Se dio la vuelta en aquella cama amplia; varias capas de sábanas envolvían sus hombros, costillas, rodillas y pies, hasta parecerle que no le quedaba un músculo que pudiera mover a excepción de los faciales. Cuando quiso tocarse la cara, recordar la sensación del contacto, no pudo encontrar las manos en el revoltijo de telas. Miró las cortinas negras como para saber si era de día o de noche, recordó haber visto granos de luz reptando por el suelo, franjas doradas trepidando en las paredes, destellos de sol, faros de coches, luces de rascacielos. Sobre la cama se amontonaban bolígrafos, revistas, un bol y dos tazas de café; las sábanas tenían manchas de tinta, lamparones de sopa amarillenta y restos de saliva, chocolate y algo que le recordó a la salsa negra y violácea de un plato de carne que había comido allí o en otro lugar. De vez en cuando se topaba con su rostro sonriente en una revista, una vieja foto en blanco y negro: la mirada seria frente a la cámara, pero los labios curvados en una enigmática sonrisa que podía interpretarse como astuta o socarrona. A los diseñadores de catálogos les gustaba el vigor juvenil de esa imagen y cada vez que pensaba en enviarles otra más actual cambiaba de idea; de todas formas, la mayoría del público no lo vería nunca en persona y era mejor que imaginaran al hombre de la foto, que envidiaran su lozanía. A veces sentía que esa foto lo anclaba en tierra, fiel testimonio de que su cuerpo seguía existiendo aunque todas las otras certezas se hubieran evaporado.
No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo había pasado allí, cuántos días había transitado entre el sueño y la vigilia a través del sopor crepuscular intermedio, sin ver nada claro en los sueños ni estando despierto. Figuras y sucesos nebulosos irrumpían de tanto en tanto en su consciencia, desplazándose en un resplandor blanco que lo abarcaba todo. Lo asaltaban el hambre, o bien la sed, o la náusea, para desaparecer inmediatamente, como si una noria gigante de sensaciones girara ante sus ojos, y en cada giro brillara en lo alto una impresión para enseguida dar lugar a otra, dejando tras ella una pálida estela evanescente.
El festival había terminado y los invitados —escritores, editores, periodistas y publicistas— ya se habían ido del hotel y, probablemente, de la ciudad. En estas ocasiones, Yonatán se preparaba siempre para afrontar el momento en que se disipara el bullicio que reinaba en la ciudad, siguiendo el rastro de las etapas de la desbandada: primero desaparecía la gente, después los carteles en la plaza, las barreras, las luces, los voluntarios que lucían todos la misma amable sonrisa, las coctelerías y los restaurantes, que habían sido el corazón palpitante del festival. Todo se vaciaba, he aquí un lugar que existió pero ya no está. A veces se preguntaba por qué los otros escritores aceptaban ecuánimes la despedida, mientras él volvía a visitar los sitios de la algarabía del festival, dolorido por la pérdida. Buscaba la ocasión de compartir su duelo con otros participantes, pero siempre era incomprendido. Le aseguraban que habría otros festivales en lugares distintos, o exactamente este mismo al año siguiente, incapaces de comprender su tristeza por la plenitud que había dejado de existir. Reconocía el paso del tiempo que relega todo acontecimiento al pasado, pero también una parte de sí mismo se quedaba allí contra su voluntad: algo aparentemente acabado seguía cobrando vida en su mente.
Recordó una noche en particular, tal vez la última antes de desplomarse sobre la cama del hotel. Había llegado a una fiesta en casa de alguien; cuatro desconocidos bailaban en la sala. Se los quedó mirando y le parecieron hermosos. Una embarazada bailaba con una mano sobre el vientre y, en la otra, una vela de plástico, cuya llama de un color rojo anaranjado se movía como si fuese verdadera. Todos lo saludaron cordialmente pero sin mucho interés. Bebió un poco de vodka y buscó a Carlos, era él quien lo había invitado. Le sorprendió que nadie le preguntara quién era. Luego se sentó en el suelo frío. Con la piel erizada por el viento, se ajustó la bufanda roja al cuello y observó las luces de colores que pendían del techo y la polilla parduzca que aleteaba a su alrededor; tal vez se quedara dormido, no recordaba nada más de esa casa.
Después había estado en un club lleno de gente oyendo melodías locales y, como todo el mundo, compró una botella grande de tequila para beberla en el centro de la pista de baile. Otros hombres y mujeres se acercaban a cogerle la botella, beber unos sorbos y pasarla de mano en mano hasta finalmente devolvérsela. En ese momento sintió un dolor sordo en las rodillas y la espalda; ya hacía un año que sentía esas molestias, junto con un recurrente espasmo en las costillas; solo últimamente, por primera vez en su vida, se había percatado del esfuerzo que le costaba ponerse de pie después de estar sentado o acostado. Cada día aparecían nuevos dolores y achaques. A veces se imaginaba lanzando un ojo al interior de su organismo para explorar el hígado, el corazón, los pulmones y los riñones, que tenían el color de la ceniza del cigarrillo, y ver cómo todas sus vísceras se retorcían.
