MUERTE Y VIDA DE LAS PALABRAS
Así mueren
las palabras antiguas:
como copos de nieve
que tras dudar en el aire
caen al suelo
sin un lamento.
Debería decir: callando.
¿Dónde están ahora las cien
maneras de decir mariposa?
En la costa de Biarritz recogió
Nabokov uno de aquellos
nombres: miresicoletea.
Mira, está ahora bajo la arena,
como la astilla de una concha.
Y los labios que se movieron
y dijeron justamente
miresicoletea
los de aquellos niños
que fueron los padres
de nuestros padres,
aquellos labios duermen.
Dices: un día de lluvia
mientras caminaba
por una calzada de Grecia,
vi que los guías de un templo
llevaban chubasqueros amarillos
con un gran dibujo de Mickey Mouse.
También los viejos dioses duermen.
Las nuevas palabras, añades
están hechas con materiales vulgares.
Y hablas del plástico, del poliuretano,
del caucho sintético, y afirmas
que acabarán todas muy pronto
en el contenedor de las basuras.
Pareces un poco triste.
Pero mira a las niñas
que chillan y juegan
frente a la puerta de la casa,
escucha atentamente lo que dicen:
El caballo se fue a Garatare.
¿Qué es Garatare? les pregunto.
Una palabra nueva, responden.
Ya ves, las palabras no siempre surgen
en solitarias áreas industriales;
no son necesariamente producto
de las oficinas de propaganda.
Surgen a veces entre risas,
y parecen vilanos en el aire.
Mira cómo marchan hacia el cielo,
cómo está nevando hacia arriba.
El comienzo
Era el primer día de curso en la escuela de Obaba. La nueva maestra andaba de pupitre en pupitre con la lista de los alumnos en la mano. «¿Y tú? ¿Cómo te llamas?», preguntó al llegar junto a mí. «José —respondí—, pero todo el mundo me llama Joseba». «Muy bien.» La maestra se dirigió a mi compañero de pupitre, el último que le quedaba por preguntar: «¿Y tú? ¿Qué nombre tienes?». El muchacho respondió imitando mi manera de hablar: «Yo soy David, pero todo el mundo me llama el hijo del acordeonista». Nuestros compañeros, niños y niñas de ocho o nueve años de edad, acogieron la respuesta con risitas. «¿Y eso? ¿Tu padre es acordeonista?» David asintió. «A mí me encanta la música —dijo la maestra—. Un día traeremos a tu padre a la escuela para que nos dé un pequeño concierto». Parecía muy contenta, como si acabara de recibir una noticia maravillosa. «También David sabe tocar el acordeón. Es un artista», dije yo. La maestra puso cara de asombro: «¿De verdad?». David me dio un codazo. «Sí, es verdad —afirmé—. Además tiene el acordeón ahí mismo, en la entrada. Después de la escuela suele ir a ensayar con su padre». Me costó terminar, porque David quiso taparme la boca. «¡Sería precioso escuchar un poco de música! —exclamó la maestra—. ¿Por qué no nos ofreces una pieza? Te lo pido por favor».
David se fue a por el acordeón con cara de disgusto, como si la petición le produjera un gran pesar. Mientras, la maestra colocó una silla sobre la mesa principal del aula. «Mejor aquí arriba, para que podamos verte todos», dijo. Instantes después, David estaba, efectivamente, allí arriba, sentado en la silla y con el acordeón entre sus brazos. Todos comenzamos a aplaudir. «¿Qué vas a interpretar?», preguntó la maestra. «Padam Padam», dije yo, anticipándome a su respuesta. Era la canción que mi compañero mejor conocía, la que más veces había ensayado por ser tema de ejecución obligada en el concurso provincial de acordeonistas. David no pudo contener la sonrisa. Le gustaba lo de ser el campeón de la escuela, sobre todo ante las niñas. «Atención todos —dijo la maestra con el estilo de una presentadora—. Vamos a terminar nuestra primera clase con música. Quiero deciros que me habéis parecido unos niños muy aplicados y agradables. Estoy segura de que vamos a llevarnos muy bien y de que vais a aprender mucho». Hizo un gesto a David, y las notas de la canción —Padam Padam…— llenaron el aula. Al lado de la pizarra, la hoja del calendario señalaba que estábamos en septiembre de 1957.
