La belleza de una buena fotografía no está en lo que muestra, sino en aquello que oculta. Elena lo comprendió la tarde que vio por primera vez la foto. Era como una pregunta sin responder.
Dos chicas.
Una despedida.
El Muro de Berlín a medio construir.
Unas manos sostenidas sobre los ladrillos, sobre la frontera, sobre el tiempo.
Sus ojos se concentraban en la fotografía, pero no para disfrutar de los detalles, quería saber qué se ocultaba detrás.
El Muro,
sus caras,
sus manos,
el soldado,
la calle,
el Muro.
La observaba una y otra vez, intentando descubrir qué significaba. Qué significaba realmente, porque el cartel que acompañaba la foto expuesta en el museo ya aclaraba lo obvio: «23 de agosto de 1961. Dos mujeres juntan sus manos sobre el Muro de Berlín en el límite entre Neukölln y Treptow. Fuente: Revista Stern». Algo había que la atraía magnéticamente y le impedía despegar su mirada de aquellas dos chicas.
Entonces, sin entender por qué, escuchó una frase en su cabeza: «A ti lo que te gusta es sentarte y mirar».
Era una vieja frase que hacía mucho tiempo que no oía. Una tonadilla que repetía una y otra vez su abuela. Elena la recuerda siempre cogida de su mano. Si iban a un parque o a unos columpios, se quedaba junto a ella. Sentadas las dos en un banco, frente a la marabunta de chicos que reían, escalaban y se perseguían, Elena no se movía de su lado pese a los intentos de su abuela para que fuera a jugar con los otros niños. Entonces era cuando le dedicaba aquel repiqueteo que tantas veces escuchó.
—A ti lo que te gusta es sentarte y mirar.
Y a continuación venía la mejor parte. Su abuela, en un tono entre orgulloso y crítico, terminaba con la coletilla:
—Como a mí.
Lo cierto es que su abuela no se equivocaba. Lo que más le gustaba a Elena era sentarse y mirar, quizá por eso había decidido aceptar aquella beca del museo de Treptow, en Berlín. Mientras algunos de sus compañeros de Historia del Arte habían firmado contratos con editoriales, fundaciones culturales y otras entidades donde había acción, ella había elegido una beca del museo más pequeño de la lista de destinos. Un museo periférico, alejado de las grandes exposiciones de la Isla de los Museos y del glamour de los artistas de Mitte. Un lugar donde hacer lo que más le gustaba a Elena.
Sentarse y mirar.
Eso era a lo que se dedicaba la mayor parte del tiempo. El pequeño museo de Treptow apenas recibía visitantes, así que Elena disfrutaba de largos periodos de tiempo para pasear por sus tres pequeñas salas y escudriñar las paredes llenas de recuerdos de otras personas, de otras familias, de otras épocas.
Su día favorito para deambular por el museo era el jueves. El jueves por la tarde. No era un día elegido al azar. Era el día del bingo. El museo ocupaba la última planta del centro cívico del barrio, donde la tarde del jueves se reservaba para jugar al bingo en la planta baja del edificio. El monótono ruido de las bolas chocando entre ellas y el desfile de números pronunciados a voz en grito, por supuesto en un perfecto alemán, era un sonido demasiado estresante para ella. Así que, cada jueves, sobre las cinco de la tarde, Elena se ponía sus auriculares para evitar cualquier interrupción en forma de número veintidós y se levantaba de la mesa en la que habitualmente atendía a los visitantes, dispuesta a recorrer de forma desordenada los apenas cien metros cuadrados del museo. Le gustaba sobre todo observar las fotos de escenas cotidianas, de las gentes del barrio en su vida diaria. Por eso nunca se había detenido en la esquina dedicada al Muro de Berlín.
Cuando las vio por primera vez en sus auriculares sonaba algo que Elena jamás hubiera esperado: música electrónica. En concreto, Kill for Love, del grupo Chromatics. En sus años de estudiante, Elena siempre había sido una amante del rock acústico y la música inglesa, pero desde que había llegado a Berlín, hacía un mes y medio, la música electrónica se había ido colando en sus oídos hasta tal punto que formaba parte de su lista de discos más escuchados. Era como si la ciudad se le hubiera metido dentro del cuerpo y hubiera empezado a cambiarla por dentro.
Además, aquella música repetitiva y llena de graves le permitía entrar en un estado de concentración total y quedarse sola con sus pensamientos. Tal y como se encontraba aquella tarde, hasta que una voz la sacó del trance.
