma volverán a aposentarse en la tierra a la que pertenecen.
La madre de Sofia, Rosa, recuerda bien los turnos de noche de su padre. Rosa se quedaba en casa con su madre, que pasaba los días terminando de coser ojales para camisas de hombre, haciendo remiendos y preocupándose por el padre de Rosa, mientras desgranaba ante sus hijos retales de su propia infancia antes de que el barco los llevara a América, y les regañaba a gritos para que hicieran los deberes, para que estudiaran, por el amor de Dios; para que se sentaran erguidos, tuvieran cuidado y llegaran a ser personas de provecho. La madre de Rosa, con los dedos enrojecidos de coser, cortando cebollas para la cena sin alterarse nunca: de vez en cuando cerraba la boca, se callaba, y Rosa y sus hermanos captaban entonces su dolor. Para Rosa todo eso tenía sentido: construir una comunidad y un hogar, sin importar el cómo, ni el dónde, ni el precio a pagar.
De manera que cuando conoció al alto y deslumbrante Joe Colicchio, que había aceptado un trabajo del socio de su padre, Tommy Fianzo padre, Rosa supo lo que le haría falta para construir su propia casa.
Antonia y Sofia no siempre se acuestan cuando se lo ordenan sus respectivas madres. Pasan muchas horas intercambiándose mensajes a través de las paredes de sus habitaciones. Duermen a ratos. El sueño no es tan definitivo para ellas como lo es para los adultos: no hay motivo que les impida continuar su conversación en sueños. Se dicen «Tu mamma está aquí esta noche», porque, por supuesto, lo saben. Y las madres se sientan en la cocina, muy juntas, y beben vino a sorbitos, a veces riéndose, otras llorando, y, por supuesto, saben cuándo se duermen sus hijas porque aún pueden sentir las formas de esas niñas acomodándose en el interior de sus barrigas.
Recuerdan que estuvieron embarazadas a la vez: tiernas al tacto, colmadas de ilusiones. Fue eso, más que el trabajo común de sus maridos, lo que las unió.
Sus embarazos fueron el inicio de esas conversaciones a altas horas de la noche, en cualquiera de las dos casas. En ellas, con la luz baja, se abrieron la una a la otra. Hablaron del futuro, lo que siempre significa hablar del pasado: de los padres de Rosa, de ese hogar siempre lleno y bullicioso, y del deseo de Rosa de llegar a tener una casa parecida. «Pero nada de costura —decía siempre Rosa—, ni hilos ni agujas». Ni dedos enrojecidos por los pinchazos. A sus hijos no les faltaría de nada. Lina, para quien el futuro siempre había sido un espacio tenso, comprobó con alivio que el bebé que crecía en su interior le inspiraba más amor que miedo. Pensó en su propia infancia, en la que no había espacio para lo que se quería, sino solo para lo que se necesitaba. «Sin obligaciones —le dijo a Rosa—. Sin deberes». Sus hijos tendrían un amplio abanico de posibilidades para elegir. Ella les enseñaría a leer.
«Tiene pinta de ser un niño», le decían a Rosa las otras mujeres de la Familia cuando se la encontraban en la carnicería o en el parque. «Lo tuyo parecen gemelos», le decían a Lina, que estaba grande, grande, grande; no podía calzarse los zapatos de siempre; de hecho, ni siquiera se veía los pies, y pensaba: «Claro, esto tampoco se me va a dar bien». Las mujeres extendían las manos para pellizcarles la cara y les daban palmaditas en las barrigas. Rosa y Lina se cogían del brazo y caminaban por la calle. Se percataron ya de que sus bebés no partirían de una página en blanco: nacerían en un mundo que esperaba de ellos que tuvieran el tamaño y la forma correctas. «Si es un chico, que salga mañoso», rogaban. «Si es niña, que sea cauta con lo que le pide el corazón».
Lina, con las manos hinchadas y la espalda dolorida, añadía: «Que este niño no le tenga miedo a nada».
En el otoño de 1928, Sofia y Antonia empiezan a ir al colegio juntas, y el mundo crece de manera exponencial con cada día que pasa. Corren hacia la escuela todas las mañanas, tropezándose con los pies y las piernas de la otra. Son pequeñas y feroces, y llegan temprano y sin aliento. Aprenden los números, las letras y geografía.
