El faquir que compró el Ferrari del monje que vendió su Ferrari
En las antípodas de la constancia y la humildad de su madre, en las antípodas de la India, Dhjamal Mekhan Dooyeghas vivía ahora en un espléndido apartamento de doscientos treinta y siete metros cuadrados en uno de los barrios más aburguesados de París, y su cama, de dos por dos metros, solo aceptaba sábanas de seda hechas a medida y no tenía ni un clavo.
Era tan rico que se había comprado, por eBay, el Ferrari del monje que vendió su Ferrari, un tal Julian Mantle, abogado americano millonario que, después de sufrir un infarto, decidió abandonarlo todo de un día para otro e irse a vivir a la montaña con los monjes. Escribió un libro contando su experiencia, pero lo que el libro no decía era que, cuando se dio cuenta de en qué consistía la vida de monje, prefirió volver a ser un hombre de negocios y se compró un Porsche. Así que escribió un segundo libro, El monje que vendió su Ferrari para comprarse un Porsche, lo que le permitió recuperar su fortuna de antaño.
De niño, Dhjamal se juró que un día ganaría mucho dinero y podría comprarse un mueble de Ikea. Ahora era consciente de la trivialidad de esa ambición. Cuando se es rico ya no se compran muebles en Ikea. Desde que era un escritor de éxito, o más bien, escritor de un éxito, se había refugiado en su pequeña burbuja. No quería oír hablar de atentados yihadistas, de la crisis, de Donald Trump, de todas esas miserias que difundían los telediarios y que nos hacen creer que vivimos en el más feo de los mundos. Pensaba que Bashar al-Ásad era un personaje de El libro de la jungla; el Brexit, un modelo de sujetador, y la independencia catalana, un postre. Resumiendo, Dhjamal vivía feliz. En el más bonito de los mundos.
Mientras otros ilustres autores pasaban su tiempo viajando de una feria del libro a un festival, de un país a un continente, él no se movía de casa y se había aficionado a los programas de la mañana, únicas ventanas que se permitía abrir al mundo y de las que solo podían disfrutar unos pocos privilegiados de la sociedad francesa: las amas de casa de más de cincuenta años, los parados y los escritores. Ahí se hablaba de la vida, de salud, de cocina y de relaciones amorosas. De todas esas pequeñas cosas por las que en su país consultaban a un faquir y por las que la gente estaba dispuesta a pagar sumas astronómicas: tres gallinas, incluso cuatro en los casos más desesperados. Esa mañana, los presentadores y sus invitados debatían sobre un tema sumamente esencial para el buen funcionamiento de las relaciones entre los seres humanos, al margen de la religión o el partido político al que pertenecieran, un tema que reunía a los pueblos de la manera más bonita posible: la erección. A Dhjamal le sorprendió que ninguno de los médicos presentes en el plató mencionara, como remedio para la impotencia, el método que consistía en clavar con delicadeza un pincho de barbacoa mojado en curri en el pene del paciente, repitiendo tres veces «Levántate y anda». El único método válido, tal como el eminente sexólogo rajastaní Kama-rhon-delislá y sus ancestros lo habían practicado antes de él. Al menos desde la invención de la barbacoa.
En lugar de eso, los tres doctores (porque al parecer hacían falta tres para resolver un problema tan simple) preconizaban la ingurgitación de pequeñas píldoras azules con forma de rombo a las que llamaban «Viagra», y Dhjamal pronto reconoció la palabra sánscrita vyághrah, que significaba «tigre». El medicamento milagroso había sido descubierto en los años noventa, por error. Indicada para la angina de pecho, los científicos se dieron cuenta de que el tratamiento provocaba potentes y duraderas erecciones en los sujetos machos. ¿Se podía ser menos serio? ¡Una pequeña píldora azul! ¡Lo que faltaba! Y, tirado en su sofá, el exfaquir no pudo evitar aplaudir el espectáculo de charlatanería de los tres brujos blancos.
De repente, una melodía de Vivaldi tocada al sitar resonó en el suntuoso salón. Con un golpe de mando, Dhjamal bajó el volumen del televisor y descolgó su móvil.
—Hola, Chándal.
El escritor reconoció a su editor. Esa voz suave y esa manía horrible de pronunciar siempre mal su nombre. Sin embargo, no se lo tenía en cuenta porque él tampoco había hecho el esfuerzo de aprenderse el suyo. ¿Era Gérard François o François Gérard? Los nombres franceses eran de una ambigüedad desconcertante. ¡No todo el mundo tenía la suerte de llamarse Dhjamal Mekhan Dooyeghas!
