Chicky
En la granja de los Ryan, en Stoneybridge, cada uno tenía asignada una labor. Los muchachos ayudaban a su padre en el campo a reparar las alambradas, traer las vacas para ordeñarlas o abrir surcos para plantar patatas; Mary daba de comer a las terneras, Kathleen horneaba el pan y Geraldine se ocupaba de las gallinas.
Nunca la habían llamado Geraldine; desde que tenían memoria, para todos ella había sido simplemente Chicky. Una niña muy formal que cada día recogía los huevos frescos o echaba el pienso a los polluelos, acariciándoles suavemente las plumas y canturreándoles siempre cloc, cloc, cloc mientras realizaba la tarea. Chicky había puesto nombre a todas las gallinas, y cuando alguien cogía una para la comida de los domingos, nadie se atrevía a decírselo. Fingían que la habían comprado en la pollería, pero Chicky siempre se daba cuenta.
Durante el verano, Stoneybridge, en el oeste de Irlanda, era un paraíso para los niños, pero el verano era corto y la mayor parte del año el clima era crudo, lluvioso y tormentoso en la costa atlántica. No obstante, siempre les quedaba la posibilidad de explorar cuevas, trepar acantilados, descubrir nidos de pájaros y espiar a las cabras montesas de cuernos grandes y retorcidos. Y también estaba Stone House. Chicky disfrutaba mucho jugando en aquel inmenso jardín cubierto de maleza. En ocasiones, las señoritas Sheedy, las tres hermanas ancianas dueñas de aquella casa, la dejaban jugar a disfrazarse con sus trajes y vestidos viejos.
Chicky vio a Kathleen subir a un tren y marcharse para ser enfermera en un importante hospital de Gales, y más tarde Mary consiguió un empleo en una compañía de seguros. Ninguno de esos trabajos tentaba a Chicky, pero algo tendría que hacer. Con lo que la tierra daba no se podía mantener a toda la familia Ryan. Dos de los muchachos ya habían emigrado a las grandes ciudades del Oeste para dedicarse a los negocios. Brian era el único dispuesto a trabajar con su padre.
La madre de Chicky siempre estaba cansada y su padre, siempre preocupado. Sintieron un gran alivio cuando Chicky encontró trabajo en una fábrica de tejidos. No como operaria o tejedora en casa, sino en la oficina. Era la encargada de enviar las prendas terminadas a los clientes y de llevar la contabilidad. No era un empleo magnífico, pero le permitiría quedarse con su familia; justamente lo que ella quería. Tenía un montón de amigos y cada verano se enamoraba de un O'Hara distinto, pero el noviazgo siempre se quedaba en nada.
Un buen día, Walter Starr, un joven norteamericano pasó por la fábrica y entró en la oficina para comprar un jersey de lana de Aran. Ordenaron a Chicky que le explicara que no era un local de venta al público, que ellos fabricaban los jerséis para las tiendas o bien los enviaban por correo.
—Pues estáis perdiendo clientela —dijo Walter Starr—. Las personas que llegan a este lugar remoto necesitan un jersey de Aran, y lo necesitan de inmediato, no al cabo de un par de semanas.
Era muy guapo. Le recordaba a Jack y Bobby Kennedy cuando eran jóvenes, la misma sonrisa espléndida y los dientes perfectos. Estaba moreno y era muy diferente de los muchachos que rondaban por Stoneybridge. No deseaba que se marchara de la fábrica de tejidos y aparentemente él tampoco quería irse.
Chicky se acordó de un jersey que había utilizado para fotografiar y que todavía conservaban en stock. ¿Querría Walter Starr comprarlo? No era nuevo, pero casi.
Dijo que sería perfecto.
La invitó a dar un paseo por la playa y le aseguró que era uno de los lugares más hermosos de la tierra.
¡Increíble! Había estado en California y en Italia y aun así Stoneybridge le parecía hermoso.
Y pensaba que Chicky también era hermosa. Decía que estaba muy guapa con su cabello oscuro ondulado y sus grandes ojos azules. Siempre que podían, pasaban todo el tiempo juntos. Su primera intención había sido quedarse un día o dos, pero ahora le resultaba muy duro tener que marcharse. A menos que ella se fuera con él, claro.
Chicky rompió a reír al imaginar que de buenas a primeras debía renunciar a su puesto en la fábrica textil y anunciar a sus padres que se iba a recorrer Irlanda en autoestop con un norteamericano que acababa de conocer. Lo habrían aceptado mejor si se hubiese tratado de un viaje a la Luna.
A Walter le pareció que su horror ante la propuesta era conmovedor, e incluso adorable.