Una joven de cabellos negros cogió la botella y en un gesto juguetón le tocó la frente con los dedos mojados. Después vertió un poco de tequila en la palma de la mano; Yonatán cerró los ojos y bebió, ella le puso un dedo mojado sobre la lengua, él lamió el alcohol y saboreó la piel de la muchacha, que sonrió y se apretó contra él antes de retirar el dedo de su boca y pasárselo por la cara. Apoyó una mano en la cadera de ella y mientras bailaban sintió un aroma de perfume, kétchup y arena, pero cuando abrió los ojos ella ya se alejaba con la botella y desaparecía entre la muchedumbre. Se sintió reanimado, tal vez había salido por fin del adormecimiento al percatarse de que estaba totalmente allí, que respiraba y no se había derrumbado, como temía; se había aferrado a la vida y ahora podía ver las posibilidades latentes en la gente que lo rodeaba, en el calor de sus cuerpos. Tal vez el contacto disipara la soledad y todo el resto fueran tonterías; dirigió la mirada hacia las mujeres, sus rostros, senos y piernas desnudas, al sudor que brillaba en sus hombros tersos, a la levedad de sus movimientos mientras bailaban y agitaban las manos en el aire, se acariciaban las caderas y se abrazaban el pecho. Buscó a la muchacha con la que había bailado; ¿iba descalza o era solo su imaginación?
Le asaltó el impulso de disfrutar de esa noche y se abrió paso entre la multitud hasta llegar al bar y comprar otra botella que también desapareció después de los primeros sorbos. De pronto Carlos estaba a su lado, salieron juntos a un patio donde la gente se apiñaba junto a un puesto de venta de salchichas y olió los aromas de la mostaza y el kétchup. Carlos, que en esos momentos hablaba con unos jóvenes de una investigación relacionada con la desaparición de un grupo de estudiantes universitarios, que él mismo dirigía para un organismo oficial, le tendió un botellín y una navaja. Con cuidado, Yonatán vertió un poco de polvo en la hoja plateada, la acercó a su nariz y aspiró. Enseguida preparó una raya más gruesa que también esnifó, y, mientras le devolvía el botellín a Carlos, pensó que le habría gustado hacer una más. Cuando la muchedumbre fue creciendo y tuvo que abrirse paso a duras penas, perdió de vista a Carlos y a la gente que recordaba de la fiesta anterior en aquel piso.
Una chica robusta con gafas le dio un abrazo —le parecía conocida de unos momentos antes o del festival— y le dijo que lo lamentaba mucho. Recordó entonces unas líneas que había escrito cuando era más joven: «Hemos estudiado la muerte. No la que no nos pertenece, esa no nos interesa, no somos filósofos», una frase que repite en cada una de sus obras, como un talismán que lo protege o le recuerda el principio de las cosas, y supo que tenía que despertar a esa persona que había estado adormecida en su cuerpo durante años. Siempre le pareció que la gente a su alrededor poseía una personalidad más claramente definida que la suya y que actuaba en función de procedimientos y obligaciones, restricciones y normas, como si para ellos fuera obvia la clase de personas que eran o al menos lo que podían o no podían lograr, mientras él creía ser capaz de adoptar cualquier forma de vida, que nada en su mente le vedaba o imponía cosa alguna. Su respiración se hizo pesada, las rodillas le temblaban y la masa de caras risueñas se fundía en una sonrisa gigantesca. Nuevamente sintió la tentación de creer en un momento conciliador capaz de derramar su bondad sobre el futuro. Una ola de emoción desde el presente para el futuro, nunca hacia el pasado.
Luego se encontró tendido en un sofá, en una sala larga y estrecha que parecía un vagón de tren, mirando una barra llena de botellas e imágenes que le salpicaban los ojos con sus colores hasta que los cerró y oyó que alguien gritaba que tenía frío; solo entonces cayó en la cuenta de que quien gritaba era él. Lo cubrieron con una manta de lana cuyo contacto era como el de la frazada anaranjada de su casa, y en cuanto sintió el calor en la piel dejó que su cuerpo se deslizara al suelo, sin saber por qué, tal vez deseara sentir dolor. Alguien dijo algo en español, por la voz parecía ser Carlos, esperaba que fuera él, y otro contestó; hablaban con ternura, como compadeciéndose de él. Unos minutos más tarde estaba en la más absoluta oscuridad, con la cabeza en el regazo de la chica de las gafas, oyendo el latido de su corazón mientras ella le acariciaba el cuello y la cara; el contacto de los dedos con su piel era fuerte y profundo y se sintió protegido. La chica dijo que antes no había entendido y tal vez se había ofendido un poco, pero que ahora lo entendía todo: el mejor amigo de Yonatán había muerto.