El primer día de clase se enteran de que la mitad de los niños de su clase son italianos y la otra mitad, irlandeses. Se enteran de que Irlanda es una pequeña isla situada muy lejos de Italia, aunque no tanto como América, «… donde estamos todos», según el señor Monaghan. Sofia y Antonia se hacen amigas de Maria Panzini y de Clara O’Malley. Todas llevan lazos azules en el pelo. Deciden que también se los pondrán mañana. Toman el almuerzo juntas y se dan la mano mientras esperan que sus madres vengan a recogerlas. «Mamma, mamma», se disponen a gritar en cuanto las ven, pero las madres ponen mala cara. Al día siguiente, Maria Panzini come en compañía de otras niñas y Clara lo hace al otro lado del patio. «Los irlandeses comen allí», piensa Antonia. «Tú sigue con Antonia», dice la madre de Sofia. «Nuestras familias tienen algo distinto», les dicen Rosa y Lina a sus hijas, y las niñas no terminan de entender si ese algo es mejor o peor, pero enseguida se acostumbran a comer las dos solas.
Aun así, el colegio les encanta, sobre todo por el señor Monaghan, que cojea debido a su participación en la Gran Guerra y vive en el sótano de un viejísimo edificio de piedra rojiza, a un tiro de piedra de la fundición de piezas para los barcos. El señor Monaghan tiene un brillo especial en la mirada. Es alto, larguirucho y animado. Los mira a los ojos cuando les habla.
Cada mañana, los niños hacen girar un globo terráqueo y escogen un lugar del mundo sobre el que aprender. Es así como se han enterado de que existen las pirámides, el Taj Mahal y la Antártida. Da igual donde caiga el dedo del señor Monaghan, él sabe muchas cosas del lugar, tiene fotos de él, y les cuenta grandes y fascinantes historias, casi inventadas, que logran mantener a los niños cautivados, inmóviles en sus sillas. Y hoy Marco DeLuca le ha quitado a Sofia el turno a la hora de hacer girar el globo.
Lo hizo sin darse cuenta, lo que significa que cuando ella lo mira con el ceño fruncido y una furia intensa en el pecho, él se limita a devolverle la mirada con su aire bovino e impasible de siempre, sin entender a qué viene ese enojo, y eso empeora las cosas. El cuerpo de Sofia se calienta por dentro, la cara se le sonroja y se le agitan los dedos de las manos, la respiración se le vuelve amarga. En momentos posteriores de su vida, los amigos y parientes llegarán a reconocer ese mohín revelador de la boca y los ojos entrecerrados como avisos de su enfado. También ella llegará a apreciar ese fuego ardiente y devorador que anuncia la pelea inminente.
Hoy Sofia no participa en los comentarios de sus condiscípulos mientras estos miran fotos de criaturas marinas en viejos ejemplares del National Geographic y de la Enciclopedia Británica especial del señor Monaghan. No comparte sus expresiones de sorpresa y admiración cuando el señor Monaghan dibuja en la pizarra la figura de un ser humano a escala, y a su lado, también a escala, la de un calamar gigante, y luego la de una ballena azul. Ella no aparta la vista de Marco mientras espera en vano que el señor Monaghan recuerde que aquel día le tocaba a ella. Siente que la gran injusticia de la vida invade todas las fibras de su cuerpo.
Antonia intuye que a Sofia le pasa algo con ese sexto sentido de alguien que, todavía, no entiende que los seres humanos piensan en sí mismos como en contenedores separados. Está atenta a la lección de criaturas marinas, aunque participar en el tumulto de niños sin Sofia la pone nerviosa. Estira el cuello, como todos, para ver las fotos de los tiburones ordenados por tamaños, y se sobresalta adecuadamente ante el diagrama que muestra las múltiples filas de siniestros dientes enrojecidos de un tiburón, pero permanece sentada y en silencio cuando el señor Monaghan pide a los niños que nombren los siete mares y no levanta la mano, ni siquiera cuando el resto de la clase se queda atascada en el «Índico». Se mira los zapatos, que se ven muy negros en contraste con las medias blancas de sus piernas. Por un instante se imagina que su altura es de cinco centímetros. En ese caso podría vivir dentro del pupitre: tejer mantas con trozos de papel, tal y como habían hecho los ratones que encontró en su armario; comer migas y restos de croquetas de arroz y algún trocito de chocolate con leche olvidado. No se percata de la mirada aviesa de Sofia cuando Marco vuelve a su pupitre.
Es entonces cuando la ira de Sofia explota y se sale de su piel. Mientras Marco DeLuca se acerca a su asiento, Sofia aprieta los puños y extiende la pierna para ponerle la zancadilla.