—Solo tenemos una vida, Chicky. Ellos no pueden vivirla por nosotros. Debemos vivirla nosotros mismos. ¿Crees que mis padres están contentos de que yo esté aquí, en medio de ninguna parte, pasándolo bien? No, ellos quieren verme en el Club de Campo, jugando al tenis con las chicas de buena familia, pero, no temas, aquí es donde yo quiero estar. Así de simple.
Walter Starr vivía en un mundo donde todo era simple. Si se amaban, ¿qué había más natural que hacer el amor? Cada uno sabía que el otro tenía razón; entonces ¿por qué complicarse con lo que los demás fueran a decir, pensar o hacer? Un Dios bondadoso comprendía el amor. El padre Johnson, que había hecho votos de no enamorarse jamás, no. Ellos, en cambio, no precisaban contratos o certificados, nada de esas estupideces, ¿verdad?
Y al cabo de seis magníficas semanas, cuando Walter se preparaba ya para regresar a Estados Unidos, Chicky estaba dispuesta a marcharse con él. Esto supuso numerosas peleas y dramas y un enorme disgusto en el hogar de los Ryan. Pero Walter no era consciente de nada de esto.
El padre de Chicky estaba más preocupado que nunca, pues todo el mundo diría que había criado a una vagabunda que no llegaría a nada en la vida.
La madre de Chicky parecía más cansada y decepcionada que nunca y repetía que solo Dios y su santa madre sabían en qué se había equivocado ella, cuando crió a Chicky, para merecer ese castigo.
Kathleen decía que menos mal que llevaba un anillo de compromiso en el dedo, ya que ningún hombre habría querido saber nada de ella si se hubiera enterado de qué clase de familia provenía.
Mary, que trabajaba en la oficina de seguros y estaba saliendo con uno de los O'Hara, dijo que, gracias a Chicky, los días de su romance estaban contados. La familia O'Hara era muy respetada en el pueblo y encontrarían inadmisible semejante conducta.
Su hermano Brian mantuvo la cabeza gacha y no dijo una palabra. Cuando Chicky le preguntó qué pensaba, Brian contestó que no pensaba. Que no tenía tiempo para pensar.
Las amigas de Chicky, Peggy, que también trabajaba en la fábrica de tejidos, y Nuala, que era la sirvienta de las señoritas Sheedy, afirmaron que era lo más emocionante e insensato que habían escuchado jamás, y que era extraordinario que tuviera el pasaporte en regla gracias al viaje que habían hecho a Lourdes con el colegio.
Walter Starr dijo que vivirían en Nueva York con sus amigos. Iba a dejar la facultad de derecho; no era lo que más le convenía. Si tuviéramos varias vidas, bueno, entonces quizá sí, pero como tenemos una sola, no valía la pena desperdiciarla estudiando derecho.
La noche antes de su partida, Chicky trató de que sus padres la comprendieran. Tenía veinte años, toda la vida por delante y deseaba amar a su familia y que ellos la correspondieran a pesar de su decepción.
Al ver el rostro tenso y severo de su padre, Chicky comprendió que nunca más sería bien recibida en aquella casa, que todos se sentían avergonzados de ella.
Su madre estaba amargada. Decía que Chicky se comportaba de manera insensata, muy insensata. No duraría, no podía durar. No era amor; más bien un capricho. Si ese Walter realmente la amaba, entonces la esperaría y le daría un hogar, su apellido y un futuro, en lugar de todas esas tonterías.
En el hogar de los Ryan la atmósfera se podía cortar con un cuchillo.
Sus hermanas no la apoyaban. Pero Chicky se mantenía firme. Ellas no habían conocido el verdadero amor. No iba a cambiar sus planes. Tenía su pasaporte. Se marcharía a América.
—Deseadme suerte —les había suplicado la noche antes de partir, pero le volvieron la espalda.
—No dejéis que me vaya con vuestra frialdad como único recuerdo.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
Su madre dio un gran suspiro.
—Frialdad sería si te dijéramos: «Anda, vete, diviértete». Estamos tratando de hacer lo que es mejor para ti. Ayudarte a decidir lo mejor para tu vida. Esto no es amor, es solo un capricho. No puedes pretender que encima te demos nuestra bendición. No la tendrás. No vale la pena fingir.
De manera que Chicky se marchó sin ella.
En el aeropuerto Shannon había muchísima gente despidiéndose de sus hijos que partían hacia una nueva vida en Estados Unidos. No había nadie para despedir a Chicky, pero a ella y a Walter no les importó. Tenían toda la vida por delante.
Nada de normas, nada de comportarse como es debido para complacer a vecinos y parientes.
