La coleccionista de historias

Sally Page

Fragmento

1. El comienzo de la historia

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El comienzo de la historia

Los lunes tienen un orden muy particular: risas para empezar; tristeza hacia el final del día. Como sujetalibros disparejos, estas son las cosas que apuntalan su lunes. Lo ha dispuesto así a propósito, porque la perspectiva de las risas la ayuda a levantarse de la cama y le da fuerzas para lo que viene después.

Janice ha descubierto que una buena asistenta puede dictar con bastante exactitud sus días y sus horas y, lo que es más importante para el equilibrio de su lunes, el orden en el que va a realizar la limpieza un día en particular. Todo el mundo sabe lo difícil que resulta encontrar asistentas de fiar y parece que un sorprendente número de personas de Cambridge han descubierto que Janice es una asistenta excepcional. No está muy segura de a qué se refieren con el elogio de «excepcional» que ha oído cuando hay invitadas a tomar café en las casas donde trabaja. Sabe que no es una mujer excepcional. Pero ¿es una buena asistenta? Sí, cree que sí lo es. Desde luego, tiene bastante experiencia. Solo espera que esta no sea la historia que resuma su vida: «limpiaba bien». Al bajar del autobús, saluda con la cabeza al conductor para apartar ese pensamiento cada vez más recurrente. Él le responde asintiendo y ella tiene la fugaz sensación de que va a decirle algo, pero, entonces, las puertas del autobús suspiran como si exhalaran y se cierran con una sacudida.

Cuando el autobús se aleja, se queda mirando al otro lado de la calle, a una larga y arbolada avenida de casas adosadas. Algunas de las ventanas de las casas resplandecen con luz; otras están en sombra y a oscuras. Se imagina que hay muchas historias ocultas tras todas esas ventanas, pero esta mañana solo le interesa una. Es la historia del hombre que vive en la laberíntica casa eduardiana de la esquina: Geordie Bowman. Cree que sus otros clientes no han conocido nunca a Geordie y sabe que es poco probable que se vayan a conocer gracias a ella, pues no es esa la forma en que Janice piensa que su mundo debería funcionar. Pero, por supuesto, sí que han oído hablar de Geordie Bowman. Todo el mundo ha oído hablar de Geordie Bowman.

Geordie lleva más de cuarenta años viviendo en la misma casa. Al principio, ocupó una habitación como inquilino, porque los alquileres en Cambridge eran considerablemente más baratos que en Londres, donde él trabajaba. Y al final, cuando se casó, terminó comprándole la casa a su casera. Su mujer y él no soportaban tener que echar a los demás huéspedes, así que su creciente familia vivió acompañada por una mezcla de pintores, profesores y estudiantes hasta que, de uno en uno, se fueron marchando por voluntad propia. Era entonces cuando empezaba la disputa por la habitación que había quedado libre recientemente.

—John era el más astuto —recuerda a menudo Geordie con orgullo—. Metía dentro sus cosas antes de que ellos hubiesen terminado de hacer las maletas.

John es el hijo mayor de Geordie y ahora vive en Yorkshire con su propia familia. El resto de la prole de Geordie está desperdigada por el mundo, pero vienen de visita siempre que pueden. Su querida esposa, Annie, murió hace varios años pero nada ha cambiado en la casa desde que ella se fue. Cada semana, Janice riega sus plantas, algunas de ellas ahora del tamaño de pequeños arbustos, y quita el polvo a su colección de novelas de escritores estadounidenses. Geordie anima a Janice a que coja alguna prestada y, a veces, ella se lleva a casa una de Harper Lee o Mark Twain para sumarlas a su selección de cómodas lecturas.

Geordie ha abierto la puerta antes de que ella saque la llave.

—Dicen que no hay nada como hacer las cosas en el momento oportuno —exclama él. Geordie siempre tiene magníficas citas y la voz perfecta para ellas—. Entra y empecemos por un café.

Ese es el pie para que ella le prepare un café fuerte, con mucha leche caliente, tal y como a Geordie le gusta y exactamente como Annie solía prepararlo. No le importa. La mayoría de las veces Geordie se las apaña solo, cuando no está en Londres, en el extranjero o en el pub, y ella cree que Annie aprobaría que Janice le mime de vez en cuando.

La historia de Geordie es de sus preferidas. Le recuerda la fortaleza que hay dentro de las personas. También hay algo en ella que está relacionado con lo de hacer uso de tus propios talentos, pero no le gusta pensar mucho en eso. Es demasiado parecido a las historias de la Biblia de su infancia y hace que le recuerde a su propia falta de talento. Así que aparta esos pensamientos y se concentra en la fortaleza, como demostró el muchacho que luego se convertiría en Geordie Bowman.