En el hotel, en otro momento de letargo, la vio flotando en el aire del restaurante boliviano donde las paredes de las tres salas se curvaban y abultaban siguiendo el contorno de los continentes: América, Europa y Asia. Estaba en la sala de Asia, con sus extraños ángulos y protuberancias. Había sido durante el festival, compartiendo una larga mesa con uno de los propietarios de revistas más conspicuos de la ciudad, que también era uno de los dueños del restaurante. Tendría unos sesenta y cinco años, una barba blanca como de peluche que se mesaba con frecuencia y una expresión que transmitía pesimismo y hastío. Los pequeños ojos azules, sin rastro de cejas, evaluaban a los otros comensales con la mirada reservada a los abrigos en las perchas de una tienda. Todos murmuraban horrorizados, pero incapaces de disimular su regocijo por poder compartir el sensacional secreto: el año pasado habían secuestrado al editor y lo habían mantenido como rehén en un sótano oscuro y húmedo, a pan y agua, algunas verduras y tal vez cucarachas o gusanos como único alimento. Dijeron que lo habían obligado a comerse los cordones de los zapatos y la bufanda con el nombre de su mujer bordado en hilo de oro, y que él había suplicado a los captores que les pusieran sal. Lo soltaron al cabo de un mes, espantosamente enflaquecido, a cambio de un rescate, algunos hablaban de un millón de dólares, otros de cinco millones. Incluso ahora, susurraban, sus facciones son cadavéricas y su espíritu melancólico, lo que explica que esté tan demacrado y que no disfrute de nada. Tal vez en las mazmorras enmohecidas del mundo había llegado a entender que todos sus éxitos, todas las cosas que codiciaba, no eran más que castillos en el aire. Los invitados también se preguntaban si era posible comprender a un hombre que sale de un sótano después de vivir bajo la amenaza diaria de una bala en la cabeza.
Yonatán se preguntó si todos estos asuntos realmente tenían algo que ver con el hombre sentado frente a él, puesto que el editor parecía estar gozando de la velada y de la libertad de expresar su impaciencia y menosprecio por los demás comensales, sobre todo por los escritores e intelectuales. Recordó que Carlos ni siquiera creía que el magnate hubiera sido secuestrado, tal vez solo lo habían retenido unas horas, y el resto no eran más que patrañas que las corporaciones editoriales mexicanas contaban a los extranjeros para venderles más novelas piojosas de narco-cultura.
Hacia el fin de la velada, el editor midió con los ojos a Yonatán y le preguntó de qué trataba su novela, a lo que este respondió: «Le enviaré un ejemplar», sin añadir nada acerca del argumento, los personajes o los interrogantes que planteaba el libro. Pero, si había supuesto que el editor apreciaría que no lo aburriera con esos detalles, se desilusionó muy pronto, porque el tipo se sintió claramente frustrado por una respuesta que no le permitía mofarse de los tópicos del argumento y de los endebles personajes, o mencionar obras que Yonatán probablemente había estado imitando. Mesándose la barba, dijo que los artistas verdaderamente peligrosos son los carentes de talento a los que les sobra creatividad, y no volvió a dirigirle la palabra. Yonatán no podía decidir si la chica de las gafas tenía algo que ver con ese restaurante o si se trataba de recuerdos de varios días en la ciudad que se habían mezclado.
Empezó a zafarse de las sábanas. Contó como mínimo cuatro, arrugadas y empapadas en sudor, y las arrojó al suelo. Ahora descubrió que todavía tenía puestos los pantalones, negros y brillantes, el jersey a cuadros y los calcetines grises, y que sostenía entre los pies los zapatos negros y embarrados. Se desvistió y se metió en la ducha. El agua caliente que se escurría de su cuerpo ya formaba charcos en el suelo. Vació sobre sí todos los botes que encontró en el estante y cuando la mezcolanza de aromas le provocó náuseas se enjuagó una y otra vez. El agua casi hirviente sobre la nuca le hacía bien. Al emerger de la ducha su mirada se detuvo en los charcos que se iban expandiendo y que ya habían mojado las patas de la cama. Cogió unas toallas de varios tamaños y las tendió en el suelo, después hizo un fardo con las sábanas para enjugar el agua que reptaba hacia las paredes. Se acercó a la ventana para mirar a través de las cortinas el cielo nocturno sobre la ciudad, moteado de luces titilantes. Se puso rápidamente la ropa que juzgó menos arrugada, sopesó por un instante la posibilidad de afeitarse la barba de los últimos días, decidió que no y se fue de la habitación.
Un empleado del hotel le sonrió al verlo salir del ascensor y las dos recepcionistas lo miraron expectantes, pero Yonatán se dirigió a la puerta giratoria. Una vez fuera, hizo señas a un taxi que pasaba y pronunció el nombre del restaurante; lo recordaba perfectamente porque así se llamaban la redactora de la editorial y la mujer del editor de la revista. «Sabe que el mundillo literario se burla de él, que les parece una vulgaridad dar a un restaurante el nombre de la esposa, pero le importa un bledo», le había dicho Carlos, que traducía al castellano las obras de poetas norteamericanos y aborrecía al editor porque en una ocasión le había pedido que se encargara de la edición de una nueva versión en inglés de la revista. «Te llama un millonario para decirte que serás un gran personaje, pero antes tienes que conseguir medio millón de dólares. Nunca en mi vida he conocido a un bellaco semejante».
Yonatán recordaba una burbuja de luz, pero a medida que avanzaba por el sendero de grava, en un pequeño jardín con macizos de flores en amarillo y violeta que circundaban dos limoneros, las luces se atenuaron. A través de las ventanas del restaurante se veían las mesas vacías. Dos camareras con trajes de chaqueta y pajaritas seguían circulando en el interior. Golpeó suavemente el cristal de la puerta cerrada. Una de las camareras se acercó, la recordaba pero ahora parecía mayor, con las ojeras más grises, y el cabello rubio y un poco desteñido, que antes llevaba recogido en un moño, le caía desgreñado sobre los hombros. Preguntó a quién buscaba, él le dio el nombre del editor. Preguntó si lo conocía y respondió que sí, habían cenado juntos hacía dos o tres días. Ella lo examinó con recelo y dijo que el editor había viajado a Buenos Aires y que había regresado la noche anterior; él musitó que tal vez había sido la semana pasada. La camarera lo miró con los ojos entrecerrados, sus rasgos eran toscos, como si aún no supiera dominar su gama de expresiones. Se quedaron frente a frente contemplándose en silencio, hasta que él se dio la vuelta y salió del jardín. En la calle lateral había solo dos hombres con chaquetas de piel que lo miraron y él bajó la vista. No sintió temor, y eso era raro, porque en general era cauteloso y evitaba las calles secundarias. Por la noche, a veces incluso lo era demasiado.
