Índice
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Índice
Nota previa a esta edición
Nota previa a Mientras ellas duermen
Nota previa a Cuando fui mortal
Cuentos aceptados
La dimisión de Santiesteban (1975)
Gualta (1986)
La canción de Lord Rendall (1989)
Una noche de amor (1989)
Un epigrama de lealtad (1989)
Mientras ellas duermen (1990)
Lo que dijo el mayordomo (1990)
El médico nocturno (1991)
La herencia italiana (1991)
En el viaje de novios (1991)
Prismáticos rotos (1992)
Figuras inacabadas (1992)
Domingo de carne (1992)
Cuando fui mortal (1993)
Todo mal vuelve (1994)
Menos escrúpulos (1994)
Sangre de lanza (1995)
En el tiempo indeciso (1995)
No más amores (1995)
Mala índole (1996)
Un sentido de camaradería (2000)
Un inmenso favor (2000)
Caído en desgracia (2005)
Cuentos aceptables
La vida y la muerte de Marcelino Iturriaga (1968)
El espejo del mártir (1978)
Portento, maldición (1978)
El viaje de Isaac (1978)
El fin de la nobleza nacional (1978)
En la corte del rey Jorges (1991)
Serán nostalgias (1998)
Sobre el autor
Créditos
Nota previa a esta edición
Ha pasado mucho tiempo desde que publiqué mis dos únicos libros de cuentos, Mientras ellas duermen (1990, con una reedición ampliada en 2000) y Cuando fui mortal (1996). El suficiente para que quizá no esté de más reunir aquí sus relatos, con el añadido de los cuatro que, escritos con posterioridad a las fechas iniciales de esas colecciones, andaban hasta ahora perdidos en las hemerotecas —si es que alguien visita aún esos lugares— y en todo caso resultaban difíciles de encontrar para el lector aficionado o curioso. Y dado que en los últimos años he dedicado muy poca energía a los cuentos y no llevo visos de írsela a dedicar tampoco en el futuro cercano, el presente volumen es una buena oportunidad para recuperarlos, sin esperar —tal vez en vano— a reunir los bastantes ‘nuevos’ para componer un tercer libro independiente. Debo decir, en mi leve descargo, que el que da título al conjunto, ‘Mala índole’ —el más largo y acaso el más logrado—, hace mucho que algunos lectores impacientes me piden que lo vuelva a dar a la imprenta, sobre todo tras ver que en otras lenguas sí está disponible, publicado como librito autónomo, y que a él se hacía leve referencia en mi novela más reciente, Los enamoramientos. Que vuelva a existir en español —no voy a engañarles— es una de las principales razones para justificar esta recopilación.
Como se puede comprobar en el Índice, he distribuido mis cuentos bajo dos epígrafes: Cuentos aceptados, que incluye todos aquellos de los que aún no me avergüenzo, y Cuentos aceptables, con aquellos de los que sí me avergüenzo un poco pero no demasiado. Si he dado el visto bueno a estos últimos ha sido, en parte, para no ofrecer menos piezas de las que contenía la reedición de 2000 de Mientras ellas duermen, en la que figuraban todos ellos. Pero, al aparecer ahora agrupados, el lector lo tendrá más fácil si desea saltárselos. No perdería demasiado.
Los textos de los dos apartados suman treinta, y no son todos los que he escrito del género. De hecho, hay un tercer epígrafe que no aparece en el Índice puesto que las piezas correspondientes sí están excluidas, al ser Cuentos inaceptables. La mayoría de éstos son prehistóricos, es decir, escritos o publicados hacia 1968 o así, tres años antes de la aparición de mi primera novela, Los dominios del lobo. Sé los títulos de casi todos, mientras que el recuerdo de su contenido es muy difuso, por fortuna, y no pienso someterme al bochorno de releer los que conservo: ‘El viejo vasco-andaluz’, con algún eco barojiano; ‘El loco de las lilas’ y ‘La mirada’, sin duda cursis hasta el sonrojo; ‘Los pies en la cara’, influido (pioneramente en España, ya que es en efecto de 1968) por las canciones de Leonard Cohen que escuchaba a todas horas; ‘Gospel, el monstruo feliz’, del que mi primo Ricardo Franco y yo sacamos luego el guión de su primer cortometraje como director, Gospel, que ganó un premio en un festival de cine. Y, si no me equivoco, tuve la debilidad de insertar una versión de este cuentecillo en Los dominios del lobo. También en esa época hubo uno muy breve sobre un enano homosexual corruptor, cuyo título se me escapa. Se lo dediqué y regalé a un amigo muy gay de aquel entonces —aunque más tarde sé que se casó y tuvo hijos—. Mi madre lo leyó por azar y se preocupó un poco, para mi diversión, pues en aquellos tiempos iba ya de novia en novia efímera, como correspondía a mi edad, y más bien penando por ellas, como también correspondía. En este apartado inaceptable se encuentra asimismo ‘Contumelias’, que formó parte de mi libro El monarca del tiempo (1978) y que ya desde el título, me temo —no he querido releerlo nunca—, era de una extrema pedantería. Es mejor, se lo aseguro, que ninguno de estos textos vea la luz de nuevo (los que la vieron no fueron todos).