Geordie, como era de esperar, se crio en Newcastle. Ella cree que su verdadero nombre es John o quizá Jimmy, ya no está segura; con el tiempo, terminó convirtiéndose simplemente en «Geordie». Vivía en las calles próximas a los muelles, donde trabajaba su padre. Tenían un perro que su padre adoraba, más que a su hijo, y un mueble-bar con forma de góndola que era el orgullo y deleite de la familia, hasta que inventaron las pantallas de plasma. Una noche, cuando Geordie tenía catorce años, salió a las calles de Newcastle. El perro de la familia había mordido al vecino y su padre estaba sediento de sangre, la del vecino. Como la razón y la lógica brillaban por su ausencia, Geordie salió por patas por la puerta de atrás. Era una noche fría con nieve en el suelo y Geordie solo llevaba una chaqueta fina. Aun así, no tenía ganas de estar en casa, así que, en lugar de girar a la derecha para ir a los muelles, giró a la izquierda y se metió por un callejón para colarse por la puerta lateral del ayuntamiento de Newcastle.

En la sala de conciertos, Geordie se subió al gallinero, donde hacía más calor y era poco probable que le vieran. Y ahí estaba, escondido tras unos focos para estar más calentito, mientras se comía una chocolatina que había birlado del quiosco, cuando empezaron los cantos. La primera nota elevada atravesó el pecho de Geordie como una jabalina, dejándolo inmóvil. Nunca había oído hablar de la ópera, y mucho menos la había escuchado, pero aquella música se dirigía directamente a él. Más tarde, en entrevistas en televisión, Geordie diría que, cuando muriera y le abrieran en canal, encontrarían la partitura de La Bohème envolviéndole el corazón.

Regresó a casa durante unos días, unas semanas, no estaba seguro de cuánto tiempo. En aquella época, se le ocurrió un plan. Nunca había oído hablar de ópera en el noreste, así que supuso que no era el sitio donde debía quedarse. Tenía que irse a Londres. Seguramente sería ese el hogar de la ópera. El hogar de todo lo que fuera elegante. Necesitaba llegar a Londres. Pero, sin dinero, el tren o el autobús quedaban descartados. Así que la respuesta fue que tendría que ir andando. Y eso es exactamente lo que hizo. Llenó una mochila con toda la comida que cabía en ella y una botella que robó de la góndola y se dirigió hacia el sur. Por el camino, conoció a un vagabundo que le acompañó durante gran parte del trayecto. En ese tiempo, el vagabundo le enseñó cosas que le podrían ser de utilidad en la ciudad y también cómo mantener la ropa limpia durante el viaje. Consistía en coger ropa limpia de un tendedero y sustituir la ropa robada por la sucia que llevaban puesta. Hicieron eso mismo en el siguiente tendedero que encontraron, y así sucesivamente.

Una vez llegado a Londres, Geordie recorrió varias salas de conciertos, después de que el vagabundo le diera una lista de sitios en los que probar, y terminó encontrando trabajo como utilero. El resto es historia.

El marido de Janice, Mike, no ha conocido nunca a Geordie. Pero eso no le impide hablar de él en el pub como si se tratara de un viejo amigo. Janice no le contradice en público, aunque Mike no se muestra agradecido por ello; en su mente, ha mantenido charlas con Geordie en muchas ocasiones. Mientras él habla del tenor mundialmente conocido («Era el preferido de la reina, ya sabes»), ella se aferra a la idea de que ese encuentro no va a hacerse realidad nunca en la vida. En algunas ocasiones que él ha «ido un momento al baño» y la ha dejado pagando la cuenta, otra vez, ella piensa en Geordie cantándole una de sus arias preferidas mientras le limpia el horno. Últimamente, Geordie canta más alto que nunca y eso ha empezado a preocuparla, pues también ha notado que, a veces, tiene que gritarle para llamar su atención y que no oye algunas de las cosas que le dice.

Después del café, Geordie no puede resistirse a seguir a Janice por la casa. Se queda en la puerta mientras ella limpia la estufa de leña y vuelve a llenarla de astillas y troncos. Parece que necesita un poco de persuasión. Para tratarse de un hombre tan grande, puede ser sorprendentemente tímido a la hora de expresarse.

