Prólogo
Un escándalo que nunca acaba
En 1974, cuando Einaudi publicó La historia, la editorial se sometió a una inesperada petición de Elsa Morante, empeñada en que la novela no costase más de dos mil liras (el equivalente a cinco dólares de entonces), como ejercicio literario pero también moral que era. «Quiero una edición barata», le pidió expresamente Elsa a Giulio Einaudi, quien accedió a publicarla en bolsillo.
La autora se proponía llegar a más lectores de los que se habían acercado años antes a Mentira y sortilegio (1948) y a La isla de Arturo (1957). Y lo logró. Al año de su publicación, La historia había vendido ochocientos mil ejemplares en Italia. Su agente literario, Erich Linder, se sorprendía al comprobar que, pasados los primeros meses de enorme impacto, las ventas seguían contándose por miles semana tras semana. «No sabemos quién compra todavía el libro, ya que en la actualidad parece haber ejemplares en todas las casas italianas», confesó el hombre en una carta a un editor estadounidense, según se lee en la biografía que Lily Tuck escribió de la autora.
El éxito editorial fue acompañado de un gran alboroto crítico. El choque entre defensores y detractores, a menudo arrebatado, ayudó a erigir la novela en una de las más famosas de la década en Italia. En la fase más delicada del debate, la reseña en Tempo Illustrato de Pier Paolo Pasolini, desde siempre muy cercano a la autora, provocó que Morante y él nunca más se dirigiesen la palabra. El corresponsal romano para The New York Times publicó una crónica en septiembre de 1974 en la que contaba: «Por primera vez desde tiempos inmemoriales hay personas en los compartimentos de los trenes y en los bares que hablan más del libro que de la liga de fútbol o de un escándalo de faldas. Los críticos escriben páginas y más páginas preguntándose por el significado de La historia y las razones de la excepcional polémica que despierta».
La vocación de buscar con La historia un gran público alentó la ambición de Morante desde el principio. Su amigo Luca Fontana, que al comenzar la década de 1970 la acompañaba en sus largos paseos por el gueto de Roma, los distritos de Testaccio y de San Lorenzo, pues la autora quería documentarse, contaba que por esas fechas le preguntó, a sabiendas de sus recelos a la hora de hablar de un trabajo si no estaba terminado: «¿Qué clase de libro estás escribiendo?». Fontana la había visto tomar notas en libretas durante meses, algo que Elsa no tenía por costumbre hacer. La respuesta no despejó los enigmas: «Escribo un libro para analfabetos». Años después, uno de los epígrafes que encabezarían la novela ratificó aquella respuesta: «Por el analfabeto a quien escribo». Se trata de un verso de César Vallejo incluido en su himno a los voluntarios de la República, pero también simboliza la destilación total de la obra, que a lo largo de sus centenares de páginas narra la lucha constante, diaria, de los desfavorecidos, los pobres, las eternas víctimas, los que a veces no saben leer, en pos del cobijo y la supervivencia.
Morante funde en su novela la grande y universal historia, en forma de crónica de los acontecimientos más relevantes del siglo XX, con la pequeña y particular historia de sus desamparados personajes de ficción, hasta construir dos relatos: la historia del poder y la historia de las víctimas del poder.
Articulada en nueve capítulos, el primero y el último están encabezados por un enigmático «19**», y funcionan como un catálogo de los actos de violencia protagonizados por las grandes naciones desde comienzos del siglo XX hasta el período en el que se publicó la novela. Entremedias, los siete restantes se corresponden con cada uno de los años que abarca la trama, que transcurre entre 1941 y 1947, y también incluyen al comienzo un breve repaso de la situación mundial.
El resultado hace recordar la técnica empleada décadas antes por John Dos Passos en su Trilogía USA, en la que combinaba retales de ficción con fragmentos de periódicos y letras de canciones, biografías de figuras históricas y episodios autobiográficos del propio Dos Passos, en busca de una novela que retratase toda una nación a lo largo de una época determinada.
A la sombra de la contienda mundial y el Holocausto, la tragedia de la guerra es la verdadera protagonista en este largo relato, cuyos personajes principales —Ida Ramundo, sus hijos Useppe y Nino, y Carlo-Davide— simbolizan un grito sostenido contra la injusticia. En palabras de la propia Morante, La historia pretende ser un acto de denuncia contra todas las formas de fascismo del mundo, aunque el final no sea halagador. La poesía y la palabra, que en el pensamiento literario de Morante forman parte del ser y tienen la fuerza de devolver a la persona la vitalidad, la inocencia y espiritualidad que el poder de los más fuertes le arrebatan, al final nada pueden contra la violencia de la máquina de la historia, «ese escándalo que dura desde hace diez mil años», como clamaba la escritora romana.
En el prólogo a una tirada limitada que First Edition Society publicó en Estados Unidos en 1977, Morante advertía al lector que le ofrecía «un testimonio que describe mi verdadera experiencia en la Segunda Guerra Mundial», de la que ella fue una víctima más. Junto al también escritor Alberto Moravia, con el que estuvo casada y con quien compartía orígenes judíos, se vio obligada a abandonar Roma en 1943, después de que Moravia apareciese en una lista negra de la policía fascista.
«Aprendí mucho del terror», admitía Morante, en cuya obra casi todo es dolorosamente autobiográfico. La historia, pues, representa un «sangriento ejemplo de la inhumanidad del hombre» relatado por una poetisa por naturaleza, a la que la experiencia había enseñado que «incluso la poesía puede utilizarse como coartada». Por eso señalaba en aquel prólogo: «Debo advertirles que este libro, antes que una obra poética, debe ser una acusación y una oración».
En un mundo que, de un modo u otro, estará siempre lacerado por las tragedias de los indefensos, La historia de Morante no ha perdido vigencia, sino todo lo contrario. Habrá en ella, todos los días por venir, algo que nos señale, nos interrogue y nos haga pensar que tal vez los tiempos no han cambiado tanto, y que la historia se reivindicará hasta el final como un escándalo. Por todo lo anterior, nunca será mala hora para leer esta novela pensada para los que ni siquiera saben leer.
JUAN TALLÓN,
septiembre de 2018
No hay palabras, en ningún lenguaje humano, que puedan consolar a las cobayas que no saben por qué mueren.
Un superviviente de Hiroshima
[…] has ocultado estas cosas a los doctos y los sabios y se las has revelado a los pequeños […]. Porque así te place…
LUCAS 10:21
Por el analfabeto a quien escribo.
CÉSAR VALLEJO
… 19**
[…] proporcionadme un catálogo, un opúsculo, porque aquí, madre mía, no llegan las novedades del inmenso mundo…
De las Cartas desde Siberia
… 1900-1905
Los últimos descubrimientos científicos sobre la estructura de la materia marcan el comienzo del siglo atómico.
1906-1913
Sin demasiadas novedades, en el inmenso mundo. Como todos los siglos y milenios que lo precedieron sobre la tierra, también el nuevo siglo se regula conforme al conocido principio inmóvil de la dinámica histórica: «A los unos, el poder, y a los otros, la servidumbre». Y en él se basan, concordes, tanto el orden interno de las sociedades (dominadas actualmente por los «Poderes» llamados «capitalistas») como el orden externo internacional (llamado «imperialismo»), dominado por algunos Estados llamados «Potencias», que se reparten prácticamente toda la superficie terrestre en las correspondientes fincas, o imperios. Entre ellas, última en llegar, está Italia, que aspira al rango de Gran Potencia, y para merecérselo se adueñó ya por las armas de algunos países extranjeros — menos poderosos que ella—, constituyéndose una finquita colonial, aunque no todavía un imperio.
Pese a la perpetua competencia entre sí, amenazadora y armada, las Potencias se asocian, según los casos, en «bloques», para la común defensa de sus intereses (entendidos, en el interior, como los intereses de los «Poderes». A los demás, sujetos a servidumbre, que no participan de los beneficios aunque sin embargo son útiles, tales intereses les son presentados en términos de abstracciones ideales, variables cuando varían los usos publicitarios. En estas primeras décadas del siglo, el término preferido es «patria»).
Actualmente, el máximo poder, en Europa, se lo disputan dos bloques: la «Triple Entente» de Francia, Inglaterra y la Rusia de los zares, y la «Triple Alianza» de Alemania, Austria-Hungría e Italia. (Italia pasaría después a la Entente.)
En el meollo de todos los movimientos sociales y políticos están las grandes industrias, promovidas hace ya tiempo con su enorme y creciente desarrollo a sistemas de «industrias masivas» (que reducen al obrero a «un simple accesorio de la máquina»). Para su funcionamiento y su consumo, las industrias necesitan masas, y viceversa. Y como el trabajo de la industria está siempre al servicio de Poderes y Potencias, entre sus productos corresponde el primer lugar, necesariamente, a las armas («carrera armamentista»), las cuales, sobre la base de una economía de consumo masivo, encuentran una salida en la guerra masiva.
1914
Estallido de la Primera Guerra Mundial, entre los dos bloques contrapuestos de Potencias, a los que se añaden posteriormente otros aliados o satélites. Entran en acción los productos nuevos (o perfeccionados) de la industria armamentística, entre ellos los tanques y los gases.
1915-1917
Contra la mayoría del país que se opone a la guerra (y recibe por ello el calificativo de «derrotista»), prevalecen el rey, los nacionalistas y los distintos poderes interesados, con la entrada en guerra de Italia — al lado de la Entente—. Entre otros, también se alinea con la Entente la superpotencia de Estados Unidos.
En Rusia cesa la guerra con las Potencias, a consecuencia de la gran revolución marxista en favor del socialcomunismo internacional, dirigida por Lenin y Trotski («Los obreros no tienen patria», «Guerra a la guerra», «Transformar la guerra imperialista en guerra civil»).
1918
La Primera Guerra Mundial concluye con el triunfo de la Entente y de sus actuales aliados (veintisiete naciones vencedoras, entre ellas el Imperio japonés). Diez millones de muertos.
1919-1920
En representación de las Potencias vencedoras y de sus aliados, a la mesa de la paz se sientan setenta personajes, los cuales deciden entre sí el nuevo reparto del mundo y trazan el nuevo mapa de Europa. Con el final de los vencidos imperios centrales y su desmembración, se produce el cambio de propiedad de sus colonias a las Potencias victoriosas, y la definición, sobre la base del principio de nacionalidad, de nuevos Estados europeos independientes (Albania, Yugoslavia, Checoslovaquia y Polonia). Alemania, entre otras cosas, se ve obligada a ceder el Corredor de Danzig (valedero como salida de Polonia al mar) que divide en dos su territorio nacional.
Algunos de los firmantes, entre ellos Italia («paz mutilada»), discuten, como insatisfactorios y provisionales, los términos de la paz; estos resultan insostenibles para las poblaciones de los países vencidos, condenadas al hambre y a la desesperación («paz punitiva»).
En la mesa de la paz falta Rusia, actualmente cercada y reducida a un campo de batalla internacional a causa de la intervención militar de las máximas Potencias (Francia, Inglaterra, Japón y Estados Unidos) en la guerra civil contra el Ejército Rojo. En medio de esta prueba crucial, y asediada por matanzas, epidemias y miseria, se funda en Moscú la Komintern (Internacional Comunista) que llama a todos los proletarios del mundo, sin distinción de razas, lenguas o nacionalidades, a la tarea común de la unidad revolucionaria, hacia la República internacional del proletariado.