Las procedencias de los veintiséis relatos ya incluidos en Mientras ellas duermen y Cuando fui mortal, así como —a veces— las circunstancias en que fueron escritos están detalladas en las respectivas Notas previas a esas colecciones, que por eso se reproducen a continuación sin variaciones. En lo referente a los cuatro restantes (que aquí se ofrecen revisados, o aun levemente ampliados), esta es su pequeña historia:
‘Mala índole’ apareció en El País, por entregas, los días 19, 20, 21, 22, 23 y 24 de agosto de 1996. En 1998 fue objeto de una edición limitada en Plaza y Janés, inencontrable desde hace ya bastantes años.
‘Un sentido de camaradería’ se publicó en El País Semanal el 2 de enero de 2000.
‘Un inmenso favor’ apareció en el suplemento El Semanal el 24 de septiembre de 2000.
Por último, ‘Caído en desgracia’ fue escrito para ser leído en voz alta en italiano —o quizá fue con subtítulos— en la Basílica de Magencio, de Roma, el 22 de junio de 2005 (no sé bien por qué motivo), y en español vio la luz en El País Semanal el 21 de agosto del mismo año.
Nada es nunca seguro, pero, dado lo poco que he frecuentado el noble arte del cuento en los últimos tiempos, es posible que ya no escriba más y que lo que aquí se ofrece acabe siendo la totalidad aceptada y aceptable de mi contribución al género. Me caben escasas dudas de que, si así resultare, no perderá gran cosa dicho género.
J M
Abril de 2012
Nota previa a Mientras ellas duermen
De los diez relatos que componen este volumen, ocho se han publicado con anterioridad, a lo largo de un periodo de quince años y de manera lo bastante dispersa y a veces oscura como para que no esté de más su reunión o recopilación aquí bajo el título del inédito ‘Mientras ellas duermen’. Tampoco está de más detallar brevemente cómo y cuándo se publicaron, sobre todo teniendo en cuenta que uno de ellos, ‘La canción de Lord Rendall’, exige una explicación que lleva implícita la disculpa.
‘La dimisión de Santiesteban’ apareció en el volumen Tres cuentos didácticos, de Félix de Azúa, Javier Marías y Vicente Molina Foix (Editorial La Gaya Ciencia, Barcelona, 1975).
‘El espejo del mártir’ apareció en mi libro El monarca del tiempo (Ediciones Alfaguara, Madrid, 1978).
‘Portento, maldición’ apareció asimismo en El monarca del tiempo (Ediciones Alfaguara, Madrid, 1978).
‘El viaje de Isaac’ se publicó en la revista Hiperión, nº 1, ‘Los viajes’ (Madrid, primavera de 1978).
‘Gualta’ apareció en el diario El País (Madrid y Barcelona, 25 y 26 de diciembre de 1986).
‘La canción de Lord Rendall’ se publicó en mi antología Cuentos únicos (Ediciones Siruela, Madrid, 1989) de forma apócrifa, es decir, atribuido al escritor inglés James Denham y supuestamente traducido por mí. Por ese motivo incluyo también aquí la nota biográfica que acompañó al cuento que fue de Denham, ya que alguno de los datos en ella aportados forma parte, tácitamente, del propio relato, que de otro modo estaría incompleto.
‘Una noche de amor’ apareció en El País Semanal (Madrid y Barcelona, 13 de agosto de 1989).
‘Un epigrama de lealtad’ se publicó en Revista de Occidente, números 98-99 (Madrid, julio-agosto de 1989).
‘Mientras ellas duermen’ y ‘Lo que dijo el mayordomo’, finalmente, se publican aquí por vez primera, y quizá por eso me permito recomendar al lector impaciente que empiece en orden inverso.
Estos diez relatos no son la totalidad de cuantos recuerdo haber escrito, pero sí la mayoría. Algunos me parece aconsejable que aún permanezcan dispersos o en la oscuridad.
J M
Enero de 1990
P.D. Casi diez años después
Aún suscribo esa última frase, y algunos de los cuentos que he escrito seguiré manteniéndolos dispersos o en la oscuridad. Pero a esta nueva edición de Mientras ellas duermen se incorporan dos de los proscritos entonces y otros dos posteriores, sumando en total catorce. Quizá no haya mucha justificación para ninguno de ellos, seguramente son sólo curiosidades impertinentes para impertinentes curiosos. En todo caso, no harán ningún mal (si acaso a mí). Del mismo modo que hace casi diez años me permití recomendar al lector que empezara con los cuentos de atrás adelante, ahora puedo asegurarle que —si no es curioso ni impertinente— poco perderá si se salta las cuatro nuevas incorporaciones, cuya historia o prehistoria es la siguiente:
‘La vida y la muerte de Marcelino Iturriaga’ se publicó en El Noticiero Universal (Barcelona, 19 de abril de 1968). Creo que es el primer texto mío que jamás fue a la imprenta, y fue sin que yo supiera de esa visita con anterioridad. Tenía dieciséis años cuando apareció en aquel simpático diario vespertino barcelonés que ya no existe. Pero veo en el original a máquina que fue escrito el 21 de diciembre de 1965, es decir, cuando contaba sólo catorce años (espero benevolencia). Su mayor curiosidad radica en alguna semejanza con otro relato, quizá aquel del que menos descontento estoy, ‘Cuando fui mortal’, de 1993, incluido en el volumen de ese mismo título.