—¿Ha estado fuera? —pregunta Janice con la esperanza de que eso le haga decir lo que de verdad quiere contarle.

Lo consigue a la primera y él le sonríe.

—Solo unos días en Londres. Por allí te encuentras con verdaderos capullos, niña.

—Ya me imagino. —Espera que esto sirva como aliento suficiente.

Y así es.

—Viajaba en el metro y subió un auténtico imbécil. Estaba lleno, pero no demasiado. Ya sabes, todos íbamos como podíamos. Y ese pijo gilipollas entra en el último momento antes de que se cierre la puerta y empieza a gesticular…

Entonces, Geordie hace una imitación bastante buena del capullo pijo haciendo sonreír a Janice. No se había equivocado; sabía que era con Geordie con quien debía empezar el día, la semana.

El gilipollas pijo de Geordie está en pleno discurso.

—«Eh, venga ya. Moveos un poco. Seguro que hay sitio si la gente se mueve un poco. Hay espacio suficiente. ¡En serio! Venga ya, moveos por el vagón».

Geordie hace una pausa para asegurarse de que tiene la atención de ella.

—Y es entonces cuando oí una voz que venía del otro extremo del vagón. Otro tipo, un londinense, diría yo. En fin, que le grita: «Abre un poco más esa bocaza, tío. Seguro que podríamos meter en ella a un par».

Janice suelta una carcajada.

—Eso hizo que cerrara el pico. —Geordie está encantado por la reacción de ella.

A Janice no la engaña. Sabe que fue Geordie el que gritó eso en el metro. Fue él quien dejó sin habla a ese capullo. Es demasiado modesto como para decirlo, pero ella lo sabe. Casi puede oír su voz bramando por el vagón y el estallido de carcajadas agradecidas a su alrededor.

Encantado con la reacción de ella, la deja para que siga con su trabajo. Janice coge el plumero. Quizá estar con personas como Geordie debería bastarle. Muchas de las personas para las que limpia aportan algo especial a su vida y espera que, aunque sea un poco, ella aporte algo a las de ellas. Se detiene con el plumero a medio camino hacia un estante. La verdad es que se siente insegura, inquieta. Estas son historias de otras personas. Si ella representa algún papel en ellas sabe que es pequeño, un extra. Piensa de nuevo en el Tesoro Nacional e intenta imaginársela en la sala de música de Geordie, con el plumero levantado por encima de las estanterías de partituras de música. ¿Sería esto suficiente para el Tesoro Nacional? ¿Se contentaría con esto? Continúa quitando el polvo, avergonzada incluso de haberlo preguntado.

Janice ve otra vez a Geordie cuando está saliendo para comer algo y dirigirse después a su siguiente trabajo como asistenta. En la calle el cielo está gris y puede sentir el desagradable aire de febrero filtrándose por la rendija de la puerta. Geordie la ayuda a ponerse el abrigo.

—Gracias, voy a necesitarlo. El día se está enfriando.

—Más vale que te cuides si te estás resfriando —le sugiere él.

—No, yo estoy bien —vuelve a intentarlo, esta vez a todo volumen—: Solo digo que hace frío.

Él le pasa su bufanda.

—Bueno, pues hasta la semana que viene. Y cuídate ese resfriado.

Ella se rinde.

—Ya me encuentro mejor —le dice, con toda sinceridad.

Mientras él cierra la puerta tras ella, Janice se pregunta si la historia de la vida es una tragedia cómica o una comedia trágica.

2. Historias de familia

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Historias de familia

—Por supuesto que todas las bibliotecas tienen fantasmas. Todo el mundo sabe que a los fantasmas les gusta leer.

El joven que baja los escalones de la biblioteca habla seriamente con su acompañante, una chica de unos veinticinco años. Janice desearía tener tiempo para poder seguirles, continuar oyendo su conversación y saber más sobre esos fantasmas. Él parece estar completamente seguro de lo que dice, como si le estuviese explicando a su amiga que hay pájaros en el aire y nubes en el cielo. Janice se queda fascinada con la idea de que haya fantasmas en la biblioteca y se pregunta si verá a alguno hoy. A menudo, se pasa por la biblioteca a la hora del almuerzo para cambiar un libro y comerse a escondidas un sándwich en una mesa del fondo entre las estanterías.