—Una fotografía preciosa, ¿verdad?
La voz no era de ningún visitante. Elena sabía que a aquellas horas tan cercanas al cierre solo una persona podía haber entrado en la sala: Dorothea, la conservadora del museo y su jefa directa.
Dorothea había sido su primera conocida de Berlín Este. Desde el principio le impresionó lo mucho que se diferenciaba su comportamiento del que mostraría una «persona formal» en España y en Berlín. El aspecto de Dorothea no era el que cualquiera esperaría en Madrid de alguien de su edad. Debía de rondar los sesenta y, sin embargo, vestía siempre de forma colorida, lejos de las aburridas combinaciones que, por ejemplo, solía llevar su madre. Su pelo gris colgaba en una trenza, igual que el de muchas de las colegialas con las que se cruzaba en el tranvía. Por supuesto, Dorothea iba a todos lados con su vieja bicicleta verde militar. Die Grüne Minna, «la mina verde», la llamaban los guardias del museo recordando aquellas antiguas furgonetas verdes de la policía del Oeste. Elena había pasado mucho tiempo con ella desde su llegada a Berlín y, aun así, seguía sin conocerla del todo. El sigilo con el que había entrado en la sala era el mismo con el que hablaba sobre su vida. Con Elena era simpática, generosa y muy educada, pero nunca había traspasado la línea que separaba la vida personal del trabajo.
Elena se quitó los cascos para poder escuchar a Dorothea. Aunque su alemán era muy fluido, las distorsiones en el ambiente le hacían entenderlo peor.
—¿Perdona?
Dorothea se acercó un poco más para admirar junto a Elena la fotografía.
—La fotografía. —Dorothea señaló el retrato de las dos chicas—. Decía que es preciosa. Es la joya de la exposición. Todo el mundo se queda parado al pasar por aquí.
—¿Es el día de la construcción del Muro?
—No creo —respondió Dorothea restándole importancia—. El primer día en realidad no había muro, solo alambrada y soldados por todas partes. Esta foto debió de tomarse un poco después, aunque por las chaquetas puede que se hiciera más tarde. Aquel verano fue muy caluroso.
Las dos se quedaron calladas un momento.
—La composición es maravillosa. Está todo perfectamente equilibrado —dijo Elena intentando acertar con un comentario a la altura de la capacidad de su jefa.
—Creo que la magia no está en la fotografía, sino en las chicas. Mira su expresión.
—¿Quiénes son las chicas? —preguntó Elena llena de vergüenza, aunque no sabía muy bien por qué.
—Ah... me sorprende que no fuera la primera pregunta —dijo Dorothea con una media sonrisa en el rostro—. Ese es uno de los dos misterios de la foto de las Mauermädchen, las «chicas del Muro». Nadie sabe quiénes son. Probablemente, dos chicas del barrio que aprovecharon para despedirse antes de que se terminara de construir el Muro.
—Pero ¿se podía? O sea, a la gente del Este y del Oeste ¿la dejaban despedirse?
Dorothea soltó una pequeña risita.
—En aquella época había muchas cosas que nadie sabía si se podían o no se podían hacer. Fue un tiempo un poco convulso. Las reglas se iban inventando sobre la marcha... Y ya sabes lo que nos gustan a los alemanes las reglas. Por ejemplo, yo tenía una tía en Berlín Oeste. A veces me daban el pase para ir a visitarla y otras veces no. Nadie sabía por qué, supongo que serían órdenes de la Stasi.
—¿La Stasi?
Elena se extrañó de que el Ministerio para la Seguridad, aquel entramado de espías y funcionarios que controlaban la ciudad, estuviese interesado en una niña.
—Sí, la Stasi lo controlaba todo. Hasta qué le daba de merendar una tía a su sobrina. Lo sé porque lo he visto en mi expediente.
Aquella afirmación desarmó a Elena; no esperaba una confesión de tal calibre de su jefa, aunque la había hecho como si comentara los turnos de trabajo de la semana siguiente.
—¿Tienes tu expediente de la Stasi? Quiero decir... ¿Cómo es posible?
Dorothea sonrió. Era la primera vez que Elena la veía sonreír así, como si estuviera reprimiendo un chiste.