Caminó alrededor del restaurante hasta llegar a una barrera y a un terreno sin asfaltar en el que había dos coches negros aparcados. Dos hombres con delantales mugrientos arrastraban enormes bolsas de basura que arrojaban en un contenedor situado al extremo del solar. Yonatán observaba la repetida maniobra; la cuarta vez, una de las bolsas golpeó el borde del contenedor y cayó en tierra. Los empleados la miraron por un instante y luego volvieron al restaurante. Pasaron unos minutos, pero no regresaron. Yonatán cruzó la barrera, se acercó a la bolsa y la levantó; no era particularmente pesada, y hedía a huevos podridos y cebolla. Flexionó las rodillas, izó la bolsa en el aire y la arrojó a la boca del contenedor. Se quedó allí un momento, satisfecho de la altura a la que había logrado lanzarla. Un ruido a sus espaldas le hizo mirar atrás; uno de los empleados lo observaba desde la puerta del restaurante, cigarrillo en mano. Yonatán lo saludó inclinando la cabeza con una afable sonrisa. El empleado siguió fumando muy concentrado y escrutándolo.
En la ventana de la segunda planta se encendió una luz, levantó la mirada y vio una estantería que llegaba casi al techo, repleta de grandes volúmenes como los que se ven en los museos o bibliotecas públicas. El empleado aplastó la colilla y se acercó. Por un instante Yonatán pensó en volver corriendo a la calle, pero le pareció un acto de cobardía y se preguntó cuántos habrían muerto en circunstancias semejantes, temiendo parecer pusilánimes ante sus propios ojos, que siempre los están observando y juzgando.
El empleado se detuvo a unos pasos de Yonatán y le señaló la puerta trasera del establecimiento. Entraron en la cocina, escasamente iluminada y más pequeña de lo que esperaba. Giró a la izquierda y oyó al hombre a su espalda; cuando se dio la vuelta vio que le indicaba una puerta negra, que al abrirse revelaba una estrecha escalera cubierta con una moqueta de color burdeos llena de manchas, como las de los hoteles londinenses baratos. Subió por ella y las rodillas volvieron a dolerle. Se tranquilizó al ver el rellano, tal vez porque el revestimiento de madera se le antojaba conocido, posiblemente de los sueños o de sus recuerdos. Palpó las paredes y el contacto le produjo una sensación que no fue capaz de identificar.
El rellano conducía a una habitación en la que el propietario de la revista, de pie ante un antiguo atril, firmaba unos formularios, alisando y deslizando cada hoja firmada con movimientos bruscos. A cada lado del atril había un sofá negro tapizado en piel y al fondo de la habitación una cama individual con una manta de lana. Las paredes estaban totalmente cubiertas por estanterías abarrotadas de libros. Los estantes superiores contenían pesados volúmenes viejos y polvorientos, encuadernados en azul y negro, algunos de ellos ostentaban adornos o sellos grabados, pero no pudo descifrar los nombres de las obras o de sus autores.
El editor lo miró fríamente sin decir palabra hasta que finalmente dejó la pluma y levantó la vista.
—¿Cómo es que está usted aquí?
—Quería verlo.
—No aquí, quiero decir en la ciudad. ¿No se suponía que debía marcharse hace dos días?
—Sí —respondió Yonatán.
—Y, aun así, se ha quedado en nuestra bella ciudad.
—Sí.
—¿Algún motivo en particular?
—No me he dado cuenta de que me quedaba.
Una vez comprendido lo que había estado retorciéndose en los recovecos de su consciencia desde que se despertara, se asustó. Pero en esta ocasión no le asaltó la quemante sensación en el cuero cabelludo que generalmente se expandía por el resto de su cuerpo. Este pánico no tenía manifestaciones físicas, simplemente sabía que era alarmante.
—No se ha dado cuenta de que se quedaba —repitió el hombre, saboreando cada palabra.
—Cierto. No exactamente.
—¿Por dónde anduvo? —preguntó el editor, mientras desenroscaba algo con la mano derecha y finalmente se quitaba la prótesis del antebrazo izquierdo para arrojarla como si nada al sofá negro que tenía enfrente, a la vez que invitaba a Yonatán, con un gesto del muñón, a tomar asiento, aunque él no se movió, se quedó mirando alternadamente la mano en el sofá y el muñón.
—He estado en la cama.
—¿Cuántos días?
—No recuerdo.
Tenía sed, pero no se animaba a pedir agua y tragó su amarga saliva. Últimamente le costaba tragar, la saliva se le atascaba en la garganta y temía que algo funcionara mal.
—¿Entonces a qué ha venido? —preguntó el editor, sentándose junto a la mano postiza.