‘El fin de la nobleza nacional’ apareció en la revista Hiperión, nº 2, ‘La carne’ (Madrid, otoño de 1978).
‘En la corte del rey Jorges’ se publicó en la revista El Europeo, nº 31 (Madrid, abril de 1991). Más que un cuento, es una propuesta de culebrón, que me fue solicitada, como a otros cuatro autores, por el incansable y saltarín Enrique Murillo, si no recuerdo mal.
‘Serán nostalgias’, por último, se publicó en el libro colectivo Las voces del espejo (Publicaciones Espejo, México, 1998). Con la habitual premura que rodea a esta clase de proyectos, se me solicitó un cuento para ese volumen, que, ilustrado por dibujos de niños del Estado de Chiapas, los tendría a ellos como beneficiarios. Tan poco tiempo en verdad se me dio, que sólo acerté a conseguir una adaptación o variación sobre otro cuento ya escrito, ‘No más amores’, de 1995, y asimismo incluido en el volumen Cuando fui mortal (Alfaguara, Madrid, 1996). ‘Serán nostalgias’ es el mismo relato en esencia, pero el lugar de su acción y los personajes son mexicanos ahora, en vez de ingleses, y el fantasma que por él transita ya no es el de un joven rústico y sin nombre, sino el de un hombre hecho y derecho, y no anónimo desde luego. Disculpen su intrusión los lectores severos, y también las incorporadas bromas de esta nueva edición. No puedo evitar confiar en ello.
J M
Diciembre de 1999
Nota previa a Cuando fui mortal
De los doce cuentos que componen este volumen, creo que once fueron hechos por encargo. Esto quiere decir que en esos once no gocé de libertad absoluta, sobre todo en lo que se refirió a la extensión. Tres páginas por aquí, diez por allá, cuarenta y tantas por más allá, las peticiones son muy variadas y uno intenta complacer lo mejor que puede. Sé que en dos de ellos la limitación me fue inconveniente, y por ese motivo se presentan aquí ampliados, con el espacio y el ritmo que —una vez iniciados— les habrían hecho falta. En los demás, incluidos aquellos que cumplían con algún otro capricho ajeno, no tengo la sensación de que el encargo los condicionara apenas, al menos al cabo del tiempo y una vez acostumbrado a que sean como fueron. Uno puede escribir un artículo o un cuento porque se lo encomiendan (no así un libro entero, en mi caso); a veces se le propone hasta el tema, y nada de ello me parece grave si uno logra hacer suyo el proyecto y se divierte escribiéndolo. Es más, sólo concibo escribir algo si me divierto, y sólo puedo divertirme si me intereso. No hace falta añadir que ninguno de estos relatos habría sido escrito sin que yo me interesara por ellos. Y en contra de la cursilería purista que exige para ponerse a la máquina sensaciones tan grandiosas como la ‘necesidad’ o la ‘pulsión’ creadoras, siempre ‘espontáneas’ o muy intensas, no está de más recordar que gran parte de la más sublime producción artística de todos los siglos —sobre todo en pintura y música— fue resultado de encargos o de estímulos aún más prosaicos y serviles.
Dadas las circunstancias, sin embargo, tampoco está de más detallar brevemente cómo y cuándo se publicaron por primera vez estos cuentos y comentar algunas de las imposiciones que acabaron asumiendo y ya les son tan consustanciales como cualquier otro elemento elegido. Se disponen en orden estrictamente cronológico de publicación, que no siempre coincidiría del todo con el de composición.
‘El médico nocturno’ apareció en la revista Ronda Iberia (Madrid, junio de 1991).
‘La herencia italiana’ se publicó en el suplemento Los Libros, del diario El Sol (Madrid, 6 de septiembre de 1991).
‘En el viaje de novios’ apareció en la revista Balcón (número especial ‘Frankfurt’, Madrid, octubre de 1991). Este relato coincide en su situación principal y en muchos párrafos con unas cuantas páginas de mi novela Corazón tan blanco (1992, Alfaguara, Madrid, 1999). La escena en cuestión prosigue en dicha novela y aquí en cambio se interrumpe, dando lugar a una resolución distinta que es la que convierte el texto en eso, en un cuento. Es una muestra de cómo las mismas páginas pueden no ser las mismas, según enseñó Borges mejor que nadie en su pieza ‘Pierre Menard, autor de El Quijote’.
‘Prismáticos rotos’ se publicó en la revista efímera La Capital (Madrid, julio de 1992), con la mayor errata que he sufrido en mi vida: no se imprimió mi primera página mecanoscrita, de modo que el cuento apareció incompleto y empezando brutalmente in medias res. Parece ser que, pese a todo, aguantó la mutilación. Se me había pedido que el relato fuera ‘madrileño’. La verdad es que no sé muy bien lo que significa eso.
‘Figuras inacabadas’ vio la luz en El País Semanal (Madrid y Barcelona, 9 de agosto de 1992). En esta ocasión el encargo era sádico: en tan breve espacio debían aparecer cinco elementos, que, si mal no recuerdo, eran estos: el mar, una tormenta, un animal... He olvidado los otros dos, buena prueba de que están ya asumidos sin remisión.
‘Domingo de carne’ apareció en El Correo Español-El Pueblo Vasco y en el Diario Vasco (Bilbao y San Sebastián, 30 de agosto de 1992). En este brevísimo cuento había un requisito: que fuera veraniego, creo yo.
