Esto es un muerto. La idea te golpea sin palabras, una colisión por alcance. Está frente a ti. Casi dentro de la cabina. Su rostro, su cuerpo entrevisto en el humo del radiador que vierte el refrigerante sobre la máquina que humea. La piel florece en escarlata debajo del parasol. Abre su frente ante ti. Amapola podrida. Es una mujer. Sus órganos blandos tiritando sobre el motor te lo descubren. Te observa desde el fondo de donde miran los muertos. Sus ojos quietos resplandecen en humor pacífico, en el borde de la ternura, como si viera un niño o una mascota. Sigue el humo bombeando hacia adentro y hacia el cielo, empujando la vista al blanco, como si el rojo de la sangre que baja, el parabrisas hecho confeti de plata en tu regazo, el ardor eléctrico de tu pierna izquierda, fueran el producto de una visión celestial. La mujer te resulta vagamente conocida, aunque no puedes traer al lenguaje su nombre. Te lleva y te trae esa certeza. Tampoco tienes aliento en el pecho. Tu cuerpo tiembla y se retuerce con el crepitar de un relámpago roto que nace de los nervios abiertos de tu pantorrilla izquierda. Los limpiaparabrisas funcionan y martillean la sien del rostro congelado de la pasajera súbita, en lo que no sabes si es pasmo, horror o avenencia. Intentas abrir la portezuela, pero el acero intrincado lo impide. El metal del embrague se desliza debajo de tu carne. Todo el plástico del tablero y el volante se comprimen. Las entrañas huecas de la camioneta crujen, el cortafuego reventado permite ver el motor uve seis, tosiendo aún. Esto es un muerto. Y la blancura del humo se vuelve más densa, no sabes si es incendio o vapor, pero su rostro hierático, como arquetipo de virgen, te sigue mirando. Algunas esquirlas reposan en sus cabellos y los pliegues nuevos de su rostro producen inéditas formas de la quietud. Tiene nuevas aberturas: la más grande es una herida horizontal en la frente que dobló el marco del techo. Más humo. Más blanco. Sus despojos mutilados enseñan su interior transparente. Sugiere una intimidad amorosa. El motor sigue tosiendo, acelerando, brota nube, neblina, vapor que crees que se llevará el cuerpo que yace en ese altar mecánico, junto al cofre arrugado como una hoja de papel. Hay un silbido de llanta pinchada, de silbato de tren, de viento que escapa. La reconoces de súbito en esa nueva postura que entrega la muerte. Su nombre resuena en ti como un martillo. Su rostro demudado adquiere la familiaridad de los vecinos. Tragas el grito con un coágulo de algo que te llena la boca. No haces ruido. Esto es un muerto y el horror te atenaza, pero no por verla, sino porque sus labios frente a ti parecen tranquilos, entreabiertos, meditando algo que va a decir y tú no podrás ya escuchar.
ACERERO
Catch the play now, eye to eye.
Don’t let chances pass you by.
Always someone at your back,
binding their time for attack.
JUDAS PRIEST, “Steeler”
1
Él dijo que lo esperara para comer.
Carolina mira el reloj de su teléfono. Se sienta en la mesa de la cocina.
Todavía no decide exactamente cómo le dirá que lo abandona. No sabe si será una gran pelea o él, como de costumbre, se quedará callado. Si intentará detenerla. Si formulará promesas de que todo va a cambiar. Tampoco está segura de qué hará si llegan a eso. Si aceptará. Si negociarán una última oportunidad.
Espera. No le ofrece de comer a la niña aún. Deja que se entretenga con la televisión encendida. No hay mensaje, ni llamada. La pequeña juega con unos carritos en el suelo.
Mira al perro. Está echado de lado, dormido.
Carolina se levanta. Aprovecha el tiempo para secar los platos y colocarlos en las gavetas. Despega las tortillas, pero no las pone en el comal. Sirve la mesa. Corta limón y pone una jarra de agua fresca.
Por encima de la televisión se meten los gritos de unos niños que pelotean en la calle. Se levanta y revisa la cacerola que se entibia. La niña sigue de rodillas. El perro, inmóvil. La luz grisácea se abre paso entre las nubes deshilachadas hasta iluminar el interior de la casa. Junto al pasillo hay dos maletas hechas con ropa suya y de la niña. El día afuera está lleno de viento y de neblina que se pasea con velocidad a ras de la autopista y la falda de la montaña. Cree que podría llover, pero los días blancos ya no tienen significado en la ciudad.
