Una cita con mister Finkel
«Los espectáculos no son nunca ni buenos ni malos, simplemente son entretenidos o aburridos».
Esto fue lo que mi abuelo me dijo un día cuando le pregunté si la película que estaba viendo le parecía buena. Lo recuerdo bien: llevaba su eterno traje de franela gris, su traje «de los domingos» —solo tenía dos, el de pana negra, que vestía religiosamente de lunes a sábado, y aquel, que reservaba para el último día de la semana—, y estaba sentado en la butaca que solía ocupar en la fila veinticinco del cine, junto a mi abuela. Yo había acudido a él como siempre hacía, cuando ya había empezado la proyección. A oscuras, con la complicidad de mi hermana, íbamos ambos a ese rincón situado a mano derecha del pasillo central en el que sabíamos que nos aprovisionaríamos de chucherías. Mi abuelo las llevaba en el bolsillo, ya que jamás se olvidaba de comprar unas cuantas en el pequeño quiosco que el So Perico instalaba en la calle, delante de la entrada del cine, donde vendía pastitas de coco, caramelos, cacahuetes salados, pipas, chicles Bazooka —enormes— y unas obleas riquísimas, rellenas de una pasta dulce y rosada, que no recuerdo cómo se llamaban, pero que a los niños nos privaban. Ese día, además de llevarme parte del codiciado botín, me llevé también un valioso consejo. Y es que mi abuelo no hablaba por hablar; algo sabía del negocio, puesto que él y mi abuela habían levantado aquel cine con sus propias manos.
Fui el niño más privilegiado del mundo porque en mi habitación había una puerta por la que podía entrar en una fábrica de sueños. En realidad, la puerta —una portezuela, más bien— no estaba exactamente en mi cuarto, pero nada más salir de él se accedía a una galería que conectaba la vivienda con el cine, y allí estaba esa puerta que te conducía a la cabina de proyección. De noche, a escondidas, mientras mis padres confiaban en que dormía, atravesaba ese umbral e iba a la sala de máquinas de la fábrica de sueños. Porque un cine es una fábrica de sueños y la cabina de proyección, su sala de máquinas.
—¿Crees que me engañabas, Juanito? Siempre supe que te escabullías de tu dormitorio —dijo mi madre cuando se lo conté al cabo de los años.
Debo confesar que eso rompió un poco la magia que, hasta entonces, asociaba con mis recuerdos. Me imaginaba como un héroe que se escondía para que los malos no lo pillaran, al igual que hacían mis ídolos del celuloide: era como un polizonte infiltrado en un barco pirata, como un espadachín oculto en el palacio del duque perverso contra quien se proponía ejecutar su venganza. Sin embargo, resulta que no era nada de eso porque mi madre supo siempre que yo no estaba en mi cama, y todas las precauciones que tomé para evitar que me descubrieran fueron tan ridículas como infantiles. Y así contemplaba yo entonces mi pasado, como una película para niños, que es muy emocionante si la ves de crío, pero a la que detectas todos los trucos en cuanto creces.
De todas formas, aquel verano de 2013 no pensaba demasiado en ello. Otras cuestiones ocupaban mi mente, asuntos que debían ser resueltos con urgencia. Como heredero, me tocó encargarme del negocio familiar. Y no hablo solo de los cines, que habíamos tenido que cerrar pocos años antes a causa de la brutal crisis que arrasó con el sector. Hablo de discotecas y de festivales, lo que por aquel entonces nos permitía sobrevivir, aunque a duras penas. La gente imagina a los empresarios como señores ricos preocupados tan solo por incrementar su cuenta corriente y acumular riqueza. No digo que no sea así en algunos casos, pero no en el mío. Y es que a lo largo de mi larga trayectoria profesional me he arruinado tres veces. Eso no significa que perdiera dinero y ya está, significa que llegué al extremo de ver que los del banco se llevaban hasta mis muebles. En 2013 eso quedaba lejos, por suerte, así que volvía a vivir con cierta holgura en un pequeño apartamento en Barcelona, ciudad a la que nos habíamos trasladado cuando faltaba poco para que mis hijos entraran en la universidad y de los que Mari Cruz, mi mujer, se negó a separarse todavía. Aun así, la situación en casa, más allá de eso, no era demasiado boyante.
