Valfierno

Martín Caparrós

Fragmento

valfierno-3

1

Soy Valfierno.

Digamos que soy Valfierno. O, mejor dicho, fui Valfierno. Y fue como Valfierno que hice algo extraordinario: la historia de una vida.

¿Por qué el nombre Valfierno?

Convinimos que sus preguntas se iban a limitar a los hechos, ¿no es verdad?

Sí, es cierto. ¿Y eso no es un hecho? Vamos, mi estimado.

El martes 23 de agosto de 1911 los diarios de la tarde de París se vendieron a mares: voceadores gritaban en todas las esquinas que habían robado el cuadro más famoso del mundo.

—¡La Gioconda! ¡Entérese de todo! ¡Ha desaparecido la Gioconda!

—¡La Gioconda, señores! ¡Se escapó la Gioconda!

Hacía un calor de perros. Semanas que hacía un calor de perros y todos los que no lucraban con él se sentían miserables: el tema pegajoso en cada encuentro, cada café, cada salón con sus molduras, cada iglesia o prostíbulo de lujo. Ese calor conseguía que París dejara de ser París por el bochorno. Eso —que París ya no fuera París— los hacía sentirse particularmente miserables: estafados, y hablaban. Los señores y señoras hablaban del calor y, una vez que habían hablado de él, pa­saban a otros temas que no les importaban y de pronto se secaban las caras y volvían al asunto y uno decía que el mundo ya no era lo que era y otro se jactaba del ventilador que compraría si todo seguía así.

—Es el progreso, mi querido, el progreso. Si no fuera por los socialistas y este calor tremendo…

Hacía semanas que el sofoco secaba las conversaciones.

Hasta que de pronto, esa tarde, el mundo se animó:

—¡Se la robaron! ¡Se rieron de Francia en sus narices, extra, extra!

Soy Valfierno: fui un niño muy feliz. Mi madre me llamaba Bollino y yo creía que mi nombre era ése: Bollino, soy Bollino. Se rio mucho, mi madre, una vez en la calle cuando una señora dijo ay qué linda criatura cómo se llamará y yo le dije que Bollino. No, señora, se llama Juan María, dijo mi madre, que no sabía que yo tenía que llamarme Eduardo. Pero yo, Bollino, Juan María, Enrique no, Bonaglia todavía, Eduardo incluso, fui un niño muy feliz.

El chico tiene el pelo moreno, cara ancha y rasgos muy precisos, el cuerpo un poco corto para sus ocho años. El chico tiene un gesto decidido y da una orden: los otros dos lo siguen. Los otros dos son rubios: el mayor debe tener seis años, la nena quizá cinco. Alrededor, el parque es deslumbrante: un mar de césped perfecto esplendoroso, un estanque con lotos, ligustros en forma de casitas, magnolias, araucarias, robles, islas de hortensias lilas, estatuas blancas de animales y diosas y guerreros; hay un pavo real. Al fondo, las ventanas de la mansión afrancesada brillan bajo el sol, y el chico de pelo moreno les dice que ahora van a la estatua del ciervo, pero el rubio protesta:

—Yo no quiero que me mandes, no quiero que me mandes. Vos no sos nadie para mandarme a mí. Vos no sos nadie.

Grita Diego, al borde de llorar, y se le tira encima. Bollino le lleva media cabeza y es más fuerte; Diego intenta pegarle y Bollino lo esquiva sin devolver los golpes. Marianita se ríe, Diego insiste y, al tirar un golpe, se resbala. Cae, se agarra un ojo, grita desde el suelo que Bollino le pegó en la cara. Su vestido de marinerito está manchado.

—Bollino me pegó, Bollino me pegó, le voy a contar a mi mamá.

Grita, la cara embarrada por los mocos mientras llega, apurada, la mujer gorda vestida de mucama. Tiene la piel muy blanca, el pelo rubio sucio, los pies como empanadas y de cerca es más joven: lo levanta, lo limpia. Diego no quiere que ella lo toque y se revuelve: grita Anunci Anunci no me toques; Mariana y Bollino los miran de la mano. El aire huele a nísperos y azahares.

