1
Ya. Y algunos elefantes vuelan
Erin Fancher se restregó la nariz observando su reflejo en el espejo, miró por encima del hombro y esperó a que la puerta del retrete se abriera. Acababa de recibir una muy mala noticia: había sacado cero y medio en Lengua. La voz de Velma Ellis, la profesora suplente, resonaba en su cabeza: ¿Señorita Fancher? —había preguntado, y luego había levantado la vista de su cuaderno de notas, la muy perra, y había dicho—: Cero y medio. —Y el estúpido de Billy Servant se había reído. Con su chaleco de psicópata y sus gafas Patilla de Elefante. Se había reído.
—Las putas medias, tía. —La puerta del retrete se había abierto. Shirley Perenchio salió, subiéndose las medias, y maldiciendo su suerte—. Odio cuando se caen, ¿tú no?
—Yo odio a Billy Servant.
—¿Por? —Shirley se miró en el espejo. Se pellizcó las mejillas.
Erin se cruzó de brazos, dándole la espalda a su reflejo.
—Joder, tía, cero y medio —dijo.
—Ya. —Shirley se desabrochó un botón de la camisa—. Yo tengo un dos.
—Cero y medio, tía —repitió Erin.
—Eso es que no has acertado ni una pregunta, ¿no?
—Puta Pelma Ellis.
—Ya —dijo Shirley. Se estaba pintando los labios—. Menuda zorra.
—Puto Billy Servant.
—Ya. —Shirley se miró el culo en el espejo.
—¿Has visto cómo se ha reído? —Erin estaba chapoteando en un charco del suelo. Todos los lavabos de chicas del instituto Robert Mitchum parecían estercoleros.
—¿Quién?
—El puto Billy Servant.
—Está pirado. —Shirley se subió la falda hasta dejar al descubierto buena parte de sus muslos, volvió a mirarse en el espejo, se sonrió, hizo una pompa con su chicle y dijo—: ¿Nos vamos o qué?
Erin asintió. Se colgó del hombro de su amiga y dijo:
—Estoy deprimida, tía.
En la pared, a sus espaldas, alguien había escrito:
BILLY SERVANT ES DIOS.
El director del instituto, un gordo ejemplar de cuarenta y dos años, calva incipiente y papada exagerada, estaba rascándose el dedo gordo del pie, a través del calcetín, con el pie, por supuesto, fuera del zapato, cuando Velma golpeó la puerta de su despacho.
—¿Se puede? —preguntó la profesora.
—Claro, adelante, pase —dijo el director, apresurándose a meter el pie en el zapato—. Oh, es usted, señorita Ellis, ¿todo bien?
—Sí, señor Sanders.
—¿La tratan bien esos pequeños monstruos?
—Oh, sí. Son estupendos.
Velma sonrió. Luego se sentó, se aclaró la garganta, se alisó la falda y se fijó, por enésima vez, en el desnudo dedo anular del director.
Puede que haya olvidado ponérselo, pensó.
Velma creía que era la única persona del mundo que jamás se casaría.
—Dígame, ¿qué la trae por aquí? —preguntó el director que, por cierto, se llamaba Rigan porque así era como se había llamado su padre.
—Verá, es que —Velma se tiró del pendiente que colgaba de su oreja derecha, era uno de esos tics nerviosos— estoy preocupada por uno de mis alumnos.
—¿De quién se trata? —preguntó el director.
—Billy Servant, señor.
—¿Servant? ¿Qué ha hecho ahora?
—¿Es cierto que mató a un chico?
Rigan, que sólo había tenido una novia, en el instituto, cuando no era más que un alumno aburrido y repelente, y al que, por cierto, la señorita Ellis le parecía francamente atractiva, reprimió una carcajada, se aclaró la garganta y con aire paternal, repuso:
—No sea tan ingenua, señorita Ellis.
Velma se ruborizó.
—Lo único cierto es que a Billy le expulsaron del Glover de Volta —agregó Sanders.
—¿Por qué?
—Trató de asfixiar a un compañero en una excursión.
