Preámbulo
Noctiluca
Julio de 2023
Jara Moretti encendió la radio, una Telefunken Gavotte de 1956 fabricada en Alemania, pero el temblor que recorría sus manos le impedía sintonizar la única emisora que había en aquel lugar.
Inhaló profundamente y, acto seguido, exhaló con ímpetu para acompasar el ritmo de su respiración. Su corazón latía con tanta violencia y de una forma tan abrupta que lo sentía abrazado a su tráquea y le impedía respirar. Quería vomitarlo. Deseaba expeler por su boca el único órgano culpable de mantenerla aún con vida. Deshacerse del último atisbo de esperanza que le había sido concedido. Y en una fracción de segundo el peso de sus párpados cedió como un dique azotado por el embate de las olas del temporal. Y, por segunda vez en su vida, un fundido en negro se instauró en su mente en el mismo momento en el que su mano derecha acertó a posicionar la rueda de la radio en la emisora 92.7 FM.
Al otro lado la voz consternada de un joven periodista relataba aquel horrible suceso:
«El cuerpo sin vida de la víctima, aún por identificar, ha sido encontrado hace unas horas por una pareja en las inmediaciones del embalse de Empusa con claros indicios de violencia. No ha trascendido ningún dato personal. Solo hemos podido conocer que hubo ensañamiento con el cadáver, como evidencian las treinta y dos puñaladas distribuidas por todo el cuerpo. Los investigadores creen que el agresor o los agresores utilizaron un arma blanca con una hoja corta, pero todavía no hay rastro del arma homicida. Se ha solicitado la colaboración ciudadana y se agradece cualquier información sobre este caso que puedan hacer llegar a los cuerpos de seguridad de la isla. Seguiremos informando».
Tras el inicio del hilo musical que siguió a la noticia, Jara intentó levantar los párpados, luchando contra el peso inaudito que poseían en aquel momento. No quería hacerlo; sentía un pánico atroz a encontrar la respuesta a ese fundido en negro que la había poseído.
¿Qué había hecho? ¿Por qué todas aquellas palabras retumbaban como bombas en sus adentros, pero no recordaba nada? ¿Qué había sucedido en aquel pantano? ¿Y quién era la persona que habían encontrado allí apuñalada?
Abrió los ojos y giró lentamente su cuerpo bajo el peso de la culpa, que la aplastaba como una losa. Le costaba horrores desplazarse sobre su propio eje, pero algo le decía que necesitaba moverse. Minutos después maldecía por no haberse quedado para siempre atrapada en aquel trance.
Cuando consiguió ponerse frente a aquel espejo italiano en forma de arco, hecho de bambú y mimbre tejido, su respiración se cortó. Junto a él, la hoja de la ventana se encontraba ligeramente abierta y una sutil brisa balanceaba tímidamente el visillo de lino blanco que pendía de un riel. En ese viaje de idas y venidas que mecía el visillo, la luz de una imponente luna llena bañaba desvergonzada toda la estancia. Incluida la figura de Jara; a pesar de no contar con ninguna luz encendida en el salón, aquel claro le permitía observar aquella escena nocturna completamente tintada de un vibrante azul. Azul que no fue suficiente para impedir que la joven vislumbrara aquellas manchas de sangre que teñían su camiseta blanca ceñida de algodón y sus vaqueros pitillo. La sangre se mostraba descarada en su rostro, en su ropa y en sus manos. La fuerza del resplandor de aquella luna no era suficiente como para enmascarar los restos de la contienda que tiznaban el cuerpo de Jara de la cabeza a los pies. El miedo que recorría cada uno de sus músculos se acumulaba en la punta de sus dedos, haciendo que la joven apretara con fuerza los puños como si pudiera desprenderse a través de ese impulso de la energía que la invadía. Suspiró con brusquedad, anhelando la rendición de aquella horrible sensación que la asediaba. Una y otra vez, una y otra vez. Entonces levantó los puños a escasos centímetros de su rostro. Los observó absorta.
—¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? —volvió a preguntarse en apenas un susurro, en esta ocasión en voz alta, a medida que una hilera de lágrimas comenzaba a inundar sus mejillas.
Mientras, iba despegando sus dedos lentamente hasta que se topó de bruces con aquella realidad: la palma de su mano derecha no solo se hallaba bañada en sangre, sino que un desfile de cortes hacía guardia en ella. Su respiración cada vez era más feroz, le faltaba el aire y sentía como si alguien le hubiera arrancado de cuajo los pulmones.