—¿Qué pasó?

Pregunta, con acento italiano, la mucama.

—Que Bollino me pegó, es malo, le voy a contar a mi mamá.

—No, yo no le pegué nada. Él solo se cayó, se resbaló y se cayó. Yo no le pegué nada.

Dice Bollino y la mucama le cruza la cara de una bofetada: fuerte, sonora, bien cruzada.

—Para que aprendas que no hay que meterse con los niños.

Le dice la mucama y Bollino la mira sin un gesto, todo el esfuerzo puesto en no llorar.

—Pero mamá, si yo no le hice nada.

Y entonces el calor no le importaba a nadie. El robo de ese cuadro parecía una desgracia nacional: nada excita tanto a los ciudadanos de un país como ser testigos de una desgracia nacional. Nada los arrebata tanto como creerse en el corazón de un buen desastre —participantes imaginarios de un desastre: el alivio de saber que han vivido un momento que muchos, durante años, fingirán recordar. Suponer que los dedos de la historia, tan desdeñosa, tan esquiva, se han dignado rozarlos.

Mi madre me criaba con denuedo. La recuerdo —debe ser lo primero que recuerdo— dándome de comer. Me ponía en la punta del tenedor unos trozos muy chiquitos de carne y, con cada trozo, me decía Bollino, tienes que masticarlo muchas veces con la boca cerrada: si no, te va a hacer mal a la panza y a la reputación, decía, y se reía. Y yo también me reía mucho: reputación debía ser una palabra muy graciosa.

Ella casi siempre me cuidaba. Y los señores eran buenos conmigo. Cuando éramos más chicos nos pasábamos todo el día juntos, con Diego y Marianita: eran días muy largos, muy felices, nadando, en los caballos, los juegos en el parque y en la sala de juegos y mi mamá nos cuidaba a los tres. A mí me regalaban cosas, juguetes, ropa, y el señor a veces me decía que me quería como a un sobrino y que era muy inteligente y que cuando fuera grande me iba a ir bien en la vida. Hasta que cumplí diez años fuimos inseparables, los niños y yo; después, cuando Diego empezó a estudiar con la institutriz que le trajeron, el señor le dio plata a mi madre para que me mandara al colegio de los curas. El día antes de empezar las clases me llamó a su escritorio y me dijo que la educación es lo más importante y que sin educación cualquiera es pobre y que si llegaba a tener cualquier problema le dijera al padre superior que él se iba a hacer cargo y que me deseaba lo mejor y que cualquier cosa que necesitara no dejara de pedírsela a él, y me regaló un portafolios de buen cuero. Al otro día, cuando don Ángel nos llevó con mi mamá en el sulky hasta el colegio, descubrí que detrás de los muros del parque había un camino que bajaba hasta una ciudad en la costa de un río: era muy fea. Yo había escuchado hablar de eso pero, hasta entonces, no me había importado.

Pero usted no había nacido allí, Valfierno.

¿Me lo pregunta o me lo está contando?

Bueno, usted me dijo que su madre era extranjera. Usted me dijo que usted era extranjero.

¿Extranjero, me dice usted, de dónde?

La mujer espera en casa. Su casa es un cuarto cochambroso en un caserón que un día fue un palacio. Pasaron siglos. Ahora la mujer se retuerce las manos. La mujer espera y sabe que tendrá que esperar todavía algunas horas. En esas horas, se preguntará mil veces por qué no supo encontrar las palabras para disuadir a su hombre. Ni palabras de amor ni de amenaza ni el recuerdo de su responsabilidad de padre le sirvieron y se preguntará más veces por qué su hombre le prefirió ese supuesto deber que lo llamaba. También se dirá que él, como tantas otras veces, quizá tenga razón: que sus miedos son una exageración suya, debilidades de mujeres, tonterías. Que seguramente él tiene razón pero ella tiene miedo y espera que le llegue la noticia que él desechó con altivez, con una sonrisa condescendiente y un saludo casual: no te preocupes, mujer, ustedes no entienden de estas cosas. Ustedes habrían podido ser ella y su hijo pero ella sabe que no: son las mujeres, todas las mujeres —y ese modo en que su hombre la mezcló con tantas otras la entristece, y también la entristece el olor a grasa quemada de la ropa de su hombre en ese cuarto: el olor que su hombre le deja para que ella no se olvide que lo espera.