Cuarenta y dos años más tarde, en septiembre de 1999, David había muerto y yo estaba ante su tumba en compañía de Mary Ann, su mujer, en el cementerio del rancho Stoneham, en Three Rivers, California. Frente a nosotros, un hombre esculpía en tres lenguas distintas, inglés, vasco y español, el epitafio que debía llevar la lápida: «Nunca estuvo más cerca del paraíso que cuando vivió en este rancho». Era el comienzo de la plegaria fúnebre que el propio David había escrito antes de morir y que, completa, decía:
«Nunca estuvo más cerca del paraíso que cuando vivió en este rancho, hasta el extremo de que al difunto le costaba creer que en el cielo pudiera estarse mejor. Fue difícil para él separarse de su mujer, Mary Ann, y de sus dos hijas, Liz y Sara, pero no le faltó, al partir, la pizca de esperanza necesaria para rogar a Dios que lo subiera al cielo y lo pusiera junto a su tío Juan y a su madre Carmen, y junto a los amigos que en otro tiempo tuvo en Obaba».
«Can we help you?» —«¿Podemos ayudarle en algo?»—, preguntó Mary Ann al hombre que estaba esculpiendo el epitafio, pasando del español que hablábamos entre nosotros al inglés. El hombre hizo un gesto con la mano, y le pidió que esperara. «Hold on» —«Un momento»—, dijo.
En el cementerio había otras dos tumbas. En la primera estaba enterrado Juan Imaz, el tío de David —«Juan Imaz. Obaba 1916-Stoneham Ranch 1992. Necesitaba dos vidas, sólo he tenido una»—; en la segunda Henry Johnson, el primer dueño del rancho —Henry Johnson, 1890-1965—. Había luego, en un rincón, tres tumbas más, diminutas, como de juguete. Correspondían, según me había dicho el propio David en uno de nuestros paseos, a Tommy, Jimmy y Ronnie, tres hámsters que habían pertenecido a sus hijas.
«Fue idea de David —explicó Mary Ann—. Les dijo a las niñas que bajo esta tierra blanda sus mascotas dormirían dulcemente, y ellas lo aceptaron con alegría, se sintieron muy consoladas. Pero, al poco tiempo, se estropeó el exprimidor, y Liz, que entonces tendría seis años, se empeñó en que había que darle sepultura. Luego fue el turno de un pato de plástico que se quemó al caerse sobre la barbacoa. Y más tarde le tocó a una cajita de música que había dejado de funcionar. Tardamos en darnos cuenta de que las niñas rompían los juguetes a propósito. Sobre todo la pequeña, Sara. Fue entonces cuando David inventó lo de las palabras. No sé si te habló de ello». «No recuerdo», dije. «Empezaron a enterrar vuestras palabras.» «¿A qué palabras te refieres?» «A las de vuestra lengua. ¿De verdad que no te lo contó?» Insistí en que no. «Yo creía que en vuestros paseos habíais hablado de todo», sonrió Mary Ann. «Hablábamos de las cosas de nuestra juventud —dije—. Aunque también de vosotros dos y de vuestro idilio en San Francisco».
Llevaba cerca de un mes en Stoneham, y mis conversaciones con David habrían llenado muchas cintas. Pero no había grabaciones. No había ningún documento. Sólo quedaban rastros, las palabras que mi memoria había podido retener.