1922
Tras años de guerra civil, finalizada con el triunfo de los revolucionarios, en Rusia ha surgido el nuevo Estado de la URSS. Este representará una señal de esperanza para todos los «parias de la tierra», que de la guerra — ganada o perdida— no sacaron sino una agravación de sus males; mientras que en cambio representará el famoso «fantasma» del comunismo, que recorre ya Europa, para las Potencias y los amos de la tierra y la industria, a quienes la guerra sirvió, en líneas generales, como una grandiosa especulación.
Estos, en Italia (sede de una de sus más sórdidas filiales), se unen a sus servidores, y a los genéricos reivindicadores de la paz mutilada para un desquite a ultranza de sus propios intereses. Y no tardan en hallar un adalid y un instrumento adecuado en Benito Mussolini, arribista mediocre y «amasijo de todos los detritus» de la peor Italia, que tras intentar un lanzamiento bajo la enseña del socialismo, ha encontrado más ventajoso pasarse a la contraria: la de los poderes fácticos (la patronal, el rey, y posteriormente también el Papa). Sobre la mera programática de un anticomunismo garantizado, conminatorio y grosero, Mussolini ha fundado sus fascios (de ahí «fascismo»), consorcio de vasallos y sicarios de la revolución burguesa. Y, en semejante compañía, secunda los intereses de sus mandantes con la violencia terrorista de pobres escuadras de acción mercenarias y confusas. El rey de Italia (hombre desprovisto de todo título digno de mención salvo el heredado de rey) le entrega de buen grado el Gobierno de la nación.
1924-1925
En la Unión Soviética, muerte de Lenin. Bajo su sucesor, que ha tomado el nombre de Stalin (Acero), las exigencias nacionales internas (colectivización, industrialización, autodefensa contra las Potencias coligadas en el anticomunismo, etcétera) arrinconarán fatalmente los ideales de la Komintern y de Trotski («revolución permanente») en favor de la tesis estalinista («socialismo en un solo país»). La «dictadura del proletariado», prevista por Marx, tras haberse reducido a dictadura jerárquica de un partido, se degradará en dictadura personal de Stalin.
En Italia, dictadura totalitaria del fascista Mussolini, que entretanto ha ideado una fórmula demagógica para reforzar su poder de base. Esta obra especialmente sobre las capas medias, que buscarán en falsos ideales (ante la dolorosa incapacidad de los reales) un desquite de la propia mediocridad: consiste en el recuerdo de la estirpe gloriosa de los italianos, herederos legítimos de la Máxima Potencia histórica, la Roma imperial de los Césares. Gracias a esta y a parecidas directrices nacionales, Mussolini será ensalzado a «ídolo de masas» y adoptará el título de Duce.
1927-1929
En China, se inicia la guerrilla de los revolucionarios comunistas, guiados por Mao Tsé-Tung, contra el poder central nacionalista.
En Rusia, derrota de la oposición. Trotski es expulsado del partido, y después de la Unión Soviética.
En Roma, Pactos de Letrán del papado con el fascismo.
1933
En situación análoga a la italiana, en Alemania los poderes constituidos entregan el Gobierno del país al fundador del fascismo alemán (nazismo), Adolf Hitler, un desventurado obseso, presa de la manía de la muerte («El objetivo es la eliminación de las fuerzas vivientes»), que a su vez se alza a ídolo de masas, con el título de Führer, adoptando como fórmula de avasallamiento la superioridad de la raza germánica sobre todas las razas humanas. Como consecuencia, el plan ya previsto por el gran Reich exige el sometimiento total o el exterminio de todas las razas inferiores, empezando por los judíos. Se inicia en Alemania la persecución sistemática de los judíos.
1934-1936
Larga Marcha de Mao Tsé-Tung a través de China (doce mil kilómetros) para sortear las fuerzas preponderantes del Gobierno nacionalista (Kuomintang). De ciento treinta mil hombres del Ejército Rojo, llegan vivos solo treinta mil.
En la URSS, Stalin (ascendido también a «ídolo de masas») comienza la Gran Purga, con la progresiva eliminación física de los viejos revolucionarios del partido y el Ejército.
Según la fórmula imperial del Duce, Italia se adueña de Abisinia (Estado africano independiente) por la fuerza de las armas y se eleva a imperio.
Guerra civil en España, causada por el católico-fascista Franco (llamado el Generalísimo y el Caudillo) por cuenta de los poderes de costumbre ante la amenaza del «fantasma». Después de tres años de devastaciones y matanzas (entre otras cosas, se instaura en Europa la destrucción desde los aires de ciudades enteras habitadas) prevalecerán los fascistas (falangistas) gracias a la firme ayuda del Duce y el Führer y a la connivencia de todas las Potencias del mundo.
El Führer y el Duce se asocian en el Eje Roma-Berlín, consolidado luego en el pacto militar denominado «de acero».
1937
Tras firmar un pacto anti Komintern con los países del Eje, el Japón imperial invade China, donde la guerra civil se interrumpe temporalmente para oponer un frente común al invasor.
En la Unión Soviética (políticamente aislada en un mundo de intereses hostiles al comunismo), Stalin, mientras en el interior intensifica el sistema de terror, en las relaciones exteriores con las Potencias aplica cada vez más la estrategia objetiva de una Realpolitik.
1938
En la Unión Soviética, el sistema estalinista del terror se extiende desde la cúspide de la burocracia a las masas populares (millones y millones de detenidos y deportados a campos de trabajo, rabiosa multiplicación de condenas a muerte indiscriminadas y arbitrarias, etcétera). No obstante, las masas oprimidas de la tierra — por lo demás desinformadas y mantenidas en el engaño— siguen mirando a la Unión Soviética como única patria de sus esperanzas (es difícil renunciar a una esperanza, cuando no quedan otras).
Acuerdos de Munich entre los dirigentes del Eje y las democracias occidentales.
En Alemania, con la sangrienta noche llamada «de los Cristales Rotos», se autoriza en la práctica a los ciudadanos alemanes el libre genocidio de los judíos.
Siguiendo los dictámenes de su aliada Alemania, también Italia proclama sus leyes raciales.
1939
Pese a los compromisos conciliadores adoptados recientemente en Munich con las potencias occidentales, Hitler pretende llevar hasta el final su programa, que exige en primer lugar la reivindicación de los derechos imperiales alemanes contra la «paz punitiva» de veinte años atrás. Por ello, tras la anexión de Austria, el Führer procede a invadir Checoslovaquia (imitado de inmediato por el Duce, que se anexa Albania) e inicia después negociaciones diplomáticas con la Potencia estalinista.
El resultado de las negociaciones es un pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, que permite a ambas firmantes la doble agresión contra Polonia y su mutuo reparto. A la acción inmediata de las tropas hitlerianas contra Polonia occidental responde, por parte de Francia e Inglaterra, la declaración de guerra a Alemania, iniciándose así la Segunda Guerra Mundial.
Los suministros para esta provendrán de la actividad infatigable y sin turnos de descanso de las industrias bélicas, las cuales, aplicando a las máquinas millones de organismos humanos, abastecen ya de nuevos productos (entre los primeros, tanques superarmados y superacorazados llamados Panzer, aviones «de caza» y bombarderos de gran autonomía, etcétera).
Mientras tanto, en cumplimiento de los propios planes estratégicos (que ya prevén un choque inevitable con la Alemania imperial), Stalin, tras la acordada invasión oriental de Polonia, procede a la sumisión forzosa de los Estados bálticos, contra la imposible resistencia de Finlandia, doblegada al final por las armas soviéticas. También las industrias soviéticas, con un afán totalitario, trabajan en la producción bélica masiva, aplicándose en especial a la técnica de modernos lanzacohetes de enorme poder destructor, etcétera.
Primavera-verano de 1940
La primera fase de la Segunda Guerra Mundial marca el avance rapidísimo del Führer, quien, tras haber ocupado Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica y Luxemburgo, arrolla a Francia hasta las puertas de París. Semineutral hasta el momento, pero ya seguro de la victoria inminente, el Duce decide entonces respetar in extremis el Pacto de Acero («Unos cuantos millares de muertos valdrán la pena para sentarme a la mesa de la paz») y hace su declaración de guerra a Gran Bretaña y Francia cuatro días antes de la entrada de los alemanes en París. Pero ni los triunfales éxitos de Hitler ni sus propuestas de paz consiguen la retirada de Gran Bretaña, que opone una desesperada resistencia; mientras que, por otra parte, la intervención italiana causa la apertura de un nuevo frente en el Mediterráneo y en África. La Blitzkrieg, o guerra relámpago del Eje, se alarga y prolonga más de lo previsto.
Batalla aérea de Hitler contra Inglaterra, con bombardeos ininterrumpidos y destrucción total de carreteras, puertos, instalaciones y ciudades enteras. Entra en el vocabulario el verbo «coventrizar», de la ciudad inglesa de Coventry, pulverizada por las incursiones alemanas. La batalla terrorista, prolongada sin tregua semanas y meses con la intención de desmantelar la resistencia británica (con vistas a un posible desembarco resolutivo), no obtiene, sin embargo, el efecto deseado.
La acción en curso en Occidente no aparta entretanto al Führer de otros planes secretos para una futura acción en Oriente contra la Unión Soviética (prevista en el diseño histórico del Gran Reich, que exige a un tiempo exterminar a la raza inferior eslava y borrar de la faz de la tierra el fantasma bolchevique). Pero también aquí el Führer infravalora los recursos del adversario, así como los riesgos de la operación.
Pacto Tripartito Alemania-Italia-Japón con el designio de establecer un «nuevo orden» (imperial-fascista) en Eurasia. Al pacto se adhieren Hungría, Rumanía, Bulgaria, Eslovaquia y Yugoslavia.
Otoño-invierno de 1940
Repentina agresión de Italia a Grecia, anunciada por los responsables como «un simple paseo». La mal calculada hazaña resulta, sin embargo, desastrosa para los italianos, a quienes, rechazados por los griegos, en desordenada fuga y sin medios, sorprende el invierno entre las montañas del Epiro.
La flota italiana sufre gravísimas pérdidas en el Mediterráneo.
En el norte de África, difícil defensa de las guarniciones italianas amenazadas por el Ejército británico del desierto…
Un día de enero del año
1941
un soldado alemán caminaba
por el barrio de San Lorenzo, en Roma.
Sabía en total cuatro palabras de italiano
y del mundo sabía poco o nada.
De nombre se llamaba Gunther.
Su apellido nos es desconocido.
1
Un día de enero del año 1941, un soldado alemán de paso, que disfrutaba de una tarde de permiso, se encontraba solo, deambulando por el barrio de San Lorenzo, en Roma. Eran cerca de las dos de la tarde y a esas horas, como de costumbre, poca gente circulaba por las calles. Por otro lado, ninguno de los transeúntes, además, miraba al soldado, pues los alemanes, aunque camaradas de los italianos en la guerra mundial en curso, no eran populares en ciertas periferias proletarias. El soldado tampoco se distinguía del resto de su especie: alto, rubio, con el habitual porte de fanatismo disciplinario y, sobre todo en la colocación del gorro, una acorde declaración provocadora.
Naturalmente, para quien se pusiera a observarlo, no le faltaba alguna nota característica. Por ejemplo, en contraste con sus andares marciales, tenía una mirada desesperada. Su cara denunciaba una increíble inmadurez, mientras que de estatura debía de medir un metro ochenta y cinco más o menos. Y el uniforme — cosa de veras cómica en un militar del Reich, en especial en los primeros tiempos de la guerra—, aunque nuevo de hechura y bien ajustado a su delgado cuerpo, le quedaba corto de talle y de mangas, dejándole al aire las muñecas toscas, gruesas e ingenuas, de pequeño campesino o de plebeyo.