Me encontraba en mi despacho de Barcelona, ocupándome de algunos de los muchos detalles por ultimar de la edición de ese año del Monegros Desert Festival, un gran evento que, desde hacía dos décadas, celebrábamos cada mes de julio en pleno desierto de los Monegros, en la provincia de Huesca, muy cerca de mi Fraga natal. La primera edición tuvo lugar en 1993 y consistió en un puñado de amigos alrededor de una barbacoa. Veinte años más tarde el festival concentraba a más de cuarenta mil jóvenes. Aunque solo durara un día, era tiempo suficiente para atraer a una multitud de amantes de la música electrónica, conocidos familiarmente como ravers, obsesionados con bailar durante esas horas mágicas aderezadas con viento y fuego.
Mi teléfono trinó; entraba un mensaje. Era de mi hombre de confianza, Eloy Martín.
Tenemos que hablar. Es sobre un tema de extrema importancia.
«Extrema», escribió. Nada menos. Pero a dos semanas escasas del inicio del festival todos los temas pendientes se volvían de «extrema importancia», y yo ya tenía unos cuantos de esos sobre la mesa. Así que, sin inmutarme demasiado, tecleé:
Ven mañana a la oficina. O el lunes.
A lo mejor, pensé, en lugar de reunirnos en la oficina, le propondría ir al café San Marco, en la calle Major de Sarrià, un establecimiento discreto y acogedor que estaba —y está— cerca de mi casa. Además, allí los capuchinos son excelentes. Otro trino de mi teléfono, casi inmediato, interrumpió mis cavilaciones.
Juan, extrema importancia.
A Eloy le gustaban esas dos palabras, sin duda. Y tengo que admitir que tanta insistencia empezaba a intrigarme, aunque, de todas formas, no esperaba encontrarme con un problema de gran magnitud. Quizá un DJ que había cancelado su actuación o una previsión de lluvia torrencial que nos obligaría a replantear la dimensión de las carpas. Nada con lo que no hubiéramos lidiado en el pasado, me dije, nada que en ese momento me pareciera irresoluble y no termináramos resolviendo airosamente. Con la taza de café humeante que acababa de servirme en una mano, marqué con la otra su número en mi teléfono.
—¡Eloy! Cuéntame qué es eso tan importante. —Mis palabras no pretendían sonar burlonas, pero no pude evitar cierto tono de sarcasmo.
Lo que Eloy me respondió por poco hizo que me arrojara encima el café entero.
—¡Nos han hecho una propuesta por el festival, Juan! Una propuesta en firme… ¡Nos ofrecen tres millones de dólares!
Es cierto que Monegros se había convertido en una de las citas más importantes de música electrónica a nivel europeo y, por lo tanto, resultaba lógico que le salieran novias, pero oír esa cifra me provocó una sacudida. Sin embargo, procuré disimularla interesándome por saber quién era la persona dispuesta a gastarse en nuestro festival semejante cantidad.
—¿Recuerdas a Shelly Finkel? —inquirió Eloy.
—No…, no lo conozco.
—¿Cómo que no? Pero si os vi juntos… Estuviste hablando con él un buen rato en las jornadas de música electrónica. En Ibiza. En el Gran Hotel.
Por fin caí y, de paso, liberé a Eloy de seguir estrujándose el cerebro. Lo recordé, sí: me habían presentado a un estadounidense en el vestíbulo de aquel hotel. Y sí, dijo llamarse Shelly. Me comentó que tenía intención de meterse de lleno en el mundo de la electrónica y me hizo algunas preguntas sobre nuestro festival. Reconozco que no le presté mucha atención. Hay infinidad de millonarios yanquis recorriendo el mundo en busca de negocios en los que introducirse, y casi todos pretenden entrar por arriba. A los estadounidenses les gusta hacer las cosas a lo grande, pero a lo grande grande, en plan Gran Cañón del Colorado. Son así. Aunque luego, a la hora de la verdad, la jugada no siempre les sale bien. Recordé también que charlamos un rato mientras nos tomábamos una copa y que, media hora después de despedirnos, dejé de pensar en él.
—Finkel es la mano derecha de Robert Sillerman. ¿A ese lo tienes más presente, Juan?
—Sí, a ese sí.