Ellos serían libres, libres de trabajar donde quisieran y en lo que les apeteciera.
Nada de tratar de cumplir sueños ajenos, como casarse con un granjero rico en el caso de Chicky, o llegar a ser un abogado exitoso, que era lo que la familia de Walter ambicionaba para él.
Los amigos de Walter eran bien recibidos en el amplio apartamento de Brooklyn. Parecían jóvenes, amables y simpáticos. Trabajaban en librerías o en bares. Algunos eran músicos. Entraban y salían sin problema. Nadie montaba escándalos. Era muy distinto al hogar de Chicky. Una pareja llegó de la costa y una chica, que escribía poesía, de Chicago. Había un muchacho mexicano que tocaba la guitarra en bares latinos.
Todo el mundo era tan fácil de contentar que a Chicky le parecía maravilloso. Nadie tenía exigencias. Eran capaces de preparar chile con carne en abundancia para la cena y todos colaboraban. No existían presiones.
Deseaban que sus familias los comprendieran, soltaban algún suspiro, pero ello no los afligía demasiado. Chicky no tardó en sentir que el recuerdo de Stoneybridge se desdibujaba poco a poco. No obstante, escribía una carta a su familia cada semana. Había decidido desde el principio que no sería ella quien alimentaría la disputa.
Si una de las partes se comportaba con normalidad, la otra, tarde o temprano, tendría que reaccionar y comportarse de la misma forma.
Algunas de sus amigas sí que le escribían, y por ellas se enteró de ciertas cosas. Peggy y Nuala le contaron las novedades del pueblo. No parecía que las cosas hubieran cambiado demasiado. De manera que escribió a su familia para decirles que estaba encantada con los planes para la boda de Kathleen con Mikey, pero no mencionó que había oído decir que el romance de Mary con Sonny O'Hara se había terminado.
Su madre le enviaba escuetas tarjetas preguntando si ya había fijado la fecha de su boda y si había sacerdotes irlandeses en la parroquia.
Chicky no les contaba nada sobre la vida en comunidad que llevaba en el gran apartamento abarrotado de gente que entraba y salía y tocaba la guitarra sin parar. Por mucho que lo intentaran, no serían capaces de entenderlo.
En cambio les contó que acudían a inauguraciones de exposiciones de arte y a estrenos de teatro. Se enteraba de estos eventos por los periódicos y, a veces, efectivamente, habían ido a matinées o conseguido, por amigos de amigos deseosos de llenar la sala, localidades a bajo precio para algún preestreno.
Walter tenía un empleo que consistía en ayudar a catalogar la biblioteca de unos viejos amigos de sus padres. Decía que era así como su familia esperaba convencerlo de que volviera a una forma de vida académica, y además no era un mal trabajo. Lo dejaban solo y no lo fastidiaban. Eso era todo lo que la gente deseaba en la vida.
Chicky aprendió que eso era justamente lo que Walter deseaba en la vida. De manera que no le daba la lata con cosas como cuándo conocería a sus padres o cuándo se buscarían un lugar para vivir ellos dos solos o qué harían en el futuro. Estaban juntos en Nueva York. Era suficiente, ¿no?
Y en muchos aspectos sí lo era.
Chicky consiguió trabajo en un diner. El horario le convenía. Se levantaba muy temprano y salía del apartamento antes de que los demás se hubieran despertado. Ayudaba a abrir, hacía su turno y servía los desayunos, y estaba de vuelta antes de que para los demás hubiera empezado el día. Chicky les llevaba leche fría y bagels que sobraban de los desayunos del diner. Se acostumbraron a que llegara todas las mañanas con provisiones.
Seguía teniendo noticias de su casa, aunque cada vez menos.
La boda de Kathleen con Mikey y la noticia de que estaba embarazada; Mary salía con JP, un granjero de quien solían reírse y al que consideraban un viejo penoso. Pero se trataba de un noviazgo en serio. Brian salía con una de las O'Hara; la familia de Chicky creía que era fantástico, pero los O'Hara se mostraban mucho menos entusiasmados con el asunto. El padre Johnson había pronunciado un sermón diciendo que Nuestra Señora lloraba cada vez que se mencionaba el plebiscito sobre el divorcio en Irlanda, y algunos feligreses habían protestado arguyendo que esta vez había ido demasiado lejos.
Faltaron pocos meses para que Stoneybridge se fuera transformando en un mundo totalmente irreal.
Igual que la vida en aquel apartamento, con más personas que llegaban y otras más que se iban, historias de amigos que habían decidido irse a vivir a Grecia o a Italia y de otros que tocaban música toda la noche en los sótanos de Chicago. Para Chicky, la realidad era ese mundo de fantasía basado en una vida llena de ocupaciones, muy activa y exitosa; la vida que llevaban en Manhattan.
