6
Camino rápido porque estoy contenta. Me gustó ir al hospital, sobre todo cuando la médica me hizo escuchar los latidos de mi bebé en la computadora, golpeando como los tambores de una murga.
Cruzo la calle y me llega el olor de la comida que venden en la vereda y el hambre me aprieta las tripas desde adentro. Trago saliva y es peor, todo se revuelve en mi estómago vacío y siento náuseas otra vez. Necesito algo dulce. Casi llegando al local hay chipá, rollos de queso, tequeños, pan de yemas. Muero por un marciano de durazno aunque no puedo llegar al trabajo así de tarde, con los dedos enchastrados y bañada en azúcar. Me paro enfrente de una señora con un canasto enorme y le pido dos chipás. La mujer me mira la panza, me los pasa y yo los meto en el morral. Uno para mí y el otro para la Tina. Camino rápido para contarle a mi amiga lo del hospital.
Al entrar al local está la Tina de espaldas vaciando cajas de velas sobre el mostrador principal. Me acerco y siento cómo se le pegó al cuerpo el olor de los vendedores que son como moscas y cortan, con la fuerza de sus termos de café, el perfume de nuestros sahumerios. Llegás tarde. Dice uno de los dueños. Te avisé ayer. Ya no me escucha. Controla el pedido que acaba de llegar. Cuando termina, me mira de reojo: Llegás tarde. Algunas mañanas tengo ganas de que el local se prenda fuego y quedarme mirando mientras se derriten sus millones de velas. Mi amiga sigue abriendo cajas y recargando los estantes para que se conviertan en billetes que nunca serán nuestros. Como la Tina trabaja desde que aprendió a pararse, las manos se le fueron poniendo viejas. Si te tocan raspan como las voces de las cantantes que le gusta escuchar: Thalía, Nathy Peluso, Gloria Trevi, Ayelén Baker y la Juli Laso de Cara de Gitana. Desde el principio nos caímos bien. Yo entendí que cuando los dueños salen, la Tina manda. Y ella siempre me dice que le gusta estar conmigo, aunque hable como un loro, porque le hago acordar a su hijo mayor.
¿Te cuento? Ella me mira seria y niega con la cabeza: los dueños siguen picantes. El pelo de la Tina brilla como el de las diosas del agua del estante celeste. A mí me gusta mirarla hacer porque tiene los dedos más rápidos del mundo y nunca rompe nada. Como llegué dos horas y media tarde habrá estado reponiendo sola hasta recién. Los dueños jamás se ensucian, solo cuentan plata y nos cagan a pedos. Dejo el morral y me pongo con la Tina a reponer mercadería. Paso la trincheta sobre la cinta de embalar de la parte de arriba de una caja a toda velocidad y aprovecho el ruido para decirle bajito:
Tenías razón, fue un flash increíble. ¿Te cuento? La Tina sonríe y contesta: Te lo dije, mientras destripa una caja con la trincheta. Pero contame al mediodía, cuando los chinos no nos puedan escuchar. Nada les molesta más a los dueños del local que los llamen chinos. Una pequeña venganza que la lengua filosa de la Tina me confía a mí. A veces yo le digo que me adoptó y ella me contesta que si fuera su hija no andaría preñada a los dieciséis.
Después del mediodía, el ritmo del local se calma, los pedidos se van acabando y los dueños cuentan guita o atienden por teléfono los pedidos para mañana y nos dejan en paz. Mientras almorzamos sentadas en el depósito de abajo, le repito: ¿Te cuento? De la manija que tengo no me puedo ni sentar, así que como parada y rápido para tener el resto de tiempo libre y contarle, pero me corta. A la noche es mejor, te venís para casa. Y me guiña un ojo.