Robert F. X. Sillerman, emprendedor, filántropo y fundador de SFX Entertainment, se había hecho famoso en Nueva York por sus arriesgadas operaciones. Su fórmula consistía en localizar negocios con poca estructura internacional e integrarlos en un grupo de empresas, haciéndolos así más rentables y atractivos para los inversores. Y, mira por dónde, ahora quería absorbernos también a nosotros. A personas como Sillerman no se les puede dar la callada por respuesta. Pero enseguida pensé que tendría que darles alguna antes de que, ese otoño, sacaran a bolsa su compañía, que se dedicaría a la música electrónica de baile. Si entonces no estábamos con ellos, seríamos el rival a batir. O la competencia a aplastar.
—Y bien, Juan, ¿qué les digo?
Eloy tenía prisa por contactar de nuevo con Finkel, y tampoco es que yo tuviera que darle demasiadas vueltas; tenía claro ya lo que iba a contestar.
La respuesta corta era: «Sí». La respuesta larga era: «¡Sí, por supuesto, hagamos pronto la operación y vivamos un poco más tranquilos lo que nos queda de existencia!». No solo pensaba en mí, sino en Mari Cruz, mi mujer, y en Juan y Cruz, nuestros hijos, pues los tres trabajan conmigo en el negocio familiar y saben lo duro que es. La venta, sin duda, resultaría una gran noticia también para ellos. Había truco, sin embargo. Cuando una empresa tan grande compra un negocio lo hace para arrasar, sin manías ni complejos. Y para asegurarse de que no tendrá competencia suele obligar por contrato a los antiguos propietarios a abandonar ese sector, de manera que yo no podría seguir dedicándome al entretenimiento. Ni yo, ni mis socios ni mis familiares directos, de hecho. La oferta de SFX no era distinta a otras de ese estilo: incluía la famosa cláusula «No compite». Así pues, al igual que yo, tanto Mari Cruz como nuestros hijos serían expulsados de su trabajo. Pero con todo el dinero que íbamos a recibir, me dije que los chicos podrían montar otra cosa —la que quisieran, siempre y cuando no implicara hacer bailar a la gente— y que mi mujer y yo teníamos ganado ya un merecido descanso. Lo hablé con los tres y, aunque al principio no parecían muy convencidos, aceptaron sin dudar en cuanto les mostré las cifras reales del negocio, que declinaban mes a mes. Estaba decidido: venderíamos.
A pesar de ello, me guardé mi respuesta. No pretendía hacerme el interesante, simplemente es que no podía ocuparme de un tema de tanta trascendencia con el festival a la vuelta de la esquina. Sería el último año que lo organizaría, pero no por eso iba a descuidarlo. Dos semanas más tarde, aún con la resaca de Monegros, urgí a Eloy a que trasladara mi buena disposición a los estadounidenses. Le pedí también que fuera discreto. Y si se lo pedí no fue para evitar que llegara a oídos de la prensa y con ello arriesgar la operación, aunque ese también habría sido un buen motivo. Se lo pedí básicamente para evitar que mi madre se enterara.
Mi madre, una anciana menuda de más de ochenta años, era el principal escollo que podía hacer naufragar la venta. No porque poseyera un poder real que le permitiera evitarla a nivel legal, sino porque podía ser dolorosamente insistente cuando quería conseguir algo. Yo sabía que mi decisión no iba a hacerle ninguna gracia porque solía defender con uñas y dientes todo lo que tenía que ver con la familia. No solo se opondría a la venta de Monegros, me dije; en cuanto supiera que los Arnau abandonábamos de golpe y porrazo el negocio tras cinco generaciones dedicadas al entretenimiento, la veía capaz de encadenarse a mi coche para impedirme que fuera a firmar nada. Supongo que por ese motivo no le había mencionado todavía lo de la oferta, aunque ocasiones no me habían faltado. Mi madre me llamaba por teléfono, y aún lo hace, cada día del mundo. Y yo le he contado siempre todo. Todo menos que unos poderosos promotores estadounidenses me habían ofrecido una cifra importante por el Festival de Monegros… y por abandonar nuestra actividad, claro.
Sospecho que me lo notó. No soy consciente de haber hecho nada distinto. La informaba de los pormenores del día a día tratando de aparentar normalidad, pero cuando alguien te ha parido no hay mucho que puedas ocultarle. Y solo faltó el viaje. Con tal de oficializar la oferta, era imperativo que me trasladara a Nueva York. Allí conocería a Finkel y a Sillerman, acabaríamos de resolver los últimos flecos y firmaría los papeles que me convertirían en un hombre rico. Pero no podía contar nada de eso a mi madre.