La mujer observa a la niña en el sillón. Le molesta que pase tanto tiempo ante las pantallas. Quisiera que jugara más. Odia el silencio de esa casa. A Carolina se le hunden las palabras en la boca. Toma el secamanos y lo restriega. Odia los automóviles. Son una pérdida de tiempo y de dinero. Odia la camioneta, el motor uve seis que está abandonado en la cochera, el olor de las camisas de su esposo a aceite quemado. Hace mucho que abandonó la idea de discutir. Si él no entendió después de su accidente, los reproches no servirán de nada.
Él habla poco y sus palabras suenan a sentencias. Si llega tarde, avisa. Por eso le extraña que aún no tenga noticias suyas. Revisa de nuevo el celular, la hora, los mensajes. Es suficiente.
—¿No quieres venir a comer? —lo dice para que deje la televisión.
La niña acepta. Se levanta y va hasta donde su madre ya está sirviendo en un plato hondo de plástico una cucharada de puré de papas.
Sobre los juegos de los niños, el goteo del agua en el lavadero y el sonido de la cuchara al rascar la cacerola, se oye un rechinido de llantas.
Suena lejano. Después un impacto de estrépito, acompañado del retumbo del metal y el vidrio. El perro levanta la cabeza y mira a la puerta. Un claxon se queda pegado. Carolina en un principio no hace nada. Se queda en silencio. El choque es en la autopista. Consulta el reloj.
Camina hasta la puerta. No sabe para qué, agarra el teléfono y sin dudar marca el número de su esposo mientras sale al porche. Al abrir la puerta el perro aprovecha para salir a husmear a la calle. Carolina mira el terraplén frente a la casa que se eleva una decena de metros en un montículo hasta que inicia la autopista a Saltillo.
El claxon horada las paredes de los cerros con cuevas blancas. Se encima con el tono de llamada en su oído. Ha visto suficientes tráileres en llamas.
El perro husmea en la basura del vecino. No se ve nada desde ahí. La mujer no sabe si los niños han dejado de jugar o si el sonido del claxon lo tapa todo. Hay neblina en la carretera. El teléfono en su oreja timbra, pero nadie contesta.
Desiste.
Mira hacia arriba. Sólo ve el montículo en donde sobresalen raíces, matorrales y algo de basura, y encima de todo una columna de humo negro aparece. Después la nube tupida que borra el cerro. Otros vecinos salen.
La bocina no termina de sonar. Llama al perro para que vuelva. El animal la ignora. Al darse media vuelta para entrar a casa, ve en el umbral de la puerta a la niña mirándola en silencio.
Después suena una especie de detonación. Como un racimo de disparos que se trompicaran los unos sobre los otros hasta formar un solo estampido. Repica de manera aguda contra la sierra que devuelve el eco de pedernal afilándose.
Agarra a la niña y caminan al fondo del pasillo hasta el baño. Quiere que ese claxon se calle de una vez. Junto a la regadera, donde resguarda a la pequeña, se queda un momento pensando en volver a marcar a su esposo que aún no vuelve, como prometió, a la hora de comer.
2
El hedor del aliento alcohólico la alarma. No distingue si es de hombre o de mujer el cuerpo que se lanza sobre ella. Le manosea las tetas y los muslos. Murmura algo, pero no puede distinguir las palabras entre los jadeos. Le mete una mano debajo del pantalón anaranjado del uniforme de la prisión. Ella intenta gritar. Abre la boca, pero de su interior sale un bocinazo de autobús.
Despierta. Es sueño o recuerdo.
La Muerta se arrellana en el asiento de vinil y aprieta, por última vez en el día, la palanca de cambios adornada con una bola de abedul. Es la única forma en la cabina que puede tocar madera.
Está fastidiada del tráfico diurno, del río de carrocerías de plástico que serpentea las calles. La noche le incomoda porque debe buscar un lugar donde estacionarse para dormir. No regresa, desde hace días, al cuarto que renta en la parte superior del taller mecánico donde encontró trabajo.
Se dice a sí misma que es porque detesta el silencio de su habitación. Pero es porque hace dos días alguien llamó a su puerta en la madrugada. Aporrearon la cortina metálica con vehemencia, como lo haría un policía o un hombre borracho. Prefiere evitar a cualquiera de los dos.
Mejor moverse. Duerme más tranquila a la orilla de alguna avenida concurrida donde siempre, no importa la hora, circulan automóviles. La atmósfera la tranquiliza: el resplandor de los espectaculares superpuestos, la simetría de las farolas encajadas en hileras interminables, el trajín de los choferes anónimos que iluminan su paso a través de espirales de concreto.