Antonia levanta la vista cuando Marco DeLuca ya está llorando mientras se levanta del suelo. En el alboroto que sigue, Antonia se queda con imágenes sueltas que más tarde revisará: Sofia, su pierna aún estirada en el pasillo y su boca abierta de asombro; Maria Panzini, que solloza y se agarra al borde del pupitre en una buena imitación de una anciana; el señor Monaghan, mostrando su sorpresa horrorizada; y un diente brillante, rojo en los bordes, sobre el suelo de cerámica.
Y mientras Antonia observa, ve que la cara de Sofia queda invadida por una expresión extraña: una versión de la que adopta el padre de Sofia cuando pisa un escarabajo o le saca las tripas brillantes a un pescado.
Esa expresión perseguirá a Antonia durante muchos años. Volverá a ella en los periodos en que no esté segura de poder confiar en Sofia, en los instantes más débiles y sombríos de su amistad. En Sofia existe la semilla de la inestabilidad. Antonia busca en sí misma y no logra encontrar nada similar. No sabe muy bien si eso supone un alivio o no.
Por la tarde, Sofia está sentada en la cocina, cortando las puntas de las judías verdes. Por la rigidez de los hombros de su madre y por el silencio que reina en el ambiente, deduce que está metida en problemas. La zancadilla de Marco la había hecho sentir casi mareada y un poco sorprendida. Ella no quería hacerle daño, pero tampoco puede decirse que se arrepienta.
Todos los domingos, después de la misa, los Russo y los Colicchio se montan en un único coche y cruzan el puente de Brooklyn para ir a cenar a la casa de Tommy Fianzo.
Tommy Fianzo vive en un ático de cuatro habitaciones que está tan cerca de Gramercy Park que todos los que pasan por delante de su casa llevan vestidos de seda o cuero, pieles y perlas. Él no tiene la llave del parque, pero a menudo se le oye decir a cualquiera que quiera escucharlo que no la quiere, que esas cosas típicas de americanos le importan un bledo. «Eh, ¿qué hace ese vaso vacío? Ven a beber algo, échate un poco de vino». Los Colicchio y los Russo llegan como si fueran una unidad y se unen al desfile lento de los empleados de Tommy.
Sobre las tres, el amplio piso de los Fianzo está lleno hasta los topes de voces y ruidos, de olor a vino y a ajo. En invierno las ventanas se empañan y la casa se impregna del olor a humedad de los guantes y las bufandas que se han puesto a secar sobre los radiadores; en verano se huele el sudor, y hay cubiteras con hielo para la limonada y botellas de vino blanco frío por todas partes. Antonia y Sofia pasan pronto desapercibidas entre el gentío y se unen a los demás niños de la Familia, a los que ven una vez por semana, pero no conocen bien, porque sus familias son las dos únicas que viven en Red Hook.
Tommy Fianzo tiene un hijo, Tommy Jr., que es mayor que Sofia y Antonia. Y malo, propenso a pellizcar y a hacer gestos obscenos a espaldas de los adultos. Viene también el hermano de Tommy, Billy, que todavía les cae peor que el hijo de Tommy. No tiene esposa ni hijos, y da la impresión de clavarse en los rincones de las habitaciones como si fuera un percebe sobre una roca. Tiene los ojos pequeños y negros, y los dientes se le apiñan en la boca como si fueran pasajeros a las puertas de un vagón de tren. Apenas habla con ellas, pero las observa con esos ojos rapaces; Sofia y Antonia lo evitan.
A las seis, Tommy Fianzo y su mujer sirven las bandejas de comida en el salón. «Bellissima», celebran los invitados. Acogen de buena gana los boles de pasta, las fuentes con el cordero, las bandejas de judías y anillas de calamar empapadas de aceite de oliva, los resbalosos pimientos rojos tostados. Los invitados se chupan los dedos. Están radiantes. «Moltissime grazie», exclaman. «Estoy lleno. Nunca había visto una comida tan bien servida».
En general nadie les hace mucho caso a ellas dos: abandonadas a su suerte, se entregan a jugar al pillapilla y se persiguen alrededor de la mesa, entre las piernas y los codos en movimiento de los adultos. La casa se llena del olor a tabaco de pipa y a perfumes femeninos; es un caos acogedor, familiar, la espumosa cresta de la ola. Finalmente, sus padres les llenan los platos de comida.