Los ojos de Mary Ann miraban hacia la parte baja del rancho. En la orilla del Kaweah, el río que lo atravesaba, había cinco o seis caballos. Pacían entre las rocas de granito, en prados de hierba verde. «Lo del idilio en San Francisco es verdad —dijo—. Nos conocimos allí, mientras hacíamos turismo». Vestía una camisa vaquera, y un sombrero de paja la protegía del sol. Seguía siendo una mujer joven. «Sé cómo os conocisteis —dije—. Me enseñasteis las fotos». «Es verdad. Lo había olvidado.» No me miraba a mí. Miraba al río, a los caballos.
Nunca estuvo más cerca del paraíso que cuando vivió en este rancho. El hombre que esculpía la lápida se acercó a nosotros con la hoja de papel donde habíamos copiado el epitafio en las tres lenguas. «What a strange language! But it’s beautiful!» —«¡Es rara esta lengua, pero hermosa!»—, dijo, señalando las líneas que estaban en vasco. Puso su dedo bajo una de las palabras: no le gustaba, quería saber si podía sustituirse por alguna mejor. «¿Se refiere a rantxo?» El hombre se llevó un dedo al oído. «It sounds bad» —«Suena mal»—, dijo. Miré a Mary Ann. «Si se te ocurre otra, adelante. A David no le hubiera importado.» Busqué en la memoria. «No sé, quizá ésta…» Escribí abeletxe en el papel, un término que en los diccionarios se traduce como «redil, casa de ganado, aparte del caserío». El hombre masculló algo que no pude entender. «Le parece demasiado larga —aclaró Mary Ann—. Dice que tiene dos letras más que rantxo, y que en la lápida no le sobra ni una pulgada». «Yo lo dejaría como estaba», dije. «Rantxo, entonces», decidió Mary Ann. El hombre se encogió de hombros y regresó a su trabajo.
El camino que unía las caballerizas con las viviendas del rancho pasaba junto al cementerio. Estaban primero las casas de los criadores mexicanos; luego la que había pertenecido a Juan, el tío de David, donde yo me había instalado; al final, más arriba, en la cima de una pequeña colina, la casa donde mi amigo había vivido con Mary Ann durante quince años; la casa donde habían nacido Liz y Sara.
Mary Ann salió al camino. «Es hora de cenar y no quiero dejar sola a Rosario —dijo—. Se necesita más de una persona para hacer que las niñas apaguen la televisión y se sienten a la mesa». Rosario era, junto con su marido Efraín, el capataz del rancho, la persona con la que Mary Ann contaba para casi todo. «Puedes quedarte un rato, si quieres —añadió al ver que me disponía a acompañarla—. ¿Por qué no desentierras alguna de las palabras del cementerio? Están detrás de los hámsters, en cajas de cerillas». «No sé si debo —dudé—. Como te he dicho, David nunca me habló de esto». «Por miedo a parecer ridículo, probablemente —dijo ella—. Pero sin mayor razón. Inventó ese juego para que Liz y Sara aprendieran algo de vuestra lengua». «En ese caso, lo haré. Aunque me sienta como un intruso.» «Yo no me preocuparía. Solía decir que tú eras el único amigo que le quedaba al otro lado del mundo.» «Fuimos como hermanos», dije. «No merecía morir con cincuenta años», dijo ella. «Ha sido una mala faena.» «Sí. Muy mala.» El hombre que esculpía la lápida levantó la vista. «¿Ya se marchan?», preguntó en voz alta. «Yo no», respondí. Volví a entrar en el cementerio.
Encontré la primera caja de cerillas tras la tumba de Ronnie. Estaba bastante estropeada, pero su contenido, un minúsculo rollo de papel, se conservaba limpio. Leí la palabra que con tinta negra había escrito David: mitxirrika. Era el nombre que se empleaba en Obaba para decir «mariposa». Abrí otra caja. El rollo de papel ocultaba una oración completa: Elurra mara-mara ari du. Se decía en Obaba cuando nevaba mansamente.