—Estoy buscando a alguien —hablaba ahora con rapidez—. Una chica que conocí en un club cerca de la universidad, en una fiesta de estudiantes o algo así. Usted me habló de la fiesta cuando cenamos en su restaurante y yo lo comenté con Carlos y sus amigos…
—El pasado está aún por llegar —dijo el hombre con una carcajada.
—No entiendo.
—Así se llama la fiesta —explicó—. En realidad, es una serie de fiestas. Así que la conoció y luego se fue a la cama solo. ¿Es que no sabe follar?
—No se trata de eso.
—No se trata de eso… —En un instante su tono se tornó serio, afilado por una nota hostil—. Como ha visto, ya no me interesa la gente, y menos los escritores y poetas como usted, todos han sido diseñados en categorías profesionalizadas. Los excéntricos existencialistas de los setenta también eran aburridos, incluso más, pero al menos podías pasar con ellos una noche entera mirando en silencio las estrellas, ¿me entiende?
Yonatán no respondió.
—Ahora todo tiene un propósito. Casi todas las noches duermo aquí —le dijo señalando con el muñón las estanterías de libros a su derecha y pasándolo por varios de ellos hasta hacer caer al suelo una cajetilla de tabaco que levantó con la otra mano—. Me interesa el pasado, antes de que todo se jodiera. En la cena dijo que también a usted, ¿verdad? «El principio de las cosas» o algo así.
—No exactamente. No el principio de las cosas sino la elasticidad, cuando no hay límites ni barreras. Uno se despierta por la mañana y la mente galopa entre las imágenes del pasado y del presente, todo al mismo tiempo y en el mismo espacio. Como el primer día de un bebé, cuando todavía no existe el pasado. Hay gente que posee una consciencia como esa, sin barreras, todos los episodios de todos los tiempos gritando a la vez.
—Tal vez «el principio de las cosas» no sea un buen nombre.
—Tal vez, pero eso no es verdaderamente interesante.
—¿No es interesante?
—Su comentario.
El editor se puso la mano detrás de la cabeza, tal vez con la intención de disimular la sorpresa; parecía que lo habían regañado.
—¿Le interesa una lección sobre el tiempo? —preguntó, señalando un desteñido plano de Ciudad de México en el que habían dibujado unos recuadros rojos—. Usted compra una propiedad en la que no hay nada, solo unos cuantos viejos en chabolas, y luego vienen los artistas con todos sus acólitos; detrás de los artistas llegan los abogados y los contables y esos que fingen ser millonarios, a los que siguen los banqueros y los ricos de verdad con sus hijos gordos, entonces sobreviene una guerra o un terremoto y todo vuelve a empezar.
—Entiendo —dijo Yonatán.
—Usted quiere dinero —dictaminó el editor.
—No.
—No mienta —replicó enfadado—. Eso es lo que pasa con los tipos de su ralea, los escritores; están convencidos de que todos son tan despreciables como ustedes y de que quien no lo admita se engaña a sí mismo o engaña al mundo.
—Algo de eso hay —admitió Yonatán.
—Entonces es verdad que busca a esa chica, pero ¿por qué?
—Porque le dije algo que no entiendo —decidió finalmente articular lo que no había osado expresar hasta entonces, ni siquiera a sí mismo. De algún modo se había impuesto ofuscar el motivo de la búsqueda—. Ella declaró que ahora lo entendía todo, que si mi mejor amigo había muerto mi dolor debía ser inconmensurable. —Hizo una pausa y vio aparecer una expresión de ácida curiosidad en la mirada del editor; tal vez todavía esperaba sentirse frustrado—. Pero nadie…, ahora tengo que averiguar qué es lo que dije exactamente, ¿entiende?
—¿Nadie?… —trató de imitar el acento de Yonatán, pero fue incapaz de ocultar la huella de su propia pronunciación en inglés—. No estamos hablando de ningún misterio ni de nada frívolo como eso, ¿verdad? —afirmó sonriendo y mesándose la barba.
Y de pronto todo pareció tan lógico, la secuencia de sus actos tenía sentido, como si finalmente se fusionaran la mente y el movimiento.
—Pero es que aún no ha muerto.
Las torres
(Finales de la década de 1980)
Atraparon a Yoel en la espesura del vadi. Iba vestido con la ropa blanca que sus padres le pedían que usara los sábados, aun cuando ellos nunca iban a la sinagoga ni recitaban las bendiciones. Yoel reconoció vagamente a sus atacantes —siempre eran unos cuantos que se fundían en un solo rostro—, que seguro que venían de las torres, edificadas sobre la colina que dominaba el paisaje al extremo de la calle en que vivían y que a veces ocultaba el cielo. No había hecho nada para provocarlos, simplemente pasó tarareando «Purple Rain» y fingiendo indiferencia, pero ellos sabían, Dios sabe cómo, que les deseaba una amarga derrota. Y ahora estaba solo en el vadi, sin Yonatán. Cuando entendió que se aprestaban a asaltarlo, le sorprendió descubrir que, más que temerlos, se alegraba de confirmar que Yonatán y él no habían estado imaginando su hostilidad durante todos esos años. Sintió un cosquilleo en la piel y una extraña tibieza en el cuero cabelludo.