Hoy no hay ningún fantasma, solo las hermanas, pues las dos bibliotecarias no pueden ser otra cosa que hermanas. Tienen el mismo y particular tono castaño de pelo, veteado por mechas rubias rojizas con toques cobrizos. Una de las hermanas luce una melena hasta el hombro, rizada por abajo; la otra lleva una trenza larga ligeramente desviada hacia un lado. A Janice le recuerda a una niña pequeña, aunque esta hermana debe de estar cerca de los cincuenta años. Janice cree que le queda bien y le gusta el modo en que ha entrelazado sus mechones multicolor en la trenza. Janice sabe poco sobre ellas aparte de que son hermanas de verdad y que son cuatro en total. La menor de las hermanas, la que lleva el pelo suelto, le había dicho una vez: «Nuestra madre tuvo cuatro hijas. Nuestro padre nunca pudo tener un chico». Su hermana mayor hizo hincapié: «Cuatro, ¿te lo puedes imaginar? Pobre hombre. Una casa llena de mujeres». La hermana más joven había seguido contándole que todas las hermanas estaban muy unidas y que se parecían mucho. «Pero, por supuesto, somos todas muy distintas», había aclarado la mayor. Su hermana asintió. «Sí, podríamos llamarnos Lista, Guapa, Mandona y Niña». Las dos se rieron. «Una broma de la familia», había explicado la mayor. «Sí, una broma de la familia», había repetido la otra sonriendo a su hermana.

Janice pensó entonces en su propia hermana y trató de imaginarse a las dos trabajando juntas, ordenando libros en una biblioteca de Cambridge. Sabe que es una fantasía, miles de kilómetros y de recuerdos tácitos las separan, pero, a veces, prolonga ese pensamiento imaginado del mismo modo que escoge otras historias para revisarlas. Las hermanas no tienen ni idea de que ella también tiene una hermana, pero sí saben que le encantan los libros y charlan con ella sobre sus preferidos. Las hermanas no son de las que creen que hay que guardar silencio en las bibliotecas. «Bueno, desde luego que la gente a la que le encantan los libros va a querer hablar de ellos», había dicho una vez la hermana más joven.

Janice ha tratado de adivinar cuál es cada hermana, pero no ha querido preguntar por miedo a que la malinterpreten. En privado, piensa que la menor debe ser Guapa y la hermana mayor Lista, o puede que Mandona. La ha visto vaciar la biblioteca a la hora del cierre en menos de dos minutos.

Hoy, las dos la saludan al unísono.

—Janice, ha llegado tu libro.

Janice está ahora releyendo sus clásicos preferidos y ha pedido un ejemplar de La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons.

Coge el libro dando las gracias y, después, se queda pensando y pregunta:

—¿Alguna vez se os ha ocurrido que pueda haber un fantasma en la biblioteca? —Nada más preguntarlo, se siente tonta y se pregunta cómo el joven podía haber hablado sobre eso con tanta seguridad y confianza.

La hermana mayor se inclina un poco sobre el mostrador.

—Pues es curioso que lo preguntes. Eres la segunda persona que ha entrado hoy diciendo que la biblioteca está encantada.

Ah, ese joven.

—¿Y lo está? Encantada, quiero decir.

Parecen tomarse el asunto con seriedad.

—Bueno, no lo sé —contesta la hermana mayor—. A veces, he pensado que los libros tienen vida propia. Pero creo que es cosa del viejo señor Banks, que nunca deja nada en su sitio.

La hermana menor piensa un momento lo que ha dicho su hermana.

—Pero, claro, todo el mundo sabe que a los fantasmas les gusta leer. Así que tal vez…

Antes de que Janice pueda hacer otra pregunta —¿Cómo lo sabes? O quizá ¿cómo es que todos parecen saberlo menos yo? O ¿es lo que le has oído decir a ese joven?— les interrumpe una manada de madres jóvenes con sus niños que necesitan la atención de las hermanas.

Janice se va con sus pensamientos, su ejemplar de La hija de Robert Poste y sus sándwiches de queso a la mesa escondida del fondo. Se queda sentada un rato, con el libro sin abrir delante de ella, haciéndose una pregunta: ¿las historias de la gente están definidas por el lugar que ocupan en una familia? Pero, si es así, ¿en qué lugar queda ella? No tiene deseo alguno de alargar ese pensamiento, así que se imagina a un fantasma que mira por las estanterías después de la hora de cierre. Descubre que esa idea, más que preocuparla, la tranquiliza. Un fantasma al que le gusten los libros no puede ser malo del todo. Y esa tranquilidad supone un alivio. Lo cierto es que Janice siempre se preocupa demasiado. Y la lista de cosas por las que se preocupa parece aumentar cada día. Se preocupa por el estado de los océanos, las bolsas de plástico, el cambio climático, los refugiados, la agitación política, la extrema derecha, la extrema izquierda, la gente que tiene que mantener a sus hijos gracias a los bancos de alimentos, los coches diésel, ¿podría reciclar más?, ¿debería comer menos carne? Le preocupa el estado del Sistema Nacional de Salud, los contratos de cero horas, por qué hay ahora muchas personas a las que conoce que no tienen subsidio por enfermedad ni vacaciones pagadas. Le preocupan enormemente las personas con alquileres con pocas garantías o que viven en casa de sus padres hasta que tienen casi cuarenta años. Y le preocupa por qué cualquiera querría trolear a otro ser humano o gritarle por la calle solo por el color de su piel.