—Hasta mañana —se había despedido emplazándome para una nueva llamada que seguramente me pillaría cruzando el Atlántico.
—Mamá, mañana a esta hora no podré hablar contigo.
—¿Ah, no? ¿Y eso?
—Es que estaré fuera.
—¿Fuera?
—Sí, en Francia. Eloy se ha empeñado en conseguir a un DJ francés que está muy de moda, por lo visto.
¿Por qué demonios dije Francia? ¡Si compartimos huso horario! Que me encontrara en el país vecino no me impedía contestar su llamada de rigor. Pero ya lo había dicho, ahora no podía cambiar la versión. Aun así, supuse que con un poco de suerte se convencería de que comunicarse conmigo en el extranjero sería complicado. «Un poco de suerte», eso me dije. Vaya un ingenuo estoy hecho a veces.
—¿Cómo se llama? —Mi madre no estaba dispuesta a rendirse fácilmente.
—¿Quién?
—El DJ.
—¡Ah! ¡El DJ!
«¡Juan, piensa! Piensa un nombre creíble en francés. No es tan difícil».
—Eeeh… DJ Claude François.
—Ya.
No era tan difícil, pero me había puesto nervioso. De repente, volvía a ser el niño de cinco años que escondía los caramelos que su abuelo le había dado ante la mirada inquisitiva de una madre que sabía perfectamente que su hijo mentía. En fin, no era tan grave; tarde o temprano tendría que explicarle lo de la venta del festival. Pero sería más bien tarde. De momento, me limitaría a colgar, consciente de que ella me había pillado en un renuncio, y a la vuelta de Estados Unidos ya me ocuparía de ese problema. También me dije todo eso, sí. Soy un ingenuo, con todas las letras.
—Juan, ¿por qué no vienes a cenar hoy?
—¿Hoy? No puedo, mañana cojo un avión. A París. —Mantuve mi versión, a pesar de todo.
—Bueno, pues duermes aquí y mañana sales temprano.
—Pero, mamá, que estoy en Barcelona. Que tengo Fraga a dos horas en coche. Tendría que levantarme a las tres de la madrugada.
—Juan, ven a cenar hoy.
No fue una propuesta, fue una imposición. Y yo me maldije. Me maldije porque a pesar de ser un hombre adulto, a pesar de ser independiente, y solvente a nivel financiero, y de estar casado y de tener hijos ya mayores, no había nada que pudiera hacer para contradecir las órdenes de una anciana menuda de más de ochenta años.
El comedor olía a sofrito de tomate y cebolla, a queso gratinado y a carne picada frita. Con esos ingredientes tan simples en apariencia, mi madre era capaz de recrear la receta de los macarrones de la abuela Maria y llevarnos al cielo con cada bocado. La elección de ese plato no fue casual; era un chantaje emocional en toda regla, un intento de tocar en mí una fibra sensible que no existía en cuanto alguien me confrontaba con tres millones de dólares. Disfruté la comida, a pesar de todo. Mi madre me observaba y yo observaba la casa familiar, esa casa de la que no quería marcharse ni que la matasen para ir a otro sitio más pequeño y fácil de limpiar. De nuevo el maldito apego a los recuerdos. Si estaba dispuesta a vivir peor porque se aferraba a unos tiempos pretéritos, ese era su problema. No me dejaría arrastrar al pasado con ella. A medida que me terminaba el plato, iba haciéndome a la idea de que no podía pasar más tiempo sin que hablásemos del tema. Así que, en cuanto solté el tenedor, me lancé yo también:
—No me voy a Francia, mamá. Pero eso tú ya lo sabes. Me voy a Nueva York. Unas personas muy importantes nos han hecho una oferta por el Festival de Monegros. Y no es cualquier oferta. Hablan de tres millones de dólares. ¡Tres millones de dólares, mamá! El mes pasado estuve en un tris de pedir un crédito para pagar las nóminas, y este me ofrecen tres millones… Nos ofrecen. Porque también serían para ti. Serían para todos. Los Arnau podríamos estar tranquilos por fin. Después de tantos años de luchar, de esforzarnos, de no dormir, tendríamos nuestra recompensa. Hay que avanzar, mamá. Y avanzar es vender el festival y dejar el sector del entretenimiento. Y, de paso, dejar de sufrir por si vuelven a embargarnos todo. Así que hazte a la idea de que eso es lo que probablemente va a pasar. Las cosas no marchan demasiado bien por Barcelona. Debes saber que tras abandonar el negocio que teníamos con Javier de las Muelas no hemos conseguido levantar cabeza.
