Juro no decir nunca la verdad

Javier Marías

Fragmento

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Índice

 

Portadilla

Índice

Nota del editor

Indultos a manos llenas

Qué tonto fui

Villanía léxica

Que no dimitan

En los años de la distracción

Descrédito y deserción

Hijo del Papa

Delaciones muy cristianas

Ladrones de Heathrow

Como si fueran comunistas

Los nuevos zombies

Denigradores que se denigran

Potter nos convierte en Pottersville

¿Y ahora para quién espían?

La actual dificultad de morder

La Marca España y las ratas

Puras hipocresía o contradicción

Gracias y adiós, Roger Dobson

Lo mejor es no haber nacido

San Mamés y nuestros recuerdos

Este Gobierno prohíbe a Sherlock Holmes

Esclavizados y transparentes

La excelencia de la purria

Por donde Franco solía

Alerta y sanos y salvos

Los despertares

Lerdos, y gracias

Que esto no se cuente

Rendición incondicional

Hoteles ahuyentadores

Para entendernos por ahí perfectamente

Y luego van y lo cuentan

Suerte que no hay simios en Ohio

El negocio de prohibir

¿Por qué nada sirve nunca de nada?

Las no tan viejas lealtades

Una comicidad irresistible

Un hombre de buen conformar

Tutelas permanentes

Es cosa nuestra

Neofranquismo

Las bandas de la banda ancha

Castigar lo inexistente

Noches armadas de Reyes

La baraja rota

Pequeño comentario de texto

Entre el ridículo y la mansedumbre

Un matrimonio invisible y encantador

Juro no decir nunca la verdad

Almanya

Un mundo más triste y más lerdo

La piadosa malevolencia

Voracidad y lloriqueo

El reino de la posibilidad

Así protegen los vándalos

Proliferación de cabestros y mastuerzas

La muerte de la discreción

En el inofensivo pasado

Los mejores y los peores

Las lecciones de la imaginación

Gobernación

Empobrecimiento, embrutecimiento

Como antes de la Revolución Francesa

El gesto más suicida

¿Tarugos todos?

Lo crucial y urgente

Anteayer mismo

Ecuanimidad o histerismo

Esa tendencia abominable

El mundo hiere

En favor de la ocultación natural

Cazuelas en los quirófanos

Si sólo vivieran los vivos

La conjunción de mil azares

¿Completos bobos?

Guarrería

Si yo fuera catalán

Aventuras criminales

Hasta cuándo esperan los libros

Por qué no están en el manicomio

Las vanidades heridas

¿Sólo antaño?

Una asfixia más

El artículo inútil

Tampoco hay que ser Sherlock Holmes

Mira lo que hago

El Terror de los Austrias

Siempre tarde y con olvido

Diccionario Penal

En la estela del FBI

Las mujeres son más jóvenes

Fiera herida

Se buscan razones para asesinar

Mundo antipatiquísimo

Cautivos

Notas

Sobre el autor

Créditos

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Nota del editor

 

Este libro reúne los artículos publicados por Javier Marías en el suplemento dominical El País Semanal entre el 10 de febrero de 2013 y el 1 de febrero de 2015; dos años de labor columnística que dan un total de 95 piezas.

El lector asiduo sabe que es tradición que Marías escoja como título de los volúmenes recopilatorios el de uno de los textos. En este caso, el elegido ha sido «Juro no decir nunca la verdad», un artículo en el que se contrapone el noble propósito de no mentir jamás con la conducta enfermiza de hacerlo incesantemente, una conducta que la ciudadanía de nuestro país advierte sobre todo en el colectivo de los políticos patrios. El proyecto de ley del aborto del Gobierno del PP sirve al autor para ejemplificar la costumbre malsana de engañar sin descanso y con absoluto descaro. Aunque, naturalmente, Marías va más allá de señalar la mendacidad y la pieza contiene un brillante análisis de las estrategias más deleznables empleadas por los políticos para conseguir votos.