Antes leía el periódico y disfrutaba haciendo los crucigramas. Ahora consulta su tableta rápidamente cada mañana, por si ha habido un terremoto o si ha muerto algún miembro importante de la realeza. Pero no puede seguir leyendo. Cada noticia se va acumulando a su lista de preocupaciones. Y esa preocupación se va filtrando también en el resto de su vida. En lugar de estimularse con libros nuevos y emocionantes de la biblioteca, se reconforta leyendo viejos clásicos y sus preferidos ya conocidos. Austen, Hardy, Trollope, Thackeray y Fitzgerald.

Abre su ejemplar de La hija de Robert Poste, dispuesta a zambullirse en la divertida familiaridad de esa historia. Además, encuentra ahí a una heroína con la que se puede sentir relacionada de verdad: Flora Poste es una mujer a la que le gusta que todo esté ordenado, igual que a Janice.

Media hora después, Janice sale de la biblioteca y recorre el mismo camino que el joven que cree en los fantasmas. Se dirige hacia su siguiente trabajo, la doctora Huang, antes del último del día, por fin. Ha bajado la mitad de los escalones cuando ve una figura familiar al otro lado de la calle. Ese hombre alto tiene una inconfundible forma de caminar. Se balancea desde la almohadilla de un pie a la otra al andar. A Janice siempre le sorprende que su marido, Mike, sea tan mal bailarín cuando camina con tanto ritmo. Pero ¿qué está haciendo aquí? Mira su reloj. Debería estar en el trabajo desde hace horas. Al desaparecer de su vista, Janice encuentra poco alivio al saber que no tiene por qué añadir a su marido a su lista de preocupaciones. Él ocupa ya el primer puesto de la lista.

3. Historias dentro de los desvanes

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Historias dentro de los desvanes

Son casi las cuatro de la tarde cuando Janice llega a su último trabajo del lunes: tristeza. Risas para empezar el día, pena para terminarlo. La casa adosada de ladrillo rojo está apartada de la calle, grande y achaparrada, como si alguna vez se hubiese puesto en cuclillas y hubiese decidido no moverse. La modesta fachada es engañosa. Como todas las demás casas de la calle, es más amplia por detrás, con largas y luminosas cocinas/comedores que se extienden a lo largo de cada jardín paralelo. Y en los desvanes de toda la calle hay despachos, cuartos de juegos, habitaciones de invitados y, en este caso, la habitación preferida de Janice, que, para ella, puede ser el centro de una historia. La historia de Fiona.

Al abrir la puerta, Janice sabe de inmediato que Fiona y su hijo, Adam, no están. Una casa vacía tiene un sonido propio y singular. No solo siente que sus habitantes se han ido, sino que, en cierto modo, la casa se ha cerrado y se ha apartado a otro lugar. El silencio es tan absoluto que lo puede oír. Ha notado lo mismo con otras casas en otras ocasiones. Una casa a primera hora de un día de Navidad puede estar falta de ruido pero no del todo. Es evidente que la casa no está dormida, al contrario que sus habitantes, sino que respira muy suavemente y por sus paredes casi puede oír la súplica de «cinco minutos más» antes de que comience la embestida. Una casa en la mañana de un funeral tiene un sonido particular, o puede que sea una sensación, no está del todo segura: tensa, expectante, inalterable. Dos años atrás sintió eso aquí. Fue el día en que Fiona enterró a su marido. La última vez que Adam se despidió de su padre.

Hay una nota de Fiona en la mesa de la entrada.

He llevado a Adam al ortodoncista. ¡Más problemas con los aparatos!

Dinero en la mesa de la cocina.