—Tranquila, tran-tranquila, tranquila, tran-tran-tran-tranquila… —se repetía a sí misma como un mantra a la espera de que aquello la salvara.
Pero cada vez le costaba más respirar. No entendía nada y el ritmo de sus latidos se disparaba frenético. Necesitaba saber qué había pasado, pero su mente seguía en un mutismo absoluto. Intentaba encontrar un ápice de recuerdos, algo que le arrojara una respuesta, un pequeño hilo del que tirar. Bajó la vista hasta sus botas negras de piel acordonadas y fijó su mirada en la suela gruesa impregnada de barro y sangre.
No cabía ninguna duda, Jara Moretti había estado esa noche en aquel embalse.
1
Nuestro primer café
Almería
Enero de 2023
En cualquier lugar del mundo un día de enero es excusa suficiente para sacar a relucir las prendas de abrigo y hacerse un fuerte bajo la manta mientras te quedas dormido decidiendo qué película ver. Pero eso no sucedía allí. En Almería en enero el sol seguía haciendo guardia a las puertas del cielo y la piel te seguía ardiendo como en la época estival.
Los rayos solares atravesaban como dagas el tragaluz del baño de su pequeño apartamento de la calle Tenor Iribarne número 5. Recibía su nombre por el conocido tenor Luis Iribarne O’Connor, que en mitad de su exitosa carrera perdió la voz y tuvo que retirarse de los escenarios para dedicarse a la enseñanza de la música.
Jara Moretti cogió una barra de labios roja que tenía dentro de un neceser de cuadros Vichy en color champán y coloreó con cuidado sus carnosos labios. La dejó en el estante que había bajo el espejo del baño y con su mano derecha retiró los restos de carmín que sobresalían de la línea que marcaba sus labios. La joven era consciente de la importancia de su imagen en su trabajo como secretaria en Del Amo Abogados, uno de los bufetes de mayor renombre de Almería, lo que hacía que odiara aún más su puesto. Jara detestaba a todos esos señores adinerados que se excedían de babosos y que se creían con la potestad de piropearla. Ella siempre les devolvía una sonrisa y luego los maldecía entre dientes.
Mientras Jara seguía maquillándose frente al espejo, los rayos de sol pintaban su cuerpo desnudo dejando retazos de luz por cada uno de sus recovecos. Cumplía los cánones de belleza de la Grecia antigua. Tenía las caderas perfectamente delineadas, la piel blanca, las facciones marcadas y la nariz afilada. La proporción geométrica de la cara plagada de armonía se respetaba al pie de la letra en su rostro con una salvedad: la pequeña mancha en su iris que hacía que su ojo color miel se asimilara al de un felino.
Su pelo castaño descansaba liso sobre su espalda perfectamente dibujada. Sus pechos eran redondos y bonitos, con ese tamaño que parece haber sido creado para ser enjaulado por una mano. Tenía veintisiete años y estaba a punto de vivir el momento más feliz de su vida.
—Quedan cuatro días —dijo Jara con voz mimosa cuando Álvaro la abrazó desde detrás y besó su cuello.
Aquel inocente gesto hizo que se endurecieran sus pezones.
—¿Solo quedan cuatro días? —preguntó entre incrédulo y divertido—. Pocos me parecen…
—¿Acaso no quieres convertirte en mi marido? —preguntó Jara con cierta ironía mientras dejaba el lápiz de ojos en la repisa, perfectamente colocado, y se daba la vuelta para que su prometido admirase su cuerpo desnudo.
Jara era conocedora de la energía que emanaba de su cuerpo desnudo. Desprovista de ropa se sentía libre, segura y poderosa. Lo notaba cuando Álvaro clavaba sus ojos en ella y la hacía sentir una diosa a la que venerar. Pero siempre intentaba controlar sus impulsos desmedidos y su irrefrenable deseo sexual, que le producía una insatisfacción permanente por sus continuas ganas de sexo. Un apetito feroz que hacía que su futuro marido, lejos de considerarlo como esa suerte que todo hombre desea, lo viera como una china en el zapato, pues solía suponerle más un problema que una bendición. Porque Jara Moretti siempre quería más.