Se recoge el pelo y suspira. Abre la ventanilla para que circule aire. A lo lejos una pareja discute a gritos. Esta noche no pescó nada de acción. Su camioneta, estacionada frente a una tienda de electrodomésticos, luce cual bestia dormida. Al frente hay un letrero de un restaurante de hamburguesas que se refleja en el parabrisas. Le llega a la nariz un vago olor a hamburguesa. La Muerta alarga la mano hasta el volante al bostezar y cuando está a punto de cerrar los ojos y hundirse en su sudadera para recuperar el sueño, un zumbido le electrifica la nuca.
Es lo que esperaba. Semejante a un perro que huele a la presa se incorpora y enciende la Chevy pick up del cincuenta y cinco, negra mate. El motor ele ese seis punto dos turbocargado bufa. Las gomas chillan al incorporarse con el torque al máximo a la avenida Gonzalitos al sur. Hiende la uña en la bola de abedul de la palanca de la trasmisión.
Rebasa a un par de coches de conductores somnolientos.
Éste es su tiempo. El asfalto limpio en sus cuatro carriles y no el tedio sumiso del tráfico diurno. A la Muerta se le dibuja media sonrisa en los labios al distinguir que el vehículo que zumbó frente a ella también es una camioneta: un punto blanco con faros rojos que dibuja tenues parábolas sobre la estela gris resplandeciente.
Aprovecha que el corredor no la ha visto para dejar caer todo su peso sobre el acelerador y sacarle el mayor partido posible a la recta sobre el puente. Dentro del monoblock de aluminio, el caballaje galopa sobre pistones rusientes.
Al llegar a la curva para incorporarse a Morones Prieto al oeste, la camioneta reduce la marcha lo suficiente para reconocer una pequeña pick up Caddy de Volkswagen. Blanco impecable moteado por el caleidoscópico fulgor nocturno de la urbe.
Recupera distancia. Morones serpentea con vértices suaves junto al río. La Muerta sabe que en esas ondulaciones su Chevy tiene la ventaja. La carrocería tiembla igual que el fuselaje de una máquina a punto de despegar. Mete los cambios como si encajara una navaja en la entrepierna de un violador.
De pronto la Caddy desacelera. Rueda casi en neutral y en la quietud de los movimientos relativos, ambos vehículos se sincronizan en paralelo. La mujer arquea las cejas. La puerta de la camioneta blanca tiene dibujado un conejo con un casco de cuero y lentes de piloto. El conductor, resplandeciendo ante la luz verdosa del tablero de instrumentos, tiene un cubrebocas. La mira. En la oscuridad parece un cráneo oblongo y limpio. Hace una breve seña con la mano, pidiendo que se aparte y acto seguido pisa el acelerador volteando al frente.
La Chevy ruge y sobrevuela el asfalto con la sonrisa invertida de la parrilla negra. Apenas roza el ápice de las curvas, dejando restos de goma entre la grava y el aceite. La Caddy zumba cual mosco y avanza en un eslalon entre el tráfico desperdigado.
Todo el aburrimiento se deshace. Cuando escucha la tierra golpear contra las polveras y las luces en serie de las luminarias circulan ante ella en forma de estrobos flamígeros, vive de nuevo. Recupera esos gloriosos nueve segundos del cuarto de milla de Austin, donde era invencible.
Durante un momento el conejo blanco es un par de puntos rojos en la noche.
En el cuarto de milla, la Chevy la vencería sin problemas. En el zigzag de las carreras callejeras, cuantas más elipses y tráfico, más tiene que bombear los frenos para que la camioneta no pierda el control.
La Muerta se inclina sobre el volante porque quiere sentir que el mundo se precipita frente a ella en una secuencia a tiempo acelerada. Las líneas paralelas de los carriles, la ondulación perpetua en los peraltes de la avenida, el desdoblamiento en serie de las luces de la ciudad desperdigadas en los cerros alrededor son una obra de arte obsesiva y fascinante.