La mujer tiene menos de veinte años —más de quince, menos de veinte años— y las formas redondeadas tan temprano por la maternidad y, sin duda, un sustento de panes y fideos. La mujer tiene los ojos extrañamente claros en medio de una cara oscura y sucia de limpiarse lágrimas con manos sucias; está sentada y, sentada, se le ve sobre todo el peso de sus brazos, redondez de sus brazos. La mujer podría ser bella como una madonna. La mujer se llama Annunziata —Perrone Annunziata, nacida en Trimoli el 25 de marzo de 1850, miércoles, día de la Anunciación de Nuestra Señora, hija de Giovanni, esposa de Bonaglia GianFelice, ex costurera, de profesión su sexo— y sigue retorciéndose las manos: una contra la otra. Se las seca en la falda marrón limpia pero manchada de grasa que no sale y piensa otra vez en las palabras que no le supo decir y se consuela: ella nunca le supo decir palabras, él es el que sabe las palabras, ya cuando él la seguía a la salida del taller de costura y ella tenía quince años y una sonrisa que —le decían todos— era su fortuna, ya entonces ella sabía que tenía que callarse y escucharlo y se calló cuando él la invitó a que se sentaran junto a la fuente sin agua de esa plaza y se siguió callando cuando él volvió a buscarla una y otra tarde y cuando le extendió la mano para que ella la agarrara —no le agarró la mano: se la extendió para que fuese ella la que, callada, la agarrara— y se calló para decir que sí cuando el señor cura le preguntó si sí y se calló a los gritos cuando la comadrona le dijo que su hombre iba a estar contento porque le había dado un machito: está sano, es un macho, tu hombre va a estar contento. Ella supo callarse y fue aprendiendo que su silencio podía ser poderoso también, que no necesitaba las palabras y ahora piensa que cuando sí las necesitó —esta mañana, esas palabras de amor o de responsabilidad o de lástima que no supo decirle— ya era muy tarde, piensa, y se retuerce las manos y se seca las manos y el chico le agarra las manos y le pregunta si tiene tanto calor, mamá, que las manos se le llenan de agua.

El chico no ha parado de preguntarle cosas tontas: si tiene tanto calor mamá, si van a comer sopa de porotos esta noche mamá, si papá me va a traer un caramelo cuando vuelva mamá, por qué tiene tanto calor si hace calor pero también hace frío mamá. Y ella le dice que se calle y sigue concentrada en la espera: llama espera a la convicción de que una noticia horrible puede llegar de un momento a otro e imagina que si la espera mucho, que si la sufre desde ya puede que no le llegue —que esperarla es el precio que tiene que pagar para que eventualmente no le llegue— y que, si al fin le llega, por esperada será menos terrible: que quizás sea, al fin, menos terrible, y cuándo me empieza a preparar la sopa, mamá, que se hace tarde.

Yo no sabía de dónde habíamos llegado pero sabía que yo no había nacido allí, en esa ciudad de río que llamaban Rosario. Al principio, por supuesto, no lo sabía; después pensé que si había nacido en alguna parte era en la casa grande, la casa del señor, en nuestro cuarto —el cuarto que tenía con mi mamá— bajo los techos. Al final me di cuenta de que éramos de otro lugar porque mi madre, que era tan buena y los chicos la obedecían y nos cuidaba a todos, hablaba de una forma rara. No fue difícil darme cuenta. Fue lo primero que noté, que ahora recuerdo haber notado: mi madre hablaba de una forma rara. Quizás era su forma de hablar, pensaba entonces, la que hacía que la obedecieran.