Lo cierto es que exageré todo un poco. No quería arriesgarme a que mi madre contraatacara a medio discurso con algún argumento sentimental que muy seguro me habría hecho perder el hilo. Sin embargo, en cuanto pude respirar un par de veces, la miré a los ojos y no la vi dispuesta a interrumpirme. Al contrario, me contemplaba con una expresión distante e inescrutable. Guardó silencio unos segundos más mientras el eco de mis palabras retronaba en mis oídos.
—Ves a rentar-te les mans, va —me soltó finalmente, sin variar un ápice el semblante.
Obedecí. Fui a lavarme las manos intuyendo que eso no era más que el prólogo del gran combate que tendría lugar a continuación. Salí del cuarto de baño notándome la barriga a reventar, en lo que era otro error de principiante. Afirman que es fundamental asistir a las negociaciones con el estómago ligero, y ese no era mi caso. Sea como sea, debo decir en mi favor que la persona que inventó esa regla no conocía los macarrones al estilo de la abuela Maria.
Regresé al comedor preparado para todo menos para lo que me encontré. Mi madre, que a pesar de sus casi nueve décadas cuenta con una agilidad que muchos jóvenes envidiarían, había retirado los platos de la mesa y había puesto en su lugar una maleta desvencijada. En cuanto me vio aparecer, la abrió con reverencia. El contenido quedó expuesto: legajos y más legajos de papeles amarillentos con los bordes abarquillados. Enseguida empezó a sacarlos uno por uno para depositarlos encima de la mesa con el mismo respeto y devoción. Me fijé en que no todos los papeles estaban igual de amarillentos; es más, algunos de ellos, de un radiante blanco, eran visiblemente nuevos. A pesar de los esfuerzos que mi madre hacía para poner orden en aquel caos, me daba la sensación de encontrarme en el vertedero municipal. No tenía ni idea de dónde había sacado todo aquel papelamen, pero no descartaba que hubiera perdido la cabeza como, por desgracia, les sucede a algunos ancianos y que lo hubiera rescatado de los contenedores.
—¿Te has lavado bien las manos? No vayas a arruinar ni uno de estos documentos.
Asentí, aunque los papeles parecían lo bastante arruinados ellos solitos.
—Mare, què és tot això?[1] —pregunté al fin temiendo una respuesta que quizá no me gustara en absoluto.
—La historia de la familia —me respondió como si nada. Y añadió—: A bocins.
La historia de la familia a pedazos. Sí, pensé, mi teoría sobre la falta de cordura de mi madre estaba cada vez más cerca de confirmarse. ¿Se supone que allí estaba escrito nuestro legado? Y, en tal caso, ¿quién demonios lo había hecho?
—Josepet —arrancó ella, como si me hubiera leído el pensamiento—. Tu tatarabuelo fue el primero en escribir sus memorias. Luego se las legó a Maria Satorres, que las leyó y consideró que debía ampliarlas con su propio testimonio. A partir de aquí, cada miembro de la familia, como continuador de la saga, asumió también entre sus responsabilidades la de dejar por escrito su experiencia. Todos lo hicieron.
—¿Todos? ¿El abuelo Antonio también? —La incredulidad era evidente en mis palabras.
—También.
—¿Y lo pape? —No podía creer que mi abuelo paterno, tan preocupado siempre por los asuntos prácticos, hubiera empleado un solo minuto de su vida en una tarea tan romántica.
—Todos.
La razón me decía que eso no era posible, no podía serlo. Y, sin embargo, allí delante tenía las pruebas en forma de unas hojas demasiado deterioradas para no tener unas cuantas décadas. Algunas incluso más de un siglo.
—¿Y por qué no me he enterado de que estos manuscritos existían hasta ahora?
—Pensaba dejártelos en herencia. Pero ya veo que no puedo esperar tanto.
Di la callada por respuesta. En parte porque toda esa información me había dejado mudo, además de conmocionado, y en parte porque sabía perfectamente lo que mi madre iba a decirme y nada que yo objetara se lo impediría.
—¿Quieres vender el festival? Véndelo. Es tuyo. Tu padre y yo decidimos que fueras tú quien llevara las riendas, y lo respetaré hasta que me muera. Solo te pido una cosa: antes, lee estos documentos.