Álvaro escaneó con sus ojos negro azabache el cuerpo de su amada desde la punta de sus pies hasta clavar su intensa mirada en sus labios jugosos vestidos de rojo. Se acercó a Jara, apoyó su torso sobre el hombro derecho de ella e introdujo sus dedos índice y corazón en su boca para que ella los bañara con saliva. Una vez empapados los dirigió hacia su clítoris y comenzó a realizar círculos que Jara acompasaba con callados jadeos. Le besó el cuello, notando cada vez más su excitación, hasta que terminó introduciendo ambos dedos dentro de ella. Sin tiempo a nada, los sacó, sonrió y los introdujo en su propia boca, degustando el sabor de Jara.
—¿No irás a dejarme así? —preguntó la joven abriendo con asombro sus enormes ojos.
—Tengo que irme a trabajar, cariño. Te prometo que esta noche te compenso —prometió Álvaro a sabiendas de que había abierto la caja de truenos.
—¿De verdad me vas a dejar a medias?
El semblante de Jara comenzó a tornarse serio, apretando su mandíbula y desdibujando su sonrisa. Odiaba cuando Álvaro la dejaba a medias. Algo que se había vuelto más habitual desde que los negocios del joven triunfaban, haciendo que el tiempo que le dedicaba a ella hubiera disminuido considerablemente.
Jara lo observó en silencio, esperando una respuesta. Llevaba un jersey de cuello alto negro de Hugo Boss, unos vaqueros pitillo oscuros de Zadig&Voltaire y unas Golden Goose oscuras. Aquel jersey le hacía tremendamente atractivo. Aquella prenda era su pequeño fetiche.
—Jara, en serio, tengo que irme —repitió Álvaro nervioso.
—Ojalá nunca me hubieras dado aquella puta nota —reconoció Jara con ira.
—¿Lo estás diciendo en serio? La que estás liando en un momento solo porque no te he metido la puta polla —respondió colérico.
—Es que no es solo eso. ¿Acaso vas a venir mañana a elegir las flores? —le recriminó Jara, que conocía la respuesta.
—Joder, otra vez con las jodidas flores. Ya te dije que no podía, que tengo una reunión importante —contestó molesto.
Ya habían discutido el día anterior por el mismo asunto.
—Claro, para ti todo siempre es importante, menos yo —reconoció Jara mientras sus ojos comenzaban a ahogarse en lágrimas.
—¿Otra vez vas a empezar con esto?
—Cualquiera diría que no tienes ganas de casarte… —respondió sin disimular que su malestar aumentaba por momentos.
—Venga, Jara, no digas tonterías. Si has quedado mañana con tus amigas para elegir las flores y hasta mi madre se ofreció a acompañarte… —le reprochó Álvaro intentando zafarse de su enfado.
—Sí, claro, tu madre… Si por ella fuera, compraríamos flores de funeral, que es lo que para ella significa esta boda…
—Anda, dame un beso, tengo que irme —se despidió Álvaro a la vez que Jara volteaba la cara para impedir que la besara.
—Con su madre dice —espetó Jara mientras se giraba de nuevo hacia el espejo—. ¿Acaso ha olvidado todo lo que me hizo esa hija de la gran puta? —siguió lamentándose mientras mojaba sus manos bajo el grifo, las pasaba sobre su cabello para humedecerlo y comenzaba a cepillárselo con furia.
Jara era consciente de que los Casanova nunca habían visto con buenos ojos que su exitoso hijo saliera con una joven como ella, que había heredado de su padre ese misterioso hermetismo que la caracterizaba y no se parecía a ninguna chica que Álvaro conociese. Ni siquiera se movían en los mismos círculos ni con la misma gente, puesto que, desde la muerte de su progenitor, Jara solo mantenía amistad con dos compañeras de trabajo. Solo el azar —o el destino— quiso que se cruzaran aquel día, hacía ya tres años, y que Jara se enamorara de él locamente nada más verlo aparecer por la puerta del bufete de abogados vestido completamente de negro. Pero aquello parecía demasiado lejano.
Álvaro había acudido para reunirse con uno de los socios del bufete que le llevaba la parte legal de sus empresas. Al ver que se retrasaba por culpa de la reunión anterior, Jara le sugirió que bajara a tomarse algo mientras esperaba. Antes de marcharse, el joven deslizó una nota por el mostrador con una propuesta: «Baja, te invito a nuestro primer café». Por mucho que quisiera no podía negar la química instantánea que había surgido entre ambos.