Nadie de Stoneybridge vendría nunca a Nueva York, no había peligro de que una visita inesperada descubriera las mentiras y su patética decepción. Desde luego que no podía contarles la verdad: que Walter había abandonado su trabajo de catalogar la biblioteca. Decía que era muy aburrido, y además el viejo matrimonio le repetía constantemente que debía ir un fin de semana a casa de sus padres para verlos un rato al menos.
Chicky no entendía qué podía tener eso de malo, pero como Walter se lo tomaba a la tremenda, asintió comprensiva cuando él dejó el empleo. Entonces ella trabajó horas extra en el diner a fin de costear los gastos del apartamento.
Por otra parte, hacía días que lo notaba bastante inquieto; cualquier cosa, por insignificante que fuera, lo contrariaba. Quería que Chicky estuviera siempre alegre y adorable. Y así se la veía. Aunque por dentro se sentía cansada y ansiosa, no lo exteriorizaba.
Escribía a su familia una vez por semana y creía cada vez más en su propio cuento de hadas. Empezó por llenar un cuaderno de espiral con los pormenores de la supuesta vida que llevaba. No deseaba cometer ningún desliz.
Para consolarse, les escribió contándoles acerca de la boda. Les explicó que Walter y ella se habían casado en una sencilla ceremonia civil. Que habían sido bendecidos por un sacerdote franciscano. Había sido maravilloso y ambos sabían que sus respectivas familias se alegrarían de que hubieran dado este paso. Chicky explicó que los padres de Walter no habían podido asistir a la ceremonia porque se encontraban de viaje en el extranjero, pero que todo el mundo estaba muy contento.
Incluso llegó a creer que todo eso, en muchos sentidos, era cierto. Desde luego, era mejor que admitir que Walter estaba cada día más nervioso y pensaba marcharse.
Cuando Walter y Chicky se separaron, lo hicieron tan deprisa que a todos les pareció algo inevitable. Walter le dijo amablemente que había sido estupendo, pero que se había acabado.
Se había presentado otra oportunidad, otra amiga que tenía un bar en el que Walter podía trabajar. Nuevo escenario. Nuevo comienzo. Nueva ciudad. Se marcharía al final de la semana.
Pero a ella le llevó siglos entender lo que ocurría.
Al principio creyó que era una broma. O una especie de prueba. Una sensación de vacío, de irrealidad, le oprimía el pecho, como una enorme cavidad que se volvía más y más grande.
No podía haberse terminado. No lo que había entre ellos. Suplicaba y prometía; cualquier cosa que estuviera haciendo mal, la corregiría.
Walter le aseguraba, con infinita paciencia, que no era culpa de nadie. Las cosas eran así: el amor florecía, el amor moría. Era triste, desde luego, estas cosas siempre resultaban tristes. Pero seguirían siendo amigos y se acordarían de los buenos tiempos que habían vivido juntos.
No había nada que ella pudiera hacer salvo regresar a Stoneybridge y a sus playas agrestes, las mismas por las que habían paseado juntos y se habían enamorado.
Pero Chicky nunca regresaría.
Era lo único que sabía, la única certeza en un mundo de arenas movedizas donde todo a su alrededor estaba cambiando. No podía seguir viviendo en el apartamento, aunque los demás se lo pidieran. Lo cierto era que, aparte de ellos, contaba con muy pocos amigos. Vivía demasiado recluida; no tenía nada que contar, ni historias ni opiniones que compartir con sus amigos. Lo que ella necesitaba era la compañía de personas que no le hicieran preguntas ni aventuraran suposiciones.
Y lo que Chicky necesitaba, además, era un empleo.
No podía continuar en el diner. A los dueños les complacería mucho que se quedara, pero, una vez que Walter se marchara, no le apetecería seguir viviendo en aquel barrio.
No importaba qué tipo de trabajo. Realmente no le importaba. Tenía que ganarse la vida, hacer algo para subsistir hasta que tuviera las ideas claras.
Chicky no pudo dormir el día que Walter se marchó.
Lo intentaba, pero el sueño no venía. Entonces se sentaba en una silla de la habitación que había compartido con Walter Starr durante aquellos cinco meses estupendos (y aquellos tres meses aborrecibles).
Él dijo que nunca antes se había quedado tanto tiempo en un sitio. Dijo que no había querido lastimarla. E incluso le suplicó que volviera a Irlanda, donde la había conocido.
Ella se limitó a sonreírle entre lágrimas.