—Pero ¿cómo voy a leer todo esto antes de firmar?
—No hace falta que sea todo. Hay información repetida, puedes saltarte fragmentos.
—Aun así, mamá, ¡la reunión es mañana!
—¿Cuántas horas de vuelo son? ¿Diez? Lee en el avión.
—Son nueve, y sospecho que me las pasaré durmiendo porque con lo de venir a Fraga esta noche me has arruinado el ciclo del sueño.
Mi madre se disponía a contraatacar, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra más la interrumpí:
—Mamá, sabes que siempre te digo que sí a todo. Esta vez, sin embargo, no puedo. No puedo, de verdad. Lo siento.
Se me rompía el alma, pero tenía que ser así. Y, para mi sorpresa, lo entendió.
—Está bien —soltó y, a continuación, se dedicó a guardar los manuscritos de nuevo en la maleta, siempre con sumo cuidado—. Está bien —repitió, casi para ella, mientras se alejaba con ese mamotreto del que de momento me había librado.
Pensaba que iba a resultarme más difícil. En otros tiempos, mi señora madre habría batallado conmigo hasta las tantas de la madrugada, pero tal vez, me dije, los años empezaban a mermarle la energía. Se lo agradecí, en cualquier caso.
«A mí también me sabe mal vender el festival —reconocí para mí—. Por supuesto que me gustaría seguir con el negocio que iniciaron mis antepasados, no soy una máquina sin sentimientos, entiendo lo que significa eso para la familia. Pero precisamente para que la familia sobreviva es necesario hacer este sacrificio, y ya me cuesta bastante hacerlo como para, encima, aguantar estas tretas sentimentaloides».
Con esas reflexiones en mente, saqué el pijama que había guardado esa mañana en la maleta para llevarme a Nueva York. No pensaba entonces que lo utilizaría en Fraga, pero ya dicen que la vida te da sorpresas. Aunque esta iba a ser la última, no estaba dispuesto a consentir una nueva desviación del guion cuando había tanto en juego. Ingenuo, ingenuo, ingenuo.
Aún era de noche cuando me levanté, y no desperté a mi madre. ¿Para qué? Quería ahorrarme un nuevo momento desagradable. Pero cuando salí del cuarto de baño la encontré en la escalera bajando mi maleta en dirección hacia mi coche. Se la arrebaté de las manos de inmediato al tiempo que me preguntaba cómo una anciana de su edad era capaz de llevar esa carga que, acababa de darme cuenta, resultaba pesadísima. No lograba entender por qué insistía en hacer todo el trabajo. Además, estaba consiguiendo que me sintiera más culpable todavía por no haber accedido a su petición. Y puesto que no me apetecía seguir reconcomiéndome, me metí en el coche y me despedí de la manera más brusca que pude dispuesto a largarme de allí. Supuse que algún día ya me perdonaría.
Conduje durante un par de horas pisando el acelerador tanto como me lo permitían las señales de tráfico, como si esa exhibición de velocidad consiguiera alejarme no solo de la casa familiar, sino también de lo acontecido durante las últimas horas. En cualquier caso, no me costaría, me dije. Dentro de muy poco me rodearían los rascacielos, y la escena vivida en una casa antigua de un municipio donde el edificio más alto no superaba las cinco plantas me parecería simplemente un mal sueño.
Ya casi había borrado la disputa de mi mente y mi imaginación me trasladaba a la Quinta Avenida cuando me vi forzado a regresar. Una empleada del aeropuerto me reprendía desde el mostrador.
—Señor, por favor, apártese de la cola.
No entendía nada. Tenía mi billete y me disponía a hacer el check in.
—Ya se lo he dicho, señor. Su maleta excede el peso permitido. O paga cuarenta euros ahora o no vuelva hasta que haya revisado su contenido.
¿Mi maleta? Sí, me había llevado ropa de abrigo y un par de voluminosas botas, por si acaso, pero ni por asomo la había llenado. Tenía que ser un error de la báscula, y así traté de trasladárselo a la empleada, quien no movió ni una ceja y se limitó a repetir:
—Señor, apártese, por favor.
