I
Cogo es una pequeña ciudad del sur de Guinea Ecuatorial, habitada por un millar de almas. Se sitúa en el lugar en donde confluyen los ríos Utamboni, Mveñ, Miltong y Congué para formar un gran estuario. A la región se la nomina como Río Muni, cuando en realidad no hay tal río, sino un anchuroso delta que se abre brioso sobre el Atlántico.
La calle principal de la población corre a la orilla del agua, que en función de las corrientes y las mareas es a ciertas horas salada y, en otras, dulce. Allí se encuentran los humildes colmados, el escuálido embarcadero de cayucos, los ruidosos bares, un par de hostales de suelo de tierra alisada, algunos comedores, en donde a menudo no tienen nada que ofrecer, una iglesia católica de empinadas escalinatas que recuerda al palacio del Conde Drácula, un colegio de monjas españolas, el puesto de policía, las ruinas del viejo aserradero de una empresa vasca y, en el extremo oriental, el barrio popular de Cogo Chico. La fuerza militar tiene su cuartel en el lado sur, en las afueras de la ciudad.
Hacia el interior, entre las arboledas de mangos, naranjos y bananos, se agrupan, encogidos y temerosos, algunos barrios de viviendas miserables. En una elevada colina que mira hacia occidente y que domina la calle principal de la ciudad y el estuario, se alza un decrépito hospital construido en la época de la colonia española y una sólida casa de dos plantas desde donde se contemplan espléndidos atardeceres, en los días claros, y un cortinón grisáceo y metálico cuando se desatan las enfurecidas lluvias del trópico. También se distinguen desde allí, al sur, los edificios de Cocobeach, la primera ciudad gabonesa, y a su derecha, el perfil achaparrado de las dos islas Elobey, que desde la distancia parecen una sola. El nombre es masculino, de modo que a una de ellas se la denomina Elobey Grande y, a la otra, Elobey Chico. La primera alberga a una treintena de pobladores y la segunda permanece deshabitada desde principios del pasado siglo.
El delta del Muni marca la frontera de Guinea Ecuatorial con Gabón y está rodeado en ambas riberas por una densa selva tropical que habitan boas huidizas y monos gritadores. El clima es muy caluroso durante todo el año y, en la época húmeda, llueve copiosamente todas las tardes. Toscos cayucos de madera, a menudo impulsados por remos o por velas fabricadas con bolsas de basura de plástico negro, surcan durante el día las aguas del estuario. Y algunos de ellos, los gobernados por pilotos más bravos, resisten las tardes de violenta lluvia y retan el malhumor del cielo y del mar, balanceándose como espectros oscuros sobre la tenebrosa superficie del Muni.
En el estuario se mezclan las aguas saladas del mar con las dulces de los ríos, de modo que las especies marinas y fluviales conviven en sus profundidades. Hasta los muelles de Cogo llegan a veces temibles tiburones blancos y, en ocasiones, en las pequeñas playas más alejadas del océano, se han capturado grandes y feroces cocodrilos.
Las únicas vías de comunicación de Cogo son la carretera que lleva a Bata, situada a ciento cincuenta kilómetros al norte, y la pista que conduce a Mbini, emplazada a unos ochenta, también en dirección norte. La carretera de Bata comenzó a asfaltarse hace pocos años y la distancia puede cubrirse en dos horas. Para utilizar la pista de Mbini, es preciso cruzar el estuario en cayuco hasta alcanzar la localidad de Akelayong, de donde arranca la polvorienta vía de la estación seca, que se convierte en un hosco barrizal durante la época de las lluvias. A otras poblaciones del interior, únicamente es posible llegar navegando aguas arriba del Congué, el Miltong, el Mveñ y el Utamboni.
En Cogo no hay tendido de luz eléctrica. Cuatro horas al día, después de la caída de la tarde, funciona un generador municipal, pero con frecuencia se estropea, y son muy pocas las viviendas y comercios que se alumbran con un generador propio. Cogo no cuenta con agua corriente ni con alcantarillado. La comida escasea en la ciudad y sólo quienes poseen cayucos pueden abastecerse con regularidad, cuando hay urgencia, en el mercado de la cercana Cocobeach, adonde sólo puede llegarse cruzando el Muni.
El doctor Luis Urzaiz vivía en la casa de dos plantas vecina al hospital. Su sala era como un balcón sobre el estuario y la selva, uno de los escenarios más pobres y bellos de África.