Bastaron cuatro días para encontrar otro lugar donde vivir y un nuevo empleo. Uno de los obreros que trabajaba en el edificio contiguo al diner se había caído y lo habían llevado allí para que se repusiera.
—No me encuentro tan mal como para ir al hospital —dijo—. Llamad a la señora Cassidy, ella sabrá qué hacer.
—¿Quién es la señora Cassidy? —le había preguntado Chicky a ese hombre con acento irlandés y mucho temor a perder un día de trabajo.
—Es la encargada de Habitaciones Selectas —respondió—. Es una buena persona, muy discreta; es a quien hay que llamar.
El hombre estaba en lo cierto. La señora Cassidy se hizo cargo de la situación.
Era una mujer menuda, activa, con ojos penetrantes y el pelo recogido en un moño, lo cual le daba un aspecto severo. Parecía alguien que no perdía el tiempo.
Chicky la observaba con admiración.
La señora Cassidy organizó el traslado del herido a su casa de huéspedes. Adujo que tenía una vecina enfermera y que, si su estado de salud empeoraba, esta se ocuparía de llevarlo al hospital.
Al día siguiente, Chicky telefoneó al hostal Habitaciones Selectas, de Cassidy.
Primero preguntó por el obrero herido que habían llevado el diner. Después solicitó un empleo.
—¿Por qué se dirige a mí? —había preguntado la señora Cassidy.
—Dicen que usted no se entromete en los asuntos de nadie y que además no es chismosa.
—Estoy demasiado ocupada para eso —admitió ella.
—Podría hacer la limpieza. Soy fuerte y no me canso.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó la señora Cassidy.
—Mañana cumplo veintiuno.
Los años que llevaba observando a las personas y diciéndoles lo mínimo indispensable habían convertido a la señora Cassidy en una mujer muy expeditiva.
—¡Feliz cumpleaños! —dijo—. Recoja sus cosas y véngase hoy mismo.
No le llevó mucho tiempo juntar sus pertenencias, todo cabía en un pequeño bolso. Y fue lo único que se llevó de aquel apartamento tan grande donde había vivido, por ser la chica de Walter Starr, acompañada de un grupo de jóvenes inquietos durante algunos meses felices, antes de que el circo abandonara la ciudad sin ella.
Y así comenzó la nueva vida de Chicky. Dormía en un cuartito casi monástico en el último piso de la pensión, y estaba en pie desde muy temprano para limpiar los bronces, fregar los suelos y empezar a preparar el desayuno.
La señora Cassidy tenía ocho inquilinos, todos irlandeses, y no precisamente del tipo de personas que suelen empezar el día con cereales y fruta. Eran hombres que trabajaban en la construcción o en el metro, hombres que precisaban un buen tocino con huevos que les permitiera aguantar hasta la hora de almorzar, cuando daban cuenta del bocadillo de jamón que Chicky les preparaba, envuelto en papel parafinado, y les entregaba a cada uno antes de que se fueran a trabajar.
Acto seguido, había que hacer las camas, lavar y repasar las ventanas y limpiar el salón, y luego Chicky acompañaba a la señora Cassidy a hacer las compras. Aprendió a marinar los filetes de carne barata para que su sabor fuera excelente y cómo transformar el plato más sencillo en una comida para los días de fiesta. Siempre había un jarrón con flores o una planta en su maceta sobre la mesa.
La señora Cassidy se vestía siempre muy bien cuando servía la cena, y los hombres, en cierto modo, seguían el ejemplo. Todos sin excepción se lavaban y se cambiaban de camisa antes de sentarse a la mesa. Cortesías engendran cortesías.
Chicky siempre la llamaba señora Cassidy. No conocía su nombre de pila ni la historia de su vida, tampoco lo que hubiera podido sucederle al señor Cassidy, si es que alguna vez hubo tal señor.
Y a cambio ella tampoco le hacía preguntas a Chicky.
Se trataba de una relación muy tranquila.
La señora Cassidy había subrayado la importancia de obtener para Chicky la tarjeta verde de residente permanente y de registrarse para votar en el concejo municipal a fin de asegurarse de que hubiera el número necesario de funcionarios irlandeses. Le explicó cómo se obtenía un número de apartado de correos para recibir correspondencia sin que nadie supiera dónde vivía o lo que hacía.
Había desistido de intentar convencer a la muchacha para que tuviera una vida social. Era una mujer joven en la ciudad más fascinante del mundo. Había grandes oportunidades. Pero Chicky era categórica. No quería saber nada de pubs, ni de clubes irlandeses, ni tampoco del cuento de que este o aquel inquilino podría ser un buen marido. La señora Cassidy captó el mensaje y tomó nota.