A veces le preguntaba a mi madre por mi padre. O, en verdad: una vez empecé a preguntarle a mi madre por mi padre. Primero, supongo, cuando éramos felices en la casa grande, no se me ocurría; los que tenían un padre eran Diego y Mariana porque ellos eran los que tenían las cosas y yo igual tenía algunas y ellos también tenían una madre que era tan linda y más rubia que la mía y la pregunta no se me ocurría. Pero después, ya en la escuela, era común que los chicos hablaran de sus padres y yo, entonces, me tenía que callar. Un día me decidí a preguntarle a mi madre dónde estaba mi padre: no le dije por qué, mamá, no tengo padre o quién se cree que es ese señor que me deja sin padre o quizá usted o qué pasó; le pregunté dónde estaba mi padre y ella pensó un momento antes de contestarme. Es raro, ahora que lo recuerdo, que haya tenido que pensarlo: mi madre debía haber imaginado esa respuesta tantas veces antes de mi pregunta, previendo mi pregunta, pero pensó un momento y después me dijo que mi padre no estaba porque se había tenido que ir a trabajar a no recuerdo dónde para ganar dinero. Yo le pregunté cuándo iba a volver con el dinero y mi madre me preguntó si alguna vez me había faltado algo. Yo no le dije mamá, un padre; me parece que le habría mentido, y no lo dije.

Un robo así, decían los diarios, es el hecho de una mente enfermiza o de un genio ignorado. ¿Se da cuenta, periodista? Ni se les ocurrió que pudiera ser algo más sencillo, la obra de un artista.

Soy Valfierno: fui un niño muy feliz. Mi madre me llamaba Bollino y yo creía que mi nombre era ése: Bollino, soy Bollino. Fui un niño tan feliz. Pero mi padre no estaba. O debería decir: fui un niño tan feliz porque mi padre no estaba. Mi padre no estaba porque se había ido a ganar plata no sé dónde. Porque no lo habían dejado venir con nosotros a nuestra ciudad nueva y estaba tratando de llegar. Porque tenía que cuidar nuestra otra casa. Porque su mamá no lo dejaba irse tan lejos. Porque se había muerto en una guerra tal o cual. Porque quién podía querer a un chico como yo, que se portaba mal. Porque se había acordado de algo muy importante y tuvo que irse a buscarlo pero seguramente alguna vez lo encontraría y volvería.

Una vez le pregunté cómo se llamaba mi padre y mi madre no quiso contestarme: qué preguntas son ésas, me preguntó, como si no supiera.

valfierno-4

2

El marqués Eduardo de Valfierno se retoca el nudo de la pajarita con una atención que se podría describir como excesiva. De hecho, Valérie Larbin la considera completamente desmedida, pero es probable que el marqués esté acentuando, para irritarla, su parsimonia acostumbrada.

—¿No se va a vestir, belleza?

—¿Para qué? ¿Piensa llevarme a alguna parte?

No hay música. Valérie está recostada en un diván de terciopelo gris, el pelo largo negro cuervo en bucles cayendo sobre el pecho tan blanco, su bata de seda negra con inscripciones chinas rojas abierta como para mostrar que es muy humana. Valérie Larbin fuma: su boquilla de nácar entre dos dedos de uñas lila, la vampiresa de alguna película que ha visto en estos días. El marqués la mira y se sonríe: toda ella es una imitación no muy lograda de películas malas. Si supiera, piensa, que él también hizo esas cosas hace tanto tiempo. O quizás no fuera tanto tiempo. Si supiera, piensa, que lo que le gusta de ella es otra cosa. Si él supiera, piensa, exactamente qué.

—¿Por qué, ahora me va a pedir que la pasee como si fuera una esposa?

—No, como si fuera una amante cara.

—Lo cual no es.

—Agradezca, marqués. Si lo fuera, usted no podría permitírselo.

Valérie es un prodigio de vulgaridad con grandes tetas y su aire falso fino: helado falso fino. Valfierno no soporta que lo atraiga semejante obviedad.

—Yo puedo permitirme lo que quiera.

—A mí no, Valfierno. Puede que engañe con su traje a las señoritas del Bois de Boulogne, pero a mí no. ¿Cuánto hace que no paga esta suite? ¿Cuánto más se lo va a tolerar el gerente?