Hasta ese momento, Jara nunca había oído hablar de los Casanova, una familia madrileña muy reconocida y adinerada que llevaba toda la vida viviendo en Almería. Tanto su apellido como la cartera de contactos de su padre habían hecho de Álvaro un afamado empresario con tan solo treinta y tres años. Era socio de todos y cada uno de los restaurantes y locales de ocio de la ciudad, y media Almería suspiraba por él. Hacía honor a su apellido, pues siempre había sido conocido por ser un conquistador nato como antaño lo fue Giacomo Casanova, ese veneciano del siglo XVIII famoso por su amplio historial de conquistas y que acabó siendo arrestado por los inquisidores por ese mismo motivo, bajo la acusación de «libertinaje». A Jara le habría gustado que Álvaro hubiese sido un poco más libertino y que jamás se le hubiera ocurrido marcharse a toda prisa sin antes follársela sin miramientos. Pero, cuando había negocios de por medio, los Casanova tenían más cosas en común con los inquisidores que con el propio Giacomo.
Jara lo sabía, sabía que aquel matrimonio no aprobaba su relación. Primero comenzaron las miradas, esas que no necesitan ir acompañadas de palabras, que atraviesan y matan. Luego le siguieron los desprecios, los desplantes y todas aquellas invitaciones que a Jara jamás le llegaban. Pero el amor por Álvaro era tan fuerte que aguantó cada uno de aquellos golpes silenciosos. Sin embargo, aquella conducta avivaría aún más el menosprecio de los Casanova, en especial de Isabel, que siempre aprovechaba cualquier ocasión para ridiculizar en público a la joven. No fue hasta aquel momento, en el que la situación era tan evidente que había pasado a dominio público, que Álvaro tomó cartas en el asunto y comenzó a distanciarse un poco de su familia.
Sin embargo, Jara era incapaz de olvidar. Todavía podía escuchar claramente las palabras de su suegra, con ese molesto tono de voz: «Álvaro, hijo mío, papá quiere jubilarse y tras pensarlo muy bien ha decidido que, en vez de Carlos, su mano derecha, quien presida la farmacéutica, seas tú. Lo único que te pedimos a cambio es que no te cases con ella». «Que no te cases con ella», había dicho la jodida zorra, y Jara estaba segura de que sabía que la estaba escuchando.
Se recogió el pelo húmedo en una estirada coleta alta y se miró desafiante en el espejo.
Aunque, por Álvaro, todo merecía la pena. Hacía tres años desde que Jara había entrado, sin dudarlo, en aquella cafetería en busca del joven de ojos tan negros como una cueva de lobos, totalmente hipnóticos, que la había obnubilado con aquel olor tremendamente embriagador. Tres años desde que, por primera vez en mucho tiempo, había sentido esa pequeña punzada en el corazón que se padece cuando la vida te pone delante a alguien que te descuadra los esquemas.
Pero lo que Jara Moretti no sabía era que aquel primer café sería tan solo el principio de su fin.
2
El lenguaje olvidado de las flores
Almería
Tres días antes de la boda
Las flores siempre han tenido un lenguaje propio. Como las personas. Las flores esconden sentimientos e intenciones. Como las personas. Y las flores también esconden mensajes ocultos. Como las personas.
Por eso Jara siempre había elegido con mimo cada una de las flores que adornaban su piso, cada planta que decoraba la recepción del bufete o cada uno de los ramos que enviaba en alguna ocasión especial. Ella era una de esas rara avis que todavía creían en la floriografía después de que su padre le regalara, cuando era bastante pequeña, un libro del siglo XVIII de Charlotte de La Tour donde se explicaba cuál era el significado de las flores. Por eso aquel día era tan importante para ella y por eso no podía comprender que Álvaro no fuera a acompañarla a la floristería a elegir el buqué de su boda.
—¿De verdad no piensas venir conmigo? —le recriminó Jara desde la cama, dirigiendo su vista al baño de la habitación donde Álvaro estaba afeitándose.
—Jara, ya lo hemos hablado —contestó molesto—. Tengo muchísimo trabajo y es un momento delicado, así que no puedo ausentarme de la oficina por ir a comprar unas jodidas flores.
—¿En serio para ti son solo «unas jodidas flores»? ¿Eso es lo que te importa esta boda?
—Cariño, no lo entiendes. Mi familia me está presionando y a mí me va a explotar la cabeza. Necesito estar tranquilo y solucionar la infinidad de marrones que tenemos encima.