Lo atraparon y lo derribaron. Con los pies hicieron rodar su cuerpo en el barro y sobre las piedras, también sobre los espinos a ambos lados del sendero. Lo pisotearon y le patearon las costillas y la cintura. Uno de ellos le oprimió el cuello con la suela de la bota hasta que Yoel gritó que no podía respirar. Solo cuando vieron la sangre en el brazo y que también la mejilla le sangraba lo soltaron y se marcharon con calma, burlándose de él y de sus gritos, imitando sus lloriqueos y amenazas. «¿Cómo vais a matarnos?», se reían.
Yoel le contó que se había quedado tumbado oyendo sus voces que se alejaban hasta que empezó a llover y se hizo el silencio. Entonces pensó por primera vez en el precio que pagaría en casa cuando vieran que la tierra del vadi había teñido sus blancas prendas de un color pardo rojizo y gris en las mangas. Se levantó sin sacudirse la suciedad. Sentía las espinas clavadas en la piel; era curioso que el dolor no fuera constante sino intermitente. Contó que quería salir del barrio, coger el autobús 14 e ir a otro sitio, tal vez al club municipal de tenis en Katamón, donde solían jugar si encontraban una pista libre. Era invierno, los días eran fríos y las noches aún más, sin embargo imaginaba que podría tumbarse en una de las pistas y pasar allí la noche. Pero en el fondo sabía que, cuando se coagulara la sangre de la cara, iría a casa de sus padres y que cada minuto que malgastara haciendo planes para ir a otro lugar no haría más que prolongar su padecimiento. Todavía no tenían ese otro sitio del que habían hablado durante años, uno que no estaba dentro del barrio en apariencia amenazante de Beit Ha-Kérem ni totalmente fuera de él. Aún no lo habían creado, la imaginación de ambos no se había unido en una visión cohesiva, en la que cada uno trataría de imponer al otro sus sueños.
Estaban sentados en el vadi, a unos cincuenta metros de los edificios en que vivían, el uno frente al otro al final de la calle. Desde un montículo de tierra observaban el promontorio rocoso; por un sendero enfangado y serpenteante se subía a la cima, en la que se erguían las torres. Les gustaba ese punto; desde allí podían contemplar el mundo entero sin ser vistos.
Yoel jugaba a las cartas y hablaba de los animales que en invierno desaparecían del vadi: ardillas, gatos, damanes y zorros. Yonatán respondió impaciente que tampoco en verano había visto ninguno, excepto algunos gatos. ¿Zorros? ¿De qué hablaba Yoel? Lo siguiente sería que echara de menos a los leopardos de primavera. Yoel se concentraba en las cartas, pero Yonatán detestaba los juegos que Yoel se inventaba, basados en reglas arbitrarias que carecían de sentido. Cuando vio que se inclinaba a recoger el hueso de albaricoque que usaban como canica, Yonatán se le adelantó y lo arrojó lejos.
—¿Eres idiota? —gritó Yoel lanzándole una mirada cargada de furia—. Estaba en medio del juego.
—Ya no.
—Vete al infierno —dijo Yoel—. Me vuelvo a casa.
—¿Va todo bien? —dijo sujetando a Yoel por un hombro; él era el más fuerte, ambos lo sabían.
—Todo bien —asintió Yoel impaciente.
—¿Bien cómo?
Yoel desoyó la pregunta. Se sentó en el suelo, alisó las arrugas de su camisa abotonada y empezó a hablar de los cohetes soviéticos que salen disparados al espacio y vuelven a la Tierra. Estaba investigando si eso era realmente posible; si los cohetes viajaban por el espacio a enormes velocidades, tendrían que retornar a un planeta mucho más viejo que ellos. Su padre estaba leyendo un libro llamado El espía perfecto y decía que en la Unión Soviética y en Estados Unidos todos eran espías, que la Guerra Fría servía solo para que la gente pudiera mantener sus salarios.
Yonatán comentó que esa era más o menos la explicación del padre de Yoel siempre. Volvió a preguntarle:
—¿Todo bien?
Y, cuando Yoel asintió, repitió:
—¿Bien cómo?
Había pasado una semana desde aquel sábado, pero Yoel no había dicho ni una palabra acerca de cómo los chavales de las torres lo habían hecho rodar sobre el lodo y los espinos. Perdiendo la paciencia, Yonatán metió la mano en un charco, levantó una hoja y se la acercó a la nariz, pero no olió nada, luego la pasó por el cuello del abrigo de Yoel, que, como era de esperar, hizo una mueca y se echó atrás.
—Mira para arriba —dijo Yonatán señalando el promontorio—. No podemos llegar a las torres sin que nos vean, ¿verdad? —Ya habían debatido el tema muchas veces: solo un sendero conducía a la cima, y quien caminaba por él era visible desde cualquier punto de los edificios.
—Pues treparemos de noche —dijo Yoel.
—No seas imbécil —respondió Yonatán enfadado—, ya hemos hablado de eso: de noche duermen en sus casas, ni siquiera sabemos dónde viven, y, si lo averiguáramos, ¿qué?, ¿los atacaríamos en sus casas?, ¿a ellos y a sus padres?
Le sorprendió tener que volver a explicarlo todo: solo era posible ajustar esta cuenta a la luz del día.
—Tenemos que hallar la manera de ir allí durante el día, ¿entiendes?