Ella se ríe enseñando los dientes que trituran el sándwich que le compró a un vendedor ambulante y yo me pongo contenta calculando cuánto falta para la hora de salida. ¿Traés corpiño, vos? Pregunto y ella me contesta que no, sacudiéndose. Ya me parecía. Al viejo de la avenida le estallaban los ojos mientras lo atendías. Digo con la boca llena y ahora nos reímos las dos.
La Tina traga y antes de volver a morder el pan con el tomate y la milanesa, propone que cuando salgamos la acompañe a los chinos de la esquina a comprarse uno. Si el mundo fuera como dice la Tina, sería un lugar en el que todos son chinos menos nosotras dos. Por ahí me compro uno yo también.
Miro las cajas enormes a nuestro alrededor, Gopal, sándalo, rosa, mirra, siete poderes. Estoy tanto en este lugar que ya casi ni los huelo. La bandeja de plástico se va quedando vacía. También la Coca que compartimos. Cuando me acuerdo del chipá que traigo en la mochila, algo se mueve adentro mío. Unas patadas suaves para recordarme que, aunque no lo nombre, el bebé sigue conmigo. Tengo que comer para los dos. La Tina terminó antes, aprovecha y habla por teléfono. Mi hijo mayor, dice indicándome para adentro del celular con el dedo. Y yo pienso que nos conocemos desde hace casi un año y cuando voy a su casa, no hay otro hijo. Nunca supe por qué le dice el mayor si es el único que tiene.
Faltan cinco o seis horas para el cierre del local. Mi panza por un rato se dejó de sacudir. Como me ve seria, la Tina mueve sus melones y me vuelve a hacer un guiño: Hoy te venís a casa. Yo saco el celular para llamarlo al Walter y ni bien atiende, le digo: ¿Te cuento?
7
A veces la voz de Ana era muy dulce. Otras, cuando yo cerraba los ojos y lograba dormir, ella abría la boca para gritar con toda su fuerza. Y así veía los primeros golpes sobre su cuerpo que me hacían daño adentro, una parte que no creía carne sino otra cosa dolía hasta hacerme doblar. Yo empezaba a luchar para escapar del sueño, pero no me podía despertar.
Una noche vi cómo los hombres la lastimaban y ella, ahora, me lastimaba a mí:
—Vos, que no vas a hacer nada nunca más, nos dejás abandonadas a la Florensia y a mí.
Me daba vuelta la cara. Yo esperaba hasta que se tranquilizara. Los tipos se habían ido. Solas, de nuevo, nosotras dos, me quedaba callada, me miraba las manos. Sin tierra en las uñas me parecía que esa piel mía era más clara, como si fuera de otra, o quizás, yo no quería ni pensarlo, como si fuesen las manos de una muerta.
—Yo nunca hacía nada. Solo podía ver lo que la tierra quería mostrarme.
—No seas tonta. La tierra vive adentro tuyo, vos siempre vas a volver.
Yo bajaba la cabeza y estiraba los dedos para mirarme la piel nueva, casi transparente, que me gustaba un montón. Ana no dejaba que me olvidara de la tierra. Igual que al comienzo de una tormenta, mis propias lágrimas iban cayendo sobre mí. Sabía que Ana tenía razón.
Al rato ella se quedaba callada, relojeándome de costado. Yo me llevaba las mangas del buzo a los ojos para llorar un poco más, ahogarme así la tristeza de pensar en Ezequiel y en la casa que habíamos tenido que dejar hacía más de un año.
—No llores más, mi chiquita. ¿Tan lejos te pensás que se fueron?
Yo no le contestaba. Me daba miedo cuando Ana se ponía a hablar así.
—Secate las lágrimas. Pronto, un policía te viene a visitar y después, aunque no quieras, también vienen los otros.
—No seas así. Ezequiel no vino nunca.
Ana giraba la cabeza con el latigazo de una risa furiosa. Rojos sus ojos de fuego que al apagarse nos dejaba exhaustas, como si hubiésemos corrido desde mi casa de antes, hasta esta cama de ahora en donde ella siempre me vuelve a visitar.