Es un vértigo de muerte lo que le borra el letargo de las horas de espera. Un simulacro de huida a ninguna parte. A recuperar lo que no puede: su pasado, su hija. Todo lo que dejó atrás desde que la deportaron. De poder pisotear con el acelerador la cara de la señora que desconfía de los repuestos cobrados en las facturas que ella ni siquiera elabora; atropellar al puto gringo que reportó su camioneta como robada después de que se la ganara limpiamente en la pista; clavarle la palanca de cambios a las miradas del gerente a su trasero cuando se inclina al interior de un vehículo para oler el aceite de la transmisión; chocar al pocohombre hijo de puta que grita un piropo marrullero desde la ventana de un automóvil en movimiento. Al fin, todo el silencio acumulado en ese cuartucho de mala muerte que tiene que habitar mientras junta el dinero y las ganas para volver a cruzar la frontera.
Lo hace por lo que la invade en cada poro del cuerpo: adrenalina. La posibilidad de perder el control. De mantenerse siempre en la orilla del límite que sabe que si traspasa terminará con las llantas boca arriba. Sigue al conejo blanco creyendo que al final del camino se hallará el sentido de lo que hace en esa ciudad hostil que la recibió a patadas.
Dejan atrás las caras atónitas de los obreros que regresan a su casa con una bolsa de plástico en la mano, los oficinistas semiebrios que salen tarde del bar, los faquires callejeros que con una antorcha en la mano escuchan el reverberar de la tierra con la revolución de los cigüeñales en los motores.
Equilibradas en sus desventajas. La Chevrolet parece una orca asesina que corta el trazado en la geometría inflexible de la línea recta. La Volkswagen en el circular de una infidelidad perpetua al tocar sólo los vértices de cada curva avanza como una liebre entre el monte.
En cuestión de minutos llegan a la salida a la autopista a Saltillo.
La Caddy ruge una vez más, pero sin tracción. Se introduce en las sombras debajo del puente de la autopista. Desacelera. Enciende las intermitentes. Se dirige a la Huasteca. La Muerta percibe o se imagina un olor penetrante a hamburguesa. Las paredes de los cañones blancos brillan en la oscuridad cual témpanos de hielo. Las luminarias, en esta zona esporádicas y raras, parpadean tiñendo la calle de amarillo.
Las camionetas ya no corren. Circulan revolucionando el motor en punto muerto: dos amantes que jalan aire después de un encuentro amoroso.
La Caddy se introduce en un establecimiento con las luces encendidas. La Muerta la sigue y al apagar la Chevy escucha a lo lejos música tronando de bajo sexto y acordeón. Una polca a todo volumen, como si hubiera un baile cerca. Debajo de ella, los metales de la camioneta crujen al enfriarse. Ve un letrero iluminado: “El Palacio de Fierro”.
El conductor de la camioneta blanca se baja. Aún tiene puesto el cubrebocas. Se acerca hasta la ventanilla. La Muerta ve a un hombre de ojos rasgados y cráneo limpio que espeta en un lenguaje extranjero:
— Mwo hajaneungeojyo? Geunyang gal gil gasijyo.
3
Joaquín “la Tortuga” Urdiales despierta de un sueño turbulento. Mira el techo y las grietas que corren en él. Parecen un mapa de carreteras. No recuerda nada en concreto de la pesadilla, sólo que es referente a su mujer muerta. Tarda unos momentos en caer en la cuenta de que el fallecido esta vez es su hijo.
Saca un cigarro de una cajetilla que está sobre la mesa, junto a una cámara Polaroid y una bolsa con ropa. Hace diecisiete años que no fuma. Enciende uno y aspira una larga bocanada. En la pared hay varios retratos. De su padre, de su madre, de Marlén su mujer muerta y algunos recortes deportivos y de empresarios regiomontanos. Hay un clavo sin foto.
Hace tiempo que no pensaba en el accidente. Pero ahora le resulta inevitable. Algo del sueño le vuelve: ahora él está prensado en un Pointer rojo y su mujer le da de comer. Aprieta los nudillos e intenta borrar las imágenes de su cabeza. En parte por eso no quiso saber sobre la muerte de Archibaldo. Algo se acabaría de quebrar dentro de él.
Se acerca a los marcos de las fotografías y, aunque no hace falta, los endereza.
Afuera se escuchan los niños que no dejan de jugar futbol.
Retira un marco de la pared. La imagen es de Ricardo Prieto, dueño de la Fundición Cóndor. Un retrato de estudio, con la marca de agua del fotógrafo estampada en la parte de abajo. La instantánea no es tan vieja. Prieto aún mantenía cierta lozanía que no le encontró la última vez que lo vio. Lo muestra con la boca apretada como si quisiera golpear al fotógrafo que le pidió una sonrisa. El traje sin corbata deja ver una quemadura que el maquillaje no pudo disimular. Saca el papel del marco y sale al porche a deshacerse de ella. La rompe por la mitad.