Con el tronco inclinado hacia delante, aspiró feliz el aroma de la tierra mojada después de la lluvia. Arrancó con los dedos unas hierbas empapadas y se dio cuenta de que las estaba desmenuzando. Se acercó las uñas embarradas a la nariz y aspiró; al levantar la vista vio que Yoel lo miraba con los ojos desorbitados. Se preguntó si él había adivinado cuál era su idea, y supo entonces que ambos habían comprendido que algo grande se había posado entre ellos, tal vez aquello que estaban buscando desde el día en que se conocieron.
Un año y después otro, ya estaban en primero de primaria, luego en tercero, ahora ya en sexto y seguían buscando su punto de unión. A veces, cuando a uno le surgía una idea que al otro le parecía aburrida se preguntaban por qué diablos eran amigos y qué tenían en común. Pero eran plenamente conscientes de la respuesta. Yonatán vivía en el edificio número 7 y Yoel al otro lado de la calle, en el 10. En los partidos de fútbol se empujaban, pateaban y provocaban mutuamente, en el colegio no se demostraban ningún afecto ni jugaban juntos en los recreos. El mundo que les pertenecía estaba en el extremo inferior de su calle —que era la más empinada del barrio—, existía entre sus dos edificios, el vadi, el bosque que marcaba el límite occidental, y la fábrica de las Industrias Militares, delimitada al este por las torres. Año tras año urdían toda clase de planes grandiosos que les regalaban momentos de exaltación —¿habrían hallado por fin la idea brillante que los uniría?—, hasta que se estrellaban en un nuevo fracaso.
Pero ahora tal vez algo hubiera cambiado. Era prematuro hablar de la idea, no estaban preparados. Si hablaran de ella, podría disiparse. De momento tenían que protegerla, salir de ese lugar y no mencionarla para nada.
Se levantaron al mismo tiempo y corrieron por el fango. El aire frío les azotaba la piel y se sentían casi desnudos. Lagrimeaban y no podían ver nada, pero no dejaban de trotar sobre la tierra blanda rumbo a los dos últimos edificios de la calle, que eran capaces de encontrar con los ojos vendados. Cuando llegaron sin aliento al terreno que los circundaba, se separaron sin decir palabra y Yonatán subió por las escaleras hasta la tercera planta.
Fue un alivio encontrar el piso a oscuras y en silencio, con las ventanas y las persianas cerradas. Desde el vestíbulo vislumbró el sillón redondo situado al lado del teléfono; entre tinieblas siempre emitía un extraño fulgor negro. Sobre la mesa de la cocina vio una bolsa de plástico con restos ennegrecidos de aguacate y dos mitades de pan de pita. Salió a la terraza y arrojó la bolsa a la franja de tierra aledaña a la cerca que separaba su edificio de los de la calle Hashájar.
Desde la terraza observó el edificio que estaba más a la izquierda, en gran parte escondido entre los árboles; allí vivía su amada niñera Ahúva, cuya casa cobijaba sus recuerdos más tempranos a excepción del primero: tenía dos años y medio y la espalda pegada a la puerta de la habitación del hospital en la que yacía su abuela Sara. Ella le sonríe, sus cabellos están envueltos en un pañuelo y gruesas mantas le cubren el cuerpo cuando Yonatán, al menos en el recuerdo, la ve por primera vez en su vida. La anciana tiende la mano hacia la mesilla, parece buscar algo, y enseguida otras manos, lisas y jóvenes, hurgan en el cajón y finalmente le acercan una tableta de chocolate. Él no quiere aproximarse, aunque todos insisten en que lo haga. La amplia sonrisa sigue estando en la cara de la abuela, pero algo se tuerce, tal vez en los labios. Cuando la enterraron él tenía siete años; un hombre que llevaba un sombrero negro y le parecía levemente conocido pasó frente a él, se plantó delante de una lejana hilera de sepulturas y dijo algo. Le preguntó a su padre qué decía el hombre, y el padre contestó que era el abuelo Albert, que había venido desde Haifa.
—¿Ese es el abuelo? —quiso saber.
—Sí, y dice que hoy le pesa el corazón.
Sentía la idea en el centro mismo de su consciencia como una tremenda roca inamovible. Sabía que era necesario revitalizarla y perfeccionarla, escribir su argumento. Para ambos estaba muy claro que ese invierno tenía que suceder algo decisivo.
* * *
Los muchachos mayores del número 10 se enteraron del asunto y declararon que eso era inadmisible en su calle: ¿una pandilla entera atacando a un chaval en el vadi? ¿Ya no hay decencia en este mundo? Había una sola manera de dirimir la cuestión: los chicos de las torres enviarían a dos representantes al patio del jardín de infancia de Rivka, al que habían asistido todos los niños de su calle, y en el cajón de arena se enfrentarían ambas partes en una lucha limpia. Los de las torres deberían ser de la misma edad que sus contendientes, más o menos de sexto.
Los muchachos mayores —Shimon, David Tsivoni y Tómer Fainaru— los encontraron en el sótano sin ventanas del edificio de Yonatán, sentados bajo la polvorienta mesa de ping-pong —siempre les habían encantado las leyendas de los lejanos días en que sus hermanos mayores jugaban allí juntos— y rodeados por un sofá con cojines andrajosos, un cuadro de bicicleta BMX con el manillar envuelto en gomaespuma amarilla, una pila de vetustos libros en ruso, una manguera y otros cachivaches que los vecinos no osaban desechar pero tampoco querían volver a ver. Yonatán y Yoel deliberaban sobre el trazado de la zanja, demasiado cercana a la valla electrificada de las Industrias Militares. Bosquejaron rutas posibles en un cuaderno, considerando cada giro, y delinearon la trayectoria en una gran hoja de cartulina blanca que compraron. Avanzaban a buen ritmo y de vez en cuando reposaban con los ojos cerrados sobre un viejo colchón, pero sin dejar de hablar de la zanja ni de la represalia contra las torres, tampoco de la niña que en un año o dos la madre de Yoel planeaba traer al mundo después de dos varones. Los invadió una placentera sensación, hablaban en voz alta y se hacían cumplidos mutuos por las cosas que decían.