—Dormí de nuevo, mi chiquita. Conmigo, acá, vos estás tranquila y yo estoy viva.
Afuera es otra cosa.
8
Me despierto con la boca seca y la cabeza doliéndome un montón. Hoy tengo que salir a la calle porque estar encerrada me está haciendo mal. El hambre me obliga a buscar en la heladera para ver si alguno trajo algo, pero no hay nada más que unas birras. Si empiezo a escabiar desde ahora no voy a hacer nada, así que las dejo donde están. Miseria no volvió desde ayer y el Walter se fue hace un par de horas.
La casa está en silencio y yo tengo que decidir para dónde voy, si empiezo por buscar un mercado, un barcito, alguna plaza para ir a dar una vuelta. Mientras levanto el colchón y guardo frazadas y sábanas, pienso: ¿Habrá un cementerio en este lugar? La idea de empezar por ahí me encanta.
Todavía escucho las palabras de Ana rebotando en la cabeza: Pronto un policía te viene a ver...
¿Cómo va a encontrarme Ezequiel si yo me paso encerrada casi todo el tiempo? Quizás entre los policías que paran siempre a los costados del puente haya compañeros suyos. A lo mejor a él también le toca hacer guardias ahí de vez en cuando.
Voy hasta la pieza para abrir el cajón en donde mi hermano deja la plata. Él nunca acomoda los billetes, se los saca del bolsillo hechos un bollo y los deja así. Estiro dos montoncitos lo más que puedo, los doblo al medio y me los guardo. La cama es un revoltijo, las paredes están desnudas. Salgo de su pieza y en el baño me lavo la cara y me pongo un poco de rimmel y una remera tan oscura como el pantalón. Cuando termino, busco las llaves y salgo. El lugar donde vivimos ahora parece ir siempre a un ritmo distinto al mío. Yo me muevo en cámara lenta y todos los demás van apurados, como si los estuvieran esperando en otro lado. A mí hoy no me espera nadie, así que me tomo el tiempo para mirar las guirnaldas de colores en los locales. La mitad tienen cosas que no vi nunca. De un lado hay puestos de frutas, muchas son raras, no sé ni cómo se llaman, y a los costados hay bolsones enormes de arpillera llenos de choclos. Hay amarillos, blancos y negros, y unos más chiquitos, todos morados. Los choclos multicolores parecen juguetes, con sus granos salidos de un sueño en el que algún pibito los fue pintando con fibra y más abajo, amontonadas en redes, unas papas redondas y más chicas, con un cartel: Papas andinas. Arriba de cada local, cuadritos de muchos colores dibujan banderas. En la entrada de un negocio, hay una virgen de vestido rosa y dorado que sostiene a un Jesús muy pequeño. La bandera roja, amarilla y verde la recorre de lado a lado, cayendo desde su hombro hasta el borde del vestido. Virgen de Copacabana, dice en letras brillantes y es tan hermosa que no puedo evitar quedarme un rato frente a ella.
En el local de al lado pido un jugo de naranja. La mujer saca un filo más grande que mi cabeza para ir partiendo cada fruta en dos. Después mete unos cubos de hielo en una bolsa y los muele a golpes antes de ponerlos en el vaso. Exprime las seis mitades, echa el jugo y me lo da.
Pago y cuando quiero seguir, me topo con mujeres enormes sentadas sobre mantas tejidas a puro color y abiertas directamente sobre la vereda. La gente que pasa atropellando todo las esquiva. Algunas tienen la espalda apoyada contra los locales, el cuerpo derecho con los ojos apuntando al frente y en los pies unos muñecos que de lejos parecen personas de barro, niños dormidos o muertos. El tiempo acelerado del mercado se frena alrededor de sus cuerpos.