Refunfuñando palabras ofensivas que no reproduciré aquí, abrí la maleta. Y allí estaba. La historia de mi familia en forma de papeles y más papeles y más papeles. Nada había erosionado el empeño de mi madre, y me sentí un idiota por no haber entendido que, por supuesto, no se había rendido. ¡Con razón la maleta me había parecido más pesada cuando se la quité de las manos! Lo primero que se me pasó por la cabeza fue agarrar esas antiguallas que me hacían parecer un trapero y tirarlas a la basura. Problema resuelto. Pero enseguida pensé que habría matado a la pobre mujer del disgusto. También se me ocurrió dejar los manuscritos en el aeropuerto, pero me dije que nadie querría hacerse cargo de ellos. Así pues, me tocó abrir la bolsa de mano y guardar en ella parte de los documentos, que me harían compañía en el avión.
No obstante, me negaba a leerlos. Dormiría. Repasaría los datos para la reunión. Vería alguna peli. Sin embargo, tras dormir tres o cuatro horas, ponerme a comprobar una vez más unos datos que me sabía ya de memoria se me antojaba tan innecesario como tedioso. Y lo de la película, desengañémonos: cuando has crecido junto a la cabina de proyección de un cine, tratar de ver algo en una pantalla diminuta resulta muy doloroso. No pasé de la segunda escena. Tenía por delante varias horas hasta que aterrizáramos y estaba claro lo que acabaría haciendo, pero aún me resistí unos minutos, tozudo. Hasta que, sin borrar la mueca de hastío de mi rostro, abrí la bolsa y cogí uno de los legajos que mi madre había preparado con tanto cuidado: el que, por ser el más amarillento, parecía más antiguo. En efecto lo era. Llevaba en su primera página el nombre de mi tatarabuelo Josepet, Josep Satorres. Con un suspiro de resignación, lo abrí y empecé a leer lo que había escrito, con tinta desvaída de estilográfica, en aquellas hojas de papel tan resecas que crujían con solo rozarlas.
El manuscrito de Josepet
Todo está a punto de acabar. Moriré pronto, lo sé, tengo un mal que me está carcomiendo por dentro. Y no es morirme lo que me apena, sino que todos los esfuerzos de mi vida no hayan servido para nada. Cuántas discusiones tuve con mi padre cuando yo era joven, y si me viera ahora, quizá tendría que darle la razón. Recuerdo lo que le solía decir:
—Pare, es que trabajar en el campo no me gusta.
—Pues ya me dirás de qué vas a vivir, si no —solía responder él, que era hijo, nieto y bisnieto de agricultores, que no conocía más vida que aquella y estaba convencido de que la de su hijo, como la de prácticamente todo el mundo en Fraga, estaba regida por leyes tan inexorables como las que marcan los tiempos de la siembra y la cosecha.
No podíamos ser más diferentes. Yo era flaco y enjuto, y lo sigo siendo; sobre todo ahora, que la enfermedad ha extremado mi delgadez. Él era recio y tenía la piel tostada por el sol, bajo el cual se peleaba cada día a golpe de azada con la tierra seca del desierto. Porque los Monegros es un desierto. Hectáreas y hectáreas de tierra plana, salvo por donde la cruzan los montes achaparrados y oscuros de la sierra de Alcubierre, esos montes negros (monts negres, mon-negros) que dan nombre a la región. Tierra seca, árida, punteada de pequeñas lagunas y balsas de agua salobre, en la que llueve poco o nada. Apenas hay árboles; allí solo crecerían los matojos si no fuera porque tozudos campesinos como mi padre se empeñan en hacerle parir a la tierra otras cosas: trigo y cebada, sobre todo, porque necesitan poca agua. Y, aun así, la tierra los escupe a regañadientes.
No quería seguir ese destino. No quería volverme un viejo prematuro de espalda arqueada y piel cuarteada, como mi padre, al que tenía enfrente mirándome con expresión no sé si de pena, de reproche o de ambas cosas a la vez.
—Josepet, aquí todo el mundo vive del campo. No hay otra cosa.
En eso no le faltaba razón: prácticamente el cien por cien de las familias de Fraga viven del campo. La mayoría tienen fincas en la huerta de Fraga, regada por el río Cinca —donde las mujeres bajan a lavar la ropa y, cada día, a aprovisionarse de agua que luego acarrean, en pesados cántaros apoyados sobre la cabeza, hasta las viviendas—, y grandes propiedades de secano, situadas entre Fraga y Candasnos, precisamente en ese infierno llamado los Monegros. Todas las mañanas, cuando el horizonte se tiñe de color azafrán, una larga caravana de burros, mulas y carromatos sale del pueblo rumbo a los lejanos terrenos de