Afuera descansa su camioneta: una Dodge pick up del sesenta y tres. Parece una pieza de artillería. La parrilla delantera luce cual mascarón de proa enmarcado en un esqueleto verde y abollado. La pintura descascarada muestra los estragos del sol y los elementos. Tiene una tortuga dibujada en una de las polveras de la caja California. El parabrisas luce en medio una raja plateada en zigzag. Las llantas con rines de diecisiete pulgadas no visten más adorno que aerosol negro mate sobre los cubos y birlos de acero.
La Tortuga mira a los niños. Ellos bajan la intensidad de los gritos. De vez en cuando el balón rebota sobre la carrocería y él cree que su presencia en el porche los obliga a ser más cuidadosos. Con el cigarro lanza bocanadas de humo al atardecer. Carraspea un poco. Tose. Mira con más atención a Juan Pablo, uno de los chicos que intenta hacer un remate de volea y falla.
Después de un rato vuelve a entrar a la casa. Afuera se escucha el cloqueo sordo de unas gallinas en el patio. Camina a la alacena para ver si aún hay suficiente maíz para toda la semana. Ahora que Archibaldo no está, deberá de formarse el hábito de alimentarlas. Por lo menos hasta saber qué hacer con ellas. En la mesa de la cocina, junto a las pertenencias de su hijo, hay un cheque de indemnización y un acuerdo legal que firmó para poder sacar el cuerpo de la Cruz Verde. Junto a la Polaroid también están sus armas reglamentarias: una Glock y un Bushmaster Masada desarmado y limpio.
No tiene un cenicero a mano.
No sabe cómo explicarlo. Las palabras que puede hilar no le alcanzan para verbalizar su inquietud. Pero sabe, por lo bajo, que la zozobra que lo invade no es por la muerte de su hijo, sino porque Archibaldo era el último recuerdo que tenía de ella. Ahora no queda nada que dijera que Marlén pisó la tierra, salvo algunas fotografías oxidadas.
Entra a la que fue habitación de Archibaldo. Le asquea la ropa tirada y el olor a sudor agrio. Abre la ventana y ve un cenicero sobre unos papeles. Se sienta sobre la cama y exhala de nuevo. Tose un poco. Con la vista enumera las cosas que desechará. Mañana termina su permiso de trabajo e inventará una rutina que no le pertenece. Quizá mate, una a una, a las gallinas que engorda en el jardín para comerlas cada sábado. A los gallos los venderá.
Mejor empezar cuanto antes. Va por una bolsa de basura a la cocina. Escucha a los niños más cerca, más fuerte. Toma los papeles de la mesa de noche. Hay una carpeta de pastas de cuero rojo. Deben ser los documentos que le pidió Prieto. Mete los papeles en la bolsa, pero se detiene a hojear el cartapacio. Afuera, mezclándose con la gritería infantil, suenan las gallinas andando en sus jaulas.
La carpeta contiene un montón de fotografías. En la primera hay dos hombres abrazados. Un rostro familiar: el de un joven Ricardo Prieto, el dueño de la Fundición Cóndor. Es una imagen antigua. Abajo, con letra manuscrita dice: “Le Mans, mil novecientos cincuenta y cinco”.
Gira la página y de nuevo hay una foto borrosa con la misma leyenda. No se distinguen figuras humanas. Parecen destellos de un incendio, aunque la fotografía es ilegible. Piensa en cuánto estaría dispuesto a pagar el viejo por esa basura.
Da una calada y el cigarro se queda prendido en la comisura de la boca al dar la vuelta a la página.
La fotografía a blanco y negro es la de un Chevrolet Bel-Air cuyo modelo no puede identificar porque está destrozado. El motor salió despedido y del frente sólo queda el radiador desgarrado y una viga metálica que pudo ser la fascia. El cofre, arrebujado, descansa en una polvera abollada. La cajuela está abierta, falta una rueda y la portezuela yace desunida del marco. Del parabrisas sólo quedan algunos restos y en el revestimiento de acero hay una cabeza humana reventada. Por los cabellos diría que es femenina. Un líquido espeso y negro escurre hasta mezclarse en el asfalto y otros fluidos provenientes de la máquina.
Tortuga apenas nota que el pulso se acelera. Deja el cigarro en el cenicero. Traga saliva y gira la página. De nuevo otra imagen aún más cruda por su detalle, ya no ofrece un plano general, sino un acercamiento obsceno a una cabina demolida de un auto inidentificable. Las esponjas de los asientos se asoman en todos lados. El tablero escupe cables eléctricos. En el interior hay un pasajero en la parte de atrás al que le falta un brazo y al frente, hundido en el volante, el piloto sangra por los oídos.