Pese a que no todas las semanas el autor trata asuntos de índole social o política, al leer seguidos los artículos se conforma una suerte de crónica de la etapa más dura de la actual legislatura de mayoría absoluta del PP (con un Gobierno, el del presidente Rajoy, que «ha hecho trizas el contrato social», como podemos leer en «La baraja rota», tal vez uno de los textos más deslumbrantes de este libro). Crónica de un intelectual comprometido que no se calla ante las tropelías de los que nos gobiernan y las desgrana y denuncia sin desmayo. Los temas que aborda no difieren demasiado de las reivindicaciones esenciales de los indignados del movimiento 15-M, sólo que Marías ya llevaba años clamándolas antes que ellos: los desahucios «legales pero ilegítimos e inmisericordes»; la aplicación sin argumentos de la Ley de Indultos; la desastrosa reforma laboral; la Ley de Seguridad Ciudadana «de inspiración innegablemente franquista»; los innumerables casos de corrupción y la impunidad que les da cobijo; los recortes sangrantes en educación, investigación y sanidad; y el largo y bochornoso etcétera que por desgracia les sigue y del que nuestro autor también da buena cuenta. En Juro no decir nunca la verdad la impotencia y el hartazgo del ciudadano común están omnipresentes, así como las dolorosas consecuencias de la crisis y, en los últimos tiempos, la falacia de la tan cacareada recuperación económica. Gracias a su denuncia argumentada de los desmanes de los políticos y al ánimo que se trasluce de sobreponerse al pesimismo que de tanto en tanto lo asalta, los artículos de opinión de Marías —acaso malgré lui— se han convertido para muchos lectores en un refugio, en una auténtica «columna de resistencia» que da voz a la parte más razonable y menos demagógica de la sociedad, que no la tiene.

Hay más. Crónica política, sí, pero también sociológica, puesto que no son pocos los artículos en los que el autor pone el foco en determinados hábitos y comportamientos que le resultan chocantes o directamente perniciosos: el mal uso de las redes sociales como Facebook o Twitter, la poca conciencia que hay hoy en día del valor de los productos culturales, el incivismo de algunos sujetos, la xenofobia de otros, la superstición de las estadísticas y los porcentajes, los bulos que corren por Internet y de los que a menudo los medios de comunicación se hacen eco sin contrastarlos... Y sus fobias y filias, los clásicos del cine que adora y la recomendación de alguna película reciente, la evocación de su maestro literario Sterne y el emocionado adiós a Roger Dobson que le habló por primera vez del Reino de Redonda, la moda abominable de los selfies en los museos y de los programas televisivos de cocina, la «enorme catetada e imbecilidad» de la Marca España, los regalos peligrosos de su amigo Pérez-Reverte y los inofensivos de un matrimonio encantador, el fútbol que nunca falta y las villanías léxicas que exasperan al escritor. En el casi centenar de piezas que componen este volumen los lectores encontrarán al autor en plena forma, siempre irónico y guasón cuando conviene; la voz sabia de Javier Marías que huye del trazo grueso y que matiza y argumenta; la voz culta que logra hacerse entender por todos.

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Indultos a manos llenas

 

Les ruego que reconozcan sinceramente que, como me pasaba a mí, hasta hace muy poco no le habían dedicado un pensamiento a la Ley del Indulto ni a su aplicación en España. En lo que a mí respecta, suponía que era algo excepcional y que siempre se explicaba o argumentaba, al menos si alguien solicitaba al Gobierno argumentos o explicaciones de por qué se perdonaba la pena —es decir, se eximía de cumplirla— a un reo condenado, a alguien cuya culpa había sido demostrada en juicio. Me imaginaba que habría tres, cinco, diez indultos al año, algo así —no había prestado atención, ya lo confieso—, y que vendrían dictados por fundadas razones: la pésima salud o la avanzada edad de un preso, su terrible situación familiar, su claro arrepentimiento o su rehabilitación indudable, su falta de peligrosidad, la certeza de que no reincidiría. O bien su trayectoria anterior a la comisión del delito: hay personas tan útiles a la sociedad que su caída en una tentación, o su metedura de pata, o su momentánea flaqueza, no deberían pesar más que un largo historial de probidad y buen servicio. Por así expresarlo, el encarcelamiento de un individuo en conjunto honrado y benéfico, por un error o mala decisión no muy graves, puede no compensar, si se pierde más con su exclusión de lo que se gana con su castigo.