Liz y Sara habían terminado de cenar, Mary Ann y yo estábamos sentados en el porche. La vista era muy bella: las casas de Three Rivers descansaban al abrigo de árboles enormes, la carretera de Sequoia Park corría paralela al río. En la zona llana, los viñedos sucedían a los viñedos, los limoneros a los limoneros. El sol descendía poco a poco, demorándose sobre las colinas que rodeaban el lago Kaweah.
Lo veía todo con gran nitidez, como cuando el viento purifica la atmósfera y resalta la silueta de las cosas. Pero no había viento, nada tenía que ver mi percepción con la realidad. Era únicamente por David, por su recuerdo, porque estaba pensando en él, en mi amigo. David no volvería a ver aquel paisaje: las colinas, los campos, las casas. Tampoco llegaría a sus oídos el canto de los pájaros del rancho. No volverían sus manos a sentir la tibieza de las tablas de madera del porche tras un día de sol. Por un instante, me vi en su lugar, como si fuera yo el que acababa de morir, y lo terrible de la pérdida se me hizo aún más evidente. Si a lo largo del valle de Three Rivers se hubiese abierto repentinamente una grieta, destrozando campos y casas y amenazando al propio rancho, no me habría afectado más. Comprendí entonces, con un sentido diferente, lo que afirman los conocidos versos: «La vida es lo más grande, quien la pierda lo ha perdido todo».
Oímos unos silbidos. Uno de los criadores mexicanos —vestía un sombrero de cowboy— intentaba separar los caballos de la orilla del río. Inmediatamente, todo volvió a quedar en silencio. Los pájaros permanecían callados. Abajo, en la carretera de Sequoia Park, los coches marchaban con las luces encendidas y llenaban el paisaje de manchas y líneas de color rojo. El día tocaba a su fin, el valle estaba tranquilo. Mi amigo David dormía para siempre. Le acompañaban, también dormidos, su tío Juan y Henry Johnson, el primer propietario del rancho.
Mary Ann encendió un cigarrillo. «Mom, don’t smoke!» —«¡Mamá, no fumes!»—, gritó Liz asomada a la ventana. «Es uno de los últimos. Por favor, no te preocupes. Cumpliré mi promesa», contestó Mary Ann. «What is the word for butterfly in basque?» —«¿Cómo se dice butterfly en lengua vasca?»—, pregunté a la niña. Desde dentro de la casa surgió la voz de Sara, su hermana menor: «Mitxirrika». Liz volvió a gritar: «Hush up, silly!» —«¡Cállate, boba!»—. Mary Ann suspiró: «A ella le ha afectado mucho la muerte de su padre. Sara lo lleva mejor. No es tan consciente». Se oyó un relincho y, de nuevo, el silbido del cuidador mexicano con sombrero de cowboy.
Mary Ann apagó el cigarrillo y se puso a mirar en el cajón de una mesita que había en el porche. «¿Te enseñó esto?», preguntó. Tenía en su mano un libro de tamaño folio, unas doscientas páginas perfectamente encuadernadas. «Es la edición que prepararon los amigos del Book Club de Three Rivers —dijo con una media sonrisa—. Una edición de tres ejemplares. Uno para Liz y Sara, otro para la biblioteca de Obaba, y el tercero para los amigos del club que le ayudaron a publicarlo». No pude evitar un gesto de sorpresa. Tampoco sabía nada de aquello. Mary Ann hojeó las páginas. «David decía en broma que tres ejemplares es mucho y que se sentía como un fanfarrón. Que debía haber tomado ejemplo de Virgilio y pedir a sus amigos que quemaran el original.»
La cubierta del libro era de color azul oscuro. Las letras eran doradas. En la parte superior figuraba su nombre —con el apellido materno: David Imaz— y en el centro el título en lengua vasca: Soinujolearen semea —«El hijo del acordeonista»—. El lomo era de tela negra, sin referencias.