Sofia y Antonia hacen el camino de vuelta a casa medio dormidas; se les cierran los ojos, les pesan los brazos. Al otro lado de las ventanillas, mientras cruzan el puente de Brooklyn, centellea Manhattan. Y si están de suerte, el padre de Antonia les apoyará una mano en la espalda y les cantará en voz baja canciones que recuerda de su propia madre, de la isla donde creció. Les habla de la tierra caliente, de la vieja iglesia encalada, de la fragancia que se respiraba a la sombra de los limoneros, de la anciana de pelo blanco y enmarañado que vivía en una cabaña enfrente del mar.
Cuando llegan a casa, los Colicchio y los Russo bajan del coche y los adultos se besan antes de meterse en sus respectivos pisos. Carlo lleva a Antonia a su cuarto en brazos y Sofia sube al suyo de la mano de Joey. Rosa y Lina se despiden con una mirada que las abarca a ellas, a sus maridos y a sus hijas.
«Papá —dice Antonia antes de quedarse dormida—, tú preferirías estar aquí todo el tiempo en lugar de ir a trabajar, verdad». No es una pregunta. «Cara mia —susurra Carlo—. Por supuesto».
En la otra habitación, Lina Russo siempre sabe cuándo Carlo da esa respuesta. Sabe cuándo Carlo pone a dormir a su hija. «Cara mia». Al oírlo, Lina se siente por fin tranquila, equilibrada y en paz. «Por supuesto».
Los domingos, cuando Sofia se ha dormido, Rosa permanece en la cocina y contempla sus dominios. «Cara mia», piensa ella. Su niña dormida, a la que no le falta de nada. Su marido, con las cejas enarcadas, espera a que ella decida que ya es hora de salir de esa estancia, hasta la mañana siguiente. «Por supuesto».
A la mañana siguiente, Sofia se despertará en su cama y Antonia en la suya. Los camiones de basura pasan los lunes por la mañana y si los basureros levantan la cabeza, a veces ven, en esos edificios contiguos de un callejón de Red Hook, a dos niñas en camisón asomadas a la ventana, listas para estrenar la semana.
En el verano en que Sofia y Antonia tienen siete años, sus padres deciden que ya están hartos de ese calor insoportable y planean una excursión a la playa.
Parten a principios de agosto. La madre de Antonia va en el pequeño asiento posterior con Sofia, Antonia y el equipaje, y los demás adultos viajan delante. Se unen a las filas de neoyorquinos que abarrotan la autopista de Long Island y se mueven, a cuatro kilómetros por hora, durante toda la tarde.
El sol castiga el coche y dentro de él los pasajeros notan la ropa y los asientos sudorosos, intentan no rozarse. El tráfico avanza como una serpiente grande y lánguida a través de Long Island.
Sofia se cansa enseguida de mirar a los ocupantes de los otros coches y empieza a contar los topos de su falda nueva, pero Antonia se inclina hacia delante y descubre a un hombre trajeado que se hurga en la nariz, a una mujer con una blusa blanca que desliza su uña pintada por la base de la ventanilla, a dos niños que se pelean en un asiento trasero que parece limpio y espacioso en comparación con el suyo, donde viaja apretujada como una sardina en lata.
Afuera, el paisaje empieza a parecerse a un páramo. Los árboles se encogen y se doblan, vencidos por toda una vida soportando el viento del Atlántico. Es una vista serena y desolada.
El padre de Antonia, Carlo, contempla la hierba amarillenta y azotada por el viento. Sabe en qué momento exacto su vida tomó esta dirección en lugar de otra distinta. Fue en el verano de 1908, diez días antes de que el transbordador atracara en la Isla Ellis. Él tenía dieciséis años y estaba hambriento. Su madre le había llenado un baúl con salchichas y queso; con denso pan negro; con naranjas del huerto. También le había enrollado el rosario de su abuela en la muñeca, lo había abrazado con fuerza y había sollozado.
Carlo comió como un rey durante los primeros dos días de viaje. Pasó la semana siguiente tumbado en posición fetal cerca de un cubo lleno de residuos hediondos.
Fue en ese viaje cuando conoció a Tommy Fianzo, que había cruzado el océano cinco veces. Tommy sacó a Carlo de ese estado de mareo absoluto y le dio agua caliente, migas de galleta y un caldo suave. Tommy le dijo que evitara toser cuando llegara a la cola de inmigración de la Isla Ellis. Tommy le ofreció un empleo.