Si hemos empezado a preguntarnos por esta práctica es por la llamativa arbitrariedad de ciertos indultos recientes: cuatro mossos d’esquadra condenados por torturas, algún empresario o político o banquero, dos militares responsables del famoso accidente del Yak-42, un conductor kamikaze que mató a un hombre en su demencial carrera. En este último caso la única sospecha del posible motivo para la condonación es tan vergonzosa que más vale descartarla: al kamikaze lo habría defendido en su día un bufete en el que al parecer trabajan un hermano del conocido miembro del PP Ignacio Astarloa y un hijo de Gallardón. Por contraste ha clamado al cielo que no se haya concedido el indulto, profusamente solicitado, a un ex-toxicómano que lleva a cabo tareas sociales desde hace tiempo, llamado Reboredo, mientras Esperanza Aguirre ha anunciado que va a pedirlo en persona para su temerario cachorro Carromero, tras ir corriendo a visitarlo, como una madrina, a la prisión en la que permaneció pocos días tras su celérico rescate de Cuba por el Gobierno.

¿Excepcionales los indultos, como uno se figuraba? En modo alguno. Resulta que todos nuestros Gobiernos, del signo que fueran, los repartieron con manga ancha. Suárez, 410 en menos de dos años; Calvo-Sotelo, 878 también en menos de dos años; Felipe González, 5.944 en trece y pico; Aznar, 5.948 en ocho; Zapatero, 3.378 en siete y pico; Rajoy lleva 501 en tan sólo uno. La suma total es de 17.059. Párense un momento: 17.059 personas convictas, una a una perdonadas. Se dice pronto, pero si se ponen a contar, antes de llegar a 50 ya se habrán aburrido, y todavía les faltarían 17.009. La media de indultados es de unos 500 anuales, más de uno diario, todos los días a lo largo de treinta y cuatro años. Y, claro está, eso significa que la labor de fiscales, abogados, policías, testigos, jurados, jueces, ha sido poco menos que inútil 500 veces al año. No es raro que la justicia vaya tan lenta, si se dedican horas y horas a probar delitos cuyas penas no se cumplen por capricho del Gobierno de turno. Porque, si uno echa un vistazo a la Ley de Indultos, descubre: a) que la que está vigente y se aplica, con mínimas modificaciones, data de 1870; b) que tal medida de gracia no es recurrible nunca: es una decisión gubernamental contra la que no caben alegaciones ni protestas; c) que dicha decisión es «discrecional», es decir, el Gobierno no está obligado a explicar por qué otorga un indulto; lo concede con absoluta opacidad o hermetismo, o con tenebrosidad, mejor dicho; d) que son susceptibles de esa indulgencia los reos de toda clase de delitos; luego, si mal no entiendo, lo son también los violadores y asesinos.