—He recibido tu último manuscrito —dijo el hombre al otro lado del teléfono, arrancando al indio de sus pensamientos.
Al mencionar su obra, el escritor apartó la mirada del televisor y prestó atención a las palabras de su editor, lo que ocurría rara vez. A decir verdad, Dhjamal estaba muy satisfecho de su última novela. Una obra maestra, aunque breve, en la que narraba en forma de diario de dos semanas, y que por tanto ocupaba catorce páginas, la vida cotidiana de un rajastaní que acababa de instalarse en el Distrito XVI de París. Sus aventuras en la panadería de la esquina, el descubrimiento de la lotería, sus tribulaciones en la tienda bio, sus discusiones con los repartidores de DHL, que le impedían salir de casa desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde o ducharse (por miedo a no oír el timbre), para que finalmente no le trajeran lo que había pedido y le dejaran mensajes de pago en su móvil. Esa novela pretendía diferenciarse, por su tamaño y su ambición, de la única novela que había escrito hasta el momento, en una camisa, y que lo había hecho más rico que una estrella de Bollywood. Y, además, con catorce páginas escritas al año podría rivalizar con la producción anual de Amélie No-Tomes, su gran rival. Siendo modestos, su segundo libro era bonito, poético, era fuerte, pero sobre todo era…
—… malo.
—¿Cómo?
El indio pensaba que había oído mal. Otra vez ese maldito acento. ¿Por qué los franceses hablaban siempre como si tuvieran una patata caliente en la boca?
—BAD! —articuló Gérard poniendo la voz y la entonación de Michael Jackson (con una patata caliente en la boca).
Dhjamal no esperaba recibir el Nobel de Literatura, por supuesto, ni que le pusieran ninguna condecoración sobre el pequeño cocodrilo verde de su polo, pero esto…
—Por una parte no me extraña, Chacal, estás aburguesado.
—¿Aburguesado? —repitió el escritor, cada vez más estupefacto.
—Significa que te has convertido en un pijo.
—Gracias, Gérard, o François, sé muy bien lo que significa «aburguesado» —cortó el exfaquir, que, gracias a Marie, ya hablaba un francés más que correcto—. Y no pienso que ese adjetivo sea el más adecuado para describirme. Me he integrado, que es diferente.
—Pues no deberías haberlo hecho.
—Sin embargo, es una palabra que os gusta mucho en Francia: «in-te-gra-ción».
—¡Me da igual tu integración! ¡Soy tu editor, no el ministro del Interior! Nunca hay que renegar de los orígenes de uno. La diferencia es una fuerza. Desde siempre intentamos hacer que todo el mundo entre en el mismo molde, pero precisamente las frutas y las verduras deformes e irregulares son las mejores. Y sé de lo que hablo, Chamal, porque antes de editor era frutero. Las patatas más manchadas y agujereadas, por las que nadie daría ni un céntimo, son con las que salen los mejores purés.
—Me integré para gustarle a Marie, eso es todo —explicó Dhjamal.
—¡Craso error! Le gustabas antes de esto. Tu turbante, tu bigote, tus piercings, tu piel oscura, esas estrellas relucientes en tus ojos del color de la Coca-Cola, tus increíbles trucos, eso es lo que le gustó, Chantal. ¿Sabes? Si Marie hubiera querido encontrar un empleado de banca sin ambición, regordete y aburrido, solo hubiera tenido que buscarlo. Y eso es exactamente en lo que te has convertido. En un gordinflón aburrido.
El indio pellizcó a través de su polo el michelín que sobresalía por encima de su cintura y el mundo se derrumbó a su alrededor.
—Bueno, ya está, te estoy echando el sermón a las nueve de la mañana pero es porque te aprecio, Carnaval, y porque lamento que el faquir haya cambiado su cama de clavos por un Pikolín. El lector quiere emoción. Queremos sentir tu miseria. Tu desgracia hace bien a los demás. Cuando leemos todas las cosas a las que te has enfrentado, nos decimos que a fin de cuentas no somos tan infelices. Lo que tú llamas «integrarse» yo lo llamo «matar un poco lo que realmente eres». ¡Incluso el becario que administra tu página de Facebook y que responde por ti a los e-mails de tus fans es más auténtico que tú!