Janice suelta un suspiro con una profunda sensación de alivio y, de inmediato, se siente culpable. Le gusta Fiona y siempre está deseando hacer un descanso para tomar un café con ella en su estudio, pero lo cierto es que, a veces, tiene la esperanza de que no esté en casa. Al pensarlo, cree que probablemente haya tres razones para esto. En primer lugar, sabe que puede hacer la limpieza más rápido sin que ella esté. En segundo lugar, y de ahí es de donde sabe que viene la culpa, quiere evitar la tristeza que ve en esa agradable mujer de mediana edad que se sienta enfrente de ella a dar sorbos a un café que acaba de servir para las dos con su cafetera de color rojo intenso. La verdad es que le preocupa Fiona. Otra preocupación más que sumar a su lista. Pero, claro, la vida de Fiona no tiene nada que ver con ella. Janice no es más que su asistenta, como no deja de recordarle su marido.

Cuando casi ha terminado con la limpieza puede pensar en la tercera razón por la que se alegra de que Fiona no esté. Así puede pasar más tiempo en su habitación preferida de la casa. La habitación alargada y baja del desván. Seguirá limpiando, por supuesto, pues Janice tiene normas muy estrictas al respecto, pero también estará pensando en la historia de Fiona.

En el desván, sobre una mesa grande donde antes había una maqueta de tren, con las marcas de los raíles aún visibles sobre el fieltro verde, hay una casa de muñecas. Es una casa grande de estilo Regencia de tres plantas y, al igual que la casa de Fiona, habitaciones adicionales en el tejado. Pero en la planta baja, en lugar de comedores, cocinas y despensas, hay un local comercial. Vivienda arriba y negocio abajo. Con pintura de pan de oro, Fiona ha elaborado un elegante rótulo en miniatura para el negocio: «Jebediah Jury. Funeraria». Janice no tiene ni idea de dónde vendrá el nombre, pero debe admitir que suena muy bien.

Se sienta y abre el frontal de la casa. La mayoría de las habitaciones están equipadas y perfectas en su forma de miniatura. Dormitorios, una sala de estar, un cuarto para el bebé y, la favorita de Janice, una preciosa cocina de estilo campestre con masa enrollada sobre la mesa junto a un cuenco de ciruelas del tamaño de cabezas de alfiler. Y hay una cosa nueva desde la semana pasada; Fiona ha terminado uno de los baños. Cree que el papel pintado con estampado azul y crema queda perfecto con los muebles de caoba y la bañera con patas. Janice acerca una mano y endereza la diminuta alfombrilla azul marino de la bañera que cuelga del toallero en miniatura. Ve también otro cambio. Abajo, en el estudio de atrás, ve que Fiona ha hecho otro ataúd de nogal con diminutas asas de metal. No cree que esto se venda en ninguna tienda de casas de muñecas. ¿Para qué iban a hacerlo cuando la mayoría de la gente busca cómodas minúsculas, un piano o incluso una cesta para el perro? No, sabe que Fiona ha debido de hacerlo con sus propias manos. Se sienta y lo mira frunciendo el ceño, sin saber qué pensar.

Cuando murió el marido de Fiona, ella trabajaba como contable de un despacho de abogados. A los dos meses de su muerte, Fiona dejó su trabajo y se estuvo formando como directora de funeraria. Durante un café, le explicó a Janice que era algo que siempre había tenido interés por hacer, pero que nunca lo había expresado en voz alta porque creía que la gente lo vería como algo bastante raro.

A Janice no le parecía raro en absoluto. Sabía que cuando la gente se casa encuentra ayuda en revistas y guías en internet. Todo el mundo da consejos; es imposible evitarlo. Pero cuando muere alguien puedes verte sola en un mundo de silencio cohibido. Janice ayudaba, a veces, a una amiga que dirigía un negocio de comida a domicilio y, con el paso de los años, ha terminado ofreciéndose voluntaria para las recepciones fúnebres y evitando las bodas. En los funerales, la gente solía verse perdida, no solo por la pena sino, al ser ingleses, inmovilizados por el temor a decir o hacer algo incorrecto. Una palabra amable del «personal» más que de parte de un doliente era con frecuencia bien recibida. Así que sí, se podía imaginar por qué Fiona quería ser directora de funeraria.