No obstante, aconsejó a Chicky que asistiera a clases para adultos y siguiera cursos de formación. Chicky aprendió a ser una chef pastelera sensacional. En la panadería del barrio le habían ofrecido un empleo a tiempo completo, pero ella no tenía el menor interés en abandonar Habitaciones Selectas, el hostal de la señora Cassidy.
Como Chicky tenía muy pocos gastos, sus ahorros aumentaban. Cuando no estaba trabajando con la señora Cassidy, hacía otras faenas. Cocinaba para bautizos, primeras comuniones, bar mitzvahs y fiestas de jubilados.
Todas las noches, la señora Cassidy y ella se sentaban a la cabecera de la mesa de sus huéspedes selectos.
Seguía sin conocer nada sobre la vida de la señora Cassidy y esta tampoco le había preguntado por la suya. De manera que fue una sorpresa que la señora Cassidy le dijera que creía que debía hacer una visita a Stoneybridge.
—Vete ahora, o terminarás por dejarlo para cuando sea demasiado tarde. Y entonces el regreso se convierte en un gran problema. En cambio, si vas este año, y haces solo una visita breve, es mucho más fácil.
Y realmente fue mucho más fácil de lo que había imaginado.
Escribió a Stoneybridge y les contó que Walter estaría una semana en Los Ángeles por un viaje de negocios y que le había sugerido que aprovechara el tiempo para viajar a Irlanda. Le encantaría regresar a casa, aunque fuera por pocos días, para hacerles una visita, y por lo demás esperaba que a todos les pareciera bien.
Habían transcurrido cinco años desde el día en que su padre le había dicho que no volvería a poner los pies en su casa. Sin embargo, todo había cambiado.
Su padre ahora era un hombre distinto. El corazón le había dado varios sustos y se había dado cuenta de que él no gobernaba el mundo, ni siquiera la parte del mundo que le había tocado en suerte.
Su madre ya no temía tanto como antes lo que la gente fuera a pensar.
Su hermana Kathleen, convertida ahora en la esposa de Mikey y la madre de Orla y Rory, había olvidado las duras palabras con las que en su día le había reprochado haber deshonrado a la familia.
Mary, casada para entonces con JP, el viejo granjero loco de la casa en la colina, se había apaciguado.
Brian, herido por el rechazo de la familia O'Hara, vivía enfrascado en su trabajo y apenas se dio cuenta de que su hermana había regresado.
De manera que la visita resultó tan sorprendentemente fácil que, en lo sucesivo, Chicky regresó todos los veranos a casa y al cariño de su familia.
En Stoneybridge acostumbraba a caminar muchos kilómetros durante el día y se detenía a conversar con los vecinos, proporcionándoles detalles de su mítica vida del otro lado del Atlántico. Eran muy pocos los que alguna vez habían viajado a un país como Estados Unidos, que quedaba tan lejos; sabía que no tendría visitantes inesperados, y eso la tranquilizaba. No había riesgo de que su mascarada se desmoronara a causa de la llegada sorpresiva de alguien de Stoneybridge a un apartamento inexistente.
Muy pronto incluso ella se mimetizó con el paisaje.
Se encontraba con su amiga Peggy y esta le contaba todos los culebrones acaecidos en la fábrica textil. Hacía mucho tiempo que Nuala se había marchado a vivir a Dublín y no habían vuelto a saber de ella.
—Siempre que vemos a Chicky paseando por la playa sabemos que julio ha llegado —le decían las tres hermanas Sheedy.
Y el rostro de Chicky se iluminaba con una enorme sonrisa que las envolvía con su calidez y les decía, a ellas y a quien estuviera presente en aquel momento, que no había en el mundo un lugar tan especial como Stoneybridge, no importaba cuantas cosas maravillosas hubiera visto en el extranjero.
Esto complacía a la gente.
A quién no le gustaba que lo elogiaran por haber sabido no moverse de Stoneybridge, por haber elegido lo correcto.
La familia preguntaba por Walter y se alegraban de sus éxitos y su popularidad. Si estaban avergonzados por haberlo agraviado tanto, nunca lo mencionaron.
Pero de repente todo cambió.
Orla, la mayor de sus sobrinas, era ya una adolescente. Esperaba poder viajar al año siguiente a Norteamérica con su amiga Brigid, una de la tribu de los pelirrojos, los O'Hara. Y preguntaba si podrían quedarse un tiempecito con tía Chicky y tío Walter. No los molestarían para nada.
Chicky no vaciló.
Por supuesto que Orla y Brigid podían visitarlos, sería estupendo. Una idea magnífica; no había ningún problema, les aseguró. La procesión iba por dentro, pero nadie se daría cuenta. Debía conservar la calma. Lo resolvería más tarde. Ahora tocaba aceptar, anticipar la visita y mostrar entusiasmo.
