Alicia fue el primer amor de mi vida. Estuvimos juntos el día en que cumplí cuatro años. «Llevas tirantes, como Fraga», me dijo cuando me ayudaba a desnudarme para que meara en la tapia del cementerio del pueblo de mis abuelos, donde mi madre hacía una sustitución como médico. Alicia tenía trece años. Sus padres llevaban la única tienda del pueblo, y en los veranos de los veinte años siguientes, cada vez que mi abuela me mandaba a comprar, su madre decía a los clientes en un aparte: «De pequeño este chico estaba loquito por mi hija».
Alicia y yo nos saludábamos, pero apenas hablábamos. Desde la distancia, vi cómo empezaba a salir con un chico, se casaban y tenían una hija.
Aunque en cada visita a la tienda pasaba una vergüenza espantosa, esa no fue la razón por la que dejé de ir al pueblo. Tampoco fue la razón por la que fui aquel verano. Estaba escribiendo una novela y fui a encerrarme, a escribir y a dejar de fumar.
En la mañana del tercer día, cuando fui a comprar tabaco, me encontré a Alicia, que iba con su hija por la plaza. Por primera vez, hablamos un poco y al final no compré tabaco.
Al mediodía, conseguí conectarme a internet. Buscaba un dato, pero entré en Facebook. Alicia me había enviado una solicitud de amistad y un mensaje: esa noche estaría en el bar. Usamos la red social para concertar una cita en un pueblo de menos de doscientos habitantes.
Nos vimos tres noches esa semana. La hija de Alicia jugaba con otros niños y nosotros bebíamos cerveza y charlábamos. Alicia había leído mis cuentos, me hablaba de su vida diaria, de la música que le gustaba. No hablamos de cosas íntimas, pero me pareció que estaba sola. Me intrigaba que siguiera viviendo en el pueblo, que nunca hubiera querido marcharse.
La última noche cerraron el bar pronto porque había fiesta en el pueblo de al lado. Alicia me propuso tomar una copa en su casa. Bebimos una cerveza en el salón; su hija me enseñó su cuarto y fragmentos de sus películas favoritas. Alicia fue a la cocina y yo miré por la ventana. Vi un montón de leña y las estribaciones del Maestrazgo: pensé que el primer amor quizá fuera el amor verdadero y me pregunté cómo sería vivir allí, con Alicia y su hija, como en un cuento de Alice Munro. Y, por un momento, me gustó la idea.
Entré en la cocina, le di un beso corto en los labios y me marché. Volví a Zaragoza al día siguiente.
EL PADRE DE TUS HIJOS
La mesa redonda empezaba en hora y media: tenía tiempo de sobra. Paula lo había llamado en uno de los descansos, cuando tomaba café con otros participantes. Le dijo que esa tarde pasaba por Madrid. Llegaba a las cinco en tren y luego iba a casa de una amiga. Al día siguiente volvía a Canadá. Dijo que le gustaría despedirse y que iba cargada y le vendría bien algo de ayuda para llevar las maletas. Él no dio explicaciones en el congreso y al salir se sintió levemente orgulloso y caballeresco, pensando que ayudaba a una dama en apuros. Al llegar a la calle se dio cuenta de que no sabía cuál era el mejor sitio para coger un taxi hacia la estación. Había empezado a llover.
En realidad, apenas se conocían. Hasta hacía un par de semanas, se habían visto dos o tres veces en la ciudad de los dos, Zaragoza. Era tres años mayor que él y tenían amigos comunes. Sabía que vivía en Canadá, que había sido periodista cultural en Madrid y que tenía una hija, Lucía. Una de las veces en las que se habían visto ella llevaba el carrito de la niña (dormida) y pidió una clara. Quizá la niña era lactante todavía, entonces. Otro de sus encuentros fue en una charla en una librería. Había mucha gente y se quedaron hablando fuera todo el tiempo. Le preguntó por lo que estaba escribiendo. Cuando intentaba explicarlo, ella sonreía, un poco burlona pero amable. En ese momento su belleza le pareció casi ridícula y le incomodó hablar tanto rato con ella delante de la gente.
Se habían hecho amigos por Facebook. Cuando él le felicitó el cumpleaños, ella le dijo que precisamente iba a Zaragoza en unos días. Le contestó con un mensaje privado, de cinco o seis líneas. A él le gustó cómo estaba escrito: se fijó en la puntuación. Se vieron en una presentación poco después de su llegada. Tomaron algo en el bar con otros de los asistentes. Ella dijo que había quedado con amigos pero que después quizá acudiría a la cena. Se dieron los teléfonos. Luego, en el restaurante, él le dijo dónde estaba y mencionó a algunos de los amigos comunes que estaban a su lado. Ella le contestó al cabo de un rato. Le dijo que no podía ir, pero que estaría bien verse un rato antes de que se fuera. Se quedaba un par de semanas.
Le dijo a Eduardo, que la conocía de Barcelona y era quien los había presentado, que Paula estaba en España y se había marchado hacía unos minutos. «Se está separando —dijo—. Imagínate qué lío con la cría. Uno aquí, otro en Canadá». Luego Eduardo, que ya había tomado unas copas, inició una digresión sobre la vida familiar, sobre el conservadurismo y el progresismo. Era muy interesante, pero él no prestó atención.
