pero ya entraste, dudando, sabés que no deberías, las consignas son claras, no frecuentar los lugares donde se pueda ser reconocido, no deberías haber vuelto pero ya estás, ya manolo tendría que estar saludándote y no lo ves, quizá ya se haya jubilado y te vas a sentar, en esa mesa del fondo, es esa mesa, prender un cigarrillo, pensar, el calor, fumando la vida se parece mucho más a una película, a una novela, prender un cigarrillo y vas a pensar en las miles de posibilidades del suicidio y preguntarte por qué, no vas a saber, te vas a decir que no sabés, sabrás que tu respuesta te hiere, te disminuye, que te desenmascara y vas a dejar tu respuesta sin pregunta, como tantas veces, y el nuevo mozo al lado tuyo esperando el pedido, no lo habías visto disculpe quisiera una quilmes imperial bien fría por favor, sí con este calor, esa cortesía, con manolo ya era diferente, ese cuidado que ponés en tratar con deferencia a los que sentís inferiores, fracasados, aunque las palabras sean duras, inútiles, aunque te cueste aceptar que las decís, a los que no pueden responderse satisfactoriamente a la pregunta qué hago qué he hecho de mi vida.
Te daban lástima, un mozo de café, qué puede tener de gratificante ser mozo de café, aunque enseguida matizabas, tu pudor matizaba, tu culpa, tal vez tenga una mujer, amor, lo mirás, las arrugas en la cara, los años, te parece dudoso tal vez le importen cosas simples, que yo no conozco, pero vos evitabas la pregunta, sin preguntarte por qué, dabas la respuesta por sobrentendida, una imagen, alguien que es alguien, soy alguien te decís pero tenías que decírtelo, miedo a ir más allá, a investigar, miedo de lo desconocido o finalmente conocido pero inaceptable, lo que queda fuera del espejo deseado, recortado a imagen y semejanza de tu imagen, en definitiva es cierto, quizás hasta era cierto, hago cosas que me gustan, qué carajo, pero, te repetías, muchas gracias, y entonces un trago, largo, disolvente, al levantar la cabeza la viste, no viste sus caderas pero la boca entre las manos te recordaba algún recuerdo indefinible, sole en los ojos casi amarillos, quizá profundos, o demasiado traslúcidos, no sabías, leyendo un libro que aún no podías identificar y te preguntaste, siempre ese diálogo, ese monólogo cómo sería con ella, si le hablaras de carlos fuentes, qué diría, o de hernández, o de vos de tus proyectos cómo sería, y si realmente su vientre sería tan liso como su cuello pero quizá no le gustase, no sabías no entendías, a veces descubrías que las mujeres eran más pudorosas de lo que pensabas así que tal vez no le gustaría que mordieras su vientre, que lo besaras que lo mamaras y la cama es un colchón en el piso, el estampado de las sábanas te parecía horrible pero no habías querido decírselo porque cecilia estaba muy orgullosa de sus sábanas nuevas y el vientre era su vientre, abierto, lo recordabas, abierto, lo bebías, de un trago terminaste la cerveza, todos los líquidos otro, cecilia, otra, esa boca de quién ahí enfrente, prendiste otro cigarrillo, lentamente, con lascivia, disfrutándolo, como gozando de tu imagen en tu espejo, el del baño, el del cigarrillo tras el baño y mirándola, ella leía y pensaste las frases, lo que podrías decirle, con una mezcla de orgullo e irrealidad, las frases eran piropos sólo para vos, espejo sólo, te gratificaba inventar la conversación, te parecía apropiada, sabés que nunca te levantarás, que no caminarás esos cinco pasos, una mezcla de pudor y respeto te decís porque evitás hablarte claramente del miedo y llamaste al mozo, le pediste otra cerveza, por favor, y pensaste en aquellos días de abril.
Te decías que el otoño también tuvo su importancia, aunque las hojas muertas, amarillas, esa invitación a la melancolía eran algo de cuya legitimidad a veces dudabas. Como ese puente sobre el sena, junto a la cancillería, al atardecer, como venecia entre la bruma, como algún nocturno de chopin o la luna real, desconfiabas de las frases hechas de la tristeza estetizada, aunque te hablaran, pero en qué medida auténticas, en qué medida impuestas, aunque bueno en definitiva todo es cultura te decías, y de todas formas funciona, y la originalidad es un prejuicio moderno, te justificabas, renacentista, y caían las hojas, y estabas por cumplir los treinta.
El ambiente del diario te estaba penetrando. Habías dudado cuando el loco te lo propuso, trabajar para ellos, te decías que era una forma de venderse, no hacía un año que habías vuelto a buenos aires y el choque del regreso, el nacimiento de rosa y la readaptación, todo tan distinto, y tus esfuerzos y el trabajo te habían ocupado casi todo ese 73 tan lleno de otros vientos, que ignoraste casi, o criticaste con olímpica altura, cómo es posible que tanta gente inteligente le rinda pleitesía a ese viejo hijo de puta, con cierto desinterés porque tus problemas te absorbían y eso sería venderse pero trabajar en la revista también lo era, uno siempre se vende a alguien pero en este caso parecía estar, no sé, más claro, en la revista se vivía una ficción de amplitud, de libertad muchas veces contradicha en el momento de entregar las notas, es cierto, pero trabajar con ellos, para ellos, los mangos a fin de mes tendrían un origen tan claro pero el loco insistía, dejate de joder carlos no te das cuenta que ser un puro se parece mucho a no ser nada, que la pureza y el vacío, que la pureza y la inoperancia, que en definitiva no hay nada más puro que el silencio te decía, y vos no te dejabas convencer pero te tentaba, hacía tiempo que andabas con ganas de trabajar en un diario, la locura diariamente renovada, la lucha por el cierre, ese ritmo, esa agilidad del cotidiano, esa vitalidad que quizá podrías tomar prestada, allí no habría tiempos de espera, tiempos muertos, lo necesitabas, y ya empezaba a hacer frío y hacía varios meses que trabajabas en el diario.