Orla preguntó qué harían al llegar a Nueva York.
—Tío Walter os irá a recoger a Kennedy, vendréis primero a casa a refrescaros y luego os llevaré a dar un paseo en barco por Manhattan con los cruceros Circle Line, para que os familiaricéis con la ciudad. Otro día iremos a Ellis Island y a Chinatown. Lo pasaremos en grande.
Y mientras Chicky aplaudía y se entusiasmaba con todo aquel programa, se imaginaba la visita como si realmente estuviera sucediendo. Podía ver la figura amable y protectora de tío Walter que se reía con tristeza y pesar, lamentándose por las hijas que no habían tenido, por tanto se dedicaría a darles todos los gustos. El mismo Walter que la había abandonado en Nueva York a los pocos meses de haber llegado y que había partido rumbo al oeste a través del vasto continente americano.
Hacía mucho que lo había superado y el recuerdo de su vida con él se volvía más y más impreciso. Rara vez pensaba en aquello. En cambio, la vida falsa, la existencia de su fantasía, era nítida y cristalina.
Le había permitido sobrevivir. La certeza de que, en Stoneybridge, todos se habían equivocado y que ella, Chicky, con veinte años, había sido más sensata que muchos de ellos. Estaba felizmente casada y llevaba una vida activa y exitosa en Nueva York. Sería estúpido contarles que él la había dejado y que ella estaba fregando suelos, limpiando dormitorios y sirviendo comidas para la señora Cassidy, que había escatimado en gastos y había ahorrado, y que no se había tomado vacaciones en su vida salvo una semana al año para regresar a Irlanda.
Esta vida inventada había sido su recompensa.
¿Cómo recrearla para Orla y su amiga Brigid? Después de años de esmerada construcción, ¿había llegado el momento en que todo se descubriría? Pero no debía preocuparse ahora y dejar que perturbara la paz de sus vacaciones. Pensaría en ello más tarde.
No se le ocurrió nada convincente al regresar a su vida neoyorquina. Era una vida con la que nadie había soñado en Stoneybridge. Chicky no veía solución para el problema de Orla y su amiga Brigid O'Hara. Resultaba exasperante. ¿Por qué no habían elegido Australia, como muchos otros chicos y chicas irlandeses? ¿Por qué tenía que ser Nueva York?
De vuelta a su trabajo en Habitaciones Selectas, Chicky rompió la regla que había existido durante tanto tiempo entre la señora Cassidy y ella.
—Tengo un problema —dijo sin más.
—Hablaremos de problemas después de cenar —replicó ella.
La señora Cassidy sirvió dos copas de un vino que ella llamaba oporto y Chicky la puso al corriente de la historia que nunca antes le había contado. Desde el principio. Iba retirando capas enteras de engaño como pieles de cebolla mientras explicaba que el juego se había terminado: su familia, que creía en el tío Walter, deseaba venir a conocerlo.
—Creo que Walter se murió —dijo la señora Cassidy con mucha calma.
—¿Qué?
—Creo que se mató en la autopista de Long Island, en un choque múltiple; apenas pudieron identificar los cuerpos.
—No funcionará. No lo creerían.
—Sucede todos los días, Chicky.
Y, como siempre, la señora Cassidy tuvo razón.
Funcionó.
Una tragedia terrible, un infierno en la autopista, una vida segada. En Stoneybridge, todos se sintieron muy afligidos por ella. Deseaban viajar a Nueva York para acompañarla en el funeral, pero Chicky les dijo que sería muy íntimo. Como Walter lo hubiera querido.
Su madre lloraba por teléfono.
—Chicky, fuimos tan duros con él. Que Dios nos perdone.
—Estoy segura de que ya lo ha hecho, hace tiempo. —Chicky estaba serena.
—Intentábamos hacer lo que pensábamos que era lo mejor —explicaba su padre—. Creíamos que sabíamos juzgar a la gente, pero ahora es tarde para decirle que estábamos equivocados.
—Creedme, él lo entendía.
—Pero ¿podemos al menos escribir a su familia?
—Yo ya les he enviado vuestras condolencias, papá.
—Pobre gente. Deben de estar destrozados.
—Son muy positivos. Se consuelan pensando que tuvo una buena vida.
Querían saber si debían publicar una esquela en el periódico. Chicky les dijo que no lo hicieran. Arguyó que su manera de afrontar el dolor era terminar su vida allí, tal como la había conocido. Lo mejor que podían hacer era recordar a Walter con afecto y dejarla sola hasta que sus heridas sanaran. Iría a casa el verano próximo, como siempre.