—Eres una persona con muchas preguntas. Ahora tengo yo una para ti. ¿Sabes lo que es Der Bundesbeauftragte für die Unterlagen des Staatssicherheitsdienstes der ehemaligen Deutschen Demokratischen Republik?
La cara de Elena mostró en unos segundos que por muy bien que hables el alemán, nunca llegas a estar preparado para una retahíla de palabras como aquella.
—¿El qué?
—El día que cayó el Muro, mucha gente fue directa a la puerta de Brandemburgo para visitar el Oeste, aquello que tanto misterio tenía para nosotros. Sin embargo, un buen alemán nunca olvida su deber como ciudadano. —Hizo una pausa para sonreírle a Elena—. Así que otros muchos se olvidaron del Oeste y se dirigieron al Este, al Este más profundo, al Ministerio para la Seguridad del Estado, la central de la Stasi. Allí se encontraron a cientos de funcionarios quemando y triturando archivos.
Dorothea detuvo un momento la narración para volver a mirar la foto.
—Había tantos archivos que eran incapaces de acabar con ellos. La gente por fin consiguió entrar en el ministerio e interrumpir la destrucción. Encontraron cientos y cientos de bolsas llenas de trocitos de papel. Esas bolsas ahora pertenecen al Gobierno alemán, que ha creado Der Bundesbeauftragte für die Unterlagen des Staatssicherheitsdienstes der ehemaligen Deutschen Demokratischen Republik, donde lleva treinta años reconstruyendo, pedacito a pedacito, cada archivo.
Elena no pudo contener un pequeño gesto de sorpresa.
—Ya te he dicho que somos muy alemanes —añadió Dorothea con cierta sorna.
Pasaron unos segundos hasta que Elena se atrevió a preguntar:
—Y en tu expediente... ¿qué había?
—Nada de particular: mis recorridos, los transportes que cogía, a quién visitaba... Bueno, hay una cosa curiosa. En uno de los expedientes, un informador dice que puede que yo fuera lesbiana. Cuando escribieron eso aún no me había definido sexualmente, debía de tener unos catorce años. Ellos lo supieron antes que yo. Debo reconocerle a la Stasi que empleaba buenos informadores.
Elena conocía la existencia de su pareja, Angelika, ya que Dorothea nunca había tenido reparos en hablar de su homosexualidad, pero Elena advirtió que había traspasado una frontera y había abierto una pequeña rendija hacia su intimidad.
Quizá porque empezaban a hablar de su vida privada o quizá porque tenía cosas que hacer, Dorothea le dijo a Elena que apagase la luz cuando saliera de la sala y que podía marcharse cuando quisiera.
Le dio la espalda y enfiló hacia la salida.
Sin embargo, a mitad de camino se detuvo y volvió a mirar la foto de las Mauermädchen.
—No me has preguntado por el segundo misterio.
Elena volvió a mirar la foto.
—¿Qué?
—Estabas tan concentrada en las chicas que no has visto el segundo misterio. La segunda pregunta que todo el mundo hace.
Elena observaba la imagen, pero no veía nada misterioso en aquellas dos chicas.
—El soldado —le dijo Dorothea señalando al joven de la parte izquierda de la foto—. Buenas noches, Elena.
Mientras Dorothea se marchaba de la sala, Elena se fijó en el soldado. Su rostro casi no se apreciaba en la fotografía, la posición del chico impedía verle la cara. El uniforme no parecía fuera de lo común.
Sin embargo, a Elena le llamaron la atención sus manos.
Se acercó para examinarlas con más detalle.
Había algo entre ellas.
De pronto se dio cuenta y no pudo reprimir lanzar una pregunta en voz alta.
—¿Tiene una flor en la mano?
Pero ya no había nadie en la sala que pudiera responderla. Definitivamente, Elena era una persona con muchas preguntas.
«¿Por qué tenemos más pesadillas cuando estamos solos?». Este fue el primer pensamiento que le vino a la mente a Elena al despertar de su terrible sueño.
Aquella noche entendió por qué los niños corren a la cama de sus padres en plena madrugada. Le hubiera gustado acurrucarse junto a alguien, pero no había nadie más que ella en aquel piso de techos altos y paredes pálidas. El miedo a la pesadilla es casi peor que la pesadilla en sí misma. Elena no quería volver a sufrirla, así que encendió la lamparita de la mesilla. Sabía que ese pequeño gesto haría desaparecer el miedo, pero con él también las ganas de dormir.