Al principio había sido difícil, estabas a la defensiva, esperando ataques que no llegaban. Te sentías distinto, de alguna forma ajeno, casi todos los que trabajaban con vos se lo tomaban de otra manera, para ellos era una militancia, era un trabajo, claro, pero también una militancia, habían logrado conciliar el laburo con las ideas te decías, están cerca de no venderse y eso te trabajaba por dentro, la envidia, aunque no quisieras darle ese nombre tan desprestigiado, injustamente, los mirabas con envidia pero vos también tenías tu tesoro, guardado, un cofre que abrías de vez en cuando, cuando la desesperanza, para sentir el arroyo de las monedas por tus dedos, el arrullo, esa sensualidad del oro, esa sensualidad que se te estaba volviendo obscena, la independencia, todo el orgullo de llamarte independiente de sentirte no contaminado se te iba disolviendo en esas tardes en el diario, en esas notas en los barrios cuando la gente los reconocía, y les facilitaba las cosas y quería hablar con ustedes porque sabemos que el diario lo va a publicar, ese calor, la libertad es el único bien que se gasta cuando no se usa. Te acordabas de esa frase de mayo, del mayo, y te resonaba, por qué, para qué; si mi libertad fuese absolutamente inofensiva si lo que llamo libertad no fuese más que un compromiso conmigo mismo con mi individualismo con mi miedo? Y si estuviera desperdiciándome si el hacer fuera más importante que el ser y yo soy libre pero no hago libertad? dramatizabas, te acosabas te preguntabas. ¿Podrás trabajar mañana? vos sabés, me gustaría que cubrieras la plaza, como vos no debés tener ningún compromiso, no tenés que ir con ninguna columna, pensé que te jodería menos que a otros cubrir la movilización.
Como siempre, te asombrás del respeto que suele imponer un carné de prensa. Lo mostrás en cada una de las barreras policiales (contaste seis), y la reacción casi respetuosa, adelante nomás, pase, significando la diferencia, tu diferencia en la deferencia de los canas periodista testigo, tu status privilegiado siempre que estatua, busto, siempre y cuando todo sea; vuelo, pájaro que no debe posarse pero también matan a las aves recordás, malos agüeros, grandes campañas en china popular para exterminar a los gorriones, plaga nacional, los enloquecen haciendo ruido y los pájaros temen bajar y vuelan aterrados, hasta caer exhaustos, sobrevolando, podés estar en todas partes pero no tenés derecho a posarte, cuando caen los campesinos los rematan a garrotazos lo habías destripado, lo encontraste del árbol caído alouette gentille alouette y aún cantaba juguete del viento y de tus manos que querían saber, saber, je t’étriperai, el origen del canto el mecanismo del canto y lo llevaste al silencio, concienzudo, lo destrozaste troceaste desmenuzaste seco sus secretos y ya no cantaba, querías saber, saber pero el silencio y ese no eras vos, carlos, quién entonces ese niño de quien tanto te hablaron, de quien tantas historias te contaron que deberían ser tu historia y apareció tu madre esa señora y el enojo en sus ojos, lo previste, lo supiste y antes que nada le explicaste que te había atacado, que se te había echado encima fieramente y vos te defendiste, o el niño, y tu madre reía, se reía reía millones de gorriones fueron así exterminados y se produjo entonces un gran desequilibrio ecológico, sobrevolando, observando, voyeur consecuente, externo, esa mujer que tantas veces habías visto desnudarse desde las ventanas de tu cuarto, a través del patio, esos gestos ya conocidos y tus gestos, quince años, y tu mano, buscándote, sobrevolando, conocías esos movimientos como nada en el mundo, te desconocía; las caricias, y tu mano, las sacudidas firmes, regulares cadenciosas, refugiado detrás de la cortina, sobrevolando, ajeno, testigo, desabrochándose el corpiño blanco, las tetas jóvenes y ciertas, casi cerca y tu mano vehemente, pensando en atreverte le harías una seña, saldrías del anonimato de tu cortina, de tu nube, un gesto invitante una pregunta y tu mano anticipando esa noche, arriba abajo arriba, imaginando esa noche, abajo arriba, violento cada vez más jadeante, inmensa, hoy, tiene que ser hoy, volando, al borde del abismo, queriendo caer, equilibrista queriendo caer, ahora mismo la llamo, ya, ya, hoy, ya.