Mary Ann señaló las letras. «Por supuesto que lo del color dorado no fue idea suya. Cuando lo vio, se echó las manos a la cabeza y volvió a citar a Virgilio y a repetir que era un fanfarrón.» «No sé qué decir. Estoy sorprendido», dije, examinando el libro. «Le pedí más de una vez que te lo enseñara —explicó ella—. Al fin y al cabo, eras su amigo de Obaba, quien debía llevar el ejemplar a la biblioteca de su pueblo natal. Él me decía que sí, que lo haría, pero más tarde, el día que tuvieras que coger el avión de vuelta. No quería que te sintieras obligado a darle una opinión —Mary Ann hizo una pausa antes de continuar—: Y puede que fuera ésa la razón por la que lo escribió en una lengua que yo no puedo entender. Para no comprometerme». La media sonrisa volvía a estar en sus labios. Pero esta vez era más triste. Me levanté y di unos pasos por el porche. Me costaba seguir sentado; me costaba encontrar las palabras. «Llevaré el ejemplar a la biblioteca de Obaba —dije al fin—. Pero, antes de eso, lo leeré y te escribiré una carta con mis impresiones».
Ahora eran tres los criadores que atendían a los caballos de la orilla del río. Parecían de buen humor. Reían sonoramente y se peleaban en broma, golpeándose con los sombreros. Dentro de la casa alguien encendió la televisión.
«Llevaba tiempo con la idea de escribir un libro —dijo Mary Ann—. Probablemente, desde que llegó a América, porque recuerdo que me habló de ello ya en San Francisco, la primera vez que salimos juntos. Pero no hizo nada hasta el día que fuimos a visitar los carvings de los pastores vascos en Humboldt County. Sabes lo que son los carvings, ¿verdad? Me refiero a las figuras grabadas a cuchillo en la corteza de los árboles». Efectivamente, los conocía. Los había visto en un reportaje que la televisión vasca había emitido sobre los amerikanoak, los vascos de América. «Al principio —siguió ella—, David anduvo muy contento, no hacía más que hablar de lo que significaban las inscripciones, de la necesidad que tiene todo ser humano de dejar una huella, de decir “yo estuve aquí”. Pero de pronto cambió de humor. Acababa de ver en uno de los árboles algo que le resultaba extremadamente desagradable. Eran dos figuras. Me dijo que se trataba de dos boxeadores, y que uno de ellos era vasco, y que él lo odiaba. Ahora mismo no recuerdo su nombre». Mary Ann cerró los ojos y buscó en su memoria. «Espera un momento —dijo, poniéndose de pie—. He estado ordenando sus cosas, y creo que ya sé dónde está la foto que le hicimos a aquel árbol. Ahora mismo la traigo».
Se estaba haciendo de noche, pero aún había algo de luz en el cielo; aún quedaban allí nubes iluminadas por el sol, sobre todo de color rosa, redondas, pequeñas, como bolitas de algodón para taponar los oídos. En la parte baja del rancho, los árboles y las rocas de granito se difuminaban hasta parecer iguales, sombras de una misma materia; sombras que, sobre todo, dominaban la orilla del río, donde ya no había ni caballos ni criadores con sombrero de cowboy. Entre los sonidos, destacaba ahora la voz de un presentador de televisión que hablaba de un incendio —a terrible fire— en las cercanías de Stockton.
Mary Ann encendió la luz del porche y me entregó la fotografía con el detalle del árbol. Mostraba dos figuras en actitud de lucha, con los puños en alto. El dibujo era tosco, y el tiempo había deformado tanto las líneas que podía pensarse que se trataba de dos osos, pero el pastor había grabado con su cuchillo, junto a las figuras, los nombres, la fecha y la ciudad en que tuvo lugar el combate: «Paulino Uzcudun-Max Baer. 4-VII-1931. Reno».