Al principio el trabajo consistió en una serie de encargos inexplicables. «Quédate en esta esquina —le decía Tommy— y vigila a ese hombre, el de la camisa roja que está sentado en la cafetería. Síguelo si se marcha. Luego nos vemos y me cuentas». O: «Cuando salga un tipo alto por esta puerta, dile que el señor Fianzo le manda saludos». Él llegaba cuando le decían y se quedaba hasta que le ordenaban que se fuera. Recogía y entregaba paquetes. Finalmente empezó a acompañar al hermano de Tommy, Billy, en sus expediciones nocturnas a recoger cargamentos de licor de primera calidad al norte del estado. Le pagaban, y muy bien, por su diligencia y por todas las preguntas que se abstenía de hacer. Le enviaba paquetes llenos de dinero a su madre.
Carlo despertaba todas las mañanas con el zumbido de Nueva York reverberando en su corazón. Con el tiempo aprendió a andar deprisa por las abarrotadas avenidas de Manhattan; a ver a la gente que pasaba sin mirarlos de verdad; a dejarse embargar por aquel bullicioso enjambre humano. El olor a fruta podrida, carne en descomposición y asfalto caliente del verano dio paso al de las hojas húmedas y las castañas asadas del otoño; luego llegó el invierno. Carlo se sentía más alto con cada estación que pasaba.
Y Tommy Fianzo era una especie de guía turístico amable y experto. Tommy le presentó a otros tipos de su edad; uno de ellos, Joey Colicchio, se convirtió en su mejor amigo. Juntos bebieron hasta el amanecer; engulleron ostras por docenas en bares de mala muerte; empezaron a plantar las raíces que los atarían a la ciudad de Nueva York. Y Tommy estuvo allí cuando lloraron por sus respectivas madres mientras el viento de invierno les marcaba la piel, y cuando necesitaron a una mujer, una oficina de correos o que les instalaran el teléfono.
En realidad, Carlo no sabía cómo se las habría apañado sin Tommy durante los primeros meses. Fue Tommy quien le indicó dónde podía ir a buscar ropa, muebles, tabaco, comida, o qué iglesia convertía el sótano en una pista de baile llena de apetecibles chicas italianas los viernes por la noche.
Tuvieron que pasar varios años desde su llegada a América cuando, en medio del runrún agitado de uno de esos bailes, entre las bandadas de hombres y mujeres jóvenes que, como aves presumidas, exhibían sus mejores galas en un ambiente turbulento y expectante, Carlo conoció a Lina, que poco después se convirtió en su mujer en una tarde tormentosa de otoño. Carlo despotricaba contra la lluvia, contra ese manto de agujas heladas que llegaba con cada ráfaga de viento, pero Tommy afirmó que «sposa bagnata, sposa fortunata», y ajustó la corbata de Carlo antes de la ceremonia mientras lo miraba como si fuera un hermano.
Tommy alentó a Carlo a que se tratara solo con un determinado tipo de inmigrante: el de pelo engominado y cara afeitada. Carlo aprendió a preguntar si alguien era de la Familia, y a mantener las distancias si la respuesta era negativa.
Tuvo que pasar muchos años trabajando para Tommy antes de caer en la cuenta de que contestaba a las preguntas con respuestas del estilo de: «Bueno, a Tommy no le gustaría que…» o «Tommy suele decir que…». Tuvieron que transcurrir aún más años antes de que empezara a inventariar las piezas de la vida que se había construido a sí mismo (el piso, el guardarropa, el entorno) y constatara que todas y cada una de ellas tenían su origen en Tommy. Para cuando un Carlo de pulso tembloroso y aliento entrecortado se encontró apostado frente a la puerta de una sala donde se infligían inenarrables actos violentos como castigo por la infracción más nimia contra la Familia Fianzo, ya era demasiado tarde para salir de allí.
La misma semana en que supo que iba a ser padre, Carlo recorrió las avenidas de Nueva York en busca de empleo: fue a Brooklyn, a Manhattan, a restaurantes, fábricas, a una imprenta; se ofreció como portero, jardinero o aprendiz de fontanero. Intentó conseguir trabajo como albañil. Entró en una tienda donde pedían una dependienta. En todas partes le rehuían la mirada. Más tarde descubrió que el único encargado que le había estrechado la mano acabó tres días después con el brazo roto y los ojos morados. Tommy llevó a Carlo a cenar y, entre filetes que se deshacían en la boca, le dijo que eran familia; que eran hermanos; que s