Dhjamal permaneció inmóvil, de pie, con la boca abierta, sin saber qué responder a esa interminable avalancha de verdades.
—Cuando te conocí, eras un verdadero aventurero. De ti emanaba un aura de misterio y grandeza. Olías a especias, a té y a… sudor a diez metros de distancia. Ahora ya no sales de casa. Por ejemplo, me juego el cuello a que estabas viendo la tele.
Dhjamal se sobresaltó. En la pantalla silenciosa los médicos, con zanahorias en las manos, seguían hablando de esas pequeñas píldoras azules. Apagó bruscamente la tele. ¿Desde cuándo Gérard, o François, era mentalista? Ese don era solo suyo.
—Estoy practicando mi francés —improvisó.
—Claro —dijo el editor, escéptico—. Bueno, sea como sea, Chaval, debes saber que tu pequeña vida aburguesada no le interesa a nadie. Tus escapadas a la panadería, tus esperas en Correos y tus quidproquos en el estanco… Los franceses pasan de eso porque lo viven todos los días, y cuando compran un libro es para desconectar de su realidad llena de gente normal y del aburrimiento de un trabajo que detestan, que les ocupa todo el tiempo y con el que no ganan lo suficiente como para irse de viaje. Por eso se compran los libros, ¿entiendes? Quieren exotismo, aventura, sin abandonar el cómodo sofá de su salón; quieren navegar entre tempestades en medio del océano sin dejar el calor de sus mantas; quieren vivir historias de amor apasionadas, tórridas, durante su descanso en el trabajo, en el comedor de la empresa, mientras se comen el contenido de su táper con cubiertos de plástico.
—¿Ah, sí?
—Y, además, ¡catorce páginas! Eso se lee antes de que suene el microondas. Te digo esto por tu bien, no por el placer de seguir ganando millones de euros a tu costa. Sé que no es fácil escribir algo después de un best seller, pero yo creo en ti.
Dejó un silencio como para dar un poco de peso a sus palabras.
—Venga, ya te he reñido bastante —retomó—. Vas a ponerte las pilas para darme una bonita historia, como tú sabes. Quiero ilusión, magia, ¡volver a ver tu alma de niño! No sé, ve a comprarte una cama de clavos a Suecia… Hazte traficante de diamantes o de clandestinos sirios, navegador solitario o malabarista de un circo, eso te inspirará. ¡Pero dame un maldito texto!
Diciendo esto, el hombre colgó.
No había nada que decir, ¡si no fuese editor, Gérard François habría causado estragos como consejero en la oficina de desempleo!
Como una oooola de fuerza desmedida, Gérard, o François, lo arrastró todo con espuma blanca y rumor de caracola.[1] Barrió a su paso, en pocos segundos, la vida, las convicciones y las pretensiones literarias de Dhjamal, quien se dio cuenta de que aún tenía el teléfono pegado a la oreja aunque su editor había colgado, y se lo guardó en el bolsillo con un gesto torpe debido a los nervios.
¿Pijo, él? No se lo podía creer. Pero lo más sorprendente era que a François, o Gérard, no le había gustado su nuevo libro. Comprendió que lo que a él le parecía formidable no despertaba ningún interés para un europeo. Recordó la vez en que se quedó una hora delante de las puertas automáticas de la tienda sueca mientras nadie le prestaba la más mínima atención.
—¡Qué deshonra! —exclamó ante la humillación que acababa de sufrir—. ¡Dulce Vishnu, qué vergüenza!
De ser japonés, se hubiera clavado una catana en el abdomen, así, sin pensarlo, como un samurái deshonrado. Pero no era japonés, no tenía catana y por su antigua profesión estaba acostumbrado a clavarse todo tipo de armas blancas en el estómago sin apenas hacerse daño.
Era una pena. A falta de poder matarse, se fue a la cocina y se sirvió un gran vaso de agua fría para reponerse de las emociones. Y cuando abrió el frigorífico entendió lo que su editor le había querido decir: yogures, latas de Coca-Cola (normal, zero, sin cafeína), huevos, leche, mantequilla con y sin sal, mermelada con y sin azúcar, chocolate con y sin chocolate, champán con y sin burbujas, salmón ahumado y foie gras desfilaban ante él. Con eso hubiera podido alimentar a todos los habitantes de su pueblo, Tharta’l Yagurh, durante un año. Le recordó las provisiones que habían almacenado en 1942 en el Taj Mahal para abastecer a los hombres y mujeres que se habían escondido allí mientras los aviones de la Luftwaffe daban vueltas sobre ellos. El gobierno indio había erigido un andamio alrededor del monumento para camuflarlo y que no lo vieran los pilotos alemanes. Habría sido irónico (pero práctico) morir en lo que era un mausoleo.