«Es normal que David se llevara un disgusto —dije—. Paulino Uzcudun siempre estuvo al servicio del fascismo español. Era de los que afirmaban que Guernica había sido destruida por los propios vascos». Mary Ann me observó en silencio. Luego me hizo partícipe de su recuerdo: «Cuando volvimos de Humboldt County, David me enseñó una fotografía antigua donde aparecía su padre con ese boxeador y otras personas. Me dijo que la habían hecho el día de la inauguración del campo de deportes de Obaba. “¿Qué gente es ésta?”, le pregunté. “Algunos eran asesinos”, me respondió. Me quedé sorprendida. Era la primera vez que me hablaba de ello. “¿Y los demás, qué eran? ¿Ladrones?”, le dije un poco en broma. “Probablemente”, me respondió. Al día siguiente, cuando volví del college, lo encontré en el estudio, poniendo sobre su mesa las carpetas que había traído a América. “He decidido hacer mi propio carving”, dijo. Hablaba del libro».
La luz de la bombilla del porche realzaba las letras doradas del libro. Lo abrí y comencé a hojearlo. La letra era pequeña, las páginas estaban muy aprovechadas. «¿En qué año ocurrió todo eso? Me refiero a la excursión para ver los carvings y lo de ponerse a escribir.» «Yo estaba embarazada de Liz. Así que hace unos quince años.» «¿Tardó mucho en terminarlo?» «Pues, no lo sé exactamente —dijo Mary Ann. Volvió a sonreír, como si la respuesta le hiciera gracia—. La única vez que le ayudé fue cuando le publicaron el cuento que escuchaste el otro día».
El cuento que escuchaste el otro día. Mary Ann tenía en mente El primer americano de Obaba, un texto que ella había traducido al inglés a fin de publicarlo en la antología Writers from Tulare County, «Escritores del condado de Tulare». Lo habíamos leído en el rancho, en presencia del propio David, apenas dos semanas antes. Ahora, él ya no estaba. Nunca volvería a estar. En ningún sitio. Ni en el porche, ni en la biblioteca, ni en su estudio, sentado ante el ordenador de color blanco que le había regalado Mary Ann y que utilizó hasta horas antes de ingresar en el hospital. Así era la muerte, ésa era su forma de actuar. Sin pamplinas, sin contemplaciones. Llegaba a una casa y daba una voz: «¡Se acabó!». Después se marchaba a otra casa.
«Ahora que recuerdo, hice más cosas para él —dijo Mary Ann—. Le ayudé a traducir dos cuentos que escribió sobre dos de sus amigos de Obaba. Uno de ellos se titulaba Teresa. Y el otro…». Mary Ann no conseguía recordar el título del segundo cuento. Sólo que también era un nombre de pila. «¿Lubis?» Negó con la cabeza. «¿Martín?» Volvió a negar. «¿Adrián?» «Sí. Eso es. Adrián.» «Adrián formaba parte de nuestro grupo —expliqué—. Fuimos amigos durante casi quince años. Desde la escuela primaria hasta la época de la universidad». Mary Ann suspiró: «Un compañero mío del college quería publicárselos en una revista de Visalia. Habló incluso de presentarlos a una editorial de San Francisco. Pero David se echó atrás. No podía soportar que se publicaran directamente en inglés. Le parecía una traición hacia la vieja lengua».
La vieja lengua. Por primera vez desde mi llegada a Stoneham, advertí amargura en Mary Ann. Ella hablaba perfectamente español, con el acento mexicano de los trabajadores del rancho. Podía imaginarme lo que le habría dicho a David en más de una ocasión: «Si no puedes escribir en inglés, ¿por qué no lo intentas en español? Al fin y al cabo, el español es una de tus lenguas familiares. A mí me resultaría mucho más fácil ayudarte». David se habría mostrado de acuerdo, pero posponiendo la decisión una y otra vez. Hasta resultar irritante, quizás.
Rosario apareció en el porche. «Me voy a mi