La vida debía continuar.
Esto resultaba bastante misterioso para todos los que leían las cartas que enviaba a su familia. Quizá el dolor la había desquiciado. Al fin y al cabo, ellos se habían equivocado mucho con Walter Starr cuando vivía. Tal vez debieran respetarlo ahora que estaba muerto. Sus amigas comprendían su necesidad de estar sola. Ella esperaba que su familia hiciera lo mismo.
Orla y Brigid, que habían planeado viajar y visitar el apartamento de la Séptima Avenida, estaban desconsoladas.
No solo tío Walter no iría a recibirlas al aeropuerto, sino que tampoco habría siquiera vacaciones. Ni la menor posibilidad de que la tía Chicky las llevara a hacer ese paseo en la Circle Line por la isla de Manhattan. Por lo visto se estaba mudando.
De todos modos, la oportunidad de viajar a Nueva York se había desvanecido. No podía haber sucedido en un momento más inoportuno.
Seguían manteniendo el contacto y le contaban todas las novedades del pueblo. Los O'Hara andaban como locos comprando casas en Stoneybridge para transformarlas en residencias veraniegas. A dos de las ancianas Sheedy se las había llevado la neumonía durante el invierno. La llamaban «la amiga de los viejos»; terminaba con la vida de todos aquellos que se quedaban sin aliento aunque lo hacía de manera apacible.
La señorita Queenie Sheedy seguía allí; rara, desde luego, viviendo en su pequeño mundo. Stone House se estaba viniendo abajo. Corrían rumores de que la dueña apenas tenía dinero para pagar las cuentas. Todos pensaban que se vería obligada a vender la casona sobre el acantilado.
Chicky leía todo aquello como si de noticias de otro planeta se tratara. No obstante, el verano siguiente reservó su vuelo para Irlanda. Se llevó ropa más oscura. No de luto, como a su familia le hubiera gustado, pero faldas con menos amarillos y rojos y blusas más grises y azul marino. Y los mismos zapatos cómodos para caminar.
Andaba como mínimo unos veinte kilómetros diarios por las playas y los acantilados que rodeaban Stoneybridge, por los bosques y las zonas de obras donde los O'Hara estaban ocupados con proyectos de casas de estilo español, con verjas negras de hierro forjado y terrazas abiertas al sol, más apropiadas para climas más cálidos y amables que para los fuertes vientos que asolaban Stoneybridge, aquella región agreste y remota de la costa atlántica.
Durante uno de sus paseos se encontró con la señorita Queenie Sheedy, débil y desamparada sin sus dos hermanas. Se compadecieron mutuamente por sus respectivas pérdidas.
—¿Volverás aquí ahora que tu vida de allá se ha acabado y tu pobre esposo tan querido se ha ido junto al Señor? —preguntó la señorita Queenie.
—No lo creo, señorita Queenie. No podría amoldarme a la vida de aquí. Y ya soy muy mayor para vivir con mis padres.
—Comprendo, querida, las cosas no resultan como uno las espera, ¿verdad? Yo tenía la ilusión de que un día volvieras y vivieras en esta casa. Era mi sueño.
Y así empezó.
La descabellada idea de comprar la gran casa del acantilado. Stone House, en cuyo parque agreste y salvaje había jugado de niña; la misma casa que contemplaba desde el mar cuando salían a nadar, y donde su amiga Nuala había trabajado al servicio de las encantadoras señoritas Sheedy.
Era posible. Walter solía decir que todo lo que nos sucedía dependía de nosotros mismos.
La señora Cassidy siempre decía: ¿por qué no puede sucedernos tanto como a cualquier otro?
La señorita Queenie convino en que era una brillante idea.
—Yo no podría pagarle lo que otros le darían por esta casa —se excusó Chicky.
—¿Y para qué quiero yo dinero a estas alturas de mi vida? —había respondido la señorita Queenie.
—He estado demasiado tiempo fuera —repuso Chicky.
—Pero volverás. Te encanta pasear por aquí, te fortalece; hay tanta luz, y el cielo cambia y se ve distinto a cada hora que pasa. Te sentirás muy sola cuando regreses a Nueva York y no encuentres al hombre que tan bueno ha sido contigo durante todos estos años. Ven a casa ahora mismo, si lo deseas, yo ocuparé el cuarto del desayuno que está en la planta baja. ¿Sabes?, ya no me siento tan segura cuando bajo o subo por esa vieja escalera.
—No diga tonterías, señorita Queenie. Esta es su casa. No puedo aceptarlo. Y ¿qué haría yo con una casa tan grande como esta para mí so