—Yo puedo permitirme incluso no tener un céntimo.

—Marqués…

Valfierno la odia cuando habla como las damas de los folletines: casi siempre. En realidad la odia casi siempre y la sigue buscando y comprando baratijas con brillos engañosos y desesperándose cuando desaparece, tan frecuente. La imagi­na toqueteando a un cerdo más viejo que él y más rico y sacándole joyas verdaderas y no lo soporta y la desprecia y nada lo excita más y otra vez a buscarla, a mandarle sus ramos de gladíolos. Piensa que ella no sabe quién es él en realidad y que si supiera no le haría esas cosas; piensa que nadie sabe quién es él y si supieran.

—Usted no entiende nada.

—No, yo no entiendo nada.

Poco más de la una de la tarde, el calor húmedo, París, fin del verano. Valérie y Valfierno están en la habitación desde las tres o cuatro de la madrugada, cuando llegaron de un baile en l’Opéra Comique; Valfierno estaba demasiado cansado y borracho para tratarla como hubiese querido y le pidió que lo despertara con caricias: entonces se reivindicaría. Pero tampoco en la mañana había logrado grandes cosas y ahora sólo quiere que la mujer se vaya cuanto antes. Como no se atreve a pedírselo ha empezado a vestirse, pretexto de un almuerzo inverosímil. Sabe, de todas formas, que en cuanto salga va a empezar a extrañarla: a ella, a su revancha.

—Marqués, ¿le puedo hacer una pregunta?

valfierno-5

3

El colegio no era tan malo: los curas hablaban casi en verso y me trataban de usted y me pegaban solamente cuando era necesario. Pero no era mi vida. Estaba lleno de chicos desaforados, más grandes que yo, que no me respetaban. Yo estaba fuera de lugar entre esos brutos; después supe que eran hijos de chacareros pobres que los mandaban al colegio para librarlos del barro de los chanchos, del frío de las heladas en las manos, de los días que empiezan antes de cada día. No era mi vida, pero mi madre, la vez que me quejé, me dijo que tenía que acostumbrarme y que no sabía la suerte que tenía de ir a ese colegio y lo bueno que era el señor con nosotros y que no me quejara nunca más.

Y yo no me quejé más pero esperaba los sábados, cuando ella venía a buscarme y me llevaba de vuelta. Aunque antes dábamos un paseo por el centro. Y ella me seguía hablando del colegio y preguntando y diciendo que haría todo para que yo pudiera ser un hombre educado, un hombre de bien más adelante, me decía: siempre más adelante. Yo creo que, ya entonces, cuando mi madre me decía más adelante yo pensaba en un lugar que no era ése.

Después, cuando empecé a crecer, me avergonzaba caminar con mi madre por la calle.

¿Por qué?

Yo diría que la miraban demasiado, que era un poco estridente en su belleza. Su cuerpo era estridente, sus toilettes, todo en ella lo era.

¿Qué quiere decir?

A ver si nos ponemos de acuerdo en una cosa, periodista: yo no quiero decir. Yo, cuando quiero decir, digo.

En una ciudad como Rosario en la segunda mitad del siglo diecinueve la figura de esa mujer despierta la atención. Rosario acaba de recibir el nombramiento de ciudad y es, en realidad, un poblacho con un puerto que está tratando de importar un futuro. El puerto crece. Servirá para embarcar los granos que la región produce con desgano, casi por un azar, en cantidades increíbles. Para que empiecen a llegar desde puertos europeos —y, sobre todo, italianos— cargamentos de pobres entusiastas y dispuestos a todo que dejaron su país para buscar y prefieren la relativa indefensión de este poblacho al aspecto más amenazador, desdeñoso, inabordable del primer puerto, Buenos Aires.