‘Cuando fui mortal’ se publicó en El País Semanal (Madrid y Barcelona, 8 de agosto de 1993).
‘Todo mal vuelve’ formó parte del libro Cuentos europeos (Editorial Anagrama, Barcelona, 1994). Creo que es lo más autobiográfico que he escrito en mi vida, como fácilmente comprobaría quien leyera además mi artículo ‘La muerte de Aliocha Coll’, incluido en Pasiones pasadas (1991, Alfaguara, Madrid, 1999).
‘Menos escrúpulos’ apareció en el libro no venal La condición humana (FNAC, Madrid, 1994). Este es uno de los dos relatos ampliados para esta edición, en un quince por ciento aproximadamente.
‘Sangre de lanza’ se publicó en el diario El País por entregas (27, 28, 29, 30 y 31 de agosto y 1 de septiembre de 1995). El requisito para este relato fue que perteneciera más o menos al género policiaco o de intriga. Es el otro texto aquí ampliado, aproximadamente en un diez por ciento.
‘En el tiempo indeciso’ formó parte del libro Cuentos de fútbol (selección y prólogo de Jorge Valdano) (Alfaguara, Madrid, 1995). Aquí, obviamente, el requisito fue que el cuento tuviera eso, fútbol.
‘No más amores’, finalmente, se publica en esta colección por vez primera, si bien la historia que cuenta estaba contenida —comprimida— en mi artículo ‘Fantasmas leídos’, de la recopilación Literatura y fantasma (Ediciones Siruela, Madrid, 1993). Allí se atribuía esta historia a un inexistente ‘Lord Rymer’ —de hecho el nombre de un personaje secundario de mi novela Todas las almas (1989, Alfaguara, Madrid, 1998), un warden o director de college oxoniense sumamente borracho—, supuesto experto e investigador de fantasmas reales, si es que estos dos vocablos no se repelen. No me gustaba la idea de que este breve cuento quedara sepultado sólo en medio de un artículo y en forma casi embrionaria, de ahí su mayor desarrollo en esta pieza nueva. Tiene ecos conscientes, deliberados y reconocidos de una película y de otro relato: The Ghost and Mrs Muir, de Joseph L Mankiewicz, sobre la que escribí un artículo incluido en mi libro Vida del fantasma (El País-Aguilar, Madrid, 1995), y ‘Polly Morgan’, de Alfred Edgar Coppard, que incluí en mi selección Cuentos únicos (Ediciones Siruela, 1989). Todo queda en casa, y no se trata de engañar a nadie: por eso el personaje principal de ‘No más amores’ se llama Molly Morgan Muir y no otra cosa.
Estos doce cuentos son posteriores a los de mi otro volumen del género, Mientras ellas duermen (1990, Alfaguara, Madrid, 2000). Siguen quedando fuera algunos otros, escritos muy libremente y sin que mediara encargo: me parece aconsejable, sin embargo, que aún permanezcan en la oscuridad o dispersos.
J M
Noviembre de 1995
Cuentos aceptados
La dimisión de Santiesteban
Para Juan Benet,
con quince años de retraso
Tal vez por una de esas extravagancias a las que el azar no logra acostumbrarnos a pesar de su insistencia; o tal vez porque el destino, en un alarde de recelo y precaución, puso en duda durante algún tiempo las condiciones y atributos del nuevo profesor y se vio obligado a demorar su intervención para no correr el riesgo de luego quedar en entredicho; o tal vez, finalmente, porque en estas tierras meridionales hasta los más audaces e invulnerables desconfían de sus propias dotes de persuasión, lo cierto es que el joven Mr Lilburn no tuvo ocasión de comprobar si había algo de verdad en las singulares advertencias que su inmediato superior, Mr Bayo, y otros colegas le habían hecho a los pocos días de incorporarse al instituto hasta que el curso estuvo bien avanzado y él hubo tenido tiempo de olvidar o cuando menos de aplazar su posible significación. Pero en cualquier caso el joven Mr Lilburn pertenecía a esa clase de personas que antes o después, en el transcurso de sus hasta entonces poco agitadas vidas, ven sus carreras arruinadas y sus inquebrantables convicciones desbaratadas, rebatidas e incluso puestas en ridículo por algún suceso de las características del que ahora nos ocupa. De poco le habría valido, pues, no haberse quedado ninguna noche a cerrar el edificio.