Sin duda se percatan ustedes del significado de todo esto: lo que establece la justicia, uno de los poderes supuestamente independientes, fundamental en todo Estado de Derecho, puede quedar sin efecto y puede saltárselo a la torera el Ejecutivo (a través del Ministerio de Justicia, tiene guasa) si así lo decide, sin justificarse ante nadie y sin que quepa recurso alguno contra su arbitrariedad. Si un día se condena a los responsables de la trama Gürtel, éstos podrán ser indultados. Si un día se captura a Anglès, acusado de los crímenes de Alcàsser, y se lo condena en firme, podría ser indultado. Los etarras con delitos de sangre, los causantes de la matanza del 11-M, podrían ser indultados. Seguirían siendo culpables, su delito no sería «borrado» (esa posibilidad también existe, pero se llama amnistía, no indulto), pero se los eximiría de cumplir sus condenas porque así se le antojaría a un Gobierno. La cosa es tan flagrantemente injusta y tan loca que no se entiende que semejante ley, literalmente decimonónica, perviva y no esté derogada en 2013. Y aún menos que todos nuestros Presidentes se dediquen a hacer uso de ella, con ligereza y a manos llenas. Por ceñirnos al año pasado, 501 delincuentes (no presuntos, sino así declarados tras juicio) han sido puestos en libertad y perdonados. ¿Quiénes son? ¿Por qué motivo? La respuesta de nuestros gobernantes es esta siempre: «No tenemos que rendir cuentas a nadie, ni siquiera a quienes nos han elegido». Eso es todo.

 

10-II-13

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Qué tonto fui

 

Escribo esto el día en que Mariano Rajoy se ha pronunciado por primera vez sobre las «cuentas de Bárcenas» a las que ha tenido acceso este periódico. Les ha negado todo crédito y veracidad, pese a que los grafólogos han dictaminado que la letra de esos estadillos se corresponde sin duda con la del ex-gerente y ex-tesorero del PP durante dos decenios. Bien, sería posible entonces que Bárcenas, a lo largo de los tres años —creo— transcurridos desde que se vio involucrado en el caso Gürtel y empezó a ser molestado por la justicia, se hubiera dedicado a confeccionar esas partidas de ingresos y gastos, pacientemente, en su casa, con el fin de protegerse o de arrastrar en su caída —un acto de despecho— al partido que primero lo defendió, lo mantuvo en su puesto pese a los indicios, le sufragó los gastos de abogados, y bastante más tarde lo defenestró y lo abandonó a su suerte. Cualquiera podría anotar que nos ha entregado a ustedes o a mí tales o cuales sumas en dinero negro, y esas anotaciones no constituirían ninguna prueba de que eso hubiera ocurrido en efecto. Algo tan detallado como las cuentas que hemos visto requiere dosis de imaginación considerables, es cierto, pero tiempo no le habría faltado a Bárcenas para desarrollar la suya. Contabilidad creativa, más que nunca. Todo puede darse. Nadie del PP, sin embargo, ha apuntado esta explicación hasta ahora: «Reconocemos que la letra es de nuestro ex-tesorero, pero lo consignado por él es una invención, una falsificación, una fábula, algo ficticio». Tal vez la ha impedido la admisión, por parte de unos pocos miembros del partido, de que algunas cantidades reseñadas se ajustaban a préstamos o donaciones recibidos por ellos, con muy nobles y comprensibles fines.

Al cabo de catorce meses desde las últimas elecciones generales, en las que el PP obtuvo casi once millones de votos, más del 44 % de los sufragios y en consecuencia una mayoría absolutísima que le ha permitido hacer cuanto se le ha antojado sin que lo alterara ninguna voz discrepante (una situación de «despotismo legalizado»), uno se pregunta cómo se sentirán esos ciudadanos que le dieron carta libre. No me es fácil ponerme en su lugar, ya que jamás he votado a ese partido ni —dicho sea de paso— voté nunca al PSOE hasta 2004, cuando hasta Belcebú me parecía preferible a los Gobiernos de Aznar tras su Guerra de Irak y sus mentiras sobre el 11-M. Pero me da que estas sospechas de corrupción generalizada serán lo de menos para la mayoría. Habrá quienes digan: «Vaya novedad, ¿y qué esperaban? La sociedad entera no le hace ascos a un dinero extra, con excepciones. En todos los partidos habrá prácticas parecidas, como en tantas empresas, fábricas, comercios. Y aquí le parece ético a todo el mundo robar música, películas, libros, desde sus ordenadores». Habrá otros, más cínicos o fanáticos, que encontrarán «necesarios» los sobresueldos porque los habrían cobrado los suyos, mientras que los juzgarían vil codicia si los hubieran percibido otros. Y también los habrá escandalizados y asqueados, como lo estuvieron numerosos votantes socialistas ante la corrupción del PSOE en los años noventa. Sea como sea, quién sabe cuántos de aquellos once millones deben de estar pensando: «Qué tonto fui», cada mañana. Pero no por Bárcenas y sus aparentes revelaciones.