—No sé por qué no me sorprende que siempre tenga que salir mencionada tu familia. Y ahora todos tus marrones son más importantes que nuestra boda —continuó encendiéndose Jara.
—¿Y cómo te crees que se paga la puta boda? ¿Y cómo te crees que se paga este piso? ¿O los bolsos que llevas? ¿Acaso crees que con tu sueldo de secretaria podrías pagar todo esto? —Álvaro alzó la voz lleno de ira mientras señalaba lo que los rodeaba en la habitación.
Un silencio sepulcral invadió la estancia. A aquella recriminación no le siguió una réplica, tan solo una lágrima. Ese fue el final de aquella discusión que Jara zanjó con un río salado que desfilaba por sus mejillas. Álvaro se quedó paralizado en la puerta del baño al darse cuenta de que sus palabras habían atravesado a su prometida como puñales. Jara se llevó la mano derecha hacia el rostro y limpió con cautela los restos de aquella contienda.
—Perdóname, cariño, no quería decir eso —se excusó el joven mientras se acercaba a la cama y sostenía la cara de Jara entre sus manos.
—Pero lo has dicho.
—Te juro que no es lo que pienso. Estoy muy estresado y tengo muchas cosas en la cabeza, y ya discutimos este tema ayer —se justificó sincero.
—Pues parece que en tu cabeza últimamente está todo menos yo —contestó Jara mirándole fijamente a los ojos.
—Eso no es así y tú lo sabes —dijo Álvaro mientras comenzaba a besarla en los labios, bajaba a su cuello y descendía hasta su pecho.
—Pero ¿qué haces? —respondió Jara apartándole la cara—. Esto no se soluciona así.
Álvaro se levantó como un resorte.
—Mira, paso, estoy intentando hacer todo lo mejor que puedo, ¿vale? —reaccionó irritado y cogió de la mesita de noche su móvil y las llaves del coche y de la moto.
—¿Y esa bolsa? —preguntó Jara contrariada al darse cuenta de que la pequeña bolsa de viaje de Álvaro estaba preparada cerca de la puerta.
—Tengo unas reuniones fuera de la ciudad, me ausentaré solamente un par de días. Antes iré a solucionar unas cosas a la oficina y comeré con mis padres. —Se dirigió a cogerla sin dar más explicaciones.
—Álvaro, quedan tres días para nuestra boda ¿y tú vas a irte?
—Cariño, solo serán dos noches. Además, ¿no dicen que trae mala suerte ver a la novia antes de la boda? La próxima vez que nos veamos estarás vestida de blanco en un altar —intentó excusarse él, añadiendo algo de humor a su respuesta, mientras le daba un beso de despedida en la frente.
Jara no respondió. Su cuerpo se quedó paralizado preso de la tristeza. Y de la ira. Una ira que ocultó bajo su dermis y que se reflejó mediante una lágrima que danzó tímida por su lagrimal. La realidad era que tenía ganas de gritar, de alzar la voz y hacerse visible. Había soñado tantas veces con aquella maldita boda que no podía entender la forma de actuar de su prometido. ¿Dónde había quedado aquella ilusión que un año atrás le invadía el rostro cuando hincó rodilla en el jardín del Museo Sorolla, el preferido de Jara? Lo hizo en uno de sus viajes a Madrid, sentados en el banco del segundo jardín, ese que está inspirado en el Patio de la Acequia del Generalife de la Alhambra de Granada. Y bajo la sombra del «árbol del amor» que Sorolla plantó para Clotilde. Aquel día hicieron el amor por todas las calles de Madrid mientras se comían a besos y Álvaro gritaba: «¡Ha dicho sí!».
Pero aquella despedida le había sabido a desidia desmedida, como si su intuición se hubiera puesto en alerta, como un marinero que con tan solo oír el sonido del viento sabe que se acerca una tormenta. Jara intuía que algo no iba bien.