Lilburn, que rebasaba en un año la treintena, no había tenido el menor reparo en aceptar el puesto que a través de Mr Bayo le había ofrecido el director del Instituto Británico de Madrid. Más bien, de hecho, había sentido cierto alivio y algo que se asemejaba mucho al discreto regocijo, incompleto y átono, que sólo son capaces de experimentar en tales situaciones los hombres que si bien nunca se atreverían ni a soñar siquiera con unas categorías que desde un principio han admitido que no les corresponden, siempre esperan, sin embargo, mejorar de posición como lo más natural del mundo. Y aunque su trabajo en el instituto, en sí, no representaba mejora alguna, ni económica ni social, con respecto a su posición anterior, el joven Mr Lilburn tuvo muy en cuenta al estampar su firma en el poco ortodoxo contrato que Mr Bayo le había presentado durante su estancia veraniega en Londres que, si bien nueve meses en el extranjero equivalían a una invitación al olvido de su persona y de sus aptitudes en el ámbito de su ciudad natal y la pérdida —por otra parte no del todo irremediable, suponía— de su puesto, cómodo pero excesivamente mediocre, del Politécnico del Norte de Londres, también sugerían la nada desdeñable posibilidad de entrar en contacto con personajes de más alto rango administrativo y, sobre todo, con los prestigiosos integrantes del cuerpo diplomático. Y las relaciones con, por ejemplo (¿y por qué no?), un embajador podrían serle de gran utilidad, por muy esporádicas y superficiales que fueran, en un futuro no necesariamente muy lejano. Así pues, a mediados de septiembre, y con la indiferencia característica del hombre moderadamente ambicioso, hizo sus preparativos, recomendó a un sustituto de saber más exiguo que el suyo para el puesto que dejaba vacante en el Politécnico y se presentó en Madrid dispuesto a trabajar de firme si era necesario, a ganarse la estima y la confianza de sus superiores por lo que ello le pudiera reportar en el porvenir y a no dejarse seducir por la flexibilidad del horario español.
Pronto el joven Lilburn logró ordenar su vida en aquel país extranjero, y tras unos primeros días de vacilación y de relativo desconcierto (los mismos que se vio obligado a pasar en casa del anciano Mr Bayo y su esposa a la espera de que los anteriores inquilinos desalojaran definitivamente un pequeño ático amueblado que Mr Turol, otro de sus colegas españoles, le había apalabrado para el primero de octubre en la calle de Orellana: el precio del alquiler rebasaba el presupuesto de Lilburn, pero no era caro si se tenía en cuenta que la zona era céntrica y que ofrecía la incomparable ventaja de estar muy cerca del instituto), se trazó un meticuloso y —si ello era posible a lo largo del curso— invariable programa diario que en efecto, y aunque sólo fuera hasta el mes de marzo, consiguió mantener inalterado. Se levantaba a las siete en punto y, tras desayunar en casa y efectuar un breve repaso de lo que pensaba decir en cada clase de la mañana, se desplazaba hasta el instituto para impartir sus enseñanzas. Durante la hora del recreo charlaba con Mr Bayo y Miss Ferris acerca del lamentable estado de indisciplina en que se encontraba el alumnado español, y durante el almuerzo volvía a hacerles los mismos comentarios a Mr Turol y a Mr White. Repasaba las lecciones de la tarde durante la sobremesa, las exponía a continuación dosificando sus esfuerzos en mayor medida que por la mañana y, una vez terminadas, permanecía de seis a siete y media en la biblioteca del instituto consultando algunos libros y preparando las clases del día siguiente. Se acercaba entonces hasta la elegante casa de la señora viuda de Giménez-Klein, en la calle Fortuny, a fin de darle una hora de clase particular de inglés a su nieta de ocho años (este trabajo, sencillo y bien remunerado, se lo había proporcionado Mr Bayo, su protector), y finalmente regresaba a Orellana sobre las nueve y media o poco después, a tiempo de oír las noticias de la radio: aunque al principio no entendía casi nada, Lilburn estaba convencido de que era el mejor método para aprender a pronunciar el castellano correctamente. Entonces tomaba una cena ligera, estudiaba uno o dos capítulos de un manual de gramática española, memorizaba apresuradamente descomunales listas de verbos y sustantivos y, puntualmente, se acostaba a las once y media. El lector que conozca las calles de Madrid mencionadas y recuerde dónde se encuentran los edificios que ocupa el instituto podrá advertir con suma facilidad que la vida de Lilburn no podía ser otra cosa que metódica y ordenada, y que sus pies, con toda probabilidad, no darían más de dos mil pasos al cabo del día. Sus fines de semana, sin embargo, y con la excepción de algún que otro sábado en que asistió a cenas o recepciones ofrecidas a visitantes de universidades británicas de paso por Madrid (y, en una sola ocasión, a un cóctel de la embajada), eran un misterio para sus colegas y superiores, que suponían, basándose únicamente en el poco revelador hecho de que no contestaba jamás al teléfono durante esos días, que los emplearía en hacer breves excursiones a las ciudades más cercanas a la capital. En realidad, al parecer y por lo menos hasta el mes de enero o febrero, el joven Lilburn pasaba los sábados y domingos encerrado en su apartamento de Orellana debatiéndose entre los caprichos y veleidades de las conjugaciones castellanas. Y es de presumir que de la misma manera pasó las vacaciones de Navidad.