A la vez que se iluminaba su cuarto, Elena recordaba el angustioso sueño. Caminaba por una calle en blanco y negro. Sus piernas la conducían hacia algún lugar al fondo del paseo; ella no sabía por qué y no quería ir. De pronto, por fin, entendió qué estaba buscando. Buscaba una mano. La veía allí, solo tenía que acercarse un par de metros. Elena avanzaba y avanzaba, pero el miedo crecía. De repente, su mano encontró algo. Elena lo agarró con fuerza, pero no se trataba de una mano: era un objeto frío y rugoso. Una piedra. No, no era una piedra, era un muro. Un muro que empezaba a crecer bajo su mano. Crecía en dirección al cielo. Elena veía con temor cómo su mano se elevaba junto al muro. Iba subiendo cada vez más y más arriba, por encima de sus hombros, por encima de su cabeza. El muro crecía y crecía, y ella no podía dejar de sujetarlo. Fue entonces cuando empezó a sentir dolor, el muro tiraba de su mano tan fuerte que se la iba a arrancar.
Por suerte, Elena se despertó antes de que se desprendiera del brazo.
Con la luz encendida comprendió los mecanismos de su cabeza. La foto del museo, aquellas Mauermädchen, se habían quedado grabadas en su subconsciente y le habían jugado una mala pasada.
Eran las cuatro de la madrugada y Elena no sabía qué hacer. Fue a la cocina, o lo que el casero hacía pasar por cocina (un par de placas eléctricas y un horno que no funcionaba), para prepararse una infusión que la ayudara a tranquilizarse.
El recuerdo del Muro todavía continuaba fresco en su cabeza, así que decidió abrir su ordenador y teclear: «Muro de Berlín». Enseguida el buscador la avasalló con un montón de datos.
13 de agosto de 1961
9 de noviembre de 1989
Altura: 4,2 metros
155 kilómetros
125 muertos
Guerra Fría
Pero no eran datos lo que iba buscando Elena. Ella quería fotos, ver imágenes de aquel lugar. Pronto las encontró. Fotos de piedras. Fotos de cemento. Fotos de alambradas. El Muro en toda su extensión. Bloqueando el paso, invadiendo la calle, invadiendo los tranvías, los parques. Era una especie de lengua gigante gris sobre toda la ciudad. Sin embargo, algo le llamó la atención de este grupo de fotos. No eran fotografías de gente. Las imágenes mostraban una arquitectura terrorífica, pero no las personas. Ellas no eran protagonistas. Las personas que aparecían en las fotos eran meros espectadores, simples extras de la función. El Muro también había interrumpido sus historias, pensó Elena.
Entonces tuvo valor para hacer lo que llevaba posponiendo un buen rato.
Tecleó cada letra con lentitud para no equivocarse.
M-A-U-E-R-M-Ä-D-C-H-E-N
No se encontró ningún resultado de mauermädchen.
Se mostraron resultados referidos a zimmermädchen.
Un resoplido de decepción se escapó de la boca de Elena.
NELLY
2/19
Era el 23 de agosto de 1961. El Muro llevaba apenas diez días en la calle Harzer, separando el barrio de Rosie y el de Kriemhild.
Las dos iban juntas al colegio todos los días, pero desde el 13 de agosto no se habían podido ver.
La ciudad estaba dividida, y ellas también.
A la mañana siguiente, el sol había salido en Berlín, y eso era siempre motivo de alegría en una ciudad tan fría. Elena había quedado con su amiga Nelly en un café a mediodía, pero pensó que podría aprovechar la mañana dando una vuelta en bicicleta por las calles y ahuyentar así la pesadilla de la noche anterior. Cogió su bici de segunda mano y se echó a la carretera, vacía a esas horas de la mañana.
Una cosa que le gustaba mucho de Berlín es que la ciudad se detiene los domingos. Como si fuera un trabajador más, Berlín se toma cada domingo el día libre. Las tiendas están cerradas y la vida se retira de las oficinas y los grandes almacenes para ocupar los parques y los cafés. Elena tardó un tiempo en darse cuenta de que, los domingos, el ajetreado tráfico que la despertaba todas las mañanas desaparecía y le dejaba disfrutar de unos minutos más de sueño.