Son las personas que en catorce meses han visto cómo el Gobierno del PP ha incumplido todas y cada una de sus promesas electorales: cómo ha hecho una reforma laboral que deja los puestos de trabajo en precario, se pueden perder cualquier día sin apenas coste para el empresario; cómo eso ha añadido, sólo en 2012, más de medio millón de parados nuevos; cómo han bajado los salarios y la capacidad adquisitiva de la población en pleno; cómo se han subido a lo bestia el IVA y el IRPF que se había jurado dejar intactos; cómo las pensiones se han visto mermadas, los «dependientes» abandonados, la sanidad privatizada y encarecida, las medicinas bipagadas; la cultura despreciada y hostigada, la educación empeorada y con las tasas por las nubes; cómo, en cambio, a la Iglesia no se le ha rebañado un euro mientras sus jerarcas callan ante la penuria de tantas familias; cómo, tras el abusivo incremento del IVA, cada vez hay más gente desesperada que no lo aplica, y así se extienden la economía sumergida y el dinero negro; cómo el Gobierno se ha ganado la enemistad de médicos, sanitarios, jueces, profesores, comerciantes, gente de orden en principio. De esos once millones, muchos votaron sin duda al PP con la encomienda de que nos aliviara la crisis, y se la encuentran ahora agravada y afectándolos a ellos directamente, en sus carnes; descubren que están aún peor que con Zapatero. Ven que se desmantela a toda prisa el llamado Estado de bienestar, con el pretexto de la coyuntura económica. Que los ciudadanos quedan desprotegidos y que sus impuestos se emplean en rescatar a la banca que aun así se niega a conceder créditos a particulares, empresas y tiendas, asfixiándolos. Ven que el consumo baja y baja, y que al Gobierno, extrañamente, le trae sin cuidado. Ven que sus altos cargos y asesores no se aplican las rebajas, mientras los jóvenes emigran. Me pregunto cuántos de esos once millones están totalmente arrepentidos de haber prestado su voto a quienes se lo prestaron, tras creer en sus promesas falsas. Cuántos no se levantan ya cada mañana diciéndose amargamente: «Qué tonto fui, pero qué tonto».

 

17-II-13

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Villanía léxica

 

Un atento lector, en carta publicada aquí hace dos semanas, confesaba haberse llevado «una sorpresa desagradable» por mi utilización en un artículo del término «discapacitados», y me sugería que lo «retire» de mi vocabulario. Le agradezco el consejo, y que me proponga en su lugar «personas con discapacidad» o «funcionalmente diversas». Pues no, lo lamento. Ni este amable lector ni otros parecidos, con espíritu de policías del lenguaje, parecen caer en la cuenta de dos cosas: a) a un escritor (no a un funcionario ni a un notario) no se le puede pedir que renuncie a la riqueza y a la precisión de su lengua, y menos aún que adopte vocablos artificiales, nada económicos, a menudo feos y siempre hipócritas, que tan sólo constituyen aberrantes eufemismos, como si no sufriéramos ya bastantes en boca de los políticos; b) lo que molesta en general no son las palabras, sino lo denominado por ellas. Hay significados que antes o después acaban por «contaminar» o «manchar» el significante. Se juzgaron humillantes «lisiado» o «tullido», cuando lo cierto es que existen y siempre han existido lisiados y tullidos, como también mutilados (en el metro de mi infancia no eran raros los carteles que rezaban «Asiento reservado a los caballeros mutilados»). Se forjó entonces «minusválidos», pero al cabo del tiempo eso pareció asimismo ofensivo, y se pasó a «discapacitados», que ahora, compruebo, es condenable. Cualquier cosa que se invente acabará por resultarle denigrante a alguien, no les quepa duda. Y, lo siento mucho, pero en español quien no ve nada es un ciego, y quien no oye nada es un sordo. Lo triste o malo no son los vocablos, sino el hecho de que alguien carezca de visión o de oído.