Paula le mandó un mensaje a los pocos días. «¿Tomamos una birra o qué?». Le hizo gracia que utilizara la palabra «birra», era un término algo anticuado. El castellano de Paula tenía algo de deslocalización. Había estado un tiempo en México y empleaba alguna expresión de allí, y de ciudades españolas en las que había vivido. De vez en cuando empleaba algún término en inglés. A él le gustaba esa manera de hablar de todas partes y de ninguna.
Descubrieron que vivían muy cerca, él en el piso que alquilaba con su novia y ella en casa de sus padres, y quedaron en un bar de la zona. Él le llevó su último libro, ella le trajo otro que había traducido. Estuvieron hablando durante un par de horas, ella bebía despacio y él tenía que hacer esfuerzos por mantener el ritmo. Salieron un par de veces para que Paula fumase tabaco de liar, él había dejado de fumar hacía poco. Hablaron de muchas cosas: los institutos donde habían estudiado, los amigos, los escritores que a ella le gustaban y que había entrevistado, los lugares en los que habían vivido. No se contaron nada íntimo, aunque hubo un momento en el que Paula dijo que estaba pensando en regresar a España. Ella le preguntó por los libros que debería comprar.
Se despidieron a las nueve y media, Paula tenía que acostar a la niña. Le mandó un mensaje tarde, a las tres de la mañana, dijo que acababa de terminar su libro y que le había gustado. Él no trabajó por la mañana: la dedicó a leer el libro que le había regalado Paula, para poder responderle cuanto antes y para preguntarle por cosas de la traducción.
Se volvieron a ver un par de veces esa semana. Un día le preguntó si quería salir a tomar algo en la plaza San Francisco, al mediodía. La vio aparecer con una bolsa de la librería Antígona, llena de los libros que se iba a llevar a Canadá. Le había hecho caso en dos de sus recomendaciones. También le pareció bien que no le hubiese hecho caso en todas. Era curioso tomar café con ella en uno de los bares que más había frecuentado cuando iba a la universidad. Paula tenía algo exótico y novedoso, y al mismo tiempo vinculado a muchos espacios y experiencias de la ciudad. Él le dijo que había ido a un instituto que estaba cerca de la casa de sus abuelos. De niño, cuando comía con ellos, veía salir a los alumnos: ahora pensaba que alguna de las adolescentes habría sido Paula.
Fueron al cine una tarde, pero no quedaron a comer ni a cenar. Aunque la madre de Paula cuidaba a ratos a Lucía, no conseguía dormirla. Paula le describió el cine al que solía ir en Toronto y habló con más detalle de su idea de volver a España. Estaba pensando qué lugar era más adecuado. Habría más oportunidades laborales en Madrid o Barcelona, pero en Zaragoza tendría más apoyo familiar. Creía que al final se decantaría por Zaragoza. A él esa posibilidad le alegró y se lo dijo. Paula sonrió.
Luego le dijo que estaba pensando en colegios y en cuál sería el más adecuado. Le habló de la pedagogía Montessori y de la educación Waldorf. Él había leído hacía poco un libro donde se hablaba mucho de Rudolf Steiner, pero solo conocía el nombre de Maria Montessori porque había salido con una chica que daba clases en un colegio que seguía su metodología. Poco a poco, él iba descubriendo detalles de su vida cotidiana, las horas en las que iba al parque con Lucía. Le gustaba que tuviera una hija y al mismo tiempo le intimidaba. Le daba un elemento de gravedad. Pensó que en su propia vida había un elemento frívolo, narcisista. La de ella iba en serio. A veces le contaba algunos de los viajes que habían hecho en Canadá y le gustaba imaginarlas a las dos juntas, en un tren. «Es mi compañera», dijo Paula.
Esa noche se quedó despierto hasta tarde, leyendo sobre modelos educativos e información acerca de los colegios públicos y privados de Zaragoza. Luego se divirtió pensando en lo absurdo de la situación, igual que se divertía ahora, yendo en taxi hacia Atocha. No había habido flirteo ni contacto físico más allá de los dos besos de los saludos. Las conversaciones eran fluidas y variadas pero sobrias en general. Los dos eran tímidos y serenos y les hacía gracia cuando el otro se ponía vehemente. También veía que, aunque Paula parecía una persona apacible, delicada y a veces frágil, tomaba decisiones contundentes. Tenía opiniones fuertes que no necesitaba argumentar. Se encogía de hombros y decía: «Es que no. No». Parecía un mensaje para sí misma. Hablaban de cosas sin importancia, pero él imaginaba esa firmeza aplicada a otros asuntos. Veía que también tenía un lado discretamente punki.
Aquella mañana, al despertarse, vio que hacía sol y pensó que era un buen día para ir al parque.
En la estación, pasaron casi el mismo tiempo buscándose y mandándose mensajes (ella no tenía WhatsApp en su móvil español) que juntos. Se encontraron cerca de la oficina de atención al cliente. Le sorprendió que Lucía fuera rubia. Paula era castaña y se había imaginado —la había visto, pero no la recordaba— que la niña tendría el mismo pelo oscuro y ondulado. Saludó a Paula, cogió l