Fiona había trabajado media jornada y, después, a jornada completa en una funeraria, mientras acababa la formación necesaria para convertirse en directora de una empresa de servicios funerarios y Janice no tenía motivos para creer que se hubiese arrepentido nunca de su decisión. Pero ¿otro ataúd? ¿No tenía ya suficientes almacenados al fondo? Desde entonces, Fiona había realizado una serie de cursos presenciales y había dejado el mundo de las funerarias para especializarse en oficiante de ceremonias civiles, centrándose en funerales laicos. Janice también podía entender esto, la necesidad de aportar orden y seguridad cuando no cuentas con un ritual religioso. Conocía a personas, ateas, que habían tenido un funeral religioso únicamente porque la familia había acudido a las doctrinas establecidas por no saber bien qué otra cosa podía hacer.

Janice saca del bolsillo de su delantal un largo y fino tubo y tira de un alambre metálico que tiene pegadas unas diminutas plumas verdes. Fiona no es la única que sabe fabricar cosas. Se dispone a limpiar el polvo de cada una de las habitaciones, maravillándose por el detalle que hay en cada uno de los espacios. ¿Construir este mundo en miniatura permite a Fiona dar sentido a su propio mundo? No está del todo segura de que sea así.

Janice sí cree que su nuevo trabajo la ha ayudado y sabe que Fiona ha aliviado y guiado a otras personas con gran amabilidad durante el impacto y la pena que acompaña a la muerte. Y fue gracias al trabajo de Fiona que Janice la oyó reírse por primera vez tras la muerte de su marido.

Estaban tomando café juntas en el estudio de Fiona. Estaba acurrucada en el sillón bajo de piel, con los pies escondidos bajo su falda de tweed. Llevaba un jersey verde claro y lo único que a Janice le pareció que le faltaba era añadirle un alzacuellos para que fuera el retrato de un párroco rural. Quizá fuera ese el motivo por el que los familiares de los difuntos la encontraban tan reconfortante. Fiona se había levantado las gafas por encima de su pelo corto y rubio cenizo y había apartado a un lado el montón de notas que tenía en su regazo. Le había contado que eran sus numerosos intentos por redactar un panegírico de un hombre que, al parecer, desagradaba a todo el mundo que le había conocido.

—Te sorprendería saber la cantidad de familias que me dejan a mí preparar el panegírico —había dicho levantando los ojos hacia Janice.

—Quizá les dé miedo hablar en público —había sugerido ella tímidamente. Janice sabe que no solo se preocupa mucho, sino que también es apocada como un ratón.

—Pues no parece que eso les impida gritarse y pelearse en público —le había respondido Fiona, sonriendo.

Janice asintió. También ella había visto eso en las recepciones fúnebres. Para ser apocada como un ratón, se le daba sorprendentemente bien interrumpir las discusiones.

—¿Qué te parece esto? —le había preguntado Fiona mientras cogía la primera página del montón de notas—. Era un hombre de su generación.

—Eh…, no estoy segura.

—¿Era todo un personaje? —sugirió Fiona, dubitativa.

Janice se quedó pensativa un momento.

—¿Y qué tal…? —Hizo una pausa mientras miraba por la ventana—. Era un hombre al que no olvidarán quienes mejor le conocían.

Janice volvió a girar la mirada rápidamente al oír la risa de Fiona. Llevaba meses sin oírla reír. Sintió ganas de llorar.

—Absolutamente perfecto —había respondido Fiona, sonriendo.

Termina de limpiar el polvo a la preciosa casa de muñecas y cierra la puerta con un chasquido. Quiere que la historia de Fiona quede representada en este bonito mueble. Una alegoría de una nueva e inesperada dirección que lleve a la sanación y la recuperación. Es una historia que le gustaría añadir a su colección. Pero cada vez está menos segura de que la historia de Fiona tenga un final feliz. Hay algo oscuro oculto en esta historia, un asunto grande e implícito al que no se está haciendo caso. Algo que está escondido. Esto hace que se sienta inquieta y que empiece a pensar en su propia infancia, y, si hay un lugar al que no desea volver, es a ese.

4. Todo el mundo tiene una canción para cantar

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Todo el mundo tiene una canción para cantar

(y un motivo para bailar)

Mientras espera en la parada de autobús, Janice se sorprende pensando si será el mismo conductor de esa mañana. No puede deshacerse de la sensación de que hubo algo que no se dijo en esa fracción de segundo justo antes de que las puertas se cerraran con una sacudida. Empieza a imaginarse al conductor suspirando a la vez que las puertas. ¿Qué era lo que le iba a decir? Cuando llega el autobús y sube a bordo, casi suelta una carcajada. Este conductor no podría ser más distinto al de la mañana. Se pregunta si habrá alguien ahí arriba (lo que quiera que eso signifique) que se está burlando de ella. El conductor de esta tarde es un hombre de poco más de treinta años y sencillamente es enorme. Sospecha que más musculoso que gordo. Tiene la cabeza calva, una barba tremenda y tatuajes que le suben por un lado del cuello. Este hombre tiene aspecto de Ángel del Infierno. El conductor de esta mañana tenía aspecto de profesor de geografía.