Lo ocurrido, en verdad, es que había crecido intempestivamente durante el último verano o en otoño; y entretanto, con el ansia de crecer, la cara, por falta de tiempo, había permanecido igual que antes, y parecía acusarlo de no tener siquiera la edad mínima requerida para su ínfima graduación. Era un simple recluta de la última quinta de la guerra. Y hasta el momento de ser llamado a filas había vivido siempre con sus hermanos y su madre viuda en la casa natal de Baviera, en los alrededores de Munich.
Residía, concretamente, en el pueblo campesino de Dachau, que más adelante, acabada la guerra, se haría famoso por el limítrofe campo de «trabajo y experimentos biológicos». Pero en la época en que el muchacho crecía en el pueblo la delirante máquina de exterminio estaba aún en pruebas iniciales y clandestinas. En las cercanías, y hasta en el extranjero, se la alababa incluso como una especie de sanatorio modelo para descarriados… En aquellos tiempos, el número de sus sujetos era quizá de cinco o seis mil, pero el campo había de hacerse más populoso año tras año. Por último, en 1945, la cifra total de sus cadáveres fue de sesenta y seis mil cuatrocientos veintiocho.
Mas las exploraciones personales del soldado, al igual que no podían alcanzar (obviamente) el inaudito porvenir, también respecto al pasado, y dentro del mismo presente, habían sido hasta el momento bastante confusas, pocas, y reducidas. Para él, el pueblecito materno de Baviera significaba el único punto claro y familiar en el enredado baile de la suerte. Fuera de allí, hasta meterse a guerrero, había frecuentado solamente la próxima ciudad de Munich, adonde acudía para hacer algún trabajillo de electricista y donde, no hacía mucho, había aprendido a hacer el amor, con una vieja prostituta.
En Roma, el día de invierno era gris y ventoso. La víspera había terminado la Epifanía, «que arrastra consigo todas las fiestas»,[1] y unos días antes había concluido el permiso navideño del soldado, pasado en casa con la familia.
De nombre se llamaba Gunther. Su apellido nos es desconocido. Lo habían descargado en Roma esa misma mañana para una brevísima etapa previa al viaje hacia un destino final, cuyo conocimiento estaba reservado al Estado Mayor, aunque las tropas lo ignoraban. Entre los compañeros de su compañía se conjeturaba confidencialmente que la meta misteriosa era África, donde al parecer pretendían instalar guarniciones, en defensa de las posesiones coloniales de la aliada Italia. Esta noticia lo había electrizado, de entrada, con la perspectiva de una auténtica aventura exótica.
¡África! Para alguien apenas adulto, que hacía sus viajes en bicicleta o en el autobús que llevaba a Munich, ¡qué gran nombre!
¡ÁFRICA! ¡ÁFRICA!
… ¡Más de mil soles y diez mil tambores
zanz tamtam baobab ibar!
¡Mil soles y diez mil soles
sobre los árboles de pan y cacao!
Rojos naranjas verdes rojos,
los monos juegan al balón con los cocos.
¡¡¡Llega el Hechicero Jefe Mbunumnu Rubumbu
bajo un quitasol de plumas de loro!!!
¡Llega el bandido blanco a lomos de búfalo
recorriendo los montes del Dragón y el Atlas
zanz tamtam baobab ibar,
en las galerías de las selvas fluviales
donde las hormigas nos asaltan en bandadas!
Tengo una cabaña aurífera y diamantífera
y en mi tejado hizo su nido un avestruz
voy a bailar con los cazadores de cabezas.
He encantado a una serpiente de cascabel.
Rojos naranjas verdes rojos
duermo en una hamaca en el Ruwensori.
En la zona de las mil colinas
atrapo leones y tigres como liebres.
¡Voy en canoa por el río de los hipopótamos
mil tambores y diez mil soles!
Atrapo cocodrilos como lagartijas
en el lago Ngami
y en el
Limpopo.
… Aquella, aquí en Italia, era su primera salida al extranjero, y podía ya servirle de anticipo para la curiosidad y la excitación. Pero incluso antes de llegar, al salir de las fronteras de Alemania, lo había sorprendido una horrenda y solitaria melancolía, que denunciaba su índole poco formada, llena de contrastes. En parte, en efecto, el chico estaba ansioso de aventuras; pero por otra parte seguía siendo, sin darse cuenta, un mamoncillo. En parte se prometía realizar acciones ultraheroicas para hacer honor a su Führer; y, en parte, sospechaba que la guerra era un álgebra disparatada, concertada por los Estados Mayores, aunque a él no le concernía en absoluto. En parte, se sentía dispuesto a cualquier brutalidad sangrienta; y, en parte, durante el viaje, rumiaba de continuo una amarga compasión por su prostituta de Munich, al pensar que ahora encontraría pocos clientes, pues era vieja.
A medida que el viaje avanzaba hacia el sur, el humor triste prevaleció en él sobre los demás instintos hasta dejarlo ciego ante los paisajes, la gente y todo espectáculo o novedad. «¡Hete aquí, llevado en vilo — se dijo—, como un gato dentro de un saco, hacia el Continente Negro!» No pensó «África», esta vez, sino Schwarzer Erdteil, «Continente Negro»; viendo la imagen de un gran toldo negro que ya desde ahora se extendía sobre él hasta el infinito, aislándolo de sus propios camaradas presentes. Y su madre, sus hermanos, las trepadoras de la pared de casa, la estufa del vestíbulo, eran un torbellino que se alejaba más allá de aquel toldo negro, como una galaxia en fuga por los universos.
En este estado, llegado a la ciudad de Roma, dedicó su permiso de la tarde a lanzarse solo, a la aventura, por las calles próximas al cuartel donde habían instalado a su convoy para descansar. Y cayó por el barrio de San Lorenzo sin proponérselo, como un reo rodeado por guardias que ya no sabe qué hacer con su última libertad irrisoria, cual si fuese un trapo viejo. Sabía exactamente en total cuatro palabras de italiano, y de Roma tenía solo esa escasa información que se aprende en la escuela primaria. Por lo cual le fue fácil suponer que los edificios viejos y desastrados del barrio de San Lorenzo representaban sin duda las antiguas arquitecturas monumentales de la Ciudad Eterna; y al vislumbrar, más allá del muro que cierra el enorme cementerio del Verano, las feas construcciones funerarias del interior, se figuró que tal vez fueran los sepulcros históricos de césares y papas. No por ello, sin embargo, se detuvo a contemplarlos. En aquel momento, Capitolios y Coliseos eran para él montones de basura. La historia era una maldición. E incluso la geografía.
A decir verdad, lo único que en ese momento instintivamente andaba buscando por las calles de Roma era un burdel. No tanto por un deseo urgente e irresistible como, más bien, porque se sentía demasiado solo; y le parecía que únicamente dentro de un cuerpo de mujer, hundido en aquel nido cálido y amistoso, se sentiría menos solo. Aunque para un extranjero en sus condiciones, y con el humor torvo y cerril que lo agobiaba, había pocas esperanzas de descubrir semejante refugio deambulando por allí, a esas horas y sin ningún guía. Tampoco podía contar con la suerte de un encuentro fortuito en la calle, pues, aun habiéndose desarrollado, casi sin saberlo, como un guapo mozo, el soldado Gunther era más bien inexperto, y en el fondo también tímido.
De vez en cuando se desahogaba dando patadas a las piedras que se le ponían delante, quizá distrayendo, por un instante, su fantasía con la ficción de ser el famoso Andreas Kupfer, o algún otro de sus ídolos del fútbol; pero inmediatamente se acordaba de su uniforme de combatiente del Reich. Y recuperaba la compostura, con una sacudida que le desplazaba un poco el gorro.
La única guarida que se le brindó en su mísera cacería fue un semisótano, bajando unos cuantos peldaños, que exhibía el cartel: VINOS Y COMIDAS - DA REMO; y, recordando que aquel día, por falta de apetito, había regalado el rancho a un compañero, advirtió de inmediato la necesidad de alimentarse, y se metió allá dentro, acariciado por una promesa de confortación, aunque fuera mínima. Sabía que se hallaba en un país aliado, y se esperaba, en aquella taberna acogedora, no las ceremonias debidas a un general, por supuesto, pero sin duda sí una familiaridad cordial y simpática. Y en cambio, tanto el dueño como el camarero lo acogieron con apática y desconfiada frialdad y con ciertas ojeadas de través que le quitaron el hambre enseguida. Y entonces, en vez de sentarse a comer, se quedó de pie en la barra y pidió amenazadoramente vino; lo consiguió, tras cierta resistencia de los otros dos y algunos conciliábulos privados en la trastienda.
No era bebedor, en modo alguno, y, de todas formas, al sabor del vino prefería el de la cerveza, más familiar para él desde pequeño. Pero, como exhibición desafiante ante el camarero y el dueño, se hizo servir, con actitud cada vez más amenazante, uno tras otro cinco cuartillos, y se los echó al coleto a grandes tragos, como un bandido sardo. Luego arrojó violentamente sobre el mostrador casi todo el poquísimo dinero que llevaba en el bolsillo, mientras la rabia lo tentaba a poner patas arriba mostrador y mesas, y a comportarse ya no como aliado, sino como invasor y asesino. Pero una ligera náusea, que le subía del estómago, lo retuvo de toda acción. Y con pasos aún bastante marciales volvió a salir al aire libre.
El vino se le había bajado a las piernas y subido a la cabeza. Y con el pútrido siroco de la calle, que le henchía el pecho con cada bocanada, le entraron unas ganas inviables de entrar en casa, acurrucado en su cama demasiado corta, entre el aroma frío y pantanoso de la campiña y el tibio del repollo que su madre hervía en la cocina. Aunque, gracias al vino, esta enorme nostalgia, en vez de desgarrarle, le puso alegre. Para quien vaga semiborracho, todos los milagros, al menos durante unos minutos, son posibles. Puede posarse ante él un helicóptero de regreso inmediato hacia Baviera, o llegarle por los aires un radiomensaje que les anuncia una prolongación del permiso hasta Pascua.
Dio unos pasos más por la acera, después dobló al azar, y en el primer portal que encontró se detuvo en el umbral, con la intención de ovillarse allí dentro y dormir, quizá en una escalera o en un cuchitril, como se estila en los bailes de disfraces de carnaval, cuando uno hace cuanto le peta sin que a nadie le importe. Se había olvidado del uniforme; por un cómico interregno sobrevenido en el mundo, el supremo albedrío de los niños usurpaba ahora la ley militar del Reich! Esta ley es una comedia, y a Gunther se la sudaba. En ese momento habría sido capaz de abrazar con violencia, y acaso de arrojarse a sus pies como un enamorado, llamándola: «¡meine mutter!», a la primera criatura femenina llegada a aquel portal (no digamos una chica corriente o una putilla de barrio, sino cualquier animal hembra: ¡una yegua, una vaca, una burra!) que lo hubiese mirado con ojos apenas humanos. Y cuando al cabo de un instante vio aparecer por la esquina a una inquilina del edificio, mujercita de aspecto modesto aunque civilizado, que volvía a casa en ese momento, cargada de bolsas y capachos, no dudó en gritarle: «Signorina! Signorina!» (era una de las cuatro palabras italianas que conocía). Y de un salto se le plantó delante, resuelto, aunque ni siquiera él supiera qué pretendía.