Tan pronto como vieron a los mayores voltearon la hoja de cartulina, la cubrieron con sus abrigos y se pusieron de pie. Súbitamente sintieron frío. Los muchachos ofrecieron palabras de consuelo a Yoel por el terrible incidente en el vadi y declararon que, si alguien volvía a atacarlo, debía acudir a ellos. Querían saber más de las heridas y de la reacción de sus padres mientras Yoel repetía: «No ha sido nada». Era obvio que la gentileza con que lo trataban enmascaraba una amenaza, y también sorprendente que Yoel no se diera cuenta, ebrio por la atención de que era objeto, alardeando de los rasguños que ya se iban desvaneciendo de sus brazos y mejillas. Cuando se aburrieron de Yoel fueron hacia la puerta.
—Pues hablaremos con los de las torres, les explicaremos cómo son las cosas, y os diremos cuándo ocurrirá —resumió Shimon.
—Pensamos en algún viernes por la tarde —añadió David Tsivoni, que siempre insistía en decir la última palabra.
A Yonatán le temblaban las piernas. Tratando de aquietarlas afirmó los pies en el suelo.
—Quisiéramos hablar de eso primero —dijo Yoel—, tal vez no nos interese vengarnos de ellos.
Shimon y sus camaradas lo observaron callados, les asombraba que pensara que algo dependía de su voluntad. Yoel miró a Yonatán, que le devolvió una mirada de aliento; tuvo ganas de hacerle un guiño, pero temía que lo pescaran. Ninguno de los dos quería pelear, siempre habían tenido miedo de los combates sin reglas que terminaban cuando alguien se rendía. Habían visto a Shimon pateando la cara de Itai, y a David Tsivoni a horcajadas sobre Amir, que gritaba: «¡No puedo respirar, no puedo respirar!», una frase imitada después por cada chaval del barrio durante meses. Estos no eran como los perdedores de su clase, que lo detestaban pero también lo temían, y solo osarían pelear con él si estuvieran seguros de que alguien los separaría en un minuto. Además, los dos estaban forjando un plan que iba a dejar patitiesos a los chavales de las torres.
En los rostros de los mayores se borraron las sonrisas.
—Hablad cuanto queráis, siempre y cuando lleguéis a tiempo a la pelea —dijo Shimon, vestido con sus habituales tejanos bien planchados y el cinturón negro con la hebilla triangular plateada y reluciente.
Tómer Fainaru, apodado «Benz» —así llamaban en Israel a Blas, de Barrio Sésamo— por la forma de su cabeza y que se ponía furioso cuando alguien tarareaba a su lado la melodía del programa, se quitó las gafas, cosa que hacía siempre antes de proferir una amenaza:
—Vamos a machacar al que no venga, y, si no viene nadie, os mataremos a todos.
Oyeron golpes en la puerta. Yonatán supo enseguida que era alguna chica, nadie más que las chicas golpeaba esa puerta. Corrían rumores de que por las noches algunas parejas se liaban en el sótano e incluso que se acostaban; Yoel juraba que había encontrado una vez un preservativo. Shimon abrió la pesada puerta blanca y Yonatán se sorprendió de ver a Tali con otra chica que no conocía; llevaba un abrigo de lana sobre un vestido de colores que aleteaba por encima de unas botas de un rojo brillante; ninguna chica de su clase tenía botas como esas.
—¡Lárgate de aquí, Tali! —gritó.
Shimon lo abofeteó con suavidad.
—No se insulta a las chicas.
Tali Meltser no les gustaba. Vivía en el número 8 desde que su familia había venido de Haifa, cuando ella estaba en segundo y ellos en tercero, y solía observarlos desde la terraza de su piso, que daba al vadi. Una vez informó a los padres de Yonatán de que estaban bombardeando a gente con bolas de barro y en otra ocasión se chivó de él porque la había llamado «espiona, hija de mil putas», aun cuando, según ella, no hacía más que estar en su terraza. Su padre era psicólogo y su madre arquitecta, gente muy afable que saludaba a todo el mundo, con una dicción que resaltaba cada sílaba. Hablaban con niños y con adultos usando el mismo tono, porque en su opinión —que no olvidaron enunciar ante sus padres— «la posición del niño debe ser respetada».
Nadie dudaba de que los Meltser eran distintos de los otros residentes de esos edificios, ni de que tras renunciar al intento de educar a sus vecinos, decidieran no entablar amistad con nadie. El padre de Yonatán pensaba que eran unos petardos, como lo era para él todo vecino que insistiera en expresar su opinión sobre cualquier cosa, mientras que su madre tal vez envidiara en secreto el tren de vida de los Meltser y sus dos niños, y el tono cortés y jovial que empleaban al hablar. «Parece que la vida es una gran fiesta», musitó entre dientes al verlos un s