Derek Lilburn era un hombre de escasa imaginación, gustos vulgares y pasado irrelevante: hijo único de un matrimonio de actores medianos y de ocasión que habían alcanzado cierta popularidad (que no prestigio) durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial con un repertorio isabelino y jacobino que incluía a Massinger, Beaumont & Fletcher y Heywood el joven pero que sin embargo evitaba escrupulosamente a los autores de más talla como Marlowe, Webster o el mismo Shakespeare, no había heredado de sus padres nada que se pareciera a lo que antiguamente se llamaba vocación escénica; aunque cabría preguntarse si el espíritu de sus progenitores albergó tal cosa alguna vez: al término de la contienda, cuando los divos, deseosos de recuperar sus posiciones y necesitados de aplausos, volvieron a aparecer en los escenarios con ímpetu y regularidad, y las lentas obras de reconstrucción, así como el masivo regreso de la soldadesca hicieron de Londres una ciudad si no más angustiosa sí por lo menos más incómoda que mientras se prodigaron los bombardeos, los Lilburn, sin nostalgia al parecer, abandonaron la capital y la profesión. Se establecieron en la ciudad de Swansea y allí abrieron una tienda de ultramarinos, probablemente con el dinero ahorrado durante los años que habían consagrado al innoble e ingrato arte de la interpretación. De aquellos tiempos azarosos sólo quedaron algunos carteles que anunciaban Philaster y The Revenger’s Tragedy y lo que, al hablar de ellos, me ha llevado a anteponer sus incursiones por el drama a su verdadera condición de comerciantes: pura anécdota. Ni textos ni erudición acompañaron la infancia del joven Lilburn, y puede asegurarse que ni siquiera gozó del único vestigio que de su paso por las tablas podía haber quedado en los tenderos de Swansea de forma impremeditada: una entonación enfática, petulante o afectada en las conversaciones domésticas y banales.
La muerte de su padre, ocurrida cuando el joven Derek acababa de cumplir los dieciocho años, le permitió hacerse cargo del negocio personalmente, y la de su madre, unos meses más tarde, le sirvió de buen pretexto para vender el establecimiento, trasladarse a Londres y costearse allí unos estudios superiores. Una vez terminados con la engañosa brillantez del aplicado, ejerció la docencia —sin que en el corto intervalo se le presentaran ningún tipo de dudas vocacionales— en escuelas estatales por espacio de algunos años, hasta que en 1969, gracias a su superficial e interesada amistad con uno de los profesores del centro, consiguió el puesto del Politécnico que ahora había desechado en favor de una breve estancia —temporada que, además, se adivinaba de transición— en el extranjero.
De todos los que han pasado por allí, ya sea como profesores, como alumnos o como meros asiduos a la biblioteca, es bien sabido que las puertas del instituto se cierran a las nueve en punto (es decir, media hora más tarde de que finalicen las últimas clases nocturnas). El encargado de hacerlo es el portero, por llamarlo de alguna manera convencional, ya que sus funciones, y esto es poco menos que una norma en este tipo de centros mixtos de enseñanza, con frecuencia se apartan de las propias de su título y en cambio se asemejan mucho a las del bibliotecario y el bedel. Este hombre ha de vigilar las entradas y salidas de las personas ajenas al edificio, atender a las variadas órdenes, recados o requerimientos del profesorado, borrar los encerados que por descuido u olvido han quedado al final del día invadidos por números, nombres ilustres y fechas señaladas, procurar que nadie salga de la biblioteca con un libro sin que el hecho haya sido debidamente registrado y, finalmente —y dejando de lado algunas otras tareas de menor cuantía—, cerciorarse de que a las nueve menos cinco el edificio está desierto y, si así es, cerrar las puertas hasta la mañana siguiente. Fabián Jaunedes, el hombre que ocupaba este ajetreado puesto de portero cuando el joven Derek Lilburn llegó a Madrid, llevaba cerca de veinticuatro años haciéndolo con la perfección del que casi ha creado el cargo que desempeña. Por eso, cuando a principios de marzo, y con cierta precipitación y urgencia, hubo de ser hospitalizado y operado de cataratas y en consecuencia se vio obligado a abandonar sus quehaceres al menos mientras durara su recuperación (que a todas luces sería incompleta o parcial y que en cualquier caso representaría siempre un periodo de tiempo mayor del deseado por los responsables del centro), la vida interna del instituto sufrió más alteraciones de las que habría cabido suponer en un principio. El director y Mr Bayo descartaron casi inmediatamente la posibilidad de contratar a un sustituto, pues por un lado, pensaron, difícilmente podrían encontrar en un plazo breve a alguien que gozara de buenas referencias y que estuviera dispuesto a comprometerse tan sólo por lo que restaba de curso para luego, quizá, ser a su vez reemplazado (y aunque desconfiaban del pronto restablecimiento del viejo portero les parecía que ofrecer el puesto vacante por un número de meses superior a cinco equivaldría a prescindir definitivamente de Fabián y, por tanto, sería un feo gesto de deslealtad para con él, que tan leal había sido y tan buenos servicios les había prestado durante tantos años). Y por otro, con esa capacidad, o turbia necesidad que tienen las personas de cierta edad o de torpe imaginación para confundir las renuncias o concesiones más intrascendentes con rasgos verdaderamente épicos, consideraron que a la vista del inesperado contratiempo, al cual ellos más bien habrían calificado de adversidad, no estaría de más un pequeño sacrificio por parte de todos y cada uno de los profesores, que muy bien podrían repartirse las diversas tareas del portero ausente y demostrar así de paso su abnegación al centro. La bibliotecaria quedó encargada de controlar el paso de desconocidos por la puerta principal, que ella podía divisar con suma facilidad desde su posición habitual; Miss Ferris de mantener al día, sin permitir que se amontonaran, los anuncios y convocatorias de los tablones de la entrada; Mr Turol de inspeccionar cada cierto número de horas el estado de los lavabos y la caldera; a aquellos profesores que terminaban sus clases a las ocho y media se les encomendó vivamente que no olvidaran hacer que alguno de los alumnos limpiara la pizarra antes de partir; y, por último, se estableció un equitativo turno entre los miembros del personal a los que no se había asignado ninguna misión específica: alguien debía permanecer siempre en el edificio hasta las nueve de la noche para comprobar que todo quedaba en orden y cerrar las puertas con llave. Y aunque ello suponía un grave percance para el rígido horario de Lilburn, éste no tuvo más remedio que faltar un día a la semana a su cita con la pequeña Giménez-Klein y contribuir con sus superiores y colegas al buen funcionamiento del instituto quedándose en la biblioteca hasta las veintiuna, como era de rigor, todos los viernes a partir del mes de marzo.