Ella, sin embargo, al encararse con él, le clavó unos ojos absolutamente inhumanos, como ante la aparición misma y reconocible del horror.
2
La mujer, de profesión maestra de enseñanza primaria, se llamaba Ida Ramundo, viuda de Mancuso. En realidad, la intención de sus padres había sido ponerle Aida. Pero, por un error del empleado, fue inscrita en el registro civil como Ida, llamada Iduzza por su padre, calabrés.
De edad contaba treinta y siete años cumplidos, y en verdad no trataba de aparentar menos. Su cuerpo más bien desnutrido, y de estructura informe, con un pecho ajado y una parte inferior malamente engrosada, estaba embutido por las buenas en un abriguito marrón de vieja, con un cuello de piel bastante raída y un forro grisáceo cuyos bordes desflecados asomaban por las mangas. Llevaba también un sombrero, sujeto con un par de alfileres de mercería y provisto de un velito negro de rancia viudez; y, amén del velo, corroboraba su estado civil de casada la alianza (de acero, en vez de la de oro ya donada a la patria para la campaña abisinia) en la mano izquierda. Sus rizos crespos y negrísimos empezaban a encanecerse; pero la edad había dejado extrañamente incólume su cara redonda de labios abultados, que parecía la cara de una niña mustia.
Y, en efecto, en el fondo Ida era una niña, porque su principal relación con el mundo fue siempre, y seguía siendo (conscientemente o no), una medrosa sumisión. Los únicos en no darle miedo, en realidad, habían sido su padre, su marido y, más adelante quizá, sus pequeños alumnos. Todo el resto del mundo constituía una conminatoria inseguridad para ella, a quien sin saberlo sus raíces clavaban en vete a saber qué prehistoria tribal. Y en sus grandes ojos oscuros y almendrados había una dulzura pasiva, de una barbarie profundísima e incurable, que semejaba una precognición.
«Precognición», en verdad, no es la palabra más apropiada, pues excluía el conocimiento. Más bien, la rareza de aquellos ojos recordaba la idiocia misteriosa de los animales, los cuales, no con la mente sino con un sentido de sus cuerpos vulnerables, «saben» el pasado y el futuro de cada destino. Llamaré a ese sentido — que en los animales es corriente, y se confunde con los demás sentidos corporales— el «sentido de lo sagrado»; entendiéndose en ellos por «sagrado» el poder universal que puede comerlos y aniquilarlos por su culpa de haber nacido.
Ida había nacido en 1903, bajo el signo de Capricornio, que inclina a la industria, a las artes y a la profecía, aunque también en ciertos casos a la locura y la estulticia. Su inteligencia era mediana, pero fue una alumna dócil y diligente en los estudios, y nunca repitió curso. No tenía hermanos, y sus padres enseñaban ambos en la misma escuela primaria de Cosenza donde se habían encontrado por primera vez. El padre, Giuseppe Ramundo, era de familia campesina, del extremo sur calabrés. Y la madre, llamada Nora Almagià, paduana, era de familia de tenderos pequeño burgueses, había arribado a Cosenza a los treinta años, soltera y sola, después de un concurso oposición. A los ojos de Giuseppe representaba, con sus modales, su inteligencia y su aspecto, algo superior y delicado.
Giuseppe, ocho años más joven que su mujer, era un hombre alto y corpulento, de manos rojas y toscas, y cara grande, coloradota y llena de simpatía. De niño, por desgracia, un golpe de azada lo hirió en un tobillo, dejándolo ligeramente lisiado para toda la vida. Y sus andares cojos aumentaban la sensación de confiada ingenuidad que rezumaba por naturaleza. Como quedó inválido para ciertos trabajos del campo, su familia, labradores pobres, se las arregló para darle estudios, mandándolo primero a instruirse con los curas, con alguna ayuda del terrateniente; y su experiencia curil y patronal no había menguado, sino azuzado, al parecer, cierto oculto hervor. No sabría yo decir cómo ni dónde descubrió ciertos textos de Proudhon, Bakunin, Malatesta y otros anarquistas. Y en ellos había basado una fe tenaz, aunque simplona, y forzada a no pasar de una herejía personal y propia. En efecto, profesarla le estaba negado, incluso entre las paredes de su casa.
Nora Almagià de Ramundo, como da a entender su apellido de soltera, era judía (más aún, sus parientes seguían viviendo desde hacía varias generaciones en la pequeña judería de Padua), pero no quería que nadie lo supiera, y lo había confesado solo a su esposo y su hija, con garantías de muy serio secreto. En ocasiones oficiosas y prácticas solía también camuflar su apellido de soltera, convirtiéndolo de Almagià en Almagía, ¡convencida, con tal desplazamiento acentual, de forjarse una impunidad! De todas formas, en aquellos tiempos, en realidad, aún no se exploraban ni investigaban las ocultas ascendencias «raciales». Aquel pobre Almagià (o Almagía, si se quiere) había pasado entre todos, allá abajo, creo, como un apellido veneciano cualquiera, inocuo e insignificante, y ahora, por lo demás, la gente ya ni lo recordaba. Nora era para todos la señora de Ramundo, considerada evidentemente como de la misma religión católica de su marido.
Nora no poseía cualidades especiales, ni de mente ni de cuerpo. No obstante, sin ser guapa, era ciertamente graciosa. De su prolongada soltería conservaba una reserva casta y puritana (hasta en la intimidad mantenía con su marido ciertos pudores de chiquilla) grandemente apreciada en aquella región del sur. Y la gracia veneciana de sus modales le granjeaba el amor de sus alumnas. Era de costumbres sencillas y de carácter introvertido, en especial con extraños. Pero su natural introvertido incubaba algunas llamaradas tormentosas, que se veían arder en la oscuridad de sus ojos de gitana. Eran, por ejemplo, exageraciones inconfesadas de sentimentalismo juvenil… Pero eran, sobre todo, inquietudes soterradas, capaces de asaltar día y noche con diversos pretextos, que se convertían incluso en obsesiones. Hasta que, royéndole los nervios, se le desfogaban, entre las paredes de la casa, con formas impulsivas y vejatorias.
El objeto natural de estos desahogos era uno solo, el más cercano a ella, o sea, Giuseppe, su marido. Se revolvía contra él peor que una bruja, reprochándole su cuna, su pueblo, sus parientes, calumniándolo horrendamente con mentiras palmarias, y hasta chillándole: «¡Engendro del demonio, arreniego!» por culpa de su pie cojo. Luego de repente se agotaba, quedándose como vacía, cual una muñeca de trapo. Y empezaba a balbucir: «… ¿Qué he dicho?… No quería decir eso… No era eso lo que quería decir, ¡pobre de mí!… ¡Oh, Dios, oh Dios!», con débil voz, la cara lívida, llevándose las manos a la cabeza rizosa y dolorida. Entonces Giuseppe, apiadado, corría a consolarla, diciéndole: «¿Qué importa, eh?… No importa nada, ya pasó. Locuela, que eres una loca, bobita, que eres una boba», mientras ella lo miraba atontada, con ojos de infinito amor.
Al poco tiempo, recordaba estos altercados suyos como un espantoso sueño de desdoblamiento. No era ella, sino una especie de animalillo, una sanguijuela enemiga suya, que se le aferraba a las entrañas, forzándola a una representación enloquecida e incomprensible. Le entraban ganas de morir. Pero, para no dejar ver su remordimiento, era capaz de mantener el resto del día un mutismo ácido y tétrico, casi acusador.
Otra de sus características consistía en ciertos énfasis exagerados y solemnes de su lenguaje, llegados quizá hasta ella de los antiguos patriarcas. Pero con esas voces bíblicas se entreveraban las consabidas frases y cadencias mamadas del terruño veneciano y que en aquel ambiente producían un efecto de sonsonete más bien cómico.
Con relación a su secreto judaico, había explicado a su hija, desde pequeñita, que los judíos son un pueblo predestinado desde toda la eternidad al odio vengativo de los demás pueblos, y que la persecución se ensañaría siempre con ellos, a pesar de aparentes treguas, reproduciéndose siempre ad aeternum, conforme a su destino prefijado. Por tales motivos, fue ella misma quien quiso bautizar a Iduzza por lo católico, como su padre, que, por el bien de Iduzza, accedió, aunque reacio, plegándose incluso durante la ceremonia a los ojos del mundo a hacerse deprisa y corriendo una gran señal de la cruz. Pero en privado, a decir verdad, a cuenta de Dios, solía citar el dicho: «La hipótesis DIOS es inútil!», agregando con solemne acento la firma del autor: «¡FAURE!», como solía hacer con sus citas.
Además del secreto principal de Nora, en la familia existían otros secretos, y uno era que Giuseppe se daba a la bebida.
Fue, que yo sepa, el único pecado de aquel ateo sin malicia, que fue tan tenaz en sus afectos que toda la vida, como hacía de niño, siguió enviando gran parte de su sueldo a sus padres y a los hermanos más pobres que él. De no ser por razones políticas, su instinto, creo, era abrazar al mundo entero. Pero más que a nadie en el mundo quería a Iduzza y Noruzza, por las que era capaz incluso de componer madrigales. A Nora, de novios, le decía: «¡Mi estrella de Oriente!», y a Iduzza (deseada Aida) le cantaba a menudo (N.B.: tanto él como Nora habían sido asiduos a los espectáculos del carromato lírico de paso):
Celeste Aida forma divina…
De sus borracheras, sin embargo (cruz de Nora), no podía prescindir, aunque por respeto a su puesto de maestro renunciaba a frecuentar las tabernas, dedicándose al vino en casa por la noche, y en especial el sábado. Y como era todavía joven, de menos de treinta años, en tales circunstancias desfogaba despreocupadamente sus ideales clandestinos.
El primer signo de su libertad de palabra era cierta inquietud de sus manazas, que empezaban a dar vueltas al vaso o a desplazarlo, mientras sus ojos de un castaño oscuro se ponían tristes y pensativos. Luego empezaba a menear la cabeza, diciendo: «¡Traición! ¡Traición!», significando que él mismo, desde que había entrado en el servicio del Estado, se comportaba como un traidor con sus compañeros y hermanos. Un profesor, si era honesto, hubiera debido predicar a los pobres chiquitines de la escuela la anarquía, el rechazo global de la sociedad constituida, que los criaba como carne de explotación o de cañón… En ese momento Nora, preocupada, corría a cerrar ventanas y puertas para sofocar a oídos de vecinos o transeúntes semejantes proposiciones subversivas. Y él, por su parte, de pie en el centro de la habitación, se entregaba a citar con voz llena y creciente, alzando el dedo:
«El Estado es la autoridad, el dominio y la fuerza organizada de las clases poseedoras y supuestamente ilustradas sobre las masas. Garantiza siempre lo que encuentra: a los unos, la libertad basada en la propiedad, a los otros, la esclavitud, consecuencia fatal de su miseria. ¡BAKUNIN!».
«Anarquía, hoy, es el ataque, es la guerra contra toda autoridad, todo poder, todo Estado. En la sociedad futura la anarquía será la defensa, el impedimento contra el restablecimiento de cualquier autoridad, de cualquier poder, de cualquier Estado, ¡CAFIERO!»
Aquí Nora empezaba a suplicar: «Chist…, chist», errando de una pared a otra, con formas de obsesa. Incluso con puertas y ventanas cerradas, estaba convencida de que ciertas palabras y ciertos nombres proferidos en casa de dos maestros de escuela suscitarían un escándalo universal, como si alrededor de sus habitacioncitas atrancadas hubiera una ingente multitud de testigos a la escucha. En realidad, aunque no menos atea que su esposo, vivía como sometida a un dios vengativo y carcelario, que la espiaba.