Algunos días, a media mañana, el vaho que brotaba del río se encendía y reptaba sobre la tierra como un animal anhelante. Luego, despacio, conforme avanzaba la tarde, la calima iba trepando hasta enredarse entre las ramas de los altos árboles de la isla de enfrente, un terruño pequeño y deshabitado, de forma redonda y cubierto de profusa vegetación que a la caída de la tarde se poblaba de murciélagos. Más adelante, al alcanzar sus copas, la bruma parecía quedarse allí a esperar la llegada de la noche. Pero enseguida se esponjaba y cegaba la visión de la costa gabonesa del lado meridional del estuario. Otras veces, sin embargo, el viento limpiaba el cielo de vapores y alcanzaban a verse las casas blanquecinas de Cocobeach y la sombra verdosa de las dos Elobey.
Ningún atardecer se parecía a otro, pensaba Luis Urzaiz, tendido en la hamaca de la terraza, mientras seguía con ojos fatigados el ceremonial del ocaso y notaba crecer la fiebre en el interior de su cuerpo. Era un día húmedo y caluroso, de nubes indecisas, con truenos que sonaban en la lejanía, a sus espaldas, y que parecían acercarse. Sin embargo, pensó, no podría asegurar si al fin descargaría la tormenta. La lluvia siempre era imprevisible en Cogo. Como la vida en aquel lugar perdido de África.
Corría el año 2004, a comienzos del otoño, la estación menos saludable en aquella pequeña villa guineana a la que había llegado treinta y siete años atrás, al poco de haber terminado sus estudios de medicina en Pamplona. Luis tenía sesenta y cuatro años y habían transcurrido casi ocho desde la última vez que viajó a su país.
Aquel día, mediada ya la tarde, Melita regresó de su trabajo y se acercó a él, besó su frente y, mirándole desde la hondura inmensa de sus ojos, con los sensuales labios abiertos en una desbocada sonrisa que dejaba ver su luminosa dentadura, preguntó:
—¿Qué tal pasaste la tarde, mi amor?
—Creo que la fiebre ha subido un poco más que otros días. Hoy he notado tus labios fríos. Y nunca han sido fríos.
—¿Has tomado el medicamento?
—Escolástica me lo trajo. Pero no lo he tomado. Que suba la fiebre quiere decir que la enfermedad se rompe.
Melita se echó hacia atrás.
—¿Por qué lo has hecho?
—¿A qué te refieres?
—Dejar las pastillas.
—El Larián enloquece. Hay que tomar muy poco, sólo lo necesario...
—Las medicinas hacen falta, mi amor...
—¿Has olvidado que yo soy el médico? Un medicamento es sólo química, no un milagro. Me curaré, sé cómo hacerlo. De hecho, ya estoy curado, sólo hay que dejar trabajar al cuerpo.
—Creo que deberías haberte quedado en el hospital.
—Ay, Melita. —Luis compuso un gesto de fatiga—. La fase hospitalaria ha terminado, allí sólo soy un estorbo. El riñón no está dañado, el hígado se irá recuperando lentamente, la anemia es cosa de tiempo... Estoy bien en casa. Y además, ¿qué vas a contarme del hospital si lo levanté yo? Sé mejor que nadie para qué sirve y para qué no.
Melita respiró hondo y alzó los hombros, resignada.
—No he visto a Escolástica al llegar, ¿se ha ido ya?
—Le di permiso para que se marchara a casa; su hijo está enfermo.
—¿Donatito?, ¿qué le pasa?
—¿Qué ha de ser? Lo que nos sucede a todos tarde o temprano en este maldito país: malaria.
—No maldigas mi tierra, doctor Luis. Yo sé que la amas, como me amas a mí. Te traeré agua fría y una toalla mojada, para refrescarte los brazos y el pecho.
Ella tenía razón: las amaba a las dos, a Melita y a Guinea, el país al que había consagrado todas sus energías, el lugar del mundo en el que había volcado el caudal de sus esfuerzos y sus sentidos, la tierra por la que había sacrificado su vida entera. Y también el país que, en cierto modo, le había convertido en un prisionero durante años.
Pensó ahora, de pronto, que su estancia de muchos años en África y su biografía no se reducían a las de un médico como cualquier otro afincado en una región insalubre. Él había hecho mucho más, había ayudado a levantar un hospital, había salvado decenas o quién sabe si centenares de vidas, había logrado establecer un pequeño rincón de esperanza en un territorio azotado por las enfermedades, la desidia, el robo, la corrupción, la incultura y, en ocasiones, el crimen. Su tarea no había sido humana, sino en cierto sentido casi la de un titán. De alguna manera pensaba que la suya era la biografía de un mártir. Podría decir, también, que por causa de Guinea había ganado casi todo y perdido cuanto poseía. Vivía una existencia extraña, se dijo, quizás la de un héroe perdido en un rincón remoto del mundo. Ahora se preguntaba: ¿y olvidado también y para siempre?