Te derrumbabas, entre feliz y amargo y nunca la llamaste, sabías que entonces todo se acabaría, que debías seguir ajeno, sobrevolando, externo, pero siempre el mismo siempre el mismo después, el mismo espacio estabas afuera, gorrión sin nido, mah-jongg deshecho ése era el precio y los ves llegar, a ellos sí que los cachan, no como a vos, meticulosamente, sin sonrisas, duros y ellos van pasando, uno por uno, primero de mayo hoy es el día del trabajo, te acordás de la vieja canción del primer gobierno hoy es el día del trabajo unidos por el amor de dios, ésta debe ser la fiesta del pueblo entero y no se permitirán en la plaza más banderas que la enseña patria, al pie de la bandera azul y blanca, que simbolizará el reencuentro de todos los argentinos más allá de diferencias partidistas la vieja canción juremos defenderla con honor, tarareando, una canción patriotera pensás, por el amor de dios.
Afuera, y las columnas siguen llegando, argentinas, las banderas, pero se perciben algunas grietas en la unidad de los argentinos anotás, las hojas pautadas improvisando la libreta, esa ironía que la distancia necesita, que la distancia alimenta que alimenta la distancia sobrevolás, observando, la derecha de la plaza se va llenando de argentinos con pinta de sindicalistas, de cgt, mientras que a la izquierda los bombos más jóvenes acompañan otros gritos argentinos, perón evita, comparten, la patria, coinciden, perocialista, divergen, sociaronista, se enfrentan, y las blanquicelestes de la izquierda se van manchando, letras mágicamente aparecidas empiezan a ilustrarlas, salen de entre las ropas, a definirlas, más acá de diferencias partidistas anotás, tu mano en la bic negra te recuerda otras manos, y otra mano que también te pertenece, externo, ajeno, volando, rondando, gorrión amenazado, letras que empiezan a ser palabras, montoneros dicen, juventud peronista dicen, se van izando, las banderas manchadas, determinadas, volando de un vuelo con raíces, ceñidas por las manos, por manos que no tenés por qué reconocer, que tal vez también saben empuñar una bic, y otros estiletes, y otros, banderas remoloneando al ritmo de los cantos atados, que buscan libertad, te asombras, pero la buscan?, o toda organización rígida es incompatible con la verdadera libertad te debatís, recurriendo a las viejas certezas, a las viejas pautas de vuelo, a las seguras, esas rutas que tu cielo ya conoce, ese cuerpo de mujer a la distancia de un aire y luz, el perfecto conocimiento de ese corpiño blanco, blanco, blanco, cerrado a los colores, afuera, ajeno, sobrevolando, viejo gorrión
1.1. CONFITERÍA DEL OLMO. INTERIOR. DÍA
La secuencia se abre sobre plano general de un bar. Casi todas las mesas de madera estilo vienés están ocupadas. Cuatro o cinco mozos en chaqueta blanca y corbatín recorren atareados el salón. Es un café relativamente antiguo, de principios de siglo. La mayoría de la clientela está compuesta por viejas señoras que toman té; algunas mueven sus abanicos para combatir el calor. En el fondo de la sala un trabajado reloj de péndulo marca las 20:30 en un cuadrante de números romanos. Sobreimprime el título: “O JUREMOS CON GLORIA MORIR” y, acto seguido, la leyenda: “LUNES 12 DE ENERO DE 1976”.
Ahora, la cámara emprende un zoom que terminará en plano americano sobre la figura de un hombre joven, no más de treinta y cinco años, pelo castaño algo largo, frente amplia y ojos grandes, pardos. Con un gesto un poco ansioso se está arreglando el cuello de su camisa a cuadros. Parece enfermo, o tal vez fatigado: sus rasgos se ven tensos, pálidos pese a la estación.
Ante él, sobre la mesa, encima del mantel blanco y el mantelito rojo, vemos un pocillo de café a medio tomar, un cenicero de cristal y un atado de cigarrillos Particulares recién abierto. El hombre está fumando uno (¿el primero?), a pitadas largas y profundas. Se diría que está esperando a una mujer.
(El sonido de la secuencia estará dado por el ruido de fondo del bar, entrechocarse de vajilla, murmullo de voces, gritos de los mozos haciendo los pedidos —¡dos cortados para la cuatro, dos! ¡un mixto y una bieckert para la doce!— y el repicar de la caja registradora, antigua, oronda de formas.)
La cámara sigue en plano americano sobre el hombre, que fuma con aire absorto. En una panorámica lenta y abriendo un poco el cuadro la imagen lo abandona para recorrer las otras mesas, conversaciones, risas, meñiques despegados de la mano en el asa de las tazas, rápidamente descritos o entrevistos hasta llegar a la entrada del café.
Ésta comprende dos hojas de cristal enmarcadas en madera con herrajes de bronce que rodean una puerta giratoria. La imagen, ya nuevamente en plano general, se detiene allí unos instantes, los suficientes para ver pasar un anciano señor de traje y bastón, una mujer joven y bien vestida —aunque tal vez excesivamente maquillada— y un muchacho de menos de veinte años, vestido con blue jeans y camisa abierta, que desentona un poco con el aspecto del lugar.
En un primer momento se podría pensar que la mujer y el joven llegan juntos (él se ha apartado para cederle el paso y continúan ambos en la misma dirección, seguidos por una nueva panorámica), pero la impresión se disipa pronto: una sonrisa y un gesto de la mujer indican que ha encontrado a quien buscaba, gesto en el que el muchacho no participa en absoluto.
La cámara vuelve ahora a la mesa del hombre que esperaba: se lo ve hacer un ligero movimiento con la cabeza, ladeándola hacia su izquierda, lo que nos hace suponer que ha saludado a la mujer (tal vez este detalle de intriga sea relativamente inútil, revisar). Pero ahora vemos que es el jovencito quien entra en cuadro y, tras un apretón de manos y una sonrisa apenas esbozada, se sienta a la mesa del hombre y llama al mozo con un gesto indolente.
Puta madre... No lo puedo entender, sabés?... No puedo, no puedo... Parece todo una broma macabra que ahora te hable así, que te tenga que hablar así. Que todas esas cosas... pero no quiero. No quiero pensar en eso, no quiero, quiero hacer como si...
¿Cuántos años teníamos? ¿Catorce, quince?... Ya éramos grandes. Ya estábamos en tercer año, y casi casi estábamos alcanzando a las minas, ya habíamos pasado lo peor, el momento en que parecíamos niños de pecho al lado de ellas, y además ya nos habíamos agarrado los primeros pedos ¿te acordás? Me acuerdo de la noche aquella que no dormimos, con el gordo y vos, discutiendo como eruditos si querer es poder, o poder no querer, o no poder querer, el gordo te trataba de voluntarista porque vos decías que la voluntad mueve montañas, y que si la montaña no va a mahoma, y entonces yo te decía que estabas haciendo una montaña de un grano de arena pero vos te cabreabas y decías, qué sé yo, qué sé yo lo que decías, en definitiva no era importante, estábamos descubriendo las palabras, empezábamos a descubrir el valor de una frase en nuestro mundo de pichones de intelectuales, de hijos de la intelligentsia, como leí el otro día que nos decían. Hijos de la intelligentsia, a nosotros, ¿te das cuenta?
Y empezábamos a jugar otros juegos, a prepararnos. Y cuando se armó la discusión aquella sobre la cocacola fue un corso, cómo no acordarse. Estábamos todos, si todavía le veo la cara al pobre ruso, se tenía que aguantar piola todo lo que le decíamos, lo tratamos de cualquier cosa, proyanki imperialista, vendido hijo de puta, estoy pensando que hasta los insultos los cargábamos mucho, como si incluso ahí tuviéramos que mostrar que ya éramos grandes, que éramos hombres. Y el ruso se la bancó tranquilo, de vez en cuando se cruzaba una miradita con el polaco, claro, ellos sabían, estos pendejos de qué se las dan se debían decir entre ellos. Claro, porque ellos ya sabían. Pero igual se quedaron con la leche, no les gustó, querían hablarnos, explicarnos, se salían del molde.
Y el ruso enganchó a la primera de cambio, fue ese día que estábamos haciendo educación física ¿te acordás pato?, íbamos con el ruso, los tres trotando despacito, dando vueltas al gimnasio, nos quedamos atrasados, el profesor nos cagaba a gritos y nosotros charlando. O más bien escuchando a Alberto, el que hablaba era él, nos parlaba de cultura popular, del ser nacional, la verdad que se tenía bien leído su hernández arregui y nos entró por el lado de la cultura ¿te acordás? y nosotros que lo escuchábamos y no pescábamos bien adónde carajo quería llegar, lo de la colonización cultural ya lo sabíamos, si era eso lo que le habíamos dicho cuando lo de la cocacola, y el otro seguía con su parla y vos lo cargabas, pará negro te vas a quedar sin aliento para correr, y él que engranaba cada vez más, hasta que largó la cosa. Que la cultura nacional era popular por esencia (y yo estaba por decirle que si no tenía nada más piola que contar, que no nos tomara por boludos pero justo el profe estaba mirando) y que entonces (y ahí enganchó, estuvo hábil el ruso) sólo se podía realizar con el pueblo, y como el pueblo es peronista... Ahí estaba. Había largado nomás la palabrita. Peronista. Claro, en el 71 en el colegio eso era tabú, tipo la lepra, se la habíamos escuchado solamente a los de la fede o a los troskos, el viejo demagogo y populista, el militar contrarrevolucionario, el bonapartista, todas esas. Y el ruso que nos tira la palabrita al rostro, con su fórmula tan simple, nosotros somos marxistas creemos que la revolución debe hacerse con el pueblo y el pueblo es peronista (y dale con la cosa, por poco me pongo nervioso), peronista, así que para estar con el pueblo para ser revolucionario hay que ser... Eso mismo, regla de tres simple, la formulita, no había con qué darle, de pronto y de repente (como decía el gringo, pero mucho después) de repente todas las teorías de la zurda quedaban como sanata de intelectual descolgado, todo estaba claro, de repente, sudando el trote, los gritos del profe, el ruso que no paraba, piquen, rápido, más rápido, hasta el fondo, trote ahora, pique, trote, altas esas rodillas carajo, che, esto hay que seguirlo charlando, hay que discutirlo tranquilos, ruso, piquen, arriba las rodillas maricones, más arriba, vamos carajo. Cuando salimos nos fuimos al bar de la vuelta. Nos sentamos al lado de la ventana, en una mesa apartada y nos pedimos tres cocacolas, porque hacía un calor...
¿Sabés qué me pasa? No sé, tengo una sensación extraña, medio como culpa, no sé muy bien cómo llamarla... Porque me doy cuenta ahora que todo esto es más bien cómico, visto así es más bien cómico y por momentos me da risa y sin embargo... Me acuerdo del chiste ese, ese del tipo con la lanza en las costillas que le preguntan si le duele y él dice que solamente cuando se ríe y es eso pero al final me rompe las bolas acordarme de un chiste, no sé si me entendés. No sé, vos habrías...
En fin, nos pedimos las cocacolas y ahí entró a contarnos toda la historieta. El ruso estaba como loco, que si el peronismo es la única vía revolucionaria posible en la argentina, que hay que dejarse de joder con las huevadas de la zurda que aplica el marxismo mecánicamente y nunca sale de la paja, se veía que también se había morfado Cooke como un solo hombre (claro, nosotros ahí no teníamos ni idea) y dale con el peronismo, que si hecho maldito del país burgués, y hecho maldito también para la izquierda cipaya (cipaya, me mató con la palabrita, yo ahí me acordaba de sandokán y el maharajá de no sé dónde mierda, pero aparte de eso...) y nos hablaba bajito ¿te acordás?, cuando alguien pasaba cerca se callaba, se hacía el oso, y dale de nuevo, que un análisis marxista serio de la situación argentina muestra la necesidad irrenunciable de unirse al pueblo peronista, y de vez en cuando miraba para todos los wines, vos te habías quedado medio callado, como boleado, mucha cosa toda junta, y yo, abogado del diablo, como siempre (como si el diablo necesitara abogado), pero vos no pensás que en realidad perón contuvo el impulso revolucionario de las masas, si en el 55 se borró como loco, la gente quería resistir y él en cuanto pudo se tomó el buque, o mejor dicho la cañonera, pero el ruso no dejaba pasar una, estos dieciséis años de lucha popular demuestran que la principal reivindicación del pueblo es el retorno de perón a la patria y al poder y cuando venía el mozo cambiaba rápido, comentaba cualquier boludez con cara de nada, no si eso no fue penal ni acá ni en la china no seas bostero hijo de puta, sí pero el cordobazo, no, claro, vos te la morfaste, ¿qué te crees que gritaban los obreros en la calle?, ¿te creés que gritaban por rusia o por china, o por el pe?, a vos te la contaron en colores, pedían la vuelta de perón eso es lo que decían, ellos también, como la gran mayoría, y cantaban la marchita, yo estuve con compañeros que estuvieron allá, la vida por perón gritaban, por otro diecisiete.
Y vos seguías callado, escuchando en tu rincón, la verdad que muchas veces lo hacías y entonces eras temible, yo siempre estaba esperando el momento en que ibas a saltar, mejor agarrarse, pero seguías callado y yo lo picaba, el viejo no fue más que un reformista, un demagogo, y quién organizó a la clase trabajadora, entonces, quién creó la cgt, o el 17 de octubre lo hicieron los zurdos, qué te parece. El ruso seguía embalado, además no se trata de aceptar el peronismo con todas sus jodas tal como es, hay que modificarlo, pero para modificarlo hay que estar adentro, hay que estar en el movimiento ¿te das cuenta? desde afuera nunca te van a dar bola, vas a ser siempre un estudiantito descolgado. El movimiento de acción secundaria ya hace un tiempo que existe, hubo kilombos, en capital somos muy pocos pero nos planteamos el peronismo como única posibilidad revolucionaria, nos planteamos trabajar desde adentro, pelearla si es necesario, pero desde adentro, una postura crítica pero sincera, ¿me entienden? Y me parece que ni sabíamos si lo entendíamos o no pero sabíamos que estábamos podridos de hablar y no hacer nada, lo que más nos reventaba de los zurdos era eso, mucha parla y pocas nueces, en cambio esto prometía, una cosa era meterse en un grupito de jeropas que no sabían cómo hacer para tocar un obrero y otra muy distinta compartir la lucha con millones de ñatos, con el conjunto del pueblo, como había dicho alberto, ahí sí que íbamos a poder hacer cosas, y salir de nuestro pequeño mundo pequeñoburgués, todo esto estaba muy bien, pero perón, perón... El ruso se fue al ñoba. Yo creo que lo hizo de pura táctica, para dejarnos chamuyar un ratito solos. Y la verdad que no nos dijimos gran cosa. Cambiamos un par de miradas excitadas, dos o tres frases y cuando volvió le dijimos que queríamos entrar al mas. Éramos marxistas e íbamos a meternos en el peronismo. Para estar con el pueblo. Para cambiarlo desde adentro.
27-7-72 (¡capicúa!)
Ayer fui a mi primer acto. Cuando llegué a casa, alrededor de las doce y media, mamá estaba esperándome despierta en el living. Estaba preocupada: me dijo que había visto en la televisión que los peronistas habían hecho un acto por Eva Perón y había pensado que yo podía estar allí. Y se lanzó otra vez a sus recomendaciones de siempre, que no me meta, que me cuide, y me dijo como de costumbre que no entendía cómo la juventud de hoy día podía hacerle caso a Perón y que seguramente si hubiesen vivido durante su gobierno no lo harían. Yo no quería ponerme a discutir, primero porque no tengo por qué defender a Perón y sobre todo porque discutir con ella siempre termina por ponerme de muy mal humor. Pobre mamá, creo que me jode verla así, vieja y sin haber hecho nada de su vida, tan tranquila en su papel de ama de casa y esposa de un honesto comerciante.
Pero igual no pude contenerme y le dije que no dijera barbaridades y que yo había ido al cine con Mariana y Laura pero no sé si me creyó. Por otra parte me pareció increíble que haya podido intuir así. Si yo fuese a menudo a este tipo de actos lo suyo sería lógico, pero siendo la primera vez es sumamente sorprendente. Se me ocurre la frase hecha: “Intuición femenina”. La frase no me gusta. No quiero lanzarme a grandes disquisiciones sobre la condición femenina pero sin embargo siento que reivindicar la intuición como “femenina” lo único que hace es reservar un determinado campo a la mujer, lo cual es tan reaccionario como el machismo más flagrante o tal vez más, porque va disfrazada de “reconocimiento”. Iguales, ni más más ni más menos, como quien dice.
Me pregunto qué diría mamá si leyera esto.
En cuanto al acto, creo que estuvo bien. Fue en la Federación de Box y había mucha gente y mucho entusiasmo. Pero hay algo que no termina de convencerme en todo esto, y que quizá sea la razón por la que no me interesa militar con ellos. Creo que son las continuas referencias al pasado como piedra de legitimación, o un cierto espíritu revanchista, no sé bien cómo definirlo. Tratar de pensarlo mejor.
30-7
En lugar de pensar en los peronistas, como me lo había propuesto, estuve pensando en mamá. Creo que lo que más me jode de hablar con ella es que una tiene la impresión de haber oído todo lo que dice en cualquier otra parte, léase la televisión, la revista Gente o las recomendaciones de la profesora de instrucción cívica. No hace más que repetir frases hechas —me parece que sin siquiera darse cuenta— sin que nada real de su vida las avale. Y lo peor es que pretende imponerlas porque ha vivido más —más tiempo—, según dice mientras está tranquila o, cuando ya pierde los estribos, porque es mi madre y le debo respeto. Eso sí que no lo puedo aguantar. Con papá es distinto. Él se calla, mira y me parece que no aprueba del todo. Pero sería incapaz de decirlo.
Me gustaría que llegara la primavera, que pasara algo. Me siento un poco inmóvil.
Lunes 31
Ahora sí pensé en la historia aquella: supongo (sé) que en este momento soy lo que ellos llaman una “simpatizante” (porque fui una vez a un acto, porque soy amiga de Mariana y Jorge, porque no les hago desplantes ostentosos cuando se ponen a hablar de política ni milito en ningún otro lado). Pero me gustaría que me dijeran con qué simpatizo. Así me entero. Todas las razones del paréntesis son reales, pero más bien poco positivas. ¿Razones positivas?: creo que en este momento y en este país se pueden hacer una serie de cosas para cambiar las condiciones de vida de la gente.
¿Esas cosas pasan por el peronismo? No pasan por otro lado, en todo caso, ellos por lo menos tienen los pies en la tierra (razón más o menos negativa). Es cierto que hay posibilidades, pero: Antirrazón: Yo personalmente no me siento una militante. Es quizá difícil de explicar(melo): siento que me falta mucha preparación, soy todavía muy ignorante en política. Tal vez eso sea sólo una excusa, como dice Mariana, que dice que son deformaciones de clase, debilidades. Pero ella es de la misma clase que yo y sin embargo no le pasa lo mismo. Yo siento que puedo “aportar” ciertas cosas (lo suficiente para que me consideren una simpatizante, parece), pero que no sé ir más allá.
Mariana dice que ya “creceré”. Y yo ¿espero que así sea? Sí, si eso implica un avance real en lo que me preocupa ahora. ¿De qué se trata? Es vago. Fundamentalmente, darle a mi vida una orientación clara: saber bien lo que quiero hacer con ella. Es obvio que si estudio letras y socio es que algo he definido, pero no es suficiente. Y otras cosas también importantes: conseguir un trabajo, independizarme de los viejos, estabilizar mi vida de relación... Casi nada. Observación sobre el método: ¡Qué socrática me he puesto!
(Nota: noto que más arriba no puse nada —curioso— sobre algo que me resulta muy importante: militar sería aceptar tener una postura definida sobre casi todas las cosas. Y yo siento que todavía necesito ahondar mucho más por mí misma en esa postura...)
1.2. CONFITERÍA DEL OLMO. INTERIOR. DÍA
La toma se inicia con un plano de conjunto de la mesa, en la que hay ahora tres personas: el hombre, el muchacho y una mujer de unos veinticinco años. Están conversando; el muchacho parece participar menos que los otros dos.
Ella lleva una camisa blanca, abierta en el cuello y arremangada, y un pulóver azul marino sobre los hombros. El pelo, castaño claro, le cae alrededor de la cara, rematado por algunos bucles a la altura de la base del cuello. Su nariz es pequeña, pecosa, y sus ojos entrecerrados no anuncian su color, aunque sería bueno que fueran verdes. Sus manos también pequeñas se mueven animadamente; es quizá el único toque dinámico en una escena básicamente calma. Aunque no se puede asegurarlo, porque está sentada, parece no ser muy alta (son sus rasgos y manos menudas los que consolidan esta impresión). Está fumando, también.
(Como el sonido permanece a la misma distancia que la cámara, no llegamos a escuchar claramente lo que dicen. Sus palabras, apenas percibidas, están cubiertas por el mismo ruido de fondo de la toma anterior.)
El mozo irrumpe en la imagen, de cuadro fijo, al acercarse a la mesa. Está claro que les está haciendo la cuenta (ha rebuscado bajo el mantelito rojo los tickets de las consumiciones: encuentra uno solo, porque el otro está hecho un rollito al lado del cenicero. El hombre se lo entrega con una sonrisa entre disculpas y complicidad). Cuando enuncia por fin el resultado, los tres se llevan las manos a los bolsillos y carteras y cada uno saca un billete. Se levantan, apartando las sillas. La mujer recoge un diario y un cuaderno de la silla que había quedado vacía. La cámara permanece en plano fijo sobre la mesa donde quedan los pocillos de café, una botella chica de cocacola y algunas servilletas arrugadas. Al cambiar el foco de la cámara se vuelve a ver en el fondo el reloj de péndulo. Son las 20:12.
Un paso seguido de otro paso y otro paso. Ella sola delante. Él y yo seguimos. ¿Qué hora es? Tranquilo, todavía tenemos seis minutos. Ah. Y otro paso y pasos y más pasos. La vereda no contesta los ruidos, sólo oscura. Revisar cada momento, cada futuro momento. Un charco a esquivar. Él saldrá de su casa cuando la luz se apague. Che, ese tipo ahí. No, está con una mina. Ah. Pasos. La calle de tierra. Él no tiene por qué sospechar nada. Tres días sudando este momento. Che, ya tendría que salir. No, pibe, tranquilo, todo está al pelo. Tres días. Pasos y repasos. Falta poco. Está empezando a clarear, viste. Ah. La noche fue muy larga. Pero él saldrá a las 6:15. En punto.
1.3. PUERTA DE LA CONFITERÍA DEL OLMO Y CALLE. EXTERIOR. ATARDECER
La imagen retoma a los tres personajes frente a la puerta del café, en la vereda. Están despidiéndose. Tras cruzar muy pocas palabras, el hombre hace un gesto con la mano derecha, llevándosela a la imaginaria visera de una utópica gorra y parte por una de las calles que allí confluyen. La mujer y el muchacho se van caminando juntos por la otra.
La cámara los toma ahora desde atrás, en plano general, haciendo una ligera corrección para seguir sus desplazamientos. Vemos que la mujer lleva unos pantalones de corderoy azul, ajustados, anchos en las botamangas. No es tan pequeña como parecía. Su cuerpo tiene una apariencia frágil pero bien formada, y su estatura es normal.
Camina con pasos rápidos, casi apresurados, por una vereda ancha, con árboles jóvenes sucediéndose cada pocos metros. La escena está iluminada por la luz rosácea del atardecer: numerosas personas se cruzan por el cuadro, paseando sin prisas.
Él es bastante alto, casi una cabeza más que ella, y su cuerpo largo y flaco se mueve con el relativo descontrol del adolescente que aún no ha aprendido a manejar su nueva carcasa. El pelo lacio y claro le llega casi hasta los hombros.
1.4. CALLE. EXTERIOR. ATARDECER
Un cambio en la ubicación de la cámara, que pasa a un plano medio de ambos, tomando de frente, nos permite ver su cara aniñada, su nariz ancha y ñata, su boca grande, sus ojos pequeños y vivaces. Está algo tostado por el sol. Es él quien habla:
Hernán: —... te digo que no, eso fue lo único que me dijo. Que nos veíamos en lo de Perales a las ocho, nada más...
Estela: —Pero... ¿estás seguro, Santiago? Hacé memoria, no puede ser que...
1.5. CALLE DE LA CASA DE CARLOS. EXTERIOR. ANOCHECER
La imagen, que ha abandonado a los dos personajes, muestra ahora un plano general de una calle más tranquila y profusamente arbolada que la anterior. Hay coches estacionados junto a una de las veredas. La mayoría de los edificios son modernos, de buena calidad. También se ve alguna casa más vieja, pero ninguna de las construcciones tiene menos de cuatro pisos.
Está cayendo la noche y la luz se hace cada vez más difusa. El plano permanece fijo, uno o dos caminantes interrumpen su quietud hasta que aparecen, doblando la esquina, los dos personajes.
Ahora van abrazados, la mano de él sobre el hombro de ella, la mano de ella en su talle, avanzando hacia la cámara. Él camina con la cabeza gacha, como escrutando las baldosas antes de cada pisada (sin duda otro efecto de su torpeza adolescente). Aunque la distancia y la poca luz no permiten asegurarlo, no parecen estar hablando.
Están llegando a la mitad de la cuadra. De repente, bruscamente, en un movimiento para cuya peculiaridad es difícil encontrar una razón precisa, ambos desaparecen, introduciéndose en uno de los portales.
(El sonido describe los ruidos de fondo de la calle: algunos pájaros en sus últimos cantos, el escape de un coche.)
1.6. ENTRADA DE LA CASA DE CARLOS. INTERIOR. ANOCHECER
En la escena siguiente la cámara, en un movimiento de zoom, está entrando en el edificio. Pero la demora del movimiento hace que sólo alcance a captar a los personajes en el momento en que suben al ascensor y cierran la puerta. La mujer ha entrado última. El plano permanece fijo. (Si se tratara de un ascensor joligudiano, la escena tomaría características de repetido gag, ya que se vería que la típica aguja indicadora de los pisos llegaría hasta el sexto para luego bajar al primero e ir desde allí al quinto, donde se detiene. A revisar.)
jueves 3 de agosto
Acabo de volver del cine. Estuvimos viendo Cabaret, con Mariana y Jorge. Genial. Toda la coreografía y la música es muy buena, pero sobre todo la escena de la canción en la posada de campo, cuando las juventudes nazis ponen de pie a todo el mundo cantando lo de “Tomorrow belongs to me”. Yo había escuchado hablar de esa escena, mucho y bien, pero la sensación que da al verla es perfectamente irreproducible, del género carne de gallina. Y al mismo tiempo se entienden muy vívidamente muchas cosas que una sabía de lejos, sin consistencia, sobre la época.
Es curioso, siento que aunque ahora lo anote aquí me es imposible fijar lo que sentí. ¿Miedo, emoción culposa de emocionarse, escalofríos? No puedo. Lo único que me consuela es pensar que quizá alguna vez, cuando lea este diario dentro de mucho tiempo, estas líneas me ayuden a reencontrarme con esa sensación (o cualquier otra por el estilo). Pero no puedo describirla.
Después del cine, estuvimos tomando un café en La Giralda. Hablamos de la película, por supuesto, y Jorge insistió en que lo más significativo es cómo se muestra la imposibilidad de vivir al margen del proceso social, incluso para dos personas tan descomprometidas como liza minnelli y su amigo inglés. Mariana y yo estuvimos de acuerdo y yo aproveché para tomarle un poco el pelo a Jorge, porque la película es americana y es de lo más exótico escucharlo hablar bien de los yankis-go-home. Él terminó por aceptar que incluso a veces la gran industria del cine de Hollywood produce algo rescatable. No sé si lo habría aceptado en una discusión en los pasillos de la facultad, cuando defiende a muerte las posiciones de la juventud peronista (pero no se lo quise decir, para no ponerme hinchabolas). De todas maneras, inmediatamente después los dos contraatacaron y empezaron a contarme las experiencias que han tenido proyectando La hora de los hornos en barrios obreros y villas miseria. Dicen que ahí han descubierto la verdadera potencialidad del cine como arma política. Planean intentar una proyección en la facultad, dentro de las actividades de las cátedras nacionales. A dormir.
Estoy dando vueltas en la cama (bueno, ahora ya estoy sentada escribiendo), sin poder dormirme. No consigo dejar de pensar en Joaquín. Si pudiera separarlo de la sensación de vacío que me dejó el aborto... Pero me parece que es imposible. Temo que nunca más podamos relacionarnos como antes, siempre tendré algo que reprocharle. Es obvio que me duele, porque pasamos muy buenos momentos juntos y para mí fue muy importante. Recién en la cama pensaba que tres años son tres años, pero espero no necesitar otros tres para olvidarlo. No quiero ponerme melodramática, sólo hace una semana que no nos vemos y en última instancia me queda la posibilidad de llamarlo... Pero siento que sería inútil. Quizás mi actitud sea demasiado dura, pero él no debería haberlo contado. Creo que si no lo hubiera hecho, las heridas (eso mismo, en el sentido más literal) podrían haberse cicatrizado con un poco de cuidados. Pero lo hizo.
7-8
Estamos leyendo en clase “Los inmortales”, de Borges. Ni siquiera las tonterías que dice el imbécil de lit. arg. II consiguen empañar la belleza del cuento (ya lo había leído, hace dos o tres años, pero recién ahora lo entiendo bien). Aunque creo que ni viviendo cien mil años yo podría ser Homero. Él sí. No soporto las intervenciones de la mina de jotapé que pretende descalificarlo por reaccionario y “gorila”. Está claro que lo importante de un escritor es lo que escribe, y mientras el viejo siga escribiendo así...
12-8
Sábado. Joaquín me llamó a la tarde para invitarme a salir. Estuve por aceptar, pero al final le dije que no. No quiero que sigamos jodiéndonos mutuamente. Resultado: esta noche me quedo en casa. Menos mal que los viejos se fueron a cenar (a lo) de tía Beba. Voy a aprovechar para terminar ese trabajo para sociología del trabajo (justamente!) que me tiene podrida. A veces pienso que debería dejar socio y seguir sólo con letras, me resulta mucho más fascinante. Se puede decidir al principio del año que viene. Pienso que si largo socio voy a tener mucho más tiempo y quizá pueda conseguir un trabajo (¿qué trabajos hacen los que no saben hacer nada?) y, idea suprema, aspiración máxima, IRME A VIVIR SOLA!
Es cierto: esta casa me está asfixiando. Ya hasta mi cuarto me parece extraño, ajeno (el de latín diría que es un pleonasmo). Y los viejos no entienden que ya pasó la época en que una chica se quedaba con sus papás hasta que se casaba. Bueno, en realidad no entienden ni eso ni nada. Empezar a ver gente para conseguir laburo. Si me lo tomo en serio, quizá con un poco de suerte realmente lo consiga. Aunque pienso que ya tengo veintidós años, y que si no lo hice todavía... ¿No será que tengo un poco de miedo?
13-8 NO! NO!... y NO!
Ayer me masturbé pensando en él. Eso es hacer trampa. Estela mía. Clota maullaba detrás de la puerta. No me gusta que esté en la habitación en esas circunstancias.
14 -8
Leyendo lo de ayer, pensaba: ¿en qué se basa la condena de la masturbación femenina? ¿O ni siquiera la condenan, por inimaginable? Porque si la vieja anatema bíblica contra Onán se fundamenta en que derrama el semen que podría usar para procrear, nosotras, qué derramamos? También: ¿no dicen que “no hay que llorar sobre la leche derramada”? Hablando en serio: ¿por qué será que mi sensación posterior es totalmente distinta según cómo me masturbe? Si vacío la mente y simplemente gozo de mi cuerpo, todo bien. No problems. Pero si se me ocurre pensar (recordar, fantasear) en alguien mientras lo hago, ¡ay de mí, y la bruta