La joven se levantó de la cama y se retiró el cabello recogiéndolo en un moño alto. Sumida en un mar de dudas, se dirigió al baño y sumergió su rostro en agua fría, como si aquel gesto pudiera purificarle del maremagno de pensamientos que la atormentaban. ¿Acaso hay algo peor para el ser humano que la incertidumbre? Aquel comportamiento extraño la estaba destrozando por dentro, aquella falta de ilusión la hacía desvanecerse. Pero el recuerdo de su padre afloró en ese instante y recordó la ilusión con la que recibió la noticia de que iba a casarse. Su padre siempre había querido lo mejor para ella y había tenido claro que Álvaro era lo mejor. Un joven inteligente, detallista, de buena familia y un empresario de éxito. Así que honrando su memoria se pintó los labios de rojo, el color favorito de su padre, y se enfundó en un minivestido de canalé negro y escote en forma de corazón. Y mientras se colocaba unas botas Sendra negras de cowboy con detalles cosidos en la caña, con tacón semicubano y horma de punta, sonó el telefonillo.
—¡Somos Luna y Paula, baja! —contestaron al unísono sus dos amigas al otro lado del interfono cuando Jara lo descolgó.
Cogió su bolso, un Loulou negro de piel acolchada de Yves Saint Laurent, y una chaqueta de cuero a juego con cremallera asimétrica que había en la percha de la entrada. Se miró en el espejo antes de salir y colocó con cariño su moño. Luego pasó con suavidad el dedo índice por la línea de los labios para corregir el carmín que había sobresalido al maquillarse. Bajó las escaleras al galope como si en cada zancada quisiera despojarse de todo el sentir que le punzaba por dentro. Porque si algo había heredado Jara de su padre era esa reserva, ese misterio que la rodeaba. En cuanto sus sentimientos salían a flote, se había vuelto una experta en esquivar cualquier pregunta que pudiera exponer su vulnerabilidad. Así que era capaz de concatenar retahílas de preguntas a sus interlocutores con tal de que no le tocara turno en la partida. Quizá por eso se manejaba tan bien en las distancias cortas y quizá por eso le bastaba con tener tan solo dos amigas.
A Luna y Paula las conoció el primer día que llegó a trabajar a Del Amo Abogados. Había sido su padre quien la había ayudado a acceder a un puesto de trabajo en el bufete gracias a alguno de los chanchullos que se traía entre manos. Aunque su padre siempre había sido un hombre tranquilo, bastante callado y enigmático y un amante ferviente de la lectura, la realidad era que a veces recibía en casa la visita de hombres extremadamente peculiares y jamás le dio explicaciones a su hija acerca de quiénes eran o a qué se dedicaban. Ellas estaban aburridas de rodearse de tantos carcamales y la llegada de Jara al bufete fue un soplo de aire fresco.
—¿Eres consciente de que en tres días serás una mujer casadaaa? —gritó Luna nada más verla aparecer por el portal.
—Ca-sa-da —añadió Paula haciendo pausas entre las sílabas.
—Anda, no seáis idiotas —rio Jara intentando rebajar lo azucarado de aquel encuentro.
—¡Pero si ayer vomitabas corazones! ¡No te hagas ahora la digna! —se mofó Luna para buscarle las cosquillas.
—Oye, venga, que he quedado con Mar en que llegaríamos puntuales —les reprochó Paula, que siempre había sido la más organizada de las tres.
—¿De qué conocías a Mar? —preguntó Luna.
—Iba a la clase de mi hermano en las Jesuitinas y ha decorado las bodas de todo el bufete.
Las tres amigas pasearon animadas hasta que Paula señaló un cartel que ponía «Flowers», dando a entender que habían llegado a su destino.
—¿Esperamos a Álvaro? —preguntó Paula mientras sujetaba con su mano derecha el pomo de la puerta de la floristería.
—Álvaro no va a venir, así que mejor pasamos ya —contestó Jara con la boca pequeña y tratando de zafarse de la siguiente pregunta, pero la curiosidad de Luna era inevitable.
—¿Por qué no va a venir?
—Tiene unos marrones en la oficina y debe ausentarse un par de días por trabajo —explicó Jara sin entrar en más detalle.
—¡Puf, hombres! Seguro que pensará que una boda se organiza sola —respondió Paula indignada.
—Sí, pues menos mal que tu amiga nos ha hecho el favor de atendernos a tres días de la boda porque no sé esta cabecita loca… —dijo Luna poniéndole el dedo índice en la sien a Jara.
—¿Vais a quedaros a vivir en la puerta? —interrumpió Mar, la dueña de la tienda, mientras abría y las hacía pasar.
—¡Mar! Estas son Jara, la futura novia, y Luna. Gracias por recibirnos con tan poca antelación. Mi amiga es novata en bodas y pensaba que encargándolas un minuto antes estaba todo solucionado —rio Paula.