—¿Eso qué es? —señalo. La vendedora y una chica de mi edad que está al lado me ignoran. Solo pestañean y me clavan los ojos sin volver a hablar. Del otro lado, una mujer que parece tener todos los años del mundo me tira:
—Es pan de muertos.
No puedo creer que eso que parece el cuerpo de un pibe muerto sea solo una pieza de pan.
—¿Se comen?
Las dos mujeres más jóvenes suspiran fastidiadas y la vieja, sentada ella también sobre una manta de muchos colores, me explica:
—Son para pedir abundancia. Acá ustedes no saben nada, por eso les va tan mal. —Inspira y va largando lento el aire.
Pruebo el jugo y lo siento caer en mi estómago vacío como si fuera ácido. Doy unos pasos hacia ella y corre una tela para que yo pueda verlos. Son ocho, todos tienen los ojos cerrados y las bocas como si las hubiesen cosido, tan apretadas que pienso en las cosas que me dice la seño Ana por las noches. A nadie le gusta escuchar lo que vienen a decir los muertos. Los brazos de las figuras están unidos a un cuerpo pequeño como el de un bebé y son tan marrones como las señoras que los custodian. Me quedo callada y la mujer vuelve a taparlos. Cuando me alejo, habla de nuevo:
—Hay que hacer la ofrenda.
La mujer sigue mis movimientos con sus ojos negros de mil arrugas mientras las otras vendedoras me miran con desprecio. Tengo ganas de hablar con alguien y la única que quiere contestarme es ella. Le hago un saludo con la mano libre y la mujer me lo devuelve.
Son tantas las horas que faltan para que Miseria y mi hermano lleguen que si no quiero estar todo el día sola tengo que seguir acá afuera y aguantar. En la cuadra siguiente está la entrada del shopping, siempre me parece que hay el doble de gente en la calle que ahí adentro, pero en realidad no entré nunca.
Acá a la vuelta trabaja Miseria, solo tendría que doblar para llegar a su local. Cualquiera de los que trabajan con ella conoce el barrio mejor que yo, pero no quiero molestarla. A veces, cuando la acompaño hasta la puerta, vemos a algún policía y ella se cruza de vereda y yo voy atrás, tratando de no alejarme tanto como para fijarme si es Ezequiel, pero aunque siempre hay policías de este lado, Ezequiel no vino nunca.
En esta última cuadra antes de la avenida, todos son venta de celulares, tablets y ropa cheta y la música se escucha tan fuerte que parece un boliche a cielo abierto. Los que van en grupos te atropellan y siguen mostrándose unos a otros lo que acababan de comprar, como si un Dios brillante los llamara desde adentro de la pantalla. Todos se ríen y andan en grupos de amigos, ocupando la vereda casi por completo.
La puerta del shopping con su venta de helados junta a tanta gente que obliga a moverte al cordón para ir pasando por el costado hasta dejarlos atrás. Acá no hay banderas de colores ni mantas, todos locales de ropa deportiva o jeans ajustados como para ir a bailar. Miro para adelante hasta donde puedo. Los únicos que no avanzan son los pibes que reparten volantes, y casi al final, el cana que vigila la pizzería de la esquina, cada uno fijo en su lugar. El pibe de los volantes estira los brazos hacia cada uno que pasa. Le acepto el papel.
—¿El cementerio? —le pregunto fuerte, pero como tiene auriculares no me escucha. Me quedo parada, le hago un gesto y él se corre el auricular de una oreja. Le repito la pregunta y el flaco levanta el brazo y me indica:
—Es del lado de provincia. Primero cruzás Rivadavia y las vías del tren, girás a la izquierda hasta que pasás por abajo del puente, seguís un poco y lo vas a ver.
En agradecimiento, me llevo su volante.
Cuando llego al semáforo enciende la luz roja. Miro hacia un costado poniéndome en puntas de pie y ahí están los policías que controlan siempre esa esquina, pero hay tanta gente que no llego a verlos bien. El semáforo da verde y como me distraje, los de atrás me empujan para bajar a la calle. Espero a que se adelanten y cuando quedan pocos vuelvo a mirar. De lejos cualquiera de ellos puede ser Ezequiel.