Hasta que se sienta no se da cuenta de lo cansada que está y, durante un rato, considera la idea de quitarse los zapatos de sus hinchados pies. El problema es que puede resultar complicado volver a ponérselos. En lugar de ello, deja que su cuerpo se hunda en el asiento y lo relaja de tal forma que se bambolea al compás de los movimientos del autobús. Vacía la mente y se prepara para sintonizar distraídamente las conversaciones que hay a su alrededor. No considera que esto sea escuchar a escondidas; simplemente deja que las palabras la inunden. Luego, de vez en cuando, su mente se estira y atrapa un hilo de algo. A veces, esos hilos sueltos no llevan a ningún sitio, pero, si tiene suerte, puede seguir uno de ellos y llegar al prometedor atisbo de una historia. El trayecto desde el centro de Cambridge hasta el pueblo donde vive solo dura media hora, así que normalmente le toca a ella rellenar con su imaginación los espacios en blanco de las historias. Le encanta que sea así y, de esa forma, ocupa el tiempo mientras camina hasta su casa desde la parada del autobús. Sin embargo, es muy estricta con respecto a dónde guarda estas historias: las conserva en un lugar de su mente entre la ficción y la no ficción.

No tiene muchas esperanzas en el trayecto de esta tarde. El autobús va solo medio lleno y, por ahora, únicamente se oye un levísimo murmullo de conversación. No es que piense que haya desarrollado un sexto sentido sobre dónde puede haber una historia. Eso es lo bueno de ser una coleccionista de historias, que surge la posibilidad de encontrar cosas inesperadas en cualquier lugar. Recuerda a la frágil anciana de la lavandería (Janice había llevado a lavar el edredón de un cliente) que resultó que había sido azafata del primer vuelo comercial entre Londres y Nueva York. Mientras la mujer doblaba cuidadosamente sus mantas con bordes de satén, pues su marido jamás pudo soportar usar un edredón, le había hablado a Janice del momento en que aterrizaron. «Verás, PANAM había publicado anuncios en los que decía que iba a ser la primera en batir el récord, pero mi jefe de la BOAC me llevó aparte como una semana antes, me hizo firmar un documento confidencial y me dijo que iban a adelantarlos y que si yo quería estar entre la tripulación. Como puedes imaginar, acepté». Recuerda que la anciana hizo una pausa para alisarse su anodino anorak acolchado. Durante una milésima de segundo, levantó levemente la mano hacia la cabeza, como para comprobar que llevaba el gorro. Pero se remetió el pelo gris por detrás de la oreja y continuó: «Bueno, las chicas siempre íbamos muy elegantes. Más castrenses que el uniforme que llevan ahora las azafatas. Ah, pero ese día tiramos la casa por la ventana. Todavía recuerdo el tono rojo del lápiz de labios que llevaba: “Placer elegante”. A mí me parecía bastante apropiado. En fin, que lo hicimos. Y cuando aterrizamos y bajamos del avión, todo el personal de PANAM salió a abuchearnos. Pero no nos importó. Caminé por la pista como si midiese dos metros». La mujer sonrió y Janice intentó imaginar el rostro más joven que habría mostrado esa misma sonrisa victoriosa. Ayudó a la anciana a llevar las mantas a su coche y esa fue la última vez que la vio. Pero todavía conserva su historia. La saca a la luz los días que no consigue sonreír por sí misma. La sonrisa de esa mujer era tan radiante que habría iluminado un espacio mucho mayor que una lavandería de un callejón de Cambridge. Habría iluminado algo tan grande como…, en fin, tan grande como un avión. Y Janice piensa que probablemente fue así. Observa por un momento su reflejo en la ventanilla del autobús veteada por la lluvia. Puede ver la sombra de una sonrisa en su rostro. Sí, una buena historia. Y, sin embargo, otro recordatorio (no es que Janice crea que lo necesite, pero no viene mal repetirlo) de que nunca, nunca se debe subestimar a los ancianos.

De repente, se ve atrapada por un fragmento de conversación. La verdad es que no podía pasarla por alto, pues el hombre habla con voz muy elevada. Una pareja

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