«Las libertades no se otorgan. Se toman. ¡KROPOTKIN!»
—¡Ay, qué desgracia! ¡Calla, te digo! ¿Quieres precipitar esta casa en la sima de la ignominia y la deshonra? ¿Quieres arrastrar a esta familia por el fango?
—¿Cuál fango, Noruzza mía? ¡El fango está en las manos blancas del propietario y del banquero! ¡El fango es la pútrida sociedad! ¡La anarquía es honor del mundo, nombre santo, verdadero sol de la nueva historia, revolución inmensa, implacable!
—¡Ay! ¡Malditos sean el día y el momento en que gané la oposición! ¡Maldito sea el destino infame que me hizo caer entre estos meridionales, todos salteadores de caminos, ínfima ralea de la tierra, seres indignos! ¡Habría que ahorcarlos a todos!
—¿Ahorcados nos querrías, Norú? ¿Ahorcados, corazón mío?
Giuseppe, estupefacto, se derrumbaba en la silla. Pero allí, medio retorcido, sentía unas irresistibles ganas de cantar, con los ojos en el techo, como un carretero que canta a la luna:
¡Arroja la bomba, que escupa metralla,
que mate al canalla y al cerdo opresor!…
—¡Aaaah! ¡Calla, asesino! ¡Calla, malhechor! ¡Calla o me mato!
Para no ser oída por el vecindario, Nora trataba de hablar en voz baja, pero ese esfuerzo le hinchaba las venas, como si la estrangulasen. Por fin, sofocada y agotada, se desplomaba en el sofá, y entonces Giuseppe acudía solícito a disculparse, besándole, como a una señorona, las pequeñas manos flacas, ya envejecidas y agrietadas por las faenas domésticas y los sabañones. Y al cabo de un rato ella le sonreía, consolada y curada por un momento de sus angustias ancestrales.
Desde su sillita de colores (comprada por su padre a su medida), Iduzza seguía esos altercados con los ojos desorbitados, sin entender nada, lógicamente. Sin duda ella, desde que nació, nunca fue de índole apropiada para la subversión; pero, de haber podido entonces dar su parecer, habría dicho que, de los dos contendientes, la más subversiva era su madre. De todos modos, lo único que entendía era que sus padres estaban en desacuerdo sobre ciertas cuestiones; y, por fortuna, se hallaba tan acostumbrada a sus alborotos que no la espantaban demasiado. Sonreía contenta, sin embargo, apenas los veía hacer las paces.
Para ella, aquellas noches de curda eran también noches de fiesta, porque con el vino, el padre, tras haber blandido sus banderas de rebeldía, daba rienda suelta a su buen humor natural y a su cultura de campesino, viejo pariente de animales y plantas. Le imitaba las voces de todos los animales, de las avecillas a los leones, y a petición suya le repetía hasta diez veces canciones y cuentos calabreses, tornándoselos cómicos, cuando eran trágicos, porque ella, como todos los niños, reía de buen grado, y sus locas carcajadas eran una música en el hogar. En cierto momento también Nora, vencida, se unía a aquel teatro, desplegando con su voz ingenua y algo desafinada su reducido repertorio, que en realidad se limitaba, que yo sepa, a dos piezas. Una era la famosa romanza «Ideal»:
Yo te seguía cual iris de paz
por los caminos del cielo…,
etcétera, etcétera.
Y la otra era una canción en dialecto veneciano, que decía:
Mira qué hermosa noche, cuántas estrellas,
hermosa noche para raptar doncellas,
pues quien rapta doncellas no es ladrón.
si es joven y enamorado de corazón
Después, a eso de las diez, Nora terminaba de recoger la cocina y Giuseppe metía a Iduzza en la cama, acompañándola como una madre con ciertas nanas de sonido casi oriental que su madre y su abuela le habían cantado a él:
Oh, ven, sueño de la montañita,
los lobos se comieron la ovejita,
oh, niña nana,
a la cama voy ya,
voy ya,
voy ya,
voy ya…, voy ya…, voy…
Otra nana que le gustaba mucho a Iduzza, y que luego se transmitió a la nueva generación, tenía la letra en italiano, y no sé de dónde la sacó Giuseppe:
Dormid, ojitos, dormid, ojitos,
que mañana iremos a Reggio
a comprar un espejo de oro
pintado con rosas y flores.
Dormid, manitas, dormid, manitas,
que mañana iremos a Reggio
a comprar un telar pequeñito
con lanzadera de plata fina.
Dormid, piececitos, dormid, piececitos,
que mañana iremos a Reggio
a comprar unos zapatitos
para bailar a santa Idita…
Iduzza perdía todos sus miedos junto a su padre, que representaba para ella una especie de calesa cálida, luminosa y renqueante, más inexpugnable que un carro de combate, que la llevaba gozosamente de paseo, al abrigo de los terrores del mundo; acompañándola por doquier y sin permitir nunca que la mandasen sola por las calles, donde cada puerta, ventana o encuentro con ajenos la amenazaban con sus ultrajes. En invierno, quizá por ahorrar, usaba unos capotes de pastor amplios y más bien largos, y en los días de mal tiempo la resguardaba de la lluvia manteniéndola muy pegada a él bajo el capote.
Yo no conozco mucho Calabria. Y de la Cosenza de Iduzza solo puedo trazar una figura imprecisa a través de los escasos recuerdos de los muertos. Creo que ya entonces, en torno a la ciudad medieval que ciñe la colina, se iban extendiendo las construcciones modernas. En una de estas, en efecto, de tipo modesto y común y corriente, se encontraba el estrecho pisito de los maestros Ramundo. Sé que la ciudad está atravesada por un río, y el mar está al otro lado de la montaña. El advenimiento de la era atómica, que marcó el inicio del siglo, no se notaba en aquellas regiones, ni tampoco el desarrollo industrial de las Grandes Potencias, salvo en los relatos de los emigrantes. La economía de la zona se basaba en la agricultura, en progresiva decadencia a causa del suelo empobrecido. Las castas dominantes eran el clero y los propietarios rurales; y para las castas ínfimas, supongo que allí, como en todas partes, el compango cotidiano más difundido era la cebolla… Sé con seguridad, de todos modos, que en el curso de sus estudios de magisterio el estudiante Giuseppe no probó durante años comida caliente, alimentándose principalmente de pan e higos secos.
Hacia el quinto año de edad, Iduzza estuvo sujeta todo un verano a los ataques de un mal innominado, que angustió a sus progenitores como una minusvalía. En medio de sus juegos y sus charlas infantiles, de repente enmudecía, palideciendo, con la impresión de que el mundo se disolvía en torno a ella en un torbellino. A las preguntas de sus padres emitía a duras penas en respuesta un lamento de animalillo, aunque era evidente que ya dejaba de percibir sus voces; y al poco rato se llevaba las manos a la cabeza y la garganta en actitud defensiva, mientras la boca le temblaba en un murmullo incomprensible, como si dialogase, espantada, con una sombra. Su respiración se hacía aguda y febril, y entonces, de golpe, se arrojaba al suelo, retorciéndose y sacudiéndose con descompuesta agitación, con los ojos abiertos, pero vacíos en una total ceguera. Era como si, desde un manantial subterráneo, una brutal corriente eléctrica, arremetiera contra su personita, que al mismo tiempo se volvía invulnerable, sin sufrir jamás golpes ni heridas. Esto le duraba un par de minutos como máximo, hasta que sus movimientos se atenuaban y mermaban, y el cuerpo se le reacomodaba en un reposo dulce y comedido. Sus ojos navegaban en un despertar aturdido, y los labios se relajaban con dulzura, unidos sin abrirse y con las comisuras un poco estiradas hacia arriba. Era como si la criatura sonriese agradecida por regresar a casa, entre la doble guardia de sus perennes ángeles custodios, inclinados, a su lado, sobre ella: uno por acá, con su cabezota redonda y desgreñada de perro pastor, y la otra por allá, con su cabecita crespa de cabrita.
Pero la sonrisilla, en realidad, era solo una apariencia física ilusoria, producto de la natural distensión de los músculos después de la amarga tensión. Transcurrían aún unos instantes antes de que Iduzza reconociera de veras su patria doméstica; y, en ese preciso momento, de su pavorosa expatriación y regreso ya no le restaba ninguna noticia, como acontecimientos desterrados de su memoria. Podía referir, solamente, haber sufrido un gran mareo, y después haber advertido como rumores de agua, y pasos y zumbidos confusos, que semejaban llegar de lontananza. Y en las horas siguientes aparecía fatigada, aunque más desenvuelta y despreocupada de lo habitual, como si, sin saberlo, se hubiera librado de una carga muy superior a sus fuerzas. Por su parte, e incluso mucho después, creía haber sufrido un vulgar desmayo, sin darse cuenta de los fenómenos teatrales que lo habían acompañado. Y los padres preferían dejarla en esta ignorancia, aunque sujeta a ciertos ataques, para no comprometer su futuro. Así, en la familia, había añadido otro escándalo más que ocultar al mundo.
La antigua cultura popular, todavía arraigada en tierras calabresas y en especial entre los campesinos, marcaba con un estigma religioso ciertos males indescifrables, atribuyendo sus crisis recurrentes a la invasión de espíritus sagrados, o inferiores, que en este caso solo se podían exorcizar con recitaciones rituales en las iglesias. El espíritu invasor, que elegía con más frecuencia a las mujeres, podía transmitir también poderes insólitos, como el don de curar enfermedades o el de hacer profecías. Pero la invasión se sentía en el fondo como una prueba feroz y sin culpa, la elección inconsciente de una criatura aislada que recogiese la tragedia colectiva.
Naturalmente, el maestro Ramundo, con su ascenso social, había salido del círculo mágico de la cultura campesina, y además, según sus ideas filosóficas-políticas, era positivista. Para él, ciertos fenómenos morbosos solo derivaban de disfunciones o enfermedades del cuerpo; y lo turbaba al respecto la sospecha mal celada de haber viciado él mismo, quizá ya en el semen, la sangre de su hijita a causa del abuso de alcohol. Pero Nora, que en cuanto lo veía preocupado se afanaba enseguida por tranquilizarlo, le decía, consoladora:
«No, claro que no, no te atormentes con ideas sin pies ni cabeza. ¡Mira los Palmieri, entonces, que siempre bebieron todos, el padre, el abuelo y el bisabuelo! ¿Y los Mascaro, que les dan vino a los críos en vez de leche? ¿Y no los ves? ¡Todos rebosantes de salud!»
Los años anteriores, en los meses más cálidos, la familia solía trasladarse hacia la punta de Calabria, a la casa paterna de Giuseppe; pero ese verano no se movieron de su barrio abrasador de Cosenza, por miedo a que a Iduzza la sorprendiera su secreto mal en el campo, en presencia de los abuelos, tíos y primos. Y quizá la canícula urbana, a la que Iduzza aún no estaba acostumbrada, aceleró la frecuencia de sus ataques.
Las vacaciones en el campo, además, cesaron del todo desde entonces, pues a consecuencia del terremoto de aquel invierno, que destruyó Reggio y devastó las llanuras, los abuelos se retiraron a vivir con otro hijo, en una casucha en las montañas de Aspromonte, donde, por falta de espacio, no se podía hospedar a nadie.