—No te preocupes, no es la primera novia en apuros que pisa esta floristería —dijo Mar mientras todas soltaban una carcajada—. Y bien, ¿tenías algo pensado?
—En eso vas a tener suerte, Jara es una enamorada de las flores y siempre tiene mil historias sobre ellas —añadió Luna.
—Dalias —respondió firme la futura novia.
—Dalias rojas, ¿verdad? —preguntó la florista.
—Sí —contestó Jara con una sonrisa.
—Buena elección. Yo también las puse en mi boda y ¿sabes qué? Ya nadie elige esas flores.
—¿Por qué? —curioseó divertida Luna.
—Porque todos han olvidado su significado —respondió apenada la florista como si en Jara hubiera encontrado algo de esperanza.
—¿Y cuál es su significado? —siguió indagando Luna.
—Evocan el amor y la pasión eternos, y simbolizan el compromiso. Antiguamente se creía que eran flores casi mágicas que permitían que una persona pudiera ver la belleza del alma de su ser amado. Así que quiero que toda la catedral esté inundada de dalias rojas, que sea como un mar tintado de rojo —sentenció Jara.
—¿Y es época ahora de dalias? —preguntó Luna, que no disponía de ningún conocimiento sobre flores.
—No será fácil, pero confía en mí. Las dalias parecen flores frágiles, pero por dentro son inesperadamente fuertes —explicó Mar.
—Como Jara —sentenció Paula.
3
Hasta que la muerte nos separe
Almería
Día de la boda
Jara no había dormido en toda la noche; un manojo de nervios hacía guardia en su estómago. Había visto cómo las manecillas del reloj acariciaban cada uno de los números mientras su ojo derecho bailaba al son de un temblor con la mirada clavada en el techo. Supuso que era lo normal, ¿quién no estaría nerviosa la noche antes de su boda? Intentó calmar su inquietud perdiéndose entre sus dedos. Llevó el índice y el corazón hasta su boca y los embadurnó en saliva. Bajó hasta su sexo y comenzó a masturbarse haciendo pequeños círculos sobre su clítoris, pero su mente estaba en otro lugar y le impedía llegar a correrse, a sabiendas de que alcanzar el orgasmo la relajaría y la ayudaría a conciliar el sueño. La joven maldijo su insomnio, así que, para poder descansar el poco tiempo que le quedaba hasta tener que levantarse, se rindió al poder de los químicos y se tomó una pastilla de Orfidal que le habían dejado sus amigas en la mesita de noche de la habitación del apartamento 10 del HO Puerta Purchena donde se había alojado desde el día previo a la boda. Un increíble ático con vistas al edificio de las mariposas y con un imponente jacuzzi en la terraza.
—Te dejo esto aquí a pesar de que te odio por no querer hacer esta noche fiesta de chicas en el jacuzzi —le había dicho Paula mientras metía la mano en el bolsillo de su pantalón de algodón negro y sacaba un blíster de pastillas en el que quedaban dos.
—Tú y tus pastillitas —le había recriminado Jara, a sabiendas de que su amiga lo solucionaba todo con algún fármaco.
—¿Qué pastillas son estas? —había preguntado Luna mientras cogía el blíster para ojearlo.
—Orfidal, el ansiolítico más vendido en España. Evita los nervios y la ansiedad. Y, no te preocupes, no va a colocarte, simplemente te ayudará a que pegues ojo esta noche —había respondido Paula con normalidad.
—No estoy nerviosa ni voy a estarlo. Es una boda, no voy a parir trillizos —le había contestado Jara. La ironía en el tono había despertado la risa de sus amigas.
—Bueno, yo te lo dejo aquí, por lo que pueda pasar. Que los nervios son traicioneros y como no duermas hoy a ver quién te tapa mañana las ojeras.
Cuando el sol ya se colaba por las rendijas de la ventana del que debería de ser uno de los mejores días de su vida, Jara recordó la frase de su amiga haciendo alusión a sus ojeras. Se levantó sin tregua de la cama en busca del espejo para cerciorarse de que Luna tenía razón y que las ojeras habían hecho mella en su rostro. Al verlas, suspiró y deseó de nuevo haberse tomado antes una de las pastillas del blíster. Abrió el grifo, dejó correr el agua fría, juntó las manos haciendo un pequeño cuenco e introdujo la cara entre ellas. Se miró en el espejo y notó que su cara no resplandecía, no tenía el brillo que se espera de las futuras esposas. Había visto tantas películas románticas que sabía diferenciar con exactitud cuál era el rostro de una mujer que en unas horas iba a pasar por el altar. Pero algo dentro de ella le punzaba sin descanso, un sentir inexplicable semejante a la marabunta de náuseas que te asolan cuando te caza una gastroenteritis. La cabeza le daba vueltas y lo achacó a la botella de vino blanco que descansaba a medias en la mesa del salón y que ni siquiera recordaba haber abierto.