Las calles de la ciudad son casas bajas con ventanas con rejas, farolas de candil de tanto en tanto y puro barro; unas pocas, alrededor de la plaza central con su iglesia a medio terminar y su intendencia, tienen empedrado. Algunas tardes esa mujer camina por ellas como si no supiera que su presencia no condice con el resto: lo descabala o enmaraña. En el centro de una ciudad como Rosario en la segunda mitad del siglo diecinueve, todavía —y por unos pocos años más, hasta que la invasión lo haga imposible— todos los elementos se ajustan a funciones, a modelos estrictos. El señor cura tiene su lugar, el señor intendente, sus cagatintas y entenados, los ocho o diez acopiadores de granos recientemente enriquecidos, su media docena de abogados tienen su lugar, los tres o cuatro médicos, los pocos periodistas —todos ellos candidatos a ocupar, más tarde o más temprano, el lugar del señor intendente o alguno semejante—, el juez de paz, los viejos oficiales de la milicia que al levantarse, veinte años antes, contra un dictador lejano dieron por inaugurado el crecimiento del poblacho tienen su lugar y sus mujeres —damas, lo que esos caballeros llaman una dama— también tienen su lugar en esas calles. Por tenerlo, lo tienen incluso las vendedoras de pancitos y demás mordiscos para matar el hambre ocasional, los vendedores de peines y peinetas y chucherías variadas, los chicos que se ofrecen para cargar las compras o ayudar a una señora en el cruce de un charco, el cuidador de los caballos, el ciego de la iglesia, el rengo de la iglesia, los demás pobres que cumplen con una función en el concierto, los pocos policías que custodian todo eso tienen su lugar. Pero esa mujer no tiene su lugar en las calles empedradas del centro del poblacho y, sin embargo, sale algunas tardes a caminar por ellas.

Esa mujer es gorda como un tonel de vino basto. Es joven, sonrisa viva en una cara ajada, los ojos claros penetrantes, el pelo rubio encaneciendo recogido y es gorda gorda gorda. Esa mujer no lleva, cuando camina por las calles empedradas, su uniforme de mucama: si usara su uniforme sí tendría su lugar. Pero lleva una falda de tela que fue negra y ahora es gris arratonado, una camisa de tela que fue blanca y ahora es gris, una mantilla roja por encima. Camina altiva: como si hubiera en ella algo que mereciera una mirada de respeto u homenaje, como si algo en ella la autorizara a salir de su lugar de sirvienta del más rico para mezclarse con lo mejor de la ciudad en calles empedradas. Camina y los demás la miran —por despecho, indignados la miran— y ella devuelve las miradas. Siempre dos pasos por detrás o dos pasos delante va su hijo: un chico de diez años que parece menos, pelo negro tupido, los rasgos dibujados con esmero, los pantalones deshilachados cortos, los ojos parecidos a los suyos, algún remiendo en los zapatos. El chico se llama Juan María y camina siempre por detrás o delante de su madre por esas calles empedradas: un poco lejos de su madre. A veces se escapa de la mirada de su madre y se va más allá; a veces camina dos pasos adelante o atrás de una señora de peinado encopetado, sombrilla y mantón de manila, como si fuera su hijo: por un minuto o dos, hasta que la señora se da cuenta, camina junto a ella y recibe y retribuye las sonrisas que las demás señoras, los señores, el señor cura, el señor intendente, el señor juez, los señores abogados o comerciantes enriquecidos o periodistas o vendedores de pan le dedican a la señora encopetada y, en el mismo movimiento, a él, al chico, a Juan María. Hasta que lo descubren y se escapa. A veces es la señora encopetada quien lo descubre y le dice fuera mocoso, quién te creés que sos. Otras, su madre la que nota su ausencia y lo busca a los gritos y, cuando vuelve, le dice pero Bollino qué te pasa, Bollino, mi Bollino.

Supongo que fui un niño muy feliz hasta que me di cuenta de que tenía que serlo. Hasta que vi cómo mi madre estaba pendiente del menor detalle de mi felicidad y me pareció que debía ser algo demasiado frágil si era preciso cuidarla de ese modo. Entonces me resultó mucho más difícil conservar un estado que corría —eso parecía decir mi madre, su actitud— el riesgo de romperse todo el tiempo.

¿Será que sólo nos importan las cosas que están siempre a punto de romperse?