De las vacaciones pasadas Ida recordaba sobre todo unas muñecas de pan que la abuela le cocía en el horno y que ella acunaba como si fueran hijos, negándose desesperadamente a comerlas. Las quería a su lado incluso en la cama, de donde se las sustraían furtivamente de noche, mientras dormía.
Perduraba también en su memoria un grito altísimo repetido por los pescadores de pez espada sobre las rocas y que en su recuerdo sonaba así: «¡FA-ALEUU!».
A finales de ese verano, tras un último ataque de Iduzza, Giuseppe se decidió y, montados él y la niña en un asnillo prestado, la llevó a un hospital de las afueras de Cosenza, donde ejercía un compadre suyo, médico, que en ese momento residía en Montalvo, pero había estudiado en el norte la ciencia moderna. Bajo los dedos del médico que la reconocía, Ida, aunque avergonzada, se reía con las cosquillas, haciendo el sonido de quien sacude una campanita. Y cuando, terminado el reconocimiento, la exhortaron a darle las gracias al doctor, se ruborizó toda al decir: «Gracias», y enseguida se escondió detrás de su padre. El médico la declaró sana. Y habiendo ya sabido, aparte, por Giuseppe, que en sus ataques no se lastimaba, ni chillaba, ni se mordía la lengua, ni presentaba otros indicios inquietantes, aseguró que no había motivo para preocuparse por ella. Aquellos ataques, explicó, eran con casi seguridad fenómenos temporales de histeria precoz, y desaparecían espontáneamente con el desarrollo. Mientras tanto, para evitarlos, sobre todo en atención al siguiente comienzo de curso (desde sus primeros años Ida solía seguir las clases de su madre, que no tenía dónde dejarla, si no), le recetó un calmante para que lo tomara todas las mañanas, al despertarse.
Ida y Giuseppe hicieron el viaje de regreso felices y contentos, cantando las consabidas cancioncillas del repertorio paterno, que Ida acompañaba de vez en cuando con su vocecita desafinada.
Desde ese día, el curso posterior de los hechos confirmó las previsiones del médico. La simple cura calmante, seguida dócilmente por Iduzza, demostró su eficacia cotidiana, sin ningún efecto negativo, salvo una leve somnolencia y embotamiento de los sentidos, que la niña superaba con buena voluntad. Y desde entonces, tras la única invasión de aquel verano, el extraño mal nunca volvió a visitarla, al menos en su cruda forma originaria. Sucedía, a veces, que reasomaba en cierto modo, aunque reducido a lo que antes fuera apenas su señal primitiva, una especie de suspensión vertiginosa de las sensaciones, que se acusaba en el rostro de la niña con un velo de palidez semejante a una niebla. Eran episodios, en verdad, tan rápidos que se le escapaban a todos los presentes, y a la propia conciencia de Iduzza; pero, a diferencia de los desmayos agitados de antes, estos síntomas imperceptibles le dejaban una sombra de triste inquietud, como el oscuro sentimiento de una trasgresión.
Tales secuelas de su mal fueron después escaseando y debilitándose con el tiempo. Volvieron a asaltarla, con notable frecuencia, hacia los once años; y a continuación, atravesado el punto de la pubertad, desaparecieron casi por completo, como ya había prometido el doctor. Por fin Ida pudo suspender el uso de la medicina calmante, y retornar a su humor natural de chiquilla.
Quizá fue también la interrupción del tratamiento lo que provocó una simultánea transformación en la química de su sueño. Comenzó a partir de entonces, en efecto, un exuberante crecimiento de sus sueños nocturnos, que iba a acoplarse con su vida diurna, entre interrupciones y repeticiones, hasta el final, enroscándose a sus días más como parásito y alguacil que como compañero. Todavía mezclados con los sabores de la infancia, aquellos primeros sueños atacaban ya a la raíz del dolor, aunque en sí no se mostraban demasiado dolorosos. En uno, que con diversas variaciones reaparecía a intervalos, se veía corriendo por un lugar lóbrego de bruma o de humo (fábrica, o ciudad, o periferia) estrechando contra el pecho una muñequita desnuda, y toda de un color bermejo como si la hubieran teñido de pintura roja.
La guerra mundial de 1915 no afectó a Giuseppe, con motivo de su pierna deforme; pero los peligros de su derrotismo flotaban como espantajos alrededor de Nora, de forma que también Iduzza había aprendido a temer ciertos teínas del padre (¡incluso apenas insinuados en familia, y con tono muy bajo de conspiración!). En efecto, ya desde tiempos de la guerra de Libia, se contaban en la ciudad de Cosenza detenciones y condenas de derrotistas como él. Y ahí estaba, ahora, levantándose, alzando el dedo:
«La negativa a obedecer será cada vez más frecuente; y entonces no quedará sino el recuerdo de la guerra y del ejército como actualmente se configuran. Y esos tiempos están próximos. ¡TOLSTÓI!».
«El pueblo es siempre el monstruo que necesita un bozal, que ha de ser curado con la colonización y la guerra y al que hay que expulsar a los márgenes del derecho. ¡PROUDHON!»…
Iduzza, por su parte, ni siquiera se atrevía a juzgar los decretos de los Poderes Públicos, que se le mostraban como entes arcanos, superiores a su razón, aunque no obstante tenían la facultad de llevarse a su padre lejos, entre guardias… Al primer indicio de ciertas conversaciones, que asustaban a su madre, ella se agarraba a Giuseppe, temblando. Y Giuseppe, para no inquietarla, decidió evitar tales temas vidriosos, incluso en familia. A partir de entonces se pasaba las tardes repasando las lecciones con su adorada hija, aunque un poco trompa, de ordinario.
La posguerra fue una época de hambre y epidemias. Pero, como suele suceder, la guerra, que para la mayoría había sido un desastre total, para otros fue todo un éxito financiero (y no en vano la habían favorecido). Precisamente por entonces estos comenzaron a contratar a las escuadras «negras» en defensa de sus intereses en peligro.
En los países industriales, ese peligro provenía sobre todo de los obreros; pero en Calabria (como en otros lugares del Sur), los más amenazados en sus fortunas eran los terratenientes, que, entre otras cosas, eran en gran parte usurpadores, al haberse apropiado en el pasado, por diversos sistemas, de las tierras comunales, campos y bosques que a menudo dejaban incultos y abandonados. Y ese fue el período de las «ocupaciones de tierras» por parte de campesinos y braceros. Ocupaciones ilusorias, pues, tras haberlas fertilizado y cultivado, los ocupantes eran desalojados con arreglo a la ley.
A muchos los mataban. Y en cuanto a los jornaleros, que trabajaban para los propietarios, su paga (según los últimos convenios laborales conquistados con largas batallas sociales) era por ejemplo esta: «Por una jornada de trabajo de dieciséis horas, tres cuartos de litro de aceite (a las mujeres, la mitad)».
Los parientes de Giuseppe (allá en la provincia de Reggio) eran colonos, que trabajaban también a jornal como braceros. En agosto de 1919 una de sus hermanas, con el marido y dos sobrinitos, murieron de la fiebre española. La epidemia, en ciertos pueblos, dejó un recuerdo espantoso. Faltaban médicos, medicinas y alimentos. Era en plena canícula. Las muertes superaban a las de la guerra. Y los cadáveres quedaban varios días insepultos, pues no había bastante madera para los ataúdes.
En ese período, Giuseppe mandaba a su parentela su sueldo íntegro (que con las actuales dificultades no siempre le pagaban regularmente). Y, con la carestía de la época, los tres debían arreglarse solo con los ingresos de Nora. Pero Nora, que en ciertas contingencias familiares era valiente como una leona y previsora como una hormiguita, lograba mantener a su familia sin demasiadas estrecheces.
Menos de dos años después de finalizar la guerra, Ida sacó puntualmente el título de maestra. Y en esas mismas vacaciones de verano, aunque desprovista de dote, se encontró prometida.
El novio, Alfio Mancuso, era un mesinés que había perdido a todos sus parientes en el terremoto de 1908. Él mismo, que contaba a la sazón unos diez años, se había salvado de milagro. Y, pese a su cariño visceral a la familia, y en especial a su madre, después, aun lamentando aquella antigua catástrofe, se jactaba más bien de su suerte que en aquella ocasión le había ayudado y que habitualmente lo distinguía. El milagro (que en los relatos de Alfio se enriquecía cada vez con nuevos detalles y variantes) en pocas palabras había sido el siguiente:
En el invierno de 1908, el niño Alfio trabajaba de aprendiz en un pequeño arsenal con un viejo que reparaba barcas. Uno y otro solían también pernoctar en el taller, donde el maestro disponía de un catre, y el mocito se acostaba, en cambio, en el suelo sobre un montón de virutas envuelto en una vieja gualdrapa de lana.
Pues bien, aquella noche, mientras el viejo, según su costumbre, se demoraba en su trabajo (en compañía de unos vasos), el aprendiz, por su parte, ya se estaba instalando para dormir dentro de la gualdrapa, cuando, con motivo de una distracción fortuita, el viejo le había chillado, como solía hacer en semejantes casos:
—¡Eeeeeh! ¡Tonto el haba! — que quería decir: «¡Tonto como una haba!».
Habitualmente el aprendiz se tragaba el insulto sin rechistar; pero esa vez, furioso, le respondió:
—¡Tonto el haba será usted!
E inmediatamente, con su gualdrapa a cuestas (suprema previsión), había escapado afuera, por miedo a su jefe, que le corría a la zaga dispuesto a pegarle armado con una soga doblada en dos.
Ahora bien, en el terreno donde se desarrollaba la carrera se presentaban, plantados a igual distancia, una palmera y un poste. Tras un instante de vacilación entre los dos (¡obsérvese!), Alfio escogió la palmera, y en el instante siguiente ya ocupaba la copa, decidido a instalarse para siempre allí, como un mono, con tal de no entregarse al viejo, quien por fin, harto de esperar debajo de la palmera, regresó al taller.
En resumen, transcurrieron horas y horas, ¡hasta el alba!, y Alfio, engualdrapado, seguía todavía en la palmera, cuando llegó el terremoto que arrasó Messina y el taller, y derribó el poste; en cambio, la palmera, tras una enorme sacudida de su penacho, con Alfio Mancuso bien aferrado dentro, quedó de pie, sana y salva.
¿Fue quizá una virtud portentosa de la gualdrapa (propiedad antes de un arriero llamado Cicciuzzo Belladonna)? De todos modos, desde entonces Alfio decidió ponerle a su primer hijo varón, de primer nombre, Antonio (como su padre) y Cicciuzzo (o sea, Francesco) de segundo; y a su hija hembra, Maria (como su madre) de primero, y de segundo, Palma. (Para él, desde chiquillo, formar una familia fue siempre la principal aspiración.)
Entre sus otras suertes se contaba también el final de la guerra coincidiendo con la llamada de su quinta. Ciertas gestiones para el licenciamiento lo llevaron a Roma, donde encontró un empleo de representante de una empresa. Y en uno de sus viajes como agente comercial pasó por Cosenza, donde halló el primer amor.
Entre Alfio y su futuro suegro nació de inmediato una gran amistad. E Ida se encariñó pronto con su pretendiente, que se asemejaba en varios rasgos a su padre, con la diferencia de que no le interesaba la política y no era un borrachuzo. Ambos, de aspecto y de modales, parecían grandes perros de aldea, dispuestos a celebrar cualquier favor de la vida, aunque solo fuera un hilo de viento en la canícula. Ambos poseían cualidades maternales, además de paternales; bastantes más que Nora, quien siempre había asustado un poco a Iduzza, con su carácter orgulloso, nervioso e introvertido. Ambos hacían de guardianes contra la violencia externa; y con su buen humor instintivo, y la ingenua afición a loquear, sustituían para ella, poco sociable por naturaleza, la compañía de sus coetáneos y de los amigos.