—¿Trató de...? —Velma Ellis que, por cierto, se llamaba así porque a su madre le había encantado un libro llamado Nunca voy a casarme, cuya protagonista tenía tan singular nombre, tragó saliva con un sonoro (GLUM).
—Oh, vamos, señorita Ellis, ¿no irá a decirme ahora que la sorprende? ¡Los chicos son así! ¿No recuerda sus años de instituto?
Pálida, Velma Ellis se limitó a llevarse una mano a la boca y morderse una uña.
Sanders se rió. Seguía picándole el dedo gordo del pie pero también le caía bien la señorita Ellis y no había desayunado, así que, mirándose el reloj, añadió:
—¿Por qué no hablamos de todo esto en el bar?
—¿En el bar?
—¿Le apetece una taza de café?
—¿Un café? —El labio inferior de Velma tembló ligeramente.
—Apuesto a que no ha desayunado. —El director se puso en pie, se tiró de la oreja derecha, se metió las manos en los bolsillos de su arrugado pantalón y salió de detrás de su escritorio. Velma le imaginó esperándola en el altar, con aquella sonrisa abominable cruzándole el rostro, las mejillas hinchadas, los ojos hundidos, y una erección aburrida bajo sus calzoncillos de perritos abandonados—. Yo invito.
Velma sonrió.
Su labio inferior tembló ligeramente.
—¿Está seguro? —preguntó.
El director frunció el ceño.
—¿Por qué no iba a estarlo?
—A su mujer a lo mejor no le gusta.
—¿A mi mujer? —El director la miró extrañado—. ¿Qué mujer?
—¿No está usted casado?
—No, ¿y usted? —Intrigado, Rigan Sanders se frotó la nariz en un gesto mecánico que la profesora suplente encontró increíblemente atractivo.
—No —dijo ella.
—Estupendo —dijo él.
Estupendo.
Así que la profesora suplente y soltera y el director gordo y soltero compartieron una mesa en el bar del instituto, tomaron un café cada uno, se sonrieron y, después de dedicarle un par de minutos más al caso de Billy Servant, hablaron de lo que habían visto en televisión la noche anterior. Y llegaron a la conclusión de que Alma, la protagonista de aquella estúpida serie de televisión sobre extraterrestres de tres cabezas, era una buena actriz y se merecía algo mejor.
Con las manos en los bolsillos, Billy Servant contemplaba su última obra maestra. La frase, que ocupaba exactamente cinco baldosas del lavabo de chicas de la primera planta, decía lo siguiente:
ME TIRÉ A BILLY SERVANT Y ME GUSTÓ.
—Firmado —Billy sonrió, se sacó las manos de los bolsillos y, acercándose a la pared, completó su obra, pronunciando en voz alta el nombre de la chica, mientras el rotulador rechinaba sobre la fría baldosa— Erin Fancher.
No importaba el calor que hiciese, Billy Servant siempre iba con camisas de manga larga y chalecos de lana, se peinaba con colonia de bebé y calzaba zapatos de charol. Arrastraba los pies y te miraba con aquellos ojos gigantescos (agrandados por el efecto lupa de sus gafas de gruesos cristales) como si fueras la primera persona que veía con vida. Era un tío raro.
—¡Eh, tú! ¿Qué coño haces?
Billy se dio media vuelta.
El rostro negro y enorme de Wanda Olmos le miraba desafiante.
—¿Te importa? —contestó Servant.
—¿Eres subnormal? —Wanda plantó su gigantesca mano en el pecho de Servant y lo empujó. Servant dio un paso atrás—. Psicópata de mierda.
—Eh, vale. —Servant alzó las manos, como si Wanda estuviera apuntándole con un revólver—. Me largo, ¿vale?
—Dame eso. —Wanda se refería al rotulador.
—¿Por qué? —Servant lo sujetaba con una de sus manos alzadas.
—¿Por qué? ¿Quieres que te rompa las gafas, estúpido? —Wanda Olmos era capaz de eso y mucho más. Le había roto un brazo a una chica de último curso. La chica había llamado a Wanda marimacho.
—He dicho que me largo, ¿vale? —Billy le tendió el rotulador. Wanda lo cogió.