Melita regresaba a la terraza. Se había cambiado de ropa y cubría su hermoso cuerpo con una ligera bata de algodón amarillo. Sus pechos se movían, sueltos y alegres, bajo la liviana tela, mientras caminaba sinuosa, descalza, sobre el entarimado de madera pulida y brillante.
Urzaiz dio un largo sorbo del vaso que le ofrecía la muchacha. Ella arrimó una silla a la hamaca, se sentó a su lado, le desabrochó los botones de la camisa del pijama y comenzó a frotarle el pecho con la toalla húmeda, mansamente, sin urgencia.
—¿Te refresca, doctor?
—Hummm —ronroneó Luis Urzaiz con los ojos cerrados—. Es agradable, aunque no cure nada.
—Lo importante es que te guste, mi amor.
Era una estupenda muchacha, pensó el médico mientras ella seguía aliviándole del calor con la toalla mojada. La había conocido quince años atrás, cuando ingresó de urgencia en el hospital atacada por la malaria, un día caluroso de principios de enero. Él mismo la atendió y permaneció, sumido en la perplejidad, mirándola, al lado de las enfermeras que la desnudaban y volvían a vestirla con un camisón de algodón azul. Cuando le inyectó el goteo de suero en la vena, el roce de aquella piel suave le estremeció.
Nunca pensaba en los desnudos de sus pacientes femeninos cuando trabajaba, pero el caso de Melita fue distinto. Aquel cuerpo parecía esculpido como las afroditas de Praxiteles, sinuoso y sugerente, perfecto de proporciones, ni grueso ni delgado, carnoso sin ser blando, firme sin llegar a parecer atlético. Su rostro poseía la belleza de las mujeres de origen ndowe, las que los españoles de la época colonial llamaban «playeras»: la sonrisa ancha y ebúrnea, los labios gruesos y largos, la nariz afilada, la frente ancha, los ojos negros que ardían con la luz del carbón, el cutis sedoso y del color de una madera del ébano tocada por una delicada luz rosada. Sus pechos, no demasiado grandes, nacían formando una dulce curva debajo de las clavículas. Los pezones surgían gruesos en su base y se alargaban hasta llegar a ser casi puntiagudos, en forma de cucurucho. En el bajo vientre crecía un vello recio que emanaba un leve aroma de plantas salvajes, como los bosques perfumados del interior de Guinea.
Melita no se parecía a la mayoría de las mujeres del país, por lo general más bajas de estatura, a menudo dotadas de anchas caderas, posaderas rotundas y rostro dislocado por la presencia de la ancha nariz de la etnia fang. Quizás, pensaba Luis, los ancestros de Melita habían llegado en caravanas de mercaderes desde el remoto Cuerno de África.
Luis Urzaiz enloqueció de deseo por la muchacha durante los días que Melita permaneció guardando cama en el hospital. Al darle el alta, la alojó en su casa para recuperarla de la anemia. Y dos semanas más tarde, hicieron por primera vez el amor. Melita era virgen y tenía dieciséis años; él, cincuenta y tres. Desde entonces, ella siguió acudiendo dos o tres veces por semana a la casa del médico.
Luis vivía solo en Guinea desde que, en 1969, su mujer y su hijo José María, nacido en Cogo en 1968, abandonaron el país. Había llegado con ella dos años antes, pero Mari Ángeles y el niño debieron de huir durante los disturbios de marzo de ese año, cuando el presidente Macías, unos meses después de declararse la independencia, desató una violenta campaña contra los residentes españoles, lo que obligó al ejército español a organizar una repatriación de urgencia en la que siete mil personas abandonaron Guinea en cuestión de unos pocos días. Luis decidió seguir al frente del hospital en tanto la crisis no se resolviera. Y aquello le convirtió en un prisionero. Su segundo hijo, Javier, nació en Pamplona unos pocos meses más tarde.
Cuando al fin logró viajar a España, en 1979, tras el golpe que derrocó a Macías e instaló a su sobrino Obiang en el poder, para encontrarse con su esposa y sus hijos, el regreso tan sólo sirvió para consumar una ruptura que él ya sentía en su alma. Había decidido quedarse en Guinea y rehabilitar por sus propios medios el hospital de Cogo. Mari Ángeles no aceptó volver con él. Sus hijos le rechazaron. Retornó solitario y entristecido, pero con una tarea entre manos que a sus ojos tenía casi el rango de una misión. En 1994, Melita se trasladó a vivir con él en la casa de la colina.
Desde que su mujer dejó Cogo en 1969, el doctor había estado con numerosas mujeres africanas antes de conocer a