Lo mismo ocurre con las palabras que denominan actividades o lugares digamos «embarazosos». «Váter», «retrete» o «excusado», que hoy nos suenan horteras si no groseros (nadie anuncia «Me voy al retrete»), fueron en su día eufemismos, tan neutros y carentes de connotaciones sucias que «váter» era de hecho un extranjerismo, adaptación y abreviatura de «water closet», es decir, de «gabinete del agua» en inglés, literalmente. El significado ha ido invalidando, uno tras otro, todos los significantes elegidos. Otro tanto sucedió con «Negro», en inglés un extranjerismo, un españolismo. Cuando se consideró que era peyorativo, se sustituyó por «coloured people», «gente de color», hasta que eso pareció también discriminatorio, pues ¿acaso no tenía algún color todo el mundo? Entonces se pasó a «blacks», lo mismo que «negro», sólo que en inglés ahora. Pero eso tampoco duró más que unos años, y se inventó la ridiculez de «African Americans», que los españoles racistas (esto es, los que evitan los términos meramente descriptivos y naturales) se apresuraron a traducir, y además añadieron esa otra ridiculez de «subsaharianos» para referirse a los negros que nada tienen que ver con América. Estén seguros de que alguien protestará en el futuro: «¿Por qué hemos de especificar nuestro remoto origen y llamarnos “afroamericanos”, cuando los blancos no especifican el suyo y no se llaman “euroamericanos”? Volvemos a estar discriminados». Y así podríamos seguir poniendo incontables ejemplos. Lo único que se consigue con esta quisquillosidad insaciable es desnaturalizar y desvirtuar las lenguas, convertirlas en algo plano, inexacto e inservible. Lo he dicho otras veces, pero se ve que toca repetirlo.

Lo curioso de España es que, mientras se ejerce esta estricta vigilancia de lo «incorrecto», a nadie le preocupa —qué contraste— que seamos un país inverosímilmente zafio y grosero. Cada vez que se le queda un micrófono abierto a un político; cada vez que aparecen grabaciones o emails entre ellos o entre personas en principio educadas y con responsabilidades, nos encontramos con tacos o con alusiones sexuales de dudoso gusto: entre las más recientes, la firma «Duque de em... Palma... do» a cargo del Duque de Palma, y «Ahí has estado muy torero», como le escribía un fulano a otro que se había jactado de tirarle los tejos a esa amiga del Rey llamada Corinna. ¿Sonamos todos así, cuando estamos en privado? Tengo amigos que así suenan a veces, y algún taco suelto yo de tarde en tarde, no voy a negarlo; pero la mayoría no, en absoluto. En realidad no hace falta rebuscar en las charlas privadas. Encendí la televisión ayer, y de buenas a primeras, en horario estelar, me saludó esta frase en una serie nacional de gran éxito: «Como me sigas haciendo chorrear, me van a salir escamas en el potorro». No estoy muy seguro de haberla entendido, pero creo que sí, y no es de recibo, ni en un diálogo humorístico. Luego, en una tertulia, dos bestiajas queridas y muy populares me soltaron, respectivamente: «Tengo unos ovarios así de grandes y los pongo encima de la mesa», y «Lo digo porque me sale del chichi». Todo esto se considera normal, o incluso gracioso. Para mí es una degradación, no ya del lenguaje que todo lo admite, sino de la cortesía mínima entre personas. Esta «normalidad» sería inimaginable en Gran Bretaña, en los Estados Unidos, en Francia y Alemania y también en Italia, que se nos parece más, pero no en esta villanía léxica deliberada y celebrada. Aquí se cree que la forma de hablar no influye en los comportamientos. A mi parecer lo hace, y mucho, y así no es de extrañar que nos hayamos convertido en un país rastrero y corrupto, que no se tiene el menor respeto a sí mismo.