No diga tonterías, periodista.

Los fines de semana yo volvía a mi vida, al caserón francés, a mi cuarto, a Diego y Marianita. Nos gustaba encontrarnos: yo les contaba cosas del colegio y de los curas y casi nada de mis compañeros y Diego me mostraba sus libros de dibujos y me preguntaba si me enseñaban a hablar en francés y a veces hasta me decía palabras en francés y yo me hacía como que sí entendía pero Marianita se reía y entonces yo me daba cuenta de que no había acertado. Pero me gustaba porque era como antes y ellos me llamaban Bollino como mi mamá y comía sus comidas y era como antes. Me gustaba que fuera como antes.

El chico se llama Juan María y casi todos lo llaman Juan María y está a punto de dejar de ser un chico. Es discutible: quién dice hasta aquí un chico, desde aquí esa otra cosa. Las fronteras, si no son de países, suelen ser tramos largos: no es fácil atravesar una frontera y más difícil, mucho más difícil, saber si ya está atravesada o todavía. Un recorrido sin mojones: para un chico las sombras de una barba, resbalones inesperados en la voz, esos granos de grasa le van marcando que ya no es lo que era —y que no va a serlo nunca más aunque lo intente. El chico se pasa años aprendiendo algo que tendrá que volver a aprender muchas veces: que esto que ha aprendido —a ser chico, a vivir como un chico— ya no le sirve más porque cuando le parezca que ya aprendió significará que ha dejado de serlo. Que aprender a ser algo sirve para no serlo más. Y entonces aprenderá a ser algo más: algo distinto cada vez. Un modo de ser siempre lo mismo.

El señor Manuel de Baltiérrez está de pie, los brazos cruzados sobre el pecho de su camisa impecable, su mujer pequeña y rubia a su derecha, su pie izquierdo que marca un ritmo contra el suelo. El señor habla con la voz baja y contenida que lo hace más temible:

—Nos decepcionaste. Te aprovechaste de nuestra bondad, nos estafaste. No tengo mucho más que decirte. Mañana a la madrugada se van de acá, vos y tu pobre hijo. Y no los quiero ver nunca más. Nunca más, entendiste.

Frente a él, a seis pasos, la mujer gorda se hunde en su uniforme de mucama. Tiene los labios apretados, la frente fruncida para evitar las lágrimas y busca palabras que —sabe— no le van a servir.

—Señor, yo no fui. Le juro que no fui, don Manuel, yo no fui. ¿Cómo voy a hacer yo una cosa…?

—Anunciata, no me tomes por tonto. Ya lo hiciste durante años. Se acabó.

—Pero señor, por dios…

—No mezcles al Señor en todo esto. El collar estaba en tu pieza. ¿O ahora me vas a decir que no estaba?

El galgo que dormitaba a los pies de don Manuel se levanta y camina unos pasos hasta el calor del hogar donde crepitan leños. Anunciata mira el fuego pero tampoco encuentra nada.

—No, ya sé que estaba. Pero le aseguro que no fui yo. ¿Para qué iba a hacer algo así? ¿Dónde voy a estar mejor que acá? ¿Dónde voy a encontrar una familia que me trate como ustedes?

Ahora sí llora. Anunciata llora con sollozos. Don Manuel hace un gesto de asco.

—En ninguna parte. Espero que en ninguna parte. Pero no hablamos de lógica, Anunciata. Hablamos de canallas, pobres canallas como vos. Vaya a saber qué tendrás en la cabeza. No me importa. Te dije mañana a la mañana, y no hay nada más que hablar. Sólo lo siento por tu hijo.

¿Y usted cree que ella fue capaz de robarlo?

No, periodista. ¿Cómo puede decir eso?

Pero ¿es cierto que el collar estaba en su cuarto?

Sí, claro que estaba en nuestro cuarto.

¿Y entonces?

¿Será posible que haya que decírselo todo?

valfierno-6

4

—Marqués, ¿le puedo hacer una pregunta?