—Puto psicópata de mierda —dijo, y echó un vistazo a lo que Billy había escrito—. ¿Quién coño es Erin Fancher?
—La amiga de Shirley Perenchio.
—¿Con esa puta de Perenchio? —Wanda se acercó a la pared, destapó el rotulador y dibujó una pequeña polla con gafas junto al nombre de Billy Servant.
Billy había dejado caer los brazos a ambos costados del cuerpo y la miraba con recelo desde la puerta. Pese a su tamaño, Wanda Olmos era francamente ágil.
Podía darse la vuelta en cualquier momento.
Podía darse la vuelta y romperle un brazo en cualquier momento.
—¿Te gusta? —Wanda se había dado la vuelta, pero no le había roto el brazo. Sólo preguntaba. Y Billy no sabía si se refería a la polla o a Erin Fancher—. Eres tú.
Se refería a la polla, por supuesto.
La polla era diminuta.
—Claro —dijo.
—Ya —dijo Wanda. Dio un paso hacia él—. No quiero volver a verte por aquí.
Le clavó la punta del rotulador en la frente.
—Psicópata de mierda —añadió.
—Lo que tú digas —dijo Billy.
Los labios de Wanda, recubiertos de una apestosa baba blancuzca, se contrajeron en una sonrisa triunfal cuando Billy salió. De vuelta en el pasillo, Servant suspiró.
—Jodida mole —dijo.
Luego se colgó la mochila del hombro derecho, se tiró del extremo izquierdo de su chaleco de lana, se chupó el dedo índice y se restregó la frente con él.
—Puta mierda —dijo, mirando hacia arriba. Hacia el lunar que Wanda acababa de pintarle en la frente—. No se va a ir en un mes.
Cabreado, arrastró sus pies por el pasillo hasta la zona de las taquillas, donde se cruzó con Reeve De Marco y Eliot Brante.
—Tíos —saludó, sin detenerse.
—Eh —respondió Reeve.
Si en aquel instante alguien le hubiera dicho que en menos de una semana le salvaría la vida a Reeve De Marco, Servant habría plantado su dedo índice en el puente de sus gafas Patilla de Elefante, habría sonreído bajo su puño cerrado y habría dicho:
—YA. ¿Y sabes una cosa? Algunos elefantes vuelan. En serio. Lo vi en televisión.
Pero nadie iba a decirle nada.
Porque Billy Servant era un tío raro.
—¿Has visto eso? —susurró Eliot.
—¿El qué?
—¿Has visto cómo me ha mirado?
—¿Quién? ¿Servant? —Reeve sonrió.
—Te digo que ese tío me la tiene jurada.
—Paranoico.
—Ya, claro. Tú no le encerraste en el lavabo.
—Yo no hago todo lo que Leroy dice.
—¿Cómo iba a saber que era un psicópata?
Los rumores aseguraban que Billy había matado a un compañero de clase en los lavabos del Museo de la Ciencia de Volta. Al parecer, las armas homicidas habían sido su mano derecha, con la que le tapó la nariz al chico, y un cromo de la colección Coches del Futuro, con el que le tapó la boca.
El chico, un compañero de clase, había muerto asfixiado.
Y luego Billy y su madre habían huido de la ciudad.
—Sólo es un tío raro —dijo Reeve.
—Ya —dijo Eliot—. Oye, ¿no tenía un lunar en la frente?
Edmund Maskelyne estaba de espaldas frente a la pizarra escribiendo con trazo tembloroso el resultado de una ecuación. Erin no podía entender qué veía Carla en aquel tipo de bigote abundante al que sólo ella llamaba Ed. Edmund Maskelyne, en realidad, Mun, Mun Maskelyne, era el profesor de Matemáticas del Robert Mitchum. Estaba casado, tenía dos hijos, el pelo blanco, una verruga con aspecto de grano gigante en la barbilla y una nariz del tamaño de un transatlántico.
Shirley le pasó la libreta a Erin.
Había escrito:
«Imagínate chupársela a Mun».
Erin escribió:
«No jodas».