 

24-II-13

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Que no dimitan

 

Si no fuera todo tan ultrajante y la gente no estuviera sufriendo tanto; si durante un año de Gobierno del PP no se hubieran creado más de medio millón de desempleos nuevos y no se estuviera asfixiando a los ciudadanos con subidas continuas de impuestos y bajadas de salarios; si no hubiera tantos desahucios legales pero ilegítimos e inmisericordes, y los bancos salvados por el dinero de la población no estuvieran negándole modestos créditos a esa misma población para salir adelante, habría que celebrar este periodo y agradecer a ese partido, el Popular, que nos obsequie día tras día (ayudado por las demás formaciones, justo es reconocerlo) con espectáculos de hilaridad incomparable.

Ya saben, uno se harta de lo malo, y hay jornadas en las que el ánimo se rebela contra el abatimiento. Si a la situación indignante y deprimente añadimos un espíritu alicaído incesante (no que no haya motivos), entonces no se puede vivir. Así que a ratos uno logra mirar el entorno con distanciamiento, como si la catástrofe no fuera con uno ni con sus allegados, y se descubre soltando carcajadas encadenadas. El Gobierno, su partido y sus portavoces recuerdan cada vez más al piloto de coches Carlos Sainz, que padece calamidades inverosímiles en las pruebas que disputa desde hace demasiados años. El hombre intenta explicárnoslas y maldice su mala suerte, pero ha llegado un momento en el que, lejos de dar lástima, su empeño se ha convertido en algo cómico. ¿Qué le puede acaecer ahora?, se preguntan sus seguidores, confiando, en el fondo, en que por una vez salga airoso de sus competiciones. Al fin y al cabo no hace ningún mal ni engaña, y nadie le desea el infortunio. Los políticos (los más) son otra cuestión: ellos sí dañan a incontables personas, y tratan de engañar a la mayoría.

Pero, con todo, no me digan que no tiene gracia que el mayor hazmerreír del momento, un tal Floriano, se ponga un día ante las cámaras, con sus espantosos corbatones de gangster secundario, y suelte que es imposible despedir legalmente a un tal Sepúlveda, ex-marido de ministra implicado en la trama Gürtel, y a la mañana siguiente sus jefes despidan a ese ex tan legal y tranquilamente. O que jure que el ex-tesorero Bárcenas está apartado del PP desde hace tiempo y acto seguido se descubra que hasta anteayer estaba cobrando de él no se sabe si un finiquito generoso o un generoso sueldo raro. O que el propio Bárcenas asegure que la letra de sus supuestas cuentas no es la suya, y a continuación un batallón de grafólogos expertos dictamine que le pertenece sin asomo de duda. O que Montoro grite (con su vocezuela) que nadie inmerso en un proceso se ha beneficiado de su amnistía fiscal y en seguida aparezca una lista de reos acogidos a su merced. O que Wert reduzca el número de profesores, incremente el de alumnos por aula, suba las tasas universitarias a lo bestia y al instante anuncie que con todo eso la educación va a mejorar un huevo. O que ese Ignacio que nos ha dejado en malhadada herencia Esperanza, se ponga hecho un basilisco con el obispo de Getafe por advertir éste de los peligros de Eurovegas y lo mande a ocuparse de sus competencias —es decir, a cerrar el pico— cuando a él y a su partido les ha parecido siempre de perlas que los obispos se manifestaran furiosos contra leyes aprobadas por el Parlamento y aceptadas por la sociedad en su conjunto. O que Rajoy reconozca carecer de palabra y haber incumplido todas sus promesas, tras haber pedido dos minutos antes que se le crea cuando niega haber cobrado jamás dinero negro. O cuando publica, muy ufano, sus declaraciones de la renta para «demostrar» que nada oculta, cuando a Hacienda, ju

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