Jara tenía un carácter muy peculiar, así que se había negado a que nadie la maquillara ni la peinara el día de su boda. Tampoco había querido que sus amigas la ayudaran a abrocharse los botones traseros del traje, y mucho menos había accedido a que un fotógrafo le hiciera el típico reportaje mientras se preparaba, pues aquello la horrorizaba. Así que fue ella misma quien se maquilló y se peinó. Jara tan solo quería casarse con Álvaro en una ceremonia íntima en una iglesia llena de flores. Pero su suegra había montado en cólera cuando Álvaro le había dicho, meses antes de la boda, que serían un máximo de veinte invitados, teniendo en cuenta que Jara no tenía familia y que por su parte tan solo acudirían Paula y Luna.
—¿Quieres que todo el mundo hable de nosotros, Álvaro? —preguntó su madre fuera de sí. Se había llevado a su hijo aparte, pensando erróneamente que así Jara no se enteraría de aquella discusión.
—Mamá, me caso solamente porque sé que a Jara le hace ilusión. No quiero montar un circo en el que mis amigos estén bailando borrachos al lado de la abuela y me toque saludar a amigos vuestros que no saben tan siquiera cómo me llamo —le recriminó su hijo.
—Álvaro, tenemos muchos compromisos y ya sabes cómo es la gente con las bodas; si no los invitamos, va a ser una ofensa y en los negocios más vale no tener enemigos —explicó su madre, más preocupada por la farmacéutica que por la decisión de su hijo.
—Joder, mamá, eres inexpugnable. ¿Sabes qué? No tengo ganas de discutir, invita a quien te dé la gana —finalizó Álvaro dándose por vencido.
—Hijo mío, sabes que por mí preferiría que no te casaras, pero ya que has hecho oídos sordos a mis consejos por lo menos que te cases bien —dijo con retintín la madre.
—Dios, mamá, otra vez con lo mismo. No pienso volver a tener esta conversación. Máximo sesenta personas, fin —sentenció Álvaro aquel día.
La condescendencia con la que los Casanova trataban a Jara había hecho a lo largo de los años mella en la joven, que había acabado por declinar las pocas invitaciones a los eventos familiares que le llegaban. Y, aunque siempre los recibía con una sonrisa, a Álvaro jamás le había ocultado la poca simpatía que sentía hacia ellos, a sabiendas de que era recíproco. Así que un halo de rencor le sobrevenía a la joven en todos los asuntos que tuvieran algún resquicio de los Casanova. Por eso Jara confiaba en que Álvaro no hablase aquel día en serio y se hubiera mantenido firme frente a su madre para que en la catedral de Almería finalmente fueran veinte personas, tal y como él le había prometido.
10.50 de la mañana
Jara salió del HO Puerta Purchena vestida de novia. Se había negado también a que ningún coche la recogiera y a que nadie la acompañara. Pero la emoción de Paula y Luna superaba a la petición de su amiga y estaban esperándola con un precioso ramo de girasoles preservados con pequeñas ramas de eucalipto, que habían pactado con ella que sería su regalo de bodas, junto con las sandalias dark beige Tribute de Yves Saint Laurent con tacón de aguja alto revestido, tiras entrelazadas y plataforma biselada que días antes le habían comprado para que las llevara el día de la boda.
—Os pedí que no vinierais —dijo Jara al verlas, pero marcando esa sonrisa en la que te das por vencida.
—¿Estás loca? ¿Cómo ibas a ir paseándote sola por toda Almería vestida de novia? —rio Luna.
—A ver, era una imagen bastante decadente.
Las tres se rieron con el comentario de Jara.
—Además, te hemos traído esto —dijo Paula entregándole el ramo de novia.
—Oh, girasoles, lealtad. Gracias, amigas —respondió Jara emocionada al saber que sus amigas habían escogido esa flor por su significado.