Almacenar una cantidad indecente de productos en su nevera, la mitad de los cuales terminarían en la basura en cuanto caducaran, ¿eso era todo lo que había aprendido del modo de vida europeo? Su maestro faquir, que hablaba como un manual de desarrollo personal basado en los dichos tomados de los calendarios de Correos indios, un día le dijo que la felicidad consistía en desear lo que uno ya tiene. Pero él siempre se las había apañado para querer más.
Cerró la puerta del frigorífico para dejar de ver todo aquello. Cerrar los ojos a los problemas hacía que las cosas fueran más soportables. Los occidentales se interesaban por lo que pasaba en el resto del mundo, pero solían mirar hacia otro lado cuando alguien tenía la indecencia de morir de hambre en la acera sosteniendo bajo sus narices un pequeño trozo de cartón en el que se podía leer: PA COMÉ, POR FABOR. En Europa se perdonaba todo. Salvo las faltas de ortografía.
Y el indio fue consciente de que se había convertido en alguien tan rico y tan europeo que había intercambiado a Shiva, su dios, por Chivas, el whisky. Se había integrado bien o, como acababa de decirle su editor, había matado un poco lo que realmente era. Se había convertido en una patata demasiado limpita y estándar.
Dhjamal miró a su alrededor en busca de un espejo. Como cada vez que dudaba de sí mismo, tenía que leer sobre su cara lo que los otros leían. Necesitaba leer en el espejo la palabra «pijo» escrita con tinta imborrable sobre su frente, como si fuera un tatuaje.
Porque los espejos reflejaban la verdad. Siempre.
Los espejos no reflejaban la verdad. Nunca.
Y eso lo sabía todo ser humano de sexo femenino de más de quince años. Hay dos especies en el mundo que ponen sistemáticamente en cuestión lo que ven en el espejo: los vampiros, porque no se reflejan, y las mujeres, que han desarrollado durante milenios esa propensión a desconfiar del diabólico accesorio (el cuento de Blancanieves da buena muestra de ello) y de la imagen desproporcionada que les devuelve de su cuerpo, como si fuera un espejo de feria, y eso a pesar de las clases de zumba, las dietas y las cremas anticelulíticas.
Marie Rivière estaba pensando en esto cuando una mujer de la limpieza entró en los servicios empujando su carrito. La primera relajó el pecho y el abdomen, que había tensado delante del espejo para mejorar su figura, y adoptó una pose más natural.
—Todo eso es por culpa de las series.
—¿Cómo dice? —preguntó Marie, asustada por haber sido sorprendida.
—Sexo en Nueva York, Ally McBeal. No se preocupe, señora. Yo también hago eso en casa.
—¿Que también hace qué? —preguntó Marie, aunque lo había entendido muy bien.
—Las poses metiendo la barriga y sacando el pecho y todo eso. Es el dictado de la belleza impuesta por dos o tres tontitas americanas que solo comen zanahorias. Y llegamos a una edad en la que cada vez más hay que aceptar nuestro físico.
¡Habla por ti, bruja!, quiso decirle Marie, que también comía zanahorias. Pero se conformó, por educación, con esbozar la más bonita de sus sonrisas.
—Queremos volver a tener dos pequeñas peras de jovencita —explicó la limpiadora—, nuestra piel de bebé, nuestra cintura de avispa. ¡La gente se photoshopea el cuerpo en Túnez para parecerse a las americanas! Es irónico, ¿verdad?
—¿Se photoshopea?
—Sí, cirugía, es como retocarse con Photoshop pero de verdad —explicó la mujer apoyando la fregona contra la pared y aprovechando para descansar un poco—. Se agrandan el pecho con la grasa que les quitan del trasero. O se quitan una o dos costillas, con las que les hacen un tabique nasal, y les dibujan las curvas, la silueta, así se gustan de nuevo, al menos durante un tiempo, hasta que la naturaleza vuelva a ganar la batalla y, ¡hop!, otra vez listas