—Mientras no me pregunte si la quiero…

Dice Valfierno y enseguida se da cuenta de que no era necesario. Valérie le perdona la vida: no subraya. Sorbe un trago de té y se retoca los labios con un tono bermellón pastoso. Valfierno piensa —por un momento piensa, sin querer, sin proponérselo— en Mercedes, la hija de don Simón, y el pensamiento lo sorprende.

—¿Qué es lo más extraño que ha falsificado?

—¿Yo, falsificado?

—Vamos, marqués: no soy tan tonta. Parecerlo me sirve, pero no me lo crea: usted no. Digo: ¿qué es lo más raro que ha falsificado, además de su título, su nombre, su historia y esas perlas que me regaló el mes pasado? A veces pienso que por falsificar, hasta su nacionalidad es falsa. No sabría decirle bien por qué, pero me huelo que ni siquiera es argentino.

—Falsificar no es una palabra de mi vocabulario.

Le responde Valfierno, pero sabe que su falta de indignación está diciendo algo. Y no le importa decírselo: así, en silencio.

—¿Y entonces cómo lo llama?

Valfierno la lengüetea con los ojos: el cuerpo lánguido de opereta sobre el diván de terciopelo falso. La piel de terciopelo, piensa, sobre el diván de falso —y se dice que no puede ser tan cursi.

—Seguramente no lo llama nada: hay cosas que mejoran con el anonimato, ¿no, marqués?

Hace semanas que se pregunta por qué la sigue llamando, buscando. Semanas que se dice que unas tetas no son suficientes, que no están a su altura; que se dice incluso que no son científicas, que no son modernas: dos colgajos de grasa que las hembras utilizan para alimentar con sus jugos a su cría. Las tetas son lo más arcaico de la raza, piensa, se sonríe, se las mira. Y otra vez se pregunta por qué la mujer —que debe conseguir aventuras mucho más rentables— sigue aceptando sus invitaciones, por qué lo sigue tolerando: es la palabra, se dice, tolerando. Debe ser esa falla: lo que le falta para ser realmente bella. Tiene que pensar más en esa falla, se dice: en lo que la convierte en una especie de mentira.

—No joda, Valérie.

A menos que ella lo necesite, piensa, que lo necesite para algo que no termina de entender y entonces sí se alarma. Recuerda que en un momento de extravío estuvo, incluso, tentado de creer que la seducían sus encantos, pero algo le decía que no era eso —o que, al menos, eso no era todo. Algo: su sentido común, las ruinas del espejo.

—Marqués, ¿le puedo hacer otra pregunta?

Valérie se levanta del diván, va hacia él, le sacude el polvo inexistente de los hombros, deja que la bata de seda negra china roja se le parta. Valfierno lleva un traje de lino crudo con zapatos blancos y marrones, la camisa impecable, el corbatín morado. Los zapatos con taco, para alzarlo. Termina de peinarse: el pelo negro y blanco bien cortado, el bigotito fino, los ojos verdes como tajos. La nariz recta tan correcta, la boca sin alardes, la frente despejada. Tiene la cara que su oficio necesita, piensa: agradable, bien hecha, nada particular para el recuerdo.

—Marqués, ¿no quiere que trabajemos juntos?

—Sólo eso me faltaba.

—Ya me lo va a pedir.

—Sin duda, mi querida. Pero ahora tengo que almorzar y, si usted no se adecenta, voy a llegar ligeramente tarde.

—Marqués, no sea idiota. No es lo que usted se imagina.

—¿Y qué me imagino, dígame?

—Prefiero no pensarlo. De todas formas es pura fantasía, ya sabemos. Sólo quiero decirle una cosa: una amiga mía conoce a un tipo que hasta hace poco trabajó en el Louvre. El tipo es un tonto pero no tiene escrúpulos; no es común, en los idiotas como él. Usted conoce el dicho: cuanto más tonto, más moral. El tipo puede entrar y salir del museo como usted del hipódromo de Auteuil.

—¿Y eso a mí qué?

—No sé qué, Valfierno. Piénselo. Usted es de esos que saben pensar cosas. No siempre hacer, pero pensar sí sabe. Si nos esforzamos, mi querido, un

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos