1
Mi vuelo está cerca de aterrizar justo antes del desastre. El piloto decide esperar en el aire. Inicia una nueva vuelta sobre el aeropuerto. Me asomo por la ventanilla. Se ven la terminal aérea y algunas casitas amontonadas en los barrios cercanos a Ezeiza. Casi todo está oscuro. Si bien lo intento, no reconozco ningún monumento o edificio en particular. Todo me parece nuevo, un lugar en el que nunca estuve. O mejor dicho: una postal borrosa del pasado, la mezcla del vacío de aquel día que nos fuimos del país con los recuerdos construidos a fuerza de la insistencia de mis padres en relatar mi infancia. Al pasar por encima de la pista de aterrizaje observo que algunas luces todavía van y vienen, parpadean. Pienso que se trata de un desperfecto pasajero.
Viajo en clase turista, como siempre que me subo a un avión. Voy sentada junto a la ventanilla. Las azafatas piden que no entremos en pánico y que permanezcamos en nuestras butacas hasta que el piloto finalice las maniobras. Podremos quitarnos los cinturones de seguridad cuando estemos en tierra. Aún no lo sospecho, pero nos quedan como dos horas girando en círculos sobre el aeropuerto. Se percibe ansiedad en la tripulación.
Apenas den la orden de desocupar el Boeing 777 que me tocó en suerte voy a salir corriendo. Me siento asfixiada por primera vez en mi vida. Algo en mí quiere huir. Repaso mentalmente la sucesión de movimientos que me conducirán a la salida cuando estemos en el aeropuerto.
Ahora el piloto nos acerca a una puerta de emergencia que acaban de habilitar. Sigue las señas del guía de aterrizaje que está en la pista. Todo parece saturado. Desde aquí ya pueden verse filas de personas aglutinadas detrás de las paredes de vidrio de la terminal.
Salgo por una manga de lona. El aire es denso y húmedo. No hace frío en Buenos Aires. Aunque son casi las ocho de la noche, el sol no termina de caer. Parte de mi equipaje está en la bodega del avión. No es poco lo que una mueve cuando se muda de ciudad por tiempo indefinido. Me da pena haber tenido que dejar Ramsdale de un modo tan absurdo, casi sin poder pensarlo, sin despedirme de mis alumnos y de mi familia. Pero acá estoy ahora, y es tarde para lamentarme. Será que así debieron ser las cosas.
Miro mi teléfono. Un mensaje de Nicholas me reclama. Quiere saber dónde estoy. Quiere verme. Todavía no lo sé, pero es el último mensaje que recibiré en mi celular. De haber imaginado que iba a terminar viviendo semejante desquicio, quizá hubiera podido responderle algo antes de salir de Ramsdale. Me habría disculpado. Pero no quise pasar por otra despedida. No ahora, a esta edad.
Pienso qué palabras podría escribirle después, cuando esté ubicada en algún lugar más tranquilo y decida por fin dar respuesta a este mensaje.
«Lo siento, Nicholas. Lamento todo lo que te hice y esta situación que ahora estás viviendo».
No me gusta. Demasiado melancólica y culposa. Tengo que decirle algo más certero, algo que le haga ver la realidad.
«Nicholas, las autoridades me exigieron abandonar la universidad a cambio de preservarnos del escándalo. Sobre todo a vos. Pero en verdad sólo quieren cuidar su imagen. No le importamos a nadie. Nunca creas en las instituciones».
Pasan los minutos. No me convencen las respuestas que voy improvisando. No las anoto. Ni siquiera abro la mensajería instantánea para evitar que la batería se gaste. Además, no quiero que mi exalumno sepa que leí su reclamo. Prefiero el territorio gris e inestable de la duda. Creo que así le dolerá menos. Al fin y al cabo, el chico se había encariñado más de la cuenta. Los sentimientos siempre vienen a enturbiar todo.
Un asistente de pista se dirige a nosotros para decirnos que podemos ir acercándonos hasta el tobogán por el que están cayendo nuestras maletas. Comprendo entonces que la cinta que acarrea el equipaje tampoco se mueve. Nada que requiera energía funciona.
Nada.
Diviso mi valija a lo lejos. Es de color rojo, enorme, y está cayendo por la propia inercia de su peso. Alguien hace palanca con una barreta de metal y destraba los bultos que se frenan contra los laterales del brazo de acero, impidiendo la salida de lo que viene detrás. Se arma un atolladero de bolsos y maletas. Me adelanto en la fila y me pongo primera para buscar lo mío. Una vez que me reúno con mis cosas, corro entre los conos anaranjados hacia la Terminal A. Lo hago a una buena velocidad. Para estas cosas es mejor estar sola. Las escaleras mecánicas también están detenidas. Es raro verlas así.
Todo está inmóvil y detenido menos yo.
Me apuro.
Una señora arrastra su valija sin cuidado mientras camina casi al trote. No se da cuenta de que las rueditas, lejos de ir girando contra el piso, apuntan hacia arriba. Su equipaje va dejando una línea amarilla sobre el asfalto gris. La tela resistente se deteriora en ese roce. La mujer mira su teléfono mientras le grita al marido que se apure, que no van a conseguir taxi.
—Uber también se cayó —agrega en tono desesperado, casi a los gritos. Pienso que esa mujer está siendo presa del pánico. Esto no puede estar pasando. No puede ser. ¡Qué estoy haciendo! Sorbo el último trago de agua que le queda a mi botellita y me deshago de ella sin mirar en qué tacho la estoy tirando.
Una vez que entro a Migraciones, las luces terminan de parpadear y el apagón es definitivo. La voz que daba instrucciones por el altoparlante se interrumpe en mitad de una frase y ya no vuelve a escucharse. El murmullo general aumenta. Por suerte ya tengo mi equipaje y pude pasar por los molinetes sin demasiados problemas. Miro mi teléfono, que ahora ya no aparece conectado a la red.
El alboroto es tal que los empleados apenas revisan los pasaportes mientras la gente avanza. Como las computadoras no están funcionando, estampan los sellos de forma manual en los casilleros vacíos. La policía de seguridad aeroportuaria camina de un lado a otro igual que hormigas a las que les acaban de patear el hormiguero. Hacen un acting de rostro severo y dedos índices erectos, pero no saben nada, repiten lo que le escuchan decir al de al lado. Se les nota en la actitud la total desorientación.
La gente se amontona en colas y más colas. Todo está demorado. Algunos corren. Otros gritan. Todos quieren irse en este mismo instante.
Un responsable de Migraciones pide al personal de mostradores que nadie se mueva de su puesto de trabajo. Segundos después, anuncia que no habrá cambio de turno porque el relevo no está pudiendo ingresar al aeropuerto. Pasa un gendarme haciendo sonar un silbato. Todos lo miran, nadie se inmuta. Una de las empleadas le pega un empujón a su superior y sale corriendo. Los demás agentes lo insultan, pero vuelven obedientes a sus puestos. Me pregunto cuánto tiempo más podrá durar semejante desajuste. ¿Alguien estará trabajando en el desperfecto? La luz no puede faltar demasiado tiempo. En el fondo, todos somos electrodependientes. Chequeo una vez más mi teléfono. Sigo sin señal, sin redes sociales, sin aplicaciones. Imagino que cuando termine de hacerse de noche lo que ahora es apenas un incidente se convertirá en un verdadero caos. Tengo que actuar con normalidad y rapidez. Necesito salir del aeropuerto lo antes posible. Mi presencia y mi apellido ya no significan nada en este país. Eso es algo bueno. El caos, como siempre, juega a mi favor.
En Ramsdale, pese a las falsas promesas de las autoridades de la universidad, mi caso terminó siendo más que un rumor de pasillos, y mi cara, el blanco de ataque de padres y madres indignados. Aquí he vuelto a ser una del montón. Soy nadie. Una mujer más. Otra vez una mujer más.
2
Por fin estoy fuera de las inmediaciones de la Terminal A. Si algo hubiera explotado en ese espacio cerrado y lleno de pasajeros, las consecuencias habrían sido gravísimas. Esos enormes ventanales y paredes de vidrio me hacían sentir ahogada. El cielo se ve espléndido desde la hermética caja de cristal, pero no puede respirarse. El aire se vicia enseguida. Otra mentira del capitalismo: interiores con apariencia de amplios lugares a cielo abierto. La naturaleza como efecto decorativo.
Me inquieta que el personal del aeropuerto no sepa decirnos qué está pasando ahora. Por suerte estoy afuera. Avanzo entre manchones de césped y cemento. Respirar me calma. Pienso que antes sólo estaba escapando de mi país. Ahora, además, escapo de las fuerzas del orden del país que me acaba de recibir. Nadie miró mi pasaporte ni mis papeles. Perdido por perdido: ganado, pienso, y recobro una cuota de esperanza.
Un agente me pregunta hacia dónde me dirijo. Señalo el celular y le digo que mi familia acaba de avisarme que están todos al otro lado de las barreras de salida.
—Me esperan allá —miento impostando un español mucho más rudimentario del que en verdad puedo hablar. Creo que exagerando el acento norteamericano puedo conseguir mejor ayuda en este contexto. Ésa será mi estrategia. Sobre todo ante funcionarios y autoridades. Parecer más yankee de lo que soy, siempre sin exagerar demasiado como para que entiendan lo que quiero decirles—. Fue imposible ingresar con el automóvil aquí.
El agente insiste en que regrese. Dice que no puedo salir.
—Debe volver a la terminal de la que proviene, señorita —repite como una máquina y sin escucharme.
—Le ruego, please, que me deje pasar. Iremos con cuidado por la autopista, oficial —digo, y le extiendo, por las dudas, unos dólares que tengo en el bolsillo para acelerar su decisión.
El agente baja la vista, toma los billetes y los guarda en su chaqueta. Luego me desea un buen regreso.
Camino por calles asfaltadas que rodean las grandes playas de estacionamiento del aeropuerto. Un cartel inmenso anuncia el nombre: Ministro Pistarini. Me pregunto quién habrá sido ese hombre. Ministro de qué.
Más adelante, después de un largo rato intentando salir por alguna parte, observo que un grupo de personas golpea los techos de sus automóviles eléctricos porque no pueden ponerlos en marcha. Los que sí han logrado conducir se pelean por llegar a la salida. El atolladero es tal que a pie avanzo más rápido que todos ellos. Los gritos e insultos van en aumento; unos pocos intentan resguardarse o rezan de rodillas, mirando el cielo. Al verlos pienso que exageran, que el mundo está lleno de gente dramática y que esto muy pronto concluirá. Todavía no sé muchas de las cosas que van a pasarnos, no puedo imaginarlas. A un costado del hangar mayor se ven unas maletas abandonadas y un teléfono móvil que ha sido arrojado con furia y allí quedó, estampado contra el piso.
Un poco más allá observo que sobre las playas de estacionamiento que bordean la salida ya no quedan autos. Me acerco a uno que está completamente abierto, vacío, con las llaves en el contacto y las ventanillas bajas. Me pregunto qué habrá pasado, por qué habrá quedado así. Aunque por un momento lo visualizo, no me animo a subirme y salir conduciendo sin papeles.
Miro la batería de mi celular. Le queda un poco menos de la mitad, unas cuatro rayitas. Lo primero que voy a hacer cuando llegue a la casa que alquilé desde la Universidad de Ramsdale es darle una carga completa. Si algo me preocupa es el acceso a toda la información que guardo en mi teléfono.
Ya fuera del aeropuerto camino unos kilómetros por el borde de la banquina. Según indican los carteles, voy en dirección a la Capital Federal. No recuerdo casi nada de esta ciudad en la que nací. Sólo retengo algunas imágenes borrosas de mi infancia que no estoy segura de si son recuerdos reales o construcciones que hice a partir de fotos que me mostraron mis padres cuando fui más grande.
Argentina y los asados con amigos. Argentina y el mate. Argentina y los alfajores. Un lugar del todo asociado a los alimentos que derivan de la vaca, de su carne, de su leche, de los cueros con los que se forran los mates y se confeccionan los zapatos y las carteras. Una bruma húmeda con olor a carne asada. Eso es lo que queda de este país en mi memoria. Eso y la rayuela dibujada con un pedazo de piedra caliza en el asfalto. Mis amigas y yo cortando la calle con una soga para que los colectivos se detengan cuando la partida está empezada. El colectivero bajando a desatar un lado de la