Me gusta buscar un cementerio que no conozco y descubrir que siempre estuvo tan cerca. Quiero volver a sentir esa tierra abajo de mis pies. Abro el volante, EFECTIVO YA, hasta 50 mil, un préstamo a tu alcance, lo hago un bollo del tamaño de un caramelo y lo tiro entre las vías. Todos corren hacia la estación menos los vendedores, quietos en su lugar. El resto pasa apurado. Sigo la dirección de sus cuerpos hasta el andén. ¿Hasta dónde los llevará ese tren? Cuando termino de cruzar, la mayoría de la gente viene de frente. Tengo que esquivarlos. Acá ya no se escucha la música de las casas de electrónica, todo es ruido de bondis, autos y la campana que empezó a anunciar que el tren está llegando.
Bordeo las vías. En la esquina hay una venta de ropa con varios percheros a punto de explotar y montañas de remeras, buzos y pantalones apilados. Sigue un local de cosas de bebés con pañales que ocupan desde el piso hasta el techo y mamaderas gigantes todas llenas de regalos. Al meterme abajo del puente la luz del día desaparece de golpe. Sin el sol hace un poco de frío y sobre el suelo mojado se imprimen huellas de barro. Avanzan una tras otra las caras de los que vienen en sentido contrario. Un pibe comiendo un pancho y una madre con su hijo que casi me chocan. A pesar de la mugre y la oscuridad también acá hay puestos. Mesas armadas con un par de caballetes y una tabla de madera con pañuelos, medias, juguetes, pilas, billeteras. Hacia el final hay una zona a la que no llegan ni vendedores ni sus mercaderías. Todo se detiene en una pared enorme y gris. El paso termina en un mural construido por cientos de papeles muy pequeños. Ni el sol se anima a meterse con ellos. Me voy acercando con el corazón golpeándome asustado. Nunca había visto tantas caras de mujeres juntas. Millones de ojos negros como semillas arrojadas al aire con una última esperanza de volverlas a la vida: Chicas VIP. Estoy sola en mi depto. Nancy, te estamos buscando. Irma, curandera ancestral. Taís y Lucy, traviesas. Hermana Irma, adivina. Julia, vista por última vez el 5 de abril del 2018. Juana, vestía jeans y pulóver violeta. Cindy, leo tu suerte. ¿Dónde estás, Mica? Todavía te espero. Betty, la más dulce de la estación. Estrella, leo tus manos. Hago trabajos blancos y negros. María, desapareció en Floresta.
Me imagino mi cara ahí, una más entre miles y un escalofrío me sacude el cuerpo. Tengo ganas de vomitar la pared en donde todas somos desaparecidas, putas o videntes. Me acuerdo de la voz de Miseria: Acá desaparece gente todo el tiempo. Acá, tu don es oro y lo odio. Si la ciudad es esto a mí no me gusta nada. Alguien me empuja desde atrás y me acerca a la pared. Quedo tan pegada que apenas puedo estirar la mano para acariciar los papelitos, algunos están demasiado altos y es imposible llegar ni con lo último de los dedos. Miro a las chicas tratando de recordarlas, pero son tantas que no voy a poder memorizar más que un puñado mínimo. Me da una tristeza enorme. Ya no quiero seguir. Voy a venir otro día, por ahora me alcanza con saber que la entrada del cementerio está ahí enfrente. Arranco para la casa, me choco a un par de personas hasta que me uno a los que van para la estación, trato de no mirar a nadie pero sobre todo, intento que nadie me mire a mí.