La boda se celebró en la iglesia, por el consabido respeto ajeno y también por respeto al novio, que, indiferente por su parte a la religión, no debía, ni siquiera él, conocer nunca el secreto de Nora Alamagía. A causa de la común pobreza, en vez de un vestido blanco, la novia llevaba un traje de lana azul oscuro, con una falda un poco fruncida en el talle y chaquetita ajustada. Calzaba sin embargo zapatitos de piel blanca, una blusa blanca de solapas bordadas debajo de la chaqueta y, en la cabeza, un velillo de gasa con una corona de azahar. El bolso, regalo de Nora (que cada mes, a toda costa, ahorraba siempre unas liras para tales acontecimientos excepcionales), era de malla de plata. Nunca en su vida, ni antes ni después, estuvo Iduzza tan elegante y de tiros largos como aquel día; y sentía una enorme responsabilidad, preocupándose en la iglesia, y también en el viaje posterior en ferrocarril, de no mancharse los zapatos o arrugarse la falda.
El viaje de novios (salvo una parada en Nápoles de un par de horas) consistió en la ida a Roma, nueva residencia del matrimonio, donde ya Alfio había preparado él solo su barato alojamiento de habitaciones en el barrio de San Lorenzo. Iduzza era virgen no solo de cuerpo, sino también de pensamiento. Nunca había visto a ningún adulto desnudo, porque sus padres nunca se desnudaban en su presencia; y hasta de su propio cuerpo sentía un pudor exagerado, incluso a solas. Nora le había avisado solo de que para engendrar hijos el hombre debe entrar con su cuerpo en el cuerpo de la mujer. Es una operación necesaria, a la cual hay que someterse dócilmente, y que no hace demasiado daño. E Ida deseaba ardientemente tener un hijo.
Por la noche, tras la llegada a Roma, mientras el novio se desnudaba en el dormitorio, Ida se desnudó en la salita contigua. Y al entrar en el cuarto, tímida y vergonzosa, con su camisón nuevo, prorrumpió de pronto en una irresistible carcajada al ver a Alfio también con un largo camisón, que envolvía hasta los pies su figura viril y corpulenta, asemejándolo (con su cara ingenua y lozana) a una criatura con el faldón de cristianar. Él se puso muy colorado y balbució, inseguro:
—¿De qué te ríes?
La gran hilaridad le impedía hablar, al mismo tiempo que también ella se cubría de rubor. Por fin logró silabear:
—Del… del… camisón… — Y estalló en risas otra vez.
El motivo de su hilaridad, verdaderamente, no era el aspecto cómico (y también patético) de Alfio, sino justamente la idea del camisón. Su padre, en efecto, como sus parientes campesinos, solía acostarse en ropa interior (camiseta, calcetines y calzoncillos largos). Nunca se le hubiera ocurrido que los varones se ponían camisón, convencida de que esa prenda, igual que las faldas, correspondía a las mujeres, o a los sacerdotes.
Poco después apagaron la luz; y en la oscuridad, bajo las sábanas, ella contuvo el aliento, aterrada, al notar que el marido le levantaba su largo camisón hasta los muslos, y buscaba su carne desnuda con otra carne húmeda y ardiente. Aunque se lo esperaba, le parecía terrible que alguien, a quien comparaba inconscientemente con Giuseppe, su padre, le produjese un dolor tan atroz. Pero se quedó quieta y lo dejó hacer, venciendo el terror que la atenazaba, tanta era su confianza en él. Y desde entonces todas las noches se dejaba, suave y dispuesta, como un niño intratable que se deja dócilmente alimentar por su madre. Después, con el tiempo, se avezó a aquel gran rito vespertino, nutrimento necesario de sus nupcias. Y él, por lo demás, pese a su natural ardor juvenil, respetaba tanto a su esposa que nunca se vieron desnudos, y siempre se amaron a oscuras.
Ida no entendía el goce sexual, que siempre fue un misterio para ella. A veces sentía solo una especie de emoción indulgente hacia el marido, al sentírselo encima, jadeante, trastornado y encruelecido por aquel delirante misterio. Y al oír el último grito que lanzaba, altísimo, como en una ejecución invocada, despiadada e ineluctable, le acariciaba, apiadada, el pelo rizado y espeso todavía de jovencito, empapado en sudor.
Pasaron, sin embargo, cuatro años desde la boda hasta la llegada del hijo prometido. Y fue en ese período cuando Alfio, para no dejarla demasiado sola y desocupada durante sus viajes de representante, la animó a concursar a un puesto de maestra en Roma. Él mismo, dotado de una sencilla inclinación al trapicheo, la ayudó a ganar la oposición a través de un conocido suyo del ministerio, a quien correspondió con ciertos favores comerciales. Y este fue, quizá, el único éxito importante de Alfio; en efecto, por mucho que corretease por ciudades y provincias (partiendo siempre con el gesto aventurero y osado del célebre «sastrecillo valiente» del cuento), Alfio Mancuso fue siempre un negociante de poca monta, pobre y bohemio.
Y así inició Ida su carrera de maestra, que concluiría al cabo de casi veinticinco años. En lo que Alfio no logró favorecerla fue en la elección de un destino cómodo. Ida encontró un puesto en una escuela no de su barrio de San Lorenzo, sino bastante alejada, hacia la Garbatella (desde donde, con el transcurso de los años, y a consecuencia de demoliciones, su escuela fue trasladada al barrio de Testaccio). Durante todo el camino el corazón le latía de susto, entre el gentío ajeno de los tranvías, que la aplastaba y empujaba, en una lucha en la que ella siempre cedía y se quedaba atrás. Pero al entrar en clase, enseguida, aquel tufillo especial de niños sucios, de mocos y piojos, la consolaba con su dulzura fraternal, inerme, y protegida de las violencias adultas.
Antes del inicio de esta carrera, una tarde lluviosa de otoño, a Iduzza, casada hacía unos meses, la había sobresaltado en su último piso un fragor de cantos, gritos y tiroteos por las calles del barrio. Eran las jornadas de la «revolución» fascista, y ese día (30 de octubre de 1922) se estaba desarrollando la famosa marcha sobre Roma. Una de las columnas negras que marchaban, al entrar en la ciudad por la puerta de San Lorenzo, había encontrado una abierta hostilidad en aquella barriada roja y popular. Y prontamente se había entregado a la venganza, devastando las casas a lo largo de la calle, maltratando a los habitantes y matando a algunos rebeldes allí mismo. Los muertos de San Lorenzo fueron trece. Pero se trató, en verdad, de un episodio fortuito en el curso de aquella fácil marcha romana, con la cual el fascismo marcaba su toma oficial del poder.
A esas horas Iduzza estaba sola en casa, y como otras vecinas corrió a cerrar las ventanas, aterrada con la idea de que Alfio andaba por ahí con su muestrario de pinturas, barnices y cremas para el calzado. Suponía que había estallado la famosa revolución universal anunciada siempre por su padre… Pero Alfio regresó puntual por la noche, sano y salvo, afortunadamente, y tan alegre como de costumbre. Y en la cena, refiriéndose a los acontecimientos, dijo a Iduzza que desde luego los discursos de don Giuseppe, su padre, eran justos y santos; pero en la práctica, de momento, entre huelgas, incidentes y retrasos, trabajar en serio resultaba últimamente un problema para los hombres de negocios y comerciantes como él. Desde hoy, por fin, en Italia, se había establecido un Gobierno fuerte, que devolvería al pueblo la paz y el orden.
Más no supo decir el esposo-muchacho sobre el tema; y la esposa-niña, al verlo plácido y satisfecho, no se preocupó de averiguar más. Los fusilados esa tarde en la calle habían sido enterrados ya a toda prisa en el contiguo cementerio del Verano.
De allí a dos o tres años, con la abolición de las libertades de prensa y oposición y del derecho a la huelga, la institución de los Tribunales Especiales, el restablecimiento de la pena de muerte, etcétera, etcétera, el fascismo se había convertido en una dictadura definitiva.
En 1925 Ida se quedó encinta, y parió en mayo de 1926. El parto, laborioso y arriesgado, la atormentó ferozmente todo un día y una noche, dejándola casi exangüe. Pero le salió un lindo varoncito, morenucho y robusto, del que Alfio presumía, anunciando a todos:
—¡Me ha nacido un mozo fuera de serie, de cuatro kilos de peso, con una carita sana como una manzana!
Después de este primer hijo, de su matrimonio no le nacieron más. Como estaba ya decidido, de primer nombre le pusieron el del abuelo paterno, Antonio; pero desde el principio lo llamaron normalmente Nino, o, aún más a menudo, Ninnuzzu y Ninnarieddu. Todos los veranos, Ida regresaba un tiempo a Cosenza con el crío, al que el abuelo cantaba las nanas que ella ya conocía, y en particular la de «mañana iremos a Reggio», con la variante:
a comprar unos zapatucos
para bailar en san Ninnuzzo…
Las visitas estivales de Iduzza y Ninnarieddu le devolvían a Giuseppe Ramundo su brío de perro alegre, que en él parecía eterno y que en cambio, en los últimos años, se había ido acoquinando. Su buena voluntad le hizo soportar con resignación la ausencia de Iduzza que, en el fondo, en especial al principio, le parecía un robo. Pero a esta crisis reprimida se sumó el advenimiento de la «revolución» fascista, que le envejecía más que una enfermedad. Ver triunfar aquella sombría parodia en lugar de la otra REVOLUCIÓN soñada (y que, últimamente, parecía ya casi en puertas) era para él como masticar todos los días una papilla asquerosa, que le revolvía el estómago. Las tierras ocupadas, que aún resistían en 1922, habían sido arrebatadas a los campesinos con brutalidad definitiva, y restituidas a los satisfechos propietarios. Y en las escuadras que reivindicaban los derechos de estos había (y eso era lo peor) muchos hijos de madre tan pobres y aperreados como los demás, y embrutecidos por la propaganda o la soldada para agredir a pobres como ellos. A Giuseppe le parecía representar una comedia en sueños. Los personajes más odiosos de la ciudad (que, en años recientes, con el miedo habían agachado un poco la cabeza) andaban ahora por ahí provocadores y sacando la barriga, como soberanos repuestos en sus dominios, reverenciados por todos, entre las paredes empapeladas con sus carteles…
En la escuela, en casa, y entre sus amistades de la ciudad, el maestro Ramundo se esforzaba sin embargo por adoptar un conformismo aparente para no empeorar tampoco con demasiadas angustias la salud de Nora, que se iba deteriorando. Pero en compensación había empezado a frecuentar un pequeño círculo apartado, donde por fin podía desahogar en cierto modo sus pensamientos. Era un ventorro de ínfima categoría, provisto de tres o cuatros mesas y de un tonel de vino tinto del año. El ventero, viejo conocido de Giuseppe, era anarquista. Y compartía con Giuseppe recuerdos de juventud.