Fue entonces, el primer viernes en que le tocó cumplir con su nueva obligación, cuando Mr Bayo reavivó en su memoria, con la misma despreocupación que le había hecho preguntarse a Lilburn, extrañado, al incorporarse al instituto, si aquel hombre de talante serio y conducta irreprochable tendría capacidad para la extravagancia, la advertencia inicial que ya en su momento le había producido cierta sensación de desasosiego:
—Esta noche —le dijo durante la hora del recreo— ya sabe: no se preocupe del fantasma. Creo que ya se lo expliqué por encima en su día, pero vuelvo a recordárselo por si lo ha olvidado, ya que hoy le corresponde a usted quedarse de guardia y podría sobresaltarse con los ruidos que hace el señor de Santiesteban. A las nueve menos cuarto oirá abrirse una puerta de golpe y escuchará siete pisadas de ida y, tras un breve silencio, otras ocho de vuelta. Luego, la puerta que se abrió se cerrará, sin tanto estrépito, por cierto. No se asuste ni haga ningún caso. Esto es algo que sucede desde no se sabe cuándo, por supuesto desde antes de que el instituto tuviera su sede principal en este edificio. No tiene nada que ver con nosotros por tanto y, como podrá imaginar, estamos más que acostumbrados; no digamos el pobre Fabián, que era por lo general el único que lo oía. Solamente le ruego que, puesto que usted se queda con las llaves hasta el lunes y por tanto habrá de ser el primero en llegar ese día para abrir, no se olvide de retirar del corcho que hay justo enfrente de mi despacho el escrito de dimisión. Hágalo nada más entrar, por favor. Aunque todo el mundo está al corriente de la existencia del señor de Santiesteban (a nadie se le oculta, créame, y a nadie, tampoco, molesta ni altera su presencia, por otra parte muy discreta), procuramos que sin embargo no interfiera de manera ostentosa en las vidas de los alumnos, que, como niños, son más sensibles que nosotros a esta clase de inexplicables acontecimientos. Acuérdese, pues, si no le importa, de quitar el papel. Y, por supuesto, simplemente tírelo a la papelera más cercana. ¡Imagínese si los guardáramos! A estas alturas tendríamos una habitación llena. ¡Cada vez que lo pienso! ¡Qué disparate! Noche tras noche, a la misma hora, el mismo texto; idéntico, sin una palabra, sin una sílaba cambiada. A eso se le llama perseverancia, ¿no cree usted?
El joven Lilburn no hizo comentario alguno y se limitó a asentir con la cabeza.
Pero al anochecer, mientras corregía unos ejercicios en la biblioteca a la espera de que llegara la hora de cerrar el edificio y marcharse a casa, oyó, en efecto, que una puerta se abría con gran violencia haciendo vibrar unos cristales, y a continuación unos pasos firmes y decididos —por no decir soliviantados—, un breve silencio que duró segundos, de nuevo otra tanda de pasos, ahora más sosegados, y finalmente la misma puerta (era de presumir), que se cerraba con suavidad. Miró el reloj que colgaba de una de las paredes de la habitación en que se encontraba y vio que eran las ocho y cuarenta y seis minutos. Más irritado que sorprendido o atemorizado, se levantó de su silla y salió de la biblioteca. En el corredor se detuvo y guardó silencio, a la expectativa de que se produjesen nuevos ruidos, pero no oyó nada. Recorrió entonces el edificio en busca de algún alumno rezagado o bromista a quien procuraría hacer ver, más que otra cosa, lo improductivo de su travesura, pero no encontró a nadie. Dieron las nueve y entonces decidió marcharse sin darle más vueltas al asunto; pero cuando ya se disponía a salir recordó una de las observaciones —la que tal vez más le había llamado la atención— que le había hecho Mr Bayo: subió al primer piso y se acercó al corcho que había en el pasillo, frente al despacho de su superior. Solamente vio, clavado con cuatro chinchetas, un prospecto de sobra conocido que anunciaba un ciclo de conferencias acerca de George Darley y otros poetas menores románticos que un profesor visitante de Brasenose College iba a pronunciar a partir de abril. Y no había nada en absoluto que se pareciera a una carta de dimisión. Más tranquilo, y también más satisfecho, se encaminó hacia la calle de Orellana y ya no volvió a acordarse del episodio hasta que el lunes, a media mañana, Miss Ferris le salió al encuentro tras una de sus clases y le comunicó que Mr Bayo deseaba verle en su despacho.
—Mr Lilburn —le dijo el anciano profesor de historia cuando estuvo ante él—, ¿recuerda usted que le rogué encarecidamente que no olvidara retirar esta mañana, antes de hacer ninguna otra cosa, las cartas de dimisión del señor de Santiesteban del corcho de ahí fuera?