Cruzo las vías y esta vez no hay señales del tren. Sigo hasta la avenida, los autos pasan furiosos y yo me apuro para que no me atropellen. Apenas un poco más allá hay un cana de espaldas. Me voy acercando hipnotizada: su altura es igual; también los brazos, el pelo, el ancho de la espalda dentro del uniforme, todo es calcado al cuerpo de Ezequiel.
El mundo se para.
Me cuesta respirar, el aire se convierte en una pasta espesa. Me acerco lo suficiente para apoyarle la mano en el hombro y el cana se da vuelta. Pero es solo un policía más. Me quedo callada, soy una chica que lo mira de frente como si fuera un fantasma y tengo ganas de llorar.
Dejo atrás la entrada del shopping lo más rápido que puedo para llegar hasta la cuadra de las verdulerías. Trato de contener las lágrimas, pero todo de pensar en Ezequiel me pone triste. La señora del puesto de los panes todavía está ahí.
—Sabía que ibas a volver.
Y con una mano despliega su manta desnudando media docena de figuras humanas. Primero descarto a los bebés, después a los hombres, quedan solo dos mujeres que tienen trenzas de pan y unas bocas rojas que brillan en la masa apenas dorada. Son hermosas. Elijo una que no se parezca a nadie, ni a mi mamá, ni a Ana, ni a la Florensia, solo una forma de mujer que me sirva para todas. Cuando la levanto me asombra que sea tan liviana.
—Ahora me tenés que pagar.
Saco todos los billetes del bolsillo y se los doy. Ella me sonríe despacio, sin dientes, desarmándose, como si también estuviera hecha de masa suave, un pan en donde los muertos se sienten felices de visitarnos.
—Mañana es el día de tus muertos.
Dice con alegría, como si ahora sí se hubiera decidido a contarme un secreto terrible y hermoso a la vez.
Recién ahí me animo a preguntarle:
—¿Y la ofrenda? ¿Cómo es?
9
Ya son más de las once de la mañana y todavía ni el Walter ni Cometierra me atienden. Qué suerte que no los estoy llamando para decirles que el bebé está por salir. Le sonrío a la Tina que apenas abrió un ojo y ya se levanta. Dejo el teléfono arriba de un almohadón y mientras me llevo un chicle a la boca, escucho: Miseria, tenés que desayunar algo de verdad. No chicles. Vuelvo a levantar el celular. La Tina me mira marcar y trata de distraerme. Dice que ya va siendo hora de ir a comprarle ropa a la guagua porque yo todavía no tengo nada, pero hoy es domingo, nuestro local y todos los demás están cerrados.
Ayer no llegué ni a la cama. La quedé acá, entre la montaña de almohadones y la colchoneta que mi amiga tiene para ver televisión. Yo también empiezo a parecerme a un almohadón gigante. Ella me dijo que estábamos viendo una de terror y que por un rato dejé de hablar como cotorra, y eso le pareció rarísimo y se fue acercando despacio hasta ver que me había dormido, y que ahí apagó la tele y solo dejó una luz baja para cuando volviera su José. Pero José no volvió nunca, ¿no? Enseguida pienso que mejor hubiera sido callarme.
Dormiste como una criatura. Nuestros chinos son capaces de querer abrir hasta el domingo. Contesta la Tina cambiando de tema. Suerte para nosotras que los domingos esta zona es un desierto.