No he podido averiguar la ubicación precisa de esa venta. Pero alguien, en el pasado, me indicó que para llegar a ella había que tomar un tranvía suburbano, y quizá el funicular, que subía por la ladera de la montaña. Y siempre me imaginé que en su interior oscuro y fresco el olor del vino nuevo se mezclaba con el campestre de bergamota y leña, y quizá también con el olor del mar, al otro lado de la cadena costera. Por desgracia, hasta hoy no conozco esos lugares sino sobre el papel y tal vez la venta del abuelo Ramundo ya no exista. Sus escasos clientes, por lo que sé, eran braceros del campo, pastores errantes y de cuando en cuando algún pescador de la costa. Conversaban en sus dialectos antiguos, con mezcla de sonidos griegos y árabes. Y en la intimidad de estos amigos bebedores, a quienes él, lleno de emoción, llamaba «compañeros defraudados» o «hermanos míos», Giuseppe volvía a su alegría turbulenta y celebraba sus ideales juveniles, tanto más entusiasmantes porque, ahora, eran de veras peligrosos secretos. Finalmente podía desahogarse declamando ciertos versos que consideraba insuperables, y que nunca se le permitió enseñar a los chiquillos de la escuela:
… Y caeremos en un fulgor de gloria
abriendo hacia el futuro nuevas vías,
¡de la sangre brotará la nueva historia
de la anarquía!…
… De los parias somos el tropel sin cuento,
pálidas gentes condenada a servir,
mas, alta la frente, desplegamos las banderas
¡partiendo a la conquista de un justo porvenir!
Pero el culmen de aquellas reuniones era cuando, asegurándose de que nadie podía oírlos desde fuera, los congregados cantaban en un bajo coro:
Revolución pronto se hará,
bandera negra se cantará,
¡¡por la a-anarquía!!
Se trataba, en verdad, de pobres anarquistas de domingo, y su actividad subversiva no pasaba de ahí. Al final, sin embargo, la cosa paró en que llegaron denuncias a Cosenza. Al ventero lo mandaron un día al confinamiento, la venta debió cerrar, y a Giuseppe, sin explicaciones directas, y hasta con ciertos pretextos considerados, lo jubilaron a la edad de cincuenta y cuatro años.
En casa, con su mujer, fingió creer aquellos pretextos, ilusionándola con sus propias razones, como los niños se ilusionan con los cuentos. Y nunca, claro, llegó a hablarse de la venta secreta, ni de la suerte de su compañero el ventero, por la cual se angustiaba de continuo, tanto más porque, al menos en parte, se consideraba responsable de ella. En realidad, no tenía otros confidentes que Nora, y no podía hablar de estas cosas con nadie.
En su desgracia personal, su peor amargura no era el perjuicio sufrido, y ni siquiera la inactividad forzosa (para él, la enseñanza había sido un gran placer). Esos desastres, en efecto, y acaso también la amenaza del confinamiento y la cárcel, provenían de los fascistas, sus enemigos naturales. Pero que entre los amigos de su pequeña tertulia, a quienes llamaba «hermanos», pudiera esconderse un espía y un traidor, esa sospecha, más que nada, lo sumió en la melancolía. A ratos se distraía haciendo juguetes de madera para regalárselos al nietecito Ninnuzzu cuando fuera en verano. Además, sobre todo para consolar a Nora, se había comprado una radio, y así por la noche podían escuchar juntos óperas, a las que ambos eran muy aficionados desde la época en que iban a los espectáculos del carromato. La obligaba, sin embargo, e incluso de malos modos, a apagar el aparato en cuanto se oían las voces de los noticiarios, que casi lo enfurecían.
Por su parte, Nora, con los nervios totalmente destrozados, se había vuelto más irascible, angustiada y hasta persecutoria que nunca. ¡En ciertos momentos de exasperación llegó incluso a chillarle que lo habían echado de la escuela por incapacidad profesional! Pero ante semejantes insultos él se contentaba con tomárselo a broma (para verla sonreír de nuevo), sin concederles demasiado peso.
A menudo, apiadado al mirarla tan destrozada y entristecida, le proponía irse juntos a visitar a sus parientes, allá en el Aspromonte. Y anunciaba este proyecto como un viaje fantástico, en el tono de un marido rico que promete un gran crucero. Pero en realidad estaba demasiado flojo y carecía de fuerzas físicas para marcharse. Últimamente se había puesto de color violáceo, con una gordura obesa y malsana.
No frecuentaba ninguna taberna, y también en casa evitaba beber con exceso, por consideración a Nora; pero debía de saciar su sed de alcohol, ya morbosa, en algún escondrijo. Todos los días, algún ciudadano de Cosenza se lo encontraba por la calle cojeando con su gran capote, siempre solo, con ojos de beodo, y de vez en cuando se tambaleaba y se apoyaba en la pared. Lo mató una cirrosis de hígado, en 1936.
No mucho después, en Roma, el aún joven Alfio siguió a su anciano amigo rumbo a la muerte. Había marchado a Etiopía — sometida recientemente por Italia— con ciertos planes comerciales tan grandiosos que pensaba en difundir sus mercancías por todo el imperio. Pero veinte días después se le vio regresar a Roma, irreconocible de puro flaco, por culpa de las náuseas continuas y lacerantes que le impedían comer y le daban fiebre. Se pensó al principio en una enfermedad africana, pero las pruebas revelaron un cáncer, que quizá ya se estaba incubando en su interior sin él saberlo hacía tiempo para agredirlo de repente con precipitada virulencia, como pasa a veces con los cuerpos robustos y jóvenes.
No lo informaron de su condena; le hicieron creer que le habían operado de úlcera y que estaba en vías de curación. En realidad, lo habían abierto con intención de operarlo, aunque volvieron a cerrar enseguida, pues no había nada que hacer. Al final se había quedado esquelético, y cuando se levantaba un rato de su cama de hospital parecía, tan largo y flaco, bastante más joven, casi adolescente.
Una vez Ida se lo encontró sollozando, mientras gritaba:
—¡No! ¡Nooo! ¡No quiero morir! — con enorme violencia, increíble en su estado de debilidad. Al parecer una monja, para prepararlo a una buena muerte, le había dejado entrever la verdad. Pero no fue fácil engañarlo de nuevo con mentiras tranquilizadoras, tan grande era su deseo de vivir.
Otra vez (se acercaba el final, y ya le suministraban, en efecto, oxígeno con una cánula), mientras yacía amodorrado bajo los efectos de los narcóticos, Ida oyó que estaba diciendo, como hablando solo:
—Mamita mía, demasiado estrecha esta muerte. ¿Cómo me las apaño para pasarla? ¡Soy demasiado gordo, lo soy!
Por último, una mañana pareció recuperarse un poco y, con una vocecita musical entre de nostalgia y de capricho, hizo saber que quería ser enterrado en Messina. Y así, los poquísimos cuartos que dejó en herencia, se gastaron todos en cumplir su última voluntad.
Su agonía había durado menos de dos meses, y la morfina se la dulcificó.
De su expedición africana le había traído a Nino unas monedas de plata, y como trofeo una máscara etíope negra, que Ida ni tenía ganas de mirar, y que Nino se aplicaba a la cara para dar un susto a las pandillas enemigas del barrio, cantando en el asalto:
Carita negra,
linda Abisinia,
¡maramba burumba bambuti mbú!
hasta que la cambió por una pistola de agua.
Ida nunca se atrevía a pronunciar la palabra «cáncer», que para ella evocaba una forma fantástica, sacra e innominable, como para los salvajes la presencia de ciertos demonios. En su lugar empleaba la definición «enfermedad del siglo», aprendida en el barrio. A quien le preguntaba de qué había muerto su marido le respondía: «De la enfermedad del siglo» con voz adelgazada y trémula, no bastándole su pequeño exorcismo para desalojar los espantos de su memoria.
Tras la desaparición sucesiva de Giuseppe y Alfio se hallaba expuesta definitivamente al miedo, porque el suyo era el caso de alguien que seguía siendo para siempre una niña, ya sin ningún padre. No obstante, se entregaba con concienzuda puntualidad a sus tareas de profesora y madre de familia; y la única señal de la violencia que le costaban, a ella, niña, ciertas prácticas cotidianas de la madurez, era un temblor imperceptible aunque continuo de las manos, que eran rechonchas y cortas, y nunca estaban lavadas como es debido.
La invasión italiana de Abisinia que ascendía a Italia de reino a imperio, fue para nuestra maestrita enlutada, un suceso tan remoto como las guerras cartaginesas. Abisinia, para ella, significaba un territorio donde Alfio, de haber tenido mejor suerte, hubiera podido, al parecer, hacerse rico despachando aceites especiales, pinturas y hasta cremas de calzado (aunque tenía la impresión, por sus lecturas de la escuela, de que los africanos, a causa del clima, van descalzos). En el aula donde enseñaba, justamente encima de su mesa, en el centro de la pared, colgaban, junto al crucifijo, las fotografías ampliadas y enmarcadas del fundador del imperio y del rey emperador. El primero llevaba en la cabeza un fez con una lujosa borla caída y el escudo del águila en el frente. Y bajo tal sombrero, su cara, en una exhibición ingenua, de tan procaz, pretendía calcar la expresión clásica del Condottiero. Pero en realidad, con la barbilla exageradamente saliente, la tensión forzada de las mandíbulas, y el mecanismo dilatador de órbitas y pupilas, imitaba más bien a un cómico de variedades en el papel de un sargento o un cabo que mete miedo a los reclutas. Y en cuanto al rey emperador, sus rasgos insignificantes no expresaban sino la estrechez mental de un burgués provinciano, nacido viejo y con rentas acumuladas. Pero a los ojos de Iduzza, las imágenes de los dos personajes (no menos, cabe decir, que el crucifijo, que para ella significaba solo el poder de la Iglesia) representaban exclusivamente el símbolo de la autoridad, o sea, de la abstracción oculta que hace la ley e infunde temor. Por aquellos días, siguiendo directrices superiores, escribía con grandes caracteres en la pizarra, como ejercicio de escritura para los alumnos de tercero:
Copiad tres veces en el cuaderno de limpio las siguientes palabras del Duce:
¡Alzad en alto, oh, legendarios, las enseñas, el sable y los corazones, para saludar, al cabo de quince siglos, la reaparición del Imperio sobre las colinas fatales de Roma!
MUSSOLINI
Por su parte, entretanto, el reciente fundador del imperio, con este gran paso de su carrera había metido en realidad cabalmente el pie en la trampa que lo conduciría al último escándalo del derrumbamiento y la muerte. En ese paso lo esperaba, en efecto, el otro fundador del Gran Reich, su cómplice presente y su amo predestinado.
Entre los dos desventurados falsarios, distintos por naturaleza, había también semejanzas inevitables. Pero la más interna y dolorosa de ellas era un punto débil fundamental: el uno y el otro, interiormente, eran unos fracasados y unos siervos, enfermos de un vengativo sentimiento de inferioridad.
Es sabido que ese sentimiento obra en el interior de sus víctimas con la ferocidad de un roedor incesante, y a menudo las recompensa con sueños. Mussolini e Hitler, a su modo, eran dos soñadores; pero en esto se manifiesta su diversidad innata. La visión onírica del «Duce» italiano (correspondiente a su anhelo material de vida) era un festival de comedia, en el que, entre lábaros y triunfos, él, ínfimo vasallo enredador, representaba el papel de ciertos antiguos vasallos beatificados (los Césares, los Augustos…) sobre una multitud viviente degradada al rango de títere. Por el contrario, el otro (inficionado de un monótono vicio de necrofilia y ruines terrores) era secuaz semiconsciente de un sueño aún informe, en el que toda criatura viviente (incluso él mismo) era objeto de desgarramiento y rebajada hasta la putrefacción. Y en el que por último en el Gran Final todas las poblaciones terrestres