A Urdiales se le escapa un resoplido como de quien acaba de recibir un golpe en el estómago. En la página de enfrente hay una imagen similar que muestra un carro calcinado hasta casi desaparecer en el asfalto: lo único que alcanza a distinguir antes de pasar la hoja es el motor uve ocho al frente y una silueta de un esqueleto carbonizado. Las instantáneas se repiten en términos similares: hierros retorcidos, tapices con manchas negras, ruedas boca arriba, decapitados, tableros rotos, rostros borrados al visitar el vidrio del parabrisas, la piel del tapiz saltada entre trozos de plástico y miembros humanos.
Tortuga respira más rápido; se agita como si estuviera al borde de la eyaculación o el ataque de pánico. Las imágenes son tantas que al pasarlas apenas las entiende: un caleidoscopio de muerte y acero. Sus ojos se dirigen a la comunión contranatural entre la carne blanda con el metal cóncavo: cuerpos iluminados en llamas azules, piernas pulverizadas contra los amortiguadores, cabezas deformadas al estrellarse contra el techo, hombros agujerados por palancas, pedales y vistas interiores, barras de dirección perforando los gaznates de los conductores, la fusión final entre la piel y el vinil en un incendio fulgurante.
Aunque lo intenta, no puede evitar imaginar los cuerpos con el rostro de Marlén, su mujer. Accidentes frontales con cuerpos abiertos como flores echadas a perder. Sobre todo los que tienen los ojos abiertos. Conforme avanza predominan las fotografías instantáneas. Deja correr las páginas con el dedo pulgar hasta llegar al final. Su cuerpo se paraliza. El cigarro, olvidado en el cenicero, se consume hasta el filtro.
En la última imagen está su propio hijo, Archibaldo Urdiales, desnudo mirando al vacío, retorcido sobre el cofre de su Dodge pick up del sesenta y tres. Tiene manchas de sangre artificial, los ojos mirando al vacío y una erección que toca la pintura descarapelada de la camioneta.
Tortuga jala aire cual carburador. El cuerpo le suda, aunque siente frío bajar desde la base de la nuca. Una especie de nudo le va subiendo desde las tripas hasta el cuello en donde se atora. Es rabia. Aprieta los puños y sus pensamientos giran en un carrusel sin forma: Ricardo Prieto, Marlén, Archibaldo. Afuera uno de los niños grita y se escucha la pelota de futbol golpear contra la chapa metálica de su camioneta.
Cierra el álbum con los ojos inyectados. Imagina el balón tocando la pintura verde justo donde acaba de ver el glande endurecido de su hijo muerto tocar la carrocería. Desea salir de nuevo al porche. Pero no quiere armar otro escándalo en la colonia. Saca otro cigarro. No sabe por dónde empezar a tirar todo a la basura.
4
El metal grazna en el momento en que los motores recorren la distancia de la caja de volteo. Luego estruendo al caer. Forman una pila de varios metros. El Acerero se coloca detrás del tráiler para verlos rodar.
En el patio se ven varias pilas de máquinas similares. Otras son de monoblock limpio y quebrado. Aparte de eso hay contenedores industriales, un trascabo, una grúa de diez metros de alto y unas barracas para los trabajadores. El sol negro emborronado se refracta en las piezas de metal y las manchas de aceite en el lodo. Un grupo de libélulas verdes se aparea entre el hedor de grasa quemada.
Apenas el tráiler resopla al encenderse y ya están todos encima del material. El Acerero, al avanzar cojeando, escucha quejas. Entre los hombres se destaca una mujer que apenas habla y mira con curiosidad desde lejos. Otra vez son motores quemados. Pocas cosas que sirvan. Las máquinas no están cubiertas de grasa negra. Lucen anaranjados, con una gruesa capa de óxido. El aluminio de las cabezas, campanas, depósitos de aceite y barcos de admisión se derritió. Los hilos del metal plateado llenan los huecos y pliegues de hierro.
El Acerero, al acercarse sosteniéndose de la pierna izquierda, examina motores. Los cilindros están expuestos como un costillar mondo. El hierro se funde a mil quinientos treinta y ocho grados centígrados. No puede concebir ese calor. Lo del aluminio es común. Se funde a menos de la mitad. Seiscientos sesenta grad