Elena se dirigió al barrio de Prenzlauer Berg, el centro de la vida dominical. Allí se montaba el famoso mercadillo de Mauerpark, en una zona ocupada antes por el antiguo Muro y reconvertida en parque. Aunque Elena era muy fan de los mercadillos, aquel le parecía demasiado grande, demasiado lleno y demasiado turístico. En cambio, adoraba las animadas terrazas de las calles aledañas. En primavera se llenaban de jovencitos tomando bebidas de nombres impronunciables y desayunos tan copiosos que en su casa serían considerados una comida familiar.
Pese a que aún faltaba mucho tiempo para que llegara Nelly, decidió sentarse en un café de la calle Oderberger y leer uno de los periódicos junto a la barra. A veces le sorprendía la relación de amor y odio que había establecido con la ciudad. Hacía unas horas, mientras temblaba de miedo por la pesadilla, se preguntaba: «¿Qué demonios hago aquí?». Tan lejos de la casa de sus padres, tan lejos de sus amigos, tan lejos de las sonrisas cálidas en el rellano de su puerta. Sin embargo, ahora, sentada en aquel café, se sentía enamorada de la ciudad, de la luz intensa de una mañana de primavera, de las conversaciones joviales a su alrededor, de su vida.
Estaba disfrutando de estos pensamientos cuando una voz, en un atropellado español, los interrumpió:
—Perdón. ¿Soy retrasada? Pensaba que era puntual.
Era Nelly, su tándem para practicar alemán, que acababa de llegar con su habitual entusiasmo desbordante. Según su currículum, Elena no necesitaba estudiar más alemán. El año que estuvo de erasmus en Viena le había proporcionado el suficiente nivel para seguir una clase sobre paisajismo en jardines del siglo XVIII. Sin embargo, al llegar a Berlín se dio cuenta de que el paisajismo le iba a servir de poco para hablar con los berlineses. La gente no tenía un acento tan refinado como en Viena. El primer día que pasó en Berlín se tropezó con una cajera con la que casi tuvo que hablar por señas, porque apenas entendía una de cada dos palabras que decía.
Después de aquel encuentro se dijo que necesitaría a alguien que la ayudara a comprender Berlín y sus berlineses. Aunque, en realidad, lo que no se atrevía a decirse a sí misma era que estaba sola en la ciudad y cualquier compañía era bienvenida.
Y la compañía apareció con nombre exótico: Nelly. Pese a ello, Nelly era una verdadera berlinesa, amante de la libertad, los vegetales y los calcetines de dibujos animados. Se había criado en la parte Este de la ciudad, pero años después de que el Muro hubiera caído. Y su nombre no tenía nada de exótico, pues era la abreviatura de un nombre típicamente alemán: Leonie.
Nelly nunca podría haber pasado por ser hermana de Elena. Eran dos polos opuestos. Con personalidades tan dispares que no podían sino atraerse. No solo en el carácter eran diferentes, tampoco físicamente tenían nada que ver. La espalda de Nelly era dos veces la de Elena. Nelly llevaba el pelo corto y tenía un color de piel que nadie hubiera dicho en un primer vistazo que era del norte de Europa. Se escapaba de cualquier estereotipo.
Así, estas dos chicas tan diferentes se encontraron una mañana de primavera en un café berlinés.
—No eres retrasada —le dijo Elena con un español risueño—, si acaso, estás retrasada.
—Es lo mismo, ¿no? «Ser retrasada», «estar retrasada»... es que llego tarde —contestó Nelly volviendo a su lengua materna.
—La verdad es que no. «Estar retrasado» es «llegar tarde»; «ser retrasado» es... bueno, «no ser muy inteligente» —respondió Elena con cierta vergüenza por si no utilizaba las palabras políticamente correctas al explicarlo.
Nelly aprovechó la aclaración de Elena para sentarse frente a ella.
—Ah, ahora comprendo. «Estar retrasado» es que uno llega tarde una vez, «ser retrasado» es que siempre llega tarde y por eso es imbécil, ¿no?
Elena no pudo evitar una sonrisa.
Lo cierto era que a Nelly aún le faltaba mucho para dominar el español, por eso sus charlas solían discurrir en alemán. Con todo, su afán por aprender el idioma no tenía límite. Siempre intentaba conocer nuevas palabras y utilizarlas en cualquier contexto.
La camarera apareció rauda para tomar nota del pedido de Nelly.
—Yo quiero un latte macchiato con leche de avena, por favor, y la carta. Elena, ¿tú quieres algo?
Elena afirmó con la cabeza.
—Sí, por favor. Otro café americano. —A Ele