—Sí, señor, lo recuerdo perfectamente. Pero el mismo viernes por la noche, después de oír las pisadas que usted me anunció, subí para cumplir su encargo y no vi nada en el corcho. ¿Es que acaso debería haber vuelto a mirar esta mañana?
Mr Bayo se dio una leve palmada en la frente como quien cae en la cuenta de algo y contestó:
—Oh, claro, en realidad es culpa mía por no habérselo advertido. Sí, Mr Lilburn, sólo tenía que haber mirado esta mañana. En fin, no tiene ninguna importancia en realidad, tampoco es la primera vez que esto sucede. Pero sépalo para la próxima vez: la carta aparece de madrugada, aunque es de suponer que el fantasma del señor de Santiesteban la clava en el corcho a las nueve menos cuarto. Sí, ya sé que resulta inexplicable, pero ¿acaso no lo es la misma presencia de este caballero? Bueno, eso era todo, Mr Lilburn; y no se preocupe: a los niños se les habrá pasado la excitación esta misma tarde.
—¿Los niños?
—Sí, han sido los de tercero los que me han hecho darme cuenta de que las cartas seguían ahí fuera. Los oí alborotar en el pasillo, salí a ver qué ocurría y me los encontré manoseando las tres cuartillas muy agitados.
Lilburn, entonces, hizo un ademán de exasperación y dijo:
—No entiendo nada, Mr Bayo. En verdad le estaría muy agradecido si me diera usted ahora mismo una explicación detallada y coherente de los hechos. ¿Qué es esto de las tres cartas, por ejemplo? ¿Cuál es la historia de ese fantasma, si es que realmente existe? Me ha hablado usted sin cesar de escritos de dimisión, pero aún no sé de qué diablos dimite el tal señor de Santiesteban cada noche. En fin, estoy desconcertado y no sé qué pensar.
Mr Bayo esbozó una sonrisa melancólica y respondió:
—Ni yo tampoco, Mr Lilburn, y crea que me gustaría, al cabo de tantos años de estar aquí, conocer los pormenores de la sin duda amarga historia del señor de Santiesteban. Pero no sabemos nada en absoluto acerca de él. Su nombre no nos dice nada ni por supuesto figura en anuarios, diccionarios o enciclopedias de ningún tipo: no fue un hombre famoso o al menos no hizo nada en vida que fuera digno de mención. Quizá tuviera alguna relación con el anterior propietario del edificio, el hombre que lo mandó construir alrededor de 1930, no recuerdo ahora en qué fecha exacta: era un caballero de inmensa fortuna y grandes inquietudes artísticas y políticas; fue una especie de protector de los intelectuales izquierdistas durante los años de la Segunda República española y murió arruinado. Pero no lo sabemos a ciencia cierta ni, de hecho, poseemos ninguna información concreta que nos permita suponer tal relación. También podría ser que su estrecha vinculación al edificio proviniera de su... ¿conocimiento, amistad, trato profesional? con el arquitecto, un personaje asimismo interesante: sus obras eran bastante avanzadas para la época y se suicidó, arrojándose al mar durante una travesía en barco, cuando aún era relativamente joven. Pero tampoco hay manera de averiguarlo. Todo esto no son más que suposiciones, Mr Lilburn, e hipótesis que ni siquiera me atrevo a formular en su totalidad por falta de datos.
—Es todo muy raro y muy curioso —comentó Lilburn.
—Ya lo creo —dijo Mr Bayo—. Y si he de serle sincero, le diré que hace ya mucho tiempo, cuando yo era algo mayor que usted ahora y acababa de entrar en el instituto, las misteriosas pisadas del señor de Santiesteban despertaron mi curiosidad y lograron quitarme el sueño durante algunos meses; no exageraré si digo que estuvieron a punto de convertirse en una obsesión. El caso es que desatendí mi trabajo y me dediqué a hacer indagaciones. Visité a los respectivos parientes del antiguo propietario y del arquitecto y los interrogué acerca de la posible amistad de estos dos hombres con un cierto Leandro P de Santiesteban, pero jamás habían oído tal nombre; consulté la guía telefónica en busca de algún Pérez de Santiesteban, por ejemplo (pues aún ignoro qué significa esa P: tal vez la primera parte de un apellido compuesto, quizá sólo Pedro, Patricio, Plácido, no lo sé), pero no hallé ninguno; en mi desmedido afán por conocer la historia del fantasma fui al registro civil con la esperanza de encontrar alguna partida de nacimiento que por lo menos me diera una pista, aunque fuese falsa: un apellido parecido hacia el que dirigir mis investigaciones; pero no obtuve ningún resultado positivo y sí, en cambio, problemas con los funcionarios, que me tomaban por loco, y con la policía, pues mi conducta, en aquellos tiempos tan alarmistas, les resultaba muy sospechosa; finalmente fui a ver a todos los Santiesteban de la ciudad, que son bastantes. Pero nunca había habido nadie llamado Leandro en sus respectivas familias y algunos no me quisieron recibir siquiera. En fin, todo fue en vano y me vi obligado a desistir invadido por la desagradable sensación de haber perdido el tiempo y hecho el ridículo. Como el resto de las personas que trabajan en el instituto, ahora me limito a aceptar la innegable existencia del fantasma y a no prestarle