La Tina se levanta, se sirve un vaso con un montón de jugo y apenas un chorrito de vodka mientras me pregunta si quiero algo, y va para la pieza de su hijo. Yo le digo que todavía no tengo hambre y que el chicle me saca las náuseas de la mañana. En la pared hay un tapiz tejido con lana de un montón de colores. El fondo es verde y tiene muchas plantas y árboles que van mezclándose alrededor del cuerpo de una piba de piel naranja fluorescente que lleva algo en la mano. Tiene el pelo oscuro y avanza como si fuera a salirse del tejido que termina en cientos de flecos. Sobre su cuerpo hay un pájaro enorme con las alas abiertas, no sé si la está cuidando de algo o es un pájaro que sale de ella. Sus alas son de plumas azules y violetas y su cabeza está de costado, mostrando con orgullo un pico naranja como si fuera una corona. Al lado del tapiz hay una foto de la Tina cuando era como yo, sonríe con un bebé a upa. Desde acá veo también las fotos en la pared de la cocina, hay una de la Tina, enorme y en blanco y negro, con tres niños que no sonríen y hacen que la risa de mi amiga parezca todavía más grande. La Tina siempre tuvo unos dientes hechos para reírse, aunque sus ojos estén tristes. Por más que la foto no sea en colores puedo adivinar el labial rojo en su boca. Mi amiga está muy contenta, pero siento que algo le pasa. Tina, quiero comprar ropa de bebé. ¿Vamos mañana? Ella no me escucha. Está sumergida en la pieza de José haciéndose la que ordena. Levanta algo del piso, y la cara le cambia como si se le hubiera cruzado una nube oscura por adentro de la cabeza. Después busca entre las sábanas y abajo de la almohada. Revuelve todo disimulando mal su desesperación. Hace la cama con una manta de lana tan colorida como el tapiz de la pared. Me imagino la cantidad de manos que habrán trabajado haciéndola y por un segundo me acuerdo de mi mamá en invierno, de sus manos tratando de armarme una cama calentita. La Tina aprovecha para mover el colchón y seguir revisando. Cuando termina se acerca al balcón. De pasada deja el vaso vacío arriba de la mesa y después, corre la puerta de vidrio para salir y encenderse un pucho y mientras fuma, me habla con bronca, como si quisiera putear: Si hubiera sabido que José no venía te hubiera pasado a su cama. No me gusta que andes así de preñada durmiendo en cualquier lado. Tu pibe es chico y ayer fue sábado. Me desperezo y estiro las piernas porque dormí enroscada. Ya te debés haber olvidado lo que hacías a su edad. Tampoco ahora me contesta. Fuma su cigarrillo en un silencio que se me vuelve eterno y yo aprovecho para volver a mandarle un mensajito al Walter y cuando empiezo a dejarle también un mensaje de voz a Cometierra, me interrumpe la Tina cada vez más enojada. Dice que a la tarde, cuando lo llamó, José todavía estaba en la casa y no le dijo que iba a salir. La escucho y sé que está más preocupada que otra cosa, busco distraerla y le repito: Quiero comprar unas ropitas de bebé. ¿Vamos mañana? Y ahora mi amiga larga el humo del cigarrillo de golpe y después entra y cierra el ventanal de vidrio y me dice que sí, que los bebés nacen con un par de grados menos y que por eso hay que abrigarlos de más durante los primeros días. Después me cuenta que cuando José nació hacía más frío que nunca. Es que era junio, ¿sabés? También te voy a enseñar cómo poner a la guagua en su cuna para que no se le corte el cordoncito de plata. ¿Cuna, ya tenés? Le contesto que no y la Tina pone los ojos en blanco y se agarra la cabeza con las dos manos. Después dice que seguro que tampoco sé tejer y ya ni le contesto. Pienso que el Walter y yo estamos colgando en un montón de cosas y de nuevo quiero hablar con él, pero miro el celular y nada.
Tengo sed y la Tina no tiene mate y yo me muero de ganas de tomarme un par, tanto que pienso en salir a comprar uno, pero necesitaría también una bombilla y yerba, y eso ya es un montón de guita. Además, como José sigue sin aparecer, la Tina está sufriendo y no quiero dejarla sola ni siquiera el rato que tardaría en ir a comprar. Intento llamar al Walter pero ni bien me acerco el celu a la oreja me salta el contestador. Le empiezo a hablar al teléfono pero el ruidito que marca el final del mensaje me corta enseguida. El estómago se me revuelve y mastico el chicle a toda velocidad para que me vuelva el gusto a frutas. Ni bi