Shirley se rió.
Aquella libreta era su mejor amiga.
La llamaban Sally.
Sin ella las clases les habrían resultado insoportablemente interminables.
Así que, mientras Edmund, Edmund Maskelyne, hablaba, las chicas escribían:
SHIRLEY: «Fijo que Carla se la ha chupado».
ERIN: «¿Tú se la chuparías?».
SHIRLEY: «Estás de coña. Yo sólo se la chuparía a Lero».
ERIN: «Ya. Tú y media clase».
SHIRLEY: «Qué te va que se la chupo antes que nadie».
ERIN: «Ya. Fijo».
SHIRLEY: «¿Y tú? ¿A quién se la chuparías?».
ERIN: «A Reeve».
SHIRLEY: «Eso está tirado».
ERIN: «Ya, claro».
SHIRLEY: «¿Quieres que hable con él?».
ERIN: «Tía, estoy deprimida».
SHIRLEY: «No cambies de tema».
ERIN: «Claro, tú no has sacado cero y medio».
SHIRLEY: «Cuando se la chupe a Leroy le pediré que le dé una paliza a Pelma Ellis y otra a Servant».
ERIN: «Odio al puto Billy Servant».
SHIRLEY: «Ya, pero ahora vamos a concentrarnos en Reeve».
ERIN: «¿Reeve?».
SHIRLEY: «¿No quieres chupársela?».
Erin miró a su mejor amiga por encima del hombro y susurró:
—No.
Luego se concentró en su libreta de apuntes. Anotó el resultado de la tercera ecuación que había resuelto Maskelyne y se ruborizó al imaginarse arrodillada frente a Reeve, con su polla en la boca, ¿cómo demonios se chupaba una polla? ¿Y por qué habría de hacerlo? Erin prefería darle un beso. Y luego otro. Con lengua. Dejarse acariciar. Todo lo que se hacía en las películas antes de follar.
Y, por supuesto, después quería follar.
Pero no quería chuparle la polla.
Shirley escribió algo en (Sally) la libreta y se la pasó a Erin.
Lo que había escrito era:
«Pues se la vas a chupar».
—Eso es lo que ha dicho.
—No jodas.
—Sí jodo.
—Jaja.
—Jeje.
—¿Chupármela?
Reeve De Marco era rubio. Llevaba el pelo lo suficientemente largo como para que el flequillo le tapara uno de sus ojos azules. No tenía una sonrisa perfecta (tenía un colmillo montado en la encía superior y las paletas demasiado grandes), pero tenía los labios bien dibujados, una mandíbula sobresaliente y la ceja izquierda partida por una cicatriz. Le gustaba morderse los carrillos. Creía que aquello le hacía parecer un tipo duro. Solía ponerse camisas a cuadros que nunca se abotonaba. Y siempre llevaba una camiseta blanca debajo, y tejanos. Se colgaba las manos de los bolsillos y se sentía (BANG-BANG) como un estúpido vaquero. Un estúpido vaquero al que no le iba nada mal con las chicas. Era lo suficientemente tímido y, admitámoslo, lo suficientemente guapo, para volver loca a cualquiera.
—Chupártela, tío.
Reeve y Eliot se habían encerrado en el lavabo de chicos de la primera planta. Estaban fumándose un cigarrillo a medias.
—¿Aquí?
—Aquí mismo.
Reeve sonrió.
—Joder —dijo.
—Qué —dijo Eliot.
—No le pega nada.
—¿A Fancher?
Reeve asintió. Le dio una calada al cigarrillo y se lo pasó a Eliot.
—Ya, pero —Eliot se encogió de hombros— es lo que hay.
—No sé, tío. —Reeve se metió las manos en los bolsillos y apoyó la espalda en la pared. Estaba nervioso. Nadie le había chupado la polla antes.
—Qué. —Eliot le miró desafiante.
Reeve se miró en el espejo. Se apartó el flequillo de la frente. Le dio una calada al cigarrillo sin dejar de mirarse en el espejo.
—No sé —dijo.
—Joder, tío. Lo que yo daría por estar en tu lugar.
—Ya. Y los elefantes vuelan. —Reeve miró a su amigo con aquella media sonrisa que había vuelto loca a Fanny Dundee, La Póster de Dinosaurio.
—En serio, tío.
Reeve seguía mirándose en el espejo. Eliot le pasó la colilla del Sunrise. Le dio una última calada, sin quitarse ojo de encima.
—¿Mañana a las once aquí? —preguntó.
—Eso ha dicho —respondió Eliot.
—Perenchio.
—Dios, qué buena está.
—¿Perenchio?
—No podía dejar de mirarle las tetas mientras me hablaba. Está que lo flipas, tío. Podrías —Eliot se aclaró la garganta, se tocó la bragueta— no sé, podrías decirle a Fancher que a mí me gustaría que Shirley me la chupara.
Reeve despegó la espalda de la pared y tiró la colilla al retrete.
—Ya.
—Y los elefantes vuelan, ¿no?
—Tú lo has dicho.
Velma Ellis hizo girar la llave en el contacto y (BRUUUM) su viejo Ford Sierra arrancó con un (PLUP) pequeño quejido (PLUP) del motor. Rigan Sanders, el director, estaba apoyado en el capó del vehículo cuando lo hizo. Dio un golpe al viejo trasto y se despidió de la tímida profesora con la mano, aquella mano gorda y peluda, cuando el coche se puso en marcha. Trescientos metros más allá, Velma se detuvo. El semáforo estaba en rojo. Los chicos salían de la escuela y se alejaban por todos los espejos retrovisores. La pelirroja profesora se enrolló un rizo en el índice de su mano derecha mientras esperaba, con el intermitente en marcha. Encendió la radio. Miró el retrovisor y vio a una chica acercarse. Melena castaña, flequillo demasiado largo. Estaba en una de sus clases. La chica se acercó al Ford Sierra y pateó una de sus ruedas traseras. Luego se puso a la altura de la ventanilla, extendió su dedo corazón y susurró:
—Muérete.
Nerviosa, Velma Ellis se tiró del labio inferior. Estaba mirándose los pies. Luego se miró las uñas. La chica seguía allí. Estaba repitiendo
muérete
aquella palabra. Y estaba cada vez más cerca. Sus labios estaban rozando el cristal. Su aliento estaba empañando el (jodido) cristal. Velma se imaginó todo lo que aquella chica podía hacerle en una habitación sin ventanas o en el lavabo del Museo de la Ciencia de Volta, donde Billy Servant, aquel otro DEMONIO, casi asfixia (POR DIOS SANTO) a un compañero de clase. Y entonces el semáforo se puso en verde y Velma Ellis pisó el acelerador, dejando a la chica (MALDITA ZORRA ESTÚPIDA) atrás.
—Ya —se dijo— pasó.
Velma Ellis no había sido, lo que suele decirse, una chica popular. Y Dios sabía que no echaba de menos el instituto. ¿Por qué entonces, por voluntad propia, había vuelto a él? Muy sencillo. Necesitaba el dinero. La escuela de adultos en la que había estado trabajando hasta entonces había cerrado y Velma había pasado meses buscando otro trabajo. La mañana en que aceptó un empleo en una perfumería, recibió la llamada de Sanders. Y puesto que el sueldo que el director del Robert Mitchum le ofrecía doblaba el que debía cobrar en la perfumería, no tuvo más remedio que aceptar. Así que Velma Ellis había vuelto al instituto.
Y el segundo día de clases se había encontrado un condón lleno de leche en su silla. Por eso el tercero había castigado a la clase con un examen sorpresa.
—Tienes que hacerte respetar, Vel —le había dicho su hermana, una monitora de esquí afincada en Vancouver, aquella misma noche, en lo que las chicas llamaban Nuestro Dulce Periodo y que no era más que una cita mensual por teléfono.
—¿Y cómo demonios lo hago, Mel? —Ésa había sido la propia Velma, tratando de sacar algo en claro de una afirmación que, por mucho que se repitiera, y llevaba repitiéndosela desde los dieciséis años, no se hacía realidad.
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